Archivo mensual: junio 2009

Orgullo y…

Cartel del Orgullo en Sevilla.

Cartel del Orgullo en Sevilla.

En estos días son varias las ciudades que están celebrando diversas actividades del «orgullo». Las fechas son entre el 27 y el 5 de julio, siendo el 4 de julio el día que se hará la manifestación estatal del Orgullo LGTB en Madrid. Otras ciudades hicieron sus propias manifestaciones el diá 27, de manera que quien quiera pueda asistir a las dos. Y el barrio madrileño de Chueca celebra sus fiestas entre el 1 y el 4 de julio.

Mucha gente critica esto de que se celebre el día del Ogullo. Dicen que… bueno, no voy a repetir lo que dicen, porque cada cual tiene sus razones, y podrá expresarlas donde quiera. No voy a ser yo quién hable por ellos.

El Orgullo hay que celebrarlo.

No puedo hablar de cómo las personas homosexuales se ven a si mismas en relación con la sociedad, pues soy bisexual. Los bisexuales no somos muy dados al activismo porque… porque… bien, no sé por qué. Supongo que no tenemos demasiados problemas. La gente no entiende muy bien eso de que te gusten las dos cosas, pero tampoco le da mayor importancia. Como mucho, piensan que somos los que mejor se lo pasan, o dicen eso de «todos nacemos bisexuales, lo que pasa es que con el tiempo…»

Y sí. Los bisexuales somos los que mejor nos lo pasamos, y entendemos que, en el fondo, a los que no lo son, tal vez les gustaría serlo. Pero… ah… tendrán que conformarse con lo que tienen. No conozco a ninguna persona bisexual que se avergüence de serlo, probablemente porque nadie nos ha dicho que deberíamos avergonzarnos de ello.

Pero sí que conozco a muchas personas transexuales (y homosexuales) que se avergüenzan de ello. Tengo una amiga que ha llegado a decir que cuando tenga hijos, no les dirá nunca que es transexual, y que lo único que desea es irse bien lejos, donde nadie sepa de ella y pueda ser «una chica normal». Una de sus máximas aspiraciones es olvidar su pasado y vivir como si su biología nunca hubiese sido distinta a su identidad de género. Dicho mal y pronto «como si siempre hubiese sido mujer» (cuando, en realidad, nunca fué otra cosa).

No es un caso único. Muchas personas transexuales hacen denodados esfuerzos por ser personas normales y corrientes, y por esconder un pasado no elegido. Agachan la cabeza y vuelven a meter en el armario una parte de su personalidad, como un cadáver que hay que esconder.

¿Esto es vida? ¿Esto es «ser normal»? Negarse a uno mismo, fingir una infancia y una adolescencia que no se ha tenido, sin poder hablar de las experiencias, buenas o malas. Romper con los viejos amigos, alejarse de los sitios que te vieron crecer, y borrar todo rastro del pasado. Sentir vergüenza de ser transexual.

La otra opcción es el orgullo. No, yo no soy un tío normal… y por más que haya quién piense que debería avergonzarme, no me avergüenza. Tampoco me da miedo que la gente no me trate con naturalidad… mi identidad no depende de ello, y además, me sirve como ayuda para escoger a quienes debo tener cerca y a quienes no. No me voy a poner un sello en la frente (la verdad, ahora mismo, y mientras la dichosa psicóloga siga dándome largas, no es que me haga falta…), pero tampoco creo que sea necesario esconderme.

Cartel del Orgullo en Valencia, con el lema de este año: "escuela sin armarios"

Cartel del Orgullo en Valencia, con el lema de este año: "escuela sin armarios"

Es más, estoy orgulloso de mi mismo. De haberle echado valor para, aún a sabiendas de que iba a perder casi todo lo que quería y por lo que había luchado tanto, decir quién soy y actuar en consecuencia. De tener la capacidad de presentarme ante cualquiera y decir que soy Pablo. De exigir a cualquiera que me trate como merezco ser tratado. De que suene el despertador y me muera de miedo ante la idea de lo que me va a traer el futuro, y aún así levantarme de la cama (lo reconozco, esto no siempre lo consigo, o al menos no a la hora que debería) para pelear un día más.Y también de ver lo que consigo en comparación con lo que tenía. Porque si renuncio a mi pasado ¿cómo podré saber que ahora estoy mejor?

