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Inmigrante feliz

Cuando llevaba tres semanas en Liverpool decidí hacer caso a mi amigo Carlos y darme una vuelta por Edimburgo. «Aquí hay muchos sitios que tienen carteles en el escaparate buscando gente», me explicó Carlos, «y en verano las tiendas abren desde las 8 a las 11 de la noche, así que ahora están buscando gente para la temporada alta, y es más fácil que encuentres un trabajo. Así tendrás tiempo para ir buscando otra cosa para el invierno».

Carlos es uno de los amigos que lleva años diciéndome «vente pa’ Edimburgo, Pablo» (versión actual del «vente pa’ Alemania, Pepe«), así que le hice caso. Además, me dejaba quedarme en el sofá de su casa, que, por lo que me ha contado, ya ha tenido varios inquilinos que estaban más o menos «homeless» como yo.

Aún así, sólo fui a Edimburgo tres días, para no molestarle mucho. Con su ayuda, hicimos una batida por la zona centro y dejé unos 25 currículums, además de recolectar anuncios para solicitar el puesto por internet, más adelante. Dedicamos poco más de una mañana a la cuestión, por la tarde descansamos, y al día siguiente me volví.

Una semana más tarde, justo después de que escribiese la anterior entrada, el teléfono sonó. Era un sábado por la mañana y tenía previsto dedicarlo a mover muebles dentro de casa, pero el timbre del teléfono me despertó antes de que pudiese hacer nada. La persona que llamaba me quería hacer una entrevista ese mismo día, pero ese día yo no podía ir… porque estaba a 350 km de Edimburgo. Así que le pedí ir al día siguiente, y así lo hice.

Dividí las pocas pertenencias que tenía en las más fundamentales, e hice una maleta que lo mismo podía servir para equipaje de una semana, que para equipaje indefinido. Algo me decía que iba a conseguir el trabajo, así que mejor ir preparado, pero no demasiado bien preparado, por si acaso no me lo daban, que no me sintiera demasiado idiota.

El trabajo era en una tienda de souvenirs de la Royal Mile de Edimburgo. Como mi inglés no es muy bueno, no me enteré demasiado bien de la dirección, pero de nuevo mi amigo Carlos vino en mi auxilió y me dijo donde era (Carlos es una especie de guía Michelín de Edimburgo: lo sabe todo), aunque esta vez me quedé en casa de mi amiga Lara, que es otra de las que me decían que me dejara de hacer el imbécil en España y fuese tirando para acá.

Llegué a la tienda a las 10:15, aunque mi cita era a las 10:30, y vi como la abrían. Para disimular, me metí en la tienda de al lado hasta las 10:30, que volví a salir. Había cuantro personas muy atareadas, y la mánager se olvidaba de entrevistarme constantemente. Finalmente, me hizo una entrevista de unos 5 minutos, en la que hablamos de mi experiencia, y me pidió que volviera a las 13:00, ya que el jefe estaría por allí.

«Vaya huevos», pensé para mí, pero por otra parte me dije: «si me pide que vuelva, será que le he gustado». Así que con esa esperanza, volví a la 13:00. Una vez más, todos estaban muy atareados, pero aún así, conseguí darme cuenta de que el chico que estaba en la caja era español, y le pregunté qué tal eran los jefes, cómo se estaba en la empresa, y demás. Él me dijo que eran todos muy majos, y que en la empresa se estaba bien, pero que a él le iban a cambiar de tienda, y además su turno terminaba ya, así que estaba deseando irse.

Sin embargo, había un problema: la manager no tenía a nadie para cubrir su puesto, y mientras yo esperaba para que me hicieran una segunda entrevista con el jefe, la veía ir de aquí para allá, llamando por teléfono y hablando con un señor que yo me imaginé que debía ser el jefe (y efectivamente, lo era). De repente, se volvió hacia mí y me dijo «Tú me has dicho que tienes experiencia ¿Quieres trabajar?». Obviamente le dije que sí, y de buenas a primeras, con un minicursillo acelerado de 5 minutos, me vi en la caja atendiendo a la gente. Así, sin anestesia ni nada.

«El trabajo es sólo para una semana», me explicó la mánager, «pero si me quedo contenta, a lo mejor te puedes quedar más, o te puedo recomendar para que trabajes en otra tienda ¿Te parece bien?». «Claro que sí», le respondí. Y desde entonces, trabajo ahí.

Dicho sea de paso, la verdad es que el chico español debió pensar «para lo que me queda de estar en el convento, me cago dentro», y la noche anterior había estado de juerga. Se presentó en el trabajo con un resacón del 15, y apestando a whisky, pero como lo cambiaban de tienda, ya que se iba con el manager anterior, le daba igual.

Mi primera semana fue mortal. Estábamos abriendo una tienda nueva, que en realidad no era nueva, pero había estado mal gestionada anteriormente, y había mucho que hacer. Trabajé 62 horas, de manera muy intensa, pero me pagaron todas y cada una de ellas. En una semana gané más o menos lo mismo que en un mes de trabajo en España, con dos trabajos. A partir de la segunda semana, ya tenemos un horario normal, con 40 – 45 horas a la semana, y un ritmo más relajado, que a veces llega a ser hasta aburrido.

El trabajo, la verdad, me gusta mucho. Los clientes son turistas que vienen contentos a pasarlo bien, no españoles amargados que si pudieran te sacarían hasta la sangre. Los españoles que vienen están encantados de encontrarse con otro compatriota (aunque en realidad aquí hay españoles por todas partes, hay españoles hasta en la sopa, y sobre todo, los hay en las tiendas de souvenirs), y nadie es desagradable. Todos los compañeros de trabajo son super simpáticos, y el equipo es muy internacional: la jefa es japonesa, y los demás somos, un mexicano, una estadounidense, un chico italiano, y otra italiana que no trabaja siempre en la empresa, porque no le gusta demasiado. No hay escoceses, principalmente porque ningún escocés viene a pedir trabajo a este tipo de tiendas. Como suele ocurrir, los inmigrantes hacemos el trabajo que los del país no quieren hacer, pero, la verdad, yo estoy contento con lo que hago, así que no me voy a quejar.

El resumen de mi búsqueda de trabajo es:

Tiempo en encontrar trabajo desde que llegué al país: un mes justo.

Número de currículums dejados: incontables.

Entrevistas realizadas: 2

Tiempo empleado en la búsqueda de trabajo en Edimburgo: 1 mañana

Reconozco que he tenido tres ventajas fundamentales: amigos y familia que me han ayudado desde el principio, un nivel alto de inglés (que al llegar aquí se convirtió en a penas suficiente, aunque hay gente que habla peor que yo, y también tienen trabajos que les gustan), y mucha suerte. Llegué en el momento adecuado al lugar adecuado.

