Archivo mensual: julio 2009

Un año aprendiendo (I).

El día 24 de julio hizo un año desde que empecé a escribir en este blog.

Lo primero que se me viene a la cabeza al leer las entradas antiguas es: ¿cómo me las he arreglado para sobrevivir a todo esto? No soy fuerte, no soy valiente, no me gusta luchar. A mi lo que me gustaba era quedarme en casa los sábados por la noche viendo películas en casa con mi pareja, y hacer planes sobre como íbamos a poner la casa. Me gustaba estar con mi familia y sentir que me querían. También me habría gustado poder ser yo mismo con ellos.

Necesité 29 años para reunir fuerzas y valor suficiente. Hice bien en esperar, creo que empecé las cosas en el momento adecuado. Antes no habría podido, quizá me hubiese roto en el camino. No sé si ahora en realidad ya me he roto por alguna parte y no me he dado cuenta. La ventaja es que en mi familia (al menos por parte de padre) todos estamos un poquito «tocados del ala», así que tampoco es que haya demasiada diferencia.

Durante este año, creo que han habido tres momentos importantes. En julio, cuando el cable rojo y el azul se cruzaron y, simplemente, supe que ya no aguantaba más. Cuando empecé a prever que gran parte de lo que había construido se derribaría y me moría de miedo al pensar qué quedaría.

El momento en el que tu identidad comienza a desmoronarse es aterrador. Cuando te preguntas quien soy y ni siquiera tienes un nombre al que agarrarte. Luego encuentras al fin tu nombre, y a ello te agarras como un náufrago a una tabla. Decir que soy Pablo es lo mejor que he podido decir de mí. Si otros me dicen que soy Pablo, es como ver amanecer. Un año después, aún no me he cansado de ello, y me sigue haciendo muy feliz.

Lo peor fue cuando se acabó mi relación de pareja y hablé con mis padres, en septiembre. Fue el momento más duro, y aún no ha tenido ninguna parte buena. Con el paso del tiempo, las cosas se han estabilizado, y conservo la amistad con el chico con el que salía. Mis padres ya no me insultan y me tratan con afecto. Pero no es lo que necesito. Me sabe a poco, y lo único que puedo hacer es aguantar y no enfadarme. Alegrarme de que, al menos, las cosas no son tan terribles como podrían haber llegado a ser.

En enero descubrí que había empezado a mejorar. O sea que ya había tocado fondo y lograba salir a la superficie. Mi estado de ánimo empezó a mejorar al mismo tiempo que construía cosas. Nuevos amigos, nuevos objetivos, y, sobretodo, descubrir que si digo a los desconocidos que soy un hombre, se lo creen. Claro… si es la verdad. Es más ¿qué motivos iba a tener para mentir?

Visto desde aquí, está mereciendo la pena. Aún no he terminado, me queda mucho, pero está mereciendo la pena. Ahora mi vida es mía, y es vida. He salido, no del armario, sino de la cárcel. (Pensándolo bien, en realidad yo de dónde he salido es de la mochila).

Tan sólo hay una pega. Tanto sufrimiento es inecesario. No he hecho nada malo, ni siquiera he hecho algo transcendental en realidad. Soy exactamente la misma persona que era, no nací el 24 de julio. Me gustan las mismas cosas, tengo los mismos defectos y las mismas virtudes. Me siguen gustando los flanes y las croquetas, y sigo odiando la calabaza. El café lo tolero muy dulce, y todavía leo comics y juego a rol. No he cambiado. ¿A que viene tanta tragedia por parte de los demás?

No estoy haciendo nada especial ni importante. El precio que he tenido que pagar no viene de dentro de mí, sino de fuera, de las exigencias que otros tienen sobre un aspecto de mi vida que, en el fondo, no es de gran relevancia.

Lo que ahora quiero, lo que me gustaría de verdad, es que, después de pasar yo, esta puerta se quedara abierta. Que sea el último en tener que pelear para abrirla. Que nadie más tenga que sufrir lo mismo, o incluso cosas peores. No es algo fácil, pero empiezo a pensar que quizá tampoco sea imposible. Tal vez, pequeño y débil como soy, pueda poner un granito de arena para marcar la diferencia. Algún día.

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Y van 7… visitas a la psicóloga.

El lunes pasado, otra vez… ¡Otra vez! Tuve cita con la psicóloga. Ya es la séptima.

Empezamos con un test sobre depresión. Que me haga un test sobre depresión, me parece normal, ya que las enfermedades mentales pueden llevar a una persona a tomar decisiones erroneas e incluso perjudiciales para si mismo. Lo que me resulta un poco más raro es que no me lo hiciera al principio. ¿No deberían ir centrados los esfuerzo de la psicóloga hacia el objetivo de ver primero si estás o no en tu sano juicio para decidir?

