Archivo mensual: abril 2012

la.trans.tienda

Llevo algún tiempo comentando que estoy lanzando un proyecto de empresa que me tiene bastante atareado. Horas y horas mirando catálogos, escribiendo a proveedores, leyendo tutoriales, peleándome con Hacienda, tratando de aprender las muchísimas cosas que es necesario saber para adentrarse en un campo nuevo, hablando con el diseñador de la página web, repasando cosas, pagando novatadas… Y por fin, tras varios meses de preparación, por fin tengo abierta la.trans.tienda.

La idea surgió como suelen surgir las mejores ideas: cuando menos te lo esperas. Era un domingo por la tarde del mes de agosto del año pasado (2011), y yo había ido a ver a mi amiga Kim a su casa. Hablábamos de lo mal que están las cosas aquí para encontrar trabajo, y más siendo transexual. La única solución de futuro que yo veía era emigrar a Reino Unido, Alemania o Austria. Ya estaba mirando ofertas de empleo allí, aunque tampoco es tan fácil encontrar trabajo en el extranjero si estás España, e irse a la aventura con mi escasez de fondos me parecía excesivamente arriesgado. Incluso le mandé el currículum a Paco para que me lo tradujese al alemán (cosa que hizo… ¡Gracias Paco!).

En realidad, no tenía ningunas ganas de irme. No me apetecía intentar otro proyecto de emigración, y más con las cosas que están pasando aquí a nivel de activismo trans. En tres años había empezado de cero ya dos veces, y no me apetecía empezar de cero una tercera vez. En otras circunstancias, la perspectiva me habría emocionado, pero en aquel momento, me deprímía.

Hablamos de Inglaterra, y del intento de emigración que Kim tuvo en los años 70, pero que fue abandonado antes de tiempo por diversas circunstancias. Hablamos de cómo era ser trans en Inglaterra y en España, en los años 70 y ahora. Ella recordaba que a veces, en los periódicos, encontrabas ciertos anuncios con palabras clave que al buen entendedor le hacían saber que eran anuncios para travestis. Por ejemplo “se venden zapatos de mujer de todas las tallas” indicaba que eran zapatos con tallas que podría usar un hombre. Existían lugares donde las travestis podían reunirse, y vestirse, incluso guardar la ropa a salvo de las miradas del resto de las personas que convivían en su hogar. En cambio en España no había nada así. Durante años, mi amiga se tenía que vestir a escondidas, guardando las cosas en el fondo de los armarios, siempre con el miedo de ser descubierta, aprovechando las horas libres que le dejaba la ausencia de su familia en casa. Todo era difícil, clandestino, y le provocaba un fuerte sentimiento de culpabilidad, como si estuviese haciendo algo malo. Su vida tenía siempre un triste halo de sordidez.

–          Y siguen sin haber tiendas para nosotras… – comentó mi amiga.

Ella y yo hablábamos frecuentemente de posibles salidas laborales. Algunas ideas eran extraordinarias, pero imposibles de realizar por falta de recursos. Otras ideas no soportaban la confrontación con la realidad. Otras, simplemente, no eran para mí. Pero aquella sí. Los dos nos dimos cuenta inmediatamente de que aquella idea no sólo era buena, sino realizable, y especialmente realizable para mí. Vender artículos para travestis y mujeres transexuales, pero que no fuese sólo una tienda, sino que también diese apoyo emocional. Tenía que ser un sitio al que la una persona llegase, aunque fuese virtualmente, y sintiese que no estaba sola, y que no estaba haciendo nada malo. Que cualquiera pudiese desahogarse y sentirse comprendida. Y que le permitiese comprar lo que necesitara sin tener que pasar vergüenza, sin miedo a ser descubierta por alguien inoportuno, y con dignidad.

Dejé reposar la idea hasta septiembre y la retomé. Empecé a pensar en ella un poco. Sólo cinco minutos, o diez minutos, mientras iba o volvía de la tienda. Eché números. Hablé con algunos amigos. Cuanto más lo pensaba, más me convencía de que era posible. Hice un plan de empresa, como tantos otros que había hecho anteriormente, más para soñar y divertirme que porque en verdad pensara que fuese posible llevarlos a la realidad.

Empecé a pensar un nombre. Kim sugirió, en broma “trans shop”. Yo había pensado “trans vestida”. Ninguna de las dos ideas me gustaba demasiado, pero “trans shop” se me quedó en la cabeza. En español sería “tienda trans”.

Trabajaba en la parte trasera de la tienda de mis padres. Como no tenía mesa, apoyaba el portátil en un taburete de tres escalones, y me hice una alargadera de 11 metros para poder enchufarlo, ya que el enchufe más próximo estaba a esa distancia. Además, trabajaba a escondidas: no había comentado nada con nadie de mi familia, ni con mi ex, porque sabía que tratarían de disuadirme, y ya tenía suficiente miedo yo solito como para que encima viniese alguien a quitarme la idea de la cabeza. A día de hoy, ni mis padres, ni mi ex lo saben todavía. Ya no me van a quitar la idea, sobretodo porque he hecho cierta inversión, y he adquirido ciertos compromisos… pero bastante difíciles son ya las cosas, como para que encima alguien venga a pintármelas todavía más negras. Vamos, digo yo.