Me siento muy feliz. Por primera vez en años, tengo un salario que me permite vivir como una persona, y no me paso los días y las noches contando céntimos, preguntándome cómo voy a pagar las facturas, o si podré comprar comida mañana. Hago algo que me gusta, y luego me sobra tiempo para dedicarlo a otras cosas que también me gustan, como la.trans.tienda, escribir o estudiar. Puede que este invierno aprenda a coser a máquina. Vivo en una de las ciudades más bellas de Europa, y tengo amigos con los que disfrutarla. Sólo falta que K. venga aquí, para que todo sea perfecto, y eso ocurrirá dentro de dos meses.

Mi único miedo, la única preocupación, es que todo parece demasiado bueno para ser verdad. Cuanto mejor me encuentro, más miedo siento de que ocurra una nueva catástrofe que me tire todo al suelo y tenga que empezar de cero por tercera vez. Es un temor irracional, que se me engancha en el estómago, y al pecho, acompañado por una vocecilla que me susurra que no merezco nada de esto, y que pronto en el trabajo se darán cuenta de que pueden encontrar a alguien mejor y me despedirán. Una voz que no es más que el eco de otras voces reales que durante años me han estado diciendo que yo no servía para nada, y que siempre tendría que estar «chupándole» a alguien sus recursos para poder vivir. Unas voces que debo aprender a olvidar, ya que no pienso permitir que nadie vuelva a decirme tal cosa nunca más.

En las siguientes entradas hablaré de mis aventuras para conseguir la testosterona (y la aguja, que casi fue peor), y cómo he aumentado mi nivel de vida al comprar una cafetera. También hablaré sobre mi nuevo apartamento, y cómo pasé de ser un okupa de los colchones y sofás de mi hermana y amigos, a un arrendatario con todas las de la ley (aquí les llaman «tenant», es decir «teniente»).

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He decidido hacer una página a parte dentro del blog con toda la información, ideas y consejos que he ido acumulando después de haber gastado bastante tiempo (y, desgraciadamente, dinero) en probar distintas prótesis de paquete. Si os fijáis, tiene un enlace directo más arriba, pero como puede pasar inadvertida, he decidido publicarla también como una entrada de blog «normal». Así, según vaya completándola (de momento está incompleta), iré añadiendo nuevas entradas aquí, y… bueno, supongo que se verá más todo, y será mejor. Digo yo.

Encontrar la prótesis «ideal» es muy difícil, y generalmente no queda más remedio que ir probando varias hasta encontrar la que mejor se adapte a ti. En general, mi consejo es que elijáis la prótesis más barata.

Nota: algunos de los enlaces que encontraréis son enlaces «afiliados», es decir que si compráis alguna prótesis a través de ellos, es posible que yo me lleve una pequeña comisión (sin que a vosotros se os aumente el precio, claro).

Hay muchos tipos de prótesis, en función de lo que vayáis buscando.

Prótesis de paquete.

La prótesis de paquete sólo sirve para hacer bulto y rellenar los calzoncillos. En mi opinión, una buena prótesis de paquete debe permitir que te sientas cómodo ante las miradas de los demás, lleves la ropa que lleves, ya sea ajustada, holgada, de deporte, etc… Con unos pantalones vaqueros, cualquier cosa que te pongas va a quedar bien. Si te gusta el deporte, la cosa se complica. Si te vas a cambiar de ropa en un vestuario y vas a estar en calzoncillos, peor todavía. E incluso hay quien quisiera tener una prótesis de paquete que fuese tan realista que le permitiese hasta quedarse desnudo sin que nadie notase nada.

Dejando a parte las prótesis ultrarrealistas (y ultracaras) que serían las únicas que te permitirían quedarte desnudo (y sobre las cuales tengo bastantes dudas), creo que buscar una prótesis que te quede bien bajo los calzoncillos o la ropa de deporte no es mucho pedir. Para mí hay tres factores que hacen que una prótesis de paquete quede bien:

  1. Tamaño correcto. Ni muy grande, ni muy chica. Tiene que ser un tamaño que te haga sentir cómodo.
  2. Que tengan los testículos redondos. Cuando haces deporte, los pantalones tienden a «ajustarse»  por esa zona, y si los testículos no son redondos, quedan raros. Por desgracia, hay muy pocas prótesis que tengan los testículos redondos.
  3. Que sea blanda. La prótesis blanda se mueve cuando tú te mueves, produciendo un efecto más natural. Y si te ves atrapado en un metro o autobús super lleno, nadie pensará que vas empalmado por la vida…

Un detalle muy importante: para que una prótesis de paquete quede realmente bien, es necesario llevarla con un arnés. Si la llevas suelta dentro del calzoncillo, se mueve, se cae, se pone del revés, y es un auténtico incordio.

Entre todas las prótesis de paquete que conozco, estas son las que más merecen la pena:

1. La prótesis de paquete casera.

Esta es una prótesis casera que he inventado yo, haciendo pruebas con diversos materiales. Tiene sus ventajas, y sus inconvenientes:

Ventajas:

  1. Es muy barata: cuesta unos 3€
  2. Tiene los testículos redondos y es blanda, por lo que queda muy bien bajo la ropa (siempre que uses arnés).
  3. Es segura y resistente (aunque no lo parezca)
  4. Te la puedes hacer a la medida que quieras.
  5. Se hace con materiales muy sencillos de encontrar.

Inconvenientes.

  1. Es fea. Es muy fea y nada realista.
  2. La tienes que hacer. Es fácil, pero laborioso.
  3. Se va endureciendo poco a poco.
  4. Requiere un poco de mantenimiento.

Si quieres aprender cómo se hace, aquí te dejo un tutorial:

2. Mr. Limpy, la prótesis de paquete «de toda la vida».

Esta es la prótesis de paquete que más suele usar la gente. Hace tiempo Mango, una web de productos para hombres transexuales que fue muy popular en su día y que dejó de funcionar de un día para otro (quedándose, de paso, con 20€ que les pagué por una prótesis que nunca me enviaron). También la podéis encontrar en muchos sex shop online, pero el enlace que yo os dejo va directamente a la web del fabricante, que es en el sitio donde la vais a encontrar más barata. Es barata, cómoda, y tiene un aspecto razonablemente pasable. No te engañes, no sería capaz de superar una inspección más o menos atenta, pero por lo menos más pasable que mi prótesis casera sí que es. Se puede convertir en una prótesis para mear de pie muy fácilmente, aunque eso lo explicaré más adelante.

