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Adios a la UTIG de Málaga

La UTIG de Málaga ya no existe.

No son noticias frescas, pero como ya no vivo en Andalucía, antes de escribir sobre ello, necesitaba comprobarlo. Comprobarlo de verdad. Comprobarlo muchas veces, desde diferentes fuentes.

Es demasiado bueno para creerlo, y no ha ocurrido de un día para otro, sino que ha sido como la caída lenta y llena de crujidos de un gran árbol en mitad del bosque. Hasta que, de repente, alguien llama por teléfono para pedir una cita y le dicen que no, que eso ya no está.

Todo empezó con la Ley 2/2014. Una ley en la que el principal caballo de batalla fue precisamente la desaparición de la UTIG y la descentralización de la atención sanitaria para las personas trans. La igualación de la atención sanitaria que recibimos las personas trans respecto a la que reciben las personas cis. Una ley que finalmente quedó con una redacción confusa e insatisfactoria, abierta a la interpretación y pendiente de desarrollo posterior. En su texto, y gracias a la lucha enconada de algunas personas trans, la Ley trans de Andalucía garantizaba la supervivencia de la UTIG de Málaga, y no quedaba claro que hubiese la posibilidad de que se fuese a ofrecer una atención sanitaria fuera de eso.

Durante un tiempo callé mi disgusto (aunque tampoco me esforcé mucho en disimularlo), ya que las quejas respecto a la UTIG se dejaron de escuchar. Yo pensé que la ley trans no funcionaría, mientras que Alba Doblas me pedía que esperase a ver, porque me estaba equivocando. Le dije que ojalá me equivocase. Eso me haría muy feliz. En Octubre retornaron los problemas de siempre con la UTIG, pero, al mismo tiempo, la gente empezó a ir a otros médicos de la seguridad social.

Tanto Mar Cambrollé y otra gente de ATA, como yo, y supongo que otros activistas trans, empezamos a animar a la gente a que pidiesen a sus médicos de cabecera que les enviasen a los servicios de salud de sus localidades. Una de las posibles interpretaciones de la Ley Trans era que esto se podía hacer. Otras personas me escribieron para contarme que habían decidido hacerlo por si mismas, y les había ido bien. Incluso un chico trans de Málaga, que es donde tradicionalmente había más problemas, porque anteriormente los médicos de familia no derivaban a la gente a otro servicio endocrinológico de la provincia que no fuese la UTIG. Sin embargo, la UTIG de Málaga seguía siendo el lugar de referencia oficial, y mucha gente era enviada allí.

Unos meses más tarde, me llegaron ecos de la protesta de las médicas de la UTIG. Alertaban a sus pacientes de que con la nueva Ley se podría cerrar la UTIG, y que, además, se las iba a obligar a dar tratamiento sin supervisión psicológica, cosa con la que no estaban de acuerdo. Incluso alguien, de una asociación, me pidió que me uniese a un incipiente movimiento para salvar la UTIG, probablemente sin saber que yo era uno de los que habían luchado con más fuerza para que la cerraran. Le dije que se estaba equivocando de persona.

Me han dicho que en un momento dado, las doctoras en la UTIG amenazaron con dejar de proporcionar tratamientos porque no estaban de acuerdo con suprimir la supervisión psicológica. No sé si llegaron a hacerlo, ni durante cuanto tiempo.

Sí que sé que al final quitaron los servicios de tratamiento psicológico en la UTIG. Me han dicho que primero se fue Juana, y luego Trinidad. Me han dicho que ahora continúan proporcionando servicios de endocrinología, pero que la Dr. Esteva tampoco sigue al frente de la Unidad.

Recientemente, en las capitales de provincia, se han comenzado a crear las Unidades de Atención a Personas Trans. Estas UAPT darán tratamientos endocrinos, acompañamiento psicológico y cirugías «según protocolo», pero leyendo las instrucciones para su creación, nada hace pensar que ese «protocolo» vaya a establecer la necesidad de un diagnóstico psicológico o psiquiátrico previo. Las cirugías genitales se continuarán realizando en Málaga.

Así que ya está. La UTIG de Málaga ya no existe. No lo he celebrado debidamente porque me pilló a final de mes y me quedaba poco dinero, pero os aseguro que en cuanto pueda lo voy a hacer, y cuando vaya a Madrid, lo celebraremos más.

Estoy seguro de que ninguna de ellas se ha ido al paro. Probablemente todas siguen trabajando en la unidad de cirugía bariátrica del Hospital Civil. Sin embargo, estoy seguro de que eso no las hace muy felices. Trabajar en la UTIG de Málaga, no era tener un trabajo normal. Trabajar en la UTIG de Málaga era tener poder sobre la vida de los demás, sobre quién es cada uno, sobre nuestra libertad y nuestra identidad. Trabajar en la UTIG era ser las guardianas del género. Las «profesionales» de la UTIG estaban en un nivel superior.

Muchas veces me pregunté cómo podían dormir, sabiendo todo el sufrimiento que causaban a sus «pacientes». En el caso de Juana Martínez creo que dormía muy bien porque realmente disfrutaba causando todo ese sufrimento y sintiéndose superior para decidir sobre nosotros. En el caso de Trinidad, no está tan claro, pero supongo que en el fondo, era igual. Creo que lo que motivaba a la Dra. Esteva era, simplemente, disfrutar del poder y la superioridad sobre sus pacientes, y sobre los otros médicos «no expertos» en transexualidad, a los que tenía atemorizados, con amenazas de denunciarlos si se atrevían a dar tratamiento a alguna persona trans.

Me pregunto si ahora dormirán bien o mal, porque el desmantelamiento de la UTIG no es sólo la pérdida de poder, y la pérdida de la exclusividad en el tratamiento de las personas trans, con todo el prestigio que ello llevaba, sino que se trata de una humillación. Una gran humillación, porque el desmantelamiento de la UTIG no es el efecto de una Ley que obdece a un cambio en los tiempos, sino que es directamente efecto de la acción de sus pacientes. De todas esas personas trans, que para ellas no éramos más que unos pobres trastornados, enfermas mentales, demasiado estúpidas para poder decidir sobre si mismas, sobre sus cuerpos, sobre sus identidades, que debíamos quedar bajo su tutela.

Una de esas personas, soy yo. Sin la intervención de otras personas (Ángela Gutiérrez, Eva Witt, Mar Cambrollé, Alba Doblas, y otras más de cuyos nombres y existencias no sé nada, pero que estoy seguro de que también han estado ahí jugando un papel fundamental), esto no habría pasado, pero si no hubiese estado yo, tampoco habría llegado a ocurrir.

Sé que ellas, las ahora ex trabajadoras de la desparecida UTIG de Málaga, también saben que soy uno de los responsables indispensables de que todo esto haya ocurrido, y, concretamente, el único que fue paciente de ellas. Por causa de ellas, pasé muchas noches sin dormir. Espero que en compensación, ahora sean ellas las que no duerman, mientras todas las personas trans andaluzas descansamos la noche entera a pierna suelta y, algunas, lo celebramos con mucha alegría. Espero que se pregunten qué habría pasado si me hubiesen dado el informe en tan sólo un par de meses y hubiesen hecho de mí una persona feliz, en lugar de darme más de un año de sufrimiento en la incertidumbre.

Espero que en Madrid se vayan preparando, porque van a ser los siguientes, y cuando los activistas trans lleguen a ellos, no se van a conformar con que se desmantele la UTIG, sino que además se encargarán de investigar todas las irregularidades respecto a la «gestión de pacientes». Si a ellos tampoco les quita el sueño todo lo que les están haciendo a sus pacientes, espero que se les quite el sueño al darse cuenta de que si ya hemos cerrado una UTIG, podemos volver a hacerlo.

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Una buena semana (y II)

El viernes, K. y yo fuimos a las I jornadas transfeministas organizadas por la Casa Invisible de Málaga. La Casa Invisible es un centro social okupado que ya tenía ganas de conocer, porque había coincidido con gente de allí en otros espacios feministas y transfeministas. Tenía buena impresión de ellxs, así que iba con bastante ilusión a conocerles, pero lo que me encontré supero con mucho a mis expectativas.

En primer lugar, toda la gente con la que estuve fueron super majxs y súper atentxs. Prisci fue a la estación de autobuses a recogernos, cosa que le agradecimos mucho, porque el viaje en autobús fue bastante molesto y cuando llegué a Málaga no tenía la cabeza muy en condiciones como para orientarme hasta la casa ¡Si casi no la encuentro ni a ella! Noe nos hizo un recorrido turístico por toda la casa, explicándonos lo que estaba haciendo, y seguramente disfrutando de la cara de alucine que poníamos K. y yo.

–          ¿Pero esto está okupado? – preguntaba yo, sin salir de mi asombro – Pero este edificio estará clasificado como histórico ¿No?

–          ¡Mira la escalera! ¡Y las puertas! ¡Y las rejas! ¡Y los suelos! ¡Y el techo! ¡Y el pasamanos! – iba señalando K. a cada paso que dábamos.

Resulta que la Casa Invisible es uno de esos edificios históricos que se encuentran en el centro de las grandes ciudades, que se encuentra vacío, o, como ellxs dicen “muerto”. A pesar de la gran belleza de la construcción interior, estaba previsto que se derrumbase por dentro, y se mantuviese únicamente la fachada…

Ahora la gente de la Invisible está haciendo un lento y esforzado trabajo de restauración, con los pocos medios que tienen. El resultado es increíble y maravilloso. Mientras, el ayuntamiento de Málaga, en lugar de fomentar la recuperación, y aprovechamiento para fines sociales de ese espacio histórico que estaba echado a perder, les pone trabas y problemas. Esto es la Marca España.

Además del centro social en si, han recuperado otra parte del edificio para usarlo como residencia. Allí nos tenían preparada una habitación con dos camas, una estupenda alfombra, y un buen montón de mantas, que no habría cambiado por ningún hotel de 5 estrellas. El resto del piso (tengo la sensación de que antiguamente debía ser un edificio residencial con pisos de súper lujo de cientos de metros cuadrados) era también para nosotros: los dos cuartos de baño (¡con agua caliente y todo!), la sala de reuniones, y varias habitaciones más… todo para nosotros.