Celebrar el Orgullo es decir que nos gusta ser como somos y no vamos a consentir que nadie nos diga que tenemos que ser de otra forma. Que queremos tener el mismo derecho que todos a no ser como los demás, porque, en el fondo, como suele decir mi madre, lo raro es ser normal.

Encima, algunos lo celebran en tanga y con boas de plumas, dandose escandalosos besos en mitad de la calle, poniéndose pinturas y ropas provocativas… Porque, además de gustarnos ser como somos, nos gusta divertirnos como queremos.

Pancarta del grupo de transexuales del colectivo LAMBDA

Pancarta del grupo de transexuales del colectivo LAMBDA

Edito: muchas gracias a Raquel por permitirme colgar esta foto de la manifestación de Valencia, y por enviarme el cartel de la misma.

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Dentro un bucle ascendente.

Ayer fuí a la despedida de soltera de una amiga mía. Esto se explica porque, después de unos quince años de amistad, no podía ser que un detalle tan insignificante como que yo asuma otro género (no digo «cambie de género» porque siempre fuí un hombre, sólo que no se lo había dicho a nadie) impidiese que asistiese a una ocasión tan señalada. Uno se puede casar varias veces, pero sólo una vez en la vida se deja de ser soltero. Luego, en todo caso, será divorciado…

Lo bueno es que, después de tanto tiempo y tantas buenas experiencias, ya puedo ir a estas cosas sin ningún miedo. Mi amiga sí que estaba algo preocupada por si estaría o no estaría cómodo, pero yo sabía que todo iría bien.

Los pros y los contras ocurren como ya viene siendo habitual. Las chicas, todas estupendas, tratándome con total naturalidad. Yo, más felíz que una perdíz (que una perdíz a la que nadie se está comiendo, por supuesto) de poder ser yo mismo. No me acostumbro a lo bueno, y lo sigo disfrutando con los cinco sentidos.

Con los desconocidos, también lo de siempre: ven un grupo de chicas y, por comparación con el entorno, todos me identifican como mujer, y, además, como mujer machorra, de aspecto descuidado (ropa cómoda, sin maquillaje, sin adornos, sin gracia para moverse…), nada atractiva y de poco interés. No sé qué hacer en esa circunstancia. No encuentro lugar ni modo en el que poder estar cómodo. Cuando se sale de fiesta, las relaciones con desconocidos son fugaces, banales, y con una alta carga sexual. Todo bastante aburrido, desde mi modesto punto de vista, porque soy así de raro, pero mucho más aburrido es quedarte solo.

En estos momentos, entablar conversaciones triviales con desconocidos que presuponen erroneamente que soy una mujer, me hace sentir bastante torpe y ridículo, fuera de lugar. Por eso intento evitarlo en la medida de lo posible.

Entonces es cuando pienso que si mi aspecto fuese más acorde a mi género, las cosas serían más fáciles. Es el deseo de la normalización, otra vez. Y otra vez las preguntas: ¿por qué no me permiten acceder al tratamiento hormonal que necesito? ¿Cuanto tiempo voy a tener que estar así? Y otra vez las respuestas: porque tienen que asegurarse de que no me autolesione, y de que algún día no voy a querer dar marcha atrás. Yo soy el primer interesado en que no se me permita tomar un tratamiento que a la larga me va a hacer más mal que bien, así que debo tener paciencia. Tomará el tiempo que sea necesario, y preocuparme por ello es una tontería, puesto que no puedo hacer nada por cambiar la situación.

Parece que, en el fondo, confío en el criterio de la psicóloga. Santa paciencia y santa inocencia…

Me frustro porque no puedo conseguir lo que necesito, pero sé que la espera también es necesaria, y entonces me frustro por necesitar esperar. Luego salta el «interruptor» (también conocido como «razonamiento Dicybug») diciéndome que no le de más vueltas, porque por más que lo piense lo único que voy a conseguir es hacerme la mala sangre y, con un poco de suerte, llevarme yo solito a una depresión o una crisis de ansiedad.

