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Adios a la UTIG de Málaga

La UTIG de Málaga ya no existe.

No son noticias frescas, pero como ya no vivo en Andalucía, antes de escribir sobre ello, necesitaba comprobarlo. Comprobarlo de verdad. Comprobarlo muchas veces, desde diferentes fuentes.

Es demasiado bueno para creerlo, y no ha ocurrido de un día para otro, sino que ha sido como la caída lenta y llena de crujidos de un gran árbol en mitad del bosque. Hasta que, de repente, alguien llama por teléfono para pedir una cita y le dicen que no, que eso ya no está.

Todo empezó con la Ley 2/2014. Una ley en la que el principal caballo de batalla fue precisamente la desaparición de la UTIG y la descentralización de la atención sanitaria para las personas trans. La igualación de la atención sanitaria que recibimos las personas trans respecto a la que reciben las personas cis. Una ley que finalmente quedó con una redacción confusa e insatisfactoria, abierta a la interpretación y pendiente de desarrollo posterior. En su texto, y gracias a la lucha enconada de algunas personas trans, la Ley trans de Andalucía garantizaba la supervivencia de la UTIG de Málaga, y no quedaba claro que hubiese la posibilidad de que se fuese a ofrecer una atención sanitaria fuera de eso.

Durante un tiempo callé mi disgusto (aunque tampoco me esforcé mucho en disimularlo), ya que las quejas respecto a la UTIG se dejaron de escuchar. Yo pensé que la ley trans no funcionaría, mientras que Alba Doblas me pedía que esperase a ver, porque me estaba equivocando. Le dije que ojalá me equivocase. Eso me haría muy feliz. En Octubre retornaron los problemas de siempre con la UTIG, pero, al mismo tiempo, la gente empezó a ir a otros médicos de la seguridad social.

Tanto Mar Cambrollé y otra gente de ATA, como yo, y supongo que otros activistas trans, empezamos a animar a la gente a que pidiesen a sus médicos de cabecera que les enviasen a los servicios de salud de sus localidades. Una de las posibles interpretaciones de la Ley Trans era que esto se podía hacer. Otras personas me escribieron para contarme que habían decidido hacerlo por si mismas, y les había ido bien. Incluso un chico trans de Málaga, que es donde tradicionalmente había más problemas, porque anteriormente los médicos de familia no derivaban a la gente a otro servicio endocrinológico de la provincia que no fuese la UTIG. Sin embargo, la UTIG de Málaga seguía siendo el lugar de referencia oficial, y mucha gente era enviada allí.

Unos meses más tarde, me llegaron ecos de la protesta de las médicas de la UTIG. Alertaban a sus pacientes de que con la nueva Ley se podría cerrar la UTIG, y que, además, se las iba a obligar a dar tratamiento sin supervisión psicológica, cosa con la que no estaban de acuerdo. Incluso alguien, de una asociación, me pidió que me uniese a un incipiente movimiento para salvar la UTIG, probablemente sin saber que yo era uno de los que habían luchado con más fuerza para que la cerraran. Le dije que se estaba equivocando de persona.

Me han dicho que en un momento dado, las doctoras en la UTIG amenazaron con dejar de proporcionar tratamientos porque no estaban de acuerdo con suprimir la supervisión psicológica. No sé si llegaron a hacerlo, ni durante cuanto tiempo.

Sí que sé que al final quitaron los servicios de tratamiento psicológico en la UTIG. Me han dicho que primero se fue Juana, y luego Trinidad. Me han dicho que ahora continúan proporcionando servicios de endocrinología, pero que la Dr. Esteva tampoco sigue al frente de la Unidad.

Recientemente, en las capitales de provincia, se han comenzado a crear las Unidades de Atención a Personas Trans. Estas UAPT darán tratamientos endocrinos, acompañamiento psicológico y cirugías «según protocolo», pero leyendo las instrucciones para su creación, nada hace pensar que ese «protocolo» vaya a establecer la necesidad de un diagnóstico psicológico o psiquiátrico previo. Las cirugías genitales se continuarán realizando en Málaga.

Así que ya está. La UTIG de Málaga ya no existe. No lo he celebrado debidamente porque me pilló a final de mes y me quedaba poco dinero, pero os aseguro que en cuanto pueda lo voy a hacer, y cuando vaya a Madrid, lo celebraremos más.

Estoy seguro de que ninguna de ellas se ha ido al paro. Probablemente todas siguen trabajando en la unidad de cirugía bariátrica del Hospital Civil. Sin embargo, estoy seguro de que eso no las hace muy felices. Trabajar en la UTIG de Málaga, no era tener un trabajo normal. Trabajar en la UTIG de Málaga era tener poder sobre la vida de los demás, sobre quién es cada uno, sobre nuestra libertad y nuestra identidad. Trabajar en la UTIG era ser las guardianas del género. Las «profesionales» de la UTIG estaban en un nivel superior.

Muchas veces me pregunté cómo podían dormir, sabiendo todo el sufrimiento que causaban a sus «pacientes». En el caso de Juana Martínez creo que dormía muy bien porque realmente disfrutaba causando todo ese sufrimento y sintiéndose superior para decidir sobre nosotros. En el caso de Trinidad, no está tan claro, pero supongo que en el fondo, era igual. Creo que lo que motivaba a la Dra. Esteva era, simplemente, disfrutar del poder y la superioridad sobre sus pacientes, y sobre los otros médicos «no expertos» en transexualidad, a los que tenía atemorizados, con amenazas de denunciarlos si se atrevían a dar tratamiento a alguna persona trans.

Me pregunto si ahora dormirán bien o mal, porque el desmantelamiento de la UTIG no es sólo la pérdida de poder, y la pérdida de la exclusividad en el tratamiento de las personas trans, con todo el prestigio que ello llevaba, sino que se trata de una humillación. Una gran humillación, porque el desmantelamiento de la UTIG no es el efecto de una Ley que obdece a un cambio en los tiempos, sino que es directamente efecto de la acción de sus pacientes. De todas esas personas trans, que para ellas no éramos más que unos pobres trastornados, enfermas mentales, demasiado estúpidas para poder decidir sobre si mismas, sobre sus cuerpos, sobre sus identidades, que debíamos quedar bajo su tutela.

Una de esas personas, soy yo. Sin la intervención de otras personas (Ángela Gutiérrez, Eva Witt, Mar Cambrollé, Alba Doblas, y otras más de cuyos nombres y existencias no sé nada, pero que estoy seguro de que también han estado ahí jugando un papel fundamental), esto no habría pasado, pero si no hubiese estado yo, tampoco habría llegado a ocurrir.

Sé que ellas, las ahora ex trabajadoras de la desparecida UTIG de Málaga, también saben que soy uno de los responsables indispensables de que todo esto haya ocurrido, y, concretamente, el único que fue paciente de ellas. Por causa de ellas, pasé muchas noches sin dormir. Espero que en compensación, ahora sean ellas las que no duerman, mientras todas las personas trans andaluzas descansamos la noche entera a pierna suelta y, algunas, lo celebramos con mucha alegría. Espero que se pregunten qué habría pasado si me hubiesen dado el informe en tan sólo un par de meses y hubiesen hecho de mí una persona feliz, en lugar de darme más de un año de sufrimiento en la incertidumbre.

Espero que en Madrid se vayan preparando, porque van a ser los siguientes, y cuando los activistas trans lleguen a ellos, no se van a conformar con que se desmantele la UTIG, sino que además se encargarán de investigar todas las irregularidades respecto a la «gestión de pacientes». Si a ellos tampoco les quita el sueño todo lo que les están haciendo a sus pacientes, espero que se les quite el sueño al darse cuenta de que si ya hemos cerrado una UTIG, podemos volver a hacerlo.

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La transexualidad y la muerte

La transexualidad y la muerte son dos cuestiones que, por desgracia, van unidas con mucha frecuencia. No es la primera vez que escribo al respecto, seguramente tampoco es la última.

La semana pasada muchos medios de comunicación se hicieron eco de que Nathan Verhelst, un hombre transexual, había solicitado someterse a la eutanasia (y lo consiguió) convirtiéndose así en «la primera persona de Bélgica que decide morir después de practicarse un cambio de sexo» (porque claro, hasta ahora ninguna persona trans se había suicidado en Bélgica… Luego me dirán que soy un gruñón y que tampoco es para tanto, pero leñes… la cosa tiene mucha tela).

Esta noticia tenía todos los componentes necesarios para saltar a los medios de comunicación y ocupar un puesto destacado, porque en ella se mezclan muerte, medicina y transexualidad. Morbo al cubo ¿qué más se puede pedir? Mucha menos repercusión tuvo, sin embargo, el suicido de Gabriela Monelli en Brasil.

Gabriella tenía 21 años cuando se suicidó, pero se prostituía desde los 15 años. Sin necesidad de ir a Brasil, aquí en España conozco a una chica que hace trabajo sexual desde los 14. No me lo puedo ni imaginar, pero tampoco puedo imaginarme qué clase de depravado paga a una niña para follar con ella (o folla con ella sin pagar). A ella, además, le dolía la falta de aceptación «nunca vamos a ser 100%»

Nathan pidió que le matasen porque después de la operación se veía a si mismo como un monstruo. También para él estaba presente ese pensamiento de no ser 100%.

No deja de ser curioso que, después de la eutanasia de Nathan, su madre declarase «Cuando vi a Nancy por primera vez  [después de dar a luz], mi sueño se hizo añicos. Era tan fea. Puse un monstruo en el mundo, un fantasma. Para mí, este capítulo está cerrado. Su muerte no me molesta. No siento dolor, no hay duda, sin remordimiento. Nunca fuimos una familia, así que no se podía romper «. Tanto él como su madre usaron la misma palabra: monstruo.

Supongo que en una decisión tan importante como la de quitarse la vida, entrarán en juego muchos factores. Una mala relación con la familia (en ambos casos), rechazo de la sociedad (en el caso de ella), pero, sobre todo, la sensación de que nunca podrás llegar a ser realmente quien quieres ser. Ser tú mismx de verdad.

En el caso de Nathan, creo que se puede hablar claramente de una estafa. La sacrosanta medicina, que no miente porque es una ciencia, que no manipula, que no vende, le prometió que haría de él un hombre. El cirujano, como Pigmalión, le esculpiría para darle una nueva vida, y cuando despertase de la anestesia, habría vuelto a nacer. Un discurso que no sería tan efectivo si no estuviese además coreado por una gran parte de personas trans, como, por ejemplo, el deportista Baliam Buschaum.

Sin embargo, lo cierto es que los cirujanos lo único que hacen es retirar tejidos, o cambiarlos de sitio. No vas a volver a nacer. Cuando despiertes de la cirugía seguirás siendo tú, pero con algunos trozos menos. Nunca serás 100%, tú lo sabrás, y la sociedad te lo recordará constantemente, a no ser que realices un gran esfuerzo para olvidarlo.

Cada vez que leas una noticia sobre «el primer transexual qué», verás que le tratan con el género equivocado. Si eres de los que se regodean, además leerás los comentarios donde muchas personas utilizan unas palabras y unas expresiones terribles para vomitar opiniones que más que crueles, son inhumanas. Tú sabrás que esas personas, en su vida cotidiana jamás se atreverían a hablar de esa forma a una persona transexual, pero en el fondo de tu corazón una vocecilla te dirá «se merece que hablen así de él, o de ella, y yo también me lo merezco». Pensarás que tú también te mereces todo lo que te pase.

