Archivo mensual: junio 2010

Visitando ruinas.

Hoy estaba yo en el parque de la Carolina, tumbado en el cesped (porque ahí los parques tienen cesped y te puedes tumbar en él, ya que llueve mucho) leyendo un libro y escuchando música en el MP3, cuando se me acerca una mujer a hablarme. Después de recuperarme del susto (no es que fuese una mujer de aspecto inquietante, es que no me esperaba que se me acercase nadie), ella me dijo que se iba a organizar una excursión gratuita de dos horas para ver unas ruinas arqueológicas recientemente descubiertas al norte de la ciudad, y que como me había visto con el libro, pensó que tal vez me interesarían los temas culturales.

– ¿Pero es gratis? – dije yo con desconfianza.

– Sí, sí, es totalmente gratuita, dura dos horas y sale desde allí – la mujer estiró el brazo señalando una grada solitaria, parecida a las que se ponen en Semana Santa para que las personalidades vean las procesiones, pero construida en obra -. Estamos parqueados detrás de la tribuna. Empieza a las dos.

Decidí apuntarme, porque de hecho sí que me interesaba. Pero mientras iba pensando que eso de que fuese gratis… me daba mala espina. ¿Y si eran unos secuestradores de turistas incautos? ¿Y si eran de una secta cristiana, que usaban los tours gratis como gancho para atraer incautos? ¿Y si era un nuevo método para vender enciclopedias y/o colchones? Sin embargo, cuando me acerqué, vi que habían varias familias normales, con pinta de turistas algunos, y otros con pinta de haber ido a pasar el domingo al campo (ropa cómoda y un poco ajada, mochilas), y eso me tranquilizó un poco. Me tranquilicé mucho más cuando vi el autobús en el que se iba a hacer la excursión.

El autobús tenía un cartel que ponía «la chiva cultural» y otro del ayuntamiento de Quito. Y era gratis de verdad. Tres animadores iban en el bus, haciendo de guías, pero sólo uno de ellos hablaba (sospecho que las otras dos eran unas amigas que habían ido a acompañarle)… y para mí que ha sido uno de los mejores guías-animadores que he visto nunca. ¡Era buenísimo! Lo único que le faltaba al pobre era tener un micrófono, porque hacerse entender por encima del ruido del motor era muy difícil.

Visitamos dos museos arqueológicos, aunque más que museos son yacimientos. Entramos en ambos de manera gratuita, aunque la visita normal también es gratis (al menos de momento, según nos explicó el animador). Uno era el museo de Rumibamba, que es un yacimiento de 30 hectáreas de terreno, con restos arqueológicos tanto de viviendas como de estructuras civiles, como caminos, lugares de cultivo, etc… todo ello al aire libre.

Después fuimos al museo del Sitio, que surgió de un intento de construir una cancha de baloncesto. Cuando empezaron a excavar en el terreno, empezaron a aparecer vasijas quitus por todas partes, de modo que se detuvo la obra (cosa que al dueño del terreno no debió hacerle ninguna gracia) y se iniciaron unas excavaciones en las que aparecieron varios enterramientos con unas 40 momias, ajuares, etc…

Me he quedado encantado con el recorrido, que si bien no mostró el museo de Rumipamba por completo, sino solo una ruta abreviada, fue muy interesante, con muchas cosas para aprender. Vimos plantas autóctonas con propiedades naturales, nos hablaron de la forma en que los indígenas transportaban mercancías (sobre los hombros y usando unos caminos excavados en la tierra, pero no subterraneos, que les protegían del sol de justicia y de la intensa lluvia ecuatoriana), y me enteré de que en Quito, antes de los incas habían vivido los quitus, a la orilla de una gran laguna llamada Iñaquito (en serio, se llamaba así) que se secó por falta de irrigación natural, y que había estado situada desde el parque de la Carolina hasta el aeropuerto.

Una de las cosas que más me han gustado ha sido el entusiasmo de quienes organizaban la excursión. Como suele ocurrir con las cosas culturales, no había mucha gente interesada, probablemente porque desconocían la existencia de dicha excursión, así que los organizadores se habían dedicado a ir por el parque invitando a la gente a que fuese a la excursión, del mismo modo que me invitaron a mí, hasta que por fin el autobús se llenó. Luego el trabajo que han hecho ha sido muy bueno, con alegría y con ganas de hacerlo bien. ¡Si hasta han hecho varias paradas a la vuelta, para la gente que sus casas les pillaban de camino! Así da gusto.

