Archivo mensual: mayo 2010

Patrulla legal.

El viernes fui a mi segunda patrulla legal. La patrulla legal es una actividad de asesoría jurídica itinerante que realiza el Proyecto Transgénero en las zonas en las que las trabajan las prostitutas trans.

Cuando le expliqué a una de mis tías que soy transexual, lo primero que pensó es que me iba a meter a puta. «No vayas a mezclarte con prostitutas y gente así», me dijo muy preocupada. «Claro que no», le dije yo muy convencido, aunque lo cierto es que ya tenía contacto con personas que ejercían la prostitución. No tanto como ahora.

En las noches de Quito hace frío. ¿Quién iba a pensar que en Ecuador, en pleno trópico, podíamos estar tranquilamente a doce grados? Además, lloviznaba. Me puse una camisa de manga larga, un jersey abrigadtio y la cazadora tejana. Además, llevaba la braga puesta a modo de gorro. Pantalones vaqueros y tenis. Las manos metidas en los bolsillos.

Hacía frío. Pero las chicas de la Y a penas llevaban ropa, pues ese es el uniforme de trabajo de las prostitutas, a lo largo y ancho del mundo. Faldas muy cortas (cinturones anchos), finas camisetas ajustadas con generosos escotes. Medias de color carne, o sin medias. Sandalias y zapatos de tacón abiertos. Maquillaje. Una botella de licor para espantar el frío y para envalentonarse ante la policía, ante los clientes, o ante quién sea menester.

Cuando llegamos, sólo había una chica, que miraba con recelo a dos muchachos encapuchados que rondaban por allí. La policía la había «puesto pilas» (espabilado) al respecto, y estaba dando vueltas por la zona. La policía no es precisamente la mejor amiga de las prostitutas, así que tenerlos rondando por allí tampoco le daba mucha tranquilidad, ni a ella, ni a nosotros, que también estábamos allí. Cuando hay altercados, no se distingue mucho entre prostitutas y patrulla legal, según me han dicho. Hacer patrulla legal es peligroso.

Después llegaron dos chicas más, una de ellas, la dueña de la zona. La dueña de la zona habla con uno de los compañeros, reclamándole enérgicamente que el PT ayude a tres de sus chicas, que están pasando apuros económicos. El compañero aguanta el chaparrón estoicamente y sin perder la compostura, hasta que la José nos echa de la zona. Entretando, los dos muchachos que estaban por allí, al ver tanta gente, han decidido marcharse. Entretanto, un cliente se lleva a una de las chicas.

Nos marchamos. No sería bueno para nosotros quedarnos allí. Las prostitutas de la Y no son corderitas indefensas, y la dueña de la zona no se ha ganado ese título por nada. En la calle sólo sobreviven los fuertes, y ellas han sobrevivido… o van sobreviviendo, de momento. Mañana ¿quién sabe?

Las prostitutas que trabajan en las calles no son «mujeres de vida alegre». Su trabajo es penoso, bajo la lluvia y el frío, arriesgándose a ser agredidas, a que las asesinen como se ha asesinado a otras tantas, que, encima, la gente piense «es normal que le pasara eso, siendo puta». Su esperanza de vida es corta, según me dicen, aquí en Quito, con 25 años ya son de la tercera edad. Todas ellas aparentan diez o quince años más de los que tienen.

Me pregunto como llegaron hasta ahí.

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¿Qué es un macho? ¿Qué es una hembra? (y III)

El sexo, pues, está ligado al momento del nacimiento. En más de una ocasión he leído “se puede cambiar (o reasignar) el género, pero no el sexo”. Porque el sexo es un sello de nacimiento. El sexo son las características que uno tiene al nacer, y de nada sirve que a lo largo de la vida de una persona, esa persona vaya cambiando las características “sexuales”. Siempre quedará un rescoldo, un vestigio, algo de lo que no se pudo deshacer, algo que no pudo conseguir, ya sea un código genético determinado, o la imposibilidad de desarrollar gónadas de una determinada clase. A eso nos agarraremos para seguir diciendo “eres hembra, igual que cuando naciste”.

De este modo, el sexo está adscrito a la persona desde el nacimiento, porque culturalmente no se permite el cambio. La tecnología y los avances médicos y quirúrgicos no pueden convertir a una hembra 100% en un macho 100%, pero si pueden convertirnos en intersex, en personas que tienen partes femeninas y partes masculinas. Desde este punto de vista, el cambio de sexo sería real. Sin embargo, esto es algo no permitido, pues el acceso a la intersexualidad, como ya he indicado, es un privilegio de nacimiento.

Esto es también un hecho cultural. Posiblemente en una cultura distinta, o en un planeta alienígena se podría eliminar la existencia de la intersexualidad flexibilizando los conceptos de “macho” y “hembra”, y adscribiendo a las personas intersexuales en una de esas dos categorías, en función, por ejemplo, de a qué sexo se pareciesen más (de hecho, así suele ser como se adscribe a los intersex en un género u otro). En esa cultura más flexible, podría ser posible cambiar de sexo cuando las características de la persona se pareciesen más a un sexo que al otro, siempre que se considerase que las características “construidas” son tan válidas como las “de nacimiento”.

Nuestra cultura no es asi. Como si fuésemos un automovil que sale de la fábrica con un número de bastidor, número que permanece inmutable a pesar de todos los cambios que se hagan en el coche, a nosotros al nacer se nos asigna un sexo, que, por cierto, depende tan solo de la forma de nuestros genitales (lo cual puede mover a error en algunos casos, pero de eso no se habla). Ese sexo es nuestro número de bastidor. No importa que con el paso del tiempo ya no quede más que una o dos características que justifiquen la asignación a ese sexo, lo que importa es que fue el que se nos asignó al nacer, grabado a fuego, imposible de cambiar. El sexo se considera algo natural, es más… es nuestra naturaleza. Y lo natural no puede ser cambiado por el ser humano, porque sólo lo puede cambiar Dios. La Ley de la Naturaleza está por encima de nuestras posibilidades.

