Archivo mensual: mayo 2013

El hombre que me hizo sentir incubadora

Hacía mucho tiempo que no recibía de manera tan directa el impacto de la visión de la mujer como incubadora de los hijos de los hombres. En esta época en que el Ministro Gallardón y compañía lanzan loas a la maternidad, y dicen que la mujer sólo alcanza su plena realización como persona a través de la maternidad, hay otras expresiones más sencillas y más cotidianas de esta manera de entender a la mujer como útero fecundo, que están en las mentes de quienes más “progres” se creen. A lo mejor, incluso están en tu mente.

Hace poco he conocido a un chico gay que es bastante transfílico. Va con un puñado de ideas preconcebidas indestructibles porque no se da cuenta de que son ideas preconcebidas, y que a mí no me ha apetecido atacar, porque ya bastante tengo con lo que tengo, y de vez en cuando también quiero tomarme un respiro sin tener que estar 100% a la defensiva.

Hablando con él, me comentaba que no estaría con una mujer trans, simplemente porque no le gustan las mujeres. No es que no le gusten las mujeres por una simple cuestión física (que, por lo que me ha contado, tampoco es que le atraigan físicamente, la verdad), sino que no le atrae su forma de ser. A mí me parece que esto es una generalización, ya que no hay una única forma de ser mujer, pero espero que esto resulte comprensible para las personas unisexuales, al pensar en los motivos por los que las personas de un sexo en concreto no les atraen. Por otra parte, es un reconocimiento positivo de la feminidad de las mujeres trans, más allá del cuerpo y las modificaciones que hayan hecho.

No obstante, continuaba este chico, si alguna vez estuviese con una mujer, nunca sería una mujer transexual, ya que, puestos a estar con una mujer, a él le gustaría tener hijos, y las mujeres transexuales no pueden. Por otra parte, el físico de los hombres transexuales sí que le gusta, y, además, un hombre transexual que no se haya esterilizado quirúrgicamente puede tener hijos propios. Es decir, los hijos de él.

Por lo tanto, la mujer transexual no es “parejable” en cuanto tiene todo lo malo de las mujeres, y no es susceptible de convertirse en incubadora, la mujer cisexual podría ser una posible pareja en el peor de los casos, a cambio de poder tener hijos con ella, el hombre cisexual sería la opción “normal”, con el pequeño inconveniente de no poder tener descendencia propia, y, finalmente, el hombre transexual aparece como una opción bastante buena, puesto que tiene todo lo bueno de la masculinidad, y, además, contiene en si el útero fecundo que puede cumplir sus sueños de paternidad.

Este chico me pidió ayer la dirección del blog y se ha suscrito a él, por lo que supongo que lo estará leyendo (y estará comprendiendo, simultáneamente, por qué no tengo pareja. Yo también comprendo perfectamente el motivo por el que no tengo pareja, pero no puedo ser de otra manera). Así que es probable que ahora mismo esté pensando que no era eso lo que él quería decir, y que yo lo entendí mal. Porque él no ve a los hombres trans, y a las mujeres, como incubadoras (y a las mujeres trans como incubadoras fallidas). Además, se que eso es verdad, porque no es ningún cabrón, sino una persona amable y sensible. Estoy seguro de que él nunca pretendió hacerme sentir como una incubadora, y por ello no me siento ofendido, ni me he enfadado, ni tiene que disculparse, ni nada.

Entiendo el deseo de tener hijos que sean de la propia sangre (aunque yo, la verdad, soy más bien partidario de adoptar, porque no me parece que mis genes sean tan maravillosos), pero no me parece correcto que la elección de una pareja se base en criterios de utilidad ¿Esta persona me sirve para tener hijos? Admitida ¿Esta persona no me sirve para tener hijos? Lo siento chatina, más suerte la próxima vez.

