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Tranquilidad.

Voy a Granada y quedo con un amigo al que hacía meses que no veía y me presenta a un montón de gente. No hay malos entendidos, nadie me toma por una chica, no necesito explicar quien soy, excepto cuando me presenta a un chico que se acerca para darme dos besos. Yo reacciono tendiéndole la mano de manera bastante firme, y al final nos saludamos de esa manera.

Un momento más tarde, sobre el sonido de la música del pub, escucho que el chico dice: «lo que pasa es que soy gay, yo doy besos a todo el mundo». Yo podría haberme acercado y haberle explicado entonces: «lo que pasa es que soy trans, y cuando un hombre me quiere saludar dándome dos besos, significa que me ha reconocido como tía, cosa que no me gusta».

El resto de la noche, el chico procura mantenerse a una prudente distancia de donde yo estoy, y en realidad, no se relaciona más que con una chica, que debe ser la que le ha invitado a ir al pub. Entiendo que me percibe como a otro hetero más. Se me hace raro, por una parte, porque no lo soy, por otra parte, porque… supongo que no estoy acostumbrado.

Cuando camino por la calle, voy a tiendas, pregunto una dirección a un desconocido o me presentan a alguien, ya no tengo que hacer nada para que los demás me vean de la manera en que yo quiero ser visto. La forma en que he querido ser visto desde hace muchos años.

Esto me produce una gran tranquilidad. Es como si la puerta que llevo empujando tanto tiempo, por fin empezase a ceder. No del todo, pero sí mucho.

Podría decir que empiezo a ser una persona «normal», pero ser «normal» nunca fue mi objetivo. No es que la normalidad sea mala, al menos para quien le guste, es, simplemente, que se trata de algo gris y fantasmal. «Lo raro es ser normal», todo el mundo tiene algo que se puede considerar una rareza, y, además, las personas normales tampoco destacan en nada. Para mí la normalidad carece de interés.

Por otra parte, supongo que en realidad mi criterio, la forma en que me gusta que los demás me perciban, sí que se acerca mucho a la normalidad. No destacar en nada, aparentemente, sólo por un rato. No tener que explicar quién o qué soy, por qué uso un nombre y no otro, por qué me visto así o asá. Porque, simplemente, me gusta hacer muchas cosas (no todas) de la forma en que se supone que las hacen, y el tener un aspecto masculino me legitima para poder hacerlas de esa forma.

Al mismo tiempo, me da pena que las cosas sean así. Que para poder hacer con legitimidad «cosas de hombres» haya que parecer un hombre, y para poder hacer «cosas de mujeres» haya que parecer una mujer, porque se considera que hay una serie de comportamientos que son «naturales» de las unas o de los otros, y raros, deleznables o enfermizos cuando aparecen en las personas que no nacieron con ese derecho natural.

No puedo evitar pensar en las mujeres trans a las que «se les nota», que «no son pasables», y están siempre expuestas a la mirada y al juicio de los demás. Yo estoy encontrando una fórmula para estar tranquilo, para poder relajarme y disfrutar de la compañía de otras personas sin preocuparme por lo que pensarán o cómo me verán, pero esta fórmula no es universal, no sirve para todo el mundo, y mucha gente ni siquiera la considera una opción. La terapia de reemplazo hormonal funciona para mí en este momento (en el futuro ¿quien sabe?), pero no es la panacea para todas las personas trans, ni mucho menos. Esto es algo que no se debe perder de vista.

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Enseñando el plumer… esto… el pasaporte

La semana pasada tuve que dejar mis datos legales para un tema de papeleos. Dos día más tarde, un funcionario me llamó por teléfono.

– ¿La señora Elena V.?

– Si, soy yo. – Al otro lado del teléfono se hizo un silencio de dos segundos. Es un silencio que ya conozco, y que significa «esta voz no me cuadra», aunque hasta el momento siempre que lo había oido era porque alguien me llamaba preguntando por Pablo.

– ¿La señora Elena V.? – Volvió a preguntar mi interlocutor, queriendo cerciorarse de que había ido a dar con la persona adecuada.

– Soy yo – Respondí con convicción. He aprendido que hablar con convicción hace que la gente se crea casi cualquier cosa.

– Perdón ¿puedo hablar con la señora?  – Insistió la otra persona. Tal vez pensó que yo era un marido celoso que no quería que su esposa se pusiese a hablar con cualquier hombre que le llamase.

– La señora soy yo. – Redoblé la convicción, aunque a esas alturas estaba a punto de decirle: un momento, que ahora se pone, dejar pasar unos momentos y volver a responder con voz aflautada…

Por fin conseguí convencer al funcionario de que hablaba con la persona adecuada, y me dijo lo que tenía que hacer para continuar con el trámite que había iniciado (por cierto, cualquier pequeño trámite aquí requiere de mucho tiempo, paciencia, y diversos pasos. Los que piensen que la «burrocracia» española es complicada e ineficiente, que se vengan a Ecuador, que se van a enterar de lo que es bueno).

Una hora más tarde, me presentaba en la oficina, pero como había olvidado el nombre del funcionario que me asignaron, tuve que preguntar a la secretaria.

– ¿Me puede decir el nombre del solicitante?

Di mi nombre legal y la chica se puso a buscar.

– ¿Fue ella la que inició el trámite?

– Sí, fue ella. – Esto de hablar de uno mismo como si fuese otra es raro. Es casi como tener una experiencia extracorporal.

El funcionario que me tenía que atender, se puso un poco nervioso, porque el trámite que estaba haciendo requería que le explicase la cuestión de mi identidad de género. Sin embargo me trató muy bien, lo mejor que supo el pobrecillo, que es mañana no se imaginab lo que le iba a deparar el día. Tengo que añadir que, además, en Ecuador hay leyes que obligan a los funcionarios a tratar a las personas trans según el género deseado (cosa que en España no existe), y además ese funcionario en concreto era plenamente consciente de ello, así que más le valía tratarme bien…

Después fui a correos, a recoger un paquete que mi madre me había enviado. Para recogerlo un paquete internacional, primero vas a la ventanilla, con tu identificación y dos copias de la identificación, y luego te llaman de la aduana, donde abren el paquete y, si es necesario, pagas los impuestos aduaneros que sea menester.

