Archivo mensual: julio 2011

Como relacionarse con personas no-trans (y II)

Continuando por donde iba…

– L*s que tienen prejuicios débiles. Hay personas que sólo tienen algunas nociones respecto a la transexualidad.  Generalmente son ciertas ideas muy simples como “nunca me acostaría con alguien que haya sido un hombre/una mujer” (curiosamente, este pensamiento aparece en hombres hetero y gays, pero no suele darse en mujeres), “que la seguridad social costee las operaciones de cambio de sexo es un gasto innecesario”, “todas las transexuales son prostitutas”, “el que se cambia de sexo es porque quiere llamar la atención”, “todas las transexuales visten con ropa ceñida, de colores y brillante, y se pintan como puertas ¿por qué no son un poco menos discretas?”, “un transexual es un hombre al que le gustan tanto los hombres que llega a creerse mujer”. Simplemente, nunca se han parado a revisar esos pensamientos, que han recibido de la calle o de los medios de comunicación, en forma de chistes o de reportajes carentes de interés. Estos prejuicios se derriban muy rápidamente en cuanto se contrastan con la realidad, y en cuestión de 10 minutos puedes encontrarte ante una persona “normal”.

– L*s transfóbicos. Tienen prejuicios fuertes. Han recibido los tópicos anteriores, han pensado sobre ellos, han hablado sobre ellos, los han elaborado, los han recubierto de una gruesa capa de asco y odio, y luego los van escupiendo a diestro y siniestro, sin mirar donde apuntan. En mi opinión lo más sano es interponer cuanta más distancia, mejor. Si te acercas a ell*s puedes acabar con un escupitajo en el ojo, así que tú mism*. Por cierto, no tod*s son cristian*s, o de derechas. También l*s hay de izquierdas, ateos, progres, gays y lesbianas, feministas y queer. Lo que viene siendo que en todas partes cuecen habas.

– L*s que saben algo de psicología. Ya sean estudiantes, recién licenciados, o psicólogos expertos, estas personas son terreno baldío. Conocen bien la biblia-investigaciones emitidos por l*s sacerdotes-psicólog*s de su Dios-Ciencia, y es imposible hacerles renunciar a la fe que profesan. Parecen recuperables porque hablan como si quisiesen y estuviesen a punto de entenderlo, y te dicen cosas como “un trastorno no es una enfermedad” – pero luego te describen un proceso patológico -, “siempre se debe respetar la opinión del paciente” – a no ser que tenga una opinión que se salga fuera de lo permitido en la biblia-manual -, “en realidad todo esto se hace para proteger a la persona y facilitarle su transición” – como en el chiste de aquel niño que ayudó a una ancianita a cruzar la calle, aunque ella no quería -. Tú piensas que si les explicas las cosas, pueden llegar a entenderlas, pero no… si esta tarde te despides de ell*s pensando que les has dejado convencid*s, mañana por la mañana descubrirás que han vuelto al punto de partida, y que durante la noche se han dedicado a reelaborar su discurso para devolverte las mismas ideas con distintas palabras, o el mismo perro con distinto collar. No merece la pena intentar explicárselo una segunda vez, porque va a volver a pasar lo mismo. Y la cuarta, y la quinta… Si encima ya conocen a otras personas trans, olvídate, se trata de un caso perdido. Existen, sin embargo, honrosas excepciones de psicólog*s que constantemente cuestionan los postulados de la psicología, los comparan con la realidad, y dicen “esto sí”,“esto no”, “esto me parece dudoso”. Ningun* de ellos trabaja en las UTIG, que se sepa, aunque much*s tienen consultas privadas y/o son activistas.

