Archivo mensual: enero 2010

Empezando con la hormonación

Esta semana he tenido sesión doble de UTIG. Por un lado, el lunes (25 de enero) fui a la psicóloga, la 10ª visita, aunque ya no tiene sentido contarlas, y por otro lado el martes (26 de enero) a la endocrina, para empezar a hormonarme por fin.

Lo de seguir llendo a la endocrina es parte del protocolo. La terapia psicológica se mantiene de manera indefinida, aunque con el paso del tiempo la gente ya no va con tanta frecuencia, sino que aprovechan que tienen que ir a las revisiones endocrinológicas para ir a una terapia de grupo, o algo así. En realidad no tengo muy claro como va, pero la cosa es que hay que seguir llendo a la psicóloga.

Tener que ir a la psicólgoa tampoco es algo que me moleste, porque siempre viene bien tener a alguien que te pueda echar un cable si estás teniendo problemas y no sabes como manejarlos ¿verdad? Ese es el trabajo que debería hacer desde el principio. Por otra parte, deberían dejarnos opción a elegir si queremos terapia psicológica o no, aunque tengo que reconocer que hasta ahora yo nunca le he dicho a Trinidad que no quería ir, o que quería la cita para más tarde. A lo mejor si se lo dijera, no había ningún problema

El caso es que tenía que ir, y fui. Cuando llegué me presentó a su nuevo padawan, que, por cierto, era un chico muy guapo (parece que todos y todas los residentes de psicología lo son, los feos deben suspender la carrera o algo) y me pidió que le contara como me había ido desde la última vez que nos vimos. Le dije que aún no había empezado con las hormonas, que tenía cita con la endo al día siguiente, que había suspendido la oposición, pero tampoco se me había hundido el mundo por eso, y que me había salido trabajo en el extranjero. Yo no sabía si hablarle de este tema o no, y de hecho, aún no quiero hablar de ello por aquí, hasta que no lo tenga resuelto y seguro, pero pensé que tal vez sería bueno tantear un poco el terreno.

Ella me preguntó que donde iba y para qué, y cuando le conté mis planes e intenciones, le pareció muy bien, me animó un montón, y me dio un par de consejos que creo que me van a venir muy bien. Se ofreció a buscar algún medio para que siguiésemos en contacto, aunque fuese a través de internet, y yo salí de la consulta con las pilas super cargadas y más contento que unas pascuas. Es una pena que las cosas no hayan sido así desde el principio… es como debería ser… una persona que te ayude, no una especie de juez con poder de vida y muerte sobre ti.

El día 26, o sea, ayer, fui a la endocrina. También le comenté lo de irme a trabajar al extranjero, pero cuando le pregunté si sería posible que mantuviésemos el contacto o algo, para enviarle datos del seguimiento o que ella colaborase con el médico que buscase fuera, me dijo: «imposible». Lo que me recomendaba era que volviese del extranjero para hacer el seguimiento aquí, porque, en su opinión, donde voy, no hay médicos competentes que puedan llevar este tema (yo sé que al menos uno hay).

Como se puede adivinar, después de eso, la endo estuvo más seca que una esponja en el desierto del Gobi. Me dieron ganas de ofrecerle un All Bran o algo para que se desahogara, aunque no llevaba ninguno encima. Pero me dijo lo que me tenía que decir, me explicó los efectos de la testosterona, lo que debía esperar, me recomendó que no fumara (muy importante, por suerte hace ya años que dejé de hacerlo), no tomara drogas, y alcohol muy esporádicamente, que me apuntase a un gimnasio, y que no coja peso, para que así, al hacer ejercicio, los kilillos de grasa que tengo de sobras se vayan cambian por músculo. La verdad es que la idea de no tener que perder peso, sino sólo mantenerlo, me motiva, y lo de ir al gimnasio también, así que el mes que viene me apunto.

Además, me hizo la primera receta para que comprase la primera dosis ya en la farmacia, un volante para que el médico de cabecera me haga las recetas sucesivas, y un volante para que me inyecte el ATS (no se si se siguen llamando ATS ahora).

Normalmente, encontrar testo es difícil, porque no es un medicamento muy común, así que te lo tienen que pedir, pero se me ocurrió que en las farmacias de alrededor del hospital, quizá tendrían. En la primera a la que fuí, no tenían ni la más remota idea de lo que estaba pidiendo, pero en la segunda, sí que la tenían, así que, sin problemas por esa parte.

Por otro lado, ese mismo día, me encontré en la consulta con un amigo que había vivido en Granada pero que se mudó antes del verano. Me dió mucha alegría, y estuvimos varias horas charlando y poniéndonos al día. De camino me explicó que, si tenía problemas para encontrar la testo, seguramente en la farmacia a la que él solía ir en Granada habría como mínimo una dosis preparada para él. Todo esto fue antes de que me pusiera a buscar en las farmacias de Málaga, así que cuando me puse con ello, estaba bastante tranquilo.

Mientras hablaba con este amigo, me llamó otro amigo que venía de paso para Málaga. Él pensaba que yo estaba en Granada, pero cuando le dije que estaba en Málaga, pues… creo que le vino hasta mejor.

Hay días en que los astros parecen alinearse para bien, y ese era uno de ellos. Mientras estaba esperando a que llegase este segundo amigo, con mi primera dosis de testosterona comprada, y contento por haber hablado con el primer amigo al que había hablado, se me ocurrió que a veces la vida es como una especie de novela en la que uno está deseando pasar la página para ver que ocurre después.

Entre unas cosas y otras, llegué a Granada a las 6 de la tarde. Aparqué el coche, subí a mi casa, dejé los bártulos, y con la misma me volví a marchar al ambulatorio, a ver si había suertecilla y me ponían la inyección ese mismo día. Después de un año y medio esperando, no me habría pasado nada si hubiese esperado al día siguiente, pero por otra parte, después de un año y medio, ya tenía ganas de empezar de una puñetera vez, así que, cansado como iba y todo, tiré para allá.

Lo mejor del caso es que en los ambulatorios hay más gente por la mañana que por la tarde, pero por la tarde también hay gente trabajando. Cuando llegué allí, aquello estaba casi desierto. Tan sólo había un señor, que creo que estaba dándole la brasa a la enfermera, así que la enfermera se alegró de de que llegase yo y así poder tener una esxcusa para terminar con el señor, aunque aún así, tuve que esperar unos minutos. Bah, no me quejo.

Me dió un poco de vergüenza enseñarle el volante, darle el medicamento y demás, pero ella no hizo ningún aspaviento. Me trató con toda normalidad, e incluso estuvo muy maja. La inyección no me dolió nada, en realidad ni me enteré. Me habían dicho que era un poco espesita y que sí que dolía bastante pero… que va. Nada de nada. Teniendo en cuenta que me la tengo que poner cada 18 días, es una alegría.

Ahora, mientras escribo, ya han pasado más de 24 horas desde el primer pinchazo. Los efectos de la hormonación tardan en hacerse visibles y son bastante graduales, en función, entre otras cosas, de cada persona. Sin embargo, yo llevo desde ayer con el cuerpo raro. Tengo las articulaciones como entumecidas, y los sentidos ligeramente embotados, como si me fuese a resfriar o a coger la gripe, pero sin encontrarme mal. Imagino que en parte debe ser autosugestión pura y dura, aunque he oido que a otras personas les ha pasado lo mismo. No es descabellado que me note algo raro… Cuando uno se toma una aspirina, en seguida nota el efecto, así que tampoco es tan raro que se note pronto el efecto de una hormona nueva ¿no? Aunque se note tan sólo por dentro, y no por fuera.

Bah, lo más probable es que sea sólo autosugestión. Además, como no me encuentro mal, tampoco merece la pena darle más vueltas al asunto. También se me ha quitado por fin el persistente dolor de espalda, después de dos semanas, o sea que era de los nervios.