Por eso muchas personas trans, deciden suicidarse. Porque los médicos pretenden venderles una panacea, que como todas las panaceas es barata y no funciona, sin mencionar que, además de con dinero y con tiempo, van a pagar con su propia carne y su propia sangre. Nos advierten de que si no somos verdaderamente transexuales, el tratamiento no funcionará y habrá arrepentimientos. No nos advierten de que si somos realmente transexuales, el tratamiento tampoco funcionará.

Los tratamientos médicos funcionan, pero no sirven para cambiar de sexo. Si quieres que se te agrave la voz, que te salga barba, tener más vello, más masa muscular y, en general, un aspecto más masculino, la testosterona es un medicamento maravilloso. Si quieres que se te desarrollen los senos y deje de salirte barba, los estrógenos y los antiandrógenos hará su función. Si necesitas que tus pechos desaparezcan, o necesitas perder de vista tu pene y que sea substituido por una vagina más o menos bien construida, la cirugía funciona. Incluso funciona si lo que necesitas es tener un pene y no eres muy exigente al respecto. Todo eso sí lo puedes conseguir. Lo que no puedes conseguir es «transexualizarte» (lo digo porque ahora nos están queriendo vender el «proceso transexualizador», que es la expresión más estúpida del mundo), ni reasignarte a otro sexo (la sociedad no lo aceptará), ni podrás volver a nacer, ni mucho menos te convertirás en hombre o en mujer.

Entonces ¿no hay salida? Sí que la hay, pero no está en la medicina. Puedes reflexionar durante años, hasta encontrar tu propia definición de ti mismx, aquella con la que te sientas más cómodx. Puedes pensar que el sexo y el género están en el cerebro, y tu cerebro es del sexo al que perteneces. Puedes leer teorías feministas, y llegar a comprender que querer ser es lo mismo que ser, porque la identidad de género forma parte de tu personalidad, no de tu cuerpo (así es como lo pienso yo). Puedes buscar en otras religiones, otra espiritualidad. Hace un tiempo, una chica comentó en este blog que había seguido su propio ritual para reencarnarse en mujer en esta misma vida, desligándose por completo de su pasado, viviendo  una muerte muy real y renaciendo como mujer de nuevo (un ritual durísimo, porque morir es duro y nacer también lo es).

Busca amigos, busca a otras personas trans (escríbeme si quieres, aunque a veces tarde un poco en responder), busca información (la que sea, mientras te haga sentir bien), huye de la violencia, no permitas que tus ideas vuelen y el diálogo interno tenga su propia vida en tu cabeza. Enamórate (de una persona, de una profesión, de un arte, de un deporte, de un paisaje, o de un animal). Porque hay muchas maneras de realizarte en la vida, como mujer o como hombre, y ninguna de ellas pasa por las manos de un médico.

Por cierto, tampoco me parece bien que ahora la medicina pretenda vender la eutanasia como la cura definitiva al sufrimiento psicológico. Me parece bien que una persona que 1) lo solicite, 2) sufra mucho, 3) sea imposible que su situación mejor y 4) no pueda quitarse la vida por si misma, reciba la eutanasia, pero no veo bien que se le ofrezca este servicio a una persona que se puede suicidar. Hay cosas que cada cual debe hacer por si mismo, y matarse es, en mi opinión, una de ellas.

En cualquier caso, descansen en paz, junto con todos los otros que murieron por ser trans.

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Tenemos lo que pedimos, tenemos lo que merecemos.

Según anuncian los periódicos, el lunes que viene se registrará en el parlamento de Madrid la «proposición de ley reguladora del derecho a la identidad de género y a su libre desarrollo sin discriminación«. Se trata de una propuesta presentada por el PSOE, elaborada principalmente por Carla Antonelli y Marina Saenz (ambas, mujeres transexuales), pero en cuya elaboración también han participado algunas asociaciones transexuales, y al parecer varixs activistas trans a quienes quiero y respeto, que han introducido a juristas y, en general, gente que sabe mucho más que yo de derecho. Cosa que no es difícil porque, aunque me consta que por ahí se va diciendo que yo me creo que se mucho, en realidad, me consta que no se nada. Estoy terminando la primera mitad del segundo curso del grado en derecho de la UNED. Vamos, que no tengo ni idea (o, como mucho, una ligera idea).

Sin embargo, creo que no hace falta ser un experto en nada para poder opinar. Generalmente para opinar sobre una ley, debería bastar con saber leer, ya que las leyes no son para los juristas, sino para todas las personas. Nosotros somos quienes las debemos cumplir, y es sobre nuestras vidas sobre las que las leyes influyen. Cualquiera debe poder opinar sobre cualquier cosa que influya directamente sobre su vida, sin que se le pueda exigir haber estudiado previamente una carrera, luego un master, y cinco años de ejercicio profesional, o cualquier cosa que a quien sea se le pueda ocurrir.

No hace falta ser un experto abogado, o un catedrático universitario para saber leer. Yo sé leer, y he leído que esta propuesta dice:

Artículo 3.2 «Por personas transexuales, a efectos de esta Ley, se entienden las que acrediten […]: mediante declaración jurada personal que presenta una disonancia estable y persistente entre el sexo morfológico de nacimiento y la identidad de género sentida por el solicitante.»

Es decir, cualquier persona que desee acogerse a esta ley, tendrá que jurar (¡Jurar! Es decir «afirmar o negar algo, poniendo por testigo a Dios, o en sí mismo o en sus criaturas» ¿Es que nunca podremos sacar a Dios de nuestras intimidades?) que entre su sexo «de nacimiento» y su identidad de género no existe la conformidad o proporción que naturalmente debería haber (eso es exactamente lo que significa la palabra «disonancia«).

Todo esto, por supuesto, sólo si eres mayor de edad. Si eres menor, entonces tendrás que llevar también un informe de un médico que acredite la condición de transexual del menor. Eso dice el artículo 4.3. de esta propuesta. Y yo no soy jurista, pero a mí me parece que eso es patologizante a tope, aunque, eso sí el informe del médico (que el médico hará o no hará, según a él o a ella le parezca conveniente) no podrá ser un diagnóstico.

Dice después:

Artículo 10.1 «El Servicio Madrileño de Salud proporcionará […] las evaluaciones y tratamientos necesarios para llevar a cabo un proceso de transexualización en la medida requerida por cada paciente«. Lo que no sabemos todavía es qué es el «proceso transexualizador». Por ese nombre, parece que será el proceso que te cambiará de sexo (el prefijo «trans» viene a significar traslado o cambio), por lo que se nos está diciendo que en realidad el tener esa identificación del artículo 3 no implica que realmente seas otra cosa que lo que eres por tu «sexo de nacimiento». Si en verdad quieres cambiar de sexo, tendrás que pasar por el «proceso transexualizador», pero, eso sí, en la medida requerida por cada… paciente (Paciente: persona que padece física y corporalmente, y especialmente quien se halla bajo atención médica). Al menos es una buena noticia que tú, persona padecedora física y corporalmente puedas decidir en qué medida te vas a someter al proceso de cambio de sexo.

Artículo 11.2 «La unidad Multidisciplinar de Identidad de Género […] prestará a las personas transexuales el tratamiento más adecuado a sus circunstancias personales y a su estado de salud.» Es decir, los tratamientos continuarán en manos del Dr. Becerra y el resto de personal de la UTIG. Sólo cambia el nombre. Sin embargo lo importante es saber quién y como se decide cual es el tratamiento más adecuado. La parte del «estado de salud» puede (porque no lo prohíbe) incluir también el estado de salud mental. Es decir, para decidir cual es el tratamiento más adecuado, podría darse el caso de que primero un psicólogo deba emitir un juicio sobre si el estado de salud mental de un paciente le hace apto para recibir tratamientos hormonales o quirúgicos, o de cualquier otro tipo. Es más, si para tomar una decisión sobre cual es el tratamiento más adecuado es necesario tener en cuenta las circunstancias personales, y no se especifica cuales son, es evidente que se está dando permiso a los médicos para que indaguen en cualesquiera aspectos de la vida privada de los pacientes y en base a eso decidan cual es el tratamiento más adecuado. En caso de que seas menor de edad, antes de que empieces el tratamiento no bastará con que lo recomiende (autorice) un sólo médico: tendrán que autorizarlo dos, con lo que la situación no sólo no mejora, sino que empeora. Lo dice el párrafo final del artículo 12.1.

Artículo 13.1 «Reglamentariamente se establecerá una guía clínica para la atención de las personas transexuales, […] que se elaborará en colaboración preferente con las organizaciones que trabajan en el ámbito de la identidad de género«. Es decir, la colaboración con organizaciones será preferente, pero no obligatoria (si no hay colaboración, no pasa nada), y no tendrán que ser organizaciones de personas transexuales, sino que trabajen «en el ámbito de la identidad de género». Es decir, perfectamente podría tratarse de cualquier organización médica como la GIDSEEN (Grupo de Trabajo sobre Diferenciación Sexual de la Sociedad de Endocrinología y Nutrición, presidido por la Dr. Esteva, directora de la UTIG de Málaga). Continúa este artículo señalando que la guía «deberá contener los criterios objetivos y estándares asistenciales en la materia«, es decir que la gente que haga la guía serán los que decidan los criterios para decidir cual es el tratamiento más adecuado para nuestro estado de salud y condiciones personales.

Artículo 13.3.c « Se garantizará que los procedimientos como terapias hormonales o cirugías sean proporcionados en el momento oportuno, y acordados de forma mutua entre profesionales y usuarios, sin que deban ser negados ni retrasados de forma innecesaria.» Aquí es donde las personas transexuales (no olvidemos que esta ley se ha hecho por y para personas transexuales) cedemos el derecho a la atención sanitaria. Es el cierre de todo lo que se venía planteando. Porque los tratamientos no deben ser negados y retrasados de forma innecesaria, lo que significa que sí se podrán negar y retrasar de forma necesaria ¿Y quien decide cuando la negación o el retraso son necesarios? Los «profesionales» de la Unidad Multidisciplinar, quienes no sólo dispondrán para ello de su libre criterio facultativo (para eso son los profesionales ¿No? Cualquier médico puede decidir que un tratamiento no es adecuado para un paciente. Por ejemplo, si yo llego al médico pidiéndole que me ponga un marcapasos, el médico puede negarse, ya que yo no tengo ninguna enfermedad coronaria), sino que podrán ampararse en esta ley para denegar el tratamiento por «las circunstancias personales» ¿Que podrá hacer una persona a la que se le niegue un tratamiento por estos motivos? Normalmente, podría irse a otro médico, pero como la atención médica será prestada por la Unidad Multidisciplinar, el derecho a la segunda opinión médica que viene reconocido en esta ley, se convierte en papel mojado. Así que te queda la opción de pagar a un médico privado, si puedes, y si no puedes, vete al juez y protesta. Pero el juez dirá que si la ley dice que el médico lo puede hacer, lo puede hacer, y que si te parece mal, siempre puedes intentar que el Tribunal Constitucional declare la ley anticonstitucional dentro de 6 ó 7 años… o nunca, si a los magistrados del Tribunal Constitucional les parece que indagar en las circunstancias personales de una persona transexual no vulnera su intimidad, y que utilizar este criterio para impedir el acceso a la atención sanitaria no es discriminatorio.