– L*s miopes. Son l*s más difíciles para mí. Son esa cajera del supermerca, el vecino jubilado del tercero, los niños que te cruzas en el ascensor… y que no importa que te hayas puesto un vestido, lleves el pelo largo, y uses un sujetador de la talla 95, te siguen saludando «Hola chico», porque nadie les ha dicho nada, y claro, ell*s no se dan por enterad*s. Creo que es una mezcla de sentimiento de privilegio (no reconocimiento de la autenticidad de la identidad de género de una persona trans en comparación con sus propias identidades cisexuaels) mezclada con un deseo de no molestar, que les lleva a no reaccionar a no ser que se les den instrucciones precisas. Yo esta mañana he tenido ganas de partirle la cara a un señor, cuando he comentado que iba a quitar el coche para que otra persona pudiese aparcar en mi lugar, y el tipo ha dicho «vale, ya va ella». Si no fuera porque tenía muchas cosas que hacer, me habría parado allí mismo y le habría dicho «¿A quién llama usted ‘ella’?» Con la señora que viene a limpiar a casa de mi madre, estoy que no sé que hacer. Es evidente que no se quiere dar por aludida, lo que ya anuncia una hostilidad por su parte, y la situación está empezando a ser tan ridícula que no se me ocurre ninguna forma de decirle que soy un hombre sin insultarla por el camino. «Perdona ¿has pensado en ir al oculista? Porque necesitas gafas con urgencia. No, en serio, si no te has dado cuenta de que soy un hombre, deberías hacértelo mirar». Las personas «miopes» se merecen ser puestas en ridículo, por ridículas, pero generalmente son suficientemente cercanas como para que no se las pueda tratar de cualquier manera.

6 comentarios

Archivado bajo Parientes y amigos

Cómo relacionarse con personas no-trans (I)

Esta entrada viene a petición de Ángela, aunque hace tanto tiempo que me sugirió que la escribiese que a lo mejor ya ni se acuerda de que hablamos sobre el tema.

Para empezar, me gustaría compartir este video que me pasó un amigo, y que es de lo mejorcito que he visto sobre temas trans. Os animo a que veáis el resto de los videos, porque todos son buenísimos. ¡Yo de mayor quiero ser como él!

Bueno, vamos al tema.

Hay muchas clases de personas que no son trans, pero por lo general se incluyen, más o menos en alguno de los siguientes conjuntos (que deben entenderse, por supuesto, como conjuntos difusos). Antes de que nadie me lo indique, ya aviso que lo que viene a continuación es una lista de prejuicios y estrategias que yo me he formado en base a mi propia experiencia. No son universales, pero quizá puedan ser útiles a alguien.

– L*s normales: los llamo así porque, en mi experiencia son los más abundantes. Les da igual que seas hombre o mujer, transexual o cisexual (este es un palabrejo que se usa, más o menos, para nombrar a la personas que se encuentran más o menos cómodas con el sexo que se les asignó al nacer. Para muchas de esas personas, esta comodidad es más bien menos que más, y eso es algo que se debe tener en cuenta y queda invisibilizado con esta división binaria entre trans y cis), como si eres del Betis o te gusta bailar sardanas y/o jotas aragonesas. Pueden sorprenderse un poco si les dices que eres trans, y es posible que te hagan muchas preguntas, todas ellas de buena fe y sin ánimo de ofender. Eso no significa que las preguntas no sean ofensivas, o que tengas que responderlas necesariamente (si te has operado de qué y cuando para dejarte cómo, o cómo y cuales son tus prácticas sexuales, son cuestiones suficientemente íntimas como para reservarlas a las conversaciones con los amigos, o con quien tú quieras, o con nadie). Siempre puedes decirles amablemente que eso no es asunto suyo. Lo mejor de los “normales” es que son lo que están configurando una nueva norma de respeto hacia la identidad u orientación sexual, que se va imponiendo cada vez más.

– L*s que ya conocen a otra persona trans. Tratar con alguien que conozca a otra persona trans es mucho más sencillo, pero no siempre. Si la otra persona trans tiene una visión sobre la transexualidad muy diferente a la tuya y se ha dedicado a darle lecciones sin advertirle de que dentro del colectivo existen otros puntos de vista muy distantes del suyo. Suele ocurrir con l*s transexuales conservador*s amantes del discurso médico y patologizante, que consideran que tooooood*s l*s que se identifican como transexuales aspiran a ser hombres y mujeres como otr*s cualquiera, y que llegarán a serlo a través del camino sacrosanto descrito en la biblia-protocolo médico obrado por los sacerdotes-médicos que l*s reasignarán y curarán por la gracia de la Ciencia-Dios. Como este discurso coincide con el discurso dominante emitido por la ciencia y los medios de comunicación, cala muy bien en quienes lo reciben y después es prácticamente imposible de desarmar. Eso sí, si eres un* trans conservador*, estás de suerte. Otra posibilidad es que se mezcle el conocer a otras personas trans con pertenecer al siguiente grupo: l*s privilegiad*s. En ese caso, que conozcan a otras personas trans no sirve absolutamente de nada. De hecho, tratar con privilegiados puede ser una enorme pérdida de tiempo.

