Archivo mensual: agosto 2011

El reto a la heterosexualidad

Durante el primer año de mi transición noté que dos amigos (varones) se habían distanciado considerablemente de mí a raiz de  mi transexualidad. No es que hubiesen dejado de tratarme, pero su relación conmigo había pasado de «muy buenos amigos», de poder hablar de todo durante horas y horas,  a «conversación cortés». Al principio pensé que ya se les pasaría, pues al no manifestar una oposición abierta, simplemente pensé que no sabían como tratarme ahora.

Un par de años más tarde me enteré por una persona muy allegada a uno de ellos que el problema que ese en concreto tenía era que yo le gustaba como mujer… y si me admitía como hombre significaba que le gustaba un hombre, o alguien que había llegado a serlo, o algo así. Y eso ¿en qué lugar le dejaba? ¿En algo así como un gay, o un bisexual?

No sé si al otro amigo le sucedía lo mismo, pero apostaría que sí, pues sus caracteres y su relación conmigo eran muy similares en ciertos aspectos.

Esto es el «reto a la heterosexualidad»: hacer que los heteros tengan duda sobre su orientación. Y es que muchas personas heterosexuales basan su percepción de la propia orientación sexual en cómo se relacionan con los demás, y no en la percepción de lo que les atrae. En lugar de decir «soy heterosexual, me gustan sólo las personas del sexo opuesto» (claro, para ser heterosexual hay que pensar que existe un sexo opuesto), dicen «me gustan sólo las personas del sexo opuesto, debe ser que soy heterosexual». Una extraña lógica inversa que les lleva a definir sus preferencias en función de cómo se relacionan con los demás, en lugar de relacionarse con los demás en función de sus preferencias.

El reto a la heterosexualidad se produce cuando una circunstancia externa hace que las personas presuntamente heterosexuales (presuntamente, porque su orientación sexual está permanentemente en tela de juicio) ven amenazado su status heterosexual. Además, generalmente sólo les ocurre a los hombres. Que yo sepa, nunca he visto ninguna mujer que tuviese problemas con eso.

El reto a la heterosexualidad causa en quienes lo sufren una terrible sensación de inseguridad. Yo diría que es casi angustia. Supongo que después de toda una vida haciendo chistes sobre gays, y entendiendo a los gays como «los otros», la mera idea de dejar de ser sujeto de burla para convertirse en objeto, te pone los pelos de punta. O quizá son plenamente conscientes de los privilegios que conlleva ser heterosexual (y ser visto como tal por los demás) y temen perder esos privilegios que su condición u orientación sexual conlleva.

A mí, todo hay que decirlo, me encanta provocar el reto a la heterosexualidad. Cuando algunos hombres se me quedan mirando el pecho atónitos y preguntándose «¿dónde están? no puede ser», por una parte me produce cierto sentimiento de disforia, pues me siento empujado a un lugar femenino, situado en el lugar de objeto de deseo, de quien existe para ser mirado y disfrutado. Por otra parte me resulta divertido ver las dudas que mi identidad crea  sobre la suya, con un efecto demoledor que les va a dar mucho que pensar.

El reto a la heterosexualidad puede producirse en muchas otras circunstancias. Por ejemplo, el mero hecho de ser visto con alguien «no heterosexual» puede generarlo. ¿Qué pensarán los demás si me ven con fulano o mengana? ¡Pueden creer que soy lo que no soy! Cuanta más estrecha sea la relación, mayor es el reto. Si en vez de tener un conocido gay, es tu mejor amigo, es malo. Si tienes muchos amigos gays, peor. Si, encima, pasas mucho tiempo con ellos en lugares públicos, más peor todavía. Si te ven entrando en lugares de ambiente, es el apocalipsis. Si te ven dentro de un lugar de ambiente, entonces… entonces no pasa nada. Los dos estáis comentiendo el mismo pecado… ¡mejor no tener prejuicios!