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Manta, una ciudad con espíritu de pueblo.

Este fin de semana estuve de viaje en Manta. Me invitó un compañero de la casa, al que le hacía mucha ilusión que visitase su ciudad. Sólo me pedía dos cosas a cambio: que me lo pasara muy bien, y que hiciese muchas fotos para enseñárselas a «mi amigo el de España» (ese amigo ya sabe quién es) y que le contase a todo el mundo lo bien que me lo había pasado.

MapaMi amigo vive en una casa muy humilde, pero… ¿quien soy yo para criticar si mi padre vivía en una casa igual de humilde o más? Lo importante es que fue un anfitrión excepcional. No me dejó ayudarle en nada, y cocinó para todos. En el plato de arroz que me puso uno podía practicar senderismo y escalada, y en la sopa, podías hacer largos como si fuese una piscina olímpica. Le pedí ir a la playa y a la playa me llevó (los dos días que estuve allí), además de enseñarme sus lugares favoritos de Manta.

Yo tenía la sensación de que Manta debía ser un pueblo pequeño, por las cosas que contaba de allí, sin embargo cuando cogíamos el autobús, el tiempo pasaba y pasaba, y no llegábamos al destino. Se trata de una ciudad hecha y derecha, yo diría que más grande que Granada, aunque desconozco cuantos habitantes tiene. Dimos un paseo por Tarqui, donde hay un gran mercado callejero que me recordó muchísimo a los mercados de Londres. Tarqui es algo así como Candem Town, pero a la Ecuatoriana. Eso significa que en vez de dulces y porquerías, se vendían frutas de todas las clases, colores y sabores, algunas de las cuales no conocía ni mi anfitrión. También quesos, carnes, ropa, calzados, artesanías… ¡de todo! Mientras caminábamos, mi amigo se encontraba con conocidos a los que saludaba como se saluda la gente de los pueblos, con confianza y parándose a hablar unos minutos sobre lo que hacen y sobre la familia. Pero no estábamos en un pueblo. Empecé a entender por qué tenía la impresión de que Manta debía ser pequeño. No es que mis amigos exagerasen, sino que, al parecer los manteños todavía no se han enterado de que en las ciudades uno tiene que estar muy ocupado, tener mucha prisa por llegar a su casa, o a su trabajo, y pasar el menor tiempo posible en las calles, que son sólo un lugar de tránsito y no un lugar de encuentro.

En Manta la gente se sienta a tomar el sol en los paseos mientras bebe una cerveza y come algo de picar, como se hace en los pueblos. Es barato y agradable. ¿Por qué ir a gastarse el dinero a un bar, si la música ya se oye desde fuera? Eso en las ciudades es algo que no se puede hacer, pues la calle es peligrosa. ¿Es que aquí no se han enterado? Por supuesto, ellos saben que la calle es peligrosa y que en cualquier momento te pueden robar, pero no van a dejar que eso les estropee el día. Sólo hay que tener un poco de cuidado y ya está.

Otra cosa que me llamó la atención de Manta fue la gran cantidad de personas trans que había. Nos las tropezábamos por casualidad, sin querer, hombres y mujeres trans, trabajando, paseando, de fiesta… ¡La proporción era asombrosa! Se diría que ser trans en Manta es facilisimo, pues muchos de ellos tenían su trabajo en bares, en peluquerías, negocios propios, en fábricas… sin ningún problema.

Sin embargo a mi amigo en su barrio le trataban en femenino, al igual que hace su familia, e incluso entre ellos mismos a veces no saben si hablarse en masculino o en femenino. La transexualidad, a nivel individual, les sorprende tanto como en cualquier otro lugar, les deja descolocados y sin saber qué hacer. No hay un protocolo establecido, ni se acepta con naturalidad. De hecho, existen clínicas de «cambio» (no de curación, porque a nadie se le pasa por la cabeza que sea una enfermedad) en las que las familias ingresan por la fuerza especialmente a las chicas lesbianas y a los hombres trans, pero también a los gays y a las chMantaicas trans, para que les cambien y se comporten como es debido. Algunas de estas clínicas emplean métodos brrutales, como embadurnar a los pacientes con miel, atarlos a un árbol y dejar que las hormigas les muerdan, golpearles, violarles, etc… Conozco personas que cuentan que sus amigos o parientes les han dado palizas por ser como eran, y para que dejaran de serlo. Hermanos que dicen que se avergüenzan de ellos.

