Archivo mensual: noviembre 2010

Me he reenganchado a la uni.

No se si he comentado ya que este año me he reenganchado en la universidad para estudiar el Grado de Derecho. Quería haberlo hecho el año pasado, pero, por una parte tenía todavía pendiente la oposición, y, por otra parte, el plan Bolonia todavía no se estaba aplicando a Derecho en la UNED, lo que significaba que si no aprobaba todos los cursos completos, tendría que terminar pasándome de la Licenciatura al Grado, con todo lo que ello conlleva de posibilidad de tener que repetir asignaturas que han cambiado de nombre, y ligeramente de programa, y ya no son convalidables. Pensé que era mejor esperar.

Este año sigo con la oposición a cuesta, pero no  creo que se vayan a convocar plazas. Aunque todos los años hay convocatoria para Auxiliares Administrativos del Estado, en 2010 no la hubo (en su lugar, alargaron los plazos de la convocatoria de 2009, para hacer un 2×1, y que pareciese que en 2010 se habían convocado plazas), y mi apuesta es que en 2011 no habrá convocatoria, para reservar plazas y convocarlas todas de golpe en 2012, ya que siempre que hay elecciones salen más plazas. También podría ser que, puesto que este año hay elecciones autonómicas en varias comunidades autónomas, se saque una convocatoria «de mentirijillas» y, al igual que en la ocasión anterior, se alargue muuuucho, para que parezca que la convocatoria se hizo en realidad en 2012. Sea como sea, yo sospecho que en junio de 2011 no habrá examen, sino que, como muy pronto, será en el último trimestre de 2011, o en el primero de 2012.

Total, que entre unas cosas y otras, no puedo dejar de preparar la oposición, pero tampoco creo que sea bueno dedicarme a un estudio intensivo, sino que estratégicamente es mejor reservar energías para más adelante. Y, además, una gran parte de la materia es de derecho constitucional, que, mira tú por donde, también es materia en las asignaturas que he elegido este año.

Como la matrícula del curso completo era muy cara (¡Unos 750€! ¿Cómo puede costar una matrícula de la universidad pública el equivalente a un mes de salario medio? Porque aquí, en Andalucía, los «mileuristas» son gente que está muy bien pagada), y las becas no se las dan a los estudiantes, sino a sus padres, decidí matricularme sólo de medio curso. ¡Menos mal! Hoy justo llevamos un mes de curso y ya voy con retraso…

Cuando era estudiante (por primera vez), bueno… no iba mucho a clase, ni estudiaba demasiado, para ser sincero. Sí jugaba mucho a las cartas con mi compañera de piso, y salía a tomar café con los amigos, pero estudiar, lo que se dice estudiar… en enero-febrero, mayo-junio y agosto-septiembre. La dura vida del universitario, le llaman a eso. Y aprobaba. Claro que también es cierto que estudiaba turismo, que aunque no la regalan, tampoco es precisamente la carrera más difícil del mundo.

Ahora, con después de un mes y una semana de curso, estudiando desde el primer día, ya noto que voy retrasado respecto a como debería ir. No llego, no llego… y eso que sólo estoy en la toma de contacto, leyendo los temas sólo para enterarme de lo que me expliquen en las tutorías. Cuando me los tenga que aprender… que esa es otra: a veces lo entiendo todo, pero otras veces, no entiendo ni jota. La web del diccionario de la RAE ha pasado de estar perdida entre mis favoritos (pestaña «diccionarios», acompañada del enlace al «wordreference») a protagonizar mi historial de visitas. ¡Y yo que presumía de tener un vocabulario amplio!

Pero, a parte de empezar a sentir que «ya no tengo edad para estas cosas», tengo que reconocer que nunca había estudiado de esta forma. A pesar de que a veces no me entero de nada, de que desearía extrangular a los que han redactado los manuales, por pedantes y complicados, de que no tengo ni puta idea de cómo voy a hacer para memorizar esas cosas y exponerlas igual que vienen en el manual… Después de todo eso, resulta que estoy disfrutando del estudio como chancho en lodazal, de una manera que nunca había disfrutado con ninguna otra materia. Es como si ahora, a diferencia de cuando estudiaba por primera vez, viese que tras las materias de las que sólo empiezo a vislumbrar «algo» hay todo un mundo de implicaciones que me gustaría conocer más a fondo. Cuestiones eminentemente prácticas, de la vida de cada día, que se esconden detrás de todas esas letras, esperando a ser descubiertas y estudiadas. Curiosamente, las asignaturas que tengo este cuatrimeste empiezan con las palabras «Teoría de».

