Archivo mensual: noviembre 2011

Lo que hubiese podido ocurrir.

Cuando tomamos una decisión importante, de esas que dan un vuelco en nuestras vidas, pocas veces tenemos la oportunidad de entrever qué habría ocurrido si hubiésemos decidido algo distinto. Sin embargo, ayer se me presentó la oportunidad.

Mi exnovio me invitó a su piso (que debería haber sido nuestro) para cenar con algunos amigos suyos: una pareja de vecinos (que deberían haber sido nuestros vecinos), y otra chica que creo que es la actual candidata a novia… si es que no hay algo ya (bueno, eso es cosa de ellos).

Los vecinos son un chico y una chica de unos veintipico, que están en trámites de casarse antes de irse a vivir al piso. ¡Es que irse antes es pecado! No, no lo es, pero es que es la costumbre… No, pero no es porque sea la costumbre, es que si te vas a vivir antes de casarte, entonces ¿para qué te casas? No, pero no es que te cases para irte a vivir juntos, te casas porque quieres a la otra persona. ¿Entonces qué más da que te cases después de haberos ido a vivir juntos? Pues es que no es lo mismo… Esta conversación no se produjo, porque todos los demás en la mesa ya daban por sobreentendido que es normal esperar a casarse para irse a vivir juntos, y a mí me aburre que la gente crea que el momento de legalizar la situación de pareja está dotado de unas connotaciones taumatúrgicas que marcan un antes y un después en la relación de pareja, de modo que la celebración de un compromiso de pareja que intente ser vitalicio coincide con el momento en que se lleva a cabo el acto del matrimonio. No me jodas.

El chico era fontanero, pero lleva trabajando 3 años en un almacén. La chica trabaja en una peluquería. La “noviable” de mi ex es maestra. Todos ellos me cayeron super bien. La peluquera es muy simpática y alegre, el fontanero era más bien reservado, pero parecía alguien sencillo y bueno, mientras que la maestra es inteligente y amable, y tiene una gran sensibilidad artística.

Hablamos sobre decoración durante mucho rato. O, más bien, hablaron las dos mujeres y mi ex. Es lógico, ya que todos ellos se acaban de mudar de casa, o están en proceso de mudanza. El otro chico y yo nos manteníamos en silencio. Creo que a él no le interesa mucho la decoración, y prefiere dejarla en manos de su mujer (quien tampoco es que le pidiese mucho su opinión durante la conversación), y a mí no me interesa nada.

Probablemente, si yo no hubiese tomado la decisión de iniciar mi transición, la maestra no habría estado presente, y yo habría intervenido más en esta conversación, puesto que la otra chica habría buscado mi complicidad para tratar sobre ese tipo de cuestiones domésticas en las que generalmente la decisión de la mujer es la que cuenta. Y yo habría fingido (muy bien, por cierto) que todas esas cosas me interesaban, y le habría contado las cosas que habíamos hecho, aunque la realidad es que a mi ex sí que le gusta mucho la decoración, tiene mucha idea sobre el tema, y seguramente todas las decisiones las habría tomado él mientras yo decía que sí con la cabeza. Probablemente, mientras la otra chica y yo hablásemos, en un momento dado el fontanero habría cogido a mi ex (no ex, en esa realidad paralela) y le habría pedido que le enseñase los resultados del futbol en el teletexto, sintiéndose cómplices en su masculinidad, mientras las mujeres “hablan de sus cosas”. Mientras su novia se habría sentido cómplice conmigo en nuestra supuesta feminidad. Y yo no me habría sentido cómplice con nadie, pues sabría que toda aquella conversación no era más que la interpretación de un papel en una obra en la que nadie me había preguntado si quería participar. Pero estaría contento de poder relacionarme con gente que me cae bien, y de tener una amiga en mi edificio.

La conversación derivó hacia la Termomix. Mi madre quería regalarme una cuando me iba a ir a vivir a ese piso, pero como no me fui, me quedé sin Termomix (y nunca la he echado de menos, la verdad). Las dos mujeres se pasaron cerca de una hora hablando sobre el cacharrito milagroso, mientras que nosotros tres poníamos cara de estar interesados y hacíamos breves intervenciones. Yo no me atreví a hablar mucho sobre cocina, porque se trataba de una situación muy, muy convencional, y desconozco donde están los límites de las cosas que puedo hacer o decir sin que todo el mundo empiece a hacerse preguntas sobre mi sexualidad (a lo mejor ya se las estaban haciendo). No porque me importe que alguien se haga preguntas sobre mi sexualidad, sino porque, en cierto modo, me preocupa que salpiquen a mi ex. Él tampoco me ha dicho nunca que sea un tema que le preocupe (si le preocupase, no me habría invitado), pero en cierto modo me siento responsable de protegerle de toda sospecha de “no heteronormatividad” pues temo que pudiese perjudicarle de algún modo en sus relaciones con otras personas.

Si no hubiese tomado la decisión de vivir como hombre, seguramente habría hablado por los codos sobre la dichosa Termomix (que era, en realidad, lo que quería hacer), y la sensación de complicidad y distancia mujeres/hombres habría aumentado (aunque en realidad a mi ex le gusta mucho cocinar, y el tema le interesaba tanto como a mí, pero la presencia del otro hombre completamente desinteresado del tema le habría forzado a desentenderse, para no dejarlo solo). Me habría divertido más, pero al mismo tiempo me habría sentido peor, como si alguien me hubiese atado con una cadena y me dejase un espacio muy estrecho para explorar y recorrer… y además, en el momento de atarme con la cadena me hubiesen dicho “te lo mereces”.