Los seres humanos, que hace ya millones de años que dejamos de estar atados a la naturaleza, insistimos en creernos ligados a la naturaleza en tan sólo dos aspectos: el nacimiento y la muerte. Lo que es “de nacimiento” no se puede cambiar, es natural. La muerte también se considera algo natural… como si hoy en día no dispusiésemos de tratamientos médicos que logran prolongar nuestras vidas mucho más allá de los dictámenes de la naturaleza.

La muerte existe, y las diferencias morfológicas también, pero ya no son tan naturales como antaño. Igualmente, los kilómetros siguen teniendo la misma longitud que antaño, pero lo que antes eran distancias casi insalvables, hoy gracias a la tecnología, se pueden recorrer en sólo unas horas. El mundo es ahora del mismo tamaño que era en el S. XVIII, pero los aviones, los trenes de alta velocidad, e incluso los motores de los automóviles y las carreteras asfaltadas, tan lisas, lo han vuelto mucho más pequeño.

¿Y cómo influye el sexo en la persona? ¿Yo sería diferente si en el día de mi nacimiento los médicos hubiesen dicho “es niño”? Sin duda lo sería. Mi biografía sería totalmente distinta. En realidad, ni siquiera sería yo… Pero también sería diferente si en lugar de nacer en España hubiese nacido en Afganistán, o en Canadá, o en Australia, o en Japón…

Una amiga dice que en realidad quienes somos es un diálogo entre la biología y la biografía. No podemos poner todo el peso en la biología, porque entonces seríamos solo machos o hembras, y punto. No podemos poner todo el peso en la biografía, porque entonces seríamos ángeles, espíritus incorporeos… Nos vemos obligados a mantener un diálogo constante entre nuestro cuerpo y nuestra mente, y esto no es sólo válido para las personas transexuales, sino para todos. Para las personas que, llegada una cierta edad, siguen sintiendo su mente viva y ágil como siempre, pero su cuerpo torpe y dolorido. Para las personas que son bellas por dentro y poco atractivas por fuera. Para el auxiliar de contabilidad que en sus ratos libres practica deportes de aventura y ha visto paisajes con los que otros tan solo sueñan.

Hay otro factor que hoy me ha hecho ver un amigo de aquí, que es el del “palimpsesto”. El palimpsesto es una la práctica que se llevaba acabo en la edad media, y que consistía en borrar los textos de los libros y escribir otras cosas sobre ellos. Mi amigo hace una analogía entre el palimpsesto literario y la forma en que los demás escriben y reescriben sobre nosotros ciertas cosas que nos configuran. Las trenzas que mi madre me hacía en mi infancia, la admiración que sentía por mi abuelo, la forma de comer, las tradiciones familiares, la presión de mis compañeros de clase, el amor hacia las personas que me querían como chica, la diferente forma de tratar a hombres y mujeres, que me iba dibujando por debajo de la piel surcos que nadie veía, el combate interno librado constantemente en mi mente, y el decir al final “pues no”.

De modo que el diálogo entre la biología y la biografía no incluye sólo la forma de nuestro cuerpo, nuestras preferencias y nuestras decisiones, sino lo que otros han hecho de nosotros, de forma consciente o inconsciente. Y esas letras que otros han dibujado sobre nuestros cuerpos dependen en mucho de nuestra biología.

La biología influye sobre nuestra autopercepción, y también sobre la percepción que los demás tienen sobre nosotros. La percepción de los demás influye también sobre nosotros. Nuestras decisiones influyen sobre nuestra biología. Tal vez, tratar de investigar qué parte influye cómo en nosotros mismos es un planteamiento erroneo. Quizá debemos considerarnos, más bien, como un ecosistema, en el que un pequeño cambio varía el todo, y donde no hay una parte más importante que otra, aunque a primera vista parezca que sí. De este modo, si queremos comprendernos a nosotros mismos, no habrá que partir desde el biologicismo o el no biologicismo, sino desde un ecologismo bien entendido.

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¿Qué es un macho? ¿Qué es una hembra? (II)

Hay que empezar por el principio. ¿Qué es una hembra? ¿Qué es un macho? Es muy diferente preguntarse esto a preguntarse qué es un hombre o una mujer. Hoy en día, la medicina, cuando trata de evaluar la intersexualidad de una persona, atiende a tres características: cromosómica, genital y hormonal. Sin embargo, cuando se habla de hombres y mujeres, se atiende a siete características (más o menos una), que son: cromosómica, genital, morfológica, gonadal, hormonal, psicológica y psicosocial.

Imagino que los médicos deben considerar que tener en cuenta el criterio morfológico en los “diagnósiticos” de intersexualidad es irrelevante porque la intersexualidad es “de nacimiento”, es decir, está presenté en el bebé recién nacido, y en ese aspecto la morfología de todos los bebés es igual. Sin embargo, las hormonas sexuales de todos los bebés también son iguales… O quizá la referencia a la morfología se omite porque se supone que “de forma natural” a unas hormonas dadas corresponde una morfología dada. O vaya usted a saber. Teniendo en cuenta lo interesante que es la morfología de las personas intersex más allá de la forma de sus genitales (que no siempre son ambiguos), me parece un descuido imperdonable omitir este criterio, que sin embargo sí se tiene en cuenta para hombres y mujeres. Como nuestra cultura no proporciona ningún género ligado a lo intersex, las características psicológica y psicosocial no se tienen en cuenta.

Tampoco debería tenerlas en cuenta yo, si quiero intentar entender qué es un macho o una hembra. Hagamos como que no hay ningún género asignado a estos conceptos, o será imposible distinguir entre hembra/macho y hombre/mujer.