Eso no quiere decir que cuando lleguen los exámenes vaya a sacar unas notas estupendas, ni que no me esté costando trabajo enfrentarme a los manuales y ponerme a empollar. Es sólo que… no sé, lo hago con otro ánimo. Como con más entusiasmo. Al final resulta que en realidad la perspectiva de aprobar o suspender no me importa tanto como me importaba cuando tenía 2o años, aunque al mismo tiempo, me gustaría sacar buenas notas.

Por cierto, no estoy diciendo nada de que me haya costado trabajo retomar el hábito de estudio. Se debe a que, en realidad nunca he dejado de estudiar. Eso es una de las pocas cosas que puedo agradecer a las oposiciones eternas.

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Acertada coincidencia.

Durante una de las visitas que hice a la UTIG, un poco antes de que me diesen el diagnóstico de transexualismo, Trinidad me comentó que las nuevas consultas donde se ubican ahora están compartidas con una unidad de tratamiento de la obesidad mórbida. Gracias a eso, habían recibido una dotación en tecnológica de la que antes no disfrutaban, y que originalmente iba destinada a los de obesidad.

Nunca he sabido si el hacer coincidir ambas cosas en un solo lugar fue casualidad, o si lo hicieron a caso hecho. Si fue a caso hecho, los directores del hospital Carlos Haya de Málaga se han ganado mi respeto.

Mientras que la transexualidad no es una enfermedad (para los directores del Carlos Haya quizá sí lo sea, y crónica) la obesidad mórbida sí que lo es, y crónica. La obesidad va degradando tu organismo muy rápidamente, destrozando huesos y articulaciones, dañando el hígado, el páncreas y el corazón, aumentando la presión arterial, haciendo que las gónadas se hagan disfuncionales y poniendo todo tu sistema endocrino patas arriba. Llegados a cierto punto, perder peso de manera “natural”, es decir reduciendo la ingesta calórica y aumentando el consumo de calorías del propio cuerpo es imposible: el organismo del obeso ya no funciona adecuadamente, y los mecanismos para transformar la grasa en energía van mucho más “despacio” de lo que deberían. El estómago se ha agrandado y simplemente comer una cantidad de comida normal te deja insatisfecho. Hacer ejercicio es imposible, e incluso perjudicial. ¿Alguien ha probado a intentar correr con una mochila de 50 ó 60 kilos colgada a la espalda, después de haberla llevado colgada durante todo el día, incluso mientras estaba durmiendo o comiendo? Pues que no lo pruebe, porque se posible que se acabe haciendo daño.

La sociedad rechaza más a las personas obesas que a las trans. Para las personas trans que son “visiblemente” trans, el insulto y la burla en la calle es demasiado habitual, incluso se podría decir que constante, pero también hay muchas personas y muchos lugares donde encontramos respeto y apoyo, o simplemente “normalidad”. Las personas obesas no sólo deben soportar la burla callejera y desde la televisión, constante, sino que, además, no existe ningún lugar donde puedan estar bien. Como mucho, lo máximo que van a encontrar será compasión. Personalmente, he sentido mucha más discriminación como obeso que como trans.

Por supuesto, las personas obesas no encuentran trabajo por cuenta ajena. Ni pareja. Ni una ropa. Si como persona trans me encuentro que vivo en un mundo diseñado para personas que no son trans, donde los lugares “para hombres” y “para mujeres” son exclusivos y perfectamente delimitados, y uno no sabe muy bien dónde ponerse, como persona obesa me encontraba en un mundo diseñado para “delgados”. Las sillas son estrechas, los aseos públicos, ridículamente pequeños, no se cabe en las butacas de los cines, ni en los columpios de los parques de atracciones (especialmente las montañas rusas y similares), y de las tallas de ropa, ni hablamos. Lo de la ropa, además, ha ido a peor, pues ahora muchas tiendas compran en mayoristas asiáticos, y las tallas son ridículamente pequeñas.

