Archivo mensual: noviembre 2012

La primera vez que mi padre me llamó Pablo

No sabría decir cuando empezaron a encadenarse los hechos que llevaron a esta situación. Tampoco sé si lo hice bien, o si lo hice mal. Probablemente, como siempre me pasa con este tipo de cosas, lo hice de la peor manera posible, porque. Ser un metepatas es una de mis principales características, y supongo que se trata de algo que nunca conseguiré cambiar, por más que lo intente.

Empezaré diciendo que cuando comencé a trabajar en el proyecto de la.trans.tienda, no me atreví a contar nada a mis padres, por miedo a que me quitasen la idea de la cabeza (las ideas son frágiles al principio) como ya habían hecho en otras ocasiones con otras iniciativas. Cuando me di de alta como autónomo, tampoco se lo dije, por miedo a que se enfadaran conmigo, o me dijesen que lo que estaba haciendo era una idiotez. Sin embargo, mi madre seguía pagando su propia seguridad social para mantener la tienda abierta… innecesariamente, ya que allí sólo trabajo yo desde hace tiempo.

De la misma forma, y por motivos similares, no les dije que había cambiado de nombre legal. Fue una decisión muy difícil de tomar, y tener que tomarla hizo que se momento feliz se volviese un poco amargo. Tenía miedo de que mi padre tomase represalias contra mí, por haberme atrevido a cancelar la partida de nacimiento que él firmó en el Registro Civil ¿Y si decidía que yo ya no era hijo (o hija) suya? Demasiado riesgo.

La semana pasada, mis padres se quedaron en casa (en la casa donde vivo, que es suya), y a raiz de un pequeño incidente, estuvimos a punto de tener una discusión muy grave, que al final se pudo evitar (tuve suerte, ese día yo había tenido que pasar el día fuera de casa, y cuando llegué, la cosa ya se había enfriado). Pero aunque no llegamos a discutir, sí que hablamos de la ayuda que ellos me dan (dejarme estar en su casa, sin pagar nada, pagar la seguridad social para mantener la tienda abierta…)y yo le dije a mi madre que ya no hacía falta que siguiera cotizando en la seguridad social, porque ya estaba cotizando yo. Me preguntó por qué me había dado de alta, y desde cuando, y se lo conté.

Unos días más tarde, hablé del tema con mi padre. Me acusó de haberle mentido, y de estar aprovechándome de él, “chupándome lo suyo” (según me ha contado mi amiga Maite, madre de una chica trans, lo que más les molesta a los padres es que hagamos las cosas así, te tapadillo y sin contarles nada, barriendo sólo para lo nuestro…). Yo le expliqué mis motivos para no contárselo, torpemente pero como mejor pude, ya que cuando hablo con mis padres me bloqueo y soy incapaz de sacar adelante ningún razonamiento mínimamente coherente. Simplemente, estoy demasiado angustiado para pensar. Al menos, conseguí decirle que no les decía nada porque tenía miedo de él. No acerté a decirle también que ellos mismos han decidido separarse de mi vida, al no reconocerme como hijo, ni que no saben nada de mí, ni siquera quien soy. Pero sí que le dije que estoy convencido de que podría hacer cualquier cosa contra mí, porque no me quieren. Si me quisieran, no me llamarían Elena, ni me tratarían en femenino, convirtiendo cada rato que estoy con ellos en una humillación (tampoco le dije que cuando lo hacen en público, además, me ponen en riesgo, porque animan a los demás a que también me traten mal. Si los padres de una persona trans le tratan en el género que no es, significa, generalmente, que no pueden hacer otra cosa, pero cuando lo hacen los demás, significa que creen tener una superioridad moral sobre ti, para decidir quien eres y ponerte “en tu sitio”).

Mi padre dijo que me llamaba Elena porque ese era mi nombre: el nombre que tenía que poner cuando hacía papeles. Yo lo negué con la cabeza, y le dije que no. Me pidió que le enseñara el carnet de identidad, y se lo enseñé.

Al verlo, empezó a llamarme Pablo. No se enfadó por que hubiese cambiado de nombre, pero me acusó de mentirle también en eso. Me dijo que ahora le había mentido dos veces.