Las prótesis son estas:

Mr. Limpy extra pequeña
Mr. Limpy pequeña
Mr. Limpy mediana
Mr. Limpy grande

En la web no ponen las medidas, pero mi consejo es que compréis la pequeña. La extra pequeña también puede ser aconsejable, según lo grandes que seáis vosotros. Yo usé la mediana, y de mediana no tiene nada. Me hacía un paquete enorme, hasta el punto de que a veces me daba un poco de vergüenza. También es verdad que en aquella época todavía no usaba arnés. Quizá si lo hubiese tenido, habría estado más contento con la mediana… La que no os recomiendo para nada, es la grande, que es exagerada.

Está hecha de Real Feel Superskin, que es un material con textura muy similar a la piel humana. El problema es que se trata de un material poroso, y con tendencia a ponerse pegajoso y absorber la suciedad. A mí me aconsejaron espolvorearlo con harina de maíz para evitar que se ensuciase, pero el remedio era peor que la enfermedad… al final la dejé tal cual, y aunque se oscureció un poco, me parece que lavándola con agua y jabón se queda limpia.

Ventajas.

  1. Es barata.
  2. Relativamente realista.
  3. Es blandita. Queda bien bajo la ropa (siempre que uses arnés), aunque no tan bien como la casera.
  4. Fácilmente convertible en una prótesis para mear de pie.

Desventajas.

  1. El color.
  2. Los testículos no son redondos. Son semicirculares, y según la ropa que lleves, no quedan bien del todo.

3. Soft pack. Como la de toda la vida, pero en colores.

Si la Mr. Limpy no te convence mucho por el tema del color, la prótesis Soft Pack puede ser una buena opción. Las características son similares, pero está disponible en distintos colores. El problema es que sólo la he encontrado en sex shop de los EE.UU., por lo que la web está en inglés, y no sé si los gastos de envío encarecerán mucho el precio (nunca la he comprado).

Hay sólo dos tamaños (1 y 2), y no hay fotos de la diferencia entre una y otra. Respecto al precio, cuestan casi el doble que las Mr. Limpy, pero el tener un color más «pasable» quizá sea importante para alguien. Después de todo, tampoco se que sean super caras… Eso sí, ten en cuenta que cuando la empieces a usar, se va a oscurecer un poco…

La única foto que podéis encontrar en la web donde comprarla, es esta:

Ventajas.

  1. Relativamente realista, con varios colores para elegir.
  2. Es relativamente barata.
  3. Es blandita. Queda bien bajo la ropa (siempre que uses arnés), aunque no tan bien como la casera.
  4. Fácilmente convertible en una prótesis para mear de pie.

Desventajas.

  1. La web está en los EE.UU.
  2. En la web hay muy pocas fotos.
  3. Los testículos no son redondos. Son semicirculares, y según la ropa que lleves, no quedan bien del todo.
  4. Es más cara que la Mr. Limpy.
  5. No la he probado personalmente.

Con esto y un bizcocho, dejo, de momento, esta página. Según vaya teniendo tiempo, iré añadiendo más cosas. ¡Estén atentos a sus pantallas!

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Dos años de hormonación (I)

El día 26 de enero cumplí los dos años de hormonación, lo que significa que ya tengo el otro requisito necesario para pedir la rectificación registral de sexo y cambio de nombre. ¡Por fin!

La verdad es que estoy muy contento, y hasta me he pillado pensando que, cuando tenga mi carnet de identidad con los datos correctos, si a alguien se le ocurriese decirme que no soy un hombre, ya hasta podría sacarlo y decirle «pues aquí pone que sí. Mira, mira.» Porque, en realidad, de eso es de lo que va todo esto. De acumular pruebas para demostrar a los demás que eres un hombre o una mujer, y así lograr que te traten como tal. Porque no todo el mundo puede tener el privilegio de ser hombre, o de ser mujer: es necesario cumplir ciertos requisitos. Dios-la naturaleza-la biología-la medicina-la ley-la sociedad- así lo establece, y sus normas son inmutables e incontestables (bueno, no tan inmutables, de hecho cambian muy rápidamente, pero los imbéciles del mundo no se dan cuenta y creen que lo que es, ha sido siempre, será siempre, y es cierto para toda la especie humana, pues tienen la certeza de que sus creencias tienen la capacidad de transformarse en realidad. ¿No es cierto, Dra. Esteva? Usted sí que sabe quienes pueden ser mujeres, y quienes hombres, con total seguridad. ¿A que sí?)

De esta forma, lo que parece una cosa muy sencilla (cambiar de nombre y sexo legal, mediante un trámite administrativo para el que se requieren tan sólo dos requisitos) llega a convertirse en una auténtica gymkana con la que una persona transexual puede «divertirse» a lo largo de varios años.

Unx empieza con la siguiente certeza: «soy un hombre», «soy una mujer», aunque todos los indicios y las opiniones de las personas que están a su alrededor indiquen lo contrario. Si opinas una cosa distinta a esas dos, ya la has cagado antes de empezar: nuestro registro civil sólo admite dos posibilidades. Pero puedes nacionalizarte en Australia… allí admiten tres. En Pakistán, han empezado a admitir recientemente cinco (hombre, mujer, hombre transexual, mujer transexual, y Khunsa-e-mushkil, aunque no se permite cambiar de hombre «a secas» a mujer «a secas». Podrás cambiar sólo de hombre a mujer transexual o Khunsa-e-mushkil).

Total, que tú dices «soy hombre» o «soy mujer», y te convences a ti mismx en primer lugar, que es lo más difícil de conseguir, porque hasta el día de hoy no existe ningún rasgo o característica exclusivamente masculina o femenina que puedas encontrar para asegurarte. No hay pruebas que te puedas dar a ti mismx, tan sólo puedes confiar en tu propio criterio, y eso tampoco es tan fácil, sobretodo porque cuando das el paso de asumir que tu identidad de género no se corresponde con la que te han asignado los demás, no te encuentras precisamente en tu mejor estado de ánimo. En realidad te sientes más proclive a creer que se te ha ido la olla de verdad, total y definitivamente.

Sin embargo, mirando atrás, quizá ese haya sido el momento más especial de toda mi vida. Un momento que las personas que no son trans difícilmente pueden tener: el momento en que decides seguir viviendo, cuando ya no querías vivir. Escribiré sobre ello en otra ocasión.

Una vez que te convences a ti mismx (lo que en mi caso ocurrió entre julio y agosto de 2008), tienes que convencer a lxs demás. A tu familia. A tu pareja. A tus amigos y amigas. A tus hijos e hijas, si es que tienes. A tus padres, si aun viven. Evitar que te echen de casa (se de una chica trans que fue denunciada por su pareja por violencia de género, pues la pareja consideraba que decirle que era transexual suponía acoso moral. Un juez imbécil admitió la denuncia. Gracias a eso, esta chica perdió su trabajo y desde entonces está en paro. Curiosamente, al final se reconcilió con su pareja, que ahora tiene que ganar dinero ella sola para mantener a toda la familia). ¿Y cómo les convences? Con los mismos argumentos que usaste para convencerte a ti, contra toda evidencia.