El programa de actividades de las jornadas estaba repartido en varios días, y para esa noche estaba programada una mesa redonda en la que nos encontraríamos Pilar Sánchez, de Chrysallis, y yo. Pilar es la madre de Gabi, una niña trans que se encontraba matriculada en el colegio San Patricio (un colegio religioso, pero concertado, es decir, financiado con nuestros impuestos, y que debe obedecer la legislación andaluza en materia de educación y atención a la diversidad), que ha estado siendo acosada por profesores y padres de otros alumnos, todos ellos empeñados en negarle el reconocimiento de su identidad de género, con motivos tan absurdos y disparatados que si no hubiese sido un asunto tan grave, darían risa de lo imbécil que puede llegar a ser la gente. Decían, por ejemplo, que un “niño” que lleva 5 años yendo a clase como niño, debería continuar así ya hasta que termine de estudiar. Al parecer a la edad de 7-8 años las personas ya son demasiado viejas para cambiar… También las acusaban, a Pilar y a la niña, de ser las culpables de que el colegio tuviese que cerrar en caso de que les quitasen el concierto, como si ellas tuviesen la culpa de que los maestros prefieran perder el concierto antes que llamar a una alumna por su nombre, o dejar que juegue y se comporte como si fuera una niña.

El discurso de Pilar, que compartió fotos de su hija, fue muy tierno y emocionante. El final, agridulce. Han tenido que cambiar a la niña de colegio, pero en el nuevo centro la han acogido muy bien, y con cariño. A veces es mejor perder que ganar.

Yo hice una recapitulación de la andadura de Conjuntos Difusos – Autonomía Trans desde sus inicios y cómo eso nos ha ido llevando a desarrollar un cuerpo de interpretación sobre la ilegalidad en el trato discriminatorio que generalmente se da a las personas trans, especialmente por las administraciones públicas, que actualmente son instituciones mucho más problemátcas que las relaciones entre particulares (y las relaciones entre las personas trans y el resto de la sociedad, tampoco es que sean muy fáciles, que digamos, especialmente para las chicas tran “no pasables”).

Al terminar, nos llevaron a dar un pequeño paseo por el centro de Málaga y a cenar deliciosamente bien, con buena compañía. Aunque no nos quedó más remedio que volver pronto a la residencia de la Invisible, porque al día siguiente teníamos que ir a Sevilla.

Para ir a Sevilla, me autoinvité por todo el morro a compartir coche con otro de los ponentes de las jornadas que iba a viajar también desde Málaga. Reconozco que le eché un poco de demasiada caradura, ya que a penas le conocía, pero después de pagar la matrícula de la universidad, a 17 días de quedarme sin trabajo (y sin paro, porque aunque llevo dos años cotizando más de 250€ al mes, a los autónomos que nos quedamos en paro lo único que nos dan son los buenos días), y sin soporte familiar, lo de tener vergüenza empieza a parecerme un lujo. Creo que ya lo he dicho antes, pero eso de “más vale honra sin barcos, que barcos sin honra” sólo se sostiene cuando uno, además de barcos, tiene otras cosas, como una buena cantidad de efectivo, casa, tierras y demás.

 

Como era el segundo ponente de la mañana, salimos muy temprano, pero a mí me vino bien, porque también me interesaban los temas de las jornadas de Sevilla, y ya me había perdido el primer día.

Las jornadas se celebraron en el albergue juvenil de Sevilla, un sitio genial que no tiene nada que desmerecer tampoco a ningún hotel. El programa era bastante denso, pero todo muy interesante, así que aunque el cansancio se iba acumulando (como es normal), entrábamos a cada nueva mesa con ganas de más. La única pena es que podría haber ido bastante más gente, pero es algo que pasa con frecuencia cuando se organizan unas jornadas por primera vez. Estoy seguro de que para las del año que viene, habrá lleno total.

La organización de las jornadas (las organizaba ATA) también fue súper amable y cariñosa. Nos pudimos quedar en el albergue, con cena y desayuno incluidos para K. y para mí, cosa que es muy de agradecer, a pesar de que las jornadas terminaban ese día. Nos habría gustado aprovechar que teníamos algo de tiempo libre, pero al terminar el día estábamos tan cansado que no pudimos ir a visitar Sevilla, y nos tuvimos que conformar con echar un vistazo a la Torre del Oro y la catedral al día siguiente, desde fuera, y con algo de prisa.

También pude ver a varias amigas y un amigo de Sevilla, a los que tenía ganas de poner cara. Los encuentros fueron muy breves, por mi falta de tiempo, y por la falta de tiempo de ellas y él, pero al menos sirvió para corporalizar los encuentros virtuales a través de la red. La única pena es no haber podido alargar más lo encuentros.

Como guinda de una semana excepcional, el viaje desde Sevilla fue increíblemente bueno. Las casualidades se iban encadenando una tras otras para hacérnoslo más sencillo, agradable y barato.

Desde que decidí (o me ayudaron a decidir) hacer las maletas y marcharme de España, es como si todo se fuese alineando para allanarme el camino. Excepto por la cuestión de la matrícula de la universidad (que, por otra parte, no es un tema que vaya a dar por zanjado tan fácilmente) tengo la sensación de que el universo me está premiado por atreverme a ir, por fin, en la dirección correcta.

Después de tres semanas, y tras haber pasado por la fase de estar jodido por tener que irme medio a la fuerza, estoy empezando a sentir auténtica ilusión por el proyecto de emigración, que de repente se me presenta como un horizonte lleno de posibilidades. Sí, me imagino en un humilde trabajo, en el McDonalds, en un almacén, o fregando platos, que es lo que toca cuando eres inmigrante, pero también me imagino ganando un poco más de dinero para poder reinvertirlo en la.trans.tienda y resolver ciertos problemas de financiación, mejorando mi inglés hasta poder empezar a traducir el trabajo de Autonomía Trans relativo a las violaciones de los derechos humanos de las personas trans y darle difusión a nivel internacional, o teniendo algo más de tiempo libre para que mi libro avance más rápido y poder empezar a enviarlo a editoriales cuanto antes.

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El principio del fin

Hace cinco años, cuando empecé a escribir en este blog, cuando toda mi vida se vino abajo como si le hubiesen puesto una carga de dinamita, cuando empecé a ir a la UTIG y la incertidumbre sobre si me darían o no las hormonas, y cuanto tiempo tardarían, me tumbaba en la cama y no podía dormir.

Un dolor sordo, una angustia sin fin me atenazada el corazón mientras mi mente me mostraba todas las posibilidades horribles que podía depararme el futuro. Durante aquellos meses de tortura mental (la palabra tortura es la correcta para describir aquello) me decía que ojalá pudiese hacer algo para que nadie más volviese a pasar por aquello. Que yo fuese el último.

Con cada persona que me ha escrito, que me ha llamado, que se ha comunicado conmigo de alguna manera pidiendo ayuda para pasar por eso, siempre he deseado que fuese el último.

Un día, en junio de 2009, una mujer trans brasileña se despidió de mí por Messenger. Me dijo que se iba a suicidar porque después de años en la UTIG, seguían sin darle acceso a la endocrinóloga. No se suicidó. Probablemente nunca tuvo la auténtica intención de suicidarse, pero llevar a una persona hasta el extremo de la autolesión para pedir ayuda es grave.

Es el mismo extremo al que durante esta semana el sistema ha llevado a seis personas trans de toda España. Al anuncio de huelga de hambre de Ángela Gutiérrez (Madrid, con dos hijos en casa, uno de ellos menor de edad) y Mar Cambrollé (Sevilla) se han unido, a lo largo de la semana, Kim Pérez (Granada, 72 años), Tina Recio (Barcelona), Marta Salvans (Barcelona, diabética) y Marko Arias (Cádiz). Porque una huelga de hambre no es otra cosa que dañar el propio cuerpo con la esperanza de que alguien reaccione y te ayude antes de que te mueras.

Esta semana ha sido un infierno. Mientras trabajábamos hasta el punto en que dormir llegó a considerarse un lujo prescindible (o hasta el punto en que mis amigos me decían “vete a descansar YA”), no podía dejar de preguntarme hasta donde tendrían que llegar mis amigas con esta huelga de hambre… porque estaban dispuestas a llegar a morir. Si eso llegara a ocurrir ¿Qué haría yo?

Con esa pregunta en la mente, y junto a mis amigos y compañeros Ángela y Alejandro hicimos este video, con más angustia y necesidad que medios técnicos y conocimientos. El video más cutre del activismo trans, y tal vez, de todos los activismos habidos y por haber (lo dejo a continuación, para demostrarlo):

Al igual que cuando estaba en la UTIG y no sabía qué sería de mí, mi mente me presentaba un millón de futuros aterradores, que no debían de ser ni la mitad de inquietantes que los que pasaban por la mente de mis amigas. Sin embargo, al contrario de lo que ocurría cuando esperaba a que Trinidad decidiera mi suerte, esta vez no estaba sólo.

Esta semana ha sido mágica. Cualquiera que se haya molestado en tomar contacto con los movimientos reivindicativos trans, sabe que no existe un “colectivo trans”, sino muchos de ellos, que con frecuencia parten de principios y filosofías completamente incompatibles y aparentemente irreconciliables. Nos hemos peleado mucho. Nos hemos insultado. Y, de repente, todas, todos y todxs estábamos uniendo nuestras fuerzas para sacar adelante este proyecto.

En el mes de julio decía “tenemos lo que queremos, tenemos lo que nos merecemos”, un alegato desesperado y triste ante la indefensión aprendida del activismo trans. Pensé que tendríamos por delante una década de trabajo hacia dentro del colectivo antes de que estuviésemos listos para actuar. Una década que se ha condensado en una semana, cuando todos los grupos trans (menos, curiosamente, los más afines al movimiento por la despatologización, que todavía guardan un desconcertante silencio) han lanzado un grito común de libertad, creando una alianza trans que yo pensé que era imposible.

Al final, este medio día, los representantes de los grupos parlamentarios IU y PSOE, y los representantes de diversas consejerías se han reunido con lxs representantes de ATA y CD-AT, y se han negociado las los peticiones que demandábamos:

  1. Consensuar los puntos pendientes de la Ley que hacían referencia a la Atención Sanitaria, en la que se demandaba: una descentralización de todas las atenciones que pueden ser realizadas a través la red de los hospitales públicos de Andalucía, quedando la UTIG como un centro de coordinación, investigación y atención a las cirugías de reconstrucción genital.
  2. Solicitábamos también que la Ley fuera registrada antes del 20 de Diciembre, petición también aceptada.

