Archivo mensual: junio 2012

Peripecias de un tendero virtual

Como ya comenté hace unos… ¿meses? (¡Como pasa el tiempo!) He abierto una tienda virtual para chicas trans (trans-sexuales, tra[ns]-vestis, trans-loquesea],  la.trans.tienda. Empecé oficialmente en febrero, con el alta de la seguridad social, alta en hacienda, y todas esas cosas, aunque las obras de la web estuvieron terminadas en mayo, con algún que otro retoque pendiente.

Nadie dijo que fuera fácil… y menos mal, porque no es fácil. Se supone que la gran ventaja de abrir una tienda virtual es que puedes hacerlo con una inversión inicial muy pequeña, cosa que es verdad. Sin embargo, si quieres hacerlo bien, a esta inversión pequeña tienes que ir sumándole una pequeña inversión de vez en cuando, y cuando te quieres dar cuenta y sumas todas las pequeñas inversiones… ¡Te das cuenta de que ya es una inversión que empieza a tener personalidad propia!

A parte del dinero, también requiere una fuerte inversión de tiempo y esfuerzo. Buscar proveedores, hacer catálogos, repasar constantemente la web que cuando no le sale un pito, le sale una flauta, crear contenidos para que no sea sólo una máquina expendedora… En la.trans.tienda, tengo también un blog en el que escribo sobre temas trans (y en el que, por cierto, acabo de comprobar que no se ven las fotos de los artículos…), aunque incluyo noticias, consejos de belleza, textos que me pasan mis amigxs, etc… Estoy pendiente de montar una lista de correo para enviar novedades a quien tenga interés en recibirlas, aunque sin hacerme pesado. ¡Ah! Y también tengo una fan page en Facebook, una cuenta en twitter (@latranstienda), y hasta tengo un canal en youtube, que quiero ir nutriendo poco a poco de videos, porque no es lo mismo enseñar las cosas en foto que en un video, con movimiento, una persona que se los prueba y tal… A mí, por lo menos, me da más confianza, y tengo la suerte de que varias de mis amigas me están ayudando con eso (¡¡¡muchísimas gracias!!!).

A parte de esto, tengo que trabajar, y sacarme los estudios como buenamente puedo. Por cierto ¡ya han salido las notas de junio! ¡Todos los exámenes aprobados! Dos 6,5, y 9… ¡Mi primer sobresaliente universitario! Mi media ha bajado un poco respecto al año pasado, pero el año pasado estaba dedicado sólo a estudiar, y este año tengo dos trabajos, y una asignatura más. Si es que valgo más que las pesetas ^_________^ (modestia a parte).

El problema es que hasta el momento no he aprendido a desdoblarme (kage bushin no justu), así que pocas veces me voy a dormir pensando que he terminado todo el trabajo y que estoy al día de todas las cosas que tengo que hacer. De hecho, no me acuerdo cuando fue la última vez que pensé eso. Y la tensión está empezando a pasarme factura. Dicho de otro modo, no doy más de mí.

Primer consejo para quienes os plateáis poner una empresa virtual: aprended a tomaros las cosas con calma. No hagáis como yo. Así tengo la úlcera, que no se me cura de ninguna manera.

El principal problema que tengo ahora es que la web recibe muy pocas visitas. Claro, si nadie sabe que existe, nadie entra. Si nadie entra, nadie compra. Si nadie compra, es porque recibo muy pocas visitas, así que lo primero es conseguir más visitas. Las visitas se consiguen pagando publicidad (lo que significa una mayor inversión de dinero), o trabajando para crear contenidos (lo que significa una mayor inversión de tiempo y esfuerzo). Dinero no tengo mucho, pero ganas de trabajar, me sobran (menos mal), así que estoy con la parte de «crear contenidos». Además, me gusta más porque le da a la tienda un toque más personal. No quiero que sea sólo un sitio donde la gente entre a comprar como si fuese una máquina expendedora… me gustaría que realmente sirviese de algo, incluso para la gente que no compre. Puestos a trabajar, que el beneficio sea máximo, no sólo para mí, y no sólo en dinero.