Luego, tienes que convencer a un psicólogx o psiquiatra. Con los mismos argumentos que a todxs lxs demás. Los que usaste para convencerte a ti. Por suerte a estas alturas, ya dominas la situación. Ha pasado mucho tiempo, has dado muchas explicaciones, has respondido muchas preguntas, y has hablado, gracias a internet, con muchas personas trans, que te han ayudado. Consigues el diagnóstico psiquiátrico, que es el primer requisito que te pide la Ley, y que, además, es la «llave» que te permite pasar a la siguiente prueba de la gymkana: las hormonas.

Ahora, con el diagnóstico, ya es mucho más fácil demostrar que eres un hombre o una mujer ante quienes no confiaban en tus argumentos. Puedes mostrárselo y decir «¿Ves? no es algo que me haya inventado yo. Aquí tengo un papel que certifica que soy unx taradx mental en toda regla, y que eso que venía diciendo todo este tiempo era verdad.»

Edit: este post ha sido publicado sin terminar, porque le di al botón de «publicar» en lugar de al de «guardar» como era mi intención, y como lo tengo puesto para que se autopublicite en Twitter después de cada publicación, pues… así se va a quedar. De todas formas, ya era bastante largo.

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Rutina de sábado.

Dos horas estudiando. Ya no sé si estudio derecho constitucional, o si el derecho constitucional me estudia a mí. Me está mirando, de eso no hay duda. Esto no es normal. Mejor hago un descanso.

Es sábado. Toca raparse. Yo diría que cada vez tengo más pelo, y me está creciendo más duro. Mi madre dice que ya podía dejármelo crecer otra vez, pero me he acostumbrado a verme así y me gusta, además de que es muy cómodo y ahorro en peluquería. Ya nadie me viene con la cantinela «tienes muy poco pelo», «gracias por avisar, no lo había notado». Además, supongo que cuanto más tiempo me siga rapando, más fuerte se me pondrá ¿no? Todavía no hay riesgo de que nadie vaya a confundirme con el león de la Metro.

A rapar. Cada vez lo hago mejor, más rápido y sin transquilones, aunque creo que no me he repasado bien lo pelitos de la nuca. Bueno, a ver si mañana tengo más maña.

Aprovecho y recorto los cuatro pelos que tengo en la cara, que últimamente me estoy dejando crecer, y que no pueden ser llamados «barba». Me he pasado un poco y en algunos sitios se me ha quedado a roales, pero como ya está a roales de su natural, tampoco es una gran desgracia. Además, es la primera vez que hago esto… ya iré aprendiendo con la práctica, digo yo.

Me han dicho que es mejor afeitarse antes de ducharse, pero yo prefiero hacerlo después. Los otro cuatro pelos que me salen en la cara, que no pueden llamarse tampoco barba, pero que no me estoy dejando crecer, se quedan donde están hasta después de la ducha.

Ducha. Mola lavarse la cabeza después de raparse, la sensación en la mano y en el cuero cabelludo es muy agradable.

Ahora sí, afeitado de lo que queda. Lo que queda, además de poco, es muy blando y no me cuesta nada afeitármelo. Al contrario, me agrada afeitarme, porque luego se me queda la piel muy suave. No se me irrita ni me hago cortes, de momento.

Después toca la «reconstrucción facial». Esta semana la dermatitis parece que está remitiendo, así que va a ser más fácil. Tampoco estoy seguro de que el orden sea el correcto, pero primero me paso una crema exfoliante, a ver si consigo arrancarme todas las pielecitas muertas (que asco, un día de estos se me va a caer la cara), y me consuelo pensando que también es bueno para los puntos negros y para prevenir las espinillas. Después crema hidratante, de farmacia, especial para la dermatitis atópica. No es milagrosa, pero alivia mucho. Después el aftershave… en realidad, no sé si el aftershave debería haber ido antes que la crema hidratante, pero todavía no me ha salido nada raro en la cara (a parte de lo que ya tengo, ay) así que debo estar haciéndolo bien.

Paso final: limpiar el cuarto de baño. Para ser alguien con tan poco pelo, parece mentira la de pelos que suelto.

En total, unos tres cuartos de hora dedicados a «acicalarme». Y lo peor de todo es que me gusta dedicar este tiempo a eso. Cuando termino puedo decir que me gusta el resultado que veo… cosa que antes no me pasaba, porque ni me gustaba el resultado, ni tampoco es que lo viese, en realidad.

Me estoy volviendo un poco presumido. Ahora ya no voy a poder criticar a mi hermana. Pero tampoco muy presumido, creo. Lo justo como para que me relaje dedicar algo de tiempo a cuidar mi cuerpo. Me estoy acostumbrando a hacer cosas agradables relacionadas con mi cuerpo de manera rutinaria, lo cual es una agradable novedad.

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Un año de hormonación (I)

Hoy (26 de enero) es mi «segundo cumpleaños». Hace justo un año que empecé con la hormonación. Es una fecha que me hace bastante ilusión, aunque, al mismo tiempo, siento un prurito de culpabilidad al celebrarla. Ya escribiré sobre ello en otro momento.

Al principio de empezar con las hormonas, iba comentando con cierta frecuencia que cambios iba notando. Luego dejé de hacerlo porque empezó a importarme menos, y porque los cambios ya eran más graduales. Aunque la diferencia entre no tener barba y tenero «algo» de barba pueda ser la misma que entre tener «algo» de barba y «un poco más de barba», al menos en lo que a número de pelos barbudos se refiere, el primer paso, de no tener a tener, es el más impactante.

De todas formas, tampoco quiero dar la impresión de que ya no me fijo en los cambios, o de que me dan igual. No, me dan tantas satisfacciones como el primer día, sólo que me he acostumbrado a que mi cuerpo me de alegrías en vez de disgustos.

He pensado que estaría bien hacer una pequeña cronología de cómo he ido cambiando, más o menos como lo recuerdo.

En el primer més lo primero que noté fue que me salía algo más de vello, especialmente en el pecho. Después de una semana, ya tenía unos cuantos pelitos en el pecho. Unos quince días después de la primera inyección, me bajó la regla, y desde entonces, ya no me ha vuelto a molestar.

En el segundo mes, empecé a notar que me cambiaba la voz, pero nadie más lo notó. También me empezó a cambiar la cara. En los videos que me hice en aquel momento, ya se nota el ligero cambio de voz, aunque hay que estar atento.