La hembra normal suele ser una persona que tiene sus cromosomas sexuales XX, genitales claramente femeninos, hormonas femeninas, y morfología de mujer. Con el macho normal pasa lo mismo: todo coincide. El resto de combinaciones se ha designado como “intersex”.

El universo intersex se convierte entonces en algo fascinante, mucho más que los limitados conceptos de “macho” y “hembra”. Puede darse una persona con cromosomas XY, genitales femeninos, gónadas masculinas (internas) y morfología femenina. Puede darse una persona con cromosomas XX, sin vagina y con un clítoris hipertrofiado, que daría lugar a unos genitales parecidos a los masculinos, con gónadas femeninas, hormonas femeninas y morfología femenina. Pueden existir personas intersexuales con cromosomas XXY, XXXY, con o sin ambigüedad sexual, con o sin ambigüedad gonadal, con o sin ambigüedad morfológica, con o sin ambigüedad hormonal…

¿Y yo que soy? Tengo los cromosomas XX, y mis genitales son femeninos (aunque con un clítoris cada vez más hipertrofiado, que se asemeja a un pequeño pene y funciona de manera similar), tengo gónadas femeninas, pero mis hormonas probablemente ya son sólo masculinas (los andrógenos inhiben la producción de estrógenos, y hace meses que no menstruo), y mi morfología es más femenina que masculina, pero empiezo a desarrollar rasgos masculinos, como la voz más grave, el vello facial, mayor masa muscular, redistribución de la grasa corporal… eso sin contar con que mi altura y complexión físicas son grandes para mujer, y normales para hombre, especialmente ahora que estoy en Ecuador. Reuno en mí características de ambos sexos. ¿Soy intersex?

La respuesta es que no, porque la intersexualidad es una característica adscrita sólo al nacimiento. Uno puede “crearse” hombre o mujer, pero no puede crearse macho o hembra, igual que no puede crearse intersex. Intersex es una condición sexual.

¿Qué sería un hombre transexual que se hubiese hormonado durante años, se hubiese extirpado sus órganos reproductores y se hubiese sometido a una faloplastia o metaidoioplastia? Cromosomas XX, genitales masculinos, hormonas masculinas, gónadas inexistentes y morfología masculina. ¿Se le puede seguir considerando “hembra” en base a que conserva los cromosomas XX? Entonces ¿habría que considerar macho a la persona XY que teniendo una insensibilidad natural a los andrógenos se desarrolla en un fenotipo femenino? Ah, no, estas personas son intersex.

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¿Qué es un macho? ¿Qué es un hembra? (I)

En estos días me están “obligando” a hacer una reflexión profunda sobre el sistema sexo-genérico. Para mí es muy fácil cerrar los ojos y decir “mi biología no tiene importancia”, o, como dijo Simone de Beauvoir “la biología no es destino”. Sí, mi cuerpo tiene unas características determinadas ¿Y qué pasa con ello? No le hago caso, eso no vale, lo que vale es el cerebro, los procesos de pensamiento, la lógica, los sentimientos. Puedo cerrar los ojos y no pensar más en ello. Simplemente.

Sin embargo, en el proceso de reflexión que se está viviendo dentro de la casa, me he encontrado con personas que dicen que la realidad sexo-genérica es algo que está ahí, que no se puede ignorar, que de algún modo nos condiciona, y no es una teoría o algo abstracto. La realidad de las diferencias entre machos y hembras es evidente, real, igual que también son evidentes las realidades intersex, que con su mera existencia invalidan la afirmación de que la humanidad está dividida únicamente entre hombres y mujeres.

Me han hecho ver, también, que la postura de negarse a atender a la biología es biologicista, desde el punto de vista en que uno evita tratar los puntos de debate relacionados con la biología con la sentencia absoluta de “eso no tiene importancia”. Decir que la biología no tiene importancia por ser biología es tan determinante como decir que las hembras tienen que ser mujeres por ser hembras. Hace falta profundizar más.

Pensar sobre esto también me ha llevado a reconocerme como biologicista en otro punto. Soy biologicista porque me hormono. Necesito construir mi cuerpo dentro de una biología masculina para sentirme bien y tranquilo conmigo mismo, y en ese camino no me importa jugarme la salud, el dinero, el tiempo o la paciencia. Necesito que mi biología se acerque lo máximo posible a mi identidad de género. En parte por eso me hace daño aceptar el término “hembro”, que se utiliza en este proceso.

Un amigo, que ha leido mucho más que yo sobre el tema, sostiene que la concepción de “macho”, “hembra” o “intersex” es una construcción cultural que se ha hecho a partir de la evolución de la medicina. Para ello suele apoyarse, entre otras obras, en “La construcción del sexo”, de Laqueur, que muestra como las representaciones de las diferencias sexuales entre hombre y mujer han ido variando en función de la ideología de la época, pasando de un modelo “unisexo”, en el que se consideraba que el cuerpo del hombre y el de la mujer eran iguales en materia (con fluidos parecidos, como la sangre, orina, leche, semen), y que sólo una diferencia metafísica hacía que las mujeres se desarrollasen de manera imperfecta en relación al desarrollo del cuerpo del hombre, que sí que era perfecto, hasta el modelo de dos sexos que es el que tenemos ahora, que diferencia, no sólo la forma de los genitales, sino el organismo entero.

De modo que el sexo, que nosotros damos como algo “natural”, “inevitable”, “de nacimiento”, es en realidad otro sistema de representación cultural. Él me lo explica, y también me lo explica la teoría queer, pero a la hora de la verdad, cuando yo intento explicarlo aquí, no soy capaz. Quizá me vendría bien leer algo más sobre el tema, porque al final siempre me doy de boca contra la evidencia de que, lo mires como lo mires, la diferencia física existe. Ya puedes decir que es un solo sexo que se desarrolla de manera más o menos perfecta, o que son dos sexos totalmente diferenciados… la gente puede estirar el dedo índice y señalar que somos distintos, como si jugásemos a un pasatiempo de “las siete diferencias”.

