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El insulto transfóbico.

El día 3 de enero, una persona que me importaba me llamó «loca». Estábamos hablando por whatsapp, sobre una discusión que habíamos tenido días antes. Yo la mandé a hacer puñetas, y no me arrepiento de ello. Era lo que correspondía, sobre todo porque ya se estaba poniendo bastante pesadita en recordarme que no quería volver a saber nada de mí porque soy un egoista y mala persona. Que sí, está en su perfecto derecho de pensar eso de mí, pero a esas alturas, si ella tenía pocas ganas de saber de mí, yo todavía tenía menos ganas de saber de ella, y también tengo derecho a comunicárselo. Digo yo. Mandar a hacer puñetas a alguien no es una expresión ofensiva. Como se puede ver en este enlace, es una expresión que significa que esa persona se vaya a realizar una tarea que lleva tanto tiempo, y requiere tanta concentración, que va a estar mucho tiempo (pero mucho) hasta que termine de realizarla. Hoy en día se podría decir «vete a diseñar un programa de ordenador».

Ella me respondió diciéndome que no tuviese pataletas de niña chica, y a continuación, en la siguiente linea, escribió simplemente «loca». Eso sí es un insulto, probablemente lo peor que podía haberme dicho. Sin embargo, no me dolió. No me dolió en absoulto, y no se por qué. Puede que sea porque no me parece que ser una mujer sea algo malo, o puede que sea porque lo de ser mujer ya es para mí algo ajeno. O la combinación de ambas cosas. Si en vez de decir que soy una mujer loca, me hubiese dicho que soy un inglés loco, me habría causado el mismo efecto, es decir, ninguno.

Lo que sí me causó efecto fue la intención. Está claro que ella tiraba a matar. Durante aproximadamente dos semanas, ella se fue convirtiendo en una persona muy importante para mí. Me gustaba verla contenta, y me esforzaba por conseguirlo, por atender sus necesidades… Fue decepcionante ver que ella, en cambio, no parecía especialmente interesada en lo que necesitaba yo (fue por eso que empezamos a discutir en primer lugar). Pero de ahí a lanzar la bomba atómica…

Que su ataque no tuviese el efecto demoledor que ella esperaba, no significa que no lo lanzara. Y es, en efecto, una bomba atómica, ya que no se trata de un insulto que pretende afectarme únicamente a mí, que niega únicamente mi propia identidad, sino que irradia y niega la identidad de todas las personas trans. Este insulto, incluye también a la persona que nos presentó, su antigua profesora del instituto, a la que, según decía, le tenía mucho cariño. Menos mal, que si no…

Ella, que me había importado tanto, dejó de importarme en ese momento. Ni siquiera me molesté en responderle. Simplemente le informé de que la conversación había terminado… O eso es lo que a mí me habría gustado. Ojalá los sentimientos de las personas se pudiesen graduar, con un botón de encendido y apagado. On-Off. Ahora me importas, ahora no me importas. De hecho sigue importándome tanto que he guardado esa conversación en el móvil, de manera que cada vez que se me pasa por la cabeza volver a ponerme en contacto con ella, la tengo que leer. La última línea que me escribió fue una en la que, ante mi falta de respuesta por las provocaciones que continuó lanzando a lo largo del día, me pide que deje de manipular. Así, en estos días de viento, cuando me acuerdo de ella y pienso que debe estar triste, porque el viento le da miedo, puedo volver a mirar la conversación y así me acuerdo de por qué está sola, en lugar  de estar conmigo (si es que no se ha ido ya de aquí y está viviendo en otra parte, claro). En cualquier caso, ahora ya me cuesta mucho menos trabajo no pensar en ella, y tampoco tengo mucho tiempo para pensar.

Lo que me viene muchas veces a la cabeza es tratar de imaginar por qué alguien es capaz de proferir ese tipo de insultos. Quisiera saber qué tiene en la cabeza alguien que desde un lugar socialmente privilegiado (el lugar de «no transexual») le recuerda a otra persona que está en un lugar inferior.

Quizá quienes hacen ese tipo de cosas, en realidad no se creen en un lugar superior, sino más bien al contrario: se sienten inseguros, creen que en realidad no valen tanto como desearían valer, y sienten que, de algún modo «nos están engañando a todos para que creamos que merecen la pena». Por eso insultan así, porque este insulto no es para la persona que lo recibe, sino para si mismos. Es como quien se autolesiona para hacer sentir culpable a otro. Es un «mira lo que me has obligado a hacer». Es una pena.

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Iba a terminar esta entrada con el párrafo anterior, pero al pensarlo un poco mejor, me doy cuenta de que la explicación no me satisface. Al final la conclusión sería «me ha insultado, pero la que es digna de compasión, es ella». Eso no es así. No sé por qué, pero cuando intento pensar sobre este asunto, no tengo la cabeza clara, y se me ocurren miles de idioteces, a cada cual peor. Puede que deba asumir, simplemente, que jamás conseguiré entender por qué hay gente que hace ese tipo de cosas. O que hay gente que simplemente, actúa por maldad, por el gusto de hacer daño a otros, aunque por el camino se causen daño a si mismos. Sin embargo, esa explicación, tampoco me parece razonable ¿Entonces…?

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En respuesta a Xomorro

Hace unos días, Xomorro dejó un comentario en el que hacía diversas preguntas. Como la respuesta ha sido bastante larga, y creo que además puede interesar a otras personas, he pensado hacer una entrada con ella. Podéis ver la pregunta aquí. A continuación, la respuesta.

Kaixo Xomorro!

