Archivo de la categoría: Reflexiones

Post «post-exámenes»

Esta vez ha sido jodio. Me diréis que esa no es ninguna novedad, que siempre es jodido. Sin ir más lejos, en la última evaluación de febrero, dos días antes de que mis padres me echaran de casa, recuerdo que iba andando a la tienda y tuve que pararme a mitad de camino, totalmente mareado y sintiendo que mi cuerpo hacía sonar la señal de alarma: si no bajaba el ritmo, algo malo iba a suceder. Estar jodido era mi día a día. Luego, la gran discusión, buscar un piso nuevo, decidir qué sacaba de casa y qué me llevaba (porque algo me decía que mis padres iban a cambiar la cerradura, y si me dejaba algo importante allí,  ya no lo podría recuperar), y luego, qué cosas se tendrían que quedar en España (en casa de M. que amablemente me las está guardando) y qué cosas me podría traer a Reino Unido… Fue jodido, pero aprobé. Y seguí estudiando. A partir de entonces, todo ha sido mucho mejor para mí, pero aun así, la cosa estaba jodida de cara a la próxima evaluación. Desde febrero he estudiado en: la cama estrecha, pero confortable, de la casa de G., la señora rusa que me alquiló una habitación, y luego convirtió la cama en una cama doble, cuando K. venía a visitarme, prestándome otra cama individual que era de su hijo, pero que ya nadie usaba porque él se había ido a Rusia. He estudiado en el comodísimo sofá cama de la casa de mi hermana, en Wallasey, y en la maravillosa Central Library de Liverpool (una de las bibliotecas más agradables que he visitado, capaz de mezclar valor histórico con usabilidad en el presente), en el colchón puesto en el suelo de la acogedora habitación de Lara, que me dejó quedarme con ella durante un mes, en el escritorio (¡Por fin un sitio apropiado para estudiar, después de tanto tiempo rodando de cama en cama!) de mi nuevo y confortable piso, y en una habitación cochambrosa de un Bed & Breakfast de Londres, donde estuve repasando antes del exámen de Derecho Penal. En el sofá de Carlos, que también me acogió durante unos días, junto a su fantástica familia, y me ayudó a encontrar (y a conservar) el trabajo que ahora tengo, no tuve tiempo de estudiar. He cargado los libros a mi espalda a través de estaciones de autobuses, trenes y aeropuertos. El recorrido de mi viaje se ha ido plasmando también en ellos: manchas de restos de los bocadillos, arrugas y dobleces, y los folios subrayados con distintos bolígrafos y rotuladores, a medida que se me iban terminando los que tenía y no sabía dónde comprar más. Sin embargo, una vez más, he salido contento de los exámenes. Decidí dejar de estudiar Derecho Eclesiástico, la más fácil y bonita de las asignaturas que tenía para este cuatrimestre (al contrario de lo que cabe esperar por su nombre, pero el nombre es engañoso), y dedicarme a las otras dos: Derecho Penal, muy difícil por lo extensa, y de Derecho Financiero y Tributario, muy fea, y que si consigo aprobar será sólo gracias a que uno de los profesores se tomó la molestia de grabar 25 videoclases de una media hora de duración, gracias a las cuales por fin conseguí enterar más o menos de qué iba la película. Para poder prepararme y hacer los exámenes, por primera vez, no he tenido que faltar al trabajo: pedí vacaciones, y me las dieron. Es la primera vez en 12 años que alguien me paga sin trabajar, aparte de cuando estuve de baja por la operación del año pasado. Las vacaciones molan, incluso cuando son sólo para estudiar hasta que ya no puedes más. El regreso a la vida cotidiana tampoco fue muy fácil, ya que no era el único en la tienda que había decidido tomar vacaciones, y los pocos que quedábamos tuvimos que cubrir las horas de los que no estaban. Hoy por ti, mañana por mí… en 7 días, trabajé 74 horas. Eso son entre 10 y 11 horas al día, todos los días, sin descansar. Cuando por fin tuve mi primer día libre, empecé a contar hacia atrás cuanto tiempo llevaba sin tener un rato para no hacer nada. Un rato para, dedicarme, simplemente, a tomar el sol. Llevaba 7 días trabajando sin parar, pero los días de “vacaciones” habían sido para los exámenes. Antes de eso, ya habíamos tenido unos días extra de estrés en el trabajo, y todo el mes me lo había pasado preparándome los exámenes como un loco. El mes anterior, estresado buscando piso, y con el nuevo trabajo. El mes de antes, buscando trabajo. El mes de antes, cerrando la tienda, y con los exámenes de febrero… ¿Cuándo había sido la última vez que realmente había tenido la oportunidad de relajarme sin tener ninguna preocupación? Mi memoria me llevó a algún punto, 6 años atrás, dopado de Prozac, estudiando a tope una oposición que sabía que no aprobaría porque las plazas iban a ir a manos de otra que nunca había aprobado la oposición, pero llevaba años dando clase, mientras que yo, aprobado sin plaza, tenido la oportunidad de trabajar como profesor ni una sola hora. En aquella época, compaginaba la oposición con el trabajo en la tienda de mi madre, que comenzaba a resentirse a causa de la incipiente crisis. Cada mañana me levantaba sintiendo que me ponía un disfraz, que mi cuerpo y mi cara eran el disfraz, y que nadie a mi alrededor me conocía. Vivía entre la angustia de no poder ser yo mismo, y el miedo a lo que podría pasar si decidía serlo. El último momento de descanso auténtico que he podido tener hasta ahora tuvo que ser anterior a ese momento, seis años atrás, porque después de eso tomé una decisión que hizo que todo se volviese más difícil aún. Se abrió una época en la que se cumplieron mis peores expectativas, mis peores miedos, pero al mismo tiempo conseguí llegar mucho más allá de mis mejores sueños… hasta ahora seis años después. El primer día en que por fin podía sentarme a tomar el sol, sin ninguna preocupación en la cabeza.

8 comentarios

Archivado bajo Parientes y amigos, Reflexiones

Crear un minuto de felicidad

Hoy vino una chica trans a la tienda. En el trabajo, estábamos muy ocupados, preparando las cosas para el inicio de la temporada de verano. Mientras un compañero se afanaba haciendo un nuevo pedido, yo me acercaba a comprobar el precio de las nuevas camisetas que debía marcar. En la calle, llovía seriamente. No esta lluvia fina, tan habitual en Edimburgo, que a penas cala, sino una lluvia de verdad, de las que dan ganas de asomarse a la calle, simplemente a ver llover.

Entonces entró ella, a preguntar cuando valía un paraguas. La voz la delató a la primera como mujer trans, y a partir de ahí, no necesité más que un vistazo rápido. Le dije el precio y ella me dijo, en inglés, que no hablaba inglés. Por el acento y el color, pensé que podría ser sudamericana.

– ¿Español? – le pregunté

– Sí – dijo ella.

Volví a repetirle el precio en español, mientras me preguntaba si debía contarle que yo también soy trans. Quería contarle que, de algún modo, la conocía. Quería decirle que aquel era un lugar seguro,  donde no tenía que preocuparse de su voz, donde nadie le iba a tratar con el género equivocado, porque veía el temor en sus ojos, en su gesto recogido, en el esfuerzo para que su voz sonara bien.

Pero si se lo hubiese dicho, habría sido como declarar que se le nota lo trans. Ella lo sabe, claro, y no sólo porque seguro que en su casa tiene un espejo, sino porque probablemente todo el mundo se empeña en recordárselo una y otra vez, de las maneras más desagradables. Porque cuando eres una mujer trans, y se nota, no existe ningún lugar seguro.

Por eso, decidí callarme. Decidí hacer una cosa mejor.

– Bueno… español no. Mejor dicho, española – aclaré al cabo de un momento, mientras mi compañero terminaba de hacer su pedido,  pensando que ella podría estar preguntándose si me refería a que si hablaba español (que era lo que quería preguntar), o si me refería a que si era español. Ella sonrió, y yo volví a rectificarme a mí mismo -. Bueno, española tampoco. Lo que quería decir es que hablas español ¿De donde eres?

– De Brasil ¿y tú?

– ¡Hala, que lejos! Yo soy de España, del sur…

Hablamos de banalidades un poco más. «D. can you take this lady? She is buying a umbrella.», pregunté a mi compañero cuando terminó de lo suyo. Estaba tan absorto que ni se había dado cuenta de que teníamos a una clienta esperando para pagar.

