Adios Griselda (DEP)

No conocí a Griselda, pero me caía bien. Era una de los cientos de “amigos” que tengo en Facebook (desde noviembre de 2013) con los que no mantenía contacto, con quienes no crucé más de dos frases. Pero a veces leía sus estado en mi muro, y recuerdo haber entrado en su perfil a ver las fotos que se hacía con sus amigas. Me gustaba mirar sus fotos, porque tenía un rostro paciente, sabio y melancólico. Parecía alguien que había recorrido un camino muy largo para poder ser feliz.

Ya no voy a poder conocerla, porque se suicidó el día 20, o el día 19 de este mes. No estoy seguro. Me he enterado a través de una amiga que nos conocía a ambos y nos tenía a los dos en Facebook. Esta fue su última nota. Creo que es una nota de suicidio, aunque supongo que nadie lo pensó en un primer momento. Es una nota atípica, supongo, pero… ¿Deben tener las notas de suicidio algún formato concreto? ¿Qué debería escribir una persona que está preparada para matarse a si misma?

Me voy a maquillar. Me pondré lo mas linda que pueda, y como dices tu…tan solo para volver a caminar como lo hice tantas veces en mi vida, de la sala al baño. No habra llamados de despedida, ya no quiero que venga nadie a lo que fue mi vida. Hoy llegaran todos muy tarde a mis viejos Charlie Privee. Que paradógico !… es lunes … no hay lunes en Charlie sin Griselda !. Son como domingos… entonces habrá domingos para el recuerdo de una amiga ? Mi vida se habia convertido en tus webs, les di todo el amor a los usuarios de www.somoscd.es y de www.somosliberales.es...era gente que me queria muchisimo como moderadora y yo lo hacia por ellos…lo hacia tambien por vos… que tonta !… me has puesto en silla de ruedas para que desde alii me pudiera explicar… pero yo te miraba a ti … pero es que alli estabas tu, muy luminosa… me deslumbrabas ! Mi vida fue conocerte a vos ! Eras mi norte ! Te he querido mucho ! … es que me hicisteis mujer… aunque …sin tampones. A tu lado aprendi muchisimas cosas .. y asi tambien las perdi de un momento al otro.. Me diverti tambien… y tambien aprendi a llorar ! Se apagó la risa fresca y el ingenio ! Adios P.B.Z… o quien fueres !

Ya sabía que era de Argentina, vivía en Barcelona, y pasaba serios apuros económicos. Cuando terminó un curso (creo recordar de coaching) abrió una web para personas trans, con la intención de convertirla en un consultorio con el que poder ayudar a otras trans, y de camino sacarse un dinerillo. Dediqué un buen rato a mirar su página web. Creo que la leí entera, al menos, por encima. Recuerdo que entre los primeros textos colgados en la web encontré uno mío sobre Trànsit, pero decidí no decirle nada. Para empezar, seguramente pensó que el texto era un texto oficial redactado por Trànsit, y en segundo lugar, no quería ser un aguafiestas que le chafara la ilusión justo cuando empezaba su proyecto. Además ¿no queremos todos que se difundan nuestras ideas? Por desgracia, el proyecto no prosperó. Ganarse la vida como “coach” no es tan fácil como los vendedores de cursos de coaching quieren hacernos creer.

Hoy, mirando su perfil en la red social, he sabido, además, que se ganaba la vida como buenamente podía, en el mundo de los servicios sexuales. Como tantas otras trans que no tienen la suerte que tengo yo, de ser parecer cis. A su edad (una edad que no quiso consignar en Facebook).

Además, he visto los mensajes que su “familia” publicaba, culpándola a ella del sufrimiento que ellos tenían. Uno de ellos contenía la fotografía de una cuerda anudada en forma de soga, como una amenaza velada “si sigues así, me voy a suicidar por tu culpa”.

¿Usó Griselda una soga para suicidarse? ¿Recogió lo que su “familia” le escupía a la cara, y lo utilizó de la mejor manera que supo?

He visto los mensajes que su “familia” ha publicado después, recordándola en masculino, declamando a gritos cuanto echan de menos al hermano, al padre o al abuelo que se fue. Añadiendo por lo bajini que “esa” no era su verdadero ser, y que ojalá no se hubiese visto poseído por toda esa locura que le había hecho cambiar y alejarse. Poniendo fotos antiguas de ella, cuando todavía se escondía y fingía ser el hombre que se le había asignado ser. Clavando los clavos de la tapa del ataúd que esa misma “familia” construyó.

Lo pongo entre comillas, porque la familia de verdad no te empuja al suicidio. No trata de obligarte a ser una persona que no quieres. Te ayuda a ser la mejor persona que puedes ser. Te ayuda a ser feliz, y son felices viendo que tú lo eres. No te exige que seas infeliz para hacerles felices a ellos.

La familia no es una cuestión de sangre, ni del dinero que se ha invertido en criar a alguien. Es una cuestión de amor.

La otra familia de Griselda, sí que la quería como era. Lo sé porque a ellas sí las conozco. Es una familia fuerte, unida por el odio y la soledad que otras personas han puesto sobre ellas. Es una familia en la que los miembros se apoyan mutuamente. Si una hace una llamada de auxilio, diciendo que ya no tiene fuerza para seguir viviendo, para levantarse a luchar mañana por un par de billetes de colores que le permitan pagar la factura de la luz, o para encender la luz y hacer desaparecer las tinieblas de la soledad, todas acuden a apoyarla con lo poco que tienen. Si Griselda hubiese hecho una sola llamada, si hubiese escrito una nota más clara, posiblemente habría visto el siguiente amanecer. Pero ya no debía quedarle fuerza.

