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Otro diagnóstico.

He tenido una idea extraña, confusa, cuyas consecuencias no soy capaz de ver todavía. Es una idea en pañales, balbuceante, que todavía no sabe expresarse muy bien, a la que todavía le falta mucho para poder andar. Aún así, me gustaría intentar explicarla. Empieza así:

Una persona llega a la consulta del médico solicitando tratamientos hormonales y cirugías que cambien su cuerpo, porque se siente hombre o mujer, mientras que su cuerpo es justo del sexo contrario.

Entonces, el médico hace lo que se viene haciendo desde que el Dr. Harry Benjamin se encontró con sus primeras pacientes en esa situación: comprobar que, en efecto, esa persona siente pertenecer al sexo opuesto. Que no es algo que se está imaginando. Que no es un sentimiento que obedezca a cualquier tipo de alucinación. Que no es algo que apareció hoy y desaparecerá mañana. Y que la persona en cuestión entiende lo que significa ser una mujer, o ser un hombre. Entonces, y sólo entonces, le permitirá «reasignar su sexo», entendiendo que el cuerpo construye el sexo. Entendiendo que ese hombre o esa mujer, jamás se sentirán completos, acabados, realizados como tales, mientras que su cuerpo no se corresponda con el sexo que sienten como suyo. Algunas personas transexuales nunca llegan a sentirse completas, terminadas, pues es imposible que una biología de macho se convierta por completo en una biología de hembra. Así pues, nunca podrán llegar a construirse como mujeres u hombres perfectos. Por eso, muchas personas a las que «les iba bien», se terminan suicidando.

Hay mucha literatura médica respecto a la transexualidad. Muchos libros, protocolos médicos, artículos, opiniones y experiencias. Casi todas ellas van dirigidas siempre a lo mismo: a verificar que el o la paciente transexual se podrá adaptar bien a su rol de género elegido. Que no se está equivocando, sino que es lo que cree y afirma ser. Toda la investigación sobre transexualidad va dirigida a los roles de género, porque sería una desgracia que una persona llegase a cambiar su cuerpo en la creencia de que quiere ser una mujer, y después de operada descubriese que no, que en realidad quería ser un hombre. Dicen que a veces ocurre, aunque yo, hasta la fecha, no he conocido a nadie a quien le haya pasado (agradecería que si hay alguien a quién sí le haya pasado, o que me pueda poner en contacto directo con alguien a quien le ha pasado, lo haga. No me vale «una amiga…», «el paciente de un colega…», «la sobrina de mi prima…»).

Es lógico que las investigaciones sobre transexualidad se centren en el género, ya que el sentimiento de pertenecer al sexo opuesto es lo que nos ha llevado, a la mayoría de los pacientes transexuales, a la consulta del médico. Se ha trabajado la transexualidad desde la necesidad de cambiar el cuerpo para poder integrarnos en el sexo deseado. El motivo de cambiar tu cuerpo, es que perteneces al otro sexo. Por tanto, sólo se debe permitir que cambien su cuerpo quienes de hecho pertenecen al otro sexo, y se debe impedir que lo hagan los que no pertenecen al otro sexo. Todo esto, siempre hablando desde el punto de vista tradicional.

Sin embargo, desde los tiempos del Dr. Harry Benjamin, las cosas han cambiado bastante. Las personas trans estamos aprendiendo muchas cosas. Hemos aprendido a leer, y hemos leido textos feministas. Hemos leido teoría queer. Hemos leido textos sobre psicología y sociología. Hemos aprendido a hablar entre nosotros, y a escribir, y hemos comprendido que la mayoría de nosotros no asumimos el sexo elegido (hombre o mujer) sin cuestionar los roles de género que conllevan. Mientras que la gran mayoría de hombres y mujer que no son trans generalmente cuestionan poco o nada el papel masculino o femenino que les ha tocado interpretar, nosotras, las personas transexuales, hemos reflexionado mucho, muchísimo sobre ello. La mayoría de nosotros nos hemos cuestionado si queríamos continuar con el rol de género asignado, qué partes de él nos agradaban y qué partes rechazábamos, pero también nos hemos cuestionado si realmente seríamos capaces de abrazar el rol de género «opuesto» (¿veis? aquí empiezan a aparecer comillas) con sus pros, pero también sus contras, con las cosas de ese rol que nos gustan, y las cosas que no estamos dispuestos a tomar.

Muchas personas trans empezamos a descubrir, con estupor, que en realidad no estamos tan interesados en ser hombres o mujeres convencionales, sino que nos gusta ser como somos. Al mismo tiempo, el deseo de cambiar nuestro cuerpo, no disminuye. Yo mismo puedo decir, tranquilamente, que cada vez siento una menor necesidad de convertirme en un hombre «al uso» y que descubrir que hay algo de femenino en mí que aflora en los momentos más insospechados, me hace sentir completo. Sin embargo, en esos momentos, me alegro mucho de que mi cuerpo sea cada vez más masculino, y desearía que lo fuese todavía más (aunque me están empezando a salir pelitos en la espalda, y eso sí que no me hace ninguna gracia).

Mi disforia de género siempre ha estado muy centrada sobre los caracteres sexuales secundarios. En segundo lugar, en el plano social. En tercer lugar, los caracteres sexuales primarios.

Nunca quise ser un hombre corriente. Mi familia lo percibía, y yo también. Por eso, cuando inicié mi transición me proponían, como cláusula de escape, que no cambiase mi cuerpo, y encontrar una forma de tratarme que me hiciese sentir mejor. Pero yo lo que necesitaba cambiar, era mi cuerpo. Por eso, incluso cuando empecé a vivir como hombre, sin hormonarme, no me sentía tranquilo. Pensaba en comprar hormonas en el mercado negro, y si no lo hacía, era porque me daba miedo. Cada visita a la psicóloga era una tortura.