Un minuto después, ella se fue con su paraguas y una gran sonrisa que no tenía cuando entró, porque para las personas trans, hay pocas cosas que nos hagan tan felices como que se nos reconozca como somos realmente, sin tratar de imponernos otra identidad, sin dudas y sin peros. Yo también continué trabajando con una sonrisa, sintiéndome bien, aunque en realidad hice lo mismo que habría hecho con cualquier otra clienta. Sin embargo, sé que lo que para las demás mujeres no es más que lo normal, para ella quizá fuese un poco de esperanza. Me alegré de haber estado hoy trabajando para ella, para venderle su paraguas.

7 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

Inmigrante feliz

Cuando llevaba tres semanas en Liverpool decidí hacer caso a mi amigo Carlos y darme una vuelta por Edimburgo. «Aquí hay muchos sitios que tienen carteles en el escaparate buscando gente», me explicó Carlos, «y en verano las tiendas abren desde las 8 a las 11 de la noche, así que ahora están buscando gente para la temporada alta, y es más fácil que encuentres un trabajo. Así tendrás tiempo para ir buscando otra cosa para el invierno».

Carlos es uno de los amigos que lleva años diciéndome «vente pa’ Edimburgo, Pablo» (versión actual del «vente pa’ Alemania, Pepe«), así que le hice caso. Además, me dejaba quedarme en el sofá de su casa, que, por lo que me ha contado, ya ha tenido varios inquilinos que estaban más o menos «homeless» como yo.

Aún así, sólo fui a Edimburgo tres días, para no molestarle mucho. Con su ayuda, hicimos una batida por la zona centro y dejé unos 25 currículums, además de recolectar anuncios para solicitar el puesto por internet, más adelante. Dedicamos poco más de una mañana a la cuestión, por la tarde descansamos, y al día siguiente me volví.

Una semana más tarde, justo después de que escribiese la anterior entrada, el teléfono sonó. Era un sábado por la mañana y tenía previsto dedicarlo a mover muebles dentro de casa, pero el timbre del teléfono me despertó antes de que pudiese hacer nada. La persona que llamaba me quería hacer una entrevista ese mismo día, pero ese día yo no podía ir… porque estaba a 350 km de Edimburgo. Así que le pedí ir al día siguiente, y así lo hice.

Dividí las pocas pertenencias que tenía en las más fundamentales, e hice una maleta que lo mismo podía servir para equipaje de una semana, que para equipaje indefinido. Algo me decía que iba a conseguir el trabajo, así que mejor ir preparado, pero no demasiado bien preparado, por si acaso no me lo daban, que no me sintiera demasiado idiota.

El trabajo era en una tienda de souvenirs de la Royal Mile de Edimburgo. Como mi inglés no es muy bueno, no me enteré demasiado bien de la dirección, pero de nuevo mi amigo Carlos vino en mi auxilió y me dijo donde era (Carlos es una especie de guía Michelín de Edimburgo: lo sabe todo), aunque esta vez me quedé en casa de mi amiga Lara, que es otra de las que me decían que me dejara de hacer el imbécil en España y fuese tirando para acá.

Llegué a la tienda a las 10:15, aunque mi cita era a las 10:30, y vi como la abrían. Para disimular, me metí en la tienda de al lado hasta las 10:30, que volví a salir. Había cuantro personas muy atareadas, y la mánager se olvidaba de entrevistarme constantemente. Finalmente, me hizo una entrevista de unos 5 minutos, en la que hablamos de mi experiencia, y me pidió que volviera a las 13:00, ya que el jefe estaría por allí.

«Vaya huevos», pensé para mí, pero por otra parte me dije: «si me pide que vuelva, será que le he gustado». Así que con esa esperanza, volví a la 13:00. Una vez más, todos estaban muy atareados, pero aún así, conseguí darme cuenta de que el chico que estaba en la caja era español, y le pregunté qué tal eran los jefes, cómo se estaba en la empresa, y demás. Él me dijo que eran todos muy majos, y que en la empresa se estaba bien, pero que a él le iban a cambiar de tienda, y además su turno terminaba ya, así que estaba deseando irse.

Sin embargo, había un problema: la manager no tenía a nadie para cubrir su puesto, y mientras yo esperaba para que me hicieran una segunda entrevista con el jefe, la veía ir de aquí para allá, llamando por teléfono y hablando con un señor que yo me imaginé que debía ser el jefe (y efectivamente, lo era). De repente, se volvió hacia mí y me dijo «Tú me has dicho que tienes experiencia ¿Quieres trabajar?». Obviamente le dije que sí, y de buenas a primeras, con un minicursillo acelerado de 5 minutos, me vi en la caja atendiendo a la gente. Así, sin anestesia ni nada.

«El trabajo es sólo para una semana», me explicó la mánager, «pero si me quedo contenta, a lo mejor te puedes quedar más, o te puedo recomendar para que trabajes en otra tienda ¿Te parece bien?». «Claro que sí», le respondí. Y desde entonces, trabajo ahí.

Dicho sea de paso, la verdad es que el chico español debió pensar «para lo que me queda de estar en el convento, me cago dentro», y la noche anterior había estado de juerga. Se presentó en el trabajo con un resacón del 15, y apestando a whisky, pero como lo cambiaban de tienda, ya que se iba con el manager anterior, le daba igual.

Mi primera semana fue mortal. Estábamos abriendo una tienda nueva, que en realidad no era nueva, pero había estado mal gestionada anteriormente, y había mucho que hacer. Trabajé 62 horas, de manera muy intensa, pero me pagaron todas y cada una de ellas. En una semana gané más o menos lo mismo que en un mes de trabajo en España, con dos trabajos. A partir de la segunda semana, ya tenemos un horario normal, con 40 – 45 horas a la semana, y un ritmo más relajado, que a veces llega a ser hasta aburrido.

El trabajo, la verdad, me gusta mucho. Los clientes son turistas que vienen contentos a pasarlo bien, no españoles amargados que si pudieran te sacarían hasta la sangre. Los españoles que vienen están encantados de encontrarse con otro compatriota (aunque en realidad aquí hay españoles por todas partes, hay españoles hasta en la sopa, y sobre todo, los hay en las tiendas de souvenirs), y nadie es desagradable. Todos los compañeros de trabajo son super simpáticos, y el equipo es muy internacional: la jefa es japonesa, y los demás somos, un mexicano, una estadounidense, un chico italiano, y otra italiana que no trabaja siempre en la empresa, porque no le gusta demasiado. No hay escoceses, principalmente porque ningún escocés viene a pedir trabajo a este tipo de tiendas. Como suele ocurrir, los inmigrantes hacemos el trabajo que los del país no quieren hacer, pero, la verdad, yo estoy contento con lo que hago, así que no me voy a quejar.

El resumen de mi búsqueda de trabajo es:

Tiempo en encontrar trabajo desde que llegué al país: un mes justo.

Número de currículums dejados: incontables.

Entrevistas realizadas: 2

Tiempo empleado en la búsqueda de trabajo en Edimburgo: 1 mañana

Reconozco que he tenido tres ventajas fundamentales: amigos y familia que me han ayudado desde el principio, un nivel alto de inglés (que al llegar aquí se convirtió en a penas suficiente, aunque hay gente que habla peor que yo, y también tienen trabajos que les gustan), y mucha suerte. Llegué en el momento adecuado al lugar adecuado.

Me siento muy feliz. Por primera vez en años, tengo un salario que me permite vivir como una persona, y no me paso los días y las noches contando céntimos, preguntándome cómo voy a pagar las facturas, o si podré comprar comida mañana. Hago algo que me gusta, y luego me sobra tiempo para dedicarlo a otras cosas que también me gustan, como la.trans.tienda, escribir o estudiar. Puede que este invierno aprenda a coser a máquina. Vivo en una de las ciudades más bellas de Europa, y tengo amigos con los que disfrutarla. Sólo falta que K. venga aquí, para que todo sea perfecto, y eso ocurrirá dentro de dos meses.

Mi único miedo, la única preocupación, es que todo parece demasiado bueno para ser verdad. Cuanto mejor me encuentro, más miedo siento de que ocurra una nueva catástrofe que me tire todo al suelo y tenga que empezar de cero por tercera vez. Es un temor irracional, que se me engancha en el estómago, y al pecho, acompañado por una vocecilla que me susurra que no merezco nada de esto, y que pronto en el trabajo se darán cuenta de que pueden encontrar a alguien mejor y me despedirán. Una voz que no es más que el eco de otras voces reales que durante años me han estado diciendo que yo no servía para nada, y que siempre tendría que estar «chupándole» a alguien sus recursos para poder vivir. Unas voces que debo aprender a olvidar, ya que no pienso permitir que nadie vuelva a decirme tal cosa nunca más.

En las siguientes entradas hablaré de mis aventuras para conseguir la testosterona (y la aguja, que casi fue peor), y cómo he aumentado mi nivel de vida al comprar una cafetera. También hablaré sobre mi nuevo apartamento, y cómo pasé de ser un okupa de los colchones y sofás de mi hermana y amigos, a un arrendatario con todas las de la ley (aquí les llaman «tenant», es decir «teniente»).