Ahora ya puedes descansar.

griselda

Foto: Enzo Monzón

 

P.D. Creo que la fotografía que acompaña a este artículo es de Mar Perla, pero no estoy seguro. No sé si tiene copyright, o está compartida bajo licencia CC, pero espero que al autor con le importe que la use. Si eres el o la autora de esta foto y quieres que la retire (o si he puesto mal tu nombre y quieres que lo corrija), por favor, ponte en contacto conmigo.

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Recuerdo de las personas trans asesinadas – 2014

El 20 de noviembre es el TDOR (transgender day of remembrance). En este día, las personas trans vivas recordamos a las personas trans que han sido asesinadas por el mero motivo de ser trans.

Según la última actualización del Observatorio de Personas Trans Asesinadas (TMM, por sus siglas en inglés), este año han sido asesinadas al menos 226 personas trans en todo el mundo. Los datos arrojados por el estudio preliminar del recientemente creado TVTP (Trans Violence Tracking Portal), son aún más escalofriantes: este estudio ha encontrado informe de 268 asesinatos, 77 casos de violencia física, 6 suicidios, instances of direct physical violence,  6 suicides, 4 muertes por inyecciones de silicona, y 3 desapariciones de personas trans. El estudio se encuentra en fase de desarrollo, por lo que es posible que en futuras actualizaciones estas cifras se amplíen.

Cada 32 horas se informa del asesinato de una mujer transexual. Lo que es peor,  hay muchos asesinatos que nunca son denunciados y de los que no se informa, como casi ocurrió en el caso de la compañera asesinada en Logroño durante este año, cuyo caso no apareció más que marginalmente en los periódicos, y jamás fue denunciado públicamente por las activistas de Cataluña que recibieron la noticia por parte de los familiares de la víctima. Finalmente lo denuncié yo, gracias a que me enteré de milagro por el muro de Facebook que una amiga que conocía a las activistas en cuestión (o que era amiga de una amiga de ellas) ¿Cuántos más como este se habrán pasado por alto?

Los motivos por los que la información queda oculta pueden ser muchos. Es tristemente frecuente que muchos medios de comunicación ni siquiera consideren relevante el asesinato de una mujer transexual, por estar insertos en una sociedad que considera que es lo que se merecen (esto ocurrirá, lógicamente, en los países en los que más asesinatos se dan). En otros casos, los periódicos informan del asesinato simplemente como “un hombre asesinado”, o, como mucho, con pincelada en algún lugar, como al desaire “salía a la calle vestido de mujer”. Ese fue el caso de nuestra hermana de Logroño. Si la información se publica en un idioma desconocido para los investigadores, y no existen colectivos que den información sobre la cuestión, o no se publica en medios online, será como si no existiese a efectos de estos estudios.

Estas son las razones que frecuentemente se aducen, pero lo ocurrido en España (la ocultación de los datos por parte de activistas), junto con la reducción drástica del número de asesinatos en muchos países, respecto a los datos de años anteriores, me hace pensar que se está produciendo una “limpieza de cara” desde las propias organizaciones trans relacionadas con las instituciones en los Gobiernos. Porque da muy mala imagen tener muchos asesinatos de personas trans. Italia ha pasado de ser el país con más asesinatos en Europa (tantos como Turquía), a no tener ninguno. Por otra parte la reducción de asesinatos observada en Turkía podría deberse a un impacto positivo de las campañas de concienciación realizadas por los grupos activistas locales y europeos, o podría deberse a que las activistas que informaban de los asesinatos han dejado de hacerlo, por falta de medios para continuar con sus actividades, por cansancio, o por miedo de ser asesinadas ellas mismas.

¿Podemos ser optimistas? 9 asesinatos menos en México, 6 asesinatos menos en los EE.UU, y 12 asesinatos menos en todo el mundo, a pesar del dramático incremento de muertes en Brasil, que ha pasado de 95 el año pasado, a 113 ¿Es realidad, o es que ha bajado la calidad de la investigación? La diferencia entre los datos obtenidos por TvT y los del TVTP apunta más hacia la desidia que hacia el optimismo, aunque también podría ser que los investigadores de TVTP no sean tan rigurosos a la hora de contrastar sus fuentes como son los alemanes de TvT.

Habrá que esperar para dar respuesta a estas preguntas. Mientras tanto, si en tu ciudad no se ha organizado ninguna vigilia para recordar a las personas trans que han sido asesinadas o víctimas de alguna clase de violencia transfóbica a lo largo de este año, te invito a que te unas a mi vigilia particular. Descárgate la lista de personas trans asesinadas de este año y leela. Conoce quienes fueron, cuantos años tenían y cómo murieron, hasta conseguir que sus vidas malogradas dejen una pequeña huella en tu corazón.

Mañana podrás seguir con tu vida, pero hoy es el día del recuerdo de las personas trans.