Continuamos hablando mucho rato, intentando arreglar las cosas. Me echó en cara muchas cosas más, del presente, y del pasado lejano. Todos los esfuerzos infructuosos para conducirme hacia una vida laboral brillante y productiva. Todos los esfuerzos que, para mí, conducían a convertirme en quien ellos querían, y no en quien quería yo. Pero ¿Quién quería ser yo? En aquella época, ni siquiera lo sabía, porque no sabía que podía llegar a ser quien de verdad era. En aquella época, vivir era una tarea demasiado penosa, como para, además, prestar atención a otras obligaciones. Tampoco fui capaz de explicárselo a mi padre, pero creo que eso no es falta mía en hablar, ni suya en escuchar: me parece que, si no eres trans, todo lo que he escrito anteriormente carece por completo de sentido. Sin embargo, para quienes sí lo somos, tiene todo el sentido del mundo.

Recuerdo que, cuando les dije que era trans, tuvimos una conversación similar, en la que mi padre me echó en cara todos mis fracasos, el poco esfuerzo que ponía en todo, mi escasa utilidad. En aquel momento me pareció que era bueno que me lo dijera, porque yo sabía que era verdad, y lo mejor que se puede hacer con la verdad es ponérsela delante de los ojos a quien se empeña en no verla (ahora, unos años más tarde, me he dado cuenta de que eso tampoco es cierto. Cuando las cosas no se pueden cambiar, es mejor dejar que los demás vivan felices. No merece la pena amargarles si no se va a obtener ningún beneficio de ello). Aquella vez, me avergoncé de mí mismo. En esta ocasión, no. Esta vez estaba muy tranquilo, porque sabía que en esta ocasión el que no veía las cosas no era yo, sino mi padre. Estudio mucho, trabajo mucho, me esfuerzo mucho, trato de ayudar a todo el que puedo, y nunca busco aprovecharme de la necesidad ajena.

Mi padre sostiene que lo más honrado habría sido confiar en ellos desde el principio e ir contándoles las cosas a medida que las iba haciendo. Soportar sus reacciones, incluso cuando sean agresivas (verbalmente, nunca físicamente) y estén equivocados (o ir sorprendiéndome de que, al contrario, reaccionen bien), es parte de los deberes de un hijo. Yo creo que hay un límite de exigencia y de agresión que queda fuera de los deberes morales.

Quizá debí hablar antes. O quizá, al posponerlo hasta que he explotado, y tener que reconocer que lo he hecho por miedo, les ha hecho pensar que están siendo demasiado duros conmigo. O quizá no. Lo que mis padres piensan, o como van o no van a reaccionar, sigue siendo imprevisible para mí.

Como sea, la cuestión es que mis padres han empezado a llamarme Pablo, o a intentarlo. No siempre les sale, pero por lo menos lo intentan. Yo no pido nada más. También hemos traspasado el nombre de la tienda, y ahora está al mío. Me he convertido de repente en un “bi-empresario”, con dos licencias fiscales para dos actividades distintas: la.trans.tienda y la ferretería. Me preocupa, porque en esta época de crisis, en la que no hay dinero para nadie, ser “bi-pequeño-empresario” es “bi-arriesgado”, pero me queda el consuelo de que al menos ahora le saco más rendimiento a mis impuestos.

Ambos momentos, el del traspaso del nombre de la tienda (que, al fin y al cabo, me convierten definitivamente en una persona que va en serio con lo que está haciendo), y la primera vez que mis padres empezasen a llamarme por mi nombre, y a tratarme en masculino, deberían haber sido alegres. Sin embargo, como cada pequeño avance que he ido haciendo en la construcción de mí mismo como hombre, se han vuelto agridulces, pues han ido teñidos de discusión, angustia, secretos y miedo.

Por otra parte, creo que esto ha sido un punto de inflexión. Quizá, en adelante, las cosas dejen de ser así.

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Si no fueses mujer, seguirías viva.

El 20 de noviembre es la fecha para el Transgender Day of Remembrance (TDOR), una fecha en la que se recuerda a las víctimas trans de asesinatos. Como todos los años desde 2009, en esta fecha el TMM  (Trans Murder Monitor u Observatorio de Personas Trans Asesinadas) publica una actualización de datos, en la que España no tenía ningún dato nuevo que aportar.

