Archivo mensual: agosto 2010

Quemaduras veraniegas.

Hoy voy a permitirme robarle a Ariovisto su estilo metafórico, por una vez.

En Ecuador no tienen dioses que se encarguen de cambiar de estación, pero en España sí los hay. Cada año, en verano, el sol hace horas extra y nos achicharra sin piedad. La tierra, exahusta, queda yerma y seca. Nuestros bosques arden por los cuatro costados, el interior de la península se vacía y las playas se llenan. El infierno no nos espera en la otra vida, sino en esta, y no entendemos que clase de pecados hemos cometido para merecerlo.

Hace mucha calor. Pero mucha.

Yo tengo la suerte de estar en la playa. De la puerta de mi casa a la arena no hay ni veinte metros de distancia. Y un poco más lejos, el mar. Me doy un chapuzón y me congratulo de que este año las medusas no nos están fastidiando el baño. Me meto debajo de la sombrilla, porque sé que si me quedo bajo el sol, me voy a quemar como una tostada que ha estado demasiado tiempo bajo el grill del horno.

La otra sombrilla, la que usaba para protegerme de las palabras de mis padres, la cambié por un pasaje de avión a Quito. Hice una apuesta conmigo mismo y me arriesgué. Si las cosas salían bien, no volvería a necesitar esa sombrilla, pero si salían mal, tendría que afrontar un futuro donde probablemente sí me sería necesaria y no podría conseguir otra con facilidad.

Así que aquí estoy, en la playa y sin sombrilla, con lo que pica el Lorenzo. O la Elena, que también hace bastante daño. Es el sol del no reconocimiento, que no necesita hacer nada para vencerme, como el otro sol vence a las tierras españolas. No tiene que hacer más que caer. El insulto («estás loca», «distorsionas la realidad»), el saberme un adefesio ante sus ojos («eras una mujer guapa, y ahora…»), el ser motivo de vergüenza («la gente te mira raro», «¿cómo voy a sentirme orgullosa de ti?»), la desvaloración («no haces nada», «al menos podías darme una alegría»), la seguridad de que ellos hacen lo correcto («te trato como te he tratado siempre, yo lo estoy haciendo bien», «es el nombre que te puse, nadie elige su nombre»), y sobretodo la incomprensión («tú no puedes ser feliz viviendo así, eso es imposible», «no me creo que seas feliz de esta manera»).

Así que me voy quemando, como un nórdico tumbado en la playa a las 2 de la tarde. Me pongo rojo como un cangrejo, y no se me pasa cuando el sol deja de lucir. La ropa me escuece y me despellejo como una lagartija. Paso mucho tiempo pensando en cómo combatir estas quemaduras. Me pregunto cuantas horas de exposición al sol se pueden soportar antes de desarrollar cáncer de piel.

A veces quedo con mis amigos, y por un rato vuelvo a ser «Pablo» y vuelvo a ser «él». Dejo de ser «Elena» y «ella». Es como echarse aftersun después de la ducha, agradable y refrescante, pero provisional, porque el mejor medio para no quemarse es no ponerse debajo del sol. Cuando uno se pone el el aftersun, el daño ya está hecho.

Hoy me he acercado a una de las duchas que están en la playa. Una mujer limpiaba sus cosas de arena, mientras con un ojo vigilaba a dos niños que estaban jugando en la ducha. No eran del pueblo.

– Niños, apartáos que el señor se va a duchar – pero los niños no hacían caso, así que repitió -. Niños, venga, dejad que se duche este muchacho.

Le di las gracias con una sonrisa, pero no era por apartar a los niños de la ducha, sino porque, por un momento, ella ha sido un trocito de sombra en mi verano privado.

Cuando estaba en Ecuador y mi madre me rogaba que volviese, pensé que las cosas habían cambiado y que estaba dispuesta a aceptarme y reconocerme. Que ella me pidiese que volviese fue el principal motivo para mi regreso. Ahora veo que no ha cambiado nada, y que no está más dispuesta que antes a aceptarme o a quererme como soy. Una vez más, soy demasiado confiado.

Una vez más veo que esta historia no tendrá un final feliz.

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Con las viejas amigas.

