Archivo mensual: julio 2010

Binarismo en las aulas.

Ayer un amigo (con el que siempre es un gusto hablar, y que antes leía por aquí, aunque no sé si lo sigue haciendo) me comentaba que los hombres y las mujeres utilizamos el cerebro de distinta forma, y que esto es así desde la infancia. Por este motivo, los niños y las niñas tienen sistemas de aprendizaje distintos, hasta el punto en que está empezando a surgir la idea de que sería conveniente darles clase por separado hasta los 15 años, edad en que se reunirían en aulas mixtas. Este sistema está empezando a aplicarse en algunos paises del norte de Europa.

Ya dice mi padre que hoy en día los psicólogos han substituido  a los curas… ¡Cuanta razón tiene! Imagino que tan sólo a un cura o a un psicólogo se le puede ocurrir algo que destila tanta beatería. Por los cuatro costados.

Como siempre la idea es «proteger a las niñas de los niños». Los niños tienen más dificultades para concentrarse y son más alborotadores. Las niñas son más tranquilas y si se las aleja de los niños, su rendimiento puede ser más alto. Es un buen argumento, pero no se han roto mucho la cabeza pensando. Mis abuelos y mis padres ya iban a colegios segregados por sexo para proteger a las niñas, que son más delicadas, y que podían excitar, sin querer, los bajos instintos de los niños. Por el bien de todos, de ellas y de ellos, era mejor mantenerles separados.

La separación por sexos en las escuelas ya se probó, y no dio muy buenos resultados. Pero claro, en aquella época la segregación estaba orquestada por las autoridades espirituales. Si la organizan los psicólogos, que, como diría una amiga mía, son la divina papaya, ya es otra cosa.

No hace falta que explique que si la segregación por sexos se realiza para utilizar diferentes metodologías según tengamos alumnos o alumnas, el resultado es un diseño curricular distinto para niños y niñas. Mira, igual que en la época de mi abuela. Ellas y ellos aprenden cosas distintas, de manera distinta, acorde con lo que es más adecuado según las diferentes naturalezas… digoooo… según las diferentes características neurológicas y psicoevolutivas de hombres y mujeres.

Tal vez en los currículums de psicología deberían incluir asignaturas de historia.

Eso sin contar con otros factores, como el hecho de que la segregación en las aulas aumentaría las dificultades para relacionarse entre niños y niñas de la misma edad. ¿Cómo convencer a esos niños y niñas, que han sido educados por separado porque «sus formas de aprender son diferentes» de que al llegar a la edad adulta están capacitados para realizar los mismos tipos de trabajo? Claro que, teniendo en cuenta los diseños curriculares diferentes, elaborados por psicólogos y piscopedagagos que nunca han dado clase en un aula de escuela o instituto, refrendados por políticos incompetentes y desarrollados por maestros y profesores de los cuales el 25% están quemados, el 70% son tan incompetentes como los políticos que elaboraron los currículums y los procesos de selección y sólo el 5% se preocupan de hacer bien su trabajo, al llegar el momento de la «reunificación sexual» todas las niñas estarían ya encaminadas a desarrollar destrezas femeninas y a ser futuras maestras, enfermeras o secretarias, mientras que todos los niños se habrían encaminado a desarrollar destrezas masculinas, que los llevarían a ser ingenieros, médicos o directivos de empresa.

No, no me parece que la segregación por sexo sea una buena política educativa, ni aunque lo diga algún San Psicólogo avalado por trescientos estudios incuestionables sobre lo diferentes que son los procesos cognitivos de niños y niñas en función de su estructura neurológica, inamovible e inmodificable (también podría cuestionar los métodos con que se realizan estos estudios, y como sus resultados estan lejos de ser imparciales).

Pero, obviando todas estas cuestiones, hay otra que está por encima de todas ellas. Y es que la segregación sexual parte del presupuesto de que sólo hay hombres y mujeres, y además se les puede reconocer a simple vista por la forma de sus genitales, desde el momento del nacimiento. Cosa que, como todos sabemos es falsa.

Para empezar, hay un alto porcentage de personas intersexuales (entre un 1% y un 2% de la población) en cuyos cuerpos hay características sexuales de ambos sexos, cuyo desarrollo cognitivo es totalmente diferente del de los hombres o mujeres no intersexuales, y que, en algunos casos, no presentan ambigüedad genital. O sea que un bebé podría ser intersex y descubrirse solamente con el paso de los años, o incluso no descubrirse nunca. En un colegio que tuviese mil alumnos, un grupo de 10 estaría asignado dentro de un aula que no sería la suya.

Luego estamos las personas trans. ¿Se puede saber si alguien es hombre o mujer sólo mirándole los genitales? Mi experiencia es que no. Colocar a un niño en el grupo de las niñas sólo porque parece una niña, o a una niña en el grupo de los niños por el mismo motivo es equivalente a convertir su infancia en un infierno. Si encima le pones un uniforme con faldita o pantalón, según toque, entonces apaga y vámonos.

El binarismo en las aulas es una de las principales causas de fracaso escolar entre las personas trans. Conozco a un chico (trans) que no aprendió a leer ni escribir porque tenía que ir al colegio con uniforme de niña, y ante tal requisito, decidió no ir. Se escapaba y se pasaba el día escondido en el campo, hasta que era la hora de volver a casa. Una amiga tiene recuerdos aterradores de su colegio de niños y cuenta que deseaba ir al colegio de niñas, lo que le condujo a odiar su propio cuerpo, especialmente sus genitales, porque era consciente de que era a causa de dichos genitales que estaba obligada a permanecer en el colegio de niños. Para los que hemos ido a colegios mixtos, creo que la cosa ha sido más fácil, aunque la presión recibida por parte de nuestros compañeros y compañeras tampoco convirtió la experiencia escolar en un camino de rosas. Los mismos maestros y profesores tratan de manera distinta a niños y niñas, y esperan cosas diferentes de ellas que de ellos (claro, son humanos y viven dentro de la misma sociedad que todos los demás). Algunos resistimos y terminamos la educación básica, la intermedia, e incluso llegamos a la universidad. Otros se quedaron por el camino porque no soportaban ir a la escuela.

