Archivo mensual: febrero 2010

Revisión de la Ley 3/2007 (I)

Recuerdo el día en que supe de la existencia de la Ley 3/2007, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas, también conocida como «ley de identidad de género», aunque no se muy bien la razón.

Iba a Granada con mi padre, a comprar a un proveedor. Mi padre, como casi siempre en aquella época, tenía puesta la COPE (ahora no sé si sigue escuchando la COPE o no). Tres personas, una mujer y dos hombres, hablaban sobre la nueva ley que permitiría a los transexuales cambiar de nombre y sexo legal después de dos años de hormonación, sin necesidad de ir a juicio y sin tener que operarse de nada. Los tres estaban de acuerdo en que se trataba de una ley necesaria, que estaba muy bien que la gente pudiese adecuar sus papeles para poder tener una participación plena en la sociedad, no sufrir discriminación y salvaguardar su intimidad.

Yo tenía un pellizco en el estómago. Me alegré mucho de que saliese esa ley, pensando que si yo fuese transexual, me gustaría que hubiese una forma fácil de cambiar de nombre y sexo legal. Por aquel entonces eso era una tarea casi titánica. Había que ir a juicio, un juicio que podías ganar o perder, y había que someterse no sólo a ciertas cirugías (en el caso de las mujeres trans a la vaginoplastia, en el caso de los hombre, normalmente se consideraba que era suficiente con la masectomía, ya que la faloplastia no queda muy bien), sino a que un perito les hiciese un exámen físico y comprobase que se habían operado. No me parecía justo y aunque tenía la vaga idea de que esperar dos años antes de poder cambiar de sexo y nombre era esperar mucho tiempo, y que probablemente el segundo año sería difícil, me entusiasmé.

Por supuesto, no podía demostrar que esa noticia me había alegrado mucho. Ese día muchas personas trans bailaron, se abrazaron y lo celebraron. Yo me limité a decirle a mi padre:

– Pues está muy bien esa ley ¿no? – aún a sabiendas que este pequeño comentario podía delatar un cierto sentimiento que no sería bienvenido.

– Psche… – respondió mi padre -. A mí me da igual, no es mi problema.

Es uno de esos momentos que se te quedan grabados a fuego en la memoria. Como si lo viera ahora, acabábamos de dejar atrás la rotonda que se encuentra en la intersección entre dos carreteras nacionales, el sol estaba todavía alto y me caía agradablemente sobre la cara. Eran alrededor de las cuatro de la tarde y yo entraba en ese estado de sopor que nos da a los que estamos acostumbrados a dormir la siesta, cuando no dormimos a la hora de la siesta.

Una voz en mi interior, sin permiso y sin control, me susurró: «puede que sí que llegue a ser mi problema». Al instante la mandé callar (en eso tenía mucha práctica) y pensé una buena respuesta que darle a mi padre.

– También es verdad – dije, fingiéndo que no le daba más importancia. Cerré los ojos y dejé que el sol me adormeciese mientras en la radio seguían dándole vueltas al tema.

En aquel momento no sabía que algún día yo llegaría a hacer uso de esta ley. Mucho menos imaginaba que se convertiría en una preocupación de primer orden para mí y que incluso se presentaría como un obstáculo para que pudiese ejercer mi derecho constitucional de libertad de residencia, y que sería uno de los principales motores motivacionales para ponerme a estudiar derecho.

Muy pocos o ninguno de los que en aquel momento celebrábamos aquella ley, abiertamente o en el armario, podíamos imaginar todos los problemas que conllevaría. Pensamos que con ella ya estaba todo resuelto, pero estábamos muy equivocados.

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Materializar los sueños

El otro día estaba hablando con un amigo cuando noté que se me quebraba la voz (si no hubiese estado hablando, no lo habría podido notar, claro).

– Anda, que bien, me salen gallitos – comenté ilusionado a mi amigo.

– ¡Que época más bonita estás viviendo! – respondió mi amigo, echándose a reir – ¡La adolescencia! ¡Con lo bien que me lo pasé yo en aquella época!