RecortableHacía muchos años que no pasaba el verano en el pueblo de mi padre. Aquí fue donde aprendí a fumar, a beber, y donde decidí no consumir otro tipo de drogas (a no ser que viniesen con receta del médico). Es donde tuve mis primeras amigas, con algunas de las cuales todavia conservo una buena amistad desde hace más de quince años. ¡Quince años! El próximo día 25 cumplo los 31, así que es media vida.

Después dejé de venir porque a mi pareja no le gustaba mucho, y ya no era lo mismo. Todas estábamos creciendo, convirtiéndonos en lo que debíamos ser. Luego yo seguí creciendo, pero me aparté del camino marcado y tuve que aprender a ser una cosa distinta de la que se suponía, sin guías ni ayudas, salvo los pocos consejos que otr*s en mi misma situación podían ofrecerme. Tampoco entonces volví a venir.

¿Por qué este año sí? En parte porque ahora aquí hay internet, pero también porque cuando estaba en Ecuador no podía dejar de pensar en las aguas azules y tranquilas del mediterraneo, en las fiestas de la Virgen, en las batallas amistosas con sangría (consiste en arrojársela los unos a los otros, no en ver quién bebe más), en caminar bajo el sol de justicia para ir a tomar un café, y en pasar las horas muertas en la única discoteca del pueblo. En la playa a escasos 20m de la puerta de mi casa.

Tenía un poco de miedo de reencontrarme con mis viejas amigas, de que no me entendiesen, de que me dijesen que no les parecía bien lo que estaba haciendo… Como siempre, excepto en lo tocante a la familia, mis temores eran infundados. No he tenido que dar muchas explicaciones, ya que mi hermana y otras personas se han encargado de hacer correr la voz de que soy un hombre, aunque al principio algunas personas se sentían un poco incómodas conmigo porque no sabían como tratarme para no ofenderme. Un par de explicaciones fueron suficientes, y el resto fue darles tiempo.También hubo quién me animó, me dijo que era valiente, que ojalá me fuesen bien las cosas… Nada negativo en absoluto.

Aún así agradecí cuando me «re-presentaron» a un viejo amigo que, por efecto de las drogas, se había olvidado por completo de quiénBotellon era yo, y me trataba con toda naturalidad, reconociendome plenamente como hombre. No sé si alguien le explicó que soy trans, pero si así fue, le importó un pimiento. Es una suerte que ya haya dejado las drogas, porque siempre fue una gran persona, y se le estaba fundiendo el cerebro como queso al microondas.

Después del primer «choque», vivir en el mundo hetero, el mundo en el que vive la gran mayoría de la gente. En el mundo hetero de los solteros, las mujeres y los hombres juegan y se divierten desarrollando sus papeles de género. Si yo quería participar en el juego, era bienvenido. También habían algunos gays, que representaban un papel distinto, y también eran bienvenidos, con cierta curiosidad por ser exóticos (después de todo, esto es un pueblo pequeño). Las lesbianas todavía no juegan, aunque me imagino que también estarían por allí.

En el mundo hetero de las personas casadas, mis amigas de la adolescencia también representan su papel con mucho agrado, pero con mayor seriedad. Se convierten en réplicas de sus madres. La chica que se escondía para fumar, o la que llegaba a casa tan borracha que no distinguía su ombligo del ojo de la cerradura, las que rabiaban y protestaban contra sus padres porque les obligaban a volver a las 4 de la mañana, las que estiraban los cafés y las cañas para estar más rato en el bar sin consumir porque no tenían mucho dinero, las que íban al supermercado a comprar ron y coca cola para beberlo por la noche en la playa, y las que huían de sus familias durante el día y regresaban rezognando a casa a la hora de comer… Ahora casadas, o con novio formal, o con hijos, se levantan temprano y se refugian del sol abrasador junto a sus padres, sus hermanos, sus cuñados, tíos y primos y se pasan el día charlando con ellos.

– ¿Quedamos esta noche para dar una vuelta?

– No sé, ya te diré… – y luego es que no.

