Archivo mensual: febrero 2013

La abeja y la babosa.

La semana pasada tuve que asistir a la utilización de un proyecto que debería estar encaminado a resolver una serie de problemas de las personas trans, para el lucro político de una sola persona. No puedo hablar todavía de ello, porque el proyecto está todavía en marcha, y nos encontramos en un momento delicado (el más delicado desde que empezamos, el de mayor vulnerabilidad), pero cuando todo haya terminado, tanto si tenemos éxito como si al final fracasamos, lo contaré todo, y no me va a importar quien o cuanta gente se enfade conmigo, o las mentiras e historias que esa persona pueda decir sobre mí para restarme credibilidad.

Estoy tan decepcionado, que no lo puedo ni decir. Llevo varios días dándole vueltas en la cabeza a las maneras en que podría explicarlo, no porque quiera que otras personas lo entiendan, sino porque escribir lo que siento siempre me ha servido para poner en orden mis ideas (una especie de terapia, a lo pobre, porque no tengo dinero para pagarme un psicólogo). He reescrito este párrafo varias veces. Me he quedado un rato mirándo al vacío, a ver si las palabras llegaban solas. Pero no. Sigo sin saber cómo expresar lo triste, lo cansado, lo enfadado, lo desilusionado que estoy… 

Me planteo para qué hago lo que hago. Para qué me esfuerzo tanto por intentar que el mundo sea un poco mejor, si parece que ya hay una o dos personas que pueden encargarse ellas solas de todo. Ya tenemos una reina de la colmena que lo sabe todo, lo hace todo, lo resuelve todo, lo negocia todo, lo grita todo, y a la que la actividad de cualquier otra persona le molesta y le estorba porque cualquiera que no opine y obre bajo su dictado, está “rompiendo la unidad del colectivo trans”. Si ella sola lo puede todo, y los demás sobramos ¿para qué me estoy molestando tanto? 

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Este fin de semana, quedé con mi amiga, la escritora Lluvia Beltrán, que venía para la presentación del libro “la puerta de las rimas” (de otro autor, no recuerdo ahora como se llama el muchacho, y sobre la que no puedo opinar porque no la he leido). A su vez, me presentó a otra gente, que también son amigos suyos, y lo pasamos genial. Me cayeron muy bien todos. Dos de ellos son una pareja que lleva poco tiempo junta, pero se les ve tan bien compenetrados… Hablamos de las pequeñas cosas de la vida: música (yo creo que Yolanda debería ir a un concurso de la tele ¡Conoce todas las canciones!), actores y cantantes guapos, trabajo, como pagar el recibo mensual de autónomos y no morir en el intento, de lo bordes y estúpidos que son algunos clientes, que te regatean por menos de un euro, de lo majos que son otros, que te preguntan por las cosas que estás haciendo, de lo imbéciles que son los jefes, que suelen despedir al que más trabaja en la empresa, mientras que aprecian a los que dedican su tiempo a hacer relaciones públicas y a “ser creativos”, de flores y plantas, de las épocas que se vende más y se vende menos, del precio de los alquileres, de café, de pizza, de lo mal que se come en Inglaterra, de proyectos de negocios que podríamos emprender… 

Todo esto llegó en un momento en el que, desde hace unas semanas, pienso en quien soy y no me acuerdo. Recuerdo que me gustaban los juegos de rol, pero ahora me propongo jugar y me echa atrás el cansancio. Recuerdo que tenía amigos con los que salía a tomar algo y a hablar de tonterías. Lo pasábamos muy bien. Me resultaba sencillo relajarme y hablar, no como ahora, que cuando hablo de cosas normales casi me siento como si estuviese cambiando de idioma. Cuando veo alguna serie (una de las pocas cosas que me relajan últimamente), empiezo a sentir angustia. Me pongo a pensar, y al llegar la noche, me parece que no soporto mi propia vida. Estoy como alienado de mi msimo. Entonces es cuando me pregunto quien soy.

Yo antes no llevaba encima de mí el peso de, al parecer, el bienestar presente y futuro de todas las personas trans de Andalucía (y, tal vez, de España, puesto que la ley que queremos aprobar significaría un punto de inflexión histórico en Europa, en lo concerniente a la atención, consideración y reconocimiento de la transexualidad y de las identidades trans. Es algo muy gordo.) Ahora siento que debo hacerlo, aunque en realidad, nadie me ha pedido que lo haga. Más bien, se me está pidiendo que no lo haga. Que me haga a un lado, porque tapo la luz de los focos, porque no estoy aplaudiendo, y, en definitiva, porque no me avengo a trabajar como una obrera más de la reina-abeja. Qué desfachatez la mía.

