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Post «post-exámenes»

Esta vez ha sido jodio. Me diréis que esa no es ninguna novedad, que siempre es jodido. Sin ir más lejos, en la última evaluación de febrero, dos días antes de que mis padres me echaran de casa, recuerdo que iba andando a la tienda y tuve que pararme a mitad de camino, totalmente mareado y sintiendo que mi cuerpo hacía sonar la señal de alarma: si no bajaba el ritmo, algo malo iba a suceder. Estar jodido era mi día a día. Luego, la gran discusión, buscar un piso nuevo, decidir qué sacaba de casa y qué me llevaba (porque algo me decía que mis padres iban a cambiar la cerradura, y si me dejaba algo importante allí,  ya no lo podría recuperar), y luego, qué cosas se tendrían que quedar en España (en casa de M. que amablemente me las está guardando) y qué cosas me podría traer a Reino Unido… Fue jodido, pero aprobé. Y seguí estudiando. A partir de entonces, todo ha sido mucho mejor para mí, pero aun así, la cosa estaba jodida de cara a la próxima evaluación. Desde febrero he estudiado en: la cama estrecha, pero confortable, de la casa de G., la señora rusa que me alquiló una habitación, y luego convirtió la cama en una cama doble, cuando K. venía a visitarme, prestándome otra cama individual que era de su hijo, pero que ya nadie usaba porque él se había ido a Rusia. He estudiado en el comodísimo sofá cama de la casa de mi hermana, en Wallasey, y en la maravillosa Central Library de Liverpool (una de las bibliotecas más agradables que he visitado, capaz de mezclar valor histórico con usabilidad en el presente), en el colchón puesto en el suelo de la acogedora habitación de Lara, que me dejó quedarme con ella durante un mes, en el escritorio (¡Por fin un sitio apropiado para estudiar, después de tanto tiempo rodando de cama en cama!) de mi nuevo y confortable piso, y en una habitación cochambrosa de un Bed & Breakfast de Londres, donde estuve repasando antes del exámen de Derecho Penal. En el sofá de Carlos, que también me acogió durante unos días, junto a su fantástica familia, y me ayudó a encontrar (y a conservar) el trabajo que ahora tengo, no tuve tiempo de estudiar. He cargado los libros a mi espalda a través de estaciones de autobuses, trenes y aeropuertos. El recorrido de mi viaje se ha ido plasmando también en ellos: manchas de restos de los bocadillos, arrugas y dobleces, y los folios subrayados con distintos bolígrafos y rotuladores, a medida que se me iban terminando los que tenía y no sabía dónde comprar más. Sin embargo, una vez más, he salido contento de los exámenes. Decidí dejar de estudiar Derecho Eclesiástico, la más fácil y bonita de las asignaturas que tenía para este cuatrimestre (al contrario de lo que cabe esperar por su nombre, pero el nombre es engañoso), y dedicarme a las otras dos: Derecho Penal, muy difícil por lo extensa, y de Derecho Financiero y Tributario, muy fea, y que si consigo aprobar será sólo gracias a que uno de los profesores se tomó la molestia de grabar 25 videoclases de una media hora de duración, gracias a las cuales por fin conseguí enterar más o menos de qué iba la película. Para poder prepararme y hacer los exámenes, por primera vez, no he tenido que faltar al trabajo: pedí vacaciones, y me las dieron. Es la primera vez en 12 años que alguien me paga sin trabajar, aparte de cuando estuve de baja por la operación del año pasado. Las vacaciones molan, incluso cuando son sólo para estudiar hasta que ya no puedes más. El regreso a la vida cotidiana tampoco fue muy fácil, ya que no era el único en la tienda que había decidido tomar vacaciones, y los pocos que quedábamos tuvimos que cubrir las horas de los que no estaban. Hoy por ti, mañana por mí… en 7 días, trabajé 74 horas. Eso son entre 10 y 11 horas al día, todos los días, sin descansar. Cuando por fin tuve mi primer día libre, empecé a contar hacia atrás cuanto tiempo llevaba sin tener un rato para no hacer nada. Un rato para, dedicarme, simplemente, a tomar el sol. Llevaba 7 días trabajando sin parar, pero los días de “vacaciones” habían sido para los exámenes. Antes de eso, ya habíamos tenido unos días extra de estrés en el trabajo, y todo el mes me lo había pasado preparándome los exámenes como un loco. El mes anterior, estresado buscando piso, y con el nuevo trabajo. El mes de antes, buscando trabajo. El mes de antes, cerrando la tienda, y con los exámenes de febrero… ¿Cuándo había sido la última vez que realmente había tenido la oportunidad de relajarme sin tener ninguna preocupación? Mi memoria me llevó a algún punto, 6 años atrás, dopado de Prozac, estudiando a tope una oposición que sabía que no aprobaría porque las plazas iban a ir a manos de otra que nunca había aprobado la oposición, pero llevaba años dando clase, mientras que yo, aprobado sin plaza, tenido la oportunidad de trabajar como profesor ni una sola hora. En aquella época, compaginaba la oposición con el trabajo en la tienda de mi madre, que comenzaba a resentirse a causa de la incipiente crisis. Cada mañana me levantaba sintiendo que me ponía un disfraz, que mi cuerpo y mi cara eran el disfraz, y que nadie a mi alrededor me conocía. Vivía entre la angustia de no poder ser yo mismo, y el miedo a lo que podría pasar si decidía serlo. El último momento de descanso auténtico que he podido tener hasta ahora tuvo que ser anterior a ese momento, seis años atrás, porque después de eso tomé una decisión que hizo que todo se volviese más difícil aún. Se abrió una época en la que se cumplieron mis peores expectativas, mis peores miedos, pero al mismo tiempo conseguí llegar mucho más allá de mis mejores sueños… hasta ahora seis años después. El primer día en que por fin podía sentarme a tomar el sol, sin ninguna preocupación en la cabeza.

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Crear un minuto de felicidad

Hoy vino una chica trans a la tienda. En el trabajo, estábamos muy ocupados, preparando las cosas para el inicio de la temporada de verano. Mientras un compañero se afanaba haciendo un nuevo pedido, yo me acercaba a comprobar el precio de las nuevas camisetas que debía marcar. En la calle, llovía seriamente. No esta lluvia fina, tan habitual en Edimburgo, que a penas cala, sino una lluvia de verdad, de las que dan ganas de asomarse a la calle, simplemente a ver llover.

Entonces entró ella, a preguntar cuando valía un paraguas. La voz la delató a la primera como mujer trans, y a partir de ahí, no necesité más que un vistazo rápido. Le dije el precio y ella me dijo, en inglés, que no hablaba inglés. Por el acento y el color, pensé que podría ser sudamericana.

– ¿Español? – le pregunté

– Sí – dijo ella.

Volví a repetirle el precio en español, mientras me preguntaba si debía contarle que yo también soy trans. Quería contarle que, de algún modo, la conocía. Quería decirle que aquel era un lugar seguro,  donde no tenía que preocuparse de su voz, donde nadie le iba a tratar con el género equivocado, porque veía el temor en sus ojos, en su gesto recogido, en el esfuerzo para que su voz sonara bien.

Pero si se lo hubiese dicho, habría sido como declarar que se le nota lo trans. Ella lo sabe, claro, y no sólo porque seguro que en su casa tiene un espejo, sino porque probablemente todo el mundo se empeña en recordárselo una y otra vez, de las maneras más desagradables. Porque cuando eres una mujer trans, y se nota, no existe ningún lugar seguro.

Por eso, decidí callarme. Decidí hacer una cosa mejor.

– Bueno… español no. Mejor dicho, española – aclaré al cabo de un momento, mientras mi compañero terminaba de hacer su pedido,  pensando que ella podría estar preguntándose si me refería a que si hablaba español (que era lo que quería preguntar), o si me refería a que si era español. Ella sonrió, y yo volví a rectificarme a mí mismo -. Bueno, española tampoco. Lo que quería decir es que hablas español ¿De donde eres?

– De Brasil ¿y tú?

– ¡Hala, que lejos! Yo soy de España, del sur…

Hablamos de banalidades un poco más. «D. can you take this lady? She is buying a umbrella.», pregunté a mi compañero cuando terminó de lo suyo. Estaba tan absorto que ni se había dado cuenta de que teníamos a una clienta esperando para pagar.

