Archivo mensual: octubre 2010

Acciones, reacciones y manifestaciones

Como era de esperar tras las anteriores entradas, el sábado pasado participé en la acción que Conjuntos Difusos llevó a cabo en Granada por el Día Internacional de la Lucha por la Despatologización de las Identidades Trans (un poco más, y buscan un nombre largo).

Para preparar este acto dedicamos bastante tiempo, trabajo, ilusión, estuvimos pensando… Vinieron amig*s de varias partes de España, y también de otros grupos de Granada, y aunque estamos en una ciudad pequeña y no aspiramos a tener un gran poder de convocatoria, vino bastante gente. ¡Hasta salimos en el periódico! Un articulito muy pequeño, eso sí, pero más que nada.

Lo más difícil fue organizar la performance (que, para los que no sepan lo que es, se trata de un teatro «que nadie entiende», o algo así), porque éramos pocos, con la agenda demasiado apretada, sin tiempo ni local para ensayar, y sin dinero para comprar materiales. Una hora antes de empezar estábamos haciendo el primer y último ensayo, y cruzando los dedos para que no se notase mucho que no sabiamos cómo iba a quedar la cosa.

Mientras estábamos representándolo, a todos nos quedaba una cierta sensación de que estaba quedando muy desordenado, pero cuando vimos el video, nos dimos cuenta de que había quedado bien. Incluso tuvimos la suerte de que un músico callejero escogió ese momento para ponerse a tocar a unos pocos metros de donde estábamos, y tuvimos acompañamiento musical. ¡Encima el músico tocaba bien! Pero nosotros estábamos tan concentrados en lo nuestro que sólo una persona se dio cuenta.

Después, levantamiento de pancarta, lectura del manifiesto, concentración, conversación con l*s amig*s que vinieron… Igual que el año pasado fue emocionante y salimos muy contentos… aunque yo me quedé con un cierto mal sabor de boca.

Política. No me gusta, pero está hasta en la sopa. La campaña por la despatologización ha levantado reacciones en contra desde el principio, pero cada vez son más exageradas y virulentas. Y no lo entiendo, porque parece que hay una gran cantidad de personas «transexuales» que con una mano están pidiendo más o menos lo mismo que nosotros pedimos, y con la otra están lanzando duras críticas contra la Red STP, pidiendo a las personas que tienen cerca que no difundan la convocatoria de la Red, o denunciandoles como si buscasen perjudicarles y lograr que pierdan los pocos derechos que han conseguido, especialmente el acceso a la atención sanitaria.

No sé si estas personas no son capaces de comprender lo que leen, y por eso lo entienden todo mal. Eso explicaría que cuando se dice que «además de hombres y mujeres, hay más cosas», haya quien entienda «los hombres y las mujeres deben dejar de existir». Que donde dice «no queremos que se controle nuestro acceso a la hormonación y las cirugías» haya quien lea «no queremos que nadie tenga acceso a la hormonación y las cirugías».

O es, como dice un amigo, que quienes centran su vida en un proyecto o en algo concreto necesitan regularlo y controlarlo por completo para sentirse más especiales. Decir «yo soy una transexual de verdad, y los demás no pueden ni soñar con todo el sufrimiento que he tenido que pasar» te pone en un plano superior al resto. Crear una clase exclusiva en la que tú decides quien entra y quién no parece ser algo que agrada a muchas personas.

Una vez leí que el triunfo de novelas, películas y series sobre «personas mágicas» (Harry Potter, Crónicas Vampíricas y cosas así) se basaba en que hacían que el lector se sintiese especial durante unas horas. En un mundo lleno de otros seres humanos como uno mismo, donde sabemos que no somos imprescindibles y que el mundo seguirá girando tranquilamente tanto si estamos como si no, a muchos (o al menos a una cantidad de personas indefinida entre las que me incluyo) nos agrada pensar que podemos tener un talento, algo que nos hace únicos y valiosos entre todos los demás.

Lo malo es cuando, para sentirnos grandes, necesitamos hacer que los demás sean más pequeños. O cuando buscamos sentirnos mejores, pero para ello, en lugar de aspirar a la excelencia, procuramos hacer que los otros sean peores que nosotros. Me temo que yo también he recurrido a ese tipo de estrategias alguna vez, y no puedo prometer no volver a hacerlo, aunque me vigilo constantemente para tratar de evitarlo.

