Archivo mensual: noviembre 2008

Sonrisa de oreja a oreja.

No se si alguna vez he comentado que no me gusta nada mi trabajo. En estos momentos trabajo en una tienda, que es de mis padres, y que, además, está en un barrio no especialmente bueno, en lo que a la economía se refiere (vale, ahora que estamos con la crisis nadie tiene dinero, pero es que a ese barrio la crisis ya había llegado hace bastante tiempo). Combinamos eso con que no consigo distanciarme de las manías y los «ataques» que en ocasiones los clientes lanzan sobre las personas que los atienden, y obtenemos un resultado muy poco satisfactorio.

Sin embargo últimamente me he llevado alguna que otra alegría, y el jueves salí de allí con una sonrisa de oreja a oreja.

Resulta que entró un matrimionio, y me preguntaron si mi madre estaba bien, porque hacía mucho tiempo que no la veían. Yo les expliqué que sí, que estaba bien, y que si no la veían habría sido casualidad, porque nos turnamos para ir a trabajar. Entonces, la mujer dijo: «claro, la madre viene por la mañana y ÉL (¡refiriéndose a mí) por la tarde».

El subidón que me dió en ese momento no se puede explicar. Llevaba un rato hablando con esas dos personas, así que habían oido el desastre de voz que tengo (para nada masculina), y también habían tenido la oportunidad deverme bien durante un buen rato. Y aun así… En fin… Se me puso una sonrisa de oreja a oreja, que tardó un día entero en caérseme (y que todavía vuelve cuando me acuerdo).

Otras veces me han pasado cosas parecidas allí. Una mujer me preguntó si era niño o niña, o, también durante esta semana, un cliente le comentó a otro: «vengo aquí a ver si este hombre (¡refiriéndose a mi!) tiene lo que voy buscando». Pero en este caso el cliente me había visto de refilón, por la espalda, y no me había oido hablar, así que, aunque me llevé una alegría, no fue tanto como con el matrimonio.

Aprovecho este post también para decir que hoy estoy nervioso perdido, porque mañana tengo la primera cita con la psicóloga y… eso no es algo que pase todos los días. Sé que la primera sesión va a ser para tomarme los datos y hablar un poco de mi entorno, pero aun así, estoy empezando a tener una ansiedad que no es normal. Bueno, sí que es normal.

En fin, mejor que no siga escribiendo, porque no estoy nada centrado. Ya conatré como me ha ido.

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Españoles, Franco ha muerto.

Es muy agradable levantarse por la mañana con buenas noticias, y en este caso, la muerte del dictador que mantuvo oprimida a gran parte de la población del país durante 40 años, es una noticia excelente.

Debemos dar las gracias al juez Garzón de que nos avise de semejante acontecimiento, que sin duda tendrá grandes repercusiones para nuestro país, como por ejemplo… bueno, no se… Lo cierto es que en los últimos 30 años, el Caudillo ha estado bastante tranquilito y nos ha permitido hacer cosas tales como convertir a España en una monarquía parlamentaria, con Constitución, elecciones al Congreso, Senado, Parlamentos autonómicos, ayuntamientos, etc… Ahora las mujeres casadas pueden actuar sin necesidad del permiso de su marido, como si fuesen seres humanos con capacidad completa de obrar, y cualquiera puede divorciarse… o casarse con quien quiera, incluso los maricones y las tortilleras.

Sin embargo, a pesar de todo esto, nadie había podido ni siquiera imaginarse que lo que pasaba en realidad era que Franco había muerto. ¡Y mañana hace justo 33 años! Por suerte, una persona inteligente, competente, culta, con estudios, todo un magistrado como es su señoría el juez Garzón lo ha descubierto y nos ha puesto sobre aviso. Si no, ni nos enteramos, oiga.

Todo esto me da mucha risa. A ver, estoy de acuerdo en que Franco hizo muchas cosas reprobables por las que debería haber respondido, y no se me escapa cual sería mi propia situación si Franco viviera, pero me parece que ya estamos llegando a extremos que son, simplemente ridículos.