Después estuvimos hablando y, por primera vez, la psicóloga actuó como una verdadera psicóloga. A la luz de los resultados del test de personalidad, se destacaba un rasgo de mi caracter que yo desconocía, que es el de dependencia emocional. Yo nunca me había considerado una persona dependiente, pero cuando ella me lo explicó, me di cuenta de que era cierto, y que eso, además, explicaba los grandes errores que he ido cometiendo en mi vida.

No quiero decir con esto que haya cometido más errores o más grandes que el resto de los mortales, ni tampoco que sea una persona patológicamente dependiente. Simplemente, que no soy perfecto, y esta era una de las imperfecciones que desconocía.

Creo que este rasgo es, además, uno de los que te hacen formar parte del grupo de los «buenos» que dice Ariovisto.

También me comentó la psicóloga que hay dos tipos de transexualidad: la que comienza en la infancia y se desarrolla a lo largo de toda la vida como algo «constitucional» y que es muy difícil de ocultar, y la que se inicia hacia la segunda mitad de la vida. La de la segunda mitad de la vida no puede ser mi caso, porque no tengo edad suficiente (voy a cumplir 30 años… ¿Se supone que mi esperanza de vida es mayor de 60? Pues se agradece, la verdad). Las dudas surgían sobre si mi caso era el de la primera porque, según mi madre, no se me notaba nada, y de hecho no solo no intentaba ocultar mis femineidad, sino que hasta la resaltaba.

Unir la dependencia emocional y el deseo de agradar a los demás hasta el punto de anular las propias preferencias, o, en otras palabras, el ser complaciente, explicaría perfectamente por qué yo sí pude ocultarlo.

También hay otra cuestión, y es que, una cosa es que mis padres no se dieran cuenta, y otra que no se diera cuenta nadie. Mis compañeros de clase en el instituto sí notaban algo raro, y el acoso que sufrí por ello fue bastante fuerte. Cuando estuve viviendo en una residencia de estudiantes, mi apodo era «Iñaki». Vamos, no me digas que no se me notaba… Tan sólo aprendí a disimular bien a partir de los 19 años. Pero bueno… ¡es que en 19 años de experiencia da tiempo a aprender mucho! Es una pena que no caí en contarle esto, pero bueno, me lo guardo por si vuelve a salir el tema en futuras ocasiones.

La verdad, cuando me dijo que «sólo hay dos clases de transexualidad», me dieron ganas de responderle: «solo hay 10 clases de personas, los que saben binario y los que no». Si cada ser humano es diferente a los demás ¿de verdad se puede clasificar a los transexuales en dos categorías y quedarse uno tan tranquilo?

Por supuesto, si todos los psicólogos trabajan en la misma linea, está claro que esta opinión se mantendrá invariable. Una vez que a mi me han dicho ya qué es lo que buscan, yo voy a esforzarme en encontrar respuestas que se adapten a lo «normal». Si no lo hiciera, sería rechazado. Las personas rechazadas no son transexuales. Por tanto, todos los transexuales encajan perfectamente en una de esas dos categorías. Si esto es método científico, que baje Einstein y lo vea.

Que no cunda el pánico, yo no le he dicho nada de esto a la psicóloga. Ahora que lo pienso, espero que no lea el blog… que ya está empezando a hacerse bastante conocido (muchas gracias a todos los que me leeis, por cierto).

Es muy fácil encontrar explicaciones y motivaciones para justificar cualquier comportamiento. En mi caso, me adapto perfectamente al modelo de transexualidad desde la infancia. Tengo consciencia de querer ser un niño desde que me acuerdo, no lo ocultaba con facilidad (me costó muchos años aprender), y el único punto en que me desvío un poco del modelo, es explicable por mi tendencia a complacer las expectativas de los demás.

Me apuesto mi sueldo de un mes a que si el modelo fuese otro, también me adaptaría a él.

Hablé más cosas con la psicóloga, como por ejemplo, el perjuicio que para mí supone que ella tarde tanto en «asegurarse». Aproveché para decirle que hago vida de hombre a todos los niveles, porque Clara me comentó que Trinidad le había dicho que usa la escala de Harry Benjamin. Consultando esta escala, el grado más alto de transexualidad era el de las personas que viven y trabajan según los roles del sexo opuesto, y ni con eso se sienten satisfechas. Como, debido a mis circunstancias personales yo puedo permitirme el lujo de vivir así (es un lujo, no todos pueden hacerlo), he aprovechado para hacérselo saber. Así gano puntos, me adapto al modelo, y, por supuesto, no estoy mintiendo.