Si no hubiese tomado la decisión de vivir como hombre, habría sido, para mí, una velada agradable, pero al mismo tiempo, terriblemente triste. Lo habría pasado bien con gente a la que tendría mucho cariño, pero al mismo tiempo me habría sentido forzada a hacerlo. Forzada a vivir una vida no elegida. Forzada a quedarme en el lugar en que me habían puesto, bajo amenaza de perderlo todo si me movía de allí. Pensando “bien, por tener a toda esta gente que quiero, y esta existencia cómoda y segura, merece la pena renunciar a algunos sueños locos y fantasías estúpidas”.

Ayer, en aquella casa, en aquella habitación, se habían cruzado las realidades de dos universos distintos: la del universo en que yo no transicionaba, y la del universo en que sí. Mis “yo” de ambos universos lo sabían. Los demás, sólo tenían un yo. Pude ver que mi yo del otro universo probablemente vivirá como mi yo presente en la casa de mis padres, con los padres emancipados. No me habría ido a vivir allí, como quería, porque mi ex no lo habría visto conveniente, al no tener él trabajo. No habría tenido todavía ningún hijo. No nos habríamos casado. La existencia de ese yo del mundo paralelo habría sido muy similar a mi existencia hasta hace tres años: siempre queriendo llegar a otra cosa, pero con un lastre atado a los pies que le impedía conseguirlo.

¡Pues claro que tenía un lastre atado a los pies! ¡Como que en realidad no quería nada de eso! Mi yo del otro universo me miraba con angustia. Tenía muchos sueños, pero constantemente se recordaba que debía renunciar a ellos para mantener la realidad que tanto trabajo le había costado conseguir. Una realidad humilde pero feliz, sin pretensiones. Algo a lo que cualquier chica aspiraría. ¿No ves la otra chica lo contenta que está? Mi yo del otro universo también pensaba que esperar a casarse para irse a vivir juntos es una estupidez, y tampoco lo dijo, pero no fue porque estuviese aburrido de las convenciones sociales, sino porque temía que los demás le mirasen como un bicho raro y ya no quisieran verle o hablarle nunca más.

Mi yo de este universo no se aburría. Simplemente pensaba que es extraño que a la gente le resulte tan sencillo encontrar lugares comunes, y que, además, esos lugares comunes sean de tan poca trascendencia. Pensaba también que es curioso como los heteros “bailan” una danza social, perfectamente sincronizada, sin música, y que todos, sin hablar ni ponerse de acuerdo, saben adaptar su baile al de los demás, para formar un conjunto armónico y acompasado. Me sentía, como en muchas otras ocasiones, Félix Rodríguez de la Fuente observando los hábitos de otras especies en su entorno natural, procurando intervenir lo menos posible para no romper la magia.

Mi yo de este universo le dijo al del otro que la decisión que tomé fue la correcta. Mi yo de aquel universo recogió los platos y se quedó allí a dormir. Probablemente hizo el amor sin ganas, como casi siempre, sintiendo más que nunca que en todo aquello había algo que no cuadraba, y se levantó a la mañana siguiente sin nada especial que hacer, diciéndose que las cosas cambiarían un día u otro, y por fin podría irse a vivir al piso definitivamente. Que saldrían las oposiciones, las aprobaría, y todo iría bien.

Mi yo presente, el que escribe, se volvió sólo a su casa, y se quedó con las ganas de hacer el amor, pero no le importó. Esta mañana me desperté con muchas cosas pendientes, pero dispuesto a obligarme a descansar. Llevo entre manos varios proyectos que me apasionan, unos a más corto plazo, otros a más largo plazo, cada uno dando sus frutos poco a poco, y debo tener cuidado porque necesito aguantar el ritmo a largo plazo.

Me gustaría poder decirle a mi yo pasado que no estaba renunciando a un futuro feliz, pleno y realizado por lanzarse a una loca aventura que tenía muchas posibilidades de terminar fatal. Me habría venido muy saberlo en aquella época, aunque en el fondo seguramente no me lo habría creido.

9 comentarios

Archivado bajo Parientes y amigos, Reflexiones

Igualdad

Todos somos iguales, pero unos más que otros. Eva era de los otros, de los menos iguales. Por eso, mientras todos salían a la calle con jerseys gruesos y abrigos largos, ella llevaba falda corta y un top fino. Su ropa de trabajo.

Por eso bebía, por eso consumía drogas, para olvidarse de aquel maldito frío, del viento helado que se colaba a través de las medias rotas por la entrepierna y le calaba hasta el alma. Consumía para tener fuerza y atender a sus clientes, hombres que se aliviaban de sus más bajos instintos sobre su cuerpo. Malolientes y desagradables casi siempre, la usaban y la insultaban, no necesariamente por ese orden. El pago por adelantado, eso sí. Faltaría más. A veces la intentaban golpear, y a veces lo conseguían. Se moría de miedo cada vez que subía a un coche.