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El tiempo pasa muy rápido cuando eres feliz

Hace meses que no actualizo el blog, pero no es que tenga pocas cosas que contar. Mi vida sigue, y como inmigrante trans tengo muchas anécdotas. Sin embargo, por encima de todo, ocurre que soy feliz y los días se van pasando tan rápido que parecen horas, casi minutos.

Parece que fue ayer cuando me trasladé a mi primer piso alquilado en este país. Con mi primer sueldo (correspondiente a una semana de 60 horas trabajando), y la ayuda de mi hermana que me prestó dinero, pude pagar el depósito y el primer mes de una habitación en un piso compartido, un poco viejo, pero acogedor. Después de un mes y medio sin tener un lugar que pudiera llamar mío, rodando por sofás camas, sofás a secas y colchones de mi familia y amigos por aquí (sin ellos, todo esto habría sido muy difícil, con ellos, ha sido un paseo). Para celebrarlo, me fui a la pescadería y compré salmón escocés, y luego a la verdulería y compré salsa holandesa y espárragos verdes españoles. También compré una coca-cola. Aquel plato de comida debía tener unas £6.

Mi primera comida cocinada por mi mismo desde enero.

Mi primera comida cocinada por mi mismo desde enero.

Cuando terminé de cocinar, y lo puse sobre la mesa, casi me echo a llorar. Por primera vez en años, tenía un plato de comida que había podido pagar sin preguntarme cómo afectaría eso al pago de mis otras facturas (teléfono, universidad, sello de autónomos, declaración trimestral del IRPF, seguro del coche), o si comer pescado azul terminaría por producir, a corto plazo, un descubierto en mi cuenta del banco. Lo más importante de todo, sabía que a partir de ese momento, ya siempre tendría dinero para poner comida en el plato, porque en este país, nadie vive en la calle si no quiere.

Es difícil de explicar el alivio que sentí. Porque es cierto que uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde, y lo que yo tenía era mucha pobreza y mucha necesidad. En España he pasado hambre y frío, principalmente porque el 80% de mis ingresos se iba en pagar impuestos, y porque a las personas de mi entorno les pasaba igual ¿Quién va a ir a comprar, si tiene que entregar todo su dinero al estado? ¿Cómo van a funcionar los negocios en España, en semejantes condiciones?

Desde entonces, he podido dormir bien todas las noches, sabiendo que siempre iba a tener dinero suficiente para pagar las facturas del mes siguiente. Salvo momentos puntuales en los que se me han juntado varios pagos importantes al mismo tiempo, nunca he tenido dudas sobre si iba a llegar a poder pagarlo todo.

Del anterior inquilino de mi habitación, que era italiano, heredé un tarro de café de buena calidad. Café de verdad, no el triste café soluble que todo el mundo bebe aquí. Así que me compré una cafetera, de las normales de toda la vida, de las que les echas agua, café en el filtro, las pones al fuego y esperas que suba. Me costó 6 libras, y aumentó mi calidad de vida hasta límites estratosféricos.

Un día, volviendo del trabajo, de repente hacía sol. Me paré en una cafetería y pedí un café y un trozo de bizcocho de limón. Me lo llevé todo a la terraza y allí me quedé, viendo a la gente pasar de un lado para otro, mientras yo sólo tomaba el sol… Entonces descubrí que era la primera vez en años, en muchos años, que no tenía absolutamente nada de lo que preocuparme. Después de ese día, he tenido muchos más días así.

Disfrutaba simplemente yendo y viniendo a la tienda, atravesando el parque the Meadows bajo un pasillo de cerezos en flor, caminando a través del centro histórico de una de las ciudades más bonitas de Europa hasta llegar al trabajo. Un trabajo en el que los clientes no me trataban mal, y donde ganaba un salario digno que me daba para vivir en una situación que, comparada con mi situación en España, dos meses antes, era de auténtico lujo.

Sólo faltaba que K. estuviera aquí, pero no llegó hasta el mes de julio, cuando las flores del cerezo ya habían desaparecido, y los parques ya no estaban llenos de árboles rosas, blancos y fucsias. Pero vimos otras cosas. Fuimos a la playa, al jardín botánico, a Glasgow, a Londres, comimos crêpes y vimos shows en el Fringe Festival. Yo podría haber dedicado un tiempo a pasarme por aquí a contarlo todo, pero estaba demasiado ocupado siendo feliz con ella, y sabiendo que al empezar el curso se volvería a marchar.

En el mes de agosto, decidí que no estaba de acuerdo con la política de personal de mi empresa, que parecía consistir en despedir a la gente por cualquier idiotez, así que empecé a buscar trabajo. Después de echar cuatro currículums, me llamaron para una entrevista, y no necesité más. No empleé en buscar otro puesto de trabajo más de 30 horas en total.

Ahora trabajo en un hospital, haciendo de camarero. Me paso el día entregando desayunos, almuerzos y cenas, tomando pedidos, y llevando te. Litros y litros de te para todos los pacientes. Me dijeron que iba a cobrar a 6,50 libras la hora (el salario mínimo hasta el mes de octubre era 6,31, que era lo que yo cobraba en la tienda), pero justo en ese momento el salario mínimo subió a 6,50 para todo el mundo. Yo, que estaba muy contento porque al cambiar de trabajo iba a ganar más, me quedé un poco chafado ¡Me quedaba igual! Cuál no sería mi sorpresa al recibir mi primera nómina y comprobar que mi empresa ha decidido subirme el sueldo sin avisar. Igualito que en España.