Segundo consejo: si estás pensando en poner una tienda online, prepárate para dar el callo de lo lindo. Mucho. Y sin cobrar. Y sin horarios. Y sin vacaciones ni fines de semana.

Lo bueno es que, poco a poco, se van viendo tímidos resultados. Las primeras ventas, las primeras menciones de personas a las que no conozco. Las cajas con materiales se van acumulando poco a poco en la trastienda de la ferretería, lo que me parece poético de una forma que no espero que alguien a parte de yo mismo comprenda. Todos los expertos y no expertos, y revistas, y blogs, y asesores, y emprendedores, y el mundo mundial dicen que una empresa tarda al menos 3 años en dejar de perder dinero, y cinco en dar beneficios. Hoy he leído que para una tienda online que empieza de cero, sin una audiencia o clientes potenciales previos, se tardan 24 meses de duro trabajo en conseguir alcanzar un número razonable de «visitas» para que el número de compras empiece a permitirte darte un respiro. De modo que he decidido no ponerme como objetivo «ganar x dinero», ni siquiera «ganar dinero» a secas. El objetivo nº1 es ir aumentando las visitas poco a poco, y eso sí que lo estoy logrando (muuuuuuy poco a poco).

Consejo tercero: hay que tener paciencia. Muchísima paciencia. Constancia, y una forma de sobrevivir mientras la empresa empieza a crecer. ¿Sabéis que Android empezó a funcionar en 2005? Pero hasta 2010 no dio el auténtico salto que lo ha puesto en los móviles de millones de personas en todo el mundo. Yo no quiero llegar a vender a millones de personas de todo el mundo, y tampoco tengo los recursos de Google. Ni siquiera pretendo llegar a convertirme en uno de esos grandes empresarios del mundillo gay que sacan carrozas publicitarias en el día del Orgullo (y que, según dicen desde ALEAS-IU, han terminado por «comprarse» para ellos la fiesta del Orgullo de Madrid). Pero si a Android le costó 5 años… yo no puedo deprimirme si me cuesta el mismo tiempo ¿no?

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El malvado placer del desconcierto

No sé si he contado por aquí que he solicitado una abdominoplastia para que me quiten la piel que me ha quedado sobrante en el abdomen, después de haber perdido 50kg (y otros 5 más que debería perder próximamente) por haberme operado de cirugía bariátrica hace 6 años.

Para acceder a este tipo de cirugías, la endocrina te envía al cirujano general, que te evalúa, y, según vea, te envía al cirujano plástico, que, a su vez te evalúa, y según vea, te remité a un comité de evaluación que son los que dan la valoración final de si te puedes operar o no. Una vez que por fin entras en lista de espera, esta viene a ser de unos tres años.

Sin embargo, en mi caso, el cirujano general descubrió que tengo una hernia abdominal. Yo no me había dado cuenta, ni tampoco ninguno de los médicos que me han mirado, explorado, ecografiado, medido, tocado y pesado. Sin embargo, desde que este señor se dio cuenta, ahora todos mis médicos dicen “ah, sí, es verdad, se nota fácilmente al tocar” (así también hago yo diagnósticos). Total, que cuando hay hernia la opera el cirujano general, y ya que se pone, lo hace todo de un viaje: hernia y retirada de los tejidos sobrantes. Aún así, como era una hernia muy pequeña, el cirujano decidió remitirme igualmente al cirujano plástico, para que él tomase la decisión final.