Los hijos… son algo sobrenatural. Cada vez que te tropiezas con una amiga que tiene hijos, tienes que estar mirándolo durante 30 minutos como mínimo, o quedas mal. ¡Que mono es mi niño! Sabe bailar la del Papanamericano y el Waka Waka. Si es niña, lleva un complejo peinado de trenzas y tirabuzones cuyos méritos hay que admirar. No quiera Dios que vaya vestida de gitana, con un vestidito lleno de volantes y lunares, o entonces no podrás marcharte nunca. Ni existirá otro tema de conversación.

Echo de menos Ecuador. Allí la gente tenía hijos sin aspavientos. Tener hijos era algo normal, todo el mundo tenía uno o dos, por lo que no se convertían en objeto de admiración y adoración. La vida de las personas que tienen hijos en Ecuador no gira alrededor de sus vástagos… en todo caso es del revés. Los niños van a comer cuando se les dice, van a hacer mandados si se les pide, y más vale que saquen buenas notas (en caso de que tengan la oportunidad de estudiar, que esa es una cuestión bien distinta).

Siempre me sorprende que tanta gente se adapte de manera natural a hacer lo que se supone que tienen que hacer. Y son felices haciéndolo, con lo aburrido que parece desde fuera. Yo también formé parte de una pareja heterosexual normal y corriente (excepto que en realidad era una pareja gay, pero uno de los dos no lo sabía), y sin embargo nunca llegué a alcanzar esas cotas de «normalidad» tan perfectas. A los tres días de estar así, el tedio me habría matado.

PlayaEs extraño ver como los adolescentes de mi memoria se han terminado convirtiendo en copias de lo que tanto detestaban. También es extraño que yo, que era «la más formalita», que no bebía mucho, que no perdía el control, que no rompía nunca las reglas, haya terminado por ser el que no ha hecho nada, absolutamente nada, de lo que se esperaba que hiciera al hacerse adulto. Siempre me acusaron de «sosa y aburrida» y al final ellos acabaron convirtiéndose en parte del rebaño, mientras que yo todavía voy por ahí haciendo el indio, aunque sea solito.

Probablemente si les preguntase me dirían algo como «es que he crecido». Siempre queda el paso del tiempo para echarle las culpas.

Edito: Después de terminar de escribir esto se me ha ocurrido que para mis padres debe ser muy frustrante ver a mis amigas casándose, creando familias, y convirtiéndose en personas «como debe ser» mientras que ni mi hermana ni yo parecemos tener interés en hacer algo de eso… y no se puede hacer nada para remediarlo.

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Quito-Guayaquil-Madrid-Granada-Costa

Salí a las tres y media de mi casa. La dueña de casa había preparado una estupenda fritada para despedirme, y había invitado también a su hija, a sus nietas, y hasta estaba su bisnieto, menor de un año. Cuando me despedí, a ella se le humedecieron los ojos y a mí también. Coger cariño a los ecuatorianos, a Ecuador en general, es fácil, demasiado fácil. La noche de antes ya me había despedido, también con mucho esfuerzo, de l@s compañer@s del PT.

Cuando el avión despegó, me despedí de las montañas, las impresionantes moles de los Andes, que empequeñecen a las montañitas bajas que tenemos aquí en España. ¿Sierra Nevada? Sierra Nevada es un chiste al lado de lo que tienen allí.

Los atardeceres y los amaneceres, vistos desde un avión, suelen ser espectaculares. Esta vez, no fue diferente. Cuando el avión despegó, me asomé a la ventanilla y desde allí no conseguí divisar mi casa, pero sí los edificios de la 6 de diciembre y Río Coca. Cuando vi el estadio Rumiñauhi desde arriba me imaginé que bajo mis pies debían haber muchas personas paseando, jugando al futbol, o haciendo ejercicio, en el Parque de la Carolina, desde donde yo había visto pasar tantos aviones a una altura que parecia que podías cogerlos con las manos. Después empezamos a rebasar los picos de las montañas. Desde mi ventanilla no se veían los Pichinchas, pero sí uno de los nevados, no sé cual, rompiendo la capa de nubes. Seguimos subiendo, y apareció otra capa de nuves más, que también sobrevolamos. Por encima ya no había nada, tan sólo el cielo que mostraba una fascinante gama de rosas, violetas y azules. Unos minutos más tarde, vimos otro de los nevados, que llegaba tan arriba que rompía esa última capa de nubes y se alzaba desafiante sobre ellas, como diciendo «a ver quién se atreve a llegar hasta aqui». Tampoco sé que nevado era, pero imagino que debía tratarse del Tungurahua.

