Archivo mensual: septiembre 2010

Tranquilidad.

Voy a Granada y quedo con un amigo al que hacía meses que no veía y me presenta a un montón de gente. No hay malos entendidos, nadie me toma por una chica, no necesito explicar quien soy, excepto cuando me presenta a un chico que se acerca para darme dos besos. Yo reacciono tendiéndole la mano de manera bastante firme, y al final nos saludamos de esa manera.

Un momento más tarde, sobre el sonido de la música del pub, escucho que el chico dice: «lo que pasa es que soy gay, yo doy besos a todo el mundo». Yo podría haberme acercado y haberle explicado entonces: «lo que pasa es que soy trans, y cuando un hombre me quiere saludar dándome dos besos, significa que me ha reconocido como tía, cosa que no me gusta».

El resto de la noche, el chico procura mantenerse a una prudente distancia de donde yo estoy, y en realidad, no se relaciona más que con una chica, que debe ser la que le ha invitado a ir al pub. Entiendo que me percibe como a otro hetero más. Se me hace raro, por una parte, porque no lo soy, por otra parte, porque… supongo que no estoy acostumbrado.

Cuando camino por la calle, voy a tiendas, pregunto una dirección a un desconocido o me presentan a alguien, ya no tengo que hacer nada para que los demás me vean de la manera en que yo quiero ser visto. La forma en que he querido ser visto desde hace muchos años.

Esto me produce una gran tranquilidad. Es como si la puerta que llevo empujando tanto tiempo, por fin empezase a ceder. No del todo, pero sí mucho.

Podría decir que empiezo a ser una persona «normal», pero ser «normal» nunca fue mi objetivo. No es que la normalidad sea mala, al menos para quien le guste, es, simplemente, que se trata de algo gris y fantasmal. «Lo raro es ser normal», todo el mundo tiene algo que se puede considerar una rareza, y, además, las personas normales tampoco destacan en nada. Para mí la normalidad carece de interés.

Por otra parte, supongo que en realidad mi criterio, la forma en que me gusta que los demás me perciban, sí que se acerca mucho a la normalidad. No destacar en nada, aparentemente, sólo por un rato. No tener que explicar quién o qué soy, por qué uso un nombre y no otro, por qué me visto así o asá. Porque, simplemente, me gusta hacer muchas cosas (no todas) de la forma en que se supone que las hacen, y el tener un aspecto masculino me legitima para poder hacerlas de esa forma.

Al mismo tiempo, me da pena que las cosas sean así. Que para poder hacer con legitimidad «cosas de hombres» haya que parecer un hombre, y para poder hacer «cosas de mujeres» haya que parecer una mujer, porque se considera que hay una serie de comportamientos que son «naturales» de las unas o de los otros, y raros, deleznables o enfermizos cuando aparecen en las personas que no nacieron con ese derecho natural.

No puedo evitar pensar en las mujeres trans a las que «se les nota», que «no son pasables», y están siempre expuestas a la mirada y al juicio de los demás. Yo estoy encontrando una fórmula para estar tranquilo, para poder relajarme y disfrutar de la compañía de otras personas sin preocuparme por lo que pensarán o cómo me verán, pero esta fórmula no es universal, no sirve para todo el mundo, y mucha gente ni siquiera la considera una opción. La terapia de reemplazo hormonal funciona para mí en este momento (en el futuro ¿quien sabe?), pero no es la panacea para todas las personas trans, ni mucho menos. Esto es algo que no se debe perder de vista.

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Documental «Mamá, soy transexual»

Normalmente no me gustan los documentales sobre transexualidad, porque muestran la imagen más tradicional, más medicalizada y binarista. Hasta el día de hoy sólo he encontrado uno o dos en los que no se habla de que «Fulanito/a nació en un cuerpo equivocado» (como si uno pudiese equivocarse de cuerpo, como quien se confunde y se pone una camiseta de su hermano), se trata a las personas trans que aparecen según su género asignado al nacer y no según el género elegido, en el que todas las personas que aparezcen son perfectamente binarias (totalmente hombres o mujeres, sin lugar para la ambigüedad), en el que no se deja un lugar preeminente a los médicos, que hablan como «expertos» que saben mejor que nadie lo que ocurre. He visto sólo un par de documentales donde se discuta la consideración de la transexualidad como una enfermedad o como un «transtorno de identidad de género», y en los que se cuestione la necesidad de recurrir a hormonas y cirugías como única salida para las personas transexuales.

