Archivo mensual: agosto 2009

Antes de esta noche.

Antes de esta noche no hay nada
nada existió antes de ahora
la vieja herida, la lágrima que escapa,
el beso que deposité sobre otros labios.

Descubriendo un nuevo cuerpo,
una nueva forma, otro olor, otro tacto,
el sabor de una piel desconocida
escribir otras horas que son solo nuestras.

Podría borrar mi pasado esta noche
explorar desde cero senderos nuevos
trazar mapas, recorrer tus caminos,
si tú viajas conmigo.

Pensé que no podía, pero habría podido
renacer limpio tras esta noche
de no ser por tus altas murallas…
de no ser por tus profundos fosos…
…habría podido.

Bien… casi no leo poesía, de modo que es imposible que sea un buen poeta, pero a veces, solo a veces, no encuentro otra forma mejor de expresarme.

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Uno más.

Cuando cumplí 19 años, decidí no sumarme ni uno más, ya que no me apetecia cambiar el 1 por un 2. Ahora, 11 más tarde, me tocaría entrar en la treintena, pero creo que no… que volveré a cumplir 19 otra vez.

Hoy mi estado de ánimo no es tan bueno como debería. Estos días tengo una visita en casa que, sin pretenderlo, me está haciendo pensar muchas cosas. En el mes de febrero tuve la sensación de que ya había tocado fondo, y que ya tan solo podía ir a mejor, entonces las cosas empezaron a mejorar. Ahora vuelvo a hacer repaso, y pienso que ya tengo mucho, y, sin embargo, ninguno de los proyectos que inicié el año pasado por estas fechas se ha materializado. Su desarrollo ha ido dilatándose en el tiempo de manera absurda, de forma que, aunque estoy agotado, no he conseguido realmente nada de lo propuesto.

Son cosas que no dependen de mí. La oposición se ha ido retrasando, hasta que finalmente va a ser tres meses más tarde de lo previsto, y las listas de aprobados, sabe Dios cuando saldrán. Pero, seamos sinceros… sé que si hubiese sido cuando debía, habría tenido muchas menos posibilidades de aprobar. La psicóloga también me ha ido dando largas. En la primera entrevista me dijo que estaríamos listos para junio-julio. Ahora ya estamos mirando para el 28 de octubre, y eso con mucha suerte. Intentar llevar a cabo mis planes es como tratar de alcanzar el horizonte subido a un velero. Siempre se va alejando.

Por otra parte, la visita de mi amiga está abriendo cierta cicatrices que yo creía cerradas. ¿Por qué me siento solo si estoy con ella? Es una persona que se protege tras unas murallas de piedra muy altas y gruesas, rodeadas de un foso lleno de pirañas y caimanes, con el puente levadizo siempre subido, y el rastrillo echado. A veces me deja pasar y lo que encuentro es una ciudad que me gusta bastante, aunque faltan tabernas y sobran guardias que patrullan constantemente para que se mantenga el orden en ese mundo interior.

Otras veces se me pide amablemente que haga el favor de marcharme, y entonces, la única comunicación que recibo de ella es… a través del Facebook. ¡A través del facebook! ¿Os lo podéis creer? Sentada cerca de mi, en silencio, mirando su movil o su pequeño ordenador, me deja crípticos mensajes en Facebook que no sé como interpretar.

He intentado derribar esas murrallas, pero no soy una persona que dedique mucho tiempo a la ingeniería. Las catapultas y los lanzapiedras no están a mi alcance. La natación se me da bien, pero no entre pirañas y cocodrilos, y la escalada no es mi fuerte.

Al final me estoy cansando de tanto esfuerzo. Quiero ser su amigo, no un caballero medieval planeando un asedio. Lo peor de todo, como quiero ser su amigo, tengo que explicarle estas cosas y no sé como hacerlo sin que le duela.

Por otra parte, temo llegar a convertirme en alguien así. Alguien a quién le han hecho tanto daño que va siembre con el escudo y la armadura puesta para evitar sufrir más. Así no le duele, pero tampoco puede recibir besos y caricias.