Después, aterrizaje en Guayaquil, salimos del avión, una hora de espera para la siguiente conexión. Yo tenía la esperanza de que el avión que tomaríamos a continuación sería mejor que el que nos había llevado a Guayaquil, con asientos estrechos, sin mucha distancia con la fila delantera, muy duros, y que casi no se echaban hacia atrás.

Volava con aviones de Iberia. Cuando embarqué, una azafata me preguntó si sabía mi número de asiento, y yo le mostré el billete, donde ponía «15A».

– Quince – dijo la chica – es por allí.

Yo, que hacía por lo menos dos meses que no escuchaba el sonido de la letra «c» excepto en mis labios, me sorprendí un poco y luego sonreí para mis adentros. Era un español, en un vuelo español, tripulado por españoles. Entonces me puse un poco triste, porque, de algún modo, sabia que ya no estaba en Ecuador, aunque aún no hubiésemos despegado.

El vuelo hasta Madrid fue terrible. Si podéis evitarlo, nunca, nunca, viajéis con Iberia. Un asiento en clase bussiness de Iberia es peor que un asiento en clase turista de Avianca (Avianca es colombiana). Yo cabía justo, pero a mi lado iba un inglés/armario empotrado que no cabía en el suyo… y claro, iba medio echado en el mío. Así durante 10 horas. Cuando aterrizamos mi columna vertebral era un amasijo de huesos retorcidos que no había forma de enderezar. Pensé que ya nunca más podría ponerme en pie.

Encima, Avianca te deja llevar dos maletas de 20kg, mientras que Iberia te permite sólo una.

Llegamos a Madrid y era medio dia, aunque en mi mente era por la mañana. El desfase horario me había robado 7 horas, y yo no sabía si decir «buenos días» o «buenas tardes» a la policía que me pidió el pasaporte. Ella cogió mi documentación con una sonrisa, anotó unos datos, no puso cara rara y me dio la bienvenida. Después, en el metro de Madrid, recibí mi primer «rebuzno», por parte de una chica a la que estorbaba con el equipaje. Podría haberse ofrecido a ayudarme a apartarlo, pero no, prefirió rebuznar «yo también quiero salir, si me dejas, claro». Entonces supe que estaba de verdad en casa.

Madrid era un horno. 36º de puro verano madrileño, que se dejaban sentir, atenuados, en los pasillos del metro y en la estación de autobuses. En la estación de autobuses compré un chip de movil a una vendedora Ecuatoriana, que me dijo que era de Loja. Después combatí con un camarero ecuatoriano por conseguir un plato combinado, pero este no se de donde era, porque era un gilipollas. Probablemente se había criado en Madrid, ya que era bastante joven. En el rodilla otra camarera ecuatoriana me puso una tarta de manzana y un café. De repente la sensación de estar en España había desaparecido y volvía a sentirme de nuevo en un centro comercial de Quito.

Autobús Madrid – Granada… Muchísimo más cómodo que el avión, y además, viajaba solo. Las carreteras españolas son maravillosas. Sin curvas, sin baches… el autobús, más que rodar sobre ellas, parece que flota. Me dormí como un bendito, y cuando no dormía, miraba el paisaje. Las llanuras manchegas, el paso de despeñaperros, con sus curvas abiertas, rodeado que pequeñas colinas, las sierras andaluzas con sus montañitas bajas. La tierra marrón, quemada por el sol, y los campos de cultivo extendiéndose hasta donde llega la vista. En España la Pachamama fue domada hace siglos por el hombre, y es que aquí la naturaleza no es una madre generosa de cuyos pechos mana leche y miel, sino una anciana endurecida por el paso del tiempo y sus inclemencias, que en invierno se hiela, en primavera y otoño se inunda, y en verano se quema. En Ecuador dejas caer una semilla al suelo y muy pronto tienes un árbol, en España a la tierra se le extrae el fruto a base de mucho sudor y cansancio. ¡Ecuador, que joven eres!

