Archivo mensual: febrero 2011

Ésta por Evelyn.

Creo que me presentaron a Evelyn en cierta ocasión, aunque no tengo ningún recuerdo de ella. Probablemente, si en efecto me la presentaron, fue en algún momento en que había mucha gente a la que yo no conocía, y que en cambio sí se conocían entre si.

Evelyn no me interesó en vida. Alguna vez l*s compañer*s de la Casa Trans me hablaron de ella, como me hablaron de tantas otras personas. No presté una especial atención. Sólo otra historia más, sólo otra persona más. Tan única y tan sobresaliente como cualquier otro ser humano del mundo. Todas las historias merecen ser escuchadas, pero no tenemos tiempo para ello y hay que elegir las que más nos interesan. Yo no elegí la de Evelyn.

Entonces ¿por qué me intereso por la muerte de una persona a la que no conocí en vida? Podría pensarse que es muy fácil solidarizarse con los muertos. Queda muy bien decir unas cuantas palabras, hacer un bonito gesto grandilocuente y continuar con nuestra vida al día siguiente, como si nada.

No sé si seré acusado de hipócrita por hablar de la muerte de Evelyn, por recordarla ahora que no está, cuando no la conocí en vida, pero me da igual. La noticia de la muerte de esta chica me ha dejado muy triste. Creo que la mayoría de la gente tiene el impulso de rebelarse ante la injusticia ¿y qué mayor injusticia hay que te hayan quitado la vida? Desconozco los motivos por los que quien mató a Evelyn consideró que ella no merecía seguir viviendo. ¿Tal vez porque «pensó que era una mujer» y descubrió que «era un hombre»? ¿Quizá porque tenían alguna deuda pendiente? ¿O sólo porque esa persona consideraba que su forma de vida era tan aborrecible que el mundo estaría mejor sin ella? ¿Qué delito tan terrible cometió que la hizo merecer la muerte?

¡Evelyn! ¿Cuantos años tenía? ¿Veinte? ¿Veinticinco? No creo que tuviese más. Ahora ya no volverá a hacer eso tan terrible que le hizo merecedora de la muerte. Ya no podremos conocernos, ni decidir si queremos hablar entre nosotros o estamos demasiado ocupados haciendo cosas más interesantes (nada garantizaba que, aunque yo hubiese querido hablar más con ella, ella hubiese querido hablar conmigo). No va a volver a dejarse los platos sin fregar, ni a hacer sonreir a otra persona. Es lo que tiene morirse, o que te maten, que ya no puedes hacer nada más.

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Maldita la hora en que me compré un teléfono Vodafone.

Está claro el título ¿no? En septiembre de 2010 me hice un contrato de Vodafone, y desde entonces, mi factura de teléfono ha rondado los 50€, de los cuales yo habré gastado aproximadamente 10€.  Sí, han pasado 5 meses, así que me han metido 4 facturones como 4 soles (sólo un fue normal), de lo cual se puede deducir que soy un poco tonto. Lo normal sería que hubiese cortado el chorro mucho antes.

Todo empezó en la tienda donde hice el contrato. Se trataba de una tienda perteneciente a la cadena «Internity». Yo pedí una tarifa 90×1 que aparecía en el folleto, pero en el contrato el nombre de la tarifa que figuraba era otro: «a mi aire tarifa simple». Pregunté «¿y esto?», la dependienta me dijo que acababan de cambiar los nombres de las tarifas y ahora se llamaba «a mi arie». ¿Por qué me iba a engañar? Firmé el contrato. Ese fue mi primer error.

En aquel momento, Vodafone anunciaba una tarifa plana de datos gratuita durante dos meses. En la tienda me dijeron que como mínimo tenía que tener la tarifa de datos contratada durante un mes, sin informarme de costes ni de nada más. En el contrato, no se mencionaba ninguna tarifa de datos, con lo cual en realidad, yo no la contraté.