A los ojos del mundo, las personas trans podemos ser viciosos, desviados, caprichosos, lascivos… Los obesos somos golosos, perezosos, descuidados, indolentes, lentos y estúpidos. Cualquiera puede ver que nos hemos ganado a pulso el desprecio de la sociedad

Los tratamientos médicos pasan por fases similares: terapia psicológica, aunque la terapia no es excluyente en el caso de los obesos, ni siquiera se aplica en todos sitios. Yo, por ejemplo, sólo tuve una sesión. Para algunas personas, es un coñazo, y a otras les viene bien. Es una manera de llenar el tiempo que permaneces en lista de espera, no una manera de alargar la espera, que es lo que ocurre con las personas trans. También hay que acudir al endocrino, y por supuesto, al cirujano. De cualquier modo, las personas obesas, al contrario que las trans, llegamos al cirujano con bastante miedo y respeto. La cirugía no es nunca nuestra primera opción, ni nuestro mayor deseo, sino el último, lo que haces cuando ya no te queda más remedio, y sabes que te puedes morir en el quirófano, o quedarte con el aparato digestivo mal para siempre, pero te arriesgas porque la vida que llevas, no es vida.

Siempre me sorprende que las personas trans acudimos al cirujano con mucha más alegría y despreocupación, a pesar de que las operaciones que demandamos no son menos difíciles ni delicadas, ni mutilativas de lo son las cirugías bariátricas. Todavía no comprendo de donde viene esa diferencia.

Normalmente el uso de las instalaciones UTIG – obesidad mórbida es alterno. Es decir, trans y obesos no coincidimos en el mismo lugar. Sin embargo la última vez que estuve, sí nos encontramos. Juntos, pero no revueltos, viendo los otros a los otros (no los unos a los otros, porque ahí todos éramos los otros, los raros, observadores y observados) sin hablar entre nosotros.

Es una pena, porque tenemos muchas cosas que contarnos. Tenemos que hablar de discriminación social, pero también de que tu cuerpo te traicione constantemente, de nuestras experiencias con los espejos (las personas trans no solemos vernos en los espejos, y para los obesos toda superficie reflectante se convierte en un espejo que nos devuelve una imagen que no queremos ver), de los problemas para encontrar trabajo, de salir a la calle y sentir que todas las miradas se te clavan como dardos.

Seguramente las personas obesas podrían dar una lección de modestia a las trans, en el sentido de que los trans no somos ni los únicos ni los que más sufrimos por nuestros cuerpos y por la discriminación (aunque sean sufrimientos y discriminaciones distintas), y las personas trans podrían dar a las personas obesas una lección sobre como organizar la lucha por conseguir derechos y dignidad. Aprender como distintas situaciones pueden llevar al mismo lugar, y dejar de estar centrados en nuestros ombligos y hacernos un poco más amplios de miras para observar la vida con una perspectiva más amplia.

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Una semana «casi» para olvidar.

Tengo pendiente de escribir sobre mi última visita a la psicóloga, que fue el 23 de octubre (ya hace casi un mes) y las jornadas en las que estuve la semana pasada. Sobre el prikitismo y sobre un montón de cosas que se me van ocurriendo, pero llevo una racha que… Normalmente no creo en la estrología, los bioritmos, el karma ni nada de eso, pero hay veces que dan ganas. Esta semana es una de esas veces.

Termino la semana con un saldo de tres reclamaciones y una multa de aparcamiento porque me pasé de tiempo en la zona azul (maldtia zona azul…).

La primera reclamación de la semana, para el Hospital Clínio de Granada, en el que nadie parece capaz de comprender que el hecho de que se me llame por mi nombre legal, después de haber explicado por activa y por pasiva que me llamo Pablo, no solo es una falta de respeto grave, sino que, sobretodo en un hospital, es equivalente a revelr de forma indirecta un dato de mi historial clínico. Lo que es más, algunas personas en dicho hospital consideran que no solo no hay necesidad de buscar una solución al problema, sino que deben continuar haciendo ostentación de mi nombre legal por todas partes, sin tener en cuenta ninguna otra consideración.

La segunda reclamación ha sido en el registro civil de mi pueblo, simplemente porque desde que el Gobierno decidió no cubrir las bajas, no dan abasto en ninguna parte. En este registro civil ya solo queda trabajando una persona, que se encargade atender la ventanilla y de hacer todo lo demás al mismo tiempo, cosa que es imposible. Y el que quedaba, estaba resfriado, con el sueldo bajado, y la gente protestando porque el tremendo retraso que hay en el registro civil les (nos) está causando perjuicios a todos los usuarios. A mi me han dicho que a finales de años ya me llamarán para darme cita para febrero o marzo de 2011, fecha en la que podré iniciar mi trámite.