Con el tipo de la ventanilla no hubo problema, básicamente porque ni me miró. Los funcionarios de ventanilla son las personas más desencantadas y aburridas del mundo, pues por un sueldo muy bajo tienen que estar todo el día aguantando rebuznos de la gente que no entiende que ellos no son quienes hacen las normas de funcionamiento de las cosas (por cierto, la oposición que yo hacía era para funcionarío de los de ventanilla). El problema fue después, cuando me tocó el turno de ir a abrir el paquete.

– ¿Elena V? – me preguntó el hombre, mirandome a mí y luego al papel donde ponían mis datos y los del paquete.

– Sí, soy yo.

El hombre, un poco sorprendido me pide el pasaporte y lo confirma: foto adecuada, nombre adecuado. Más sorprendido todavía me pregunta:

– ¿¿¿Usted se llama Elena???

Así que me tocó explicar por segunda vez el caso, y de nuevo conseguí poner nervioso a otro funcionario. A lo mejor debería ponerme un cartel en la frente que pusiera «no apto para ancianos, embarazadas y enfermos del corazón». También tengo que señalar que aquí en Ecuador los nombres no tienen sexo, y un hombre podría llamarse perfectamente «Elena», de la misma forma que hay un señor que se llama Clítoris Fernandez.

La suerte es que a mí no me da vergüenza decir que soy trans, y además hasta el momento no me he encontrado con nadie que se lo haya tomado a mal… Pero llevo 4 meses de hormonación y ya es tiempo suficiente como para que mostrar mi documentación se convierta en algo embarazoso. Según la ley española, tendré que esperar a los dos años para poder cambiar de nombre y sexo legal… Demasiado tiempo. Más allá de otras consideraciones sobre la necesidad de obtener un diagnóstico psicológico o psiquiátrico, y lo injusto que es que te obliguen a modificar tu cuerpo para modificar el sexo legal… Tener que esperar dos años es demasiado. Uno se queda demasiado expuesto, durante demasiado tiempo. ¿Quién narices redactó esta ley?

Dejo un archivo con dos grabaciones de mi voz, una de poco después de empezar a hormonarme, y otra de hoy mismo. Yo no soy muy objetivo conmigo mismo, así que no se si suena a voz de hombre, de mujer, de adolescente al que le está cambiando la voz… pero me conformo con ir apreciando el cambio.

Mi voz.

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Un poco distinto.

Hoy llevo justo un mes y quince días de hormonación. Creo que ya lo he dicho en otras entradas, pero no esperaba que los cambios empezasen a verse tan rápido. No es que sea cosa de un día para otro, pero casi, casi.

Desde hace cosa de quince días he notado que me está cambiando la voz. Yo soy el primero que va notando estos pequeños cambios, y siempre pienso lo mismo, que serán imaginaciones mías, aunque empiezo a pensar que debería empezar a confiar un poco más en mi propio criterio. Después de todo, soy el que mejor conoce mi cuerpo, eso sin contar con que… es mi cuerpo, o sea, soy yo mismo.

A veces noto una vibración distinta en la garganta al hablar, que me resulta muy agradable. Otras veces me sale un tono de voz más grave de lo normal, y hablo como si estuviese ronco, aunque la mayor parte del tiempo simplemente noto que tengo la voz destemplada y un poco descontrolada.

Ya me ha pasado varias veces que llamo por teléfono a personas que conozco bien, o me llaman por teléfono, y no me reconocen por la voz. Mola. Pero lo que moló de verdad fue cuando hace un par de días me grabé en video y luego comparé la grabación con la primera que hice.

– ¡Coño! – exclamé, a pesar de que estaba yo sólo delante del ordenador. No es que haya una gran diferencia, pero algo se nota. Ahora sueno como un adolescente. En otra entrada mi amiga Kim comentaba que a ella siempre le he sonado como un adolescente, y otras personas me han comentado alguna vez que tengo (tenía) un tono de voz bastante ambiguo, pero ahora sí que es ambiguo de verdad.

No sé explicarlo mejor… Tal vez lo suyo sería colgar una grabación de voz.

También empiezo a notar que me está cambiando un poco el carácter, y no estoy seguro de que eso me guste demasiado, porque mi forma de ser ya me parecía bien. Ahora me noto un poco más agresivo, y estoy algo más nervioso, aunque tampoco es que sea algo exagerado. El nerviosismo lo compenso llendo al gimnasio a machacarme un poco el cuerpo, o a machacármelo bastante.

Lo del gimnasio me está viniendo muy bien en tres sentidos. Por una parte, noto que cuando paso unos cuantos días sin ir estoy más inquieto, mientras que cuando voy regularmente estoy más contento y relajado. Por otra parte, he empezado a entender por qué los deportistas se dopan. ¡Menuda diferencia! No es la primera vez que hago deporte, pero es la primera vez que voy ganando forma tan rápidamente. Lo que la primera semana era una especie de tortura china, la segunda semana podía hacerlo sin desear morir al terminar, y ahora lo supero con creces y al volver a casa puedo seguir con mi vida normal como si nada. Ya, ya sé que lo normal cuando uno empieza a hacer ejercicio es ir mejorando, y cuanto peor era el estado inicial, más rápido se empiezan a ver los beneficios. ¡Pero no tan rápido! O al menos antes no era tan rápido para mí. En tercer lugar, creo que estoy adelgazando un poco. La báscula dice que no, pero me noto la ropa ligeramente más ancha. Es difícil de precisar, porque toda mi ropa es una talla más grande de lo necesario, de modo que no es que me «baile» sino que me baila más todavía. Una vez más… ¿serán imaginaciones mías?

¿Serán imaginaciones mías la impresión que me da, cuando me miro al espejo, de que estoy un poco distinto? Creo que la cara me ha cambiado un poco, aunque no sabría decir exactamente cual es la diferencia ni siquiera comparando fotos recientes con fotos antiguas. Es como jugar a las siete diferencias, sólo que sin saber cuantas diferencias hay, o si hay alguna.

Los pelitos nuevos que me salen en la barba, eso sí que no son imaginaciones. Me salen sobretodo en la barbilla, aunque también noto algo de pelusilla en las mejillas. Además, los pelitos que ya tenía están más fuertes, crecen más rápido. Dicen que luego, cuando tienes barba de verdad (si es que llegas a tenerla, porque depende de la genética de cada uno) es un coñazo tener que estar afeitándose. Pero eso será luego, ahora me hace bastante ilusión, aunque lo que más me ha llamado la atención desde siempre ha sido el tema de la voz.