Así que tengo que reflexionar un poco más. Intuitivamente, desde mi desconocimiento del trabajo que han hecho otros autores, siento que la construcción del sexo no es tan real ni tan firme como me han dicho, pero lo cierto es que mi razón no es capaz de darme explicaciones lógicas que resulten convincentes. Y no puedo hacer caso simplemente a mi intuición, porque es evidente que el deseo profundo que albergo en mi corazón es huir de mi biología hacia una biología de macho. Tengo que fundamentarme bien.

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Viajar a Guayaquil (II)

Preparar los diez minutos de ponencia para el acto de Guayaquil fue un trabajo que nos requirió muchas horas, ensayos, borradores reescritos una y otra vez… Igual que en las carreras de coches el piloto conduce pero tiene detrás un equipo que se encarga de poner el vehículo a punto, nuestros ponentes tenían el respaldo de todo el Proyecto Transgénero.

Así que cuando a los compañeros empezaron a hablar, yo también estaba hablando a través de ellos, aunque sin subir a la tarima. Y al ver lo bien que lo hacían, me hinché como un pavo real. Los otros ponentes y las personas que estaban en el público asentían con la cabeza a sus palabras, que también eran las mías, y mientras ellos, desde arriba, aguantaban el tipo, los nervios, la presión… yo, sentado entre el público, disfrutaba de la sensación del trabajo bien hecho.

Lo que yo no sabía era que, además de encontrar mis palabras en el discurso de mis compañeros, las encontraría en el discurso de otra de las personas que iban a hablar allí. Estaba hablando Diane, de Silueta X, y de repente algo en lo que decía me sorprendió. No era solo porque el contenido me sonaba muy diferente al tipo de cosas que se suelen escuchar aquí, en el Ecuador (sus preocupaciones son totalmente distintas a las que tenemos en España) sino porque me resultaba extrañamente familiar… ¡Y tanto que me era familiar, como que lo había escrito yo! Se trataba de la traducción del informe Hamaberg que había hecho junto con otra persona, y que se ha publicado dentro del proyecto Transrespeto vs. Transfobia en el Mundo. Y ahí sí que me hinché del todo como un pavo real, puesto que esa traducción está para que se difunda lo máximo posible, y reencontrarme con ella después de haber viajado tanto, en un lugar tan improbable, que nada tenía que ver con mis proyectos de aquel momento demuestra que, en efecto, esa difusión está existiendo. La pena es que la ponente olvidó citar la fuente, de modo que parecía que lo que estaba diciendo hubiese sido idea de ella, pero bueno… son las cosas del directo.

Después del acto pudimos hablar con varias personas sobre nuestras ponencias, pero también sobre las otras que se habían hecho. Todas habían sido muy buenas e interesantes, y nos habían dado que pensar y de qué hablar. Conocí a gente nueva… e incluso conocí a un señor de Barcelona que llevaba un año viviendo en Ecuador. Me dió mucha alegría volver a ver a un compatriota y escuchar un acento parecido al mío (si alguien cree que el acento de un andaluz no se parece al de un catalán, que se pase una temporadita viviendo aquí y luego me lo cuenta). Siempre que he viajado al extranjero he encontrado españoles hasta en la sopa, pero aquí en Quito somos muy pocos y parece que andamos «camuflados», porque yo todavía no me he cruzado con ninguno, ni siquiera cuando he ido al consulado español (excepto el guardia civil que trabaja allí).

A continuación, estaba planeada una besada en el Malecón. Eso del Malecón me dejó un poco confundido, porque Guayaquil está a dos horas de la costa, así que no podía imaginarme como harían los barcos para acercarse a ese malecón en cuestión. Con lo que yo no contaba es con que la ciudad tiene río, y además los ríos de aquí no son como los de España… Aquí llueve con abundancia, y el resultado son ríos muy anchos… navegables.

De todos modos, el Malecón no es un puerto fluvial, sino más bien un paseo a lo largo del río. Se trata de un paseo muy bonito, de estilo moderno, que, de algún modo recuerda al ambiente de Barcelona, aunque lo cierto es que no se le parece en nada. Los colores predominantes son los naranjas, rojos y amarillos, pero las lineas onduladas y suaves, los edificios modernistas que hay cerca, el clima caluroso y húmedo… le dan un «yo que sé qué», que recuerda muchísimo a la ciudad Condal, que tan bien conozco. Me dió una morriña terrible, aunque al mismo tiempo me gustó encontrarme en un ambiente conocido, y al mismo tiempo, no podía dejar de sentirme algo ajeno, extraño, de una forma indefinible. Era como volver a casa y descubrir que te han cambiado de sitio todos los muebles y las llaves de la luz.

El viaje de vuelta lo hicimos de nuevo por la noche, en atobús. De nuevo nos registraron las mochilas antes de subir al vehículo, aunque a mí no me cachearon (a mis compañeros sí… pero lo cierto es que he notado que casi siempre los controles de seguridad que me hacen a mí son más livianos que los que hacen a la mayoría de la gente… debo tener cara de inocente). Una vez más, la policía nos detuvo a mitad de camino y también nos registró las mochilas y nos cacheó. Además, en esta ocasión a los hombres nos metieron dentro de un corralito, con lo que, encima, me entró complejo de gallina. Pero estaba tan cansado y tenía tanto sueño que me dio igual todo. Yo sólo quería dormir. Los virus de gripe o resfriado que llevaba encima también me animaban a dormir, y el autobús era tan sumaente cómodo para la vuelta como lo fue para la ida, así que caí rendido como un niño chico y dormí del tirón hasta que llegamos a Quito cuando ya era de día.