La respuesta de ella a mis objecciones fue que existe la posibilidad de que, en caso de dar un informe favorable precipitado, el paciente llegue a arrepentirse más tarde. Es algo que en Holanda les ocurre a un 2% de los pacientes, pero que a ella no le ha ocurrido nunca. Le pregunté qué ocurre con los pacientes a los que se les ha dado un informe desfavorable, y ella contó que en ocasiones algunos han regresado para darle las gracias. ¿No se ha dado el caso de que haya rechazado a alguien que luego ha conseguido el informe favorable por otro medio, y ha sido feliz? ¿No es igual de malo permitir que alguien se autolesione como obligar a una persona a vivir según el sexo equivocado?

Al parecer, nadie se ha molestado en informarse sobre lo que ocurre con las personas que han sido rechazadas. Y llegados al punto de si no es tan malo rechazar a quien lo necesita como dar tratamiento a quien no lo necesita, Trinidad me esgrimió el principio de no malignidad, que consiste, simplemente, en que el facultativo no debe hacer nada que pueda lesionar al paciente. Según ella, si uno actúa siempre bajo este principio de no malignidad, no puede hacer nada que no esté bien.

Vi que se sentía atacada, así que acepté «pulpo» (y de hecho, lo acepté de verdad, porque me doy cuenta de que ella realmente piensa que actúa correctamente) y le dije que confío en ella y me pongo en sus manos. Bien, una vez más, no mentía. Confío en que hace las cosas lo mejor que sabe, y confío en que al final mi informe será positivo. Puedo permitírmelo porque también confío en que seré funcionario y, en caso de que ella no me de el informe, podré acudir a otro psicólogo que vea las cosas de otra forma. La verdad, soy un tío muy inocente y confiado. Así me va, que cada vez que un comercial medio habilidoso me ofrece algo, me cuesta horrores contenerme y no picar.

No le hablé de que los principios de la bioética son cuatro: Autonomía, beneficencia, justicia y, efectivamente, no maleficencia. Vale, el principio de no maleficencia lo respeta, pero no respeta los otros tres:

– Autonomía: hace referencia a la capacidad del individuo para autogobernar su propia vida.

– No maleficencia: trata del derecho que tiene el paciente a no sufrir ningún mal evitable.

– Beneficencia: es necesario buscar el mayor bien para el enfermo, entendiéndose que lo mejor lo define el propio interesado y no el profesional.

– Justicia: el derecho del paciente a no ser discriminado y disfrutar de la asistencia que le corresponda.

La revolución de la bioética no parece haber llegado todavía a los protocolos de atención al paciente transexual.

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Desencuentro.

En ocasiones, personas que son perfectamente razonables, que convergen en puntos de vista fundamentales, que podrían llegar a ser muy amigas, se llevan mal por… por… un algo indefinible. Es un desencuentro.

Cuando se produce el desencuentro es como si esas personas, de golpe, empezasen a hablar en idiomas diferentes. Cuando se produce entre dos personas a las que considero mis amigos, no puedo evitar angustiarme. La experiencia me ha enseñado que cuando el desencuentro se produce, al final tendré que escoger entre uno u otro de los «desencontrados».

Empiezo a darme cuenta de que tomo aprecio a la gente con mucha velocidad. Mis criterios para ello son sencillos, porque yo soy simple. A penas tengo reglas para excluir, y admito las divergencias de opinión como lugares interesantes donde poder enriquecer mis propios puntos de vista. Los defectos son algo inevitable, que todos tenemos, así que no me interesan. Prácticamente lo único que me interesa es que los demás sean inteligentes, de mente abierta, generosos, y buenas personas en general.

Sí que tengo claro que uno de mis criterios de exclusión es que me exijan elegir. Cuando dos amigos se pelean, si uno de ellos me pide que escoga entre él o el otro, siempre sé que debo alejarme del que me lo pidió. Pero cuando llega ese momento, me duele. Lo peor es que normalmente puedo hasta prever quienes serán los que me planteen la elección. Entonces ¿por qué no me alejo antes de tener que llegar a llevarme un disgusto?

Creo que dentro de un tiempo, quizá un tiempo muy breve, alguien va a pedirme que salga de su vida, y eso me entristece, porque le aprecio. Sé que si me pide que haga eso, comprenderé que esa persona no merece el aprecio que le tenía. Sé que estar esperando a que eso ocurra no es bueno para mí.

Entonces ¿por qué me no me alejo yo desde ya, antes de que me pidan que me marche?

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Conjuntos difusos.

Desde hace unas semanas vengo participando dentro de un grupo informal en el que se está desarrollando una bonita teoria respecto a la construcción del género.

Lo cierto es que me hace mucha ilusión haber encontrado a estas personas, con las que por fin he dejado de sentirme un bicho raro debido a mis ideas respecto a lo que son los hombres, lo que son las mujeres, y como se define cada uno.

