Archivo mensual: septiembre 2013

Crisis y pérdida de derechos de las personas trans.

Hace un tiempo (varias semanas, me temo), aguillotinados, dueño del blog «Los recortados«, sobre los efectos de los recortes que se están realizando con la excusa de la crisis (lo que nos da una idea de cuales son los verdaderos objetivos de los mismos, ya que, en su maayoría saltan bastante a la vista) me preguntó cuales eran los efectos de la crisis sobre los derechos de las personas trans. Es decir, si a causa de los recortes se había producido una pérdida de derechos.

La respuesta es muy fácil: para perder derechos es necesario, en primer lugar, haberlos tenido alguna vez.

Las personas trans, básicamente, no tenemos derechos.

Actualmente, a nivel nacional, el reconocimiento de género de las personas trans se realiza mediante el procedimiento, y con los requisitos, establecidos en la Ley 3/2007, sobre la que no hay polémica ni discusión fuera de los ambientes trans (en los ambientes trans, sí, y de hecho, en mi opinión, podría ser anticonstitucional, pero da un poco de grima plantear ese tipo de cosas, ya que la consecuencia podría ser que quedase derogada y se retornase a la situación anterior, que era todavía peor).

Esta ley, no establece un derecho a ver reconocida la propia identidad de género de manera universal, pero sí un cauce para acceder a dicho reconocimiento en caso de cumplir ciertos requisitos, que son:

1)      Obtener un diagnóstico psiquiátrico o informe psicológico de padecer un trastorno de identidad de género.

2)      Haberse sometido durante un periodo continuado de 2 años a algún tratamiento médico de modificación corporal (puede ser demostrado con informe médico, o con la intervención de un médico forense).

No obstante, aunque esta posibilidad de obtención de un reconocimiento de la propia identidad de género no está puesta en tela de juicio, obviamente se ve afectada por los recortes que se realizan en materia de salud, y también por los recortes en materia de tutela judicial.

En materia de salud, podría habernos afectado el repago en las prótesis, pero como nuestras prótesis no sólo no las cubre la seguridad social, sino que a todo el mundo le dan un poco de risa, nos da igual. Nuestros gastos no se costeaban antes, y no se costean ahora (tampoco es que antes la financiación de prótesis fuese una maravilla, para qué nos vamos a engañar).

Respecto a la supresión de ciertas especialidades en los servicios sanitarios, hay que señalar que la discriminación por razón de identidad de género es la norma habitual, de modo que las personas transexuales tenemos muy restringido el acceso a servicios sanitarios que ya existían y se venían prestando a toda la población, antes del comienzo de esta “crisis” (o, mejor, estafa). Mientras que las mujeres cisexuales pueden acceder a terapias hormonales para regular sus niveles de hormonas sexuales hasta lo que se considera “normal” para una mujer, las mujeres trans no. Mientras que un hombre puede acceder a terapias hormonales para elevar sus niveles de testosterona hasta alcanzar niveles “normales”, un hombre trans, no. Y ya, no digamos en caso de que una mujer deseara acceder a tratamientos hormonales para elevar sus niveles de andrógenos, o un hombre para bajar sus niveles de andrógenos o elevar sus estrógenos.

La discriminación, por cierto, va más allá incluso de la determinación del sexo legal, ya que un hombre transexual, que esté registrado como hombre, continúa teniendo que acudir a procedimientos “especiales” que no serían necesarios en caso de no ser trans. Esto se evidencia con mucha fuerza en lo tocante a las cirugías. Por ejemplo, las cirugías genitales para personas cisexuales se consideran de máxima urgencia y necesidad, mientras que las mismas cirugías para personas trans, se consideran prescindibles, optativas, cosméticas, caprichosas y, sobre todo, no sólo pueden, sino que deben ser demoradas durante muchos años “por el bien del paciente”, incluso cuando el sexo legalmente asignado del paciente no se corresponde con el sexo médicamente asignado a su aparato genital (porque aquí todo va de quién asigna qué sexo a dónde).

En este contexto, la discriminación puede ir un paso más allá, estableciendo unidades segregadas de atención a pacientes transexuales (se las llama “unidades especializadas”, que queda mucho mejor que “unidades segregadas”), evitando así que una persona trans pueda ejercer el derecho a la libre elección de especialista, limitando en gran medida la posibilidad de obtener una segunda opinión médica, y, sobre todo, controlando la capacidad de protesta de las personas trans, ya que en estas comunidades autónomas, los gobiernos autonómicos utilizan la prestación de servicios sanitarios como moneda de cambio para evitar que las personas trans exijan otros derechos. Ante cualquier conato de protesta, aparece la amenaza de que entonces “se puede quitar la UTIG”, lo que basta no sólo para acallar las protestas por medio del miedo, sino también para que las personas trans más conservadoras se ocupen de silenciar a quienes se atrevan a elevar la voz.