Un minuto después, ella se fue con su paraguas y una gran sonrisa que no tenía cuando entró, porque para las personas trans, hay pocas cosas que nos hagan tan felices como que se nos reconozca como somos realmente, sin tratar de imponernos otra identidad, sin dudas y sin peros. Yo también continué trabajando con una sonrisa, sintiéndome bien, aunque en realidad hice lo mismo que habría hecho con cualquier otra clienta. Sin embargo, sé que lo que para las demás mujeres no es más que lo normal, para ella quizá fuese un poco de esperanza. Me alegré de haber estado hoy trabajando para ella, para venderle su paraguas.

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Inmigrante feliz

Cuando llevaba tres semanas en Liverpool decidí hacer caso a mi amigo Carlos y darme una vuelta por Edimburgo. «Aquí hay muchos sitios que tienen carteles en el escaparate buscando gente», me explicó Carlos, «y en verano las tiendas abren desde las 8 a las 11 de la noche, así que ahora están buscando gente para la temporada alta, y es más fácil que encuentres un trabajo. Así tendrás tiempo para ir buscando otra cosa para el invierno».

Carlos es uno de los amigos que lleva años diciéndome «vente pa’ Edimburgo, Pablo» (versión actual del «vente pa’ Alemania, Pepe«), así que le hice caso. Además, me dejaba quedarme en el sofá de su casa, que, por lo que me ha contado, ya ha tenido varios inquilinos que estaban más o menos «homeless» como yo.

Aún así, sólo fui a Edimburgo tres días, para no molestarle mucho. Con su ayuda, hicimos una batida por la zona centro y dejé unos 25 currículums, además de recolectar anuncios para solicitar el puesto por internet, más adelante. Dedicamos poco más de una mañana a la cuestión, por la tarde descansamos, y al día siguiente me volví.

Una semana más tarde, justo después de que escribiese la anterior entrada, el teléfono sonó. Era un sábado por la mañana y tenía previsto dedicarlo a mover muebles dentro de casa, pero el timbre del teléfono me despertó antes de que pudiese hacer nada. La persona que llamaba me quería hacer una entrevista ese mismo día, pero ese día yo no podía ir… porque estaba a 350 km de Edimburgo. Así que le pedí ir al día siguiente, y así lo hice.

Dividí las pocas pertenencias que tenía en las más fundamentales, e hice una maleta que lo mismo podía servir para equipaje de una semana, que para equipaje indefinido. Algo me decía que iba a conseguir el trabajo, así que mejor ir preparado, pero no demasiado bien preparado, por si acaso no me lo daban, que no me sintiera demasiado idiota.

El trabajo era en una tienda de souvenirs de la Royal Mile de Edimburgo. Como mi inglés no es muy bueno, no me enteré demasiado bien de la dirección, pero de nuevo mi amigo Carlos vino en mi auxilió y me dijo donde era (Carlos es una especie de guía Michelín de Edimburgo: lo sabe todo), aunque esta vez me quedé en casa de mi amiga Lara, que es otra de las que me decían que me dejara de hacer el imbécil en España y fuese tirando para acá.

Llegué a la tienda a las 10:15, aunque mi cita era a las 10:30, y vi como la abrían. Para disimular, me metí en la tienda de al lado hasta las 10:30, que volví a salir. Había cuantro personas muy atareadas, y la mánager se olvidaba de entrevistarme constantemente. Finalmente, me hizo una entrevista de unos 5 minutos, en la que hablamos de mi experiencia, y me pidió que volviera a las 13:00, ya que el jefe estaría por allí.

«Vaya huevos», pensé para mí, pero por otra parte me dije: «si me pide que vuelva, será que le he gustado». Así que con esa esperanza, volví a la 13:00. Una vez más, todos estaban muy atareados, pero aún así, conseguí darme cuenta de que el chico que estaba en la caja era español, y le pregunté qué tal eran los jefes, cómo se estaba en la empresa, y demás. Él me dijo que eran todos muy majos, y que en la empresa se estaba bien, pero que a él le iban a cambiar de tienda, y además su turno terminaba ya, así que estaba deseando irse.

Sin embargo, había un problema: la manager no tenía a nadie para cubrir su puesto, y mientras yo esperaba para que me hicieran una segunda entrevista con el jefe, la veía ir de aquí para allá, llamando por teléfono y hablando con un señor que yo me imaginé que debía ser el jefe (y efectivamente, lo era). De repente, se volvió hacia mí y me dijo «Tú me has dicho que tienes experiencia ¿Quieres trabajar?». Obviamente le dije que sí, y de buenas a primeras, con un minicursillo acelerado de 5 minutos, me vi en la caja atendiendo a la gente. Así, sin anestesia ni nada.

«El trabajo es sólo para una semana», me explicó la mánager, «pero si me quedo contenta, a lo mejor te puedes quedar más, o te puedo recomendar para que trabajes en otra tienda ¿Te parece bien?». «Claro que sí», le respondí. Y desde entonces, trabajo ahí.

Dicho sea de paso, la verdad es que el chico español debió pensar «para lo que me queda de estar en el convento, me cago dentro», y la noche anterior había estado de juerga. Se presentó en el trabajo con un resacón del 15, y apestando a whisky, pero como lo cambiaban de tienda, ya que se iba con el manager anterior, le daba igual.

Mi primera semana fue mortal. Estábamos abriendo una tienda nueva, que en realidad no era nueva, pero había estado mal gestionada anteriormente, y había mucho que hacer. Trabajé 62 horas, de manera muy intensa, pero me pagaron todas y cada una de ellas. En una semana gané más o menos lo mismo que en un mes de trabajo en España, con dos trabajos. A partir de la segunda semana, ya tenemos un horario normal, con 40 – 45 horas a la semana, y un ritmo más relajado, que a veces llega a ser hasta aburrido.

El trabajo, la verdad, me gusta mucho. Los clientes son turistas que vienen contentos a pasarlo bien, no españoles amargados que si pudieran te sacarían hasta la sangre. Los españoles que vienen están encantados de encontrarse con otro compatriota (aunque en realidad aquí hay españoles por todas partes, hay españoles hasta en la sopa, y sobre todo, los hay en las tiendas de souvenirs), y nadie es desagradable. Todos los compañeros de trabajo son super simpáticos, y el equipo es muy internacional: la jefa es japonesa, y los demás somos, un mexicano, una estadounidense, un chico italiano, y otra italiana que no trabaja siempre en la empresa, porque no le gusta demasiado. No hay escoceses, principalmente porque ningún escocés viene a pedir trabajo a este tipo de tiendas. Como suele ocurrir, los inmigrantes hacemos el trabajo que los del país no quieren hacer, pero, la verdad, yo estoy contento con lo que hago, así que no me voy a quejar.

El resumen de mi búsqueda de trabajo es:

Tiempo en encontrar trabajo desde que llegué al país: un mes justo.

Número de currículums dejados: incontables.

Entrevistas realizadas: 2

Tiempo empleado en la búsqueda de trabajo en Edimburgo: 1 mañana

Reconozco que he tenido tres ventajas fundamentales: amigos y familia que me han ayudado desde el principio, un nivel alto de inglés (que al llegar aquí se convirtió en a penas suficiente, aunque hay gente que habla peor que yo, y también tienen trabajos que les gustan), y mucha suerte. Llegué en el momento adecuado al lugar adecuado.

Me siento muy feliz. Por primera vez en años, tengo un salario que me permite vivir como una persona, y no me paso los días y las noches contando céntimos, preguntándome cómo voy a pagar las facturas, o si podré comprar comida mañana. Hago algo que me gusta, y luego me sobra tiempo para dedicarlo a otras cosas que también me gustan, como la.trans.tienda, escribir o estudiar. Puede que este invierno aprenda a coser a máquina. Vivo en una de las ciudades más bellas de Europa, y tengo amigos con los que disfrutarla. Sólo falta que K. venga aquí, para que todo sea perfecto, y eso ocurrirá dentro de dos meses.

Mi único miedo, la única preocupación, es que todo parece demasiado bueno para ser verdad. Cuanto mejor me encuentro, más miedo siento de que ocurra una nueva catástrofe que me tire todo al suelo y tenga que empezar de cero por tercera vez. Es un temor irracional, que se me engancha en el estómago, y al pecho, acompañado por una vocecilla que me susurra que no merezco nada de esto, y que pronto en el trabajo se darán cuenta de que pueden encontrar a alguien mejor y me despedirán. Una voz que no es más que el eco de otras voces reales que durante años me han estado diciendo que yo no servía para nada, y que siempre tendría que estar «chupándole» a alguien sus recursos para poder vivir. Unas voces que debo aprender a olvidar, ya que no pienso permitir que nadie vuelva a decirme tal cosa nunca más.