Me da la impresión de que a este amigo mío le divierten mis cambios casi tanto como a mí. También es bueno tener cerca a alguien que se lo pasara bien durante la adolescencia, porque generalmente la mayoría de la gente tiene mal recuerdo de ella, y desde ese punto de vista, pasar dos veces por lo mismo se hace un poco cuesta arriba.

Lo cierto es que voy entendiendo un poco de donde viene el deseo de cambiar el cuerpo. No sé si lo he contado alguna vez, pero yo tenía un sueño y una pesadilla recurrentes, que se han cumplido. Eran mi mejor sueño, y mi peor pesadilla, los que me provocaban las mejores y peores emociones.

No hablaré de la pesadilla que se cumplió, porque hoy no me apetece pensar en ello. Hablaré del sueño, porque en ese sueño yo era un hombre. Ese sueño ya se ha cumplido, porque para ser un hombre no hace falta que ningún psicólogo te diagnostique de una enfermedad mental, ni tampoco hace falta meterte hormonas en el cuerpo para sustituir las que tú mismo producías, ni, mucho menos, hace falta meterse en un quirófano para que un cirujano «reasigne tu género» mediante cirugía. Es una decisión personal que entra en vigor cuando uno la toma, se oponga quién se oponga a ella… aunque mi experiencia es que muy pocos se han opuesto, y los que lo hicieron, poco a poco van aceptando que no tiene sentido oponerse a algo que solo le concierne a uno mismo.

Sin embargo en mi sueño yo era un hombre y mi cuerpo era cuerpo de hombre. Cada uno sueña con lo que puede, y mi subconsciente no es filósofo ni erudito, así que soñaba eso. Tal vez en otra sociedad en la que existiesen soluciones para personas como yo, habría soñado otras cosas, o quizá se habrían quedado en el plano consciente, como deseos alcanzables, a la misma altura que eso del «amor, dinero y salud». Como no vivo en esa sociedad, que vivo en esta, mis sueños eran esos y no otros. No me quejo, era un sueño fantástico, y por las mañanas me levantaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Ahora, poco a poco, voy viendo como ese sueño vuelve a cumplirse, no ya sólo en el plano de la experiencia de «ser un hombre», sino también de manera casi literal, a nivel físico.

Alguna vez he dicho que la transexualidad es una putada, se pasa muy mal. Pero luego también trae estas otras cosas que te hacen sentir muy bien, y al final, si lo piensas, es posible que te des cuenta de que merece la pena. Porque ¿cuantas personas en el mundo tienen la increible oportunidad de ver materializarse sus sueños en la realidad?

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Cicatrices

Tengo un montón de cicatrices. Las dos más antiguas están en los lóbulos de las orejas, y me las hicieron mis padres cuando yo aún no tenía uso de razón. Estas perforaciones, en las mujeres se llaman «agujeros para los pendientes» y en los hombres «piercings». Algunas personas, cuando los lleva un hombre, les llaman «que feo está un tío con pendientes» o «vaya mariconada». Cosas así.

Tengo una cicatriz en la espalda de una verruga que me quitaron con poco tino. Esa cicatriz me tuvo muy acomplejado hasta que a los 18 años decidí hacerme un tatuaje cerca. Desde entonces estoy seguro de que la gente que me ve la espalda no se fija en la cicatriz, sino en el tatuaje. Esta cicatriz es de cuando tenía unos 15 – 16 años, igual que otra que tengo en la pierna de un pelito al que le dio por crecer hacia dentro, y que me quitó el mismo dermatólogo que me quitó la verruga. Ya no volví a ir más.

Tengo una gran cicatriz que me recorre el estómago desde el esternón hasta un poquito más arriba del ombligo. Está muy bien trazada, casi como con tiralineas, y es muy finita. Aunque es grande, me han dicho que casi no llama la atención. Esta cicatriz es de cuando me operé del estómago. Cirugía bariátrica para adelgazar, porque llegué a pesar 140 kilos.

Al lado de la cicatriz grande, tengo una pequeñita, correspondiente a un agujero que tuvieron que hacerme para colocar uno de los drenajes. Ahí no fue posible echarme puntos (tampoco era necesario), por lo que tardó un poco más en cerrar.