Por lo menos la mayoría de los funcionarios, si no pueden hacer algo, tienen la opción de ir dejando que el trabajo se acumule (porque lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible). Creo que los maestros y profesores ya están aprendiendo la téncina del taju kage bunshin no jutsu para, por lo menos, poder estar presentes en todas las aulas donde su presencia es necesaria, ya que su trabajo no puede acumularse. Manda huevos con el concepto de «ahorrar en gastos de Administración» que tiene el Gobierno.

A continuación, un video de un joven maestro de primaria practicando el taju kage bunshin no jutsu.

La tercera reclamación, para la tienda Internity donde compré un telefono de Vodafome, y en la que verbalmente acordamos unas condiciones, y me fueron contratadas otras distintas a las que yo solicité. Como las distintas tarifas de precios y la tarifa elegida no figuran por escrito en ninguna parte, ocurren dos cosas: en primer lugar, que te das cuenta cuando te llega una factura de 60€ – cuando tú rara vez llegas a los 15€ -, y en segundo lugar, que ahora a ver cómo demuestras que en la tienda no hicieron lo que se les pidió. Hice la compra a final de mes, y quizá las empleadas no habían cumplido los objetivos marcados por la empresa y pensaron cumplirlos a mi cosa, o simplemente el cansancio tras 10 horas de trabajo diarias hizo que se confundieran. Como sea, una vez más las compañías de telecomunicaciones vuelven al ataque con la estafa, como es habitual en este tipo de empresas. Mientras, lo único que nos queda es montar un pollo en la tienda, poner una reclamación, y contárselo a todo el mundo, aúnque posiblemente nada de esto me sirva para recuperar el dinero.

Al menos, ha tenido ciertas compensaciones durante la semana. Me han llegado buenas noticias de otro trámite que tengo iniciado. Cuando me matriculé en la UNED, me encontré otra vez con el problema del nombre, y pedí que no figurase en los documentos de uso interno y cotidiano de la universidad. Por suerte, al director de mi Centro Asociado le pareción que mi petición era totalmente razonable y entre los dos encontramos la manera de resolver el tema a nivel de centro, aunque requería de una autorización desde la administración central. Sin embargo, en las aulas virtuales no podemos tocas nada, así que, de nuevo con la ayuda del director de mi C.A. he recurrido a las defensoría universitaria de la UNED, donde no sólo les ha parecido que mi petición es razonable, sino que ya tenían ganas de establecer un sistema de actuación para estos casos. El que haya aparecido yo solicitándolo ha sido sólo el empujoncito que necesitaban para empezar a actuar en serio. Durante esta semana me han dicho que a nivel de C.A. ya está la cosa arreglada, y que lo otro va por buen camino. Así, sin pelearme con nadie, sin aspavientos, incluso con interés personal.

También he estado estudiando con muchas ganas, disciplina y aprovechamiento, así que más me vale no olvidar esta semana, porque he aprendido un montón de cosas, y me noto con la cabeza un poquito mejor amueblada. Además, he visto a amigos que hacía tiempo que no veía, y entre reclamación y reclamación he acumulado varias horas de estar agusto, pasarlo bien y tener conversaciones interesantes.

En fin, estoy esperando a ver si llega el lunes y la semana próxima es mejor, o al menos me vapulean un poquito menos la cartera y la dignidad. Malditos biorritmos y conjunciones estelares.

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Relojes parados.

Este domingo leía en el blog de Ariovisto una entrada sobre la penúltima ocurrencia de la Comisión de Igualdad del congreso, que es, nada más y nada menos, que aprobar un reglamento para imponer los juegos no sexistas en los recreos. Como la noticia que venía enlazada era del ABC, quees un periódico que no me da mucha confianza, y como no me fío en general de nada que venga en ningún periódico, hice una pequeña búsqueda en la red a ver si encontraba la propuesta no de ley en cuestión. Tras navegar por varios periódicos digitales y algunos foros de maestros y profesores, la encontré en el blog de Nacho Camino, que amablemente nos enlaza el documento original.

A primera vista, esto es una gilipollez como la copa de un pino, que a la larga podría dar lugar a que los profes y maestros acaben escribiendo cartas como la que aparece en el blog de Nacho, y que me ha hecho sonreír. Mientras navegaba observaba que todos los comentarios iban en la misma línea: ¿habrá que darles balones a las niñas y muñecas a los niños? ¿Reprender a las niñas que quieran jugar a las cocinitas y a los niños que jueguen al fútbol? Tal vez incluso se les puede obligar a intercambiar los estuches, y que se queden ellos con los horrorosos estuches rosas de la insoportable Hello Kitty y ellas con los estuches azules y rojos de Spiderman. Creo que en esto último, ellas salen beneficiadas: Spiderman mola, Hello Kitty es un asco. Seguro que en realidad ellas querían el estuche de Spiderman pero sus madres les dijeron «¿cómo te vas a comprar eso tan feo? ¿no te gusta más el de Hello Kitty?», y hala, estuche de Hello Kitty al canto. Es imposible que nadie compre una cosa tan hortera de manera voluntaria.