Lo primero es que no sé con qué género dirigirme a ti, ya que a veces usas la x, otras el femenino, y me ha parecido ver que en algún lugar usabas el masculino, así que a falta de que me digas lo que prefieres (si es que prefieres algo), voy a usar la x, aunque tengo ciertas reservas hacia esta forma «agenérica» porque en la comunicación verbal no sirve… lo cual nos indica que está ideada sólo par ser utilizada en ambientes académicos o virtuales, en los que la comunicación es predominantentemente escrita.

Planteas un montón de preguntas, algunas claramente, y otras de manera «tangencial», a ver si puedo abarcarlo todo.

Cuando le dije a mi hermana que soy trans, yo no entendía muy bien qué era lo que me pasaba, o por qué sé que soy un hombre, o por qué lo estaba pasando tan mal. Mi hermana me lo explicó en unas pocas frases «tantos años aguantando que la gente te trate de una forma que no te gusta, y sin poder decir nada», o algo así fue lo que me dijo. Porque a mí lo que realmente me gusta es que me traten como a un hombre. Luego habrá cosas puntuales que me molesten, pero como a todo el mundo…

Nunca he pedido a nadie que me entienda, sólo que me trate bien, esto es, que me trate como yo deseo. Es cierto que me da pena que muchxs de mis amigxs más antiguxs, por más que se esfuerzan no pueden dejar de ver principalmente a la mujer que también hay en mí, mientras que mi parte masculina les resulta más difícil de asumir. Sin embargo lo intentan, y con eso ya es bastante.

No tienes por qué entender a las personas transexuales. Si no lo haces, no pasará nada. Lo que sí tienes que hacer es no cuestionar la legitimidad de sus sentimientos o de su identidad (no estoy diciendo que en la actualidad lo estés haciendo).

Ahora bien, comentas que te gustaría empatizar con esa experiencia y preguntas qué es ser mujer u hombre, cómo se define… Lo curioso es que la gran mayoría de la población se define y se siente mujer u hombre, sean o no sea trans. Sin embargo, a una mujer cis nadie le pregunta por qué sabe que es una mujer, por que se siente mujer, y por qué es feliz siendo mujer. Simplemente «son» mujeres y se asume que eso es algo «natural».

Ser mujer u hombre, desde luego, no viene definido por cosas externas como la ropa o las aficiones, pero sí es verdad que la feminidad o masculinidad de una persona puede ayudarle a demostrarse a si mismx que pertenece a ese sexogénero. «Soy mujer, porque soy femenina» – «Soy hombre, porque soy masculino». En mi opinión, medir la propia identidad con el rasero de la propia masculinidad o feminidad es totalmente legítimo, aceptable, y una forma de hacerlo tan buena como otra cualquiera.

Otras personas utilizan como indicador su biología. Soy mujer/hombre por mis genitales, lo que lleva a algunas personas trans a operarse, aunque no todas las que se operan lo hacen por ese motivo, algunas lo hacen porque no soportan su cuerpo tal y como es, y esperan que será más soportable si lo reconstruyen. Es la forma de pensar más extendida, la mayoría de la gente cree ser mujer u hombre porque tienen vagina o pene. Para que te des cuenta de hasta que punto este pensamiento está extendido, a las operaciones de reconstrucción genital se las llama comunmente «operaciones de cambio de sexo», «cirugía de reasignación de sexo», o «cirugía de reasignación de género», incluso, y especialmente, entre médicos, cirujanos y psicólogos especializados en el tratamiento de la transexualidad. De un tiempo a esta parte (y confío en que yo he contribuido bastante a ello) estoy empezando a escuchar cada vez más la expresión «cirugía de reconstrucción genital».

Otros indicadores de la biología que se usan para demostrarse a unx mismx su pertenencia a un sexogénero concreto son los cromosomas (ver comentario de Alexander). Hay gente que se basa en que el cerebro es «sexuado», es decir, que el cerebro de mujeres y hombres es distinto, y que son hombres o mujeres porque su cerebro es de hombre o de mujer. También hay personas que se basan en la morfología de su cuerpo (por ejemplo, mujeres con cromosomas XY y resistencia a la testosterona, que son externamente femeninas), y, como no, quienes se basan en que en su cuerpo existen o existieron gónadas de uno de los dos sexos oficialmente reconocidos (que no únicos). Esto de las gónadas es tan importante, que es el argumento que habitualmente usa la Iglesia Católica y sus afines para «demostrar» que las personas transexuales no podemos pertenecer realmente a otro sexo que no sea el «de nacimiento», puesto que no es posible que nuestros cuerpos alberguen gónadas del sexo «de llegada». En fin, cualquiera de estas ideas es tan buena como cualquier otra a la hora de explicarse a unx mismx. El problema es cuando se pretende usarlas como baremo para medir al otrx. Es decir, si yo baso mi «hombría» en que mi comportamiento es masculino, y exijo que cualquiera tenga un comportamiento igualmente masculino para considerarlo hombre, lo estoy haciendo mal. Si yo baso mi «hombría» en la necesidad de adquirir caracteres sexuales primarios o secundarios, y exijo que cualquier otra persona acomode sus propios caracteres sexuales para admitirla como hombre, también lo estaría haciendo haciendo mal.

¿Y cual es mi posición al respecto? Mi posición es muy simple: el origen de la transexualidad es la heterosexualidad. Buscamos respuestas para tratar de comprender la «experiencia transexual», porque pensamos que lo «normal» es ser heterosexual, lo cual incluye, de paso, no ser transexual. De modo que al final la respuesta te la diste tú en tu propia pregunta: la identidad no se explica, se vive. La identidad es, y es por influencia de todo. No necesito saber qué ha influido en mí para que me considere un hombre, o mayormente un hombre (no siempre me considero un hombre), y para que NECESITE muy intensamente modificar mi cuerpo. No necesito saber qué es lo que está mal en mí para que yo no sea una persona normal.