Un ejemplo se vio claramente en un reality show que dieron en Antena 3 el año pasado. Se llamaba curso del 69 (y era una mierda, sólo aguanté el primer episodio). Entre los alumno había un chico que, si no era una trans femenina, se le parecía mucho: pelo largo, maquillaje, andares cimbreantes… el primer día le quisieron cortar el pelo. O se cortaba el pelo, o dejaba el programa… decidió dejar el programa. Seguramente la gran mayoría de las chicas que participaban en el reality habrían tomado la misma decisión, pero a ellas sólo las obligaron a hacerse trenzas. Probablemente ese chico se habría quedado si le hubiesen permitido hacerse trenzas… pero así es el mundo de la segregación sexual. Cada cual tiene que hacer lo que se espera que haga, quiera o no.

Dicho esto hay estudios que apuntan a que el cerebro de las mujeres transexuales y el de los hombres gays es muy similar al de las mujeres hetero, y viceversa con los hombres trans y las mujeres lesbianas. Creo que los que hicieron ese estudio no se toparon con un hombre trans gay o con una mujer trans lesbiana, o tal vez sí lo hicieron, se hicieron la picha un lío, y descartaron los resultados. Supongo que ni se les pasó por la cabeza estudiar a personas intersex. Eso ya sería para nota.

Alguien podría argumentar que ningún sistema cubre todas las posibilidades y variantes, y siempre tiene que quedarse alguien fuera. «Mala suerte, te jodes por raro.» Es un argumento totalmente inaceptable. En un estado de derecho, un sistema que deje fuera o incluso ejerza violencia (porque obligar a un niño trans a ir a una clase de niñas es una agresión psicológica brutal) sobre un colectivo determinado, es inaceptable.

Mi propuesta para mejorar el sistema educativo español pasaría por… bueno, mejor no lo digo, sería demasiado políticamente incorrecto, y, entre otras cosas, no quiero que Cesar Coll me denuncie por amenzas. Básicamente sería desarmar el sistema pieza a pieza, y volver a armarlo desde el principio. Claro que yo, al igual que la gran mayoría de psicólogos y psicopedagogos, nunca he dado clase en un aula de escuela o instituto.

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La no anécdota.

Hace unos días me tocó pedir la prórroga de la visa para poder quedarme en Ecuador un poco más de tiempo (por diversos motivos, no voy a quedarme mucho más tiempo en el país), lo que supone, como mínimo ir tres veces a extranjería, aunque yo tuve que ir seis. Ya explicaré el intrincado proceso, que tiene tela.

La cuestión es que allí estaba yo, con mi carpeta (me hicieron llevar los documentos en una carpetita, perforados y anillados) llena de papeles en los que venía mi nombre legal, incluyendo la fotocopia del pasaporte, y el pasaporte original. El funcionario de la ventanilla los revisó, para comprobar que todo estuviese en orden.

Primero miró las hojas de solicitud. Luego miró la fotocopia del pasaporte y cotejó que el nombre y apellidos fuesen los mismos. Después miró el original y cotejó que la fotocopia fuese fiel. Hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza, como pensando para si mismo «todo concuerda», y me pidió que me sentase de nuevo en la sala de espera, que ahora me llamarían para darme un documento justificativo.

No puso cara de sorpresa, no hizo preguntas, no paseó su mirada del pasaporte a mi cara y de mi cara al pasaporte… Nada. Incluso siguió tratándome de «señor» sin liarse ni trabarse, como la cosa más normal. Yo, que estaba esperando algún tipo de reacción, aluciné en colores.

Así que me senté en la sala de espera. Normalmente, cuando llaman a la gente para recoger los documentos, un funcionario (distinto del que previamente me había atendido) lo hace diciendo en voz alta el pais de ciudadanía y el nombre de la persona. Por ejemplo «ciudadana coreana, Fulanita de Copas», o «ciudadano senegalés, Menganito de Bastos». A mi me llamaron «ciudadano español, señor Vergara». Cuando fui a recoger el documento me estaba preguntando a ver si en vez de azucar al te le había echado algún producto raro y en realidad estaba flipando. Probablemente en los próximos minutos vería un dragón de colores entrando por la ventana.

Pero no, no vi ningún dragón, y el buen trato, o trato normalizado, continuó en las siguientes ocasiones que fui a extranjería, en las que, por cierto, no me atendió dos veces la misma persona. Traté con cinco funcionarios distintos, y a todos ellos mi documentación les parecía totalmente normal.

He hablado de esto con mis amigos y tenemos principalmente dos teorías. O bien que tengo un aspecto ya tan masculino que no deja duda (y como aquí la gente se pone unos nombres bastante extraños, ya están curados de espanto), o bien que los funcionarios estaban preparados para atender correctamente a una persona transexual. Yo me inclino por la segunda opción. Normalmente las reacciones de sorpresa se la gente no vienen de un rechazo hacia las personas trans, sino de una genuina sorpresa cuando nos encuentran. No saben qué somos ni como tratarnos, porque nunca antes han conocida a nadie transexual, ni nadie les ha explicado qué hacer. En este caso me dio la sensación de que todos sabían que yo era un hombre transexual, y que lo que correspondía era tratarme en masculino.

Sin embargo, la naturalidad de todo el mundo va más allá de lo que se podría conseguir con una formación o capacitación teórica, realizada en unas pocas horas. Mi apuesta es que en esa oficina hay una persona transexual trabajando, que además es «visible» (es decir, que no oculta el hecho de ser transexual), y que ha conseguido ser aceptada como un* más dentro del sexo elegido.