12 comentarios

Archivado bajo Autoempleo, Cambios, Reflexiones

…y abierto

El día 12 de abril hace un mes que llegué a Reino Unido.

El primer día, me quedé en casa, descansando y organizando las pocas cosas que traía. Además, debía averiguar cómo cumplir las tareas que me había planteado que debían ser las primeras al llegar a este país: conseguir un número de teléfono (eso me lo solucionó mi hermana), abrir una cuenta de banco (en Barclays está chupado, no te piden nada), solicitar el número de la seguridad social, para poder trabajar (en realidad no es imprescindible, puedes trabajar todo lo que quieras sin número de la seguridad social, sólo que no podrás cobrar. Sin embargo, muchas empresas exigen que tengas el número de la seguridad social antes de contratarte), conseguir cita para un médico, para continuar mi tratamiento hormonal, y, por supuesto, empezar a buscar trabajo. También debí haberme dado de alta en el consulado español, pero no lo hice (a ver si me pongo con ello).

Foto: Pablo Vergara. Compartida con licencia CC 2.0. – No uso comercial – Atribución.

Sin embargo, decidí que por una vez, y sin que sirva de precedente, no me iba a estresar. Por la mañana, salí a pasear a la perrita de mi hermana. Siguiendo su consejo, me acerqué al río (creo que no es un río, sino una ría) que separa Liverpool de Wallasey, el pueblo en el que vivo (tampoco es que sea un auténtico pueblo, sino, más bien, una ciudad dormitorio). En ese momento la marea estaba baja, y así pude bajar yo también. Este fue el paisaje que me encontré. Acaba de pasar de la incipiente primavera española, al final del invierno inglés. Sin embargo, el paisaje, era a la vez tan bello y melancólico que no lamenté el cambio de estación ni por un instante.

Lo primero que sentí al llegar aquí fue que de repente tenía todas las oportunidades del mundo, ahí, dispuestas delante de mí. España es un país en el que la libertad ha sido eliminada casi por completo, de forma rápida y sistemática, pero suficientemente gradual como para, al menos, darnos tiempo para ir acostumbrándonos a ello.

– Me han puesto una multa de 300€ – le dije a una amiga, que lleva dos años viviendo en Edimburgo.

– ¿Qué locura hiciste? ¿No te habrás comido un bocadillo en la calle? – respondió ella.

– No, eso ni se me ocurriría.

Este es el mejor resumen de la situación en España, donde cualquier comportamiento cotidiano, por no hablar de la libertad de expresión, ha quedado proscrito y sujeto a graves sanciones administrativas que pueden llegar a ser peores que una condena en la cárcel.

Cuando llegué a Liverpool, de repente sentí que la carga de prohibiciones y cautelas que la legislación española había establecido sobre mí (no como persona trans, sino como ciudadano) se levantaba. Aquí puedo comer tantos bocadillos como quiera en la calle (de hecho, lo hago habitualmente, y también como frutas), incluso hay gente que canta en la calle sin tener que pasar un examen, ni arriesgarse a que le pongan una multa que le va a dejar sin comer un mes (como a mí la multa de 300€).

Aquí, cualquiera puede trabajar tanto como quiera. La filosofía de este país parece ser «tú trabaja tanto como quieras, que si ganas dinero ya veremos cómo hacer para que pagues los impuestos». En España, es justo al contrario «tú paga primero los impuestos, que luego ya veremos si puedes trabajar y ganar dinero, o no». Los primero días, cada vez que hacía una nueva venta, pensaba «¿Todo el dinero es para mí? ¿De verdad?» Y sí, lo es.

Aquí, por las mañanas hay muy poca gente en las calles, y muy pocos coches en los barrios residenciales: la mayoría de la gente está trabajando, y los que no trabajan es, probablemente, porque tienen un turno de trabajo distinto.

Hay ofertas de trabajo. Dedico horas y horas a presentar mi currículum. Tengo oportunidades de conseguir trabajo, porque el trabajo existe. Además, el trabajo se hace en condiciones humanas. Los trabajadores se ven relajados y descansados, de buen humor. Todo el mundo es increiblemente simpático y servicial.

Se vive mejor. La gente tiene vida de persona.

Abrir una cuenta bancaria fue muy sencillo. Hay bancos que te ponen algunas pegas, pero en Barclays no. Se conforman con que les des un documento de identidad. Darme de alta en un centro médico, una vez que me llegó la primera carta del banco, que sirve como prueba de residencia, también fue sencillo. La tarjeta sanitaria europea no sirve absolutamente para nada. Aquí atienden a todo el mundo, o al menos, a todos los ciudadanos europeos, independientemente de si tienen un trabajo o no. La gente no se muere por falta de atención sanitaria.

Entenderme con los ingleses, es un poco más difícil, en parte porque el acento de aquí es muy cerrado. Después de un mes, me frustra notar que todavía hay mucha gente a la que a penas entiendo, y hablar por teléfono es casi imposible, pero al menos estoy haciendo progresos.

No he dejado de escribir. De hecho, estoy escribiendo más que nunca, sólo que estoy concentrando mi esfuerzo en dos áreas distintas: el blog de la.trans.tienda (aunque es un poco menos personal que este), y mi libro. He dejado un poco de lado el libro de ficción que estaba escribiendo (de lado, pero no olvidado), para empezar a trabajar en otro proyecto que me habían pedido varias personas: el «blook de la transtienda». De todas formas, quiero seguir escribiendo aquí, y trataré de encontrar más tiempo para hacerlo.

4 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

Cerrado…

El día 26 de febrero fue el último día que trabajé en la tienda. Fue el último día de la ferretería. Casualmente, aproximadamente por estas fechas, cumplía 30 años abierta.

La liquidación ha ido bastante bien, para lo que se está vendiendo en esta época, y más teniendo en cuenta que en febrero siempre he venido teniendo pérdidas. Los primeros días, cuando puse el cartel de «ofertas por liquidación», mucha gente se interesó. La última semana, los que querían comprar ya habían comprado, y los artículos más interesantes ya se habían terminado. Los últimos dos días, tan sólo venían personas miserables, que parecía que en lugar de comprar artículos de ferretería pretendían comprar mi dignidad.

Todo tiene un precio, incluso las cosas que se venden en un negocio que va a cerrar. Normalmente, cuando se dice que todo tiene un precio, significa que es posible comprar cualquier cosa, o persona, si pagas suficiente. En este caso, es del revés: la gente pretendía que les regalara todo, sin pagar nada. Como buitres que se acercan a un animal moribundo (yo) y comienzan a arrancar la carne antes de que haya muerto. Así me sentía.

Posiblemente ese deseo de aprovecharse del otro hasta la extenuación es una de las muchas causas que han llevado, y seguirán llevando, a este país a la ruina. No es que la clase política sea corrupta: es que la mayoría de la gente no es corrupta porque nadie le ha ofrecido la posibilidad de corromperse. Si pudiesen, robarían tanto o más que los que ya nos están robando. La única diferencia es que no nacieron en el lugar adecuado, o les falta inteligencia y capacidad para llegar hasta ese lugar.

Por suerte, mucha otra gente no es así. Un par de señoras mayores casi se echan a llorar cuando les dije que me iba «Hijo, que tengas buena suerte. Si es para mejor…», me desearon. Echaré de menos al señor gitano que me vendía la fruta muy barata, y encima, le pedía un kilo y me ponía más de dos. Aunque había sido cliente desde hacía muchos años, empezamos a hablar a raíz de un altercado que tuve con un pariente suyo. Aquel día, iban él y su pariente (o quizá su compadre, pero pienso que eran parientes porque se parecían mucho), y el otro me habló en femenino insistentemente. Terminé por enfadarme y se marchó sin comprar (¡Pero el negocio ya iba mal antes de que yo llegara!), aunque aquel señor se fue abochornado, tratando de calmar al otro. Unos días más tarde, el que me vendía la fruta volvió, y yo le traté bien, sin mencionar el incidente, y desde entonces, hablábamos de muchas cosas. Es un hombre muy agradable.

Muchas otras personas compraron cosas por ayudarme, aunque no les hacía falta. Hasta los padres de K., que vinieron de Almería por otro motivo, se llevaron el coche lleno de cosas que realmente no necesitan. Echaré de menos al viejecillo del sombrero, que siempre que pasaba me saludaba en portugués (había vivido en Brasil), y a la señora del pañuelo, y a la gente de la panadería de la esquina, y al chino, y al moro, que aunque me hacían la competencia eran muy majos.