Me dio pena cambiar de trabajo, porque en el que tenía antes me sentía muy cómodo. Conocía perfectamente todo lo que tenía que hacer, y después de haber pasado el mes de agosto allí, ya podía decir que era un auténtico veterano. Mi jefa me apreciaba, y los otros compañeros son una gente genial. El trabajo, con los turistas, era muy divertido… pero también muy pocas horas, y en una empresa con jefes indios, lo cual no es muy bueno para una persona trans que no está en el armario. Si ellos hubiesen sabido que soy trans, no sé si me habrían contratado, o si me habrían llegado a despedir, pero sea como sea, decidí no quedarme en la empresa durante el tiempo necesario para comprobarlo.

Ahora en mi nueva empresa me siento seguro. Tengo un contrato permanente y a tiempo completo, lo que significa que puedo hacer cosas como pedir préstamos o acceder a alquileres que no están disponibles para los inmigrantes que acaban de llegar (a los caseros no les gusta arriesgarse a que no les paguen). Siento que he salido del mundo de los migrantes para entrar en el de la gente de aquí. Aunque mi puesto no es que sea muy importante, todos mis compañeros de trabajo son escoceses (hay muy pocos inmigrantes en la empresa, quizá un 5% o menos, y estamos en todos los puestos de trabajo, no sólo en las categorías más bajas), y algunas personas llevan años trabajando en lo mismo. Mi compañera más veterana ha estado ahí durante 16 años, haciendo siempre exactamente lo mismo. Eso significa que es un buen lugar para trabajar.

Nunca me imaginé trabajando en un hospital. En un hotel, sí, pero en un hospital, ni se me había pasado por la cabeza. Sin embargo, ahí estoy, tratando de poner mi granito de arena en el mundo sanitario. Además, parece que lo estoy haciendo bien: desde el primer día, los pacientes les dicen a las enfermeras que están contentos conmigo, y las enfermeras me lo dicen a mí.

Estoy aprendiendo inglés de Escocia, y mejorando mi inglés en general. Ya sigo la mayor parte de las conversaciones que mis compañeros tienen entre si (al principio no entendía ni papa), y consigo hacerme entender, más o menos. Curiosamente, con los pacientes siempre he tenido buena comunicación, aunque reconozco que a veces me he limitado a sonreír y asentir con la cabeza diciendo “¡Que bien!” o “¡Qué terrible!”, dependiendo de si me parecía que estaban diciendo cosas felices o cosas tristes (tengo tres nietos – ¡Qué bien! – pero viven a cuatro horas de aquí y no pueden venir a vermen – ¡Qué terrible!), y esperando que no se note mucho que no entiendo ni papa de lo que me han dicho.

Los días se me pasan muy rápido. De repente me doy cuenta de que ya llevo más de siete meses en el país (seis meses en Edimburgo) y aún no he vuelto a España, pero no tengo morriña. Me he acostumbrado a comer sándwiches de esos que ya vienen hechos, a salir a pasear por los parques verdes llenos de animales (conejos, ardillas, patos y algún cisne, además de pájaros, principalmente, pero desde que me mudé de piso, también he visto varios zorros), y llevarme mi termo de café caliente para beberlo al sol. Se lo que son la mayoría de las comidas que hay en el supermercado, conozco las rutas y los precios de los autobuses, y maldigo las Council Taxes como un británico más. Cuando mis compañeros de trabajo me preguntan que si me planteo volver a casa, les digo que mi casa está aquí.

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Post “post-exámenes”