Después de darle vueltas y más vueltas en la cabeza al tema, la verdad es que ahora estoy super contento, y muy tranquilo.

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Rescatadles.

A continuación, el texto que ha escrito una amiga. Hace unas semanas, cuando hablaba de las Jornadas Feministas Estatales, comenté que tenía ganas de empezar un nuevo proyecto. Para ello, no estoy solo, y espero que poco a poco vayamos siendo más.

Si alguien pudiese redifundir el anuncio, lo agradecería.

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La situación de Haití puede ilustrar la de otras personas que también necesitan rescate. También ellas están vivas, aunque en un agujero negro. También sobre ellas han caído determinados escombros, por errores humanos que a veces son tan inevitables como los hechos naturales. Pero en este caso, no gritan, no llaman. Están ahí sufriendo muchísimo, pero no se las detecta. Y su rescate sigue siendo humanamente posible.

Estamos empezando a hacer una convocatoria para quienes han visto denegada su solicitud de tratamiento médico en alguna unidad o por algún profesional, de manera que podamos formar un grupo de rescatados y rescatadas. En este caso, de buena fe desde luego, el peso de numerosos errores es lo que les ha caído encima.

Errores, también desde luego,  que no son achacables a las propias unidades sino a los supuestos que han seguido hasta ahora la Medicina y la Psicología al acercarse a las personas transexuales.

Sabiendo la fuerza del sentimiento transexual, de la necesidad de cambio, es fácil imaginar la angustia de quien, sintiéndolo, puede haberse visto con el paso cerrado a su forma de ser.

Más aún, cuando habiendo superado mil miedos y toda la represión cultural que tenemos interiorizada desde hace siglos, hemos creído llegar a buen puerto, a un medio amistoso, y nos encontramos con que es precisamente en él (y no de mala fe) donde se da un golpe dolorosísimo a nuestra esperanza.

No sabemos cuántos ni cuántas transexuales se han visto en esta situación, no sabemos cómo se les ha argumentado la denegación del servicio público, no sabemos cuáles son las razones que erróneamente se han utilizado, pero a la vista de los criterios que se usan en algunas unidades, nos tememos que quienes han sufrido esa dura prueba sean muchos y que no esté justificado objetivamente, de modo alguno, que se les haya cerrado la puerta.

¿Cómo ha salido de la unidad o de la consulta del profesional aquella persona que esperaba orientar por fin su vida?

¿Qué ha sentido al pasar por la sala de espera y ver a sus compañeras y compañeros con la sensación de que ya no los volverá a ver, que ha sido separada de su lado?

¿Cómo ha vuelto a su casa, a su oscuridad, al armario en el que podía encontrarse, después de haber intentado salir y ver que otras personas le niegan el derecho a hacerlo?

¿Cómo está siendo su vida? ¿Ha conseguido seguir adelante con la fuerza de la rebeldía o se ha sentido hundida y sin saber qué hacer a partir de ese momento?

¿Se ha hecho algún estudio de seguimiento de estas personas para reevaluar la denegación y sus consecuencias? Puede ser, aunque habrá sido difícil, porque una persona rechazada no vuelve con gusto a donde ha sufrido, por lo que me temo que, de hecho, no.

Los criterios que parece que hemos detectado en algunas unidades, por conversaciones con sus usuarios, son a veces profundamente erróneos y deberían ser objeto de una no menos profunda revisión.

Me pregunto si estos criterios, variables desde luego según las unidades, han podido ser los siguientes:

=Exclusión por enfermedad mental. ¿Ha habido personas que hayan sido simplemente excluidas al detectárseles unos síntomas psicopatológicos? ¿Se ha tenido en cuenta que en este caso, el criterio indicado es resolver primero la enfermedad mental y después atender a la demanda de la persona candidata? ¿Ha figurado en el protocolo una atención secundaria mientras durasen los cuidados psiquiátricos? ¿Se ha practicado el seguimiento lógico y necesario, en estas historias de vida más que en otras?

=Esquema binario del sistema sexogénero, que sólo ahora, es verdad, se empieza a comprender que es la causa cultural de muchos prejuicios ¿Pero se ha pensado que, si no se quiere ser hombre, hay que ser mujer, o viceversa? ¿Se ha pretendido que la persona candidata cumpla con unos modelos de masculinidad o feminidad muy definidos? ¿Se han usado tests de masculinidad-feminidad basados en criterios de los años cincuenta o sesenta que, simplemente, hoy ya no están vigentes?

=Esquema binario de la orientación sexual. ¿Se ha desconfiado de las personas que en su asignación de origen mostraban una orientación hacia el mismo género deseado? ¿Se ha supuesto o primado que, después de la reasignación, las relaciones preferidas fueran las de hombres con mujeres o mujeres con hombres?

=El llamado test de la vida real. ¿Se ha creído que esta llamada prueba es decisiva? ¿Se ha supuesto que la vida real admisible debería consistir en un ingreso en la vida convencional de mujer u hombre? ¿Se ha tenido en cuenta que la transición social es, con mucho, el paso más difícil, mucho más que la transición hormonal o quirúrgica, porque puede tener consecuencias demoledoras en lo familiar o lo laboral? ¿Se ha respetado el derecho de cada persona candidata a valorar por sí misma sus opciones prácticas o el ritmo de su transición? ¿Se ha insistido en poner esa prueba al principio, cuando la persona no está habituada a vivir de acuerdo con el nuevo género y cuando no ha experimentado cambios hormonales que le ayuden con su imagen? ¿No es ese intento, cuando sea posible hacerlo reversiblemente, una posible ayuda para la autoevaluación,  pero no la prueba irrenunciable que todas las personas candidatas deben pasar?

=Argumentos estéticos y éticos. ¿Se ha valorado a las personas candidatas por su apariencia o por la feminidad/masculinidad de sus gestos y, paternalistamente, por sus supuestas posibilidades de hacer el cambio social? ¿Se ha reconocido el derecho de cada cual a bregar por sí en la vida, aunque tenga que ser con mil dificultades?

En este aspecto, ¿se ha pensado que los modales, gestos, frases, interjecciones, pueden variar mucho de unos grupos sociales a otros, de manera que  evaluarlos como femeninos o no desde las propias referencias puede ser un rotundo error?

=Prioridad a teorías sobre la transexualidad, todas insuficientemente elaboradas todavía, más que a la práctica. ¿Se han seguido consideraciones sobre la “transexualidad primaria o secundaria”, sobre la “verdadera transexualidad” (¿es que hay una falsa? ¿O es una diferente?), sin tener en cuenta los profundos cambios, las transformaciones y autodescubrimientos en muchas de las evoluciones transexuales, el impacto teórico y práctico del binarismo de género?

=Atención  a las propuestas de la persona candidata. ¿Han sido tenidas en cuenta proposiciones como el cambio de sexo sin cambio de género, que pueden depender, o bien de una necesidad personal (no- binaria), o bien de dificultades objetivas e insuperables en los terrenos familiar o laboral? ¿O el cambio de sexo parcial, limitado a la eliminación de las gónadas, lo que también puede responder a una adaptación no-binaria o al simple realismo de quien sabe lo que puede esperar y lo que no, y sus costes en la práctica de la vida?

Constituir un grupo numeroso de personas transexuales rescatadas de esos posibles errores, o de otros que todavía no hemos visto, es pasar de la impotencia en soledad al compañerismo y la fuerza, vida y eficacia social. Además, es presentar ante la sociedad entera el variado cuadro de la realidad transexual, de la verdadera libertad de género.

No es formar una asociación, no lo somos ni queremos serlo. Es formar un grupo o una red, un contacto, una lista que libere del aislamiento y donde puedan ir surgiendo iniciativas en libertad, en la solidaridad trans.

Por eso es tan importante que se constituya este grupo, o esta red, que ya está funcionando porque algunos amigos y amigas nos hemos comprometido con esta cuestión. Sabemos que aquí puede renacer la esperanza y, sobre todo, que cada cual sea reconocido o reconocida tal como es, con los matices de su transexualidad.

