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Lo que estoy aprendiendo sobre feminismo.

Siempre había leido las teorías feministas desde fuera, especialmente las que venían de los movimientos queer y cyborg, y, en mis cortas luces, me parecía entender que presentaba un feminismo no binario, en el que el género carecía de sentido por considerarse como una performance, una actitud impuesta desde fuera por el heteropatriarcado, a la que tod*s estábamos sometid*s.

Debe haber algo que no entendí bien, porque, al introducirme en los movimientos feministas, me causó un inmenso estupor comprobar que el género se convertía en un factor primordial, hasta el punto de que la participación de los hombres se cuestionaba e incluso era prohibida.

El hecho de que se cuestione la participación de los hombres en los espacios feministas, pero en cambio sí se permitiese la participación de hombres transexuales, llegó a parecerme incluso insultante y tranfóbica. Es como decir que nosotros, en el fondo, no somos hombres auténticos.

Me explicaron muchos argumentos para defender la exclusión de hombres en los espacios feministas: el feminismo como lucha «hombres contra mujeres», la creación de espacios de seguridad, la existencia de puntos en común entre personas que alguna vez hemos sido socializadas como mujeres… Pero en el fondo, yo siempre he visto que esta actitud es sexista.

En España las personas se encajonan en cajones aún más estrechos que «hombre» o «mujer». Las teorías queer hablan de «maricas», «bolleras», «trans», y una miriada de categorías más, totalmente específicas, que ya no sólo incluyen el sexo, sino una serie de condiciones extra, como la orientación sexual, o la actitud más o menos masculina/femenina, en relación al sexo biológico de partida.

Lo que yo veo en esa forma de pensar, es una actitud que imita y amplifica los esquemas del heteropatriarcado. El heteropatriarcado hace dos grupos, hombre y mujer, y dice «los hombres son los mejores». El movimiento queer no hace sólo dos grupos ¡¡hace decenas!! Aún más estrechos que los otros dos, y dice «las mujeres lesbianas son las mejores». Tras esta forma de hacer las cosas se esconde exactamente el mismo esquema, la misma forma de pensar, el mismo sexismo subyugador, la misma voluntad de dominar. En el heteropatriarcado, el hombre domina a la mujer, pero ambos están dominados por el género. En el feminismo, la mujer expulsa al hombre heterosexual de sus espacios, y al mismo tiempo, ella está sujeta a sus nuevas convenciones sobre el género.

Llendo aún más lejos, me atrevería a decir que probablemente algunas mujeres lesbianas queer tal vez se sentirían más felices viviendo como hombres transexuales, y no se atreven a dar el paso porque eso supone una transgresión de género que las colocaría automáticamente en el bando enemigo, es decir, en el de los hombres heterosexuales. Eso es tan triste como el caso de las personas trans que no nos hemos atrevido a transitar en nuestro género por la discriminación impuesta por el heteropatriarcado.

Aquí en Ecuador las cosas se ven de manera distinta. No llevo ni dos semanas, pero ya he aprendido varias lecciones. Una de ellas es que la verdadera subversión del heteropatriarcado es que en un mismo espacio de activismo puedan convivir todos los géneros, conocidos e inventados sobre la marcha. Biohombres, biomujeres, trans masculinos y trans femeninas, bigéneros, extrasexuales, andróginos, heterosexuales, bisexuales, «dos-elevado-a-la-séptima-potencia-sexuales» (eso soy yo). Tod*s nosotros chocando l*s un*s con los otr*s, pero tratando de descubrir en qué diferimos, en que somos similares.

La experiencia de la casa trans, un lugar en el que ahora mismo se reune toda esa diversidad que he comentado, está sirviendo para que personas que rechazaban de plano la masculinidad aprendan a reconciliarse con ella, y para que personas con un punto de vista totalmente heteronormativo exploren en su interior y descubran de donde viene su manera de ver las cosas, comprendan el dolor que puede causar, y empiecen a cambiar desde el interior, desde sus propias vivencias. Sirve para que los que nos creíamos no-machistas descubramos las actitudes machistas que aún tenemos, y para que los que nos creemos muy transgresores y modernos comprendamos lo sobervios que podemos llegar a ser, presumiendo de lo maravillosas y liberadas que son nuestras actitudes ante quienes son más conservadores, sin reparar en que estamos faltandoles al respeto tanto como los conservadores a veces nos faltan al respeto a nosotros cuando critican nuestra forma de vida.