Como casi siempre, al final la respuesta la tienen mis amigos. Les cuento mis veinte mil planes de «en caso de que las cosas salgan mal» y me dicen que, para empezar, las cosas no van a salir mal, pero que, si saliesen, no me preocupe, que valgo lo suficiente como para terminar encontrando a alguien que esté dispuesto a darme un trabajo decente, y no la mierda a la que estoy acostumbrado.

Por otra parte, veo que en cada pequeño proyecto en que me meto, se agradece y aprecia mi colaboración. Me doy cuenta de que, cuando se me permite llevar mis esfuerzos hacia el final, sin postergaciones, consigo hacer cosas bonitas, cosas que quizá a otros no se les ocurrieron, o que no habrían quedado tan bien si yo no hubiese participado.

Así que, no tengo otra opcción que volver a mirar las cosas de forma positiva. Resulta que sí que estoy aprendiendo a vivir de otra forma, y en el albor de la treintena, veo también el final de algunos túneles. La oposición, dentro de un més y dos días. La posibilidad de levantar la voz y que se escuche lo que quiero decir. Tal vez de empezar a cambiar cosas que deben ser cambiadas. Me he cambiado a mi mismo lo suficiente como para sentirme bien en mi propio yo y mi propia vida, así que Trinidad y sus estúpidos protocolos cada vez tienen un menor poder sobre mí (no digo que ya no me importe si me dan permiso o no para hormonarme ¿eh?).

Por más que a veces me empeñe en ver las cosas negras, la verdad es que tan negras no están. Digamos que grisecillas, igual que para todo el mundo. ¿Quién no tiene problemas?

Así que me voy a celebrar lo que queda de día de cumpleaños. Ya seguiré arreglando el mundo en general, y la próxima década en particular, mañana o pasado.

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Octava visita a la psicóloga (joeeeeeer…)

Pues nada, que ya he estado otra vez en la psicóloga… Menudo coñazo, oye. Pero esta vez… esta vez creo que estoy viendo el final del tunel.

No quiero hacerme ilusiones, porque estoy harto de ver como la gente va allí con la esperanza de que por fín le darán el dichoso informe y se vuelve a casa con un chasco y las manos vacías.  Sin embargo, esta vez he notado algo distinto.

Antes de empezar a contar como me fué, tengo que recordar que en la última cita, la psicóloga me dijo qué era lo que quería oir y por qué tenía dudas respecto a mi diagnóstico. Recordemos que, dada mi edad (voy a cumplir 30 años la semana que viene, lo que significa que aún tengo 29), tan sólo puedo encajar, según ella, en un tipo de transexualidad, que es la que se ha desarrollado desde el inicio de la infancia, se arrastra durante toda la vida, y es muy difícil de ocultar. La duda estaba en que, según mi madre, a mi nunca se me había notado nada, e incluso me gustaba hacer «cosas de chicas». Que lo había ocultado demasiado bien.

Yo no esperaba que mi madre dijese nada distinto, porque, por una parte, esa era la impresión que yo quería darle a ella y a todo el mundo, y por otro lado, sí que es verdad que muchas cosas de las que hacía me gustaban. Casi todo, de hecho. Lo que no sabía era el efecto que tendría. En fin… al menos mereció la pena.

Ya he hablado largo y tendido de por qué hice las cosas que hice, y por qué me gustaban. Porque se me reforzaba ese comportamiento, porque quería gustar a mi familia y a mi pareja, porque quería tener amigos, y porque en realidad, me gusta tener buen aspecto y saber que causaré buena impresión en los demás cuando me miren. Tampoco es que tuviese muchas más opciones.

Mis motivos para ocultarme, el modelo de transexualidad que me ofrece la psicóloga, y sus dudas respecto a mi, son cosas perfectamente compatibles. Hay muchas personas transexuales que no encajan en ese modelo, pero yo sí lo hago, o puedo llegar a hacerlo. Sólo me falta pulir algunos detalles.