No, no lo tienen muy fácil. Manabí no es el paraiso de las personas trans. No sé si ese paraiso existe en algún lugar, pero si existe, no está aquí. Sin embargo, debe existir una consciencia social, una tradición, un algo que haga que el tejido social, a nivel «macro», de soporte para que tantas personas trans se atrevan a manifestarse como son a pesar de las adversidades, en una proporción impensable según los «expertos» europeos y estadounidenses que, obviamente, nunca han salido a dar un paseo por Manta. Ojalá fuese yo sociólogo y tuviese herramientas que me ayudasen a comprender todo eso, que, desde que he estado allí me tiene medio perturbado. U ojalá los sociólogos y estudiosos eruditos y académicos se animasen a alejarse un poco de sus despachos, sus universidades, sus sesudas teorías y se animasen a acercarse por aquí a vivir de verdad aunque sólo fuesen quince días. Claro que a lo mejor se asustaban porque tenían que revisar todo lo que habían escrito hasta ese día, o tirarlo directamente a la basura y pedir disculpas por todas las tonterías dichas hasta el momento.

A parte de eso, vi pájaros que no había visto nunca, me bañé en el Pacífico (otra de las cosas que pensé que nunca haría en mi vida), recogí caracolas, comí pescados que unas horas antes estaban en la mar, comí verde y maduro, comí una hamburguesa especial por un dólar, hice muchas fotos, me subí a las piernas de un pirata de cartón piedra, fui víctima de las bromas de un vendedor de caramelos (pero me lo pasé muy bien), me invitaron a una parrillada en casa de otro amigo cuya familia es originaria de líbano, comí carne y ensalada hasta reventar, jugué con los primos de mi anfitrión, entré a un puticlub (ahí me engañaron) que era el local más concurrido del barrio y eso que era lunes por la mañana, casi fui testigo de la detención de unos ladrones, di consejo sentimental (como si estuviese capacitado para hacer algo así), cogí un gallo de pelea que había trepado a un arbolito bajo… Si me pongo a contar, no acabo…

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Un poco más de multiculturalidad, por favor.

Hoy era el día en que me iba a mudar. Por la mañana ya tenía hechas las maletas, porque había hablado con el dueño de la otra casa que iría a las 10 de la mañana. Sin embargo a las 10 de la mañana no estaba todavía listo todo, así que tuve que esperar a las seis de la tarde. A esa hora llamé por teléfono, y sí, ya estaba todo.

Bajé las maletas a la puerta, comprobé que llevaba el dinero en el bolsillo. Me fui a despedir de los compañeros. Estuve a punto de no hacerlo porque los veía ocupados resolviendo algún tipo de problema, y además, iba a volver al cabo de un rato, porque tenía cosas que hacer en la casa.

De un instante a otro todo cambio. Me dijeron «espera un segundo y te ayudamos a llevar las cosas», y un segundo después, sin saber como, me estaban pidiendo que me quedase de una manera en la que nunca nadie me había pedido nada (probablemente porque nunca he estado antes ni en Ecuador, ni en el PT). ¡Y yo preocupándome de que no quisieran saber nada de mí en cuanto me fuera!

Cuando tomo una decisión, rara vez cambio de idea. Sin embargo en esta ocasión, no podía hacer otra cosa. Es decir, sí que podía, pero de repente ya no quería. A pesar de que la convivencia en la Casa Trans no es sencilla, me han entrado ganas de probar la multiculturalidad durante un poco más de tiempo.

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Miedo a estar solo.

Una vez más noto que el pasado me pesa sobre el corazón como una mochila muy pesada de la que no puedo librarme. El miedo a la soledad, a que no me quieran, a que me rechacen, a verme tan solo como me vi en mi adolescencia. Es la cicatriz más grave que tengo, seguramente porque es la herida que más me dolió.