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Materializar los sueños

El otro día estaba hablando con un amigo cuando noté que se me quebraba la voz (si no hubiese estado hablando, no lo habría podido notar, claro).

– Anda, que bien, me salen gallitos – comenté ilusionado a mi amigo.

– ¡Que época más bonita estás viviendo! – respondió mi amigo, echándose a reir – ¡La adolescencia! ¡Con lo bien que me lo pasé yo en aquella época!

Me da la impresión de que a este amigo mío le divierten mis cambios casi tanto como a mí. También es bueno tener cerca a alguien que se lo pasara bien durante la adolescencia, porque generalmente la mayoría de la gente tiene mal recuerdo de ella, y desde ese punto de vista, pasar dos veces por lo mismo se hace un poco cuesta arriba.

Lo cierto es que voy entendiendo un poco de donde viene el deseo de cambiar el cuerpo. No sé si lo he contado alguna vez, pero yo tenía un sueño y una pesadilla recurrentes, que se han cumplido. Eran mi mejor sueño, y mi peor pesadilla, los que me provocaban las mejores y peores emociones.

No hablaré de la pesadilla que se cumplió, porque hoy no me apetece pensar en ello. Hablaré del sueño, porque en ese sueño yo era un hombre. Ese sueño ya se ha cumplido, porque para ser un hombre no hace falta que ningún psicólogo te diagnostique de una enfermedad mental, ni tampoco hace falta meterte hormonas en el cuerpo para sustituir las que tú mismo producías, ni, mucho menos, hace falta meterse en un quirófano para que un cirujano «reasigne tu género» mediante cirugía. Es una decisión personal que entra en vigor cuando uno la toma, se oponga quién se oponga a ella… aunque mi experiencia es que muy pocos se han opuesto, y los que lo hicieron, poco a poco van aceptando que no tiene sentido oponerse a algo que solo le concierne a uno mismo.

Sin embargo en mi sueño yo era un hombre y mi cuerpo era cuerpo de hombre. Cada uno sueña con lo que puede, y mi subconsciente no es filósofo ni erudito, así que soñaba eso. Tal vez en otra sociedad en la que existiesen soluciones para personas como yo, habría soñado otras cosas, o quizá se habrían quedado en el plano consciente, como deseos alcanzables, a la misma altura que eso del «amor, dinero y salud». Como no vivo en esa sociedad, que vivo en esta, mis sueños eran esos y no otros. No me quejo, era un sueño fantástico, y por las mañanas me levantaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Ahora, poco a poco, voy viendo como ese sueño vuelve a cumplirse, no ya sólo en el plano de la experiencia de «ser un hombre», sino también de manera casi literal, a nivel físico.

Alguna vez he dicho que la transexualidad es una putada, se pasa muy mal. Pero luego también trae estas otras cosas que te hacen sentir muy bien, y al final, si lo piensas, es posible que te des cuenta de que merece la pena. Porque ¿cuantas personas en el mundo tienen la increible oportunidad de ver materializarse sus sueños en la realidad?

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Poniéndome en forma.

Siguiendo las recomendaciones de la endocrina, me he apuntado al gimnasio, y siguiendo las recomendaciones de Ángela y de otro amigo, estoy haciendo ejercicios aeróbicos y no pesas.

Ya he ido dos días, así que me siento muy orgulloso de mi mismo por ello. ¡Dos días seguidos! Bueno, con el fin de semana en medio. El primer día estuve haciendo pilates. Cuando vivía en casa de mis padres, también hacía pilates, y la verdad es que me gustaba mucho. Es un buen ejercicio para los que estamos empezando a coger forma, aunque también puede ir subiendo de nivel para los que están más entrenados. Además, requiere prestar mucha atención a la postura, a la coordinación, al equilibrio y a la respiración, de modo que al final no puedes pensar en otra cosa a parte de lo que estás haciendo justo en ese momento, por lo que, inevitablemente, el cerebro desconecta de las preocupaciones cotidianas (incluida la de «el gimnasio cuesta 40€, y yo no tengo 40€, esta semana me la voy a pasar comiendo sopa de cebolla, porque si no…) y uno sale muy relajado.

También me gustaba mucho mi antigua maestra de pilates, que yo me atrevería a decir que debe ser una de las mejores de España. Gracias a sus entrenamientos, su hija, que tiene espina bífida hasta bastante arriba, anda sin muletas, para estupor de los médicos, que dicen que debería estar en silla de ruedas. A mi antigua maestra le apasionaba lo que hacía, y eso se notaba.

La monitora que hay en el gimnasio parece que no lo hace mal, aunque con treinta personas en la clase es difícil prestar atención a todos los alumnos y asegurarse de que están haciendo correctamente los ejercicios. Además, cree que soy una chica, y no he tenido oportunidad para sacarla de su error.

Hoy, sin embargo, la clase de pilates era a las 21:30 de la noche, y tan tarde no me apetecía ir, así que he ido a otra de «BodyTonif», que debe ser la abreviatura de alguna otra cosa, o quizá no lo sea. Aún así, el nombre es bastante descriptivo… tonificar el cuerpo. Consiste en hacer series de muchas repeticiones sin descanso, con un poquito de peso, con lo que al final el ejercicio es aeróbico y agotador.

La clase de pilates la seguí bien, pero también es verdad que habían muchas mujeres mayores, así que sospecho que el nivel no era muy alto que digamos. Al día siguiente tenía una pocas agujetillas, pero ya esta. La de «BodiTonif» ha sido una tortura china de 60 minutos de duración en la que casi hecho el corazón y los pulmones por la boca (cuando notaba que estaba a punto de escupir algún órgano interno, me paraba, ya que imagino que eso no debe ser nada sano). Sospecho que mañana voy a tener unas agujetas mortales. Ay.

Ir al gimnasio me presenta dos problemas fundamentales. Por una parte, que no me atrevo a entrar en el vestuario, ni al masculino, ni al femenino. NO me voy a duchar en un vestuario público, sea de la clase que sea. Por otra parte, temo entrar y ver en las duchas a otros, más que nada porque creo que podría llegar a tener problemas. Ir a los vestuarios de las mujeres no es una opción, así que he decidido no ir a los vestuarios de ninguna manera. Después de todo, mi casa está a 10 metros, cinco pisos más arriba.