Los últimos dos días yo ya no tenía paciencia para aguantar mucho a los otros, a los carroñeros. Alguno se llevó una sorpresa al descubrir que no puedes comprar a una persona por menos de dos euros, ni siquiera a una persona que se encuentra en situación complicada, y se marchó a su casa enfadado, dejándome a mí un poco más contento.

Gracias a ellos, no me dio casi pena tener que cerrar. Es verdad que mientras estaba dándome de baja en hacienda y en la seguridad tenía un pequeño pellizco en el corazón, pero el pensamiento más importante era que ya no iba a tener que aguantar a más gente miserable.

También pensaba que ese sería el último mes que tendría que pagar 261€ mensuales por trabajar. La cuota de la seguridad social en Reino Unido es mucho más baja, y no pagas nada hasta que no ganas más de 500€ mensuales (una cantidad que yo no he ganado desde hace años). Sólo me falta hacer una declaración trimestral de la renta, que se lleva el 20% de lo poco que me queda después de pagar la seguridad social, aunque luego me lo devuelvan el año que viene.

Pagar la cuota de la seguridad social era una de mis principales preocupaciones. Desde el día 1 hasta el día 25 me preguntaba cómo lo iba a hacer. Se convirtió en una especie de pensamiento reflejo, que regresaba una y otra vez, pero a partir del día 1 de marzo, cada vez que aparecía en mi mente me daba cuenta de que eso ya no sería ningún problema nunca más, y sentía un  gran alivio.

A partir de ahí, fui cerrando etapas. Cuando puse el cartel de «cerrado» en la tienda pensé «esto ya no tiene vuelta atrás», pero algo me decía que sí. Si quería volver allí, no tenía más que levantarme de la cama al día siguiente, quitar el cartel, y explicar a mis clientes que me lo había pensado mejor. Cuando le dije a mi compañera de piso que me iba el día 11, y ella me preguntó «¿Seguro?», sentí que se cerraba otra puerta. Si ella encontraba a alguien, yo ya no podría seguir quedándome allí. Pero algo me decía que si no lo encontraba, aún podía cambiar de opinión. Darme de baja de hacienda y la seguridad social era otro punto de no retorno, pero sabía que siempre podía volver a darme de alta al día siguiente, sin problema.

La semana siguiente estuve cambiando el nombre en los títulos académicos. Todavía me quedan papeles por cambiar, de los cursos que he hecho con diversos sindicatos, pero lo principal ya está hecho. Me alegré de haberme reservado unos días después de cerrar, porque me hicieron dar más vueltas que un molino. En general no tuve problemas, excepto en el colegio donde había estudiado, donde tuve que enfrentarme a la incompetencia del equipo directivo, que mostraba cierta tendencia a la procrastinación: «bueno, ya si eso, vuelves mañana». Como si la gente tuviese todo el tiempo del mundo para ir a verles a ellos. Aunque una señora de la delegación de educación les había llamado el día anterior para avisarles de que iba a ir, y explicarles qué tenían que hacer, les cogió de sorpresa (¡¿?!)  y me tuvieron allí dos horas, hasta que al final, ante mi decisión de no marcharme de allí hasta que tuviera el asunto arreglado, se decidieron a hacer algo (probablemente, lo hicieron mal. Veremos a ver qué pasa con mi título). En contraste, cuando llegué al instituto me dijeron que habían estado toda la mañana liados tratando de averiguar cómo hacer mi cambio de nombre, fueron muy amables y me trataron muy bien.

Cuando se me ocurrió pasarme por el sindicato ANPE a preguntar cómo podría hacer para cambiar los certificados de los cursos que hice allí, un señor me insultó, llamándome gilipollas repetidamente. Sin embargo, no creo que fuese una cuestión de transfobia, ya que el señor no sabía que yo soy trans (mucha gente cambia de nombre), sino simplemente, de que el gilipollas era él. Al final otra persona se disculpó en su nombre, y yo lo dejé correr porque me recordó a dos personas que conozco, y que alguna vez me han avergonzado a mí con su comportamiento hacia otros.

Seguí cerrando etapas. Me despedí de K. y de su familia. Me despedí de M. y de algunos otros amigos. Me envié por correo a mí mismo una caja llena de cosas que necesitaba tener en Reino Unido, incluyendo los apuntes de la UNED. Ahí sí que ya no había vuelta atrás: necesitaba todas y cada una de las cosas que iban en la caja. Hice llegar las llaves de la tienda y de la casa (aunque descubrí que cambiaron la cerradura del piso, no sé si para proteger sus preciosos bienes de mí, que soy una persona terrible, o para asegurarse de que si algún día me encontraba realmente necesitado, no tuviese donde acudir. Nunca sabré la respuesta a esto, ni tengo interés por llegar a saberla). Cogí el autobús hacia Málaga, facturé la maleta, pasé el control de la policía, y lo volví a pasar por segunda vez. Cada paso sentía que atravesaba un punto de no retorno, hasta que al final el avión despegó y ya sí que no había posibilidad de bajarme de allí.

En aquel momento, recordé cuando me fui de Ecuador. Unos asientos delante de mí, un niño lloraba. Yo sentía que se me partía el corazón. En el momento de irme de España, no sentía nada de eso. Estaba deseando llegar…

2 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

Referencias culturales de lo trans

Con frecuencia se plantea el interrogante de por qué no existen más referentes culturales de lo trans. No existen novelas, comics, series o películas que ofrezcan algo más que una visión estereotipada de la transexualidad, con una persona cuya historia está centrada en el acceso a los tratamientos médicos que le permitan modificar su cuerpo. Los otros referentes existentes son el porno convencional en el que la mujer transexual es presentada como objeto de consumo, y el personaje de prensa amarilla que se presenta por los medios de comunicación vendiendo morbo o reptiendo una y otra vez el discurso que la medicina moderna ha creado sobre lo que es una persona transexual.

No hay referencias culturales de situaciones en las que una persona trans pueda hacer cosas que NO están relacionadas con el hecho de ser trans, más allá de la aparición de algunos personajes secundarios en algún cómic, o en series como, por ejemplo, Glee.

Más aún, se diría que ni siquiera existe una “cultura trans”, a través de la cual las personas trans se piensen y representen a si mismas, y se comuniquen con otras personas trans ¿Por qué?

Diría que hay dos motivos fundamentales, que se me han ocurrido a mi solito, y que voy a bautizar ahora mismo. Os presento al “efecto pionero” y “la mordaza cultural”.

Del “efecto pionero” ya hablé anteriormente: es una serie de factores que llevan a que cada persona trans sienta que debe inventar la rueda… y se ponga a inventarla. Hace cinco años, empecé este blog porque pensé que no había referentes sobre transexualidad. A partir de ahí, empecé a encontrarlos. “Ah, parece que se van haciendo cosillas”, pensé para mí. Desde entonces, año tras año, escucho la misma frase “no hay referentes, pero está empezando a haberlos” en boca de las nuevas generaciones trans (que están separadas entre si por un intervalo de más o menos un año).

En realidad, no sólo existen referentes y cultura trans, sino que vienen existiendo desde hace mucho tiempo. No es algo estrictamente “nuevo”, aunque es cierto que sí que se están inventando muchas cosas, y descubriendo muchos continentes (la población autóctona de esos continentes son las personas cis… Es decir, el “descubrimiento” no es la “creación”, sino el conocimiento de un grupo de seres humanos de que algo que ya existe e incluso está a disposición de otros seres humanos, también está disponible para ellos. Por ejemplo, las personas cis ya tienen derecho a la dignidad, y ahora hemos descubierto que las personas trans también tenemos ese derecho, y estamos empezando a explorar los territorios). Sin embargo, tales referencias culturales son muy difíciles de encontrar para las personas trans, y por tanto, aunque existen, es como si no existieran.

¿Por qué son tan difíciles de encontrar las referencias culturales a lo trans? Por la “mordaza cultural”. Esta mordaza cultural es el conjunto de factores que impiden que la gente, especialmente las personas trans, hablen de lo trans.

Las personas trans que están en el armario, no pueden hablar de lo trans, por miedo a que se sepa que son trans. Tanto si están en el armario inicial (viviendo según el sexo asignado), como si están en el armario de llegada (viviendo según su propio sexo), hacer cualquier referencia a cualquier cosa relacionada con la transexualidad está prohibido. De hecho, está prohibido hasta el punto de que si cuelgo alguna noticia relacionada con la transexualidad en Facebook y quiero etiquetar a alguien en ella, tengo que ser muy cuidadoso. A las personas cis no les importa que las etiquete, pero a algunas personas trans les produce una gran angustia y se desetiquetan rápidamente, o me piden que retire la etiqueta yo. Esto se debe a que las personas cis no tienen miedo de que alguien piense que son trans, porque no lo son, pero las personas trans, sí lo tienen. No les culpo, existen muchos motivos para tratar de borrar todo indicio sobre la transexualidad de una persona (esto llega hasta el punto de que muchas personas trans evitan en lo posible ser vistas en público con otras personas trans “que se les note”, no vaya a ser que alguien piense que ellas son… actitud que jamás he visto en una persona cis).