Aquí dejo los videos de las ponencias de mis compañeros:

Pascal Hannoun.

Jorge Santana.

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Viajar a Guayaquil (I)

Entre el domingo y ayer lunes viajé a Guayaquil con unos compañeros que habían sido invitados como panelistas en una actividad organizada para el día de la no homofobia por una agrupación (no se si son asociación, colectivo, o qué) de transfemeninas llamada «Silueta X».

Guayaquil es la segunda ciudad más importante de Ecuador, después de Quito, y está en la costa, a unas dos horas de la playa. Eso significa que no se beneficia del fresquito que trae la altura de la sierra, sino que hace bastante calor… un calor tropical, ecuatorial, bastante húmedo… Un calor asfixiante, exagerado, según mis compañeros de la casa… Un calor bastante parecido al que hace en mi pueblo a principios del mes de julio, según yo, aunque sólo estuve un día, y una flor no hace primavera.

La distancia entre Quito y Guayaquil es incierta para mí. He buscado en internet y me salen diferentes informaciones, desde las webs que dicen que hay 500km, las que dicen 600km, las que dicen 1.000km… Lo de 1.000km sí que no me lo creo, ya que Ecuador es un país mucho más pequeño que España, así que las distancias son más cortas. Lo que ocurre es que es un país que está «arrugado» por las cordilleras montañosas que lo atraviesan, y eso complica mucho las cosas. Creo que cualquier topógrafo o ingeniero de caminos que viniese por aquí tendría pesadillas durante el resto de su vida.

Como sabe cualquier persona que viva en una zona muy montañosa, las distancias en kilómetros no son representativas de la distancia. En la Alpujarra granadina, por ejemplo, prefieren medir la distancia en tiempo. Aquí hacen lo mismo. De modo que puedo decir que la distancia entre Quito y Guayaquil viene a ser de siete horas.

Decidimos que lo mejor era viajar en autocar la noche del domingo, llegar a Guayaquil de mañana, asistir a la actividad, y regresar esa misma noche, también en autocar. No es que seamos masoquistas, es que no tenemos dinero ni para aviones, ni para hoteles.

Tengo que reconocer que la idea me preocupaba bastante, porque había visto los autocares por fuera. Destartalados, de aspecto anticuado, a menudo avanzando con el capó abierto… no quería ni imaginar como serían por dentro, y sospechaba que lo de dormir a bordo de uno de ellos no sería nada fácil (especialmente si el susodicho iba dando tumbos por las complicadas y peligrosas carreteras ecuatorianas). Además, si los autobuses españoles ya resultan incómodos, los de aquí… ni te cuento.

Como ya me ha pasado en varias ocasiones desde que estoy aquí, más tarde tuve que reprocharme a mí mismo por mis prejuicios «eurocentristas». ¿Cómo va a ser mejor un autocar ecuatoriano que uno español? Pues… siéndolo. En cuanto subí al autocar vi que los asientos eran anchos, blanditos y confortables, con reposacabezas, limpísimos, e incluso tenían un reposapiernas. La distancia entre unos y otros era suficiente para poder estirar las piernas casi por completo… en fin, que en realidad era casi como una cama. Eso sin hablar del excelente sistema de amortiguación, que hacía que los baches pasasen desapercibidos, y que encima te daban una bolsita de pan de queso y un refresco de naranja. Todo ello por el módico precio de 9$.

No es que pueda decir que dormí como un bebé, porque al fin y al cabo el cacharro se movía, pero sí dormí mucho mejor de lo que nunca dormí en ningún otro medio de transporte, porque iba más cómodo de lo que nunca he ido (incluyendo aviones). Habría sido mejor si, a mitad de camino, la polícia no nos hubiese detenido para hacer un control.

Todo el mundo se pone nervioso si la Guardia Civil le para y le pide el carnet, los papeles del coche, etc… ¿Qué está pasando? ¿Hay algún problema? ¿Me pondrán una multa? Pues eso no es nada comparado con que te hagan bajar con el equipaje de mano, te lo registren y te cacheen, mientras un par de policías más están por ahí con fusiles automáticos en la mano, controlando el cotarro. Curiosamente, lo que no te piden es que te identifiques, quizá porque en Colombia hay muy buenos falsificadores, que, según me ha dicho un amigo, son capaces de falsificar a tu madre y tú no te das ni cuenta. O quizá porque les da igual, y sólo les interesa saber quién eres si viajas con armas o algo ilegal.

También nos cacheó una empleada de la compañía de autobuses al subir al autobús, y registró el equipaje de mano. Al parecer es una medida de seguridad rutinaria puesto que a veces los propios pasajeros asaltan el autobús desde dentro, atracando al conductor y a los pasajeros. Entre esa información, y que las carreteras de Ecuador carecen de todo sistema de seguridad en caso de accidente, digamos que la perspectiva de viajar mucho empieza a ser cada vez menos agradable.

A pesar de todo, llegué bien. De hecho lo normal es que la gran mayoría de los viajeros lleguen sanos y salvos a sus destinos, aunque también es bastante habitual que se hagan controles policiales a mitad del viaje.

Una vez en Guayaquil me aconsejaron encarecidamente que desistiese de hablar con los taxistas y dejase hablar a uno de mis compañeros, que había vivido en la ciudad durante un tiempo y sabía lo que se hacía.