Pasando a la segunda parte de tu comentario, me hablas de que estás distanciándote de un amigo, y de que no ves con buenos ojos a las otras personas trans «por ideología». Allí en el País Vasco, al igual que en Cataluña, tenéis un reducto de transexuales conservadorxs que se empeñan en establecer una normativización estricta, medible y pesable de qué y cómo tiene que ser una persona trans para ser aceptable. Básicamente la idea es muy sencilla: para ser aceptable, la persona trans tiene que adaptarse a un modelo. Ese modelo son ellxs mismxs. Bien por ellos. Debe ser un subidón para la autoestima creerse tan perfecto que puedes convertirte en el centro y modelo del universo. Seguro que nunca necesitarán tomar antidepresivos, hacer meditación, o practicar deporte para levantarse el ánimo. Debe bastarles con pensar «soy el ser que sirve de referencia y modelo para el resto de la humanidad» y les dará un subidón de la hostia.

En Cataluña y en el País Vasco tenéis otra cosa en común: hay mucha gente que cuando se encuentra con alguien a quien no puede convencer, o contra la que no puede argumentar, en lugar de respetarla, o retirarse hasta que se le ocurra un argumento mejor, simplemente caen en la descalificación. Da igual que te digan «facha» o «transfóbica». Es descalificación. Hace poco, Mauro Cabral reflexionaba sobre todas esas personas que usan alegremente la palabra «transfóbico» para (des)calificar a otrxs, y que, sin embargo, no cesan de repetir, enérgicamente, que ellxs no son trans. De ninguna manera. Puede que quepa dudas sobre otras cosas, pero lo que no son en ningún modo, es trans. ¿No será, más bien, que lxs transfóbicxs son ellxs? Lo mejor, en mi experiencia, es no hacerles mucho caso y mantenerse apartadx de ellxs. Si tu amigx se deja convencer, supongo que ya es mayorcito para saber lo que hace. Es triste ver como un amigx se aleja, pero a veces la vida es triste.

Por lo demás, creo que sí hay muchas actitudes y expresiones de las personas trans(exuales) que pueden ser ofensivas para alguien en tu situación (¿ves? porque existen personas como tú «cis-anormales» me resisto a usar la expresión «cisexual», que contiene una cierta carga de «estar feliz con el sexo asignado al nacer», que no siempre es cierta. Es como decir que están lxs guays, lxs que transitan, y lxs conformistas medio lelxs, que se quedan como están). Por una parte está lo que comentaba antes de pretender imponer a otrxs el baremo personal e íntimo que uso para mí. Por otra parte, hay una cuestión muy importante: cuando la identidad se convierte en política.

Porque la identidad propia es algo muy íntimo, aparentemente personalísimo, que no afecta o no debería afectar a terceras personas. La realidad es que sí lo hace. Nuestro juego con respecto a quienes nos rodean cambia por completo en función del género dentro del que se nos percibe. Las personas ambiguas, que no sabemos en qué género situar, generalmente nos causan inquietud, incluso a mí. De modo que algo que es, en principio, intimísimo, se convierte al mismo tiempo en una cuestión política, que, además, en este momento está también politizada. Muchas personas transexuales conservadoras (no clásicas, no. Conservadoras) acusan a aquellas personas que no os sentís bien dentro de la categoría de hombre o de mujer de utilizar la identidad como un arma ideológica para hacer política. Como un medio de provocación social. No como una auténtica identidad, sino como un atuendo del que un día os despojaréis, como quien pertenece a una tribu urbana durante la adolescencia, y luego deja de pertenecer a ella.

Te digo lo mismo que antes: aléjate. No vas a conseguir convencerles de nada. No vas a conseguir que te respeten. Sólo vas a sacar disgustos, acusaciones, puede que insultos, e incluso peleas. Si a tus amigxs les va ese rollo, entonces quizá no sean como creías que eran. Una persona que le va el rollo de creerse mejor que otrxs, de erigirse como modelo, de portar ideas y opiniones en todo mesiánico, despreciando a quienes no comulgan con sus ideas… no es una persona a la que merezca la pena dedicar mucho tiempo. Sí, creerte mejor que otrxs, pensar que formas parte de una élite elegida, es muy alagador y agradable, pero hay otras formas constructivas de sentirse bien, y la gran mayoría de la población las conoce.

Es una pena. No es fácil despedirse o poner distancia con las personas a las que quieres o has querido, pero si van por ese camino, no es conveniente que las siguas. Intenta razonar con ellas, pero si ves que no… pues entonces dedica tu esfuerzo a otras cosas, y pon tus afectos en quienes lo merezcan.

Muchas gracias por leer y por tus comentarios, y cualquier otra pregunta que tengas, no te cortes en hacerla.

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IDAHO (International Day Against Homophobia and Transphobia)

El Día 17 de mayo es el IDAHO, día internacional contral la homofobia y la transfobia, que en los paises hispanoparlantes se está convirtiendo en el día contra la LGTB-fobia, lesgabitransfobia, y otras denominaciones similiares que creo que no terminan de satisfacer a nadie, por motivos obvios.

No me gusta los «días de», porque suelen ser la excusa para recordar algo puntualmente, y luego olvidarse de ello el resto del año. De hecho han pasado tres semanas desde ese día, y ya tengo la sensación de que escribir sobre fobias hacia las distintas formas de manifestación de identidades y orientaciones sexuales que no sean heterosexuales resulta inoportuno. Más razón para escribir sobre ello.

