Archivo mensual: abril 2010

Confetrans.

Durante el fin de semana pasado hicimos una CONFETRANS. La CONFETRANS es una confederación de grupos, personas, colectivos y organizaciones trans, bigéneros, andróginos, kariwarmis, intersex y todo lo que se ocurra, a nivel nacional dentro de Ecuador. El sentido de la existencia de la CONFETRANS es que Ecuador es un país muy centralizado en la capital, lo que significa que muchas veces los avances conseguidos a nivel legal, social o cultural no llegan más allá de Quito. Si se ha escrito un capítulo en el manual de la policía nacional sobre tratamiento génerosensible a las personas, o se ha logrado inculcar la idea de que la prostitución no es un delito (que según la legislación ecuatoriana no lo es, como tampoco lo es en España), de poco sirve si todo eso se queda tan sólo aquí. Hay que “exportarlo” a las otras provincias. Del mismo modo, las otras provincias tienen rasgos culturales distintos de los de la provincia de Pichincha (que es donde está Quito), o se realizan acciones, o aparecen ideas que son interesantes y “exportables” al resto del país. La CONFETRANS se convierte así en un sitio de enriquecimiento y apoyo mutuo para todos los participantes.

Hay otra razón de ser para la CONFETRANS, y es que en Ecuador no hay tres poderes, sino cinco, y uno de ellos es la acción popular. Esto significa que organizaciones del pueblo pueden acceder directamente al congreso y participar en la elaboración de las leyes del país, como ya están haciendo los colectivos indígenas, por poner un ejemplo.

Esto, más o menos, probablemente mal explicado, es la CONFETRANS.

Las reuniones de la CONFETRANS se realizan cada vez en un lugar distinto del país. En esta ocasión la sede fue Mindo, un lugar relativamente cercano a Quito (está también en la provincia de Pichincha), situado en una de las areas con mayor biodiversidad del mundo. La mayor riqueza natural de Mindo es la gran cantidad de especies de aves que allí habitan, entre ellas los colibrís. También hay muchísimas mariposas, y dicen que las orquideas son muy abundantes, aunque yo no vi ninguna.

Este breve resumen que he hecho de lo que es Mindo es tan malo como el que he hecho sobre lo que es la CONFETRANS, pero es que tanto una cosa como la otra hay que venir y verlas en persona, porque sino, no lo entiendes del todo.

Una de las cosas extraordinarias de la CONFETRANS es que en verdad existe y evoluciona de manera totalmente autónoma a los circuitos de las instituciones públicas y privadas, y no se queda en simples buenas intenciones, o en reuniones para hablar entre nosotros y felicitarnos porque estamos todos de acuerdo con todos, nos llevamos superbien y somos los mejores, sino que produce cambios reales y profundos en la realidad del país.

Otra de las cosas extraordinarias es que Ecuador es un país maleable (ya dije que reconocen la acción popular como un poder más, además de los tres poderes tradicionalmente reconocidos en un estado de derecho). Mientras que en España todo está muy bien puesto (no quiero decir que esté “puesto con acierto”, sino “inamoviblemente sujeto”) y cualquier pequeño cambio requiere debates farragosos, o circuloquios legales que requieren toneladas de tiempo y esfuerzo, aquí uno se pone y lo hace, porque se puede hacer. Aquí el cambio es posible, quizá porque este es un pais joven, que no arrastra a sus espaldas el peso de los siglos de historia que tenemos en España, y en el que es más difícil herir susceptibilidades políticas provenientes de la memoria histórica colectiva.

De modo que la CONFETRANS se organizó en dos fases: una fase de trabajo, en la que se realizó un diagnóstico para saber de donde venía, hacia dónde va, y qué acciones tomar a medio y largo plazo a partir de un análisis en profundidad de la situación, y una fase lúdica, de actividades en grupo.

La fase de trabajo fue abrumadoramente eficaz. Bajo la dirección magistral de la persona que había preparado el encuentro, se entró en una dinámica de planear, pensar y proponer en la que todas las personas que estábamos presentes participamos aunando esfuerzos y dejando de lado las diferencias personales, culturales o vivenciales que pudiesemos tener. ¡Incluso los que veníamos de fuera o participábamos por primera vez pudimos aportar nuestro granito de arena! De modo que al final de la primera jornada estábam*s satisfechos y contentos con los resultados.

La fase lúdica fue al día siguiente (aunque el ambiente también se distendía durante las comidas y descansos), y lo único malo fue que en un sitio como Mindo hay tantas cosas para hacer que no nos dio tiempo a hacerlo todo. Al final nos conformamos con hacer “canopi”, que consiste en deslizarse de un lado a otro de la montaña atado a un cable de acero de cien, doscientos y hasta quinientos metros de largo. Yo, que tengo acrofobia, no estaba muy convencido de que fuese una buena idea hacer eso, pero después de probarlo me alegré de no haberme dejado convencer por el miedo para quedarme en tierra (nunca mejor dicho).

De todos modos, aunque el canopi fue emocionante, trepidante, interesante y muy divertido, para mí lo mejor fue poder ver colibríes en vivo y en directo. Hay ciertas cosas que uno cree que nunca hará en su vida, como subir en un coche de fórmula uno, viajar a la luna, comer caviar… cosas así que te harían ilusión, pero que crees que no llegarás a realizar nunca porque el coste para conseguirlas o el esfuerzo a realizar son excesivos o no compensan (como en el caso del caviar… yo no pago un dineral por comer huevos de pescado, por muy buenos que digan que están, o mucho dinero que tenga). Ver un colibrí de verdad estaba dentro de mi lista de cosas que pensaba que nunca haría, aunque me gustaría poder hacerlas, así que cuando vi el primero, me emocioné, y cuando vi que no era precisamente un pájaro que se viera poco, sino que los había a montones, me emocioné todavía más.