Las heridas que más duelen son las del corazón.

Me da un poco de apuro escribir esta entrada, porque sé que algunos de los compañeros del PT leen por aquí. Tal vez se pregunten por qué no les hablo de todo esto directamente a ellos. Probablemente debería hacerlo, pues después de ello, me tranquilizarían y me sentiría mejor. Hace ya mucho tiempo que soy consciente de que el dolor que me causa esta vieja cicatriz no está fundado en una lesión auténtica. De hecho, ni siquiera sirve como aviso para que tenga cuidado y desconfíe, porque aparece precisamente ante la gente de la que no debo desconfiar. Pero me duele como si fuese de verdad.

Ahora que estoy planeando mudarme de casa, tengo miedo de que los compañeros del PT me rechacen y me digan que no quieren mi ayuda, puesto que ya no vivo con ellos. Arrastro la creencia de que en realidad soy una persona sin ninguna habilidad destacable, totalmente prescindible y que incluso a veces estorba un poco. Creo que soy un metepatas que comete errores imperdonables sin cesar. Me parece que no he hecho nada relevante en la vida, y que no tengo nada que aportar. Me siento totalmente prescindible, me siento solo. ¿Por qué deberían soportarme las personas que no tienen obligción de hacerlo? Creo que perderé el privilegio de ser parte de algo si no me pliego a todo lo que se me pide, a las necesidades de los demás, por encima de las mías propias, y que el precio de preocuparme por mi mismo será verme solo.

No es tan raro que me sienta así. Ya me ha pasado antes. Durante mi adolescencia, cuando era tan torpe que no sabía comportarme como se esperaba de mí, y tan débil que no era capaz de decirle a todo el mundo que me importaba un pito si hacía bien o mal las cosas según ellos. Cuando decidí que ya no podía seguir viviendo plegándome a las exigencias de otros y me vi expulsado de mi propia vida por quienes se suponía que tenían que ayudarme en los momentos difíciles.

Sin embargo, esto no ha sido una constante. Hay gente que me aprecia, que le gusta la forma en que hago las cosas, que me ha reconocido públicamente mis habilidades y mi valía, y que cuando, por un motivo u otro me he tenido que alejar de ellos me han dicho «regresa cuando quieras, aquí te estaré esperando». Cuando me siento así, como me estoy sintiendo estos días, puedo recurrir a estos amigos y ellos me tranquilizan, me hacen ver que no tengo motivos para sentirme mal, y que, en el peor de los casos, si mis miedos se realizasen, tampoco perdería tanto. Luego el tiempo pasa y veo que no pasa nada, que el número de amigos crece, e incluso que la gente que me rodea me aprecia más si manifiesto lo que necesito y tengo fuerza para centrarme en ello, porque eso demuestra personalidad propia.

Siempre acabo encontrando a la persona que tiene las palabras justas para aliviarme. Soy muy afortunado. Me siento muy agradecido.

El miedo que siento es también el motivo de que no hable con las personas que provocan ese miedo. En primer lugar es algo tan irracional que, si lo explico no lo entienden, y a lo máximo que llegan es a decirme «puedes hacer lo que quieras», cosa que, filtrada por el dolor de esta cicatriz se convierte en «no me importa que te vayas, eres prescindible». En segundo lugar, porque tengo pánico a que me digan «me alegra de que te hayas dado cuenta de que estorbabas, así las cosas son más fáciles para todos».

Siempre digo que todas las personas transexuales estamos «tocadas» de un modo u otro. A veces la gente me pregunta cual es mi tara exactamente… Es esta. El miedo al rechazo, a que todo el mundo me de la espalda de manera simultanea y me quede totalmente solo. Hace más de 10 años que eso no ha pasado, pero sólo imaginarlo me duele tanto como si fuese real de nuevo. Me gustaría ser capaz de controlarlo, pero de momento a lo único que llego es a intentarlo de manera infructuosa. Menos mal que tengo amigos.

Quiero aclarar que en realidad nada de esto tiene que ver con la gente del PT o de la Casa Trans… a quienes considero como una segunda familia. Esto va de mí, de mis miedos y mis fobias sociales. De mis pajas mentales. Quizá precisamente el haber sido tan bien tratado es lo que está haciendo que me preocupe aún más la posibilidad de perderles.