Esta vez ha sido jodio. Me diréis que esa no es ninguna novedad, que siempre es jodido. Sin ir más lejos, en la última evaluación de febrero, dos días antes de que mis padres me echaran de casa, recuerdo que iba andando a la tienda y tuve que pararme a mitad de camino, totalmente mareado y sintiendo que mi cuerpo hacía sonar la señal de alarma: si no bajaba el ritmo, algo malo iba a suceder. Estar jodido era mi día a día. Luego, la gran discusión, buscar un piso nuevo, decidir qué sacaba de casa y qué me llevaba (porque algo me decía que mis padres iban a cambiar la cerradura, y si me dejaba algo importante allí,  ya no lo podría recuperar), y luego, qué cosas se tendrían que quedar en España (en casa de M. que amablemente me las está guardando) y qué cosas me podría traer a Reino Unido… Fue jodido, pero aprobé. Y seguí estudiando. A partir de entonces, todo ha sido mucho mejor para mí, pero aun así, la cosa estaba jodida de cara a la próxima evaluación. Desde febrero he estudiado en: la cama estrecha, pero confortable, de la casa de G., la señora rusa que me alquiló una habitación, y luego convirtió la cama en una cama doble, cuando K. venía a visitarme, prestándome otra cama individual que era de su hijo, pero que ya nadie usaba porque él se había ido a Rusia. He estudiado en el comodísimo sofá cama de la casa de mi hermana, en Wallasey, y en la maravillosa Central Library de Liverpool (una de las bibliotecas más agradables que he visitado, capaz de mezclar valor histórico con usabilidad en el presente), en el colchón puesto en el suelo de la acogedora habitación de Lara, que me dejó quedarme con ella durante un mes, en el escritorio (¡Por fin un sitio apropiado para estudiar, después de tanto tiempo rodando de cama en cama!) de mi nuevo y confortable piso, y en una habitación cochambrosa de un Bed & Breakfast de Londres, donde estuve repasando antes del exámen de Derecho Penal. En el sofá de Carlos, que también me acogió durante unos días, junto a su fantástica familia, y me ayudó a encontrar (y a conservar) el trabajo que ahora tengo, no tuve tiempo de estudiar. He cargado los libros a mi espalda a través de estaciones de autobuses, trenes y aeropuertos. El recorrido de mi viaje se ha ido plasmando también en ellos: manchas de restos de los bocadillos, arrugas y dobleces, y los folios subrayados con distintos bolígrafos y rotuladores, a medida que se me iban terminando los que tenía y no sabía dónde comprar más. Sin embargo, una vez más, he salido contento de los exámenes. Decidí dejar de estudiar Derecho Eclesiástico, la más fácil y bonita de las asignaturas que tenía para este cuatrimestre (al contrario de lo que cabe esperar por su nombre, pero el nombre es engañoso), y dedicarme a las otras dos: Derecho Penal, muy difícil por lo extensa, y de Derecho Financiero y Tributario, muy fea, y que si consigo aprobar será sólo gracias a que uno de los profesores se tomó la molestia de grabar 25 videoclases de una media hora de duración, gracias a las cuales por fin conseguí enterar más o menos de qué iba la película. Para poder prepararme y hacer los exámenes, por primera vez, no he tenido que faltar al trabajo: pedí vacaciones, y me las dieron. Es la primera vez en 12 años que alguien me paga sin trabajar, aparte de cuando estuve de baja por la operación del año pasado. Las vacaciones molan, incluso cuando son sólo para estudiar hasta que ya no puedes más. El regreso a la vida cotidiana tampoco fue muy fácil, ya que no era el único en la tienda que había decidido tomar vacaciones, y los pocos que quedábamos tuvimos que cubrir las horas de los que no estaban. Hoy por ti, mañana por mí… en 7 días, trabajé 74 horas. Eso son entre 10 y 11 horas al día, todos los días, sin descansar. Cuando por fin tuve mi primer día libre, empecé a contar hacia atrás cuanto tiempo llevaba sin tener un rato para no hacer nada. Un rato para, dedicarme, simplemente, a tomar el sol. Llevaba 7 días trabajando sin parar, pero los días de “vacaciones” habían sido para los exámenes. Antes de eso, ya habíamos tenido unos días extra de estrés en el trabajo, y todo el mes me lo había pasado preparándome los exámenes como un loco. El mes anterior, estresado buscando piso, y con el nuevo trabajo. El mes de antes, buscando trabajo. El mes de antes, cerrando la tienda, y con los exámenes de febrero… ¿Cuándo había sido la última vez que realmente había tenido la oportunidad de relajarme sin tener ninguna preocupación? Mi memoria me llevó a algún punto, 6 años atrás, dopado de Prozac, estudiando a tope una oposición que sabía que no aprobaría porque las plazas iban a ir a manos de otra que nunca había aprobado la oposición, pero llevaba años dando clase, mientras que yo, aprobado sin plaza, tenido la oportunidad de trabajar como profesor ni una sola hora. En aquella época, compaginaba la oposición con el trabajo en la tienda de mi madre, que comenzaba a resentirse a causa de la incipiente crisis. Cada mañana me levantaba sintiendo que me ponía un disfraz, que mi cuerpo y mi cara eran el disfraz, y que nadie a mi alrededor me conocía. Vivía entre la angustia de no poder ser yo mismo, y el miedo a lo que podría pasar si decidía serlo. El último momento de descanso auténtico que he podido tener hasta ahora tuvo que ser anterior a ese momento, seis años atrás, porque después de eso tomé una decisión que hizo que todo se volviese más difícil aún. Se abrió una época en la que se cumplieron mis peores expectativas, mis peores miedos, pero al mismo tiempo conseguí llegar mucho más allá de mis mejores sueños… hasta ahora seis años después. El primer día en que por fin podía sentarme a tomar el sol, sin ninguna preocupación en la cabeza.

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Crear un minuto de felicidad

Hoy vino una chica trans a la tienda. En el trabajo, estábamos muy ocupados, preparando las cosas para el inicio de la temporada de verano. Mientras un compañero se afanaba haciendo un nuevo pedido, yo me acercaba a comprobar el precio de las nuevas camisetas que debía marcar. En la calle, llovía seriamente. No esta lluvia fina, tan habitual en Edimburgo, que a penas cala, sino una lluvia de verdad, de las que dan ganas de asomarse a la calle, simplemente a ver llover.

Entonces entró ella, a preguntar cuando valía un paraguas. La voz la delató a la primera como mujer trans, y a partir de ahí, no necesité más que un vistazo rápido. Le dije el precio y ella me dijo, en inglés, que no hablaba inglés. Por el acento y el color, pensé que podría ser sudamericana.

– ¿Español? – le pregunté

– Sí – dijo ella.

Volví a repetirle el precio en español, mientras me preguntaba si debía contarle que yo también soy trans. Quería contarle que, de algún modo, la conocía. Quería decirle que aquel era un lugar seguro,  donde no tenía que preocuparse de su voz, donde nadie le iba a tratar con el género equivocado, porque veía el temor en sus ojos, en su gesto recogido, en el esfuerzo para que su voz sonara bien.

