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Ser trans y ser pionero.

Ser pionero cuando eres trans es sumamente fácil. Últimamente he sabido de varias personas que eran las primeras en algo, valga como ejemplo la primera mujer transexual musulmana. Sin ir más lejos, a mí me dijeron que era el primer estudiante trans de la UNED, pero se me ocurren más ejemplos, entre los cuales uno de los más sonados es «el primer hombre embarazado», un tópico que se repite una y otra vez en distintos países.

No obstante, estos pioneros, no suelen serlo nunca. Yo no fui el primer estudiante trans de la UNED (y probablemente ni siquiera fuera el primero en pedir que se reconociera mi identidad), igual que Thomas Beatie no fue el primer hombre transexual embarazado (los ha habido por decenas, quizá cientos o incluso miles, antes que él), ni esta señora es la primera mujer transexual musulmana (Irán está lleno de ellas, pero también las hay en Gran Bretaña, donde vive ella).

«No hay foros para hablar sobre transexualidad», me dice mucha gente «voy a crear uno». Así se añade un foro o grupo más a los cientos de foros y grupos que ya hay sobre el tema, y vuelve a ser el primero. De esta forma, la rueda de la transexualidad se reinventa una y otra vez cada seis meses más o menos. De esta forma, no existe una memoria transexual, el pasado desaparece.

La perpetua novedad de lo transexual es la excusa perfecta para que las instituciones no lleven a cabo el reconocimiento de género de las personas trans. Como es algo tan «novedoso» no ha habido tiempo de que la sociedad se adapte (se ha llegado a plantear la hipótesis de que el jurista romano Gayo fuese una mujer, es decir que podemos estar hablando de un antecedente de hace tan sólo 1900 años), y por tanto es completamente normal que a los estudiantes trans se les obligue a asumir la identidad asignada al nacer «hasta que no se arreglen las cosas».

Igualmente, llama la atención lo poco que dura en nuestra memoria «la novedad trans». Si pongo en Google «el primer transexual», o «el primer transexual que», me salen sólo noticias sobre el primer transexual de esta semana (casualmente, toca uno de los que han dado a luz, esta vez, en Alemania).

Un amigo me pasó este artículo que afirma que la transexualidad se da el doble en el ejército que en la sociedad en general. Después de presentar una serie de datos contradictorios, basados en suposiciones (es decir «inventados»), el artículo señala que «Junto con España, que cambió la normativa en 2009 durante el mandato de Carme Chacón en Defensa, ya son 10 los países que permiten transexuales en sus Fuerzas Armadas: Australia, Bélgica, Canadá, República Checa, Israel, Países Bajos, Suecia, Tailandia y el Reino Unido». Así que resulta que en España debemos darle las gracias a Carme Chacón. No a Aitor, un hombre transexual al que se le impidió el acceso al ejército por no tener pene (cuando por fin se cambió la normativa, él ya superaba la edad máxima para presentarse, y aunque se le concedió una oportunidad extraordinaria, suspendió el exámen y ya no pudo volver a probar, cosa que sí habría podido hacer de no haber existido ese impedimento cuando lo intentó por primera vez). Así, los logros de las personas trans se convierten en cosas que «estaban ahí».

La transexualidad no tiene pasado, y no tiene futuro. Muchas de las «iniciativas pioneras» se mueren al cabo de tan sólo unos meses de vida. Es lógico: cuando estás inventando algo, el riesgo de fracasar es mayor. Durante el brevísimo presente, las iniciativas pioneras trans pasan completamente desapercibidas. Sólo las conocen en su casa (el que las hace y dos o tres más), pero no importa, porque somos la ostia en barca. Somos los primeros, así que es normal que sea duro. Ya nos haremos más conocidos.

No nos preguntamos por qué, si las personas que no están conformes con el género asignado por otros hemos existido en todos los tiempos de la humanidad, y en todos los lugares, somos los primeros. Por qué estamos «revolucionando» y «rompiendo». Por qué no tenemos referentes. Por qué es tan fácil ser pioneros. No nos lo preguntamos, porque es más fácil pensar que estamos haciendo algo que nadie ha hecho, que pensar que seguramente no somos tan originales y que es probable que otros lo intentaran antes. Que es probable que no seamos más listos que esos otros que lo intentaron antes, y que deberíamos saber por qué ellos desaparecieron, para evitar que nos pase lo mismo.