Media hora antes de que la reunión terminase, mis amigos me habían mandado a dormir la siesta, porque ya se me estaba empezando a ir la olla (nos comunicamos por whatsapp y cuando estoy cansado, no entiendo bien lo que leo, y tampoco me expreso bien por escrito). Dos minutos antes de que sonara el despertador, sonaba mi móvil.

“¡Se desconvoca la huelga de hambre! ¡Lo hemos conseguido!” escuché a Alejandro, al otro lado de la línea ¿Se puede pensar en un despertar mejor que ese?

Entonces, me he acordado de todo. De las noches sin dormir deseando ser el último que pasara por aquello, de que parecía imposible. De que el proyecto “Autonomía Trans” nació la noche en que aquella chica brasileña me dijo que se iba a suicidar. De la incertidumbre esperando las hormonas, de las vueltas que le daba en la cabeza a cada pregunta y cada respuesta que me hizo Trinidad. De cuando Kim, otro amigo y yo fuimos a un abogado a preguntarle si lo que estaba pasando en la UTIG era legal, y nos dijo que no, pero sin pasar de la indignación. De cuando Ángela y yo nos dimos cuenta de que el Test de la Vida Real es anticonstitucional. De la primera vez que me matriculé en Derecho.

He llorado de alegría, durante toda la tarde.

Este es el principio del fin de la patologización, de la discriminación, de que no se reconozca la identidad de las personas trans. Muy pronto en este rincón de Europa que es Andalucía, habrá una persona que será la última en tener que pasar por lo que yo pasé, y estoy seguro de que con un poco de tiempo más, conseguiremos una ley mejor que esta, y para todo el Estado español.

La lucha no ha terminado. En estos momentos nos encontramos trabajando en el que esperamos que sea el borrador definitivo del texto de la ley, que contemple las demandas de acceso descentralizado a la sanidad para las personas trans, en condiciones de igualdad con el resto de la población. Aún nos falta mucho, pero estamos en el buen camino.

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Activistas trans anuncian una inminente huelga de hambre por la Ley Integral de Transexualidad

Hace un año, en septiembre de 2012, dieron comienzo los trabajos de elaboración de una ley de no discriminación por motivo de identidad de género y transexualidad para Andalucía, impulsados por ALEAS-IU. En diciembre de 2012 se registró la primera propuesta de ley, consensuada por las asociaciones de personas transexuales andaluzas, Conjuntos Difusos-Autonomía Trans, Asociación de Transexuales de Andalucía-Sylvia Rivera e Izquierda Unida. No obstante, este texto fue retirado en febrero de 2013 debido, según se nos informó por parte de la diputada Alba Doblas de IU-CA, que la Consejera de Presidencia Susana Díaz, había realizado un informe negativo al respecto, en el que se hacía referencia a ciertos aspectos de la parte de menores.

Las condiciones para aceptar la retirada de dicho texto que fueron propuestas por PSOE-A e IU-CA, y aceptadas por los grupos de personas trans participantes, fueron la reanudación inmediata de los trabajos de elaboración del texto con la formación de una mesa de trabajo formada por los grupos políticos y las asociaciones de personas transexuales de Andalucía que ya se encontraban en el proceso, además del compromiso de presentar el texto resultante como Proyecto de Ley del Gobierno Andaluz durante el primer periodo de sesiones de 2013, que concluyó en julio.

Como paso previo a la redacción de un nuevo borrador, se propuso recabar informes de las diversas Consejerías, trámite que se demoró hasta el mes de abril, según nos informaron los partidos políticos, PSOE-A e IU-CA. No obstante, las asociaciones jamás hemos visto dichos informes, como tampoco el informe de la Consejería de Presidencia emitido en febrero y que motivó la retirada de la ley, por lo que sospechamos que nunca han existido.

A continuación se inició una extensa ronda de reuniones, en las que se intercalaron encuentros muy provechosos con otros innecesarios. En varias ocasiones, las fechas previstas para las reuniones se aplazaron, llegando a anularse en una ocasión con menos de 24h de antelación.

Finalmente en el mes de julio, se llegó a un texto de consenso a falta únicamente de los artículos relativos a sanidad, sobre los cuales la anterior Consejera de Sanidad se mostraba inflexible e inasequible a cualquier tipo de negociación. Al final de dicha reunión se acordó quedar a la espera de la formación del nuevo Gobierno de Andalucía y reanudar la mesa de negociación a finales de septiembre.

Estamos a finales de noviembre, y tras este largo recorrido nos encontramos con la siguiente situación:

  • Se incumplió la promesa inicial de presentar el texto consensuado en la mesa como proposición de ley durante el primer periodo de sesiones del año 2013.
  • Se incumplió la promesa de reunirnos en septiembre.
  • Pese a haber solicitado a la Consejera de Sanidad que la Consejería se incorpore a la mesa de trabajo, no hemos obtenido respuesta alguna, mostrando que la voluntad de diálogo entre la Junta de Andalucía y los colectivos de personas trans andaluzas es nula en el presente al igual que lo fue en el pasado.

Las peticiones básicas de las personas trans de Andalucía son tres:

  • Reconocimiento del derecho fundamental a la libre autodeterminación del género, con la sola manifestación de la persona sobre la identidad que pretende le sea reconocida.
  • Acceso de las personas trans a los servicios psicológicos, endocrinológicos y quirúrgicos oportunos, sin que quepa discriminación por razón de identidad de género, de manera descentralizada, basándose en los principios de autonomía y responsabilidad, sin más requisito que el consentimiento informado de la persona capaz y legalmente responsable.
  • Que los menores de edad puedan disfrutar también de estos derechos, muy especialmente en lo referente al reconocimiento de la identidad de género en el ámbito educativo y la atención sanitaria pertinente.

En resumen, las personas transexuales no pedimos más que tener los mismos derechos que el resto de la población.

Mientras:

  • En las consultas de la Unidad de Transexualidad e Identidad de Género, las personas trans continúan viendo como su libertad, dignidad, intimidad, derecho a la salud son constantemente pisoteadas y vulnerados los Derechos que nos ampara la Constitución y el Estatuto de Autonomía.
  • En el inicio de este curso 2013-2014, treinta familias de menores trans han tenido que solicitar en sus colegios que la identidad de sus hijos e hijas sea respetada, y se está librando una dura batalla para que no tengan que elegir entre el derecho a la dignidad y al libre desarrollo de la personalidad, y el derecho a la educación.
  • La UTIG genera un gasto de miles de euros para la sanidad pública, que debe costear los desplazamientos de cientos de kilómetros de los y las usuarios de la misma, y otro gasto de miles de euros en costes laborales para las propias personas que se ven obligadas a perder varias jornadas de trabajo al año.

Todo lo anterior no estaría ocurriendo si la Ley de no Discriminación por Razón de Identidad de Género y Transexualidad se hubiese aprobado y estuviese ya en vigor.

Las personas trans ya no podemos continuar siendo sacrificios en el altar del juego político y de la arrogancia de los profesionales de salud, expertos autonombrados en transexualidad. Por eso, a falta de dos artículos, los grupos de personas trans, Conjuntos Difusos-Autonomía Trans y la Asociación de Transexuales de Andalucía-Sylvia Rivera, consideramos que si no se nos reconoce el disfrute de todos los derechos y servicios de los que ya dispone el resto de la población, no tenemos nada.

Por todo ello exigimos:

  • Que se acepten nuestras demandas en cuestiones sanitarias en el texto consensuado.
  • Que se fije fecha de registro de la Ley antes de que  finalice el segundo periodo de sesiones, 20 de diciembre de 2013 y que  sea presentado como Proyecto de Ley del Gobierno Andaluz.

Y para mostrar nuestra determinación, y porque más vale morir luchando que vivir sin dignidad, anunciamos que en caso de no respuesta a nuestras peticiones, la presidenta de la Asociación de Transexuales de Andalucía-Sylvia Rivera, Mar Cambrollé y la copresidenta de Conjuntos Difusos-Autonomía Trans, Ángela Gutiérrez, comenzarán una huelga de hambre indefinida el día 7 de noviembre de 2013 encadenadas a las inmediaciones del Parlamento de Andalucía.

28 de octubre de 2013

Mar Cambrollé                                                                        Ángela Gutiérrez

Presidenta de ATA-Sylvia Rivera                                   Co-Presidenta de Conjuntos Difusos

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Mi bienestar no es un regalo

Esta entrada conecta, sorprendentemente, con la anterior.

En la entrada anterior comentaba que muchas personas se interesaban por mi bienestar, con gran preocupación, como si me estuviese recuperando de una enfermedad grave. Les resulta difícil entender que yo soy feliz no «a pesar» de ser transexual, sino precisamente «por» ser transexual.

La otra cara de la moneda es cuando algunas personas se ponen en contacto conmigo (generalmente a través de chats) para hacerme una batería de preguntas que sigue un guión similar al siguiente:

– Hola ¿cómo estás?
– ¿Cuantos años llevas con las hormonas?
– ¿Te has operado?
– ¿Cuando? ¿Cuanto tiempo estuviste en lista de espera?
– ¿Te dolió? ¿Eres feliz ahora? ¿Me mandas una foto de las cicatrices?
– ¿Cuanto te mide el clítoris? ¿Qué técnicas hay para operarse de abajo?

Juro que lo del clítoris me lo preguntan con bastante frecuencia.

Es lo único que les interesa de mí. Qué modificaciones he realizado en mi cuerpo. Llegan, preguntan intimidades a bocajarro, y se van. A veces regresan al cabo de un par de semanas y repiten la tanda de preguntas porque han recibido informaciones contradictorias y necesitan un refuerzo positivo.

Me molesta mucho, y no consigo que entiendan por qué. Así que me enfado, y me frustro, porque esas personas vienen en busca de ayuda, y en lugar de eso, se llevan un rebuzno. Un rebuzno inútil, porque no consigo hacerles entender que sus preguntas son inapropiadas, y no lo consigo porque me ha llevado bastante tiempo de reflexión darme cuenta de cual es el problema en realidad.

El problema en realidad es que realmente no quieren que responda a sus preguntas, sino únicamente, que confirme sus creencias. Necesitan que les diga que si soy feliz y tengo ganas de vivir es porque me he operado, ya que así podrán mantener la esperanza de que las operaciones les harán felices a ellos también.