Las personas trans que no estamos en el armario, tampoco podemos hablar de lo trans. Si eres científico, artista, académico, etc… eres abiertamente trans, y te dedicas a trabajar sobre cuestiones trans, muy pronto alguien vendrá a decirte que estás obsesionado u obsesionada, que hay más cosas en la vida, y que no deberías estar siempre pensando en eso.

Las personas cis prudentes, no hablan de lo trans, porque sospechan que van a meter la pata (pero la meten mucho menos de lo que creen, precisamente porque son prudentes).

Entonces ¿Quién puede hablar de lo trans? Sólo pueden hablar de lo trans los expertos que, además, sean cis. Es decir, los médicos, los piscólogos y, últimamente, los “artistas” que se han hecho expertos “consultando con mucha gente”, y las personas cis que se consideran a si mismas “políticamente trans” (generalmente son gays y lesbianas), porque todxs somos sufrimos la dictadura que el género impone sobre nosotrxs.

Generalmente (aunque no siempre), los expertos y las expertas cis están terriblemente equivocados, y, lo que es peor, son impermeables a cualquier crítica que se le pueda hacer por parte de cualquier persona, porque si reconociesen que hay algún error en su obra o su discurso, entonces dejarían de ser “expertxs”. Lo que más rabia me da es cuando dicen “lo he consultado con mis amigos y nadie ha entendido que esta obra sea transfóbica”, cuando todas las personas trans que han visto la susodicha obra se han sentido profundamente ofendidas, y, además, se han puesto en contacto para comunicarlo. Hace poco, también me tropecé con un progre que pretendía que le diese publicidad a una mierda de obra de teatro que había escrito (cuyo nombre no voy a mencionar, precisamente para no darle publicidad, ya que actualmente no lo conocen ni en su casa a la hora de comer), y ante mi crítica al respecto, su conclusión fue “soy periodista y he ganado mogollón de premios, y pienso seguir escribiendo lo que me de la gana”.

Dos semanas más tarde, tomando café con una amiga trans, que dibujó un maravilloso cómic-blog autobiográfico me dijo que, con mucha pena, había tenido que ponerlo como “privado”. Por motivos obvios, tampoco voy a decir su nombre ni el del cómic. Una preciosa obra de arte trans que se perderá para siempre, y que a mí me ayudó tanto…

Sin embargo, lo entiendo. Basta con introducir mi nombre en Google o en el buscador de Facebook, y aparezco. La familia de mi reciente pareja me ha localizado en cuestión de una semana, dejándonos con muy poco margen de maniobra para tratar la delicada cuestión de “papá, mi novio es transexual”, trasladándole a ella un problema que no tendría por qué tener si yo, en lugar de ponerme a escribir sobre transexualidad, y tener una tienda trans, y estar en una asociación, y no sé cuantas cosas más, me hubiese dedicado a esforzarme por vivir discretamente como si fuese un chico cis normal y corriente. Suerte que la familia de ella se lo ha tomado bien (¡Bien por ellos!)

Las historias sobre lo trans, deben ser contadas por personas trans. Sin embargo, para que lleguen a convertirse en referencias culturales, para que lleguen donde tienen que llegar, deben ser públicos, y eso implica salir de los círculos trans. Dar la cara y salir de todos los armarios. Abandonar los espacios de seguridad. Abandonar toda ficción y dejar de intentar ser pasable. Quitarse los complejos y dejar de intentar que todos te traten como si fueses cis. Algo que, por el momento, tan sólo están haciendo las personas trans que por su aspecto no pueden “pasar”, y que generalmente están demasiado ocupadas intentado sobrevivir para preocuparse por generar referentes artísticos.

2 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

La transexualidad y la muerte

La transexualidad y la muerte son dos cuestiones que, por desgracia, van unidas con mucha frecuencia. No es la primera vez que escribo al respecto, seguramente tampoco es la última.

La semana pasada muchos medios de comunicación se hicieron eco de que Nathan Verhelst, un hombre transexual, había solicitado someterse a la eutanasia (y lo consiguió) convirtiéndose así en «la primera persona de Bélgica que decide morir después de practicarse un cambio de sexo» (porque claro, hasta ahora ninguna persona trans se había suicidado en Bélgica… Luego me dirán que soy un gruñón y que tampoco es para tanto, pero leñes… la cosa tiene mucha tela).

Esta noticia tenía todos los componentes necesarios para saltar a los medios de comunicación y ocupar un puesto destacado, porque en ella se mezclan muerte, medicina y transexualidad. Morbo al cubo ¿qué más se puede pedir? Mucha menos repercusión tuvo, sin embargo, el suicido de Gabriela Monelli en Brasil.

Gabriella tenía 21 años cuando se suicidó, pero se prostituía desde los 15 años. Sin necesidad de ir a Brasil, aquí en España conozco a una chica que hace trabajo sexual desde los 14. No me lo puedo ni imaginar, pero tampoco puedo imaginarme qué clase de depravado paga a una niña para follar con ella (o folla con ella sin pagar). A ella, además, le dolía la falta de aceptación «nunca vamos a ser 100%»

Nathan pidió que le matasen porque después de la operación se veía a si mismo como un monstruo. También para él estaba presente ese pensamiento de no ser 100%.

No deja de ser curioso que, después de la eutanasia de Nathan, su madre declarase «Cuando vi a Nancy por primera vez  [después de dar a luz], mi sueño se hizo añicos. Era tan fea. Puse un monstruo en el mundo, un fantasma. Para mí, este capítulo está cerrado. Su muerte no me molesta. No siento dolor, no hay duda, sin remordimiento. Nunca fuimos una familia, así que no se podía romper «. Tanto él como su madre usaron la misma palabra: monstruo.

Supongo que en una decisión tan importante como la de quitarse la vida, entrarán en juego muchos factores. Una mala relación con la familia (en ambos casos), rechazo de la sociedad (en el caso de ella), pero, sobre todo, la sensación de que nunca podrás llegar a ser realmente quien quieres ser. Ser tú mismx de verdad.

En el caso de Nathan, creo que se puede hablar claramente de una estafa. La sacrosanta medicina, que no miente porque es una ciencia, que no manipula, que no vende, le prometió que haría de él un hombre. El cirujano, como Pigmalión, le esculpiría para darle una nueva vida, y cuando despertase de la anestesia, habría vuelto a nacer. Un discurso que no sería tan efectivo si no estuviese además coreado por una gran parte de personas trans, como, por ejemplo, el deportista Baliam Buschaum.

Sin embargo, lo cierto es que los cirujanos lo único que hacen es retirar tejidos, o cambiarlos de sitio. No vas a volver a nacer. Cuando despiertes de la cirugía seguirás siendo tú, pero con algunos trozos menos. Nunca serás 100%, tú lo sabrás, y la sociedad te lo recordará constantemente, a no ser que realices un gran esfuerzo para olvidarlo.

Cada vez que leas una noticia sobre «el primer transexual qué», verás que le tratan con el género equivocado. Si eres de los que se regodean, además leerás los comentarios donde muchas personas utilizan unas palabras y unas expresiones terribles para vomitar opiniones que más que crueles, son inhumanas. Tú sabrás que esas personas, en su vida cotidiana jamás se atreverían a hablar de esa forma a una persona transexual, pero en el fondo de tu corazón una vocecilla te dirá «se merece que hablen así de él, o de ella, y yo también me lo merezco». Pensarás que tú también te mereces todo lo que te pase.

Por eso muchas personas trans, deciden suicidarse. Porque los médicos pretenden venderles una panacea, que como todas las panaceas es barata y no funciona, sin mencionar que, además de con dinero y con tiempo, van a pagar con su propia carne y su propia sangre. Nos advierten de que si no somos verdaderamente transexuales, el tratamiento no funcionará y habrá arrepentimientos. No nos advierten de que si somos realmente transexuales, el tratamiento tampoco funcionará.

Los tratamientos médicos funcionan, pero no sirven para cambiar de sexo. Si quieres que se te agrave la voz, que te salga barba, tener más vello, más masa muscular y, en general, un aspecto más masculino, la testosterona es un medicamento maravilloso. Si quieres que se te desarrollen los senos y deje de salirte barba, los estrógenos y los antiandrógenos hará su función. Si necesitas que tus pechos desaparezcan, o necesitas perder de vista tu pene y que sea substituido por una vagina más o menos bien construida, la cirugía funciona. Incluso funciona si lo que necesitas es tener un pene y no eres muy exigente al respecto. Todo eso sí lo puedes conseguir. Lo que no puedes conseguir es «transexualizarte» (lo digo porque ahora nos están queriendo vender el «proceso transexualizador», que es la expresión más estúpida del mundo), ni reasignarte a otro sexo (la sociedad no lo aceptará), ni podrás volver a nacer, ni mucho menos te convertirás en hombre o en mujer.