Pues bien, este documental no es una de esas excepciones. Cumple tooooodos los tópicos, toooooodas las cosas molestas, tooooodo lo que suele causar que un documental no me guste y merezca la calificación de «esto es una mierda» antes de que hayan pasado los primeros diez minutos. Normalmente, en esos casos dejo de mirar y me dedico a otras cosas, pero este documental tenía algo especial: se trata de un documental sobre niños trans.

La cuestión de los menores de edad trans es muy difícil, y por más que pienso no logro tener una opinión definida al respecto. Este documental tampoco me ha servido para abrirme los ojos. Sin embargo, en él he encontrado una cosa que no había visto hasta ahora, y ha sido una imagen cruel, fría, deshumanizada, de los médicos que hablan del «transtorno de identidad de género (TIG)» en niñ*s, su evolución, su tratamiento, y las especiales precauciones que hay que tomar. Creo que la intención de la autora no era esta, sino la de dar voz a los «científicos, profesionales de la medicina y la salud mental» para aportar una explicación objetiva sobre lo que es la transexualidad. Si el documental hubiese sido sobre adultos, seguramente esto es lo que habría obtenido, pero al hablar sobre niños… se apreciaba el contraste entre las opiniones de los médicos, que hablaban de los «pacientes» como el científico que describe el comportamiento de una célula situada bajo un microscopio, y la naturalidad de l*s niñ*s y de algunos de los padres.

Hay un momento en el que sale una niña pequeña que desde los 7 años vive como tal, con vestidos de niña, el pelito largo, nombre de niña… La opinión del psiquiatra (o psicólogo, ahora no recuerdo) es que no es una buena idea dejar que l*s niñ*s hagan una transición de género social completa, porque cabe la posibilidad de que al llegar a la edad adulta decidan espontáneamente retomar el género asignado al nacer. Así que, según ese señor, es mejor hacer que la niña pase unos años muy desgraciados, desempeñando un género que no desea, no vaya a ser que «se arrepienta». Después salen los padres explicando que si cuando sea mayor se arrepiente, pues no pasa nada… se explica a la familia y a los maestros que ha vuelto a cambiar de género, y en paz. ¿Qué problema hay?

A lo largo de todo el documental, los médicos hacen hincapié en el arrepentimiento, en la curación, espontánea o no, del TIG. Primero uno de los médicos explica que de un grupo de «niños afeminados», de entre los cuales algunos incluso habían dicho que querían ser niñas (es decir, que tenían un TIG), al final sólo un 25% habían llegado a ser transexuales (es decir, a ser adultos con TIG), mientras que el 75% restante se habían convertido en adultos gays o bisexuales. Lo que no explicó fue si los «niños» que habían crecido para llegar a convertirse en mujeres eran o no los mismos «algunos» que habían manifestado querer ser niñas. El médico utiliza este ejemplo para mostrar que no todos los niños variantes de género llegan a ser adultos transexuales, pero a mí me parece que en realidad lo confirma… todos los «niños» afeminados de su ejemplo terminan rechazando la heterosexualidad, lo que indica que ya a una edad muy temprana tenían claro lo que querían.

En otro momento, un médico que explica que existen terapias para enseñar a los niños y las niñas a sentirse cómodos con sus cuerpos y sus géneros, con lo que se les aparta del camino de la transexualidad y se «cura» el TIG. Después, la voz en off dice (para fraseo) «la mayoría de las personas transexuales afirman que su adolescencia habría sido más sencilla si el problema se hubiese resuelto antes». Lo que la voz en off no explica es que las personas transexuales, cuando pensamos en «eliminar el problema» en lo que solemos estar pensando casi siempre es en poder apropiarnos y vivir según el género que nosotr*s elegimos desde lo más temprano posible, no en vivir felices con el género que nos asignaron al nacer.