No nos molestamos en saber quienes estuvieron delante, investigar su trabajo y aprender de sus fallos, porque es mejor pensar que somos pioneros, que sabemos más y que, naturalmente, lo haremos mejor. En realidad, les despreciamos un poco. Somos los pioneros. No necesitamos referentes, sino que seremos el referente. Hasta que llegue alguien detrás, dentro de unos 6 meses aproximadamente, que sea el pionero. La primera persona trans que…

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Mi bienestar no es un regalo

Esta entrada conecta, sorprendentemente, con la anterior.

En la entrada anterior comentaba que muchas personas se interesaban por mi bienestar, con gran preocupación, como si me estuviese recuperando de una enfermedad grave. Les resulta difícil entender que yo soy feliz no «a pesar» de ser transexual, sino precisamente «por» ser transexual.

La otra cara de la moneda es cuando algunas personas se ponen en contacto conmigo (generalmente a través de chats) para hacerme una batería de preguntas que sigue un guión similar al siguiente:

– Hola ¿cómo estás?
– ¿Cuantos años llevas con las hormonas?
– ¿Te has operado?
– ¿Cuando? ¿Cuanto tiempo estuviste en lista de espera?
– ¿Te dolió? ¿Eres feliz ahora? ¿Me mandas una foto de las cicatrices?
– ¿Cuanto te mide el clítoris? ¿Qué técnicas hay para operarse de abajo?

Juro que lo del clítoris me lo preguntan con bastante frecuencia.

Es lo único que les interesa de mí. Qué modificaciones he realizado en mi cuerpo. Llegan, preguntan intimidades a bocajarro, y se van. A veces regresan al cabo de un par de semanas y repiten la tanda de preguntas porque han recibido informaciones contradictorias y necesitan un refuerzo positivo.

Me molesta mucho, y no consigo que entiendan por qué. Así que me enfado, y me frustro, porque esas personas vienen en busca de ayuda, y en lugar de eso, se llevan un rebuzno. Un rebuzno inútil, porque no consigo hacerles entender que sus preguntas son inapropiadas, y no lo consigo porque me ha llevado bastante tiempo de reflexión darme cuenta de cual es el problema en realidad.

El problema en realidad es que realmente no quieren que responda a sus preguntas, sino únicamente, que confirme sus creencias. Necesitan que les diga que si soy feliz y tengo ganas de vivir es porque me he operado, ya que así podrán mantener la esperanza de que las operaciones les harán felices a ellos también.

En las noticias sobre la sentencia del Tribunal Supremo que condenan a la Xunta de Galicia a pagar la operación de Charlotte Goiar, se acompañan algunas declaraciones de ella. «No he sido feliz un sólo día de mi vida». Ella sueña con nacer de nuevo en la cuarta década de su vida “y encontrar alguien que me dé trabajo, y un hombre que me quiera”. Y espera que todo eso ocurrirá cuando se opere. Esa es la promesa de la medicina: si completas el «proceso transexualizador» nacerás de nuevo y en esta segunda vida todo será de color de rosa (porque, al parecer, las personas que no son transexuales no tienen problemas). Cuando Charlotte ya no tenga un pene, se obrará una magia que hará que de repente los empresarios le ofrezcan ese trabajo que antes se le negaba por la presencia en su cuerpo de un órgano genital cuya existencia en realidad los empleadores desconocían.

Esa magia es la que se espera que yo encarne. Es necesario que la causa de mi felicidad sea la acción médica sobre mi cuerpo y mi mente, porque así, las personas que no me conocen de antes, pueden cerrar los ojos y dejarse llevar a través del proceso infalible, como adormecidos en una balsa sobre un río caudaloso, para que cuando por fin despierten, todo haya acabado y puedan ser felices también. Yo estoy bien, luego el proceso funciona.

Y si las personas cisexuales no pueden entender que yo no soy feliz a pesar de ser trans, sino precisamente a causa de ser trans, estas personas trans tan necesitadas de esperanza no pueden enteder que yo no soy feliz a causa de los protocolos y procesos médicos, sino a pesar de ellos. En realidad, ni siquiera se lo plantean. Por eso me preguntan por las hormonas, por las cirugías, y por nada más, porque creen que ahí está la receta del éxito.