Mi encuentro con el cirujano general no tuvo nada reseñable. Como en mis papeles sigue poniendo Elena, no hace falta que explique que soy transexual. Generalmente lo que ocurre cuando tengo cita con médicos desconocidos es que se creen que soy mi propio acompañante, y se quedan desconcertados un momento al ver que entro solo (“Ehm… ¿Y Elena?”, me preguntan ligeramente sorprendidos, y eso que siempre aviso a la enfermera que recoge las citas, pero algunas enfermeras son imbéciles, y otras, simplemente, están demasiado saturadas de trabajo y de pacientes enfadados como para poder estar en todo, las pobres). Les digo que soy yo, pero que me llamo Pablo, y con eso ya es suficiente. El cirujano me preguntó por las cirugías a las que me he sometido, o a las que me pienso someter, de manera correcta y pertinente, ya que algunas, como la faloplastia, requieren el traslado de tejidos del abdomen, y es lógico que quiera saber qué puede encontrarse si me abre, y qué cosas debe tener cuidado de no tocar, para no dificultar cirugías posteriores que estén pendientes de realizarse. Todo muy bien.

Sin embargo, el martes pasado tuve la cita con el cirujano de cirugía plástica. Ya había avisado a la enfermera, que me había estado llamando Pablo cada vez que se dirijió a mí, pero ella olvidó avisar al médico, que terminó llamándome Elena, para sorpresa de todos los pacientes de la sala de espera, que cuando me vieron levantarme, sintieron ganas de de agredirme porque pensaban que iba a aprovechar que llamaban a aquella chica para colarme. Algunos llevaban esperando desde las 8 de la mañana, y eran ya las 11, por lo que se comprende que estuviesen bastante enfadados, y que su tolerancia con los que intentan colarse estuviese bajo mínimos. Mi tolerancia con los que no se acuerdan de llamarme por mi nombre a pesar de que he avisado, también está bajo mínimos, pero después de que en menos de una hora la pobre enfermera ya se había llevado dos broncas sin tener culpa ninguna, decidí no decir nada o la pobre era capaz de quitarse la bata en el acto y dirigirse al departamento de salud mental (que casualmente estaba al otro lado del pasillo) para pedir la baja por depresión.

Tardé un minuto en darme cuenta de que el cirujano pensaba que yo soy una mujer transexual. Para una buena parte de la gente, una persona transexual es “un hombre que quiere operarse de cambio de sexo para ser mujer” (y una buena parte de quienes no piensan esto, tampoco es que hayan conseguido ir mucho más allá, pero bueno…), así que ya me he acostumbrado a que mucha gente, cuando digo que soy transexual, piense que soy una mujer transexual.

Lo realmente sorprendente de esta gente es que tal apreciación se ve reforzada por el hecho de que no ven nada femenino en mí. Supongo que creen que las mujeres transexuales adquieren su feminidad mágicamente después de haber operado, gracias a una especie de sortilegio mágico de feminización que irradia desde los genitales, y que actúa en cuestión de horas. Posiblemente, el efecto incluye un halo de chispitas de hada y ruido de campanillas, y la afectada elevándose, ingrávida, a unos dos palmos del suelo. Luego, los que estamos trastornados, somos nosotros.

Total, que yo me había dado cuenta en seguida de que el cirujano: a) pensaba que yo soy una mujer transexual, y b) no tenía ni puta idea sobre transexualidad. Lo malo es que, encima, él creía que sí sabía, y siendo un super cirujano, posiblemente con muchos reconocimientos en el campo de la medicina, no iba a rebajarse a preguntarle nada a un paciente ¿verdad que no? Así que decidí no ponérselo fácil.

Cuando asumí mi propia transexualidad, yo no sabía qué me pasaba, ni como explicarlo, ni como nada. Cuatro años más tarde, todavía tengo muchas cosas sobre las que pensar, pero soy perfectamente capaz de explicar lo que significa [para mí] ser transexual. Es más, cuando alguien me pregunta, puedo responderle no sólo a lo que me está preguntando, sino a lo que realmente quiere saber, ya que todo el mundo tiene más o menos las mismas dudas.

Sin embargo, hay gente que cree saber todo lo que hay que saber, y no pregunta nada. Nunca han visto en su vida a una persona transexual. Como mucho han contratado los servicios de una prostituta transexual, o se han encontrado con la prima de la sobrina de la cuñada de su vecino del quinto. O han leido libros. Una vez vieron un documental muy curioso de un hombre que se sentía mujer y se quería operar.