De esto ya he hablado muchas veces. Es un razonamiento al que he dado muchas vueltas, y de tanto escribir sobre ello, empiezo a pensar que me repito más que el ajo. Pero he conseguido algunos avances:

  • Ya no me dan bajones ante la idea de tener que esperar. O al menos, hace mucho que no me dan. He tenido amagos, pero pude controlarlos.
  • Noto mi identidad más sólida. Ya no dependo tanto de lo que piensen o como me traten los demás. Yo soy yo, y si no todo el mundo lo ve ¿qué vamos a hacerle?
  • El que otros problemas (oposición, padres) estén empezando a moverse hacia una resolución me hace ver las cosas desde una perspectiva relativista. Ahora estoy jodido, pero espero dejar de estarlo en el futuro. Las cosas van cambiando poco a poco, y, teniendo en cuenta que peor que ahora no voy a poder estar (al menos en lo que refiere a la cuestión del género), cualquier cambio será para mejor. Además, creo que estoy haciendo las cosas bien, así que solo tengo que esperar.

Sí, estoy dentro de un bucle, pero al menos no es circular, si no aspiral ascendente. Cuesta mucho avanzar, y a veces parece que retrocedes, pero en realidad, vas subiendo todo el rato.

P.D: Encarni, que sepas que me lo pasé muy bien en la fiesta (y ya que lees, podías comentar de vez en cuando, leñes), y que lo que me llevó a esta reflexión fue simplemente el buitreo bestial que nos encontramos en todas partes. No es que me molestara o me hiciera sentir mal… simplemente, me dió que pensar un poco.

Pero estuvo muy bien, de verdad. ¡¡¡Fue una despedida de soltera que pasará a la historia!!!

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Vuelve el verano.

Hace calor. No creo que me vayan a dar un premio Nobel por hacer semejante afirmación. Después de todo, esta misma semana empezó el verano, y el verano español no es que sea precisamente muy benigno, especialmente para los que vivimos en el sur.

Para mi el verano siempre ha sido la época más temida, pues no me gusta nada el calor… Y este año, los inconvenientes del verano vuelven, multiplicados.

Para empezar, he pasado de vivir en la costa a vivir en el interior. La diferncia de temperaturas está entre unos 5 – 10 grados de más calor donde vivo ahora. ¡Ay! De todas formas, ir a la playa ya estaba descartado para mí. Me niego a ponerme ropa de mujer, de ninguna de las maneras. Es más, además de la camiseta, que es obvio que no me voy a quitar delante de nadie, llevo una faja que con el sudor se me queda pegada y es francamente incómoda. Pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Ajo y agua… (a joderse y aguantarse).

Por suerte no me gustaba la playa.

La combinación calor y faja llega a cotas preocupantes cuando le sumamos que, además, suelo ir con una camisa sobre la camiseta. Me hace sentir más cómodo, pues tres capas de ropa disimulan más que dos, y las camisetas tienen esa manía de quedarse ajustadas a la altura de la cadera… que se nota menos si encima llevas una camisa desabrochada.

Disimular la figura (y más una figura como la mía) con las finas ropas de verano es caluroso y complicado, aunque parece que medio lo voy consiguiendo, aunque a cierto precio. Pero llevamos un mes de calor, ylo peor está por llegar en el mes de Julio. Ojalá que pase rápido.

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Conocí a una persona…

Hoy he conocido a una persona nueva. No me la ha presentado nadie, ni tiene relación alguna con nadie que yo conozca. Simplemente, nos hemos conocido.

Hemos tomado un café, y hemos hablado de cosas sin importancia. De lo que me gusta, de lo que le gusta, de las películas que hemos visto, de como nos llevamos con nuestros ex-novios, de las familias de cada cual…

No creo que esta persona que he conocido hoy vaya a llegar a ser alguien que deje una huella indeleble en mi vida. En realidad, no tenemos casi nada en común, así que, dentro de dos o tres cafés (si es que la casualidad quiere que nos volvamos a ver) es posible que ya no tengamos ningún tema de conversación. O sí ¿quién sabe? La bola de cristal no me funciona demasiado bien. Pero eso en realidad no es importante. Lo que es importante en realidad es que, cuando nos hemos despedido, mientras iba a mi casa, me he dado cuenta de que estaba totalmente relajado.