En las siguientes entradas hablaré de mis aventuras para conseguir la testosterona (y la aguja, que casi fue peor), y cómo he aumentado mi nivel de vida al comprar una cafetera. También hablaré sobre mi nuevo apartamento, y cómo pasé de ser un okupa de los colchones y sofás de mi hermana y amigos, a un arrendatario con todas las de la ley (aquí les llaman «tenant», es decir «teniente»).

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Una buena semana (I)

En el momento de escribir esto, acabo de cumplir las tres semanas desde que mis padres me echaron de casa. En este tiempo sólo he hablado con mi madre una vez, por teléfono, y no fue una gran conversación.

La primera semana fue un poco dura, pero poco a poco me fui acostumbrando. He tenido mucha suerte con G. y L. (las chicas con las que estoy compartiendo piso, que ya comenté que son madre e hija). Son muy amables y agradables, y se esfuerzan por hacerme sentir en mi casa.

Mientras tanto, yo me esfuerzo por dejar de querer. He querido mucho a mis padres, pero ahora me estoy quitando. Después de todo, si ellos piensan que soy tan horrible, y les ha costado tanto esfuerzo ayudarme, y yo tampoco tengo una gran opinión de ellos ¿Qué sentido tiene mantener el lazo sentimental?

Hacerlo es más difícil que decirlo, pero estoy haciendo buenos avances en ese sentido.

En ello estaba, esforzándome en mantener el corazón frío y la mirada al frente, cuando por fin K. terminó sus exámenes (yo terminé los míos una semana antes). Tenía el último examen por la mañana temprano, y convenció a sus padres de que la recogiesen a la salida y la llevasen corriendo a la estación de autobuses. Todos (incluido yo) le decíamos que se lo tomase con calma, a ver si con las prisas iba a suspender el examen y no iba a servir de nada haber pasado tanto tiempo sin vernos. Suspender una asignatura sólo por ganar dos o tres horas es algo que no tiene mucho sentido.

Sin embargo, ella insistió, y consiguió llegar a coger el autocar que se proponía. Yo me pasé toda la mañana mirando el reloj y preguntándome por qué  los minutos pasaban tan despacio.

¿Te ha pasado alguna vez no darte cuenta de cuanto necesitabas algo hasta que por fin lo tienes? A mí me pasó eso cuando K. entró por la puerta. Fue como si hubiese estado todo el mes lloviendo y de repente hubiese salido el sol. No me daba cuenta de lo mal que estaba, hasta que llegó ella y dejé de estar mal.

– ¡Cuánto has adelgazado! – me decía mientras me abrazaba y sus manos palpaban los lugares donde después de navidad se habían acumulado unas buenas reservas de grasa, que naturalmente desparecieron después de estar cinco días prácticamente sin comer, y una semana más con la despensa puesta en modo de emergencia.

Ella traía la solución a mi adelgazamiento repentino (aunque en realidad, no me vendría mal adelgazar un poco más). Cuando llegamos a casa, empezó a sacar comida de sus bolsas. Una tortilla de patatas gigante, hecha con huevos de las gallinas de sus padres, y una docena más de huevos, por si me parecía poco, una gran fiambrera llena de deliciosas magdalenas, dos barras de pan, y suficientes croquetas de jamón como para invitar a todos los vecinos del edificio (un edificio de 6 plantas, con 4 pisos en cada planta). Todo ello preparado por su madre, y todo buenísimo.

Después de comer, G. y L. me ayudaron a trasladar una cama que no estaba siendo utilizada hasta mi habitación. Tuvimos que mover varios muebles, pero a ellas no les importó, aunque realmente fue una molestia para ambas.

Algo más tarde, cuando por fin estaba todo listo, y me encontraba tumbado junto a K. me di cuenta de que en ese preciso momento era muy feliz.

El resto de la semana fue a mejor, excepto por una cosa, y es que ya me ha llegado la carta de pagos de la universidad. Me han denegado la beca porque, al parecer, mis titulaciones son equivalentes al nivel de grado. Luego, a la hora de presentarme a una oposición, o de acceder a otras titulaciones académicas me dicen que no, que mis titulaciones (una diplomatura y el CAP) son inferiores al grado. He escrito al Ministerio de Educación y me han respondido que no hay ninguna normativa al respecto. Al parecer, a falta de normativa, la interpretación siempre se hará en contra de mis intereses. Qué suerte tengo.

Estuve planteándome si me merecía la pena pagar la matrícula o no ¿Seré capaz de continuar estudiando una vez que esté fuera? ¿Tendré suficiente fuerza de voluntad? ¿Podré arreglármelas para ir a los exámenes? ¿Merece la pena continuar estudiando, si no tengo claro que llegue algún día en el que pueda acceder a estudiar una carrera en Reino Unido, debido a los altos precios y las trabas que pueda haber para los inmigrantes? ¿Habré aprobado algún examen, con todo lo que se me ha venido encima?

Sin embargo, tras considerarlo detenidamente, decidí pagar la matrícula, principalmente porque el derecho me apasiona y no pienso dejar que la transfobia de mis padres me quite la posibilidad de estudiar. Dicho de otro modo, llegado el caso, prefiero dejar de comer que dejar de estudiar.

Así que como la liquidación va moderadamente bien, y me he propuesto esforzarme al máximo para conseguir un trabajo lo antes posible, sea de lo que sea, al final pagué la matrícula, que “tan sólo” son 367€. Comparados con las 4.500 libras que cuesta pagar medio curso en una universidad inglesa, es una minucia.

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Exiliado

El miércoles pasado, mis padres me echaron de casa por segunda vez. La primera fue hace años, y fue más bien una “sugerencia” (procura haberte ido de casa antes de que empieces a hormonarte, porque no queremos a un tío en casa). Yo estaba en proceso de salir del armario, y no tenía muchas cosas claras, pero sí que tenía claro que, con hormonas o sin hormonas, era un hombre, así que me fui. Era septiembre de 2009, y escribí de ello en este blog (podéis buscar la entrada correspondiente).

Con el paso del tiempo, las cosas parecieron ir a mejor. Mi madre, la misma que me pidió que me fuera, me pidió que volviera. Volví, y al cabo de un año ellos se marcharon de la casa, dejándomela a mí, al igual que la tienda. Mi madre empezó a hablarme en masculino. Mi padre, durante algún tiempo lo intentó (pero pronto desistió de ello). Pasé mucho miedo cuando les dije que estaba en lista de espera para operarme ¿Qué dirían? Pensé que me vería sólo en el hospital, y que tendría que arreglármelas sólo cuando me dieran el alta.

Pasé mucho miedo cuando cambié el DNI, así que no se lo dije hasta que pasaron varios meses. Tampoco les había dicho que estaba empezando una tienda online para travestis, ni que me había dado de alta en la Seguridad Social por ese motivo (aunque he trabajado en su tienda durante muchos años antes de que me la dejaran a mi cargo, nunca me dí de alta, porque “para qué pagar tanto”, así que mi pasado es una laguna en blanco en el mercado laboral). Un día, mi padre llegó a casa (esa en la que no viven, pero que visitan de vez en cuando), fue a usar la impresora, y se la encontró sin tinta. Amenazó con echarme de casa, y me hizo comprar 8 cartuchos, que ahí siguen sin usar, dos años después. Durante la bronca monumental le conté todo lo del DNI, lo de la seguridad social, la transtienda… y entonces estuvo considerando seriamente la idea de echarme de la tienda.

Me preguntaron por qué les había mentido en todo eso, y mientras seguía “chupándome lo suyo”, y yo les dije la verdad: que tenía miedo de cómo reaccionaran. Eso pasó en noviembre de 2012.

En esta ocasión, llegaron a casa el miércoles pasado, y en honor a la verdad debo decir que estaba desordenada. Platos sin fregar de dos o tres días, ropa sucia en el suelo del cuarto de baño, algunas cosas en el comedor y… una polla de goma sobre la mesilla de noche mi padre. Lo reconozco, en la escala de meteduras de pata, del 1 al 10, eso es un 12. Sin embargo, en mi opinión, eso no entra en la escala de motivos para echar a un hijo de casa.

Me echaron de casa con todas las letras. No fue un calentón: estuvieron pensándolo toda la mañana. No fue una sugerencia del tipo “creo que sería mejor que te fueras”, ni “nos gustaría que te fueras buscando un piso”. Fue una bronca con gritos, con mucha ira, con la prohibición de volver a hacerme cargo nunca más de los asuntos de mi padre mientras él esté en vida (dice que le va a dar un papel a mi hermana, para que conste, pero en mi opinión debería dármelo a mí, ya que hacer ese tipo de gestiones cuando la persona está incapacitada es obligación de los hijos, según el código civil, y debería ser yo el que pueda demostrar que no tengo ni la obligación, ni la autorización para hacerlo), con lágrimas por parte de ellos, por la cosa tan terrible que yo había hecho.