La pena es que me voy a quedar sin saber si esto es o no es cierto, pero en la parte positiva me quedo con que, sea como sea, me han tratado de manera intachable, al menos en el sentido del género (en otros sentidos sí que tengo algunas observaciones, pero eso quedará para la próxima entrada).

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Antigripales… WTF!

Al final con tanto cambio de tiempo, he terminado resfriándome. Me he tomado una pastilla de Ibuprofeno pero nada… me ha hecho el mismo efecto que si me hubiese tomado una pastilla de azucar. Así que he decidido acercarme a la farmacia a pedir alguno de esos combinados «dopantes» que te dejan como nuevo.

Mis alumnos me han recomendado uno que no lleva paracetamol, sino acido acetilsalicílico y cafeina, principalmente (no puedo tomar paracetamol, me produce un malestar de intensidad similar y tipo diferente al malestar del resfriado).

– Pero me parece que ahora no te venden los antigripales sin receta médica – comenta mi alumna -. Lo pusieron así porque cuando la gripe A todo el mundo iba a comprar antigripales.

– Noooo… seguro que sí le venden – responde su marido. Yo estoy de acuerdo. A lo mejor para lo que sí piden receta es para el Tamiflú.

Un rato después me acerco medio tambaleante a la farmacia (estoy exagerando, en realidad ni siquiera me ha dado fiebre) y pregunto si el medicamento que me han recomendado lleva paracetamol.

– Si lleva con receta.

– ¿Queeee? – no he entendido ni jota. A veces los dependientes tienden a abreviar las frases y quitar todas las partes no necesarias, como las preposiciones, los artículos, los verbos y el sujeto. Por ejemplo, en la hamburguesería que hay cerca de mi casa cuando pides una hamburguesa te preguntan «¿Con queso con todo?» que quiere decir que si la quiero con queso (hasta ahí era fácil) y si además la quiero con todos los demás ingredientes o hay algo que no me guste.

– Que si lleva con receta.

– Perdón, no la entiendo.

– Que todos los antigripales se venden con receta.

– Ah.

Llevaba razón mi alumna. Así que puedo ir a la farmacia y comprar esteroides (testosterona) como si fueran caramelos, pero en cambio si quiero un antigripal necesito una receta. Por un momento se me quedó cara de tonto (más de lo que ya tengo normalmente).

– ¿Y aspirinitas si venden?

– Sí, aspirina sí. A cinco céntimos la unidad. ¿Cuantas quiere?

– Pues no sé… deme ocho – ocho es una cantidad ridícula teniendo en cuenta que tengo un resfriado bastante importante, me van a durar dos días, si llega. Pero me di cuenta cuando las tuve en la mano, es que no tengo la cabeza muy clara.

La farmaceutica sacó una caja de aspirinas, una tijera, recortó ocho aspirinas y me las dio. Pagué los pocos céntimos que me pidió y me marché a mi casa pensando que espero que a ningún farmaceutico español se le ocurra venir de vacaciones a Ecuador, o a lo mejor le da un yuyu. Eso contando con que el farmaceutico en cuestión sobreviva hasta llegar al mostrador, después de ver que aquí en las farmacias venden de todo, desde champú y papel higiénico hasta chocolatinas y refrescos, pasando por animalitos de peluche.

P.D. A l*s que os debo algún e-mail, ya sabéis por qué no os he escrito. Es que llevo ya un par de días arrastrando el resfriado.

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Algo pasa en Barcelona.

Cuando me preguntan por Barcelona, la primera idea que tengo es: una ciudad en la que hay mucho de todo. Hay muchos góticos, muchos rockeros, muchos frikis, muchas lesbianas, muchos trans, muchos aficionados al paracaidismo, muchos cultivadores de horquideas… de lo que se te ocurra, seguro que en Barcelona encuentras a un buen puñado de gente.

No me gustaria vivir en Barcelona, pero cuando estoy allí, una de las cosas que sí me gustan es que puedes ir por la calle sin que nadie te mire, hagas lo que hagas. Como en Barcelona hay mucho de todo, en realidad nada es raro.

Pero claro, como en Barcelona hay de todo, también hay gente a la que le molesta que los demás sean como quieran ser, y que hagan lo que mejor les parezca con sus vidas. Parece ser que allí a estas personas se les llama «mossos d’escuadra» o también «guardia urbana», entre otros.

Hace poco se ha empezado a difundir una petición de ayuda para Maro Díaz, un chico trans que en 2006 fue detenido de manera arbitraria por la guardia urbana, quienes, según parece, se lo pasaron muy bien insultándole porque su nombre femenino en el pasaporte (tiene pasaporte estadounidense, no español) no concuerda con su aspecto masculino. También aprovecharon para darle una buena paliza.

Conocí a Maro en diciembre, aunque sólo intercambiamos unas frases durante un rato. Normalmente no hago mucho caso cuando empiezan a llegarme noticias sobre alguien que pide ayuda, porque los oax interneteros suplicando ayuda para un niño ciego-sordo-mudo que nació sin cabeza y con tres piernas me tienen ya imunizado (si eres de los que les gusta difundir este tipo de mensajes entre tus amigos, acabas de encontrar un buen motivo para dejar de hacerlo), pero tratándose de Maro, aunque puedo decir que en realidad no sé nada de él, voy a hacer una excepción.

Hay que añadir que, además, Maro es mulato. Un amigo me contó que hace algún tiempo un colega suyo, en este caso francés, había sido detenido y apaleado por la guardia urbana de Barcelona por el enorme crimen de ser negro. Lo que los policías no sabían es que, además de negro y extranjero, era joyero, y tenía dinero, tiempo y energía para meterles un buen pleito, aunque al final todo quedó en nada. Normalmente los juicios contra la policía se pierden, o se disuelven en sentencias que vienen a decir «niño malo, no lo vuelvas a hacer», pero según parece, en esta ocasión, la cosa está yendo mejor. ¡¡¡Ojalá!!!