Durante tres o cuatro horas no he pensado en cuantos meses llevo llendo a la psicóloga, ni cuantos me quedan que ir. No he pensado en hormonas, ni en los plazos de la oposición, ni en el precio de los alquileres de locales, ni en lo que me puede costar un billete de avión + hotel a Las Palmas de Gran Canaria, que es donde me voy a examinar.

No he pensado en nada de eso. Solo en mi, en la otra persona, y en las cosas que nos gustan o no nos gustan. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan relajado… ya no me acordaba de lo que era no tener nada por lo que preocuparse.

Tengo la sensación de que, a partir de ahora, esos momentos de tranquilidad se irán repitiendo con mayor frecuencia. Cuando ya lo has hecho una vez, repetirlo se va volviendo cada vez más sencillo.

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Por fín hablé con mi madre…

El lunes pasado (sí, ya me he dado cuenta de que estamos a jueves, pero esta semana a los días les faltan horas… el calor me tiene espachurrado y está matando a mis pobres plantas de perejil) por fín llegó el día de que mi madre me acompañase a ver a la psicóloga.

Me paso la vida esperando a que llegue el día de la dichosa cita, desde hace ya ocho meses: los siete que llevo llendo y el primer mes que tuve que esperar desde que me dieron cita hasta que fui por primera vez. Como si realmente fuese a pasar «algo». Sin embargo, en esta ocasión, sí que tenía la esperanza de que algo pasara, y que hubiese un antes y un después en la relación con mis padres.

La noche de antes me costó muchísimo trabajo dormir, y ya llevaba un par de días teniendo pesadillas. Creo que ya he comentado antes que cada vez que he hablado de este tema con mis padres me han dicho palabras muy fuertes… así que es normal que estuviese un poco intranquilo. Aunque, para ser sincero, las veces que ha salido la cuestión de cuando y como íbamos a ir a Málaga no hubo ningún problema, si no, más bien al contrario, mucho interés.

Creo que ese cambio de actitud era lo que más me animaba a creer que esta entrevista serviría para algo, y, al mismo tiempo, también me preocupaba equivocarme… En fin, que, como siempre, tengo miedo de casi todo. Que desastre.

En la consulta de la psicóloga, esta vez no había una chica haciendo prácticas, sino que… ¡¡¡habían dos!!! Con cinco persona allí metidas, aquello empezaba a parecer más un pub que otra cosa. Sólo faltaba la música y los cubatas.

Después de las presentaciones, Trini (sí, la psicóloga tiene nombre) animó a las dos chicas a que preguntaran algo si querían, y yo también me ofrecí a responder a lo que ellas quisieran. Tras un momento de «corte» me pidieron que les contase un poco sobre como había empezado con todo esto, y… como a mi me gusta hablar de mi mismo tanto como a cualquiera que tenga un blog (seamos sinceros, para publicar un blog hay que ser un poquito exhibicionista) pues les conté desde el principio de los tiempos, o, al menos, de mis tiempos.

Así fue como mi madre me escuchó hablar de cosas que nunca le había dicho, y que yo no le había contado, simplemente porque nunca me preguntó. Es la manera en la que, muchas veces, funcionan las relaciones familiares: uno no pregunta porque piensa que el otro ya contará cuando quiera, y el otro no cuenta porque cree que ya le preguntarán cuando deseen escucharlo.

A partir de ahí, y también de las preguntas que le iba haciendo la psicóloga a mi madre, se inició un diálogo en el que… bueno… está claro que la interpretación que mi madre le daba a ciertas cosas no era la misma que la que le daba yo. Por ejemplo, dice que ella nunca notó nada, cosa que en cierto modo es lógica porque yo tengo recuerdos muy tempranos de saber qué cosas no debía decir para que no se notase que realmente quería ser un niño. Otras cosas si las notó, pero las achacó a otra causas, como por ejemplo, mis problemas de peso, que, dicho sea de paso, durante mi adolescencia no eran tan graves como me hicieron creer. Sin embargo, parece que nunca se planteó el origen de esos problemas de peso. Ella veía que comía mucho dulce pero… ¿por qué? Pues porque era indisciplinada, descuidada, y sólo hacía lo que me gustaba sin pensar en las consecuencias.

Lo que yo veo es que me dí al dulce como podría haberme dado a las drogas.