Andy WarholTengo cicatrices internas. Los huesos de los tobillos un poco tocados, por culpa del sobrepeso. También en los lugares donde el cirujano cortó y cosió: el estómago, varios puntos del intestino, y la vesícula biliar extrirpada. Ahora ya no las noto, pero durante un par de años sí que era consciente de ellas, pues a veces notaba como si me tiraran. Esto, además de cicatrices, son mutilaciones.

Tendré cicatrices futuras. Quiero hacerme la masectomía, así que probablemente me quedarán dos cicatrices grandes por debajo del pecho y, también en los pezones, aunque a veces las de los pezones no se notan mucho. Es habitual, además, perder sensibilidad en el pezón. Esto también será una mutilación.

Muy probablemente también me haré la histerectomía, porque dicen que no es bueno dejarse dentro los ovarios, útero y demás, aunque tampoco hay pruebas concluyentes de que sea malo. Ahora esta operación se hace con laparoscopia en la mayor parte de los hospitales, así que supongo que si me la hago no quedará cicatriz. Simplemente será una mutilación más para la lista, además de la esterilización definitiva e irreversible.

Ninguna de mis cicatrices me duele. Todas las cicactrices pasadas han sido necesarias y buscadas, excepto las de las orejas. Estoy esforzándome en conseguir que algunas de las cicatrices que aún no tengan, se hagan realidad. Pienso mucho en ello y en como conseguirlo cuanto antes. Supongo que soy un poquito raro.

También tengo otras cicatrices que no están en el cuerpo. Una de ellas me pica cuando me cruzo con una pandilla de adolescentes, siempre me quedo temiendo que me insulten, como lo hacían cuando yo mismo era adolescente, aunque lo cierto es que hace años que no tengo problemas, y ni siquiera me miran.

No voy donde no me invitan, aunque sea con alguien con quien tengo suficiente confianza como para saber que estoy invitado sin necesidad de que me lo diga. Hubo un tiempo en el que, aunque me invitasen, en realidad nadie quería que estuviese, así que cuando me siento bien con un grupo de gente, conocidos o desconocidos, me sorprende. Igual que cuando alguien valora algo que he hecho. O cuando un amigo o amiga tiene un detallazo conmigo, y encima lo hace con muchísima ilusión (en estos casos nunca estoy seguro de saber responder de manera adecuada, o si no acabaré por decepcionar a esa persona de manera que se arrepienta y no quiera volver a saber de mí). O cuando encuentro a alguien que me muestra simpatía instantánea sin conocerme.

Lo contrario me produce inseguridad. Si encuentro alguien que me trata con antipatía, o creo cometer algún tipo de Botellaerror «social» tengo miedo a que todo vuelva a empezar, a que, de repente, todo el mundo se enfade conmigo y me quede solo de nuevo. Cuando me invitan a ir a algún sitio y digo que no, temo que no me vuelvan a invitar nunca más.

Estoy aprendiendo a controlar todo esto. Aunque no puedo dejar de sentirme abrumado (y avergonzado) cuando hablo y noto que me escuchan con interés, al menos he aprendido a pensar de manera racional que no hay un motivo para que no sea así, puesto que prácticamente todo el mundo tiene cosas interesantes que explicar. ¿Por qué iba a ser yo menos? También estoy aprendiendo a decirme a mi mismo que no puedo llevarme bien con todo el mundo, ni caer bien a todo el mundo, pero que eso no significa que, de repente, todo el mundo vaya a volverme la espalda. Estoy aprendiendo que puedo escoger a mis amigos, en lugar de conformarme con intentar agradar a la gente que me soporta, aunque no me aporten nada.

No creo tener más cicatrices que la mayoría de las personas, aunque eso no me consuela, ya que tampoco creo que las cicatrices lleguen a borrarse del todo. Sí confío en que se irán difuminando poco a poco, y al final ni me acordaré de ellas, igual que en realidad casi nunca me acuerdo de las otras cicatrices más visibles que llevo en el cuerpo. Hacerse mayor, ser un adulto, debe ser algo parecido de esto.