Trabajaba, como digo, en la trastienda de la ferretería, y “trans shop” me seguía dando vueltas en la cabeza. Fue fácil dar un paso más y pensar que sería divertido llamar a la tienda “la transtienda”, en honor a la clandestinidad de mi propio trabajo. Parecía muy adecuado. La guinda del pastel la puso Ángela. “Ese nombre está bien, pero con puntos entre las sílabas. la.trans.tienda”. Era justo el toque que le faltaba.

Ver como una idea que surgió tomando café ha ido creciendo y desarrollándose hasta convertirse en una realidad ha sido emocionante. De algún modo, siento que la.trans.tienda es como una hija mía. Las cajitas con stock se van acumulando en los huecos que dejan las mercancías de la ferretería agonizante. Eso sí, bien escondidas, porque como mi madre las vea, le da un infarto. Yo que pensé que mi etapa de comprar maquillaje había llegado a su fin… y ahora los compro al por mayor. Todavía no tengo resueltos muchos problemas, y todos ellos están relacionados, directa o indirectamente, con mis problemas de financiación.

Si me preguntas dónde me veo dentro de cinco años, te diré que en el salón de la belleza de Barcelona, en el stand más barato, acompañado de dos modelos travestis o transexuales. Y salir en todos los telediarios y los programas del corazón, con los presentadores hablando del stand de travestis, sin entender nada, a medio camino entre el estupor y la broma. Me veo apoyando a una pequeña comunidad de travestis y mujeres transexuales, para que sus redes crezacan y se sientan más libres y más seguras. Acompañandolas en el descubrimiento de su propia belleza, ayudándolas a sentirse más guapas y más seguras de si mismas. A estar cómodas en su propia piel, y en su propia vida.

Quiero vivir de la.trans.tienda, pero también quiero ser útil. Creo que puedo ayudar.

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¡Ey! ¡Que salgo en la tele!

La semana pasada, por un cúmulo de casualidades que sería largo de contar, a una periodista de TVE se le ocurrió que sería buena idea hacerme un reportaje. Una cosa cortita, grabada en hora y media, y que resumida debía durar un par de minutos, más o menos. La idea era hablar un poco de mi experiencia (infancia, adolescencia, transición…) para acabar con una imagen de chico bien integrado en la sociedad.

Normalmente los periodistas me dan un poco de miedo, ya que la mitad no tienen ni idea sobre lo que están trabajando, y a veces sueltan unas barbaridades que es para mandarles a primero de carrera de una patada en el culo. Sin embargo esta chica no sólo se había informado sino que, además, me dió la impresión de que había tenido mucho ojo a la hora de detectar los puntos de tensión que existen entre el discurso «habitual» sobre lo que es la transexualidad (me refiero a la que opina la gente «de la calle»), el discurso médico, y los diversos discursos dentro de los propios colectivos trans, que no estamos de acuerdo en muchas cosas.

Me explicó más o menos la idea que ella tenía para el reportaje (aunque no iba a poder venir en persona a hacerlo, sino que lo haría el equipo de esta zona), y no me pareció que tuviese nada de malo. Lo único es que transmitía una visión un poco «light», sin margen para cuestionar nada… aunque en un momento en que otros medios de comunicación, como Intereconomía, nos están reflejando como los viciosos pervertidos que nos gastamos la pensión de los ancianitos en operarnos por diversión… tengo que reconocer que la imagen amable, pacífica y sencilla del buen chico integrado y feliz puede ser mucho más oportuna, e incluso benéfica que un discurso más transgresor.

Lo único es que me parecía que todas las cosas que ella quería meter en el video no se pueden decir en dos minutos, pero… sí que se puede, sí. Parece mentira el provecho que se le puede sacar a dos minutos.

El reportaje quedó dentro de uno de los espacios del programa +Gente de TVE. Este espacio estaba dedicado a la transexualidad y contiene un pequeño debate (¿o, más bien, una entrevista a dos personas?) y mi documental. El espacio empieza en el minuto 16:35 del programa, y mi reportaje está alrededor del minuto 25 (no puedo buscar el momento exacto, porque me acaba de avisar mi ISP de que se me está acabando la banda ancha de internet móvil). Lo podéis ver en el siguiente enlace.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/mas-gente/mas-gente-20-04-12/1382262/

¡¡¡Estaba super nervioso, y las cosas se me caían de las manos sin parar!!! Se que es un fastidio que a las personas transexuales normalmente sólo se nos llame para hablar sobre nuestra propia experiencia, y generalmente no se nos tenga en cuenta como expertxs con capacidad para elaborar teoría, estrategias o soluciones. Por otra parte, hablar desde la propia experiencia es, a veces, la mejor forma de llegar a la personas y… en realidad, si lo pienso, es la primera vez que me piden que hable desde la experiencia personal. Siempre que he ido a hablar a algún sitio ha sido para hablar de la teoría o la práctica de los Conjuntos Difusos, así que, en realidad, para mí ha sido una novedad ^_^

El programilla en si, la verdad es que me ha gustado. Hasta el Dr. Mañero, que normalmente consigue que me cabree cada vez que le escucho hablar (porque dice algunas barbaridades que dejan muy atrás la frontera del respeto al paciente y la bioética) estuvo bastante bien dentro de su intervención… Y ¡la verdad es que es chuli salir un momentito en la tele! ¡Lo reconozco!

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El guión.

Uno de los trabajos de los políticos (y de los medios de comunicación afines a ellos, que son todos los grandes y muchos pequeños) es escribir un guión con lo que debe pensar la gente. A la gente le (nos) viene muy bien ese guión, ya que evita tener que pensar. Todas las ideas vienen ya pensaditas, machacaditas y bien hiladitas, para que el cerebro sólo tenga que hacer un pequeño esfuerzo de memorización (tampoco mucho).