No necesito nada de esto. No tengo por qué salvar el mundo, y menos si, encima, debo pagar por ello un alto precio a nivel personal (y también económico). Me siento vacío. Nada de lo que hago me llena. Esta tarde me voy de viaje a Liverpool, a ver a mi hermana, y casi no tengo ilusión. No me levanto por las mañanas lleno de energía, contento de pensar en todas las cosas que tengo que hacer, sino cansado y triste tras haber dormido poco, preguntándome quien va a ser el que venga hoy a rebuznarme al oido, a enfadarse conmigo, a tratar de manipularme y aprovecharse de mí, y a enfadarse al comprobar que aquí ya no queda nada que sacar. 

Mientras pienso esto, se me ha ocurrido, por fín, la manera de explicar cómo me siento. Me siento como una babosa sobre un montón de sal. Debo empezar a plantearme qué es el montón de sal, y como salir de él. La parte buena es que yo no soy una babosa.Imagen

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Post exámenes

El miércoles hice el último examen, por fin. En realidad, eran solamente dos (llevo tres asignaturas cada cuatrimestre, y me dejé una para septiembre), pero a los profesores de la UNED les encanta escribir unos tochos enormes, que solamente para leerlos ya te lleva varios meses… no hablemos de estudiarlos. Así que, por más interés que le pongo, no puedo sacar más que medio curso por año, y contando con que algunas asignaturas me las dejo para septiembre. Eso sí, en los dos años que llevo, todavía no he suspendido ningún examen, y espero que esta evaluación no vaya a ser la primera.

A diferencia de otros años, he conseguido llegar al final de la evaluación sin que me pasen ninguna de las siguientes cosas:

  • No me he puesto gravemente enfermo. Los dos años anteriores, en febrero, me puse fatal. El primer año, cogí la gripe A (era fuertecilla, la muy…), y el segundo año, una buena neumonía. Este año me he montado una mesa camilla en la tienda, y he estudiado calentito, gracias a lo cual me he ahorrado una semana de estar muriéndome con 38,5º de fiebre. Aunque reconozco que algunos días habría sido agradable estar enfermo y no poder ir a trabajar.
  • No he tenido dolor de dientes. Tengo tendencia a apretar los dientes mientras duermo, y también cuando estoy despierto. Eso se llama bruixismo, y la solución es fácil, pero un poquito cara. Basta con ir al dentista para que te haga una especie de aparato que te lo pones, y ya puedes morder todo lo que quieras. Me costó 120€ (ojo, el primer sitio donde fui a preguntar fue la clínica Vitaldent, que está al lado de mi casa, y me querían cobrar 235€ ¡!), pero vale cada uno de los 1.200 céntimos invertidos ¡Ya no me duele la boca! ¡Puedo comer sin que las mandíbulas me crujan! ¡Increible!
  • No me ha vuelto a sangrar la úlcera. Normalmente la úlcera se me pone peor con el estrés. Terminé el tratamiento justo antes de navidad, y creo que ya se me quedó bien, o medio bien. Últimamente me duele un poco el estómago y la espalda (a mí, cuando me duele el estómago, me duele también la espalda), así que puede que sí me haya empeorado un poco por el estrés…

Excepto por lo de la úlcera, creo que este año he pasado por el trance de los exámenes de  febrero mucho mejor que otros años. Será que ya le estoy cogiendo el tranquillo a esto de estudiar a distancia.

Además, tampoco tengo tanto trabajo acumulado como otras veces, aunque es verdad que debo algunos correos electrónicos, y tengo mis blogs algo abandonados (T_T). Teniendo en cuenta que llevo tres días sin vender absolutamente nada en la tienda, y sin que ni siquiera entre nadie a preguntar, sospecho que me va a dar tiempo de ponerme al día de todo. Por desgracia. Lo que no sé es cómo voy a hacer para pagar la seguridad social. Teniendo en cuenta que si pago la seguridad social, va a llegar el día que no tenga para comer, tal vez lo mejor sería que me pusiese en huelga de hambre. Así ahorro, y a lo mejor consigo que me hagan alguna bonificación en la couta. De camino, adelgazo. Todo son ventajas.