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Poniéndome en forma.

Siguiendo las recomendaciones de la endocrina, me he apuntado al gimnasio, y siguiendo las recomendaciones de Ángela y de otro amigo, estoy haciendo ejercicios aeróbicos y no pesas.

Ya he ido dos días, así que me siento muy orgulloso de mi mismo por ello. ¡Dos días seguidos! Bueno, con el fin de semana en medio. El primer día estuve haciendo pilates. Cuando vivía en casa de mis padres, también hacía pilates, y la verdad es que me gustaba mucho. Es un buen ejercicio para los que estamos empezando a coger forma, aunque también puede ir subiendo de nivel para los que están más entrenados. Además, requiere prestar mucha atención a la postura, a la coordinación, al equilibrio y a la respiración, de modo que al final no puedes pensar en otra cosa a parte de lo que estás haciendo justo en ese momento, por lo que, inevitablemente, el cerebro desconecta de las preocupaciones cotidianas (incluida la de «el gimnasio cuesta 40€, y yo no tengo 40€, esta semana me la voy a pasar comiendo sopa de cebolla, porque si no…) y uno sale muy relajado.

También me gustaba mucho mi antigua maestra de pilates, que yo me atrevería a decir que debe ser una de las mejores de España. Gracias a sus entrenamientos, su hija, que tiene espina bífida hasta bastante arriba, anda sin muletas, para estupor de los médicos, que dicen que debería estar en silla de ruedas. A mi antigua maestra le apasionaba lo que hacía, y eso se notaba.

La monitora que hay en el gimnasio parece que no lo hace mal, aunque con treinta personas en la clase es difícil prestar atención a todos los alumnos y asegurarse de que están haciendo correctamente los ejercicios. Además, cree que soy una chica, y no he tenido oportunidad para sacarla de su error.

Hoy, sin embargo, la clase de pilates era a las 21:30 de la noche, y tan tarde no me apetecía ir, así que he ido a otra de «BodyTonif», que debe ser la abreviatura de alguna otra cosa, o quizá no lo sea. Aún así, el nombre es bastante descriptivo… tonificar el cuerpo. Consiste en hacer series de muchas repeticiones sin descanso, con un poquito de peso, con lo que al final el ejercicio es aeróbico y agotador.

La clase de pilates la seguí bien, pero también es verdad que habían muchas mujeres mayores, así que sospecho que el nivel no era muy alto que digamos. Al día siguiente tenía una pocas agujetillas, pero ya esta. La de «BodiTonif» ha sido una tortura china de 60 minutos de duración en la que casi hecho el corazón y los pulmones por la boca (cuando notaba que estaba a punto de escupir algún órgano interno, me paraba, ya que imagino que eso no debe ser nada sano). Sospecho que mañana voy a tener unas agujetas mortales. Ay.

Ir al gimnasio me presenta dos problemas fundamentales. Por una parte, que no me atrevo a entrar en el vestuario, ni al masculino, ni al femenino. NO me voy a duchar en un vestuario público, sea de la clase que sea. Por otra parte, temo entrar y ver en las duchas a otros, más que nada porque creo que podría llegar a tener problemas. Ir a los vestuarios de las mujeres no es una opción, así que he decidido no ir a los vestuarios de ninguna manera. Después de todo, mi casa está a 10 metros, cinco pisos más arriba.

El segundo problema es la ropa. Normalmente, para disimular la forma de mi cuerpo, uso una faja, y luego varias capas de ropa una o dos tallas más grande de lo necesario. Ya sea invierno o verano, es raro verme con menos de tres capas de ropa (la faja cuenta, ya que es como una camiseta muy ajustada). En invierno, no está mal, en verano es un poco incómodo. En el gimnasio es imposible. Si quiero poder moverme con comodidad, no puedo llevar una chaqueta sobre la camiseta, y los pantalones de deporte, aunque también son una talla mayor de lo necesario, se me ajustan a la forma de la cadera, los muy traidores y chivatos. Vamos, que no es raro que la monitora piense que soy una chica (snif, snif).