La cara que se me quedó al ver mi primera factura, fue para verla. Casi 60€, de los cuales 40€ venían contenidos bajo el misterioso concepto de «otros servicios». Tuve que llamar a información para enterarme de qué eran esos «otros servicios». No tuve que llamar ni una, ni dos veces, sino tres o cuatro. Al final me lo explicaron y yo aluciné al enterarme de que me estaban cobrando la tarifa de internet.

Una tarifa de internet que, por cierto, yo no estaba utilizando, porque no me habían activado la transmisión de datos. Yo, creyendo que el problema era del teléfono móvil lo envié al servicio técnico. Dos veces. Allí estuvo un mes. Claro que no fue algo ocioso, porque en realidad el teléfono daba otros problemas.

El resto del gasto estaba justificado porque hice las llamadas de forma incorrecta, creyendo que tenía una tarifa que me permitía hacer llamadas largas a 0,40 € a partir de las 6 de la tarde, cuando lo que en realidad tenía era una tarifa que era más ventajosa para hacer llamadas cortas a cualquier hora del día. Vamos, que lo estaba haciendo del revés.

Como para ese momento ya había pasado la mitad del otro mes, la segunda factura también fue de órdago. Intenté reclamar pero la compañía dijo que la culpa era de la tienda (¡aunque el contrato pone «Vodafone»!), y, para ser justos, me pareció que realmente quienes me habían timado eran las dependientas de la tienda. Reclamé en la tienda y se rieron de mí, literalmente. Monté un pollo que no sirvió para nada, excepto para desahogarme y puse una reclamación.

La reclamación no fue respondida. Reclamé a través de Consumo, y entonces sí que respondieron, diciendo que en el contrato ponía la tarif que yo había solicitado. Estábamos ya a finales de diciembre y yo tenía otros problemas, entre ellos una úlcera que se me pone peor con el estrés, y tras cosas que hacer, como estudiar. La siguiente factura había venido «normal», así que decidí que lo más sano para mí era resignarme, asumir que me habían engañado, y ya está.

A finales de diciembre cambié de tarifa a una que me venía mejor, que incluía conexión a internet. Mi intenció era cambiarme sólo del 15 de diciembre al 15 de enero, y luego volver a la vieja tarifa 90×1. Durante quince días me fue bien, pero el día 27 de diciembre se me volvió a estropear el teléfono, así que ya no podía conectarme a internet. Pedí que me cambiasen de nuevo la tarifa.

Cambiar la tarifa de internet me costó un poco de trabajo, pero al final lo conseguí, y no hubo problemas de factura. La factura llegó normal, «sólo» 23€, que era lo previsto.

Entretanto, nuevo cabreo. ¡Otra vez el teléfono en el servicio técnico! ¡Que me den uno nuevo o que me devuelvan el dinero! Según la ley, tengo derecho. Ellos me dicen que no, que las normas las ponen ellos. Me planteé seriamente coger e ir a juicio, pero al final me han devuelto el teléfono en buen estado, y al parecer resulta que el problema que tuvo es «de serie» en todos los Sony Ericsson Vivaz: si se quedan sin batería, pueden morir.

Y este més, de nuevo, 43€. De esos 43€, 8,70€ son de consumo que yo he hecho. El resto son misteriosos «otros consumos». Ahora he aprendido a mirar la factura sin tener que llamar al 123. Los «otros consumos» son unas cuotas mensuales que han aparecido ahí como por arte de magia, y de las que no tengo ninguna pista de dónde salen. Al parecer, la tarifa 90×1 tiene una cuota de 20€, y la tarifa de datos, que en teoría sólo te cobran si te conectas, y que es imposible dar de baja porque podría afectar al servicio de voz, cuesta 8 euros. Más IVA.

Llamo para reclamar, y en la primera llamada, el agente me pregunta mi nombre (para referirse a mí) y se lo digo. Me pregunta a nombre de quién está la linea, y se lo digo (mi nombre legal), me pregunta qué relación tengo con esta persona, y le digo que soy yo. El tipo me dice que debería haberle dicho en primer lugar mi nombre, y que no puede atenderme si soy una persona extraña que no es el dueño de la linea (cosa que no es cierta, ya que, para empezar, es imposible que por teléfono sepan si en verdad soy o no soy la persona que digo ser). Lecciones de moral. Le he insultado abiertamente y le he dicho que le de lecciones de moral a su puta madre, entre otras cosas.