Yo en su situación ¿me habría enfadado? Probablemente sí, aunque probablemente al final habría terminado hasta haciéndome gracia. Sin embargo, creo que detrás de todo esto hay un arranque de transfobia que se está gestando desde que llevé una novia a casa. Porque en la mente de ellos, las personas transexuales seguimos siendo los pervertidos y pervertidas que se cambian de sexo para hartarse de follar en una orgía continua de drogas, corrupción, vicio y desenfreno. Claro, K. parece muy buena niña, muy inocente y tímida, pero si fuese una persona como Dios manda, no estaría conmigo. Algo malo debe de tener, así que uno puede esperarse cualquier cosa: que robe en casa, que lo deje todo destrozado, o que montemos una orgía transexual en la casa. No quiero saber qué imágenes de desenfreno sexual y pervertido están en la mente de mis padres, y diría que ellos tampoco quieren saberlo. Parece que es más fácil ignorar la propia transfobia que enfrentarse a ella.

Mi madre dice que no me echan por ser trans, sino por ser un guarro. Yo creo que me echan por ser trans, y por puta. Es extraño, pero de algún modo, ese pensamiento (el de que me han echado de casa por puta, aunque no lo sea) me hace sentir orgullo.

Mis amigos me están ayudando (tengo mucha suerte con ellos y ellas). En unas horas, uno ya me había encontrado un lugar donde quedarme, que me puedo permitir pagar. Ahora vivo en una habitación alquilada en el piso de una señora rusa que vive con su hija, y se encuentra con algunos problemas para pagar el alquiler. Además, la familia tiene a tres miembros más: una gata y dos hurones. Por suerte, es una gata simpática y no territorial, y ya nos estamos haciendo amigos. Los hurones están casi todo el día en su jaula, pero cuando los deja sueltos un rato, son unos animalitos simpáticos que todo el rato quieren jugar.

La habitación es mediana tirando a grande, aunque la cama es un poco estrecha, pero cómoda. La única pega es que es una habitación interior que da al lavadero, y, además, tiene un solo enchufe, pero de momento no necesito más de un enchufe, así que está bien.

Por otra parte, la señora rusa es muy simpática y hace lo que puede para que me sienta cómodo. Su hija, que es adolescente, no está muy feliz con la situación, aunque en realidad tampoco creo que estuviera muy feliz antes. Sin embargo, no resulta antipática, sino simplemente antisocial, así que tampoco es algo tan malo. Además, va a ser sólo por un mes.

He decidido emigrar. Cuando estaba buscando un piso donde quedarme, la parte de mi mente que sabe exactamente cuanto dinero tengo hasta el último céntimo, iba echando cuentas. Si con el dinero que gano a penas me da para vivir, cuando tuviese que pagar un alquiler, las cosas se iban a poner realmente difíciles ¿Y si en vez de buscar piso en Motril buscase trabajo en Reino Unido? A lo mejor me costaba el mismo trabajo… puestos a buscar… En ese momento, K. me dijo “¿y si buscas trabajo en el extranjero?”

En realidad, la idea de buscar trabajo en Reino Unido no es nueva para mí. Llevaba mucho tiempo rondándome. Por una temporada, prácticamente la había descartado, a pesar de que mis amigos que están allí me decían que soy tonto. De repente, era lo único que tenía sentido. En cuestión de segundos, todas las piezas del plan encajaron en mi mente con facilidad y se formó el plan.

El plan es conseguir un alojamiento temporal para un mes y medio (conseguido, a la señora que me realquila no le importa que esté poco tiempo), mantener la ferretería abierta durante el mes de febero y ponerla en liquidación. Convertir en dinero todo el material que pueda hasta que termine el mes, y entonces darme de baja de la Seguridad Social, y de Hacienda. Mientras tanto, cerrar cosas. Pedir tarjeta sanitaria, terminar de cambiar de nombre mis titulaciones académicas, ir a las diversas jornadas con las que ya me he comprometido, pedir tarjeta sanitaria, hacer un currículum, ir mirando ofertas de empleo, por si acaso puedo, irme con un contrato (sí, es algo muy difícil, pero oye, por probar…), asegurar la continuidad de la.trans.tienda cuando yo no esté aquí…

Ni por un momento me he planteado cerrar la.trans.tienda. Es mi proyecto, y está empezando a funcionar bien. A veces me da algunos quebraderos de cabeza, pero la mayor parte del tiempo se trata de un trabajo muy satisfactorio, que me está permitiendo conocer a mucha gente increíble (en serio, tengo los mejores clientes del mundo), y realmente me gustaría que llegase a alcanzar todo su potencial, ya que aún soy muy desconocido. Así que lo he hablado con una persona de confianza, y se ha ofrecido a gestionar el tema de recepción y envío de pedidos, mientras que el resto del trabajo continuaré haciéndolo yo.

Por otra parte, a medio plazo, me planteo abrir una segunda “transtienda” de habla inglesa, aunque en este caso la dirigiría únicamente para hombres trans, ya que la mujeres trans están bien atendidas en el Reino Unido. Sin embargo, hay algunos productos que en Europa sólo los vendo yo, y seguramente sería interesante tratar de comercializarlos en Reino Unido. Sin embargo, eso será para una segunda etapa, más adelante.

Este curso, lo terminaré en la UNED. Puedo seguir estudiando como lo he hecho hasta ahora, y elegir si prefiero examinarme en Londres o en Málaga (paradójicamente, ir a Málaga podría ser más rápido y más barato…). Para el curso que viene, tendría que decidir entre matricularme en una universidad de allí (un curso en una universidad inglesa cuesta 9.000 libras, pero en Escocia parece que es gratis), continuar en la UNED desde Reino Unido, e incluso pedir una beca Erasmus para poder estudiar en una universidad inglesa a precio de universidad española (beca + ingresos de la transtienda + trabajo a tiempo parcial = un año para poder estudiar con tranquilidad económica, o al menos, seis meses, ya que a partir del curso que viene las becas Erasmus van a ser sólo para un semestre, aunque dice Wert que los estudiantes que consigan mantenerse por si mismos en el extranjero, podrán continuar sus estudios el curso completo), aunque como a mí nunca me han dado nada, en realidad no espero que me la vayan a conceder.

En cualquier caso, se trata de un tema secundario, en cuanto que no es imprescindible para vivir. Lo principal es encontrar un trabajo (de lo que sea, me da igual hacer de friegaplatos o estar en un almacén) y el resto ya se irá viendo sobre la marcha.

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Referencias culturales de lo trans

Con frecuencia se plantea el interrogante de por qué no existen más referentes culturales de lo trans. No existen novelas, comics, series o películas que ofrezcan algo más que una visión estereotipada de la transexualidad, con una persona cuya historia está centrada en el acceso a los tratamientos médicos que le permitan modificar su cuerpo. Los otros referentes existentes son el porno convencional en el que la mujer transexual es presentada como objeto de consumo, y el personaje de prensa amarilla que se presenta por los medios de comunicación vendiendo morbo o reptiendo una y otra vez el discurso que la medicina moderna ha creado sobre lo que es una persona transexual.

No hay referencias culturales de situaciones en las que una persona trans pueda hacer cosas que NO están relacionadas con el hecho de ser trans, más allá de la aparición de algunos personajes secundarios en algún cómic, o en series como, por ejemplo, Glee.

Más aún, se diría que ni siquiera existe una “cultura trans”, a través de la cual las personas trans se piensen y representen a si mismas, y se comuniquen con otras personas trans ¿Por qué?

Diría que hay dos motivos fundamentales, que se me han ocurrido a mi solito, y que voy a bautizar ahora mismo. Os presento al “efecto pionero” y “la mordaza cultural”.

Del “efecto pionero” ya hablé anteriormente: es una serie de factores que llevan a que cada persona trans sienta que debe inventar la rueda… y se ponga a inventarla. Hace cinco años, empecé este blog porque pensé que no había referentes sobre transexualidad. A partir de ahí, empecé a encontrarlos. “Ah, parece que se van haciendo cosillas”, pensé para mí. Desde entonces, año tras año, escucho la misma frase “no hay referentes, pero está empezando a haberlos” en boca de las nuevas generaciones trans (que están separadas entre si por un intervalo de más o menos un año).