En lo que respecta a la reforma sanitaria, y la eliminación de los servicios sanitarios para personas transexuales (“operaciones de cambio de sexo”, como les gusta llamarlas, aunque es evidente que se refieren a cualquier clase de atención médica), el guión es el siguiente.

Guión: así que cuando el PP hace recortes protestáis, y cuando los hace el PSOE, nadie dice nada.

Respuesta: llevo tres años como activista, de los cuales los últimos cuatro meses han sido con un gobierno del PP, y el resto, con un gobierno del PSOE. A los del PSOE les he metido bastante caña, pero… los del PSOE nunca me han acusado de ser la causa de la inestabilidad del sistema sanitario, ni me han tachado de caprichoso por exigir asistencia sanitaria relacionada con la transexualidad, ni han fomentado el odio contra mí. Los del PP, sí, y esa es una diferencia importante y objetiva.

Guión: yo no estoy de acuerdo con que a los transexuales los operen de cambio de sexo por la seguridad social. Si se quieren operar, que se operen por privado.

Respuesta: Pues pagamos impuestos como todos los demás.

Guión: Sí, pero sólo se deberían ofrecer las cosas que realmente sean necesarias (esenciales).

Respuesta: Bueno, para nosotros eso es esencial.

G: Sí, pero también hay muchas cosas que hacen falta y no se cubren, como las gafas, el dentista… ¿Por qué para los demás no, y para los transexuales sí?

R: Yo pago mis gafas, y mi dentista. No recibo ningún trato especial. Además, también tengo derecho a recibir las prestaciones sanitarias que necesito, como todos los demás.

G: Pero las operaciones no son tan necesarias.

R: La transexualidad produce un malestar clínicamente significativo que puede llevar a muchos trastornos, desde la depresión y la ansiedad, hasta la adicción a drogas o los trastornos de la alimentación. En los casos más graves, puede llevar al suicidio. Es una cuestión de salud. Las personas transexuales tenemos derecho a la salud ¿no?

G: Sí, pero…

R: No, dejémoslo claro. La salud es un derecho humano. ¿Las personas transexuales somos humanas?

G: Sí…

R: Entonces tenemos derecho a la salud ¿verdad?

G: Sí, pero es que esas operaciones son muy caras. Requieren muchos medios y máquinas que se podrían invertir en otras cosas más precisas (como cirugías cardiacas).

R: A ver ¿Cuánto crees que cuestan, anualmente, todas las operaciones que se realizan en el Estado español?

G: Esa no es la cuestión

Llegados a este punto, debo señalar que, hasta ahora, ninguna de las personas con las que he hablado, y que seguían el guión, han mostrado el menor interés en saber cual es el montante total destinado a las cirugías de reaconstrucción genital para personas transexuales. Es más, han intendado siempre desviar la conversación para que no se lo diga. Para mí, esto es una muestra de que saben perfectamente el escaso presupuesto que se destina a esto (aunque sólo sea porque realmente somos muy pocas personas transexuales), y que eliminar la atención a las personas transexuales no va a arreglar absolutamente ningún problema (pero es justo hacerlo, porque son operaciones de capricho, completamente innecesarias, y aquellos que las recibimos estamos aprovechándonos del resto de los contribuyentes). Para quien le interese, el coste de estas operaciones está estimado en unos 750.000€. Esta cifra no me la he inventado, sale de multiplicar el coste máximo de una cirugía de reconstrucción genital en la clínica del Dr. Mañero (un máximo de 15.000€, incluyendo la técnica más cara, anestesista, hospitalización, y retoques en caso de ser necesario), por el escaso número de cirugías realizado el año pasado (50, según el último artículo publicado por la Dra. Esteva y otros en la Gaceta Sanitaria a principios de 2012). 750.000€ es el equivalente del sueldo anual de un solo cargo de confianza, de esos que cobran mucho para no hacer nada (ni siquiera son médicos, y no saben más de medicina de lo que sabemos tú o yo). Si el Gobierno pretende ahorrar 10.000. millones de euros (es decir 10.000.000.000€), el coste de estas operaciones supone un 0,0075% del ahorro total. Sin embargo, en el guión “esa no es la cuestión” (palabras literales que he oido más de una vez).

G: La cuestión es que hay muchos tratamientos médicos que no entran, y muchas medicinas. Por ejemplo, hay medicamentos para el cáncer que no entran en la Seguridad Social.

R: Señal de que no se puede recortar, sino que se deben ampliar los tratamientos, ya que todavía son insuficientes.

G: Sí, pero eso es más importante.

R: Todo es importante. No podemos establecer una gradación en la aplicación de los derechos humanos, puesto que sería considerar que hay seres humanos de primera y de segunda categoría. Que no se incluyan ciertas prestaciones necesarias no significa que no se me deba atender a mí. ¡Significa que hay que cubrir esas prestaciones que no se cubren! El derecho a la salud, es un derecho de máximos: los máximos estándares de salud posibles. No de mínimos: mientras se quede una persona sin atender, no atendemos tampoco a las demás. Si hay una persona que necesita un tratamiento y no se le ofrece… ¡Que se le ofrezca! ¡Pero que no me quiten mis tratamientos a mí! ¡Que amplien las prestaciones en lugar de recortarlas! Además ¿crees que por quitarme los tratamientos a mí, van a darle tratamientos a quienes no se los están ofreciendo?