Las personas transexuales somos más que cuerpos puestos en el mundo para ser sometidos a la evaluación de las personas cisexuales. Nuestros cuerpos pueden hacer cosas que los cuerpos de las personas cisexuales no pueden, aunque también son cuerpos que no pueden hacer cosas que las personas cisexuales dan por descontadas. Nuestros cuerpos son cuerpos modificados tecnológicamente, pero eso no significa que deban ser valorados como productos de la tecnología “que gran invento”, o “esto está defectuoso”.

Las personas transexuales no somos comodines del género, con la potencialidad de que las personas cisexuales nos coloquen en el lugar que les resulte más cómodo. “Eres un hombre, pero en la reproducción puedes actuar como mujer”, es el mensaje que escuchaba. Además, como la cosa más natural “si un chico transexual no se ha operado, puede mantener relaciones completas con otro hombre”, dando por hecho que, además, es nuestra voluntad el ocupar el lugar de la mujer al acercarnos a un hombre cisexual. Porque, claro, si quisiéramos ocupar siempre el lugar del hombre, nos habríamos operado de arriba abajo, para abrazar (siempre de manera imperfecta, siempre con sufrimiento por esa imperfección) el modelo del hombre cisexual.

Sin embargo, resulta que ni los hombres trans, ni las mujeres, ni toda persona que tenga útero en general, es un campo fértil y paciente, dispuesto a recibir la semilla que lo haga fructífero, regado por inundación con mareas de sangre lunar. Sí, la mayoría decide tener hijos de su cuerpo, y vive gozosamente el esfuerzo, el desgaste y el dolor que produce sacar una vida de otra. Sin embargo, eso no significa que estén para cumplir los sueños de paternidad ajenos, ni que se les pueda valorar en función de su utilidad familiar. Somos más, mucho más, que la potencial incubadora de los hijos de otros.

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Vaya semanita

Cuando me dieron el alta y volví al ritmo diario, tuve una pequeña crisis de estrés post traumático. De repente, una noche empecé a sentir angustia. Sentía que se me venía encima algo muy gordo, demasiadas cosas para lo que yo tengo capacidad de manejar. Luego me di cuenta, lo superé, y volví a la rutina de siempre.

Sin embargo, tenía razones para angustiarme. Ayer cuando llegué a casa, estaba tan cansado que me habría quedado sin comer si no fuese porque quedé con un amigo que vino e hizo la cena él solito en mi casa. Aunque en realidad dio igual, porque luego vomité lo poco que había comido…

La semana anterior ya estaba yo un poco estresadillo, porque iba a ir a Madrid a hablar en unas jornadas de la Federación de Enseñanza de CC.OO. y tenía que preparar la ponencia (al final se cancelaron, pero bueno, casi ha sido mejor, porque en esta época tengo exámenes). También se planteaba la oportunidad de ir a una reunión de la Asociación «El Hombre Transexual» de Madrid, pero como las jornadas se cancelaron, no pudo ser. A esa reunión, en cambio, sí que fueron mis compañeros de Conjuntos Difusos – Autonomía Trans (hemos cambiado un poco el nombre), y cuando se canceló lo de CC.OO. no me quedé tranquilo, porque estaba a la expectativa de que pasaría en esa reunión.

Se trataba de una reunión para hablar de la UTIG de Madrid y de qué acciones se podían tomar respecto de los abusos, atropellos, arbitrariedad y demás prácticas ilegales que allí son consideradas normales, y por las que, sorprendentemente, los grupos trans de Madrid, no parecen muy preocupados. Unos porque lo suyo es «saltar las barreras» (así que las barreras no les preocupan, lo único que les preocupa es su capacidad de salto), otros porque parecen creer que su cometido es mantener la situación tal y como está ahora, y otros, simplemente, por desconocimiento. Me han dicho que salió muy bien, y que la gente que fue a esa reunión, aprendió un montón de cosas. También me han dicho que se acordaron de mí, y que algunos leen este blog ¡Muchas gracias!

A parte de eso, iba llevando bien las cosas. Contento: la tienda online empieza a dar algunos frutos, y la ferretería parece que responde positivamente al esfuerzo de ir metiendo cada vez más cosillas. A veces pienso que hay luz al final del tunel de mi miserable vida laboral. Otras veces, no.