Si estás implicado o implicada en esta temática, por favor, comenta en este mismo blog, para ponerte en contacto con personas como tú o que sienten fuertemente la necesidad de que se respeten nuestros derechos, o bien escribe a autonomiatrans@gmail.com

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Vale, estoy un poco nervioso.

El martes que viene ya, por fin, tengo cita con la endocrina, para que me recete las hormonas. ¡Ya era hora! Total, desde medidados de julio, que fue cuando acudí por primera vez al médico de cabecera pidiéndole que me enviara a la UTIG de Málaga… sólo me he tirado un año y medio dando vueltas de un sitio a otro.

Menos mal que, cuando empecé con todo este tema, encontré colgados en youtube los videos de un chico que decía que hasta que empiezas a hormonarte, pasan un par de años. No siempre ocurre así. Hay gente que tarda más, hay gente que tarda menos, e incluso hay gente a la que se le niega el acceso a la hormonación, y tienen que reiniciar el proceso por lo privado, si es que lo pueden pagar. Como sea, en mi caso he tardado todo este tiempo. Perdí 3 meses hasta que conseguí llegar a la UTIG, porque mi médico de cabecera no sabía como enviarme allí, y ahora un par de meses más, porque entre la saturación de la UTIG (agravada por la navidad) y mis compromisos me han impedido conseguir una cita con la endocrina antes. El año restante corre a cuenta de la psicóloga.

La cuestión es que después de una larga espera… ¡Por fin va a llegar el día! Mis amigos me preguntan que si estoy nervioso, y les digo que no, que más bien estoy como los niños cuando esperan que llegue el día de reyes. Pero lo cierto es que sí que estoy un poco nervioso. Decía que no, porque en realidad ni yo mismo lo notaba. Es algo que me pasa a veces, estoy nervioso, pero no soy consciente de ello, aunque sí que sufro algunos síntomas, como por ejemplo, falta de concentración, o dolor de espalda. Sobretodo, dolor de espalda, porque cuando estoy un poco tenso, los músculos de la espalda se me empiezan a contraer, y se quedan cortitos, cortitos.

Al final a base de persistente dolor de espalda que no se me quita ni haciendo ejercicio, ni con masajes, ni con nada de nada, y de que no soy capaz de pasar más de media hora seguida haciendo algo serio, me he dado cuenta de que sí, que estoy nervioso. A veces soy un poco lento.

No sé exactamente por qué estoy nervioso, si no me dan miedo las agujas, ni los efectos secundarios de las hormonas, pero supongo que en realidad es normal que tenga algo de ansiedad, teniendo en cuenta toooodo el tiempo que llevo esperando. Además, el primer día de hormonación es el primer día de los dos años de hormonación necesarios para poder cambiar el DNI. También será el primer día a partir del que empiezan a haber cambios físicos, aunque tarden un poco en notarse (depende de la persona, hasta que no han pasado seis meses, no aparece ningún cambio visible) y tengo una gran curiosidad por ver qué pasa a continuación. He leido sobre el tema, he hablado con otra gente, he visto fotos, videos… pero no es lo mismo que vivirlo en primera persona, especialmente teniendo en cuenta que a los cambios son diferentes para cada persona.

Pensando en el tema de los cambios, que son muy lentos, se me ha ocurrido hacerme algunas fotos. Lo malo de los cambios lentos es que uno no los nota demasiado, porque se ve cada día, pero si me voy haciendo fotos, las puedo comparar ¿no? Quizá hasta grabe algún video, como aquel chico que vi en su momento en youtube, aunque no me veo colgándolos en ninguna parte :P.

Cuando pienso estas cosas, me sueno a mí mismo un poco infantil y un poco simple. Por eso es una suerte que en realidad siempre haya sido un poco infantil, y por tanto, esté acostumbrado a esa sensación. Algo bueno tenía que tener lo de ser friki, leer libros de fantasía, jugar a juegos en los que interpretas a un druida semielfo, o a un Jarl vikingo, o en los que comandas ejércitos de elfos que luchan contra los malvados uruk-hai. Así, cuando una tontería te hace mucha ilusión, no te sientes tonto, e incluso lo disfrutas.

Jo, que ganas tengo… Sobretodo si pienso que, además, lo más probable es que una vez que vaya a la endocrina y me pinche por primera vez, se me quite el dolor de espalda.

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El nombre de antes.

El nombre que yo usaba antes, el que me pusieron mis padres, me gustaba. Lo cambié porque sentía que no me pegaba, que no iba conmigo, y, además, porque me gustaba más Pablo. Con el nombre de Pablo sí me siento identificado.

Me dió un poco de pena cambiar de nombre, pero por otra parte, me gustó hacerlo. No es que dejase atrás algo que me molestaba, sino que avanzaba hacia algo que era todavía mejor. Pensaba que no acabaría peleado con mi nombre.

Lo que yo no había calculado es que el viejo nombre terminaría por convertirse en el símbolo de muchas cosas. El viejo nombre está ahora cargado de recuerdos, algunos alegres y otros amargos, y cuando pienso en él es como si abriese un album de fotografías, de esos que nos da un poco de morriña mirar. Pero también es la bandera de quienes no me aceptan. Después de más de un año, todavía llegan cartas a ese nombre (y lo que me queda), puesto que el estado no me permite cambiar de DNI. Eso significa que los bancos, las facturas telefónicas, la seguridad social, hacienda, el Servicio Andaluz de Salud (incluidas las cartas que me llegan de la UTIG), etc… me conocen por el viejo nombre. El estado no me reconoce como hombre, sus organismos, tampoco, y las empresas privadas sólo reconocen lo que el estado les diga que tienen que reconocer.

Pocas personas me llaman por ese viejo nombre. Algunas de estas personas lo hacen, simplemente porque no saben que otro nombre usar. Es sorprendente cuanta gente conoces… Para todos ellos, no soy Pablo. No saben quién soy en realidad.

En mi familia, también hay quien utiliza el viejo nombre. Mis padres todavía no tienen fuerzas para ello, pero confío en que lo conseguirán. Otros, se lían un poquito, aunque ponen de su parte, y otros, simplemente, no se han querido dar por enterados de que no soy una mujer.

Entre todos lo único que consiguen es que empiece a pensar en ese viejo nombre como si fuese mi nombre de esclavo. En los EE.UU. el estado daba una casa y un trocito de tierra a los indios que renunciaban a su nombre de indio por un nombre inglés, y se ponían las ropas de los ingleses. De algún modo, siento que conmigo se quiere hacer lo mismo.

El viejo nombre se convierte en un arma. Se puede esgrimir contra mí para hacerme mucho daño, para negar mi identidad. No me extraña que otras personas trans lo sepulten en el olvido y no quieran acordarse de como les pusieron sus padres.

Entre las personas trans, de hecho, se considera un gesto de confianza que alguien te diga el nombre que usaba antes, y es algo que casi nadie pregunta, porque en realidad a nadie le importa. Me parece que quienes no son trans, no son del todo conscientes de la enorme carga simbólica que puede contener el viejo nombre. No se dan cuenta, a menos que se lo diga, de que es un tema sensible, al menos para mí.

Aún así, me sorprende el uso que hacen los periodistas de los nombres antiguos de las personas trans. «Concepción quería ser Roberto», o «Antonio se ha sentido mujer desde los cuatro años». ¡No era Concepción! Sin duda, tampoco es Antonio. El desprecio con el que se utiliza ese dato me parece alucinante, y supongo que sólo se explica desde la ignorancia. Nadie sería capaz de hacer tanto daño por un poquito de dinero ¿verdad? Aunque después de ver los muertos apilados en Haití, empiezo a dudarlo.