En las noticias sobre la sentencia del Tribunal Supremo que condenan a la Xunta de Galicia a pagar la operación de Charlotte Goiar, se acompañan algunas declaraciones de ella. «No he sido feliz un sólo día de mi vida». Ella sueña con nacer de nuevo en la cuarta década de su vida “y encontrar alguien que me dé trabajo, y un hombre que me quiera”. Y espera que todo eso ocurrirá cuando se opere. Esa es la promesa de la medicina: si completas el «proceso transexualizador» nacerás de nuevo y en esta segunda vida todo será de color de rosa (porque, al parecer, las personas que no son transexuales no tienen problemas). Cuando Charlotte ya no tenga un pene, se obrará una magia que hará que de repente los empresarios le ofrezcan ese trabajo que antes se le negaba por la presencia en su cuerpo de un órgano genital cuya existencia en realidad los empleadores desconocían.

Esa magia es la que se espera que yo encarne. Es necesario que la causa de mi felicidad sea la acción médica sobre mi cuerpo y mi mente, porque así, las personas que no me conocen de antes, pueden cerrar los ojos y dejarse llevar a través del proceso infalible, como adormecidos en una balsa sobre un río caudaloso, para que cuando por fin despierten, todo haya acabado y puedan ser felices también. Yo estoy bien, luego el proceso funciona.

Y si las personas cisexuales no pueden entender que yo no soy feliz a pesar de ser trans, sino precisamente a causa de ser trans, estas personas trans tan necesitadas de esperanza no pueden enteder que yo no soy feliz a causa de los protocolos y procesos médicos, sino a pesar de ellos. En realidad, ni siquiera se lo plantean. Por eso me preguntan por las hormonas, por las cirugías, y por nada más, porque creen que ahí está la receta del éxito.

Es más fácil pensar eso, que comprender que mi lucha ha sido, la mayor parte del tiempo, contra el proceso médico que ha pretendido encajonar y medir mi identidad como requisito previo a que los cancerberos me permitiesen atravesar las puertas de acceso a los servicios médicos a los que debería haber podido acceder en plano de igualdad con el resto de la población. Nadie me ha regalado nada. Cada gramo de la felicidad que tengo me lo he ganado yo. No me ha venido dado por ningún proceso médico, sino que me he tenido que esforzar primero en asumir quien no soy, luego en aprender quien soy, después en aceptar quien soy, en hacer que los demás lo aceptaran, y a no sentir culpabilidad por nada de ello, ni a sentirme inferior a nadie, ni a permitir que otros me hicieran sentir inferior. Esa lucha todavía hoy continúa.

Y, sí, la posibilidad de modificar mi cuerpo, hace que mi vida sea más feliz, que pueda mantener mi identidad de género con mayor facilidad, especialmente porque cuando me miro al espejo no tengo que pelearme conmigo mismo para comprender por qué yo soy y no soy la persona que se refleja, y porque cuando me desvisto no tengo que repetirme que el tener o no tener pechos no me hace más o menos hombre. Sin embargo, estos cinco años no han sido una pausa hasta «terminar el proceso». Después de la primera sesión con la psicóloga en la UTIG decidí que no iba a permitir que la medicina regulase mis tiempos, y he sido capaz de mantener esa decisión.

Por eso me molesta que se me quiera convertir en la encarnación del éxito del proceso médico. Porque el proceso médico no sólo no me ha regalado nada, sino que me ha quitado mucho (sobre todo, mucha dignidad y autonomía), y porque me jode que ahora el mérito de mi esfuerzo se le atribuya al proceso médico.

Me jode muchísimo que me preguntes cuanto tiempo llevo hormonándome, cuando me salió el primer pelo en la barba, y cuantos gallos tiré el tercer mes. Me jode todavía más que primero  me digas que «hay muy poca información» y luego me pidas fotos de mi torso mutilado cuando escribiendo «mastectomía FtM» o «mastectomía transexualidad», Google coloca este blog en segunda y en cuarta posición respectivamente. Me molesta muchísimo si lloras «ay, ojalá yo pudiera» y en tu país estas operaciones están cubiertas por los servicios públicos sanitarios, como si las pérdidas que tú puedes sufrir fuesen de mayor importancia que las que tuve yo. No soporto que creas que la receta del éxito es la misma que la de la testosterona, y que el volante para la felicidad te lo hace el médico cuando decide que estás preparado para pasar por cirugía. Lo que menos soporto de todo es cuando, al ver que nada de esto funciona, te sientes engañado y maldices a la sociedad que te discrimina y te niega la felicidad.

No hay recetas para la felicidad. La felicidad no es una cosa fácil de conseguir (y si no, podéis preguntárselo a mi amiga Mello, que precisamente hace poco escribía sobre lo mismo). Me jugué todo lo que tenía y lo perdí, con la excepción de a mis amigos, que siempre estuvieron a mi lado. He vivido el momento pavoroso y terrible en que te das cuenta de que ya no puedes estar peor, y he conseguido encontrar fuerzas para levantarme casi todas las mañanas, con hormonas o sin ellas. He probado suerte repetidamente en el amor y cuando no ha salido bien no le he echado la culpa al destino. Me he obligado a trabajar, a estudiar, a escribir y a ayudar hasta superar mi límite por mucho… varias veces. Me he obligado a viajar para ver a mis amigos, cuando me sentía tan desgastado que lo único que quería era dormir. Así es como he conseguido ser feliz. Pregúntame por eso, y no pretendas convertirme en el paradigma del triunfo del paradigma médico, porque te voy a decepcionar. Por favor, sobre todo no me preguntes cuanto me mide el clítoris, porque la respuesta no te va a gustar.

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Tenemos lo que pedimos, tenemos lo que merecemos.

Según anuncian los periódicos, el lunes que viene se registrará en el parlamento de Madrid la «proposición de ley reguladora del derecho a la identidad de género y a su libre desarrollo sin discriminación«. Se trata de una propuesta presentada por el PSOE, elaborada principalmente por Carla Antonelli y Marina Saenz (ambas, mujeres transexuales), pero en cuya elaboración también han participado algunas asociaciones transexuales, y al parecer varixs activistas trans a quienes quiero y respeto, que han introducido a juristas y, en general, gente que sabe mucho más que yo de derecho. Cosa que no es difícil porque, aunque me consta que por ahí se va diciendo que yo me creo que se mucho, en realidad, me consta que no se nada. Estoy terminando la primera mitad del segundo curso del grado en derecho de la UNED. Vamos, que no tengo ni idea (o, como mucho, una ligera idea).

Sin embargo, creo que no hace falta ser un experto en nada para poder opinar. Generalmente para opinar sobre una ley, debería bastar con saber leer, ya que las leyes no son para los juristas, sino para todas las personas. Nosotros somos quienes las debemos cumplir, y es sobre nuestras vidas sobre las que las leyes influyen. Cualquiera debe poder opinar sobre cualquier cosa que influya directamente sobre su vida, sin que se le pueda exigir haber estudiado previamente una carrera, luego un master, y cinco años de ejercicio profesional, o cualquier cosa que a quien sea se le pueda ocurrir.

No hace falta ser un experto abogado, o un catedrático universitario para saber leer. Yo sé leer, y he leído que esta propuesta dice:

Artículo 3.2 «Por personas transexuales, a efectos de esta Ley, se entienden las que acrediten […]: mediante declaración jurada personal que presenta una disonancia estable y persistente entre el sexo morfológico de nacimiento y la identidad de género sentida por el solicitante.»

Es decir, cualquier persona que desee acogerse a esta ley, tendrá que jurar (¡Jurar! Es decir «afirmar o negar algo, poniendo por testigo a Dios, o en sí mismo o en sus criaturas» ¿Es que nunca podremos sacar a Dios de nuestras intimidades?) que entre su sexo «de nacimiento» y su identidad de género no existe la conformidad o proporción que naturalmente debería haber (eso es exactamente lo que significa la palabra «disonancia«).

Todo esto, por supuesto, sólo si eres mayor de edad. Si eres menor, entonces tendrás que llevar también un informe de un médico que acredite la condición de transexual del menor. Eso dice el artículo 4.3. de esta propuesta. Y yo no soy jurista, pero a mí me parece que eso es patologizante a tope, aunque, eso sí el informe del médico (que el médico hará o no hará, según a él o a ella le parezca conveniente) no podrá ser un diagnóstico.

Dice después:

Artículo 10.1 «El Servicio Madrileño de Salud proporcionará […] las evaluaciones y tratamientos necesarios para llevar a cabo un proceso de transexualización en la medida requerida por cada paciente«. Lo que no sabemos todavía es qué es el «proceso transexualizador». Por ese nombre, parece que será el proceso que te cambiará de sexo (el prefijo «trans» viene a significar traslado o cambio), por lo que se nos está diciendo que en realidad el tener esa identificación del artículo 3 no implica que realmente seas otra cosa que lo que eres por tu «sexo de nacimiento». Si en verdad quieres cambiar de sexo, tendrás que pasar por el «proceso transexualizador», pero, eso sí, en la medida requerida por cada… paciente (Paciente: persona que padece física y corporalmente, y especialmente quien se halla bajo atención médica). Al menos es una buena noticia que tú, persona padecedora física y corporalmente puedas decidir en qué medida te vas a someter al proceso de cambio de sexo.

Artículo 11.2 «La unidad Multidisciplinar de Identidad de Género […] prestará a las personas transexuales el tratamiento más adecuado a sus circunstancias personales y a su estado de salud.» Es decir, los tratamientos continuarán en manos del Dr. Becerra y el resto de personal de la UTIG. Sólo cambia el nombre. Sin embargo lo importante es saber quién y como se decide cual es el tratamiento más adecuado. La parte del «estado de salud» puede (porque no lo prohíbe) incluir también el estado de salud mental. Es decir, para decidir cual es el tratamiento más adecuado, podría darse el caso de que primero un psicólogo deba emitir un juicio sobre si el estado de salud mental de un paciente le hace apto para recibir tratamientos hormonales o quirúgicos, o de cualquier otro tipo. Es más, si para tomar una decisión sobre cual es el tratamiento más adecuado es necesario tener en cuenta las circunstancias personales, y no se especifica cuales son, es evidente que se está dando permiso a los médicos para que indaguen en cualesquiera aspectos de la vida privada de los pacientes y en base a eso decidan cual es el tratamiento más adecuado. En caso de que seas menor de edad, antes de que empieces el tratamiento no bastará con que lo recomiende (autorice) un sólo médico: tendrán que autorizarlo dos, con lo que la situación no sólo no mejora, sino que empeora. Lo dice el párrafo final del artículo 12.1.