Estaba pensando que este año podría escribir una entrada un poco más optimista, hasta que el domingo, al entrar en Facebook, me encontré con la noticia de que una mujer transexual ha sido asesinada en Fuengirola (Málaga).

La primera noticia que he leído, ha sido esta: “muere apuñalado un joven transexual en Málaga”, del ABC de Sevilla. Después, investigando más, localicé otras noticias, y otras redacciones, donde se aclaraba mejor el suceso.

El primer paso: escribir al TMM para informar de este nuevo caso de una persona trans asesinada. El equipo está formado por Carla Lagata y Jan Hutta, y ambos son alemanes, pero hablan bastante bien en español (aunque el idioma preferente de comunicación es el inglés). Si tienes que enviarles alguna vez un informe de este tipo, podéis hacerlo escribiéndole a  investigación (arroba) transrespeto-transfobia (punto) org. Normalmente yo suelo enviar el informe de los asesinatos que conozco en España o Ecuador, pero puede que algún día se me pase, o ya no tenga tiempo para estas cosas, y más vale que reciban la noticia duplicada a que no reciban nada, así que cuando te llegue alguna noticia de este tipo, escríbeles.

Segundo paso, investigar en los periódicos, para tratar de averiguar cuantos más datos mejor. Cada periódico ofrece una visión parcial de lo sucedido. Cada uno hace hincapié en unos datos más que en otros. En algunos, hablan en masculino de esta chica asesinada. En otros la tratan bien, y dan mucha información.

Buscaba su nombre. Me habría gustado poder escribir al TMM y decirles el nombre de ella, para que en su próximo informe apareciese así recordada. Sin embargo, no ha sido posible: su nombre no aparece por ninguna parte (días después he leído que Mar Cambrollé dice que la chica se llamaba Sabrina, pero desconozco cual es su fuente, así que no estoy 100% seguro de la información).

He sabido que ella era una inmigrante de origen árabe, pero no de qué país venía. Tenía 30 años y vivía con su novio, un chico rumano. El viernes 16, a las 00:30, un vecino que pasaba por la puerta escuchó ruidos de pelea, y llamó al 112 para informar de que el novio se había puesto agresivo y estaba rompiendo y tirando cosas. Según uno de los periódicos, cuando la policía llegó, el vecino todavía estaba en la puerta, impotente. Pero ya era tarde. Se la encontraron con una herida de arma blanca en el pecho (quizá un simple cuchillo de cocina). En algún momento llegó un ambulancia y se intentó reanimarla, sin éxito. Murió poco después. Su novio se encontraba todavía en el hogar, y fue detenido por la policía.

Si no hubiese sido una mujer, seguiría viva. Muchas personas trans tienen como objetivo simplemente ser mujeres y hombres como otros cualquiera. En este caso, ser una mujer como otra cualquiera se ha reducido a ser asesinada como muchas otras mujeres, a manos de su pareja, un varón heterosexual.

Me puedo imaginar la alegría que tendría ella, al llegar a una tierra donde podía ir por la calle sin que la metiesen en la cárcel, o la agrediesen, y recibiese atención sanitaria, e incluso se encontrase con la oportunidad de tener un novio, un compañero que la quisiera y con el que formar una familia ¿Le contó, sonriente, a sus amigas, que le gustaba un muchacho? ¿Les dijo que le daba miedo que la rechazase por ser transexual, y luego les habló feliz cuando él le dijo que no le importaba? ¿O tal vez era una trabajadora sexual que convivía con su proxeneta, o que había iniciado una situación sentimental con su cliente? ¿Le habría disculpado por todas aquellas veces que él le gritó, y le insultó, porque la comida estaba fría, o salada, o sosa, o porque no sabía cocinar sus platos favoritos, sino principalmente comida de su país? ¿Le parecía normal que la maltratara, y estaba agradecida de que a pesar de la clase de mujer que era, él la quisiera? ¿Bailaría ella en las bodas con las demás mujeres? ¿Habría soñado con casarse alguna vez? ¿Tal vez adoptar niños?

Si no hubieses sido una mujer, ahora estarías viva. Y mientras tu cuerpo se enfría a la espera de que algún médico forense lo examine, o tal vez esté ya en una fosa común. Desconozco si tienes familia que se vaya a hacer cargo de tu entierro, pues los cuerpos trans son, muchas veces, tan deshonrosos para las familias como lo fueron sus hijos e hijas trans en vida.