Porque todos somos iguales, pero ella no era suficientemente igual como para que alguien considerase que sus manos podían realizar algún trabajo. De modo que había terminado sin oficio ni beneficio, sin un lugar en que caer muerta, encogida bajo un portal, temblando de frío, hasta que alguien le mostró la salida.

La Jenny se le acercó usando como tarjeta de visita una botella de licor que calmó sus tiritones, y también su pena, aunque esto último solo en parte. La Jenny, que le explicó que para las mujeres como ellas el único trabajo que había era el trabajo sexual, se convertiría en su maestra, mentora y protectora, a cambio de una parte de las ganancias que Eva obtenía alquilando su cuerpo. También le presentó a las otras mujeres de la calle. Otras que eran como ella.

Nunca se les ocurrió, ni a Eva, ni a las otras chicas de la calle, que pudiesen ser consideradas iguales a otros seres humanos que no fuesen ellas mismas: La igualdad de la calle era la única que conocían. La calle maltrata a todos por igual, pero solo los más duros sobreviven.

Las chicas de la calle rezaban antes de salir a trabajar, pero no pedían que no las mataran. Solo pedían no tener miedo a la muerte cuando les llegase.

Habían aprendido que en la calle no hay amigos, y que solo se tenían las unas a las otras. Habían aprendido a llevar una bolsita de heces con las que embadurnarse el cuerpo y evitar así que los policías corruptos abusasen de ellas. Habían encontrado la parte más llana del lago artificial al que esos mismos policías las arrojaban por diversión, y habían clavado clavos para ayudarse a salir. La llamaban “la escalera”.

Habían aprendido a llevar sueltos sus tacones de vértigo, para poder descalzarse rápidamente en caso de que tuviesen que salir corriendo. Habían aprendido que el alcohol y las drogas les hacían olvidar el frío, la humillación y el asco que les daban algunos clientes, y les daba valor para enfrentarse al miedo que les producía la calle. Habían aprendido a dormir la mayor parte del día para poder pasar con una comida, pues no podían permitirse más.

Sobre la igualdad, sabían que eran iguales que las mujeres decentes que las miraban con asco, porque se acostaban con los mismos hombres. Sólo que las decentes se acostaban con ellos por legitimidad, y ellas por dinero.

Sabían que el hambre y la pobreza duelen más y matan más rápido que el SIDA, y por eso, si les ofrecían cinco euros extra, lo hacían sin condón. Eso también las igualaba un poco más a las mujeres decentes, pues compartían con ellas las enfermedades de sus maridos.

Todas tenían sueños. Eva soñaba con continuar sus estudios y llegar a ser abogada. “Una puta abogada”, decía entre risas “nunca mejor dicho”. Pero también soñaba con ponerse más tetas y operarse del culo. Soñaba con que el espejo le devolviese la imagen de una princesa. Quería saberse guapa, verse guapa. Ese sueño era fácil de cumplir. Una de las compañeras, la más vieja (más de setenta años, y aún en activo como trabajadora sexual) se ofreció para inyectarle silicona líquida. Era una opción mucho más barata que ir a un médico, y quedaba igual de bien. Con sus nuevas tetas, era como las mujeres que podían pagarse un cirujano plástico. Eso también era igualdad.

Cumplir su sueño de estudiar era mucho más difícil. Por más que lo intentaba, no lograba concentrarse. Cuando se concentraba, no conseguía comprender lo que ponía en los libros, y seguir las explicaciones de las clases era demasiado complicado. La resaca no ayudaba. Ni el hambre. Renunció al curso antes de la evaluación de navidad. Se dio cuenta de que simplemente era demasiado tonta. Por eso era puta en vez de abogada, porque sólo servía para hacer la calle. Unos días más tarde ya se había olvidado de aquella estúpida idea de estudiar.

Como era igual que las demás, a los hombres que se le acercaron aquella noche, les dio lo mismo ella que otra. Eva sabía que algo iba mal y estaba alerta. Aquellos dos jóvenes llevaban mucho rato merodeando por la zona, a veces juntos, a veces separados, las cabezas cubiertas con una capucha. Hasta su vieja enemiga, la policía, encarnada en una patrulla que recorría el barrio, se detuvo a su lado para advertirla “señorita, tenga cuidado, hay dos individuos de aspecto sospechoso dando vueltas por aquí”.

Debió haberse marchado a casa en ese momento, pero necesitaba el dinero. Muy pronto llegaría alguna otra compañera, y se protegerían la una a la otra. Pero no llegó a tiempo. Uno de los hombres se le acercó. “No te vayas guapa, vamos a pasarlo bien, tengo dinero”. Eva no se fiaba, pero ninguno de sus clientes era gente de fiar. Ella tampoco era alguien de fiar. Se arriesgó. Se acercó.

El joven, más o menos de su misma edad, la agarró de la muñeca con una mano que parecía de hierro. Su compinche apareció de la nada con una navaja tan grande que parecía más bien una espada.

Eva recordó la oración. Que no le tenga miedo a la muerte. No permitas que le tenga miedo a la muerte. La oración no había sido escuchada. Tenía miedo. Se debatió con desesperación, como un animal acosado. No veía nada. ¿Por qué todo se había vuelto rojo de golpe? Dio un traspié y estuvo a punto de caer, pero la sujetaron. “Sucio maricón”, “puta de mierda”. Las palabras llegaban a sus oídos. Las entendía. Sabía que eran insultos, pero no significaban nada.