Se me va el tema.

También he leído muchos comentarios del tipo: al final las mujeres terminarán meando de pie y los hombres sentados. Lo cierto es que no entiendo muy bien estos comentarios, habida cuenta de que en unas circunstancias mear de pie es más cómodo que mear sentado, en otras, a la inversa, y en realidad tanto hombres como mujeres pueden mear en cualquiera de las dos posturas.

Porque, por supuesto, el quid de la cuestión está en quién decide qué es sexista y qué no lo es. Y también cómo le explicas a las criaturas que ya no pueden jugar a lo que quieran, sino que por decreto tienen que jugar a juegos respetuosos con los género y no sexistas, que tengan en cuenta la ley para la violencia de género, la ley de igualdad entre hombres y mujeres, y que tengan una distribución paritaria de los roles. Vamos, que si juegan a las casitas, por ejemplo, un 40% de niñas, como mínimo, tienen que hacer de papá. Y también deben representarse familias homoparentales, monoparentales, y de diferentes estratos y procedencias culturales y en las que tengan cabida todas la opciones religiosas, siendo inaceptable una mamá que se dedique exclusivamente al cuidado de los hijos.

Que dónde vamos a llegar.

A este paso, y como ya todos vamos conociéndonos, lo previsible es que se acabe llegando a eso. O, como decía una participante de uno de los foros que leí, a que un padre llegue y agreda a la maestra por no dejar que su hija juegue a la comba. Y eso que la hija salta con una energía, ritmo y resistencia que harían palidecer a cualquier boxeador profesional. Pero el reglamento dice que la comba y el elástico son juegos es sexitas así que…

¿Y para qué estoy escribiendo yo sobre esto, si ya ha escrito mucha gente? Pues porque hasta un reloj parado da la hora correcta dos veces al día, y en este caso, parece que ha sido eso lo que ha pasado. Porque sí que hay mucho sexismo en los juegos de los niños. Una de las experiencias que la mayor parte de las personas trans tenemos en común, independientemente de las barreras de edad, clase o procedencia, es el rechazo de nuestros compañeros de clase en las escuelas e institutos. Este rechazo, que a menudo se convierte en acoso e incluso en violencia física suele empezar porque no jugamos a los juegos apropiados. Los niños y las niñas (nuestros compañeros) son nuestros primeros vigilantes de género, y además son unos vigilantes muy estrictos.

Se suele pensar que los niños eligen los juegos a los que juegan con libertad, pero parece que las diferencias culturales entre lo que es de «hombres» y lo que es de «mujeres» se aprenden muy, muy rápido. No sé cuantas veces me llamaron marimacho en la escuela, y también recuerdo que el problema aparecía cuando no estaban los maestros delante, cuando nos daban a los niños tiempo para jugar solos a lo que quisiésemos.

Vale. ¿Y cómo se arregla esto? Pues ni idea. Sí que tengo claro que hacer responsables a los profesores de que los niños jueguen a cosas políticamente correctas es, no sólo absurdo, inútil, antiético y yo diría que incluso ilegal (¿donde queda el derecho al libre desarrollo de la personalidad de los niños?), sino también contraproducente. A lo mejor el Estado y las Comunidades Autónomas deberían intentar confiar un poco más en su personal y simplemente explicarles lo que hace falta y permitir que ellos hagan su trabajo, que para eso son los profesionales de la enseñanza. ¿O viene alguien a decirle a un ingeniero como construir un puente? No ¿verdad?

Pero claro, es que en realidad nadie ha detectado ningún problema. Simplemente ha sido un gesto para que parezca que el Gobierno está preocupadísimo por la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, y que hasta hace cosas para conseguir tal fin. La comisión de Igualdad tiene que justificarse de alguna forma, pero el que existan problemas reales que resolver no estorbará para que sigan entreteniéndose en perder su tiempo, el tiempo de los docentes, y el dinero de todos, en demostraciones que sólo sirven para quedar bien.

 

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