Llamo para intentar poner una reclamación contra esa persona. Me dicen que mande un fax. Les digo que uno no. Voy a mandar dos. No te jode.

Llamo para intentar darme de baja. No es posible, tengo que llamar en días laborables, de tal hora a cual hora.

Total, que estoy hasta los huevos. Ya me he hartado de que me impongan sus vías de comunicación incómodas, sus cauces de reclamación, que siempre incluyen enviar un fax y cuya eficacia es más que dudosa (si de verdad tuviesen interés en hacer bien las cosas, no sería necesario), de que se escuden en las normas de la empresa, que yo no he firmado en ningún contrato, y que no me conceden derechos que sí conceden las leyes españolas. Por cierto, estoy hasta los huevos también de la ineficacia de las leyes españolas.

Así que mañana voy a liberar el móvil y a dar al banco la orden de que devuelvan el último recibo y no paguen ni uno más. Dicen que si me doy de baja antes de que pasen 18 meses tengo que pagar una penalización de 100€… Lo que no tengo claro es cómo van a hacerlo para cobrárselos. Estoy deseando que empiecen a mandarme cartas y a llamarme diciendo que si no pago, iré al infierno de cabeza.

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Rutina de sábado.

Dos horas estudiando. Ya no sé si estudio derecho constitucional, o si el derecho constitucional me estudia a mí. Me está mirando, de eso no hay duda. Esto no es normal. Mejor hago un descanso.

Es sábado. Toca raparse. Yo diría que cada vez tengo más pelo, y me está creciendo más duro. Mi madre dice que ya podía dejármelo crecer otra vez, pero me he acostumbrado a verme así y me gusta, además de que es muy cómodo y ahorro en peluquería. Ya nadie me viene con la cantinela «tienes muy poco pelo», «gracias por avisar, no lo había notado». Además, supongo que cuanto más tiempo me siga rapando, más fuerte se me pondrá ¿no? Todavía no hay riesgo de que nadie vaya a confundirme con el león de la Metro.

A rapar. Cada vez lo hago mejor, más rápido y sin transquilones, aunque creo que no me he repasado bien lo pelitos de la nuca. Bueno, a ver si mañana tengo más maña.

Aprovecho y recorto los cuatro pelos que tengo en la cara, que últimamente me estoy dejando crecer, y que no pueden ser llamados «barba». Me he pasado un poco y en algunos sitios se me ha quedado a roales, pero como ya está a roales de su natural, tampoco es una gran desgracia. Además, es la primera vez que hago esto… ya iré aprendiendo con la práctica, digo yo.

Me han dicho que es mejor afeitarse antes de ducharse, pero yo prefiero hacerlo después. Los otro cuatro pelos que me salen en la cara, que no pueden llamarse tampoco barba, pero que no me estoy dejando crecer, se quedan donde están hasta después de la ducha.

Ducha. Mola lavarse la cabeza después de raparse, la sensación en la mano y en el cuero cabelludo es muy agradable.

Ahora sí, afeitado de lo que queda. Lo que queda, además de poco, es muy blando y no me cuesta nada afeitármelo. Al contrario, me agrada afeitarme, porque luego se me queda la piel muy suave. No se me irrita ni me hago cortes, de momento.

Después toca la «reconstrucción facial». Esta semana la dermatitis parece que está remitiendo, así que va a ser más fácil. Tampoco estoy seguro de que el orden sea el correcto, pero primero me paso una crema exfoliante, a ver si consigo arrancarme todas las pielecitas muertas (que asco, un día de estos se me va a caer la cara), y me consuelo pensando que también es bueno para los puntos negros y para prevenir las espinillas. Después crema hidratante, de farmacia, especial para la dermatitis atópica. No es milagrosa, pero alivia mucho. Después el aftershave… en realidad, no sé si el aftershave debería haber ido antes que la crema hidratante, pero todavía no me ha salido nada raro en la cara (a parte de lo que ya tengo, ay) así que debo estar haciéndolo bien.