Sintió un frío infinito en el vientre, donde el acero la había penetrado hasta la empuñadura de la navaja. Aún así, trataba de zafarse. Escuchaba risas. Sus asesinos se reían, pero ella no entendía nada. Sentía que lo observaba todo desde fuera. Hacía frío. ¿Por qué hacía tanto frío? Era como una pesadilla, sólo que cuando esa pesadilla terminó, en lugar de despertar, se durmió.

Dicen que todos somos iguales en la muerte, pero hasta en la muerte, unos somos más iguales que otros. Eva no tuvo una muerte digna, ni justa. Eva murió porque dos desconocidos decidieron que sus crímenes y pecados eran tan graves que no tenía derecho a la vida. Fue sentenciada a no vivir nunca más, y ni siquiera supo que el juicio se había producido hasta que se ejecutó la sentencia. Nunca supo de qué se le acusaba.

Murió en compañía de sus asesinos. Lo último que escuchó fueron las voces y las risas de los que la estaban matando. Ellos se divertían. Lo último que sintió fue el sabor de la acera, cuando la derribaron de un golpe y cayó de boca. Se partió un diente. Lo último que vio fue que tenía las manos manchadas de su propia sangre. Vio un zapato que no era suyo. Pensó que llevaba su camiseta favorita, la azul que le sentaba tan bien, y ahora las otras chicas no podrían aprovecharla. Que pena. No quería morir.

La encontraron no mucho más tarde, allí, tirada en la calle, a sólo unos metros del lugar en que las prostitutas esperaban a sus clientes. Hubo que esperar a que llegase el juez para levantar el cadáver y llevarlo al tanatorio. La policía tomó declaración a las chicas que la encontraron. Recorrieron las calles buscando a los sospechosos, pero no sirvió de nada. El caso quedó etiquetado como “crimen pendiente” durante mucho tiempo, y nunca se resolvió. A nadie le importó.

El cadáver fue tratado igual que cualquier otro cadáver. Por eso, en el certificado de defunción, en lugar de poner Eva, sexo mujer, ponía Adán, sexo varón. Porque todos los certificados de defunción se deben hacer con el nombre legal del difunto. El nombre legal de Eva, era Adán, y el sexo que constaba en los papeles, varón. Era el nombre que le habían dado los padres que la rechazaron. La última burla del destino.

Nadie reclamó el cuerpo. Las chicas de la calle hicieron una colecta para costear el entierro, pero no lograron reunir el dinero necesario. Ni siquiera pudieron darle un último adiós, pues no consiguieron hacer comprender al empleado del tanatorio el parentesco que las unía con ese cadáver sin reclamar. No pudieron hacerle comprender que aquel cuerpo que descansaba en un frigorífico, bajo un nombre falso pero legal, era el de su hermana. Que ellas eran la única familia que la quería, aunque no la pudiesen enterrar.

El ayuntamiento se hizo cargo del sepelio. Los empleados del cementerio, como cada vez que aparecía un caso de un cadáver sin reclamar, formaron un pequeño cortejo fúnebre, y llamaron a un cura amigo. El cura, un hombre voluntarioso que no lograba conciliar el sueño cada vez que debía decir misa por un muerto olvidado, rezó sinceramente por el alma del hermano Adán. A continuación, lo enterraron en la zona común, como mandaban las ordenanzas, a metro y medio bajo tierra. Sobre la tumba colocaron una cruz de madera en la que se podía leer tres letras, las iniciales del nombre del difunto. La primera era una A.

Si hay un infierno en llamas que aguarda a las mujeres de la vida alegre, como dicen que era ella, seguro que Eva fue a él gozosa, feliz de saber que no tendría que volver a pasar frío.

En cierta ocasión, aquel señor amable que algunas noches les llevaba un termo de café o caldo caliente, se había quedado admirado por lo dura que era la existencia que llevaban las chicas de la calle. No entendía como lo soportaban. Eva, sonriendo respondió: “al menos, soy mujer.”

En memoria de Taira Evelyn Ormeño.

Trabajadora sexual trans. Asesinada en Quito, el 12 de febrero de 2011.

Tenía 23 años.

11 comentarios

Archivado bajo Uncategorized

TDOR 2011

Hoy es 20 noviembre de 2011, día de elecciones generales en España. Quizá un punto de inflexión en un momento sociopolítico muy complicado, en el que parece que no nos puede salvar ni Superman.

Lo reconozco: me da miedo que el PP tenga mayoría absoluta, ya que ninguno de los miembros de su cúpula dirigente parece preparado para poder afrontar la crisis. La reforma laboral que se ha estado realizando hasta ahora no ha surgido ningún efecto para paliar el paro, y sí para lograr que los ciudadanos-consumidores estén en una situación más precaria, impidiendo la reactivación de la economía a través del consumo. Los recortes sociales, que no van acompañados de recortes para la clase política, ni de aumento de obligaciones para los dueños de las grandes fortunas (es decir, para quienes tienen la culpa y/o están obteniendo beneficios de la crisis) no sólo tienen el mismo efecto que el recorte de derechos de los trabajadores, sino que aumentan el cabreo de la gente. ¿Los ricos provocan la crisis, y la tenemos que pagar los pobres? Hablar de primas de riesgos, mercados, e intereses de la deuda que suben es, evidentemente, una tomadura de pelo. Si el mismo que fija el interés de la deuda es el que la va a cobrar, evidentemente esta no va a bajar nunca, sino que siempre irá a más (hasta que, en efecto, uno tras otro los estados se vayan declarando en bancarrota y nadie pueda pagar).