Menos mal que a estas alturas ya no tengo vergüenza de casi nada, ni de pararme por ser incapaz de seguir el ritmo de la clase, ni de decirle a la gente «es que soy un chico» por más que las evidencias muestren lo contrario. Además, me queda el consuelo de que las cosas van a ir cambiando poco a poco a partir de ahora.

Hablando de cambios, no he vuelto a notar nada nuevo (aunque lo que ya notaba, se sigue notando, claro), excepto que he empezado a tener sofocos. El primer día que fui consciente de ellos fue el miércoles pasado (llevaba 8 días de hormonación), que sin pocas me muero de calor yo solito. Después me han seguido dando, pero ya con menos intensidad. Con el frío que está haciendo, tengo que reconocer que, aunque resultan un poco molestos, también son bastante prácticos. De hecho tengo la impresión de que estoy empezando a ser menos friolero, sobretodo porque normalmente a esta hora (por la noche) y con la temperatura que hace, tendría la estufa encendida, y sin embargo no es así. Miedo me da cuando llegue el verano.

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Laura.

Objetivamente entiendo que algunas leyes, como las que regulan la inmigración, son necesarias. No se puede permitir la libre circulación de personas y objetos entre distintos paises, pues podría producirse un grave desequilibrio de la economía, eso sin contar con que el país que albergase a todo aquel que quisiese vivir y trabajar en él, muy pronto se vería lleno de delincuetes importados de todos los rincones del mundo.

Cuando veo a la gente jugarse la vida para llegar a España como sea, subidos en una barquicuela, encerrados en la parte trasera de un camión, o usando los ahorros de toda su vida para comprar un billete de avión y trasladarse a otro continente con una o dos maletas, dejando atrás todo su pasado, su cultura y suss familias, me cuesta más entender esta ley. O cuando les veo viviendo aquí en las condiciones más miserables, pero contentos, y creo que es porque las condiciones son mejores que las que tenían en sus paises.

En el pueblo de mi padre hay muchos inmigrantes ilegales, y un enorme cuartel de la Guardia Civil. Antes, cuando llegaba una patera, un guradia civil iba a buscar a uno de los vecinos de mis padres, marroquí, para que hiciera de intérprete. Se ponía debajo del balcón, lo llamaba a voces por su nombre, y el hombre bajaba a ayudar. Todos sabían que no tenía papeles, como también sabían que era inteligente, alegre y muy trabajador.

Cierto día, por un motivo que desconozco (tal vez una denuncia, o quizá una orden de arriba), la Guardia Civil hizo una redada. En cuanto se corrió la voz por el pueblo, una desbandada de personas, sobretodo marroquíes y rumanos, salieron corriendo de sus casas a esconderse donde pudieran hasta que pasar a el chaparrón. Todos ellos eran vecinos y trabajadores del pueblo, y la mayoría eran apreciados por sus jefes y por los otros vecinos. A la hermana de aquel que hacía de traductor, la cual a sus veintipocos años había cruzado el Mediterraneo en patera (no digo «el estrecho» porque en esta zona no hay nada de estrecho, sino que es bastante ancho) para venir a España a trabajar como una campeona (estaba empleada en un invernadero, según recuerdo), la cogieron y la devolvieron a Marruecos. Por suerte su jefe la ayudó a regresar, esta vez con un contrato de trabajo. Supongo que otros no han tenido esa suerte.

Al recordar esta historia y otras similares, no puedo evitar pensar que esta gente no merece vivir con miedo de que les deporten el día menos pensado, o estar encerrados en España porque si se marchan no podrán volver. Como aquel que durante casi tres años estuvo sin ver a su hija nacida en Marruecos después de que él llegase aquí, también ilegalmente. Por eso, no podría criticar a alguien que se saltase las leyes y cometiese algún acto ilegal para ayudar a que estas personas consiguiesen un permiso de residencia. A veces hay motivos para hacer este tipo de cosas, una causa justa. ¿O es que nadie ha defraudado nunca a Hacienda, que somos todos?