Antes pensaba que el género no tenía sentido. Mi opinión era que los hombres y las mujeres somos iguales, y nadie consiguió hacerme ver lo contrario, igual que yo no logré que nadie llegase a compartir mi opinión. Este tipo de consideraciones me llevó a sostener debates amistosos largos e interesantes, que jamás acabaron en pelea o disgusto, aunque debo reconocer que a veces me enfadaba un poco.

Después descubrí que no es que los hombres y las mujeres fuésemos iguales… es que yo era igual que un hombre. Digo “descubrí” porque, aunque siempre supe que no era una mujer, trataba de ocultarme a mi mismo el hecho de que en realidad era un hombre. Es curioso como una persona puede autoengañarse en aras de conservar una cierta estabilidad.

La cuestión es que a partir del momento en que comencé a asumir ante mi mismo una identidad masculina, también tuve que admitirme que los hombres y mujeres no somos iguales, simplemente porque yo no soy igual que una mujer. A veces me dan ganas de llamar a algunas personas con las que he perdido el contacto sólo para decirles que al final me he dado cuenta de que ellos llevaban razón.

Sin embargo, esta conclusión no me gusta. Me niego a aceptar que hay hombres, hay mujeres, y ya está. Que unos son diferentes de otros, e iguales entre si. Con tanta gente como hay, cada uno con sus manías, con sus vicios y virtudes… ¿cómo puedo aceptar que solo hay dos clases de personas?

Pero, por otra parte, el ser humano necesito organizar el mundo de manera que lo entienda. Nuestro cerebro no puede abarcar la realidad entera, y necesita fraccionarla y dividirla para comprenderla y poder trabajar con ella. Las cosas inhapreensibles, como el concepto de infinito, quedan en un plano abstracto, teórico, que no podemos manejar.

Es necesario, por tanto, buscar formas de simplificar las cosas, encontrar generalizaciones que nos ayuden a relacionarnos con las demás personas, y a saber qué hacer y como comportarnos en cada circunstancia. Nadie que esté en su sano juicio quiere resultar desagradable ni ofensivo.

El problema con el sistema de género binario es que es demasiado rígido y no permite la exclusión. Existe una serie de pautas que hace falta cumplir para ser hombre o mujer, y que, además, todo el mundo debe cumplir, puesto que la posibilidad de que alguien no las cumpla, no está contemplada. Es necesario ser una cosa u otra, y quién no lo sea, verá como a su alrededor se producen circunstancias incómodas, no ya porque exista una intolerancia hacia quienes no encajan perfectamente en el modelo (que la hay), sino, simplemente, porque no existen normas y generalizaciones para tratar correctamente a estas personas. Es como quién va caminando por un camino, y, de repente, encuentra que el suelo ha desaparecido bajo sus pies. Se cae.

Una solución aparentemente buena sería la integración en el sistema de género de un “tercer género”, de manera que la cosa quedase como “hombres, mujeres y otros”. Todo el que no cupiera en las dos primeras categorías, entraría en la última. Pero… ¿dónde nos dejaría esto? ¿No seríamos como una coalición de personas dispares con la que nadie sabría qué hacer? Admitiendo que un tercer género pudiese integrarse de verdad en nuestra sociedad, sin nigún tipo de discriminación ¿Quién nos dice que tres es número suficiente?

Lo que es más, un sistema “trinario” no solucionaría el problema de la rigidez de criterios a la hora de asignar a las personas a un grupo u otro. Esto sería especial y dolorosamente cierto para las personas transexuales.

Recordemos que la mayoría de las personas transexuales somos personas que, en base a ciertos criterios hemos sido asignados a un grupo u otro (hombres o mujeres), pero dicha asignación no nos satisface. Nosotros queremos estar en el otro grupo, o quizá en ninguno de ellos. En un sistema “trinario”, las personas transexuales seríamos asignadas de manera automática al grupo “otros”, llamémoslo “trans-intersex”. Es decir, una persona que, por ejemplo estuvieses inicialmente asignada al grupo “mujer”, pero que desea formar parte del grupo “hombre”, jamás podría conseguirlo. El sistema “trinario” no sólo no beneficiaría a este tipo de personas, sino que les perjudicaría, erigiendo el grupo “trans-intersex” como una barrera infranqueable que le impediría llegar a integrarse dentro de la clasificación que realmente desea.

Veo que el concepto de “conjuntos difusos” como nuevo modelo de sistema de género, puede venir a solucionar esta cuestión. El sistema de conjuntos difusos, propone crear un número indeterminado de conjuntos que respondan a una serie de criterios lo suficientemente abiertos como para que una misma persona pueda pertenecer a dos o más conjuntos a la vez, o a uno sólo, aunque no cumpla todos los requisitos, e incluso tenga características de algún otro.