¿Y por qué iba a decir el Tribunal Constitucional que esto no constituye una vulneración de nuestra intimidad, y que no constituye una discriminación, si nosotros mismos, las propias personas transexuales, hemos hecho y apoyado esta ley?

Eso es, textualmente, lo que dice la propuesta que se registrará el lunes día 22 de julio, apoyada por varias asociaciones de personas transexuales de Madrid (no todas las asociaciones, como quieren hacer creer, ya que Autonomía Trans no la apoya, pero claro, nosotros no somos nadie, así que no contamos), e incluso elaborada por varias personas transexuales, muy inteligentes y respetables todas ellas.

Y yo no seré jurista, no seré experto y no seré nadie tampoco, pero a mí me parece que eso está mal. Muy mal. Porque soy agnóstico y no quiero jurar nada, y porque no considero que exista una conformidad natural entre el sexo «de nacimiento» y la identidad, y que las personas transexuales poseamos esa anormalidad, eso sí, de manera «estable». Porque a mí me parece que dar permiso a los médicos para que indaguen en nuestras circunstancias personales es una violación de nuestra intimidad, y creo que todas las personas transexuales debemos poder acceder a todos los servicios sanitarios que ya se están ofreciendo para las personas cisexuales. A las personas cisexuales también se les hacen vaginoplastias, y faloplastias, y se les retiran los pechos, o se les ponen prótesis, se les lima la nuez, y se les dan hormonas sexuales, bloqueadores de la pubertad y antiandrógenos, pero a nosotros no, y a mí me parece que eso es discriminación.

Pero claro, yo es que soy un radical, y un queer, porque me gusta ser yo mismo y no quienes los demás me dicen, y porque no considero que haya nada antinatural en mí. Ah, y un ignorante, y quiero saber mucho más que la gente que sabe más que yo, que son los que han escrito eso, o no lo han escrito, pero dicen que está bien, que mola un huevo y nos va a traer un montón de derechos y dignidad. Así que más me valdría estar contento de que se propone que los transexuales tengan una identificación, sin diagnóstico psiquiátrico, sólo después de haber jurado que son seres con una antinatural falta de coherencia en su personalidad. Eso es lo que debería hacer, sí.

Así que esta es la propuesta de Ley que se dan a si mismas las personas transexuales de Madrid, y la aplauden. Esto es lo que piden, que no es más que lo que ya tienen. Es decir, que tienen lo que piden, y por tanto, lo que merecen. Las personas transexuales no merecemos todavía la libertad, ni la igualdad, ni la dignidad, porque no la pedimos, ni la queremos. Gritamos «¡vivan las caenas!», y eso es lo que tenemos, y lo que seguiremos teniendo. Eso es lo que pone esta ley, y cualquiera puede leerlo escrito en ella. No me lo he inventado yo. Ahí está escrito.

Me doy cuenta de que mi sueño de ser libres, de ser iguales, de no tener que sufrir y pagar un alto precio por el mero hecho de no ser quienes otro querían que fuésemos, no se cumplirá en esta generación, porque la mayoría de la gente prefiere continuar siendo esclava. Porque da miedo ser libre y tener que asumir tus propios actos. Vamos a seguir humillados, sufriendo los abusos de los médicos, en los armarios y en los márgenes de la sociedad durante, al menos, una generación más, porque es lo que queremos. Lo que la mayoría quiere. Esta propuesta de Ley de Carla Antonelli, seguramente nunca llegará a convertirse en Ley, pero no importa. Con ella nos estamos regalando 10 años más de esclavitud.

Eso es muy triste.

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Respecto a los protocolos de la UTIG de Madrid

El fin de semana pasado fui a Madrid para la 1/2 jornada de transexualidad madrileña (o algo así se llamaba). Allí fui recibido calurosamente por el Dr. Becerra y por María Jesús Lucio, con quienes mantuve una interesante charla que, sin embargo, quedó sin conclusión, por lo que me gustaría hacer algunas apreciaciones ya que he visto que se está abriendo un cierto debate al respecto.

Sostiene el Dr. Becerra que su trabajo es ayudar al que se lo pide (también aclaró que al que no se lo pide, no), pero cuando le señalé que los usuarios que acuden a la UTIG buscando tratamientos médicos no pueden acceder a él, porque no se les da cita con él, sino con un psicólgo (también podría haberle señalado que los servicios de salud no son una ONG, sino que está financiados con cargo a los Presupuestos Generales del Estado, y de la Comunidad de Madrid, y que no se trata por tanto de «ayuda» sino de la prestación de servicios sanitarios que ya hemos pagado, pero no tenía lugar para hacer frases muy largas), intervino María Jesús diciendo que eso era «por el protocolo».

Yo no soy paciente de la UTIG, pero ya me habían informado de que esta señora, ante cualquier objeción que se le presenta sobre el funcionamiento de la UTIG, dice que tienen que hacerlo así «por el protocolo». Siempre que alguien me relata una conversación de estas, yo le digo «¡pero si no hay protocolo!», y, la verdad, estaba deseando poder decírselo también a María Jesús. Así que tener esta oportunidad, fue un gran regalo para mí.

En cambio a ella, no debió hacerle mucha gracia mi respuesta, porque cuando le dije «¡Pero si no hay protocolo!», realizó las siguientes afirmaciones:

1) Dijo que soy un mentiroso

2) Me acusó de utilizar esas mentiras para lucrarme atrayendo más clientes hacia mi tienda virtual.

3) Afirmó que no tenía por qué darme explicaciones porque yo no soy nadie.

4) Argumentó que yo tengo el mismo derecho a pedirle el protocolo, que ella a pedirme mi declaración de la renta.

Como no tuve oportunidad de responder convenientemente, y como me consta que lo de llamarme «mentiroso», y de paso, afirmar que tengo muy poca educación, se ha convertido en una especie de consigna que se está extendiendo hasta lugares insospechados, he pensado que sería conveniente dar una explicación razonada sobre estas cuestiones, para quien la pueda leer y entender.

Así que hoy voy a explicar qué es un protocolo. Informalmente hablando, hay dos tipos de «protocolo». Uno es un documento de tipo interno, que solemos usar los profesionales de todo tipo (yo mismo uso protocolos, aunque trabajo a un nivel muy modesto) ya que sirven para automatizar algunos procesos, aumentar la eficiencia y la productividad, y disminuir el esfuerzo y los recursos empleados. Una empresa muy conocida que utiliza este tipo de documentos, es McDonalds. En McDonalds, todos lo empleados conocen cual es el orden y la forma de atender a un cliente, desde que atraviesa la puerta hasta que vuelve a salir, así como los métodos para hacer las hamburguesas, o para la limpieza.

La UTIG, al igual que muchos otros departamentos hospitalarios, tiene unos protocolos de este tipo (como se indica en el documento que muestro a continuación). Se trata de un documento redactado por los propios empleados de la Unidad, y de carácter orientativo. Eso significa que ellos mismos pueden revisar dicho documento e ir modificándolo para que la práctica sea cada vez mejor (si son unos buenos profesionales, además, deberían realizar estas revisiones con cierta frecuencia, ya que la práctica profesional cambia muy rápido, en una sociedad que está cambiando vertiginosamente, y en la que los avances tecnológicos son apabullantes). También significa que si se «saltan» los protocolos, no pasa nada. Saltarse los protocolos para adaptarse a las demandas de los usuarios y dar un mejor servicio, no es malo. Simplemente significa que los protocolos se deben revisar.

Así pues, estos protocolos de referencia, cuando se usan, no pueden entenderse como creadores de la obligación de que la persona que desea recibir la «ayuda» del Dr. Becerra se vea obligada a ir primero a un psicólogo, durante un año, o durante el tiempo que al psicólogo (o a los psicólogos, o a María Jesús) le de la gana.

Existe otro tipo de protocolos, que son los protocolos oficiales. Estos protocolos, que deben elaborarse con un mayor rigor, siguiendo un procedimiento determinado, están registrados por la Administración, y sí que deben ser cumplidos, tanto por médicos, como por pacientes (aunque, por supuesto, en esos documento no pueden imponerse condiciones que sean ilegales). Principalmente, son un instrumento de defensa. Así, si se me están exigiendo cosas fuera del protocolo, yo puedo reclamar por abusos médicos. Si el protocolo incluye prácticas abusivas, las puedo reclamar con más motivo (más facilidad para probarlas), y si el paciente pretende reclamar por mala praxis médica, el médico que haya seguido el protocolo, podrá ampararse en que lo estaba haciendo bien.

Cuando María Jesús dice que algo no se puede hacer «por el protocolo» se refiere, precisamente, a este segundo tipo de documento: un protocolo oficial de la Comunidad de Madrid, cuyo cumplimiento es obligatorio. Ese protocolo, no existe, y  aquí está la prueba de que no hay tal protocolo (pincha en la imagen para ampliarla):

NoHayProtocoloOficial

Así que va a resultar que aquí el que miente, no soy yo, si no María Jesús. Por supuesto, siempre hay tiempo para que hagan un protocolo oficial. A mí me gustaría que lo hicieran, y tengo entendido que según la ley lo tienen que hacer. Tal vez incluso sostengan que cuando se redactó esa carta no había protocolo, y ahora sí lo hay, pero después de haber estado oyendo hablar durante años de un protocolo que resulta que no existe, el que pretenda que me crea que se ha elaborado un protocolo oficial (en un pasado reciente, o en el futuro), tendrá que enseñármelo. Con los sellos del registro de la Comunidad de Madrid, y con una copia para que pueda confirmar con la señora Elena Juarez que se trata de un protocolo oficial, y no de otro de esos protocolos internos que se pueden utilizar, o no utilizar, como guía. No pido nada que yo mismo no ofrezca.

Esto me lleva a la segunda cuestión. En realidad ¿quien soy yo para exigir nada? Yo no soy nadie, según María Jesús. Además, es verdad. No soy nadie. Carezco de poder, y tan sólo puedo representar a mi asociación después de haber acordado con mis compañeros lo que voy a decir. Normalmente, no me represento más que a mí mismo. Sólo soy un hombre transexual.

Sin embargo, María Jesús y el Dr. Becerra sí que sabían exactamente quien soy (me reconoció antes ella a mí, que yo a ella), y fueron ellos los que se acercaron a darme unas explicaciones que yo no pedí. Fue María Jesús la que me ha acusado de mentir cuando decía la verdad. Yo simplemente demuestro mi inocencia, y que la que mentía era ella.

Una idea un poco extraña es la de que todo esto lo hago para promocionar mi tienda online de productos para mujeres y hombres trans. Al parecer, tener una tienda de este tipo es incompatible con el activismo. Yo me pregunto cual es exactamente el problema ¿Le molesta a María Jesús que una persona transexual sea empresaria y viva de su trabajo? ¿O lo que le molesta es que trabaje para las personas transexuales? ¿Le parecería más correcto que cerrase la.trans.tienda?