Ahora se trata de exhumar cadáveres de las fosas comunes para pedir responsabilidades por sus muertes ¿a quién? También los colectivos de transexuales están movilizándose para pedir responsabilidades por las vejaciones a los que se vieron sometidos (debería decir «sometidas», eran casi todas mujeres) por parte del régimen franquista. Pero… ¡si el responsable lleva 30 años muerto! ¿Tan difícil es eso de entender que ha tenido que venir un juez a explicárnoslo?

Comprendo que aún hoy en día existe gente que siente dolor por las cosas que ocurrieron en aquella época, pero no me parece sano centrarse en un esfuerzo sin sentido que no va a beneficiar a nadie, ni les va a hacer sentir mejor. En mi modesta opinión, si todas estas personas quisieran hacer algo para resarcirse de los hechos del pasado, deberían poner toda su fuerza en asegurarse de que todo aquello jamás se vuelva a repetir.

Sirva esto como ilustración de lo que acabo de decir: una amiga mía tenía la costumbre de ir siempre por la calle mirando hacia atrás y hacia los lados, nunca hacia el frente. La consecuencia que eso era que siempre llegaba donde se proponía, pero la mitad de las veces, o bien se había tragado una farola o una señal de tráfico, o se había torcido un tobillo al tropezar o pisar un agujero, o había estado a punto de atropellarla algún vehículo al cruzar la calle. Así no se puede ir por la vida, hay que mirar adelante para no tropezar.

Edito: inicialmente en el post decía que hace 30 años que Franco murió, pero Rosa me ha corregido y me ha dicho que no, que son 33, así que lo cambio ahora mismo.

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Ya tengo mi primera cita con la psicologa.

Después de todo un culebrón burocrático que me ha llevado hasta los rincones a los que nunca pensé que llegaría (al urólogo, por ejemplo), finalmente, gracias al método «hágalo usted mismo» he conseguido que me deriven a la UTIG.

Ayer por la mañana, como no me habían llamado, decidí llamar yo. Llamé un par de veces y no conseguí localizar a la chica que da las citas, así que a las doce y media de la tarde ya estaba que me subía por las paredes, y de ponerme a estudiar, ni hablamos.

Alrededor de la una fue cuando por fín me llamaron por teléfono del hospital. En el momento en que la chica me dijo que me iba a decir a que hora tenía la cita (yo pensaba que se limitaría a confirmarme que le habían llegado mis datos y ya está) casi me puse a dar saltos. Pero, con un esfuerzo de voluntad, fui capaz de mantener la compostura y decirle que tenía las cosas listas para anotar.

La cita con la psicóloga es el lunes que viene (¡¡el lunes que viene!!). Mientras me daba los datos del hospital, el ala, la planta y el número de consulta yo no paraba de preguntarme con que psicóloga me tocaría. Tuve la misma sensación que cuando vas a un examen y te has dejado una pregunta sin estudiar, y piensas «que no caiga eso, que no caiga eso». Y no cayó.

Explico: en la UTIG del Carlos Haya hay ahora mismo dos psicólogas. Una de ellas se llama Trinidad, y tiene cierta reputación de ser una buena profesional, si bien se toma su tiempo antes de hacer el informe (no te lo da hasta que no está completamente segura, lo cual, después de todo, es lógico). La otra es Juana, y más que famosa es infame por humillar, insultar y en general destrozar a todos los pacientes que caen en sus manos. Doy fe de ello: tengo una amiga que, cada vez que va a verla, acaba hecha polvo, la pobre.

Ahora, la pregunta del millón ¿por qué la gente no pone una reclamación y pide que le cambién de médico? Pues porque en toda Andalucía tan sólo hay un sitio en el que tratan temas de disforia de género, y si pones una reclamación a uno de sus médicos, las citas, misteriosamente, empiezan a alargarse cada vez más y más, y las listas de espera, ya de por si largas, se hacen, literalmente, eternas. Si te conformas con pedir cambio de especialista, te lo deniegan porque Trinidad está muy saturada. Es normal… si se lo concediesen a todo el que lo pide, la pobre tendría que desdoblarse.

Pues eso, que me tocó Trinidad, la psicóloga «buena», así que por fin parece que al menos estoy empezando a tener algo de suerte. Y, lo que es más, también tengo ya cita para el endocrino. Eso sí, la primera es para dentro de tres meses, y no me hago ilusiones, sé que será solo para hacerme una revisión y ver cómo estoy. Hasta que la psicóloga no me haga un informe favorable, no hay nada que hablar sobre hormonas y demás, y eso puede ocurrir dentro de 6 meses, o dos años, o Dios sabe cuando.