No es fácil humillar a una persona trans en vida, porque decidimos vivir cuando ya no queríamos seguir viviendo, y una vez que has tomado esa decisión, todo cambia para siempre. Pero es fácil denigrar un cuerpo trans. Las familias nos entierran bajo lápidas en las que ponen el nombre que ellas quieren, los periodistas se atreven a referirse a las mujeres trans asesinadas como “hombres”, incluso cuando han tenido un tipo de muerte que está tan solo reservada a las mujeres.

Algunos discuten si este caso debe considerarse, o no, violencia de género, como si fuese importante excluir a las transexuales muertas de los juzgados reservados únicamente para mujeres, no vaya a ser que se ensucien los expedientes de los Juzgados de Violencia de Género. Es una cuestión de importancia capital, la de discernir si podemos considerar que esta persona era una mujer, o si será mejor denigrar su memoria, al menos en la muerte, para poner una pica en Flandes en la lucha contra la igualdad de las personas trans. Ya que cada vez resulta más difícil negar que las persona transexuales vivas tenemos los mismos derechos que las demás, al menos, poder negárselos a sus cuerpos muertos.

Un debate absurdo y machista. Una vez que la víctima está muerta, la única consecuencia relevante de que este crimen sea juzgado como un asesinato convencional sería que el asesino tenga una condena más breve (¿cómo va a ser la misma condena por matar a una mujer normal que a una de estas mujeres?), y que no tenga antecedentes penales por violencia de género, para que así salga antes de la cárcel, pueda volver a tener pareja, y tenga la oportunidad de maltratar a una segunda mujer.

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El día que fui al parlamento

El martes me levanté a las 4:30 de la madrugada. Mi hermana me llevó al aeropuerto del Prat para que pudiese coger el vuelo Barcelona-Sevilla que salía a las 7:00. A penas había dormido, aunque me había pasado todo el día limpiando la que ya no será nunca más casa de mi abuela. Recogiendo sus cosas, regalándolas a los amigos a quienes les pudiese servir…

Había pasado todo el fin de semana, desde el viernes, con todas esas cosas que es necesario hacer cuando alguien fallece. Mi familia se ha quedado todavía unos días más, pero el martes yo tenía que ir a Sevilla. Las diputadas Soledad Pérez y Verónica Pérez, del PSOE, y Alba Doblas de IU, nos habían concedido sendas entrevistas para hablar sobre la ley de no discriminación por identidad de género que estamos solicitando para andalucía, y era una reunión a la que debía asistir.

Tenía que ir, sobre todo, porque la ley será fruto del consenso entre los grupos trans de Andalucía (principalmente Conjuntos Difusos y ATA), y no habría visto la luz de no ser por el empuje que IU le dio a la iniciativa, pero… la ley la hemos escrito entre Ángela y yo. Ángela le ha puesto más trabajo, fue la que hizo el gran esfuerzo de redactar el texto base en tan sólo dos días (yo no habría sido capaz), y luego me lo pasó para que le diese un repaso, aunque tan sólo fueron necesarios algunos toques finales. También fui yo el que se encargó de incorporar el texto de ATA al nuestro, y luego las sugerencias que nos hicieron desde Izquierda Unida, con el objetivo de hacer el proyecto técnicamente más perfecto. Lo que quiero decir con esto es que me siento, de algún modo, el “padre” de la criatura, aunque la ley sea para todos, todas y todes (especialmente, para todes). Como “padre”, creo que la única persona que podría defenderla mejor que yo sería Ángela, que es la “madre”. Sin embargo, Ángela está en Madrid, y eso lo complica todo.

Tenía que ir también porque creo que esta ley es algo bueno, y es algo muy grande. Esta ley puede ser el principio del fin de la dictadura de los médicos y los estados sobre las personas trans, en España y en Europa. No es una ley que conceda beneficios, ni es una ley de discriminación positiva. No es una ley para pedir más de lo que tienen los demás, o más de lo que nos corresponde. Es tan sólo una ley para conseguir que los derechos humanos que ya disfruta el resto de la población lleguen hasta las personas trans. No va a resolverlo todo, pero al menos, nos permitiría empezar a vivir siendo considerados como personas, y considerándonos nosotrxs mismos como personas. Una vez mi amigo Leo dijo que “hay personas que no saben que son personas”… esta ley vendría a terminar con esa situación.