Dicho esto, y como por ahí ya hay muchas cosas escritas sobre el tema, yo hablaré de otra cosa.

Hoy, 20 de noviembre es el TDOR (Transgender Day of Remembrance). Es un día en que las personas trans recuerdan a las personas trans asesinadas. Se trata de un “día de” que se hace en Estados Unidos y en algunos otros países, pero no en España (aquí sería el DDRT – Día del Recuerdo Trans). Si el Día del Orgullo es el día en que celebramos la victoria de seguir vivos, este día es el día en que recordamos a nuestros muertos (son nuestros, aunque no los conozcamos personalmente), víctimas anónimas del odio, cuyas muertes, de no ser recordadas por nosotros, caerían en el olvido.

Desde hace tres años, los responsable del proyecto TvT (Transrepeto vs. Transfobia en el mundo) llevan un registro de personas trans asesinadas que se va actualizando cada tres o cuatro meses. El día 14 de noviembre publicaron el registro de personas que han sido asesinadas desde el TDOR del año anterior, en orden cronológico. Podéis encontrarlo aquí. Son 221 nombres, es decir, una persona asesinada cada día y medio… que sepamos. Probablemente han sido muchas más.

No vale con bajarse la lista y guardarla en algún lugar del disco duro, no. Hay que leerla entera, entendiendo lo que se lee. Historias espantosas, algunas descritas en una sola linea: “causa de la muerte: apedreamiento”. Otras sólo se ven completas en su conjunto: Erica Pinheiro, de Brasil. Tenía 14 años y era trabajadora sexual (es decir, puta). La mataron el 25 de diciembre (es decir, el día de Navidad ¿qué estábamos haciendo nosotros ese día?), de once disparos. Para ampliar información, he encontrado un artículo de un periódico donde informa sobre el suceso. La madre y la hermana de Erica sabían que era transexual, y aceptaban este hecho “con normalidad”. No tenía padre. Erica consumía drogas y alcohol, y se había ganado la calificación de “problemática”. No sé muy bien qué esperaban, quienes la calificaban de problemática, que hiciese una niña transexual de 14 años que se prostituye. Al parecer, la madre había intentado apuntarla a algún programa de reinserción para que dejase la calle, pero la niña no había querido. El motivo de ser asesinada fue que le robó el teléfono móvil a uno de sus clientes, que era policía federal, y luego lo vendió. Aunque la madre lo recuperó y devolvió, el policía dijo que eso no iba a quedar así. Queda en el aire la sensación de que “ella se lo había buscado”, por puta, por maricón, por drogadicta y por robarle a un policía. A mí todo esto me parece un trato inhumano, y más para una niña.

Os dejo con un relato que escribí hace algún tiempo para un concurso. No ganó (tampoco esperaba yo que ganase, ya que lo organizaba mi ayuntamiento, y a los políticos les gustan las cosas políticamente correctas), pero eso no significa que merezca quedar aparcado para siempre en un cajón, el pobre. Para más claridad, lo pondré en una entrada a parte.

2 comentarios

Archivado bajo Activismo

Las charlas que no debían ser, y no fueron.

Hoy Lucas Platero ha comentado en Facebook que gracias al escándalo que hemos montado entre tod*s por las charlas «Transexualidad. Abordaje médico-quirúrgico» en la Universidad Complutense, los profesionales que mencioné en la anterior entrada no dieron sus respectivas ponencias, y en su lugar se invitaron a otros ponentes, también del mundo de la medicina, con unos puntos de vista más amables y con quienes sí sería interesante tener más debates. Ni él, ni yo tenemos más detalles sobre este asunto, aunque yo con saber que no acudió el equipo médico de la UTIG de Madrid ya me conformo.

¡¡Muchas gracias a quienes han ayudado a que esto haya sido posible!! También muchas gracias a las personas que nos escucharon y se tomaron la molestia de buscar nuevos ponentes con tan sólo dos días de antelación. No debe haber sido nada fácil, sin embargo, lo han hecho. De paso han demostrado algo que la mayoría sabemos, pero que los profesionales de la UTIG de Madrid quizá necesitan que se les recuerde: nadie es insustituble. La atención sanitaria de las personas trans en Madrid sería perfectamente viable sin ustedes.

Sí que mantuvo su asistencia el Dr. Male Navarro, quien concluyó su ponencia diciendo que «el transexual no se hace, nace». Una afirmación tan buena o tan mala como otra cualquiera, sobre la poco interesante cuestión de cual es el origen de la transexualidad, y que, sin embargo, abre varios interrogantes:

– Si las personas transexuales lo son desde su nacimiento ¿por qué todavía se insiste en que hacernos superar el «test de la vida real» para poder acceder a la cirugía genital?