Lo peor llegó el lunes pasado, cuando me llegaron noticias de que una nueva actriz se apunta al carro de hacer una ley trans en Andalucía. Se trata de un grupo, al que llamaré «Grupo Benefactor». Se trata de un grupo vertical (no una asociación) pro derechos «LGBT», entre cuyas prioridades la «T» está claramente en la cola, y de la «B» ya, ni hablamos. No hay más que ver su página web, que siempre habla de «gais y lesbianas», y también de «orientación sexual», pero en la que la identidad de género es desconocida, y la transexualidad es solamente una letra «T» que se usa como adorno políticamente correcto, porque si se dice «somos un grupo LG» parece que estamos hablando de una marca de televisores.

Sin embargo, cuando empezamos con todo este proceso, supe que el Grupo Benefactor había mostrado interés en intervenir en toda esta aventura que se nos venía encima y decidí escribirles, para que me contaran cuales eran sus ideas, contarles cuales eran las nuestras, y ponernos de acuerdo entre todos, porque cuantos más pares de ojos para ver, y más brazos para trabajar, mejor. Por algún motivo, nunca recibí respuesta ¿Se perdió el correo que les escribí? ¿Se les olvidó responderme por descuido? ¿Pasaron de mí olímpicamente? No lo sé, porque aunque he preguntado, no me lo han dicho.

El caso es que, mientras empezábamos a sospechar que alguien tenía la intención de colar a última hora otro proyecto de ley, que no tuviese nada que ver con el nuestro, y que en vez de proteger los intereses de las personas trans, protegiese los intereses de las instituciones transfóbicas (principalmente, de la UTIG), de repente el Grupo Benefactor nos escribe invitándonos a unas jornadas para «fijar» las posiciones de los grupos, que ya llevan fijas desde septiembre del año pasado (porque habremos tenido nuestros más y nuestros menos, pero estamos de acuerdo en que todxs queremos lo mismo). Así que empecé a preguntarme si no sería, más bien, que el Grupo Benefactor planeaba lanzar su propia propuesta para la Ley Trans de Andalucía, y en estas jornadas lo que buscaba era rodearse de los grupos que tenemos nuestra propia propuesta, para hacerse una foto y luego decir que todos los grupos de Andalucía han ido a las jornadas a apoyar la nueva propuesta auspiciada por el Grupo Benefactor.

Me equivocaba de medio a medio: el Grupo Benefactor ya había enviado su propuesta a un grupo parlamentario andaluz. Lo que es más, ahora resulta que todo este proceso legislativo (que para los grupos parlamentarios no es más que una mota en el trabajo cotidiano, y para mí es como intentar construir una catedral con una carretilla de mezcla y una palustra) se ha abierto gracias al Grupo Benefactor (ay, Mar Cambrollé estuvo años y años exigiéndolo a los políticos para nada, al parecer) que de hecho está esperando a que se le abran las puertas del Parlamento y de otras autonomías, para poder entrar por la puerta grande y en alfombra roja, a aprobar su magnífico proyecto, gracias al cual a partir de ahora todas las personas trans ataremos a nuestros perros con longanizas, pero en el que, eso sí, no se reconoce el derecho a la autodeterminación del género, porque eso es una tontería que se me ha ocurrido a mí. Claro, es que lo que para los trans normalitos de por aquí es una obra titánica, el Grupo Benefactor lo hace sin despeinarse, porque para eso son un grupo benefactor, y son amigos de gente influyente, con poder. No como yo, que en el fondo sólo soy un piltrafilla con un blog.

Ya sabiendo esto, me quedé más tranquilo, entre otras cosas porque una vez que te enteras de cual es la situación, y de que no puedes hacer nada por remediarla… te puedes despreocupar. Si no puedes hacer nada para cambiar las cosas, es tontería seguir dándole vueltas al asunto. Lo único que puedes hacer es joderte y confiar en que lo que llevas hecho es suficientemente bueno como para soportar los empujones de los demás. Eso sí, si al final la ley sale, y es una buena ley, cuando vea a la representante trans del Grupo Benefactor presumiendo de haber intervenido en el proceso, me saldrá una úlcera de estómago. Aunque para ese momento, ya voy a estar libre para decir lo que quiera, y vaya si lo voy a decir. Coño.