G: No, pero es que el sistema no se sostiene, porque la gente abusa. Mucha gente va al médico sin necesitarlo. Los hospitales están llenos de gente que va a pasar el tiempo.

R: Así es. Mi abuelita, que tiene 91 años, tiene en su caja cuatro cajas de Ibuprofeno, que nunca se toma, pero ahí están. Si no tiene más, es porque se le han caducado. Sin embargo, no es la mayor fuente de derroche que hay actualmente en la Seguridad Social. Por ejemplo, estoy seguro de que en el centro médico donde va mi abuela hay al menos una persona que cobra más de 2.000€ mensuales, que no es personal sanitario, y que nadie sabe cual es su trabajo en realidad. Si una caja de Ibuprofeno cuesta unos 5€, con un mes de sueldo de esa persona mi abuela y todas sus vecinas ancianitas podrían acumular tantas cajas de Ibuprofeno como desearan.

G: Es verdad, se van millones y millones de dinero desperdiciados en cargos políticos, cargos de confianza, relaciones públicas y demás. ¡Muchísimos millones! Pero la gente abusa.

R: Bueno, si cuando se hayan quitado a todas esas personas que no hacen nada pero cobran mucho, continuan habiendo problemas de financiación, ya veremos qué hacer.

Quisiera añadir, que me parece fatal la criminalización que el Gobierno está haciendo de nosotros, los usuarios de los servicios de salud, pero lo que realmente me parece alucinante es el síndrome Estocolmo que a algunos les ha llevado a dejarse convencer de que, sí, nosotros tenemos la culpa. Es muy fácil, muy agradable, creerse superior a los demás y pensar que los otros lo hacen mal, y nosotros bien. También es muy reconfortante pensar que nosotros tenemos el control, y que si hiciésemos las cosas bien, no habría problema. Bien, nosotros no tenemos el control: no están estafando, y deberíamos empezar a admitirlo. Si eres de los que se han aprendido el guión, en lugar de pensar con su propia cabeza, además de estafarte, te han engañado. Respecto a los supuestos abusos de la sanidad, creo que uno de los principios sanitario debería ser “es mejor atender a mil personas sanas, que permitir que un enfermo quede desatendido”.

A continuación, la última parte del guión, recientemente añadida.

G: ¿Y qué opinas de que las personas con rentas más altas paguen por ir al médico?

R: Me parece fatal. Para empezar, habrá que ver qué se considera “renta alta”, porque en un país con un salario mínimo de unos 600€, en el que para vivir necesitas 1.000€ al mes, es evidente que los que mandan tienen una percepción distorsionada de lo que es tener mucho dinero y lo que es tener poco dinero. Siguiendo la lógica que vienen manteniendo nuestros políticos, ganar más de 600€ mensuales, podría ser una renta alta. O ganar el doble, o el triple, por unidad familiar. A mí que no me fastidien: una familia que gana 1.800€, como mucho se puede pagar un seguro médico normalito para todos sus miembros. Y si tienes que operarte de algo, o necesitas un tratamiento caro, o tienes una enfermedad crónica, o eres anciano, olvídate de los seguros médicos: estas empresas tienen como objetivo ganar dinero, y no aceptan clientes que no sean rentables. Por tanto, los seguros médicos no son una opción para las clases medias.

Si la sanidad pública tuviese una limitación por renta, por supuesto, sobrarían hospitales y médicos, que se podrían privatizar. Por supuesto, las personas que no pudiesen recibir atención sanitaria pública, y tuviesen que pagar un seguro privado, muy pronto empezarían a exigir que sus impuestos se dedicasen a cosas más rentables (aunque todos sabemos que el “ahorro” sanitario se va a destinar a que nuestros queridos políticos se vayan de vacaciones a lugares exóticos y vistan modelitos caros, a “salvar” a los banqueros que se suben el suledo y tienen millones de beneficios, y a que la Familia Real nos robe y se ría en nuestra cara), y empezarían a pensar que los hospitales públicos son sitios de beneficencia.

 

En cuestión de muy poco tiempo, estos nuevos sitios de beneficencia tendrían una financiación marginal, pequeñísima, porque a nadie le importa mucho lo que les pase a los pobres. Si quieren atención sanitaria digna, que se jodan y paguen un seguro, como ya estarían haciendo todos los que pudiesen.

Sería el fin del sistema público sanitario, tal y como lo conocemos hoy en día. Hola, sistema de salud estadounidense. Si alguien tiene dudas sobre las bondades del sistema sanitario de los EE.UU., le recomiendo que vea la serie “Breaking Bad”, en la que un honrado profesor de química, que tiene seguro sanitario y gana 40.000$ anuales se convierte en narcotraficante para poder pagarse un tratamiento para el cáncer.

Quisiera hacer notar, que la última persona con la que hablé que se había aprendido el guión, es hija de un médico. “Hay que reformar el sistema sanitario para evitar que la gente abuse”, decía. Como no considera necesario pensar por si misma, no se ha dado cuenta que “recortar” por el método de ofrecer menos servicios significa “contratar menos médicos”. Ahorramos, porque atendemos menos gente, y como atendemos menos gente, necesitamos menos médicos. Recortar significa menos trabajo para los profesionales sanitarios de los servicios de salud públicos. Menos dinero para estos trabajadores (altamente cualificados, muy sacrificados, y que, por cierto, no están retribuidos como se merecen, sino que ganan mucho menos de lo que deberían).