Lo cierto es que, en realidad, para mí sería mucho mejor estar de lado de las UTIG. Alabarlas y decir que son una gente maravillosa, para que me invitasen a hablar a muchas conferencias, y dijesen lo majo y lo simpático que soy. Los médicos son unos prescriptores muy importantes, y establecer una relación «yo te rasco la espalda a ti, y tú me rascas la espalda a mí», sería muy rentable para mí en términos económicos. Básicamente, posicionarme contra la UTIG, me está costando dinero (y posiblemente, bastante).

Pero en realidad, sospecho que no estábamos hablando de eso. Lo que ella quería decirme es que somos iguales. Que, al igual que ella, yo me lucro de la desgracia de las personas trans, y que igual que ella se inventa sus estrategias para atraer y controlar su clientela, yo también estoy inventándome las mías. Por eso, para ella es lo mismo que yo le pida el protocolo de la UTIG, que si ella me pide a mí la declaración de la renta.

En la distinción entre entre público y privado, mi declaración de la renta y el protocolo de la UTIG, son ambos documentos privados. La tienda es mía, y la UTIG es suya. Aunque mi tienda me la pago yo, y la UTIG… bueno, también la pago yo (y tú, que estás leyendo esto, también). Alguien debería decirle que el régimen señorial, aquel en que el Rey vendía los puestos de funcionario a nobles y burgueses acaudalados, que los adquirían en propiedad, ya han pasado. Ahora los funcionarios son servidores públicos, y la Ley confiere a los ciudadanos determinados derechos, que se corresponden con determinadas obligaciones de los empleados públicos.

Por ejemplo, el artículo 35.g de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo común establece que los ciudadanos, en su relación con las administraciones, tendrán derecho «a obtener información y orientación acerca de los requisitos jurídicos o técnicos que las disposiciones vigentes impongan a los proyectos, actuaciones o solicitudes que se propongan realizar».

Llegados a este punto, quisiera hacer notar al lector, o a la lectora, que cuando se habla de normas, ya sean leyes o de otra clase, no tienen por qué creerse lo que nadie les diga. Si, por ejemplo, el Dr. Becerra dice que la ley obliga a que las personas transexuales que quieran hormonarse tienen que estar como mínimo un año acudiendo a la consulta de un psicólogo de la UTIG, hasta obtener un diagnóstico psicológico, que te diga en qué norma está eso escrito. A poder ser, que hable con la asistenta social del Hospital y le pida que tenga preparadas todas esas cosas, para que te las pueda enseñar e incluso darte copias. Esto va especialmente para el chico guapo de la camisa de cuadros que decía que Nuria es muy buena, y que si no le dio el diagnóstico el primer día es porque no puede, por ley, la pobrecita, no porque no quisiera. Como estudiante de derecho, acostúmbrate a leer todas las normas que te sean aplicables, y verás como tus notas suben como la espuma.

A parte de eso, me parece genial que él, o cualquier otra persona, esté feliz de ir a la UTIG, pero al menos que sepan que les están engañando.

Así que, creo que con esto puedo cerrar ya esta larga aclaración, con las siguientes conclusiones:

1) Queda demostrado que el protocolo no existe. Yo no miento, los empleados de la UTIG, sí.

2) Yo soy un ciudadano, y cuando exista relación con la Administración de Salud de Madrid, tendré derecho a pedir el supuesto protocolo de actuación que la rige. En las jornadas no lo habría pedido, si no se me hubiesen ofrecido explicaciones que yo no iba buscando ese día. Gracias.

3) Utilizo la palabra «empleado» de la UTIG, puesto que eso es lo que son: empleados públicos al servicio del ciudadano. Profesionales, somos los autónomos que desarrollamos nuestra actividad de manera independiente. No deja de llamarme la atención que se visualice mi actividad profesional hacia las personas trans como aprovecharme de ellas, y sin embargo, nunca se haya visualizado mi actividad profesional en la ferretería como «aprovecharme de las pobres personas que se les rompen cosas en casa y las tienen que arreglar». Se me ocurren varias ideas al respecto.

4) Mi declaración de la renta, así como mis recibos de la Seguridad Social, facturas con proveedores, etc, forman parte de mi relación personal con la Administración (de hacienda, y de la seguridad social), y tengo derecho a guardala para mí. En cambio, las normas de la UTIG, forman parte de la relación entre la Administración de salud de Madrid, y los usuarios de los servicios de la misma, y los empleados de la UTIG no tienen derecho a guardarlas para si, sino que deben mostrarlas a cualquier ciudadano que lo solicite.

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2º Congreso Europeo de Transexualidad en Madrid (la paella sin arroz)

Un amigo mío dijo que cocinar lo trans sin las personas trans es como hacer paella sin arroz. Esta semana, los días 4 y 5 de julio, en Madrid, la Unidad de T. de Identidad de Género de Madrid (la T significa “Trastornos”,  aunque los organizadores hayan querido ocultar la palabra detrás de la letra) va a tener lugar el 2º Congreso Europeo de Transexualidad, con un precio de 300€ (200€ si eres estudiante) en el que los profesionales de salud se reunirán a hablar de las personas trans, sin las personas trans. Es decir, a hacer paella, sin arroz, y en una olla Express.

Porque si hablar de lo trans, sin lxs trans ya es un error, hablar de lo trans desde la medicina es el error al cuadrado. Principalmente, porque la transexualidad no es una enfermedad. Sí es cierto que muchas personas trans requerimos ciertos servicios sanitarios que están relacionados con la transexualidad, pero también lo hacen las personas cisexuales, precisamente por su cisexualidad (como las mujeres cis que piden hormonas para que no les salga barba o piden cirugías para que les pongan las tetas que no les salieron, o los hombres cis que piden hormonas para que sí les salga la barba o piden cirugías para que les quiten las tetas que sí les salieron) y sin embargo nunca se han organizado unas jornadas sobre cisexualidad.

No me importaría que se organizasen unas jornadas sobre efectos de las terapias hormonales, o sobre técnicas quirúrgicas. Serían buenas, e incluso necesarias. Sin embargo, de lo que se va a hablar aquí no va a ser de medicina. Se va a hablar de nuestras identidades, de las identidades de las personas trans que no podremos estar allí. Se van a establecer criterios de medida sobre nuestras vidas para decidir quien será susceptible de ser “reasignado” por los médicos, porque claro, son ellos quienes tienen el poder de reasignarnos. Se va a hablar de “éxito” del tratamiento, no en términos de la máxima consecución de los objetivos del tratamiento (es decir, que los cambios obtenidos sean los que el usuario deseaba obtener) sin efectos secundarios, sino en términos de “no arrepentimiento”, asunción correcta de los roles de género del sexo “deseado” o “sentido”, superación del test de la vida real, etc…

Esa paella, sin arroz, y guisada en una olla express, va a tener un sabor repugnante. Será un guiso asqueroso, que se nos servirá después a las personas transexuales para que nos lo comamos, y si nadie lo remedia, nos lo tendremos que comer.

El objetivo real de estas jornadas es precisamente ese. Que las personas transexuales sigamos comiéndonos ese plato deleznable que nos ofrecen en las UTIG. Los expertos autonombrados de siempre (Dr. Becerra, Dr. Cesar Casado, Dra. Esteva, y nuestras “queridísimas” psicólogas, junto con otras adquisiciones que vienen de Europa, y que también llevan años recibiendo fuertes críticas por parte de las personas trans) se reúnen para decir lo que siempre han dicho, y que cuando alguien les discuta puedan esgrimir que sus opiniones estuvieron respaldadas en el 2º Congreso Europeo de Transexualidad, omitiendo, por supuesto, que el respaldo ofrecido por el Congreso, se lo dan ellos a si mismos. Así se justifica que puedan continuar con sus prácticas discriminatorias, violentas, vejatorias, que vulneran los más simples principios de los derechos humanos, que el resto de la población da por hechos.

Hay veces que la gente a la que no conozco me pregunta a qué me dedico, y les digo que paso mucho tiempo trabajando sobre derechos humanos e identidad de género. Como no entienden que significa, les explico que principalmente intento eliminar violaciones de derechos humanos en el acceso a la salud. Entonces, invariablemente, me piden ejemplos, y yo les digo que en Madrid, hay un médico que exige a sus pacientes que se castren como requisito para seguir un tratamiento médico. Cuando lo explico así, se les cambia la cara y alucinan pepinillos. Me preguntan cómo puede ser eso, y yo les digo “porque son transexuales”. Entonces, su cara vuelve a cambiar, porque se les empiezan a remover las ideas. Porque la gran, enorme, casi totalidad de la gente piensa que es natural que una persona transexual sea esterilizada. Que es consecuencia inevitable, y al mismo tiempo, requisito imprescindible, de la transexualidad. Algo completamente normal cuando se piensa en esta gente extraña e incomprensible. Este es el discurso que defienden los “expertos” autonombrados, que el éxito del tratamientos de la transexualidad incluye necesariamente la esterilizanción de la persona. En cambio, basta ponerlo del revés, y explicar que la esterilización se exige a las personas, si son trans, para que a cualquiera se le pongan los pelos de punta, porque eso es una monstruosidad. Y punto.

De modo que los días 4 y 5 de julio habrá en Madrid una reunión de las personas vivas que más daño han hecho y están haciendo a las personas transexuales, en las que tratarán de relegitimar sus posturas brutales intentando perpetuar un modelo de atención que está diseñado para impedir el libre desarrollo de la personalidad de las personas trans, y para beneficiarles a ellos.

Como colofón final, el día 6 julio organizan lo que pomposamente han llamado “III Jornadas de Transexualidad Madrileña”, que le hacen pensar a uno qué considera esta gente como una jornada, ya que únicamente van a durar de 9 de la mañana a 14:00 de la tarde (en la Casa de Vacas de Madrid, por si alguien quiere ir). A mí me parece que eso es, como mucho “media jornada”. A esta “III ½ jornada de Transexualidad Madrileña” sí que pueden ir personas transexuales. Cuando nos enteramos en Conjuntos Difusos – Autonomía Trans (obsérvese que hemos cambiado de nombre) nos hizo tanta ilusión que en seguida les escribimos para inscribirnos, ya que la entrada es libre, pero requiere inscripción previa, ya que el aforo es limitado. Eso fue el día 18 de mayo.

¡Cual no sería nuestra consternación cuando nos llegó un correo, la semana pasada, diciendo que nuestra inscripción no estaba confirmada, porque se había completado el aforo! Lo cierto es que, más que consternados, nos sentimos mosqueados, porque a otro compañero que se apuntó más tarde sí le dijeron que podía ir. Empezamos a preguntarnos si no sería que habían decidido excluirnos de la ½ jornada de transexualidad madrileña (para abreviar, nosotros la llamamos “la becerrada”, por el apellido de uno de los organizadores) porque se sienten un poco molestos con nosotros. Después de todo, Conjuntos Difusos se inscribió como asociación para dar cobertura jurídica a una reclamación presentada ante el Defensor del Pueblo por una vulneración de los Derechos Humanos de una de sus pacientes, que es la co-presidenta de la Asociación.