El mes pasado me apunté a clase de 12 pares, es un arte marcial filipino, del que nunca había oido hablar, que se puede practicar con espada, puñal, manos o armas improvisadas. Un amigo mío, cuando se enteró me comentó que cómo se me ocurre apuntarme a cosas de esas. Me conoce lo suficientemente bien como para saber que la coordinación no es mi especialidad, y que tampoco soy una persona especialmente agresiva.

Sin embargo, yo llevaba algún tiempo con ganas de practicar artes marciales, y si no lo había hecho antes, fue por falta de oportunidad. En realidad, no quiero pegar a nadie, y nunca me he peleado con nadie (me refiero a agresiones físicas), al menos durante mi vida adulta. El problema es que de vez en cuando, una vez cada dos o tres meses, salta a los periódicos la noticia de una agresión a un gay, lesbiana, o persona transexual, en España. Una personas trans muere asesinada cada tres días. El mes pasado, una chica trans de los EE.UU. recibió una paliza al entrar al baño de señoras en un McDonalds, ante la mirada impasible de clientes y trabajadores. Sólo dos personas (el encargado y una señora mayor) la defendieron.

Este año también hemos podido ver el video de una mujer transexual asesinada en Brasil

Ya hablé de Evelyn Ormeño, en Quito.

De vuelta a España, hace unos meses una pareja de lesbianas fue expulsada de la discoteca granadina «Buda», y, ya en la calle, los guardias de seguridad les dieron una paliza. Una lesbiana en Ceuta recibió otra paliza hace unos meses. En la pasada feria de Abril una pareja de gays fue expulsada de la caseta por querer bailar juntos, aunque al menos nadie les pegó. A un amigo mío, al salir de su trabajo, unos chicos subidos en una moto le lanzaron una botella de cristal, al grito de «maricón».

Un día alguien va a venir a pegarme a mí, porque es un crimen terrible ser transexual y no ocultarlo. O tal vez el día que me peguen sea por motivos de orientación sexual, vaya usted a saber. A lo mejor nadie intenta pegarme nunca, pero no puedo saberlo, y no puedo evitar preguntarme cuando me tocará el turno a mí. Por eso quiero aprender a defenderme, para que, aunque no llegue a ser un auténtico virtuoso de las artes marciales, golpearme no sea algo tan fácil que lo pueda hacer cualquiera, sin riesgo. Eso es lo que pensaba el miércoles pasado, mientras mi maestro me enseñaba llaves para parar un golpe y, de paso, luxar el brazo, desarmar al rival, y quedarte tú con su arma. También pensaba que si alguna vez viene alguien a atacarme de verdad con un arma, necesitaré tener mucha más destreza de la que tengo ahora para defenderme, y que aún así, no importa lo bueno que pueda llegar a ser yo, porque siempre habrá alguien que sea mejor. O que venga con una pistola. O con cuatro amigos.

Es transfobia que los periodistas descalifiquen la validez de Carla Antonelli como política porque es transexual, como si por ser transexual una persona no pudiese hacer nada relevante (aunque, claro, las personas transexuales somos trastornadas mentales, así que no se puede dejar en nuestras manos ninguna tarea que requiera gran responsabilidad).

Las lesbianas que pretenden acceder a los servicios de reproducción asistida que ofrecen los servicios sanitarios públicos están teniendo problemas. Ya han habido algunas parejas que han sido rechazadas porque eran parejas de dos mujeres. Supongo que si la pareja solicitante tuviese un componente transexual, también sería rechazada… fuese la pareja heterosexual o no, fuese transexual la persona a embarazarse o no. Si quieres apoyar la campaña para la igualdad de derechos reproductivos de las lesbianas, puedes colaborar firmando esta petición.

Es homofobia que el PP haya recurrido al Tribunal Constitucional el matrimonio homosexual, y que prometan que cuando ellos gobiernen (no «si ellos gobiernan») cambiarán la ley (no han explicado si lo harán con efecto retroactivo, y qué ocurrirá con las parejas homosexuales que ya existen). Es homofobia que haya muchas personas a las que esto les parezca bien, y para las que esto sea un motivo más que las incline a votar al PP.

Es homofobia que en cada país en el que se debate si debería permitirse el matrimonio homosexual, se esgrima el argumento de «¿y los niños? ¿qué pasará con lo niños?», reconociendo la incompetencia de una pareja homosexual, ya sea de hombres o de mujeres, para la crianza de sus hijos o hijas. También es homofobia que algunos paises se nieguen a entregar en adopción criaturas a parejas homosexuales. Probablemente creerán que están mejor atendidos y que son más amados en un orfanato que debe hacer juegos malabares con su presupuesto. En cierta ocasión un responsable de adopciones ruso le dijo a una pareja gay que preferiría que los niños muriesen congelados por dormir en una parada de autobús antes que entregarlos a una pareja homosexual.

Es transfobia inolerable que en este país, que nos creemos que estamos en la Europa del S. XXI, y seguimos en el África del S. XIX, hayan madres a las que se amenaza con quitarles la custodia de sus hijas e hijos por vestirlos con ropa del género que no toca, llamarles y tratarles en función del género que sus hij*s piden ser tratad*s, y exigir al personal del centro docente al que asisten que les traten de igual forma, respetando las preferencias de la niña o niño en cuestión. O que el hijo biológico de un hombre transexual, entre en la escuela llamándole «papá» y salga llamándole «mamá» porque la maestra dice que es lo correcto.

Podría estar así hasta mañana, y se me olvidaría algo seguro. Pero el miércoles tengo un examen, así que lo dejaré aquí de momento.