El reto a la heterosexualidad es motivo de muchas agresiones y asesinatos de personas trans. «Yo creía que era una mujer, y cuando descubrí que no lo era perdí el control…» suele ser la explicación que dan muchos asesinos de mujeres transexuales. Hace algún tiempo, unos heteros apuñalaron repetidamente a un gay porque les daba miedo. También es motivo de vergüenza para las familias, especialmente para los hijos de padres/madres homosexuales o transexuales. «¿Pensarán mis amigos que yo soy homosexual porque mi madre es lesbiana?». O peor «¿pensarán mis amigos que yo soy gay porque mi padre es gay?». O peor «¿Y si resulta que lo de ser gay/trans es genético, y yo también soy?».

No deja de sorprenderme que muchas personas basan su autoconcepto en la percepción que los demás tienen sobre ellas, especialmente los hombres (también les ocurre a algunos gays, aunque en este caso, sería el reto a la homosexualidad… y también reto a la cisexualidad). Mirarse en los ojos de los demás como si fuesen el espejo que nos dice quienes somos nosotros. Relativizar nuestro papel en función del rol que cumplimos frente a otros. ¿No es un poco raro? Pues ocurre.

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Y otra vez el verano…

Cada nuevo verano es igual: me encuentro con gente con la que tengo muy poco contacto. Algunos todavía «no se han acostumbrado» a verme como hombre. Otros, ni siquiera lo sabían.

Me digo que hay que tener paciencia. Que no lo hacen con mala intención. Que es normal que se sorprendan, porque seguramente creen que soy la única persona transexual que conocen (muy probablemente conocen más, sólo que no lo saben).

Nunca, o muy rara vez, me encuentro con un mal trato. Al contrario, lo que encuentro es mucho cariño, y también esfuerzo por comprender. Nadie me hace preguntas ofensivas, o comentarios inoportunos (al menos no me los hacen en la mayoría de los casos). Es, simplemente, que me siento retroceder, una vez más, de vuelta a la casilla de salida.

1º) Tener que explicar que soy trans. O, peor, tener que explicar quien soy, en el caso de los amigos virtuales. «Sí, nosotros ya nos conocíamos, sólo que entonces yo usaba otro nick…». La explicación me parece inevitable, incluso necesaria. No se me ocurre forma de evitarla, si es que quiero relacionarme con esas personas de manera «normal», aunque sólo sea durante los 15 minutos que puede durar un intercambio de impresiones en unas jornadas de rol. No es culpa de nadie, no se me ocurre una forma mejor de hacerlo. Pero explicar que soy trans nunca me ha resultado agradable, en parte porque todavía no existen en Español palabras para hacerlo y mantener mi dignidad intacta. Además, llevo tres años haciéndolo, y, la verdad, cansa. Una cosa es que, si sale a cuento por algún motivo (que sale a cuento con gran frecuencia, puesto que la transexualidad es un factor relevante en mi experiencia) lo comente, y otra muy distinta es «hola, soy transexual. ¿Que te parece el nuevo manual de Aquelarre?». Y mientras todo el mundo habla del nuevo manual de Aquelarre, me doy cuenta de que muchas miradas, y muchos pensamientos, están centrados en mi «cambio de sexo».

2º) Dejar a la gente con la impresión de que he cambiado de sexo. No he cambiado de sexo. Ni de género, por si alguien está pensando que existe alguna diferencia entre una cosa y la otra. Si en algún momento viví como mujer, no fue por deseo propio, sino porque fuí obligado a ello. En la actualidad todavía hay quien pretende obligarme a ello, como mis padres, algunos parientes, ciertos trabajadores de instituciones públicas, o el propio Estado español, por absurdo que parezca a estas alturas de la película. Sin embargo, en nuestra sociedad la visión predominante sobre la transexualidad es esa: gente que se cambia de sexo. De hecho, la palabra transexual viene a decir eso: que va de un sexo a otro. Desarmar ese pensamiento lleva muchas horas, mucho tiempo de conversación. Ser blanco de ese pensamiento es muy molesto para mí, pues significa obligarme a ser mujer de manera retroactiva. Es decir: «vale, te acepto como hombre, pero antes no lo eras». De alguna manera mi yo presente siente que se violenta o se agrede a mi yo pasado. Pero si me encuentro con alguien a quien hacía mucho que no veía, lo cierto es que no tengo ganas de contarle mis intimidades, o mis reflexiones profundas, sobretodo porque no sé si van a ser bienvenidas o no, y generalmente, la ocasión tampoco suele ser propicia. No veo como mejorar esto.