En Granada me espera mi amigo, que me va a dejar pasar la noche en su casa. Como ya no podía con mi alma, y mucho menos con las dos maletas de 20kg y el equipaje «de mano», nos permitimos el lujo de coger un taxi, que nos sopló más de 8 euros. En Ecuador habria costado 2$, porque era de noche y llevábamos maletas, pero claro, ahora estamos en España, y aquí un taxi es de lujo.

Hacía un calor horroroso. Aunque eran ya las 11 de la noche, los termometros marcaban 33º. Yo me quería morir, pero no lo hice. En lugar de eso, mantuve despierto a mi amigo, que tenía cara de mucho sueño, hasta las 3 de la mañana, contándole historias de Ecuador y preguntándole por sus propias historias en España. Cuando nos fuimos a la cama, yo no me dormí. Estaba demasiado cansado, y aún era temprano: en Ecuador, las 22:00.

A la mañana siguiente pude ver brevemente a otra amiga de Granada, pero luego ella se tuvo que ir, y yo también. Me quedé con ganas de más, pero lo importante, que era darnos un fuerte abrazo, lo habíamos hecho. Yo necesitaba ese abrazo desde hacía mucho, pero sobretodo después del último mes de soledad que había vivido en Ecuador. Este último mes fue muy duro para mí, y tan sólo tenía la compañía virtual de mis amigos de este lado del charco, y de algunas, muy pocas, personas en Ecuador. Necesitaba poder ver y tocar por fin a quien tanto me había ayudado desde aquí, aunque sólo fuesen unos minutos… (me dio mucha pena no poder hacer lo mismo con mi amiga de Madrid).

Finalmente, la última etapa del viaje, la casa de mis padres.

– Hija, me alegro de verte – me saludó mi madre. Unos minutos después se fue a buscar el coche para ayudarme a llevar el equipaje, y mientras las esperaba no pude evitar pensar… Tanto tiempo fuera, primero en Granada y luego en Ecuador, tantos kilómetros recorridos, tantas cosas oidas, vistas y aprendidas… He estado en tantos sitios donde nunca imaginé estar, y he conocido cosas que ni siquiera soñaba con que existían… para al final volver y ser de nuevo una mujer.

Aquí se acaba el relato de este viaje, pero el final no es triste, porque en los días siguientes me he dado cuenta de que la persona que ha regresado no es la misma que se marchó. He desarrollado una suerte de imunidad a las cosas que antes me hacían daño, y las reglas, normas, y medidas de presión ya no funcionan conmigo. Es que en Ecuador cada uno sabe lo que tiene que hacer y no necesita que venga otro a explicárselo. Algo de eso se me debe haber pegado, porque ahora, no sólo me la repanpinfla todo, sino que hasta me da mucha risa cuando me dicen «Elena», o me presentan como «hija», «sobrina» o «prima», y yo, con la voz grave y algo de barba, saludo y doy dos besos que pinchan. Y la otra persona se queda pensando «¿sobrina? pues tiene una pinta de tío que…». Seguro que más de uno piensa que soy una chica trans, y que mi familia es de lo más tolerante del mundo.

Ecuador me ha desarmado y me ha vuelto a armar, pero con un relajo de piezas que no se parece mucho al modelo original.

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¡Hasta la vista Ecuador!

Dentro de unas horas sale mi avión de vuelta a España. Me voy sin ganas de irme, porque me gustaría quedarme aquí, aunque también tengo ganas de volver a ver a mis amigos, a la familia, de bañarme en la playa, y de volver a estar en Granada, aunque la ciudad en verano se convierta en un desierto caluroso, prácticamente inevitable.

Cuando pienso en Granada puedo ver los Jardines del Triunfo con sus fuentes, la vista que había desde el balcón de mi casa, desde donde veía el Hospital Real, que no es un hospital, sino el vicerectorado de la Universidad de Granada, y la Alhambra, y más lejos aún, Sierra Nevada, esa cordillera de montecitos bajos, que tan altos me parecían antes… Cuando aún no había vivido a los pies del Pichincha.

En los cuatro meses que he estado en Ecuador he cambiado mucho, por dentro y por fuera. Las hormonas han cambiado mi cuerpo rápidamente: la voz, la cara, la forma de las caderas, más cantidad de vello y mucho menos cabello. Me paso la mano por la cara y puedo notar ya algo de barba. El afeitado ya es necesario.