Pero si se lo hubiese dicho, habría sido como declarar que se le nota lo trans. Ella lo sabe, claro, y no sólo porque seguro que en su casa tiene un espejo, sino porque probablemente todo el mundo se empeña en recordárselo una y otra vez, de las maneras más desagradables. Porque cuando eres una mujer trans, y se nota, no existe ningún lugar seguro.

Por eso, decidí callarme. Decidí hacer una cosa mejor.

– Bueno… español no. Mejor dicho, española – aclaré al cabo de un momento, mientras mi compañero terminaba de hacer su pedido,  pensando que ella podría estar preguntándose si me refería a que si hablaba español (que era lo que quería preguntar), o si me refería a que si era español. Ella sonrió, y yo volví a rectificarme a mí mismo -. Bueno, española tampoco. Lo que quería decir es que hablas español ¿De donde eres?

– De Brasil ¿y tú?

– ¡Hala, que lejos! Yo soy de España, del sur…

Hablamos de banalidades un poco más. “D. can you take this lady? She is buying a umbrella.”, pregunté a mi compañero cuando terminó de lo suyo. Estaba tan absorto que ni se había dado cuenta de que teníamos a una clienta esperando para pagar.

Un minuto después, ella se fue con su paraguas y una gran sonrisa que no tenía cuando entró, porque para las personas trans, hay pocas cosas que nos hagan tan felices como que se nos reconozca como somos realmente, sin tratar de imponernos otra identidad, sin dudas y sin peros. Yo también continué trabajando con una sonrisa, sintiéndome bien, aunque en realidad hice lo mismo que habría hecho con cualquier otra clienta. Sin embargo, sé que lo que para las demás mujeres no es más que lo normal, para ella quizá fuese un poco de esperanza. Me alegré de haber estado hoy trabajando para ella, para venderle su paraguas.

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Inmigrante feliz

Cuando llevaba tres semanas en Liverpool decidí hacer caso a mi amigo Carlos y darme una vuelta por Edimburgo. “Aquí hay muchos sitios que tienen carteles en el escaparate buscando gente”, me explicó Carlos, “y en verano las tiendas abren desde las 8 a las 11 de la noche, así que ahora están buscando gente para la temporada alta, y es más fácil que encuentres un trabajo. Así tendrás tiempo para ir buscando otra cosa para el invierno”.

Carlos es uno de los amigos que lleva años diciéndome “vente pa’ Edimburgo, Pablo” (versión actual del “vente pa’ Alemania, Pepe“), así que le hice caso. Además, me dejaba quedarme en el sofá de su casa, que, por lo que me ha contado, ya ha tenido varios inquilinos que estaban más o menos “homeless” como yo.

Aún así, sólo fui a Edimburgo tres días, para no molestarle mucho. Con su ayuda, hicimos una batida por la zona centro y dejé unos 25 currículums, además de recolectar anuncios para solicitar el puesto por internet, más adelante. Dedicamos poco más de una mañana a la cuestión, por la tarde descansamos, y al día siguiente me volví.

Una semana más tarde, justo después de que escribiese la anterior entrada, el teléfono sonó. Era un sábado por la mañana y tenía previsto dedicarlo a mover muebles dentro de casa, pero el timbre del teléfono me despertó antes de que pudiese hacer nada. La persona que llamaba me quería hacer una entrevista ese mismo día, pero ese día yo no podía ir… porque estaba a 350 km de Edimburgo. Así que le pedí ir al día siguiente, y así lo hice.

Dividí las pocas pertenencias que tenía en las más fundamentales, e hice una maleta que lo mismo podía servir para equipaje de una semana, que para equipaje indefinido. Algo me decía que iba a conseguir el trabajo, así que mejor ir preparado, pero no demasiado bien preparado, por si acaso no me lo daban, que no me sintiera demasiado idiota.

El trabajo era en una tienda de souvenirs de la Royal Mile de Edimburgo. Como mi inglés no es muy bueno, no me enteré demasiado bien de la dirección, pero de nuevo mi amigo Carlos vino en mi auxilió y me dijo donde era (Carlos es una especie de guía Michelín de Edimburgo: lo sabe todo), aunque esta vez me quedé en casa de mi amiga Lara, que es otra de las que me decían que me dejara de hacer el imbécil en España y fuese tirando para acá.

Llegué a la tienda a las 10:15, aunque mi cita era a las 10:30, y vi como la abrían. Para disimular, me metí en la tienda de al lado hasta las 10:30, que volví a salir. Había cuantro personas muy atareadas, y la mánager se olvidaba de entrevistarme constantemente. Finalmente, me hizo una entrevista de unos 5 minutos, en la que hablamos de mi experiencia, y me pidió que volviera a las 13:00, ya que el jefe estaría por allí.

“Vaya huevos”, pensé para mí, pero por otra parte me dije: “si me pide que vuelva, será que le he gustado”. Así que con esa esperanza, volví a la 13:00. Una vez más, todos estaban muy atareados, pero aún así, conseguí darme cuenta de que el chico que estaba en la caja era español, y le pregunté qué tal eran los jefes, cómo se estaba en la empresa, y demás. Él me dijo que eran todos muy majos, y que en la empresa se estaba bien, pero que a él le iban a cambiar de tienda, y además su turno terminaba ya, así que estaba deseando irse.