A partir del tercer mes, la mayoría de la gente ya me identificaba como hombre, aunque todavía no todos. Entonces me fui a Ecuador, donde la gente tiene menos altura, y los hombres no tienen unos caracteres sexuales secundarios tan acusados como en la raza mediterranea (tienen la voz menos grave, poca o ninguna barba, constitución más ligera…) y allí sí que nadie me veía como mujer, excepto una vez que me crucé con un español.


(Si hacéis click en las fotos, se amplían)

Las fotos de la primera fila son del día 25 de abril, donde llevaba tres meses (menos un día) de hormonación.
Las fotos de la segunda fila son del 10 de diciembre, llevaba diez meses y medio de hormonación.

Por ahí tuve un periodo en que perdí de vista la percepción del tiempo (un día en Ecuador es como una semana en España… es como si allí se viviese más que aquí, en cierto modo), y como no tenía espejo, tampoco veía los cambios. Empezó a salirme algo de vello en la barriga, y en el culo (las cosas son así), y me aumentó en las piernas, y en los brazos. Me estaba entrando complejo de mono.

Fue en junio (unos cuatro meses y medio de hormonación) cuando me miré por fin a un espejo grande y me di cuenta de que la forma de mi cuerpo había cambiado: tenía mucho menos culo. A día de hoy, sigo teniendo ciertas «curvas», pero mucho menos que cuando empecé a hormonarme. Por otra parte, la pérdida de peso que tuve mientras estuve en Ecuador, debió influir mucho.

El pelo se me empezó a caer en mayo. Yo esperaba que con la testosterona me quedase calvo, porque anteriormente ya tuve problemas de alopecia androgénica, así que cuando empecé a perder pelo, simplemente pensé que ya había llegado lo inevitable.

A finales de agosto (siete meses de hormonación) decidí raparme, porque ya tenía realmente poco pelo. No es que estuviese calvo del todo, pero la cosa estaba clareando demasiado. De perdidos al río. Además, ya estaba harto de que todo el mundo me dijese que tenía muy poco pelo. ¡Como si no me hubiese dado cuenta!

En septiembre me hice unos análisis y me detectaron que tenía anemia, así que empecé a tomar hierro. En noviembre me pareció empezar que tenía más pelo, y varias personas me lo han confirmado, así que sospecho que en realidad no me estaba quedando calvo por la testo, sino que se me caía el pelo por la anemia. Sin embargo, eso no descarta que al final me quede calvo.

A finales de noviembre empecé a notar que se me ensanchaban bastante los hombros. Eso ya lo había empezado a ver a partir del tercer mes de hormonación, pero digamos que esto fue una «segunda fase». Empiezan a quedarme bien las chaquetas, que casi siempre se me caían un poco de los hombros, pero al mismo tiempo me siento un poco «armario empotrado». No es que no me guste el aspecto que tengo ahora, es que no me lo esperaba.

Los cambios de voz se han producido también en varias etapas, más o menos alrededor del tercer més, del séptimo y del undécimo, es decir que he estado notndo cambios de voz hasta hace poco (y eso no significa que no vaya a tener más). El vello va aumentando por todas partes, y tengo algo que ya medio parece que se podría llamar barba, si usamos ese término de manera muy ámplia.

Desde que empecé con las hormonas, comencé a tener también algunos granitos, sobre todo en la espalda (en la cara también). Hace un par de meses, más o menos, empecé a notar que la piel me había cambiado, ahora parece más gruesa y elástica, y un poco húmeda (también sudo más que antes) y el problema de acné se ha agravado bastante. Por suerte en la cara no me salen muchas espinillas, pero mis brazos, hombros y espalda están a punto de ser declarados zona catastrófica.

Aquí podéis encontrar un audio de mis cambios de voz. Me habría gustado hacer un podcast, pero no tuve tiempo de repasar el tutorial de Paco, así que se me ha quedado a medio camino.

Hasta aquí por hoy, que se me ha hecho muy largo el post. Próximamente más. ¡Y con más fotos!

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Mi hermano

Desde que empezó septiembre estoy ayundando en la tienda de mi madre, donde trabají durante años. Hoy una clienta sentía curiosidad por la composición de mi familia.

–          ¿Cuántos hermanos sois? – me pregunta.

–          Dos.

–          ¿Dos solamente? – dice sorprendida – Yo pensé que érais más.

No lo dice, pero siento que en la lengua se le tropieza el número tres.

–          No, no, sólo somos dos.

–          Claaaaaro ¿y par qué más?

–          Uy, ya le digo ¡Con lo que nos peleábamos de pequeños mejor ser sólo dos! – Intencionalmente añado el adjetivo “pequeños” porque empiezo a ver por dónde van los tiros.

–          Pero os parecéid mucho, sobredo la forma de la boca. Yo, cuando te he visto, por un momento me he pensado que eras ella.

Mi hermana y yo nos parecemos como un huevo a una castaña. Además, mi hermana no ha pisado la teinda en diez años o así.

–          ¿Usted cree? A mí no me lo parece…

–          Sí, sí, pues os parecéis un montón – como si fuéramos gemelos, pienso para mis adentros – ¿O eres tú la que estabas aquí antes?

–          Sí, yo venía antes…

–          No, no, pero era tu hermana. Es que os parecéis mucho. Pero ella ya vendrá menos porque se ha casado ¿verdad?

–          No… mi hermana no se ha casado… – ni ha tenido intención de hacerlo nunca.

–          ¿Ah no? Pues yo pensaba que sí – llegados a este punto la señora debe empezar a notar que se está pasando de cotilla, así que se despide -. Bueno, bueno, hala, que me voy.

–          Adios…

Ya os lo estaréis imaginando. Yo era “la que venía a la tienda, y “la” que se iba a casar o se había casado ya (una boda explicaría mi desaparición de la vida “pública”). Aunque yo pretendía hablar de mi hermana, en realidad de quien estábamos hablando, era de mí.

No es la primera vez desde que estoy allí que alguien me pregunta que si soy mi hermano. La situación me divierte, y me agrada porque indica lo mucho que he cambiado, pero al mismo teimpo me hace sentir que estoy cometiendo uno extraño tipo de incesto, como en esas historias en las que alguien descubre que su madre es su tía, o su padre es su abuelo, o su hijo es su hermano. O yo soy mi hermano.

A veces mis respuestas les hacen salir de su error, otras veces no. Igual que cuando me dicen “vaya, te veo cambiada”, o “¡estás muy ronca!”. Intenté explicarle a alguien que mi pérdida de cabello es normal, pero fracasé. Estoy esperando a que alguien me sugiera la depilación por laser para eliminar mi incipiente barba.