De modo que, sabiendo lo que me iba a preguntar en la siguiente sesión, tenía tres semanas para pensar las respuestas que le iba a dar, cómo se las iba a presentar, y a qué conclusiones quería yo que llegase ella. Lo cierto es que, no sé si soy muy listo, o, simplemente, ella quería que yo supiese lo que buscaba y tuviese tiempo para reflexionar sobre ello. Si no hubiese pretendido que yo tuviese una orientación, no me la habría dado… Definitivamente, cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que no es el tipo de persona a la que «se le escapan las cosas». Dice justo lo que se propone, y cuando no quiere hablar de algo, te corta muy secamente, de modo que es muy probable que quisiese darme margen para que me preparara.

Lo pretendiese ella o no, yo llevaba hechos los deberes. Estas semanas he recordado un montón de detalles y de anécdotas para contar (¡además de las que ya he contado aquí!), y lo llevaba todo bien repasado para no dejarme nada en el tintero. Ejemplos concretos para explicar situaciones concretas. Nada de «yo me sentía… yo pensaba… yo creía…»

La primera novedad es que esta vez no me hizo ningún test. Y no es que se le hayan acabado. Un chico que conozco, que lleva más o menos el mismo tiempo que yo, ha hecho un test que a mi no me ha pasado. También es verdad que él no ha llevado a ningún pariente, de modo que es posible que la psicóloga considerase que con él necesitaba un test, pero que conmigo ya tenía material de sobras para trabajar. La otra posiblidad es que se haya dado cuenta de que ya he calado el funcionamiento de los tests y haya decidido que a un paciente que sabe distinguir la respuesta correcta no merece la pena darle más cuestionarios.

Como sea, esta vez hicimos una entrevista en toda regla, a partir de las respuestas de mi madre. Fue estupendo, porque no me dijo nada que no esperase, y a todo tenía una respuesta. Por ejemplo, mi madre tenía la teoría de que mis compañeros del instituto no me acosaban por verme poco femenina, sino porque tenía sobrepeso. Respuesta: mi apodo entre los compañeros era «Iñaki», así que no necesité que me dibujaran un esquema para entender cuales eran los motivos del acoso. O bien, mi madre dice que nunca había notado nada hasta hace un año o así. Respuesta: supongo que el hecho de que tenga mi habitación decorada con arcos y espadas no le dió ninguna pista… La conclusión a la que yo quería que la psicóloga llegara era a que puede que mi madre no notara nada, pero notarse, se notaba.

Esto nos llevó a otro punto. ¿Por qué mi madre dijo todas esas cosas? ¿Creía yo que era para perjudicarme? Por supuesto, a mi no se me ha pasado nunca por la cabeza que mi madre quisiera perjudicarme en nada, a parte, creo que un razonamiento de este tipo se habría podido ver como síntoma de una cierta «manía persecutoria».

Me encargué de dejar muy claro que, en mi opinión, si mi madre había dicho todo eso no era por perjudicarme, sino todo lo contrario. Creo que todas las madres tienden a idealizar a sus hijos, a ver todo lo bueno que hay en ellos, corregido y aumentado, y a ignorar los defectillos o defectazos que puedan tener. Así son las madres. Por eso las madres de los asesinos más crueles van a visitarlos a la cárcel.

Después me pidió que le contase como había vivido yo todo esto, desde el principio. Hasta ahora habíamos estado mirando periodo concretos, partes, aspectos… fotografías parciales, pero en esta ocasión me pidió que le presentase el cuadro entero, probablemente a ver si las piezas que le estaba pasando, encajaban entre si. Esto también me lo había «preparado», así que le expliqué de corrido mi vida en verso, desde que tenía uso de razón, hasta que esa mañana había desayunado café y tostadas con mantequilla y mermelada, porque el desayuno es la comida más importante del día.

He olvidado, entre tanto, que en la consulta había una padawan, una de las psicólogas en prácticas. Cuando acabé de contar las cosas, Trinidad cedió la palabra a su padawan, por si pensaba que había que aclarar algo más, y la chica me preguntó por la relación con mi padre. Eso no me lo había preparado tan bien, pero aún así, también tuve un montón de cosas que contarle… ya había cogido carrerilla y estaba sembrado.