Pero el viejo nombre también puede ser un arma de doble filo. Después de todo, si alguien se atreviese a decirme que yo no soy un hombre, siempre podría responderle que puede que tenga razón y puede que no, pero que al menos, a diferencia de esa persona, yo ya he dejado de llevar mi nombre de niño. En cierto modo, entiendo el motivo por el que, en muchas culturas, es costumbre cambiar de nombre al llegar a la edad adulta.

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Operando a menores de edad.

Las operaciones de «cambio de sexo», o «reasignación de sexo», o «reasignación de género», o como cada uno quiera llamar a la vaginoplastia y la faloplastia realizadas a personas transexuales (ninguna de esas expresiones termina de decir lo que yo quiero decir, pero alguna habrá que usar, para entendernos), en menores de edad, son el tema de moda. Se está escribiendo mucho sobre ello… ¿iba a ser yo el único que se quedase fuera del asunto?

En principio, yo estaba en contra de la realización de ese tipo de intervenciones a menores de edad. En Holanda, lo que se hace, es proporcionarles un tratamiento de detención de la pubertad, ni siquiera hormonas del sexo al que desean llegar, sino hormonas para evitar la llegada de la edad fértil, lo que no me parece mal, puesto que no es nada irreversible, sino una pausa para confirmar los cambios cuando se llegue a la edad adulta. ¿Tienen los menores de edad responsabilidad suficiente para tomar decisiones que van a ser irreversibles?

Posteriormente, un amigo, que ha trabajado en temas de atención sanitaria, y sabe más que yo como de aquí a Lima, me habló del concepto de «menor maduro» (creo que ese era el término), que concede a los menores de edad, pero mayores de cierta edad, la potestad de decidir sobre sus situaciones de salud, sobre su propio cuerpo. Aunque mi amigo lo explicó mucho mejor de lo que yo estoy explicando, lo del «menor de edad maduro» no me convenció mucho, pero sirvió para abrirme una puerta que desconocía.

También conozco a la menor de edad que se ha operado de vaginoplastia. No es que la conozca mucho, tan solo a través de un foro, y la opinión que tengo de ella es, en principio, muy pobre. Es una «hoygan» preocupadísima por sus relaciones con los chicos, por el tamaño de su sujetador, y que participa en flames foreras para despellejar a sus enemigas virtuales, como en una verdulería virtual. Después, una amiga común me ha dicho que en realidad es una chica majeta y simpática, con la que se puede pasar un muy buen rato. Lo que pasa es que yo tengo prejuicios, y a un «hoygan» no le dejaría tomar decisiones ni siquiera sobre lo que va a desayunar ese día. Dar patadas al diccionario, no sólo sin pudor, sino incluso con orgullo de no saber escribir correctamente, se merece ese castigo, y cosas peores.

Lo que terminó de derribar mis prejuicios hacia las operaciones de menores fue escuchar la historia de un chico trans de Ecuador, que desde los cinco años creció como chico. En su vecindario nadie sabe que es trans, puesto que se corrió la voz de que, aunque todo el mundo sabía que su madre había tenido una niña, en realidad había sido un niño. Se trataba de un error de comunicación divertido e inexplicable. Para sus vecinos, este chico nunca fue una niña. Desde entonces hasta ahora, sin hormonas ni operaciones, con la ayuda de su madre, ha vivido como hombre trans. No ha sido fácil, pero ha mantenido siempre esa identidad que asumió a los cinco años.

La menor española a la que ahora han operado, también asumió una identidad femenina a los cuatro o cinco años. No se mucho de su vida, pero es probable que nadie en su entorno, salvo su propia familia, sepa que es trans. También es probable que su gran preocupación por el tamaño de sus pechos, la forma de su cuerpo, el aspecto de su cara, etc, respondan al intenso deseo de verse y ser vista como mujer sin ningún género de dudas. Si la sociedad aceptase que una persona con fisonomía masculina puede ser una mujer, sin ningún problema ¿como sería esta chica ahora?

Quizá el problema reside en la idea de «operarse para ser una mujer», «operarse para ser un hombre». ¡No hace falta operarse para eso! Si pensamos en una operación de reasignación de sexo, estamos diciendo eso exactamente. Se opera porque quiere ser hombre o mujer. Para poder «asignarse», pertenecer, al conjunto de mujeres o de hombres. ¿Y si luego, igual que ha cambiado de conjunto una vez, decide cambiar de nuevo? Que desastre ¿no?

Pero si pensamos en vaginoplastia, construir una vagina, o faloplastia/metaidoioplastia, construir un pene o algo similar, la cosa cambia. Muchas personas trans sienten un asco visceral, o miedo, o rechazo absoluto, hacia sus genitales, o genitales y mamas, pero tienen que vivir pegados a ellos. A mí me producen muchísimo miedo las arañas, pero no tengo ninguna araña formando parte de mi cuerpo. En mi casa no hay arañas, ni decoraciones de arañas. Como mucho, mi madre tiene colgada una araña de cristal en el salón, y yo leo comics del hombre araña.Un día maté a una araña que medía dos o tres milímetros y llamé a un amigo para contarle mi hazaña. ¡Ese día me sentí realmente valiente!

Si una araña formase parte de mi cuerpo, desearía con todas mis fuerzas que se me extirpase. Si lo pienso así, si lo miro desde ese punto de vista, puedo imaginar que, igual que yo tengo terror hacia las arañas, aunque sean arañas microscópicas y totalmente infoensivas, otros pueden sentir esa misma fobia hacia una parte de su cuerpo. Debe ser horroroso verlo, sentirlo… y debe ser un alivio inmenso librarte de ello y tener en su lugar algo mucho más deseable, que, además de no darte miedo o asco, refuerza y legitima tu identidad de género. ¡Además de perder de vista lo que tan repulsivo les parecía, consiguen el beneplácito para ser quienes quieren ser, sin dar explicaciones!

En este sentido, me parece lógico permitir que l*s menores de edad tenga acceso a las vaginoplastias y faloplastias, no como «cambio de sexo», sino como «sentirse bien consigo mism*s». Que alguien sea menor, no significa que deba sufrir hasta los 18 años, sólo por ver si, mientras tanto, se le pasa.

Algunos enlaces que tratan sobre la cuestión desde otros puntos de vista (yo no los he leido/visto todos aún, y tampoco suscribo todo lo que dicen):

ABC.es

rtve.es

Onda cero. El gabinete: ¿Cuando se decide la identidad sexual?

Onda cero. Fósforos: operaciones de cambio de sexo.

Antena3 noticias

El País.es

La razón.es

Publico.es

Telecinco.es

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Baneado yo también (y ahora me doy cuenta)

Cuando voy por casa de mis padres, durante toda la estacia tengo un runruneo en el cuerpo que me hace sentir mal. Se trata de algo que no sé identificar, y que no sabría de dónde venía. Ahora que he pasado aquí una semana, y tengo otra por delate, empiezo a darme cuenta de qué es lo que pasa.

Debido a las circunstancias, he recuperado mi antugua rutina. Me levanto por la mañana y voy a trabajar a la tienda de mi madre, mi antiguo trabajo. Por el camino, paso frente al edificio que iba a ser mi casa, y lo miro. Mi antigua futura casa, que es ahora la casa de mi ex. Paseo a mi antiguo perro, y en la casa de mis padres, colgados en las paredes, veo los cuadros que compré o que me regalaron para decorar las paredes de la casa que iba a comprar. Escucho mi antiguo nombre, y soy tratado por mi antiguo género. A media mañana voy a mi antigua panadería favorita, y compro los croasanes que aún me gustan, y que en Granada no hacen tan ricos.

Cuando decidií que ya no soportab a más vivir fingiendo que era una mujer, pensé que perder todo esto era el precio de tenía que pagar. Me pareció muy alto, y por ello estuve aguantando durante años en el armario. Después, lo pagué. Ahora, que he pensado mucho sobre esto, me doy cuenta de que en realidad no era un precio que tuvera que pagar. En realidad, fui expulsado de mi propia vida. Podría ponerme en la frente un sello que pusiera «baneado», igual que la amiga sobre la que un día escribí.