– L*s privilegiad*s. Aceptan a las personas trans con naturalidad y sin discriminación aparente. Te van a tratar bien en todos los sentidos. Tal vez incluso muy bien. Pero en su interior saben que tú no eres un verdadero hombre o una verdadera mujer. En su interior piensan que tu verdadero sexogénero es el que se te asignó al nacer, y que luego tú realizaste acciones externas para modificar en la medida de lo posible lo inmodificable. Piensan que eres una persona que parece de un sexo y es de otro (siendo el otro el que te asignaron al nacer). Eso no significa que no te respeten, ni que no entiendan, o se esfuercen por entender en la medida de sus posibilidades, que quieras “cambiar de sexo”, pero para ell*s siempre serás una imitación más o menos defectuosa. Lo notarás en algunos comentarios sutiles, pronunciados incluso dentro de un discurso de defensa de los derechos o la dignidad de las personas trans. Lo notarás en pequeños detalles, como que pretenden explicarte “cómo se hacen las cosas”. Cómo andar, como tratar a las personas “del otro sexo”, cómo ser, en definitiva, más machote o más femenina. Puedes tratar de sacarles de su error, aunque mi experiencia es que todos los esfuerzos caerán en saco roto. La creencia cisexual de que las personas trans somos imitadores del género suele estar grabada a fuego en algún circuito tan antiguo y tan bien asentado que es casi imposible eliminarla, especialmente cuando se trata de aspectos muy sutiles. Si encima el/la privilegiad* tiene amplios conocimientos sobre cuestiones trans, casi mejor que lo dejes correr.

…continuará…

5 comentarios

Archivado bajo Parientes y amigos, Reflexiones

En la familia y fuera.

Hace algún tiempo una señora mayor, como de 7o años, vino a comprar algo a la tienda. Cuando ya se marchaba me preguntó si yo era yo,  y si soy un hombre o una mujer, porque había venido otro día y al principio no me había reconocido, pero luego sí me reconoció. Yo le respondí que sí, que soy la misma persona que lleva yendo a la tienda muchos años (con una pausa de un par de ellos), y que soy un hombre.

Entonces la mujer se puso muy contenta, y cogiendome de la mano me dijo que se alegraba mucho por mí, que le gustaba mucho verme tan bien, y que se nota que estoy mucho mejor ahora. Inmediatamente se fue, más contenta que unas pascuas.

Ayer esta misma señora volvió, y cuando me fuí a la parte de atrás de la tienda a buscar lo que me había pedido, comentó que estoy muy guapo, que se me ve muy bien, muy guapo (hizo mucho hincapié en eso ^_^), y desde luego mucho mejor que antes, cuando estaba tan gordo.

– Tu madre estará contenta ¿no? – me preguntó, sin ningún asomo de ironía.

– Pues no mucho, la verdad. Más bien, no le hace ninguna gracia.

– ¿No? – dijo sorprendida -. Pues no sé por qué, en vez de dos niñas, tener un niño y una niña, yo creo que es mejor, sobretodo si ella quería haber tenido un hijo…

Lo cierto es que mi madre en más de una ocasión había comentado que le habría gustado tener un niño. Sin embargo, cuando me acompañó a la psicóloga, comentó que cuando se quedó embarazada, ella quería niña. «Las dos veces», recalcó. Me acuerdo muy bien porque me llamó la atención, ya que la impresió que yo tenía no era esa.

Tal vez se puedan desear ambas cosas a la vez. Es decir, en el plano de la realdiad, desear tener sólo niñas, y en el plano de la fantasía, imaginar que habría podido ser bonito tener un niño, aunque sólo fuese un rato. El ser humano está lleno de contradicciones, y esta sólo sería una más.

No todas las experiencias «tenderas» son igual de buenas. Esta es excepcional. Una vez le dije a un cliente que me llamaba «mujer» cada cinco minutos que soy un hombre. El señor se quedó de piedra, y siguió llamandome mujer, intercalándolo con hombre. La tensión se palpaba en el ambiente, por parte de ambos, cada vez que venía a comprar, hasta que tres compras más tarde, me pidió aclaraciones:

– Pero yo antes te he visto por aquí, y eras una mujer. Con las tetas grandes.

– Sí, pero eso no tiene nada que ver.