El avión llegó a Sevilla a las 8:30 de la mañana. Una pequeña legión de hombres y mujeres con trajes se bajaron y se dirigieron a los cuartos de baño. Yo también entré. Me aseé, y comprobé una vez más mi aspecto. Me había tenido que comprar una camisa nueva en Barcelona, porque con las prisas, había contado mal los días, y la que pensaba ponerme para la reunión, la utilicé en el funeral. No hubo tiempo para lavadoras. Mi amiga Andrea me ayudó, y me regaló un pañuelo gris muy bonito, que mi hermana me enseñó a colocar por la mañana, antes de salir de casa. o hubo tiempo para lavadoras. Iba mal afeitado: me había olvidado la maquinilla de afeitar, y aunque había comprado una en Barcelona, no tenía espuma y no estaba de humor para un afeitado con jabón. No tenía zapatos: también olvidé echarlos en la maleta, e iba con mis zapatillas de suela cóncava que se supone que te hacen adelgazar sólo por llevarlas puestas, pero que no son nada elegantes (aunque cuestan un pico, pero yo las compré con un bono del Groupon, super rebajadas).

Miré a todos esos hombres con traje, que ya estaban cansados antes de empezar la jornada, y se arreglaban la corbata y se lavaban las caras para despejarse. Algunos llevaban una mochila barata, como la mía. Probablemente, igual que yo, iban disfrazados para la ocasión. Pensé que tengo muchísima suerte de trabajar a 15 minutos de mi casa, y de poder ponerme lo primero que pille para ir al curro (incluso la camiseta horrible de la rata amarilla que me regaló una amiga, y que me pongo cuando toca limpieza).

Moverse en autobús por Sevilla es relativamente sencillo si te bajas la aplicación para móvil “Sevibus”. Es gratis, y te indica los recorridos de todas las lineas, cuanto falta para que llegue el próximo autobús, por que parte del recorrido vas, cuantas paradas te faltan para llegar, donde está la parada que buscas… Me lo recomendó también mi amiga Andrea, que estuvo un tiempo viviendo en Sevilla, y es fantástico. Llegué del aeropuerto al Parlamento, sin perderme, y sin perder tiempo.

Una vez allí, preparar los documentos. Imprimir la ley, buscar los documentos con los apoyos que ya existen para justificar que las personas transexuales también somos humanas y tenemos derecho a que se nos trate como a seres humanos. Fui a una fotocopiadora a hacer un montón de copias, y la dueña de la tienda no me mandó a hacer puñetas porque era una mujer muy amable y paciente, menos mal.

El resto del grupo (Kim, y una familia, cuyo nombre, por prudencia, no voy a decir, aunque sí diré que formaban parte de la Asociación de Padres y Madres de Gays, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales, AMPGYL) llegó mientras yo hacía las fotocopias. En cuanto pude, fui a reunirme con ellos, y a tomarme el tercer o cuarto café de la mañana. El sueño se me quitó de golpe, pero me puse hiperactivo. Supongo que la proximidad del Parlamento, justo al otro lado de la calle, no ayudaba precisamente a tranquilizarme.

Entramos un ratito antes al parlamento, colapsando momentaneamente la entrada, mientras nos hacíamos las identificaciones. Mi amiga F. todavía no ha podido cambiar su DNI, y Kim le dijo “dentro de un tiempo, cuando cuentes batallitas, podras decir ‘la primera vez que fui al Parlamento Andaluz, todavía no tenía el DNI cambiado y pasé mucha vergüenza’, hizo una pausa y añadió ‘y ahora, soy diputada’”. F. no tiene aspiraciones políticas, y se rió alegremente, pero es una persona honrada, luchadora e inteligente, y si hay alguien a quien me alegraría ver en el parlamento, sin duda es ella.

Mientras nos dirigíamos a la sala de reuniones, comenté “nos va a salir bien, porque lo que pedimos es bueno y no hace daño a nadie”. La madre de F. me dijo “estás nervioso ¿no? Pues mira lo que me contó uno que conozco…” y allí mismo me dio una lección para superar el nerviosismo, que no contaré aquí, pero que, por supuesto, puse en práctica.