Paso final: limpiar el cuarto de baño. Para ser alguien con tan poco pelo, parece mentira la de pelos que suelto.

En total, unos tres cuartos de hora dedicados a «acicalarme». Y lo peor de todo es que me gusta dedicar este tiempo a eso. Cuando termino puedo decir que me gusta el resultado que veo… cosa que antes no me pasaba, porque ni me gustaba el resultado, ni tampoco es que lo viese, en realidad.

Me estoy volviendo un poco presumido. Ahora ya no voy a poder criticar a mi hermana. Pero tampoco muy presumido, creo. Lo justo como para que me relaje dedicar algo de tiempo a cuidar mi cuerpo. Me estoy acostumbrando a hacer cosas agradables relacionadas con mi cuerpo de manera rutinaria, lo cual es una agradable novedad.

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Un año de hormonación (epílogo)

En la entrada anterior mencioné de pasada que en el pasado estuve tomando hormonas femeninas, y que tuvieron un efecto devastador sobre mí.

Muy pocas veces he hablado de ello, diría que en total han sido tres. Me resulta muy difícil. Pensar en ello, recordarlo, me hace sentir inseguro, humillado, casi podría decir que incluso violado. Sin embargo, no es una historia fuera de lo normal, sino, al contrario, lo más normal del mundo. Nadie se ha escandalizado al contárselo, y no tiene nada de malo. Hoy (debe ser porque he cogido la gripe y tengo algo de fiebre) me parece que tengo que explicarlo. Las cosas fueron así:

Yo tenía unos 20 años. Llevaba tiempo saliendo con mi novio de aquel entonces, y él empezó a «sugerirme» que sería bueno que tomase la píldora, por comodidad, y también para mejorar nuestras relaciones sexuales. Eran «sugerencias» más bien constantes… prácticamente cada vez que nos acostábamos salía el tema, y el único argumento que yo tenía en contra era que seguro que se me olvidaba tomarme las dichosas pastillitas. «Ponte una alarma», «tómatelas siempre a la misma hora», «seguro que cuando te acostumbres, ya no se te olvida». Los condones son caros, y antieróticos. De la píldora, ni te acuerdas, y además es barata.

Al mismo tiempo, mis médicos llevaba ya algún tiempo «sugiriéndome» que tomase anticonceptivos orales. Mis periodos eran irregulares, tenía un ovario poliquístico, y encima, tenía alopecia androgénica. Lo que me terminó de convecer fue lo de la alopecia. Nunca he tenido mucho pelo, y en aquel momento se me estaba cayendo bastante. Como supuestamente era una mujer «no podía» hacer lo que he hecho la última vez que se me ha caido el pelo, es decir, raparme y olvidarme del asunto. Bueno, sí podía, no iba a ir a la cárcel ni nada, pero seguramente a nadie le parecería bien. Ni siquiera a mí me parecía bien. Para las mujeres, ser feas es una auténtica desgracia. Todo el mundo trata mal y se burla de las mujeres feas. Ser calva es el colmo de la fealdad. Y yo bastante tenía ya con ser gorda.

Nadie me obligó. Todos decían que la decisión era mía, pero todos aconsejaban que tomase anticonceptivos orales. Yo no disponía de conocimientos suficientes para presentar objecciones sólidas, y las pocas objecciones que presentaban era fácilmente respondidas, o carecían de importancia comparadas con todos los beneficios que los anticonceptivos iban a suponer para mí, y también para mi pareja. Muchas de mis amigas tomaban, y estaban contentas. En algunas revistas femeninas advertían que podían tener ciertos efectos secundarios, pero la valoración era, en general, positiva. ¡Que cojones! La presión era como una losa de 500 kilos puesta sobre mis hombros. Eso sí, una losa de marmol de carrara, bien pulida, tallada, y en general muy bonita. Tardé unos meses en dejarme quebrar, pero al final me quebré, como me he quebrado tantas veces a lo largo de mi vida bajo las normas impuestas por el código de género. Empecé a tomar anticonceptivos, para tratarme el ovario poliquístico, para controlar la frecuencia de mis periodos, para evitar la caida del cabello (por ciero, no funcionó demasiado), para evitar embarazos de manera más segura que con los preservativos, y para que mi novio estuviera contento. Pero la idea nunca, nunca, fue mía. Partió de otros que sabían mejor que yo lo que era mejor para mí.