Y después están los que lo toman con naturalidad, como los de la óptica. Al mirar mi ficha (buscada por apellidos), la dependienta me pregunta sorprendida “¿Tú te llamas Elena?” Y yo, con un hilo de voz (grave) “si… ¿se puede cambiar el nombre de la ficha?” La chica responde afirmativamente, acompañándose de un gesto que viene a decir “obviamente, es normal que la gente cambie con el tiempo”. Después me atiende otra persona que me conocía de antes, y me reconoció en cuanto crucé la puerta.

–          Chico, pasa por aquí para graduarte – me indica amablemente.

Pues claro, todo el mundo cambia.

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Fotos de carnet (I)

Necesitas una o dos fotos para algo: el carnet de identidad, una solicitud de algo, para el currículum… Entonces vas al fotógrafo y te las haces, pero no te hace una o dos, sino que te da 6 u 8, y una grande. Pagas, das las gracias y te vas, pensando en para qué carajo quieres la foto grande.

Pasa el tiempo, y como las fotos son caras, en realidad no las usas: las escaneas o las fotocopias, que es mucho más barato. La foto grande ni la miras: no sirve para nada, y además sales con cara de etarra. Al final acaban sobrándote fotos, además de la ya mencionada foto grande, que se van acumulando al fondo de ese cajón que no limpias nunca y que en realidad tampoco usas para nada especial, excepto para acumular cosas que no tienen utilidad.

Cuando llegué de Ecuador, una de las cosas que más e chocó fue la acumulación de objetos en mi cuarto. Tengo un montón de cosas, la mitad de ellas inútiles, la mitad de ellas no las uso. He pasado cuatro meses viviendo con lo que me cupo en dos maletas de 24 kg, más el portátil, y lo único que eché de menos de verdad fue mi chaqueta de imitación de piel, que en el lluvioso Quito me habría sacado de algún que otro apuro.

Así pues he decidido hacer limpieza y tirar sin compasión muchos de esos objetos que acumulo y que para nada me sirven. Entonces abro el cajón y empiezo a encontrar fotos y más fotos de carnet, acompañadas por una foto un poco más grande. Tenía dos opciones: avergonzarme, horrorizarme, y tirarlas todas sin mirarlas, o ir abriendo carpetita a carpetita y entretenerme en colocarlas por orden cronológico. A pesar de que todo rastro de mi pasado puede ser utilizado en mi contra por mi madre, decidí no dejarme llevar por la reacción lógica (hacerlo desaparecer todo) y me decanté por la segunda opción.

En la primera foto debo tener 13 ó 14 años. Es decir, es una foto de hace 17 ó 18 años. Veo a una chica con un aspecto un poco ambiguo. Si llevase el pelo de otra forma, igual podría haber sido un chico rebelde que se estaba dejando crecer la melena. El flequillo muy largo, casi tapando los ojos. El pelo tapándome la cara, como si me quisiese esconder. La mirada ligeramente triste, y en la boca una leve sonrisa. El el cuello llevo un colgante de cristal, en forma de plátano, que compré durante el viaje de estudios de octavo, en Mallorca.

La segunda la recuerdo perfectamente. Tenía 15 años y mi madre me regaló una sesión de fotos para celebrar esa edad. Además, el mismo día me hice unas fotos de carnet. Mi madre se disgustó mucho con el resultado, porque la parte de arriba del vestido que elegí era de gasa blanca y se transparentaba un poco. En aquella época ya estaba experimentando problemas con el arreglo personal. Era muy torpe para decidir qué ropa comprar, no sabía lo que me quedaba bien y lo que me quedaba mal, lo que estaba de moda y lo que no. Mi madre tampoco tenía mucha idea, y mi hermana era demasiado pequeña para ayudarme. Una vez más, una sonrisa leve, la mirada triste, como cansada. En el cuello llevaba un colgante de cerámica que me trajo mi tía de galicia. Creo que parezco mayor de quince años… aunque en realidad todavía tenía 14. En el revés de la foto está la fecha, y es del 16-05-1995.

La siguiente, unos 16 – 17 años. Mis problemas para escoger la ropa son patentes en la camiseta que llevaba… No sonrío, tengo la boca cerrada, un poco forzada, porque me da vergüenza enseñar los dientes. Aparento 20 años. En el cuello llevo un colgante de oro con forma de lazo, que me regaló mi madre.

Creo que la siguiente es de mis 17 años. Me dejé el pelo largo (aunque hasta entonces nunca lo llevé corto del todo) y me lo ricé. La permanente era un coñazo, cada día me tenía que levantar temprano, lavarme el pelo, echarme espuma y secármelo… Yo no valía para eso, además no me terminaba de quedar bien. Había descubierto los jerseys lisos y de cuello vuelto, sencillos, que me sacaban del apuro respecto al tema del arreglo personal. No estaba espectacular, pero tampoco hacía el ridículo. Me veía bien y tenía 3 ó 4 iguales. No sonrío, pero tampoco se me ve serio. Pienso que tengo la mirada apagada. Empezaba a tener problemas de peso, ya pesaba más que ahora. Diría que aparento unos 20 años.

16 de enero de 2002. Tenía 22 años. esta fue mi primera foto de currículum, y salgo muy triste. No sé por qué. Llevo el cabello bastante largo, teñido de caoba, y un jersey marrón oscuro. ¿Por qué estaba tan triste? Esta foto tiene un cierto encanto que en aquel entonces no pude ver.

29 de abril de 2002. 22 años. Mi segunda foto de currículum. Ya había empezado a aprender a escoger mejor mi ropa, porque empecé a comprar la revista Cosmopólitan, que es un manual de como ser mujer. Cualquiera que la lea sabrá todo lo que tiene que saber para que le tomen por mujer sin ningún género de dudas. Sin embargo, para la ocasión elegí una camiseta muy escotada (ahora que me inyecto testosterona, pienso que las mujeres que se ponen escotes generosos son crueles, el efecto que producen es demasiado perturbador) y a mi madre le pareció que esa foto ya no se podía usar para nada serio. Debía pesar alrededor de 110kg. Una vez más sonrisa leve y mirada triste, aunque con un brillo diferente, una chispa de ilusión. El colgante que llevaba puesto era un fino corazón de plata que me había regalado mi novio de aquel entonces (el mismo con el que estuve hasta que salí del armario). Diría que aparentaba la edad que tenía.

21 de mayo de 2002. ¡Vaya racha de hacerme fotos! Probablemente se debía a que las iba necesitando y las iba perdiendo, o a que no me convencían demasiado los resultados anteriores. Esta es también una foto para el currículum. Por fín encontré un punto medio entre la foto demasiado oscura del jersey marrón y la demasiado «fresca» del escote generoso. Llevaba una camisa azul fruncida que fue uno de mis aciertos de armario, y el fotógrafo puso detrás un fondo invernal. Llevo el mismo colgante en forma de corazón. Tengo la misma sonrisa leve. El brillo en la mirada se ha perdido, una vez más hay un cierto cansancio en mis ojos.