El vuelo del colibrí es… fascinante. Todo el mundo sabe que es un pájaro capaz de quedarse en el mismo sitio, como los insectos, pero verlo de verdad es increible. Además, el vuelo de los colibrís se parece muchísimo al de las abejas: cuando quieren son muy rápidos, y cuando quieren, no lo son. Revolotean alrededor de las cosas desplazándose en un abrir y cerrar de ojos, casi como si se teletransportaran… sólo que son mucho más grandes que cualquier insecto. Son mucho más grandes de lo que yo pensaba que eran, después de haberlos visto en televisión.

Volvimos de la CONFETRANS todos cansados, embarrados porque llueve mucho y la tierra del campo era un puro lodazal, con los estómagos llenos, puesto que el lugar donde nos alojábamos, además de ser acogedor y regentado por una familia muy amable, servía una comida estupenda y abundante, y muy contentos porque no sólo habíamos regresado con una agenda de cosas por hacer, sino que además lo habíamos pasado bien y habíamos hecho nuevos amigos mientras estábamos de visita en un lugar que podría describirse como paradisiaco sin temor a exagerar.

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Lo que estoy aprendiendo sobre feminismo.

Siempre había leido las teorías feministas desde fuera, especialmente las que venían de los movimientos queer y cyborg, y, en mis cortas luces, me parecía entender que presentaba un feminismo no binario, en el que el género carecía de sentido por considerarse como una performance, una actitud impuesta desde fuera por el heteropatriarcado, a la que tod*s estábamos sometid*s.

Debe haber algo que no entendí bien, porque, al introducirme en los movimientos feministas, me causó un inmenso estupor comprobar que el género se convertía en un factor primordial, hasta el punto de que la participación de los hombres se cuestionaba e incluso era prohibida.

El hecho de que se cuestione la participación de los hombres en los espacios feministas, pero en cambio sí se permitiese la participación de hombres transexuales, llegó a parecerme incluso insultante y tranfóbica. Es como decir que nosotros, en el fondo, no somos hombres auténticos.

Me explicaron muchos argumentos para defender la exclusión de hombres en los espacios feministas: el feminismo como lucha «hombres contra mujeres», la creación de espacios de seguridad, la existencia de puntos en común entre personas que alguna vez hemos sido socializadas como mujeres… Pero en el fondo, yo siempre he visto que esta actitud es sexista.

En España las personas se encajonan en cajones aún más estrechos que «hombre» o «mujer». Las teorías queer hablan de «maricas», «bolleras», «trans», y una miriada de categorías más, totalmente específicas, que ya no sólo incluyen el sexo, sino una serie de condiciones extra, como la orientación sexual, o la actitud más o menos masculina/femenina, en relación al sexo biológico de partida.

Lo que yo veo en esa forma de pensar, es una actitud que imita y amplifica los esquemas del heteropatriarcado. El heteropatriarcado hace dos grupos, hombre y mujer, y dice «los hombres son los mejores». El movimiento queer no hace sólo dos grupos ¡¡hace decenas!! Aún más estrechos que los otros dos, y dice «las mujeres lesbianas son las mejores». Tras esta forma de hacer las cosas se esconde exactamente el mismo esquema, la misma forma de pensar, el mismo sexismo subyugador, la misma voluntad de dominar. En el heteropatriarcado, el hombre domina a la mujer, pero ambos están dominados por el género. En el feminismo, la mujer expulsa al hombre heterosexual de sus espacios, y al mismo tiempo, ella está sujeta a sus nuevas convenciones sobre el género.

Llendo aún más lejos, me atrevería a decir que probablemente algunas mujeres lesbianas queer tal vez se sentirían más felices viviendo como hombres transexuales, y no se atreven a dar el paso porque eso supone una transgresión de género que las colocaría automáticamente en el bando enemigo, es decir, en el de los hombres heterosexuales. Eso es tan triste como el caso de las personas trans que no nos hemos atrevido a transitar en nuestro género por la discriminación impuesta por el heteropatriarcado.

Aquí en Ecuador las cosas se ven de manera distinta. No llevo ni dos semanas, pero ya he aprendido varias lecciones. Una de ellas es que la verdadera subversión del heteropatriarcado es que en un mismo espacio de activismo puedan convivir todos los géneros, conocidos e inventados sobre la marcha. Biohombres, biomujeres, trans masculinos y trans femeninas, bigéneros, extrasexuales, andróginos, heterosexuales, bisexuales, «dos-elevado-a-la-séptima-potencia-sexuales» (eso soy yo). Tod*s nosotros chocando l*s un*s con los otr*s, pero tratando de descubrir en qué diferimos, en que somos similares.

La experiencia de la casa trans, un lugar en el que ahora mismo se reune toda esa diversidad que he comentado, está sirviendo para que personas que rechazaban de plano la masculinidad aprendan a reconciliarse con ella, y para que personas con un punto de vista totalmente heteronormativo exploren en su interior y descubran de donde viene su manera de ver las cosas, comprendan el dolor que puede causar, y empiecen a cambiar desde el interior, desde sus propias vivencias. Sirve para que los que nos creíamos no-machistas descubramos las actitudes machistas que aún tenemos, y para que los que nos creemos muy transgresores y modernos comprendamos lo sobervios que podemos llegar a ser, presumiendo de lo maravillosas y liberadas que son nuestras actitudes ante quienes son más conservadores, sin reparar en que estamos faltandoles al respeto tanto como los conservadores a veces nos faltan al respeto a nosotros cuando critican nuestra forma de vida.

Todas estas cosas no se aprenden en un espacio donde el sujeto político «lesbiana» sea el único que exista. Hay que sentirse orgullos* de lo que cada un* es, y celebrarlo a diario, pero también hay que estar en una constante revisión de nuestros actos, porque tod*s… tod*s nosotr*s hemos nacido en una sociedad con unos patrones determinados de los que es muy difícil salir. Imposible en realidad.

El modelo de segregación por sexo/género/orientación sexual, es imitador de los patrones del heteropatriarcado. Lo que es peor, me parece peligroso, puesto que provoca una fuerte miopía que no nos permite ver más allá de nuestras narices, y el orgullo puede llegar a convertirse en vanidad que nos impide aprender de los demás.