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En referencia al proyecto de Ley de Igualdad de Trato

He visto varios artículos sobre el proyecto de Ley de Igualdad de Trato, también conocido como «Ley mordaza», y lo primero que sorprende es que casi todos ellos son uniformes. Que cada cual reflexione sobre lo que esto puede significar. Por mi parte lo que sí puedo decir es que yo he sido discriminado una y otra vez por motivo de identidad de género y, como es lógico, soy proclive a dar la bienvenida a las medidas que puedan contribuir a que esta discriminación hacia mí y hacia otros cese. Como soy parte implicada, no puedo ser objetivo, de modo que animo a quien quiera una información completa, no sesgada y veraz, a leerse el proyecto de ley. Para los demás, aquí dejo una respuesta que he intentado publicar a la siguiente entrada del blog de un tal Elentir que, al parecer, es bastante conocido. (En el momento de escribir esta entrada, mi respuesta en tal blog no ha sido publicada. No es que me parezca mal que cada cual modere su blog como le de la gana, es para que nadie se rompa la cabeza buscándola).

Empezaré comentando esta entrada partiendo de la siguiente base: hay muchas personas a las que les parece totalmente disparatado que si antes a los maricones y demás gentuza (como yo, que soy transexual y bisexual) nos metían en la cárcel con la ley de vagos y maleantes, ahora ya no sólo tengamos los mismos derechos que los demás, sino que, además, hasta esté prohibido insultarnos. Un escándalo contra natura que pone el mundo al revés. Pobrecitos, que pena me dan. Estoy a punto de llorar y todo.

Pasando a los hechos objetivos del blog, el artículo 3 del proyecto de ley no señala: “Esta Ley se aplicará en todos los ámbitos de la vida política, económica, cultural y social” Enumera una serie de ámbitos para los que, en mi opinión, es necesario establecer esta ley, puesto que la discriminación, y además, muy gravemente. Los criterios de discriminación son:

Art. 2.1 «Nadie podrá ser discriminado por razón de nacimiento, origen racial o étnico, sexo, religión, convicción u opinión, edad, discapacidad, orientación o identidad sexual, enfermedad, o cualquier otra condición o
circunstancia personal o social.» Muy similares a los que ya aparecen en el art. 14 de la Constitución.

Respecto al ámbito objetivo de aplicación, no incluye las páginas personales, así que, señor Elentir, puede usted estar muy tranquilo: podrá discriminar todo lo que quiera en su blog.

El artículo 4 sí incluye las palabras que usted blog escribe, pero, además, incluye otras muchas. Especialmente, el art. 4.2 establece una limitación a la no discriminación que es «No se considera discriminación la diferencia de trato basada en alguna de las causas previstas en el apartado primero del artículo dos de esta Ley derivada de una disposición, conducta, acto, criterio o práctica que pueda justificarse objetivamente por una finalidad legítima y como medio adecuado, necesario y proporcionado para alcanzarla.» De modo que, aunque fuese verdad que la ley especifica que no se puede establecer discriminación por razón de idioma (que no lo hace, por cierto), la limitación del uso de idiomas quedaría justificada por el objetivo del bog, que parece ser «engañar sobre el conenido de los proyectos de ley a los lectores de habla española, transmitiendo información falsa». Si el objetivo fuese «establecer una comunidad de usuarios de Linux», no sería considerado como discriminación el moderar los comentarios de alguien que estuviese constantemente hablado de Windows, así que los usuarios de Linux también pueden estar tranquilos.

La interpretación que hace usted del artículo 5 sobre discriminación indirecta, es disparatada. La discriminación indirecta no significa establecer criterios para animar a la gente a que cometa actos de discriminación. Un ejemplo de discriminación indirecta podría ser lo que me pasa a mí cuando voy a cualquier centro médico y se me llama por mi nombre legal: en ese momento se hace público un dato de mi expediente médico (que soy transexual) al mismo tiempo que se vulnera mi derecho a la propia imagen e incluso al honor. Sin ir más lejos, el martes pasado fui a hacerme un análisis de sangre al ambulatorio de mi pueblo, y cuando una de las pacientes me vio, se echó a reir. Gracias a esta ley podré exigir en los hospitales que dejen de llamarme de esa manera, cosa que, en estos momentos, no tengo derecho a solicitar, puesto que los nombres y apellidos que figuran en el DNI son un dato público. Lo que pasa es que como usted no debe haber sufrido nunca una discriminación real, no comprende a qué va referida la ley. O quizá está usted dentro del grupo de los que opinan que la gentuza como yo no debería poder tener los mismos derechos que las personas decentes.

La interpretación referente al artículo 10 también es absurda, empezando porque este blog está fuera del ámbito objetivo de aplicación (claro que como usted empezño diciendo una mentira del tamaño de un tolebús al mencionar el artículo 3 que especifica el ámbito de actuación, pues… en su mundo ficticio, sí se podría interpretar así). La realidad es que el artículo 10 está pensado para proteger a personas como una amiga mía, que está denunciando a su médico porque se niega a darle los tratamientos sanitarios que están prescritos en su caso, a no ser que se vista como a él le guste, y eduque a sus hijos y se relacione con su mujer como el médico diga. Muchas otras pacientes de este médico están en la misma situación, pero ninguno se atreven a denunciar no vaya a ser que les retiren los tratamientos. Con esta ley, podrán denunciar sin miedo. Claro que también es posible que usted opine que la gentuza como yo, aunque pagamos impuestos, no deberíamos tener derecho a la salud.

En fin, no sigo con el resto, porque va todo en la misma linea. Enhorabuena por la entrada, que está siendo muy leida y mucha gente se la está creyendo, aunque lamento informarle de que la gran mayoría de la población de este país está en contra de la discriminación. Por lo general, las leyes antidiscriminación de nuestro Gobierno son completamente ineficaces, como la ley contra la discriminación de la mujer, o la de la violencia de género, pero esta precisamente, es una ley necesaria, útil y bien hecha, que servirá para frenar la discriminación que muchos venimos sufriendo desde hace ya demasiado tiempo. Eso, claro, molesta y da mucho miedo a los que discriminan.