La primera cita era con las diputadas del PSOE, Soledad Pérez y Verónica Pérez. Si normalmente la agenda de reuniones de los y las diputadas está apretadísima, en esta época, que se discuten los presupuestos, lo está todavía más. Sin embargo, llegaron con gran puntualidad, y a pesar del cansancio que ya debían llevar encima, nos prestaron toda su atención desde el primer momento.

La reunión, más que ir bien, fue emocionante. Nos escucharon, y nos comprendieron. Hicieron preguntas y escucharon lo que les decíamos. Cuando les mostré los dos tests de la UTIG que he podido conseguir (¡¡Si me lees, muchas gracias Tania!! ¡Lo que me enviaste, vale oro!), se sintieron indignadas. Como dice Kim, nos despedimos como amigos, y eso es mucho.

Un rato más tarde, teníamos la reunión con Alba Doblas, de IU, a la que también asistirían miembros de ATA. Comimos un montadito y una coca-cola en el bar de enfrente. A mí tampoco me cabía nada más. Habría agradecido un café, pero a las tres y diez minutos el dueño ya tenía la máquina apagada. Quizá fue lo mejor, porque aunque a esas alturas yo ya estaba extremadamente cansado, había perdido la cuenta de los cafés que llevaba encima y quizá añadir otro más sólo habría servido para ponerte como una moto, mezclar los nervios con el cansancio, y terminarlo de arreglar.

A esta segunda reunión íbamos más relajados, ya que, aunque no conocíamos a Alba, sí nos hemos comunicado mucho con Daniel Gonzáles, de ALEAS (el grupo GLTB de IU, según creo), y… si no fuese por su esfuerzo, no estaríamos haciendo nada de esto. Su implicación en este proyecto es tanta como la nuestra (pero con el mérito de que ellxs no son trans, y, como hacen muchas personas cisexuales, podrían simplemente desentenderse del tema y decir que la cuestión no es importante, o que “ahora no es el momento”). Alba es la persona que va a tener que defender nuestra ley, y mi intención cuando pedí citarme con ella fue que pudiese plantearnos todas las objecciones, hasta las más estúpidas y retorcidas que pudiesen aparecer, para darle argumentos contra las mismas. Ya llevábamos tiempo enviándole documentación, pero las objecciones a los derechos humanos de las personas trans están basadas en cosas muy sutiles. Se pone por delante la legislación, o “el mayor bien”, o la necesidad de evitar que se atienda a las personas que luego se puedan “arrepentir”, sobre todo de cara a ahorrar dinero, o el bienestar de los niños, o… Pero lo que hay detrás de todo esto, es un sentimiento intenso y profundo de horror y rechazo ante la transexualidad ajena, que incluso las personas transexuales tenemos.

Responder a estas objecciones es muy difícil, puesto que la transfobia y la represión de las identidades trans están tan arraigadas en nuestra sociedad, que casi nos parecen cuestiones de sentido común. Sin embargo, cuando se responden convenientemente, la lógica pone en evidencia su procedencia transfóbica. Todavía, llegados a ese punto, alguien que se niegue a admitir que lo que tiene es un problema de transfobia, podrá decir “no estoy de acuerdo” o “no me parece bien”. Pero no podrá explicar por qué, a no ser que reconozca que la discriminación de las personas transexuales es una práctica deseable.

Llevo cuatro años escuchando y tratando de responder a las mismas objecciones. Leyendo, aprendiendo, debatiendo, repitiendo la discusión cada vez con una persona distinta (siempre en términos amistosos, pues es con mis amigos con quienes hablo). Esta experiencia, no se puede transmitir en un texto de 12, o de 300 folios. Hay que hablarlo cara a cara.

¡Ojalá no hubiese estado tan cansado! Ya a penas podía fijar la vista en los papeles que llevaba, y me perdía en el hilo de los argumentos de los demás. Aun así, creo que entre todos conseguimos que la reunión cumpliera su objetivo.

Me tuve que ir antes que los demás, porque debía coger el autobús Sevilla-Granada, y luego el Granada-Motril. Por suerte, el padre de F. sabía los horarios. Pregunté a los demás donde debía coger el bus para la estación, y la aplicación de Sevibús hizo de nuevo su función.