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Por otra parte, nos parecía difícil de entender que los profesionales de la UTIG, tan profesionales ellos, se tomasen la molestia de vetarnos la entrada a un acto público (discriminación en el acceso a los servicios), que encima está financiado con fondos públicos (es decir, que lo hemos pagado nosotros). De modo que decidimos inscribirnos de manera individual, por aquello de no ponernos a acusar sin tener todos los datos… Y en un par de días, se confirmó nuestra asistencia.

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Así que ahora me seinto despechado, porque con las ganas que tenía de ir, me duele que esta gente no quisiera verme. Es triste, el amor no correspondido. Por otra parte, encuentro halagador que se hayan tomado el trabajo de tratar de impedir que vayamos. Significa que estamos haciendo daño, es decir, que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Eso me anima a continuar en la misma dirección. Y, por último, es de agradecer que cometan un acto tan evidente y fácilmente demostrable de discriminación. Tenemos bastantes pruebas de que esta gente considera que la ley es algo que se aplica sólo a los demás, pero esta ha sido una de las más claras y fáciles de conseguir. La utilizaremos sabiamente.

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Mastectomía bilateral (y IV)

Empiezo contando que ya estoy de alta. La parte buena es que… bueno, que ya estoy de alta, o sea, que estoy bien para trabajar y eso (aunque todavía con leves molestias, pero eso sólo se quita cuando se empieza a hacer vida cotidiana, es una fase que hay que pasar en la mayoría de las cirugías). La parte mala es que tengo menos tiempo para escribir (además, ya mismo empiezan los exámenes de la universidad…). Me faltaba hablar del postoperatorio… Cuando me desperté de la operación tenía una vía en la mano, que me introducía suero (la misma vía a través de la que me pusieron la anestesia), dos drenajes, uno en cada herida, para que fuese saliendo la sangre, y un dolor de garganta importante que era la combinación del incipiente resfriado y la intubación para la anestesia. No me dolía nada más. Me encontraba bien, no tenía esa molesta sensación de resaca que he tenido otras veces al despertar de la antesia… todo estupendo. Unas horas más tarde me dejaron beber una manzanilla que me sentó estupendamente (el otro chico, en cambio, se encontraba un poquito peor que yo y la vomitó… son cosas que dependen de cada persona). También pude cenar (y por una vez, la comida que me pusieron no era repugnante). A mitad de la tarde llegó uno de los momentos cruciales de cualquier post operatorio: la hora de orinar. Quien no se haya operado todavía con anestesia general, no sabrá que una de las cosas más difíciles del mundo es mear después de una operación. Es uno de los efectos de la anestesia, que además está agravado porque normalmente no estás en condiciones de levantarte de la cama, y tienes que hacerlo en una cuña (un orinal, para entendernos). Hasta el día de hoy, yo no he sido capaz de mear tumbado. Así que cuando ya llevaba como media hora con el cacharro puesto debajo del culo, se hizo evidente que me iba a tener que levantar. Se lo comentamos a la enfermera que vino a llevarse el vaso de la manzanilla, quien nos pidió que mejor no me levantara, pero como me encontraba tan bien, decidimos correr el riesgo por nuestra propia cuenta. Lo “gracioso” de los drenajes es que los llevas colgando, como si fueses un árbol de navidad, y si te levantas de la cama, te los tienes que llevar contigo. Por suerte, mi padre ya es un experto en colocar drenajes en el palito que se usa para sujetar el suero, que, por cierto, también llevaba colgando. Con todos mis complementos a cuestas, y la ayuda de mi madre, conseguí llegar al cuarto de baño, sentarme en el trono y allí, con la ayuda del agua del grifo corriendo, conseguí alcanzar el estado de gracia e iluminación que me permitió vaciar la vegiga por fin. Las dos o tres veces siguientes todavía me costó un poco (y tuve que llevar los “adornos”) pero ya fue menos. Me quitaron los drenajes al día siguiente, ya que casi no estaba sangrando. El momento de quitar los drenajes no es doloroso, pero sí que da un poco de impresión, sobre todo el primero, que no conseguí coordinarme con la enfermera en la respiración. En cambio con el segundo sí lo hice bien, y casi ni lo noté. En cambio, de la vía no pude librarme hasta el dia siguiente, y la vía… duele. La vía era en realidad una especie de grifo pequeñito que se conecta directamente a la vena del dorso de la mano, con una aguja muy larga y gordita. Es incómodo de llevar, y como yo soy muy aprensivo, casi prefería ni mirarlo. A veces pensaba “¿y si por accidente me engancho en las sábanas y se abre el grifo…?” pero nunca he oido de nadie que le pasara algo así, por lo que los pensamientos no iban más allá. Lo peor era que, pasadas las primeras horas, la mayor parte del tiempo no hacía falta ponerme medicamentos, pero cuando me los ponían (antibióticos y calmantes para el dolor)… dolía. Podía elegir entre que el gotero fuese despacio, y fuese una molestia leve, pero prolongada, o que el gotero fuese rápido y me doliese más, durante menos tiempo. Una vez me lo pusieron tan rápido que el dolor se extendía hasta el codo, como una aguja que me atravesase por dentro, pero encontré una manera de poner el brazo que me molestaba menos. Así que cuando el médico me dijo que me lo quitaba, no di saltos, porque no podía. El segundo día me dieron de alta. En teoría tenía que estar 5 días, pero yo me encontraba bien, los médicos decían que todo estaba bien, y ni mis padres ni yo teníamos ganas de estar en el hospital si no era estrictamente necesario. Además, empezaba la semana santa e iban a cerrar esa planta para ahorrar. Durante la primera semana en casa de mis padres, no me podía duchar. Me duchaba yo mismo, pero sólo de cintura para abajo. De cintura para arriba me tenía que lavar mi madre. Al final teníamos ya un arte con el lavado de cabeza en el lavabo que daba gusto. El encargado de hacerme las curas era mi padre. Durante la primera semana llevaba dos algodones liados (como si fuese un caracol) sobre los pezones, y los íbamos empapando de betadine. El médico nos dijo que “ahí, ni tocarlo”. Es la zona más delicada, los “injertos”. Un amigo dice que la cirugía moderna consiste, básicamente, en cortar y pegar tejidos, pero a mí me sigue pareciendo alucinante que se pueda coger un pezón, recortarlo, cambiarlo de sitio, coserlo, y que se pegue. Un injerto, en el sentido totalmente tradicional y campestre de la palabra, igual que se hace con los geranios o los rosales. Después de la primera semana, me quitaron los caracoles de los pezones, y unos puntos de papel que llevaba en los cortes de abajo (no lo he explicado, pero me han hecho dos cortes con forma semicircular, desde debajo de la axila, hasta casi el centro del pecho, de unos 20 centímetros cada uno) por lo que ya podía ver la herida. En cambio, me dejaron todos los demás puntos, aunque ya podía empezar a ducharme (sin frotar, sólo dejar correr el agua por encima). El cada pezón llevaba 14 puntos, y en las heridas de abajo, ni idea, porque son puntos intradérmicos, que se hacen con un hilo transparente que parece hilo de pescar, y que puede ser absorbido por el cuerpo. Otra cosa increible, que se puedan hacer puntos por debajo de la piel. Por arriba tenía dos o tres, pero a penas sobresalían. Los pezones estaban negros, pero como al otro chico que se operó a la vez que yo ya le habían avisado de que estarían así, y que luego iban cambiando de color poco a poco, no me preocupé. Mi padre seguía curándome. Me miraba los pezones y ponía mala cara… y yo no me atrevía a preguntar. Yo tenía que hacer el esfuerzo de recordar que el médico y la enfermera se habían echado a reir cuando les pregunté si no se me caerían (a otro amigo, cuando lo preguntó, el médico le dijo “no te preocupes, que si se te caen, no te dolerá”. Que guasón el tipo… y que mala leche. Era un cirujano de Barcelona, pero se diría de Graná, por la mala follá). Empezaron a caerse trocitos negros, que se quedaban pegados a la venda al quitarla, y mi padre seguía poniendo mala cara, hasta que alrededor del día 13, empezó a poner, por fin, buena cara. Según me explicó después, al principio estaba preocupado porque cuando veía que se desprendía algún trocito, debajo estaba todo negro. Era una piel muerta, que no había agarrado todavía. Pero ese día, se desprendió un trocito y salió una gotita de sangre… es decir, que ya había riego sanguineo, es decir, que el tejido estaba vivo. Desde ese momento, debajo de la piel negra que se caía iban apareciendo retalitos rosados. A esas alturas, los puntos me tenían amargado. Seguramente lo habría pasado mucho mejor si no hubiese cogido un resfriado terrible y no me hubiese pasado esas dos semanas con una tos que parecía que iba a echar los pulmones por la boca. Si ya por si solos, los puntos molestan cada día un poco más, cuando tienes tos, mejor ni hablamos. Por fin, a las dos semanas, me quitaron los puntos de los pezones, y me cortaron las partes externas de las suturas intradérmicas, que se aflojaron y dejaron de molestar. A partir de ese día, ya no sólo podía dejarme caer el agua, sino que incluso podía frotar. Me recomendaron echarme vaselina en los pezones, si quería que las costras se me cayesen más rápido (pero no me eché, porque se cayeron muy rápido solas), aceite de rosa mosqueta sobre las cicatrices, y mucha crema hidratante. Descubrí que la crema hidratante me aliviaba los picores que sentía por debajo de la piel, así que me echaba dos veces al día… una maravilla. La faja me molestaba, pero lo cierto es que me sujetaba bastante la zona, y un mes y medio más tarde, me siento más cómodo todavía con ella que sin nada. Al día siguiente de quitarme los puntos, empecé a ir a caminar con mis padres, que todos los días hacen un paseo de una hora hasta el pueblo de al lado. Antes, no me sentía capaz de ir, ya que tenía que caminar con mucho cuidado, porque el simple golpeteo del cuerpo sobre el suelo hacía que los puntos me tirasen, pero en cuanto estuve “libre de ataduras” pensé que me convenía moverme, aunque fuese un poco. Además, el paseo es muy bonito, y en llano, por lo que resulta fácil de hacer. La diferencia de dolor entre el día antes de empezar a caminar y el siguiente día, fue increíble. No me dolía ni la mitad. Así que, como es lógico, me aficioné a los paseos. En cuestión de tres o cuatro días, ya me encontraba muy bien. A partir de ahí la mejora fue tan rápida, que más que de baja, parecía que estaba de vacaciones. Cuando estaba sólo y hacía buen tiempo, me salía un ratito a la amplia terraza del ático, sin camiseta, y simplemente disfrutaba del sol y el aire mientras miraba el mar (sólo unos minutos, eso sí, que el sol no es nada bueno para las cicatrices). Eso sí, no cogía peso, ni movía los brazos. Fue la principal recomendación que me dieron los médicos. Durante la primera semana, por aquello de no molestar, hice pequeños movimientos, como levantar una silla, coger una botella de dos litros, llena… y como resultado, el pecho se me inflamó. Cuando fui a la primera revisión, el médico me explicó que a causa de la operación el músculo se había quedado suelto, y al moverme, formaba agua que se quedaba debajo de la piel. Así que ¡nada de moverse ni de coger peso! ¡Ni siquiera un poco! A partir de ese momento, tuve todavía más cuidado, pero por culpa del líquido, se me empezaron a formar arruguitas de piel alrededor de los cortes de debajo. Al ponerme las vendas de compresión o la faja, la piel, que estaba suelta, se fruncía de manera casi inevitablemente, y se formaba ese fruncido, que se acentuaba por las estrías que tengo en esa zona. Durante la tercera semana el lado derecho del pecho se me empezó a desinflamar, pero la inflamación del lado izquierdo no terminaba de quitarse… debido a que cuando estudiaba, me sujetaba la cabeza con la mano izquierda, y ese pequeño gesto, me estaba fastidiando. Al bajarse la inflamación, las arrugas del lado derecho se quitaron, y se quedó perfecto, pero la arruga más profunda del lado izquierdo, permanecía. Empezaba a pensar que se quedaría así, hasta que ayer (¡seis semanas después de la operación!) me di cuenta de que la inflamación de esa zona también está bajando y se está quedando también bien ¡Menos mal! En cuanto a las cicatrices… Los pezones, al principio, se me quedaron de dos colores, rosa clarito, y el color normal. Poco a poco el color se va igualando, y en los bordes… ¡No se ve nada! Ni siquiera se ven los típicos agujeritos que dejan los puntos. Debían estar cosidos justo, justo en el borde, o qué se yo… porque no me lo explico. No se ve nada de nada… Las cicatrices de abajo todavía están muy rojas, pero parece que apenas se han ensanchado (las cicatrices, una vez curadas, pueden ensancharse, a veces incluso un centímetro, haciéndose más visibles. Usar la faja durante dos meses reduce el ensanchamiento al mínimo), por lo que es posible que a la larga se vuelvan casi invisibles. Debajo de la axila izquierda sí que se me ha ensanchado un poco (por si alguien se lo está preguntando, soy ambidiestro con preferencia por la diestra, así que uso ambos brazos más o menos por igual). Un mes justo después de la operación, regresé al trabajo, y aunque al principio me cansaba o me resentía de hacer las cosas normales (limpiar, colocar, etc…), cada día he estado mejor que el anterior, y ahora prácticamente ya no tengo más que una ligera molestia de cuando en cuando.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