En realidad, no sólo existen referentes y cultura trans, sino que vienen existiendo desde hace mucho tiempo. No es algo estrictamente “nuevo”, aunque es cierto que sí que se están inventando muchas cosas, y descubriendo muchos continentes (la población autóctona de esos continentes son las personas cis… Es decir, el “descubrimiento” no es la “creación”, sino el conocimiento de un grupo de seres humanos de que algo que ya existe e incluso está a disposición de otros seres humanos, también está disponible para ellos. Por ejemplo, las personas cis ya tienen derecho a la dignidad, y ahora hemos descubierto que las personas trans también tenemos ese derecho, y estamos empezando a explorar los territorios). Sin embargo, tales referencias culturales son muy difíciles de encontrar para las personas trans, y por tanto, aunque existen, es como si no existieran.

¿Por qué son tan difíciles de encontrar las referencias culturales a lo trans? Por la “mordaza cultural”. Esta mordaza cultural es el conjunto de factores que impiden que la gente, especialmente las personas trans, hablen de lo trans.

Las personas trans que están en el armario, no pueden hablar de lo trans, por miedo a que se sepa que son trans. Tanto si están en el armario inicial (viviendo según el sexo asignado), como si están en el armario de llegada (viviendo según su propio sexo), hacer cualquier referencia a cualquier cosa relacionada con la transexualidad está prohibido. De hecho, está prohibido hasta el punto de que si cuelgo alguna noticia relacionada con la transexualidad en Facebook y quiero etiquetar a alguien en ella, tengo que ser muy cuidadoso. A las personas cis no les importa que las etiquete, pero a algunas personas trans les produce una gran angustia y se desetiquetan rápidamente, o me piden que retire la etiqueta yo. Esto se debe a que las personas cis no tienen miedo de que alguien piense que son trans, porque no lo son, pero las personas trans, sí lo tienen. No les culpo, existen muchos motivos para tratar de borrar todo indicio sobre la transexualidad de una persona (esto llega hasta el punto de que muchas personas trans evitan en lo posible ser vistas en público con otras personas trans “que se les note”, no vaya a ser que alguien piense que ellas son… actitud que jamás he visto en una persona cis).

Las personas trans que no estamos en el armario, tampoco podemos hablar de lo trans. Si eres científico, artista, académico, etc… eres abiertamente trans, y te dedicas a trabajar sobre cuestiones trans, muy pronto alguien vendrá a decirte que estás obsesionado u obsesionada, que hay más cosas en la vida, y que no deberías estar siempre pensando en eso.

Las personas cis prudentes, no hablan de lo trans, porque sospechan que van a meter la pata (pero la meten mucho menos de lo que creen, precisamente porque son prudentes).

Entonces ¿Quién puede hablar de lo trans? Sólo pueden hablar de lo trans los expertos que, además, sean cis. Es decir, los médicos, los piscólogos y, últimamente, los “artistas” que se han hecho expertos “consultando con mucha gente”, y las personas cis que se consideran a si mismas “políticamente trans” (generalmente son gays y lesbianas), porque todxs somos sufrimos la dictadura que el género impone sobre nosotrxs.

Generalmente (aunque no siempre), los expertos y las expertas cis están terriblemente equivocados, y, lo que es peor, son impermeables a cualquier crítica que se le pueda hacer por parte de cualquier persona, porque si reconociesen que hay algún error en su obra o su discurso, entonces dejarían de ser “expertxs”. Lo que más rabia me da es cuando dicen “lo he consultado con mis amigos y nadie ha entendido que esta obra sea transfóbica”, cuando todas las personas trans que han visto la susodicha obra se han sentido profundamente ofendidas, y, además, se han puesto en contacto para comunicarlo. Hace poco, también me tropecé con un progre que pretendía que le diese publicidad a una mierda de obra de teatro que había escrito (cuyo nombre no voy a mencionar, precisamente para no darle publicidad, ya que actualmente no lo conocen ni en su casa a la hora de comer), y ante mi crítica al respecto, su conclusión fue “soy periodista y he ganado mogollón de premios, y pienso seguir escribiendo lo que me de la gana”.

Dos semanas más tarde, tomando café con una amiga trans, que dibujó un maravilloso cómic-blog autobiográfico me dijo que, con mucha pena, había tenido que ponerlo como “privado”. Por motivos obvios, tampoco voy a decir su nombre ni el del cómic. Una preciosa obra de arte trans que se perderá para siempre, y que a mí me ayudó tanto…

Sin embargo, lo entiendo. Basta con introducir mi nombre en Google o en el buscador de Facebook, y aparezco. La familia de mi reciente pareja me ha localizado en cuestión de una semana, dejándonos con muy poco margen de maniobra para tratar la delicada cuestión de “papá, mi novio es transexual”, trasladándole a ella un problema que no tendría por qué tener si yo, en lugar de ponerme a escribir sobre transexualidad, y tener una tienda trans, y estar en una asociación, y no sé cuantas cosas más, me hubiese dedicado a esforzarme por vivir discretamente como si fuese un chico cis normal y corriente. Suerte que la familia de ella se lo ha tomado bien (¡Bien por ellos!)

Las historias sobre lo trans, deben ser contadas por personas trans. Sin embargo, para que lleguen a convertirse en referencias culturales, para que lleguen donde tienen que llegar, deben ser públicos, y eso implica salir de los círculos trans. Dar la cara y salir de todos los armarios. Abandonar los espacios de seguridad. Abandonar toda ficción y dejar de intentar ser pasable. Quitarse los complejos y dejar de intentar que todos te traten como si fueses cis. Algo que, por el momento, tan sólo están haciendo las personas trans que por su aspecto no pueden “pasar”, y que generalmente están demasiado ocupadas intentado sobrevivir para preocuparse por generar referentes artísticos.

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¿Es posible cambiar el nombre sin hormonación?

Inicialmente publiqué esta entrada en el blog de la.trans.tienda, pero he pensado que también es conveniente que la publique aquí porque mucha gente lee sólo uno de los dos blogs (normalmente tienen contenido distinto). El motivo de escribirla fue que entre las personas trans se produce una especie de «transmisión oral» de los conocimientos que, además, está interferida por el ego de la gente y funciona más o menos así:

Fulano se puso un nombre ambiguo en el año 1998 (cuando no había otra forma de ponerte un nombre que no diera mucho el cante). Fulano se lo explico a Mengano, que se lo explicó a Zutano, que se lo explicó a… Así fue corriendo la cosa, hasta el año 2007. A partir de ese momento, con la Ley 3/2007, las cosas cambiaron, y ya era posible cambiar de nombre y sexo legal. Además, esa ley realizó una modificación en la Ley del Registro Civil (modificación que explico más adelante). El problema es que para poder cambiar el nombre y sexo legal acogiéndose a esta ley, es necesario esperar muchos años (yo esperé cuatro), a no ser que vayas por lo privado y puedas pagar a un psicólogo para que te haga el informe psicológico a toda velocidad, y a un endocrino para que te haga el informe endocrinológico con cierta anticipación (también hay quien opta por someterse a la revisión del médico forense, que realmente no tiene forma de saber cuanto tiempo llevas hormonándote, pero dependiendo de quien sea el médico forense, puede que la revisión física no sea agradable, y puede que no decida a tu favor…).

En resumen, que mucha gente intenta cambiar de nombre antes de que pasen los cuatro años, o bien, necesita cambiar de nombre de otra forma porque no cumple los requisitos para la Ley 3/2007. Esa gente, desde el año 2007, continúa transmitiendo la idea de que la única forma de hacerlo es usando el viejo truco del nombre ambiguo (que ahora no funciona siempre). A esto se le suma que, cuando se les explica que se están equivocando (hablo por experiencia propia) interviene el ego, y te dicen que sí que llevan razón, porque a ellos se lo han cambiado (aunque luego, por otro lado, te enteres de que NO  se lo han cambiado), y, por otra parte, a que las cosas están cambiando muy rápidamente, y hay que estar muy pendiente para mantenerse al día.

¿Cual es la situación actual de cara al cambio de nombre en el DNI?

La vía de optar por un nombre ambiguo fue dificultada por la redacción de la propia Ley 3/2007, que modificó la Ley del Registro Civil, cuyo artículo 54 ahora dice: “Quedan prohibidos los nombres que objetivamente perjudiquen a la persona, los que hagan confusa la identificación y los que induzcan a error en cuanto al sexo.”

 ¿Están permitidos los nombres ambiguos?

En principio, y atendiendo a la redacción de este artículo, nadie debería poder tener un nombre ambiguo, desde la aprobación de la Ley 3/2007. Esta prohibición no sólo alcanzaría a las personas trans que quisieran cambiar de nombre, sino también a los padres que desearan poner a su criatura recién nacida un nombre ambiguo.

