Archivo mensual: agosto 2008

Onomástica (y III)

Sigo dándole vueltas a la cuestión del nombre. Y es que cuando me pongo pesadito…

La otra opción que barajo como nombre, es Jesús. En otra vida, había pensado llamar Jesús a uno de mis hijos varones, en caso de tenerlos. La verdad es que nunca me imaginé de verdad gestando y pariendo a nadie, si no que era más bien una de las obligaciones asociadas a mi condición. Ahora lo tengo más que claro: no voy a parir a los hijos de nadie. Me niego. Inlcuso a pesar del ejemplo de Thomas Beatie (no se si he escrito bien el apellido). Así que mis posibilidades de tener hijos biológicos quedan reducidas a cero.

Podría ocurrir que termine casándome con una mujer que esté dispuesta a pasar por el proceso de inseminación in vitro con tal de gestar y parir sus propios hijos en aras de cumplir con un impulso reproductor que ni comparto ni comprendo, eso que llaman “institno maternal”. Pero supongo que en mi situación lo más normal ser  que acabe adoptando alguna criatura, y en esos casos, además de gestada, parida, y un tanto crecidita (esas noches sin dormir que te ahorras, sin hablar del odioso cambio de pañales), te la suelen dar con el nombre ya puesto. Así que mejor me voy olvidando de ponerle Jesús de nombre a nadie que no sea a mí mismo.

La idea de ponerle a alguien Jesús, no es por mi devoción hacia el supuesto hijo de Dios, según la doctrina Cristiana, si no porque mis dos abuelos se llamaban Jesús. Y ambos fueron peculiares y admirables a su manera. Sería un honor llamarme como ellos, en su recuerdo.

Después hay opcciones menos firmes, y ya entramos en el terreno de la broma. Por ejemplo, si quisiera mantener la fecha de mi Onomástica, que resulta muy útil porque es justo siete días antes de mi cumpleaños, y sirve como recordatorio, podría elegir llamarme Agapito. El día de Santa Elena, también se celebra San Agapito. ­Menos mal que en el calendario que miraron mis padres no venía San Agapito, si no Santa Elena! Si me llegan a poner Agapita, me tiro por un puente.

Lo malo de Agapito es que es un nombre feo con avaricia, así que creo que puedo descartarlo. Podría usar los mismos par metros que usaron mis padres para ponerme nombre, pero esta vez con los datos correctos. Es decir, fecha de nacimiento, 25 de agosto, sexo varón. Es el día de San Bernardo.

Bernardo es un nombre que no est  mal, pero no puedo evitar que me evoque la imagen de un perro lanudo con un barrilito de whisky colgado al cuello. La verdad es que los perros San Bernardo son muy leales, valientes e incluso heroicos, así que no est  mal. Pero yo ya soy suficientemente perro sin necesidad de ese nombre.

Otras posibilidades… Aprovechando que soy friki, podría ponerme un nombre friki. Gary, en honor a Gary Gigax, uno de los padres del rol. Pero me gustan los nombres acabados en “o” (de ahí que Jesús esté el segundo en mi lista). Salvador, como el protagonista de mi primer libro. O Nadriorfin, que es el nombre de uno de mis personajes en el Neverwinters Night. Bien, creo que Nadriorfin queda descartado por ridículamente largo, y por exceso de uso.

Guillermo estaría también en la lista, muy, muy atrás, en honor al Almirante Bill Adama, de la serie “Galáctica”. Paris, porque está relacionado con el nombre que me pusieron mis padres; recordemos que él fue quién inició la guerra de Troya a causa de su amor por Helena. Pero todo el mundo iba a pensar inmediatamente en Paris Hilton, así que ese también está descartado.

De momento, y hasta futuras consultas, creo que me quedo con Pablo. Espero que dentro de no mucho tiempo podré celebrar mi Onomástica el día correspondiente. El 29 de Junio, creo que es. Ahora que lo pienso, no se si coincide con el santo de mi madre… Sea como sea, está claro que seguiré pasando calor en el día de mi Onomástica. Que cruz.

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Onomástica (II)

San Pablo (El Greco)

San Pablo (El Greco)

Como ya comenté en la entrada anterior, estoy buscándome un nombre nuevo, y no es cosa fácil. A la mayoría de la gente se lo escogen, y aunque a veces les hacen la putada de ponerles nombres horribles (Fulgencio, Agapito, Cayetano, Angustias, Raimundo, Judith del Rocío y cosas peores), lo cierto es que los padres nos quitan una gran responsabilidad.

Ahora mismo el nombre que más me gusta, y el que me gustaría quedarme, es Pablo. Hace ya mucho tiempo que siento ese nombre como mío, y tengo que reconocer que aún no he encontrado explicación para ello. Por una parte, me gusta el sonido. Dos sílabas que fluyen con suavidad entre los dientes, sin deslizarse. Suavidad y firmeza, es un sonido que me gusta.