3º) El efecto de reto a la heterosexualidad. El reto a la heterosexualidad es una entrada que llevo tiempo postponiendo. Será la próxima que escriba. En resumen, mi identidad hace que algunos hombres se sientan menos heterosexuales. Eso me toca mucho las narices, especialmente cuando me miran directamente a las tetas con cara de: «¿Donde están? ¡No están! ¡Pero si antes estaban! ¡Con lo grandes que eran! No puede ser, voy a mirar otra vez. ¿Donde están? ¡No están! ¡Pero si antes estaban! ¡Con lo grandes que eran! No puede ser, voy a mirar otra vez.» A diferencia de todo lo escrito anteriormente, esto sí que se merece ser tenido en cuenta, y creo que está justificado que me moleste. Si necesitas que yo sea una mujer con las tetas gordas para sentirte un hombre, es tu problema, no mío. Págate un psicoanalista, o los servicios de un trabajador sexual. De hecho tal vez lo segundo te resulte más útil y placentero que lo primero.

En fin, que entiendo que la gente se sorprenda, pero yo estoy hasta las narices. Entiendo que debo ser paciente y tolerante, e incluso didáctico (aunque poner a las personas trans en el brete de tener que dar explicaciones, me parece injusto. Como si todos nosotros tuviesemos la obligación de ser expertos en psicología, psiquiatría, socilogía y sexología. ¿Puede algún heterosexual explicar la heterosexualidad? Porque yo hasta ahora no he encontrado a ninguno que me haya dado respuestas satisfactorias sobre si mismo…). Pero creo que también tengo que decir que para ellos son 5, 10 o 15 minutos, incluso tal vez un par de horas, en que deben convivir con la extraordinaria y desestabilizante situación de compartir espacio con una persona transexual, mientras que yo ya llevo 3 años teniendo que vivir de manera más o menos habitual la experiencia de compartir espacio con personas sorprendidas y desestabilizadas.

Y cansa. Cansa pensar que como soy un bicho raro, debo tolerar que la gente se sorprenda. Cansa soportar la sorpresa, cuando esta ocurre… una vez, y otra vez, y otra vez… y no sabes hasta cuando seguirá ocurriendo.

La única solución que veo es dar más información, y más educación. La visibilidad es, al mismo tiempo, problema y solución. Si yo hubiese cambiado por completo de ambiente, no sería visible, y no provocaría sorpresa en nadie. Si todas las personas trans se hiciesen visibles, sería algo tan normal que ya no le sorprendería a nadie. ¡¡¡Al menos no sería tan anormal!!!

En fin, queda el consuelo de que la sociedad de verdad está cambiando, y para mejor. Hay que continuar teniendo paciencia, e intentado que la sensación casi constante de ser un insecto bajo una lupa no me afecte demasiado.

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En respuesta a Xomorro

Hace unos días, Xomorro dejó un comentario en el que hacía diversas preguntas. Como la respuesta ha sido bastante larga, y creo que además puede interesar a otras personas, he pensado hacer una entrada con ella. Podéis ver la pregunta aquí. A continuación, la respuesta.

Kaixo Xomorro!

Lo primero es que no sé con qué género dirigirme a ti, ya que a veces usas la x, otras el femenino, y me ha parecido ver que en algún lugar usabas el masculino, así que a falta de que me digas lo que prefieres (si es que prefieres algo), voy a usar la x, aunque tengo ciertas reservas hacia esta forma «agenérica» porque en la comunicación verbal no sirve… lo cual nos indica que está ideada sólo par ser utilizada en ambientes académicos o virtuales, en los que la comunicación es predominantentemente escrita.