Empecé a tomar Diane 35, que tiene la característica de que, además de tener hormonas femeninas, tiene también antiandrógenos. ¿No es irónico que me recetasen antiandrógenos precisamente a mí, que ahora soy tan feliz inyectándome andrógenos a saco? Mis periodos se regularon. En vez de bajarme la regla cada 40-50 días, que era lo único que me la hacía soportable, empezó a llegar puntual, cada 21-25. Secretamente me alegraba de que aún bajo el control de las hormonas artificiales mis periodos se resistiesen a ser «normales», pero aún así, me agobiaba mucho. Era como si estuviese casi siempre encadenado a la regla… cuando no la tenía, estaba a punto de tenerla. El pelo dejó de caerse, y con la ayuda de unas carísimas vitaminas, me volvió a crecer con más fuerza, aunque la solución distó mucho de ser definitiva. Actualmente, en vista de que tras la hormonación con testosterona no se me cae más, sino incluso menos, he llegado a la conclusión de que nunca tuve alopecia androgénica, sino que responde al estrés y a la carencia de ciertos nutrientes. Para controlar la caida del cabello no necesitaba tomar hormonas, sino controlar mi alimentación. Las relaciones sexuales con mi pareja mejoraron para él, pero empeoraron para mí. Descubrí que no me gusta nada la textura pringosa del semen, y que para mí era mucho más agradable que todo eso se quedara bien guardadito en el fondo de un preservativo, en lugar de tener que limpiarlo de mi cuerpo.

La píldora era mucho más barata que los preservativos. No tenía que esconderla de la vista de mis padres, porque era un medicamento que tomaba por varias y muy buenas razones. Nunca me acostubré a tomarla a diario, y se me olvidaba con cierta frecuencia (lo que significaba regresar a los condones lo que restaba de mes ¡viva!).

Dejé de escribir. Es la única época en mi vida que no he escrito nada. Decir esto es como decir que dejé de ser yo. Empecé a interesarme por cosas que no me habían interesado. La ropa, el maquillaje, los potingues para la cara. Un día me encontré sentada en un sillón (y, posiblemente, esta sea la única ocasión en la que estoy obligado a referirme a mí en femenino), mirando por la ventana, frente a un folio en blanco en el que trataba de escribir algo, recordando que antes sentía que yo era un hombre, que me gustaban las cosas de hombres. Pensé «¡que tontería!» y sonreí para mis adentros. Volví a concentrarme en el folio en blanco. Escribí un par de párrafos, malísimos. No volví a intentar escribir nada más hasta que pasaron algunos años y mi amigo Darkmaste con sus juegos de rol por mail logró volver a despertar esa parte de mí.

Curiosamente, cuando empecé a jugar a juegos de rol, ni a mis padres ni a mi novio les hizo ninguna gracias. Pero a mí me apasionaba (y todavía dedico mucho tiempo a esa afición). Es mucho lo que tengo que agradecer a Darkmaste, que me obligó a sacar de nuevo la mejor parte de mí, y a mejorarla semana a semana. Él también me presionaba para que escribiese más, para que jugase más, para que me implicase más… pero se trataba de una presión que sólo servía para sacar de mí lo que mejor sabía y sé hacer. Aunque las presiones externar para que dejase de jugar a rol fueron muchas (tuve agrias y duras discusiones) fue muy poco lo que llegué a ceder en ese terreno. Gracias a los dioses.

A medida que me iba olvidando de quien era yo, empecé a deprimirme. Un año después de empezar a tomar anticonceptivos, empecé a sentir que yo no valía nada. Mi deseo sexual bajó al subsuelo. Más discusiones. No lograba entender que alguien pudiese quererme, siendo yo alguien tan imperfecto, tan aburrido, que no hacía nada bien y sólo decía tonterías. Este pensamiento no era de entonces, y todavía no me he podido librar de él por completo, pero en aquel momento se amplificó hasta el infinito. Sólo quería morir. La vida carecía de sentido.