Entretanto, ayer leía esta otra noticia: «Abuso policial contra las prostitutas de Barcelona«. Otra vez la guardia urbana haciendo de las suyas, y por lo que se ve, es práctica habitual en ese barrio. Me quedaba yo pasmado cuando me contaron que aquí en Quito la policía gaseaba a las prostitutas trans y a los miembros de la Patrulla Legal, y mira… resulta que no me hacía falta venirme tan lejos. Lo mismo lo tenía en casa, mucho más a mano, y yo sin saberlo.

Lo peor de todo, lo realmente malo es que… Bueno, si un hijo de puta te agrede o te insulta por ser negro, o por ser transexual, o por o que sea, es una putada y es algo contra lo que habrá que luchar. Denunciar, tratar de concienciar a la sociedad de que está al ir pegando a la gente, por los motivos que sean, crear leyes, unirse… Pero si el que te insulta y te agrede es quien se supone que te tenía que proteger, entonces ¿qué se puede hacer? ¿Qué es lo que queda? ¿A quién se puede acudir?

Espero que en esta ocasión el juez entienda que el uniforme policial no puede ser un refugio para que los matones de discoteca, los macarras de playa y los robabocadillos de colegio campen a sus anchas y se diviertan de la única manera en que parecen saber divertirse.

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Tempus fugit.

Tempus FugitHoy hace tres meses que estoy en el Ecuador. Desde que estoy aquí he aprendido muchas cosas, he pensado muchas cosas, he cambiado mucho, y no sólo por las hormonas. Entre las cosas que he aprendido, que «fregado» puede ser una mala palabra, igual que «tirar», que uno puede pasar varios días trabajando sin parar y manteniéndose sólo a base de galletas «festival», pero que eso no es vida. Que las cosas no son como son, sino como cada uno las ve. Que las culturas «latinas» se parecen entre si como un huevo a una castaña. He aprendido que el plátano verde se puede cocinar de múltiples formas y está rico (aunque quizá resulte un poco áspero para el paladar no entrenado).

Lo más importante que he aprendido en Ecuador que lo más importante en la vida es vivir, no evitar la muerte.

También he empezado a añorar la eficiente y bien organizada administración pública española, con sus trámites sencillos, transparentes y bien explicados. Imagináos como es la administración pública ecuatoriana…

Va a hacer seis meses que empecé a hormonarme. Ya muy poca gente me toma por una chica, diría que un 0,5% de la gente. Me está cambiando bastante la voz, tengo algo de barba, me está cambiando la forma del cuerpo, la cara, noto que tengo más energía… y lo mejor, no me ha salido acné. Estoy muy contento con eso.

Hace aproximadamente un año que entré en Conjuntos Difusos y conocí a unas personas que no sé cómo han terminado convirtiéndose en fundamentales para mí. Todo empezó de manera accidental: «¿cuando quedamos? – No sé, tengo la agenda muy llena ¿y si te vienes a una reunión que tengo esta tarde?». Yo no lo sabía, pero aquella tarde en el Botánico, tomando un nestea con un montón de desconocid*s que hablaban de cosas raras, mi vida estaba empezando a dar un giro de 180º. La vida tiene cosas muy extrañas.

Hace dos años que supe que ya no podía seguir fingiendo que era quién no era. Pronto este blog cumplirá dos años. Recuerdo que por las mañanas me levantaba con la sensación de que en realidad nadie sabía quien era, porque nada más poner un pie en el suelo me colocaba una enorme máscara y tenía que llevarla a lo largo de todo el día, hasta que me volvía a dormir. También recuerdo que era como si alguien me hubiese catapultado a un universo paralelo. Y como si estuviese a punto de tirarme a una piscina, pero sin mirar si había agua o no. Nunca me he atrevido a tirarme de cabeza desde un trampolín, y sin embargo, lo que hice fue peor… Yo que soy tan cobarde, que soy tan  tranquilo, que nunca hago nada arriesgado ni emocionante… Desde entonces tuve que aprender otras formas de vivir, y ahora he llegado al punto en el que hasta añoro tener un poco de rutina… un poquito nada más (pero sin pasarse).

En agosto cumpliré 31 años, y estoy convencido de que estoy en la mejor época de mi vida. Con todos mis errores, con todos los bandazos que voy dando de un sitio a otro,  sin sentar cabeza, sin hacer mucho caso de las recomendaciones del médico, sin oficio conocido… Y sin embargo, por primera vez, creo que estoy tomando las decisiones acertadas, hasta cuando me equivoco. Creo que soy lo suficientemente joven como para estar a tiempo de sacar provecho de mi mismo, y empiezo a ser suficientemente mayor como para evaluar las situaciones con madurez. Eso sí, me temo que sigo siendo tan ingenuo y confiado como cuando tenía ocho años, pero ya tengo asumido que eso no se me va a quitar.

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La Capilla del Hombre

Una vez más, por enésima vez, me desorienté en las calles de Quito. Poco a poco voy recuperando mi sentido de la orientación, y ya sé más o menos donde está el norte y dónde está el sur, pero todavía me falta mucho para poder decir que me muevo por soltura en la ciudad.

Total, que estaba yo perdido por la zona del centro turístico (luego me enteré de que estaba en la calle Reina Victoria, cerca de la Colón, pero esa información me llegó una semana más tarde) cuando pasé junto a una oficina de información turística. Un sitio perfecto para pedir un mapa, y de camino preguntar qué lugares interesantes podía visitar.

La chica que me atendió lo hizo con el mejor estilo de informadora turística, sacando rápidamente un plano callejero turístico y dibujando en él circulitos y referencias. El caótico sistema de transporte público quiteño no le facilitaba precisamente el trabajo, pero aún así consiguió darme unas indicaciones claras y precisas que posteriormente me están sirviendo para llegar sin perderme a los sitios que quiero visitar. Finalmente me habló de la Capilla del Hombre, donde se exponen muchos de los cuadros de Guayasamín, uno de los mejores pintores de toda Latino América. Cuando empezó a hablarme de ese sitio lo hizo con tanto entusiasmo que decidí que sería el primer lugar que visitase. Entonces ella se ofreció a hacerme de guía.