Todo esto viene porque parece que el proceso de elaboración de la ley está poniéndose en marcha de nuevo, y para la semana que viene tengo previsto empezar a leer decretos, proposiciones no de ley y documentos sobre prestación de servicios sanitarios de cara a responder a las principales dificultades que parece que se plantean en cuestión de sanidad, confiando en que al final la gente del Grupo Benefactor no sean tan guays como creen (o como quieren hacerme creer) y resulte que no pueden hacer todo por los trans sin contar con nadie más. Crucemos los dedos y sigamos trabajando.

De cara a todo esto, me va a venir muy bien una serie de documentos que se publicaron ayer, que era el día contra la homofobia y la transfobia, y que incluyen un mapa e índice de derechos trans en Europa, y los resultados de la mayor encuesta LGTB realizada hasta el momento en todo el continente. Estos resultados, que prometen ser muy interesantes, me van a dar lectura para unas cuantas horas. Si queréis un poco más de información al respecto, publiqué una entrada sobre el tema en el blog de la.trans.tienda.

A todo esto, hablando de la.trans.tienda, estoy ampliando el catálogo de productos para hombres trans. O lo estoy intentando, porque no tengo tiempo, ni fuerzas, ni nada de nada. Ahora quiero poner cosas que sirvan para ir al baño de pie. Desde la prótesis Mr. Limpy con una tetina de biberón, hasta el GoGirl. Incluso quiero hacer videos explicando como funciona cada cosa, los pros y los contras. Todo eso. Algún día T_T

Y, como todos los años, vuelve la feliz época de los exámenes de junio ¡Viva! Un periodo en el que tengo que demostrar a los profesores de la UNED que me he estudiado sus libros y que se lo suficiente de derecho para merecer que algún día me den un título de graduado (que no me servirá para trabajar de abogado, ni de nada, pero bueno). Para eso, tengo que estudiar, así que estudio.

Mi libro, está el pobre en barbecho, durmiendo el sueño de los libros abandonados por falta de tiempo. Tiene suerte, el libro, porque al menos él sí puede dormir. Yo ya no me acuerdo de lo que era eso. Lo peor es que a este ritmo no aguanto. El día menos pensado me va a dar un chungo y me voy para el otro barrio.

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Mastectomía bilateral (y IV)