Planteas un montón de preguntas, algunas claramente, y otras de manera «tangencial», a ver si puedo abarcarlo todo.

Cuando le dije a mi hermana que soy trans, yo no entendía muy bien qué era lo que me pasaba, o por qué sé que soy un hombre, o por qué lo estaba pasando tan mal. Mi hermana me lo explicó en unas pocas frases «tantos años aguantando que la gente te trate de una forma que no te gusta, y sin poder decir nada», o algo así fue lo que me dijo. Porque a mí lo que realmente me gusta es que me traten como a un hombre. Luego habrá cosas puntuales que me molesten, pero como a todo el mundo…

Nunca he pedido a nadie que me entienda, sólo que me trate bien, esto es, que me trate como yo deseo. Es cierto que me da pena que muchxs de mis amigxs más antiguxs, por más que se esfuerzan no pueden dejar de ver principalmente a la mujer que también hay en mí, mientras que mi parte masculina les resulta más difícil de asumir. Sin embargo lo intentan, y con eso ya es bastante.

No tienes por qué entender a las personas transexuales. Si no lo haces, no pasará nada. Lo que sí tienes que hacer es no cuestionar la legitimidad de sus sentimientos o de su identidad (no estoy diciendo que en la actualidad lo estés haciendo).

Ahora bien, comentas que te gustaría empatizar con esa experiencia y preguntas qué es ser mujer u hombre, cómo se define… Lo curioso es que la gran mayoría de la población se define y se siente mujer u hombre, sean o no sea trans. Sin embargo, a una mujer cis nadie le pregunta por qué sabe que es una mujer, por que se siente mujer, y por qué es feliz siendo mujer. Simplemente «son» mujeres y se asume que eso es algo «natural».

Ser mujer u hombre, desde luego, no viene definido por cosas externas como la ropa o las aficiones, pero sí es verdad que la feminidad o masculinidad de una persona puede ayudarle a demostrarse a si mismx que pertenece a ese sexogénero. «Soy mujer, porque soy femenina» – «Soy hombre, porque soy masculino». En mi opinión, medir la propia identidad con el rasero de la propia masculinidad o feminidad es totalmente legítimo, aceptable, y una forma de hacerlo tan buena como otra cualquiera.

Otras personas utilizan como indicador su biología. Soy mujer/hombre por mis genitales, lo que lleva a algunas personas trans a operarse, aunque no todas las que se operan lo hacen por ese motivo, algunas lo hacen porque no soportan su cuerpo tal y como es, y esperan que será más soportable si lo reconstruyen. Es la forma de pensar más extendida, la mayoría de la gente cree ser mujer u hombre porque tienen vagina o pene. Para que te des cuenta de hasta que punto este pensamiento está extendido, a las operaciones de reconstrucción genital se las llama comunmente «operaciones de cambio de sexo», «cirugía de reasignación de sexo», o «cirugía de reasignación de género», incluso, y especialmente, entre médicos, cirujanos y psicólogos especializados en el tratamiento de la transexualidad. De un tiempo a esta parte (y confío en que yo he contribuido bastante a ello) estoy empezando a escuchar cada vez más la expresión «cirugía de reconstrucción genital».