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La vida en la Casa Trans.

Dentro de tres días hará dos meses desde que llegué a Quito. Durante este tiempo he tenido la oportunidad, e incluso podría decir el privilegio, de vivir en la Casa Trans.

¿Qué es la Casa Trans? Se trata de una residencia en la que los activistas políticos del PT, así como colaboradores de provincias, transeuntes del mundo, visitantes, amigos, etc… nos alojamos de manera más o menos temporal. O, bueno, esta sería la explicación que le daría a quién quisiese saber qué es la Casa Trans. Sin embargo, para mí, la Casa Trans no es eso.

En realidad la Casa Trans es un crisol de experiencias, un lugar donde personas muy diferentes nos encontramos y tenemos que convivir, aprender, soportarnos, pelearnos, reflexionar, divertirnos, celebrar, trabajar en grupo, coordinarnos… En la actualidad en la Casa Trans vivimos entre 5 – 7 personas (el número fluctúa ligeramente según las idas y venidas de los residentes). La mayoría somos trans, pero no todos. La mayoría nos identificamos como hombres (o hembros) pero no todos. La mayoría son heterosexuales, pero no todos. La mayoría tenemos más de 25 años, pero no todos. La mayoría no tenemos hijos, pero hay quien sí tiene. La mayoría son ecuatorianos, pero no todos. La mayoría sabemos escribir, pero no todos. La mayoría no tienen estudios universitarios, pero no todos. A la mayoría le gusta escuchar música tropical a todo volumen, pero no a todos. Al final sólo hay una cosa que nos une: todos comemos arroz.

Si alguien ha compartido piso alguna vez, sabrá que la convivencia es difícil, pues cada uno es de su padre y de su madre, tiene sus manías, tiene sus defectos, tiene sus puntos débiles y tiene sus resistencias. Pero normalmente la gente que comparte piso suele tener cosas en común como la nacionalidad, o estar todos estudiando. Nosotros, en principio, no tenemos prácticamente nada en común excepto lo que ya he dicho de comer arroz, que no es gran cosa. Así que no hace falta pensar mucho para darse cuenta de que la convivencia en la Casa Trans puede ser la hecatombe.

En efecto, a menudo discutimos, la mayor parte de las veces por tonterías, y otras veces por cosas importantes. En los dos meses que he estado aquí he visto a personas dejar de hablarse para siempre… pero luego las he visto abrazarse y compartir cosas muy íntimas unos días más tarde. He gritado a mis compañeros y luego me he quedado muy preocupado porque me han contado algún problema en el que no podía ayudarles.

Otras veces nos hemos sentado y hemos hablado de cosas que para ellos son cotidianas y para mí increibles, o bicebersa. Hemos llegado a conclusiones que solos no se nos habrían ocurrido, hemos visto que además de nuestra propia realidad existen muchas otras realidades y formas de hacer las cosas. Hemos aprendido a tener paciencia. Hemos aprendido a desconfiar un poquito los unos de los otros. Hemos aprendido a ayudar a los demás cuando lo han necesitado. Hemos recibido críticas, hemos hecho críticas.

Esto es interculturalidad en estado puro. Muchas veces oí hablar de la interculturalidad, del intercambio y el aprendizaje entre personas de diferentes procedencias, de lo enriquecedor que es y de lo que te ayuda a crecer por dentro. Sin embargo muchas veces a la gente se le olvida mencionar las partes feas. Practicar la interculturalidad es difícil, es duro, puede llegar a ser desagradable, porque la heterogeneidad de un grupo no es sólo una oportunidad, sino que también es un reto. El reto consiste en entendernos, en soportarnos, en trabajar juntos sin matarnos, en ser capaces de ponernos en los zapatos del otro.

No es fácil, pero se puede hacer. Merece la pena probar, hacer el intento, aunque sólo sea de manera temporal. De hecho hace años que pienso que debería ser obligatorio para todo el mundo pasar al menos tres meses seguidos en un país extranjero, una vez en la vida. Eso les quitaría a muchos muchas tonterías de la cabeza.