Es peor tener conocimientos errones sobre un tema, que no saber nada. Si reconocer la ignorancia es difícil, reconocer que el error lo es mucho más. Combina esto con la arrogancia que a veces tienen quienes están acostumbrados a encontrarse con personas que saben mucho menos que ellos sobre cierto tema (como es el caso de los médicos, jueces y personal docente de cualquier nivel, desde los maestros de escuela a los profesores de universidad), y ahí tienes el retrato del cirujano al que estaba visitando.

A ese tipo de personas que ya creen saberlo todo, es muy difícil explicarles nada. Cuando me encuentro con gente que creer saber más que yo sobre algo de lo que sabe menos, lo mejor y más divertido es dejar que se den cuenta por si mismos. Eso es lo que hice.

“¿Has hecho ya algún trámite legal, entonces?” fue una de las primeras preguntas que me hizo el cirujano, al ver la discordancia entre mi aspecto, el nombre que aparecía en los papeles, y el nombre por el que yo le pedí que me llamase.

“Estoy en ello, pero todavía no tengo nada”. El cirujano sonrió paternalista “estás en ello, pero algo has hecho ¿no?”. “Sí, algo he hecho, pero todavía no tengo nada”. Para mí era obvio que él pensaba que ya había cambiado de nombre legal. Él debió llegar a la conclusión que yo no era capaz de entender la pregunta que me estaba haciendo, ya que si yo era un hombre que quería ser mujer, y en los papeles aparecía como mujer, estaba claro que sí había realizado algún trámite legal para cambiar de nombre, y sexo legal, en contra de todo lo que dictaba el sentido común sobre mi identidad de género, e incluso en contra de mi propia actitud, al pedirle que me llame Pablo. Hay muchísima gente que asume que las mujeres transexuales actúan de manera completamente incongruente. Después de todo, si estás tan loco como para creerte que eres una mujer, puedes hacer cualquier barbaridad.

Debo reconocer que el cirujano tuvo un buen detalle, pues me preguntó si prefería que me llamase Elena en vez de Pablo (el pobre pensaba que si había cambiado de nombre legal, debía ser porque quiero que me llamen Elena, y probablemente imaginaba que mi insistencia en que me llamara Pablo se debía a una cuestión de timidez). Ese fue un buen detalle por su parte.

Me preguntó si me había operado de algo, y yo le comenté que no, pero que estaba pendiente de una mastectomía. Mientras lo decía, me señalaba el pecho con la mano. Sin embargo o pensó que yo no sabía qué estaba diciendo y había confundido mastectomía con mamoplastia, o quizá creyó haber oido mal (mastectomía se parece mucho a vasectomía), o vaya usted a saber, porque la información le resbaló hasta el punto de que repitió la pregunta “¿te has operado?” dos veces más (obteniendo la misma respuesta por mi parte, y, todo hay que decirlo, divirtiéndome un poco con sus intentos de encuadrar la información que estaba recibiendo para formar una respuesta que él pudiese entender). Hacia el final de la consulta comentó “bueno, si te sobra piel puede ser una ventaja de cara a ponerte implantes” (refiriéndose a implantes mamarios). La mente humana a veces es inasequible a la información inesperada. Y eso es algo tan perversamente divertido…

 Pero el mejor momento con la gente que cree que soy una chica trans y da por echo que lo sabe todo sobre mí es cuando por fin han reunido suficiente información contradictoria y su cerebro ya no puede encontrar una forma de explicar lo inexplicable. En este caso ocurrió cuando me preguntó si tenía algún papel de mi endocrina, para redactar mejor la respuesta, y se lo dí. Miró el tratamiento que sigo y se encontró la testosterona.