Lo mejor de todo fue que, cuando acabé de hablar, Trinidad expreso en voz alta la conclusión que ella sacaba de todo eso… Que fue justo la conclusión a la que yo quería que llegara.

Pero aún había otro punto que yo quería que ella viera, y del que no me había hablado. Yo hago vida de hombre (lo que ellos llaman «test de vida real», como si lo de antes hubiese sido una broma o algo así), y sé que eso se considera muy importante a la hora de  dar un diagnóstico de disforia de género. Por eso le conté mi vida hasta prácticamente el momento que había atravesado la puerta de la consulta, ya que quería decirle eso, aún cuando ella no me había preguntado.

Fue un acierto, ya que, una vez que lo otro estaba más o menos «resuelto», empezó a preguntarme sobre mis experiencias haciendo «vida real». A medida que le había ido resolviendo las cuestiones que quedaban pendientes de la entrevista con mi madre, yo notaba que ella me iba tomando más en serio, y por primera vez me ha tratado firmemente en masculino. Hasta la sesión anterior había alternado femenino, masculino y neutro, poniendo mucho cuidado en fingir que «se le escapaba». Finalmente no me quedó más remedio que hacer algo que no me gusta: pedirle que me tratase en masculino. No me gusta hacerlo porque si lo tengo que pedir, me da la sensación de que mis actos no lo demuestran… pero cuando alguien ya empieza a ser demasiado descortés para mi gusto, no queda otro remedio.

Como decía, me llamó la atención que a medida que íbamos avanzando, había abandonado esa actitud cautelosa al utilizar el género para referirse a mí, y ya hablaba firmemente en masculino. Pero cuando le expliqué que vivo en todos los sentidos como hombre, y le conté alguna anécdota (por ejemplo, la sorpresa de la gente que me llama por teléfono) noté que estaba claramente impresionada. Y la padawan también.

Más que eso, de repente habíamos pasado a un enfoque de «analizar el pasado» a un enfoque hacia prever el futuro, aunque desde la perspectiva de que no estaba buscando nada que fuese nuevo. Para mi hormonarme no sería el pistoletazo de salida para empezar una forma de vivir diferente, sino la guinda del pastel. No necesito plantearme si me gustará o no, o si tendré problemas a nivel social y afectivo. No puede decirse que viva en un mundo de fantasía, soñando con cosas que puede que no sean ciertas.

También tengo que decir que nunca me planteé si me gustaría o no, pues tenía la seguridad de que sí. Pero me temo que los psicólogos, cuando se trata de estos temas, no confían en las «intuiciones» o «previsiones» de los pacientes. Muy mal por ellos.

Las tres semanas de preparación (también he estado estudiando ¿eh?) me han resultado muy útiles. Controlé la entrevista, dije lo que quería decir, cuando lo quería decir, hice que se trataran todos los puntos que quería tratar, y consegui que la psicóloga llegase a las conclusiones que yo quería hacerle ver.

Finalmente, hay un detalle tonto, la típica cosas que, cuando la piensas, te dices a ti mismo que estás empezando a hacer montañas de granos de arena, o castillos en el aire, sin base ninguna. Y es que cuando me anotó para la próxima cita, en lugar de poner los dos apellidos y ningún nombre, como hace siempre, puso el nombre y el primer apellido. Aclaro… no el nombre legal, si no mi nombre, Pablo.

De modo que me estoy haciendo ilusiones… de forma más o menos justificada. Como se va de vacaciones en septiembre, tendré que mantener la incertidumbre hasta finales de octubre, y todavía contento, que a mi amiga, la que consigue que le den las citas super pronto, le ha dado para el 11 de noviembre (¡Noviembre!) Yo la he conseguido antes gracias a que me coincide con la visita a la endocrina…

Si no me da el informe en esa sesión… bueno, no se va a acabar el mundo ni nada de eso, pero ya no sé qué más me va a decir. Es una putada porque no podré ir «preparado». Pero bueno ¿qué le vamos a hacer? Esto son lentejas.