Oigo a los médicos hablar de permitir que las hormonas naturales circulen por el cuerpo, a ver si así se les pasan las ganas de cambiar de sexo. Parece ser que la perspectiva de vivir de acuerdo con el sexo asignado al nacer es mucho mejor que la de ser transexual. El motivo por el que es mejor para un* niñ* no ser transexual que sí serlo, no se explica. Supongo que no lo explican porque para ellos es evidente, pero para mí no lo es. ¿Qué tiene de tan maravilloso la no-transexualidad? Imagino que el problema es que la transexualidad es enfermedad, y la no transexualidad es salud.

En contraste con esto, veo niños y niñas jugando felices, y padres preocupados por el futuro, que no saben muy bien que hacer, a los que no les importa si sus hij*s se arrepentirán en el futuro, sino asegurarse de que sean felices ahora. A los padres, se les ve un poco perdidos (aunque la actitud del padre de Cris es increible y va evolucionando a lo largo del documental), incluso asustados o tristes, pero se dan cuenta de que las recomendaciones de los médicos no funcionan. A los niñ*s se les ve muy segur*s de si mism*s. L*s mayores, en plena adolescencia, están algo asustad*s por las reacciones de los demás, pero saben lo que son y lo que quieren llegar a ser.

Frente a las opiniones de los médicos, la realidad de un*s niñ*s que hacen lo que sienten que deben hacer, y contra todo pronóstico, son más felices que siguiendo el consejo de los médicos.

¡Ah! ¡Casi se me olvida! Uno de mis momentos preferidos es cuando Cris tiene que ir al médico para que le recete las hormonas y dice: «me vestiré más femenina todavía, para que me tome en serio».

Aquí dejo el documental. Quizá no sea tan aprovechable como yo lo he visto, y símplemente me ha parecido así porque estoy de buen humor (no se puede insertar en el blog, o yo no soy capaz de hacerlo, que para el caso es lo mismo). Este documental se emitió en 4, a primeros de septiembre, de madrugada.

http://www.documaniatv.com/social/gente-extraordinaria-mama-soy-transexual-video_c420c4586.html

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Mi hermano

Desde que empezó septiembre estoy ayundando en la tienda de mi madre, donde trabají durante años. Hoy una clienta sentía curiosidad por la composición de mi familia.

–          ¿Cuántos hermanos sois? – me pregunta.

–          Dos.

–          ¿Dos solamente? – dice sorprendida – Yo pensé que érais más.

No lo dice, pero siento que en la lengua se le tropieza el número tres.

–          No, no, sólo somos dos.

–          Claaaaaro ¿y par qué más?

–          Uy, ya le digo ¡Con lo que nos peleábamos de pequeños mejor ser sólo dos! – Intencionalmente añado el adjetivo “pequeños” porque empiezo a ver por dónde van los tiros.

–          Pero os parecéid mucho, sobredo la forma de la boca. Yo, cuando te he visto, por un momento me he pensado que eras ella.

Mi hermana y yo nos parecemos como un huevo a una castaña. Además, mi hermana no ha pisado la teinda en diez años o así.

–          ¿Usted cree? A mí no me lo parece…

–          Sí, sí, pues os parecéis un montón – como si fuéramos gemelos, pienso para mis adentros – ¿O eres tú la que estabas aquí antes?

–          Sí, yo venía antes…

–          No, no, pero era tu hermana. Es que os parecéis mucho. Pero ella ya vendrá menos porque se ha casado ¿verdad?

–          No… mi hermana no se ha casado… – ni ha tenido intención de hacerlo nunca.

–          ¿Ah no? Pues yo pensaba que sí – llegados a este punto la señora debe empezar a notar que se está pasando de cotilla, así que se despide -. Bueno, bueno, hala, que me voy.

–          Adios…

Ya os lo estaréis imaginando. Yo era “la que venía a la tienda, y “la” que se iba a casar o se había casado ya (una boda explicaría mi desaparición de la vida “pública”). Aunque yo pretendía hablar de mi hermana, en realidad de quien estábamos hablando, era de mí.