Una Comunidad Autónoma donde se ofrecía este tipo de servicios centralizados era Castilla y León (que, por otra parte, no ofertaba cirugías de reconstrucción genital para personas transexuales, pero sí para personas cisexuales). Recientemente la UTIG de esta Comunidad Autónoma ha sido clausurada, para consternación de muchas de las personas trans que recibían tratamientos sanitario allí.

No obstante, nos estamos empezando a dar cuenta de que la oferta de los mismos servicios sanitarios segregada por razón de identidad de género es discriminatoria. En muchas comunidades autónomas las personas trans están empezando a acudir a los mismos médicos a los que acuden las personas cis, y están recibiendo sus tratamientos con una mayor igualdad respecto al resto de la población (aunque el resto de la población no necesita un diagnóstico psiquiátrico para recibir tratamientos endocrinológicos, pero bueno…). Probablemente muy pronto empezaremos a observar este mismo fenómeno en lo referente al acceso a las cirugías, puesto que algunas personas ya están empezando a plantearlo como una estrategia para evitar las malas prácticas médicas que se vienen realizando en las UTIG (especialmente en Madrid, Andalucía y Asturias). Tres sentencias favorables (una en el TSJ de Galicia, otra en el TSJ de Asturias, y una tercera del TS, que era recurso de la de Galicia) indican que posiblemente este sea el futuro del acceso a la salud de las personas trans.

Por tanto, aunque se están produciendo recortes en las prestaciones sanitarias para el resto de la población, las personas trans estamos en una fase de ampliación de derechos al estar pasando de no tener acceso a los servicios sanitarios en absoluto, o bajo condiciones fuertemente discriminatorias, a acceder en las mismas (malas) condiciones que el resto de la población. Habría sido mejor que, además, las condiciones para la población en general fuesen buenas, claro…

Por último señalar que en mayo de 2012, el Gobierno amenazó (oficiosamente) con obligar a las comunidades autónomas a dejar de ofertar cirugías de reconstrucción sexual para las personas trans. Esta iniciativa finalmente fue bloqueada gracias a la acción de un puñado de personas (entre 5 y 10, frente a la pasividad del todo el llamado “colectivo LGTB”), y en mi opinión fue decisivo el ejercicio del derecho de petición a los órganos de gobierno de la Unión Europea. Uno de los pocos recortes que se han evitado desde 2008, lo que es decir mucho.

Hay dudas respecto de si los tratamientos de reproducción asistida estarán vetados para las mujeres de que sean pareja de hombres trans (a consecuencia del último recorte para dejar fuera a las parejas de lesbianas y a las mujeres sin pareja). No me queda duda, en cambio, de que un hombre trans que tuviese como pareja a una mujer, sí quedaría excluido de los tratamientos de fertilidad. También tengo dudas de qué pasaría si el tratamiento de fertilidad fuese solicitado por una pareja de mujeres, una de las cuales fuese trans, o por una pareja de hombres, uno de los cuales fuese trans. En mi opinión, deberían tener posibilidad de recibir esos servicios, pero habría que verlo.

Por supuesto, nos afecta tanto como al resto de la población (o quizá más) que se deje de considerar a las personas inmigrantes desempleadas como beneficiarias de los servicios sanitarios, especialmente teniendo en cuenta que muchas personas trans, ante el riesgo de ser asesinadas en su país, se ven forzadas a emigrar, y una vez en España, con el doble estigma de inmigrantes y transexuales (puesto que no existen mecanismos de reconocimiento de la identidad de género para los extranjeros), o triple en el caso de ser mujeres, lo tienen realmente complicado para que alguien les haga un contrato. Es casi como empujarlas a la prostitución. El aumento de las listas de espera también nos afecta, y más teniendo en cuenta que, como ya he señalado anteriormente, nuestras operaciones, a diferencia de las mismas operaciones realizadas a personas cis, se consideran de baja prioridad.