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El reflejo en el espejo.

Vuelvo a tener un espejo en que mirarme… lo que facilita mucho la labor de afeitarme y ponerme las lentillas. He aprendido a hacer ambas cosas sin espejo, y no me saqué ningún ojo por el camino. No deshollarme es más fácil, básicamente porque todavía no tengo mucha barba que afeitar.

El espejo está en el baño. Me miro y veo a un chico, que, por primera vez, se parece bastante a la persona que sale en las fotos. Hasta hace poco no tenía una idea muy clara de cual era mi aspecto, era un poco como que me miraba al espejo y no me veía, tan sólo me veía en las fotos. Ahora empiezo a verme, y es agradable. Tengo un motón de lunares y pecas, y cada vez menos pelo (no es que nunca haya tenido mucho), pero me da igual. Me veo reflejado en el espejo, por primera vez.

He pensado mucho y he leido mucho sobre la hormonación. Teorías a favor, teorías en contra. Una normalización del cuerpo, una medicalización de la vida. Una necesidad, si no te hormonas no eres un auténtico transexual. Todo tonterías. Lo importante es sentirse bien con uno mismo. Resulta que la realidad está por encima de todas las teorías y explicaciones habidas y por haber. Teorizar y explicar está muy bien, pero lo importante es vivir. Yo me siento muy bien. Punto.

Sigo desvistiéndome ante el espejo. Tengo la sensación de que también se me han ensanchado los hombros, y como he adelgazado, la ropa me va más holgada. Puedo quitarme la camiseta y dejarme solo la faja, y me sigo viendo bien. Sin embargo, al quitarme la faja, la imagen se me descuadra. Tengo pecho, y de repente en mi mente salta la idea «eso no debería estar ahí, no pega». Siempre he tenido el mismo pecho, ni más ni menos, pero de repente, me sorprendo al verlo. No me molesta, ni me repugna, ni me preocupa. Simplemente, me sorprende, como si fuese algo inesperado. Que raro.

Empiezo a pensar de corazón que me gustaría hacerme la masectomía. Antes lo había pensado con la cabeza, que seguramente en algún momento me vendría bien operarme aunque sólo fuese por comodidad, pero ahora empiezo a desearlo con el corazón, de una forma distinta. Sin embargo sigue siendo algo que no me quita el sueño. Quiero hacerlo, pero puedo esperar tranquilamente a que llegue el momento.

La forma de mis caderas está cambiando, ahora son más rectas. Me miro el culo, y ha disminuido considerablemente de tamaño. Claro, es que he adelgazado, pero hasta ahora cuando adelgazaba, perdía volumen de manera proporcionada, o, en todo caso, antes de la parte superior del cuerpo, nunca de la inferior. No voy a engañar a nadie… todavía tengo culo de sobras, y todavía quedan unos cuantos kilos que perder, pero eso no significa que no tenga mucho menos que antes, y que la proporción sea muy diferente… en tan sólo cinco meses de hormonación.

Sigue saliéndome pelo especialmente en los brazos, en el pecho, en la barriga, y también en la cara, pero ya se me ha pasado el complejo de Chewaka, a pesar de que sé que la cosa sólo puede ir a peor. Supongo que la primera impresión es cuando ves pelo donde antes no había, pero luego como simplemente va aumentando la cantidad, ya no es para tanto. Igual a la larga hasta empieza a gustarme y todo… la depilación nunca fue una de mis prioridades, la verdad.

Bah ¿a quién quiero engañar? Hasta el momento me gustan todos los cambios que están ocurriendo en mi cuerpo, hasta el aumento del vello y de la sudoración, y el implacable avance de la alopecia androgénica. Si alguna vez me hace falta ducharme dos veces en un día, pues me ducho y en paz (me estoy librando del achicarrante verano español, que ahí sí que me iba a tener que duchar varias veces al día, aunque solo fuese para no morir de calor). Lo malo es que aquí no tengo mucha ropa y tengo que estar poniendo lavadoras cada dos por tres, pero bueno, tampoco es tanto trabajo, peor sería tener que lavar a mano.

Es curioso eso de mirarse en el espejo y verse. Voy a seguir practicándolo.

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Enseñando el plumer… esto… el pasaporte

La semana pasada tuve que dejar mis datos legales para un tema de papeleos. Dos día más tarde, un funcionario me llamó por teléfono.

– ¿La señora Elena V.?

– Si, soy yo. – Al otro lado del teléfono se hizo un silencio de dos segundos. Es un silencio que ya conozco, y que significa «esta voz no me cuadra», aunque hasta el momento siempre que lo había oido era porque alguien me llamaba preguntando por Pablo.

– ¿La señora Elena V.? – Volvió a preguntar mi interlocutor, queriendo cerciorarse de que había ido a dar con la persona adecuada.

– Soy yo – Respondí con convicción. He aprendido que hablar con convicción hace que la gente se crea casi cualquier cosa.

– Perdón ¿puedo hablar con la señora?  – Insistió la otra persona. Tal vez pensó que yo era un marido celoso que no quería que su esposa se pusiese a hablar con cualquier hombre que le llamase.

– La señora soy yo. – Redoblé la convicción, aunque a esas alturas estaba a punto de decirle: un momento, que ahora se pone, dejar pasar unos momentos y volver a responder con voz aflautada…

Por fin conseguí convencer al funcionario de que hablaba con la persona adecuada, y me dijo lo que tenía que hacer para continuar con el trámite que había iniciado (por cierto, cualquier pequeño trámite aquí requiere de mucho tiempo, paciencia, y diversos pasos. Los que piensen que la «burrocracia» española es complicada e ineficiente, que se vengan a Ecuador, que se van a enterar de lo que es bueno).

Una hora más tarde, me presentaba en la oficina, pero como había olvidado el nombre del funcionario que me asignaron, tuve que preguntar a la secretaria.

– ¿Me puede decir el nombre del solicitante?

Di mi nombre legal y la chica se puso a buscar.

– ¿Fue ella la que inició el trámite?

– Sí, fue ella. – Esto de hablar de uno mismo como si fuese otra es raro. Es casi como tener una experiencia extracorporal.