No es la primera vez desde que estoy allí que alguien me pregunta que si soy mi hermano. La situación me divierte, y me agrada porque indica lo mucho que he cambiado, pero al mismo teimpo me hace sentir que estoy cometiendo uno extraño tipo de incesto, como en esas historias en las que alguien descubre que su madre es su tía, o su padre es su abuelo, o su hijo es su hermano. O yo soy mi hermano.

A veces mis respuestas les hacen salir de su error, otras veces no. Igual que cuando me dicen “vaya, te veo cambiada”, o “¡estás muy ronca!”. Intenté explicarle a alguien que mi pérdida de cabello es normal, pero fracasé. Estoy esperando a que alguien me sugiera la depilación por laser para eliminar mi incipiente barba.

Y después están los que lo toman con naturalidad, como los de la óptica. Al mirar mi ficha (buscada por apellidos), la dependienta me pregunta sorprendida “¿Tú te llamas Elena?” Y yo, con un hilo de voz (grave) “si… ¿se puede cambiar el nombre de la ficha?” La chica responde afirmativamente, acompañándose de un gesto que viene a decir “obviamente, es normal que la gente cambie con el tiempo”. Después me atiende otra persona que me conocía de antes, y me reconoció en cuanto crucé la puerta.

–          Chico, pasa por aquí para graduarte – me indica amablemente.

Pues claro, todo el mundo cambia.

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Fotos de carnet (y II)

Siguiendo con mi revisión fotográfica (como véis, tenía un buen puñado).

La siguiente no tiene fecha, pero tiene que ser de 2006. 26 años y recién operado del estómago. Debía haber perdido ya unos 20kg, así que sólo pesaba alrededor de 120kg y me veía bien, delgado. Llevaba las mismas gafas que llevo ahora… ¡Cómo pasa el tiempo! Me había cortado el pelo muy corto, como nunca me había atrevido antes, y se me ve contento. Sonrío con la boca y con los ojos, aunque la sonrisa de la mirada oculta algo. En aquella época algo demasiado fuerte y peligroso se estaba removiendo en mi interior. Algo que no podía contar a nadie, pero que me complacía. Había empezado a admitir que mi parte masculina me daba fuerza, empuje y entusiasmo, y era como enamorarme de nuevo, aunque en aquella ocasión no lo podía compartir con nadie.

Dos fotos más, parecidas, probablemente tendría 27 ó 28 años. Ni siquiera recuerdo para qué me las hice. Se me ve bien, más fuerte. No llevo nada en el cuello, pero llevo pendientes y las mismas gafas que ahora. Tal vez sean imaginaciones mías, pero me parece adivinar algo masculino en la expresión del rostro, debajo del maquillaje y la ropa de mujer. Se me nota que hay algo que no cuadra, o al menos, yo lo noto. No entiendo como no se dió cuenta todo el mundo. Aparento unos 30 años.

Después, mi primera foto, para un currículum, al iniciar mi transición. 29 años Llevo la camisa rosa que tanto le gusta a una amiga mía, las mismas gafas que ahora. Sonrío con la mirada y con la boca, y se me ven los ojos más claros. De repente, tengo la sensación de que de esa foto se han caido varios años. No los 29 que tenía, sino más. 27 tal vez. Llevo el pelo un poco largo y se me riza por las puntas, lo que me hace parecer una niña, aunque, al mismo tiempo, tengo un aspecto un tanto ambiguo.

La siguiente es la foto que tengo en el pasaporte. Tengo 30 años recién cumplidos y aún no había empezado a hormononarme. Sin embargo, veo a un chico que sonríe levemente y tiene una mirada apacible, satisfecha. Llevo en el cuello una figurilla que sirve de protección para los hombres, que mis padres trajeron del caribe. Le dieron una a mi novio de entonces, y a mí no, pero dejaron dos colgadas de una alcayata, como recuerdo. Cuando tomé la decisión de iniciar mi transición, cogí uno de los colgantes y me lo puse sin decir nada a nadie ni dar explicaciones.