Otra cosa que voy a tener tiempo de hacer, en vista de que no vendo prácticamente nada, es escribir mi novela. «¿Tu novela? ¿Qué novela?». Es normal que no sepas de qué novela hablo, porque sólo lo he comentado con tres personas, pero… estoy escribiendo una novela. No había querido decirlo antes, porque tengo tendencia a empezar los proyectos y abandonarlos, o dejarlos pausados durante muuuuucho tiempo. Sin embargo, con este tema estoy bastante animado. Cuanto más escribo, más ideas se me ocurren. Los personajes van evolucionando solos, y crean sus historias y conflictos entre ellos. A veces me parece increible, porque se supone que no existen ¿no? Se supone que lo tengo que pensar yo todo, pero lo cierto es que a veces tengo la sensación de que se piensan solos. 

Y ya está. Estas son las cosillas que voy haciendo. Me aburro un poco. Estoy cansado. Llevo más de un año sin vacaciones y ya me va haciendo falta. No sé para qué he venido a la tienda, si aquí no entra nadie.

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Gente transexual en Motril

Hace un par de meses, empecé a ver a una chica trans por Motril. La primera vez, la vi mientras iba al trabajo, y ella estaba esperando el autobús en la parada que hay cerca de mi casa, con una señora que supuse que sería su madre. No estaba 100% seguro de que fuese trans, porque es muy jovencita, y a esa edad los rasgos no están muy definidos que digamos. Supuse que volvería a verla, si solía coger el mismo autobús, porque Motril tiene unos 50.000 habitantes (así que uno puede estar toda la vida sin cruzarse con una persona en concreto) pero sólo tiene 3 paradas de autobuses, para los autobuses que van y vienen de los pueblos de alrededor, y tampoco es que haya muchos autobuses al día, así que…

Pensé que debería haberme acercado a ella, pero, igual que me ha pasado otras veces ¿Qué le digo? Le digo «¿oye, eres trans?» ¿Cómo afectaría eso a su autoestima? De todas formas, iba con bastante prisa, y… bueno, que no me paré.

Algún tiempo más tarde, la volví a ver en el mismo sitio, pero yo iba por la otra acera. Ahí sí me habría acercado, pero entonces el autobús llegó, y ella subió. Se me escapó otra vez.

Finalmente ayer me la encontré al salir del trabajo. Yo salí de la tienda y iba rumbo a la biblioteca a devolver unos manuales de la UNED, para el cuatrimestre próximo. Era de noche, estaba cansado, y no me fijaba mucho en lo que había a mi alrededor… hasta que escuché una voz trans. A la gente le sorprende que yo me guío más por el oído que por la vista, seguramente porque escucho muy bien, pero veo menos que un gato de yeso (las gafas compensan, pero no es lo mismo). El problema es que, como veo menos que un gato de yeso, para comprobar de quien era esa voz, si realmente era una voz trans, y si la trans en cuestión era la misma que he visto en la parada de autobús… tuve que girarme descaradamente. Y sí, era ella. Iba hablando animadamente con una amiga (¡Bien por ella! No todxs lxs trans pueden decir que tienen amigas con las que salir en público), y como iban justo en sentido contrario al mío, cuando me quise dar cuenta, ya se me había vuelto a escapar.

El problema es que esta vez la amiga se dio cuenta de que yo me había girado a mirar. Es más, me giré dos veces… ¡Y la segunda, ella se había girado también para mirarme a mí! Ya estábamos en el quinto pino (unos 50 metros de distancia), así que era imposible que le dijese «perdona, esto no es lo que parece…» porque seguro que tanto ella como la amiga pensaron que soy un gilipolllas que se le ha quedado mirando porque nunca ha visto una chica trans.