Sin embargo, Ecuador me ha cambiado por dentro de una manera mucho más profunda que los cambios que llevo por fuera. Podría escribir y escribir durante horas, y seguro que me dejaba mucho por decir.

Voy a echar de menos no tener que depender de que una psicóloga diagnostique mi identidad de género, y que no existan leyes que protejan de manera específica a las personas transexuales. Por otra parte, en España existe mayor seguridad física. Se puede ir por la calle a las ocho de la noche sin miedo. Incluso a las 10 de la noche. Hasta las 12, si me apuras.

Voy a echar de menos muchas cosas, por eso quiero pensar que podré regresar a Ecuador, y por eso, en vez de adiós, prefiero decir hasta luego.

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Visitando Baños

El martes próximo me voy, y como ya he terminado mi trabajo, he dedicado estos últimos días a hacer turismo. Al final sólo me quedaron libres tres días para poder viajar, así que escogí un solo lugar para visitar: Cuenca.

Comenté a unos amigos que tenía intención de ir a Cuenca, porque, según había oído, es una de las ciudades más bonitas de Ecuador… Ellos no estaban muy de acuerdo.

– Oye, ya que vas a ir a Cuenca ¿y si de camino pasas por Baños?

Tras hablar unos minutos con ellos, y recordando que había oído hablar de Baños en otro blog (la vuelta al mundo en 10 años), decidí hacerles caso.

El viernes por la mañana salí para la terminal de Quitumbe, que es el mejor sitio para encontrar un autobús que vaya prácticamente a cualquier lugar de Ecuador, a cualquier hora del día, desde Quito. No sé si ya he comentado que el transporte público en Ecuador es muy barato (y en ocasiones, de muy, muy buena calidad). Un billete de autobús interurbano viene a costar alrededor de 1$ por hora de trayecto. Por ejemplo, desde la terminal Quitumbe de Quito a Baños, 3,5$, por unas cuatro horas de viaje.

Nada más llegar a Quitumbe, los vendedores de billetes de transporte público voceaban con entusiasmo los destinos que vendía. ¡Ambato, Ambato! ¡Loja! ¡Baños! Uno no tiene ni que saber leer… y además, suelen haber varias personas voceando los mismos destinos. Mi criterio de elección fue “voy al que menos cola tenga y más grite”. Seguramente la gente de aquí elige la compañía de transportes que sabe que es más cómoda, pero como yo no tengo ni idea…

Acabé viajando con “Viajes Amazonas” en un autobús normal, ni muy cómodo, ni muy incómodo, pero cuyo conductor daba un poco de miedo… iba demasiado rápido. Claro que como ya me he acostumbrado a estar a punto de tener un accidente cada vez que salgo de Quito, uno se resigna, se encomienda a todos los santos, aunque no sea creyente, y empieza a comprender porque en Ecuador la mayoría de la gente es católica o cristiana.

Llegué a Baños, sin reserva de hotel, por supuesto, ya que eso es algo que no se estila demasiado en Ecuador (esta mañana, mientras desayunaba, una pareja comentó que el sábado no quedaban habitaciones libres y tuvieron que irse a dormir a las termas). Me costó un poco de trabajo encontrar alojamiento, ya que la mayoría de los hostales sólo alquilaban habitaciones para dos personas, no individuales. Pero después de probar en 6 ó 7 sitios (teniendo en cuenta que Baños tiene capacidad para 2.000 turistas, y los hostales son muy pequeños, en realidad no había hecho más que empezar a buscar) encontré un hostal donde sí me alquilaban la habitación, que tenía baño dentro de la habitación, agua caliente, televisión (no la encendí, pero bueno, allí estaba), se veía limpio, y costaba 6$ la noche. Las paredes no se pintaban desde hacía siglos, y el techo estaba para verlo, pero si la cama es cómoda y la habitación está limpia, a mí ya me vale, sobretodo por 6$. Según me dijeron mis amigos, y confirmé mientras buscaba habitación, el precio normal es 8$ por persona y noche, aunque hay hoteles de todos los precios, hasta de 100$, y más si se quiere, como el hotel Samary, o el Luna Runtun, que está justo al lado del volcán.