Sea como sea, no dejo de tener la sensación de que para algunas personas la mera existencia de la red representa un grave conflicto que hay que resolver. La Red se está convirtiendo en un enemigo a batir, o, más bien, a abatir. Porque a la hora de elegir entre superar a alguien siendo mejor que él, o superarlo derribándolo, estas personas han decidido optar por la segunda opción.

Lo triste de todo este asunto es que mientras nos ocupamos en pelear entre nosotros, atacarnos, defendernos, intentar prever por donde va a venir la próxima hostia… Estamos dispersando nuestras energías en cosas totalmente improductivas, o, lo que es lo mismo, no estamos haciendo lo que realmente necesitamos hacer. Una pena.

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Un mundo alternativo (despatologizado)

Hoy, con motivo del Día Internacional de la Lucha por la Despatologización de las Identidades Trans mi grupo (Conjuntos Difusos) ha organizado una mesa redonda sobre «despatologización y no binarismo». En principio yo ib a participar en la mesa, pero por estas cosas de la vida, no he podido ir. Si hubiese ido, esto es lo que habría dicho:

Cuando se habla de despatologización, hay que ir resolviendo varias objecciones que nos plantean los interlocutores, y que casi siempre son las mismas. Una de ellas es la siguiente: si no hubiese ningún control psicológico/psiquiátrico sobre las personas que acceden a la hormonación y las cirugías, cualquiera podría presentarse ante el médico y pedir que le cambien de sexo. La respuesta a esta objección es «Por supuesto. Esa es exactamente la idea, sí». Entonces al interlocutos se le encienden todas las alarmas. ¡Anarquía! ¡Descontrol! ¡Locura y despilfarro! ¡Peligro!

«Entonces eso sería una barra libre.»

«¿Y si luego se arrepienten?»

«¿Crees de vedad que cualquier persona está capacitada para tomar esa decisión por si misma?»

O, lo que es lo mismo: no podemos saber qué clase de ecatombe socio-sanitaria y económica ocurriría en caso de que se retirase el control psiquiátrico. Ecatombe social, porque la gente – todo el mundo, cualquiera – acudiría en masa, sin ton ni son, a pedir que les cambiasen de sexo. Ecatombe sanitaria porque luego algunas de las personas que solicitaron el cambio de sexo, se encontrarían con que se habían automutilado de manera irreversible. Ecatombe económica, porque, enci,a, queremos que todo esto lo pague el sistema público de salud.

La cuestión es que en realidad sí sabemos qué ocurriría si las personas pudiesen acceder a las hormonas y cirugías de «reasignación sexual» sin un control psicológico previo, porque existen muchos paises en los que esto se hce así, hoy en día. Ecuador es uno de estos paises, y no es el único.

En Ecuador cualquiera puede ir al médico y decirle «quiero operarme», o «quiero que me controle la hormonación». No me refiero con esto últimoa que se receten hormonas, sino a que se indique cuanta cantidad de ellas suministrarse, en qué presentación (¿parches, pastillas, gel, inyecciones?) y se realicen las revisiones médicas necesarias para controlar que el tratamiento no está teniendo efectos secundarios indeseados, ya que en Ecuador, la venta de hormonas es libre. Cualquiera puede ir a la farmacia y pedir testosterona o antiandrógenos. En concreto, si queréis testosterona, la venden en cualquier farmacia de la cadena Fybeca.

Y no pasa nada. La gente no acude en masa a cambiar de sexo, ni se producen dramáticos arrepentimientos que trucan la salud y las visas de las personas. Las personas trans gozan de autonomía total para modificar sus cuerpos sin la supervisión de un psicólogo benefactor que les impida hacerse daño. Curiosamente no se hacen daño.

Pero es menteria que no ocurre nada. Sí que ocurre. Ocurre que las personas trans están más tranquilas y son más libres porque no tienen que preocuparse de si les van a permitir acceder o no a los tratamientos que necesitan, ni tienen que preocupars de qué ocurrirá si se arrepienten, ni tienen que adaptarse a ciertos patrones de comportamiento prescritos por el médico para demostrar que merecen poder modificar sus cuerpos.

Bien, en realidad, algunas sí se hacen daño, pues se suministran dosis de hormonas incorrectas, se operan en lugares insalubres, se inyectan silicona industrial líquida… Porque sí hay un elemento de control que restringe selecciona quien tiene acceso a los servicios sanitarios y quien no. Este elemento de control es el dinero. Quienes lo tienen van al médico, y quienes no lo tienen, no.