Caí agotado. Llamé por teléfono a un par de amigas, y luego me dormí.

Llegado a este punto, creo que hace falta aclarar que este viaje lo hemos pagado cada uno de su bolsillo, y además, nos ha costado abandonar nuestro trabajo un día, y perder el sueldo de ese día (a parte de otros problemas que puede llevar el no ir a trabajar con cierta frecuencia, como podéis imaginar). No he podido atender correctamente a una clienta de la.trans.tienda porque llevo arrastrando el cansancio toda la semana. No he podido casi ni estudiar. Ir al parlamento, y hacer estas cosas es muy guay, para que lo voy a negar, pero cansa, y desgasta mucho, especialmente para quienes no somos “activistas profesionales”, hacemos esto sin ningún ánimo de lucro, y tenemos que trabajar para vivir… sin embargo, si la ley sale adelante, el esfuerzo habrá merecido la pena.

Y ahora, para terminar… ¡Un video de la noticia (muy cortita) que pusieron en Canal Sur! ¡Salgo en una esquinita! ¡En el Parlamento! ¡Yuju! Aunque me ha molestado que digan que estuvimos hablando sobre el matrimonio gay y criticando al PP, porque no es verdad. Después de terminada la reunión, una persona hizo algún comentario a título personal, pero la reunión no iba a de eso, porque no era una reunión política, sino un encuentro para hacer cosas totalmente prácticas y necesarias para las personas trans. Me alegro de que se haya declarado constitucional que cada cual pueda casarse con quien quiera (sobre todo porque, como soy bisexual, me interesa saber que podré casarme con la persona que me guste, y no con unas sí y con otras no), pero, además de eso, hay más cosas en el mundo.

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El último viaje a Barcelona.

Mi hermana vivía en Barcelona, con mi abuela y su perrita, hasta el viernes pasado, que me envió a la perrita a casa, para que la cuide temporalmente. El domingo, mi hermana se fue a Inglaterra, como otros tantos cientos (o miles, no sé) de españoles con una titulación superior que emigran buscando lugares donde su capacidad sea apreciada.

Mis primeros tres días con la perrita, fueron difíciles. El sábado fue un día duro para ella. El domingo lo pasó un poco mejor, y el lunes la quería matar. El lunes por la tarde descubrí que poner la página de rainymood y jugar un buen rato en la calle la tranquilizaba, y desde entonces todo fue bien.

Esta mañana me levanté como siempre, a las 8:15. Estaba un poco más cansado de lo habitual, porque el jueves dediqué el día a trabajar sobre la ley trans que intentamos sacar para Andalucía, y a renovar el catálogo de pelucas de la.trans.tienda. Por suerte, cada tres horas la perrita me avisaba de que estaba trabajando demasiado y me obligaba a parar, y a salir a la calle un ratito. Cuando preparaba las cosas para irme a trabajar, iba contento. Primer día del mes, y último de la semana. Eso tenía que ser bueno. Tenía el móvil ligeramente descargado, así que me aseguré de llevarme el cargador a la tienda.

Pensaba estudiar, si no tenía mucha venta, algo de derecho constitucional, que es la asignatura más extensa para este cuatrimestre. Encendí el ordenador, y recordé que antes tenía que echar las cuentas del mes pasado.

Quince minutos más tarde, mi madre llamó por teléfono, para decirme que la yaya se había muerto. Fue de repente, en cuestión de unos momentos, o de unas horas, no lo sabemos. Al parecer, llevaba unos días en la cama porque se encontraba mal, y a causa de la inmovilidad, se le formó un trombo. Tenía 91 años, y era ya muy frágil. Todos sabíamos que cualquier soplo de viento se podía llevar su vida.

Cuando salía de viaje y me quedaba a dormir fuera de casa, siempre dejaba el teléfono móvil encendido durante la noche, por si mi madre me tenía que llamar para decirme que la yaya se había muerto. Así, durante años. Pero a base de esperar que alguien que se puede morir de un momento a otro no se muera, es como, si de algún modo, hubiese empezado a creer que era inmortal.