“Esto de la testosterona será para bloquear los androgenos… ah, no…” comentó tratando de entender lo que sus ojos veían escrito, y esta vez proveniente de una fuente fiable, es decir de otro médico. Él sabía que inyectarse testosterona para bloquear la testosterona no es una buena idea, pero al mismo tiempo, esa era la única posibilidad. ¿Tal vez algún nuevo descubrimiento que consistiese en bloquear la producción de testosterona saturando al paciente hasta que le saliese por las orejas? Así que me preguntó a mí “¿Esto lo tomas para bloquear los andrógenos?”. Y yo “no”. “¿No? ¿Entonces por qué lo tomas?”. “Pues porque soy transexual.”

Para que esta respuesta funcione, hay que decirlo convencidísimo. Que se note que es algo obvio. La otra opción en ese momento habría sido decir “es que soy transexual de mujer a hombre”, y así habría permitido que el cirujano salvase un poco del orgullo que todavía le quedaba. Eso es lo que habría hecho una buena persona. Pero yo soy malo y por eso no lo hice. Estaba esperando que ocuriese algo que estaba a punto de ocurrir.

 El cirujano me miró con desconcierto. Miró el informe de la endocrina. Me volvió a mirar más desconcertado, y, por fin, rendido, confesó “no entiendo nada”. Y, como soy malo, esto me produjo un inmenso placer. Una delicia indescriptible a la que todavía le falta la guinda. “¿Qué es lo que no entiende?”, pregunté yo todo inocente, como si no supiese cual era el problema que tenía este señor. Para que esto funcione, es necesario (importantísimo) estar dispuesto a dar una explicación completa a la pregunta o preguntas que vengan después. Lo contrario, sería pasarse, y tampoco es eso. Yo sólo quería que el cirujano se diese cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba hablando, y una vez conseguido eso, tampoco habría estado bien ensañarse [más de lo que ya me estaba ensañando]. Se trata de no crearse enemigos, así que hay que ir calibrando bien lo que se hace, para evitar que la persona se enfade.

A partir de ahí sí fue cuando le dije que yo soy un hombre transexual, es decir, de mujer a hombre. Todo empezó a cuadrar y el cirujano se relajó, y al mismo tiempo se puso más nervioso. Era como si hasta ese momento hubiese estado subido en un podio tres escalones por encima de mí, y de repente se hubiese bajado de él, con un poco de vergüenza. Pobre. “Vaya, me has engañado”, comentó, y a mí no me dieron ganas de estrangularlo ahí mismo porque ya lo había humillado suficiente. Eso sí, debí mirarle mal, porque en seguida rectificó “es que no se te nota nada”, para hacerme saber que no era una crítica, sino un cumplido bastante torpe (y que se había dado cuenta de que había sido torpe, por enésima vez).

En varias ocasiones mencionó la expresión “cambio de sexo”, y tampoco le dije nada, porque no se me ocurrió una manera corta e ingeniosa de hacerle ver que no es muy profesional que un cirujano hable de esa manera. Se me ocurrió más tarde, cuando volvía en coche a casa… Debí decirle que eso de decir que una cirugía de reconstrucción genital es un cambio de sexo es como decir que la cirugía bariátrica (que reconstruye el aparato digestivo) es un “cambio de estómago”. En realidad no cambias nada, sólo lo mueves de sitio para que pueda cumplir una función que antes no hacía.

En fin, ya lo llevo pensado para otra vez que me tope con un médico así, y vosotrxs que me estáis leyendo, podéis quedaros también con la respuesta si os gusta. A este cirujano ya no se lo podré decir, porque al final no me va a operar él. Como tengo una hernia de estómago, opina que mejor que me opere el de cirugía general, que, además, está perfectamente capacitado para arreglarme todos los colgajos de la barriga. Además, al ser una operación no estética, no requiere pasar por el tribunal evaluador, y la lista de espera viene a ser de un año menos. Dos años, en lugar de tres.

Yo, la verdad, ahora que he conocido al cirujano plástico, también prefiero que me opere también el de cirugía general.

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Sobreví a una evaluación más.

El jueves pasado por fin terminé los exámenes. Como siempre, cinco semanas de estrés, nervios, estudiar, más estrés, trabajo que se acumula y se queda sin hacer, y ese tipo de cosas.