Después está la referencia a San Pablo. San Pablo y Abraham son dos de mis ídolos (junto con Isaac Asimov, George R.R. Martin, y, las número uno del ranking, Juana de Arco e Isabel la Católica, que por ser mujeres lo tuvieron más difícil). Considero que estos dos hombres son dos de los más influyentes de la historia. Abraham es el padre de la Biblia, libro sagrado del que nacieron tres de las grandes religiones que rigen el mundo: Judaismo, Cristianismo e Islam. ¿Cómo sería el mundo hoy en día si no hubiese existido Abraham o alguien que pusiera la semilla necesaria para lograr que una religión de pastores tomase cuerpo y guiase los destinos de un pueblo entero? Es imposible imaginarlo. San Pablo hizo un trabajo similar con el cristianismo. Con sus cartas transformó las ideas sueltas de una secta judaica dispersa en una religión completa que, posteriormente, se extendería por todo el mundo hasta límites más allá de la imaginación de sus propios fundadores. Si no hubiese existido San Pablo, es posible que nadie supiese nada del tipo aquel llamado Jesús de Nazaret, que hacía cosas tan deliciosas como convertir el agua en vino o sacar un banquete de siete panes y siete peces.

Lo más importante de estos dos hombres, Abraham y San Pablo, es que lograron extender su influencia usando tan sólo el poder de la palabra. Es cierto que ambos nacieron en familias bien situadas (Abraham era un patriarca, y San Pedro, noble) lo que les dio acceso a los medios necesarios para poder ejercer su influencia, pero también es verdad que otros de cuna mucho más alta que ellos tuvieron que recurrir a las armas para conseguir mucho menos.

A mi me gustaría poder emularlos, y que mis escritos tuviesen una influencia global, tanto en la sociedad presente como en la futura, aunque me temo que tendré mucha suerte si consigo publicar algo en alguna editorial desconocida, o si consigo que al menos alguien venga a leer este blog.

También es verdad que San Pablo murió decapitado. No me gustaría emularlo en este sentido.

La cuestión es que a mi madre el nombre de Pablo no le gusta. Aun no he hablado con ella sobre la cuestión de mi identidad de género, así que el asunto del nombre, por supuesto, tampoco está tratado. Pero sí que la he sondeado, y sé que ese nombre en concreto no le agrada. Así que he empezado a barajar otras opciones.

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Onomástica (I)

Santa Elena con la Cruz

Santa Elena con la Cruz

Se supone que hoy es el día de mi santo. O de mi santa.

El día del santo, la onomástica, se celebra en honor de la persona en honor de la que, en teoría, llevas el nombre. En mi caso, Santa Elena fue la madre del emperador Constantino, que instauró el cristianismo en todo el imperio romano. Además de parir a tan insigne varón, esta señora se dedicó a realizar excavaciones en Tierra Santa, y se dice que encontró la Vera Cruz. La verdad, debió hacer un gran trabajo, pues hoy en día se considera que existen suficientes fragmentos de la Vera Cruz diseminados en el mundo como para construir varias cruces.

Antes de seguir escribiendo, tengo que decir que yo no soy católico. Aún no he apostatado, pero todo se andará. De hecho, desde el mismo día en que la Iglesia Católica organizó una manifestación en contra de MIS derechos civiles (hablo de la manifestación en contra del matrimonio entre homosexuales) los considero mis enemigos directos.

Sin embargo, sí que celebro el día de mi santo, al igual que celebro la Navidad, el Día de la Virgen (15 de Agosto), San Juan, y alguna fecha más que ahora no me viene a la memoria. Es porque pienso que la vida ya es suficientemente dura como para encima rechazar ocasiones de celebrar cosas. Cualquier excusa es buena para hacer una fiesta. Cuantas más fiestas mejor. Esa es parte de mi filosofía, y la aplico con entusiasmo.

Así que hoy, coincidiendo con mi supuesta onomástica, quiero hacer una reflexión sobre el asunto del nombre. Mis padres me pusieron Elena porque, según las ecografías, lo que venía era una niña. Como no se ponían de acuerdo en lo referente a que nombre escoger para mi, recurrieron al calendario, pues se pensaban que nacería el 18 de agosto, y vieron que el santo de ese día era Santa Elena.

Pero los médicos se equivocaron doblemente. Por una parte se equivocaron de día; nací justo una semana más tarde, vago que es uno para todo. Y después, se equivocaron de género. De modo que al final, me quedé con un nombre totalmente equivocado, pues al final no coincide con los dos parámetros de búsqueda que usaron mis padres para escogerlo. Ya se nota que por aquel entonces no existía Google.

Ahora, muchos años más tarde (demasiados, me temo), sigo respondiendo a ese nombre erróneo de Elena, pero he empezado a buscar uno nuevo. Actualmente me quedo con Pablo, por varias razones que explicaré más adelante, pero estoy barajando diversas posibilidades más en función de varios parámetros distintos.

Al final, seguro que me quedo con el nombre más estúpido del mundo: “Nadriorfin”.

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Al final, las cosas claras.

Al final no he tenido más remedio que decirle a mi novio la decisión que he tomado. Por un momento pensé que se moría, de verdad.

Saber que lo perderé es una tortura.

No quiero escribir más sobre esto.

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