El hospital Clínic de Barcelona, donde está la UTIG de Cataluña, parece tener una vía de pago para quien pueda permitirse ahorrarse las listas de espera. La duda es si los pacientes que acceden mediante esta vía de pago ralentizan la lista de espera de los demás (es decir “se cuelan”), o si hay dos listas, una de pago y otra gratuita, que no se influyen mutuamente. Sospecho que es lo primero, pero no dispongo de información fiable al respecto (otra duda: teniendo en cuenta que en Barcelona hay varios grupos trans muy fuerte y reivindicativos ¿Por qué no hay más información al respecto?).

La reforma laboral que permite que se pueda despedir a quienes acumulan 9 días de baja en un mes, hace que ninguna persona trans que se vaya a operar pueda estar segura de que mantendrá su puesto de trabajo. Varias empresas se han visto obligadas a readmitir a personas que habían sido despedidas por ser trans, ya que eso sí que está prohibido, pero nada impide que una persona trans sea despedida en un ERE, o simplemente por coger una gripe un poco fuerte, o por estar hospitalizada con tres huesos rotos después de que la atropelle un conductor borracho. La nueva legislación laboral amplia las posibilidades de disfrazar la discriminación de despidos procedentes por cualquier otro motivo.

Las terribles tasas de paro que afectan a la población en general, no afectan especialmente a las personas trans. De hecho, cada vez menos personas trans se ven obligadas a prostituirse. Hemos pasado de un 90% de personas trans desempleadas o en la prostitución, a una cifra mucho más razonable de “sólo” el 40% (aproximadamente). La cifra sigue siendo mayor que la de la población en general, pero sin duda estamos mejor que hace 10 años.

Los recortes en los presupuestos para políticas activas de empleo, no nos afectan. Nunca se nos considero como grupo en riesgo de exclusión social (estamos discriminados hasta para que se nos considere discriminados), y seguimos igual. Las políticas para la población en general no nos ayudan (si nos ayudasen, no habríamos estado manejando unas cifras tan terribles de desempleo cuando había más ayudas en este sentido).

La congelación del empleo público es un duro golpe. Era una de nuestras mejores posibilidades para conseguir trabajo, ya que en las oposiciones no se viene generando discriminación por razón de identidad de género.

Seguro que me dejo cosas, o bien porque se me han pasado, o bien porque ya llevo escritos cuatro folios, o bien porque no soy consciente de ellas, pero con esto creo que ya da para hacerse una idea más o menos de la situación que, básicamente no ha empeorado porque ya era bastante difícil llegar a estar peor (aunque las detenciones arbitrarias en Grecia, los asesinatos en Italia y Turkía, o las leyes anti gay de los paises de la antigua Unión Soviética ponen en evidencia que siempre se puede estar un poco peor).

P.D. En el blog de Aguillotinados faltaría la sección de robos y choriceos varios, y gastos en idioteces como los carísimos retratos de los ministros y consejeros autonómicos salientes, o los Iphones para sus señorías, para poder establecer una correlación entre el dinero que se nos está robando, y el dinero que se está recortando. Por aquello de ver quien está viviendo por encima de nuestras posibilidades.

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Dos avisos rápidos

Hoy tocan dos avisos rápidos, porque parece que en septiembre es la época de los cambios.

1) Alba, del foro de somoscd.ning, no se me olvidó responderte, es que el día que iba a hacerlo descubrí que ning se ha vuelto de pago (debió ser ese día, o un par de días antes), y no tengo otra dirección a la que escribirte, así que si estás leyendo esto, hazme el favor de escribirme a la dirección que voy a dejar a continuación.

2) Los simpaticos señores de Microsoft no me dejan entrar en mi cuenta de correo de hotmail hasta dentro de un mes. Dicen que es «por seguridad». Así que ha llegado el momento de decirles adios. Si me has escrito a kagu-kun(at)hotmail punto es y no te he respondido, puede que sea por este motivo. Por favor, vuelve a escribirme a recibomicorreo (at) gmail punto com.

 

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Mi bienestar no es un regalo

Esta entrada conecta, sorprendentemente, con la anterior.

En la entrada anterior comentaba que muchas personas se interesaban por mi bienestar, con gran preocupación, como si me estuviese recuperando de una enfermedad grave. Les resulta difícil entender que yo soy feliz no «a pesar» de ser transexual, sino precisamente «por» ser transexual.

La otra cara de la moneda es cuando algunas personas se ponen en contacto conmigo (generalmente a través de chats) para hacerme una batería de preguntas que sigue un guión similar al siguiente:

– Hola ¿cómo estás?
– ¿Cuantos años llevas con las hormonas?
– ¿Te has operado?
– ¿Cuando? ¿Cuanto tiempo estuviste en lista de espera?
– ¿Te dolió? ¿Eres feliz ahora? ¿Me mandas una foto de las cicatrices?
– ¿Cuanto te mide el clítoris? ¿Qué técnicas hay para operarse de abajo?