El segundo problema es la ropa. Normalmente, para disimular la forma de mi cuerpo, uso una faja, y luego varias capas de ropa una o dos tallas más grande de lo necesario. Ya sea invierno o verano, es raro verme con menos de tres capas de ropa (la faja cuenta, ya que es como una camiseta muy ajustada). En invierno, no está mal, en verano es un poco incómodo. En el gimnasio es imposible. Si quiero poder moverme con comodidad, no puedo llevar una chaqueta sobre la camiseta, y los pantalones de deporte, aunque también son una talla mayor de lo necesario, se me ajustan a la forma de la cadera, los muy traidores y chivatos. Vamos, que no es raro que la monitora piense que soy una chica (snif, snif).

Menos mal que a estas alturas ya no tengo vergüenza de casi nada, ni de pararme por ser incapaz de seguir el ritmo de la clase, ni de decirle a la gente «es que soy un chico» por más que las evidencias muestren lo contrario. Además, me queda el consuelo de que las cosas van a ir cambiando poco a poco a partir de ahora.

Hablando de cambios, no he vuelto a notar nada nuevo (aunque lo que ya notaba, se sigue notando, claro), excepto que he empezado a tener sofocos. El primer día que fui consciente de ellos fue el miércoles pasado (llevaba 8 días de hormonación), que sin pocas me muero de calor yo solito. Después me han seguido dando, pero ya con menos intensidad. Con el frío que está haciendo, tengo que reconocer que, aunque resultan un poco molestos, también son bastante prácticos. De hecho tengo la impresión de que estoy empezando a ser menos friolero, sobretodo porque normalmente a esta hora (por la noche) y con la temperatura que hace, tendría la estufa encendida, y sin embargo no es así. Miedo me da cuando llegue el verano.

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Primeros cambios (increible, pero cierto)

Hoy hace justo una semana desde que empecé con las hormonas, e, increiblemente, ya noto algunos cambios visibles.

Lo cierto es que venía notando cosillas, como el pequeño malestar, que me duró un día y ya se me ha pasado, o un ligera subida de la líbido, ambas cosas perfectamente achacables a la autosugestión. También me pareció verme un pelo nuevo en la barbilla, pero no me pareció muy probable, sino más bien, que quizá no lo hubiese notado hasta ahora (total, como ya tengo unos cuantos de esos), y un ligero cambio en algún otro sitio. Todo ello más probablemente producto de mi imaginación que otra cosa, porque en tan poco tiempo, poco se puede haber notado ¿no?

O eso pensaba yo hasta que hoy, cuando me duchaba, me fijado en que me han salido un montón de pelos en el pecho, y he alucinado en colores. No es que fuese un pelito o dos más, algo que pudiese achacar a mis ganas de ver cosas donde no las hay, no… nada de eso… Eran unos cuantos pelos, y además, largos como de 3 ó 4 centímetros (¿como narices les ha dado tiempo de crecer tanto en sólo 7 días?).

En cuanto me he dado cuenta, lo primero ha sido anunciarlo y mostrarlo a la persona que tenía más cerca (por suerte, alguien con quien tenía suficiente confianza), que ha coroborado que, efectivamente, no son imaginaciones mías, aunque si hubiese dicho lo contrario, le habría recomendado que se comprase unas gafas, porque vamos… no es que sea una mata de pelo, pero unos cuantos sí que hay. En realidad, unos 10 ó 12 pelitos. Puede que no parezca mucho, aunque se ha de tener en cuenta que la semana pasada no estaban ahí, de modo que es bastante impresionante.

No hace falta que diga que estoy contento como un niño con zapatos nuevos. Se lo he contado a todo el que ha hablado conmigo, y cada vez que me acuerdo se me pone una sonrisilla boba. Tanta emoción por un puñado de pelos, sobretodo teniendo en cuenta que los pelos no son precisamente lo más estético del mundo, y que mucha gente se somete a torturas depilatorias con tal de quitárselos… Me imagino que, visto desde fuera, debe dar la sensación de que soy un poco bobo, pero a mí me da igual.

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Empezando con la hormonación

Esta semana he tenido sesión doble de UTIG. Por un lado, el lunes (25 de enero) fui a la psicóloga, la 10ª visita, aunque ya no tiene sentido contarlas, y por otro lado el martes (26 de enero) a la endocrina, para empezar a hormonarme por fin.

Lo de seguir llendo a la endocrina es parte del protocolo. La terapia psicológica se mantiene de manera indefinida, aunque con el paso del tiempo la gente ya no va con tanta frecuencia, sino que aprovechan que tienen que ir a las revisiones endocrinológicas para ir a una terapia de grupo, o algo así. En realidad no tengo muy claro como va, pero la cosa es que hay que seguir llendo a la psicóloga.

Tener que ir a la psicólgoa tampoco es algo que me moleste, porque siempre viene bien tener a alguien que te pueda echar un cable si estás teniendo problemas y no sabes como manejarlos ¿verdad? Ese es el trabajo que debería hacer desde el principio. Por otra parte, deberían dejarnos opción a elegir si queremos terapia psicológica o no, aunque tengo que reconocer que hasta ahora yo nunca le he dicho a Trinidad que no quería ir, o que quería la cita para más tarde. A lo mejor si se lo dijera, no había ningún problema

El caso es que tenía que ir, y fui. Cuando llegué me presentó a su nuevo padawan, que, por cierto, era un chico muy guapo (parece que todos y todas los residentes de psicología lo son, los feos deben suspender la carrera o algo) y me pidió que le contara como me había ido desde la última vez que nos vimos. Le dije que aún no había empezado con las hormonas, que tenía cita con la endo al día siguiente, que había suspendido la oposición, pero tampoco se me había hundido el mundo por eso, y que me había salido trabajo en el extranjero. Yo no sabía si hablarle de este tema o no, y de hecho, aún no quiero hablar de ello por aquí, hasta que no lo tenga resuelto y seguro, pero pensé que tal vez sería bueno tantear un poco el terreno.

Ella me preguntó que donde iba y para qué, y cuando le conté mis planes e intenciones, le pareció muy bien, me animó un montón, y me dio un par de consejos que creo que me van a venir muy bien. Se ofreció a buscar algún medio para que siguiésemos en contacto, aunque fuese a través de internet, y yo salí de la consulta con las pilas super cargadas y más contento que unas pascuas. Es una pena que las cosas no hayan sido así desde el principio… es como debería ser… una persona que te ayude, no una especie de juez con poder de vida y muerte sobre ti.