Tres semanas después de la operación.

Tres semanas después de la operación.

6 semanas tras la operación

6 semanas después de la operación

 

 

 

 

 

 

 

Los consejos que daría a alguien que se vaya a operar serían:

  • Los pezones no se caen.
  • No muevas los brazos. En serio, no los muevas.
  • En cuanto te sea posible, ponte mucha crema hidratante por todo el pecho.
  • Lleva la faja durante dos meses, si te es posible.

Estoy muy contento del resultado, y creo que los cirujanos del Carlos Haya no tienen nada que envidiarle a ninguno de los supuestos “mejores cirujanos” de España. El único motivo para operarse por privado es, en mi opinión, no estar dispuesto a esperar los dos años de lista de espera, y no querer pasar por toda la tortura y humillaciones previas en la UTIG (también conocidas como “evaluación psicológica”). Bueno, y tener dinero para pagarse la operación, claro está, aunque ese que no es mi caso.

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Mastectomía bilateral: ahora sí hablo de la operación (III)

La operación fue el 20 de marzo. Me desperté sobre las 8 u 8:30, que la hora a la que las enfermeras empiezan a pasarse por las habitaciones. Termómetro, tensión arterial, desayuno… no desayuno tú no, que te van a operar. Podría haber mirado la hora, pero no quise saberla. No quería estar contando los minutos que faltaban hasta el incierto momento de mi entrada en el quirófano (y preocupándome por si mis padres podrían llegar a tiempo o no), así que preferí mantenerme en la ignorancia.

2013-03-18 Hospital

La habitación del hospital vista desde mi cama

Esa noche dormí como un tronco a pesar de que en el hospital, por la noche, hacía demasiado calor (o eso pensé yo las dos noches que pasé antes de operarme. Sin embargo, después de operarme, no volví a notar más el calor. Supongo que por eso los hospitales están tan calientes… un día tengo que preguntárselo a alguien que sepa de estas cosas). El diazepan que me recetó la anestesióloga hizo su trabajo. El único problema era que me desperté con un poco de malestar general, y me dolía la garganta. Me estaba empezando a acatarrar. «Anda que si ahora me mandan otra vez para casa, y el mes que viene vuelta a empezar todo el lío…», pensé para mí. Luego decidí dejar de pensar chorradas.

De repente, la habitación se llenó de gente. Claro, tampoco es que fuese una habitación palaciega, sino que era más bien pequeña (aunque suficientemente grande para alojar a dos enfermos con un máximo de dos visitas. A la gente le gusta que las habitaciones de los hospitales sean muy grandes… Nunca he entendido por qué ¿piensan ponerse a bailar ahí dentro, con las vías enganchadas y los drenajes colgando?). En realidad eran 3 ó 4 personas, que, además, tenían un poco de prisa. Me hicieron volver a firmar el consentimiento informado de la anestesia… yo les expliqué que no, que esa era una copia en blanco que me habían dejado para que la leyese tranquilamente, pero la enfermera insistía «¿Ves? Aquí pone que lo tiene que firmar el paciente», así que volví a firmar, porque me costaba menos trabajo y por tener dos consentimientos en vez de uno, no pasa nada. «¿No llevas nada, nada más que el pijama?», preguntaron. «No», respondí yo. Ya me habían avisado la noche de antes que para la operación no podía llevar más que el pijama del hospital. Ni calzoncillos, ni nada. Lo bueno es que como ya he pasado por tres operaciones, tengo experiencia en estas lides, y sé que no se puede llevar ropa interior, porque estorba a la hora de ponerte una sonda para la orina. Así que no llevaba nada. Se siente uno un poco violento al ir sin calzoncillos o bragas por la vida, pero lo que me incomodaba de verdad era haber tenido que quitarme la camiseta para disimular el pecho, ya que las camisas del pijama del hospital no están hechas para gente que tenga tetas, y parecía que se fueran a salir de un momento a otro. Me sentía muy violento. A mis padres no les dio tiempo a llegar (por tan sólo 10 minutos).

Luego, el paseo en la cama hasta el quirófano. Es una manía mía, pero a mí ese momento me resulta aterrador. Nunca puedo evitar pensar que podría ir al quirófano por mi propio pie y darme ese último paseo, pero me llevan en la cama para tenerla preparada, ya que a partir de que me tumbe en la camilla del quirófano, voy a pasarme un buen tiempo sin poder volver a moverme. Si en algún momento soy consciente de la buena salud de que disfruto, es cuando estoy subido a una cama, de viaje hacia el quirófano (y eso que cuando va uno al quirófano es, precisamente, porque no está muy bien de salud).

El quirófano también estaba lleno de gente. Recordé que cuando me operé del estómago, en un hospital privado, el quirófano era mucho más pequeño, y había la mitad de personas, aunque la operación era muchísimo más compleja y peligrosa (además, las enfermeras que estuvieron, era la primera vez que participaban en una operación así, y lo consideraban prácticamente un honor, por las conversaciones que fui escuchando los días siguientes). Mientras toda aquella gente se dedicaba a sus cosas, el cirujano (luego supe que el Dr. Lara, pero en aquel momento yo no tenía ni idea de quien me iba a cortar y sacarme un par de buenos trozos del cuerpo) empezó a hacerme los dibujos de la operación. Sobre el pecho desnudo, obviamente. Es decir, sobre las tetas. Aunque, la verdad, sentía tanta curiosidad, que no me resultó incómodo ni vergonzoso. Luego, de paso, anotó otras cosas:

– ¿Cuanto mides? – preguntó

– 1,68

Con el rotulador anotó 1,68 un poquito más abajo de la clavícula.

– ¿Y cuanto pesas?

– 88 kilos – digo yo que habría sido más fiable que me pesaran ellos. El cirujano anotó 88kg bajo el dato anterior.  Y alguna cosa más anotaría, porque cuando me desperté tenía el pecho lleno de números. Parecía una pizarra.

Mientras, escuchaba a dos personas hacer en voz alta los cálculos de la anestesia que me iban a poner. Se los decían el uno al otro, y luego los repetían, varias veces. No sabía si sentirme inseguro porque tuviesen que repetirlos tanto, o sentirme tranquilo porque los estaban repasando bien. Decidí sentirme tranquilo, aunque sólo fuera que cuatro ojos ven más que dos.

Luego me fui a la camilla. Me tomaron la vía en el dorso de la mano izquierda, y me dolió (no mucho, pero sí que me dolió). Luego me introdujeron algún líquido (supongo que sería la anestesia). Pensé «no voy a quejarme, no voy a quejarme»… pero al final me quejé. Aquello dolía como su puta madre («¿Qué?» preguntó el anestesista, al escuchar mi referencia a la puta madre, alzando un poco las cejas. Era un señor mayor con la barba muy poblada. «Que duele mucho», aclaré yo. «Ah, sí, se nota bastante al entrar, pero no te preocupes, que enseguida se te pasa», y siguió a lo suyo. Al pobre le deben haber dicho ya de todo.) Mi recomendación es que si alguna vez os tenéis que quejar en un quirófano, no hagáis como yo. El clásico «ay, ay, ay», es muchísimo mejor y más elegante.

Alguien me puso una mascarilla. «Tranquilo, que es sólo oxígeno. Respira hondo.» Yo pensé para mí que eso no era oxígeno ni de coña, pero respiré hondo igual, porque lo que uno quiere cuando le van a operar, es estar bien anestesiado y no notar el dolor. Después de eso, fundido en negro.

Soñé algo, pero no recuerdo qué. Cuando las enfermeras me despertaron, ya estaba en la sala de reanimación. En mi sueño, soñaba que tenía que hacer algo, pero no sé el qué, y me desperté con la sensación de que tenía que ir a alguna parte. Sin embargo, en cuanto desperté, sabía donde estaba. Pregunté la hora, y me dijeron que eran las 11:45. Hice el cálculo mental: aproximadamente dos horas y media de operación. Todo había ido bien y estaba vivo. Además, no me habían puesto la dichosa sonda de la orina, que es una cosa muy desagradable, y me regocijé por ello.

Siempre que me despierto de una anestesia, pregunto qué hora es y calculo cuanto ha durado la operación. No sé por qué lo hago, pero sé que en ese momento, conocer la hora es algo muy importante para mí.

Estuve aproximadamente una hora y cuarto en la sala de reanimación. Lo normal es entre hora y media y dos horas, pero yo estaba totalmente despierto al cabo de un ratito. Supongo que los enfermeros, para esas cosas, se guian por criterios objetivos de pulso y tensión arterial. Yo sólo sé que cuando me sacaron de allí estaba perfectamente bien y aburrido como una ostra de mirar el techo.

Por fin pude ver a mis padres, que me dijeron que el compañero les contó que habían llegado tarde por diez minutos. Esperaron hasta que el cirujano les dijo que todo había salido bien, y se fueron a comer mientras yo estaba en reanimación. Les conté las pruebas que me habían hecho. Hablamos de tonterías. Yo estaba perfectamente. Al cabo de un rato, llegó la madre del otro chico, que ya había entrado en el quirófano, y también hablamos. Le dije que estaba bien, que no me dolía nada (no me dolía nada) y ella se puso muy contenta al ver que me encontraba tan bien. Luego llegó otra amiga, que trabaja de enfermera en el hospital, y también hablamos. «¡Qué bien estás! ¡Qué buena cara tienes!»