Como novedad, este año me he presentado a tres asignaturas. Normalmente sólo llevo dos (ya sé que dicho así, parece poco, pero probad a estudiar sin profesor, compaginándolo con dos trabajos, y tratando de mantener vuestra vida social, y ya me diréis sin son pocas o muchas), y me dejo una para septiembre, con lo que hago seis asignaturas cuatrimestrales por curso. Pero el año que viene me gustaría poder hacer una más, es decir, coger 4, examinarme de 3, y dejar una para septiembre en cada cuatrimestre, de manera que en septiembre me examine solamente de otras dos asignaturas. Es decir: tres exámenes en febrero, tres exámenes en junio, y dos en septiembre. Sin embargo, no tengo muy claro que sea capaz de hacerlo, y por eso en esta evaluación me he tirado a por las tres asignaturas que llevaba, a ver si de verdad era capaz de sacarlas o no. Si las apruebo todas, el año que viene cogeré 8 asignaturas, y si no, pues cogeré 6 como hasta ahora y ya está.

En principio, creo que los tres exámenes están aprobables. El de Derecho civil espero aprobarlo seguro, el de Derecho romano, me da serias dudas, porque calculé mal la estrategia a la hora de estudiarlo, y el de historia del Derecho, espero que también lo aprobaré, porque, aunque las preguntas del enunciado no eran las que mejor dominaba, creo que sí sabía suficiente como para sacar una nota más o menos aceptable. Sin embargo, los profesores de historia del derecho le dan más importancia a la parte práctica del exámen que a la teórica (ahora os preguntaréis cómo se puede hacer una práctica de historia del derecho… pues se puede, se puede), y es sobre la que tengo más dudas, así que… veremos a ver. Ahora sólo queda relajarse y esperar a que salgan las notas, que tardan bastante (tengo que mirar en la web de la UNED qué día es el último).

Como siempre que estoy de exámenes, este mes y pico han pasado un montón de cosas interesantes, y se me ha ido acumulando el trabajo por no poder hacerlo. En realidad, siempre están pasando cosas interesantes, pero como cuando estoy de exámenes no tengo tiempo de prestarles atención, parece que pasan más, porque me quedo con las ganas de enterarme y comentarlas.

Empezaré por los temas políticos. ¿Os acordáis que hace unos meses algunos periódicos de derechas, y algunos políticos del PP empezaron a asegurar que se quitarían “las operaciones de cambio de sexo”? Al principio parecía que no era algo que mereciera tener en cuenta, sólo la opinión de unos periodistas de un medio afín a la Iglesia Católica más rancia, pero rápidamente la cosa se fue poniendo seria, y llegó un momento en que me asusté de verdad. Sólo unos pocos gays (tres, con nombre y apellido, actuando a título personal) decidieron apoyarnos, y la mayoría de los otros grupos trans se dividían entre los apáticos, que no pensaban que la cosa fuese en serio, y los asustados, que temían que si protestábamos los políticos dijesen “¿ah si? Pues ahora las vamos a quitar de verdad”, y estaban esperando a que ocurriese el desastre para despellejarnos, aunque entre tanto ya nos iban poniendo verdes por la espalda.

La cuestión es que entre solo 10 ó 12 personas empezamos a escribir cartas a troche y moche. Yo redacté una en inglés, y Ángela la distribuyó por todas partes. La envió hasta debajo del agua.

Al final las operaciones se mantuvieron, si bien es verdad que, en realidad, el Estado español no ofrece ninguna clase de atención sanitaria a las personas transexuales (lo ofrecen las Comunidades Autónomas), por lo que no se puede quitar, o mantener, lo que no se está dando. Un poco más tarde, empezaron a ocurrir cosas, como que una importante política de la UE se reunió con nuestra Ministra de Sanidad, Ana Mato, y desde entonces los políticos del PP dejaron de decir barbaridades (excepto el alcalde de Valladol… perdón, Fachadolid, que empiezo a pensar que, simplemente, está como un cencerro). También ocurrió que el secretario de estado de igualdad y bienestar social me escribió para decirme que el Gobierno se compromete a fomentar la igualdad y la no discriminación de los colectivos GLTB. Justo un día más tarde, en los periódicos aparecía la noticia de que en Madrid “las operaciones de cambio de sexo habrá que pagarlas”.