Nos vimos unos días más tarde, entre semana, que era cuando podía, aprovechando su día de descanso. Había quedado también con otro turista, pero no se presentó, así que cogimos el autobús urbano y allá que fuimos.

Llegar a la Capilla del Hombre no es fácil. En el autobús que llega hasta allí no hay identificación ninguna, y la capilla en si está a tomar por culo de todo, en lo alto de una colina, en el barrio de Bellavista, pero donde ya casi no hay ni barrio ni nada. Eso sí, hay una vista bellísima, de ahí el nombre del barrio. Sospecho que no hay muchos turistas que lleguen a la Capilla del Hombre por casualidad.

Una vez dentro, mi guía empezó a explicarme. Primero me llevó a ver el Árbol de la Vida, donde está enterrado Guayasamín en una vasija de barro, tal y como él mismo solicitó. Dimos un paseo por la parte de fuera de su casa, y también me llevó a la cafetería del museo a que me repusiese un poco de la altura, porque el museo está a unos 2.900m de altitud, y aunque ya me estoy acostumbrando a Quito, en cuanto subo un poco, me quedo de nuevo sin aire. Luego pasamos al museo en si.

Pintura del techoEl museo está situado justo sobre la linea equinoccial, o sea, sobre la linea del ecuador, lo que significa que los días de solsticio el sol cae totalmente perpendicular sobre la estructura de la capilla, atravesando la claraboya circular que hay en el centro de esta. La pintura que hay alrededor representa a los esclavos indígenas que eran obligados a trabajar en las minasdel potosí y que están buscando a tientas una manera de escapar dirigiéndose hacia la luz.

Cada una de las partes de la estructura arquitectónica del museo tiene significado. ¡¡Hasta los diferentes tipos de suelo!! Cada rincón, cada detalle, tiene su significado, y la guía que me acompañaba los conocía todos casi tan bien como si se los hubiese contado el mismo Guayasamín.

También conocía la historia y la interpretación de cada una de las pinturas. Los cuadros de Guayasamín son fuertes, muy impactantes y dramáticos. A veces me sentía tentado de decir «que bonito», pero lo cierto es que la palabra «bonito» no tenía cabida, pues se trataba de imágenes muy dramáticas e impactantes. Algunas mostraban a madres sosteniendo en sus brazos a hijos famélicos que no podían alimentar, a personas muriendo de hambre, ríos de sangre, mutilados… representando todo el dañEn recuerdo de las víctimas de Pinocheto que el hombre ha hecho al hombre a lo largo y ancho del mundo en la última mitad del S. XX.

Al principio Guayasamín empezó pintando sobre el sufrimiento de las gentes de la América Latina, desde Mexico hasta la Patagonia, y a esa época le llamó «camino de lágrimas», haciendo referencia a la parte del ojo por donde corren las lágrimas cuando se llora. Sin embargo, después viajó por todo el mundo y comprendió que el sufrimiento no era patrimonio exclusivo de este contiente, y dibujó cuadros de todo el mundo. Esta es la etapa de la ira. Finalmente terminó dibujando también la esperanza en una última estapa que es la ternura o también «mientras viva siempre te recuerdo» que está dedicada a su madre.

En más de una ocasión noté que me emocionaba, como cuando vi este cuadro de la derecha, que Guayasamín pintó tras conocer la noticia de la muerte de algunos amigos durante el golpe de estado de Pinochet en Chile. También me sorprendió el cuadro de los mutilados, dedicado a los mutilados de la guerra civil española, que consta de seis paneles móviles que se pueden girar o colocar en cualquier orden, y siempre conectan con alguna parte del cuerpo dibujada en el panel contiguo. Eso significa que el cuadro tiene casi 3.000 posibles colocaciones e interpretaciones y todas ellas son buenas (desgraciadamente no puedo colgar la foto porque la red que tengo ahora no es muy buena y no consigo subir casi ningún archivo).

Me parece que es bastante desacertado por parte del ayuntamiento de Quito no dar una mayor publicidad a la Capilla del Hombre, y es una pena que seguramente muchos turistas se vayan sin conocer la obra de este pintor. De todos modos, la visita para mí no habría sido ni la mitad de buena de no haber contado con las explicaciones de mi guía.

Le he pedido permiso para dejar sus datos de contacto aquí, por si a alguien le pudiese interesar contratarla. El hecho de que yo la conociese por casualidad no significa que sea una guía «pirata», al contrario, tiene la acreditación oficial del Ministerio de Turismo ecuatoriano para ejercer esta labor, y doy fe de que por su profesionalidad, interés y conocimientos, se merece ámpliamente dicha acreditación. Su nombre el Lilia, y su dirección de correo electrónico es liliaruiz1719(arroba)hotmail(punto)com  (pongo así la dirección para evitar que le llegue demasiado spam).

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El reflejo en el espejo.

Vuelvo a tener un espejo en que mirarme… lo que facilita mucho la labor de afeitarme y ponerme las lentillas. He aprendido a hacer ambas cosas sin espejo, y no me saqué ningún ojo por el camino. No deshollarme es más fácil, básicamente porque todavía no tengo mucha barba que afeitar.

El espejo está en el baño. Me miro y veo a un chico, que, por primera vez, se parece bastante a la persona que sale en las fotos. Hasta hace poco no tenía una idea muy clara de cual era mi aspecto, era un poco como que me miraba al espejo y no me veía, tan sólo me veía en las fotos. Ahora empiezo a verme, y es agradable. Tengo un motón de lunares y pecas, y cada vez menos pelo (no es que nunca haya tenido mucho), pero me da igual. Me veo reflejado en el espejo, por primera vez.