Todas esas cosas que tenía, me las había ganado con trabajo. Por amor a mi pareja, renuncié a buscar trabajo lejos de donde vivíamos con nuestros padres, no ya porque estuviésemos atados a un ahipoteca, o mi ex tuviese un empleo que no pudiese dejar, sino porque él no deseaba salir del pueblo. Luego, cuando comenzó a tener un ofico, yo ya ni me planteaba salir fuera. Mi única opción era el trabajo en el negocio de mi madre, que nunca me ha gustado, y probar suerte con la oposción. Pero al menos Mic sí estaba empezando a progresar laboralmente, y por ello renuncié con gusto a mi desarrollo profesional. De algún modo, estaba invirtiendo en él.

Otra cosa que yo quería, y a la que renuncié, fue a independizarme de mis padres. Él se negaba porque «los pisos son muy caros». Invertí muchas horas enterándome de los sorteos de VPO, y echando solicitudes a nombre de él, puesto que yo no tenía nómina, y al final nos tocó un piso. Invertí después horas discutiendo con el promotro. Invertí dinero.  Invertí ilusión. De todo ello, lo único que he recuperado ha sido el dinero, y no he ganado nada. Cuando todo acabó, me fui con las manos vacías.

También invertí horas, ilusión y dinero en elegir y comprar un coche nuevo, y, de nuevo, tan solo he recuperado el dinero. El esfuerzo y el sacrifico a nivel personal (¡entregué hasta mi nombre!), y también toda la ilusión para construir un futuro junto a quienes yo quería, y que yo pensé que me querían… Todo ello me fue arrebatado. No fue un pago que yo hice, sino un atraco que sufrí.

Lo peor es que encima, parecía que yo era el responsable. Como esas chicas a las que violan, y a las que luego se hace responsables de su propia violación «porque iban provocando». Mic me dijo: «pero a mí me jodes la vida». Mis padres me dijeron: «no queremos un tío en casa», y «el dinero que has ganado es un regalo que te hemos hecho, porque en realidad no trabajas bien». Ahora Mic está rehaciéndose junto a otra persona, y en su vida rehecha están todavía esas cosas que no habría conseguido sin mí, a las que yo sólo tengo acceso como invitado, pero que esa otra persona sí disfruta como suyas. Como querría haberlas disfrutado yo. Ahora me conformo con empleos no cualificados,  me preocupa que he cotizado muy poco tiempo en la seguridad social y no tengo derecho al paro, pues el alta en la seguridad social no venía incluido en ese «regalo» que me hacían mis padres. Para ser un regalo, le dedicaba bastantes horas de mi tiempo, por cierto.

Todo esto se debe a que ya no cumplo el requisito fundamental: ser mujer. La persona que ahora duerme en ocasiones bajo el techo de mi casa, sí lo es. Por eso ella puede estar allí y yo no, aunque, a diferencia de mí, ella no madrugó para hacer cola en la puerta de la inmobiliaria, ni sufrió los nervios el día del sorteo. Dejé de ser merecedor del «regalo» de vivir en casa de mis padres y trabajar en su negocio (aunque, para ser justos, la crisis ha pegado fuerte, y tampoco podrían pagarme si continuase allí) porque ya no me iba a casar con Mic. Eso es lo que me dijeron.

Llegué a creer que merecía pagar ese precio. Yo también pensaba que todo lo había recibido porque estaba diciéndoles que era mujer, pero era mentira. Pensaba que ser mujer era mi único «mérito», y que, por tanto, les había estado estafando. Lo que yo pensaba coincidía con las cosas que me dijeron, así que no me costó trabajo asumir que era cierto. Llegué a creer que había roto los términos del contrato, y que era lógico, por tanto, que el contrato se resolviese, y no precisamente a mi favor.

Ahora veo que no. No fue merecido, ni justo, que se me expulsase de mi propia vida por querer ser yo mismo, expresarme en mi género, utilizar mi nombre, y modificar mi cuerpo para sentirme bien en él, como hace todo el mundo.

Me he enfadado un poco, y también me he entristecido. Pensé que me querían, pero amor condicionado no es amor. Al dejar de cumplir la condición, también dejas de ser amado, y se te expulsa. Si es posible, eres sustituido por otro objeto «amable» (en el sentido de «susceptible de ser amado») que sí cumpla los requisitos. A la calle, a mirar desde fuera la que debería ser tu vida, como quien mira un escaparate. Sin finiquito ni cartas de recomendación, y encima haciéndote creer que eres responsble, y ellos víctimas.

No me arrepiento, si volviese a empezar, lo haría todo igual, desde el principio. Hice una inversión fuerte a sbiends de que no habían garantías de recuperarla, y me salió mal. La vida es riesgo, así que no voy a victimizarme. Pero a partir de ahora voy a dejar de sentime culpable, y no volveré a permitir que nadie insinúe que fuí yo quien lo echó todo por la borda, cuando lo que en realidad ocurrió es que fuí baneado.

El «club de daminficados por Pablo» queda oficialmente cerrado, y el que quiera venir a reclamar, que coja dos piedras y…

Nota: me parece que es la segunda vez que escribo una entrada como esta, pero esta ocasión va a ser la definitiva.

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Usos alternativos del lenguaje.

A veces me leo o me oigo algunas cosas que escribo o digo, y alucino. Me sueno a eufemismo barato, a políticamente correcto, a rancio e institucionalizado, y a discusión de sobremesa, de esas que cuando acaban ya has arreglado el mundo.

Me refiero a cuando utilizo * en lugar de las terminaciones de género «a» y «o», a cuando digo «diagnosticado como mujer/hombre al nacer», «subversión», «despatologización», «transfeminismo», «binarismo», «hombre/mujer difuso»… ¡La leche! Si parece que hablo en chino.

Hasta el día de hoy, sólo he conseguido escuchar a una persona pronunciar palabras acabas en *, como «cansad*» o «content*». Esa persona es mi madre, y para mi sorpresa lo ha hecho varias veces durante estas navidades al dirigirse a mí, lo cual me alegra mucho, pues significa que está haciendo un esfuerzo importante, y además, que alguien se dirija a mí usando * me parece casi siempre aceptable (excepto cuando lo hacen para recalcar que, en realidad, no soy ni hombre ni mujer porque soy trans, y, por tanto, no es correcto usar la «o» conmigo). Por otra parte, mi madre puede hacer cosas que la mayoría de la gente no puede, como ponerse a fregar los platos después de una copiosa comida familiar, regada con abundante vino, sin previa siesta ni descanso, y, por tanto, que ella pueda verbalizar los * no significa que sea algo al alcance de todos los mortales.

Los otros palabros… Pues la verdad es que me gustan. El problema es que yo sé como suenan en oidos de otras personas. En oidos de otras personas suenan a «vamos a usar otras palabras para decir lo mismo que estábamos diciendo antes con las palabras que habían, pero llamando la atención». El problema es que no es esa la cuestión. No es que no queramos usar ciertas expresiones por una cuestión semántica o eufemística, y por eso tengamos que inventar otras nuevas. Es que las palabras que hay no transmiten lo que queremos decir.