Empiezo contando que ya estoy de alta. La parte buena es que… bueno, que ya estoy de alta, o sea, que estoy bien para trabajar y eso (aunque todavía con leves molestias, pero eso sólo se quita cuando se empieza a hacer vida cotidiana, es una fase que hay que pasar en la mayoría de las cirugías). La parte mala es que tengo menos tiempo para escribir (además, ya mismo empiezan los exámenes de la universidad…). Me faltaba hablar del postoperatorio… Cuando me desperté de la operación tenía una vía en la mano, que me introducía suero (la misma vía a través de la que me pusieron la anestesia), dos drenajes, uno en cada herida, para que fuese saliendo la sangre, y un dolor de garganta importante que era la combinación del incipiente resfriado y la intubación para la anestesia. No me dolía nada más. Me encontraba bien, no tenía esa molesta sensación de resaca que he tenido otras veces al despertar de la antesia… todo estupendo. Unas horas más tarde me dejaron beber una manzanilla que me sentó estupendamente (el otro chico, en cambio, se encontraba un poquito peor que yo y la vomitó… son cosas que dependen de cada persona). También pude cenar (y por una vez, la comida que me pusieron no era repugnante). A mitad de la tarde llegó uno de los momentos cruciales de cualquier post operatorio: la hora de orinar. Quien no se haya operado todavía con anestesia general, no sabrá que una de las cosas más difíciles del mundo es mear después de una operación. Es uno de los efectos de la anestesia, que además está agravado porque normalmente no estás en condiciones de levantarte de la cama, y tienes que hacerlo en una cuña (un orinal, para entendernos). Hasta el día de hoy, yo no he sido capaz de mear tumbado. Así que cuando ya llevaba como media hora con el cacharro puesto debajo del culo, se hizo evidente que me iba a tener que levantar. Se lo comentamos a la enfermera que vino a llevarse el vaso de la manzanilla, quien nos pidió que mejor no me levantara, pero como me encontraba tan bien, decidimos correr el riesgo por nuestra propia cuenta. Lo “gracioso” de los drenajes es que los llevas colgando, como si fueses un árbol de navidad, y si te levantas de la cama, te los tienes que llevar contigo. Por suerte, mi padre ya es un experto en colocar drenajes en el palito que se usa para sujetar el suero, que, por cierto, también llevaba colgando. Con todos mis complementos a cuestas, y la ayuda de mi madre, conseguí llegar al cuarto de baño, sentarme en el trono y allí, con la ayuda del agua del grifo corriendo, conseguí alcanzar el estado de gracia e iluminación que me permitió vaciar la vegiga por fin. Las dos o tres veces siguientes todavía me costó un poco (y tuve que llevar los “adornos”) pero ya fue menos. Me quitaron los drenajes al día siguiente, ya que casi no estaba sangrando. El momento de quitar los drenajes no es doloroso, pero sí que da un poco de impresión, sobre todo el primero, que no conseguí coordinarme con la enfermera en la respiración. En cambio con el segundo sí lo hice bien, y casi ni lo noté. En cambio, de la vía no pude librarme hasta el dia siguiente, y la vía… duele. La vía era en realidad una especie de grifo pequeñito que se conecta directamente a la vena del dorso de la mano, con una aguja muy larga y gordita. Es incómodo de llevar, y como yo soy muy aprensivo, casi prefería ni mirarlo. A veces pensaba “¿y si por accidente me engancho en las sábanas y se abre el grifo…?” pero nunca he oido de nadie que le pasara algo así, por lo que los pensamientos no iban más allá. Lo peor era que, pasadas las primeras horas, la mayor parte del tiempo no hacía falta ponerme medicamentos, pero cuando me los ponían (antibióticos y calmantes para el dolor)… dolía. Podía elegir entre que el gotero fuese despacio, y fuese una molestia leve, pero prolongada, o que el gotero fuese rápido y me doliese más, durante menos tiempo. Una vez me lo pusieron tan rápido que el dolor se extendía hasta el codo, como una aguja que me atravesase por dentro, pero encontré una manera de poner el brazo que me molestaba menos. Así que cuando el médico me dijo que me lo quitaba, no di saltos, porque no podía. El segundo día me dieron de alta. En teoría tenía que estar 5 días, pero yo me encontraba bien, los médicos decían que todo estaba bien, y ni mis padres ni yo teníamos ganas de estar en el hospital si no era estrictamente necesario. Además, empezaba la semana santa e iban a cerrar esa