He pensado mucho y he leido mucho sobre la hormonación. Teorías a favor, teorías en contra. Una normalización del cuerpo, una medicalización de la vida. Una necesidad, si no te hormonas no eres un auténtico transexual. Todo tonterías. Lo importante es sentirse bien con uno mismo. Resulta que la realidad está por encima de todas las teorías y explicaciones habidas y por haber. Teorizar y explicar está muy bien, pero lo importante es vivir. Yo me siento muy bien. Punto.

Sigo desvistiéndome ante el espejo. Tengo la sensación de que también se me han ensanchado los hombros, y como he adelgazado, la ropa me va más holgada. Puedo quitarme la camiseta y dejarme solo la faja, y me sigo viendo bien. Sin embargo, al quitarme la faja, la imagen se me descuadra. Tengo pecho, y de repente en mi mente salta la idea «eso no debería estar ahí, no pega». Siempre he tenido el mismo pecho, ni más ni menos, pero de repente, me sorprendo al verlo. No me molesta, ni me repugna, ni me preocupa. Simplemente, me sorprende, como si fuese algo inesperado. Que raro.

Empiezo a pensar de corazón que me gustaría hacerme la masectomía. Antes lo había pensado con la cabeza, que seguramente en algún momento me vendría bien operarme aunque sólo fuese por comodidad, pero ahora empiezo a desearlo con el corazón, de una forma distinta. Sin embargo sigue siendo algo que no me quita el sueño. Quiero hacerlo, pero puedo esperar tranquilamente a que llegue el momento.

La forma de mis caderas está cambiando, ahora son más rectas. Me miro el culo, y ha disminuido considerablemente de tamaño. Claro, es que he adelgazado, pero hasta ahora cuando adelgazaba, perdía volumen de manera proporcionada, o, en todo caso, antes de la parte superior del cuerpo, nunca de la inferior. No voy a engañar a nadie… todavía tengo culo de sobras, y todavía quedan unos cuantos kilos que perder, pero eso no significa que no tenga mucho menos que antes, y que la proporción sea muy diferente… en tan sólo cinco meses de hormonación.

Sigue saliéndome pelo especialmente en los brazos, en el pecho, en la barriga, y también en la cara, pero ya se me ha pasado el complejo de Chewaka, a pesar de que sé que la cosa sólo puede ir a peor. Supongo que la primera impresión es cuando ves pelo donde antes no había, pero luego como simplemente va aumentando la cantidad, ya no es para tanto. Igual a la larga hasta empieza a gustarme y todo… la depilación nunca fue una de mis prioridades, la verdad.

Bah ¿a quién quiero engañar? Hasta el momento me gustan todos los cambios que están ocurriendo en mi cuerpo, hasta el aumento del vello y de la sudoración, y el implacable avance de la alopecia androgénica. Si alguna vez me hace falta ducharme dos veces en un día, pues me ducho y en paz (me estoy librando del achicarrante verano español, que ahí sí que me iba a tener que duchar varias veces al día, aunque solo fuese para no morir de calor). Lo malo es que aquí no tengo mucha ropa y tengo que estar poniendo lavadoras cada dos por tres, pero bueno, tampoco es tanto trabajo, peor sería tener que lavar a mano.

Es curioso eso de mirarse en el espejo y verse. Voy a seguir practicándolo.

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Diferencias culturales (y II)

Otro de los ejes que, según ese estudio configuran una cultura es la individualidad/colectivismo de la sociedad. En ese sentido, Ecuador en uno de los paises más colectivos del mundo, junto con Japón. Esto crea algunos paralelismos entre ambas culturas. Por ejemplo, tanto en Japón como en Ecuador, los hermanos se llaman «hermano» y «hermana» (o «ñaño» y «ñaña», más bien en el Ecuador), mientras que en España, por ejemplo, se llaman por su nombre. Lo curioso de esto es que tanto en Japón como en Ecuador, el apelativo de «hermano» se extiende también a los amigos más cercanos. No es como en los EE.UU. que la gente se llama «hermano» como podría llamarse «cuñado» siendo una palabra que les identifica con la pertenencia a una misma raza o grupo, sino que aquí tiene el significado casi pleno de familia. Además, las familias Ecuatorianas son muy grandes, e incluyen a los primos, los hijos de los primos, las parejas de los hijos de los primos…

Este sentido de colectividad tiene ciertas reglas. Por una parte, los miembros del colectivo se protegen entre si y se apoyan. En Ecuador es muy fácil sentirse bienvenido, ya que enseguida empiezas a ser un poco «de la familia». Por otra parte, para pertenecer a esta «familia» hay que tener un alto grado de lealtad y ser capaces de apartar los objetivos personales para ir en pos de los objetivos grupales. España tabién tiene un alto grado de cultura colectiva (las familias también son grandes, los jóvenes tienen pandillas, la gente dedica mucho tiempo a pasarlo con sus amigos haciendo actividades en grupo), pero también es, en el mismo grado, una cultura individualista.

Ser más individualista o ser más colectivo no es ni bueno ni malo, pero sí que suele ser un problema de adaptación cuando una persona de cultura más individualista llega a una cultura más grupal, puesto que el grupo va a ofrecer muchas cosas pero a cambio va a querer llevarse una parte de la individualidad que a la que el extranjero no va a querer renunciar tan fácilmente. En cambio me da la sensación de que una persona procedente de una cultura grupal en una cultura individualista, lo tendrá más fácil para adaptarse, aunque en culturas extremadamente individualistas puede que llegue a sentirse muy solo.

El último eje sería lo que en el estudio se llama «masculinidad/feminidad». Es el concepto más difícil de entender, creo que porque el nombre no está bien puesto, y a parte porque se basa a su vez en dos aspectos:

– Si los papeles de los hombres y las mujeres son muy diferenciadas.

– Si se da más valor a la calidad de vida (trabajar para vivir) que a la carrera profesional (vivir para trabajar).