Entre tanto, tampoco me viene tan mal que la próxima sesión sea dentro de dos meses y medio. Así podré concentrarme puramente en la oposición, que va a ser dentro de mes y medio, sin distracción ninguna. Sólo estudiar e intentar que los nervios por si suspendo no me vuelvan loco.

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En la feria.

Dentro de mi programa de tomarme un respiro y relajarme, se ha incluido una breve visita a la feria de mi pueblo. No es que me guste mucho ir a la feria, pero bueno… una vez al año no hace daño, y tampoco es que estuviese mucho rato.

La «visita» más o menos fue dar un paseo, mirar los columpios, las casetas, comer un gofre y marcharse. Mientras estábamos en la primera fase «ver los columpios» se me ocurrió que me apetecía subirme a uno que consistía en una especie de péndulo que se balanceaba en sentido pendular (como su propio nombre indica), y, además, giraba sobre si mismo. Por si esta descripción no ha dado mucha idea de como era la cosa, lo dejaremos en que se movía mucho.

Mic, que venía conmigo, y que lo pasa muy mal en ese tipo de atracciones se ofreció a quedarse con las cosas que llevaba en los bolsillos: llaves, movil, cartera… lo típico. Los zapatos, que eran unas chanclas sin sujección alguna, se podían dejar a la entrada del columpio. Todo estaba bien, hasta que recordé que llevo otra cosa que va más o menos suelta.

Me da un poco de vergüenza hablar de ello, pero… Bien… Algunas personas a las que les falta una parte de su cuerpo, utilizan prótesis para suplirla. Las más normales son las prótesis detales, pero hay prótesis de todas clases: de ojos, de piernas, de brazos, de pene, etc. Uno de los problemas de las prótesis es la sujección. Hay muchas maneras de sujetar una prótesis, pero ninguna es como la sujección natural de las partes del cuerpo.

Yo la llevo bien sujeta, pero ante el meneo del artefacto en el que me iba a subir, no pude evitar empezar a preguntar si sería suficiente, sobretodo teniendo en cuenta que mi sistema de sujección es totalmente casero (manitas que es uno). ¿Sería suficiente? Anda que si en una de estas se me cae y le da al que esté sentado enfrente… Ya me podía imaginar al dueño del columpio con el tema en la mano diciendo:

– Eh ¿Esto que quien es? ¿Nadie nota que le falte algo? – Y luego, comentando sorprendido a su compadre, el que está en la cabina vendiendo las fichas -. Joer, yo sabía que la gente se acojona cuando se sube al columpio, pero nunca pensé que llgarían a hacerlo literalmente. De verdad que en este trabajo se ve de todo, macho.

Bueno, al final mi sistema de sujección fue suficientemente resistente, a parte de que la propia forma de la silla contribuía a que no pudiese haber demasiada movilidad por esa zona. Lo que no pude solventar fue el otro problema para mi amor propio: que grito como una niña. Como la voz  que tengo es la voz que tengo y no parecía que fuese a cambiar en los siguientes dos minutos, me propuse no gritar. Pero nada… no hubo manera. Entre tanto, me fijé que los otros chicos que estaban en el columpio no gritaron. Habían dos que casi se mueren, los pobres tenían muy, muy mala cara. Pero ni un grito. Me resultó curioso.

Es posible que con tanta preocupación, observación y amor propio en situación vulnerable, de la sensación de que no me lo pasé muy bien. Pero sí, me divertí un montón, y mereció la pena el precio del ticket (por cierto, este año estaban mucho más baratos que en años anteriores). ¡Qué vértigo! ¡Que mareo! ¡Que subidón! Me encantan los columpios.

Moraleja: si llevas prótesis y te vas a subir en algo que se mueva mucho, asegúrate de llevarla bien sujeta.

Pasó otra cosa que me apetece contar. En un momento dado me crucé con ¡una chica transexual! ¡En la feria de mi pueblo! ¡Y sin ponernos de acuerdo! ¡Increible! Sí, siempre digo que somos más de los que la gente cree, pero tampoco somos tantos como para que el encuentro casual con otra persona transexual deje de parecer una especie de conjunción astronómica o algo así, especialmente en un entorno tan tradicional y cerrado como es mi pueblo.