Fue increible. Las otras veces que me he operado, me desperté fatal de la anestesia. Nunca he tenido nauseas, ni vómitos, pero sí la peor resaca de mi vida. Claro que las otras veces yo pesaba 140kg, y me tuvieron que poner una dosis de anestesia para caballos. Supongo que por eso esta vez estaba mejor… ¡Pero es que estaba muy bien! A media tarde, me dejaron beber una manzanilla, a ver si toleraba el líquido. Me sentó estupendamente.

Por supuesto, miré hacia abajo, a ver cómo me había quedado. Fue lo primero que hice en cuanto mi madre me subió un poco el respaldo de la cama. Hasta aquel momento, yo había leído en foros, y visto en reportajes (ahora alguien me dirá que tal vez veo demasiados reportajes) las experiencias de gente que se había operado, lo que decían que habían sentido después de la operación, tan maravilloso… Reconozco que cuando miré hacia abajo por primera vez lo hice con la ilusión de caer en una experiencia de éxtasis teresiano. Menudo chasco. Con tantas vendas como tenía en la zona, hacía tanto bulto que la apariencia era exactamente la misma que  lo que veía cuando llevaba la camiseta compresora. Más tarde, ya en la noche, pregunté al chico de la otra habitación como se veía, y me dijo lo mismo, que con tantas vendas, se veía igual que antes (obviamente, le pregunté por whatsapp, claro, porque no estaba par ir dándome paseos por allí).

Sin embargo, todo llega. Fue varios días más tarde, cuando ya me pude empezar a duchar. Con el pecho inflamado, los pezones negros, los cortes como dos sonrisas macabras en mitad del torso, la piel fruncida alrededor de los puntos a causa de la inflamación y de la presión de las vendas (tenía mis dudas de que eso fuese a quedar bien, pero ahora empiezo a estar más tranquilo), me metí por primera vez en la ducha, y al hacer el gesto de inclinarme al por el jabón, y echar en falta el peso y el movimiento de las tetas… en ese momento sentí tanto alivio que pensé que me daba igual que se quedara bien o mal. Aunque me hubiesen puesto un pezón delante y el otro en la espalda, me habría importado un bledo.

A eso llegaré en la próxima entrada (¡Paciencia! ¡Creo que ya será la última sobre el tema!).

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Mastectomía bilateral, también conocida como la operación para quitarte las tetas (II)

En la entrada anterior estaba yo saliendo de la consulta de la anestesista (o anestesióloga, no sé como se dice), y me he dado cuenta de que olvidé una parte importante. Como ya comenté, en un momento dado, mi habitación se llenó de médicos (y estudiantes) que venían a ver a mi compañero de habitación, momento en el que yo salí corriendo y aproveché para afeitarme el pecho. Cuando salí, me senté un rato a hacer sudokus (las mañanas sin hacer nada en un hospital, cuando uno está sano, dan tiempo para hacer muchas cosas), y mi compañero de habitación empezó a maldecir, en español, a través de la cortina separadora, que estaba echada. «Hijos de puta», decía, «uno trabajando y 20 mirando, así va España», añadía, «mucho bla, bla, bla, y ninguno sabe», «cabrones», hijos de puta…» y así, hasta que finalmente acabamos trabando conversación, porque, evidentemente ese día tenía ganas de hablar (hasta entonces no se había dirigido a mí ni una vez en 20 horas), y yo también. Muy pronto entendí dos cosas: que tenía motivos para estar indignado, y que yo nunca me voy a hacer una faloplastia. Resulta que este hombre trabajaba en la obra y debido a un accidente laboral se partió la pierna en 2007. Primero le enderezaron el hueso y le pusieron una escayola, pero no se quedó bien. Luego le hicieron injertos de hueso, tomando trozos de hueso de la cadera y poniéndoselo en la pierna, pero seguía sin soldar. Después, el músculo se le empezó a consumir, hasta que la piel le quedó totalmente pegada al hueso… Un horror. En otra época, o en otro país, le habrían tenido que cortar la pierna y ya está, pero hoy en día la medicina avanza que es una barbaridad, y en lugar de eso, le cogieron un trozo de músculo de la pierna («un filete» según el médico. La mujer de este señor decía que aquello parecía que le habían puesto una pechuga de pollo ahí pegada en la pierna), se lo conectaron a los vasos sanguineos que ya tenía, y se lo agarraron todo con una especie de torno metálico para que no se le moviese la pierna, a ver si mientras tanto se le iba pegando. «¡Eso es lo que hacen en las operaciones de faloplastia!», pensé para mí. Cogen un trozo de músculo (a veces de la pierna, a veces del abdomen), una vena y una arteria, un trozo de piel (generalmente del antebrazo, aunque algunos cirujanos lo toman de otros sitios), y lo cosen todo a ver si se pega. Pero el relato de mi compañero no acababa ahí. Resulta que desde su cama se veía perfectamente el paso de los cadáveres a la morgue. El día de antes de que le operasen, habían pasado 23. Al día siguiente lo metieron en el quirófano y estuvo ahí durante 13 horas. Durante todo ese tiempo, su mujer le esperó en la habitación. Nadie le dio información de si él estaba bien o estaba mal, y la pobre se quería morir de la desesperación. De eso ya había pasado una semana, y esa mañana, cuando entró la legión de médicos a verle la pierna él les dijo «la pierna está fatal». Le destaparon la herida, y cada uno dio su opinión, que, al parecer, no se correspondía con lo que el cirujano que le operó le había contado. Lo peor es que la pierna estaba fatal de verdad. Tras preguntarme si quería verla, se levantó la sábana, y me mostró una pierna inflamadísima, completamente roja de sangre acumulada bajo la piel, que eso parecía cualquier cosa menos una pierna. Y en el muslo, una cicatriz cerrada con grapas, de un palmo de longitud. No me extraña que el pobre estuviese indignado, enfadado y desesperado. Luego su médico llegó, le tranquilizó, y respondió a todas sus preguntas, dejándolo un poco más calmado. A mí esa visión de la pierna con su filete injertado, ahí, toda ensangrentada, y el comentario del médico «cuando te lleven en camilla o te muevan la pierna para hacerte la radiografía, tú di que lo hagan muy despacio, a cámara lenta, a ver si se va a despegar el filete»… ¡Dejar que me hagan eso a mí, y en una zona tan delicada! ¡Ni de coña! Después me fui a la anestesista, y cuando volví, abrí la puerta y me encontré a dos enfermeras curándole la pierna al pobre hombre. Una visión espantosa, de la herida de la pierna espachurrada por abajo con el torno, con los bordes abiertos por arriba como si fuesen los labios de una boca gigante, probablemente para dejar salir la sangre y todos los fluidos que el cuerpo supura en estos casos. Cerré la puerta inmediatamente y corrí a la habitación 130 a refugiarme con el otro chico que se iba a operar de mastectomía. Leímos juntos el consentimiento informado de la anestesia (tres folios), volví a mi habitación, abrí la puerta, y me encontré de nuevo con la misma imagen horrible. Cerré corriendo y me refugié de nuevo en la habitación 130. Llegó la madre del otro muchacho, que me estuvo contando de la lucha que ha tenido para que se respete la identidad de género de su hijo. Volví a mi habitación, abrí la puerta con precaución esta vez, y ahí seguían liadas las dos enfermeras (¿es que no iban a terminar nunca?), regresé corriendo a la otra habitación, y ya no me volví a ir hasta la hora que empezaron a llevar la comida, cuando, por fin, la pierna de mi compañero de habitación ya debía estar en perfecto estado de revista, convenientemente envuelta en gasas y vendas. Aún así, cada día, por la mañana, cuando le cambiaban las sábana, yo veía se salían completamente manchadas de la supuración de la pierna.

No me hago una faloplastia ni de coña, al menos con la información que tengo. Una de las cosas que me fastidian de las personas trans que se operan, es que no hablan del dolor, ni de las complicaciones, ni de nada. Cuando las ves en uno de esos documentales, explican con una mirada beatífica lo felices que están de haberse operado. Como el reportaje que vi una vez, en que el Dr. Mañero operaba a un chico trans, y cuando le preguntaban que qué tal, él, con los ojos brillantes y su brazo en cabestrillo, respondía que estaba muy contento con lo que le había hecho el doctor. O una entrevista a Balian Buschbaum, en la que cuando le preguntaban por este tema venía a decir algo así como «me desperté junto a la gente a la que quiero y una estupenda erección ¿se puede pedir más?» (en aquel momento no se me ocurrió guardar el enlace a la entrevista, pero me parece un poco raro que se despertara junto a alguien conocido. Yo, siempre que me he operado, me he despertado junto a una enfermera que trataba de hacerme reaccionar de manera más o menos enérgica, y con bastante malestar, como si me hubiese tirado toda la noche de juerga). Vale, cada uno, cuando le preguntan, habla de lo que quiere, y supongo que en la tele no vas a decir «estuve meando a través de un tubo que me salía de la parte del cuerpo tal, mientras se curaba la estensión de la uretra», pero estaría bien que sí pusiesen la información en algún sitio, digo yo, aunque fuese de forma anónima. En plan «llevo dos semanas sin poder mover el brazo por culpa del trozo de piel que me arrancaron, y ahora que me está empezando a crecer de nuevo, pica un montón». No sé, algo así.

Volviendo al tema, la tarde transcurrió tranquilamente, y todavía no sabía a qué hora me iba a operar. «Cuando venga la enfermera a ponerte el cartel de ‘en ayunas’, ya te lo dirá», me decían las enfermeras que se pasaban por la habitación. «Aquí nadie dice nada», opinaba la mujer de mi compañero de habitación, que ya se podría decir que era bastante veterana.

Gremlin en ayunas a partir de las 12 de la noche

Gremlin en ayunas a partir de las 12 de la noche

Un poco antes de la cena (sobre las 8 de la tarde), una enfermera jovencita vino a ponerme el cartel de «en ayunas».

– Puedes comer hasta las 12 – me explicó – pero después ya no puedes comer más, ni beber agua.

– ¡Como los gremnlins! – le dije yo.

– ¿Qué? – respondió la enfermera, que no tenía ni puñetera idea de lo que estaba diciéndole.

Le expliqué que los gremnlins eran unos bichos de una película que no se pueden mojar, ni comer después de las 12 de la noche, ella me siguió la corriente como a los locos, y continuó con su trabajo, muy profesional. En esos momentos, uno descubre que está empezando a envejecer, y que ya hay gente con edad suficiente para desconocerlo todo de las películas que marcaron a toda su generación, y que al mismo tiempo tienen edad suficiente para ejercer profesiones de responsabilidad como la enfermería. Ay. Y cada día tengo más canas.

Volví a tratar de enterarme de a qué hora me operaba. La enfermera me explicó que sería el segundo en entrar al quirófano… es decir, que me operarían cuando acabasen con el primero. Una explicación aplastántemente lógica, pero completamente inútil a efectos de saber a qué hora tenían que llegar mis padres. Como el horario de una tienda que había cerca de mi casa que decía «abrimos cuando llegamos, y cerramos cuando nos vamos».