– No, no. Pero es que tenías las tetas grandes… Oye, no quiero meterme en cosas que no me importan, pero… ¿a ti te gustan los hombres o las mujeres?

– En efecto, eso es una cosa que a usted no le importa… eso tampoco tiene nada que ver. Hay hombres que les gustan los hombres, y hasta se casan y todo.

– Ya, ya… sí… sí a mí no me importa…

Mientras hablaba, sudaba copiosamente. A chorros. Como si estuviese llevando sacos de cemento bajo el sol de julio. Vale, hace calor, y en la tienda no tengo aire acondicionado, pero no hacía tanto calor como para que sudase de esa forma. Al final, ahora ya no me llama mujer cada cinco minutos, sino «chico», «hombre», «mozo», «muchacho»… es un elenco un poco demasiado exagerado, pero está bien. Me parece que, en parte, no quiere enemistarse con el hijo de la dueña de la ferretería del barrio, porque la ferretería más cercana está a 20 minutos, y hay una cuesta de aupa, y que en parte, no quiere ser desagradable. También me parece que en esto hay un cierto factor de «cuestionamiento de heterosexualidad», del que hablaré cuando hable de aquel amigo que dejó de serlo.

En otra ocasión, un viejo conocido, que por cierto, es gay, sintió tanta pena por que yo sea trans, que un poco más y me da el pésame. Pero no fue con mala intención, sino porque él no tiene bien asumida su homosexualidad, y cree que todos los que no somos heteros sufrimos de la misma forma.

Como se ve, ninguna experiencia traumática ni violenta. Sólo reacciones que van de muy buenas a extrañas, todas ellas naturales en cierto modo, y, sobretodo, desprovistas de mala intención.

Paralelamente, el fin de semana pasado, mis tíos me acusaron ante mis padres de haber distribuido la llave del piso en el que vivía cuando estaba en Granada, para uso y disfrute de transexuales de todo el mundo. Para sustentar la acusación, se basan en una serie de tergiversaciones de la realidad a las que han dado en llamar «pruebas», que, interpretadas como ellos dicen, en realidad dan lugar a una realidad que no tiene ni pies ni cabeza. Sin embargo, mis padres, en principio les han creido, y sólo después de que yo mostrase lo descabelladas que son las supuestas pruebas, han aceptado a darme el beneficio de la duda o la presunción de inocencia, pero no porque en verdad confíen más en mi palabra que en la de mis tíos, sino porque mi interpretación de las «pruebas» es mucho más coherente.

Estoy a prueba. Tres días más tarde de aquello, se presentaron en casa (están fuera, de vacaciones) sin avisar, cuando normalmente avisan, para que no me asuste, y para que tenga la casa un poco recogida cuando lleguen. Como ya nos conocemos, y esperaba que se presentasen durante la semana para «probarme», la casa estaba más o menos recogida, aunque me pillaron durmiendo en pelotas. Con el calor que hace, es lo mejor, y si no les gusta, que avisen cuando vengan, leñes.

Probablemente, si mis tíos hubiesen dicho que había distribuido la llave entre la comunidad de estudiantes de la UNED de España, entre la comunidad de estudiantes de Derecho, o en un club de juegos de rol, mis padres no se habrían sentido tan horrorizados e inclinados a creer a mis tíos, que ya tienen tradición de mentirosos y de actuar con mala fe, con el único objetivo de hacer daño a mi familia. Pero entre la palabra de un transexual, que además, no sólo no se esconde, o se avergüenza, sino que se relaciona con otros transexuales de todo el mundo, y hasta va a conferencias y congresos y escribe cosas… pues… ¿Qué se puede esperar de mí? Es decir ¿qué se puede esperar de alguien que se pasa todo el día estudiando, que además saca buenas notas, que no toma drogas y consume alcohol muy raramente, que casi nunca sale con nadie, y que hace deporte? Pues, si es transexual, no se puede esperar nada bueno.

Es sorprendente la muy buena, o buena aceptación que tiene el que yo sea trans fuera de la familia, donde el 95% del tiempo sólo recibo refuerzos positivos, y los graves conflictos que genera en el ámbito familia. En este caso, se trata de una auténtica agresión, que ha tenido la virtud de hacer que se me verderdezca la úlcera, que ya llevaba cuatro meses tranquilita. Es la úlcera del orgullo transfóbico. Sin embargo, fuera de mi familia, todos los días son el día del orgullo trans.