Como esto, en muchas cosas cada uno interpretabamos los hechos pasados de manera distinta. ¿Podría ser de otra forma? Quizá sí… Hay personas que se han mostrado mucho más rebeldes que yo. De niño no tenía problemas con la ropa, incluso me daba mucha rabia que mis padres me cortasen el pelo para que se me fortaleciera, y no poder ponerme zapatos bonitos, porque tenía los pies planos y necesitaba calzado especial para corregirlo, jugaba con muñecas. No eran los típicos juegos de niño, precisamente. Sin embargo…

Me voy a permitir robar una viñeta a Aniel, de su serie «Anima Fragile», donde explica exactamente como veo esta cuestión (Aniel, sé que no te he pedido permiso, pero sé que te pasas por aquí de vez en cuando, así que si quieres que la quite, no tienes más que decirlo)

Juegos_textoA parte, tenía ciertos motivos, como que, a parte de pedir muñecas, también pedía cosas como trenes y coches, sólo que eso no me lo compraba, o que los niños (me refiero a los varones) que eran mi primera opcción como compañeros de juego, me daban de lado, precisamente por ser una niña. Así que, sí, jugaba con otras niñas, y hacía lo que hacían ellas y me lo pasaba bien. Pero porque era eso, o quedarme solo. ¿Qué tiene de raro intentar hacer las mismas cosas que tus amigos? Yo diría que nada. Simplemente creo que hay personas que somos felices con poco, y nos adaptamos a lo que nos rodea, aunque no sea perfecto, y otras se rebelan y pelean hasta conseguir que las cosas sean como ellos desean.

También opina mi madre que en cierto modo, esto que estoy haciendo es una especie de manera de huir de las responsabilidades. Como si ser hombre fuese más fácil que ser mujer (bien, reconozcámoslo, la vida de las mujeres es muy dura), y como si la transexualidad fuese una salida fácil desde algún punto de vista. Como si ahora las cosas no me fuesen mucho más complicadas de lo que eran antes.

Pero lo más importante de todo, es que dijo que en realidad lo que le importaba es que yo fuese feliz, como hombre o como mujer. Y que le daba mucho miedo que me equivoque y dentro de algunos años me arrepienta, pero que si esto es lo que necesito hacer, que no le parece mal. Es algo muy diferente a lo último que me dijo que opinaba sobre la cuestión, y hasta el momento no me lo había hecho saber. Se suponía que yo tenía que adivinarlo por su actitud, pero… eso es mucho suponer. No lo había adivinado, y si lo hubiese sabido antes, estos meses pasados habrían sido mucho más llevaderos.

He aprovechado para decirle que me duele que me hable en femenino, pero parece que por el momento eso es mucho pedir. En realidad no me dijo ni que sí ni que no, simplemente: «ah». Bueno, Roma no se hizo en un día.

En el lado negativo, dice la psicóloga que observa «divergencias» y que «habrá que tomarse todo el tiempo necesario para aclarar las cosas» o algo así. Sospecho que me he ganado 2 ó 3 consultas extra, lo que significa 3 ó 4 meses más de espera… Pero por otra parte, empiezo a darme cuenta de que muchas de las sospechas que tenía no se están cumpliendo. Así que no me voy a agobiar por eso.

Actualmente, vivo como un hombre y así es como me reconocen los demás. Sin embargo, es una situación un poco precaria, siempre tengo que estar «haciendo equilibrismos». El tratamiento hormonal sería, ni más ni menos, que el camino para normalizar mi situación (además de que me gustaría verme bien, ya estoy harto de mirarme al espejo y no verme). Pero también necesitaba aclarar las cosas con mis padres, y hasta me parece mucho más necesario de cara a esa «normalización».

Parece que no se puede tener todo, o, al menos no todo a la vez, así que tendré que ir conformándome con ir resolviendo las cuestiones una a una, que remedio. Y si para resolver uno de los problemas importantes es necesario que otro se retrase un poco… no es que me guste, pero me conformo. No me queda la sensación de haber hecho «un mal negocio».

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Grupos mixtos

Quedaba pendiente por qué no es lo mismo relacionarse con un grupo de personas del mismo sexo que con un grupo mixto, o sólo con chicas.