Para colmo de males, a la chica se le notaba. La primera vez que la vi, me daba la espalda. Llevaba un vestido, pero se notaba que tenía los hombros muy anchos y la cadera muy estrecha. Sin embargo, ocurre que hay personas que son biologicamente mujeres, y también tienen esa forma. De modo que al primer pensamiento de «esa chica parece transexual», le siguió el de «tío, está obsesionado, ves transexuales por todas partes». Luego me la crucé de frente y entonces la cosa se volvió mucho más evidente… facciones muy masculinas y voz profunda. Entre eso y que tenía una delantera muy prominente y visible gracias al más que generoso escote del vestido, todo el mundo se la quedaba mirando.

Siempre me llama la atención lo valientes que llegan a ser las mujeres transexuales. Me habría gustado pararme a hablar con ella o algo, pero tampoco sé qué le habría podido decir. Además, habría sido reconocer que no es pasable para nada, lo cual no habría sido de mucha ayuda… En fin, ole por ella y por su valor, y por las conjunciones cósmicas.

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Una pájara.

Hace algún tiempo, tuve que pasarme un año en la cama. Tenía unas décimas de fiebre (a eso los médicos le llaman «febrícula»), y ya está. Ningún otro síntoma, ni dolores, ni nada, excepto un gran cansancio, provocado por la propia febrícula, aunque imagino que el exceso de peso que arrastraba entonces (135 kilos) también ayudaba.

Nadie supo por qué tenía esa fiebre, a pesar de que me hicieron pruebas de todo. Hasta que, cuando fui a operarme del estómago, me sacaron la vesícula biliar «de oficio», no porque estuviese mal, sino porque podía llegar a generar piedras, y, total, para lo que sirve… El posterior análisis de mi vesícula descubrió que por el exceso de peso se me había «averiado», y que eso era lo que me provocaba la fiebre.

Ya no volví a tener más febrícula, pero desde entonces, la fiebre me sube con facilidad, a causa del estres o del cansancio. Y ahora llevo 3 días con febrícula (empezando el cuarto día), lo que me preocupa un poco. Para colmo de males, ayer fui a la academia a hacer un examen, y me salió tan mal que si lo hubiese hecho a voleo, no habría tenido tan malos esultados. Lo curioso es que mientas lo hacía, me resultaba fácil…

Leí en un libro que a los ajedrecistas a veces les pasa algo parecido. Empiezan a jugar mal, y no se dan cuenta hasta que les hacen jaque mate. Parece que la cosa tiene hasta nombre y todo. Pero como me pase eso el día del examen de verdad, va a ser una putada.

El problema es que la oposción debió ser el 15 de junio, así que llevo estudiando como si me faltasen 2 meses para examinarme desde el 15 de abril. Pero al final va a ser el 27 de septiembre, y a estas alturas yo ya estoy que no puedo más. Al final me ha dado una pájara. Si fuera un ciclista, ahora me bajaría de la bicicleta y le daría un par de patadas antes de sentarme en el suelo. Pero como no lo soy, me he limitado a guardar los apuntes en su carpeta y a decirle al examen ese que hice tan mal «me cago en tu madre». Lo bueno es que los apuntes no tienen madre, ni orejas para escuchar mis insultos, así que nadie sufre.

Voy a tomarme un par de semanas de «descanso», reduciendo las horas de estudio y ampliando las horas de hacer las cosas que me gustan, para que el último mes pueda volver a tope y sin piedad.

Lo único que me consuela es que, después de haber hablado con mi amiga Vanesa (Samira para los amigos apostoleros) me ha hecho ver que el resto de los opositores van a estar igual que yo. Según su teoría, no hay superhombres. Según mi teoría, sí que los hay, pero tengo la esperanza de que se estén preparando las oposiciones al grupo A (las mías son del grupo D), a judicatura, notaría, profesores de secundaria, el MIR, hacienda, Banco de España, etc… que son las cosas que estudian los superhombres y las supermujeres.