– Si las personas transexuales lo son desde su naimiento ¿por qué las leyes españolas nos obligan a someternos a tratamientos médicos durante dos años para reconocer legalmente nuestro sexo de nacimiento? ¿No justifica esa afirmación el reconocimiento inmediato de la identidad de género sentida por las personas trans?

– ¿Qué deben hacer aquellas personas que, en un momento de su vida, comenzaron a sentir un deseo de «cambio de sexo» que no habían sentido antes (y las hay)? ¿Joderse hasta que se les pase (o hasta que se suiciden por desesperación)? ¿Y si no se les pasa nunca? Ahora que por fin hay declaraciones, tanto de la APA como de la WPATH de la inmoralidad de las terapias para corregir la homosexualidad y la transexualidad, espero que la opción de someterles a tratamiento psicológico/psiquiátrico hasta que vuelvan a ser «normales» quede completamente deshechada.

– ¿Debemos borrar de todos los libros la frase de Simone de Beauvoir «no se nace mujer, se llega a serlo», y asumir que la biología nos aboca irremediablemente a ciertos comportamientos? ¿O tendremos que asumir que lo que es cierto para las mujeres es falso para los transexuales? ¿Podemos reconocer que el libre desarrollo de la personalidad de las mujeres es un hecho, mientras que el libre desarrollo de la personalidad de las personas trans no existe? ¿O tal vez ni las mujeres, ni las personas trans, tenemos libertad en el desarrollo de nuestra personalidad, dando la razón a todos aquellos que a lo largo de la historia han sostenido la inferioridad mental de la mujer (¡y de los transexuales más aún!)?

Editado a 25 de noviembre de 2011:

El Dr. Male Navarro me ha escrito para corregir amablemente algunos errores:

1) Me equivoqué al escribir su frase, y la puse del revés. Fallo mío, no de la persona que me lo contó. Es que trabajo demasiado últimamente, y se me está friendo el cerebro. También me había avisado otra amiga antes, pero no tive tiempo de corregirlo antes. Ahora está bien escrito. El resto de los comentarios continúan iguales, ya que estaban referidos a lo que realmente dijo, no a lo que yo escribí por error (esto no sé si se entiende).

2) Parece ser que no fueron otros profesionales de la medicina en sustitución de los de la UTIG, sino que tan sólo hubieron tres ponentes, de los cuales el único médico era él. Los otros dos eran Lizette y Alexander (mis disculpas, no recuerdo los apellidos y estoy cansado para ponerme a buscarlos T_T). Así que el profesional con el que se puede hablar es él, cosa con la que estoy de acuerdo, porque hasta el momento la comunicación que tengo con él no sólo es amable, sino razonable y agradable (¡hay que decirlo todo!)

7 comentarios

Archivado bajo Activismo

Transexualidad abordaje médico quirúgico.

No, no he tenido un episodio de regresión a los 10 años y he olvidado la utilización de los signos de puntuación. «Transexualidad abordaje médico quirúgico», escrito así, todo junto y sin respirar, sin unos tristes dos puntos (:) o una simple coma (,) es el título que aparece en la web de la Casa del Estudiante de la Universidad Complutense para anunciar unas charlas que tendrán lugar en esta universidad sobre… bueno, sobre lo que su propio nombre indica. Podéis comprobarlo con vuestros propios ojos aquí.

En honor a la verdad, si leeis el artículo, un poco más abajo veréis que quien lo escribió se tomó la molestia de usar signos de puntuación, de modo que el título de las charlas queda: «Transexualidad. Abordaje médico-quirúrgico». Supongo que no poner signos de puntación en el título fue para acentuar lo penoso de las charlas, y que así los asistentes vayan preparados, sabiendo qué se van a encontrar.

La intención de estas charlas es la de completar la formación de los estudiantes de medicina en lo tocante a transexualidad, ya que es un tema que a penas se toca en la carrera. Y con el objetivo de acrecentar la ignoracia de los futuros médicos con conocimientos erróneos, se ha escogido a una serie de ponentes que pondrán el nivel del evento a varios metros bajo el nivel del mar. De hecho una asociación de ingenieros está pensando que, cuando estas charlas terminen, será interesante organizar otras charlas sobre ellas, para revisar los estudios realizados sobre cual es la máxima profundidad a la que es posible excavar en la corteza terrestre.

Para ello, en estas charlas participarán:

– Dr. Antonio Becerra Fernández: director de la UTIG de Madrid, férreo defensor de la Experiencia de la Vida Real. Sostiene que «En todo caso es imprescindible que antes de las cirugías de adecuación anatómica, que son intervenciones irreversibles, la persona haya adoptado en gran medida la apariencia y roles del sexo al que dice pertenecer». La apariencia y roles del sexo al que se dice pertenecer no aparecen especificados en ningún lugar, lo cual, en la práctica, significa que son los que él diga.

– D. José Miguel Rodríguez Molina: psicólogo de la UTIG de Madrid que ha dicho frases para el recuerdo como “…tienes que parecer 100 % una mujer; no van a operarte si pareces un hombre”. O una de las favoritas de mi amiga Mª José: “…tienes que llevar bolso, todas las mujeres lo llevan, una mochila no es lo mismo…”

– Dª Nuria Asenjo Araque: psicóloga de la misma UTIG (a esto le llamo yo diversidad de puntos de vista) que ante las acciones de protesta de una de sus pacientes, que estaba siendo amenazada con ser expulsada de la UTIG por no superar la Experiencia de la Vida Real trató de intimidarla diciéndole que si emprendía acciones para exigir sus derechos, la Unidad entera sería eliminada (cosa que es mentira).