Otros indicadores de la biología que se usan para demostrarse a unx mismx su pertenencia a un sexogénero concreto son los cromosomas (ver comentario de Alexander). Hay gente que se basa en que el cerebro es «sexuado», es decir, que el cerebro de mujeres y hombres es distinto, y que son hombres o mujeres porque su cerebro es de hombre o de mujer. También hay personas que se basan en la morfología de su cuerpo (por ejemplo, mujeres con cromosomas XY y resistencia a la testosterona, que son externamente femeninas), y, como no, quienes se basan en que en su cuerpo existen o existieron gónadas de uno de los dos sexos oficialmente reconocidos (que no únicos). Esto de las gónadas es tan importante, que es el argumento que habitualmente usa la Iglesia Católica y sus afines para «demostrar» que las personas transexuales no podemos pertenecer realmente a otro sexo que no sea el «de nacimiento», puesto que no es posible que nuestros cuerpos alberguen gónadas del sexo «de llegada». En fin, cualquiera de estas ideas es tan buena como cualquier otra a la hora de explicarse a unx mismx. El problema es cuando se pretende usarlas como baremo para medir al otrx. Es decir, si yo baso mi «hombría» en que mi comportamiento es masculino, y exijo que cualquiera tenga un comportamiento igualmente masculino para considerarlo hombre, lo estoy haciendo mal. Si yo baso mi «hombría» en la necesidad de adquirir caracteres sexuales primarios o secundarios, y exijo que cualquier otra persona acomode sus propios caracteres sexuales para admitirla como hombre, también lo estaría haciendo haciendo mal.

¿Y cual es mi posición al respecto? Mi posición es muy simple: el origen de la transexualidad es la heterosexualidad. Buscamos respuestas para tratar de comprender la «experiencia transexual», porque pensamos que lo «normal» es ser heterosexual, lo cual incluye, de paso, no ser transexual. De modo que al final la respuesta te la diste tú en tu propia pregunta: la identidad no se explica, se vive. La identidad es, y es por influencia de todo. No necesito saber qué ha influido en mí para que me considere un hombre, o mayormente un hombre (no siempre me considero un hombre), y para que NECESITE muy intensamente modificar mi cuerpo. No necesito saber qué es lo que está mal en mí para que yo no sea una persona normal.

Pasando a la segunda parte de tu comentario, me hablas de que estás distanciándote de un amigo, y de que no ves con buenos ojos a las otras personas trans «por ideología». Allí en el País Vasco, al igual que en Cataluña, tenéis un reducto de transexuales conservadorxs que se empeñan en establecer una normativización estricta, medible y pesable de qué y cómo tiene que ser una persona trans para ser aceptable. Básicamente la idea es muy sencilla: para ser aceptable, la persona trans tiene que adaptarse a un modelo. Ese modelo son ellxs mismxs. Bien por ellos. Debe ser un subidón para la autoestima creerse tan perfecto que puedes convertirte en el centro y modelo del universo. Seguro que nunca necesitarán tomar antidepresivos, hacer meditación, o practicar deporte para levantarse el ánimo. Debe bastarles con pensar «soy el ser que sirve de referencia y modelo para el resto de la humanidad» y les dará un subidón de la hostia.

En Cataluña y en el País Vasco tenéis otra cosa en común: hay mucha gente que cuando se encuentra con alguien a quien no puede convencer, o contra la que no puede argumentar, en lugar de respetarla, o retirarse hasta que se le ocurra un argumento mejor, simplemente caen en la descalificación. Da igual que te digan «facha» o «transfóbica». Es descalificación. Hace poco, Mauro Cabral reflexionaba sobre todas esas personas que usan alegremente la palabra «transfóbico» para (des)calificar a otrxs, y que, sin embargo, no cesan de repetir, enérgicamente, que ellxs no son trans. De ninguna manera. Puede que quepa dudas sobre otras cosas, pero lo que no son en ningún modo, es trans. ¿No será, más bien, que lxs transfóbicxs son ellxs? Lo mejor, en mi experiencia, es no hacerles mucho caso y mantenerse apartadx de ellxs. Si tu amigx se deja convencer, supongo que ya es mayorcito para saber lo que hace. Es triste ver como un amigx se aleja, pero a veces la vida es triste.

Por lo demás, creo que sí hay muchas actitudes y expresiones de las personas trans(exuales) que pueden ser ofensivas para alguien en tu situación (¿ves? porque existen personas como tú «cis-anormales» me resisto a usar la expresión «cisexual», que contiene una cierta carga de «estar feliz con el sexo asignado al nacer», que no siempre es cierta. Es como decir que están lxs guays, lxs que transitan, y lxs conformistas medio lelxs, que se quedan como están). Por una parte está lo que comentaba antes de pretender imponer a otrxs el baremo personal e íntimo que uso para mí. Por otra parte, hay una cuestión muy importante: cuando la identidad se convierte en política.