Por ejemplo, saliendo del tema trans, hace un tiempo leí que las personas con una discapacidad prefieren que les digan «discapacitados» en lugar de «minusvalía». En ese momento yo pensé que es una tontería, puesto que, en realidad, ambas palabras son sinónimos, y, simplemente, me pareció otro eufemismo más, políticamente correcto, de esos que adoptas porque no quieres molestar a nadie, y tanto te da usar una palabra como otra. Posteriormente, pensándolo bien, me di cuenta de que la palabra «minusvalía» indica una disminución del valor. Al decir esa palabra, no sólo decimos que una persona con una «minusvalía» no pueda valerse por si misma en un area concreta – de hecho, sí que pueden valerse la mayoría de ellos, aunque con mayor esfuerzo y con ayudas técnicas… pero se valen ¿no? Yo tampoco puedo levantar a pulso un coche, pero si tengo un gato, entonces sí que lo levanto -, sino que, además, valen menos que los demás porque son «minusválidos». En cambio, al decir «discapacitado» estamos señalando que carecen de una cierta capacidad, lo cual no significa ni que no puedan valerse por si mismos, ni que valgan menos que otros. La substantivación del adjetivo «discapacitado» para referirse a ellos, también me parece cruel. Es negar todas las demás características de la persona y centrarse tan sólo en una, y además, en una que es negativa. Si eres discapacitado, ya no eres ni hombre ni mujer, ni tienes profesión, ni eres joven o viejo. Eres «un discapacitado», igual que eres «un transexual».  El resto de las cosas que puedes ser, ya no tienen importancia. Es como si un titular de un periódico dijese: «una rubia gana el premio nóbel de física». En realidad, lo único que importa es que la persona sea rubia.

No sé explicarlo de manera mejor para que se entienda que usar la palabra «minusválido» para referirse a alguien debe resultar doloroso. Además, es algo con lo que todos debemos tener cuidado, porque la discapacidad está al alcance de cualquiera. Un accidente de tráfico, una mala caida, una enfermedad y… ¡Bingo! ¡Bienvenido al mundo de la discapacidad! Cualquiera de nosotros puede estar discapacitado mañana, así que es mejor que vayamos aclarándonos las ideas al sobre si son o no son «minusválidos», después de todo.

Con ciertas expresiones pasa lo mismo. Por ejemplo, con los *, las «X», o las @, que son los signos que he visto usar con más frecuencia para expresar la diversidad de género en español. Que tontería ¿verdad? Si el español ya tiene un «género» neutro para referirse a hombres y mujeres al mismo tiempo… Lo que pasa es que ese género neutro, coincide «casualmente» con el masculino. Sin embargo, el idioma es así, y nos sirve para entendernos, así que ¿para qué lo vamos a cambiar?

Lo que pasa es que el idioma no sólo sirve para entendernos, sino que lo usamos también para describir el mundo que nos rodea. Lo que no sabemos nombrar, no existe, y lo que existe, lo nombramos. Además, en realidad, el idioma español «no es así». De toda la vida, desde siempre, a la hora de referirnos a auditorios se ha dicho «señores y señoras». ¡Desde siempre! El Cantar del mío Cid, que no es precisamente modernillo, dice:

» Ya entra el Cid Ruy Díaz por Burgos;

sesenta pendones le acompañan.

Hombres y mujeres salen a verlo,

los burgaleses y burgalesas se asoman a las ventanas:

todos afligidos y llorosos.

De todas las bocas sale el mismo lamento:

¡Oh Dios, qué buen vasallo si tuviese buen Señor! «

Así que ya se ve que no es tan raro eso de referirse a hombres y mujeres, nombrando explícitamente a cada uno de ellos. Hay otra cuestión de fondo, y es que el uso del «masculino neutro» hace invisibles a las mujeres. La excusa de que «es que el idioma es así» deja de valer cuando en una reunión en la que hay una mayoría de mujeres, si alguien habla en femenino para referirse al a comunidad, siempre alguno de los hombres presentes acabará diciendo «oye ¿y nosotros qué?». Parece que nosotros sí tenemos derecho a sentirnos excluidos del «femenino neutro» que a veces se utiliza de manera natural, pero ellas no, que se jodan. Y de las personas que no se consideran ni hombre ni mujer, o ambas cosas a la vez, u otra cosa totalmente diferente, ya ni hablamos. Que se jodan también.

Añado que, dentro de todo esto, también hay que conocer un poquito el idioma para plantear «usos alternativos del lenguaje» que no resulten ridículos. Hay palabras que no tienen masculino y femenino, sino un sólo género. Las miembras de la asociación de taxistos andaluces estarán en desacuerdo conmigo, claro, pero tanto los brazos como las piernas son miembros del cuerpo de una persona, es decir, que las piernas no son miembras del cuerpo… Por otra parte, todavía no he escuchado decir a ningún señor «yo es que soy taxisto». El día que lea la frase «Lorca, el famoso poeto granadino…», me arrancaré los ojos con una cucharita de café.

El resto de términos y expresiones como lo de «diagnosticado mujer al nacer» (esa me encanta, de verdad, la uso muchísimo) en lugar del típico «nací mujer», que es odioso, son más de lo mismo. El problema es que estamos usando un lenguaje habitual para referirnos a cosas que no lo son. Yo no nací mujer, y en realidad, dudo mucho que nadie lo haya hecho nunca, pero a la gente esa expresión le basta para entender un cierto concepto. Sin embargo, ese concepto a mí me duele. Si me dicen que «nací mujer» se está asumiendo que la identidad está determinada por la biología desde el nacimiento, cosa que yo no admito, porque mi vivencia es otra. Hay muchas personas que «nacieron mujer» y siguen considerándose como tales, y a mi me parece que, en realidad, son indignas de recibir ese nombre, por más que menstruen cada mes. Casi no se merecen ni el nombre de «ser humano». Decir que el médico dijo que eran mujeres y que, desde entonces todo el mundo se lo ha creido (o no se lo han creido) es mucho más preciso y acertado, y se corresponde con mi experiencia. No estoy, por tanto, usando un eufemismo, ni siendo políticamente correcto. Tan sólo digo lo que quiero decir.

Cuando uno se cae al suelo y lo explica, todo el mundo puede extrapolar y comprender qué es lo que le ha pasado. No es necesario explicar todos los sentimientos y handicaps que el dolor produce (como, por ejemplo, la incapacidad para mover la parte dañada, o la sensibilidad a la presión). Hacen falta muy pocas palabras para decir ese «¡Ay, me duele!». Las personas trans, así como las personas discapacitadas, y tantas otras personas con una circunstancia poco común, necesitamos más palabras para explicar lo que nos ocurre, puesto que los demás carecen de experiencia para extrapolar y comprender, aunque sea racionalmente, nuestra situación. Necesitamos palabras nuevas.

Lo malo es que esas palabras no suenan bien. ¡Suenan fatal! En realidad, creo que esto del lenguaje «políticamente correcto» es una simple cuestión de marketing y creatividad. Muchachada Nui inventan palabras constantemente, y a nadie le suenan mal, sino al contrario, son divertidas, frescas, hacen un uso creativo e inteligente del idioma desde un profundo conocimiento de este. Son palabras que sirven para explicar conceptos complejos y difusos.

Tengo un amigo que da clases de esgrima histórica y está pensando en incluir la palabra «catacroquer» en los manuales de esa disciplina. Dice que en sus clases, cuando, tras una larga explicación ve que alguien no ha comprendido lo que le quería decir, hace la siguiente recapitulación: «mira, haces así y asá, y cuando llegas a este punto, haces un catacroquer». No falla, todo el mundo lo entiende. O, por ejemplo, cuando quiere referirse a una gran cantidad de comida barata y de baja calidad, utiliza la palabra «cebatina». Yo nunca la había oido, pero entendí a la primera que era lo que quería decir. Más tarde escuché de nuevo la palabra «cebatina» en el video de Muchachada Nui (en el minuto 2:20) que enlazo un poco más abajo, y que, por cierto, es buenísimo.

Después de hablar con este amigo, he acabado totalmente convencido de que lo que tenemos que hacer es pedir a Muchachada Nui que también hagan palabras nuevas para nosotros. A lo mejor al final terminaban sonando también a eufemismos baratos, pero por lo menos, serían eufemismos más divertidos.

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Género fluido. Transgresión.

Jo. ¡Cómo me gustaría creerme las cosas que dicen los médicos sobre la transexualidad!