Hay veces que pienso que las cosas con mi familia se pueden arreglar. Hay veces que pienso que es inevitable que esto acabe mal. Hoy es uno de los días en que pienso que tal vez no haya solución posible. Me duele, y no sólo anímicamente. Para eso tengo la úlcera.

7 comentarios

Archivado bajo Parientes y amigos

Un día un poco tonto.

Esta mañana una de las primeras clientas que he tenido en la tienda me ha pedido unas clavijas para los cuadros. Lo primero que me he imaginado ha sido el cuadro, con un cable para enchufarlo a la luz. Pero eso no tenía sentido.

– ¿Las clavijas? – pregunté muy sorprendido – ¿Clavijas para cuadros?

– Sí, las clavijas – la mujer me miraba como si yo fuese imbécil y me estuviese explicando una cosa muy sencilla.

Tardé aproximadamente un minuto en darme cuenta de que lo que realmente quería eran alcayatas. Alcayatas, que se clavan en la pared. Para colgar los cuadros. No era tan difícil, la verdad, debí entenderlo mucho más rápido…

Más tarde, en la misma mañana, me he puesto a colocar un pedido. Armado con la calculadora, trataba de averiguar el precio de coste por unidad, ya que en la factura venía el total es decir «brocas, 5 ud, xx€», y para saber cuanto te cuesta cada broca, tienes que hacer la división, a no ser que la información que necesito aparezca en algún otro sitio y yo no la haya visto, que con el día que llevo hoy, no sería raro.

De repente mi calculadora nueva, comprada hace justo dos días, no funciona. Al pulsar el botón de la división, desaparecía la cantidad a dividir y se quedaba a cero. Si pulsaba otro número y luego la tecla =, salía un resultado extraño. Así que voy a la tienda donde la compré y le digo al dueño que la calculadora no funciona bien. El hombre trata de demostrarme que sí funciona bien, pero teníamos un problema de comunicación… total que al final me dice que llevo razón, que los modelos de calculadora que él vende no tienen la función que yo quiero (¿calculadoras que no dividen? Ese tío está chalao) y me devuelve el dinero. Así que voy al bazar de al lado y compro otra calculadora… que me da el mismo problema.

– ¡Joder! ¡No me lo explico! ¡Me ha pasado lo mismo con dos calculadoras distintas! – le digo a un amigo, que casualmente se ha pasado a saludarme.

– No, es que no le estás dando a la tecla de la división. Le estás dando a la tecla del tanto por ciento.

Pues era verdad. Así que el de la tienda ha hecho conmigo lo que yo hago con los clientes que no saben lo que quieren, o que son incapaces de utilizar un aparato que funciona perfectamente. Seguirme la corriente, decir que yo quiero una cosa muy difícil, devolverme el dinero y aquí paz y después gloria. Que vergüenza, Dios mío, que vergüenza.

Esta tarde he pensado que sería una buena idea hacer sorbete de limón, que está rico, fresquito, y si lo haces con edulcorante en vez de con azucar, no engorda. Lo único es que es un poco coñazo, porque para evitar que se quede convertido en un bloque de hielo mazizo, hay que estar removiéndolo a medida que se congela, pero a parte de eso, no tiene mayor complicación.

Así que con eso he estado entretenido mientras estudiaba por la tarde. A las ocho y media, he sacado la basura del cubo, he puesto una bolsa nueva, y me he ido al gimnasio. Cuando he vuelto a las diez y media (no es que haga dos horas de gimnasia, es que el gimnasio está lejillos, aunque caminar también es hacer ejercicio) la basura seguía exactamente en el lugar donde la había dejado: al lado del cubo. Con el calor que hace, seguro que si la dejo un par de días más en el mismo sitio, termina aprendiendo a andar y se va de casa por su propio pie, pero he preferido no hacer el experimento. Me ha tocado volver a bajar, asegurándome de que esta vez la llevaba hasta el contenedor.

Cuando he vuelto, me he acordado del sorbete. Ya no era sorbete, era un cubo de hielo que se podría usar para construir un sólido iglú, con la forma de la fuente donde se ha quedado tieso, y el rabo de la cuchara que usaba para removerlo sobresaliendo a modo de palito de polo sobredimensionado. Al final he podido salvar tres cuartas partes del contenido, porque el interior aún no estaba congelado, de modo que he convertido el polo de limón en una granizada con icebergs (los trozos de hielo grandes, que no he podido partir).