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Añado aquí, en mi propio blog, las siguientes observaciones:

No es cierto que el artículo 28 invierta la carga de prueba. El artículo 28.1 indica que cuando se haga una acusación basada en indicios suficientes, la parte denunciada tendrá que justificarse. Es decir, que yo, para denunciar a alguien, tengo que presentar pruebas, y si mis pruebas son convincentes (con lo cual ya superaríamos la fase de presunción de inocencia), entonces la parte denunciada tendrá que defenderse. ¡Pues claro! ¿Qué quieren, que la parte denunciada no se pueda defender? Pero la ley va aún más allá y señala que para los procesos penales y los procesos administrativos sancionadores no se aplicará lo establecido en esta ley, por lo que se aplicará el procedimiento normal para todos los casos.

Sin entrar en más detalles, las supuestas interpretaciones que he visto en otros artículos que señalan que esta ley es para censurar blogs por la cara, sin jueces ni nada, tampoco son ciertas. Para empezar, la eliminación de contenidos de una página de internet tendrá que ser ordenada por un juez, si el juez opina que es necesario, y con sujección a ciertas limitaciones. El proceso administrativo relativo a los actos discriminatorios será llevado, como siempre, por la administración (sin participación del juez), aunque, como siempre, contra la resolución de la Administración siempre cabrá interponer un recurso en los juzgados de lo contencioso-administrativo. Como siempre, los ciudadanos estamos bastante indefensos ante la arbitrariedad de la Administración, pero eso no es culpa de esta ley, sino, sobretodo, de la Ley de Organización y Funcionamiento de la Administración General del Estado y Proceso Administrativo Común, que es la que lleva esas cosas.

La pena es que la fachaopinión se difundirá mucho más que mi opinión, pero así es la vida… El día 17 de mayo fue el día contra la homofobia y la transfobia, dos semanas más tarde aquí estamos, teniendo que defender la primera ley que se hace específicamente para evitar que nos discriminen (lo cual demuestra que la discriminación existe).

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Viajar a Guayaquil (II)

Preparar los diez minutos de ponencia para el acto de Guayaquil fue un trabajo que nos requirió muchas horas, ensayos, borradores reescritos una y otra vez… Igual que en las carreras de coches el piloto conduce pero tiene detrás un equipo que se encarga de poner el vehículo a punto, nuestros ponentes tenían el respaldo de todo el Proyecto Transgénero.

Así que cuando a los compañeros empezaron a hablar, yo también estaba hablando a través de ellos, aunque sin subir a la tarima. Y al ver lo bien que lo hacían, me hinché como un pavo real. Los otros ponentes y las personas que estaban en el público asentían con la cabeza a sus palabras, que también eran las mías, y mientras ellos, desde arriba, aguantaban el tipo, los nervios, la presión… yo, sentado entre el público, disfrutaba de la sensación del trabajo bien hecho.

Lo que yo no sabía era que, además de encontrar mis palabras en el discurso de mis compañeros, las encontraría en el discurso de otra de las personas que iban a hablar allí. Estaba hablando Diane, de Silueta X, y de repente algo en lo que decía me sorprendió. No era solo porque el contenido me sonaba muy diferente al tipo de cosas que se suelen escuchar aquí, en el Ecuador (sus preocupaciones son totalmente distintas a las que tenemos en España) sino porque me resultaba extrañamente familiar… ¡Y tanto que me era familiar, como que lo había escrito yo! Se trataba de la traducción del informe Hamaberg que había hecho junto con otra persona, y que se ha publicado dentro del proyecto Transrespeto vs. Transfobia en el Mundo. Y ahí sí que me hinché del todo como un pavo real, puesto que esa traducción está para que se difunda lo máximo posible, y reencontrarme con ella después de haber viajado tanto, en un lugar tan improbable, que nada tenía que ver con mis proyectos de aquel momento demuestra que, en efecto, esa difusión está existiendo. La pena es que la ponente olvidó citar la fuente, de modo que parecía que lo que estaba diciendo hubiese sido idea de ella, pero bueno… son las cosas del directo.

Después del acto pudimos hablar con varias personas sobre nuestras ponencias, pero también sobre las otras que se habían hecho. Todas habían sido muy buenas e interesantes, y nos habían dado que pensar y de qué hablar. Conocí a gente nueva… e incluso conocí a un señor de Barcelona que llevaba un año viviendo en Ecuador. Me dió mucha alegría volver a ver a un compatriota y escuchar un acento parecido al mío (si alguien cree que el acento de un andaluz no se parece al de un catalán, que se pase una temporadita viviendo aquí y luego me lo cuenta). Siempre que he viajado al extranjero he encontrado españoles hasta en la sopa, pero aquí en Quito somos muy pocos y parece que andamos «camuflados», porque yo todavía no me he cruzado con ninguno, ni siquiera cuando he ido al consulado español (excepto el guardia civil que trabaja allí).

A continuación, estaba planeada una besada en el Malecón. Eso del Malecón me dejó un poco confundido, porque Guayaquil está a dos horas de la costa, así que no podía imaginarme como harían los barcos para acercarse a ese malecón en cuestión. Con lo que yo no contaba es con que la ciudad tiene río, y además los ríos de aquí no son como los de España… Aquí llueve con abundancia, y el resultado son ríos muy anchos… navegables.