Dice el Dr. Mañero que ninguna de las personas a las que él ha operado de «cambio de sexo» se arrepiente (esto es mentira, yo conozco al menos un caso). También dicen que el psciólogo/psiquiatra es la persona adecuada para decidir cuando una persona está o no está preparada para tener acceso a la hormonación (aunque reconocen que tienen un pequeño índice de «arrepentimientos» y yo conozco también un caso de una persona a la que se le negó el acceso a la hormonación, y ahora que otro psicólogo le dió luz verde es más feliz que un ocho). Según dicen los médicos, esto es «sota, caballo y rey», o, lo que es lo mismo, terapia psicológica, hormonación y cirugía. Después de eso, ya eres un hombre o una mujer como cualquier otro y alcanzas la felicidad.

Otra de las cosas que están comunmente aceptadas, no sólo por los médicos, sino también en el ambiente trans, y entre la población en general (entre la parte de la población que puede entender la disforia de género), es que «cambiar de sexo» una vez es comprensible. Cambiar de sexo dos veces no. Eso se llama «arrepentimiento» o «te equivocaste la primera vez». ¿Cambiar de sexo tres, cuatro, cinco veces? ¿Dos veces a la semana? Eso es «estar desquiciado». De hecho, mucha gente afirma que ni siquiera cambian de sexo una vez, pues siempre fueron hombres o mujeres aunque el médico hiciese otro diagnóstico al nacer. Incluso hay quien afirma que, simplemente, no se puede cambiar de sexo, porque viene biológicamente impuesto.

Yo no nací ni hombre ni mujer. Yo naci bebé. No lo recuerdo, pero creo que a esa edad me importaba un pimiento que mi mamá me vistiese como a un repollo con lazos (que es como visten a las niñas) o como a un repollo sin lazos (que es como visten a los niños). Supongo que el hecho de haber nacido bebé hace que no tenga las cosas tan claras como los demás, que nacieron ya siendo mujeres y hombres.

¿Puedo achacar al hecho de haber nacido bebé el no creer en la palabra de los médicos? En estos momentos, al igual que me ocurre cuando voy a presentarme a unas oposiciones, envidio a la gente que tiene fe. Ellos creen que hay alguien sobre ellos que vela porque sólo les pasen cosas buenas. Yo creo que lo único con lo que cuento es mi esfuerzo y mi inteligencia, y hay momentos en que me siento un poco solo.

Cuando pienso en empezar a hormonarme, me pongo contento. Faltan ya menos de tres semanas, y creo que la espera se me va a hacer muuuuuy larga, como les pasa a los niños que esperan a que vengan los reyes magos. Cuando miro a algunos hombres (especialmente a esos hombres transexuales tan perfectamente masculinos) me da envidia, como siempre me ha dado, pero ahora pienso que ya me queda poco tiempo de envidiar. Realmente eso es lo que quiero.

Lo malo es que luego está esa vocecita impertinente que quiere saber por qué es tan importante para mí. ¿Y si en realidad simplemente lo hago porque me han dicho que es lo que hay que hacer? ¿O con la esperanza de ser reconocido por completo como hombre sólo por «parecerlo»? ¿Y si el hecho de «parecer» un hombre hace que empiece a sentir presiones para convertirme en un hombre «al uso», cosa que tampoco soy, ni quiero ser? ¿Y si empiezo a perder de vista, sin querer, mi parte femenina, con la que siempre he tenido una buena relación, de la misma manera en que una vez perdí de vista, sin querer, mi parte masculina? ¿Puedo volver a cometer dos veces el mismo error pero del revés?

Imagen tomada del blog de Aniel. http://freelikeus.blogspot.com

Me sentiría mucho más tranquilo si las cosas fuesen más flexibles. ¿Que quieres cambiar de sexo los lunes, miércoles y viernes? Pues oye, genial. Después del trabajo que me ha costado escaparme de las estrechas categorías de género, me da un poco de miedo volver a meterme en ellas sin querer. Tanta seriedad. Tanto interés por ser, definitivamente y de una vez por todas un hombre.

Si lo pienso bien, lo que en realidad me está pasando es lo mismo que les ocurre a las mujeres que afirman que los zapatos de tacón y las minifaldas son instrumentos de dominación. Aducen que les convierten en objetos sexuales para el placer del hombre, y renuncian a todo intento de parecer atractivas, o cuando lo hacen, sienten que actúan en contra de sus principios. Todo ello les lleva a una negación de su sexualidad, con lo cual acaban en el mismo punto en el que empezaron. «El sexo es malo» les decía la Iglesia. «El sexo es malo» dicen ahora algunas, porque sienten que están entrando en el terreno del sometimiento al hombre. Por suerte, ahora muchas están empezando a decir lo contrario, que el sexo es bueno, y les gusta practicarlo tanto como es posible, y vestirse de manera provocativa para que otros quieran practicarlo con ellas. De verdad ¿una mujer que se harta de follar con quien quiere, cuando quiere, que se viste enseñando u ocultando lo que quiere y no tiene remordimientos por ello es más sumisa y entregada al heteropatriarcado que una mujer que renuncia a tener un aspecto sexualmente provocador, y cuando folla está todo el rato mirando a ver como lo hace para no sentirse dominada? Pues no sé, pero seguro que, como mínimo, la primera se divierte mucho más.

Lo mismo conmigo. ¿De verdad puede decirse que una persona que, siendo designada como «mujer» decide realizar todos los cambios necesarios hasta imponerse como «hombre», se adapta y pliega sumisamente a las exigencias sociales? ¿No es la expresión máxima de la transgresión de la imposición del género? Si ahora renunciase a hormonarme por considerar que es algo demasiado «socialmente correcto», en realidad estaría volviendo al mismo punto del que partí. «Hormonarse es malo».

En realidad las cosas no son como son, ni significan lo que significan, sino que son como uno quiere que sean, y significan lo que cada uno quiera hacerlas significar. El mismo acto, con distinta motivación, puede ser la mayor sumisión o la mayor transgresión. En definitiva, me he dado cuenta de que lo que a mí me da miedo, no es el efecto que las hormonas puedan causar en mi cuerpo ¡Pero si ese efecto es el que llevo deseando toda la vida! Lo que me da miedo es regresar a una vida de sumisión.

Por cierto que de esto me he dado cuenta mientras escribía esta entrada. Que alivio. Ahora me siento mucho mejor, y más transgresor, así que puedo volver a estudiar tranquilamente para, algún día, llegar a ser un funcionario del estado, que es lo más plácido y menos transgresor del mundo.

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¡¡¡Ay!!! ¡¡¡Ouch!!!

Antes de nada, aviso: Arguez, Encarni, y la señorita que vive en el poblado, no leáis esta entrada, que no va por vosotros.

El día 31, cuando iba a coger el autobús, llovía a cántaros. Llevaba la maleta en una mano, la mochila a la espalda, y un paraguas en la otra, y atravesaba un parque, caminando cuesta abajo. Entonces pisé la tapa de una alcantarilla, de metal sin estrías, y me resbalé. En el momento en que noté que mi pie se deslizaba, exclamé algo así como «¡cooooooño!», solté el paraguas y la maleta para ayudarme con los brazos para mantener el equilibrio, e, instintivamente busqué la manera de no acabar por los suelos, aunque sólo lo conseguí parcialmente. Hinqué la rodilla en la tapa de la alcantarilla, pero no llegué a tocar el suelo con las manos. Una caida no muy grave.

En seguida, un señor que estaba por allí esperando el autobús, se acercó corriendo, me recogió el paraguas y me preguntó si me había hecho daño. Un poco de daño sí me había hecho, pero en realidad tan solo me pelé un poco la rodilla y se me tensaron un poco más de la cuenta los músculos del tobillo y el muslo.