Yo, sinceramente, estoy un poco preocupado, porque creo que estudiar con este calor me está convirtiendo el cerebro en fondue de sesos, y cuando llegue el otoño llegará un suizo y lo usará para mojar trocitos de pan, pero espero que por lo menos el relato divierta a los que lo hayáis leido.

5 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

Los hombres y la agresividad.

Recuerdo que cuando iba al instituto, tenía unas clases de «orientación sexual». Creo que eran en 2º de BUP (yo tenía 15 años), y aunque debían ser una hora al mes, robada de las dos horas libres semanales que teníamos en nuestro horario, al final fueron un total de tres clases y va que chuta, pero algo aprendimos. Lo típico, como son los aparatos reproductores, diversos tipos de formas de anticoncepción, cómo evitar el contagio de enfermedades de transmisión sexual, y el monitor trató también de derribar algunos mitos. Llevábamos un buen rato hablando de tópicos, cuando el profesor, a modo de conclusión, dijo: «entonces, según eso, todos los hombres seríamos violadores en potencia ¿no?».

Lo cierto es que, aunque aquel señor negaba que todos los hombres seamos violadores en potencia… lo somos. Al menos, eso me enseñaba mi madre (no te fíes de ningún desconocido, cámbiate de acera, ten cuidado con los hombres aunque parezcan buenos), y los consejos para prevenir violaciones también van en ese sentido (no te subas a un ascensor con un desconocido, si ves que hay un hombre en el parking, vete de ahí y no saques el coche). Total, que en un mundo en el que aproximadamente la mitad de la población son hombres, a las mujeres se las enseña que cualquier varón puede agredirlas si tiene la oportunidad de hacerlo. Todo hombre es un violador potencial.

Las mujeres, en cambio, no. Las mujeres no son peligrosas. También es algo que se nos enseña. Un hombre siempre puede con una mujer. Una mujer nunca va a ser una agresora. Nada malo puede venir de una mujer. Así las cosas, ellas son las ovejas, ellos son los lobos. El reparto de femeninos/masculinos en los nombres de estas especies, probablemente no es casual.

Divago.

Todo esto venía porque hace algún tiempo me ocurrió una anécdota curiosa. Yo tenía un amigo que no me aceptaba como hombre. Lo hcía a un nivel muy superficial, de labios hacia fuera, pero en realidad, el que yo fuese un hombre le molestaba (por motivos que otro día comentaré, porque se lo merecen). Manteníamos un trato cordial, pero al mismo tiempo había una cierta tensión entre nosotros, hasta el punto de que la última vez que le vi me volví a mi casa con ganas de partirle la cara (y escribí un post sobre ello, pero ahora no e apetece buscarlo para enlazarme a mí mismo).

El siguiente contacto que tuve con él fue muchos meses más tarde, y fue unilateral y accidental, ya que en realidad él no quería que recibiese las cosas que escribió, y yo no le respondí para no empeorar la situación, que ya era bastante mala. Él pensaba que me quería tirar a su, por aquel entonces, mujer en trámite de separación.

Lo que me escribió contenía muchas cosas que no merece la pena recordar, ninguna bonita, pero lo que no incluía era ninguna referencia a la feminidad. Sí, en cierto modo, a una falsa masculinidad (se refirió a mí como «alien» y «bicho raro», pero es normal, estaba muy enfadado, si no hubiese sido eso, habría sido otro insulto), pero de repente yo había pasado a ocupar un lugar en la masculinidad por derecho propio, y la causa de ello era que, de repente, me había convertido en alguien «peligroso».

Ahora él y yo teníamos varias cosas en común, entre ellas, las ganas de acostarnos con «su mujer» (en realidad no era suya, pero tardó demasiado tiempo en darse cuenta) y las ganas de darnos de ostias mutuamente. Suerte que hay varios cientos de kilómetros de por medio, porque una cosa es tener ganas de pegar a alguien, y otra muy distinta, estar dispuesto a hacerlo de verdad… al menos por mi parte. Estoy seguro de que aunque des más que recibes, alguna ostia te llevas, y las que te dan te las quedas. No merece la pena.