Conocer la masculinidad y la feminidad, y lograr encontrar lugares donde amb*s convivan en armonía es la auténtica subversión del sistema heteropatriarcal… Eso es Transfeminismo. Y eso es lo que estoy aprendiendo aquí en Ecuador.

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Protocolos de la transexualidad en Ecuador

El domingo que viene me toca la inyección de testosterona. En España la venta de testosterona se hace sólo con receta médica y está muy, muy restringida. Con esto me refiero que existen muchos medicamentos que en teoría sólo se venden con receta médica, pero que es posible conseguir sin receta, como por ejemplo, Androcur, que es un antiandrógeno que inhibe la producción de testosterona, y que suele ser utilizado por las mujeres transexuales, o, más fácil todavía, las hormonas femeninas, que son de uso común entre las mujeres no transexuales, pues las utilizan como anticonceptivos orales. La testosterona, en cambio, es prácticamente imposible de conseguir si no hay una receta médica de por medio.

Podría reflexionar sobre los motivos por los que es posible conseguir estrógenos y antiandrógenos y no andrógenos, pero como estoy en Ecuador, no es necesario.

Como iba diciendo, el próximo domingo me toca chutarme, y pese a las restricciones que pesan sobre la compra de testosterona, conseguí traerme una dosis extra, lo que significa que venía con un mes de hormonas asegurado. Aún así, he tomado la costumbre de conseguir la próxima dosis antes de ponerme la actual, por lo que pueda pasar, de modo que ayer fui a comprar más hormonas.

Evidentemente, la receta de mi endocrina española aquí no sirve. ¿Cómo conseguir entonces las hormonas? Pues muy fácil, uno se acerca a una farmacia “grande” (en mi caso una perteneciente a una cadena de farmacias en concreto, que ahora mismo no recuerdo el nombre) y pide lo que quiere. Yo tuve un pequeño problema y es que el medicamento que utilizo (Testex Prolongatum 250mg) aquí no se comercializa, de modo que estuvimos un buen rato tratando de encontrar uno equivalente. Al final dimos con el Primoteston Depot 250mg, que tiene el mismo principio activo, las mismas indicaciones, la misma posología, y lo de Depot significa que el medicamento se deposita y se va liberando lentamente, o sea, lo mismo que “prolongatum”. Ahora es donde cuelgo el cartel que pone “niños, no intentéis hacer esto en casa”… Creo que ando demasiado cerca de la autohormonación como para sentirme tranquilo, pero en unos meses me haré los primeros análisis y saldré de dudas. Ouch.

Otra cosa curiosa respecto a los medicamentos en Ecuador, es que no traen prospecto, o al menos ese en concreto no lo trae. El farmacéutico me lo leyó de su vademecum, y luego yo lo releí en Internet, pero lo que es el medicamento en si… no lo tenía. ¿Quizá los farmacéuticos opinan que los compradores ecuatorianos son demasiado burrianalfabetos como para comprender las indicaciones?

El hecho de que uno pueda ir a la farmacia a comprar casi cualquier medicamento debe ser la causa de que no sea necesario ningún tipo de informe psicológico para que un endocrino te recete hormonas. Eso, o quizá el hecho de que aquí la idea de que la transexualidad sea una enfermedad es, simplemente, ridícula. De modo que tampoco hace falta ningún certificado de que estás loco para acceder a las cirugías. Y tampoco es necesario diagnóstico psiquiatrico o modificación corporal para realizar el cambio de sexo y nombre legal.

Esto último es un logro del Proyecto Transgénero (la organización que estoy visitando), que presentaron la necesidad del reconocimiento de la identidad de género, no como una cuestión de salud, sino como una cuestión de respeto al desarrollo de la identidad. El caso de la Ciudadana Luis Enrique Salazar fue un ejemplo de uso alternativo del derecho que desembocó en el establecimiento del proceso para realizar este cambio de nombre y sexo legal. Actualmente la constitución Ecuatoriana incluye el derecho a la no discriminación por razón de identidad de género, cosa que no existe en ningún país de la UE.

No voy a decir que aquí atan los perros con longanizas. Para conseguir el cambio de nombre y sexo legal es necesario ir a juicio y hacer un alegato sobre la propia identidad de género. Es un proceso relativamente sencillo si lo conoces, pero imagino que complejo para aquellas personas que desconocen todo sobre la ley. Ir a juicio es algo que disuade a la mayoría de la gente de intentar cualquier cosa, pues los costes y el tiempo que suele ser necesario invertir habitualmente son muy altos. En la actualidad, muy pocas personas trans de Ecuador han realizado el cambio de nombre y sexo legal.

No obstante el hecho de que aquí haya que ir a juicio pero realizar tan sólo un alegato sobre la propia identidad, y de que en España no sea necesario ir a juicio pero sí aportar diagnósticos psiquiátricos y realizar intervenciones corporales me hace ser optimista. Quizá un día, dentro de algún tiempo, sea posible fusionar lo mejor de ambos sistemas y conseguir que baste con realizar una declaración escrita sobre la propia identidad de género para poder cambiar de nombre y sexo legal, tanto en España como en Ecuador o cualquier otro país.

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La basílica de Quito

Ayer fui con dos de los compañeros a ver la basílica de Quito. Yo pensaba que era la catedral, hasta que al final del día, por la noche, me sacaron de mi error. Nunca me he sentido tan extranjero como me siento aquí… Seguro que a los nacionales les entran ganas de venderme el equivalente a la sangría hecha con polvos que los españoles vendemos a los ingleses.

Divagaciones sangrieras a parte, la basílica de Quito es impresionante. Es un edificio enorme, pero la ligereza de su forma hace que esa inmensa estructura no se vea como un mazacote de piedra, sino como… como… bueno, no conozco la palabra adecuada para describirlo.