Pero ahora mismo todo eso me da igual. Lo importante es que tengo mi primera cita con la psicologa, y de repente se me han caido todas las penas y los agobios. ¡¡¡Ya casi se ha terminado el día de hoy, lo que significa que falta un día menos!!! Aunque sé que no ocurrirá nada trascendental, estoy deseando que llegue.

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Estancado, liado, preocupado y con un poco de ansiedad.

Últimamente no sé qué pasa que parece que un duende me esté robando todo mi tiempo para llevárselo a algún lugar desconocido. No me lo explico, pero, aunque me paso el día haciendo cosas, al llegar el final de la semana me queda la sensación de que no he hecho lo suficiente, o al menos no todo lo que me gustaría.

Sin embargo, eso no es del todo cierto. Voy relativamente bien con la preparación de las oposiciones (aunque me temo que no tan bien como mi madre, que es un hacha), ya escribo con bastante fluidez, excepto cuando me lo propongo, que es cuando más me equivoco, y los test psicotécnicos me salen como churros, porque siempre he tenido facilidad para ellos.

También he recuperado parte de mi vida. Mi vida social está más o menos como siempre (o sea, consiste básicamente en quedar con Mic y mantener el contacto con mis amigos en otras ciudades, con un café esporádico o un par de cervezas y una llamada de teléfono), y vuelvo a tener algo de tiempo para dedicar a las comunidades online que me gustan, si bien no con tanta intensidad como antes, ya que, ahora que soy un chico formal, no me queda más remedio que prestar atención a otras cosas.

En definitiva, parece que todo va de manera normal.

Pero lo cierto es que a veces me desespero. Del tema médico aun no se nada (volveré a llamar el lunes), no me llaman para entrevistas de trabajo por más que busco y busco. Parece ser que el tema de los cursos becados es muy complicado que te lo den, porque se presenta mucha gente y hay pocas plazas. La oposición aún está a años luz de la fecha de hoy… etc.

Vamos, que aunque me paso el día haciendo cosas, me resulta difícil ver los progresos. Sé que lo que pasa es que el objetivo final es demasiado grande como para poder abarcarlo de un vistazo, y debo aprender a marcarme objetivos más pequeños en los que se pueda ver una evolución. Y, en realidad, así lo hago. El problema es que la paciencia no es mi fuerte, y una vez más, vuelvo a ver problemas por todas partes.

Especialmente, me preocupan mis padres. Temo haber entrado con ellos en la misma dinámica en la que entré con Mic. En la situación de «ellos esperan a que se me pase, y yo espero a que ellos empiecen a aceptarme como soy a base de hacerles ver que estos cambios son los que necesito para ser feliz y vivir mi vida plenamente». Ya sabemos como acabó esa historia ¿verdad?

Será mejor que busque la manera de pensar en otra cosa. O, mejor aun, de pensar en cómo salir de esta situación. A veces pienso que el amor de unos padres está por encima de todo, pero lo mismo pensaba del amor de mi pareja, y mira como me ha ido. Quizá debería dejar de confiar tanto en los demás. Aunque lo más probable es que tan solo esté viendo fantasmas que no existen, provocados simplemente por la ansiedad.

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Escriba mi nombre con una S.

Robot

«Escriba mi nombre con una S», es uno de los reatos incluido en el recopilatorio «Sueños de Robot» de Isaac Asimov. Cuenta la historia de un hombre que va a pedir consejo a un vidente sobre cómo mejorar su vida. El vidente, que en realidad es un científco que prevé el futuro usando las matemáticas (sería el primer psicohistoriador imaginado por Asimov), le recomienda cambiar la primera letra de su apellido, Zevatinsky, por una «s», convirtiéndolo así en «Sevatinsky». El resultado de este cambio de letra es que el tal Zevatinsky/Sebatinsky logra trabajar donde quería, de de paso, se evita una guerra nuclear.

Más de una vez me han comentado con cierta sorpresa lo mucho que me gusta mi nombre, y lo bien que me he adaptado a él. Hoy quisiera hablar un poco de ello, en honor de Asimov.