Es más fácil pensar eso, que comprender que mi lucha ha sido, la mayor parte del tiempo, contra el proceso médico que ha pretendido encajonar y medir mi identidad como requisito previo a que los cancerberos me permitiesen atravesar las puertas de acceso a los servicios médicos a los que debería haber podido acceder en plano de igualdad con el resto de la población. Nadie me ha regalado nada. Cada gramo de la felicidad que tengo me lo he ganado yo. No me ha venido dado por ningún proceso médico, sino que me he tenido que esforzar primero en asumir quien no soy, luego en aprender quien soy, después en aceptar quien soy, en hacer que los demás lo aceptaran, y a no sentir culpabilidad por nada de ello, ni a sentirme inferior a nadie, ni a permitir que otros me hicieran sentir inferior. Esa lucha todavía hoy continúa.

Y, sí, la posibilidad de modificar mi cuerpo, hace que mi vida sea más feliz, que pueda mantener mi identidad de género con mayor facilidad, especialmente porque cuando me miro al espejo no tengo que pelearme conmigo mismo para comprender por qué yo soy y no soy la persona que se refleja, y porque cuando me desvisto no tengo que repetirme que el tener o no tener pechos no me hace más o menos hombre. Sin embargo, estos cinco años no han sido una pausa hasta «terminar el proceso». Después de la primera sesión con la psicóloga en la UTIG decidí que no iba a permitir que la medicina regulase mis tiempos, y he sido capaz de mantener esa decisión.

Por eso me molesta que se me quiera convertir en la encarnación del éxito del proceso médico. Porque el proceso médico no sólo no me ha regalado nada, sino que me ha quitado mucho (sobre todo, mucha dignidad y autonomía), y porque me jode que ahora el mérito de mi esfuerzo se le atribuya al proceso médico.

Me jode muchísimo que me preguntes cuanto tiempo llevo hormonándome, cuando me salió el primer pelo en la barba, y cuantos gallos tiré el tercer mes. Me jode todavía más que primero  me digas que «hay muy poca información» y luego me pidas fotos de mi torso mutilado cuando escribiendo «mastectomía FtM» o «mastectomía transexualidad», Google coloca este blog en segunda y en cuarta posición respectivamente. Me molesta muchísimo si lloras «ay, ojalá yo pudiera» y en tu país estas operaciones están cubiertas por los servicios públicos sanitarios, como si las pérdidas que tú puedes sufrir fuesen de mayor importancia que las que tuve yo. No soporto que creas que la receta del éxito es la misma que la de la testosterona, y que el volante para la felicidad te lo hace el médico cuando decide que estás preparado para pasar por cirugía. Lo que menos soporto de todo es cuando, al ver que nada de esto funciona, te sientes engañado y maldices a la sociedad que te discrimina y te niega la felicidad.

No hay recetas para la felicidad. La felicidad no es una cosa fácil de conseguir (y si no, podéis preguntárselo a mi amiga Mello, que precisamente hace poco escribía sobre lo mismo). Me jugué todo lo que tenía y lo perdí, con la excepción de a mis amigos, que siempre estuvieron a mi lado. He vivido el momento pavoroso y terrible en que te das cuenta de que ya no puedes estar peor, y he conseguido encontrar fuerzas para levantarme casi todas las mañanas, con hormonas o sin ellas. He probado suerte repetidamente en el amor y cuando no ha salido bien no le he echado la culpa al destino. Me he obligado a trabajar, a estudiar, a escribir y a ayudar hasta superar mi límite por mucho… varias veces. Me he obligado a viajar para ver a mis amigos, cuando me sentía tan desgastado que lo único que quería era dormir. Así es como he conseguido ser feliz. Pregúntame por eso, y no pretendas convertirme en el paradigma del triunfo del paradigma médico, porque te voy a decepcionar. Por favor, sobre todo no me preguntes cuanto me mide el clítoris, porque la respuesta no te va a gustar.

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Estoy bien, gracias

Dice la Dra. Esteva (fuente inagotable de declaraciones y artículos), citándose a si mísma en un artículo publicado en el libro Transexualidad, adolescencia y educación: miradas multidisciplinares (enlace afiliado) “Para el adolescente transexual, comenzar a comportarse y a vivir de acuerdo con su sexo de identificación y no de acuerdo con su sexo biológico, constituye un arduo trabajo consistente en aprender y cumplir con las expectativas que el entorno social tiene en relación con los roles atribuidos a cada sexo.”