No es fácil ser trans en Ecuador. Transexualidad y prostitución están, en muchos casos, unidas de manera inevitable. Muchas personas trans no tienen que preocuparse por si se arrepentirán en el futuro de los cambios que hagan sobre su cuerpo porque no saben si tienen futuro. Puede que mañana no estén vivas. No saben si la policía les dará una paliza (esto ocurre cada vez con menos frecuencia), si un cliente intentará matarlas, o quizá sean presa de un homófobo que las matará sin consecuencia, porque nadie investigará el crimen. Sus vidas no son importantes para nadie, no merecen ser lloradas.

Por eso, más que si se arrepentirán en el futuro, les preocupa si comerán mañana, si tendrán clientes, si podrán pagar el taxi para volver a casa, o el alquiler de su misérrima pieza. Las prostitutas trans de las calles de Quito son ancianas a los 30 años. ¿Qué futuro puede preocuparlas?

Todo esto por ser mujeres, y por ser trans. Ese e el precio que tienen que pagar por ser distintas y lo pagan cada día, sin plantearse adoptar una identidad masculina para salir de ahí.

A pesar de todas las circunstancias adversas, en Ecuador florecen las más diversas manifestaciones de género. En una sociedad profundamente binaria, donde el papel del hombre y la mujer está perfectamente definido y muy diferenciado, se dan también las circunstancias apropiadas para que florezca una enorme variedad de géneros que no tienen ni nombre ni forma definida. No hay locura, ni trastorno, ni sufrimieno más allá del que los demás les inflingen. Sólo hay el ser felices siendo como son, y punto.

El que no haya una ámplia cultura y literatura médica indicándote como tienes que ser para ser una auténtica persona trans, etiquetando, catalogando, clasificando, evaluando y juzgando si eres como derías ser, es la libertad que allé tienen y aquí nos falta. La libertad para inventarte quien quieres ser sin que nadie venga a decirte que tienes un transtorno mental que te hace sentir descontento con tu sexo pero que no es disforia de género, y que nadie puede ayudarte a superar (o curar), pero que está claro que no se va a resolver modificando tu cuerpo.

Eso es lo que pasaría si cualquiera pudiese acceder, sin control psicológico previo, a las hormonas y cirugías. Libertad para las persnas trans. Tranquilidad, felicidad. Eso es lo que pedimos.

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Día Internacional de Lucha por la Despatologización de las Identidades Trans en Granada

Un año más, Conjuntos Difusos participa en el Día Internacional de Lucha por la Despatologización de las Identidades Trans, convocado por la Red Internacional por la Despatologización Trans (Campaña STP 2012), bajo el lema «Las identidades trans no son una enfermedad».

Conjuntos Difusos realizará las siguientes actividades en Granada en apoyo a la Campaña Internacional STP 2012:

 

Jueves, 21 de octubre de 2010

Mesa redonda con la participación de integrantes de Conjuntos Difusos.

Lugar: Salón de Grados, Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, Universidad de Granada, c/ Rector López Argueta s/n, Granada.

Hora: 19 hs

Sábado, 23 de octubre de 2010

Concentración y performance

Lugar: Plaza de las Pasiegas, Granada

Hora: 13 hs

¡Ven y participa!

Para más información sobre la Campaña Internacional STP 2012: www.stp2012.info

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Yo voy a ir, así que si alguien se apunta, allí nos vemos.

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Problemas de identificación.

Muchas personas trans que conozco suelen comentar que tienen muchos problemas porque su imagen no concuerda con el nombre que aparece en el carnet de identidad. Desde miradas sorprendidas hasta acusaciones de subplantación de personalidad, hay de todo, y es suficiente como para disuadirles de hacer cosas que para casi todo el mundo son cotidianas, como pagar con targeta, apuntarse a un gimnasio, estudiar…

Desde que yo empecé a hormonarme he cogido cuatro vuelos, con una escala en cada vuelo (en el último año he viajado mucho en avión… antes no viajaba tanto), lo que supone hacer 4 check-in’s y mostrar billete y documentación ocho veces, e identificarme en 4 aduanas. Además, he pasado por once controles policiales (con las hormonas se me debe haber puesto cara de sospechoso o algo así), he solicitado un visado para permanecer temporalmente en un país extranjero, he pagado innumerables veces con targeta, he recogido paquetes postales… y en todo este tiempo no he tenido ningún problema digno de mención. Como mucho, alguien me ha preguntado con sorpresa «¿Usted se llama Elena?»