Como minipunto extra, sin relación con todo lo anterior, esta chica fue la misma que me dijo que le he engañado por no decirle que soy transexual. Aquel día me quedé hecho polvo. Hoy, le doy las gracias por evitarme invertir tiempo y sentimientos en ella. Tengo la teoría de que ser transexual es un buen filtro que te ahorra involucrarte en relaciones sentimentales con personas que no merecen la pena (especialmente útil para las personas que, como yo, tenemos bastante mal ojo a la hora de elegir parejas potenciales). A veces dudo de que mi teoría sea cierta, o pienso que he encontrado una excepción, pero hasta ahora el tiempo siempre termina dándome la razón.

La conversación con esta chica terminó con ella afirmando «yo hablo de manera global, y tú te refieres a un colectivo». Le iba a decir que los colectivos no existen, sino que están formados por personas individuales, para cada una de las cuales, la desaparición de las atención sanitaria es una tragedia de grandes proporciones. Pero no tenía muy claro que ella pudiese entender tal cosa. Sería demasiad.

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Globos sonda

En los últimos días, hemos ido observando que algunos medios de comunicación han empezado a dejar caer que el Gobierno podría empezar a imponer el copago en breve para «las operaciones de cambio de sexo», junto con las vasectomías, la inseminación artificial, y las operaciones de varices (¿¿¿que tienen que ver las varices en todo esto???). Una afirmación poco realista, si la pensamos como algo inminente, al menos en lo que a atención a las personas transexuales se refiere, puesto que el tratamiento médico de la transexualidad no está incluido en la cartera de servicios mínimos de atención sanitaria a nivel del Estado, sino que las ofertan las Comunidades Autónomas, haciendo uso de las conferencias que se le han transferido en sanidad (que son casi todas las competencias).

Para la sorpresa de los pocos que empezamos a preocuparnos por esta cuestión, cuando empezamos a alertar a otros colectivos (gays, activistas trans reconocidas, etc…) tan sólo recibimos apatía, con suerte. Carla Antonelli ha ido más allá, no sólo no actuando para cortar de raiz lo que puede llegar a ser un problema, sino incluso actuando para llamar a la calma, la tranquilidad… la inacción. No lo entiendo. Lo que se está viendo amenazado es una serie de derechos… por los que ella luchó durante años, en primera fila, de manera incansable. Derechos que yo he podido disfrutar gracias a Carla Antonelli (entre otrxs). Cuando mi amiga Kim me explicó que Intereconomía estaba lanzando amenzas sobre la asistencia sanitaria de las personas trans, lo primero que se me ocurrió fue que llamara a Carla. Estaba seguro de que ella sería la primera que se movilizaría… ¡Nunca se me habría ocurrido que, al contrario, recomendase públicamente no prestar la menor atención a esta cuestión! No lo puedo entender. Me siento decepcionado.

¿De verdad podemos estar tranquilxs, conformándonos con pensar que, ya que las Unidades de Identidad de Género las gestionan las Comunidades Autónomas, el Gobierno Central no las podrá tocar?

¿No hemos visto como se reducen nuestros derechos como trabajadores? ¿Nos vamos a quedar de brazos cruzados ante la amenaza de reducir nuestro derecho a la salud?

En mi opinión, la campaña mediática anunciando la restricción a las prestaciones sanitarias para las personas trans (mal llamadas «operaciones de cambio de sexo» por los medios de la derecha) son globos sonda… para ver cuales son los sectores de la población más sumisos, a los que se les podrá meter la tijera de recortar en el futuro, y que no sólo no se quejarán, sino que tal vez hasta se alegren, llevados por un un síndrome de Estocolmo que les haga pensar que la reforma sanitaria que les quite derechos es «buena y necesaria, ya que la gente abusa de lo que es gratis».

Por suerte, otros sí se han preocupado por este asunto. El artivista Shangay Lily refleja en su columna del diario Público nuestra preocupación por este asunto. También ha creado una petición en actuable, que tú también puedes firmar, si, como a nosotrxs, te preocupa todo este asunto (yo ya la he firmado).

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La identidad trans como mentira

Aunque no lo parezca, yo también tengo sentimientos. He aprendido a controlarlos, porque me da muchísimo miedo mostrarlos, pero están ahí.

No intento entablar una relación con cualquier persona. Incluso me permito rechazar a las personas que no me gustan, y este es un tema clave: debo aprender a que los demás también pueden rechazarme a mí si no les gusto. Eso no significa que no me duela igualmente.

Cualquier motivo para rechazar a una persona que no te gusta es bueno. Basta con que no sientas deseo hacia esa persona, o que el deseo se acabe por algún motivo.

Hasta ahora, siempre que me había gustado alguien, le decía directamente que soy transexual. Pensé que si todos sabíamos lo que hay, no me harían perder el tiempo, ni yo se lo haría perder a esas personas. Sin embargo, no las cosas no parecen funcionar así. Cuando le digo a una persona que me atrae que soy transexual, en seguida me coloca la etiqueta de «persona no follable». Me deja jugar a que ligamos. Hasta me sigue el rollo, porque a lo mejor en el fondo hasta le gusto y todo. O a lo mejor es al revés: en la superficie, le gusto. En el fondo, tiene miedo de mantener relaciones sexuales conmigo.

Por una vez, me gustaría poder ser «una persona normal», y no tener que estar luchando contra los prejuicios de la gente. Por una vez me gustaría saber como es ser un hombre. En el fondo, toda esta historia, los más de tres años de blog, empezaron por ahí. Así que conocí a una chica que me gustaba mucho, y decidí conscientemente, no decirle que soy transexual.