La basílica es de construcción neogótica, y aún no está terminada. Se trata de un edificio de tres naves, con girola y bóvedas apuntadas, con arcos esbeltos, que uno se pregunta como es posible que se mantengan en pie. Cada una de las columnas que hay alrededor del altar tiene una estatua, desconozco de quién, y alrededor de la girola polilobulada hay una sucesión de espléndidas vidrieras de colores que muestran diversas escenas del nuevo testamento. En el fondo de la basílica, sobre el coro, hay un gran rosetón.

Además de lo que es la basílica en si, es posible subir a una de las torres y contemplar una maravillosa vista panorámica de Quito, además de ver con más detalle las otras torres, la estructura de la basílica, etc. Lo mejor fue poder subir hasta el coro y ver de cerca el inmenso rosetón.

Una de las cosas que me llamaron mucho la atención fue que en el interior de la basílica habían tiendas… Una tienda de souvenirs y una cafetería. En la parte baja de la catedral, como si fuesen los bajos de un edificio cualquiera, habían locales comerciales normales y corrientes. A mí me pareció un crimen horrendo contra tan bello edificio, pero… supongo que ese tipo de cosas forma parte de los encantos de Ecuador.

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Tráfico rodado y deportes de riesgo involuntarios

Es difícil recordar y separar unos días de otros, unos momentos de otros. Cuando trato de recordar lo que hice ayer, tan sólo me vienen a la mente las cosas de hoy, y antes de ayer es un abismo insondable de tiempo. Los días están repletos de horas que se arrastran lentamente, llenas de imágenes, emociones, colores, personas, pensamientos… ¿Cómo da tiempo de hacer tanto en un solo día?

Ayer me atreví a dar mi primer paseo en solitario por Quito. Armado con un plano callejero de la ciudad, me encaminé hacia el consulado español para registrarme aquí como extranjero no residente.

Una de las primeras cosas que descubrí es que cruzar la calle en Quito es un deporte de riesgo. Hay quien hace alpinismo, y hay quien bucea, y hay quien cruza la calle en Quito. Cada uno se juega la vida como más le gusta.

Otra de las cosas que descubrí pronto fue que el sistema de transporte público es perturbadoramente opaco. Hay una infinidad de autobuses, troley (que es otro autobús distinto, que circula por un carril propio) y metro (que todavía no sé en qué se diferencia del troley, excepto en que hace un recorrido diferente). El troley y el metro más o menos se sabe como funcionan, porque mi mapa callejero señala los recorridos que hacen, aunque parece ser que hay varias líneas, pero de momento no he descubierto en qué se diferencian unas líneas de otras. Los autobuses, no tengo ni puñetera idea de cómo van. Los planos de autobuses son un invento que todavía no ha llegado a Quito, y las paradas de autobús se alzan en la acera, de color gris acero, misteriosas como puertas que no sabes donde te llevarán si te atreves a cruzarlas. Eso sí, el transporte público es muy barato, a 25 céntimos de dólar. Y cuando los autobuses se detienen en la parada, se baja un señor que empieza a decir a quienes están esperando en la parada: “¡¡Suban, suban, autobús a nosedonde!!”

Intimidado por las serias dificultades que puede suponer coger un autobús equivocado y luego no ser capaz de regresar al lugar de origen, decidí ir andando hasta el consulado, y llegué, a pesar de que la combinación de cuestas arriba y altitud (recordemos que Quito está a 2.830m de altura) no me lo puso nada fácil. Cuando llegué descubrí que no era el consulado, sino la embajada, pero un guardia muy amable me indicó la dirección del consulado, que me pillaba de camino para volver. A la vuelta sí que me perdí un poco, pero como las calles de Quito son bastante rectas, y paralelas o perpendiculares entre si, la pérdida no fue demasiada. Conseguí llegar al consulado, e incluso luego regresé a la casa.

En el Consulado me atendieron varias personas, desde que entré por la puerta, hasta que llegué a la primera ventanilla, todos ellos ecuatorianos, todos ellos con cara de estar chupando limones, y carácter más o menos acorde al sabor de la fruta en cuestión. Cuando por fin llegué a la ventanilla, la funcionaria me preguntó desabridamente:

–    ¿Y a usted por qué le han puesto este sello en el pasaporte? – señalando al sello que me pusieron al entrar al país.
–    Pues no le sé decir, la verdad – respondí yo, encogiéndome de hombros con mi mejor cara de pardillo. Estuve a punto de decirle “pensé que era el procedimiento normal para demostrar la fecha de entrada al país, por si acaso se me pasa la fecha del visado de turista” ó “si no sabe usted por qué me pusieron el sello…”, pero me mordí la lengua.
Tras examinar mi pasaporte un par de veces y detenerse en el nombre con cara de “que tía más machorra, si parece un tío”, me endiñó dos formularios y me dijo que los rellenara, trajese tres fotos, y pidiese turno para la ventanilla al guardia de fuera. Eso me enseñó otra cosa más: aquí en Ecuador hay que hacer formularios para todo. Estos dos son el cuarto y quinto formularios que tengo que rellenar desde que estoy aquí, y no llevo ni una semana… Además, en casi todos los casos, te los dan de dos en dos. Claro que si el sistema de autobuses es un caos, la organización de la burocracia no quiero ni imaginarla. De cualquier modo, no llevaba las fotos, así que me tuve que volver a casa con el recado sin terminar.

La tarde la pasé tranquilo, disfrutando de que por fin se me empieza a pasar el desfase de sueño. Llovió a cántaros, como si el mundo se fuese a inundar de un momento a otro, pero desde que estoy aquí, todos los días llueve así en un momento u otro, así que no me asusté.

Por la noche vinieron Ana y Eli, y estuvimos charlando y cenando. El sector “extranjero” de la casa habíamos pensado en ir hoy al casco antiguo, a hacer turismo, y Eli y Ana coincidieron en que era una muy buena idea. Les pareció tan buena idea que pensamos que sería bonito ir al casco histórico esa misma noche, aunque todavía llovía un poco y hacía frío.

Dicho y hecho, todos los de la casa, menos uno que está enfermo, nos apuntamos. Contando con Eli y Ana, en total éramos siete, así que no cabíamos en el coche. La solución era coger la furgoneta, que aparentemente no tiene limitación de espacio.