El día 26, o sea, ayer, fui a la endocrina. También le comenté lo de irme a trabajar al extranjero, pero cuando le pregunté si sería posible que mantuviésemos el contacto o algo, para enviarle datos del seguimiento o que ella colaborase con el médico que buscase fuera, me dijo: «imposible». Lo que me recomendaba era que volviese del extranjero para hacer el seguimiento aquí, porque, en su opinión, donde voy, no hay médicos competentes que puedan llevar este tema (yo sé que al menos uno hay).

Como se puede adivinar, después de eso, la endo estuvo más seca que una esponja en el desierto del Gobi. Me dieron ganas de ofrecerle un All Bran o algo para que se desahogara, aunque no llevaba ninguno encima. Pero me dijo lo que me tenía que decir, me explicó los efectos de la testosterona, lo que debía esperar, me recomendó que no fumara (muy importante, por suerte hace ya años que dejé de hacerlo), no tomara drogas, y alcohol muy esporádicamente, que me apuntase a un gimnasio, y que no coja peso, para que así, al hacer ejercicio, los kilillos de grasa que tengo de sobras se vayan cambian por músculo. La verdad es que la idea de no tener que perder peso, sino sólo mantenerlo, me motiva, y lo de ir al gimnasio también, así que el mes que viene me apunto.

Además, me hizo la primera receta para que comprase la primera dosis ya en la farmacia, un volante para que el médico de cabecera me haga las recetas sucesivas, y un volante para que me inyecte el ATS (no se si se siguen llamando ATS ahora).

Normalmente, encontrar testo es difícil, porque no es un medicamento muy común, así que te lo tienen que pedir, pero se me ocurrió que en las farmacias de alrededor del hospital, quizá tendrían. En la primera a la que fuí, no tenían ni la más remota idea de lo que estaba pidiendo, pero en la segunda, sí que la tenían, así que, sin problemas por esa parte.

Por otro lado, ese mismo día, me encontré en la consulta con un amigo que había vivido en Granada pero que se mudó antes del verano. Me dió mucha alegría, y estuvimos varias horas charlando y poniéndonos al día. De camino me explicó que, si tenía problemas para encontrar la testo, seguramente en la farmacia a la que él solía ir en Granada habría como mínimo una dosis preparada para él. Todo esto fue antes de que me pusiera a buscar en las farmacias de Málaga, así que cuando me puse con ello, estaba bastante tranquilo.

Mientras hablaba con este amigo, me llamó otro amigo que venía de paso para Málaga. Él pensaba que yo estaba en Granada, pero cuando le dije que estaba en Málaga, pues… creo que le vino hasta mejor.

Hay días en que los astros parecen alinearse para bien, y ese era uno de ellos. Mientras estaba esperando a que llegase este segundo amigo, con mi primera dosis de testosterona comprada, y contento por haber hablado con el primer amigo al que había hablado, se me ocurrió que a veces la vida es como una especie de novela en la que uno está deseando pasar la página para ver que ocurre después.

Entre unas cosas y otras, llegué a Granada a las 6 de la tarde. Aparqué el coche, subí a mi casa, dejé los bártulos, y con la misma me volví a marchar al ambulatorio, a ver si había suertecilla y me ponían la inyección ese mismo día. Después de un año y medio esperando, no me habría pasado nada si hubiese esperado al día siguiente, pero por otra parte, después de un año y medio, ya tenía ganas de empezar de una puñetera vez, así que, cansado como iba y todo, tiré para allá.

Lo mejor del caso es que en los ambulatorios hay más gente por la mañana que por la tarde, pero por la tarde también hay gente trabajando. Cuando llegué allí, aquello estaba casi desierto. Tan sólo había un señor, que creo que estaba dándole la brasa a la enfermera, así que la enfermera se alegró de de que llegase yo y así poder tener una esxcusa para terminar con el señor, aunque aún así, tuve que esperar unos minutos. Bah, no me quejo.

Me dió un poco de vergüenza enseñarle el volante, darle el medicamento y demás, pero ella no hizo ningún aspaviento. Me trató con toda normalidad, e incluso estuvo muy maja. La inyección no me dolió nada, en realidad ni me enteré. Me habían dicho que era un poco espesita y que sí que dolía bastante pero… que va. Nada de nada. Teniendo en cuenta que me la tengo que poner cada 18 días, es una alegría.

Ahora, mientras escribo, ya han pasado más de 24 horas desde el primer pinchazo. Los efectos de la hormonación tardan en hacerse visibles y son bastante graduales, en función, entre otras cosas, de cada persona. Sin embargo, yo llevo desde ayer con el cuerpo raro. Tengo las articulaciones como entumecidas, y los sentidos ligeramente embotados, como si me fuese a resfriar o a coger la gripe, pero sin encontrarme mal. Imagino que en parte debe ser autosugestión pura y dura, aunque he oido que a otras personas les ha pasado lo mismo. No es descabellado que me note algo raro… Cuando uno se toma una aspirina, en seguida nota el efecto, así que tampoco es tan raro que se note pronto el efecto de una hormona nueva ¿no? Aunque se note tan sólo por dentro, y no por fuera.

Bah, lo más probable es que sea sólo autosugestión. Además, como no me encuentro mal, tampoco merece la pena darle más vueltas al asunto. También se me ha quitado por fin el persistente dolor de espalda, después de dos semanas, o sea que era de los nervios.

Después de darle vueltas y más vueltas en la cabeza al tema, la verdad es que ahora estoy super contento, y muy tranquilo.

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Vale, estoy un poco nervioso.

El martes que viene ya, por fin, tengo cita con la endocrina, para que me recete las hormonas. ¡Ya era hora! Total, desde medidados de julio, que fue cuando acudí por primera vez al médico de cabecera pidiéndole que me enviara a la UTIG de Málaga… sólo me he tirado un año y medio dando vueltas de un sitio a otro.

Menos mal que, cuando empecé con todo este tema, encontré colgados en youtube los videos de un chico que decía que hasta que empiezas a hormonarte, pasan un par de años. No siempre ocurre así. Hay gente que tarda más, hay gente que tarda menos, e incluso hay gente a la que se le niega el acceso a la hormonación, y tienen que reiniciar el proceso por lo privado, si es que lo pueden pagar. Como sea, en mi caso he tardado todo este tiempo. Perdí 3 meses hasta que conseguí llegar a la UTIG, porque mi médico de cabecera no sabía como enviarme allí, y ahora un par de meses más, porque entre la saturación de la UTIG (agravada por la navidad) y mis compromisos me han impedido conseguir una cita con la endocrina antes. El año restante corre a cuenta de la psicóloga.