Sin embargo, la concepción de este nuevo sistema va a tener que afrontar un reto importante para poder llegar a ser una realidad. Ha de ser flexible y general, sí, pero al mismo tiempo suficientemente concreto como para que cada cual pueda encontrar su sitio, inequívoco, en cada momento, y tenga herramientas para comunicar a los demás cual es ese lugar.

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Ser normal vs. ser extraordinario.

Ser normal es un objetivo tan legítimo como cualquier otro. Hay personas que aspiran a ser muy ricas, otros aspiran a ser muy sabios, otros a ayudar a los demás, hay quien quiere encontrar el amor perfecto, o quién desea llegar a convertirse en una referencia dentro de su campo profesional.

En cierta ocasión, un amigo me dijo que yo nunca llegaría a ser verdaderamente rico. Cuando le pregunté por qué, su respuesta fue aplastante: para llegar a ser verdaderamente rico hay que centrarse en ese objetivo y pensar únicamente en el dinero, y en opinión de mi amigo, eso es algo que yo nunca seré capaz de hacer. Lo cual, por otra parte, era el motivo de que fuésemos amigos.

Para conseguir un objetivo, es necesario concentrarse. Saber exactamente qué perseguimos y cuales son los pasos para conseguirlo, e incluso saber como sabremos que lo hemos conseguido. Cuanto más grande es el objetivo, mayor concentración requiere.

Ser normal significa ajustarse perfectamente a las normas, y hay muchas, muchas normas. Hay normas para todo, y el que desea ser normal, debe cumplirlas en todos los campos. Por tanto la normalidad es un objetivo enorme, que requiere una plena concentración.

Uno de los problemas de la normalidad es que las personas normales no luchan, ni destacan, ni pelean. Si lo hicieran, dejarían de ser normales, claro. Otro de los problemas de la normalidad es que las normas son tantas que en ocasiones resultan incluso contradictorias, otras veces son irreales e imposibles de cumplir, y en otras ocasiones, simplemente, son imposibles de cumplir para un individuo concreto. A veces van en contra de otros intereses personales, menores pero también muy necesarios.

Cuando esto ocurre, la persona que desea ser normal tan sólo puede hacer una cosa: ocultar que ha infringido una norma. El qué dirán es una de las mayores preocupaciones de quienes desean ser normales, y los ojos de los amigos y los vecinos se convierten en peligros potenciales que es necesario esquivar.

En el caso de las personas transexuales, el objetivo de ser normal significa regresar al armario, aunque sea un armario distinto, más bonito y con la ropa que nos gusta. Antes de iniciar la transición, la mayoría de nosotros fingíamos pertenecer a un género que no era el nuestro para ocultar la transexualidad. Para ello inventábamos opiniones y formas de expresión, y nos callábamos a menudo lo que realmente queríamos decir y mostrar.

Regresar al armario después de la transición significa fingir que siempre hemos pertenecido al género correcto, a menudo alejándonos de los parientes y amigos que nos conocían de antes, inventándonos un pasado, fingiendo que sabemos cosas que no sabemos (la disfunción erectil o la eyaculación precoz no han sido un problema para mí hasta el momento… en el futuro ¿quién sabe?), y callando nuestras verdaderas experiencias y conocimientos.

A mí todo eso me parece muy triste. Creo que si me comportase de esa forma, siempre me quedaría la sensación de vivir una mentira, al menos en parte.

Es una pena que las personas normales no luchen para conseguir lo que quieren, porque la única opción que les queda cuando no es posible adaptarse a las normas, es el miedo. Es una pena por lo mucho que sufren, y porque si luchasen, tendrían otra opcción.

La otra opcción que existe para ser normal es dejar de tratar de adaptarse a las normas y hacer que las normas se adapten a ti. Yo quiero ser un hombre normal, pero tal y como son las cosas ahora, eso no es posible. En cambio, si consiguiese cambiar la norma de forma que un hombre transexual pudiese verse también como un hombre normal, entonces yo podría entrar dentro de esa categoría.

Lo mismo puede aplicarse a casi todo. Una buena madre es la que está siempre pendiente de sus hijos. La madre que trabaja, hasta hace no mucho, no se consideraba una buena madre. Sin embargo, muchas mujeres trabajadoras han demostrado que no sólo se puede ser buena madre y trabajar fuera, sino que, además, lo han convertido en algo normal.

Pero las personas que cambian las cosas, como ya he dicho, no son normales. Las personas normales no luchan. Entonces ¿qué son las personas que deciden que las normas deben adaptarse a ellos y no del revés?

Yo diría que son personas extraordinarias, lo cual, a mi modo de ver, es mucho mejor incluso que ser normal.