Normalmente las sociedades en las que se valora más la calidad de vida también tienen un reparto de papeles menos diferenciado, mientras que las sociedades más competitivas laboralmente tienen una diferencia de roles mayor. Estas sociedades generalmente esperan que la mujer se quede en casa o realice trabajos de cuidado, como enfermera, maestra de jardín de infancia, etc… mientras que reserva a los hombres la tarea de trabajar fuea de casa en trabajos como ingeniero, director de empresas, etc… Las sociedades más competitivas y que tienen una mayor diferencia de roles de género se consideran «masculinas», mientras que las menos competitivas y con roles de género menos diferenciados, se consideran «femeninas». Como ya he dicho, creo que esta denominación no es muy acertada, y algunos autores coinciden conmigo, pero no he encontrado una denominación alternativa, y tampoco se me ocurre otra mejor.

Según esa encuesta, la cultura española es moderadamente «femenina» porque tenemos muchos días de vacaciones y además el reparto de papeles entre hombres y mujeres es relativamente igualitario. En esta parte del estudio me parece que han desbarrado un poco. Por una parte en España eso de las vacaciones pagadas es, cada vez más, un sueño lejano que ahora sólo queda al alcance de unos pocos, y por otra parte, las jornadas laborales de 40 horas semanales, las pagas extra, los permisos de maternidad… un mito que algunos nos preguntamos si alguna vez existió de verdad. Por otra parte, sí que es verdad que no hay tanta diferencia como en otros paises entre las cosas que se supone que hacen los hombres y las que se supen que hacen las mujeres, pero aún así, hay muuuuucha. Ecuador se considera que es un país bastante «masculino», porque, aunque el vivir bien (mejor dicho, el «buen vivir» o «sumak kawsay») es uno de los objetivos del país en sí (proclamado así en la constitución ¿Cuantos paises del mundo tienen una constitución en la que dice «queremos un buen vivir»?) y la forma de vida aquí sin duda es más tranquila, incluso teniendo en cuenta que yo estoy en la capital, es un país donde los papeles de hombres y mujeres están muy, muy, muy diferenciados. Si en España hay machismo, aquí hay todavía más machismo… apoyado por muchas mujeres que se sienten felices con el papel que la sociedad les tiene reservado. A mí, personalmente, no me parece mal que hayan mujeres que se sientan felices siendo madres, esposas, ejerciendo determinados trabajos… lo que está mal es que eso sea obligatorio para todas las mujeres, incluidas las que no les gusta verse en ese papel.

Sin embargo, otra de las cosas que comenta este libro que he leido es que cuando uno forma parte de una cultura, da por sentado que la forma lógica y natural de hacer las cosas es la que ha aprendido desde su infancia (por eso la propia cultura es la más difícil de entender, porque no nos damos cuenta de hasta que punto influye en nosotros), y cualquiera que no se comporte como se supone que debe comportarse se considera que, o bien tiene algún tipo de trastorno mental (lo que explica la patologización de la transexualidad), que tuvo una mala eduación en su infacia, que tiene carencias afectivas, o es un inadaptado.

La verdad es que he disfrutado bastante con esta lectura, aunque encuentro que se deja muchos aspectos de la cultura sin tocar… y que en el fondo, reducir todo el bagage cultural de una nación a cuatro ejes es simplificar demasiado. Sin embargo, toca puntos que hasta ahora no había visto en ningún otro sito, y me ayuda a completar las cosas que he ido aprendiendo poco a poco.

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Diferencias culturales (I)

Navegando en la red llegué por casualidad a la web de la investigación de Geert Hofstede (lo siento, no he encontrado nada en español) que hace referencia a las diferencias culturales desde el punto de vista de la administración de empresas, que es un punto de vista que entiendo bien, porque mis estudios están relacionados con ello. Parece que no, pero haber estudiado turismo, a veces sirve para algo (incluso para mucho).

Este libro señala las principales diferencias culturales en tres ejes universales y un cuarto eje que no es tan universal, pero aún así se puede tomar en consideración. Me gusta porque me está sirviendo para comprender un poco mejor la cultura ecuatoriana. Después de dos meses y medio, ya empiezo a medio darme cuenta de algunas cosas, pero creo que podría pasarme media vida aquí, y todavía seguiría sintiéndome medio extraterrestre.

Una de las cosas que me llamaron la atención al principio de estar aquí fue que la gente se refería a los demás utilizándo un título. La primera vez que lo noté fue hablando con una persona que se refería a otra usando el nombre de su profesión, y no el nombre de pila. Decía «luego hablaré con la abogada» o «pregúntenle a la abogada». A mí me pareció bastante molesto, porque me daba la sensación de que lo hacía despectivamente, llamándola «la abogada» porque no quería recordar su nombre propio. Luego pensé que tal vez lo hacía como forma de respeto. Con un poco más de tiempo me dí cuenta de que, en efecto, aquí es normal anteponer un título al nombre de la persona: abogada Fulanita, doctor Menganito… también hay ingeniero, economista, licenciado… podría estar hasta mañana escribiéndo títulos. Muchas veces el título substituye al nombre de la persona. Por ejemplo, en cierta ocasión pude conocer al alcalde de Puyo, y me dirigí a él como «señor». Inmediatamente un parroquiano me corrigió «alcalde, es nuestro alcalde». Me costó un poco de trabajo usar ese término, porque en España sonaría mal dirigirse al alcalde de tu pueblo así (creo que normalmente lo haría como Sr. Apellido), y menos en una situación tan informal como aquella (¡estaba dando un paseo por el pueblo con su monoplaza de F1 construido por él mismo!).

Parece ser que hay paises en los que hay una mayor distancia con el poder, y otros en los que esta distancia es menor. Una mayor distancia al poder genera una mayor formalidad en el trato entre las personas, y la aparición de múltiples títulos delante del nombre (¿Tal vez en mi currículum debería poner «Diplomado Pablo Vergara»?). También hace que la gente sienta la necesidad de tener una dirección clara, de que le digan exáctamente qué tiene que hacer y como, y que se sean un poco más tímidos a la hora de dirigirse a sus jefes en el trabajo. Probablemente a los jefes tampoco les gustaría que los empleados hiciesen como en España, que uno puede acercarse y decir «Pepe, me parece que esto no lo estamos haciendo bien», si bien España tampoco es uno de los paises donde hay una corta distancia al poder.