Aún así, supuse que antes que yo, entraría el otro chico. O sea, que yo entraría en quirófano sobre las 11:30, y mis padres tendrían tiempo de llegar sobradamente. Les llamé y se lo dije. Luego fui a la otra habitación a comentarlo con él, que me dio otra información distinta: él iba a entrar el tercero en el quirófano, es decir que yo iba delante, y sería el que entraría sobre las 9:15. Así que volví a llamar a mis padres, y nos dimos cuenta de que sería muy difícil de que llegasen a tiempo para estar antes de que entrase al quirófano. Claro que tampoco tenía mucha importancia. Bueno, a nivel sentimental, un poco de importancia sí que tenía, pero vamos tampoco es que se fuese a hundir el mundo ni nada de eso.

Antes de irme a dormir, sobre las 23:30, pasaron las enfermeras ofreciendo un poco de leche, infusiones y cosas así (lo hacían todas las noches), y de paso las medicinas que correspondiesen a cada cual. A mí la anestesista me había recetado omeprazol (para la úlcera, que últimamente me está molestando un poco, y especialmente cuando tengo el estómago muy vacío) y un diazepan para que durmiese más tranquilo. Yo nunca había tomado diazepan, y la verdad es que sí estaba un poco nervioso. La pastillita no me dejó grogui como yo pensaba, pero sí que me ayudó para dormir bien.

(Y en la próxima entrega… la operación por fin ¿Llegarán mis padres a tiempo? ¿Me convertiré en gremnlin malvado? ¿Aprenderé a resumir un poquito más y no enrollarme como una persiana? La respuesta, en el próximo capítulo de «como me operé de las tetas»).

 

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Mastectomía bilateral, también conocida como la operación para quitarte las tetas (I)

Me llamaron por teléfono para avisarme de que había un quirófano libre cuatro días antes de ingresar. Fue el día 14 de marzo (sobre los nervios que me entraron y demás preparativos, ya hablé en esta entrada). Tenía que ingresar el día 18, pero no me operaban hasta el día 20, lo que suponía estar un día y medio antes en el hospital. Después de hablarlo con mi madre, decidimos que lo mejor era que fuese yo solo, y ya vendría ella el día 20, porque, la verdad, no sé qué pintamos toda la familia allí, en el hospital, mirándonos las caras durante dos días.

Para ir, cogí el autobús. Normalmente voy a Málaga con mi coche, porque el autobús Motril-Málaga pertenece a la línea «Almería-Algeciras» y va parando en muchos pueblos. Elegí el más directo, que sale de Motril a las 10:00 y llega a Málaga sobre las 12:30 (en coche, en cambio, tardo sólo una hora en llegar, dependiendo del tráfico que encuentre). De paso, aproveché para quedar a comer con una amiga que vive a 5 minutos del hospital, y que me trató a cuerpo de rey (los tortellini a la carbonara más buenos del mundo). Menos mal, porque esa misma noche descubriría que la comida que ponen en el hospital no está muy buena que digamos.

Llegué al hospital a las 4 de la tarde en punto, tal y como me habían dicho, al Pabellón B, planta primera, cirugía plástica, aunque nada más entrar al pabellón vi una oficina que ponía «admisiones», y pensé que lo primero que tenía que hacer era pasarme por allí. Una señora me preguntó el nombre, lo buscó en la lista y… No estaba.

Creo que no puse mucha cara de espanto. Al menos, intenté no poner mucha cara de espanto ¿Se habían equivocado al llamarme y darme cita? ¿Se había cancelado la operación y no me había avisado nadie? ¿Me había equivocado yo de día? Horror y terror. La señora me indicó que subiera a la planta de cirugía plástica y pidiese allí una orden de ingreso, y luego la bajara. Por la forma en que lo dijo, me dio la impresión de que no es algo poco habitual que una persona llegue a ingresar y en admisión no tengan la orden de ingreso. No es de extrañar, ya que en un hospital tan  grande debe ser más o menos sencillo que se te «escape» algún paciente. A veces también ocurre en los hoteles, aunque los hoteles suelen ser más eficientes en ese sentido ya que, después de todo, su trabajo consiste en hacer ese tipo de cosas, mientras que el trabajo de los hospitales suele ser cuidar la salud de la gente.

Con el corazón en un puño, subí a la planta de cirugía plástica, y allí me localizaron muy rápidamente (que alivio) y me dijeron que ahora llamaban al encargado de guardia para que hiciera la órden, aunque en ese momento tuve la sensación que de la cosa iba para largo. Empecé esperando de pie, pero al cabo de media hora me dijeron que casi mejor que me fuese a la sala de espera de quirófano, donde podría esperar sentado. Mucho mejor, ya que tardaron casi dos horas en hacer la dichosa orden.

Al principio de la espera, me mosqueé un poco, pero luego me di cuenta que, esperase en la sala de espera del quirófano, o en la habitación, ya no iba a salir del hospital en una buena temporada. No tenía nada qué hacer, ni ningún sitio donde ir, así que… ¿Qué más me daba que tardasen cinco minutos o tres horas? Saqué mi libro electrónico y me puse a leer.

No me llevé el ordenador porque mi madre me advirtió con buen criterio que si la habitación se queda sin vigilancia, cualquiera puede entrar y llevarse lo que sea. De hecho, el libro que me llevé era uno que tenía con pantalla de TFT (un mp5, dicen que se llama) y que ya no uso desde que me compré el Kindle, que es mucho más cómodo para leer. Decidí no llevar libros en papel pensando que después de operarme tal vez no podría levantarlos, por el peso, y fue una buena idea. También pienso que si me hubiese llevado el ordenador, tampoco habría podido usarlo mucho, ya que en la mano izquierda me pusieron una vía súper molesta, pero ya hablaré de eso más adelante.

Finalmente conseguí la orden de ingreso, bajé a admisión, la entregué, me dijeron el número de habitación, y volví a subir. Las habitaciones son dobles y tienen dos sillones para las visitas. Mi compañero de habitación era un marroquí algunos años mayor que yo (andaría por los 40), que en aquel momento charlaba animadamente con su mujer, mientras veían «Sálvame» en Telecinco. Tenía la cortina echada,  y se limitó a saludarme con un gruñido.

La televisión era compartida, y había que pagar (no recuerdo si 2,40€ diarios) para verla. Como él pagaba, él tenía el mando. Si hubiese estado yo sólo, no habría pagado. No veo la televisión ni en mi casa cuando es gratis, como para verla pagando en el hospital. También me daba bastante igual su elección de canales, aunque luego, cuando supe por qué estaba ingresado en el hospital, empezó a darme más igual todavía.

Esa tarde me hicieron un análisis de sangre. Mientras la enfermera hacía la extracción, me contó que en la habitación 130 (la mía era la 128) había otro chico que se iba a operar de lo mismo ¡Qué pena que no nos pudieron poner juntos! Pero no importaba, porque como a mí todavía no me habían operado, podía ir perfectamente a visitarle, aunque no hizo falta, porque un rato más tarde nos llevaron juntos a hacernos una placa de torax, y ahí nos conocimos.

El otro chico es un muchacho de Huelva, muy jovencillo (no daré muchos datos, porque no sé si a él le gustaría) que empezó su proceso a los 14 años, con el apoyo de su familia. La verdad es que me cayó muy bien, y también su madre. Me alegro de haberles conocido a ambos ^_^

Al día siguiente por la mañana, mi habitación se llenó de médicos que venían a ver a mi compañero de habitación. Había tanta gente que me agobié y les pregunté si preferían que me fuese, porque estaban ahí, comentando cosas de la salud del otro hombre, y me sentía invasor de su intimidad. Uno de los médicos me dijo que, de cara a la mastectomía, tenía que afeitarme el pecho, y me sugirió que aprovechase para hacerlo en ese momento. Así que, ni corto ni perezoso, me fui al mostrador a pedir maquinillas de afeitar (yo me olvidé de echar mi neceser, con la maquinilla y el cepillo de dientes). Me dieron dos: una muy buena, que cortaba que daba gusto, y otra malísima. Al otro chico que se iba a operar también se le olvidó la maquinilla de afeitar, y las que le dieron eran de las malas. Moraleja: si te vas a operar, llévate tu maquinilla de afeitar.

Nada más terminar de afeitarme, me hicieron un electrocardiograma, y nos llevaron, al otro chico y a mí, a ver a la anestesista, que nos dijo que todo estaba bien. A aquellas alturas yo todavía no había conseguido enterarme de a qué hora me operaban, y me interesaba para que mis padres pudiesen programarse el viaje. Sin embargo, el otro chico tenía más información. Según le habían dicho, uno entraría en quirófano alrededor de las 9:15, y el otro cuando saliera el primero. Otro amigo me había comentado que es una operación que dura unas tres horas, así que yo eché la siguiente cuenta: si uno entra a las 9 y sale a las 12, el otro entra a las 12 y sale a las 3. Si los médicos entran a trabajar a las 8 de la mañana, pues ya está la jornada laboral completa. Luego se lavan las manos, salen y se van a su casa comer, como cualquier otro funcionario. Supongo que las cosas no serán así (o tal vez sí), pero imaginar que mi operación, tan extraordinaria y trascendental para mí, formaba parte de la rutina diaria del médico, como es para mí vender en mi tienda, me tranquilizó un poco. Lo fastidioso del tema es que toda la información que tenía venía de amigos y conocidos, y no del personal del hospital. A mí me parece que las cosas no se deben hacer así.

Total, que la anestesista me dijo que todo estaba bien, y me dio a firmar el consentimiento informado de la anestesia. Yo le dije que lo quería leer, un poco asustado después de la experiencia de la cita con el cirujano, hace dos años, quien se molestó un poco porque quise leer lo que iba a firmar. Sin embargo esta vez no pasó nada. La anestesista me dijo que no sólo tenía derecho a leerlo, sino que era conveniente que lo leyese. El único problema era que no había tiempo para que lo leyese en la consulta (es un poco largo), y si en vez de firmarlo allí lo firmaba fuera, cabía la posibilidad de que se extraviase y sin consentimiento informado no me podían operar. Así que le pedí que me diese uno en blanco (la idea no fue mía, fue del cirujano aquella vez que fui a verlo). Yo le dejaba su copia firmada, y me llevaba otra para leerla. Después de todo, el consentimiento informado se puede revocar en cualquier momento antes de la operación, así que…

Del resto de las cosas que pasaron antes de la operación (¡Sí! ¡Hay más!) y de lo de después de la operación, seguiré hablando en otra entrada, que esta ya se empieza a alargar un poco ¡Así mantengo la intriga!

 

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Estoy bien

Escribo desde el móvil, así que va a ser una entrada breve. Me operaron el miércoles 20, y me dijeron que estaría ingresado hasta el sábado o domingo, pero me he recuperado muy rápido y el viernes me dieron el alta.

Todavía me queda bastante para recuperarme del todo, y ahora el peligro es que se infecte la herida, pero estoy con mis padres que me cuidan bien (^_^), así que seguro que todo irá evolucionando bien.

No estoy como para ponerme delante del ordenador, y facebook me cansa especialmente, pero volveré cuando pueda.

P.D. Tengo comentarios pendientes de aprobar y responder. También lo haré cuando pueda ¡Muchas gracias!

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