Leyendo la noticia entera, y no sólo el titular, te das cuenta de que en realidad las operaciones se van a mantener con las mismas condiciones en que están ahora: diagnóstico de disforia de género + dos años de test de la vida real, que, según dicen los médicos de la UTIG de Madrid, no consiste en hacer nada en especial: no hay que vestirse, hablar, o comportarse de una manera determinada.

 

Las cosas no están empeorando en lo concerniente a la asistencia sanitaria para personas trans, pero sólo porque nos estamos dejando las pestañas para mantener la deficiente asistencia sanitaria que recibimos. De hecho, seguimos ganando batallas, pero mientras, el sistema de atención sanitaria se mantiene formalmente igual. Las cosas cambian, los médicos de las UTIG de Málaga y Madrid continúan fosilizados en sus ideas paternalistas y caducas que, cada vez más, se van vaciando de legalidad, y se quedan desactualizadas respecto a los avances que la propia medicina está realizando respecto al tratamiento de la transexualidad.

Por ejemplo, como decía en relación con la Experiencia de la Vida Real: esta todavía se contempla como requisito previo a las cirugías, y, sin embargo, ha quedado vacía de contenido, al no poderse exigir ningún comportamiento concreto. ¿En qué consiste la EVR? Simplemente, en dejar pasar el tiempo y nada más.

Hablando de EVR, la Dra. Isabel Esteva nos alegró un poco la vida publicando una guía para el maltrato de las personas transexuales, en el que defendía la EVR como una cosa imprescindible, panacea de las buenas prácticas médicas en lo referente a salud de las personas transexuales. Ahora ya tenemos excusa para ponerle una reclamación a ella ante el Defensor del Pueblo andaluz, y, como desde que pusimos la otra reclamación, han pasado muchas cosas, vamos a pedir un poquito más.

Por otra parte, todo este asunto de que iban a quitar las operaciones, cuando, en primer lugar, no se están ofreciendo, nos ha recordado que es necesario hacer algo para extender la atención sanitaria a las personas transexuale a todo el Estado español. Esto sería mucho más sencillo si esta atención sanitaria se descentralizase y se prestase por los endocrinos, que están perfectamente preparados y cualificados para atendernos. La atención psicológica, para quien la solicitase, la podrían dar los psicólogos que atienden al resto de pacientes. Sí, normalmente sólo se puede proporcionar una sesión de unos 20 ó 30 minutos cada 15 días, y eso no es gran cosa, pero es mucho más que las sesiones de 20 minutos cada 2 meses que da la UTIG de Málaga (en las que no sólo no se proporciona ningún tipo de ayuda, sino que se provoca ansiedad, angustia, depresión y desesperación en general a quienes allí acuden), e infinitamente más que no ofrecer atención sanitaria alguna. Ya hemos escrito a la ministra de Sanidad con un par de ideas al respecto, pero parece que no le ha dado mucha importancia. Habrá que continuar insistiendo al respecto.

Mi tienda online empieza a tener sus primeras clientas, aunque no le he podido dedicar todo el tiempo que se merece, por estar estudiando demasiado. ¡¡¡Pobre tiendecita mía!!! A partir de ahora le dedicaré más tiempo. También tiene un blog, en el que escribo cosas distintas a las que escribo aquí. Tenía la intención de pasar aquí los artículos que me ha parecido que podrían ser interesantes también en este blog, pero con los exámenes, no he podido hacer ni eso.

Como siempre que termino los exámenes, debo 2.000 e-mails, mensajes varios, y demás… ¡Intentaré ir poniéndome al día poco a poco! El consuelo es que ya no tengo que volver a examinarme hasta septiembre.

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