En los posts «Onomástica (I, II y III)» daba un repaso a los diferentes nombres que podía elegir, pero lo cierto es que hace ya bastantes años que siento que Pablo es mi nombre auténtico. Por supuesto, pasar de un sentimiento o deseo a la realidad es bastante complicado, al menos cuando hablamos de cambiar de nombre. Y es que a la pregunta: «¿quién eres?» la respuesta habitual suele ser: «soy Fulano». Nuestro nombre representa nuestra identidad, y, sobretodo, deja muy clara nuestra identidad de género. Son pocas las personas que llevan nombres ambiguos, como Andrea, Alexidis, Reyes o Indiana.

¿Nunca habéis dicho cosas del tipo «soy capaz de hacer esto como que me llamo Mengano»? ¿Qué pasa si de repente te das cuenta de que llevas toda la vida usando un nombre que no es el adecuado?

Uno de los primeros pasos que solemos dar las personas transexuales (no todos, pero sí muchos) es escoger un nombre que nos guste. No necesitamos comunicárselo a nadie, simplemente lo tenemos, lo llevamos dentro, y recurrimos a él si sentimos que nos faltan las fuerzas, aunque sólo sea susurrándolo para nosotros mismos.

Y es que, cuando vives encerrado en tu propio cuerpo (que es la cárcel más pequeña que jamás se haya inventado, y, además, portátil), y toda tu masculinidad o femineidad se concentra en una sola palabra, te agarras a ella como un naufrago a un flotador. Lo que se siente la primera vez que alguien se atreve a usar tu nombre delante de ti (en mi caso, el primero fue mi amigo Gerard, también conocido como «Eruni». Ese día iba bastante fumado, y que desde entonces no ha sido capaz de repetirlo) es simplemente indescriptible. Y no sólo la primera vez. Cada vez que alguien me llama Pablo, me sabe a victoria, y al mismo tiempo es como un abrazo, incluso noto en el estómago un cierto mariposeo, similar a lo que sientes cuando estás enamorado.

Para mi, el nombre es una de las llaves que abren la puerta de esta celda tan pequeña. Creo que muchos otros lo sienten igual. Y si a Zebatinsky le fue tan bien cambiar una sola letra ¿qué sorpresas no me traerá a mi el cambiar el nombre entero?

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You can´t always get what you want.

«No se puede tener todo lo que se quiere».

Es una de las frases que más me ha dolido escuchar. Si en aquel momento hubiese prestado más atención a esta canción (ya la conocía en aquel entonces), habría sabido qué responder. Aquí queda, para quien la pueda necesitar.

Y la letra:

[chorus]
I saw her today at a reception
A glass of wine in her hand
I knew she would meet her connection
At her feet was her footloose man

No, you can’t always get what you want
You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
And if you try sometime you find
You get what you need

I saw her today at the reception
A glass of wine in her hand
I knew she was gonna meet her connection
At her feet was her footloose man

You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
But if you try sometimes you might find
You get what you need

Oh yeah, hey hey hey, oh…

And I went down to the demonstration
To get my fair share of abuse
Singing, «We’re gonna vent our frustration
If we don’t we’re gonna blow a 50-amp fuse»
Sing it to me now…

You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
But if you try sometimes well you just might find
You get what you need
Oh baby, yeah, yeah!

I went down to the Chelsea drugstore
To get your prescription filled
I was standing in line with Mr. Jimmy
And man, did he look pretty ill
We decided that we would have a soda
My favorite flavor, cherry red
I sung my song to Mr. Jimmy
Yeah, and he said one word to me, and that was «dead»
I said to him

You can’t always get what you want, no!
You can’t always get what you want (tell ya baby)
You can’t always get what you want (no)
But if you try sometimes you just might find
You get what you need
Oh yes! Woo!

You get what you need–yeah, oh baby!
Oh yeah!

I saw her today at the reception
In her glass was a bleeding man
She was practiced at the art of deception
Well I could tell by her blood-stained hands

You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
But if you try sometimes you just might find
You just might find
You get what you need

You can’t always get what you want (no, no baby)
You can’t always get what you want
You can’t always get what you want
But if you try sometimes you just might find
You just might find
You get what you need, ah yes…

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Un poco de azucar.