Mi etapa como residente de la Casa Trans se acerca ya a su fin, pero no me arrepiento ni de un sólo minuto de los que he pasado aquí.

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CONGENID: la declaración de Barcelona.

Durante la semana pasada en Barcelona se celebró la Conferencia Internacional sobre Identidades de Género y Derechos Humanos (CONGENID), de la que debía salir una «declaración de Barcelona», que sirviese «de documento de trabajo, línea de orientación y documento de objetivos en la implantación de políticas legislativas y de tutela de los derechos humanos que se han de aplicar al colectivo de personas transexuales», sin embargo esa declaración no se ha realizado.

El congreso terminó el día 6 (creo) y ya empiezan a circular las opiniones de los participantes. Una activista conocida declaró que desgraciadamente la declaración no se consiguió debido a la negativa de alguna gente. Un par de amigos míos comentan que ellos mismos eran de esa gente «negativa» que no estaba de acuerdo con el documento, tal y como estaba en la CONGENID, a pesar de que tuvieron la oportunidad de estar en las mesas de trabajo.

Yo no estuve en el CONGENID, así que no puedo opinar sobre lo que pasó allí, aunque sí voy a intentar realizar una interpretación de los hechos, desde mi punto de vista totalmente subjetivo.

Para mí, el hecho de que no se haya logrado esa Declaración de Barcelona es un fracaso para todas las personas trans. Es necesario que exista un documento que hable de nuestra realidad de forma integral y sistematizada, que hable de las violaciones de derechos humanos que sufrimos cada día (derecho al trabajo, derecho a la personalidad, derecho a la salud, derecho a la libertad, derecho a la integridad física, derecho a la vida, derecho a la vivienda, derecho a la educación), incluso los que tenemos la fortuna de estar más acomodados por clase social, estudios y país de nacimiento.

Sin embargo, las personas trans estamos divididas. «Divide y vencerás», decía Julio César. Nosotros podríamos decir «divide y serás vencido», porque no estamos esperando a que venga alguien de fuera a que nos divida, ya lo hacemos solitos, sin ayuda de nadie. La comunidad trans se divide en: transexuales «auténticos», esos que nos hormonamos, que nos operamos (no es necesario haberlo hecho, basta con desearlo o tener intención de hacerlo), que vamos al psicólogo. Están los transexuales de mentirijillas, los que no ven necesidad de hormonas ni de cirugías, porque «pa’qué». Están los travestis, crossdresser, etc… gente que, en general, tienen una identidad de género acorde con la asignada al nacer, pero que durante algunas horas gustan de introducirse en otro género. Están los que no desean cambiar de género, pero sí que el concepto de género cambie, y son trans en la cabeza. Están los que no quieren pertenecer a los conjuntos hombre/mujer, y realizan o no realizan modificaciones en sus cuerpos. Están los queer, que deconstruyen e incluso destruyen el género, transgrediendo límites que los demás no habíamos visto y que con frecuencia no alcanzamos a entender. Están todas esas realidades que sabemos que existen pero no sabemos como se llaman, e incluso esas realidades que no sabemos que existen ni como se llaman, y hasta algunas que sí sabemos que existen y cómo se llaman, pero yo he olvidado mencionar.

Todas estas realidades tan diferentes tienen problemas similares que permiten englobarnos dentro de un término común, ya sea «trans», «transgénero», «dromedario»… Sin embargo, algunos sectores, habitualmente los que se autodenominan «transexuales de verdad» sin darse cuenta de que de esa forma convierten a los demás en «transexuales de mentirijillas», se empeñan en dividir la comunidad y se niegan a ver las similitudes que entre todos nosotros existen. Las simetrías subyacentes, como decimos en el PT.

Sin embargo, lo de Barcelona se llamaba Conferencia de Identidades de Género, no «Conferencia de Transexuales de verdad». Además, internacional, no español ni europeo. El documento que de ahí debió salir tenía que haber sido bueno para todas las personas que presentamos una identidad de género distinta a la «normal». Debía haber señalado cada una de las situaciones que vivimos, desde los problemas de cambio de nombre, que son peores para las personas que no se hormonan ni se operan, hasta la situación de las trabajadoras sexuales trans, pasando por la situación de acceso a la educación, que creo que todavía no se ha estudiado adecuadamente, y también por la cuestión de la despatologización.