¿Volcán? ¿Qué volcán? Resulta que Baños está al lado del Tungurahua, que es un volcán que actualmente está activo y de vez en cuando hace erupción. Hasta ahora sólo se ha llevado por delante unas cuantas casas, pero nunca se sabe… Cuando uno camina por Baños ve señalizadas las rutas de evacuación hacia los refugios. ¿Cómo se refugia uno en caso de erupción volcánica? Colocando el refugio, al otro lado de un profundo precipicio. Probablemente lo inteligente habría sido colocar el pueblo entero al otro lado del precipicio, pero el ser humano es así… nos gusta el riesgo.

Después de todo lo que llevo escrito, creo que es evidente lo que pasó a continuación: me gustó tanto Baños, que decidí quedarme, verlo bien, y dejar Cuenca para mejor ocasión. Además, Cuenca quedaba todavía a 8 horas de viaje, y puestos a jugarse la vida, creo que hay menos posibilidades de que el volcán haga erupción que de tener un accidente de tráfico. Además, precisamente estos días el volcán estaba echando la siesta y no se dignaba ni a echar un insignificante hilillo de humo, unas cenicitas… nada.

Aún así, hice “la ruta del volcán” por la noche. El volcán no se veía, claro, porque no había nada que ver, pero sí había una bonita vista panorámica de Baños. También un grupo de músicos estuvo tocando algunas canciones, para disgusto de un señor que había por allí, y al que vimos bastante enfadado. Luego el señor nos explicó que “esos” no tenían nada que ver con su espectáculo, y que se habían puesto a tocar sin que nadie les invitase.

En el programa de la ruta del volcán se anunciaba un “espectáculo de malabares con fuego”. En su lugar, el señor que estaba enfadado hizo un monólogo xenófobo (lo cual era curioso, teniendo en cuenta que él vestía una chaqueta con una enorme bandera de los EE.UU.), racista (aprovechando que tenía un compañero negro del que reírse) y homófobo. “Ese aplauso ha sido muy flojo, el que no aplauda con fuerza, es maricón”, y claro, ante esa amenaza, todo el mundo aplaudió con mucha fuerza, como su hubiese alguna relación entre que te gusten los hombres o las mujeres y el ímpetu de los aplausos. Creo que ha sido uno de los monólogos más malos que he visto en la vida. En un país como Ecuador, donde casi nadie dice palabrotas, y el número de ellas es bastante reducido (la mayoría de las palabrotas españolas no han llegado hasta aquí, a pesar de la globalización) el 33% del contenido del monólogo eran palabrotas e insultos racistas y homófobos. Como no hay mucha variedad de palabrotas que decir, el señor completaba con “caca, culo, pedo y pis”, literalmente.

Tal vez debí hacer o decir algo en ese momento, pero cuando uno se declara gay, o trans, las probabilidades de que algún hijoputa decida que es divertido agredirle, aumentan bastante, y si encima va solo, el aumento es exponencial. No me apetecía comprar papeletas en esa rifa, así que no dije ni media. A la mañana siguiente me pasé por la agencia de viajes a explicarles qué opinaba sobre el “espectáculo”. Me temo que no me gané el título de “activista del año”, pero es un precio razonable por asegurarme de mantener en su sitio todas mis piezas dentales.

Al día siguiente hice la ruta de las cascadas. Esta ruta se puede hacer en bicicleta, alquilando un bugey (una especie de karts para ir por el campo) o un quad, o en una “chiva”, es decir, un bus turístico. Yo me decidí por la chiva. A lo largo de la ruta había la posibilidad de subir a las tarabitas, que son una especie de “cestitas” que van colgadas de unos cables y atraviesan un precipicio. Tras consultarlo con mi acrofobia, decidimos (mi acrofobia y yo, de común acuerdo) que podíamos subir en las tarabitas. Pasé algo de miedo, y ni me planteé intentar hacer fotos porque no podía mover un músculo, pero las vistas merecieron la pena. Al llegar al Río Blanco, había la posibilidad de hacer puenting. Al parecer es un salto fácil, perfecto para principiantes, ideal para “bautismos”. Yo tenía ganas de probar, pero mi acrofobia decidió de manera unilateral que no, así que, mientras el guía preguntaba que si alguien iba a saltar, yo, aunque quería decir que sí, no conseguí decir ni palabra. Claro que si ni siquiera me atreví a decir que quería saltar, mucho menos habría sido capaz de subirme al borde del puente, y si lo hubiese hecho y al final hubiese conseguido convencer a mis piernas de que saltasen, tal vez me habría dado un infarto por el camino. ¡Si ver a otras personas saltar ya me hizo marearme!