Le oculté una información que todos sabemos que es importante. Yo sé que es importante. Quienes leeis aquí, seáis trans o no, sabéis que es importante. Al mismo tiempo, fui yo mismo todo el tiempo. Sin embargo, cuando le dije que soy transexual, se sintió como una tonta. Dice que la he engañado. Dice que no le importa que sea transexual, lo que le importa es que le he engañado.

En realidad, sí le he engañado. Porque yo, precisamente yo, estoy orgulloso de ser trans (no transexual, sino trans a secas, transgénero, género fluido). Estamos hablando de mí, no de otro. Otros sí se consideran «hombres como otros cualquiera». Yo no. Yo no tengo una identidad masculina, no la he tenido nunca, y no creo que vaya a tenerla en el futuro. Mi identidad es puramente trans.

En realidad, no la he engañado. Soy un hombre, y soy el hombre que le he dicho que soy. Si en verdad no le importa el hecho de que tenga o no tenga pene, o el sexo que me asignaron al nacer… Si es cierto que no tiene ningún problema con que yo sea transexual ¿Por qué considera que le he mentido?

Creo que considera que le he mentido, en primer lugar porque ella también miente. Porque seguramente, en algún rincón de su mente, algo le gritaba con repugnancia que estaba tonteando con un transexual. Creo que, en alguna parte de su ser, estaba pensando que si hubiese tenido toda la información, tal vez no habría hecho algunas de las cosas que había hecho. Ella creía que yo era un hombre con todas las cosas en su sitio, y ahora no sabe ni lo que soy. Con la información que le he dado (no ha querido saber nada más allá de que soy transexual, estaba muy ofendida conmigo), es imposible ni siquiera que sepa de donde a donde transito. ¿De hombre a mujer o de mujer a hombre? Tiene el 50% de posibilidades de acertar. No decir que soy transexual es mentir porque significa ocultar información importante. La he obligado a tontear con una persona a la que tal vez ni siquiera sea capaz de desear. Estoy seguro de que mucha gente reacciona igual si lleva un tiempo ligando con una persona que va en silla de ruedas y no lo sabe.

Creo que también considera que le he mentido porque, ante la sociedad, mi identidad como hombre es una ficción. Es un teatro de lo políticamente correcto, donde la mayoría hace como que piensa que soy un hombre de verdad, pero en la que son muy pocos quienes lo piensan de verad. Aceptan barco, como animal de compañía, porque si no lo aceptan saben que yo lo paso mal, y me siento insultado, me angustio, o me enfado, o todas esas cosas y más al mismo tiempo. No les cuesta mucho trabajo seguirme la corriente. No decir que soy transexual es mentir, porque significa hacer creer a la otra persona que soy un hombre de verdad.

Pero es que, en mi caso, es cierto que la identidad auténtica es una identidad transexual.

A veces, escribo cuentos. Escribí uno para ella. En mi cuento, el protagonista es un demonio que es expulsado del infierno a la tierra, con la misión de enamorarse y luego regresar. Cuando llega la hora de volver al infierno, él le confiesa a ella que es un demonio, y ella le dice que no le importa lo que sea, porque le quiere como es. Yo le había dicho que yo soy el demonio. Cuando lo leyó, le gustó muchísimo, y me dijo que ella era la protagonista de la historia. No soy el único aquí que ha mentido. Ella también me mintió a mí, o quizá, simplemente, ni siquiera se había parado a imaginar lo que haría si de verdad le ocurriese. Porque ese tipo de cosas no ocurren. Igual que no ocurre la transexualidad.

Escribí la historia porque me dijo que le gustan las historias con finales felices. Yo le iba a responder que no puedo escribir finales felices, porque no sé como son, ya que para mí nunca ha habido uno. Sin embargo, no se lo dije. Imaginé un final feliz para ella, y con ella.

No, no digo que ella haya hecho mal y yo bien. Ni que ella haya hecho bien, y yo mal. En las historias reales, no hay ni buenos, ni malos. Ella tenía todo el derecho del mundo a ofenderse, o a rechazarme. Creo que yo también tengo todo el derecho del mundo a intentar no ser rechazado. Todos hacemos las cosas lo mejor que sabemos, y ya está.

Voy a seguir imaginando finales felices, aunque sólo sea para que hagan felices a otros. Quizá a base de imaginarlos, algún día consiga uno para mí (aunque lo empiezo a dudar seriamente), o tal vez mi destino en esta vida es conseguir para otros lo que no puedo lograr yo. A partir de mañana, y durante las próximas semanas, iré publicando la historia, poco a poco, en mi otro – semidesierto- blog, ser y parecer.

Mañana será otro día.

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Ratificación de la solicitud…

Recapitulemos: el día 1 de marzo envié mi solicitud de rectificación registral de sexo por correo al Registro Civil de mi pueblo, certificado y con acuse de recibo. Posteriormente, en correos me informaron que el certificado había entrado en el Registro Civil el día 5 de marzo. El acuse de recibo llegó a mi casa alrededor del día 20 de marzo.

Hace dos días (3 de abril) me llamaron del Registro para que vaya a ratificar mi solicitud, a poder ser hoy mismo, por la mañana o por la tarde. En el momento en que me llamaron, me cabreé bastante, porque la otra vez que intenté hacer el cambio de nombre, en el Registro me pidieron que hiciese una entrevista, que es un trámite que no está previsto en ninguna parte, y que me retrasó todo durante varios meses. Pensé que habían vuelto a pasar lo mismo y me enfadé un montón. Me cabreé como un mono, la verdad.