El funcionario que me tenía que atender, se puso un poco nervioso, porque el trámite que estaba haciendo requería que le explicase la cuestión de mi identidad de género. Sin embargo me trató muy bien, lo mejor que supo el pobrecillo, que es mañana no se imaginab lo que le iba a deparar el día. Tengo que añadir que, además, en Ecuador hay leyes que obligan a los funcionarios a tratar a las personas trans según el género deseado (cosa que en España no existe), y además ese funcionario en concreto era plenamente consciente de ello, así que más le valía tratarme bien…

Después fui a correos, a recoger un paquete que mi madre me había enviado. Para recogerlo un paquete internacional, primero vas a la ventanilla, con tu identificación y dos copias de la identificación, y luego te llaman de la aduana, donde abren el paquete y, si es necesario, pagas los impuestos aduaneros que sea menester.

Con el tipo de la ventanilla no hubo problema, básicamente porque ni me miró. Los funcionarios de ventanilla son las personas más desencantadas y aburridas del mundo, pues por un sueldo muy bajo tienen que estar todo el día aguantando rebuznos de la gente que no entiende que ellos no son quienes hacen las normas de funcionamiento de las cosas (por cierto, la oposición que yo hacía era para funcionarío de los de ventanilla). El problema fue después, cuando me tocó el turno de ir a abrir el paquete.

– ¿Elena V? – me preguntó el hombre, mirandome a mí y luego al papel donde ponían mis datos y los del paquete.

– Sí, soy yo.

El hombre, un poco sorprendido me pide el pasaporte y lo confirma: foto adecuada, nombre adecuado. Más sorprendido todavía me pregunta:

– ¿¿¿Usted se llama Elena???

Así que me tocó explicar por segunda vez el caso, y de nuevo conseguí poner nervioso a otro funcionario. A lo mejor debería ponerme un cartel en la frente que pusiera «no apto para ancianos, embarazadas y enfermos del corazón». También tengo que señalar que aquí en Ecuador los nombres no tienen sexo, y un hombre podría llamarse perfectamente «Elena», de la misma forma que hay un señor que se llama Clítoris Fernandez.

La suerte es que a mí no me da vergüenza decir que soy trans, y además hasta el momento no me he encontrado con nadie que se lo haya tomado a mal… Pero llevo 4 meses de hormonación y ya es tiempo suficiente como para que mostrar mi documentación se convierta en algo embarazoso. Según la ley española, tendré que esperar a los dos años para poder cambiar de nombre y sexo legal… Demasiado tiempo. Más allá de otras consideraciones sobre la necesidad de obtener un diagnóstico psicológico o psiquiátrico, y lo injusto que es que te obliguen a modificar tu cuerpo para modificar el sexo legal… Tener que esperar dos años es demasiado. Uno se queda demasiado expuesto, durante demasiado tiempo. ¿Quién narices redactó esta ley?

Dejo un archivo con dos grabaciones de mi voz, una de poco después de empezar a hormonarme, y otra de hoy mismo. Yo no soy muy objetivo conmigo mismo, así que no se si suena a voz de hombre, de mujer, de adolescente al que le está cambiando la voz… pero me conformo con ir apreciando el cambio.

Mi voz.

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Sin espejo

Hace ya bastante tiempo que no escribo sobre los cambios que me voy viendo. Lo cierto es que cambiar de ambiente de forma tan radical me sirve para estar menos pendiente de mis propios cambios. También ayuda el hecho de que en la casa hay un solo espejo, no es de cuerpo entero, y no se ve muy bien. La manera que tengo de “automirarme” es hacerme fotos, o reflejarme en el cristal de un escaparate.

Llevo ya tres meses y siete días de hormonación, lo que es muy poco. Cuando empecé a hormonarme pensé que los cambios empezarían a ser visibles a partir de los seis meses o así, pero ya en las primeras semanas los notaba, y ahora, de repente, parece que me está entrando la prisa.

La cara me ha cambiado un poco, se me ha ensanchado la mandíbula y creo que los pómulos los tengo menos redondeados. A veces me veo en el espejo y empiezo a preguntarme quién es el niño que me mira desde el otro lado. Es una sensación agradable.

El 98% de la gente me identifica atomáticamente como hombre (la “identificación automática” es una de las cosas que más me interesan) desde hace unas tres semanas, aunque a medida que me va creciendo el pelo ese porcentaje se reduce. ¡Que importantes son las formas de vestir, de arreglarse y de moverse! Antes pensaba que eso hacía la mitad del trabajo, pero desde que estoy aquí y convivo con chicos trans que no se hormonan pero son inconfundiblemente masculinos (quizá exceptuando la voz, aunque cuando te acostumbras a ellos, también sus voces te suenan masculinas) me he dado cuenta que puedes hacerte a ti mismo a base de fuerza de voluntad.

También es verdad que eso de la no hormonación ni operación tiene su reverso negativo, pero de ello escribiré en otra entrada.

Al grabarme en video y compararlo con el primer video que hice, creo que estoy más ancho de hombros, aunque de eso sí que no estoy seguro porque es el tipo de cambio sutil que sólo notas si te observas con atención y frecuencia, como hacía yo antes. Para eso necesitaría un espejo.

Tengo la sensación de que la ropa me queda mejor y el cinturón empieza a hacerse necesario para que no se me caigan los pantalones, aunque creo que eso también está relacionado con que me parece que estoy adelgazando un poco. Una vez más, no estoy seguro de si estoy adelgazando o no, puesto que no me puedo mirar, y las fotos no sirven para ver esas cosas.

Sí que me está saliendo más vello en el cuerpo. En la barriga sobretodo, pero también en el pecho, en la cara interior de los brazos, en el dorso de la mano (ahí sólo desde la semana pasada), en las falanges… y el que ya tenía se está haciendo más fuerte y más espeso. Vamos, que estoy empezando a coger complejo de Chewaka.

Algunos compañeros de la casa opinan que eso del aumento del vello corporal es un efecto positivo, pero a mí no me acaba de gustar demasiado. Para mí es un efecto indeseado, pero ¿qué se le va a hacer?

Pensé que la voz había dejado de cambiarme, pero al comparar la última grabación que me he hecho con la penúltima, noto una ligera variación. Así que vamos sin prisa, pero sin pausa, igual que con el tema de la barba (no quiero pelos en el cuerpo, pero sí en la cara, soy así de rarito). En este punto es donde me entra la prisa y empiezo a pensar que los cambios van demasiado despacio, aunque supongo que en realidad no es que vayan más lentos que antes, sino que, como ya se ha pasado la novedad y ahora es sólo “continuar con lo que ya había empezado”, me impresiona menos.

Echo un poco de menos no poder compartir estos cambios con mis amigos de España, y no darles la brasa enseñándoles cada pelito nuevo que me ha salido, pero por otra parte me gusta poder enseñárselos a los de la Casa Trans, quienes sí que entienden los sentimientos que me produce ir viendo esos cambios. Lo bueno de estar aquí es que no me siento “extraterrestre”.

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