Lo que no entiendo es por qué, pudiendo elegir los objetivos personales de cada uno, hay tanta gente que deciden que quiere ser normale, y tan pocos que quieren ser extraordianios. Si, total, la normalidad ni siquiera garantiza que vayas a tener menos problemas o que vayas a vivir más agusto…

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Conmovido, sorprendido, preocupado y entusiasmado.

El lunes pasado tuve noticias de algunos amigos de los que hacía tiempo que no sabía nada.

Estuve hablando con Erika (una chica de 18 años recién cumplidos, sobre la que ya escribí una entrada hace algún tiempo). Erika siempre me provoca una cierta ternura. Me da la sensación de que es una princesa de cuento a la que una bruja malvada ha atrapado en el cuerpo de un ogro con una terrible maldición.

Es una chica inocente, inteligente, con muy buen corazón, que tiene la virtud de hacer el comentario adecuado, en el momento preciso. ¡No es justo que ella tenga que pasar por todo lo que he tenido que pasar yo, e incluso por cosas que yo no he tenido que vivir! Me parece que es alguien muy fuerte y muy valiente, y al mismo tiempo, una persona frágil, que debe ser protegida. Al fin y al cabo, es una niña.

Pues esta niña ha decidido empezar a acudir a la UTIG para iniciar su proceso de… «rectificación de sexo». La palabra «cambio» no me parece apropiada, y en su caso, es menos apropiada que nunca. Si yo fuese el psicólogo que la atendiese, le estaría extendiendo el informe a los cinco minutos de hablar con ella. Pero como las cosas no son tan fáciles, e incluso para llegar hasta el psicólogo hay una serie de problemas que es necesario solventar, quiero intentar ayudarle en todo lo que pueda. Desgraciadamente, todo lo que yo puedo hacer no es ni la mitad de la cuarta parte de lo que ella va a necesitar.

Por otro lado, también estuve hablando con otro amigo. Él ya tiene muchos años de rodaje, y ha cambiado sus papeles legales. Eso no significa que no siga teniendo problemas, ni a nivel médico, ni familiar, ni social. Pero me contó una cosa curiosa, y es que un colegio del Opus le va a contratar para dar clase durante el próximo curso. ¿No es irónico? No se trata solo de que sea transexual ¡Es que es más rojo que hecho de encargo! En su opinión va a durar menos en ese trabajo que un caramelo en la puerta de un colegio, pero… ¿quien sabe? Entre tanto, a lo mejor puede actuar de infiltrado y corromper las jóvenes mentes de los estudiantes opusinos con ideas y experiencias que nunca se imaginaron esos muros que llegarían a oír. ¡Ojalá dure mucho tiempo y pueda atraer a muchos alumnos hacia el lado oscuro de la fuerza!

Finalmente hablé con Clara. A Clara la conocí a través de este blog, y es una persona que lo está pasando muy mal. Es joven, buena y muy inteligente, y ha tenido que vivir cosas que no le deseo ni a mi peor enemigo (supongo que mi peor enemigo será algún cardenal o algún político ultraconservador). ¿Cuanto sufrimiento puede aguantar una mente antes de acabar hecha puré?

Sin embargo, tiene mucha gente a su alrededor que se preocupa y vela por ella. Yo soy uno de ellos, y cuando ayer me dijo que pensaba suicidarse de manera inminente, me preocupé muy seriamente, especialmente porque ya ha realizado varios intentos autolíticos antes… Quizá solo sea una manera de llamar la atención, pero tal vez de verdad desea la muerte. O incluso si se trata únicamente de una forma extremada de pedir a los demás que se acuerden de ella, es posible que un día se le vaya de las manos y acabe mal.

El problema es que no sé dónde vive.  Sé que está en Sevilla, y que hace un tiempo vivía en una casa de acogida que lleva una orden de religiosas (sí, en efecto, no todos los que creen en la Iglesia Católica son unos cabrones, hay personas que se preocupan y tratan de ayudar a los demás). Con esta poca información y gracias a los contactos de Kim Pérez, al final esta mañana he logrado localizarla, al menos a través de su teléfono movil. Ya no vive con las monjas en «Villa Teresita», que era donde estaba antes, pero Conchi, una de las personas que trabajan allí, sabía al menos como contactar con ella. Esta mañana he podido hablar con Clara por teléfono. Está bien, y además, está con una amiga que no la deja hacer tonterías. Menudo alivio.

Clara, si lees esto… lo siento, fuí yo el que llamó a la policía. ¿Qué iba a hacer? Tienes a mucha gente que te quiere y se preocupa por ti, y tú eres suficientemente inteligente como para darte cuenta. Escúchales, sigue sus consejos, déjate cuidar por ellos, y verás como poco a poco las cosas se van viniendo a su sitio casi sin darte cuenta.