Al escuchar la noticia de que se había muerto, me quedé frío. Como si me hubiesen dicho cualquier otra cosa. Algo sin ninguna importancia. Pensé que debía venir a Barcelona, a despedirme de ella, aunque ella se fue sin despedirse de nadie (tal y como quería irse, posiblemente la mejor forma de todas), pero había demasiadas dificultades. Como no iba a venir, no tenía sentido cerrar la tienda.

En las dos horas siguientes, no dejó de entrar gente. Un señor, encargado de abrir la sede de IU, que la han puesto al lado de mi tienda, vino a hacer una llave. «Pruebela, y si no le va bien, me la trae y se la repaso», de dije, como siempre. «Ahora la probaré», respondió él. «No tarde mucho, puede que luego ya no esté aquí». Él no entendió lo que yo le estaba diciendo, y se rió. Estaba nervioso y agobiado, y seguramente pensó que era una broma.

A las 12 vi la manera de organizar las cosas. Cerré la tienda. Mi ex me acercó a casa de mis padres, y desde allí, nos vinimos en coche a Barcelona.

El último viaje a Barcelona. Lo hacíamos cada año, al menos una vez, en navidad, para ver a la familia. La misma ruta. Nos perdíamos siempre más o menos en los mismos sitios. Las paradas, más o menos en los mismos sitios.

Al llegar a la casa, la perrita se puso muy contenta. Pensaba que allí estarían mi hermana y la yaya. Como mi hermana pasaba la mayor parte del día trabajando, la perrita se quedaba en casa, con la yaya. Se hacían compañía. Entró corriendo y empezó a buscarlas por todas partes. Al ver que no estaban, se puso a ladrar, llamando. Y nos miraba a nosotros, para que le explicásemos por qué allí no había nadie ahora.

Mi tío estuvo en la casa antes que nosotros, limpiando. Ahora todo está en su sitio. El albornoz, detrás de la puerta. Los platos viejos de la perrita, en el lugar donde solían estar. La comida sin comer, en la nevera y en los armarios. Los viejos libros de mi yayo (que ahora, por deseo expreso de él, irán a parar a mi tío, quien los sabrá valorar en lo que valen, mientras que la colección de sellos, comenzada antes de la II República fue para mi madre. Este yayo, por cierto, era el que decía que la vida es corta, pero ancha), y los no tan viejos que la yaya había añadido a la colección. El mando de la tele, y la tele. El bote de quitaesmalte para las uñas, en el cuarto de baño.

Aunque eran las 23:45 salí al parque de debajo de casa, a jugar con la perrita, con la sana intención de cansarla y que se duerma (y me deje dormir a mí). No era la primera vez que jugaba allí, con ella, en ese parque.

De repente, me sentí muy raro. Sentía que todo estaba en orden, pero fuera de lugar. Todo estaba bien, pero nada era como debía ser. Yo debería estar en casa, viendo series de anime japonés y comiendo una rosca de jamón, queso y tomate con un amigo, como suelo hacer todos los viernes. El sábado debería haber ido al dentista, porque necesito una férula de descanso, y llevo aplazando el tema mucho tiempo. La perrita debería estar con mi hermana, y en la casa, debería estar la yaya, usando sus cosas.

Ayer, a esta hora, todo era así. Todo era normal. Hoy todas las cosas que ella quería están en esta casa vacía. Absurdas. Se han convertido en objetos sin sentido. La habitación de mi hermana, a la que ella pensaba volver con frecuencia, para visitar a la yaya. Las zapatillas de estar por casa, pulcramente colocadas junto a la puerta del cuarto de baño, y que ya nadie se va a poner. El sofá, donde nadie se va a sentar. Las fotos (de sus hijos, de sus nietas, de sus bisnietas) que ya nadie va a mirar.

Quizá, al final, de algún modo, estas son las cosas importantes en la vida. Esos pequeños detalles absurdos, en los que no te fijas nunca, pero que pierden sentido cuando ya no estás. Los botes de perfume correctamente alineados dentro del tocador.

Las cosas que construyen un hogar, quizá construyen también el mundo. De todas las personas de la familia, creo que yo era el que menos la llamaba por teléfono, pero ahora, mientras la perrita duerme a mis pies acunada por el rainymood, se que ya nunca podré volver a Barcelona. Sin ella, cuando esta casa deje de ser su casa, ya no será la misma ciudad. Este es el último viaje a Barcelona.

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