La verdad es que yo no me había dado cuenta del detalle hasta que la psicóloga me lo señaló la última vez que fuí. Después me dí cuenta de que cuando me relaciono solo con chicas, o solo con chicos, me siento mucho más cómodo que si estoy en un grupo mixto.

Había empezado a escribir un post super extenso sobre a qué podía deberse eso, pero no estaba nada convencido de los motivos que me estaba dando. Por eso lo he borrado.

No tengo ni idea de por qué me preocupa más relacionarme con un grupo mixto que con uno que no lo sea. A lo mejor por aquello de que las comparaciones son odiosas. No lo sé. La cuestión es que puedo hacerlo, con resultados muy satisfactorios, y eso mola.

Dejo otra foto de algo mixto, que también es satisfactorio:

Sandwich mixto

Sandwich mixto

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Mujeres y hombres (y viceversa)

No es la primera vez que salgo por ahí con un grupo mixto de gente, pero sí la primera vez que lo hago con un grupo de gente a la mayoría de los cuales no conozco desde antes de empezar con toda esta aventura. Éramos 6 personas: dos chicas, y cuatro chicos. A uno de los chicos lo conozco desde siete años, y a otro lo conocí brevemente justo cuando empezaba a darle vueltas en la cabeza a las cosas, pero aun no había hablado con nadie, así que no tenía una opinión sólida sobre mí que fuese necesario cambiar.

No me resultó difícil empezar a hablar con la gente y muy pronto la cosa estaba animada, buen ambiente y todos la mar de agusto. Y, de repente, cuando miré a mi alrededor fue como si todo encajara. Ya he tenido otras veces esa sensación, pero nunca de manera tan… iba a decir fuerte, pero no es la palabra. Quizá debería decir «completa».

Era como si, por una vez en la vida, estuviese justo donde debía estar. No donde quería estar, si no donde debía.

Antes, en muchas otras ocasiones, estuve donde quería estar. Lo que yo quiero es estar con mi familia o amigos, reirme, pasármelo bien, contarnos las penas si hay penas que contar… en definitiva, lo que le gusta a cualquier persona. Eso, por suerte, lo he conseguido en muchas ocasiones. No reniego de mi vida «de antes» porque he tenido muchos buenos momentos, y, en definitiva, puedo decir que he sido feliz… o todo lo feliz que podía haber sido.

Sin embargo, no era yo mismo. No estaba donde «debía». Pero tenía que hacer que pareciera que sí. Para conseguirlo forzaba el lenguaje corporal, hacía el tipo de bromas que se supone que debía hacer, sonreía cuando objetivamente tocaba hacerlo… Todo esto era el fruto de muchos años de aprendizaje deliberado, de leer revistas, de observas a los demás, de un gran esfuerzo con el único objetivo de «encajar» y poder estar donde quería.

Y ahora… verme integrado (esto de «verme» no es una metáfora, literalmente lo veía, porque cuando la gente está bien integrada, se hace visible en su lenguaje no verbal) en un grupo mixto de chicos y chicas, pero siendo yo mismo y pudiendo expresar mi personalidad de manera libre… Es como el que sale de la cárcel tras una larga condena, se encuentra con el horizonte y el cielo infinitos, y descubre que puede ir donde quiera. Es como… vivir.

Y como que conformarse con menos no es vida.

Nota: ahora me doy cuenta de que no he explicado cual es la importancia de que el grupo fuese mixto, y no solo de hombres. Eso queda para otro día.

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Como una Magdalena

Hace unos meses me pasó algo curioso: no podía llorar. No importaba las ganas que tuviera, o lo que me pasara. Simplemente no podía, era como si tuviese un nudo o algo que me impedía dar salida a las lágrimas.

Alphonse Elric

Alphonse Elric

Recordaba a Alphonse Elric, un personaje del manga «Full Metal Alchemist». Se trata de un niño de 12 años que, por accidente, perdió su cuerpo. Para mantenerlo con vida, su hermano mayor, de 14 años, ancla su alma a una enorme armadura, que se convierte entonces en su cuerpo. En una escena, Alphones explica su historia a otro personaje, y le dice que no siente hambre, ni sueño, ni puede llorar. «Creo que el día que empiece [a llorar] no podré volover a parar y lo inundaré todo», dice (más o menos).