Finalmente, también quiero contar que estos días he conocido a gente estupenda. Hace un par de semanas me invitaron a unirme a la grupo «Conjuntos difusos», compuesto por personas muy diferentes con un objetivo común. Con ellos he encontrado un sitio en el que compartir una serie de ideas que hasta ahora no había logrado que nadie más tomase en consideración. No sólo eso, además, creo que estoy haciendo nuevos amigos, y empiezo a descubrir que quizá haya alguna forma de cambiar las cosas que creo que deben ser cambiadas, en lugar de tener que limitarme simplemente a señalar lo que en mi opinión está mal, mientras miro impotente como las cosas siguen.

Sin embargo, no puedo perder de vista que el primero a quién tengo que ayudar, y por quién más tengo que trabajar y esforzarme es por mí mismo. Empezaré por aprobar la oposición, y el resto, ya lo iremos viendo sobre la marcha. Si no me ayudo a mi mismo ¿cómo voy a poder ayudar a los demás?

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El hábito sí hace al monje.

Uno de los momentos que recuerdo con más cariño fue la primera vez que me puse una prenda masculina. En aquel momento, no tenía las cosas nada claras. No sabía si sería capaz de renunciar a las cosas que tenía que renunciar, o si me atrevería a exponerme a la mirada de otras personas. Tampoco sabía si merecía la pena todo ese esfuerzo.

Solo había una forma de saberlo: probando. Fuí a una de las tiendas que solía frecuentar (no es que en mi pueblo hayan tantas tiendas como para encontrar una en la que no hubiese entrado nunca), y con bastante vergüenza atravesé toda la sección de señora y me metí en la de caballero. Como no sabía nada respecto al tallaje de la ropa de hombre, y tampoco sabía que tipo de ropa me quedaría bien a mi, tardé mucho, pero mucho tiempo, en encontrar la prenda adecuada.

No pasó nada. Nadie me miró raro, ni mientras buscaba la camisa, ni cuando fuí a pagar. Quedaba el reto final, salir a la calle con ella puesta. ¡Pensé que llamaría la atención más que un elefante en una cacharrería! Pero no, tampoco. No ocurrió nada de nada.

En realidad, decir que no ocurrió nada de nada es faltar a la verdad. Pasaron muchas cosas, pero todas en mi interior. Lo primero fue que comprobé que podía combinar ropa femenina con ropa masculina, y no quedaba expuesto al ridículo ni al escarnio general. Lo segundo fue un sentimiento indescriptible de comodidad y bienestar que no podía haber imaginado, y que sólo pude explicarme con la siguiente analogía:

Hace uños años, estuve viviendo en un piso que antiguamente había tenido las paredes empapeladas. Cuando la casera decidió que el papel estaba demasiado viejo, contrató a unos pintores baratos que pintaron directamente sobre el papel, sin quitarlo. El resultado era que a las pocas semanas la pintura empezó a saltar, y bastaba con pasar un dedo para que las placas cayesen y se viese lo que había debajo, que era algo totalmente distitno.

Esto era lo que me estaba ocurriendo en aquel momento. Como si la capa de pintura que yo mismo me había esforzado en colocar para ocultar mi auténtica personalidad empezase a caer muy facilmente, dejando ver lo que había debajo. Mi forma de caminar y mi postura cambiaron, y me sentí mucho más seguro y satisfecho de mi mismo que nunca.

Yo, que creaba problemas de circulación porque los conductores se olvidaban de mirar hacia donde debían en los cruces, y que estuve a punto de producir el encuentro de más de un motorista con sendas farolas o señales de tráfico… Que poco me importaba todo eso comparado con poder llevar una camisa de hombre.

La otra ocasión donde he podido comprobar que el hábito sí hace al monje fue el sábado pasado. ¿Recordáis la despedida de soltera de mi amiga? Pues, lógicamente, después vino la boda. ¡La excusa perfecta para ponerme traje y corbata!

Tenía muchas ganas de tener un motivo para «arreglarme», pero al mismo tiempo, pensaba si no sería demasiado transgresor salir de esa guisa a la calle. La opinión de casi todos con los que hablaba del tema era que, en efecto, se trataba de un gesto muy osado el vestir de forma tan abiertamente masculina. Mi opinión era que resulto suficientemente pasable para poder hacerlo, y que, de todos modos, era la mejor opcción, porque ni de coña me pongo un vestido, y las ropas ambiguas siempre me han parecido horrorosamente feas y faltas de elegancia. Nunca he usado ropas ambiguas, excepto cuando tenía sobrepeso, que no podía encontrar otras cosas cosas.