Artículo 13.1 «Reglamentariamente se establecerá una guía clínica para la atención de las personas transexuales, […] que se elaborará en colaboración preferente con las organizaciones que trabajan en el ámbito de la identidad de género«. Es decir, la colaboración con organizaciones será preferente, pero no obligatoria (si no hay colaboración, no pasa nada), y no tendrán que ser organizaciones de personas transexuales, sino que trabajen «en el ámbito de la identidad de género». Es decir, perfectamente podría tratarse de cualquier organización médica como la GIDSEEN (Grupo de Trabajo sobre Diferenciación Sexual de la Sociedad de Endocrinología y Nutrición, presidido por la Dr. Esteva, directora de la UTIG de Málaga). Continúa este artículo señalando que la guía «deberá contener los criterios objetivos y estándares asistenciales en la materia«, es decir que la gente que haga la guía serán los que decidan los criterios para decidir cual es el tratamiento más adecuado para nuestro estado de salud y condiciones personales.

Artículo 13.3.c « Se garantizará que los procedimientos como terapias hormonales o cirugías sean proporcionados en el momento oportuno, y acordados de forma mutua entre profesionales y usuarios, sin que deban ser negados ni retrasados de forma innecesaria.» Aquí es donde las personas transexuales (no olvidemos que esta ley se ha hecho por y para personas transexuales) cedemos el derecho a la atención sanitaria. Es el cierre de todo lo que se venía planteando. Porque los tratamientos no deben ser negados y retrasados de forma innecesaria, lo que significa que sí se podrán negar y retrasar de forma necesaria ¿Y quien decide cuando la negación o el retraso son necesarios? Los «profesionales» de la Unidad Multidisciplinar, quienes no sólo dispondrán para ello de su libre criterio facultativo (para eso son los profesionales ¿No? Cualquier médico puede decidir que un tratamiento no es adecuado para un paciente. Por ejemplo, si yo llego al médico pidiéndole que me ponga un marcapasos, el médico puede negarse, ya que yo no tengo ninguna enfermedad coronaria), sino que podrán ampararse en esta ley para denegar el tratamiento por «las circunstancias personales» ¿Que podrá hacer una persona a la que se le niegue un tratamiento por estos motivos? Normalmente, podría irse a otro médico, pero como la atención médica será prestada por la Unidad Multidisciplinar, el derecho a la segunda opinión médica que viene reconocido en esta ley, se convierte en papel mojado. Así que te queda la opción de pagar a un médico privado, si puedes, y si no puedes, vete al juez y protesta. Pero el juez dirá que si la ley dice que el médico lo puede hacer, lo puede hacer, y que si te parece mal, siempre puedes intentar que el Tribunal Constitucional declare la ley anticonstitucional dentro de 6 ó 7 años… o nunca, si a los magistrados del Tribunal Constitucional les parece que indagar en las circunstancias personales de una persona transexual no vulnera su intimidad, y que utilizar este criterio para impedir el acceso a la atención sanitaria no es discriminatorio.

¿Y por qué iba a decir el Tribunal Constitucional que esto no constituye una vulneración de nuestra intimidad, y que no constituye una discriminación, si nosotros mismos, las propias personas transexuales, hemos hecho y apoyado esta ley?

Eso es, textualmente, lo que dice la propuesta que se registrará el lunes día 22 de julio, apoyada por varias asociaciones de personas transexuales de Madrid (no todas las asociaciones, como quieren hacer creer, ya que Autonomía Trans no la apoya, pero claro, nosotros no somos nadie, así que no contamos), e incluso elaborada por varias personas transexuales, muy inteligentes y respetables todas ellas.

Y yo no seré jurista, no seré experto y no seré nadie tampoco, pero a mí me parece que eso está mal. Muy mal. Porque soy agnóstico y no quiero jurar nada, y porque no considero que exista una conformidad natural entre el sexo «de nacimiento» y la identidad, y que las personas transexuales poseamos esa anormalidad, eso sí, de manera «estable». Porque a mí me parece que dar permiso a los médicos para que indaguen en nuestras circunstancias personales es una violación de nuestra intimidad, y creo que todas las personas transexuales debemos poder acceder a todos los servicios sanitarios que ya se están ofreciendo para las personas cisexuales. A las personas cisexuales también se les hacen vaginoplastias, y faloplastias, y se les retiran los pechos, o se les ponen prótesis, se les lima la nuez, y se les dan hormonas sexuales, bloqueadores de la pubertad y antiandrógenos, pero a nosotros no, y a mí me parece que eso es discriminación.

Pero claro, yo es que soy un radical, y un queer, porque me gusta ser yo mismo y no quienes los demás me dicen, y porque no considero que haya nada antinatural en mí. Ah, y un ignorante, y quiero saber mucho más que la gente que sabe más que yo, que son los que han escrito eso, o no lo han escrito, pero dicen que está bien, que mola un huevo y nos va a traer un montón de derechos y dignidad. Así que más me valdría estar contento de que se propone que los transexuales tengan una identificación, sin diagnóstico psiquiátrico, sólo después de haber jurado que son seres con una antinatural falta de coherencia en su personalidad. Eso es lo que debería hacer, sí.

Así que esta es la propuesta de Ley que se dan a si mismas las personas transexuales de Madrid, y la aplauden. Esto es lo que piden, que no es más que lo que ya tienen. Es decir, que tienen lo que piden, y por tanto, lo que merecen. Las personas transexuales no merecemos todavía la libertad, ni la igualdad, ni la dignidad, porque no la pedimos, ni la queremos. Gritamos «¡vivan las caenas!», y eso es lo que tenemos, y lo que seguiremos teniendo. Eso es lo que pone esta ley, y cualquiera puede leerlo escrito en ella. No me lo he inventado yo. Ahí está escrito.

Me doy cuenta de que mi sueño de ser libres, de ser iguales, de no tener que sufrir y pagar un alto precio por el mero hecho de no ser quienes otro querían que fuésemos, no se cumplirá en esta generación, porque la mayoría de la gente prefiere continuar siendo esclava. Porque da miedo ser libre y tener que asumir tus propios actos. Vamos a seguir humillados, sufriendo los abusos de los médicos, en los armarios y en los márgenes de la sociedad durante, al menos, una generación más, porque es lo que queremos. Lo que la mayoría quiere. Esta propuesta de Ley de Carla Antonelli, seguramente nunca llegará a convertirse en Ley, pero no importa. Con ella nos estamos regalando 10 años más de esclavitud.

Eso es muy triste.

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Respecto a los protocolos de la UTIG de Madrid

El fin de semana pasado fui a Madrid para la 1/2 jornada de transexualidad madrileña (o algo así se llamaba). Allí fui recibido calurosamente por el Dr. Becerra y por María Jesús Lucio, con quienes mantuve una interesante charla que, sin embargo, quedó sin conclusión, por lo que me gustaría hacer algunas apreciaciones ya que he visto que se está abriendo un cierto debate al respecto.

Sostiene el Dr. Becerra que su trabajo es ayudar al que se lo pide (también aclaró que al que no se lo pide, no), pero cuando le señalé que los usuarios que acuden a la UTIG buscando tratamientos médicos no pueden acceder a él, porque no se les da cita con él, sino con un psicólgo (también podría haberle señalado que los servicios de salud no son una ONG, sino que está financiados con cargo a los Presupuestos Generales del Estado, y de la Comunidad de Madrid, y que no se trata por tanto de «ayuda» sino de la prestación de servicios sanitarios que ya hemos pagado, pero no tenía lugar para hacer frases muy largas), intervino María Jesús diciendo que eso era «por el protocolo».

Yo no soy paciente de la UTIG, pero ya me habían informado de que esta señora, ante cualquier objeción que se le presenta sobre el funcionamiento de la UTIG, dice que tienen que hacerlo así «por el protocolo». Siempre que alguien me relata una conversación de estas, yo le digo «¡pero si no hay protocolo!», y, la verdad, estaba deseando poder decírselo también a María Jesús. Así que tener esta oportunidad, fue un gran regalo para mí.

En cambio a ella, no debió hacerle mucha gracia mi respuesta, porque cuando le dije «¡Pero si no hay protocolo!», realizó las siguientes afirmaciones:

1) Dijo que soy un mentiroso

2) Me acusó de utilizar esas mentiras para lucrarme atrayendo más clientes hacia mi tienda virtual.

3) Afirmó que no tenía por qué darme explicaciones porque yo no soy nadie.

4) Argumentó que yo tengo el mismo derecho a pedirle el protocolo, que ella a pedirme mi declaración de la renta.

Como no tuve oportunidad de responder convenientemente, y como me consta que lo de llamarme «mentiroso», y de paso, afirmar que tengo muy poca educación, se ha convertido en una especie de consigna que se está extendiendo hasta lugares insospechados, he pensado que sería conveniente dar una explicación razonada sobre estas cuestiones, para quien la pueda leer y entender.

Así que hoy voy a explicar qué es un protocolo. Informalmente hablando, hay dos tipos de «protocolo». Uno es un documento de tipo interno, que solemos usar los profesionales de todo tipo (yo mismo uso protocolos, aunque trabajo a un nivel muy modesto) ya que sirven para automatizar algunos procesos, aumentar la eficiencia y la productividad, y disminuir el esfuerzo y los recursos empleados. Una empresa muy conocida que utiliza este tipo de documentos, es McDonalds. En McDonalds, todos lo empleados conocen cual es el orden y la forma de atender a un cliente, desde que atraviesa la puerta hasta que vuelve a salir, así como los métodos para hacer las hamburguesas, o para la limpieza.

La UTIG, al igual que muchos otros departamentos hospitalarios, tiene unos protocolos de este tipo (como se indica en el documento que muestro a continuación). Se trata de un documento redactado por los propios empleados de la Unidad, y de carácter orientativo. Eso significa que ellos mismos pueden revisar dicho documento e ir modificándolo para que la práctica sea cada vez mejor (si son unos buenos profesionales, además, deberían realizar estas revisiones con cierta frecuencia, ya que la práctica profesional cambia muy rápido, en una sociedad que está cambiando vertiginosamente, y en la que los avances tecnológicos son apabullantes). También significa que si se «saltan» los protocolos, no pasa nada. Saltarse los protocolos para adaptarse a las demandas de los usuarios y dar un mejor servicio, no es malo. Simplemente significa que los protocolos se deben revisar.