Pero es que… nunca he visto una chica trans aquí. Y sé que las hay. Está la prima de la cuñada de mi ex novio, que empezó el proceso antes del verano. Le he dicho a la cuñada de mi ex que le de mi teléfono, por si quiere contactar conmigo, pero no debe querer (y me parece raro, porque ha montado una asociación, así que debería tener interés en buscar más gente ¿no?). Quizá ella sea la chica que me estoy encontrando últimamente. Se que hay un chico trans que está casado con una chica y vive totalmente en el armario, no muy lejos de donde tengo la tienda, pero no tengo ni idea de quien pueda ser. Sé que mi hermana tenía una compañera de clase trans, pero puede que ya no viva aquí, y sé que antes que yo, otra chica hizo el cambio de nombre y sexo legal, porque me lo comentaron tanto en el Registro Civil como en la comisaría (puede que fuesen dos chicas distintas, puede que fuese la misma chica, e incluso puede que fuese la compañera de clase de mi hermana). Es decir, tirando por lo bajo, somos 4 personas trans. Que yo sepa. Probablemente debemos ser más. Sin embargo, no nos conocemos entre nosotrxs. Diría que lxs demás, en realidad, no tienen interés en conocer a otras personas trans.

Sin embargo, puede que algunx de ellxs, de vez en cuando, se meta en internet a buscar información.Si unx de ellxs lo ha hecho, y por casualidad me encuentra, ya sabe que puede escribirme. A lo mejor hasta resulta que me reconoce… (y, de paso, puede que me reconozca algún transfílico que iba buscando contactos de prostitutas transexuales en Motril. Si ese es tu caso, has llegado al sitio equivocado). Si eres la chica del otro día, ya sabes por qué me volví a mirarte. A ver si tengo la oportunidad de decírtelo en persona, porque sé que esas cosas molestan, y me dio pena dejarte con tan mal sabor de boca…

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Visita a la ginecóloga

Hay un momento en la vida de un hombre transexual en la que tiene que decidir si se somete a una extracción de ovarios y útero (histerectomía, para entendernos, aunque creo que la histerectomía en si sólo incluye el útero… si alguien lo sabe y me saca de la duda, se lo agradecería). Este momento ocurre la primera vez que tu médico te habla sobre ello y tú tienes que pensar «me opero», o «no me opero». Lo bonito de este asunto es que si te decides por «me opero» ya nunca podrás cambiar de opinión, mientras que si te decides por «no me opero», podrás volver a dedicir en el futuro, cada vez que quieras.

Creo que no he explicado aquí por qué no me quiero operar (o puede que sí), pero mi decisión, en este momento, es «no me opero». Tanto una cosa como la otra, tienen sus riesgos (decididamente, voy a escribir un post sobre el tema, a ver si durante esta semana me da tiempo), y cuando hablé sobre ello con mi endocrina de la UTIG me comentó que la decisión estaba en mis manos, pero que dos de los pacientes de allí habían tenido cáncer de ovario… cosa que es imposible que ocurra si no tienes ovario porque te lo han extraído. Así que si no me quiero operar, vale, pero en ese caso sería conveniente que me hiciese revisiones ginecológicas de vez en cuando.

Como los consejos de los médicos me los tomo muy en serio (para eso ellos han estudiado medicina y yo no), me hice el firme propósito de hacerme una revisión ginecológica, y me puse una fecha «límite»: cuando consiguiese el nuevo DNI. Porque los médicos te tienen que tratar igual de bien si tienes el DNI como si no lo tienes, pero está claro que si lo tienes, la protección legal es mayor y de más fácil de solicitar. NO SIGNIFICA que si no tienes el DNI no dispones de protección alguna. Simplemente, si lo tienes, la protección es mayor.

Así que primero conseguí el nuevo DNI, y luego la tarjeta sanitaria, que me dio algunos problemas, y, finalmente, cuando fui a mi médico de cabecera para que me metiese en la nueva tarjeta sanitaria las recetas de testosterona, también le pedí que me enviase al ginecólogo para una revisión.

Tengo que decir que, al parecer, en la UTIG de Málaga hay un ginecólogo, del que personalmente nunca he tenido noticias, y al que nadie me ha enviado a ver nunca, pero que aparece en todos los documentos que la UTIG publica sobre si misma como una prestación sanitaria. Según he escuchado por ahí, la misión de este señor (o señora, que no sé si es un hombre o una mujer) es hacerte una revisión justo antes de que te operes de histerectomía, y no mientras no te vayas a operar. En cualquier caso, no es algo que me preocupe mucho. No tengo ningún interés especial en que me visite un médico que trabaje en la UTIG. Es más, prefiero que no lo haga. El personal que trabaja allí no ha demostrado ni tener más sensibilidad, ni conocimientos, ni buen trato, que los médicos que me han atendido en otros sitios. Generalmente la atención ha sido tan buena como en otros sitios (por ejemplo, estoy muy contento con mi endocrina, aunque me consta que otra gente no lo está), y en ocasiones, ha sido peor. Entonces ¿para qué perder una mañana de trabajo, y recorrer cientos de kilómetros?