Juro que lo del clítoris me lo preguntan con bastante frecuencia.

Es lo único que les interesa de mí. Qué modificaciones he realizado en mi cuerpo. Llegan, preguntan intimidades a bocajarro, y se van. A veces regresan al cabo de un par de semanas y repiten la tanda de preguntas porque han recibido informaciones contradictorias y necesitan un refuerzo positivo.

Me molesta mucho, y no consigo que entiendan por qué. Así que me enfado, y me frustro, porque esas personas vienen en busca de ayuda, y en lugar de eso, se llevan un rebuzno. Un rebuzno inútil, porque no consigo hacerles entender que sus preguntas son inapropiadas, y no lo consigo porque me ha llevado bastante tiempo de reflexión darme cuenta de cual es el problema en realidad.

El problema en realidad es que realmente no quieren que responda a sus preguntas, sino únicamente, que confirme sus creencias. Necesitan que les diga que si soy feliz y tengo ganas de vivir es porque me he operado, ya que así podrán mantener la esperanza de que las operaciones les harán felices a ellos también.

En las noticias sobre la sentencia del Tribunal Supremo que condenan a la Xunta de Galicia a pagar la operación de Charlotte Goiar, se acompañan algunas declaraciones de ella. «No he sido feliz un sólo día de mi vida». Ella sueña con nacer de nuevo en la cuarta década de su vida “y encontrar alguien que me dé trabajo, y un hombre que me quiera”. Y espera que todo eso ocurrirá cuando se opere. Esa es la promesa de la medicina: si completas el «proceso transexualizador» nacerás de nuevo y en esta segunda vida todo será de color de rosa (porque, al parecer, las personas que no son transexuales no tienen problemas). Cuando Charlotte ya no tenga un pene, se obrará una magia que hará que de repente los empresarios le ofrezcan ese trabajo que antes se le negaba por la presencia en su cuerpo de un órgano genital cuya existencia en realidad los empleadores desconocían.

Esa magia es la que se espera que yo encarne. Es necesario que la causa de mi felicidad sea la acción médica sobre mi cuerpo y mi mente, porque así, las personas que no me conocen de antes, pueden cerrar los ojos y dejarse llevar a través del proceso infalible, como adormecidos en una balsa sobre un río caudaloso, para que cuando por fin despierten, todo haya acabado y puedan ser felices también. Yo estoy bien, luego el proceso funciona.

Y si las personas cisexuales no pueden entender que yo no soy feliz a pesar de ser trans, sino precisamente a causa de ser trans, estas personas trans tan necesitadas de esperanza no pueden enteder que yo no soy feliz a causa de los protocolos y procesos médicos, sino a pesar de ellos. En realidad, ni siquiera se lo plantean. Por eso me preguntan por las hormonas, por las cirugías, y por nada más, porque creen que ahí está la receta del éxito.

Es más fácil pensar eso, que comprender que mi lucha ha sido, la mayor parte del tiempo, contra el proceso médico que ha pretendido encajonar y medir mi identidad como requisito previo a que los cancerberos me permitiesen atravesar las puertas de acceso a los servicios médicos a los que debería haber podido acceder en plano de igualdad con el resto de la población. Nadie me ha regalado nada. Cada gramo de la felicidad que tengo me lo he ganado yo. No me ha venido dado por ningún proceso médico, sino que me he tenido que esforzar primero en asumir quien no soy, luego en aprender quien soy, después en aceptar quien soy, en hacer que los demás lo aceptaran, y a no sentir culpabilidad por nada de ello, ni a sentirme inferior a nadie, ni a permitir que otros me hicieran sentir inferior. Esa lucha todavía hoy continúa.

Y, sí, la posibilidad de modificar mi cuerpo, hace que mi vida sea más feliz, que pueda mantener mi identidad de género con mayor facilidad, especialmente porque cuando me miro al espejo no tengo que pelearme conmigo mismo para comprender por qué yo soy y no soy la persona que se refleja, y porque cuando me desvisto no tengo que repetirme que el tener o no tener pechos no me hace más o menos hombre. Sin embargo, estos cinco años no han sido una pausa hasta «terminar el proceso». Después de la primera sesión con la psicóloga en la UTIG decidí que no iba a permitir que la medicina regulase mis tiempos, y he sido capaz de mantener esa decisión.