La cuestión es que después de una larga espera… ¡Por fin va a llegar el día! Mis amigos me preguntan que si estoy nervioso, y les digo que no, que más bien estoy como los niños cuando esperan que llegue el día de reyes. Pero lo cierto es que sí que estoy un poco nervioso. Decía que no, porque en realidad ni yo mismo lo notaba. Es algo que me pasa a veces, estoy nervioso, pero no soy consciente de ello, aunque sí que sufro algunos síntomas, como por ejemplo, falta de concentración, o dolor de espalda. Sobretodo, dolor de espalda, porque cuando estoy un poco tenso, los músculos de la espalda se me empiezan a contraer, y se quedan cortitos, cortitos.

Al final a base de persistente dolor de espalda que no se me quita ni haciendo ejercicio, ni con masajes, ni con nada de nada, y de que no soy capaz de pasar más de media hora seguida haciendo algo serio, me he dado cuenta de que sí, que estoy nervioso. A veces soy un poco lento.

No sé exactamente por qué estoy nervioso, si no me dan miedo las agujas, ni los efectos secundarios de las hormonas, pero supongo que en realidad es normal que tenga algo de ansiedad, teniendo en cuenta toooodo el tiempo que llevo esperando. Además, el primer día de hormonación es el primer día de los dos años de hormonación necesarios para poder cambiar el DNI. También será el primer día a partir del que empiezan a haber cambios físicos, aunque tarden un poco en notarse (depende de la persona, hasta que no han pasado seis meses, no aparece ningún cambio visible) y tengo una gran curiosidad por ver qué pasa a continuación. He leido sobre el tema, he hablado con otra gente, he visto fotos, videos… pero no es lo mismo que vivirlo en primera persona, especialmente teniendo en cuenta que a los cambios son diferentes para cada persona.

Pensando en el tema de los cambios, que son muy lentos, se me ha ocurrido hacerme algunas fotos. Lo malo de los cambios lentos es que uno no los nota demasiado, porque se ve cada día, pero si me voy haciendo fotos, las puedo comparar ¿no? Quizá hasta grabe algún video, como aquel chico que vi en su momento en youtube, aunque no me veo colgándolos en ninguna parte :P.

Cuando pienso estas cosas, me sueno a mí mismo un poco infantil y un poco simple. Por eso es una suerte que en realidad siempre haya sido un poco infantil, y por tanto, esté acostumbrado a esa sensación. Algo bueno tenía que tener lo de ser friki, leer libros de fantasía, jugar a juegos en los que interpretas a un druida semielfo, o a un Jarl vikingo, o en los que comandas ejércitos de elfos que luchan contra los malvados uruk-hai. Así, cuando una tontería te hace mucha ilusión, no te sientes tonto, e incluso lo disfrutas.

Jo, que ganas tengo… Sobretodo si pienso que, además, lo más probable es que una vez que vaya a la endocrina y me pinche por primera vez, se me quite el dolor de espalda.

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Género fluido. Transgresión.

Jo. ¡Cómo me gustaría creerme las cosas que dicen los médicos sobre la transexualidad!

Dice el Dr. Mañero que ninguna de las personas a las que él ha operado de «cambio de sexo» se arrepiente (esto es mentira, yo conozco al menos un caso). También dicen que el psciólogo/psiquiatra es la persona adecuada para decidir cuando una persona está o no está preparada para tener acceso a la hormonación (aunque reconocen que tienen un pequeño índice de «arrepentimientos» y yo conozco también un caso de una persona a la que se le negó el acceso a la hormonación, y ahora que otro psicólogo le dió luz verde es más feliz que un ocho). Según dicen los médicos, esto es «sota, caballo y rey», o, lo que es lo mismo, terapia psicológica, hormonación y cirugía. Después de eso, ya eres un hombre o una mujer como cualquier otro y alcanzas la felicidad.

Otra de las cosas que están comunmente aceptadas, no sólo por los médicos, sino también en el ambiente trans, y entre la población en general (entre la parte de la población que puede entender la disforia de género), es que «cambiar de sexo» una vez es comprensible. Cambiar de sexo dos veces no. Eso se llama «arrepentimiento» o «te equivocaste la primera vez». ¿Cambiar de sexo tres, cuatro, cinco veces? ¿Dos veces a la semana? Eso es «estar desquiciado». De hecho, mucha gente afirma que ni siquiera cambian de sexo una vez, pues siempre fueron hombres o mujeres aunque el médico hiciese otro diagnóstico al nacer. Incluso hay quien afirma que, simplemente, no se puede cambiar de sexo, porque viene biológicamente impuesto.

Yo no nací ni hombre ni mujer. Yo naci bebé. No lo recuerdo, pero creo que a esa edad me importaba un pimiento que mi mamá me vistiese como a un repollo con lazos (que es como visten a las niñas) o como a un repollo sin lazos (que es como visten a los niños). Supongo que el hecho de haber nacido bebé hace que no tenga las cosas tan claras como los demás, que nacieron ya siendo mujeres y hombres.

¿Puedo achacar al hecho de haber nacido bebé el no creer en la palabra de los médicos? En estos momentos, al igual que me ocurre cuando voy a presentarme a unas oposiciones, envidio a la gente que tiene fe. Ellos creen que hay alguien sobre ellos que vela porque sólo les pasen cosas buenas. Yo creo que lo único con lo que cuento es mi esfuerzo y mi inteligencia, y hay momentos en que me siento un poco solo.

Cuando pienso en empezar a hormonarme, me pongo contento. Faltan ya menos de tres semanas, y creo que la espera se me va a hacer muuuuuy larga, como les pasa a los niños que esperan a que vengan los reyes magos. Cuando miro a algunos hombres (especialmente a esos hombres transexuales tan perfectamente masculinos) me da envidia, como siempre me ha dado, pero ahora pienso que ya me queda poco tiempo de envidiar. Realmente eso es lo que quiero.