Aclaremos las cosas: no quiero pegar a nadie, ni voy a hacerlo, ni amenazo con hacerlo. Y, sin querer desmerecer a la chica en cuestión, que es una de mis mejores amigas, lo cierto es que nunca he pensado en ella como posible pareja, lo cual es muy bueno porque ella tampoco piensa en mí de esa forma.

La cuestión es que la agresividad y el peligro están tan relacionados con la masculinidad que la combinación mujer-agresiva o mujer-peligrosa parece imposible. Como mucho podemos pensar en mujer-histérica, pero reconozcámoslo, la histeria es la prima fea, despreciada e infravalorada de la agresividad. La histeria está divorciada del peligro y casada con la banalidad y la estupidez.

El caso es que he tenido que aprender a acercarme a las mujeres con cierta precaución, porque algunas se sobresaltan, y eso me disgusta. No es agradable que te consideren un violador en potencia. También me he dado cuenta de que las mujeres, quizá en un gesto instintivo de autoprotección, necesitan tener más espacio vacío a su alrededor para sentirse segura, mientras que los hombres, tal vez conscientes de que en caso de problemas tendrán más posibilidades de defenderse, necesitan una distancia mucho menor.

Eso provoca una dinámica curiosa en los grupos: los grupos de hombres son mucho más cerrados, y frecuentemente se tocan entre sí para dar más énfasis a lo que dicen. Los grupos de mujeres son más abiertos, porque ellas están más alejadas las unas de las otras, y en lugar de tocarse, ponen el énfasis en un lenguaje corporal mucho más gestual, con entonaciones de voz más ricas. En grupos mixtos, da la sensación de que las mujeres «ceden» espacio a los hombres, y de que están tensas, mientras ellos se encuentran en su salsa. ¿Resultado? Ellos adquieren una posición de liderazgo.

Curiosamente, este comportamiento se invierte en el ámbito privado, donde las mujeres ganan confianza en si mismas, y los hombres se sienten 50% pez fuera del agua y 50% imbéciles.

5 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

Miniglosario.

Esta entrada va dedicada M, que preguntaba por el significado de una ristra de palabras que puse hace unos días en otra entrada.

Hace algunos años, ya escribí una entrada de este estilo, pero me he prometido no mirarla. Mi forma de entender o mirar las cosas ha cambiado en este tiempo (¡¡normal, el tiempo nos cambia a todos!!) y puede ser una forma divertida de ver cómo lo ha hecho.

Las reglas del glosario son, más o menos, las siguientes:

1) No pretende ser exahustivo. Hay muchas más palabras por ahí que yo no conozco.

2) No pretendo que se entienda como una clasificación rígida, una forma de meter a la gente en cajoncitos, sino más bien como para tener una idea de qué es cada cosa cuando las menciono. Además, una misma persona puede identificarse en varias categorías.

3) No pretendo estar en posesión de la verdad. Sólo son mis puntos de vista. Mis puntos de vista no están grabados en piedra.

En resumen, que no me hagáis mucho caso en esto, ni me toméis demasiado en serio.

Hombre: persona que se considera a si misma como tal. Hay quien sostiene que es hombre quien los médicos dicen que es hombre. Vaya usted a saber.

Mujer: persona que se considera a si misma como tal. Hay quien sostiene que es mujer quien los médicos dicen que es mujer. Vaya usted a saber.

Transexual: persona que se considera a si misma como tal. Generalmente, personas que no están de acuerdo con el sexo asignado al nacer. Hay quien sostiene que sólo son transexuales aquellas personas que cumplen con las siguientes características:

1. Que se hayan sometido a una cirugía de reasignación de género, o

2. que deseen someterse a una cirugía de reasignación de género y todavía no haya sido posible hacerlo, o

3. que se estén sometiendo a algún tipo de terapia hormonal, o

4. que dessen someterse en el futuro a algún tipo de terapia hormonal, y

5. que sean indudablemente mujeres u hombres como otros cualquiera, pero no del sexo que les fue asignado al nacer (esto es un poco incongruente, pero bueno…)

Transgénero: persona que se considera a si misma como tal. Generalmente, personas que no están de acuerdo con el sexo asignado al nacer. Hay quien sostiene que quienes no están de acuerdo con el sexo asignado al nacer Y no cumplen con los cinco requisitos que deben cumplir l*s transexuales, son transgénero. De este modo, transgénero representaría una categoría «inferior», que se podría percibir, o bien como incompleta, o bien como falsa, o bien como que pretende usurpar los privilegios conseguidos por l*s transexuales. A mí, personalmente, todo eso me parece una solemne estupidez, y, además, «racista». A veces se usa para referirse a cualquier persona que no esté totalmente de acuerdo con el género asignado al nacer.