Nunca imaginé que esta depresión estuviese relacionada con los anticonceptivos. Mis médicos tampoco, o si lo imaginaron, no me lo dijeron. Empecé a tomar antidepresivos, pero no me hacían sentir mejor.

Cuando empecé a tomar la píldora, pesaba 115kg. Tres años más tarde, pesaba 135kg. Empecé a tener fiebre. Eran sólo unas décimas, pero las tenía a lo largo de todo el día. Estaba siempre muy cansado, y necesitaba dormir doce horas al día, como mínimo. Por otra parte, mi organismo se empezaba a degradar por la obesidad mórbida. Me dolían los tobillos y las rodillas, tenía hipertensión, tenía resistencia a la insulina, ahora ambos ovarios eran poliquísticos… Empecé a mover las cosas para operarme del estómago. Esa decisión fue mía, la de operarme.

Para la fiebre, me hicieron muchas pruebas. Análisis de todo tipo. Pruebas de enfermedades extrañas, fiebres reumáticas… de todo. Al final, acabé en la consulta de un internista. Era un señor mayor que tenía varias especialidades médicas, además de medicina interna. Después de cuatro meses llendo de consulta en consulta, sin encontrar un diagnóstico, supe que había llegado al lugar adecuado. Lo supe cuando vi a su secretaria, que en lugar de ser una señora o señorita con muy buena presencia, era una mujer gorda y de rasgos vulgares, de caracter asertivo y «poco femenino», pero muy amable y eficiente. Es raro encontrar a una persona gorda trabajando, pero más raro aún es encontrarla trabajando de cara al público. Alguien que elegía a una persona así, debía tener algo fuera de lo normal. ¿Me apresuraba al juzgar? Lo que ocurrió a continuación, confirmó mi primera impresión.

El internista, que además tenía otras muchas especialidades médicas (era un señor mayor), miró todas las pruebas que me había hecho, y que llevaba bien organizadas en una carpeta. Al principio las miraba con seriedad, y luego cada vez con una sonrisa más amplia, y un poco divertida. «¡A usted le han hecho pruebas de todo!» Sin embargo me explicó que hacer pruebas no cura, y que puesto que ya me habían mirado todo lo mirable, había que hacer otra cosa. Lo primero, dejar de tomar todos los medicamentos que estaba tomando, que eran muchos.

Curiosamente, la única objección que le puse fue la de los anticonceptivos. Los médicos me habían metido mucho miedo por el ovario poliquístico. No me importaba tanto dejar los antidepresivos (total, para lo que servían), las pastillas para la tensión, y no sé qué más tomaba, que ya yo recuerdo, pero eran varias cosas. El médico fue inflexible. Tenía que dejarlo todo, y si me iba mal, ya veríamos.

La primera mañana que no me tomé la píldora, después de tres años, me sentí algo culpable. El segundo día, un pequeño sentimiento rebelde se levantó victorioso (si en realidad yo nunca había querido tomarla ¡por fin tenía una buena excusa para dejarla!). Una semana más tarde me sentía mejor que nunca. Recuperé ese viejo sentimiento de ser un hombre (¡la disforia de género!) y lo abracé y me aferré a él de una manera que nunca habría podido imaginar. ¡Esa era la persona que yo era en realidad! La depresión se disolvió en el aire, e incluso tuve un «efecto rebote». ¡Estaba eufórico! Era como enamorarse. Encontraba en mi interior una parte de mi personalidad que me prestaba una cantidad ilimitada de energía, sentía que salía de la oscuridad y volvía a la vida. ¡A la vida! Ya no quería morir, sino vivir, curarme y recuperar las fuerzas. Supe que la culpa de toda la oscuridad anterior, de toda la depresión y la tristeza, era de los anticonceptivos, y me prometí que nunca más los volvería a tomar, me dijesen lo que me dijesen.