Así que, unos días de relax sin remordimientos, para poder dar el último tirón en septiembre.

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Ministro de Sanidad

Minitro de sanidad.

Aquí os dejo una canción de El Puchero del Hortelano que se llama «Ministro de Sanidad», dedicada a todos los que ya estamos un poco cansados de que se preocupen por nosotros.

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Menores de edad.

Si fumas, lo entenderás muy rápido. De lo contrario, quizá tengas que hacer un pequeño esfuerzo.

Las leyes contra el tabaco son cada vez más restrictivas. Para justificarse, apelan a la salud pública. Es decir… lo hacen para proteger la salud de los fumadores. Ariovisto habla de ello largo y tendido, y nos recuerda a otros que han velado por nuestra salud, ya sea física o moral, por ejemplo, Franco, que se desvivía para evitar que ni un solo españolito acabase en el infierno. Se pregunta, además, hasta donde pueden llegar las leyes ¿Una ley que nos obligue a fumar? ¿Una ley que prohiba el paro? ¿Una ley que…? Más aún ¿todo lo legal es moral? ¿Debemos cumplir todas las leyes que nuestro gobierno vaya sacando por más estúpidas que sean?

Puedo continuar planteando leyes estúpidas que podrían existir. Leyes que obligasen a las personas a llevar un nombre escogido de manera arbitraria. Una ley, que, por ejemplo, te obligase a llevar una targetita de plástico con un nombre y un sexo, y te hiciese obligase a hacerte pasar por esa persona. Una ley que dictase exactamente el tipo y la cantidad de hormonas que debe haber en tu cuerpo. Una ley que diga cual debe ser el tono de tu voz. Una ley que diga cual debe ser tu aspecto. Una ley que obligue a unos a tener barba (aunque se la afeiten) y a otros a no tenerla. Y, lo mejor de todo, que encima nos dijesen que todas esas leyes absurdas son «por la salud pública», para evitar que nos hagamos daño y que en el futuro podamos sentirnos descontentos con nosotros mismos.

Puedo ir más lejos aún. Imaginemos que un día llega un señor o una señora a nuestra casa, y reune a todos los miembros de la familia.

– Muy buenas, en virtud de la Ley Orgánica tropecientas, barra, dosmil nueve, de adaptación de la identidad de género a las cualidades psicosociales del individuo, vengo a diagnosticar si son ustedes mujeres u hombres.

– Yo soy un hombre, y me siento muy satisfecho de serlo – responde el padre.

– Eso lo decidiré yo, que sé cosas que usted no sabe. Puede que usted ahora crea que es un hombre, pero existe la posibilidad de que en el futuro se arrepienta. ¿Sabe que uno de cada 15.000 hombres y una de cada 50.000 mujeres son transexuales? Es una posibilidad que existe y que hay que evaluar para asegurar su bienestar futuro. Para ello he diseñado un protocolo de actuación y unos tests que arrojarán los resultados correctos.

– Bueno, si es para cumplir la ley… ¿Y cuanto va a tardar?

– Bueno, no sé… Entre unos meses y varios años, depende de la persona.

– Joder, pues la verdad es  que yo tengo cosas mejores que hacer, como trabajar, estar con mi familia, dormir, observar el crecimiento de la hierba… Además, yo tengo claro que soy un hombre…

– Eso ya lo decidiré yo, no se preocupe. Me aseguraré de que el resultado sea aquel con el que usted se sienta más cómodo a largo plazo.

Varios meses más tarde, en base a los resultados de cada uno de los psicólogos que nos fuesen visitando uno a uno en nuestras casas, se repartirían los nuevos DNI, rectificados en los casos en que los psicólogos lo viesen necesario (no necesariamente de acuerdo con las preferencias de la persona), y se les suministrarían, en caso de necesitarlas, las hormonas necesarias para que sus cuerpos se adaptasen a las identidades asignadas por los profesionales. Así viviríamos todos y todas en un mundo más feliz, porque ¡como vamos a saber más nosotros, pobres ignorantes en el campo de la psicología, que los profesionales! Si te dicen que eres un hombre, o una mujer, pues lo eres, te guste o no. Y punto. ¡Si todo esto lo estamos haciendo por ti!