En cuestión de minutos había pensado como y ante quien iba a reclamar, y me había acordado de la familia de todos los funcionarios del registro civil de mi pueblo. Luego pensé que sería mejor hablar con alguien que supiese de estas cosas más que yo, y llamé a una amiga para que me aconsejara. Menos mal, porque mi amiga me dijo que es habitual pedir a la gente que ha hecho alguna solicitud en el registro civil que la ratifique. Es una forma de asegurarse de que la solicitud fue realizada de verdad por el interesado, y no por otra persona.

Saber esto me quitó un peso de encima. La burrocracia es un asco, y estoy seguro de que existen formas más sencillas de hacer las cosas sin molestar a la gente, pero si lo de la ratificación es algo que se puede hacer, y se hace habitualmente, se fastidia uno y ya está.

La ratificación fue solicitada por la magistrada en la orden de incoación, y es un papelito en el que pone que juro que me llamo Dª. Elena Vergara Pérez. Fui al registro, esperé a que llegase la funcionaria, firmé el documento, y ya está. Yo, personalmente, habría puesto que “mi nombre legal es…” porque en verdad yo no me llamo así, o al menos, que me llamo D. Elena, ya que si el tratamiento “don” y “doña” son tratamientos de respeto, deberían usarse respetuosamente. Me quedó la sensación de haber firmado algo que no era cierto, aunque supongo que para las mentes cuadriculadas de algunas personas que hay por el mundo, si lo es.

Muchas de las personas que tienen trabajos relacionados con el derecho creen que las leyes tienen una especie de poder taumatúrgico que convierte en realidad lo que pone en los papeles, con lo cual, si en mis papeles pone que me llamo Elena, eso hace que me llame Elena en realidad. Supongo que forma parte de ese pensamiento que atribuye a la palabra escrita un cierto carácter mágico y sagrado, y a las personas que ejercen el poder, como piezas de un sistema emanado de la voluntad de Dios. Recordemos que los reyes eran reyes “por la gracia de Dios”, y que las leyes y la justicia emanaban de su persona (la justicia, en España, todavía se administra en nombre del Rey).

Que el Derecho construye el mundo es una idea que los catedráticos de derecho siguen transmitiendo a sus estudiantes, y que es muy cómoda de creer. Es tradicional que los profesores nos digan a los alumnos que: “el derecho lo puede todo, excepto transformar a un hombre en mujer”. Desde la Ley 3/2007, los profesores añaden como coletilla, con cierta perplejidad “y ahora parece ser que hasta eso…”.

A mí me parece un acto de arrogancia e inocencia a partes iguales. Arrogancia por creerse que sus pensamientos construyen la realidad más que los pensamientos del resto de las personas (e incluso sobre la voluntad de los destinatarios de las leyes). Inocencia porque no se dan cuenta de que las normas no siempre se cumplen, a pesar de que los filósofos del derecho han escrito ríos de tintas sobre la ineficacia de la Ley.

Que la ley no siempre se cumple quedó demostrado dos minutos más tarde, cuando la funcionaria guarda el papel en el expediente y dice “bueno, ya te llamaremos cuando esté”, y a mí me sonó a “te llamaremos un siglo de estos”. Así que le comenté que, por lo que yo sé, el plazo para responder son tres meses, y le pregunté si eran a contar desde que la solicitud entraba en el registro, o desde el momento de la ratificación. Me respondió que desde la ratificación (yo diría que es desde que la solicitud entró en el registro, tendré que preguntar para asegurarme…), pero que “esas cosas casi nunca se cumplen”. O sea que cuando yo solicité el cambio de nombre sin cumplir el plazo de los dos años de tratamiento no me lo concedieron porque, en palabras de la misma funcionaria “aquí las leyes se cumplen”, pero cuando los destinatarios de las normas son ellos… entonces “eso no se cumple casi nunca”.

Por eso le pedí que me diese algún documento que demostrase la fecha en que había realizado la tal ratificación, y lo que hizo fue sacarme una copia de la orden de incoación del expediente, fechada tres días antes (mejor para mí, peor para ellos), en la que me llamó la atención que la magistrada que entiende de este asunto se refiere a mí como “la demandante”. Está esperando a que la magia del derecho me transmute en hombre, aunque me pregunto si en el auto de resolución se referirá a mí en femenino al principio y en masculino al final, sólo en femenino, o sólo en masculino. Tengo curiosidad.

Me desvío. Estaba hablando de plazos. Cuando comenté que tenían un plazo de tres meses, la funcionaria me respondió que “no se cumplen”, dando por hecho que las leyes no se aplican a la Administración, al parecer. Cuando pedí un documento de cara a presentar la reclamación por el retraso que ya se estaba viendo que se produciría casi seguro, la chica se puso nerviosita, y trató de persuadirme de que no presente esa futura reclamación cuando los plazos, en efecto no se cumplan. Yo, por mi parte, le aseguré que entendía que eran tan eficientes como les es posible, y que si los plazos no se cumplen no es por culpa de ella personalmente, pero que igualmente debía reclamar, porque si la Administración debe cumplir ciertos plazos, también debe poner los medios para que esos plazos se cumplan efectivamente ¿no? En el momento de despedirme de ella me comentó que… bueno, en realidad la respuesta suele ser bastante rápida, pero que el problema es que, como luego hay que enviarlo al registro civil de Barcelona, pues ahí ya no se sabe cuanto pueda tardar la cosa y bla, bla, bla. Por supuesto, por supuesto, yo entiendo todo eso, pero si tardan más de tres meses, reclamo.