– Dª Mª Jesús Lucio Pérez: «gestora de pacientes». Nadie sabe cual es su cometido en la UTIG. Parece que es socióloga, aunque, hasta donde yo se, el trabajo de gestor de pacientes no tiene relación alguna con la sociología. Sobre transexualidad ha dicho: «por ejemplo, los hombres que van a ser mujeres tienen que aprender cómo maquillarse, vestirse o comportarse. En la unidad hacemos talleres para facilitar este aprendizaje», como podéis ver en este artículo.

No podemos olvidar que la UTIG de Madrid defiende la exigencia de la Experiencia de la Vida Real como un requisito previo ineludible antes de que una persona transexual pueda ejercer su derecho de acceso a la salud y someterse a una cirugía de reconstrucción sexual, como ya denunciamos en su día con el Manifiesto Contra el Test de la Vida Real, y una queja a la oficina del Defensor del Pueblo interpuesta por una paciente y por el grupo Conjuntos Difusos, que todavía no ha sido resuelta.

Además, los asistentes a estas charlas tendrán la oportunidad de conocer al visionario que ha organizado todo este tinglado, el Dr. Male Navaro, quien se ha autoadjudicado una participación.

Me queda el consuelo de saber que ninguna de las charlas va a durar más de 30 minutos, y en total van a ser tan sólo 4 horas, por lo que no les va a dar tiempo de decir muchas barbaridades… aunque, aún así… si esto es lo que van a aprender los futuros médicos de la Complutense, que el MONESVOL nos pille confesad*s.

Editado a 16 de noviembre: el Dr. Male me ha escrito un amable correo en el que me critica con razón por haberme burlado de su nombre (y también hace otras críticas, pero con ellas no estoy de acuerdo). Le pido disculpas por ello públicamente, y he eliminado la frase en cuestión.

19 comentarios

Archivado bajo Activismo, Médicos

SOC-7 de la WPATH (TURURÚ).

En septiembre la WPATH publicó la séptima versión de sus SOC, lo que es motivo del título de esta entrada. Si hasta el momento las únicas palabras que has entendido son “septiembre” y “tururú”, o sólo “septiembre”, no te preocupes: a la mayoría les pasa lo mismo.

La WPATH es la World Professional Asociation for Transgender Health, es decir una asociación de profesionales de la salud, que se han autonombrado expertos en atención sanitaria a las personas transexuales, y que siendo mayoritariamente estadounidenses o canadienses (alrededor del 80% de los miembros), también se ha autonombrado “mundial”. Ya se ve que modestia no les sobra.

SOC son las siglas de Standards of Care, que es un documento que pretende establecer las líneas que deben seguir los profesionales de salud de todo el mundo a la hora de prestar atención sanitaria a las personas trans. Porque como es lo mismo un joven japonés de 18 años que una indígena de la amazonía de 40, o una profesional europea de treinta años que un artesano marroquí, o incluso dentro de un mismo país es lo mismo una cabrera transexual de un pueblo de la alpujarra que un universitario de Barcelona, se pueden establecer ciertas líneas para atendernos a todos por igual.

Desde la publicación de estos SOC-7 han corrido ríos de bites (no de tinta, porque ahora casi nadie escribe en papel) sobre este documento entre l*s activistas trans*. En cambio yo debo haber escrito un total de catorce párrafos sobre la cuestión, contando los cuatro párrafos anteriores. La publicación de los SOC me trae absolutamente sin cuidado, y el otro día empecé a preguntarme por qué.

Yo diría que básicamente hay tres motivos:

1) La anterior versión de los SOC era una basura, que a partir de una serie de prejuicios sobre lo que es y necesita una persona transexual, y utilizando un lenguaje insultante que demostraba muy poco respeto por las personas a las que se suponía que iban destinados dichos “cuidados” pretendía (y consiguió) imponernos un protocolo de tratamiento destinado a convertirnos en Barbies y Kenes clónicos, no sin antes pasar por un vía crucis de situaciones angustiosas, desde el diagnóstico psiquiátrico hasta el test de la vida real, eliminando nuestra capacidad de decisión a lo largo de todo el proceso, y negándonos varios derechos humanos que, en España, están reconocidos como fundamentales. Obviamente, yo no voy a reconocer como personas autorizadas para opinar sobre transexualidad a quienes han escrito semejante porquería, sólo porque ellos digan que son expertos. Decir que eres experto en una cosa no te convierte en un experto de verdad. Ni siquiera te confiere conocimiento alguno. Partiendo de esa base, todo lo que sale de la WPATH me importa un rábano.

2) Me he leído los SOC-7, y lo primero que dicen ellos mismos es que son sólo unas directrices que deben aplicarse teniendo en cuenta el contexto en que se van a aplicar, no una guía rígida y sacrosanta. Es decir que lo que es válido en EE.UU. no tiene por qué ser válido en España. Cuando existan unos Estándares de Cuidado aplicables en España, a lo mejor me preocupa un poco más el tema. De momento no los hay.