Así pues, si eres fumador y estás ya hasta los cataplines de que tooooodo el mundo, no solo sepa mejor que tú lo que te conviene, sino que encima se tomen la molestia de decírtelo, y, para colmo de males, desde nuestro gobierno benefactor se pretenda que dejes de fumar «por tu propio bien». Si eres fumador y ya estás, como digo, completamente harto de que te traten como si fueses un niño, en un estado de perpetua minoría de edad… Si alguna vez te has preguntado hasta donde se puede llegar creando leyes para proteger a la gente de si misma, aun a pesar de los deseos de la propia gente… Ya has probado un poco de la realidad que vivimos miles de personas transexuales.

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Un año aprendiendo (y II)

Empecé a escribir este blog en parte de para intentar ayudar a los que viniesen detrás de mi, con la esperanza de que en el futuro quizá alguien lo encontrase y se diese cuenta que una persona transexual es tan válida como cualquier otra. Que somos gente normal e incluso algunos, extraordinarios (yo no me veo dentro del grupo de los extraordinarios, que conste) .

El blog ha crecido de manera inesperada. Nunca he hecho publicidad indiscriminada de él, excepto durante mi breve campaña para el PACMA (ay, no sirvió de nada). Por cierto, alguien pensó que realmente quería que ganase el PACMA, pero no, era puro cachondeo. También a finales del mes pasado me di de alta en los premios «20 blogs», desde donde he recibido alguna visita, aunque no atiné a poner publicidad aquí para que la gente me vote.

No he puesto la dirección del blog en mi firma en foros, en mis perfiles online, ni en mi messenger. No lo he publicitado en buscadores. Sí que di la dirección a los amigos a los que pensé que les podría interesar. Sé que muchos leen, aunque no comenten nunca o casi nunca (timidillos… ¿no sabéis que la mejor manera de hacer feliz a un blogger es publicando comentarios?).

Al principio tenía unas 2 ó 3 visitas diarias, que me llenaban de orgullo. El primer comentario me emocionó (ya sabemos todos que soy un un poco llorón) y ver como poco a poco el número de lectores iba en aumento, me animaba a continuar. Ahora tengo entre 30 y 40 visitas diarias, lo que, según me han dicho, hace que este blog entre en la categoría de «blogs serios».

Me gustaría saber quienes son mis lectores. Supongo que algunos llegan a través de buscadores. Las palabras que suelen hacerles llegar hasta aquí son: «onomástica santa Elena» «onomástica san Pablo» «transexuales post op» «porno transexual» y «hablé con mi madre». Sospecho que la mayoría no vuelven. Otros son amigos que ya me conocen. Otros, como Clara, no me conocían pero han llegado a ser amigos. Me pregunto si hay personas desconocidas que me siguen habitualmente, pero nunca se han animado a decir nada. Para todos aquellos que leen en silencio… ¡¡¡Comentad!!! No hay nada que haga más feliz a un blogger que leer comentarios.

Y hablando de comentarios, una de las grandes alegrías que me ha traido esto, ha sido el poder conocer a Ariovisto, Dicybug, Aniel, y, más recientemente, Puri. También me gustan mucho los comentarios que Ángela tiene la amabilidad de dejar, pero es que a ella ya la conocía.

Respecto a esto, hay un fenómeno curioso: la gente que ya me conocía y lee el blog, tiene mejor opinión de mi. En cambio la opinión de la gente que leía el blog y luego me ha conocido, suele empeorar casi siempre. Empiezo a pensar que tal vez escribo mejor de lo que yo pensaba.

Lo cierto es que siempre había deseado tener un auditorio que me escuchase, pero como mucho, lo que había conseguido es que mis amigos me siguieran la corrente. En realidad no creí que alguien pudiese encontrar realmente interesante nada de lo que yo tuviese que decir así que… muchas gracias a todos los que leeis de forma más o menos habitual. A ver si el año que viene seguimos aprendiendo.

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