Entonces ¿no hay salida? Sí que la hay, pero no está en la medicina. Puedes reflexionar durante años, hasta encontrar tu propia definición de ti mismx, aquella con la que te sientas más cómodx. Puedes pensar que el sexo y el género están en el cerebro, y tu cerebro es del sexo al que perteneces. Puedes leer teorías feministas, y llegar a comprender que querer ser es lo mismo que ser, porque la identidad de género forma parte de tu personalidad, no de tu cuerpo (así es como lo pienso yo). Puedes buscar en otras religiones, otra espiritualidad. Hace un tiempo, una chica comentó en este blog que había seguido su propio ritual para reencarnarse en mujer en esta misma vida, desligándose por completo de su pasado, viviendo  una muerte muy real y renaciendo como mujer de nuevo (un ritual durísimo, porque morir es duro y nacer también lo es).

Busca amigos, busca a otras personas trans (escríbeme si quieres, aunque a veces tarde un poco en responder), busca información (la que sea, mientras te haga sentir bien), huye de la violencia, no permitas que tus ideas vuelen y el diálogo interno tenga su propia vida en tu cabeza. Enamórate (de una persona, de una profesión, de un arte, de un deporte, de un paisaje, o de un animal). Porque hay muchas maneras de realizarte en la vida, como mujer o como hombre, y ninguna de ellas pasa por las manos de un médico.

Por cierto, tampoco me parece bien que ahora la medicina pretenda vender la eutanasia como la cura definitiva al sufrimiento psicológico. Me parece bien que una persona que 1) lo solicite, 2) sufra mucho, 3) sea imposible que su situación mejor y 4) no pueda quitarse la vida por si misma, reciba la eutanasia, pero no veo bien que se le ofrezca este servicio a una persona que se puede suicidar. Hay cosas que cada cual debe hacer por si mismo, y matarse es, en mi opinión, una de ellas.

En cualquier caso, descansen en paz, junto con todos los otros que murieron por ser trans.

7 comentarios

Archivado bajo Médicos, Mundo, Reflexiones

Ser trans y ser pionero.

Ser pionero cuando eres trans es sumamente fácil. Últimamente he sabido de varias personas que eran las primeras en algo, valga como ejemplo la primera mujer transexual musulmana. Sin ir más lejos, a mí me dijeron que era el primer estudiante trans de la UNED, pero se me ocurren más ejemplos, entre los cuales uno de los más sonados es «el primer hombre embarazado», un tópico que se repite una y otra vez en distintos países.

No obstante, estos pioneros, no suelen serlo nunca. Yo no fui el primer estudiante trans de la UNED (y probablemente ni siquiera fuera el primero en pedir que se reconociera mi identidad), igual que Thomas Beatie no fue el primer hombre transexual embarazado (los ha habido por decenas, quizá cientos o incluso miles, antes que él), ni esta señora es la primera mujer transexual musulmana (Irán está lleno de ellas, pero también las hay en Gran Bretaña, donde vive ella).

«No hay foros para hablar sobre transexualidad», me dice mucha gente «voy a crear uno». Así se añade un foro o grupo más a los cientos de foros y grupos que ya hay sobre el tema, y vuelve a ser el primero. De esta forma, la rueda de la transexualidad se reinventa una y otra vez cada seis meses más o menos. De esta forma, no existe una memoria transexual, el pasado desaparece.

La perpetua novedad de lo transexual es la excusa perfecta para que las instituciones no lleven a cabo el reconocimiento de género de las personas trans. Como es algo tan «novedoso» no ha habido tiempo de que la sociedad se adapte (se ha llegado a plantear la hipótesis de que el jurista romano Gayo fuese una mujer, es decir que podemos estar hablando de un antecedente de hace tan sólo 1900 años), y por tanto es completamente normal que a los estudiantes trans se les obligue a asumir la identidad asignada al nacer «hasta que no se arreglen las cosas».

Igualmente, llama la atención lo poco que dura en nuestra memoria «la novedad trans». Si pongo en Google «el primer transexual», o «el primer transexual que», me salen sólo noticias sobre el primer transexual de esta semana (casualmente, toca uno de los que han dado a luz, esta vez, en Alemania).

Un amigo me pasó este artículo que afirma que la transexualidad se da el doble en el ejército que en la sociedad en general. Después de presentar una serie de datos contradictorios, basados en suposiciones (es decir «inventados»), el artículo señala que «Junto con España, que cambió la normativa en 2009 durante el mandato de Carme Chacón en Defensa, ya son 10 los países que permiten transexuales en sus Fuerzas Armadas: Australia, Bélgica, Canadá, República Checa, Israel, Países Bajos, Suecia, Tailandia y el Reino Unido». Así que resulta que en España debemos darle las gracias a Carme Chacón. No a Aitor, un hombre transexual al que se le impidió el acceso al ejército por no tener pene (cuando por fin se cambió la normativa, él ya superaba la edad máxima para presentarse, y aunque se le concedió una oportunidad extraordinaria, suspendió el exámen y ya no pudo volver a probar, cosa que sí habría podido hacer de no haber existido ese impedimento cuando lo intentó por primera vez). Así, los logros de las personas trans se convierten en cosas que «estaban ahí».

La transexualidad no tiene pasado, y no tiene futuro. Muchas de las «iniciativas pioneras» se mueren al cabo de tan sólo unos meses de vida. Es lógico: cuando estás inventando algo, el riesgo de fracasar es mayor. Durante el brevísimo presente, las iniciativas pioneras trans pasan completamente desapercibidas. Sólo las conocen en su casa (el que las hace y dos o tres más), pero no importa, porque somos la ostia en barca. Somos los primeros, así que es normal que sea duro. Ya nos haremos más conocidos.

No nos preguntamos por qué, si las personas que no están conformes con el género asignado por otros hemos existido en todos los tiempos de la humanidad, y en todos los lugares, somos los primeros. Por qué estamos «revolucionando» y «rompiendo». Por qué no tenemos referentes. Por qué es tan fácil ser pioneros. No nos lo preguntamos, porque es más fácil pensar que estamos haciendo algo que nadie ha hecho, que pensar que seguramente no somos tan originales y que es probable que otros lo intentaran antes. Que es probable que no seamos más listos que esos otros que lo intentaron antes, y que deberíamos saber por qué ellos desaparecieron, para evitar que nos pase lo mismo.

No nos molestamos en saber quienes estuvieron delante, investigar su trabajo y aprender de sus fallos, porque es mejor pensar que somos pioneros, que sabemos más y que, naturalmente, lo haremos mejor. En realidad, les despreciamos un poco. Somos los pioneros. No necesitamos referentes, sino que seremos el referente. Hasta que llegue alguien detrás, dentro de unos 6 meses aproximadamente, que sea el pionero. La primera persona trans que…

7 comentarios

Archivado bajo Reflexiones, Uncategorized

Entrevista con María José Rosillo (educadora social y psicóloga clínica)

Originalmente publicada en la.trans.tienda

Háblanos un poco de ti ¿A qué te dedicas?

Trabajo como Educadora Social en el centro de servicios sociales del ayuntamiento de san juan de Aznalfarache desde 1987. Aunque terminé además mis estudios de psicología y trabajo en consulta y con grupos especialmente de mujeres y en torno al desarrollo personal. Me apasiona escribir y el poco tiempo que tengo lo aprovecho para esto, en revistas, blogs y en torno a temas sobre psicologia, espiritualidad, teologia feminista que me apasiona, educación, salud…Me gusta pasar la tarde con mi padre de 99 años y colaboro en la emisora local con programas relacionados con areas sociales.

¿Por qué empezaste a plantearte trabajar con personas trans?

Como lesbiana, siempre he tenido contacto con la comunidad LGT tanto en movimientos participativos, reinvindicativos, formativos, de ocio, o de amistad. Y en concreto he tenido varias personas cercanas con las que he tenido el honor de compartir todo el itinerario de transición, especialmente F-M. Desde el primer día he experimentado la admiración, el respeto y permíteme la palabra, la vocación de servicio y acompañamiento a estas personas en todas las dimensiones de su vida personal, social, afectiva y laboral. Después con los años, esta vocación de servicio o como quieras llamarlo, se ha convertido en una prioridad, reforzada a medida que profundizas en la realidad trans. Estas experiencias de vida compartida, me tocan muy de cerca y quiero ser útil en la medida que pueda. .