Hay que recordar que los nombres ambiguos se utilizan habitualmente en España. Nombres tales como Mar, Álex, Andrea, Trinidad, Reyes, Indiana, etc… son válidos para las personas de cualquier sexo.

No obstante, en algunos registro civiles se continúa permitiendo que las personas trans cambien su nombre por un nombre ambiguo, e incluso ofrecen a los interesados la lista que se lleva utilizando desde hace muchísimo tiempo, por lo que hay que asumir que existe alguna interpretación según la cual los nombres ambiguos continúan estando permitidos. No obstante, otros jueces han optado por una interpretación más restrictiva por la cual estos nombres quedan prohibidos. Lo que significa que, a la hora de solicitar el cambio de nombre por un nombre ambiguo, puede que te lo concedan, y puede que no.

Para aumentar tus posibilidades de que te lo concedan, lo recomendable es que acompañes el escrito de solicitud con el auto judicial de otra persona a la que le haya sido concedido el mismo nombre que tú solicitas, con fecha posterior a abril de 2007. Las decisiones de otros jueces no son vinculantes, pero pueden ayudar.

Pero ¿qué nombres inducen a error en cuanto al sexo?

Se puede interpretar que un nombre ambiguo puede inducir a error en cuanto al sexo, puesto que no da idea de cual es el sexo de la persona. Sin embargo, habría que preguntarse ¿A qué sexo se refiere la ley?

La medicina distingue varios tipos de “sexo”: el sexo gonadal, hormonal, genético, psicológico, social, legal… Una persona puede tener un determinado sexo legal, pero tener un sexo psicológico y social distinto.

Esta fue la interpretación que hizo Eva Witt, presidenta de la Asociación Estatal de Familias de Menores Transexuales Chrysallis, a la hora de solicitar el cambio de nombre de su hijo de ocho años, que por motivos de edad no podrá recurrir a la Ley 3/2007 hasta dentro de 10 años. Según ella veía, el nombre que tenía su hijo (un nombre femenino) inducía a error respecto a su sexo psicológico y social, y por tanto debía ser cambiado a otro nombre que no diese lugar a confusión.

De este modo, Eva ha sido la primera persona (que sepamos) en conseguir un cambio de nombre en consonancia con el sexo psicológico y social de su hijo, sin necesidad de realizar previamente el cambio de sexo legal. En los últimos meses, siguiendo sus pasos, otros dos menores de edad han conseguido que también sus nombres sean rectificados para adecuarse mejor a su sexo. No obstante, todavía no sabemos de ningún mayor de edad que haya logrado cambiar su nombre de este modo, y en todos los casos se aportaron diagnósticos psicológicos que acreditaban la identidad de género de los niños interesados.

 La Ley 20/2011 del Registro Civil

Esta nueva ley, que se aprobó en julio de 2011, acaba por fin con la prohibición de nombres que induzcan a error en cuanto al sexo. En lugar de eso, establece que “El nombre propio será elegido libremente y sólo quedará sujeto a las siguientes limitaciones, que se interpretarán restrictivamente: […] no podrán imponerse nombres que sean contrarios a la dignidad de la persona ni los que hagan confusa la identificación”.

Si esta ley se aprobó en julio de 2011 ¿Por qué todavía continúa aplicándose la anterior? Sencillamente, porque todavía no ha entrado en vigor. Tendremos que esperar hasta julio de 2014 para poder empezar a beneficiarnos de sus efectos.

No obstante, esta nueva redacción, que está todavía más abierta a la interpretación que las anteriores, probablemente está facilitando que los jueces ya hayan fallado a favor de las familias que han solicitado el cambio de nombre para sus criaturas, sin recurrir a un nombre ambiguo.

 Nombres de fantasía, nombres extranjeros, nombres familiares.

Además, desde hace algunos años, se acepta otro tipo de nombres: los nombres de fantasía (nombres inventados, algo muy habitual en Sudamérica), nombres extranjeros, y nombres familiares (por ejemplo, Paco en lugar de Francisco), con los que necesariamente los Registros Civiles deben tener más «manga ancha», ya que es muy difícil saber si son «de hombre» o «de mujer». Estos nombres, además, son relativamente habituales entre las personas trans.

Entonces ¿a mí qué me conviene?

A la hora de la verdad, la ley dice lo que el juez interpreta que dice. No obstante, parece que actualmente es más fácil razonar la solicitud de un nombre que se corresponda con tu sexo sentido (tu sexo real), que la solicitud de un nombre ambiguo (a no ser que realmente quieras tener un nombre ambiguo, o que tu identidad de género sea ambigua).

Si tu elección de nombre se decanta por uno claramente masculino, o claramente femenino, solicitar un nombre ambiguo no te garantiza que vayan a concedértelo, y, además, para que te lo den puede que tengas que argumentar que se trata de un nombre que no da lugar a confusión respecto a tu sexo legal (es decir, si eres un chico trans, tendrás que argumentar que el nombre ambiguo es realmente un nombre femenino, y si eres una chica trans, tendrás que defender que es un nombre masculino).

Frente a eso, la posibilidad de solicitar el cambio de nombre al nombre que tú elijas, sea ambiguo o no, va ganando puntos. Lo importante es realizar una buena argumentación que persuada al juez de que tu solicitud está de acuerdo con la ley, y tener un poco de suerte.

En cualquier caso, a partir de julio de 2014, cuando entre en vigor la nueva Ley del Registro Civil y nos libremos por fin de las modificaciones introducidas por la Ley 3/2007, se abrirá una nueva etapa respecto al cambio de nombre, en la que, previsiblemente, no debería haber problemas para lograr cambiar de nombre.

Si tienes dudas sobre tu caso personal, escríbeme a info@transtienda.com y te ayudaré en lo que me sea posible.

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No hay palabras para titular esta entrada.

Decir que la conocí en una página web de contactos sería mentira, porque me conoció ella a mí. Fue en julio. En aquel momento, estaba cansado, harto de pelear, me sentía sucio. Iba a la playa y me metía en el agua, nadaba y buceaba, y no conseguía quitarme de encima esa sensación de haberme manchado con algo que jamás me podría limpiar.

Las circunstancias me llevaron a aparcar todos los proyectos que tenía relacionados con el activismo, y mientras los borraba de la lista de cosas pendientes, decidí añadir un proyecto nuevo “encontrar pareja”. Pensé que era una tontería, que ese tipo de cosas no se puede planificar, pero aún así lo apunté para que no se me olvidase que debo pensar más en vivir mi vida, y menos en vivir la vida de los demás.

Al día siguiente, ella me encontró en Internet, aunque el primero en escribir fui yo. Le indiqué, por si no se había dado cuenta, que soy 11 años mayor que ella (tiene 23 años, y yo 34), y ella me dijo que, efectivamente, no se había fijado en el detalle, pero que le daba igual. Ella no tenía foto, me dijo que era porque está muy gorda. Yo le dije que soy trans. Ella entendió lo que significaba (cosa rara, la mayoría de la gente entiende a la que le digo que soy trans piensa que quiero ser mujer y todavía no he empezado) y me dijo que no le importaba, pero que tenía que saber que los hombres huían despavoridos cuando la conocían. Yo le dije que tengo unos 50cm de cicatrices repartidos por todo el tronco.

Mientras tratábamos de espantarnos mutuamente (seguramente porque ya estábamos los dos un poco cansados de que la gente se espante de nosotros), hablamos de lo que hacíamos. Ella estudia, yo también. Hablamos del eterno debate “estudiar ciencias contra estudiar letras”, y yo le dije que me gustan las matemáticas, pero yo no les gusto a ellas. Ella me contestó que no es una cosa tan rara, ya que las matemáticas siempre están planteando problemas. Cuando conoces a una persona que te dice algo así, no la puedes dejar escapar.

Además, le gustan las películas de ciencia ficción y los videojuegos, es feminista, y tiene una gran curiosidad. Tiene una gran paciencia conmigo, y no se enfada fácilmente. Es muy fácil hablar con ella, y es muy difícil hablar de ella porque creo que nunca le hago justicia a como es de verdad.

Lo más importante, es que me hace sentir lleno. La mayoría de la gente que se dirige a mí lo hace para pedirme cosas, o incluso para lucrarse con las cosas que he hecho yo, atribuyéndose la autoría de mis obras, o tratando de invalidarlas para ofrecer, como opción alternativa, exactamente lo mismo que yo había hecho, pero con su cara y su firma. En cambio, ella se ofrece a hacer cosas por mí, pero nunca pide nada a cambio. Se da cuenta de las cosas que necesito, o que se me dan mal, y me echa un cable en lo que puede, sin necesidad de pedírselo. Después de años de entregar amor y amistad incondicional a personas que lo único que sabían hacer era pedir más, empezaba a pensar que ese era el único tipo de personas que yo podía atraer, y daba gracias porque, al menos, ya no me quedaba mucho más que pudiesen sacarme. Estaba vacío.