De todos modos, el Malecón no es un puerto fluvial, sino más bien un paseo a lo largo del río. Se trata de un paseo muy bonito, de estilo moderno, que, de algún modo recuerda al ambiente de Barcelona, aunque lo cierto es que no se le parece en nada. Los colores predominantes son los naranjas, rojos y amarillos, pero las lineas onduladas y suaves, los edificios modernistas que hay cerca, el clima caluroso y húmedo… le dan un «yo que sé qué», que recuerda muchísimo a la ciudad Condal, que tan bien conozco. Me dió una morriña terrible, aunque al mismo tiempo me gustó encontrarme en un ambiente conocido, y al mismo tiempo, no podía dejar de sentirme algo ajeno, extraño, de una forma indefinible. Era como volver a casa y descubrir que te han cambiado de sitio todos los muebles y las llaves de la luz.

El viaje de vuelta lo hicimos de nuevo por la noche, en atobús. De nuevo nos registraron las mochilas antes de subir al vehículo, aunque a mí no me cachearon (a mis compañeros sí… pero lo cierto es que he notado que casi siempre los controles de seguridad que me hacen a mí son más livianos que los que hacen a la mayoría de la gente… debo tener cara de inocente). Una vez más, la policía nos detuvo a mitad de camino y también nos registró las mochilas y nos cacheó. Además, en esta ocasión a los hombres nos metieron dentro de un corralito, con lo que, encima, me entró complejo de gallina. Pero estaba tan cansado y tenía tanto sueño que me dio igual todo. Yo sólo quería dormir. Los virus de gripe o resfriado que llevaba encima también me animaban a dormir, y el autobús era tan sumaente cómodo para la vuelta como lo fue para la ida, así que caí rendido como un niño chico y dormí del tirón hasta que llegamos a Quito cuando ya era de día.

Aquí dejo los videos de las ponencias de mis compañeros:

Pascal Hannoun.

Jorge Santana.

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Derecho a cabrearse.

Tras la anterior entrada, mi intención era seguir escribiendo sobre la Ley 3/2007. Sin embargo desde la semana pasada han pasado varias cosas, entre ellas un terrible resfriado, de los que hacen época, que me ha tenido sin poder respirar, hablar o moverme, y mucho menos pensar, y el segundo acto transfóbico en quince días proveniente de alguien muy cercano a mí (aunque no de la familia, menos mal). Así que he decidido hacer un kit-kat (una pausa) y hablar sobre transfobia.

Normalmente, al hablar de transfobia, pensamos en insultos directos, en discriminación laboral, en asesinatos, en… en cosas de esas. Sin embargo, en muchas ocasiones, la transfobia es sutil, e incluso a veces nosotros mismos somos los primeros que la practicamos, sobre nuestra propia carne.

No sé qué pasará después de que publique esta entrada. Mi blog ya dejó de ser anónimo hace bastante tiempo, y quizá haya quien opine que lo utilizo para atacar desde un medio público que controlo a personas que no pueden responder aportando su versión del asunto. Es posible que después de esta entrada, mi lista de amigos se acorte en algunos nombres.

El primer ataque «transfóbico» me vino de una persona en la que confiaba, con la que compartí cosas muy íntimas, y que colgó un texto en Facebook el que, sin mencionar la transexualidad, exponía una serie de ideas y teorías científicas no comprobadas que a menudo se han utilizado en otros ámbitos para un ámplio abanico de cosas, desde la justificación de la patologización de la transexualidad como enfermedad psiquiátrica hasta la propuesta de posibles prácticas que rozan la eugenesia. Por si cabía alguna duda de que el texto iba dedicado a mí, lo acompañó de un extraño comentario en el que hacía referencia al DSM-V (el borrador del DSM-V ya ha salido, y la transexualidad sigue apareciendo en él, con un leve lavado de cara que sólo empeora las cosas).

Se trataba de un texto que, en resumen, relacionaba lo siguiente:

– La teoría (no sé si demostrada) de que las infusiones de hormonas durante el embarazo hacen que los dedos anulares sean más cortos o más largos (a más testosterona, más largo el dedo anular).

– La teoría NO DEMOSTRADA de que las infusiones de hormonas en el cerebro hacen que el cerebro del feto se desarrolle con forma masculina o femenina (con mucha testosterona, cerebro masculino, con estrógenos, cerebro femenino).

– La conclusión de que si tienes el anular más largo que el índice, recibiste mucha testosterona durante el embarazo, y tu cerebro es masculino, y si tienes el anular más corto o de longitud similar al dedo índice, tu cerebro será femenino.

– La conclusión de que el tener el dedo anular largo en las mujeres explica que estas sean más «masculinas de lo normal», presentando actitudes que son por naturaleza masculinas, o que tener el dedo corto en los hombres explica que estos sean más «dóciles» y tengan actitudes que son, por naturaleza femeninas.

Un texto tan completito que lo voy a buscar por internet (ya no tengo acceso al perfil de la persona que lo colgó, porque la desagregué casi de inmediato) y como lo encuentre, lo pongo aquí, comentado.

El segundo ataque transfóbico vino de alguien a quien durante muchos años he considerado como un amigo, aunque cada vez con más reservas, y que está casado con otra persona que a la que también tengo por amiga, esta vez sin reservas, desde hace tantos años como a él. Habíamos quedado él, su mujer, otra amiga y yo para pasar el puente recordando viejos tiempos, hablando de amigos comunes y disfrutando en general de nuestra compañía mutua. La última noche, este tipo dijo: «yo lo he pasado muy bien, pero la proxima vez a ver si os traéis a un hombre, para que pueda hablar con él».