La penúltima me la hice en Ecuador para el registro del consulado español. Tengo cara de dormido. Probablemente hacía un par de días que no comía bien, y además, recuerdo que ese día estaba muy cansado. Un compañero y yo estábamos haciendo gestiones y papeleos que no terminaban de salir bien, empujados por un tiempo que se nos acababa. Sin embargo, tengo un buen recuerdo de ese día.

Por último, la foto que me hice la semana pasada para el carnet de identidad. El día de antes cedí a la dictadura de la alopecia androgénica y me rapé el pelo. Me veía muy raro, pero aún así, me obligué a hacerme la foto y a ponerla en el carnet. Ahora que ya me he acostumbrado, veo a un chico muy joven, me echaría unos 24 años. Comparo esta foto con las de 2002 y me veo de la misma edad. En el cuello llevo un colgante en forma de pequeña hacha de piedra, que compré en la reserva de Atahualpa, y que según Jeiko trae suerte. Sonrío levemente, tengo la mirada tranquila. Se me ven los ojos muy verdes, muy claros y limpios.

Conclusiones:

– Me gusta llevar colgantes. Siempre me ha gustado y no voy a dejar de hacerlo. Lo curioso es que no me había dado cuenta hasta este momento.

– Nunca me ha gustado llevar pendientes. Sólo llevo pendientes en dos fotos.

– Estar tranquilo se nota en la cara, aunque intentes poner buena cara. El peso de los secretos se nota, y se traduce en años de más.

– ¿Alguna vez fui realmente joven? Sospecho que me he perdido una parte importante y muy divertida de la vida.

– Algunas personas me dicen que ahora se me ve mucho mejor, como si irradiara buenas vibraciones o algo así. Sin duda, no se me ve tan triste.

Edit: cinco minutos después de que publicara el post, mi madre, que también está haciendo limpieza, se ha encontrado otra foto mía. Pero esa ya se queda fuera del post.

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Fotos de carnet (I)

Necesitas una o dos fotos para algo: el carnet de identidad, una solicitud de algo, para el currículum… Entonces vas al fotógrafo y te las haces, pero no te hace una o dos, sino que te da 6 u 8, y una grande. Pagas, das las gracias y te vas, pensando en para qué carajo quieres la foto grande.

Pasa el tiempo, y como las fotos son caras, en realidad no las usas: las escaneas o las fotocopias, que es mucho más barato. La foto grande ni la miras: no sirve para nada, y además sales con cara de etarra. Al final acaban sobrándote fotos, además de la ya mencionada foto grande, que se van acumulando al fondo de ese cajón que no limpias nunca y que en realidad tampoco usas para nada especial, excepto para acumular cosas que no tienen utilidad.

Cuando llegué de Ecuador, una de las cosas que más e chocó fue la acumulación de objetos en mi cuarto. Tengo un montón de cosas, la mitad de ellas inútiles, la mitad de ellas no las uso. He pasado cuatro meses viviendo con lo que me cupo en dos maletas de 24 kg, más el portátil, y lo único que eché de menos de verdad fue mi chaqueta de imitación de piel, que en el lluvioso Quito me habría sacado de algún que otro apuro.

Así pues he decidido hacer limpieza y tirar sin compasión muchos de esos objetos que acumulo y que para nada me sirven. Entonces abro el cajón y empiezo a encontrar fotos y más fotos de carnet, acompañadas por una foto un poco más grande. Tenía dos opciones: avergonzarme, horrorizarme, y tirarlas todas sin mirarlas, o ir abriendo carpetita a carpetita y entretenerme en colocarlas por orden cronológico. A pesar de que todo rastro de mi pasado puede ser utilizado en mi contra por mi madre, decidí no dejarme llevar por la reacción lógica (hacerlo desaparecer todo) y me decanté por la segunda opción.

En la primera foto debo tener 13 ó 14 años. Es decir, es una foto de hace 17 ó 18 años. Veo a una chica con un aspecto un poco ambiguo. Si llevase el pelo de otra forma, igual podría haber sido un chico rebelde que se estaba dejando crecer la melena. El flequillo muy largo, casi tapando los ojos. El pelo tapándome la cara, como si me quisiese esconder. La mirada ligeramente triste, y en la boca una leve sonrisa. El el cuello llevo un colgante de cristal, en forma de plátano, que compré durante el viaje de estudios de octavo, en Mallorca.