Extrañamente, nadie me volvió a sugerir que los tomase. Diez meses más tarde, me operé por fin y empecé a adelgazar. La fiebre cesó después de la operación, pues me la estaba causando la vesícula biliar, a causa de la obesidad. Como en la misma operación me la extrajeron, al día siguiente ya no tenía nada de fiebre.

Sin embargo, eso no fue el final de la historia, sino el principio. La disforia de género continuaba ahí. Pasados los primeros meses de bienvenida, empecé a sentir de nuevo que debía reprimirme. Empecé a buscar válvulas de escape,a tratar de encontrar formas de manifestar mi personalidad masculina (de nuevo la encontré en los juegos de rol). Así estuve cuatro años más, hasta que en verano de 2008, a punto de cumplir los 29, ya no pude soportarlo más, y de nuevo me rompí, aunque esta vez no fue la presión externa la qe me rompió por dentro, sino la presión interna la que acabó con la máscara que llevaba para todos los demás.

Un día sentí que nadie me conocía. Que había estado haciendo siempre lo que todos me decían, y que debía aprender a vivir de otra forma.

Ya lo he dicho al principio: recordar todo esto me hace sentir violado y frágil, inseguro. Me hace dudar de si mi propia identidad de género es tan fuerte como creo, ya que se me pudo borrar con una simple pastillita. Mientras tomé anticonceptivos, olvidé por completo que era un hombre. También me hace sentir violado, como si otros hubiesen arrasado mi cuerpo, mi mente, incluso mi alma, utilizándome a su antojo, haciéndo de mí alguien que no era yo. Esos otros (los médicos, mi pareja de entonces, incluso mi familia) que ahora siguen con las manos limpias, sin conocer el alcance de lo que esa pequeña decisión, tomar o no tomar la píldora, supuso para mí. Esos otros que, sin embargo, no tenían mala intención, y a quienes no debo perdonar, porque ni siquiera puedo culparles. No tengo nada que echarles en cara.

No sé qué conclusiones se puedan sacar de esto. Quizá no se puede sacar ninguna. Cualquier conclusión podría ser precipitada. ¿Que la píldora es mala? No lo creo. Las cosas no son buenas ni malas, lo que es malo es el uso que se les da. ¿Que los médicos me manipularon? Tampoco podría decirlo. Simplemente me ofrecieron una solución que probablemente funciona en la gran mayoría de los casos. Tal vez la única conclusión que se puede sacar es que los consejos son muy peligrosos, y que, como me dijo mi internista el día que me quitó todos los medicamentos «a veces lo bueno es enemigo de lo mejor».

En ocasiones escucho que a los niñ*s intersex que quieren cambiar de un género a otro, en lugar de atender a su petición, se les dan tratamientos para reafirmarlos en el género asignado, con la esperanza de que, como me pasó a mí, olviden quienes son ahora y se conviertan en otras personas más socialmente adecuadas. En un documental sobre niñ*s trans, uno de los médicos decía que era bueno dejar que llegasen a la pubertad y se desarrollasen, porque la influencia de las hormonas sexuales que produce su cuerpo podía hacer que dejasen de desear cambiar de género. Se parte de la base de que sentirse bien con el género asignado al nacer es «bueno», y no se tiene en cuenta el coste que ello puede tener. Conmigo funcionó, pero el coste fue darme una vida que no deseaba vivir. Lo mejor era lo otro, aunque a todo el mundo le pareciese mal.

Ojalá el contarlo pueda servir a alguien.

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Un año de hormonación (II)

Además de los cambios externos, la hormonación provoca también cambios internos, a nivel emocional. Eso era algo que me preocupaba bastante al principio, porque en realidad yo me gustaba mucho a mí mismo antes de empezar con la hormonación, o al menos, mi carácter.