Porque la identidad propia es algo muy íntimo, aparentemente personalísimo, que no afecta o no debería afectar a terceras personas. La realidad es que sí lo hace. Nuestro juego con respecto a quienes nos rodean cambia por completo en función del género dentro del que se nos percibe. Las personas ambiguas, que no sabemos en qué género situar, generalmente nos causan inquietud, incluso a mí. De modo que algo que es, en principio, intimísimo, se convierte al mismo tiempo en una cuestión política, que, además, en este momento está también politizada. Muchas personas transexuales conservadoras (no clásicas, no. Conservadoras) acusan a aquellas personas que no os sentís bien dentro de la categoría de hombre o de mujer de utilizar la identidad como un arma ideológica para hacer política. Como un medio de provocación social. No como una auténtica identidad, sino como un atuendo del que un día os despojaréis, como quien pertenece a una tribu urbana durante la adolescencia, y luego deja de pertenecer a ella.

Te digo lo mismo que antes: aléjate. No vas a conseguir convencerles de nada. No vas a conseguir que te respeten. Sólo vas a sacar disgustos, acusaciones, puede que insultos, e incluso peleas. Si a tus amigxs les va ese rollo, entonces quizá no sean como creías que eran. Una persona que le va el rollo de creerse mejor que otrxs, de erigirse como modelo, de portar ideas y opiniones en todo mesiánico, despreciando a quienes no comulgan con sus ideas… no es una persona a la que merezca la pena dedicar mucho tiempo. Sí, creerte mejor que otrxs, pensar que formas parte de una élite elegida, es muy alagador y agradable, pero hay otras formas constructivas de sentirse bien, y la gran mayoría de la población las conoce.

Es una pena. No es fácil despedirse o poner distancia con las personas a las que quieres o has querido, pero si van por ese camino, no es conveniente que las siguas. Intenta razonar con ellas, pero si ves que no… pues entonces dedica tu esfuerzo a otras cosas, y pon tus afectos en quienes lo merezcan.

Muchas gracias por leer y por tus comentarios, y cualquier otra pregunta que tengas, no te cortes en hacerla.

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Apostatando: día 1.

Hoy nace una nueva sección del blog, que va a versar sobre cómo apostatar, o morir en el intento.

Lo cierto es que, en mi opinión, siendo felizmente transexual y bisexual, y dada cual es la política que tradicionalmente viene manteniendo la Iglesia Católica hacia las personas como yo, lo más consecuente y fácil para todos sería que me excomulgasen. Si a Juana de Arco, heroina de guerra, que recibía sus estrategias militares vía revelación divina, la quemaron por vestir ropas de hombre ¿Qué no harían conmigo, si pudiesen, dado que ni soy heroe de nada, y he ido mucho más allá de simplemente vestir atuendo masculino? Lo que sí pueden hacer es excomulgarme… pero con eso precisamente no se animan, probablemente porque saben que eso me agradaría. Muy probablemente, prefieren regodearse pensando que en el otro mundo pasare siglos y siglos purgando mis graves pecados en el purgatorio (ardería en el infierno, pero el Papa Benedicto XVI lo abolió hace un par de años), y en este me harán dar más vueltas que a un molino para sacarme de sus dichosos libros.

Apostatar cuesta, y ahora es cuando vas a empezar a pagar.

Antes de meterme en el fregado, me he estado informando (una buena guía sobre la apostasía podéis encontrarla aquí. La autora asegura que es un proceso rápido y sencillo si sigues rigurosamente las instrucciones), y todas las fuentes especializadas en el tema coinciden: lo primero es conseguir la partida bautismal. Para ello, en teoría, hay que solicitarla a la parroquia donde te bautizaron, pero yo no tengo ni idea de dónde fue eso. Así que tengo que empezar por ahí.