El CONGENID pretendía ser multicultural, incluyendo en su nombre a las identidades de género, incluyendo entre sus invitados a personas provenientes de todo el mundo, de todas las realidades. Pero quizá no lo fue. Tal vez el documento que se deseaba aprobar no respetaba esta multiculturalidad, sino que contemplaba tan solo el enfoque de algunos grupos, sin lograr un consenso ámplio. Por eso «algunas personas» se negaron a ratificarlo, y al final todos, los transexuales de verdad, los de mentirijillas, los no transexuales, los crosdresser, los queer, los intersex, los raritos, las hijra, los que pasaban por allí… todos nosotros nos quedamos sin un documento que era necesario.

Por otra parte, el que no se emitiese esa declaración de Barcelona también es un éxito. Nos hemos quedado sin declaración, sí, pero al menos se ha impedido que se emitiese una declaración que no satisfacía a todos, que no contemplaba todos los casos. No se ha permitido que saliese a la luz una declaración emitida desde unos sectores concretos como si fuese representativa para todas las identidades trans del mundo, y eso es bueno. Los que no suelen ser tenidos en cuenta dentro de la corriente mayoritaria de la transexualidad han podido alzar la voz y decir «vuestras ideas no son las nuestras, así que, por favor, dejad de pensar por nosotros».

Hemos suspendido nuestro ejercicio de interculturalidad, una vez más. No toda la culpa es de los que no entienden que la comunidad trans tiene muchas cosas en común y que dividirnos es hacernos más débiles. También los otros, los que vemos la necesidad de estar unidos somos culpables de no ser capaces de llegar a ellos y hacerles ver que no somos el enemigo, sino valiosos aliados. Todos hemos fracasado.

Todos hemos triunfado. El hecho de que al final los organizadores del CONGENID no lanzasen la declaración aún sin obtener consenso (cosa que podía haber ocurrido) es un paso adelante. Es un reconocimiento de que no pueden hablar por otros, es un reconocimiento de que, al fin y al cabo, no representan a la totalidad de los trans. Es un reconocimiento de la pluralidad de la comunidad trans.

Sin embargo, parece que este reconocimiento ha sido «forzado» (eso me dan a enteder las palabras tanto de los «pro declaración» como de los «contra declaración»). Temo que a partir de aquí las fracturas en la comunidad trans se harán más evidentes, y que quienes no pudieron sacar la declaración de Barcelona por culpa de los que tenían una actitud negativa sobre ese documento, en el futuro decidirán seguir trabajando solos, sin nadie que les moleste y les impida conseguir resultados. Sin embargo, si eso ocurriese, la evidente fractura en la comunidad les recordará que no hablan por todos los trans, sino sólo por si mismos. Que son sólo una corriente dentro de lo trans, aunque sigan autodenominándose «transexuales de verdad». Temo que las enemistades dentro de la comunidad trans no han hecho más que empezar, pero al menos me quedo tranquilo porque ahora los que hasta ahora no habían sido escuchados van a empezar a hacerse oir, aunque sólo sea como «oposición». Esto es una gran novedad.

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Enseñando el plumer… esto… el pasaporte

La semana pasada tuve que dejar mis datos legales para un tema de papeleos. Dos día más tarde, un funcionario me llamó por teléfono.

– ¿La señora Elena V.?

– Si, soy yo. – Al otro lado del teléfono se hizo un silencio de dos segundos. Es un silencio que ya conozco, y que significa «esta voz no me cuadra», aunque hasta el momento siempre que lo había oido era porque alguien me llamaba preguntando por Pablo.

– ¿La señora Elena V.? – Volvió a preguntar mi interlocutor, queriendo cerciorarse de que había ido a dar con la persona adecuada.

– Soy yo – Respondí con convicción. He aprendido que hablar con convicción hace que la gente se crea casi cualquier cosa.

– Perdón ¿puedo hablar con la señora?  – Insistió la otra persona. Tal vez pensó que yo era un marido celoso que no quería que su esposa se pusiese a hablar con cualquier hombre que le llamase.