A veces hay pequeños detalles que sirven para endulzarnos la vida como quién le echa azucar al café. Son terroncitos de belleza, de justicia, de alegría, de suerte, que nos hacen reconciliarnos con la vida, y son tan importantes que hay gente que incluso llega a considerarlos como señales de que dios existe.

El miércoles tuve un día simpático, lleno de estos pequeños detalles sin importancia, de los que no hablas cuando los amigos te preguntan cómo estás. Digamos que me levanté con el pie derecho y lo disfruté.

Lo primero, nada más levantarme, mientras desayunaba, fue enterarme de la victoria de Obama en los EE.UU. No es que eso vaya a cambiar mi vida ni nada similar, pero bueno… que en el país más poderoso del mundo, que nunca se ha caracterizado por su generosidad hacia los negros, los pobres, los inmigrantes, etc… gobierne un negro significa que, después de todo, es posible que el mundo no esté cambiando a peor, como opina mucha gente, si no a mejor.

Después cogí el coche y me fuí a Granada. Tuve algunos problemas para cobrar el cheque de mi finiquito y me ex-jefe me dijo que fuese a verlo para resolverlos, así que, aunque maldita la gana que tenía, no me quedó más remedio que hacerme otro viajecito a la capital. Sin embargo, cuando estaba a mitad de camino, me llevé una sorpresa que compensó el esfuerzo: vi el arcoiris más grande, definido, colorido y cercano que jamás haya encontrado en mi vida. Era como si pudiese tocarlo con la mano, como si un pintor lo hubiese dibujado en el aire. ¡¡¡Nunca imaginé que vería algo así!!!

Pero las sorpresas agradables no acabaron ahí. Cuando entré en la oficina y pregunté por el que había sido mi jefe, la secretaria me dijo que «ya no estaba». O sea, que han despedido al que me despidió a mi. Es decir, que no estaba haciendo las cosas tan bien como él pensaba y quizá, sólo quizá, uno de sus errores fue no darme la oportunidad de crecer y aprender a ser un buen comercial. Está mal alegrarse de las desgracias ajenas, pero en este caso… que se joda por prepotente.

A partir de ahí todo empezó a ir de bien en mejor. No me resolvieron el problema con el cheque, pero me dijeron que otras personas lo habían cobrado sin ninguna dificultad, y me dieron el número de alguien de Madrid para que llamase en caso de tener algún problema. De todos modos, mi amiga E.S. ya me había explicado un método alternativo de cobrar el cheque saltándome a la cajera malafollá que me lo echó para atrás, y al día siguiente, cuando lo hice, me salió bien y sin problemas.

Fui a ver a July y Andre a su tienda y, a medida que avanzaba por las calles de Granada, los semáforos se iban poniendo en verde. Casi no había tráfico, y en cuanto llegué, encontré un aparcamiento tan bueno, que estuve bastante mosqueado, pensando que allí había gato encerrado y que en algún momento vendría la grua a llevarse mi coche. Pero no, era un aparcamiento de verdad, enterito para mi.

Algo similar se repitió cuando volví a mi casa. La carretera, libre de tráfico pesado. Un hueco para aparcar (eso sí, pequeño y estrecho, pero aun así no me voy a quejar), y aún quedaba por delante la noche, en la que tenía pendiente participar en un juego que me interesaba mucho y que finalmente cumplió con mis espectativas.

Sólo hubo una nota disonante en todo el día, y es que por la noche mi padre tuvo que obsequiarme con una de sus bonitas demostraciones de poder. En ese momento me cabreé bastante, pero en lugar de pelearme con él, fui flexible y me aguanté con mi enfado. Y es que a veces a los padres no queda más remedio que permitirles hacer ese tipo de cosas…

La buena racha no se quedó ahí. El jueves me levanté con un mensaje de E.S. que empezaba con mi nombre, y viniendo de ella, y sabiendo el esfuerzo que le cuesta, para mi fue como un abrazo (un día de estos escribiré sobre la importancia del nombre para las personas transexuales). Pude cobrar, por fin, el cheque del finiquito. La tarde en el trabajo fue cómoda, aunque no vendí demasiado, pero al menos pude estudiar. Y por la noche, una nueva sesión de juegos de rol durante la que recibí una «recompensa» que me ha costado dos años de roleo (claro que teniendo en cuenta que esto lo hago por gusto, realmente no es necesaria recompensa alguna).