planta para ahorrar. Durante la primera semana en casa de mis padres, no me podía duchar. Me duchaba yo mismo, pero sólo de cintura para abajo. De cintura para arriba me tenía que lavar mi madre. Al final teníamos ya un arte con el lavado de cabeza en el lavabo que daba gusto. El encargado de hacerme las curas era mi padre. Durante la primera semana llevaba dos algodones liados (como si fuese un caracol) sobre los pezones, y los íbamos empapando de betadine. El médico nos dijo que “ahí, ni tocarlo”. Es la zona más delicada, los “injertos”. Un amigo dice que la cirugía moderna consiste, básicamente, en cortar y pegar tejidos, pero a mí me sigue pareciendo alucinante que se pueda coger un pezón, recortarlo, cambiarlo de sitio, coserlo, y que se pegue. Un injerto, en el sentido totalmente tradicional y campestre de la palabra, igual que se hace con los geranios o los rosales. Después de la primera semana, me quitaron los caracoles de los pezones, y unos puntos de papel que llevaba en los cortes de abajo (no lo he explicado, pero me han hecho dos cortes con forma semicircular, desde debajo de la axila, hasta casi el centro del pecho, de unos 20 centímetros cada uno) por lo que ya podía ver la herida. En cambio, me dejaron todos los demás puntos, aunque ya podía empezar a ducharme (sin frotar, sólo dejar correr el agua por encima). El cada pezón llevaba 14 puntos, y en las heridas de abajo, ni idea, porque son puntos intradérmicos, que se hacen con un hilo transparente que parece hilo de pescar, y que puede ser absorbido por el cuerpo. Otra cosa increible, que se puedan hacer puntos por debajo de la piel. Por arriba tenía dos o tres, pero a penas sobresalían. Los pezones estaban negros, pero como al otro chico que se operó a la vez que yo ya le habían avisado de que estarían así, y que luego iban cambiando de color poco a poco, no me preocupé. Mi padre seguía curándome. Me miraba los pezones y ponía mala cara… y yo no me atrevía a preguntar. Yo tenía que hacer el esfuerzo de recordar que el médico y la enfermera se habían echado a reir cuando les pregunté si no se me caerían (a otro amigo, cuando lo preguntó, el médico le dijo “no te preocupes, que si se te caen, no te dolerá”. Que guasón el tipo… y que mala leche. Era un cirujano de Barcelona, pero se diría de Graná, por la mala follá). Empezaron a caerse trocitos negros, que se quedaban pegados a la venda al quitarla, y mi padre seguía poniendo mala cara, hasta que alrededor del día 13, empezó a poner, por fin, buena cara. Según me explicó después, al principio estaba preocupado porque cuando veía que se desprendía algún trocito, debajo estaba todo negro. Era una piel muerta, que no había agarrado todavía. Pero ese día, se desprendió un trocito y salió una gotita de sangre… es decir, que ya había riego sanguineo, es decir, que el tejido estaba vivo. Desde ese momento, debajo de la piel negra que se caía iban apareciendo retalitos rosados. A esas alturas, los puntos me tenían amargado. Seguramente lo habría pasado mucho mejor si no hubiese cogido un resfriado terrible y no me hubiese pasado esas dos semanas con una tos que parecía que iba a echar los pulmones por la boca. Si ya por si solos, los puntos molestan cada día un poco más, cuando tienes tos, mejor ni hablamos. Por fin, a las dos semanas, me quitaron los puntos de los pezones, y me cortaron las partes externas de las suturas intradérmicas, que se aflojaron y dejaron de molestar. A partir de ese día, ya no sólo podía dejarme caer el agua, sino que incluso podía frotar. Me recomendaron echarme vaselina en los pezones, si quería que las costras se me cayesen más rápido (pero no me eché, porque se cayeron muy rápido solas), aceite de rosa mosqueta sobre las cicatrices, y mucha crema hidratante. Descubrí que la crema hidratante me aliviaba los picores que sentía por debajo de la piel, así que me echaba dos veces al día… una maravilla. La faja me molestaba, pero lo cierto es que me sujetaba bastante la zona, y un mes y medio más tarde, me siento más cómodo todavía con ella que sin nada. Al día siguiente de quitarme los puntos, empecé a ir a caminar con mis padres, que todos los días hacen un paseo de una hora hasta el pueblo de al lado. Antes, no me sentía capaz de ir, ya que tenía que caminar con mucho cuidado, porque el simple golpeteo del cuerpo sobre el suelo hacía que los puntos me tirasen, pero en cuanto estuve “libre de ataduras” pensé que me convenía