Lo más lógico sería preguntar a mis padres donde me bautizaron, pero he aprendido que lo más sensato por mi parte es evitar contarles nada de lo que me traigo entre manos. También, con cierto buen criterio, sostienen que estar «apuntado» en la Iglesia Católica es una buena idea de cara a que cambién las tornas políticas y volvamos a vernos en un estado confesional católico. Creo que es una buena estrategia de supervivencia para un ciudadando heterosexual, pero no para mí. Si las cosas cambian y nos vemos en un estado confesional, yo voy a estar jodido igualmente, así que mantener esa prevención no tiene ningún sentido. Además, tampoco se puede vivir condicionado por el miedo.

Como sea, a mis padres todo lo que hago les parece mal, así que prefiero mantenerles tan al margen de mis asuntos como sea posible. De este modo, pasamos a la opción 1.

Opción 1: ir a mi actual parroquia y preguntar. Así que allí me he presentado yo, con toda mi jeta (y mi cara es una cuestión importante en este punto) a pedir una partida bautismal. Inmediatamente el párroco me ha preguntado para qué. Yo podía haberme inventado cualquier milonga, como que me voy a casar, peeeeero… llegamos al punto de la jeta, y es que en cuanto dijese el nombre que figura en la partida bautismal, se me iba a ver el plumero bastante. Por tanto, he decidido ser sincero y decir que quiero la partida de nacimiento para apostatar. Inmediatamente el párroco me ha dicho que no. Que si quiero apostatar, me dirija a la Curia, que está en Granada, y que allí me expedirán la partida bautismal específica para eso. Le he preguntado si por lo menos podía informarme de cual es la parroquia en que me bautizaron, pero se ha negado. Le he preguntado si podía llamar por teléfono a la Curia y me ha dicho que pruebe a ver. Le he pedido el teléfono de la Curia, y me ha dicho que busque en las páginas amarillas. Me ha faltado mandarle a la mierda, pero como de todos modos no se iba a ir, he decidido ahorrarme la grosería, y hacerlo sólo para mis adentros. Así pues, pasamos a la opción 2.

Opción 2: llamar a mi abuela. De camino, le he preguntado cómo está. La verdad, debería llamarla con más frecuencia, la tengo muy desatendida a la pobre. Después de un rato de agradable conversación, le he preguntado si sabía en qué parroquia me bautizaron. Dice que no tiene ni idea, pero se ha ofrecido a preguntar a mis padres solapadamente. Crucemos los dedos. También es verdad que es posible que mis padres tampoco se acuerden, porque ya han pasado 32 años, y no es que hayan sido nunca de frecuentar esa clase de lugares. Pero aún nos quedan las opciones 3 y 4.

Opción 3: llamar a la Curia, y, ahí sí puedo inventarme cualquier cosa. He pensado decirles que mi hermana se va a casar y he me ha pedido que me haga cargo de ese tema. O hacerme pasar por mi mismo y decirles que yo me voy a casar. Seguramente pensarán que soy una mujer con la voz muy grave, pero si con la voz que tenía antes pasaba por un hombre con la voz muy aguda… significa que hablando por teléfono cualquier cosa es posible. También pensarán que no soy muy practicante que digamos, pero las bodas traen pingües beneficios para la Iglesia, y son una oportunidad de adoctrinar a los incautos que se van a casar, amén de captar a futuros socios no voluntarios a través del bautizo de los futuros hijos. Todo un chollo.

Opción 4: buscar el álbum de fotos del bautismo, que vaya usted a saber donde habrá caido, con la esperanza de que entre sus páginas haya un recordatorio de esos que se dan a los invitados, o que en las imágenes haya algún dato que me indique donde coño me bautizaron.

En último extremo, no me va a quedar más remedio que preguntar a mis padres directamente, aunque, como ya he dicho antes, lo cierto es que no tengo muy claro que vayan a acordarse.

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