Pues algo así me ha pasado a mi. Antes no podía llorar, no sé porqué motivo, hasta que por fin se me empezó a deshacer el nudo, poco a poco. Ahora me he pasado al otro lado, y cualquier cosa me emociona y hace que se me humedezcan los ojos. No importa si es una película, una noticia en la televisión, o incluso cuando duermo y sueño.

Lo que más me emociona son las palabras amables. Cuando alguien es amable conmigo, y me muestra apoyo, me resulta muy dificil contener las lágrimas. Incluso el mero hecho de recordarlo ya me afecta, y muchas veces me ocurre que, después de haber quedado con alguien y haber estado especialmente bien, cuando llego a casa empiezo a pensar en ello y me doy unas «panzás» de llorar que no son normales.

Voy a tener que empezar a llevar pañuelos siempre encima.

Otra cosa es que últimamente agradezco mucho el contacto físico. Antes (y con esto no me refiero a los últimos meses, sino desde siempre) me molestaba que me tocasen. Ahora lo deseo, y muchas veces pienso que me vendría bien un abrazo.

Parece que esto de vivir solo me está convirtiendo en un sentimental.

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Vota a los Antitaurinos.

Domingo, 7 de junio de 2009, 22:00.

Manel Maciá, número 1 del PACMA (Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal) se sienta ante el televisor mientras se come una rica tortilla de patatas con cebollita que le va a caer como gloria bendita. A sus pies un par de perro dan saltos pidiéndole que comparta con ellos tan delicioso manjar.

Levemente interesado, enciende el televisor y busca alguna cadena en la que estén dando el recuento de votos de las elecciones al Parlamento Europeo. No le resulta muy difícil, y, como además no ha ido a votar ni dios, el recuento corre que se las pela.

Manel observa los trocitos de pastel de colores, entre los que predomina el rojo, el azul, y luego unos más pequeñitos. ¿Qué es ese pedacito, sólo una pequeña raya, de color verde? ¿PACMA?

El comentarista que va leyendo los resultados, dice asombrado: «y un escaño para el PACMA… Partido Antitaurino».

Asombrado, Manel se frota los ojos y llama a su mujer.

– ¡Mariaaaaaaaaa!

María acude con las manos húmedas por haber estado lavándose los dientes (ella cena más temprano porque madruga más para ir a trabajar al día siguiente).

– ¿Que pasa?

– Dime que no estás viendo lo mismo que yo… No tenemos ningún escaño ¿verdad?

La mujer se inclina sobre al pantalla del televisor y señala incrédula la raya verde.

– N-n-no puede ser… tenéis un escaño…

Sin decir nada más, Manel levanta el teléfono y llama a su madre.

– Oye mamá ¿tú nos has votado?

– ¿Yo? No hijo, que va… si yo no he ido a votar.

– Pues muy mal, hay que votar aunque sea en blanco… Bueno, ya te llamo luego, que tengo que hacer una cosa.

Acto seguido, cuelga y marca otro número, esta vez el de Marta Jimeno, candidata del PACMA al Parlamento Europeo. El teléfono fijo no responde, así que la llama al móvil.

– Marta ¿estás viendo la tele?

– No, que va. La verdad es que estoy en la calle tomando un helado, que es el cumpleaños de mi hija.

– Un poco tarde ¿no?

– Sí, pero como ahora los días son tan largos… Además, esta niña es que no se cansa, madre mía… Bueno ¿como es que me llamas?

– Pueeeees… ¿te acuerdas que te había puesto de candidata para las elecciones?

– Sí…

– Pues hemos sacado un escaño.

– ¿¿¿¿COMOOOOOO????

– Todavía no es definitivo, pero… me parece que te vas a Estrasburgo.

– ¿A Estrasburgo? ¡Pero qué me estás contando! Ni hablar. Ya me dirás que coño pinto yo en Bélgica.

– No, realmente Estrasburgo está en Francia..

– Bueno, donde sea. Yo tengo que llevar a mi niña al colegio. Y mi jefe me mata, eso seguro. Vamos, con la de lío que tengo yo aquí, como para irme a Estrasburgo. Te estás quedado conmigo ¿verdad?

– No, no. Hemos sacado un escaño de verdad.