La furgoneta en cuestión es una reliquia venerable, de incontables años, que tiene la parte de atrás descubierta, es decir, es una ranchera. En la parte delantera caben dos personas delgadas y el conductor. Es decir, por fuerza teníamos que ir cuatro atrás, y yo casi obligatoriamente tenía que ser uno de los que fuesen atrás, porque si me subo delante, entonces sólo cabemos el conductor y yo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que este país me está haciendo algo raro. Yo, que conduzco con prudencia, que no me salto los semáforos, que cuando me subo al coche me pongo el cinturón de seguridad… estaba en la parte de atrás de una venerable furgoneta ranchera destartalada, más concretamente sentado sobre el borde de la misma, bajo la lluvia, subiendo y bajando cuestas bastante empinadas, en constante riesgo de caerme, o de que el conductor diese un frenazo y yo saliese despedido, o que otro coche chocase por detrás, o… lo que sea.

Lo peor del caso es que me pareció muy divertido, y lo hice sin remordimiento alguno. Como dice un amigo mío ¿en qué momento se nos olvidó vivir a los europeos? Me viene ahora a la mente el slogan de Renault “que bueno es vivir mucho”, en el que se muestra que lo bueno de la vida llega cuando eres viejo. Pero… pero… a mí no me gusta tomar riesgos innecesarios, y sin embargo en estos pocos días, en los que estoy arriesgándome bastante, es como si me acabase de despertar de un sueño y estuviese empezando a vivir de verdad. Es decir… la seguridad está bien, pero quizá sea necesario acercarse un poco a la muerte para disfrutar la vida.

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Las comidas ecuatorianas

Desde que llegué a Ecuador estoy descubriendo una ámplia gama de alimentos y de formas de cocinar dichos alimentos. No sé si lo comenté ya anteriormente, pero cuando entro en la cocina y abro la despensa o la nevera, no sé qué son la mitad de las cosas, cómo se cocinan, o si el sabor me va a gustar.

Lo cierto es que con los ingredientes que encuentro yo no sería capaz de cocinar nada decente, sin embargo, cuando los compañeros se meten en la cocina y se lían con los fogones, acaban sacando recetas con sabores exóticos y desconocidos, completas y totalmente comestibles.

Una de las cosas que me ha llamado la atención es que el pan no es el alimento básico. El alimento básico aquí es el arroz y el maiz. Me han dicho que en algunas regiones es el «mote», el maiz maduro, muy tierno y grande, de color blanco (realmente se parece más a un garbanzo cocido que a un grano de maiz). Comen mucho plátano tanto verde como maduro, y lo saben cocinar de muchísimas formas distintas. También cocinan con maní, aunque yo eso todavía no lo he probado. Y frutas, y verduras. También se come carne, de forma más o menos parecida a la española, aunque hacen pocos embutidos, y pescado, aunque menos. Supongo que en la zona de la costa serán más «pescaderos».

¿Y está bueno? Malo no está. No es como irse a Inglaterra, donde la comida es un asco. Sin embargo son sabores desconocidos, a los que hace falta acostumbrarse. Seguramente cuando lleve más tiempo aquí podré escribir otra entrada sobre la gastronomía ecuatoriana, aunque en esta ocasión, hablando con más propiedad.

Lo cierto es que ayer y hoy he estado haciendo «turismo gastronómico». Ayer nos llevaron a comer a un… una especie de asadero en el que la especialidad es cerdo asado a fuego muy lento, hasta que el interior queda bien hecho y el exterior muy crujiente. La piel hace «cortezas» de cerdo, de las de toda la vida, muy rica y crujientita. Además, el plato iba acompañado por un maduro frito («maduro» es el plátano maduro, y «verde» el plátano verde. Es totalmente lógico obviar la palabra «plátano» ya que lo estás viendo en el plato y sabes lo que es), aguacate, ensalada aliñada con cítricos y hierbas aromáticas, mota, y patatas cocinadas de una forma que desconozco pero que me recordó a las papas «meneás» que se comen en Castilla y León.

Además el asadero-merendero-restaurante (seguro que ese tipo de establecimiento tiene un nombre concreto, y seguro que me lo han dicho, pero no lo recuerdo) estaba en una zona muy bonita, frente a un club hípico, así que mientras comíamos estábamos viendo los caballos pastar en el cesped.

Decir que «estaba en un sitio muy bonito» refiriéndome a un emplazamiento de Ecuador, es redundante. Aquí todo está «en un sitio muy bonito», ya que los paisajes son impresionantes. Las montañas, increíblemente altas, están siempre a tu alrededor. Desde Quito se ve el Pichincha, que es enorme, pero que sólo es la antesala para otro Pichincha que está detrás y es aún más grande. En realidad se llaman «Guagua Pichincha» y «Ruco Pichincha», que significan «joven Pichincha» y «viejo Pichincha» respectivamente. En cuanto sales de la ciudad, todo es verde. Los pueblos, de casitas de colores, se desparraman en las laderas de las montañas, como si en lugar de haber sido construidos, se hubiesen derramado sobre la alfombra del bosque. El aire está limpio, la gente está en la calle. Hace un tiempo excelente, hasta cuando llueve a cántaros, cosa que ocurre cada día en un momento u otro, pues estamos en época de lluvias.

Después de comer fuimos a dar un paseo por un parque que está declarado paraje natural. Aunque me costó un poco de trabajo por culpa de la altura, disfruté como un enano paseando entre los senderos de eucaliptos, subiendo y bajando colinas, charlando y divirtiéndome con los amigos de aquí.

Volvimos a la casa bastante cansados, a pesar de que antes de llegar hicimos una parada en una cafetería. Sin embargo era temprano, ni siquiera eran las siete de la tarde… equivalente a las dos de la mañana españolas. No es tan extraño que yo estuviese muerto de sueño, aunque no puedo echar la culpa de todo al jet lag, puesto que los demás estaban en las mismas condiciones.