Todas estas cosas no se aprenden en un espacio donde el sujeto político «lesbiana» sea el único que exista. Hay que sentirse orgullos* de lo que cada un* es, y celebrarlo a diario, pero también hay que estar en una constante revisión de nuestros actos, porque tod*s… tod*s nosotr*s hemos nacido en una sociedad con unos patrones determinados de los que es muy difícil salir. Imposible en realidad.

El modelo de segregación por sexo/género/orientación sexual, es imitador de los patrones del heteropatriarcado. Lo que es peor, me parece peligroso, puesto que provoca una fuerte miopía que no nos permite ver más allá de nuestras narices, y el orgullo puede llegar a convertirse en vanidad que nos impide aprender de los demás.

Conocer la masculinidad y la feminidad, y lograr encontrar lugares donde amb*s convivan en armonía es la auténtica subversión del sistema heteropatriarcal… Eso es Transfeminismo. Y eso es lo que estoy aprendiendo aquí en Ecuador.

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Jornadas Feministas Estatales: día 0

Durante este puente (díás 5, 6 y 7 de diciembre) se celebraron en Granada las Jornadas Feministas Estatales, para las que l*s componentes del grupo Conjuntos Difusos habíamos preparado varias actividades.

Inicialmente estábamos entusiasmad*s con ir a las Jornadas a llevar nuestra idea, que esperábamos que fuese muy liberadora para todos aquell*s a l*s que llegase. Creíamos que se trataba de una idea que podía producir una intensa transformación interna para las personas.

A medida que íbamos desarrollándola, nosotr*s mism*s empezamos a notar que nos estábamos cambiando por dentro. Intercambiábamos ideas y experiencias vivenciales, y, no sé los otros, pero yo personalmente sentía que por fin había encontrando justo el lugar donde quería llegar, y en el que poder crecer sin miedo a los cambios que este crecimiento pudiese traer consigo.

Debía ser verdad que nuestras ideas aportaban un cambio, incluso quizá más de lo que éramos conscientes, puesto que poco a poco empezaron a surgir voces que decían que nos estábamos pasando un poco. Las teoría de Conjuntos Difusos parecían amenzar las convicciones de los sectores más conservadores de la organización.

Empezamos a tener un poco de miedo. Aunque inicialmente se había planteado que las Jornadas iban a estar abiertas a todo tipo de personas, comenzaba a surgir con fuerza la propuesta de que no pudiesen asistir hombres. ¡Que injusto y discriminatorio! ¡Que sexista! ¿Cómo podía mantenerse esa idea tan antigua en pleno S. XXI? ¿Cómo esperaban las feministas poder hacer algo si discriminan a la mitad de la población? Y, aún más: ¿cómo íbamos a hacer los hombres que formábamos parte del grupo Conjuntos Difusos para ir a las Jornadas?

También surgieron otras dudas. ¿Cómo íbamos a hacernos oir? ¿Y si nos convertíamos tan solo en «la anécdota de las Jornadas»? Nos veíamos como una gota de agua entre el mar del feminismo, así que empezamos a buscar amigos.

Las ideas que teníamos debían ser bastante buenas, porque muy pronto empezamos a encontrar a estos amigos. Algunos se acercaron ellos solos, y a otros los invitamos y se interesaron. Teníamos ilusión y preocupación a partes iguales.

Una persona del grupo, que al mismo tiempo formaba parte de la Asamblea de Mujeres de Granada (y a quién no voy a nombrar, ya que no estoy del todo seguro de que quiera ser nombrado, aunque le llamaré A.) tuvo la ingrata labor de convertirse en el intermediario entre nosotros y el sector conservador. Lo que esa persona pasó durante los meses anteriores a las Jornadas, no lo sabe nadie, excepto él mismo. Luchó hasta límites que yo no creía posibles, y aguantó todo tipo de broncas y desplantes. Sufrió descalificaciones (dijeron que se le había ido la olla por el estrés), acusaciones de traición, oleadas de llamadas telefónicas y de e-mails recriminando su comportamiento… Pero consiguió hacerse oir, y consiguió que finalmente pudiesen venir todas las personas y grupos que habíamos deseado que vinieran.