– Anda ya… Por un momento me lo he creído y todo. Es que soy más inocente… Venga, mañana nos vemos y hablamos. Un abrazo.

La linea se corta, y Manel mira alternativamente de la pantalla del televisor a su mujer, y luego al teléfono.

– No se lo ha creido – musita para nadie.

– No me extraña – responde María -. Yo tampoco me lo creo.

Esto es una ficción, pero con la ayuda de todos nosotros, puede hacerse realidad.

¡¡¡¡VOTA POR LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES!!!!

¡¡¡VOTA PACMA!!!

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Afortunado

Debo considerarme afortunado por muchos motivos.

En primer lugar (y no sé si ya me hago pesado, pero no me canso de repetirlo) por tener unos amigos tan increibles. Quién tiene un amigo tiene un tesoro… y en ese sentido, mi capital es comparable al capital social del BBVA.

Los refraneros nos advierten de que no confiemos demasiado en nuestros amigos, ya que sólo en la adversidad podremos reconocer si realmente se merecen ser llamados así o no. Casi todos llevan implícita una pesimista advertencia: que en realidad, la mayor parte de las veces, los que creíamos que eran amigos, nos fallan.

En mi caso eso no ha ocurrido. No sólo no me ha fallado ninguno, si no que han aparecido de donde no me lo esperaba. Una y otra vez no dejo de sorprenderme de lo maravillosas que son las personas que me rodean, incluyendo las que están «virtualmente» cerca, a través de la red, y me pregunto que habré hecho para tener tanta suerte.

(Y sí, Javi, que sepas que esto también va por tí y por Maria José)

También me he dado cuenta de que soy afortunado por tener algo que, al parecer, a mucha gente le falta. Emociones. Cuando enciendo la televisión (cosa que no ocurre a menudo) me doy cuenta de que todos los anunciantes pretenden lo mismo: vender sentimientos, sensaciones, algo que nos haga pensar que este día ha sido especial.

Yo siempre tengo la sensación de que cada día es especial. Aunque en realidad no ocurren grandes cosas en mi vida, y cuando me preguntan como me va, lo único que se me ocurre decir es: «psche, como siempre, todo sigue igual», es raro cuando no encuentro un detalle que me haga sentir bien.

Hoy conseguí encontrar aparcamiento en menos de 15 minutos (lo normal es media hora o más), y me llegaron por correo unas fajas que necesitaba con cierta urgencia. Fui a echar la inscripción de la oposción y no había cola en el banco ni en la subdelegación del gobierno. Cuando llegué a casa mi vecina me dijo que me había recogido unos libros que pedí por correo, y que habían llegado mientras estaba fuera, así que me he ahorrado trasponer a Correos, que está bastante lejos. La verdad es que no voy a poder leer esos libros hasta dentro de bastante tiempo, pero los compré porque estaban muy baratos, y me ha dado alegría que me llegasen. También fuí a comprar un traje… ¡mi primer traje masculino! Y las cinco personas que trabajaban en la tienda me identificaron como hombre sin dudar (debo aclarar que es una tienda que también vende ropa de mujer). Por cierto, encontré el traje, tirado de precio, y me quedaba bien.

La verdad es que no suelo hacer tantas cosas a lo largo de un día. Normalmente sólo estudio y miro un par de veces mis foros de juegos de rol. Pero aún así, casi siempre encuentro algo por lo que alegrarme: una tirada de dados afortunada, un mail de alguien que conozco, o un test que me sale tan bien como tenía previsto.

Es otro motivo por el que puedo decir que tengo suerte: soy capaz de controlar mis emociones y, simplemente, sentarme a estudiar. No es algo muy divertido, ni una habilidad demasiado interesante, de esas de las que puedes presumir. Pero es util.

Y tengo esperanza. De vez en cuando me descubro pensando que quizá cuando mi madre me acompañe a ver a la psicóloga, hablar con ella le suponga una diferencia. Quiero creer las cosas pueden cambiar y acabarán haciéndolo tarde o temprano. Que no hay mal que cien años dure, y que pronto todo empezará a solucionarse.

En fin… las cosas no son perfectas, pero es que, en realidad, nunca lo son. Todo el mundo tiene problemas, y no todos tienen tantas ventajas. No me puedo quejar.

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