 Cuando yo acudí a la psicóloga de la UTIG de Málaga, me encontré con que lo único que hizo fue pasarme una serie de test para “evaluarme”, que no me ayudaron en absoluto, sino al contrario, me hicieron sentir peor. Por otra parte, muchas personas trans que acuden a psicólogos privados se encuentran con que la solución que se les ofrece a sus miedos y angustias es no realizar una transición de género, sino tratar de readaptarse al papel de género que se les ha asignado, como forma de evitar otros males mayores. Parece que la psicología todavía tiene poco que ofrecer a las personas trans…

No estoy del todo de acuerdo con esto que dices. Digamos que la tendencia mayoritariamente de la Psicología Clínica actual sigue siendo sesgada por el concepto tradicional de salud, que no está preparada para los nuevos lenguajes ni realidades de nuestra sociedad. Pero en vez de hablar de Psicología en general, hablemos mejor de profesionales de la Psicología que comienzan a plantearse otros enfoques y otras formas de acompañamiento desde el total respeto al otro y a la promoción de su verdadera autonomía, desde la opción libre de vida que se haya elegido. Estos movimientos emergentes dentro de la psicología profesional son reales. Vivo de cerca la predisposición de cambio en el colegio profesional de psicología de Andalucía occidental, en el que grupos de profesionales se están cuestionando desde hace unos años, todo el proceso diagnóstico clínico, poniendo en jaque los modelos heredados como la DSM IV y similares. Los etiquetajes para el diagnóstico no suponen la eficacia de los procesos de acompañamiento. Creo firmemente que estamos en fases de cambios en esta área también. No descartamos el refuerzo de caminos ya iniciados con los centros de salud de los municipios pequeños, cuyos equipos médicos también están “llamados al cambio de metodologías más humanas de atención”, en el diseño de protocolos intermedios y complementarios a las UTIGs. Pero esto puede ser tema para otra entrevista ¿no?

La mayoría de la angustia y la tristeza de las personas trans suele venir de que reprimimos nuestros propios pensamientos, sentimientos, la relación hacia nuestro cuerpo llega a ser violenta ¿Es posible liberar toda esa tensión e inseguridad y llegar a sentirnos bien con nosotros mismos de nuevo?

No te quepa la menor duda que a través del teatro se pueden remover todas estas emociones de las que hablas. Desde el teatro, investigamos en las historias que deseas contar, en la indagación de emociones de los personajes y en la búsqueda de recuerdos de las nuestras que nos hagan crear “orgánica y físicamente a nuestro personaje”. Todo ello además nos permite hablar libremente desde la boca y el cuerpo de nuestro personaje. Es él/ella quién se expresa, no nosotros. Por tanto, la libertad de expresión alcanzar su máximo nivel.  Es el personaje y no yo, quién expresa y dice lo que yo realmente deseo decir o expresar, pero “la culpa” es suya, no nuestra. No sé si me explico.

 ¿Cómo se prepara un taller de psicoescénica?

SANYO DIGITAL CAMERALo primero es configurar el grupo. Se necesitan personas no sólo aficionadas al teatro, yo diría apasionados por el teatro, porque se trata de trabajar de forma divertida pero intensa, y cuando algo te gusta mucho, no te cuesta trabajo. Por otra parte, el trabajo psicoescénico también es profundo y como decía antes, remueve emociones, todas ellas intensas, porque son nuestras, muchas de ellas divertidas, enriquecedoras y al ser compartidas, bellisimas de ver y de experimentar, pero otras pueden ser duras y complejas. Por eso, hablo de pasion por el teatro, porque nada podrá hacernos perder la ilusión por participar en algo que nos apasione ni nos supondra pagar precio emocional, porque siempre es enriquecedor.

Las áreas que suelen trabajarse en un taller de estas caracteristicas son: pre-expresividad (presencia escénica), respiración y proyeccion de la voz, vocalizacion, texto y emoción. Todo ello a través de la representación de escenas (monólogos o en grupos pequeños) reales u originales escritas para el taller.

  ¿Y cómo sería el desarrollo?

Este tipo de talleres varía en su desarrollo si se organiza como actividad permanente a lo largo de todo un curso académico o si se elabora como taller intensivo. En el primer caso, lógicamente las áreas que mencionaba antes se trabajan en mayor profundas y genera mayor efecto transformador y permanente. Al final del curso, solemos hacer una representación teatral real, para que puedan a venir a vernos nuestros amigos si lo deseamos. Esto es ya la experiencia suprema de la psicoescénica: subir a un escenario de verdad.

Para que nos hagamos una idea de una sesion en general sería de esta forma: hacemos una introducción de calentamiento, movimiento, SANYO DIGITAL CAMERAritmo, voz.

En las sesiones iniciales nos presentamos y compartimos nuestro interés por el taller. En las demás sesiones, solemos proponer trabajo de investigación en casa, sobre escenas y personajes que luego se comparten.

Escenas y juegos dramáticos, en los que se pone en práctica lo trabajado y nuestros compañeros de taller nos hacen de espejo público. Es increible el feedback y autococimiento adquirido a través de estos juegos.

Solemos cerrar con juegos y dinámicas de relación y compartimos conclusiones. Normalmente aconsejo acompañarse de ropa comoda, sin piersind ni objetos que puedan hacernos daño a nosotros o a nuestros compañeros y con algun cuadernos para tomar notas.

 A nivel personal ¿qué te ha aportado a ti asistir a este tipo de talleres, a sesiones de coaching, etc…?

El trabajo grupal de desarrollo personal es muy enriquecedor. He tenido ocasión de acudir a muchas de ellas en calidad de “paciente” si me permites el término. Luego ya como terapeuta, ves cómo vas cambiando por dentro y por fuera, siempre desde la liberacion interior. Tú eres quién marcas tu propio ritmo de cambio, y es tu voluntad exclusivamente la que marca hasta donde llegas en tu proceso de evolución interior. Si esa experiencia la haces desde la confianza mútua, logran crearse vínculos afectivos poderosos que se traducen en acuerdos de confidencialidead y confianza que permanecen con los años.

SANYO DIGITAL CAMERA

Bonus extra de la entrevista:

En los siguientes videos, puedes ver a María José en «La delgada y estrecha linea roja», un divertido corto con un final inesperado.

2 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

Cinco años aprendiendo

El 29 de julio este blog cumplió cinco años, es decir, un tiempo considerable de vida para un blog. Ya no escribo con tanta frecuencia como al principio (hace por lo menos dos años que no consigo publicar más de una entrada a la semana, o incluso cada quince días), pero al menos consigo mantener esa constancia, lo que para mí, que jamás logré llevar al día un diario constituye todo un logro.

Más importante todavía: a pesar de que actualizo poco, se me olvida responder a los comentarios, y que después de cinco años poco nuevo puedo escribir (seguro que me repito más que el ajo), todavía hay gente que me lee, y el nivel de visitas se mantiene alrededor de las 150 diarias ¡Muchas gracias! Supongo que para algunas personas que tienen páginas con miles de visitantes diarios, es poco, pero para mí es increíble que alguien se tome la molestia de prestarme atención durante tanto tiempo. Ahora mismo hay dos campeonas que están intentando leerse el blog desde el principio… si lo consiguen, me lo van a tener que contar, porque yo ya ni me acuerdo de todo lo que he escrito.

Por otra parte, también se que el único requisito para convertirse en un blogger veterano es, simplemente, continuar escribiendo mientras el tiempo pasa. Llevar cinco años haciendo algo, no significa que lo estés haciendo bien o mal. Simplemente, significa que lo haces.

Este año ha sido… bueno y malo. Supongo que cuando eliges no llevar una vida apacible, las cosas son siempre así, como vivir en una montaña rusa que unas veces sube mucho, y otras veces desciende vertiginosamente, para luego volver a subir, y a bajar…

En julio por fin me inscribieron como Pablo en el registro civil. Desde el 17 de julio soy Pablo oficialmente, pero no me avisaron hasta el 30 o 31 de julio (ya no recuerdo), por lo que es una de las cosas que puedo meter en este año. A finales de agosto conseguí mi nuevo DNI, y pude presentarme a los exámenes de septiembre en la UNED por fin como yo mismo. Eso fue agridulce: es una batalla que no he podido ganar. Posiblemente el hecho de estar físicamente lejos del Campus de la UNED ha influido mucho en ello. Sin embargo, sé que Belén de la Rosa todavía sigue en ello, aunque no sé cómo habrá influido el cambio de rector en la UNED. Ha salido elegido el más cerrado en ese sentido.