La cuestión es que… yo no estaba nervioso. No tenía la sensación de ir a hacer nada excepcional, excepto de cara a las personas que me conocían de antes, que eran las menos, y con las que, como me aceptan plenamente y no me ponen ninguna pega, no tiene mérito ni sentido ser transgresor. Sin embargo, cuando salí de mi casa a la calle, la sensación que tenía era de ir «travestido», porque en el barrio la mayoría de la gente me identifica de manera automática como mujer… a causa de que no tomo hormonas, no porque yo haya dicho que lo sea.

La sensación de ir travestido duró unos 5 minutos, que fue el tiempo que tardamos (no iba solo) en encontrarnos con un tipo que me dijo:

– Caballero ¿tiene fuego?

Nadie me tomó por una chica. Ni una vez. Esto no me había pasado antes… ¡Joder, que alegría!

Tengo que reconocer que mi constitución física y mis facciones ayudan a convertirme en un chico pasable, pero está claro que el traje fue lo que terminaba de comunicar hacia fuera cual es mi identidad de género y me convertía ante los demás, en lo que soy.

Así que, en cierto modo, el hábito sí que hace al monje.

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…y la política

Antes de empezar a escribir, creo que es bueno que avise de que ando con un resfriado que no me deja vivir, y es posible que las frases queden un poco «desenlazadas».

En la anterior entrada hablaba del Orgullo… y ahora toca hablar de la política. La política, desgraciadamente, es necesaria. Los políticos hacen las leyes y controlan las subvenciones y los permisos, así que hay que intentar llevarse bien con ellos y convencerlos de que lo que estamos pidiendo y lo que queremos hacer, es bueno.

También hay que reconocer que los partidos «de izquierda» suelen ser mucho más abiertos y tolerantes que los de «derecha», que son más conservadores, y habitualmente no solo no apoyan, sino que, además, hacen todo lo que está en su mano para evitar que las personas del colectivo GLTB tengamos los mismos derechos que los demás. Al matrimonio, al libre desarrollo de la personalidad, al honor, a la intimidad (vulnerados todos estos por el DNI, aunque el tema está parcialmente solventado gracias a la Ley 3/2007 de Identidad de Género)… todas esas cosillas de la sección primera del capítulo II del título I de la Constitución que se supone que son los derechos y libertades fundamentales de los españoles.

Lo que sin embargo no es cierto es que todos los de «izquierdas» sean santos y progres, ni todos los de «derechas» malvados y retrógrados. Igual que muchas veces se habla de que no todos los hombres ni todas las mujeres son iguales, y que alguien, por ejemplo, puede ser hombre y al mismo tiempo gustarle la poesía, o ser mujer y armarse de un taladro y un destornillador para arreglarse la casa ella solita, creo que es un error juzgar a todo el mundo por el mismo rasero en lo que a política se refiere.

A veces, en lugar de utilizar la política como herramienta para el activismo, el activismo se convierte, sin saberlo, en un instrumento de la política, y eso me da mucha pena. Veo repetirse esquemas de rechazo por razones políticas entre activistas de la misma manera que se produce el rechazo por cuestión sexual en otros círculos. También veo que los planes para hacer cosas, incluyen discursos con clara tendencia a favor de unos y en contra de otros, y, lo que es peor, veo que en el interior de muchas asociaciones, y también entre las propias asociaciones, se producen graves disputas por el único motivo de la ideología política de cada cual.

¿Es que los seres humanos no podemos aguantar ni un poquito sin establecer clases, distinciones y categorías que separen a «los buenos» de «los malos»? ¿Es que no podemos aceptar que entre el blanco y el negro siempre hay una gran cantidad de grises? Conozco a muchos «peperos» que son mis amigos y les da igual mi identidad de género u orientación sexual. Conozco a muchos católicos que no creen que haya nada de malo en que te guste más acostarte con una persona o con otra, o tener una identidad u otra, y que están seguros de que Dios opina exactamente igual. Igual que conozco a comunistas y socialistas que no creen que una familia homoparental pueda estar equilibrada, o que piensan que las personas transexuales tratamos de fingir que somos lo que no somos por el mero capricho de hacerlo.

De modo que ¿puedo decir que todos «los de rojo» son mis amigos y todos «los de azul» son mis enemigos? ¿Tengo derecho a prejuzgar por las creencias o ideologías generales de otros?

No estoy de acuerdo con los católicos, ni con los grupos de talante conservador, y nadie me verá entrar en un bar de falangistas, o en una iglesia,  excepto para pedir una fe bautismal, con el objetivo de apostatar, o porque algún pariente o amigo está haciendo ahí dentro algo que es importante para él, como casarse o bautizar a sus hijos. Pero tampoco le diré a alguien que es mi rival a causa de su fé o de sus convicciones políticas, al menos hasta que no sepa qué puntos tenemos en común y en cuales diferimos.

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