A mí me gusta escribir y explicar las cosas con detalle, por eso me he extendido tanto. Pero si simplemente hubiese dicho: «resbalé por la lluvia y me caí, pero no me hice daño, solo me pelé un poco la rodilla», seguro que todo el mundo lo habría entendido igual de bien. Caerse duele. Podía haberme esquinzado el tobillo, pero tuve suerte y sólo tengo una pequeña molestia. Nos ha pasado a todos.

Esta mañana me ha despertado el teléfono. Era mi tía abuela, que anda ya rondando los 90 años de edad. Cuando he descolgado el teléfono, lo primero que ha dicho ha sido: «¿eres Elena?». Me han dado ganas de decirle que no, porque no lo soy, pero en ese caso, ella ni se habría planteado que ha llamado al número correcto y ha preguntado por el nombre equivocado, sino que ha llamado al número equivocado y ha preguntado por el nombre correcto. Se habría disculpado por el error, habría colgado, y habría vuelto a marcar el mismo número. Así que he dicho que sí, con gran esfuerzo.

Decir que sí soy Elena me ha dolido más que el resbalón del otro día. Cuando alguien me llama por ese nombre, o usa el género femenino para dirigirse a mí, me hace daño. Igual podrían golpearme físicamente, que no me iba a resultar menos doloroso.

Pues llevo así desde el día 22. Yo, que ya me había acostumbrado a ser Pablo las 24 horas del día, para todo el mundo, y estaba tan tranquilo pensando que ya lo tenía casi todo hecho… Ha sido como verme transportado un año hacia atrás. Porque no ha sido sólo que mis padres, mi abuela y mi tía abuela estén tratándome como si fuera una mujer, sino que algunos de mis amigos lejanos, a los que he ido a visitar, también lo hacían.

Es comprensible, lo sé. A mis padres debe dolerles exactamente lo mismo que a mí, y quizá también a mi abuela y tía abuela, que tienen el añadido de rondar los 90 años, por lo que les cuesta más trabajo adaptarse a las cosas y modificar comportamientos. Para mis amigos «lejanos» también es comprensible, puesto que no han tenido trato prolongado conmigo. «Es por la voz», me han dicho. Me ven como siempre, con la voz de siempre, y un aspecto físico similar al de siempre, y claro, se lían. Me han dicho que cuando tenga voz y apariencia masculina, entonces no tendrán ningún problema.

¿Pues sabéis qué? Que no es excusa. Dadme el cartel de intolerante, poco empático, agresivo, o lo que sea, que me lo cuelgo ahora mismo.

En ocasiones he conocido a personas que no controlaban su fuerza. Si me tocaban para que me apartase un poco, en realidad me daban un empujón, o si me daban un golpecito jugando, acababan haciéndome daño. O personas muy patosas que te pisan sin parar, o te dejan las espinillas hechas polvo a base de darte pataditas por debajo de la mesa. La primera vez te dicen «disculpa» y tú respondes «da igual», porque un descuido lo tiene cualquiera. Cuando ya empiezan a pasarse, entonces, algo molesto, ya les respondes: «joder tío, contrólate».

La comprensión, la tolerancia, el ponerse en lugar de otros… todo eso está muy bien. Pero si alguien te está haciendo daño, creo que a nadie se le ocurriría decirte que lo mejor es quedarte ahí parado, aguantando con estoicismo los palos, pensando «pobrecitos, es que no controlan su fuerza».

Las personas trans tenemos una preocupante tendencia a suicidarnos, pero… ¿No será que esos que se suicidaron ya se habían desangrado antes de morir? Las heridas del alma no sangran, no se ven, pero son igual de graves que las otras, y también pueden conducir a la muerte. Hay quien muere de desamor, quien muere tras la pérdida de un ser querido, quien muere si le obligan a dejar su hogar… no es de extrañar que haya quien muera a causa de que se le niegue lo más básico: su propio yo, el ser uno mismo. Quizá esas personas trans que se suicidan ya estaban muertas por dentro, y simplemente pusieron concordancia entre su cuerpo y su espíritu. Tal vez fueron lapidados por quienes estaban a su alrededor. Es posible que tolerasen lo intolerable, que justificasen lo injustificable, que se quedasen viéndolas venir sin atreverse a quitarse de enmedio por una comprensión mal entendida de los motivos de los otros.

¡Joder, controlaros! Todo eso de la voz, el aspecto, la costumbre, el «me duele» son excusas baratas. Cuando me presentan a alguien, con la voz y la cara que tengo, enseguida me empiezan a llamar por mi nombre y a tratarme como a un hombre. No ya a hablarme en masculino, sino a tratarme como a cualquier otro tío, con toda naturalidad. Viejos amigos hacen el esfuerzo ¡Y lo consiguen! Sí, les cuesta un poco de trabajo, y a veces se equivocan, pero eso ocurre las menos de las veces. En este punto, si Encarni, Arguez, la del poblado, y otros que seguro que he olvidado nombrar, están leyendo, tengo que decir que un «error» puntual no solo no me molesta, sino que me produce ternura, porque me recuerda que se están esforzando por hacer que me sienta bien, lo cual solo sirve para que les aprecie más.

¿A que cuando es necesario tratar a una persona de usted, por ejemplo por motivos de trabajo, se da por sentado que se va a hacer, y no cuesta tanto esfuerzo? ¿A que no se habla igual a todo el mundo ni en todas las circunstancias? Entonces ¿por qué con las personas trans es diferente? Desconozco si hay alguna otra persona trans que está teniendo el mismo problema que yo y está leyendo esto, pero si la hay ¡Deja de aceptar esas tristes excusas de «no estoy acostumbrado», «no tienes pinta de tí*», «lo intento», o «es que se me hace raro»!  Lo están intentando, pero con poco entusiasmo.

Llevo un año viviendo como hombre, sin tomar hormonas, y he conseguido que se me respete y se me trate como a tal en todos los ámbitos, por todas las personas, de todas las edades, más o menos conocidos, conocidos de antes, y conocidos de después, que me ven habitualmente o con quienes sólo hablo por internet. No hay un motivo, excepto la convicción de que uno nace hombre o mujer y no puede cambiar o escaparse de ese sistema, para hacer las cosas de otra forma.

Finalmente, quiero hablar de otra cosa. He contado la conversación que he tenido hoy con mi tía abuela, pero no he dicho que su marido, que es todavía más mayor, y no ronda los 90, sino que ya los tiene cumplidos… Mi tío abuelo, que pierde la memoria, y que creemos de puede tener un principio de alzehimer o demencia senil, que ahora está casi siempre callado, cuando antes hablaba sin parar, de manera radical y enérgica… Ese tío abuelo, en todo momento me habló en masculino. Sí, y no le pasó nada. No hubo ningún terremoto ni señal divina de que el mundo se acababa. Lo hizo con total naturalidad, aparentemente sin esfuerzo, y me hizo sentir muy bien.  Ha colocado el listón tan bajo que quienes no son capaces de pasarlo me parecen ridículos, sus explicaciones, estúpidas. Cambiar una «a» por una «o» requiere tan poco esfuerzo que una persona en las más difíciles circunstancias de edad, costumbre y salud mental, lo puede hacer.

Y otro recuerdo para mis tíos y primas, Bernard (no estoy seguro de que se escriba así, al ser un nombre mallorquín, que es un idioma que desconozco) y mi hermana, que se atrevieron a tratarme en masculino delante de mis padres, aun sin saber si se iban a enfadar e iban a montar un pollo. Especialmente, mi tía, que ha sido la primera que me ha llamado por mi nombre delante de toda la familia. ¡Con dos ovarios, si señora!

Mis padres no se enfadaron, ni siquiera comentaron nada. No es la situación ideal, pero es mucho más de lo que hace dos años habría imaginado. Siempre es mejor que te vayan tirando pequeños guijarros y no te lancen puñales envenenados. Todavía puedo estar contento, aunque me temo que cada vez soy menos comprensivo.

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