Por eso me molesta que se me quiera convertir en la encarnación del éxito del proceso médico. Porque el proceso médico no sólo no me ha regalado nada, sino que me ha quitado mucho (sobre todo, mucha dignidad y autonomía), y porque me jode que ahora el mérito de mi esfuerzo se le atribuya al proceso médico.

Me jode muchísimo que me preguntes cuanto tiempo llevo hormonándome, cuando me salió el primer pelo en la barba, y cuantos gallos tiré el tercer mes. Me jode todavía más que primero  me digas que «hay muy poca información» y luego me pidas fotos de mi torso mutilado cuando escribiendo «mastectomía FtM» o «mastectomía transexualidad», Google coloca este blog en segunda y en cuarta posición respectivamente. Me molesta muchísimo si lloras «ay, ojalá yo pudiera» y en tu país estas operaciones están cubiertas por los servicios públicos sanitarios, como si las pérdidas que tú puedes sufrir fuesen de mayor importancia que las que tuve yo. No soporto que creas que la receta del éxito es la misma que la de la testosterona, y que el volante para la felicidad te lo hace el médico cuando decide que estás preparado para pasar por cirugía. Lo que menos soporto de todo es cuando, al ver que nada de esto funciona, te sientes engañado y maldices a la sociedad que te discrimina y te niega la felicidad.

No hay recetas para la felicidad. La felicidad no es una cosa fácil de conseguir (y si no, podéis preguntárselo a mi amiga Mello, que precisamente hace poco escribía sobre lo mismo). Me jugué todo lo que tenía y lo perdí, con la excepción de a mis amigos, que siempre estuvieron a mi lado. He vivido el momento pavoroso y terrible en que te das cuenta de que ya no puedes estar peor, y he conseguido encontrar fuerzas para levantarme casi todas las mañanas, con hormonas o sin ellas. He probado suerte repetidamente en el amor y cuando no ha salido bien no le he echado la culpa al destino. Me he obligado a trabajar, a estudiar, a escribir y a ayudar hasta superar mi límite por mucho… varias veces. Me he obligado a viajar para ver a mis amigos, cuando me sentía tan desgastado que lo único que quería era dormir. Así es como he conseguido ser feliz. Pregúntame por eso, y no pretendas convertirme en el paradigma del triunfo del paradigma médico, porque te voy a decepcionar. Por favor, sobre todo no me preguntes cuanto me mide el clítoris, porque la respuesta no te va a gustar.

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Estoy bien, gracias

Dice la Dra. Esteva (fuente inagotable de declaraciones y artículos), citándose a si mísma en un artículo publicado en el libro Transexualidad, adolescencia y educación: miradas multidisciplinares (enlace afiliado) “Para el adolescente transexual, comenzar a comportarse y a vivir de acuerdo con su sexo de identificación y no de acuerdo con su sexo biológico, constituye un arduo trabajo consistente en aprender y cumplir con las expectativas que el entorno social tiene en relación con los roles atribuidos a cada sexo.”

Es una declaración sorprendente, teniendo en cuenta que lo que yo he visto en adolescentes trans es justo lo contrario (y mi experiencia, como adolescente, y como adulto, también lo es). Empezar a desempeñar el rol de género elegido por uno mismo, y no el que otras personas han elegido para ti no representa un “arduo trabajo”, sino una experiencia muy gozosa, cuando no se ve acompaña de cosas como insultos por la calle, acoso escolar de los profesores o de los compañeros, y peleas en casa, frecuentemente acompañadas de la amenaza de que tus padres te van a echar.

Lo que sí que es muy complicado y angustioso para un adolescente trans es lo contrario: aprender y cumplir con las expectativas que las personas a su alrededor tienen en relación con la identidad de género que se le asignó al nacer, y que no es suya. De hecho, en el mismo libro, la propia Dra. Esteva señala que la necesidad de ir a clase manteniendo la apariencia de pertenecer al sexo asignado al nacer hace que muchos adolescentes trans se planteen abandonar (o abandonen) los estudios. Situación que ella propicia gracias a su política de no hacer nada y seguir tratándole con el género que se le asignó al nacer hasta que sea mayor de edad, a ver si a base de reprimir y joder a la pobre criatura, resuelve su confusión respecto a la identidad de género, porque claro, cuando alguien decide que su identidad de género no es la que le han asignado los médicos, es que se confunde. No se van a haber confundido los médicos, claro.