Es una declaración sorprendente, teniendo en cuenta que lo que yo he visto en adolescentes trans es justo lo contrario (y mi experiencia, como adolescente, y como adulto, también lo es). Empezar a desempeñar el rol de género elegido por uno mismo, y no el que otras personas han elegido para ti no representa un “arduo trabajo”, sino una experiencia muy gozosa, cuando no se ve acompaña de cosas como insultos por la calle, acoso escolar de los profesores o de los compañeros, y peleas en casa, frecuentemente acompañadas de la amenaza de que tus padres te van a echar.

Lo que sí que es muy complicado y angustioso para un adolescente trans es lo contrario: aprender y cumplir con las expectativas que las personas a su alrededor tienen en relación con la identidad de género que se le asignó al nacer, y que no es suya. De hecho, en el mismo libro, la propia Dra. Esteva señala que la necesidad de ir a clase manteniendo la apariencia de pertenecer al sexo asignado al nacer hace que muchos adolescentes trans se planteen abandonar (o abandonen) los estudios. Situación que ella propicia gracias a su política de no hacer nada y seguir tratándole con el género que se le asignó al nacer hasta que sea mayor de edad, a ver si a base de reprimir y joder a la pobre criatura, resuelve su confusión respecto a la identidad de género, porque claro, cuando alguien decide que su identidad de género no es la que le han asignado los médicos, es que se confunde. No se van a haber confundido los médicos, claro.

Sin embargo, la entrada de hoy no va de esto. Va de reencuentros veraniegos.

Hay una serie de personas a los que yo llamo “conocidos lejanos”. Es gente a la que no ves con mucha frecuencia, pero con la que tienes cierto trato de cuando en cuando. Es la cajera del supermercado que te sigue tratando en femenino aunque te vea con barbas porque no sabe qué otra cosa hacer, es el vecino que sigue llamándote campeón si se sube contigo en el ascensor, justo ese sábado que habías salido maquillada y con minifalda, dispuesta a comerte el mundo. Son gente, generalmente bienintencionada, que por un respeto mal entendido, hace como si no se diera cuenta de que eres trans, y con la que no tienes confianza suficiente para decirles algo (y tampoco te merece la pena, porque en realidad sólo pasas con ellos cinco minutos al mes).

Los conocidos lejanos tienen una categoría especial que es la gente que conoces de veranear. Esas amigas de la infancia con las que perdiste el contacto y que de repente están ahí, los amigos de tus padres que van a comer el domingo, los primos a los que ves de higos a brevas…

Excepto por el amigo al que conozco desde hace unos 18 años, pero que no se acuerda de mí porque se quemó el cerebro a base de fumar porros, y seguramente más cosas (el pobre se pasó un verano entero disculpándose con todo el que suponía que conocía, por si acaso le había hecho algo malo u ofensivo), esos conocidos han empezado a hacer una cosa bastante extraña: se me acercan y me preguntan con mucho interés que cómo estoy. “Estoy bien, gracias”, respondo yo educadamente y sin darle ninguna importancia, aunque ya se bien por donde van. Aún así, insisten… qué como estoy, que si soy feliz ahora, que lo importante es que cada uno sea feliz con sus cosas…

Me dan ánimos y se interesan por mí como si estuviese recuperándome de una enfermedad grave. Como si hubiese terminado la quimioterapia hace poco o algo así y ahora estuviese en periodo de restablecimiento después de una larga convalecencia.

Tardé un poco en relacionar las dos cosas, el interés por mi salud y las declaraciones de la Dra. Esteva, pero cuando lo hice, recordé que ese es también uno de los tópicos respecto a los adultos trans: que aprender el rol del otro género es muy difícil.

Hay más tópicos médicos, como el tópico de que el “cambio de sexo” es un “proceso largo” que consta de una serie de pasos sucesivos, que todo el mundo debe seguir por el mismo orden y en los mismos plazos (plazos muy dilatados en el tiempo, para que te de tiempo a adaptarte a esa cosa tan difícil), y que cuando se acaba, da como resultado una especie de restablecimiento de la persona a una situación de salud y cese del sufrimiento (incluso cuando ese proceso no se sigue “hasta el final”).