En mi centro de salud me dieron cita para 3 semanas después, a la 16:15 de la tarde. Una hora estupenda, fuera del horario comercial, que me permitiría llegar a tiempo, después de comer, y salir también con tiempo de abrir mi tienda como cualquier otro día.

Me olvidé del asunto (más bien, procuré no pensar mucho en ello) hasta el día de antes. De hecho, para no pensar mucho, ni siquiera lo comenté con mis amigxs. Sin embargo, el día de antes empecé a ponerme un poco nervioso, y me preparé la manera en que podría abordar al ginecólogo o ginecóloga, para explicarle de manera correcta lo que quería, y no darle lugar a hacer preguntas que me pudiesen molestar.

Tengo que confesar que en mi interior ya estaba disfrutando de manera anticipada del susto que le iba a dar al pobre ginecólogo o ginecóloga (no sabía lo que era, porque en las hojas de la cita no pone el nombre del facultativo que te va a atender… me gustaría saber a qué se debe eso, especialmente cuando la ley señala como deber de los pacientes conocer el nombre de su médico). Me imaginaba que daría un salto en la silla, o pondría cara de confusión, o intentaría disimular su sorpresa… en fin, ese tipo de cosas que pasan. Y es que, en el fondo, me gusta provocar. Un poco. Bueno, bastante.

Otro pensamiento que se me venía ocurriendo era que uno de los problemas de las visitas al ginecólogo es que tienes ahí a una persona que no te agrada, hurgándote en partes que… bueno, son privadas ¿no? Quizá si los ginecólogos fuesen todos muy guapos, las mujeres y los hombres trans gays o bisexuales, iríamos con más alegría a las consultas. A lo mejor mi ginecólogo se parecía a Iker Casillas, o a Angelina Joolie… Si fuese así, me iba a sacar un abono para ir a visitarlo 10 veces al año 🙂

Sin embargo, como suele ocurrirme con estas cosas, no di ni una en mis previsiones. La ginecóloga era una señora de unos 50 años, gordita, que no me pareció atractiva (¡Pero tampoco repulsiva! Simplemente, no está dentro de mi rango de edad), e increíblemente amable. Cuando entré, le dije que soy un hombre transexual y llevo 3 años en tratamiento con testosterona (así, todo seguido, para no darle lugar a pensar que un hombre transexual es una mujer transexual, como suele creer la mayoría de la gente), pero que, de momento, no tengo previsto operarme de histerectomía, por lo que mi endocrina me había recomendado que me hiciese una revisión ginecológica, a ver si estaba todo bien, aunque seguramente los órganos estarían bastante atrofiados.

La ginecóloga tuvo la desfachatez de no asustarse ni un poquito. En realidad, me dio la sensación de que, o bien conocía ya a alguna persona transexual, o bien había leído cosas y no conocía a nadie, pero estaba sensibilizada con el tema. Porque sabía de qué le estaba hablando, pero se la notaba insegura al hablar, como sintiendo que pisaba sobre terreno poco firme… es decir: sabía cosas, y también sabía qué cosas no sabía, que es algo mucho más difícil, y que requiere haber pensado bastante tiempo sobre un asunto.

Me trató con muchísima amabilidad y respeto. De todas las veces que he ido al ginecólogo, es la que menos daño me han hecho, ya que como no sabía muy bien donde estarían mis órganos (al estar atrofiados), iba con un cuidado excepcional. En cuestión de 10 minutos ya estaba listo. A falta de los resultados de la citología, me ha dicho que estaba todo bien, y que hasta dentro de un par de años o así, no hace falta que me haga otra revisión.

Así que 10 minutos y listo. A quince minutos de mi casa, sin tener que dejar mi trabajo. Mucho menos molesto que tener que ir hasta Málaga para que me atienda un médico de la UTIG. Definitivamente, la descentralización de la atención médica a las personas transexuales, no sólo es posible, sino imprescindible.

También, mucho menos peligroso, doloroso y costoso que tener que someterme a una cirugía y estar varios días de baja. Sin cicatrices, y sin tener que renunciar a mis derechos reproductivos. Creo que de momento, paso de esa operación. En el futuro, ya veremos, pero ahora… ni de coña.

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