Todavía nos quedaba una última «excursión». Teníamos que ir a buscar al perro de la casa trans (Sharii) a la casa de la persona que lo había estado cuidando durante una temporada. Sabíamos que Sharii es un perro grande, pero con lo que no contábamos era con que no quisiera dejar su hogar «de acogida». Por suerte el animal se conformó con tratar de saltar de la furgoneta, con la furgoneta en marcha, y no le dio por morder a los dos enclenques humanos desprovistos de garras y colmillos que trataban de sujetarlo. Si hubiese sabido dónde íbamos, seguramente nos habría acompañado de buen grado, pues en cuanto llegó a la casa, la reconoció y se puso muy contento.

Ahora tenemos perro. ¡Y menudo perro! Con seis meses ya es enorme, y tiene muchas ganas de jugar. Por suerte también tiene un caracter noble y no es especialmente inquieto ni agresivo, así que espero que será fácil de cuidar, a pesar de su tamaño.

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Bienvenida

Mi primer día en Ecuador resultó un tanto confuso. En la casa vivimos varias personas, y yo he sido el último en llegar, así que no sé donde está nada, ni donde guardar nada, ni quién hace qué. Desconozco también el funcionamiento de casi todo, desde el calentador hasta el router, aunque robar la conexión wi-fi a un vecino que la tiene abierta ha resultado muy fácil. Tampoco sé muy bien qué son algunos alimentos que están en la nevera y en la despensa, ni como suelen cocinar aquí en general, e incluso las señales de tráfico son raras. De la relación que los conductores, los semáforos, los pasos de peatones y los peatones mantienen entre si, mejor ni hablamos.

Ahora ya se como se siente un pulpo en un garaje.

Después de haberme acostado a la 1:30 de la noche, me desperté a las 6 de la mañana, con los ojos como platos y el sol entrando a raudales por la ventana. Intenté dormir un poco más, pero no hubo manera… mi cerebro decía que las 13:00 ya no eran horas de estar en la cama, y menos haciendo tan buen tiempo. A las 7:15 claudiqué y me levanté, porque es tontería estar dando vueltas en la cama. Desayuné a las 8:30, que es el equivalente de las 15:30 aquí, y yo andaba con más hambre que el que se perdió en la isla. Habría desayunado antes, pero no tenía ni idea de qué era comestible y qué no, así que tuve que esperar a que mis compañeros se levantaran (en aquel momento sólo estábamos tres personas en la casa).

En cuanto los otros dos se levantaron, se pusieron a hacer cosas. Están arreglando la casa, que es muy vieja y necesita reparaciones constantes, y tenían cosas que hacer. A las 10 llegó un chico que viene a dar clases de ninjutsu, dentro del programa de actividades del PT (creo que eso merecerá una explicación más adelante, cuando todo sea menos nuevo y empiece a comprender como y por qué funcionan aquí las cosas). A las 10:30 llegó Luis “La Cobra”, que fue campeón mundial de boxeo, y viene a dar clases de boxeo por aquí. Llegaba con un poco de retraso.

A todo esto yo empezaba a notar los efectos de la altura. Quito está a 2850m de altura (más o menos), o sea, muy alto. Sólo de subir y bajar las escaleras de la casa ya se me agitaba la respiración, así que ponerme a hacer ejercicio… pero bueno, la cuestión es que me puse y algo hice.

Después vino Eli a acompañarme a hacer unas gestiones que necesitaba, aunque no nos dio tiempo de hacer la mitad de las cosas que yo quería. Al parecer cualquier pequeño trámite que se haga aquí, como abrir una cuenta en un banco, requiere una gran cantidad de papeles, requisitos, y colas. A mí más o menos me daba igual, porque me dejé la percepción del paso del tiempo en Madrid y todavía no la he recuperado, y además no tenía otra cosa que hacer, pero Eli iba con el tiempo justo y al final acabamos casi corriendo… sólo que a esas alturas yo estaba ya bastante tocado por el cambio de horarios y la propia altura, y no andaba para muchos trotes.

Aprovechamos la ocasión para echar un vistazo preliminar a lo que es el centro comercial y de negocios de Quito. No podría decir que es bonito, ni feo, pues no se parece a ningún sitio en el que haya estado antes. Junto a los impresionantes edificios modernos, de bastante altura sin llegar a ser rascacielos, con fachadas de cristal, se combinan las calles asfaltadas a base de parches, las aceras mal mantenidas, los autobuses urbanos antiquísimos, y los puestos de comida callejeros, o personas vendiendo frutas y verduras en los semáforos. Mientras que la limpieza y decoración de los edificios y los enormes centros comerciales es escrupulosa, las calles tienen un aspecto descuidado. Eso sí, hay árboles y plantas por todas partes.

Volví a la casa hecho polvo, pero tras una siesta de una hora, resucité como si nada. Mientras estaba fuera llegaron el resto de compañeros, los que no pudieron estar el día anterior a causa de un pequeño accidente, así que la sexta (o séptima, no estoy seguro) promoción de residentes políticos transfeministas del PT estaba ya al completo.

Por suerte, la casa es grande. Ahora mismo estamos viviendo aquí seis personas, aunque falta una, que es la residente más antigua de la casa, y que está en Bolivia para una conferencia. Curiosamente, mientras que aquí casi siempre se han alojado mujeres trans, en esta ocasión somos todos hombres. Está Jay, que viene de los EE.UU. y se queda sólo unas semanas, Gabrielle, que es Colombiano y vino aquí para estar dos o tres semanas, pero ya lleva cuatro meses y no tiene intención de marcharse, al menos de momento, Pascal y Jeycob (tengo que reconocer que no sé como se escribe el nombre de Jeycob, debería preguntárselo), que vienen de la provincia de Manabí, donde hay tradición de que las personas trans no realicen ningún tipo de modificación corporal, y la situación está bastante bien aceptada, todo ello gracias a la fuerte influencia de la cultura kichuwa que todavía hay allí, Jorge, que es un activista intersexual, y Hugo, que no vive en la casa, pero está de visita.