En septiembre, un correo electrónico con una invitación de Daniel de ALEAS-IU para participar en unas jornadas, abriría el proceso de elaboración de la ley trans de Andalucía. Recuerdo que dije “esto es muy gordo”, y Ángela también lo pensó, porque en dos días escribió nuestro primer borrador proponiendo una norma. Descubrir que Mar Cambrollé y ATA estaban en la misma línea que nosotros fue increíble.

Sabíamos que aquello podía llegar a ser algo muy grande, pero no nos imaginábamos la que se nos venía encima. Yo antes había hecho un poco de política (por desgracia) a nivel de grupos, y siempre me prometía a mí mismo no volver a hacerlo nunca más ¿No quieres caldo? Pues toma tres tazas.

La política me sigue pareciendo tan  odiosa como en aquel entonces, pero reconozco que para mí fue muy emocionante la primera vez que fui al Parlamento andaluz. Es de esas cosas que uno ni siquiera piensa que hará algún día, porque entraba en la esfera de lo impensable. Antes, estuve en el Congreso, como visitante, cuando estaba en COU. También visité el Palacio de Carondelet, de Ecuador, donde está la sede del Gobierno ecuatoriano. Pero… ¿ir alguna vez a un sitio de estos para trabajar? Ni se me había ocurrido.

A estas alturas, cuando tengo que ir a otra reunión allí es como “mierda, qué problema, no puedo cerrar la tienda tantos días, y además no me llega el dinero para el billete de autobús o la gasolina”. No sé si estos viajes están afectando negativamente al rendimiento de mi tienda, pero es posible que sí: a parte de tener que cerrar muchos días, estoy más cansado, estresado e irritable. Esas no son condiciones correctas para una persona que trabaja cara al público. Cómo cambian las cosas en unos meses.

En el camino, he conocido a gente nueva a la que estoy empezando a apreciar. También he dejado a gente a la que quería mucho, y el hueco que se me ha quedado en el corazón me duele cada día. Todavía no lo entiendo muy bien.  A veces pienso que las propias personas trans no estamos preparadas para que las cosas cambien. Mientras algunxs pedimos libertad, un amplio grupo tiembla de miedo ante lo que la libertad significa, y mientras lloran por estar bajo la tutela de los médicos, se consuelan pensando que al menos sus amos les dan pan para comer. Si no tuviesen amos ¿podrían estar seguros de que continuaría llegando el pan?

La proposición de ley trans de Madrid es un buen ejemplo de ello. Pensar esto me hace sentir muy triste. Me hace sentir que realmente debería abandonar.

A finales del otoño conocí a una chica que me gustaba, y pasamos unos días bonitos en navidad. Sin embargo, a aquellas alturas ya no me quedaba mucho que invertir en otra persona a nivel sentimental, y aunque lo que le di fue poco, también fue todo lo que me quedaba (por otra parte, creo que si hubiese tenido más para darle, se lo habría quedado también). Desde entonces he conocido a otras personas que me han mostrado cierto interés, pero no me han interesado. Al mismo tiempo, he sentido cierto interés por otras personas que no parecían muy conscientes de mi existencia (el tipo de persona que probablemente dice “parece que le caigo muy bien a Fulanito”, pero no saben muy bien por qué). A veces me siento un poco solo, pero cada vez me pasa menos, probablemente porque en realidad  me doy cuenta de que no tendría nada que aportarle a otra persona, y estando así las cosas… ¿Para qué buscar?

En marzo (el día 20) me operé por fin de mastectomía ¡Después de más de cuatro años! Por un momento, en el último momento, tuve dudas. Sin embargo ahora cada día estoy contento de haberme operado. Todavía continúo “en recuperación”. Las cicatrices siguen muy rojas, pero ya van mejorando. Los bordes están menos hinchados, y creo que llegarán a quedarse muy bien. Empiezo a recuperar la sensibilidad: primero empecé a notar que llevaba puesta ropa, y ahora, si me paso la mano, lo siento. Creo que todavía tengo que recuperar más sensibilidad, pero estoy en ello.

Me siento libre. Cuando las otras cosas parecen hundirse puedo pensar que al menos he conseguido sentirme bien con mi cuerpo, y que se reconozca mi identidad (aunque todavía hay quien me trata en femenino… hoy, en la tienda, una señora me ha llamado “chica”, y “guapa”, y yo la he llamado “señor” y “caballero”. Ella no me ha dicho nada, pero se ha dado cuenta y ha arreciado en sus femeninos… y yo en mis masculinos. Ha sido la primera vez que he hecho algo así, aunque había pensado hacerlo muchas veces. No me he sentido bien agrediendo a otra persona de la misma manera que esa persona me estaba agrediendo a mí. Me he sentido rebajado. No volveré a hacerlo). Podría retirarme de todo, vivir tranquilamente, con las cosas que he conseguido, con la tranquilidad de que he devuelto con creces lo que recibí de las personas que vinieron antes que yo. Podría hacerlo, y que les den por saco a todas esas personas que tienen miedo de la libertad.

Pero tengo la.trans.tienda, y me gusta (aunque esté siendo utilizada como arma para criticarme. Al parecer está mal tener una actividad empresarial relacionada con la transexualidad, a no ser que seas médico, psicólogo o abogado, y que seas cisexual, claro). Está empezando a dejar de perder dinero, y tengo muchos planes nuevos para el año que viene. Me gusta verla crecer, que la gente me escriba, que me pidan cosas, que pregunten, que hablen de ella con otra gente… De todas las cosas que hago, es una de las que más me gustan.

La otra cosa que más me gusta, es que he empezado a escribir una novela. A principios del verano anterior, las ideas revoloteaban en mi cabeza. La culpa la tuvo mi amiga Lluvia Beltrán, que me dejó leer un borrador de su novela “Fotografiar la lluvia” http://lluviabeltran.com/. Entonces, no sabíamos que la novela llegaría a publicarse (la ha publicado recientemente la editorial Algón), pero a mí me pareció que tenía algo especial. Era, simplemente, una historia humana, de  personas corrientes. Empecé a preguntarme si podría escribir yo algo así, una historia corriente sobre personas trans corrientes, y si a alguien le interesaría.

A finales de agosto, una película de Woody Allen (Sucedió en Manhattan) me hizo darme cuenta de que sí: se puede escribir, o hacer películas, sobre personas corrientes, que viven cosas corrientes. Quizá porque lo corriente refleja la humanidad de las personas.

Si todos fuésemos conscientes de que quienes nos rodean también son personas, y tienen miedos y deseos como nosotros, y se preocupan muchísimo por cosas pequeñas, o soportan cosas grandes estoicamente, porque la vida sólo avanza en una dirección, y a ver qué van a hacer… seguramente sería más fácil que nos llegásemos a entender.

Empecé a escribir en octubre. En diciembre tuve que pedir ayuda a mis amigas, porque ya había escrito lo suficiente para quedarme satisfecho, y tenía la idea tan armada en la cabeza que ya no me presentaba ningún reto que la hiciese interesante. Pero quería escribir la historia, así que les pedí apoyo moral, y me lo dieron. Gracias a ellas, sigo escribiendo, aunque muy despacio.

Ahora llevo unas 80 páginas del primer borrador, y ya tiene título. Se llamará «La mirada sobre Esteban». Una gran parte deberá ser reescrita, ya que la historia ha ido evolucionando y cobrando vida de manera que las partes posteriores no concuerdan con las inciales. Algunos personajes han cambiado de sexo, otros han cambiado su filosofía de vida. Los que en principio me parecían muy importantes están demostrando que tienen poco que decir, y hoy, después de hablar con el amigo que me puso la película de Woody Allen, ha aparecido un nuevo personaje que me ha añadido una subtrama que no sabía que necesitaba hasta que he hablado con él. Es curioso, porque realmente no le conozco tanto, hemos hablado sólo un puñado de veces, y sin embargo parece haberse convertido en la piedra angular de todo el relato. Tengo que plantearme empezar a conocerle más.

Escribo muy despacio, porque casi no tengo tiempo (con todas las otras cosas…), pero cuando logro sacar un rato, es mágico. En realidad, decir que estoy escribiendo yo es un exageración: cuando me pongo delante del ordenador, yo sólo pongo el trabajo mecánico (pulsar las teclas en el orden correcto), y la novela se escribe ella sola. Es muy intenso.

Me gustaría tener más tiempo para escribir. Quizá ese deba ser mi propósito para el año que viene. Dedicarme más a la novela. El mundo no se va a caer, aunque yo le dedique menos tiempo a él, y más a mí. Es posible que incluso sea mejor para mi salud.

Espero que a finales de julio del año que viene (o a principios de agosto) sigamos por aquí para celebrar el sexto año aprendiendo.

6 comentarios

Archivado bajo Reflexiones