Los acrofóbicos somos gente muy aburrida.

La excursión terminó con el descenso a pie hasta una cascada. Había que recorrer un camino de kilómetro y medio que salvaba un desnivel de 800m. El guía ya avisó que el trayecto podía ser un poco dificilillo… La mayoría de la gente bajó muy bien, con alegría. Yo estuve toda la bajada peleando seriamente con mi acrofobia. “Hay demasiada pendiente”, “vaya hostia me voy a dar”, “y encima el camino está embarrado”, “a ver, coloca bien los pies y no te pasará nada”. Lo malo es que mi acrofobia está motivada: tengo muy mal equilibrio, y en cuanto el camino es regular, no es raro que acabe en el suelo (aunque sospecho que en esto también hay algo de profecía autocumplida). Sin embargo el paisaje del recorrido, con las corrientes de agua, las minicataratas, la vegetación abundante y salvaje, musgos y líquenes sobre las rocas volcánicas… hicieron que mereciera la pena la bajada. Y ver la catarata desde el pie… impresionante. Luego tocó volver a subir. Para la mayoría de la gente la subida fue más dura que la bajada, para mí fue del revés. Lo malo es que yo ya estaba hecho polvo de la bajada, y tenía los músculos de las piernas agarrotados por la tensión. Al final subí antes de que el autobús se marchase sin mí, y además, hoy me he levantado sin agujetas, así que no estoy en tan mala forma como pensaba, aunque no deja de ser humillante que una niña de 5 años que iba de la mano de su padre subiese más rápido que yo T_T

Por la noche fui a las termas, que estaban abarrotadas. Me preocupaba la cuestión de los vestuarios, pero hasta ahora la timidez de los ecuatorianos me ha salvado en todas las situaciones potencialmente incómodas. En este caso, no había vestuarios comunes, sino que eran todos individuales. ¡Aleluya! Y aunque todos los hombres iban sin camiseta, a nadie le pareció raro que yo sí la llevase. Menos mal.

Respecto al plano gastronómico, iba bien aconsejado por mis amigos. Al atardecer del primer día fui a la plaza de la iglesia y comí cuerito “con todo”, es decir, con choclo (maiz tierno), con [maiz] tostado, y con chochos, que son una especie de alubia blanca y suave. ¡Que rico el cuerito! En ningún sitio lo he comido como ahí. También compré melcocha, que es una pasta dulce que se calienta, se estira, se retuerce, se estira, se golpea contra la pared, se estira, se golpea, se retuerce, se cuelga uno de ella para estirarla aún más… Cuando está fría, queda muy dura, cuando está caliente, es como caramelo sugus. Fría o caliente, está muy buena. También me pegué un “sánduche”, que es un coctel de licor de puntas (ni idea de lo que es eso) y juguito de caña de azúcar. La señora que me lo sirvió fue bastante generosa con el licor, lo cual combinado con que estaba con el estómago bastante vacío, y acababa de salir de las termas y tenía la tensión baja, resultó en que llegué al hostal haciendo eses y bastante contento.

Podría haber hecho muchas más cosas en Baños. Rafting, visitar el ecozoológico, o incluso contratar alguna de las expediciones de 1-2-3-4 días por la amazonía. En lugar de eso, me volví a Quito, más que nada porque mi avión sale pasado mañana y necesito el día de mañana para preparar las cosas, aunque también porque no he hecho nunca rafting y los recorridos que ofrecían en Baños creo que no eran para principiantes.

Curiosamente, al volver a casa, tuve la siguiente conversación con mi casera:

–          ¿Llegaste a Cuenca?

–          No… al final me gustó tanto Baños que me quedé.

–          Ya me lo imaginaba.

Y es que Baños es muy “visitable”. Cuenca queda pendiente para la próxima ocasión.

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