Sin embargo, había un problema: la manager no tenía a nadie para cubrir su puesto, y mientras yo esperaba para que me hicieran una segunda entrevista con el jefe, la veía ir de aquí para allá, llamando por teléfono y hablando con un señor que yo me imaginé que debía ser el jefe (y efectivamente, lo era). De repente, se volvió hacia mí y me dijo “Tú me has dicho que tienes experiencia ¿Quieres trabajar?”. Obviamente le dije que sí, y de buenas a primeras, con un minicursillo acelerado de 5 minutos, me vi en la caja atendiendo a la gente. Así, sin anestesia ni nada.

“El trabajo es sólo para una semana”, me explicó la mánager, “pero si me quedo contenta, a lo mejor te puedes quedar más, o te puedo recomendar para que trabajes en otra tienda ¿Te parece bien?”. “Claro que sí”, le respondí. Y desde entonces, trabajo ahí.

Dicho sea de paso, la verdad es que el chico español debió pensar “para lo que me queda de estar en el convento, me cago dentro”, y la noche anterior había estado de juerga. Se presentó en el trabajo con un resacón del 15, y apestando a whisky, pero como lo cambiaban de tienda, ya que se iba con el manager anterior, le daba igual.

Mi primera semana fue mortal. Estábamos abriendo una tienda nueva, que en realidad no era nueva, pero había estado mal gestionada anteriormente, y había mucho que hacer. Trabajé 62 horas, de manera muy intensa, pero me pagaron todas y cada una de ellas. En una semana gané más o menos lo mismo que en un mes de trabajo en España, con dos trabajos. A partir de la segunda semana, ya tenemos un horario normal, con 40 – 45 horas a la semana, y un ritmo más relajado, que a veces llega a ser hasta aburrido.

El trabajo, la verdad, me gusta mucho. Los clientes son turistas que vienen contentos a pasarlo bien, no españoles amargados que si pudieran te sacarían hasta la sangre. Los españoles que vienen están encantados de encontrarse con otro compatriota (aunque en realidad aquí hay españoles por todas partes, hay españoles hasta en la sopa, y sobre todo, los hay en las tiendas de souvenirs), y nadie es desagradable. Todos los compañeros de trabajo son super simpáticos, y el equipo es muy internacional: la jefa es japonesa, y los demás somos, un mexicano, una estadounidense, un chico italiano, y otra italiana que no trabaja siempre en la empresa, porque no le gusta demasiado. No hay escoceses, principalmente porque ningún escocés viene a pedir trabajo a este tipo de tiendas. Como suele ocurrir, los inmigrantes hacemos el trabajo que los del país no quieren hacer, pero, la verdad, yo estoy contento con lo que hago, así que no me voy a quejar.

El resumen de mi búsqueda de trabajo es:

Tiempo en encontrar trabajo desde que llegué al país: un mes justo.

Número de currículums dejados: incontables.

Entrevistas realizadas: 2

Tiempo empleado en la búsqueda de trabajo en Edimburgo: 1 mañana

Reconozco que he tenido tres ventajas fundamentales: amigos y familia que me han ayudado desde el principio, un nivel alto de inglés (que al llegar aquí se convirtió en a penas suficiente, aunque hay gente que habla peor que yo, y también tienen trabajos que les gustan), y mucha suerte. Llegué en el momento adecuado al lugar adecuado.

Me siento muy feliz. Por primera vez en años, tengo un salario que me permite vivir como una persona, y no me paso los días y las noches contando céntimos, preguntándome cómo voy a pagar las facturas, o si podré comprar comida mañana. Hago algo que me gusta, y luego me sobra tiempo para dedicarlo a otras cosas que también me gustan, como la.trans.tienda, escribir o estudiar. Puede que este invierno aprenda a coser a máquina. Vivo en una de las ciudades más bellas de Europa, y tengo amigos con los que disfrutarla. Sólo falta que K. venga aquí, para que todo sea perfecto, y eso ocurrirá dentro de dos meses.

Mi único miedo, la única preocupación, es que todo parece demasiado bueno para ser verdad. Cuanto mejor me encuentro, más miedo siento de que ocurra una nueva catástrofe que me tire todo al suelo y tenga que empezar de cero por tercera vez. Es un temor irracional, que se me engancha en el estómago, y al pecho, acompañado por una vocecilla que me susurra que no merezco nada de esto, y que pronto en el trabajo se darán cuenta de que pueden encontrar a alguien mejor y me despedirán. Una voz que no es más que el eco de otras voces reales que durante años me han estado diciendo que yo no servía para nada, y que siempre tendría que estar “chupándole” a alguien sus recursos para poder vivir. Unas voces que debo aprender a olvidar, ya que no pienso permitir que nadie vuelva a decirme tal cosa nunca más.

En las siguientes entradas hablaré de mis aventuras para conseguir la testosterona (y la aguja, que casi fue peor), y cómo he aumentado mi nivel de vida al comprar una cafetera. También hablaré sobre mi nuevo apartamento, y cómo pasé de ser un okupa de los colchones y sofás de mi hermana y amigos, a un arrendatario con todas las de la ley (aquí les llaman “tenant”, es decir “teniente”).

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…y abierto

El día 12 de abril hace un mes que llegué a Reino Unido.