Hoy el día también tiene buena pinta. No sé por qué, pero a veces las cosas parecen venir en rachas: «rachas buenas» y «rachas malas». O a lo mejor, si cada día nos parasemos a mirar en la dirección adecuada, siempre encontraríamos un pequeño terrón de azucar para endulzar nuestra vida.

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El siguiente capítulo de mi culebrón médico.

Una nueva entrega de mis aventuras y desventuras en el intrincado y opaco Servicio Andaluz de Salud.

En el último capítulo, recordamos que J.M., que al final resulta que es el jefe del departamento de Atención al cliente de mi localidad, me dijo que se encargaba de tramitar el volante para enviarme a la UTIG. Sin embargo, yo no tenía ningún medio para saber si realmente ese papel había sido tramitado, o si había sido guardado en un cajón.

Comentándole estas dudas a un amigo de Badajoz, él me dijo que también era paciente de la UTIG, ya que estaba pendiente de una cirugía que todavía no hacen en Extremadura, y me dió un número de teléfono y el nombre de una persona que podría informarme respecto a como iban mis trámites.

Al día siguiente llamé y… creo que nadie se sorprenderá si digo que en Málaga no tenían nada mío. Yo, desde luego, no me sorprendí. Lo que sí que hice fue explicarle a la mujer que me atendió los problemas que estaba teniendo, para ver si ella sabía qué podía hacer. Y lo sabía. Me explico punto por punto los pasos a seguir para poder tramitar yo mismo los papeles y así asegurarme de que esta vez se envíaban, y, además, se enviaban al lugar correcto.

Este es el «dificilísimo» recorrido que tuve que realizar:

1) Ir al médico de cabecera y pedirle que me escribiese un informe A MANO. Al parecer la UTIG es una especie de «fantasma» que sólo existe fuera del sistema informático del SAS. De no ser por eso, mi médico podría haberme pedido la cita por el sistema normal, y no habría habido ningún problema. Pero claro, las cosas no podían ser así de simples.

2) Llamar de nuevo a Malaga y preguntar qué tenía que hacer. Tomar nota en un folio.

3) Ir al estanco de enfrente del ambulatorio y comprar un sobre y un sello. Escribir la dirección recibida en el punto 2 en la parte delantera del sobre, y la mía en el remite (lo del remite era opcional, pero muy aconsejable). Introducir el papel conseguido en el punto 1. Pegar el sello y cerrar el sobre.

4) Ir a la oficina de correos, que se encuentra al cruzar la calle, en la misma acera del estanco, y echar el sobre en el buzón. Cruzar los dedos para que la carta no se pierda.

En total, sin contar el rato que me tuve que pasar en la sala de espera, porque mi médico siempre lleva retraso, tardé 15 minutos en total. En unos 15 días tendré noticias de la UTIG, y si no las tengo, ya se donde llamar para preguntar.

Hay que joderse con el pedazo de inutil de J.M. Inutil, desagradable y dejado. Estoy pensando en ponerle una hoja de reclamaciones.

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Plan C, D, E…

Bien, por fin pasó mi momento de bajón y vuelvo a tener ganas de hacer cosillas. Creo que el haber cobrado el finiquito de Ediciones Rueda, 100 euros más sustancioso de lo que yo esperaba (no se cómo eché las cuentas) ha sido una buena ayuda para animarme, je, je, je.

Comentaba en otro post que he estado mirando planes alternativos para el futuro y di con un plan C. Resulta que el ayuntamiento de mi pueblo organiza cursos becados, en los que, además de conseguir un título extra para hacer currículum, y aprender algo (me parece que mi orden de prioridades debería ser inverso… primero aprender, luego hacer currículum), te pagan un poquito.

Son cursos sobre oficios, como cocinero, cuidador de personas mayores, electricista, etc… con lo cual, no tienen relación alguna con nada de lo que he hecho hasta ahora (exceptuando mi trabajo en la tienda, que también es un oficio), pero tienen la gran ventaja de que no requieren que los profesionales que los realicen tengan una actitud especial. Basta con que hagan su trabajo y lo hagan bien.