Sí que hay en España un gran miedo a la incertidumbre. A los españoles nos gusta saber qué va a pasar mañana, y pasado mañana, y al otro… tener estabilidad. Para ello elaboramos un montón de leyes que ya casi regulan hasta como tenemos que cepillarnos los dientes… y luego nos las saltamos a la torera. En ese sentido, creo que hay menos diferencias con respecto a Ecuador, aunque creo que al ecuatoriano no le preocupa tanto como a nosotros correr riesgos. «Ya mismito llego» es una expresión que significa que llegaré en un tiempo indeterminado, que puede ser entre cinco minutos y nunca. También me da la sensación de que necesitan menos leyes que nosotros, probablemente porque son más «autosinceros» y son capaces de reconocer ante si mismos que, de todos modos, se las van a saltar cuando sea necesario. Así que… ¿para qué molestarse en hacer leyes que no se van a cumplir? Un ejemplo de esto son las señales de limitación de la velocidad. En España las hay a montones, y si no está la señal no pasa nada, porque sabemos que hay unas normas genéricas que limitan la velocidad dependiendo del tipo de vía en que uno se encuentre. Luego después, todos (o casi todos) nos saltamos los límites de velocidad sin remordimiento, y yo el primero. Sin embargo, la primera vez que cogí un coche aquí y me di cuenta de que no habían señales, me sentí un poco incómodo e inseguro.

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Descubriendo otro Quito

El problema de escribir sobre uno mismo en un blog es que a veces es inevitable arrancar trozos de la intimidad de otras personas. Cuanto más cercanas, más posibilidades de que esto ocurra. En ese sentido, soy una persona peligrosa. Es mejor mantenerse a una sana distancia de mí.

Todo esto viene porque tengo que decir que se me ha pedido que me vaya de donde estaba viviendo. Hace ya unos días que esto ocurrió, y desde entonces escribo unos posts la mar de descafeinados, y, sobretodo, me siento mal conmigo mismo por no poner por escrito aquí, que es mi memoria, una cosa que es muy importante para mí.

Sin embargo, no voy a dar detalles. La cultura ecuatoriana es muy celosa de la intimidad, lo que me parece totalmente lógico y respetable. Tampoco voy a decir que hemos acabado en buenos términos, porque no hemos acabado. Sigo con ellos, sólo que ya no vivo en la misma casa. Me alegro mucho de seguir con ellos.

De lo que sí voy a hablar es del otro Quito que estoy descubriendo estos días. Aunque me gusta estar solo (creo que ya conté que, cuando vivía en Granada podía pasar tranquilamente varios días sin decir una sola palabra porque no tenía con quién hablar, y sólo me daba cuenta cuando por fin le dirigía la palabra a alguien), tampoco me gusta tanto como para quedarme encerrado hasta que me salga moho en las orejas. Y aunque estoy un poco triste, quedarse en un cuarto oscuro llorando no arregla nada. Si acaso, lo empeora todo.

Lo primero es reconocer que, como me dijo una amiga, Quito es una ciudad que se deja conocer. También es verdad que en estos dos meses y medio he aprendido a medio orientarme en esta ciudad que al principio me resultaba tan confusa, y cuya estructura no termino de entender del todo. Y he aprendido a moverme en autobus, lo que no es nada fácil. Pero salvando esos dos escollos, Quito es una ciudad que me resulta agradable y acogedora, o por lo menos, la parte del centro-norte, que es la que conozco. A pesar de ser enorme, y de ser la capital de un país, me da la sensación de que está construida a escala humana, a diferencia de Madrid o Barcelona, donde siempre me parece que son ciudades que no se han hecho para que las personas vivan en ellas. Tampoco me da la sensación de que sea una ciudad que te quiere absorver el alma, una ciudad depredadora. Al contrario, es como si las calles te invitasen a caminar en ellas y descubrir los tesoros que guardan. Como el delicioso pan de yuca con yogurth, o ese chico que vende cevichochos, la señora que vende chancho y ensalada en el parque de la Carolina, o las imponentes iglesias que a veces uno se tropieza en el barrio más inesperado.

Reconozco que hay partes que no he visitado, y a las que no voy a ir, pero todas las grandes ciudades tienen ese tipo de barrios. Tampoco me parece prudente salir a la calle yo solo de noche. A partir de cierta hora, Quito deja de ser la ciudad acogedora y se convierte en una ciudad agresiva. Algunos barrios tienen guardias privados que vigilan las calles, y a veces los oigo pitar o dar voces desde mi habitación. Probablemente sólo están espantando a un joven que creyó que la esquina era un buen lugar para orinar, pero aún así…

La seguridad es una de las cosas que más echo de menos de España. Ya se que allí también hay criminalidad y siempre existe el peligro de que te atraquen en el momento menos pensado (yo me he asustado varias veces), y desde luego Quito no es una jungla en la que en cualquier momento te pueden apuñalar… pero es distinto. No lo sé explicar mejor.

Empiezo a sentir, en esta ciudad, o por esta ciudad, una cierta sensación de amor, como la que me produce Granada. También me enamoré de Praga, y de Barcelona. Tal vez tengo un corazón voluble, que se encapricha de las ciudades de un día para otro, o tal vez sea que Quito tiene en verdad algo especial que se esconde entre los rincones de sus largas y a veces incomprensibles avenidas, en los contrastes entre los edificios ultramodernos y las aceras sin baldosas, de los hombres con traje y corbata que pasan al lado de los indígenas que viven en los márgenes de las calles, de los grandes parques verdes rodeados de calles llenas de tráfico, o de los colibrís despistados que liban en las flores del jardín de una casa adosada.

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