Una de las cosas que primero noté, y que la gran mayoría de la gente nota, es el aumento del deseo sexual, que llega a ser hasta molesto. Yo, que no era una persona especialmente sexual, me paso el día pensando en sexo, incluso en ocasiones en las que no estoy haciendo nada ni remótamente erótico, como estudiar (yo creo que en ese caso se trata de una excusa de mi subconsciente para tomarme un respiro). Una cosa muy curiosa es que antes no me gustaban las películas porno. Me parecían muy aburridas… repetitivas, y machistas. No entendía como podían gustarle a alguien. Ahora tengo varias webs de porno en mi lista de marcadores, las visito con mucha asiduidad (pero mucha) y sigo dándome cuenta de que son algo machistas, pero me da completamente igual. También me da igual que sean repetitivas, de hecho hasta me agrada en ciertas partes. Y pienso que la vida de los adolescentes en la época pre-internet, cuando el acceso al porno estaba todavía bastante restringido, debía ser muy dura. Pobrecitos.

La testosterona hace subir mucho tus niveles de energía, pero estoy teniendo un problema con los «picos». Yo me inyecto testex prolongatum 250. Es una solución oleosa que se pone con una inyección intramuscular cada cierto periodo de tiempo (que varía mucho de unas personas a otras). La solución se almacena en el tejido adiposo y va siendo absorbida poco a poco. El problema de esto es que se produce un pico, cuando te inyectas, que es cuando más cantidad de hormona hay en tu cuerpo, y otro cuando ya queda poca. El día que me inyecto (y al día siguiente también) me levanto llendo de energía y muy optimista, con ganas de hacer cosas. Es como si me hubiese tomado 5 Red Bull. Luego ya me pongo «normal», aunque todavía con mucha más energía que cuando no me hormonaba. Los últimos 4 ó 5 días me siento más débil, como si se me estuviesen acabando las pilas, y a veces lo llego a pasar mal. Seguramente, si hubiese ido a la revisión de la endocrina cuando tenía que ir, me habría corregido la dosis, que yo creo que me va un poco corta, pero como no fui, me toca joderme. O quizá tiene que ser así, y no me la cambia T_T

Hay gente que se queja de que se vuelven más agresivos y no se aguantan ellos mismos. Yo no me siento más agresivo. Lo que sí noto es que tengo que moverme un poco. Si no hago nada de ejercicio, me pongo nervioso y me siento mal, anquilosado. Cuando hago algo de ejercicio, en cambio, suelo estar bastante más contento, de mejor humor. Además, por fin estoy recuperando la movilidad en los absominales, y creo que estoy perdiendo un poco de barriga (esto se lo tengo que agradecer a mi entrenadora ecuatoriana, que me enseñó la rutina correcta para mí).

No me emociono con tanta facilidad como antes. Soy más frío. Lloro menos. También es verdad que he tenido épocas en las que me costaba mucho llorar, aunque no me hormonase, así que no descarto que sea algo al margen de las hormonas. Es un poco incómodo.

Me sigo sintiendo bien conmigo mismo, pero no puedo negar que mi carácter ha cambiado, de manera sutil, pero sensible. Ahora es como si un pequeño cromagnon se hubiese venido a vivir dentro de mi cabeza y se dedicase a darme ideas que no siempre son buenas o civilizadas. Si nunca fui políticamente correcto, ahora lo soy mucho menos. Y me temo que mis deseos y fantasías me llevan muchas veces muy lejos de los estándares que el feminismo considera aceptables, aunque no es algo que me preocupe. Ya hace tiempo que decidí que iba a dejar de hacer lo que me dijeran que estaba bien para empezar a hacer lo que a mí me pareciera que está bien.

En mi experiencia, es evidente que las hormonas condicionan mucho la forma de ser de una persona. Así me lo pareció durante el tiempo que tomé hormonas femeninas (anticonceptivos), que me arrasaron emocionalmente de manera mucho más bestial de lo que ha hecho la testosterona, y así me lo vuelve a parecer en este segundo periodo de tratamiento hormonal. No digo que sea un condicionamiento decisivo, que te convierta en peor para ciertas tareas y mejor para otras. Hay otros muchos factores que forman la personalidad de una persona… pero este no es, para nada, despreciable.

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No estaba muerto…

No estaba muerto… estaba de exámenes.

Bueno, al menos no estoy muerto de momento, porque el olorcillo del humo que me sale de las orejas cuando estudio no anticipa nada bueno.

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