Así pues, estos protocolos de referencia, cuando se usan, no pueden entenderse como creadores de la obligación de que la persona que desea recibir la «ayuda» del Dr. Becerra se vea obligada a ir primero a un psicólogo, durante un año, o durante el tiempo que al psicólogo (o a los psicólogos, o a María Jesús) le de la gana.

Existe otro tipo de protocolos, que son los protocolos oficiales. Estos protocolos, que deben elaborarse con un mayor rigor, siguiendo un procedimiento determinado, están registrados por la Administración, y sí que deben ser cumplidos, tanto por médicos, como por pacientes (aunque, por supuesto, en esos documento no pueden imponerse condiciones que sean ilegales). Principalmente, son un instrumento de defensa. Así, si se me están exigiendo cosas fuera del protocolo, yo puedo reclamar por abusos médicos. Si el protocolo incluye prácticas abusivas, las puedo reclamar con más motivo (más facilidad para probarlas), y si el paciente pretende reclamar por mala praxis médica, el médico que haya seguido el protocolo, podrá ampararse en que lo estaba haciendo bien.

Cuando María Jesús dice que algo no se puede hacer «por el protocolo» se refiere, precisamente, a este segundo tipo de documento: un protocolo oficial de la Comunidad de Madrid, cuyo cumplimiento es obligatorio. Ese protocolo, no existe, y  aquí está la prueba de que no hay tal protocolo (pincha en la imagen para ampliarla):

NoHayProtocoloOficial

Así que va a resultar que aquí el que miente, no soy yo, si no María Jesús. Por supuesto, siempre hay tiempo para que hagan un protocolo oficial. A mí me gustaría que lo hicieran, y tengo entendido que según la ley lo tienen que hacer. Tal vez incluso sostengan que cuando se redactó esa carta no había protocolo, y ahora sí lo hay, pero después de haber estado oyendo hablar durante años de un protocolo que resulta que no existe, el que pretenda que me crea que se ha elaborado un protocolo oficial (en un pasado reciente, o en el futuro), tendrá que enseñármelo. Con los sellos del registro de la Comunidad de Madrid, y con una copia para que pueda confirmar con la señora Elena Juarez que se trata de un protocolo oficial, y no de otro de esos protocolos internos que se pueden utilizar, o no utilizar, como guía. No pido nada que yo mismo no ofrezca.

Esto me lleva a la segunda cuestión. En realidad ¿quien soy yo para exigir nada? Yo no soy nadie, según María Jesús. Además, es verdad. No soy nadie. Carezco de poder, y tan sólo puedo representar a mi asociación después de haber acordado con mis compañeros lo que voy a decir. Normalmente, no me represento más que a mí mismo. Sólo soy un hombre transexual.

Sin embargo, María Jesús y el Dr. Becerra sí que sabían exactamente quien soy (me reconoció antes ella a mí, que yo a ella), y fueron ellos los que se acercaron a darme unas explicaciones que yo no pedí. Fue María Jesús la que me ha acusado de mentir cuando decía la verdad. Yo simplemente demuestro mi inocencia, y que la que mentía era ella.

Una idea un poco extraña es la de que todo esto lo hago para promocionar mi tienda online de productos para mujeres y hombres trans. Al parecer, tener una tienda de este tipo es incompatible con el activismo. Yo me pregunto cual es exactamente el problema ¿Le molesta a María Jesús que una persona transexual sea empresaria y viva de su trabajo? ¿O lo que le molesta es que trabaje para las personas transexuales? ¿Le parecería más correcto que cerrase la.trans.tienda?

Lo cierto es que, en realidad, para mí sería mucho mejor estar de lado de las UTIG. Alabarlas y decir que son una gente maravillosa, para que me invitasen a hablar a muchas conferencias, y dijesen lo majo y lo simpático que soy. Los médicos son unos prescriptores muy importantes, y establecer una relación «yo te rasco la espalda a ti, y tú me rascas la espalda a mí», sería muy rentable para mí en términos económicos. Básicamente, posicionarme contra la UTIG, me está costando dinero (y posiblemente, bastante).

Pero en realidad, sospecho que no estábamos hablando de eso. Lo que ella quería decirme es que somos iguales. Que, al igual que ella, yo me lucro de la desgracia de las personas trans, y que igual que ella se inventa sus estrategias para atraer y controlar su clientela, yo también estoy inventándome las mías. Por eso, para ella es lo mismo que yo le pida el protocolo de la UTIG, que si ella me pide a mí la declaración de la renta.

En la distinción entre entre público y privado, mi declaración de la renta y el protocolo de la UTIG, son ambos documentos privados. La tienda es mía, y la UTIG es suya. Aunque mi tienda me la pago yo, y la UTIG… bueno, también la pago yo (y tú, que estás leyendo esto, también). Alguien debería decirle que el régimen señorial, aquel en que el Rey vendía los puestos de funcionario a nobles y burgueses acaudalados, que los adquirían en propiedad, ya han pasado. Ahora los funcionarios son servidores públicos, y la Ley confiere a los ciudadanos determinados derechos, que se corresponden con determinadas obligaciones de los empleados públicos.

Por ejemplo, el artículo 35.g de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo común establece que los ciudadanos, en su relación con las administraciones, tendrán derecho «a obtener información y orientación acerca de los requisitos jurídicos o técnicos que las disposiciones vigentes impongan a los proyectos, actuaciones o solicitudes que se propongan realizar».

Llegados a este punto, quisiera hacer notar al lector, o a la lectora, que cuando se habla de normas, ya sean leyes o de otra clase, no tienen por qué creerse lo que nadie les diga. Si, por ejemplo, el Dr. Becerra dice que la ley obliga a que las personas transexuales que quieran hormonarse tienen que estar como mínimo un año acudiendo a la consulta de un psicólogo de la UTIG, hasta obtener un diagnóstico psicológico, que te diga en qué norma está eso escrito. A poder ser, que hable con la asistenta social del Hospital y le pida que tenga preparadas todas esas cosas, para que te las pueda enseñar e incluso darte copias. Esto va especialmente para el chico guapo de la camisa de cuadros que decía que Nuria es muy buena, y que si no le dio el diagnóstico el primer día es porque no puede, por ley, la pobrecita, no porque no quisiera. Como estudiante de derecho, acostúmbrate a leer todas las normas que te sean aplicables, y verás como tus notas suben como la espuma.

A parte de eso, me parece genial que él, o cualquier otra persona, esté feliz de ir a la UTIG, pero al menos que sepan que les están engañando.

Así que, creo que con esto puedo cerrar ya esta larga aclaración, con las siguientes conclusiones:

1) Queda demostrado que el protocolo no existe. Yo no miento, los empleados de la UTIG, sí.

2) Yo soy un ciudadano, y cuando exista relación con la Administración de Salud de Madrid, tendré derecho a pedir el supuesto protocolo de actuación que la rige. En las jornadas no lo habría pedido, si no se me hubiesen ofrecido explicaciones que yo no iba buscando ese día. Gracias.

3) Utilizo la palabra «empleado» de la UTIG, puesto que eso es lo que son: empleados públicos al servicio del ciudadano. Profesionales, somos los autónomos que desarrollamos nuestra actividad de manera independiente. No deja de llamarme la atención que se visualice mi actividad profesional hacia las personas trans como aprovecharme de ellas, y sin embargo, nunca se haya visualizado mi actividad profesional en la ferretería como «aprovecharme de las pobres personas que se les rompen cosas en casa y las tienen que arreglar». Se me ocurren varias ideas al respecto.

4) Mi declaración de la renta, así como mis recibos de la Seguridad Social, facturas con proveedores, etc, forman parte de mi relación personal con la Administración (de hacienda, y de la seguridad social), y tengo derecho a guardala para mí. En cambio, las normas de la UTIG, forman parte de la relación entre la Administración de salud de Madrid, y los usuarios de los servicios de la misma, y los empleados de la UTIG no tienen derecho a guardarlas para si, sino que deben mostrarlas a cualquier ciudadano que lo solicite.

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2º Congreso Europeo de Transexualidad en Madrid (la paella sin arroz)

Un amigo mío dijo que cocinar lo trans sin las personas trans es como hacer paella sin arroz. Esta semana, los días 4 y 5 de julio, en Madrid, la Unidad de T. de Identidad de Género de Madrid (la T significa “Trastornos”,  aunque los organizadores hayan querido ocultar la palabra detrás de la letra) va a tener lugar el 2º Congreso Europeo de Transexualidad, con un precio de 300€ (200€ si eres estudiante) en el que los profesionales de salud se reunirán a hablar de las personas trans, sin las personas trans. Es decir, a hacer paella, sin arroz, y en una olla Express.

Porque si hablar de lo trans, sin lxs trans ya es un error, hablar de lo trans desde la medicina es el error al cuadrado. Principalmente, porque la transexualidad no es una enfermedad. Sí es cierto que muchas personas trans requerimos ciertos servicios sanitarios que están relacionados con la transexualidad, pero también lo hacen las personas cisexuales, precisamente por su cisexualidad (como las mujeres cis que piden hormonas para que no les salga barba o piden cirugías para que les pongan las tetas que no les salieron, o los hombres cis que piden hormonas para que sí les salga la barba o piden cirugías para que les quiten las tetas que sí les salieron) y sin embargo nunca se han organizado unas jornadas sobre cisexualidad.

No me importaría que se organizasen unas jornadas sobre efectos de las terapias hormonales, o sobre técnicas quirúrgicas. Serían buenas, e incluso necesarias. Sin embargo, de lo que se va a hablar aquí no va a ser de medicina. Se va a hablar de nuestras identidades, de las identidades de las personas trans que no podremos estar allí. Se van a establecer criterios de medida sobre nuestras vidas para decidir quien será susceptible de ser “reasignado” por los médicos, porque claro, son ellos quienes tienen el poder de reasignarnos. Se va a hablar de “éxito” del tratamiento, no en términos de la máxima consecución de los objetivos del tratamiento (es decir, que los cambios obtenidos sean los que el usuario deseaba obtener) sin efectos secundarios, sino en términos de “no arrepentimiento”, asunción correcta de los roles de género del sexo “deseado” o “sentido”, superación del test de la vida real, etc…

Esa paella, sin arroz, y guisada en una olla express, va a tener un sabor repugnante. Será un guiso asqueroso, que se nos servirá después a las personas transexuales para que nos lo comamos, y si nadie lo remedia, nos lo tendremos que comer.