Lo malo es que luego está esa vocecita impertinente que quiere saber por qué es tan importante para mí. ¿Y si en realidad simplemente lo hago porque me han dicho que es lo que hay que hacer? ¿O con la esperanza de ser reconocido por completo como hombre sólo por «parecerlo»? ¿Y si el hecho de «parecer» un hombre hace que empiece a sentir presiones para convertirme en un hombre «al uso», cosa que tampoco soy, ni quiero ser? ¿Y si empiezo a perder de vista, sin querer, mi parte femenina, con la que siempre he tenido una buena relación, de la misma manera en que una vez perdí de vista, sin querer, mi parte masculina? ¿Puedo volver a cometer dos veces el mismo error pero del revés?

Imagen tomada del blog de Aniel. http://freelikeus.blogspot.com

Me sentiría mucho más tranquilo si las cosas fuesen más flexibles. ¿Que quieres cambiar de sexo los lunes, miércoles y viernes? Pues oye, genial. Después del trabajo que me ha costado escaparme de las estrechas categorías de género, me da un poco de miedo volver a meterme en ellas sin querer. Tanta seriedad. Tanto interés por ser, definitivamente y de una vez por todas un hombre.

Si lo pienso bien, lo que en realidad me está pasando es lo mismo que les ocurre a las mujeres que afirman que los zapatos de tacón y las minifaldas son instrumentos de dominación. Aducen que les convierten en objetos sexuales para el placer del hombre, y renuncian a todo intento de parecer atractivas, o cuando lo hacen, sienten que actúan en contra de sus principios. Todo ello les lleva a una negación de su sexualidad, con lo cual acaban en el mismo punto en el que empezaron. «El sexo es malo» les decía la Iglesia. «El sexo es malo» dicen ahora algunas, porque sienten que están entrando en el terreno del sometimiento al hombre. Por suerte, ahora muchas están empezando a decir lo contrario, que el sexo es bueno, y les gusta practicarlo tanto como es posible, y vestirse de manera provocativa para que otros quieran practicarlo con ellas. De verdad ¿una mujer que se harta de follar con quien quiere, cuando quiere, que se viste enseñando u ocultando lo que quiere y no tiene remordimientos por ello es más sumisa y entregada al heteropatriarcado que una mujer que renuncia a tener un aspecto sexualmente provocador, y cuando folla está todo el rato mirando a ver como lo hace para no sentirse dominada? Pues no sé, pero seguro que, como mínimo, la primera se divierte mucho más.

Lo mismo conmigo. ¿De verdad puede decirse que una persona que, siendo designada como «mujer» decide realizar todos los cambios necesarios hasta imponerse como «hombre», se adapta y pliega sumisamente a las exigencias sociales? ¿No es la expresión máxima de la transgresión de la imposición del género? Si ahora renunciase a hormonarme por considerar que es algo demasiado «socialmente correcto», en realidad estaría volviendo al mismo punto del que partí. «Hormonarse es malo».

En realidad las cosas no son como son, ni significan lo que significan, sino que son como uno quiere que sean, y significan lo que cada uno quiera hacerlas significar. El mismo acto, con distinta motivación, puede ser la mayor sumisión o la mayor transgresión. En definitiva, me he dado cuenta de que lo que a mí me da miedo, no es el efecto que las hormonas puedan causar en mi cuerpo ¡Pero si ese efecto es el que llevo deseando toda la vida! Lo que me da miedo es regresar a una vida de sumisión.

Por cierto que de esto me he dado cuenta mientras escribía esta entrada. Que alivio. Ahora me siento mucho mejor, y más transgresor, así que puedo volver a estudiar tranquilamente para, algún día, llegar a ser un funcionario del estado, que es lo más plácido y menos transgresor del mundo.

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Tratamiento de por vida.

El otro día en un foro leí el siguiente post (copiado con permiso del autor):

Hola

Llevo varias semanas con mi primera inyeccion de Reandron, y queria comentaros mi experiencia, y conocer las vuestras.

Para llegar hasta mi situacion actual tengo que remontarme un «poco» en el pasado (con vuestro permiso)

Tengo 41 años, a los 21 me realizaron la histerectomia (junto con mastectomia) sin hormonacion previa. Me ahorro todos los comentarios…me estoy remontando a la era glacial transexual, lo se…

Por cierto, en la farmacia me hacian una pomadita de testosterona al 10% para hacer con ella lo que me diera la gana…la he tenido en vaselina, en colonia, en gel…segun me apetecia….divertido, pero inutil…

Pasados tres meses, creo recordar, de dicha intervencion, empezaron a ponerme una inyeccion de 100 de testoviron depot, que era lo unico que existia, cada 21 dias, y cada tres inyecciones un mes de descanso.

Al cabo de casi un año, me subieron las inyecciones a 250…todo esto sin analisis ni nada, a ojo de buen cubero, que se dice vulgarmente….siguiendo el protocolo.

No paso mucho tiempo, un par de años, empece a tener problemas, dolores de espalda principalmente, a los 24 me descubrieron osteopenia; las hojas de reclamaciones no sirven en estos casos…

Las inyecciones las asimilaba muy mal, no las reabsorbia adecuadamente, incluso en alguna ocasion el liquido se salia….era la caña verlo!!! jajajja

Me cambiaron a textes leo prolongatum, por si era el excipiente….pero no era….

A todo esto una vez que comenzaron a hacerme analisis vieron que yo necesitaba testosterona cada 15 dias, una de 250, claro.

Estuve pidiendo a traves de medicamentos internacionales que me hicieran llegar parches o algun cosa, para no seguir inyectandome, pero poco tiempo despues, los parches llegaron a España, pero, mi gozo en un pozo, descubrí que no podia ponermelos, porque me hacian reaccion y me quemaban, literalmente, la piel.

Con todo esto yo ya pasaba muy mucho de ponerme hormonas, y me las ponia cuando me daba la gana, cuando me encontraba mal o cuando los sofocos me tenian tirado por los suelos.

Aparecieron los sobrecitos de gel….por un lado muy bien, son la solucion idel, comodos, sin picos….pero para mi uno es poco, y dos tengo que estar en el medico cada dos minutos para pedir recetas….o las pido al por mayor pero cuando se acaban paso largas temporadas sin ellos…..

El caso es que me he tirado el ultimo año sin ningun tipo de hormonacion. Varios factores han influido para hacer algo asi: me compre una casa en el campo, lejos del mundanal ruido, en un pueblo donde nadie conoce mi pasado, y donde no me apetecia contarle nada al medico ni a nadie, puse una empresa, obras en la casa…demasiado en lo que preocuparme vamos…

Asi que estuve todo ese tiempo asi: Sin Nada

Los sofocos son muy desagradables, pero nadie se ha muerto nunca por tenerlos.