Esta experiencia, que sé que comparto con muchas personas trans, no invalida la experiencia transexual «clásica», la primera que he formulado. Hay muchas personas que se entienden de esa forma. Pero somos muchos los que nos entendemos de esta otra forma, y lo que en realidad buscamos cuando por fin acudimos al médico, es cambiar nuestros cuepo para dejar de sufrir, porque no podemos vivir con nosotros mismos.

Sin embargo, como dijo una persona que no sé si quiere ser nombrada «en las UTIG atienden todo tipo de problemas de identidad de género, pero sólo dan diagnósticos de transexualidad». ¿Por qué? ¡Qué injusto! ¿Y qué pasa con lxs demás? Entiendo que las UTIG sigan trabajando en los casos en que alguien necesita reasignar su sexo porque se siente hombre o mujer, pero quienes no están(estamos) en esa circunstancia, también somos merecedorxs de ser atendidxs y de recibir solución a nuestros problemas, que no son menores ni nos provocan menos sufrimiento.

Por eso yo propondría que, además de a las personas transexuales, en las unidades se de tratamiento también a aquellas personas que, aún sin cumplir con los criterios diagnósticos para la transexualidad, padezcan un sufrimiento de gran intesidad que puede provocar trastornos mentales como ansiedad, depresión, trastornos de la alimentación, etc… a causa de sus caracteres sexuales ya sean primarios, o secundarios un gran sufrimiento. O algo así.

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Cita con el urólogo

El proceso de reasignación de género es largo, arduo y aburrido. O eso dicen, porque yo no he hecho más que empezar. ¿Os acordáis de que en mi primera y dramática entrada decía que tenía un plan? Bueno, pues ya ni me acuerdo de cual era, pero está completamente descartado.

La cosa es que todo viaje comienza por un primer paso, y yo di el mío acercándome hasta el médico de cabecera para explicarle mi problema. Como es la segunda vez que veía a este señor, la verdad es que me daba mucho corte, pero saqué fuerzas de flaqueza, agarré el toro por los cuernos y le dije cualquier estupidez en un tono medio farfullado, que él entendió de milagro.

Al principio estábamos los dos un poquito nerviosos (supongo que yo era el primer chico que acudía a él con este problema) y el médico se quedó un poco fuera de juego, porque no sabía demasiado bien lo que tenía que hacer. Intentó hacerme un volante para enviarme al psicólogo, pero no hubo tutía. Me hizo volver ese día a última hora, a ver si entretanto yo conseguía más información, y la conseguí, pero mal. Así que me tocó volver al día siguiente a primera hora, esta vez con varios folios impresos, sacados de diversas páginas de internet. Y nada, que no hubo manera. Me pidió que volviese a última hora (para entonces ya llevábamos como dos horas de reloj intentando hacerme el puto volante), y al final me explicó que había llamado al hospital Carlos Haya, y que le habían comentado que lo que tenía que hacer era pedirme cita con el urólogo, y que a partir de ahí empezaría con el protocolo médico y ya me mandarían a la Unidad de Trastornos de Identidad de Género del Carlos Haya.

Así que de repente me encontré con un volante en las manos para ir a visitar al urólogo. Y una pregunta en la mente: ¿qué coño tengo yo que hablar con un urólogo? Me puedo imaginar algo así:

– Buenos días señora, me parece que se ha equivocado usted de médico. El ginecólogo es en la puerta de al lado.

– No mire, la verdad es que venía a hablar con usted.

– ¿Sí? – pregunta el urólogo enarcando una ceja – ¿Y de que se trata?

– Verá… – en este momento noto que me sonrojo, porque lo que estoy a punto de decir es algo que a ningún hombre le gusta confesar. Pero hablar con el médico es el primer camino para solucionar el problema. Así que allá voy -. Verá doctor, resulta que tengo problemas de erección. Hace tanto tiempo que no se me levanta, que ya ni me acuerdo cuando fue la última vez. Yo diría que han pasado… ¡años!

Ya está, ya lo he dicho. Pelé, el icono de los hombres con problemas eréctiles, estaría orgulloso de mí. Porque está claro que lo mío es un problema de erección. Nunca he tenido ninguna, y eso, en un chico de 29 años, no puede ser sano. Necesito una solución ya.

Nacho me hace otra sugerencia, también bastante buena. El inicio de la conversación sería más o menos el mismo, sólo que al llegar el momento de explicar los síntomas..

– Verá… – en este momento me pongo pálido. Es imposible que el médico crea lo que le voy a contar. Es una historia que parece sacada de una mala película, de esas que ponen a medio día. Sólo que es completamente real -. Verá doctor… fue de repente. Una mañana cojo, me levanto, y me la encuentro así, toda fileteada. ¡Había desaparecido! ¿Usted cree que me volver  a crecer?

Lo cierto es que me preocupa un poco que a mi pobre médico de cabecera lo hayan atendido mal y le esté mareando algún cabrón del Carlos Haya. Porque no sólo me marean a mí, sino que también lo han mareado a él. Y más todavía me preocupa que llegue al urólogo y me diga que el volante para el psiquiatra me lo tiene que hacer el médico de cabecera, y vuelta a empezar, sólo que con un mes y medio perdido por el camino. ¡Santa paciencia!

Por cierto, si alguien se está preguntando si me he intentado informar por otros medios, la respuesta es que sí, lo he hecho. Nadie sabe nada, ni me puede decir nada. En el proceloso océano de la burrocracia médica, cada cual sigue su camino y el futuro es insondable.

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