– La señora soy yo. – Redoblé la convicción, aunque a esas alturas estaba a punto de decirle: un momento, que ahora se pone, dejar pasar unos momentos y volver a responder con voz aflautada…

Por fin conseguí convencer al funcionario de que hablaba con la persona adecuada, y me dijo lo que tenía que hacer para continuar con el trámite que había iniciado (por cierto, cualquier pequeño trámite aquí requiere de mucho tiempo, paciencia, y diversos pasos. Los que piensen que la «burrocracia» española es complicada e ineficiente, que se vengan a Ecuador, que se van a enterar de lo que es bueno).

Una hora más tarde, me presentaba en la oficina, pero como había olvidado el nombre del funcionario que me asignaron, tuve que preguntar a la secretaria.

– ¿Me puede decir el nombre del solicitante?

Di mi nombre legal y la chica se puso a buscar.

– ¿Fue ella la que inició el trámite?

– Sí, fue ella. – Esto de hablar de uno mismo como si fuese otra es raro. Es casi como tener una experiencia extracorporal.

El funcionario que me tenía que atender, se puso un poco nervioso, porque el trámite que estaba haciendo requería que le explicase la cuestión de mi identidad de género. Sin embargo me trató muy bien, lo mejor que supo el pobrecillo, que es mañana no se imaginab lo que le iba a deparar el día. Tengo que añadir que, además, en Ecuador hay leyes que obligan a los funcionarios a tratar a las personas trans según el género deseado (cosa que en España no existe), y además ese funcionario en concreto era plenamente consciente de ello, así que más le valía tratarme bien…

Después fui a correos, a recoger un paquete que mi madre me había enviado. Para recogerlo un paquete internacional, primero vas a la ventanilla, con tu identificación y dos copias de la identificación, y luego te llaman de la aduana, donde abren el paquete y, si es necesario, pagas los impuestos aduaneros que sea menester.

Con el tipo de la ventanilla no hubo problema, básicamente porque ni me miró. Los funcionarios de ventanilla son las personas más desencantadas y aburridas del mundo, pues por un sueldo muy bajo tienen que estar todo el día aguantando rebuznos de la gente que no entiende que ellos no son quienes hacen las normas de funcionamiento de las cosas (por cierto, la oposición que yo hacía era para funcionarío de los de ventanilla). El problema fue después, cuando me tocó el turno de ir a abrir el paquete.

– ¿Elena V? – me preguntó el hombre, mirandome a mí y luego al papel donde ponían mis datos y los del paquete.

– Sí, soy yo.

El hombre, un poco sorprendido me pide el pasaporte y lo confirma: foto adecuada, nombre adecuado. Más sorprendido todavía me pregunta:

– ¿¿¿Usted se llama Elena???

Así que me tocó explicar por segunda vez el caso, y de nuevo conseguí poner nervioso a otro funcionario. A lo mejor debería ponerme un cartel en la frente que pusiera «no apto para ancianos, embarazadas y enfermos del corazón». También tengo que señalar que aquí en Ecuador los nombres no tienen sexo, y un hombre podría llamarse perfectamente «Elena», de la misma forma que hay un señor que se llama Clítoris Fernandez.

La suerte es que a mí no me da vergüenza decir que soy trans, y además hasta el momento no me he encontrado con nadie que se lo haya tomado a mal… Pero llevo 4 meses de hormonación y ya es tiempo suficiente como para que mostrar mi documentación se convierta en algo embarazoso. Según la ley española, tendré que esperar a los dos años para poder cambiar de nombre y sexo legal… Demasiado tiempo. Más allá de otras consideraciones sobre la necesidad de obtener un diagnóstico psicológico o psiquiátrico, y lo injusto que es que te obliguen a modificar tu cuerpo para modificar el sexo legal… Tener que esperar dos años es demasiado. Uno se queda demasiado expuesto, durante demasiado tiempo. ¿Quién narices redactó esta ley?

Dejo un archivo con dos grabaciones de mi voz, una de poco después de empezar a hormonarme, y otra de hoy mismo. Yo no soy muy objetivo conmigo mismo, así que no se si suena a voz de hombre, de mujer, de adolescente al que le está cambiando la voz… pero me conformo con ir apreciando el cambio.

Mi voz.

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