Ella me va llenando poco a poco, y de esa manera hace que yo quiera ser mejor persona para poder corresponderle y estar a su altura. No me importa si alguien me critica, mientras ella piense bien de mí.

Como no es de mi ciudad, tuvimos que esperar un poco de tiempo para conocernos en persona. Por las cosas que decía de si misma, yo pensé que era fea como un orco. Tanto insistía ella en el tema que, aunque la belleza no es algo que me importe especialmente, y menos tratándose de alguien tan excepcional, estaba empezando a preocuparme un poco ¿Y si, con lo maravillosa que era, al conocernos no había química? La única foto que yo había visto de ella, era pequeña, estaba tomada desde muy lejos, y no salía nada favorecida.

“No es que salga mal en las fotos, es que soy así”, protesta ella cuando le digo que debería poner otra foto mejor. Pero no es verdad. Cuando vino la primera vez, yo estaba esperándola en la estación de autobuses y la vi pasar a tres metros de mí, caminando hacia la salida. Pensé “mira que chica más guapa, se le da un cierto aire…”, y seguí esperando, hasta que al cabo de unos minutos me llamó para decir que no me encontraba. Reconozco que no me sorprendió demasiado que ella fuese precisamente la chica que me había llamado la atención, ya que, como he dicho, se le daba un aire a la de la foto, y, por otra parte, me parecía que estaba exagerando un poco sus supuestos defectos.

 Las cosas no salieron del todo bien en aquella ocasión. Fue un fin de semana agradable, pero cuando se volvió a su casa, yo estaba convencido de que no le gustaba (ella dice que pensó lo mismo de mí). Lo cierto es que el coqueteo no es una de sus muchas habilidades, y tampoco forma parte de las mías, así que la cosa estaba difícil, aunque debo decir en mi defensa que yo hice varios intentos de acercamiento y ella los rehuía sin parar. Decidí dejar de intentarlo cuando, a base de buscar la proximidad, descubrí que yo estaba ocupando el sofá entero, y ella se había tenido que acurrucar en un rincón. Un poco más, y se sube al reposabrazos.

Pero con el paso del tiempo, ella habló conmigo (no tener que dar yo el primer paso, es algo que no me había pasado nunca) y… Se comprenderá que ya he dado suficientes detalles y no voy a entrar en más. Resumiendo, diré que volvimos a vernos otro fin de semana, y esta vez, las cosas sí que salieron bien. Desde entonces ha pasado un mes, y las cosas siguen saliendo bien.

Es poco tiempo, pero más que suficiente para darme cuenta de que no conozco a nadie como ella. La principal barrera que ha interpuesto entre nosotros ha sido una sábana. Podemos hablar de cualquier cosa, y la conversación fluye con facilidad, incluso con temas que podrían ser difíciles, convirtiendo las palabras en agua que alimenta y limpia, y no en cuerdas que atan y se enredan alrededor de los conceptos. Tiene carácter, pero no necesita imponerse y quedar por encima siempre (yo estoy trabajando para no necesitarlo, y llegar a alcanzar algún día su nivel). No me cuesta hacer míos sus sueños, pero creo que a ella tampoco le cuesta hacer suyos los míos. Cuento los días hasta la próxima vez que nos volvamos a ver, y la echo de menos por los pasillos, las siestas del fin de semana, y cuando los termómetros bajan.

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El principio del fin

Hace cinco años, cuando empecé a escribir en este blog, cuando toda mi vida se vino abajo como si le hubiesen puesto una carga de dinamita, cuando empecé a ir a la UTIG y la incertidumbre sobre si me darían o no las hormonas, y cuanto tiempo tardarían, me tumbaba en la cama y no podía dormir.

Un dolor sordo, una angustia sin fin me atenazada el corazón mientras mi mente me mostraba todas las posibilidades horribles que podía depararme el futuro. Durante aquellos meses de tortura mental (la palabra tortura es la correcta para describir aquello) me decía que ojalá pudiese hacer algo para que nadie más volviese a pasar por aquello. Que yo fuese el último.

Con cada persona que me ha escrito, que me ha llamado, que se ha comunicado conmigo de alguna manera pidiendo ayuda para pasar por eso, siempre he deseado que fuese el último.

Un día, en junio de 2009, una mujer trans brasileña se despidió de mí por Messenger. Me dijo que se iba a suicidar porque después de años en la UTIG, seguían sin darle acceso a la endocrinóloga. No se suicidó. Probablemente nunca tuvo la auténtica intención de suicidarse, pero llevar a una persona hasta el extremo de la autolesión para pedir ayuda es grave.

Es el mismo extremo al que durante esta semana el sistema ha llevado a seis personas trans de toda España. Al anuncio de huelga de hambre de Ángela Gutiérrez (Madrid, con dos hijos en casa, uno de ellos menor de edad) y Mar Cambrollé (Sevilla) se han unido, a lo largo de la semana, Kim Pérez (Granada, 72 años), Tina Recio (Barcelona), Marta Salvans (Barcelona, diabética) y Marko Arias (Cádiz). Porque una huelga de hambre no es otra cosa que dañar el propio cuerpo con la esperanza de que alguien reaccione y te ayude antes de que te mueras.

Esta semana ha sido un infierno. Mientras trabajábamos hasta el punto en que dormir llegó a considerarse un lujo prescindible (o hasta el punto en que mis amigos me decían “vete a descansar YA”), no podía dejar de preguntarme hasta donde tendrían que llegar mis amigas con esta huelga de hambre… porque estaban dispuestas a llegar a morir. Si eso llegara a ocurrir ¿Qué haría yo?

Con esa pregunta en la mente, y junto a mis amigos y compañeros Ángela y Alejandro hicimos este video, con más angustia y necesidad que medios técnicos y conocimientos. El video más cutre del activismo trans, y tal vez, de todos los activismos habidos y por haber (lo dejo a continuación, para demostrarlo):

Al igual que cuando estaba en la UTIG y no sabía qué sería de mí, mi mente me presentaba un millón de futuros aterradores, que no debían de ser ni la mitad de inquietantes que los que pasaban por la mente de mis amigas. Sin embargo, al contrario de lo que ocurría cuando esperaba a que Trinidad decidiera mi suerte, esta vez no estaba sólo.

Esta semana ha sido mágica. Cualquiera que se haya molestado en tomar contacto con los movimientos reivindicativos trans, sabe que no existe un “colectivo trans”, sino muchos de ellos, que con frecuencia parten de principios y filosofías completamente incompatibles y aparentemente irreconciliables. Nos hemos peleado mucho. Nos hemos insultado. Y, de repente, todas, todos y todxs estábamos uniendo nuestras fuerzas para sacar adelante este proyecto.

En el mes de julio decía “tenemos lo que queremos, tenemos lo que nos merecemos”, un alegato desesperado y triste ante la indefensión aprendida del activismo trans. Pensé que tendríamos por delante una década de trabajo hacia dentro del colectivo antes de que estuviésemos listos para actuar. Una década que se ha condensado en una semana, cuando todos los grupos trans (menos, curiosamente, los más afines al movimiento por la despatologización, que todavía guardan un desconcertante silencio) han lanzado un grito común de libertad, creando una alianza trans que yo pensé que era imposible.

Al final, este medio día, los representantes de los grupos parlamentarios IU y PSOE, y los representantes de diversas consejerías se han reunido con lxs representantes de ATA y CD-AT, y se han negociado las los peticiones que demandábamos:

  1. Consensuar los puntos pendientes de la Ley que hacían referencia a la Atención Sanitaria, en la que se demandaba: una descentralización de todas las atenciones que pueden ser realizadas a través la red de los hospitales públicos de Andalucía, quedando la UTIG como un centro de coordinación, investigación y atención a las cirugías de reconstrucción genital.
  2. Solicitábamos también que la Ley fuera registrada antes del 20 de Diciembre, petición también aceptada.

Media hora antes de que la reunión terminase, mis amigos me habían mandado a dormir la siesta, porque ya se me estaba empezando a ir la olla (nos comunicamos por whatsapp y cuando estoy cansado, no entiendo bien lo que leo, y tampoco me expreso bien por escrito). Dos minutos antes de que sonara el despertador, sonaba mi móvil.

“¡Se desconvoca la huelga de hambre! ¡Lo hemos conseguido!” escuché a Alejandro, al otro lado de la línea ¿Se puede pensar en un despertar mejor que ese?