– Como hables, son capaces de cobrarte 20$ – me dijeron. Al parecer los taxistas guayacos acostumbran a pasear a la gente y luego cobrarle tarifas exhorbitantes… aunque «exhorbitante» aquí pueden ser 4 ó 5 dólares. Con la participación experta de mi amigo, el trayecto costó 2,50$. En España sólo la bajada de bandera ya viene a costar el doble…

Pasamos la mañana en la sede de la Fundación Yerbabuena, donde nos ofrecieron amablemente lugar para quedarnos, asearnos, ducharnos, cambiarnos de ropa… nos trataron como a reyes. A medio día fuimos al edificio donde era la actividad en cuestión, que era algo gubernamental, aunque no me fijé exctamente en qué clase de edificio era, y donde un poco más y no me dejan pasar porque a todo el mundo le cogían la cédula de identidad, pero no podían quedarse con pasaportes, de modo que estaban que no sabían qué hacer conmigo.

Al final me dejaron pasar (¡¡sin cacheo y sin pasar por un detector de metales!!) y llegamos al luegar de la charla. Tengo que reconocer que el sito era de lujo, todo en marmol, con los asientos comodísimos, la tarima en madera… no tenía que envidiarle nada a ningún edificio español. La recepción por parte de la organización, educadísima…

Llegados a este punto, creo que hay que aclarar que me han dicho que Guayaquil es una ciudad sumamente comercial y de ambiente muy conservador. De la misma manera, nuestras anfitrionas, las señoritas de la Silueta X, se enorgullecen de ofrecer una imagen muy femenina, utilizando para ello todos los medios que la ciencia médica y la estética pone a su alcance. Hormonas, cirugías, maquillaje, vestidos, y mucho «saber estar», parecen ser su seña de identidad. Imagino que de ahí el nombre de su agrupación.

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Seguro que me he olvidado de algo.

El otro día me desperté por la mañana con una sensación rara: no tenía nada que hacer. Me refiero a nada relacionado con la casa y el PT. Sí que tenía que mirar el Facebook, responder varios correos electrónicos, actualizar el blog, escribir una reflexión que se me está ocurriendo para Conjuntos Difusos, ponerme al día de un par de foros, responder en mis partidas de rol, y ponerme al día con mi blogsfera particular, pero, a parte de eso, no tenía que hacer nada.

Pronto me di cuenta de que estaba equivocado. Es algo que estoy empezando a aprender: si un día me despierto sin tener nada que hacer, significa que me estoy olvidando de algo. De hecho, significa que me estoy olvidando de varias cosas, porque aquí hay mucho por hacer.

Algunas cosas son básicas: limpiar la casa, poner agua y comida al perro y jugar un rato con él (importante para que pase el día tranquilo y no destroce demasiadas cosas), otras van surgiendo de la agenda del proyecto. Me gusta porque noto qe cada vez van delegando más cosas en mí, lo que significa que poco a poco voy aprendiendo a desenvolverme, y me gusta también porque casi todo lo que hacemos aquí tiene resultados interesantes. No significa que todo sea fantástico y maravilloso, ni siquiera que me guste siempre, pero sí que es interesante. Me da que pensar y me pone delante a personas y situaciones que ni siquiera pude imaginar que podrían llegar a planteárseme.

Hoy hemos organizado en la casa unos talleres de la CONFETRANS, que nos tuvieron de cabeza durante todo el día de ayer para cuadrar la logística y preparar los materiales. El resultado ha sido bueno y todos hemos quedado contentos (los que hemos estado en la organización, además, orgullosos). El lunes estuve acompañando a una persona a hacer diversas gestiones, puesto que no hablaba inglés. El domigo lo pasamos de descanso y paseo por un enorme parque que hay en Quito (el Parque de la Carolina), y aprovechamos para ver un partido de Pelota Nacional, que es un juego autóctono de Ecuador, de origen precolombino, y que tiene ciertas similitudes con la Pelota Vasca (ya hablaré sobre ello más adelante, porque es curioso). El sábado perdí algo importante y me pasé todo el día disgustado. A estas alturas no estoy seguro de si me lo robó una persona que pasó por la casa durante algunos días. El viernes lo pasé casi entero enseñando español a una refugiada rusa. El jueves fue el canelazo literario.

No me aburro. Mi única queja es que me gustaría tener más tiempo para actualizar el blog y escribir a mis amigos y familia, pero supongo que no se puede tener todo…

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Canelazo literario.

Ayer organizamos en la casa un «canelazo literario». Un canelazo literario es una reunión de varias personas para leer y comentar diferentes obras literarias, para, al final, terminar escribiendo nosotros mismos. Además, durante la reunión se sirve canelazo.

Creo que podría decir que el canelazo es el equivalente de la sangría aquí en Ecuador (también lo toman en Colombia). Es un coctel que se hace con canela hervida en agua, licor, algo de fruta, no sé qué más, algo de fruta. Está muy dulce, y si lo haces como Dios manda, entra muy rápido y sube muy deprisa. Por suerte el canelazo que se hizo para esta ocasión era «light», es decir, con bajo contenido en alcohol, y bastante inofensivo.

Como la temática del canelazo era la transexualidad masculina, pude colaborar con una de mis poesías, y también leí el único cuento que tengo terminado en mi otro blog (es una pena lo abandonados que tengo los cuentos de ese blog, con lo que me gusta escribirlos).

La velada fue muy interesante. Para empezar, conocí a un montón de personas interesantes, a algunas de las cuales ya tenía ganas de poner cara, puesto que me habían hablado mucho de ellas, y otras inesperadas, que se apuntaron en el último momento. También me gustó mucho la forma de conducirlo que tuvo el «director», el ambiente que creó, con velas e incienso, íntimo, acogedor, y un poco místico.

Además de mi poesía y mi cuento, leimos otras poesías de un chico trans de Chile que se llama Michel Riquelme, y de Gabrielle Esteban, que es el que organizaba el canelazo. Lo que Michel escribe es muy duro, con una gran intención política, hasta el punto de que en realidad sus poesías casi no parecen poesías. No es que sean malas, o que no pertenezcan al género… es que son de una clase extraña, solitaria, que grita… Al menos sí que puedo decir que no me dejaron indiferente.