No sé si esto (saltarse alguna que otra ley) es lo que ha hecho Laura Bugalho, activista gallega que ahora está acusada de falsedad documental y favorecimiento de la inmigración ilegal. La policía dice que sí, los jueces están con ello, y a ella no le he preguntado, porque creo en la presunción de inocencia, de modo que, hasta que no se demuestre lo contrario no ha hecho nada malo. Preguntar es dudar. Además, francamente, tampoco me interesa saberlo. Tanto si la acusación es cierta como si no, mi opinión es que no merece ser condenada.

Laura es una mujer alta y enérgica, habla de manera vehemente, pero sin arrogancia. No va de víctima. La he visto poco tiempo, pero nunca la escuché decir que no mereciera lo que le estaba pasando o presumr de sus buenas acciones o de a cuanta gente ha ayudado. Creo que, si llevó a cabo esas falsificaciones de las que se le acusa, debió hacerlo sabiendo a lo que se exponía, y aceptó el resigo porque era lo que tenía que hacer. No es una mártir, y le da miedo ir a la cárcel, perder la libertad y perder de vista a su gente, no poder seguir cuidando de ellos.

Las personas anónimas que casa día se esfuerzan en hacer de este mundo un sitio algo mejor, sin ganar nada a cambio, no reciben premios nobel, sino demandas judiciales. Los premios son para los políticos que hacen las leyes que, a veces, no queda más remedio que contravenir (repito, desconozco si Laura hizo o no hizo algo ilegal, en ningún momento pretendo dar a entender que sí, porque, de verdad, no tengo ni puñetera idea. De hecho, es inocente mientras no se demuestre lo contrario, así que parto de la base de que no, no ha cometido delito alguno). Y encima, los políticos cobran por lo que hacen, mientras que, por lo general, los que ayudan sin más, ponen el poco dinero que pueden tener. Que mundo más raro este.

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Primeros cambios (increible, pero cierto)

Hoy hace justo una semana desde que empecé con las hormonas, e, increiblemente, ya noto algunos cambios visibles.

Lo cierto es que venía notando cosillas, como el pequeño malestar, que me duró un día y ya se me ha pasado, o un ligera subida de la líbido, ambas cosas perfectamente achacables a la autosugestión. También me pareció verme un pelo nuevo en la barbilla, pero no me pareció muy probable, sino más bien, que quizá no lo hubiese notado hasta ahora (total, como ya tengo unos cuantos de esos), y un ligero cambio en algún otro sitio. Todo ello más probablemente producto de mi imaginación que otra cosa, porque en tan poco tiempo, poco se puede haber notado ¿no?

O eso pensaba yo hasta que hoy, cuando me duchaba, me fijado en que me han salido un montón de pelos en el pecho, y he alucinado en colores. No es que fuese un pelito o dos más, algo que pudiese achacar a mis ganas de ver cosas donde no las hay, no… nada de eso… Eran unos cuantos pelos, y además, largos como de 3 ó 4 centímetros (¿como narices les ha dado tiempo de crecer tanto en sólo 7 días?).

En cuanto me he dado cuenta, lo primero ha sido anunciarlo y mostrarlo a la persona que tenía más cerca (por suerte, alguien con quien tenía suficiente confianza), que ha coroborado que, efectivamente, no son imaginaciones mías, aunque si hubiese dicho lo contrario, le habría recomendado que se comprase unas gafas, porque vamos… no es que sea una mata de pelo, pero unos cuantos sí que hay. En realidad, unos 10 ó 12 pelitos. Puede que no parezca mucho, aunque se ha de tener en cuenta que la semana pasada no estaban ahí, de modo que es bastante impresionante.

No hace falta que diga que estoy contento como un niño con zapatos nuevos. Se lo he contado a todo el que ha hablado conmigo, y cada vez que me acuerdo se me pone una sonrisilla boba. Tanta emoción por un puñado de pelos, sobretodo teniendo en cuenta que los pelos no son precisamente lo más estético del mundo, y que mucha gente se somete a torturas depilatorias con tal de quitárselos… Me imagino que, visto desde fuera, debe dar la sensación de que soy un poco bobo, pero a mí me da igual.

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