El primer día, me quedé en casa, descansando y organizando las pocas cosas que traía. Además, debía averiguar cómo cumplir las tareas que me había planteado que debían ser las primeras al llegar a este país: conseguir un número de teléfono (eso me lo solucionó mi hermana), abrir una cuenta de banco (en Barclays está chupado, no te piden nada), solicitar el número de la seguridad social, para poder trabajar (en realidad no es imprescindible, puedes trabajar todo lo que quieras sin número de la seguridad social, sólo que no podrás cobrar. Sin embargo, muchas empresas exigen que tengas el número de la seguridad social antes de contratarte), conseguir cita para un médico, para continuar mi tratamiento hormonal, y, por supuesto, empezar a buscar trabajo. También debí haberme dado de alta en el consulado español, pero no lo hice (a ver si me pongo con ello).

Foto: Pablo Vergara. Compartida con licencia CC 2.0. – No uso comercial – Atribución.

Sin embargo, decidí que por una vez, y sin que sirva de precedente, no me iba a estresar. Por la mañana, salí a pasear a la perrita de mi hermana. Siguiendo su consejo, me acerqué al río (creo que no es un río, sino una ría) que separa Liverpool de Wallasey, el pueblo en el que vivo (tampoco es que sea un auténtico pueblo, sino, más bien, una ciudad dormitorio). En ese momento la marea estaba baja, y así pude bajar yo también. Este fue el paisaje que me encontré. Acaba de pasar de la incipiente primavera española, al final del invierno inglés. Sin embargo, el paisaje, era a la vez tan bello y melancólico que no lamenté el cambio de estación ni por un instante.

Lo primero que sentí al llegar aquí fue que de repente tenía todas las oportunidades del mundo, ahí, dispuestas delante de mí. España es un país en el que la libertad ha sido eliminada casi por completo, de forma rápida y sistemática, pero suficientemente gradual como para, al menos, darnos tiempo para ir acostumbrándonos a ello.

– Me han puesto una multa de 300€ – le dije a una amiga, que lleva dos años viviendo en Edimburgo.

– ¿Qué locura hiciste? ¿No te habrás comido un bocadillo en la calle? – respondió ella.

– No, eso ni se me ocurriría.

Este es el mejor resumen de la situación en España, donde cualquier comportamiento cotidiano, por no hablar de la libertad de expresión, ha quedado proscrito y sujeto a graves sanciones administrativas que pueden llegar a ser peores que una condena en la cárcel.

Cuando llegué a Liverpool, de repente sentí que la carga de prohibiciones y cautelas que la legislación española había establecido sobre mí (no como persona trans, sino como ciudadano) se levantaba. Aquí puedo comer tantos bocadillos como quiera en la calle (de hecho, lo hago habitualmente, y también como frutas), incluso hay gente que canta en la calle sin tener que pasar un examen, ni arriesgarse a que le pongan una multa que le va a dejar sin comer un mes (como a mí la multa de 300€).

Aquí, cualquiera puede trabajar tanto como quiera. La filosofía de este país parece ser “tú trabaja tanto como quieras, que si ganas dinero ya veremos cómo hacer para que pagues los impuestos”. En España, es justo al contrario “tú paga primero los impuestos, que luego ya veremos si puedes trabajar y ganar dinero, o no”. Los primero días, cada vez que hacía una nueva venta, pensaba “¿Todo el dinero es para mí? ¿De verdad?” Y sí, lo es.

Aquí, por las mañanas hay muy poca gente en las calles, y muy pocos coches en los barrios residenciales: la mayoría de la gente está trabajando, y los que no trabajan es, probablemente, porque tienen un turno de trabajo distinto.

Hay ofertas de trabajo. Dedico horas y horas a presentar mi currículum. Tengo oportunidades de conseguir trabajo, porque el trabajo existe. Además, el trabajo se hace en condiciones humanas. Los trabajadores se ven relajados y descansados, de buen humor. Todo el mundo es increiblemente simpático y servicial.

Se vive mejor. La gente tiene vida de persona.

Abrir una cuenta bancaria fue muy sencillo. Hay bancos que te ponen algunas pegas, pero en Barclays no. Se conforman con que les des un documento de identidad. Darme de alta en un centro médico, una vez que me llegó la primera carta del banco, que sirve como prueba de residencia, también fue sencillo. La tarjeta sanitaria europea no sirve absolutamente para nada. Aquí atienden a todo el mundo, o al menos, a todos los ciudadanos europeos, independientemente de si tienen un trabajo o no. La gente no se muere por falta de atención sanitaria.

Entenderme con los ingleses, es un poco más difícil, en parte porque el acento de aquí es muy cerrado. Después de un mes, me frustra notar que todavía hay mucha gente a la que a penas entiendo, y hablar por teléfono es casi imposible, pero al menos estoy haciendo progresos.

No he dejado de escribir. De hecho, estoy escribiendo más que nunca, sólo que estoy concentrando mi esfuerzo en dos áreas distintas: el blog de la.trans.tienda (aunque es un poco menos personal que este), y mi libro. He dejado un poco de lado el libro de ficción que estaba escribiendo (de lado, pero no olvidado), para empezar a trabajar en otro proyecto que me habían pedido varias personas: el “blook de la transtienda”. De todas formas, quiero seguir escribiendo aquí, y trataré de encontrar más tiempo para hacerlo.

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