Gabrielle sólo leyó una poesía, y, quizá porque era suya, no dió mucho pie al debate. Era más fresca que las de Michel Riquelme, pero al mismo tiempo no dejaba de lado la reflexión política. Al lado de ellos, yo me sentía un poco simple, un poco inocente… como me suele ocurrir. ¿Por qué yo no soy capaz de plantear reflexiones que vayan más allá del «ay, me duele»?

Después de que yo leyese mi poesía, uno de los invitados hizo un comentario que me gustó mucho, porque captó cosas sobre mí que yo no había visto. Me dejó tan desconcertado que hasta he olvidado la mitad de lo que dijo… una pena. Pero sí que me quedé con la segunda mitad de lo que habló. Comentó que yo andaba en círculos, cosa que a mucha gente le parece una pérdida de tiempo, pero que en su opinión es la única manera de encontrarse a uno mismo. En ese momento me sentí confundido ¿caminar en círculos yo? ¿Cuando he hecho eso?

Tuve que releer lo escrito para ver cómo había llegado a esa conclusión, y entonces fue cuando lo vi. Al principio, cuando era un niño, yo no sabía que cosas eran «de niño» y qué cosas eran «de niña», así que hacía lo que me gustaba. Después de un viaje de treinta años he vuelto más o menos al mismo punto… No hago cosas «de hombre» o «de mujer», sino que hago lo que a mí me gusta y asumo que es «de hombre» porque lo hago yo (sin entender que sea exclusivamente de hombre, y que una mujer no pueda hacer lo mismo).

El canelazo literario ha sido una experiencia muy bonita, que esperamos repetir dentro de dos semanas. ¡Ya tengo ganas de que llegue!

Alguien.

No sabía qué debía ser

y fui sólo alguien que juega

alguien que lee,

alguien  que cuida de otro alguien.

Cuando me dijeron que era

alguien que yo no sabía ser

me convertí en alguien que llora,

en alguien que está solo,

en alguien que se siente torpe,

en alguien que no encuentra

un lugar en el que estar.

Por fin aprendí cual era mi sitio

y logré ser la hija de alguien,

la novia de alguien,

la amiga de alguien,

alguien asustado por si logra

descubrir quién es en realidad.

Era alguien fingiendo ser otra persona

hasta que ya no pude fingir más.

Entonces fui alguien que derribó

todo lo que había sido.

Y me dijeron que soy valiente,

que soy un loco y un enfermo,

que soy alguien que huye,

que merezco ser feliz.

Sin embargo todo es mentira.

Tan solo soy alguien que escribe,

alguien que aprende,

alguien que ama y llora,

alguien que sonríe a sus amigos,

tan solo soy quien quiero ser

y no comprendo por qué es tan difícil.

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Centro de alto rendimiento

Hoy he vuelto a ir al gimnasio. Hace un mes que no iba, ya que las dos últimas semanas que pasé en España las dediqué a preparar el viaje y a hacer de anfitrión de un amigo que vino a visitarme. Después de llegar he necesitado otras dos semanas para empezar a aclimatarme, especialmente teniendo en cuenta que a causa de la altura, subir las escaleras de la casa ya era casi un reto. Así que, entre pitos y flautas, ya llevaba un mes sin hacer ejercicio y empezaba a notármelo en el cuerpo.

Cuando empecé a hormonarme, me prometí a mi mismo que sería disciplinado y haría ejercicio. También la endocrina me recomendó que fuese al gimnasio en tono que se parecía bastante a una orden. Además, me da vergüenza que, después de haberme sometido a una operación durísima para adelgazar, siga teniendo sobrepeso. No puedo quedare esperando que las modificaciones que he ido realizando sobre mi cuerpo por médicos y quirúrgicos surjan efecto como un milagro, sin hacer yo ningún esfuerzo. La medicina de hoy en día es muy buena, pero uno también tiene que poner de su parte para que el resultado sea óptimo.

Sin embargo, a pesar de todos estos argumentos, la razón de más peso que tengo para querer ir al gimnasio fue un consejo que me dio un amigo antes de empezar a hormonarme. Me dijo: “un hombre necesita hacer ejercicio”, cosa que es verdad, al menos para mí.

Imagino que esta no es una verdad universal. Conozco a un montón de hombres que no hacen nada de ejercicio, ni tienen un trabajo o hobby que les exija una actividad física fuerte, y son perfectamente felices (es más, en su opinión, más felices que si hiciesen ejercicio), pero yo, después de un mes sin deporte empezaba a sentirme mal… Como si estuviese “desaprovechado”, como si fuese una fruta echándose a perder en la nevera o algo así.

No es que me encante hacer deporte. O al menos antes no me gustaba. La sensación de cansarme no me resulta… resultaba especialmente agradable. Prefiero quedarme sentado cómodamente delante de mi ordenador, o leyendo un buen libro, o viendo una película y comiendo panchitos, que es lo más antideportivo que existe. Soy un vago. Pero al mismo tiempo, ahora cuando empiezo a hacer ejercicio comprendo el motivo por el que las ollas Express resoplan al quitarles la válvula.

A veces uno no se da cuenta de lo mucho que necesita algo hasta que lo recupera. No cuando lo pierde, sino cuando lo vuelve a tener. Eso es lo que me ha pasado a mí con el gimnasio.

El gimnasio al que voy está cerca de la Casa Trans. Cuesta 30$ mensuales, más 10$ de la inscripción, que se pagan de manera anual. Como la mayoría de cosas de aquí, no es mucho más barato que en España. En realidad, teniendo en cuenta los sueldos que la gente tiene aquí, ir al gimnasio es un lujo, un privilegio de clase. Todos los que he visto entrenando allí, eran blancos, ni siquiera mestizos, excepto la dueña del gimnasio, que sí es mestiza, y el monitor que había esta tarde, que es afro (negro, para que nos entendamos).