Sin embargo, la entrada de hoy no va de esto. Va de reencuentros veraniegos.

Hay una serie de personas a los que yo llamo “conocidos lejanos”. Es gente a la que no ves con mucha frecuencia, pero con la que tienes cierto trato de cuando en cuando. Es la cajera del supermercado que te sigue tratando en femenino aunque te vea con barbas porque no sabe qué otra cosa hacer, es el vecino que sigue llamándote campeón si se sube contigo en el ascensor, justo ese sábado que habías salido maquillada y con minifalda, dispuesta a comerte el mundo. Son gente, generalmente bienintencionada, que por un respeto mal entendido, hace como si no se diera cuenta de que eres trans, y con la que no tienes confianza suficiente para decirles algo (y tampoco te merece la pena, porque en realidad sólo pasas con ellos cinco minutos al mes).

Los conocidos lejanos tienen una categoría especial que es la gente que conoces de veranear. Esas amigas de la infancia con las que perdiste el contacto y que de repente están ahí, los amigos de tus padres que van a comer el domingo, los primos a los que ves de higos a brevas…

Excepto por el amigo al que conozco desde hace unos 18 años, pero que no se acuerda de mí porque se quemó el cerebro a base de fumar porros, y seguramente más cosas (el pobre se pasó un verano entero disculpándose con todo el que suponía que conocía, por si acaso le había hecho algo malo u ofensivo), esos conocidos han empezado a hacer una cosa bastante extraña: se me acercan y me preguntan con mucho interés que cómo estoy. “Estoy bien, gracias”, respondo yo educadamente y sin darle ninguna importancia, aunque ya se bien por donde van. Aún así, insisten… qué como estoy, que si soy feliz ahora, que lo importante es que cada uno sea feliz con sus cosas…

Me dan ánimos y se interesan por mí como si estuviese recuperándome de una enfermedad grave. Como si hubiese terminado la quimioterapia hace poco o algo así y ahora estuviese en periodo de restablecimiento después de una larga convalecencia.

Tardé un poco en relacionar las dos cosas, el interés por mi salud y las declaraciones de la Dra. Esteva, pero cuando lo hice, recordé que ese es también uno de los tópicos respecto a los adultos trans: que aprender el rol del otro género es muy difícil.

Hay más tópicos médicos, como el tópico de que el “cambio de sexo” es un “proceso largo” que consta de una serie de pasos sucesivos, que todo el mundo debe seguir por el mismo orden y en los mismos plazos (plazos muy dilatados en el tiempo, para que te de tiempo a adaptarte a esa cosa tan difícil), y que cuando se acaba, da como resultado una especie de restablecimiento de la persona a una situación de salud y cese del sufrimiento (incluso cuando ese proceso no se sigue “hasta el final”).

Así que ahora la gente me ve, ve que ya he llegado “hasta el final” (o vete a saber qué fantasías, pensamientos y curiosidades morbosas albergan respecto a mis genitales… y luego los enfermos mentales y pervertidos somos nosotros), y se acercan para darme ánimos en mi recuperación, que, por otra parte, presumen que nunca será del todo completa ya que, según el relato mayoritario, la vida de la persona trans es una vida de sufrimiento, la sociedad siempre te va a marginar, y en general, te espera una vida de fracaso afectivo y laboral bastante inevitable.

Yo intento explicarles que no, que las cosas no son así, pero… ¿Cómo hacer eso con los conocidos lejanos? Es prácticamente imposible. Mis “estoy bien, gracias”, se leen como “acepto mi situación con alegre resignación”, y no puedo ir más allá, porque son conversaciones veladas sobre temas no nombrados, basados en el entendimiento y en el sobreentendimiento (y en el malentendimiento, sobre todo).

No pueden entender que no sólo se puede ser trans y feliz, sino que, además, esa felicidad no es “a pesar de” sino precisamente “a causa de” ser trans. No pueden enteder que soy yo el que siente compasión por ellos, por haber conocido sólo un lado de la vida, por ignorar que la vida, además, es un poliedro con muchos lados, y no sólo una moneda de dos caras. Agradezco su interés y su preocupación (porque podrían haberme odiado y rechazado, y porque sé que algunos de ellos ayudaron a mis padres durante su propia salida del armario), pero no comparto el pensamiento de que el ideal de la experiencia de vida humana sea la heterosexualidad, ni la bisexualidad. Si pudiese volver a nacer, pediría volver a ser trans, o, tal vez, tener un cuerpo intersex.

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