La segunda la recuerdo perfectamente. Tenía 15 años y mi madre me regaló una sesión de fotos para celebrar esa edad. Además, el mismo día me hice unas fotos de carnet. Mi madre se disgustó mucho con el resultado, porque la parte de arriba del vestido que elegí era de gasa blanca y se transparentaba un poco. En aquella época ya estaba experimentando problemas con el arreglo personal. Era muy torpe para decidir qué ropa comprar, no sabía lo que me quedaba bien y lo que me quedaba mal, lo que estaba de moda y lo que no. Mi madre tampoco tenía mucha idea, y mi hermana era demasiado pequeña para ayudarme. Una vez más, una sonrisa leve, la mirada triste, como cansada. En el cuello llevaba un colgante de cerámica que me trajo mi tía de galicia. Creo que parezco mayor de quince años… aunque en realidad todavía tenía 14. En el revés de la foto está la fecha, y es del 16-05-1995.

La siguiente, unos 16 – 17 años. Mis problemas para escoger la ropa son patentes en la camiseta que llevaba… No sonrío, tengo la boca cerrada, un poco forzada, porque me da vergüenza enseñar los dientes. Aparento 20 años. En el cuello llevo un colgante de oro con forma de lazo, que me regaló mi madre.

Creo que la siguiente es de mis 17 años. Me dejé el pelo largo (aunque hasta entonces nunca lo llevé corto del todo) y me lo ricé. La permanente era un coñazo, cada día me tenía que levantar temprano, lavarme el pelo, echarme espuma y secármelo… Yo no valía para eso, además no me terminaba de quedar bien. Había descubierto los jerseys lisos y de cuello vuelto, sencillos, que me sacaban del apuro respecto al tema del arreglo personal. No estaba espectacular, pero tampoco hacía el ridículo. Me veía bien y tenía 3 ó 4 iguales. No sonrío, pero tampoco se me ve serio. Pienso que tengo la mirada apagada. Empezaba a tener problemas de peso, ya pesaba más que ahora. Diría que aparento unos 20 años.

16 de enero de 2002. Tenía 22 años. esta fue mi primera foto de currículum, y salgo muy triste. No sé por qué. Llevo el cabello bastante largo, teñido de caoba, y un jersey marrón oscuro. ¿Por qué estaba tan triste? Esta foto tiene un cierto encanto que en aquel entonces no pude ver.

29 de abril de 2002. 22 años. Mi segunda foto de currículum. Ya había empezado a aprender a escoger mejor mi ropa, porque empecé a comprar la revista Cosmopólitan, que es un manual de como ser mujer. Cualquiera que la lea sabrá todo lo que tiene que saber para que le tomen por mujer sin ningún género de dudas. Sin embargo, para la ocasión elegí una camiseta muy escotada (ahora que me inyecto testosterona, pienso que las mujeres que se ponen escotes generosos son crueles, el efecto que producen es demasiado perturbador) y a mi madre le pareció que esa foto ya no se podía usar para nada serio. Debía pesar alrededor de 110kg. Una vez más sonrisa leve y mirada triste, aunque con un brillo diferente, una chispa de ilusión. El colgante que llevaba puesto era un fino corazón de plata que me había regalado mi novio de aquel entonces (el mismo con el que estuve hasta que salí del armario). Diría que aparentaba la edad que tenía.

21 de mayo de 2002. ¡Vaya racha de hacerme fotos! Probablemente se debía a que las iba necesitando y las iba perdiendo, o a que no me convencían demasiado los resultados anteriores. Esta es también una foto para el currículum. Por fín encontré un punto medio entre la foto demasiado oscura del jersey marrón y la demasiado «fresca» del escote generoso. Llevaba una camisa azul fruncida que fue uno de mis aciertos de armario, y el fotógrafo puso detrás un fondo invernal. Llevo el mismo colgante en forma de corazón. Tengo la misma sonrisa leve. El brillo en la mirada se ha perdido, una vez más hay un cierto cansancio en mis ojos.

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