Es un local pequeño, y al entrar me siento como si hubiese cruzado un portal temporal. Este gimnasio podría ser cualquier gimnasio español de los años 70 o principios de los 80. No sabría decir cual es la diferencia entre las máquinas “de ahora” y las máquinas antiguas, si al final todas son juegos de pesas y poleas para hacer los mismos ejercicios. Quizá sea la estética, a lo mejor las de ahora se ven más aerodinámicas, los materiales son más ligeros, o más brillantes… Total, no tiene la menor importancia, porque de todos modos sirven para hacer ejercicio igual.

Las máquinas venerables dan al gimnasio un aire acogedor, como si volvieses a casa, pero lo mejor es la dueña, que se lo toma muy en serio. La primera vez que fui a preguntar el precio, me dijo que era un poco caro porque el trato era muy personalizado. Ahora he comprobado que es cierto. A diferencia de otros gimnasios, en los que los monitores se limitan a darte la rutina “standard” que le dan a todo el mundo, me parece que esta mujer se preocupa por diseñar un programa de ejercicios adecuado a cada cliente, y, además, está muy pendiente de que lo cumplas. ¡Hasta te pide que anotes la hora de entra y salida en el registro para comprobar que el monitor te proporciona suficiente tiempo de entrenamiento! Igualito que en mi gimnasio de Granada, chachipiruli de la muerte, pero en el que los monitores estaban tan ocupados que no podían hacerte ni puñetero caso.

Lo peor ha sido el retorno de los problemas con la altura. Después de dos semanas, ya pensé que me había acostumbrado, pero no es lo mismo andar por la calle que hacer ejercicio… En cuanto he empezado a moverme un poco, noté como se me disparaban las pulsaciones, y en un momento dado he llegado a contarme 200ppm… Uffff… Esto sigue siendo una especie de centro de alto rendimiento, así que tendré que tomármelo con calma.

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Sin espejo

Hace ya bastante tiempo que no escribo sobre los cambios que me voy viendo. Lo cierto es que cambiar de ambiente de forma tan radical me sirve para estar menos pendiente de mis propios cambios. También ayuda el hecho de que en la casa hay un solo espejo, no es de cuerpo entero, y no se ve muy bien. La manera que tengo de “automirarme” es hacerme fotos, o reflejarme en el cristal de un escaparate.

Llevo ya tres meses y siete días de hormonación, lo que es muy poco. Cuando empecé a hormonarme pensé que los cambios empezarían a ser visibles a partir de los seis meses o así, pero ya en las primeras semanas los notaba, y ahora, de repente, parece que me está entrando la prisa.

La cara me ha cambiado un poco, se me ha ensanchado la mandíbula y creo que los pómulos los tengo menos redondeados. A veces me veo en el espejo y empiezo a preguntarme quién es el niño que me mira desde el otro lado. Es una sensación agradable.

El 98% de la gente me identifica atomáticamente como hombre (la “identificación automática” es una de las cosas que más me interesan) desde hace unas tres semanas, aunque a medida que me va creciendo el pelo ese porcentaje se reduce. ¡Que importantes son las formas de vestir, de arreglarse y de moverse! Antes pensaba que eso hacía la mitad del trabajo, pero desde que estoy aquí y convivo con chicos trans que no se hormonan pero son inconfundiblemente masculinos (quizá exceptuando la voz, aunque cuando te acostumbras a ellos, también sus voces te suenan masculinas) me he dado cuenta que puedes hacerte a ti mismo a base de fuerza de voluntad.

También es verdad que eso de la no hormonación ni operación tiene su reverso negativo, pero de ello escribiré en otra entrada.

Al grabarme en video y compararlo con el primer video que hice, creo que estoy más ancho de hombros, aunque de eso sí que no estoy seguro porque es el tipo de cambio sutil que sólo notas si te observas con atención y frecuencia, como hacía yo antes. Para eso necesitaría un espejo.

Tengo la sensación de que la ropa me queda mejor y el cinturón empieza a hacerse necesario para que no se me caigan los pantalones, aunque creo que eso también está relacionado con que me parece que estoy adelgazando un poco. Una vez más, no estoy seguro de si estoy adelgazando o no, puesto que no me puedo mirar, y las fotos no sirven para ver esas cosas.

Sí que me está saliendo más vello en el cuerpo. En la barriga sobretodo, pero también en el pecho, en la cara interior de los brazos, en el dorso de la mano (ahí sólo desde la semana pasada), en las falanges… y el que ya tenía se está haciendo más fuerte y más espeso. Vamos, que estoy empezando a coger complejo de Chewaka.

Algunos compañeros de la casa opinan que eso del aumento del vello corporal es un efecto positivo, pero a mí no me acaba de gustar demasiado. Para mí es un efecto indeseado, pero ¿qué se le va a hacer?

Pensé que la voz había dejado de cambiarme, pero al comparar la última grabación que me he hecho con la penúltima, noto una ligera variación. Así que vamos sin prisa, pero sin pausa, igual que con el tema de la barba (no quiero pelos en el cuerpo, pero sí en la cara, soy así de rarito). En este punto es donde me entra la prisa y empiezo a pensar que los cambios van demasiado despacio, aunque supongo que en realidad no es que vayan más lentos que antes, sino que, como ya se ha pasado la novedad y ahora es sólo “continuar con lo que ya había empezado”, me impresiona menos.

Echo un poco de menos no poder compartir estos cambios con mis amigos de España, y no darles la brasa enseñándoles cada pelito nuevo que me ha salido, pero por otra parte me gusta poder enseñárselos a los de la Casa Trans, quienes sí que entienden los sentimientos que me produce ir viendo esos cambios. Lo bueno de estar aquí es que no me siento “extraterrestre”.

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