Pero cuando he acudido al medico por la osteoporosis, me han obligado a comenzar el tratamiento, y, para que no lo abandone me obligan a ponerme el reandron. Como los niños: Obligao!!

Me puse la inyeccion el 1 de septiembre. Me van a hacer analisis a la sexta semana y el ultimo dia, para ver mis picos…pero ya me adelanto yo…

A dia de hoy, cuando llevo ya cinco semanas, sigo teniendo sofocos y no noto nada de dicha inyeccion. Me temo que en mi caso (que siempre he necesitado el doble de la dosis habitual entre nosotros) voy a tener que ponermela mucho antes de los tres meses, si no cada mes y medio poco faltará.

Sabeis de alguien que se la ponga cada tan poco? A alguien no le ha hecho efecto? Cual es vuestra opinion sobre dicha hormona?

Gracias tios!!

PD: Por cierto, por si alguien se lo pregunta por curiosidad, tras mas de un año sin hormonacion mis caracteristicas no han variado ni un apice, tengo barba cerrada, la misma voz, la misma musculatura (ninguna, vamos, jajajaja), ni hay retroceso alguno de nada.

¿Hace falta que explique por qué me llamó la atención tanto como para trasladarlo hasta aquí? Supongo que no, pero si no lo explico, entonces no tendré nada que escribir en esta entrada.

Son varias cosas. La primera, pero no la más importante, es que el autor de este post es la persona que más años lleva de hormonación con la que yo he tenido algún tipo de contacto. Veinte años son muchos años. Hace veinte años (1989) en España prácticamente no se sabía ni lo que eran los homosexuales, así que como para plantearse si quiera la transexualidad… Si ahora las cosas son difíciles para que los médicos te atiendan «debidamente», en aquella época debía ser poco menos que imposible. No hay más que leer el texto para llegar a la conclusión de que en el caso de este chico, no recibió una buena atención.

En realidad, supongo que para unos médicos que nunca se habían encontrado con un caso así, quizá fuese más una curiosidad, una especie de «conejillo de indias» con el que no se sabía muy bien qué hacer. Y, si algo sale mal, en efecto, las hojas de reclamaciones no resuelven nada.

Como «curiosidad» añadida a este relato sobre la «era glacial de la transexualidad» añadiré que el autor me comentó que en aquel momento habían 3 pacientes transexuales (¿en España? ¿en su comunidad autónoma? Eso ya no lo se), y que los médicos ponían especial cuidado en que no se pusiesen en contacto entre ellos.

La otra cuestión que me ha llamado la atención son los problemas que puede suponer la hormonación, en cuestión de salud. Hay gente a la que las hormonas les sientan la mar de bien, y otros que tienen multitud de problemas, desde un acné muy agresivo hasta la osteoporosis, pasando por problemas de hígado. Y uno no sabe qué es lo que le va a tocar hasta que compra un número de lotería.

Finalmente, lo que más me ha preocupado. La TRH (terapia de reemplazo hormonal) es, en principio, un tratamiento de por vida. Especialmente una vez que te han extirpado las gónadas, puesto que el cuerpo necesita tener algún tipo de hormona sexual para funcionar adecuadamente (aunque se sabe de muchos eunucos que tuvieron vidas prolongadas, aunque en la época en que la castración era una práctica «habitual», la esperanza de vida era menor que en la actualidad). No estoy muy ducho en el tema, pero según tengo entendido, en el caso de las personas trans de mujer a hombre (FtM, Female to Male), la falta de hormonas produce los mismos síntomas que la menopausia. Sólo que no es lo mismo tener la menopausia a los 25 que a los 55. En personas trans MtF, no sé muy bien como va la cosa.

¿Qué problemas tiene, a nivel práctico, un tratamiento de por vida? Pues que es un coñazo, y además, requiere una cierta constancia. Si tienes que estar poniéndote inyecciones cada 2 ó 3 semanas, o aprendes a ponértelas tú, o ya sabes que siempre tendrás que elegir entre cuadrar las fechas de manera que puedas ir a tiempo al practicante, o llevarte tus medicinas y confiar en que encontrarás un practicante en el lugar de destino. Si consiste en cremas «a diario», pues nada, siempre acarreando con los sobrecitos (o parchecitos), e intentando echar cabeza para que no se te olviden.

También tienes que ir a comprarlos a la farmacia. ¡Y qué pereza da! Otra pegiguera más, como si no hubiesen bastantes cosas que hacer a lo largo del día. Que si se me acaban, que si no se me acaban, que si he ido y en la farmacia no tenían, y tengo que volver mañana… En fin, que ya tienes que estar pendiente de eso para siempre.

¿Yo tengo paciencia para llevar adelante un tratamiento de por vida? Hace unos 4 años, el médico me recetó tiroxina, en una dosis muy baja, para darle vidilla a mi tiroides, que es un poco perezoso. Las cajas traen pastillas como para dos o tres meses, son muy baratas, y se compran sin receta. Hay que tomarlas cada día, media hora antes de desayunar. No es muy difícil ¿verdad? Pues la mitad de las veces que me voy de viaje, me las olvido, o con el trastorno de cambiar de sitio y de horarios,  olvido tomarlas directamente. O empiezo a olvidar tomarlas cuando vuelvo del viaje. Y cuando se me acaban, pueden pasar perfectamente 3 ó 4 días hasta que me acuerdo de comprar otra vez. ¡Y eso que esto es comparación es mucho más sencillo!

En fin, que entre unas cosas y otras, lo de la hormonación es como para pensárselo dos veces. Desde luego, no me extraña que existan muchas personas trans que decidan que no quieren hormonas ni regaladas. Lo que me extraña es la fijación que parece tener todo el mundo, médicos y legisladores incluidos, con que nos hormonemos y operemos. ¿No sería mejor para todos que la opción de una vida sin TRH comenzase a presentarse como una alternativa igual de buena y apetecible? Además, sería mucho más sano para la economía de la Seguridad Social, que no tendría que pagar el precio de la carísima testosterona, o del carísimo Androcur (eso es un antiandrógeno).

Recordemos que según la ley española, que es una de las más avanzadas de Europa en ese sentido, para cambiar de nombre y sexo legal, es necesario dos años de hormonación.

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