Entre los cursos que se ofertan, está previsto uno de jardinería, que es el que me ha llamado la atención. Lo cierto es que tengo un don especial para la jardinería: planta a la que me acerco, planta que muere. Pero imagino que si alguien me enseñara a cuidarlas, la cosa mejoraría ¿no? Siempre he pensado que todo se puede aprender.

Además el trabajo de jardinero, aunque requiere esfuerzo fisico (cosa que no me molesta para nada, ya que así puedo adelgazar y ponerme fuerte), debe ser bastante gratificante, en el sentido de que, día a día vas viendo el resultado de tus esfuerzos reflejado en los seres vivos y el paisaje que te rodea. También he oido que la jardinería es un yacimiento de empleo, pues muy poca gente conoce este oficio. Supongo que el acceso al mundo laboral se hará mayormente a través de los ayuntamientos, por oposición o algo así, pero bueno… eso no es algo que deba echarme atrás. ¡Como si nunca hubiese preparado oposiciones!

Finalmente, la última parte del plan C es que estos cursos se van realizando de manera más o menos periódica a lo largo de todo el año, así que, en el peor de los casos, siempre podría ir encadenándolos entre ellos y así no me quedaría parado del todo, o al menos no durante largos periodos. Como plan C, no está mal del todo.

También a base de conocer gente que ha pasado auténticos problemas de dinero (no como yo, que soy un quejica llorón al que nunca le ha faltado nada), he visto que existen muchas posibilidades para elaborar un plan D en caso de que las cosas se pusieran realmente feas.

No escribiré sobre ello, ya que no quiero dar la sensación de que, de verdad, pienso que algún día pueda necesitar recurrir a cosas como los comedores comunitarios, o a la creación de pequeños «negocios» piratas basados más en el ingenio propio y las habilidades de cada cual con los que, si bien uno no se hace rico, si que puede, como mínimo, permitirse pagar el alquiler de una habitación. Pero en cierto modo me resulta reconfortante saber que existe un posible «plan D» de completa emergencia.

Y es que a veces tiendo a ser demasiado pesimita. Uno de los grandes problemas que tenemos las personas transexuales es la integración laboral. Lo cierto es que los chicos lo notamos menos que las chicas (en esta sociedad machista, las cosas suelen ser más fáciles para los hombres que para las mujeres), y también es verdad que yo, mientras no me hormone, puedo optar por la opcción de llevar una doble vida (en realidad, más que opcción es que no me queda más remedio), aunque es una vía dura, que creo que ya me ha costado perder un empleo, pero la cuestión del trabajo es una de las que, de momento más me preocupan.

Me uno en esta preocupación a la multitud de desempleados con problemas mucho más graves y acuciantes que los míos. Mucha gente se ha quedado en el paro, pero, además, tienen familia a su cargo, deudas, hipotecas, etc… así que, además de no haber mucho trabajo, lo que sí que hay son muchos aspirantes a conserguir esos pocos empleos.

Para colmo, no puedo quitarme de la mente que mis padres en su día me dieron un plazo máximo para estar en su casa, que termina con el momento en que empiece el tratamiento hormonal, aunque en realidad pienso que, si llegada la hora siguiese viviendo con ellos, terminarían por aceptarlo.

Así que, cuando me da el venazo paranoico, en lugar de pensar «que suerte tengo de que puedo contar con que mis padres me mantienen, tengo capacidad para preparame unas oposiciones y aprobarlas, no tengo deudas ni nadie a mi cargo, y, además, mi familia es comprensiva con mi situación, dentro de lo que se puede pedir a unos padres», sólo veo los inconvenientes. Que aprobar una oposición es chungo, que hay mucho paro, que algún día mi sexo real y mi sexo legal van a ser diferentes, que mis padres pueden hartarse y ponerme en la calle, etc…

Es en esos momentos en los que, pensar que existe un posible plan D, me permite dejar de darle vueltas a la cabeza y alcanzar la tranquilidad necesaria para darme cuenta de que, pase lo que pase, al final siempre tendré una grieta para escapar.

Puedo considerarme muy afortunado.

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