A lo mejor el motivo por el que no tengo problemas es que la foto que tengo tanto en el DNI como en el pasaporte es una foto actual. Vamos, que se ve claramente que soy yo. No como en el carnet de conducir, que tiene una foto de mi hermana. Y claro, si la foto no se parece, y el nombre tampoco… es normal que la gente ponga caras raras y pregunte de quién es ese carnet. Se supone que son «documentos de identidad», es decir, que tienen que servir para identificar a la persona que lo lleva.

Aunque nos identifica mal. A menudo recuerdo una anécdota que contaba un amigo ecuatoriano. Este chico recibió una denuncia que le habían puesto, sólo que como el nombre que usa no es el mismo que su nombre legal, el juicio nunca se llevó a cabo, puesto que la persona denunciada, en realidad no existía.

No estoy teniendo problemas con el DNI, pero sí con los administrativos. Y además es muy cansado. No importa si se trata de ir al médico, de ir a la academia donde preparo las oposiciones, o de matricularme en la universidad. Cada vez que me cruzo con una administrativa (y digo «una» porque, por algún motivo, son todas mujeres) y le pregunto si es posible que en vez de anotarme en donde sea que me está anotando con mi nombre legal lo haga con el nombre de Pablo, me encuentro con la misma respuesta: «no se puede».

No se puede, porque ahora todo está informatizado, y los datos llegan desde una base de datos central a la que ellas no tienen acceso. Tratar de pensar en algo que no sea lo que hacen cada día 300 veces les resulta muy difícil, es mucho más sencillo decir que no se puede y ya está. Simplemente, tachar y hacer una rectificación a mano, se convierte en algo complicadísimo, de consecuencias desconocidas e inapreciables, que incluso da algo de miedo.

Siempre hay que ir más arriba. Si es un hospital, al médico. Si es una empresa privada, a la administración central. Si es la universidad, entonces más vale dibujar un mapa, porque ahí ya sí que se pierde uno. No es que me queje de que alguien me haya tratado mal, al contrario, todo el mundo se apura mucho y hace lo que puede… solo que lo que puede es muy poco, lo que hay que hacer es muy complejo. Un nivel de dificultad absurdo para algo tan sencillo como substituir cinco letras por otras cinco distintas.

Por otra parte, nada de esto ocurriría si el Estado reconociese mi nombre en primer lugar. Cuando pienso en esto, me doy cuenta de que en realidad estoy siendo un poco injusto. Protesto y reclamo ante las personas a las que tengo acceso, las que están más abajo (incluso cuando me dirijo a quienes están por encima de las administrativas, siguen siendo personas que están más abajo que el juez del registro civil, o que el legislador que crea las leyes que me están causando problemas), y las que en realidad no tienen culpa ninguna. Sin embargo, parece que no hay manera de dirigirse directamente hacia los primeros que deberían reconocer mi identidad. Tal vez con quien debería hablar es con el defensor del pueblo, no con el defensor del estudiante de la universidad.

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3er Encuentro Europeo Trans de TGEU en Malmo.

El fin de semana pasado tuve la suerte de poder ir al 3er Encuentro Europeo Trans de TGEU en Malmo. TGEU significa «Transgender Europe», y es una organización que agrupa a personas y organizaciones trans de gran parte de Europas, y que todavía se encuentra creciendo.

El encuentro… pues su propio nombre lo dice. Una reunión de personas trans de varios paises europeos para tratar temas que en principio nos interesan a tod*s.

Cuando supe que iba a poder ir al encuentro (la organización concedió algunas becas, y tuve la suerte de recibir una, de lo contrario, no habría podido permitírmelo) no tenía claro qué esperar. ¿Un montón de personas trans perfectamente metidas en su rol de hombres y mujeres normales y corrientes? ¿O quizá un grupo menos binario y más alternativo? ¿De los que están plenamente convencidos de que la transexualidad es una enfermedad que debe ser curada y reconocida como tal, o partidarios de la despatologización?

Respecto a Suecia… no tenía tampoco mucha idea de como es ese país. Ikea, mucho frío, calles limpias y bicicletas, era todo lo que me venía a la mente. Cuando empecé a hablar con mis amigos de que iba a pasar unos días a Suecia, algunos me hablaron del gran nivel de vida que hay por allí.  Y de lo caro que es todo. Encima, no hay euros, sino que la moneda es la corona sueca (pero la equivalencia con el euro es muy sencilla, 10 coronas vienen a ser un euro). ¡Ah! Y que hablan muy raro y tienen algunas vocales que en España no existen, aunque la mayor parte de la gente habla inglés de manera fluida.