Bien, bien, detengámonos aquí un momento. Esta es MI versión. Esto es como yo veo las cosas. Si preguntásemos a la persona que colgó ese texto lleno de barbaridades, muy probablemente diría que ella y yo llevábamos ya varios días «de mal rollo», que yo estaba muy susceptible, que en ningún momento cuando colgó ese texto lo hizo para hacerme daño o atacarme de ningún modo, y que, además, ella nunca dijo que estuviese de acuerdo con el texto que estaba difundiendo, sino que lo ofrecía para que cada cual sacase sus propias conclusiones. El texto, como ya he dicho, no decía nada sobre transexualidad, y si yo vi algo, o lo relacioné con la transexualidad de alguna manera, fue una interpretación mía, sin base alguna y que ella no podía prever.

En el segundo caso, mi «amigo» no es que quisiera decir que yo no soy un hombre… es que yo estaba en muy buena sintonía con las chicas, y él necesitaba a un cómplice con el que resoplar y decir «pffffffff… ay que ver como son las tías» mientras ambos ponían cara de «no hay quien las entienda».  Además, también buscaba a alguien con quien mirar las tetas a las tías descaradamente y darse codazos. Pero como yo estaba en buena sintonía con las chicas y no las menospreciaba, y le daba vergüenza darme codazos mientras miraba las tetas de las tías porque ha pensado que yo era una mujer durante muchos años, yo no servía como cómplice. Así que en realidad no es que quisiera decir que yo no soy un hombre, sino que no tenía confianza conmigo para hacer «cosas de tíos».

En realidad, como se puede comprobar, yo no tengo derecho a enfadarme. Lo que pasa es que soy un egocéntrico, me creo que el mundo gira alrededor de mí, y estoy completamente a la defensiva. Todo lo que se me diga puede ser interpretado como un ataque. Y, además, debería ser más comprensivo con la gente. No puedo enfadarme simplemente porque alguien no haya usado la palabra exacta. ¡Caray! ¡Que susceptible soy!

Yo podría pensar todo eso. También podría pensar que «no ofende quien puede, sino quien quiere». Además, no debería hacerles caso, y tendría que dejar que dijesen todo lo que quieran sobre mí. ¿Por qué me importa tanto la opinión de la gente?

Es lo que me decían en mis tiempos de instituto, cuando la gente me insultaba a gritos por la calle. En realidad, la culpa no era de ellos, que me insultaban, sino mía, que permitía que sus insultos me molestasen. ¡Yo debería estar por encima de eso!

Además, soy transexual. Ya se sabe que a la gente le cuesta asumir eso. Hay mucho desconocimiento de lo que puede molestar o no molestar, hay que ser tolerantes y entender que la gente no va con mala intención. No me lo puedo tomar todo tan a pecho.

Sí, podría pensar todo eso. Alguien debería explicar a quienes dicen estas cosas que  «no hacer caso» y relacionarse con los que «te quieren ofender, pero no pueden, porque tú estás por encima de esas cosas» es imposible. El resultado de toda esa superioridad y fortaleza moral que, si la tuvieras, serviría para que no te afectase la opinión de los demás, es que se queda uno más solo que la una. No puedo «no hacer caso» a alguien que me ha insultado, e irme a tomar café con él como si nada, porque como soy tan fuerte, aunque ha intentado ofenderme, no ha podido. Y como no ha podido ofenderme, no ha hecho nada malo.

Alguien debe decir que si nos ofenden, nos insultan, nos hacen sentir mal… no es nuestra culpa. Ser trans no es una vergüenza, y no debe obligarnos a aceptar que cualquiera nos diga la primera impertinencia que se le venga a la cabeza con impunidad. El desconocimiento tampoco es excusa. No conocer una ley, no exime de su cumplimiento. No conocer lo que es el respeto o la vergüenza no es motivo para que yo tenga que ser comprensivo ante la desvergüenza ajena.

La transfobia interna, el odio hacia uno mismo, la incomprensión hacia lo que uno mismo es, puede hacer que nos creamos todas esas gilipolleces que justifican la transfobia de los demás. Nosotros en su lugar quizá haríamos lo mismo. Tal vez nos lo merezcamos.

Yo podría pensar todas esas gilipolleces, pero no lo hago. Reivindico el derecho a cabrearme. Es más, estoy tan enfadado que, tras cruzar un par de párrafos con la del texto de Facebook, decidí que no quería saber más del tema y corté todo contacto, negándome al intento que ella hizo de «arreglar» las cosas. Estoy tan cabreado que me he quedado con las ganas de partirle la cara a mi «amigo», y eso que yo nunca he pensado que la violencia fuese la solución de nada. Tan cabreado que si mi amigo se disculpase, le aceptaría la disculpa, pero no le perdonaría. Y, lo peor de todo, es que no me siento mal por estar así de cabreado. No me siento egoista, susceptible, intolerante, que me lo tomo todo a la tremenda y no tengo paciencia con nadie. No siento que exista alguna excusa para justificar esos comportamientos ni creo que esté haciendo mal al no ser nada razonable y dejar una puerta abierta para que me expliquen el porqué me han atacado como lo han hecho. No siento haber hecho nada para haber sido agredido de esa manera.

Las personas trans no somos los únicos que somos agredidos así. También lo son los obesos, gays y lesbianas, discapacitados, los calvos, los zurdos, los feos (¡sobretodo las feas!), los que tienen las orejas grandes, los negros, los moros, los gitanos… Pero eso no me consuela. Ni tampoco sirve para hacerme sentir que debo bajar la cabeza y aguantar el chaparrón como toooodos los demás, porque «la gente es muy mala».

Insisto, reivindico mi derecho a caberarme. Y también reivindico mi derecho a poner como hoja de perejil a estas personas en mi blog, sin darles oportunidad de defenderse. Uso la ventaja que tengo, igual que ellos usan la ventaja que tienen de no ser trans, y me quedo tan tranquilo. Al menos quien se quiera enfadar conmigo por ello, tendrá motivos claros e incontestables de enfado.

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