El objetivo real de estas jornadas es precisamente ese. Que las personas transexuales sigamos comiéndonos ese plato deleznable que nos ofrecen en las UTIG. Los expertos autonombrados de siempre (Dr. Becerra, Dr. Cesar Casado, Dra. Esteva, y nuestras “queridísimas” psicólogas, junto con otras adquisiciones que vienen de Europa, y que también llevan años recibiendo fuertes críticas por parte de las personas trans) se reúnen para decir lo que siempre han dicho, y que cuando alguien les discuta puedan esgrimir que sus opiniones estuvieron respaldadas en el 2º Congreso Europeo de Transexualidad, omitiendo, por supuesto, que el respaldo ofrecido por el Congreso, se lo dan ellos a si mismos. Así se justifica que puedan continuar con sus prácticas discriminatorias, violentas, vejatorias, que vulneran los más simples principios de los derechos humanos, que el resto de la población da por hechos.

Hay veces que la gente a la que no conozco me pregunta a qué me dedico, y les digo que paso mucho tiempo trabajando sobre derechos humanos e identidad de género. Como no entienden que significa, les explico que principalmente intento eliminar violaciones de derechos humanos en el acceso a la salud. Entonces, invariablemente, me piden ejemplos, y yo les digo que en Madrid, hay un médico que exige a sus pacientes que se castren como requisito para seguir un tratamiento médico. Cuando lo explico así, se les cambia la cara y alucinan pepinillos. Me preguntan cómo puede ser eso, y yo les digo “porque son transexuales”. Entonces, su cara vuelve a cambiar, porque se les empiezan a remover las ideas. Porque la gran, enorme, casi totalidad de la gente piensa que es natural que una persona transexual sea esterilizada. Que es consecuencia inevitable, y al mismo tiempo, requisito imprescindible, de la transexualidad. Algo completamente normal cuando se piensa en esta gente extraña e incomprensible. Este es el discurso que defienden los “expertos” autonombrados, que el éxito del tratamientos de la transexualidad incluye necesariamente la esterilizanción de la persona. En cambio, basta ponerlo del revés, y explicar que la esterilización se exige a las personas, si son trans, para que a cualquiera se le pongan los pelos de punta, porque eso es una monstruosidad. Y punto.

De modo que los días 4 y 5 de julio habrá en Madrid una reunión de las personas vivas que más daño han hecho y están haciendo a las personas transexuales, en las que tratarán de relegitimar sus posturas brutales intentando perpetuar un modelo de atención que está diseñado para impedir el libre desarrollo de la personalidad de las personas trans, y para beneficiarles a ellos.

Como colofón final, el día 6 julio organizan lo que pomposamente han llamado “III Jornadas de Transexualidad Madrileña”, que le hacen pensar a uno qué considera esta gente como una jornada, ya que únicamente van a durar de 9 de la mañana a 14:00 de la tarde (en la Casa de Vacas de Madrid, por si alguien quiere ir). A mí me parece que eso es, como mucho “media jornada”. A esta “III ½ jornada de Transexualidad Madrileña” sí que pueden ir personas transexuales. Cuando nos enteramos en Conjuntos Difusos – Autonomía Trans (obsérvese que hemos cambiado de nombre) nos hizo tanta ilusión que en seguida les escribimos para inscribirnos, ya que la entrada es libre, pero requiere inscripción previa, ya que el aforo es limitado. Eso fue el día 18 de mayo.

¡Cual no sería nuestra consternación cuando nos llegó un correo, la semana pasada, diciendo que nuestra inscripción no estaba confirmada, porque se había completado el aforo! Lo cierto es que, más que consternados, nos sentimos mosqueados, porque a otro compañero que se apuntó más tarde sí le dijeron que podía ir. Empezamos a preguntarnos si no sería que habían decidido excluirnos de la ½ jornada de transexualidad madrileña (para abreviar, nosotros la llamamos “la becerrada”, por el apellido de uno de los organizadores) porque se sienten un poco molestos con nosotros. Después de todo, Conjuntos Difusos se inscribió como asociación para dar cobertura jurídica a una reclamación presentada ante el Defensor del Pueblo por una vulneración de los Derechos Humanos de una de sus pacientes, que es la co-presidenta de la Asociación.

 Congrega1

Por otra parte, nos parecía difícil de entender que los profesionales de la UTIG, tan profesionales ellos, se tomasen la molestia de vetarnos la entrada a un acto público (discriminación en el acceso a los servicios), que encima está financiado con fondos públicos (es decir, que lo hemos pagado nosotros). De modo que decidimos inscribirnos de manera individual, por aquello de no ponernos a acusar sin tener todos los datos… Y en un par de días, se confirmó nuestra asistencia.

 Congrega2

Así que ahora me seinto despechado, porque con las ganas que tenía de ir, me duele que esta gente no quisiera verme. Es triste, el amor no correspondido. Por otra parte, encuentro halagador que se hayan tomado el trabajo de tratar de impedir que vayamos. Significa que estamos haciendo daño, es decir, que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Eso me anima a continuar en la misma dirección. Y, por último, es de agradecer que cometan un acto tan evidente y fácilmente demostrable de discriminación. Tenemos bastantes pruebas de que esta gente considera que la ley es algo que se aplica sólo a los demás, pero esta ha sido una de las más claras y fáciles de conseguir. La utilizaremos sabiamente.

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La trampa de las palabras

Estábamos allí, 10 personas alrededor de una mesa, tratando de tomar una decisión, y entonces llegó la Pregunta. Esa Pregunta con mayúsculas que es tan difícil de contestar. – Si la transexualidad no es una enfermedad ¿Por qué pedís asistencia sanitaria? No sé si fue porque entre las diez cabezas que allí estábamos el debate se había vuelto interesante, o porque ese día había dormido poco y había pensado mucho, pero de repente lo vi claro, y dije algo que nunca había dicho hasta ahora. – Las personas transexuales pedimos asistencia sanitaria, pero no para la transexualidad, ya que atender a la transexualidad significa atender a la identidad de género, y la identidad de género no puede recibir atención sanitaria. En aquel momento me di cuenta de que las personas trans estamos envueltas en una red de palabras, y las palabras son poderosas. Se dice que puede más la pluma que la espada. En los libros de fantasía, los magos utilizan palabras para formar los hechizos que pueden cambiar la realidad. En la vida real, las palabras están creando la realidad de las personas trans (y de las otras personas, también). Si hablamos de «transexualidad» hablamos de personas que «cambian de sexo» (eso, y no otra cosa, es lo que quiere expresar esta palabra). Un «cambio de sexo» que significa una «reasignación». La «reasignación», que significa «volver a asignar» y que es el punto culminante de todo el «proceso». «Proceso de reasignación de sexo», o últimamente «proceso transexualizador» que termina con la «cirugía de reasignación de sexo», por la cual el cirujano, imbuido de poderes mágicos conferidos por su profesión(1) convierte a los hombres en mujeres (y a las mujeres en hombres, pero menos). El «proceso», implica, una serie de actividades que se prolongan en el tiempo, y que deben realizarse en su orden correcto, paso a paso, y durante el tiempo que sea necesario para que pueda completarse con éxito. La «reasignación» significa que la persona que empieza el «proceso», pertenece a un sexo distinto al que pertenecerá cuando el proceso termine. Significa que la persona, mientras dura el «proceso» todavía pertenece a ese sexo, pero que se le está probando a ver si se le puede reasignar al otro. Significa que la persona es una mujer «en proceso», un hombre «en proceso» y transexual «en proceso». En proceso de fabricación, como si fuésemos unos zapatos o un coche. Objetos extraños e inacabados, que deben ser procesados por expertos de la máxima cualificación, y a los que sólo se les puede permitir realizar incursiones «a prueba» como miembros del sexo al que puede que pertenezcan (a través del «test» o «experiencia» de «vida real»). Sólo se les puede permitir acceder a los tratamientos médicos para mujeres como «mujeres a prueba», y a los tratamientos médicos para hombres como «hombres a prueba». Primero una prueba de fortaleza y debilidad mental: resistir/superar la evaluación psicólógica. Luego una prueba de adaptación el «test de la vida real» mientras comienzan los tratamientos hormonales, a prueba. Finalmente, pueden someterse a la operación de «reasignación de género», después de la cual, ya no estarán a prueba, y serán verdaderas mujeres, y verdaderos hombres, y podrán mirar por encima del hombro a esas otras mujeres y hombres que comienzan y «transitan» desde el principio por el «proceso» que ya ellos superaron. Lo peor es que parece que somos incapaces de pensar sin usar estas palabras. Sin usar «transexualidad», «reasignación», «proceso», «test de la vida real». Pero el proceso no existe. Ha sido creado por estas palabras. Una persona pertenece al género al que desea pertenecer, y no hay diferencia entre el «querer ser» y el «ser». Esto es el derecho a la libre autodeterminación de la identidad de género: que cada persona puede decidir por si misma y en libertad, quien es, y que en ese «quien soy» se comprende cual es el género, puesto que la identidad propia no puede desvincularse del sentimiento de pertenencia a un género, sea este mujer, hombre, o cualquier otro. Si aceptamos esto, no puede haber «reasignación», y mucho menos «reasignación quirúrgica». El «proceso de reasignación» debe ser substituido por el libre desarrollo de la personalidad, incluyendo el libre desarrollo del propio género y de la expresión del género. Cuando hablemos de los tratamientos médicos solicitados (voluntariamente, y sin obligación) por las mujeres «transexuales», habrá que despojarlos de toda la carga taumatúrgica, mística e ideológica que han venido ostentando. Habrá que hablar de «cirugías de reconstrucción de sexo», puesto que eso es lo que se hace: mover los tejidos de un lugar a otro y moldearlos para reconstruir los genitales. Algo que se viene haciendo desde hace décadas a aquellas personas «intersex» cuyos genitales no son exactamente como se supone que tienen que ser los genitales de las personas del sexo al que se les ha asignado. Es jodido, porque si empezamos a hablar así, no habrá manera de distinguir entre los tratamientos que se dan a las personas transexuales, y los tratamientos que se dan al resto de personas. Pero es que no se puede distinguir, porque distinguir es discriminar, y discriminar está (o debería estar) prohibido. Es jodido que un día un cirujano pueda estar haciendo una faloplastia a un hombre que no tiene pene (por haberlo perdido en un accidente de tráfico), y otro día pueda estar haciendo una faloplastia a un hombre que no tiene pene (porque nunca lo tuvo), y tenga que atenderlos a los dos igual, con el mismo derecho, y sin haber sometido previamente al segundo a varios años de pruebas y humillaciones. Es jodido, porque un médico puede tener que nivelar los niveles de andrógenos y estrógenos tanto a la niña que le están saliendo demasiadas espinillas como a la niña que le está saliendo la barba. Las dos van a poder estar en la misma sala de espera, sentadas la una al lado de la otra, y nadie va a poder encontrar la manera de obligar a la segunda a convertirse en un hombre hecho y derecho. Sería muy jodido, porque lo que más jode a las personas, lo que más nos aterra, es la libertad de las otras personas. Tan jodido como permitir que las mujeres se sienten al lado de los hombres en la iglesia, que los negros viajen en los mismos autobuses que los negros, que los pobres tengan el mismo derecho al voto que los ricos, y que los homosexuales se puedan casar y formar una familia. Porque si no podemos distinguir, entonces todos somos iguales ¿Cómo conseguiremos, pues, ser mejores que alguien? ¿Sobre quien tendremos poder? —————————————- (1) El otro día, en un grupo trans de Facebook, una estadounidense contó este chiste: Una enfermera muere y va al cielo. Cuando llega a las puertas del Paraiso, se encuentra con San Pedro que le da la bienvenida y le pregunta algunas cosas sobre su vida. Mientras hablan, la enfermera ve que sobre una nube hay un hombre vestido con bata blanca, que lleva un estetoscopio al cuello. – ¿Es un médico? – pregunta la enfermera a San Pedro – No, sólo es Dios, que se cree que es médico. Imagen: photophilde