moverme, aunque fuese un poco. Además, el paseo es muy bonito, y en llano, por lo que resulta fácil de hacer. La diferencia de dolor entre el día antes de empezar a caminar y el siguiente día, fue increíble. No me dolía ni la mitad. Así que, como es lógico, me aficioné a los paseos. En cuestión de tres o cuatro días, ya me encontraba muy bien. A partir de ahí la mejora fue tan rápida, que más que de baja, parecía que estaba de vacaciones. Cuando estaba sólo y hacía buen tiempo, me salía un ratito a la amplia terraza del ático, sin camiseta, y simplemente disfrutaba del sol y el aire mientras miraba el mar (sólo unos minutos, eso sí, que el sol no es nada bueno para las cicatrices). Eso sí, no cogía peso, ni movía los brazos. Fue la principal recomendación que me dieron los médicos. Durante la primera semana, por aquello de no molestar, hice pequeños movimientos, como levantar una silla, coger una botella de dos litros, llena… y como resultado, el pecho se me inflamó. Cuando fui a la primera revisión, el médico me explicó que a causa de la operación el músculo se había quedado suelto, y al moverme, formaba agua que se quedaba debajo de la piel. Así que ¡nada de moverse ni de coger peso! ¡Ni siquiera un poco! A partir de ese momento, tuve todavía más cuidado, pero por culpa del líquido, se me empezaron a formar arruguitas de piel alrededor de los cortes de debajo. Al ponerme las vendas de compresión o la faja, la piel, que estaba suelta, se fruncía de manera casi inevitablemente, y se formaba ese fruncido, que se acentuaba por las estrías que tengo en esa zona. Durante la tercera semana el lado derecho del pecho se me empezó a desinflamar, pero la inflamación del lado izquierdo no terminaba de quitarse… debido a que cuando estudiaba, me sujetaba la cabeza con la mano izquierda, y ese pequeño gesto, me estaba fastidiando. Al bajarse la inflamación, las arrugas del lado derecho se quitaron, y se quedó perfecto, pero la arruga más profunda del lado izquierdo, permanecía. Empezaba a pensar que se quedaría así, hasta que ayer (¡seis semanas después de la operación!) me di cuenta de que la inflamación de esa zona también está bajando y se está quedando también bien ¡Menos mal! En cuanto a las cicatrices… Los pezones, al principio, se me quedaron de dos colores, rosa clarito, y el color normal. Poco a poco el color se va igualando, y en los bordes… ¡No se ve nada! Ni siquiera se ven los típicos agujeritos que dejan los puntos. Debían estar cosidos justo, justo en el borde, o qué se yo… porque no me lo explico. No se ve nada de nada… Las cicatrices de abajo todavía están muy rojas, pero parece que apenas se han ensanchado (las cicatrices, una vez curadas, pueden ensancharse, a veces incluso un centímetro, haciéndose más visibles. Usar la faja durante dos meses reduce el ensanchamiento al mínimo), por lo que es posible que a la larga se vuelvan casi invisibles. Debajo de la axila izquierda sí que se me ha ensanchado un poco (por si alguien se lo está preguntando, soy ambidiestro con preferencia por la diestra, así que uso ambos brazos más o menos por igual). Un mes justo después de la operación, regresé al trabajo, y aunque al principio me cansaba o me resentía de hacer las cosas normales (limpiar, colocar, etc…), cada día he estado mejor que el anterior, y ahora prácticamente ya no tengo más que una ligera molestia de cuando en cuando.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

Tres semanas después de la operación.

Tres semanas después de la operación.

6 semanas tras la operación

6 semanas después de la operación

 

 

 

 

 

 

 

Los consejos que daría a alguien que se vaya a operar serían:

  • Los pezones no se caen.
  • No muevas los brazos. En serio, no los muevas.
  • En cuanto te sea posible, ponte mucha crema hidratante por todo el pecho.
  • Lleva la faja durante dos meses, si te es posible.

Estoy muy contento del resultado, y creo que los cirujanos del Carlos Haya no tienen nada que envidiarle a ninguno de los supuestos “mejores cirujanos” de España. El único motivo para operarse por privado es, en mi opinión, no estar dispuesto a esperar los dos años de lista de espera, y no querer pasar por toda la tortura y humillaciones previas en la UTIG (también conocidas como “evaluación psicológica”). Bueno, y tener dinero para pagarse la operación, claro está, aunque ese que no es mi caso.

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