3) Mi grupo (bien, no ha sido “el grupo”, porque los grupos, en abstracto, no tienen manos para teclear, ni cerebro para pensar… así que en rigor el trabajo ha sido realizado en su mayor parte por una persona concreta, y no he sido yo) ha publicado un texto que se llama “¿Supervivencia o Codicia?” que me parece que dice lo más importante que hay que decir sobre los SOC, y cuya lectura os recomiendo. Otros grupos y activistas han hecho sus propias publicaciones y comentarios, y quien esté realmente interesado, incluso puede leerse los SOC. ¿Para qué escribir yo nada más? Podéis encontrar ese texto aquí. (En serio, merece la pena leerlo).

El problema es que, a pesar de todo lo dicho, los SOC han tenido una gran influencia sobre el funcionamiento de las UTIGes españolas, y, por tanto, una repercusión real sobre la vida de l*s pacientes.

Digo “han tenido”, porque la administración pública tiende a “petrificarse”, de modo que una vez que se ha establecido cierto sistema de trabajo, es muy difícil de cambiarlo.  Si los anteriores SOC tuvieron alguna influencia, los nuevos SOC probablemente influirán en mucha menor medida.

Las UTIGes públicas españolas ya han establecido firmemente su forma de trabajo, y las nuevas acuden a las antiguas para que les proporcionen formación, absorbiendo, junto con las pocas virtudes que tienen, sus muchísimos fallos. Los profesionales de salud, preocupados por cualquier amenaza que pudiese perjudicarles en sus puestos de trabajo se atienen a los modelos más restrictivos que ya se sabe que están bastante blindados contra posibles acciones legales tomadas tanto por los pacientes descontentos de haber recibido un tratamiento de “reasignación de sexo” como por los pacientes descontentos por haber sido eliminados del proceso. Esto es así, y no será muy difícil que las personas trans recibamos un buen trato por parte de los profesionales de salud de la seguridad social mientras no se cree un nuevo soporte normativo que nos entregue la autonomía a nosotros, eximiéndoles a ellos de la responsabilidad personal sobre las decisiones sobre nuestros tratamientos.

Sin embargo, que los SOC reconociesen que sólo los pacientes son las personas que están en condiciones de decidir sobre qué tratamientos necesitan, y sólo a ellos les corresponde asumir la responsabilidad de sus actos (con todas sus consecuencias) ayudaría mucho en esta labor. Pero no, los SOC no dicen nada de eso. Es más, los SOC dicen que aquellas personas que autoricen a un paciente a someterse a terapia de reemplazo hormonal o a cualquier tipo de cirugía (especialmente de cirugía de reconstrucción genital) son ética y legalmente responsables.

Por otra parte, lo primero que hacen los SOC es decirte que no sirven para nada. Como novedad, reconocen que ellos son sólo un grupito de americanos (estadounidenses y canadienses) y que los SOC son sólo unas directrices muy amplias y flexibles que cada profesional deberá adaptar a su práctica en función de diversos factores. Por ejemplo, cuando hablan de los requisitos previos para poder acceder a diversos tratamientos de modificación corporal, los SOC implementan un régimen de autorización, pero también mencionan que en los EE.UU. ya hay varios equipos que en lugar de ese régimen de autorización están utilizando un régimen de autonomía y consentimiento informado, en el cual los pacientes son informados de lo que hay, cuales pueden ser las consecuencias de los tratamientos, y luego ellos hacen lo que les da la gana, sin tener que cumplir ningún requisito previo. Y esto no va en contra de las recomendaciones de los SOC, según los propios SOC, porque son unas guías de actuación que deben adaptarse como mejor vean los profesionales. Es decir, que la propia WPATH reconoce que hay muchas formas de hacer las cosas, y que la de ellos ni es la única, ni la mejor, y que, en realidad, tampoco hace falta que nadie les haga mucho caso.

La WPATH nos toma el pelo en sus SOC. Primero dice que ni la transexualidad, ni ninguna otra manifestación de una identidad de género no binaria, no puede ser considerado como una enfermedad, sino como una muestra de la diversidad humana. Luego dice que las decisiones deben ser tomadas POR los pacientes, en función de sus caracterísiticas, posibilidades, recursos y necesidades, y no POR los médicos, que sólo deben actuar como asesores. Dicho esto, estable unas guías de actuación en las que se contempla a los pacientes trans poco menos que como imbéciles incapacitados para tomar sus propias decisiones, necesitados de la divina ayuda de un psicólogo que les lleve de la manita en todo momento. Mantienen el test de la vida real, pero ahora ya no lo llaman test, ni experiencia, de la vida real. No lo llaman de ninguna manera, como si quitando la etiqueta desapareciese el objeto en cuestión.

Pretenden agradar a la comunidad trans, haciendo un guiño, tirándonos un hueso para que nos entretengamos con ello mientras continúan trabajando como si nada. Creo que desean que les reconozcamos como nuestros salvadores y acudamos en masa a sus consultas, que los convirtamos en los pigmaliones que harán de nosotros su mejor obra de arte.

Tururú.

P.D. Buen intento chicos. Casi os sale.

17 comentarios

Archivado bajo Activismo