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Vaya semanita

Cuando me dieron el alta y volví al ritmo diario, tuve una pequeña crisis de estrés post traumático. De repente, una noche empecé a sentir angustia. Sentía que se me venía encima algo muy gordo, demasiadas cosas para lo que yo tengo capacidad de manejar. Luego me di cuenta, lo superé, y volví a la rutina de siempre.

Sin embargo, tenía razones para angustiarme. Ayer cuando llegué a casa, estaba tan cansado que me habría quedado sin comer si no fuese porque quedé con un amigo que vino e hizo la cena él solito en mi casa. Aunque en realidad dio igual, porque luego vomité lo poco que había comido…

La semana anterior ya estaba yo un poco estresadillo, porque iba a ir a Madrid a hablar en unas jornadas de la Federación de Enseñanza de CC.OO. y tenía que preparar la ponencia (al final se cancelaron, pero bueno, casi ha sido mejor, porque en esta época tengo exámenes). También se planteaba la oportunidad de ir a una reunión de la Asociación «El Hombre Transexual» de Madrid, pero como las jornadas se cancelaron, no pudo ser. A esa reunión, en cambio, sí que fueron mis compañeros de Conjuntos Difusos – Autonomía Trans (hemos cambiado un poco el nombre), y cuando se canceló lo de CC.OO. no me quedé tranquilo, porque estaba a la expectativa de que pasaría en esa reunión.

Se trataba de una reunión para hablar de la UTIG de Madrid y de qué acciones se podían tomar respecto de los abusos, atropellos, arbitrariedad y demás prácticas ilegales que allí son consideradas normales, y por las que, sorprendentemente, los grupos trans de Madrid, no parecen muy preocupados. Unos porque lo suyo es «saltar las barreras» (así que las barreras no les preocupan, lo único que les preocupa es su capacidad de salto), otros porque parecen creer que su cometido es mantener la situación tal y como está ahora, y otros, simplemente, por desconocimiento. Me han dicho que salió muy bien, y que la gente que fue a esa reunión, aprendió un montón de cosas. También me han dicho que se acordaron de mí, y que algunos leen este blog ¡Muchas gracias!

A parte de eso, iba llevando bien las cosas. Contento: la tienda online empieza a dar algunos frutos, y la ferretería parece que responde positivamente al esfuerzo de ir metiendo cada vez más cosillas. A veces pienso que hay luz al final del tunel de mi miserable vida laboral. Otras veces, no.

Lo peor llegó el lunes pasado, cuando me llegaron noticias de que una nueva actriz se apunta al carro de hacer una ley trans en Andalucía. Se trata de un grupo, al que llamaré «Grupo Benefactor». Se trata de un grupo vertical (no una asociación) pro derechos «LGBT», entre cuyas prioridades la «T» está claramente en la cola, y de la «B» ya, ni hablamos. No hay más que ver su página web, que siempre habla de «gais y lesbianas», y también de «orientación sexual», pero en la que la identidad de género es desconocida, y la transexualidad es solamente una letra «T» que se usa como adorno políticamente correcto, porque si se dice «somos un grupo LG» parece que estamos hablando de una marca de televisores.

Sin embargo, cuando empezamos con todo este proceso, supe que el Grupo Benefactor había mostrado interés en intervenir en toda esta aventura que se nos venía encima y decidí escribirles, para que me contaran cuales eran sus ideas, contarles cuales eran las nuestras, y ponernos de acuerdo entre todos, porque cuantos más pares de ojos para ver, y más brazos para trabajar, mejor. Por algún motivo, nunca recibí respuesta ¿Se perdió el correo que les escribí? ¿Se les olvidó responderme por descuido? ¿Pasaron de mí olímpicamente? No lo sé, porque aunque he preguntado, no me lo han dicho.

El caso es que, mientras empezábamos a sospechar que alguien tenía la intención de colar a última hora otro proyecto de ley, que no tuviese nada que ver con el nuestro, y que en vez de proteger los intereses de las personas trans, protegiese los intereses de las instituciones transfóbicas (principalmente, de la UTIG), de repente el Grupo Benefactor nos escribe invitándonos a unas jornadas para «fijar» las posiciones de los grupos, que ya llevan fijas desde septiembre del año pasado (porque habremos tenido nuestros más y nuestros menos, pero estamos de acuerdo en que todxs queremos lo mismo). Así que empecé a preguntarme si no sería, más bien, que el Grupo Benefactor planeaba lanzar su propia propuesta para la Ley Trans de Andalucía, y en estas jornadas lo que buscaba era rodearse de los grupos que tenemos nuestra propia propuesta, para hacerse una foto y luego decir que todos los grupos de Andalucía han ido a las jornadas a apoyar la nueva propuesta auspiciada por el Grupo Benefactor.

Me equivocaba de medio a medio: el Grupo Benefactor ya había enviado su propuesta a un grupo parlamentario andaluz. Lo que es más, ahora resulta que todo este proceso legislativo (que para los grupos parlamentarios no es más que una mota en el trabajo cotidiano, y para mí es como intentar construir una catedral con una carretilla de mezcla y una palustra) se ha abierto gracias al Grupo Benefactor (ay, Mar Cambrollé estuvo años y años exigiéndolo a los políticos para nada, al parecer) que de hecho está esperando a que se le abran las puertas del Parlamento y de otras autonomías, para poder entrar por la puerta grande y en alfombra roja, a aprobar su magnífico proyecto, gracias al cual a partir de ahora todas las personas trans ataremos a nuestros perros con longanizas, pero en el que, eso sí, no se reconoce el derecho a la autodeterminación del género, porque eso es una tontería que se me ha ocurrido a mí. Claro, es que lo que para los trans normalitos de por aquí es una obra titánica, el Grupo Benefactor lo hace sin despeinarse, porque para eso son un grupo benefactor, y son amigos de gente influyente, con poder. No como yo, que en el fondo sólo soy un piltrafilla con un blog.

Ya sabiendo esto, me quedé más tranquilo, entre otras cosas porque una vez que te enteras de cual es la situación, y de que no puedes hacer nada por remediarla… te puedes despreocupar. Si no puedes hacer nada para cambiar las cosas, es tontería seguir dándole vueltas al asunto. Lo único que puedes hacer es joderte y confiar en que lo que llevas hecho es suficientemente bueno como para soportar los empujones de los demás. Eso sí, si al final la ley sale, y es una buena ley, cuando vea a la representante trans del Grupo Benefactor presumiendo de haber intervenido en el proceso, me saldrá una úlcera de estómago. Aunque para ese momento, ya voy a estar libre para decir lo que quiera, y vaya si lo voy a decir. Coño.

Todo esto viene porque parece que el proceso de elaboración de la ley está poniéndose en marcha de nuevo, y para la semana que viene tengo previsto empezar a leer decretos, proposiciones no de ley y documentos sobre prestación de servicios sanitarios de cara a responder a las principales dificultades que parece que se plantean en cuestión de sanidad, confiando en que al final la gente del Grupo Benefactor no sean tan guays como creen (o como quieren hacerme creer) y resulte que no pueden hacer todo por los trans sin contar con nadie más. Crucemos los dedos y sigamos trabajando.

De cara a todo esto, me va a venir muy bien una serie de documentos que se publicaron ayer, que era el día contra la homofobia y la transfobia, y que incluyen un mapa e índice de derechos trans en Europa, y los resultados de la mayor encuesta LGTB realizada hasta el momento en todo el continente. Estos resultados, que prometen ser muy interesantes, me van a dar lectura para unas cuantas horas. Si queréis un poco más de información al respecto, publiqué una entrada sobre el tema en el blog de la.trans.tienda.

A todo esto, hablando de la.trans.tienda, estoy ampliando el catálogo de productos para hombres trans. O lo estoy intentando, porque no tengo tiempo, ni fuerzas, ni nada de nada. Ahora quiero poner cosas que sirvan para ir al baño de pie. Desde la prótesis Mr. Limpy con una tetina de biberón, hasta el GoGirl. Incluso quiero hacer videos explicando como funciona cada cosa, los pros y los contras. Todo eso. Algún día T_T

Y, como todos los años, vuelve la feliz época de los exámenes de junio ¡Viva! Un periodo en el que tengo que demostrar a los profesores de la UNED que me he estudiado sus libros y que se lo suficiente de derecho para merecer que algún día me den un título de graduado (que no me servirá para trabajar de abogado, ni de nada, pero bueno). Para eso, tengo que estudiar, así que estudio.

Mi libro, está el pobre en barbecho, durmiendo el sueño de los libros abandonados por falta de tiempo. Tiene suerte, el libro, porque al menos él sí puede dormir. Yo ya no me acuerdo de lo que era eso. Lo peor es que a este ritmo no aguanto. El día menos pensado me va a dar un chungo y me voy para el otro barrio.

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