Gracias a él, y también a la ayuda de otras amigas de la Asamblea de Mujeres, casi todas nuestras propuestas se aceptaron. Se incluyó a Belissa Andía Pérez en una de las mesas más importantes, y logró que se le pagase el viaje, la estancia y la inscripción. Consiguió que se aprobasen mesas que hablaban sobre la despatologización de la transexualidad, sobre construciones de cuerpos, sobre transfobia y derecho a la diversidad… Convenció a l*s de la Guerrilla Travolaka, la Acera del Frente, vari*s componentes de la Red de Despatologización Trans, un chaval de Barcelona que pasaba por el País Vasco la semana anterior, y algun* más que seguro que se me ha olvidado. Orquestó un «eje del mal» con tod*s ell*s, en el que también se incluían personas de otros grupos, como las Medeak, Itziar Ziga, y no sé cuantos más. Lograr que Elízabeth Vásquez del Proyecto Transgénero de Quito fue casi lo más difícil, aunque al final se consiguió también gracias a la colaboración de otras personas que insistieron hasta persuadirla de la importancia de su intervención, e incluso organizaron una pequeña colecta y pusieron dinero de su bolsillo para pagar el alojamiento y el pasaje de avión.

Pero no fue fácil. Ni para él, ni para nadie. Los problemas aumentaban exponencialmente según se acercaban las jornadas. Empezaron a haber conflictos dentro de nuestro propio grupo.

El jueves, día 4, nos reunimos para los penúltimos preparativos, y discutimos. Una persona acababa de anunciar telefónicamente que abandonaba el grupo, y el trabajo que tenía pendiente con nosotros, a causa de algo que yo le había dicho. Por mi parte, yo no tenía (ni tengo) la sensación de haber hecho o dicho algo ofensivo, aunque no pude evitar sentirme culpable. Curiosamente, esa persona que se había sentido tan despreciada por mí, no me comunicó ese sentimiento, sino que lo habló con una tercera persona, eliminando así toda posibilidad de hablarlo y aclaralo. La tercera persona, por su parte, y sin querer entrar en discusiones, me dijo: «yo no se nada, pero una disculpa a tiempo arregla muchas cosas…».

No me disculpé. Ni siquiera llamé a quién nos había dejado en la estacada. Medio resfriado, con malestar general y algo de fiebre, estuve ayudando a preparar los materiales para la actividad «Espacio Difuso» que se acababa de quedar coja con la deserción, y aguantando el chaparrón. Al final no sólo se iba a pringar A., sino que había para todos.

Ese día volvía mi casa con la sensación de que alguien había tirado un cubo de mierda delante de un ventilador. Cabreado, resfriado, cansado, y diciendo que a partir del lunes me hacía machista. Totalmente desencantado del feminismo, acusándome a mí mismo de creer que el feminismo es un movimiento de liberación e igualdad, en lugar de «lo mismo que el machismo, pero del revés», que dicen todos mis amigos que es. Maldiciendo lo inocente que soy, que me creo que por ahí hasta hay gente inteligente y luchadora que no sólo busca su propio provecho.

El viernes me levanté cansado, pero me puse a limpiar la casa para dejarla presentable. Por la tarde, mientras l*s demás estaban preparando el «Espacio difuso», A. y yo íbamos al aeropuerto a recoger a Belissa. Ahora puedo decir, con orgullo, que llevé a Belissa Andía en mi coche. Lejos de estar molesto por lo de «hacer de taxista», me pareció (y me parece) un privilegio. Lo cual no significa que me hubiese reconciliado con el movimiento feminista, ni que hubiese dejado de preocuparme que nuestro grupo de Conjuntos Difusos dejase de existir.

Después, tocaba ir a echar un cable al «Espacio Difuso». Después, irse de cervezas con l*s otr*s amig*s que ya habían llegado, para prepararnos para lo que se avecinaba. Yo no era el único que estaba preocupado, ni cabreado, con todos los tejemanejes, juegos de poder, etc, que habían salpicado la preparación de las Jornadas. La mierda expulsada por el ventilador había llegado muy lejos.

Por eso, entre vari*s, habían preparado un «Manifiesto Transfeminista» declarando eso, que ya estábamos hart*s de aguantar tonterías, y que el movimiento feminista debe abrirse a las nuevas ideas y sujetos que se acercan a él, o extinguirse.

Personalmente, yo no suscribí ese manifiesto, puesto que presentaba una postura que me resulta demasiado agresiva, y sentía que continuaba excluyendo a los hombres de su discurso. Admitía, eso sí, a «lxs trans», y a las maricas, pero… ¿significa eso que en realidad para quienes escribieron eso, los hombres trans y los gays no somos hombres, o somos menos hombres que los demás, o, directamente, somos mujeres? Por otra parte, tampoco me opuse al manifiesto, y ahora, a toro pasado, reconozco que me alegro de que se escribiese y se leyese, aunque me hubiese gustado que el tono fuese distinto.

Ese día volví a mi casa cansado, menos resfriado, y más contento, aunque todavía preocupado por lo que pudiese ocurrir en los días venideros.

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