A parte de los “internos” también hay muchos colaboradores externos, como Ana Almeida, que es la directora del PT, Elisabeth Vásquez, que es la coordinadora política, y un montón de gente más a los que todavía no conozco.

De los que conozco, todavía puedo decir poco, pues casi no los conozco. Algunos son muy dulces, otros muy divertidos, los que proceden de Manabí hablan un dialecto del español que me resulta muy difícil de entender, aunque a ellos también les resulta complicado entenderme a mí (dicen que entienden mejor al americano, supongo que porque tiene más acento ecuatoriano que yo), y uno de ellos tiene los ojos más bonitos que haya visto en mi vida. Tienen música puesta a todas horas, pero también es verdad que están todo el tiempo haciendo cosas sin parar, así que es normal que quieran estar escuchando algo de música para animarse.

Parece mentira que en un solo día de tiempo a que pasen tantas cosas.

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Cruzando el charco.

Decidí irme el miércoles a Madrid, aprovechando que un amigo me dejaba quedarme en su casa. La otra opción era coger el autocar Granada-Madrid de madrugada, y no era algo que me hiciese mucha ilusión.

Aproveché el tiempo extra en Madrid para ver a otros dos amigos más y despedirme de ellos. Después de toda una semana de despedidas presenciales, virtuales y telefónicas, empezaba a darme mucha pena lo de irme. Incluso llegué a soñar que no cogía el avión, pero lo siguiente que hacía en mi sueño era buscar desesperadamente otro pasaje, para la fecha más próxima posible, al precio que fuese. Lo bueno de los sueños es que a veces sirven como ensayo para saber como reaccionarías en la vida real.

Llegué al aeropuerto alrededor de la una del medio día, porque el avión salía a las cuatro y media y había que presentarse tres horas antes del embarque (¡tres horas!). Me acompañaba una amiga que viendo que mis previsiones monetarias se habían quedado cortas, me hizo el favor de prestarme algo de dinero (lo que no acordamos fue cómo se lo devolvería, ella dice que en cromos del capitán no-se-cuantos, pero obviamente yo no me quedé mucho con la copla, así que me parece que no va a poder ser).

Facturar el equipaje fue dificilillo, teniendo en cuenta que no estaba anunciado en ninguna parte dónde se encontraban los mostradores de Avianca, que era la compañía con la que volaba. Encontrar la puerta de embarque fue más difícil todavía, teniendo en cuenta el tamaño de la terminal T4 de barajas, que incluso tiene un tren dentro para ir de un lugar a otro. Tardé aproximadamente media hora en llegar desde el control de la Guardia Civil hasta la puerta de embarque…

El chico que me atendió a la hora de facturar las maletas, debía tener el día gracioso, porque al mirar que mi billete era hasta Quito, con conexión en Bogotá, me dice:

–          Va hasta Quito ¿verdad?

–          Sí – respondí yo.

–          ¿Pongo el equipaje para que llegue hasta Quito?

–          Hombre, mejor que sí, porque si yo llego a Quito y el equipaje se queda en Bogotá, no va a tener mucho chiste la cosa.

Yo quiero pensar que estaba de cachondeo, porque la otra opción es que el muchacho gustaba de aterrorizar a los pasajeros haciéndoles pensar en la posibilidad de que su equipaje se pierda.

En el control de la Guardia Civil me puse un poquito nervioso porque era la primera vez que viajaba con un portátil, y no sabía si iba a tener problemas por ello, pero no me pusieron ninguna pega. También iba un poquito nervioso porque he notado que últimamente todo el mundo me llama “señor”, “caballero”, y cosas así, lo que me da una idea de que me debe haber cambiado la cara bastante. En realidad no hace falta que me lo diga la gente, porque últimamente, cuando me miro al espejo veo a un chaval bastante joven al que no conocía todavía. Por suerte me parezco lo suficiente a la foto del pasaporte como para que sea evidente que soy yo, y me da la sensación de que en los controles del aeropuerto casi nadie lee el nombre, sino sólo la foto y el apellido. No tuve ningún problema en el control, y lo único destacable es que uno de los guardia civiles me preguntó qué edad tengo, probablemente sospechando que podía ser menor de edad.

Llegué a la puerta de embarque casi una hora antes de que empezasen a embarcar, hora que aproveché para comerme un par de hamburguesas casi comestibles que había comprado fuera del aeropuerto, siguiendo el consejo de la amiga que me había acompañado (un muy bien consejo). También aproveché la ocasión para contravenir la orden que me dio de esperar a encontrarme en el aire antes de abrir el regalo que me había dado. En realidad no me había hecho un regalo, sino dos, el otro de parte de una amiga común, pero como el de nuestra amiga era más grande lo tuve que meter en la maleta, y ese sí que es verdad que no pude abrirlo hasta que llegué a Quito.

Como sé que a mi amiga le va a dar mucha vergüenza que diga lo que me regaló, no lo digo, pero sí que diré que no se imagina hasta que punto acertó con el regalo en cuestión. ¡Muchas gracias!

Embarqué en el avión con toda normalidad, sin ninguna pega por el tema de los documentos, ni caras raras, ni nada. En este punto hay que decir que yo vengo de un pueblo, que la primera vez que subí en un autobús urbano fue a los 17 años, y no estoy muy acostumbrado a eso de los aviones, a no ser que los vea en el cielo. Además, los últimos vuelos que he cogido eran de compañías “low cost”, es decir, aviones de hojalata desprovistos de la más mínima comodidad o atención, y que llevan asientos de milagro, así que entrar en un avión de línea regular, que además hace un recorrido transatlántico para mí fue toda una experiencia. Era largo… largo… ¡Más largo que un autocar! Y en cada fila tenía diez asientos. Los asientos eran un poco estrechos, y estaban bastante apretados, pero tenían una cosa curiosa: una consola en el respaldo del asiento delantero, donde uno podía ver películas “de estreno”, jugar, escuchar música, ver mapas con la información del vuelo, etc… Algo muy de agradecer si vas a meterte en un vuelo que dura diez horas.