Entonces, me he acordado de todo. De las noches sin dormir deseando ser el último que pasara por aquello, de que parecía imposible. De que el proyecto “Autonomía Trans” nació la noche en que aquella chica brasileña me dijo que se iba a suicidar. De la incertidumbre esperando las hormonas, de las vueltas que le daba en la cabeza a cada pregunta y cada respuesta que me hizo Trinidad. De cuando Kim, otro amigo y yo fuimos a un abogado a preguntarle si lo que estaba pasando en la UTIG era legal, y nos dijo que no, pero sin pasar de la indignación. De cuando Ángela y yo nos dimos cuenta de que el Test de la Vida Real es anticonstitucional. De la primera vez que me matriculé en Derecho.

He llorado de alegría, durante toda la tarde.

Este es el principio del fin de la patologización, de la discriminación, de que no se reconozca la identidad de las personas trans. Muy pronto en este rincón de Europa que es Andalucía, habrá una persona que será la última en tener que pasar por lo que yo pasé, y estoy seguro de que con un poco de tiempo más, conseguiremos una ley mejor que esta, y para todo el Estado español.

La lucha no ha terminado. En estos momentos nos encontramos trabajando en el que esperamos que sea el borrador definitivo del texto de la ley, que contemple las demandas de acceso descentralizado a la sanidad para las personas trans, en condiciones de igualdad con el resto de la población. Aún nos falta mucho, pero estamos en el buen camino.

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La transexualidad y la muerte

La transexualidad y la muerte son dos cuestiones que, por desgracia, van unidas con mucha frecuencia. No es la primera vez que escribo al respecto, seguramente tampoco es la última.

La semana pasada muchos medios de comunicación se hicieron eco de que Nathan Verhelst, un hombre transexual, había solicitado someterse a la eutanasia (y lo consiguió) convirtiéndose así en «la primera persona de Bélgica que decide morir después de practicarse un cambio de sexo» (porque claro, hasta ahora ninguna persona trans se había suicidado en Bélgica… Luego me dirán que soy un gruñón y que tampoco es para tanto, pero leñes… la cosa tiene mucha tela).

Esta noticia tenía todos los componentes necesarios para saltar a los medios de comunicación y ocupar un puesto destacado, porque en ella se mezclan muerte, medicina y transexualidad. Morbo al cubo ¿qué más se puede pedir? Mucha menos repercusión tuvo, sin embargo, el suicido de Gabriela Monelli en Brasil.

Gabriella tenía 21 años cuando se suicidó, pero se prostituía desde los 15 años. Sin necesidad de ir a Brasil, aquí en España conozco a una chica que hace trabajo sexual desde los 14. No me lo puedo ni imaginar, pero tampoco puedo imaginarme qué clase de depravado paga a una niña para follar con ella (o folla con ella sin pagar). A ella, además, le dolía la falta de aceptación «nunca vamos a ser 100%»

Nathan pidió que le matasen porque después de la operación se veía a si mismo como un monstruo. También para él estaba presente ese pensamiento de no ser 100%.

No deja de ser curioso que, después de la eutanasia de Nathan, su madre declarase «Cuando vi a Nancy por primera vez  [después de dar a luz], mi sueño se hizo añicos. Era tan fea. Puse un monstruo en el mundo, un fantasma. Para mí, este capítulo está cerrado. Su muerte no me molesta. No siento dolor, no hay duda, sin remordimiento. Nunca fuimos una familia, así que no se podía romper «. Tanto él como su madre usaron la misma palabra: monstruo.

Supongo que en una decisión tan importante como la de quitarse la vida, entrarán en juego muchos factores. Una mala relación con la familia (en ambos casos), rechazo de la sociedad (en el caso de ella), pero, sobre todo, la sensación de que nunca podrás llegar a ser realmente quien quieres ser. Ser tú mismx de verdad.

En el caso de Nathan, creo que se puede hablar claramente de una estafa. La sacrosanta medicina, que no miente porque es una ciencia, que no manipula, que no vende, le prometió que haría de él un hombre. El cirujano, como Pigmalión, le esculpiría para darle una nueva vida, y cuando despertase de la anestesia, habría vuelto a nacer. Un discurso que no sería tan efectivo si no estuviese además coreado por una gran parte de personas trans, como, por ejemplo, el deportista Baliam Buschaum.

Sin embargo, lo cierto es que los cirujanos lo único que hacen es retirar tejidos, o cambiarlos de sitio. No vas a volver a nacer. Cuando despiertes de la cirugía seguirás siendo tú, pero con algunos trozos menos. Nunca serás 100%, tú lo sabrás, y la sociedad te lo recordará constantemente, a no ser que realices un gran esfuerzo para olvidarlo.

Cada vez que leas una noticia sobre «el primer transexual qué», verás que le tratan con el género equivocado. Si eres de los que se regodean, además leerás los comentarios donde muchas personas utilizan unas palabras y unas expresiones terribles para vomitar opiniones que más que crueles, son inhumanas. Tú sabrás que esas personas, en su vida cotidiana jamás se atreverían a hablar de esa forma a una persona transexual, pero en el fondo de tu corazón una vocecilla te dirá «se merece que hablen así de él, o de ella, y yo también me lo merezco». Pensarás que tú también te mereces todo lo que te pase.

Por eso muchas personas trans, deciden suicidarse. Porque los médicos pretenden venderles una panacea, que como todas las panaceas es barata y no funciona, sin mencionar que, además de con dinero y con tiempo, van a pagar con su propia carne y su propia sangre. Nos advierten de que si no somos verdaderamente transexuales, el tratamiento no funcionará y habrá arrepentimientos. No nos advierten de que si somos realmente transexuales, el tratamiento tampoco funcionará.

Los tratamientos médicos funcionan, pero no sirven para cambiar de sexo. Si quieres que se te agrave la voz, que te salga barba, tener más vello, más masa muscular y, en general, un aspecto más masculino, la testosterona es un medicamento maravilloso. Si quieres que se te desarrollen los senos y deje de salirte barba, los estrógenos y los antiandrógenos hará su función. Si necesitas que tus pechos desaparezcan, o necesitas perder de vista tu pene y que sea substituido por una vagina más o menos bien construida, la cirugía funciona. Incluso funciona si lo que necesitas es tener un pene y no eres muy exigente al respecto. Todo eso sí lo puedes conseguir. Lo que no puedes conseguir es «transexualizarte» (lo digo porque ahora nos están queriendo vender el «proceso transexualizador», que es la expresión más estúpida del mundo), ni reasignarte a otro sexo (la sociedad no lo aceptará), ni podrás volver a nacer, ni mucho menos te convertirás en hombre o en mujer.

Entonces ¿no hay salida? Sí que la hay, pero no está en la medicina. Puedes reflexionar durante años, hasta encontrar tu propia definición de ti mismx, aquella con la que te sientas más cómodx. Puedes pensar que el sexo y el género están en el cerebro, y tu cerebro es del sexo al que perteneces. Puedes leer teorías feministas, y llegar a comprender que querer ser es lo mismo que ser, porque la identidad de género forma parte de tu personalidad, no de tu cuerpo (así es como lo pienso yo). Puedes buscar en otras religiones, otra espiritualidad. Hace un tiempo, una chica comentó en este blog que había seguido su propio ritual para reencarnarse en mujer en esta misma vida, desligándose por completo de su pasado, viviendo  una muerte muy real y renaciendo como mujer de nuevo (un ritual durísimo, porque morir es duro y nacer también lo es).

Busca amigos, busca a otras personas trans (escríbeme si quieres, aunque a veces tarde un poco en responder), busca información (la que sea, mientras te haga sentir bien), huye de la violencia, no permitas que tus ideas vuelen y el diálogo interno tenga su propia vida en tu cabeza. Enamórate (de una persona, de una profesión, de un arte, de un deporte, de un paisaje, o de un animal). Porque hay muchas maneras de realizarte en la vida, como mujer o como hombre, y ninguna de ellas pasa por las manos de un médico.

Por cierto, tampoco me parece bien que ahora la medicina pretenda vender la eutanasia como la cura definitiva al sufrimiento psicológico. Me parece bien que una persona que 1) lo solicite, 2) sufra mucho, 3) sea imposible que su situación mejor y 4) no pueda quitarse la vida por si misma, reciba la eutanasia, pero no veo bien que se le ofrezca este servicio a una persona que se puede suicidar. Hay cosas que cada cual debe hacer por si mismo, y matarse es, en mi opinión, una de ellas.

En cualquier caso, descansen en paz, junto con todos los otros que murieron por ser trans.

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