Travesti: en algunos paises de latinoamérica es sinónimo de transexual. En otros no. En España llamar travesti a una transexual es insultante, ya que se considera que un travesti es un hombre que se viste de mujer, generalmente porque le excita sexualmente, o por capricho. Si llama «travesti» a una transexual, es posible que te diga que travesti será tu padre, o algo así. Parte de esto se debe a la estigmatización que el DSM-IV ha vertido sobre las travestis, clasificando el travestismo como una enfermedad mental, cosa que es absurda se mire como se mire. Comprendo que a las transexuales les moleste que las vean de esa forma. Un dato curioso: cuando se piensa en travestis, nadie piensa en mujeres que se visten de hombre, posiblemente porque este comportamiento, que, por cierto es bastante habitual, está tolerado socialmente.

Crossdresser: lo mismo que travesti, pero en inglés. En mi opinión, tiene un punto un poco menos estigmatizante, y seguramente si llamases «crossdresser» a una transexual, no se enfadaría, aunque probablemente sí te explicaría que te estás equivocando. No sé si se contempla la posibilidad de que hayan mujeres crossdresser.

Drag queen: son hombres que se visten de «reina» ¡O de reinona! Las Drag Queen oscilan entre el espectáculo, la provocación, la irreverencia, la diversión… te pueden gustar, te pueden no gustar, pero no te van a dejar indiferente. Corre una leyenda urbana de que normalmente las drag queen son hetero. Yo no he conocido ninguna hasta ahora. Todas las que he conocido eran gays.

Drag king: son «mujeres» que se visten de hombre e interpretan un personaje masculino, que suele responder a algún estereotipo social: el dandy, el supermacho, el elegante, el cowboy… Siempre que he oido hablar de drag kings, lo he escuchado planteado como un acto performativo de apropiación de los roles masculinos para aprender en propia carne que se siente y como se transmite la idea del poder o la supremacía a través de los roles de género. O algo así, reconozco que no lo entiendo muy bien, pues la teoría es muy sofisticada y compleja. Algunos Drag Kings son auténticos maestros  del maquillaje y la transformación, igual que las Drag Queens.

Queer [gender queer]: Esto sí que no soy capaz de explicarlo. Queer, en inglés, es un insulto que en español resulta intraducible. Lo he visto traducido como «bollera», «maricón», «rarito» y similares, pero ninguna palabra española capta completamente su significado. Creo que son personas que entienden el género como una cuestión cultural, y se niegan a acatar las normas o roles de género normativos, situándose en un plano distinto en el que la norma es no cumplir la norma. En verdad, no lo entiendo muy bien, pero me parece genial, y, por supuesto, lo respeto.

Intersex: Como respecto a la cuestión de la transexualidad, hay diversidad de opiniones y definiciones. Entiendo que intersex es una persona que, por sus características físicas, posee rasgos tanto masculinos como femeninos, de manera que no se le puede clasificar enninguno de los dos conjuntos (mujer u hombre). Generalmente la intersexualidad se entiende como «natural», es decir, si adquieres rasgos intersex como consecuencia de intervenciones médicas, no vale. O quizá sí, porque sería la única categoría ligada al momento de nacimiento de manera inexorable. Hay autores que sostienen que se puede dejar de ser intersex, y autores que sostienen que se puede llegar a ser intersex, y yo estoy de acuerdo con ambos puntos de vista. Además, hay muchos tipos de intersexualidad. Podría estar escribiendo hasta mañana, pero realmente no sé tanto sobre el tema intersex como para atreverme a hacerlo.

Hay otros muchos términos para referirse a personas que han transitado de un sexogénero a otro, o incluso dentro de su propio sexogénero (de un tipo de mujer a otro tipo de mujer ¿por qué no?). También los hay para referirse a personas que no se sienten ni hombre, ni mujer, ni transexual, y necesitan una palabra más definitoria que simplemente «transgénero» o «trans». No me extrañaría que hasta exista por ahí un libro entero sobre el tema, pero si lo hay, no lo conzco. Yo, de momento, lo dejo aquí.

6 comentarios

Archivado bajo Identidad, Reflexiones