Con estas cuatro cosas en la cabeza salí de viaje para Copenhage. Resulta que Malmo está muy cerca de Copenhage, a tan sólo 20 minutos en tren. Eso sí, las vías del tren pasan por encima del mar. En el viaje de ida no lo pude ver, porque era de noche, pero a la vuelta sí que tuve la ocasión de disfrutar de la increible vista que hay desde un tren que pasa sobre el mar. ¡Menudo puente!

Lo cierto es que durante los días que duró el congreso se me cayó el mito de que Suecia es un país pacífico donde todo el mundo respeta a todo el mundo. Los pocos suecos con los que traté fuera del encuentro, me parecieron ásperos y un poco cuadriculados de mente. Además, el grupo de activistas que vino de Turquía fue atacado dos noches seguidas (¡también es mala suerte!), y cuando fueron a la policía a poner la denuncia correspondiente, les trataron fatal, sin respeto ninguno, utilizando nombres y pronombres equivocados, teniendo que responder a preguntas sobre cuestiones personales que no tenían nada que ver con lo que estaban denunciando, y teniendo que dar también explicaciones respecto a su derecho a estar en Suecia.

Ser turco o ser trans son dos motivos de discriminación que ya por separado te ponen las cosas suficientemente difíciles, pero cuando se juntan la situación se hace complicada de verdad. No quiero decir que por que hayan ocurrido estos incidentes Suecia sea un país transfóbico y racista (si el encuentro hubiese tenido lugar en Madrid o en Barcelona, tal vez también habrían habido los mismos problemas), pero sí que es verdad que se me ha caido un mito.

El último día del congreso se organizó un grupo de trabajo de donde salieron dos iniciativas, por una parte la redacción de una declaración de protesta por lo ocurrido, y la segunda, la organización improvisada de una manifestación. Con el poco tiempo del que disponíamos, terminamos agotad*s, pero al final todo estuvo listo en el momento adecuado.

Al margen de esto, el Encuentro fue muy agradable. Conocí a un montón de personas, algun*s de l*s cuales tenía ganas de ver en persona, porque teníamos vari*s conocid*s en común, y una relación virtual vía Facebook. Me reencontré con gente que hacía tiempo que no veía, y pude hablar con personas que provenían de lugares y experiencias totalmente diferentes a las mías. Allí había de todo, desde persona trans «clásicas», hasta otras que no se sabía si eran hombres, mujeres, ambas cosas, ninguna de ellas, todo lo anterior, si estaban transitando, si no transitaban, de dónde a dónde iban…

También había todo tipo de ideas políticas, desde las personas más conservadoras hasta las que estaban abiertas a todo tipo de nuevas vías para hacer las cosas. Conocí a una de las pocas personas trans (y de las pocas personas europeas) que forman parte de la WPATH y que nos contó anécdotas sobre la manera en que los profesionales de la salud mental «expertos» en transexualidad buscan excusas para desoir las opiniones de las propias personas trans o sacarlos del debate respecto a como les gustaría ser tratados.

Respecto a los talleres y ponencias, me quedé un poco desconcertado. Si normalmente el activismo español me resultaba demasiado académico, un poco alejado de la realidad y perdido en debates que no sirven para resolver las necesidades más inmediatas de las personas trans, al lado de lo que vi que se hace en Europa (o en el norte de Europa, más bien), parece que somos super prácticos y cañeros. Parece que España está como atrapada entre Europa y América Latina, en un punto intermedio que no sé hasta qué punto es voluntario. No sé si es que los españoles nos hemos creido que somos europeos demasiado rápido y nos hemos olvidado de la gran cantidad de problemas que nuestra sociedad todavía arrastra, o si en realidad lo que ocurre es que en toda Europa hay los mismos problemas que aquí, sólo que los demás están todavía más aletargados que nosotros, mientras que los españoles andamos sólo intentando coger el sueño europeo. O a lo mejor es que en el equilibrio está la virtud, aunque a mi modo de ver, todavía estamos muy lejos de poder considerarnos «virtuosos».

En definitiva, volví muy contento del Encuentro, con muchas cosas sobre las que pensar y también con ganas de hacer cosas. Las pilas un poco más cargadas y consciente, una vez más, de que la realidad de las personas trans es mucho más ámplia de lo que algun*s se empeñan en hacernos creer.

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