Una de las cosas divertidas de volar en dirección oriente es que vas ganando horas a medida que el avión avanza. Es decir, cada uso horario que atraviesas es una hora que tienes que atrasar el reloj. La consecuencia de ello es que, aunque el viaje duró diez horas, despegamos a las 16:25 y llegamos a Bogotá a eso de las 20:30.

No sé muy bien cuanto tiempo estuve esperando en el aeropuerto de Bogotá, porque a esas horas en España eran las 3 de la noche y yo ya había perdido por completo el sentido del tiempo. Creo que estuve alrededor de una hora y pico, aunque como en la sala de embarque en la que nos tenían “secuestrados” había televisión, la cosa no fue para tanto. Además los asientos eran relativamente cómodos (más que los de Barajas) y, sobretodo ¡anchos! Después de 10 horas de vuelo, se agradecía poder estirar brazos y piernas.

El avión de Bogotá a Quito era una copia del anterior, sólo que más corto (aunque seguía siendo más largo que un autocar) y con seis asientos por fila. Tenía también la consola para ver películas, aunque el vuelo fue tan corto que no me dio tiempo ni de ver un capítulo de House (ver House doblado con acento colombiano es una experiencia curiosa). En realidad no me dio tiempo ni de ir al servicio, y eso que estaba bastante empeñado en ello. Una hora después de despegar estábamos aterrizando, eran las 23:00 hora local, y las 06:00 en España.

La sensación de que “hoy es mañana” es tan curiosa como lo de ver House doblado con acento colombiano. A la hora que era, ya más que tarde para mí era temprano. Mi cuerpo entraba en zona “madrugón” y se me estaba empezando a quitar el sueño. Fue una suerte porque desde que bajé del avión hasta que conseguí salir del aeropuerto pasó una hora. El control de inmigración estaba completamente colapsado y yo fui uno de los que llegaron al final de la cola. Lo bueno es que no tuve que esperar a que salieran mis maletas, cuando salí yo, ya estaba todo el equipaje fuera.

En el control de inmigración ecuatoriana sí que me pusieron un poco de cara rara al ver el pasaporte, aunque teniendo en cuenta que yo estaba con jet lag y ya llevaba 14 horas de viaje comprendidas dentro de un día de 31 horas, es probable que fuesen figuraciones mías.

Cuando por fín logré salir, me estaba esperando un “pequeño” comité de bienvenida. Pequeño porque estaba previsto que viniesen 9 personas, y sólo fueron cuatro, ya que los otros cinco habían tenido un pequeño accidente que pudo haber sido bastante grave, pero que creemos que se quedará solamente en un susto.

Como parte de la bienvenida, me llevaron a comer perritos calientes. Nos contamos un montón de anécdotas sobre la preparación del viaje, y nos reimos mucho. Aunque a casi todos ellos los conocía tan solo de manera virtual, en seguida me sentí como en casa.

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¡Viaje!

Quería escribir un post más largo antes de marcharme, pero la mudanza, las maletas, las despedidas, etc, no me han dado tiempo a más. Así que sólo decir que mañana (día 15) cojo el avión para Quito y que… bueno, ya reapareceré por aquí en cuanto me sea posible.

Estoy muy nervioso y bastante cansado, pero ilusionado también.

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Despidiéndome.

Si alguna vez quieres dar un paseo auténticamente bonito, haz que te acompañe un fotógrafo.

Esta semana he tenido la suerte de que mi amigo Arguez viniese a visitarme. La suerte ha sido por la fecha, no por el hecho de la visita en si misma. Mientras le llevaba a mis lugares favoritos de Granada capital y provincia, aprovechaba para verlos yo también y despedirme de ellos.

Él dice que no es un buen fotógrafo, pero a mí me gustan las fotos que hace. Tal vez no sean las mejores fotos del mundo (dice que todavía le queda mucho que aprender), pero me parecen bonitas, especialmente por la forma que tiene de ver las cosas y las personas que le rodean.

No sé si será porque, pensando en que puede pasar bastante tiempo hasta que vuelva, lo veo todo más bonito. El mar está más azul, las montañas más blancas donde la nieve las cubre, y más verdes donde no, el aire es más transparente, el sol calienta con la precisión justa, y la gente parece más contenta. O quizá sea porque cuando vas con alguien que se encuentra permanentemente buscando cosas bonitas que fotografiar, tú también las ves, de rebote. Tal vez se trata de que este año ha llovido más que nunca y ahora todo está más limpio y más vivo. O una combinación de todo ello.

Esta semana he hecho una de las excursiones más bonitas de mi vida. Vi un arcoiris completo reflejado en el agua que expulsaba un pantano, y un campo lleno de hierbas altas y flores, todo de verde y amarillo, en lugar de la vegetación agonizante y escasa a la que estamos acostumbrados los andaluces. Había un olivo con aspecto de estar feliz, y el caparazón de un caracol completamente blanco. Una vieja rambla que siempre había conocido seca llevaba agua de lado a lado. En la playa unos niños jugaban desnudos (eso no lo fotografió), y una puesta de sol increible.

Otro día madrugamos para ver el amanecer desde el mirador de San Nicolas, con el sol saliendo detrás de la Alhambra y la plaza para nosotros solos (nunca la había visto vacía). Debo decir que me quejé mucho del madrugón, pero es que hay que protestar. Nos quedamos sin ver la Alhambra por dentro, pero sí pude volver por última vez a la Catedral. El casco antiguo de Granada, lleno de palacetes, y el Albaicín, ya los habíamos recorrido el primer día.

También me estoy despidiendo de mis amigos, aunque me cuesta. De Encarni y su marido, de la gente de Conjuntos Difusos, de mi grupo de amigos que juegan a rol, de la familia… Es una suerte y un honor tener a tanta gente para despedir, y que me de tanta pena marcharme. Despedirme de algun*s me cuesta muchísimo.

Por otra parte, me llegan noticias de lo que están haciendo en Ecuador, y me muero de envidia por no estar ya allí. ¡¡¡Ojalá pudiese estar en los dos sitios a la vez!!!

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