Las reclamaciones funcionan, y más ahora que la administración está apretando las tuercas a los funcionarios. La mera intención de reclamar ya ha servido para que la actitud de la funcionaria del registro civil pase de “búsquese una silla y siéntese, que esto no se sabe cuanto va a tardar” a “la respuesta suele ser rápida”.

Así que, reclamad cuando sea necesario.

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Por un rato se me ha terminado la paciencia.

La semana pasada me llegó una tarjeta de crédito a mi casa, por correo certificado, pero como no estaba, no pude recogerla. Venía a mi nombre, es decir, a nombre de Pablo, porque es el nombre que di cuando me la hice.

En realidad, en el momento de dar los datos ya prevía que iba a tener problemas con el nombre, aunque no me imaginé que los problemas serían con correos. Pensé que el problema sería para que me la aceptaran al pagar, pero me dio igual, porque en realidad no la necesito, y la empresa que la emite sí necesita hacérmela a mí. Di mi nombre porque no me salió de los… pies insultarme a mí mismo diciendo que soy una persona que no soy.

Fui a correos y expliqué la situación. La funcionaria no entregó la carta, aunque sospecho que de verdad se creyó que el envío era para mí. Sin embargo, la normativa de correos es clara: los certificados se entregan únicamente al destinatario, que demuestra que lo es presentando su carnet de identidad. Me dijo que si quería, que fuese por la mañana, que está el director. Tenía que ir a las 8:30 de la mañana, que es cuando abren, para no tener que hacer cola. Me dio pereza, y no fui. Llegar allí a las 8:30 a mí me supone tener que dormir una hora menos, y esa carta no era algo tan importante como para dedicarle ese esfuerzo.

Mi paciencia se acabó cuando el viernes llegué a la tienda por la mañana y descubrí dos cosas: primero, que el cartero no había hecho huelga (yo sí), y segundo que justo ese día me había traido un paquete, que yo no había podido recibir por tener la tienda cerrada. Dicho sea de paso, el principal motivo por el que cerré fue que un amable piquete vino a comprar pegamento para estropear las cerraduras de la gente que se sabía que iba a trabajar el jueves, y a mí esa información me bastó para convencerme de que era mejor cerrar que abrir, sobretodo teniendo en cuenta que los días de huelga la gente ni siquiera va a comprar, porque no saben si se encontrarán la tienda cerrada.

El paquete iba a nombre de Pablo, y esta vez no fue error mío, sino del remitente, que posiblemente se lió entre el nombre de usuario en la web donde lo compré, y el nombre del destinatario del envío.

De modo que ahora me toca ir a Correos, perder una hora de sueño, y tratar de convencer al director de la oficina de que me de el paquete. No tiene por qué hacerlo. En realidad, no debería hacerlo, según la normativa de Correos, que en ese sentido es muy estricta. Me llevaré todos los papeles de los médicos, y el resguardo de la solicitud de cambio de nombre, y mi mejor sonrisa, a ver si cuela. Si no cuela, me jodo.

Hay dos tipos de discriminación: la directa y la indirecta. Discriminación directa sería no entregarme el paquete viniese a nombre de quien viniese. Discriminación indirecta (estructural que diría nuestro Ministro de Justicia, el Sr. Gallardón) es que cada pequeño y estúpido contacto que tenga con la administración se convierta en una tragedia. No puedo estudiar bajo mi propio nombre en la UNED. No puedo ir al médico sin que alguien vocee mi nombre legal, ni mucho menos a sacarme sangre. El número de la tarjeta sanitaria debe estar para despistar al personal y dar la sensación de que cada paciente tiene una identificación única, porque si por casualidad se borra o tacha el nombre en los volantes para análisis de sangre, todas las enfermeras (no sé por qué son siempre mujeres) se ponen de los nervios (aunque en cierta ocasión alguien se equivocó y sacó los resultados del análisis a nombre de mi hermana, y llegó perfectamente a las manos del médico. Y ahora recoger un paquete de correos parece misión imposible.

Hay dos formas de evitar todo esto: o controlarnos menos (creo que la gente no es consciente de la cantidad de veces que enseñamos el DNI al cabo de un año. En los últimos tres años y medio yo debo haberlo mostrado cientos de veces), o que me hubiesen permitido cambiar de nombre y sexo legal cuando cambié de nombre y sexo legal socialmente. Ah, pero si se hiciese cualquiera de las dos cosas, nuestra civilización se hundiría, y sería la anarquía.

Sin embargo, ha habido momentos en la historia en que nadie tenía DNI, y no pasó nada. Y no creo que el efecto mágico apocalíptico de un cambio de nombre y sexo legal sea distinto si lo haces cuando efectivamente cambias de identidad, o si lo haces casi cuatro años más tarde. En mi opinión, el mundo seguiría girando exactamente igual. Supongo que para mucha gente el riesgo de que me equivoque y el mundo se acabe si dejamos que la gente sea quien quiera es demasiado grande como para probar a ver que pasa.

Mi único consuelo es que, con el 30% que la seguridad social me descuenta por ser legalmente mujer me llega más que de sobras para pagar los gastos de envío del paquete, en caso de que tengan que remitírmelo de nuevo. Lo malo es que entre que hace el recorrido ida y vuelta a China vete a saber cuanto tiempo pasa

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