Así que ahora la gente me ve, ve que ya he llegado “hasta el final” (o vete a saber qué fantasías, pensamientos y curiosidades morbosas albergan respecto a mis genitales… y luego los enfermos mentales y pervertidos somos nosotros), y se acercan para darme ánimos en mi recuperación, que, por otra parte, presumen que nunca será del todo completa ya que, según el relato mayoritario, la vida de la persona trans es una vida de sufrimiento, la sociedad siempre te va a marginar, y en general, te espera una vida de fracaso afectivo y laboral bastante inevitable.

Yo intento explicarles que no, que las cosas no son así, pero… ¿Cómo hacer eso con los conocidos lejanos? Es prácticamente imposible. Mis “estoy bien, gracias”, se leen como “acepto mi situación con alegre resignación”, y no puedo ir más allá, porque son conversaciones veladas sobre temas no nombrados, basados en el entendimiento y en el sobreentendimiento (y en el malentendimiento, sobre todo).

No pueden entender que no sólo se puede ser trans y feliz, sino que, además, esa felicidad no es “a pesar de” sino precisamente “a causa de” ser trans. No pueden enteder que soy yo el que siente compasión por ellos, por haber conocido sólo un lado de la vida, por ignorar que la vida, además, es un poliedro con muchos lados, y no sólo una moneda de dos caras. Agradezco su interés y su preocupación (porque podrían haberme odiado y rechazado, y porque sé que algunos de ellos ayudaron a mis padres durante su propia salida del armario), pero no comparto el pensamiento de que el ideal de la experiencia de vida humana sea la heterosexualidad, ni la bisexualidad. Si pudiese volver a nacer, pediría volver a ser trans, o, tal vez, tener un cuerpo intersex.

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Entrevista con María José Rosillo (educadora social y psicóloga clínica)

Originalmente publicada en la.trans.tienda

Háblanos un poco de ti ¿A qué te dedicas?

Trabajo como Educadora Social en el centro de servicios sociales del ayuntamiento de san juan de Aznalfarache desde 1987. Aunque terminé además mis estudios de psicología y trabajo en consulta y con grupos especialmente de mujeres y en torno al desarrollo personal. Me apasiona escribir y el poco tiempo que tengo lo aprovecho para esto, en revistas, blogs y en torno a temas sobre psicologia, espiritualidad, teologia feminista que me apasiona, educación, salud…Me gusta pasar la tarde con mi padre de 99 años y colaboro en la emisora local con programas relacionados con areas sociales.

¿Por qué empezaste a plantearte trabajar con personas trans?

Como lesbiana, siempre he tenido contacto con la comunidad LGT tanto en movimientos participativos, reinvindicativos, formativos, de ocio, o de amistad. Y en concreto he tenido varias personas cercanas con las que he tenido el honor de compartir todo el itinerario de transición, especialmente F-M. Desde el primer día he experimentado la admiración, el respeto y permíteme la palabra, la vocación de servicio y acompañamiento a estas personas en todas las dimensiones de su vida personal, social, afectiva y laboral. Después con los años, esta vocación de servicio o como quieras llamarlo, se ha convertido en una prioridad, reforzada a medida que profundizas en la realidad trans. Estas experiencias de vida compartida, me tocan muy de cerca y quiero ser útil en la medida que pueda. .

 Cuando yo acudí a la psicóloga de la UTIG de Málaga, me encontré con que lo único que hizo fue pasarme una serie de test para “evaluarme”, que no me ayudaron en absoluto, sino al contrario, me hicieron sentir peor. Por otra parte, muchas personas trans que acuden a psicólogos privados se encuentran con que la solución que se les ofrece a sus miedos y angustias es no realizar una transición de género, sino tratar de readaptarse al papel de género que se les ha asignado, como forma de evitar otros males mayores. Parece que la psicología todavía tiene poco que ofrecer a las personas trans…

No estoy del todo de acuerdo con esto que dices. Digamos que la tendencia mayoritariamente de la Psicología Clínica actual sigue siendo sesgada por el concepto tradicional de salud, que no está preparada para los nuevos lenguajes ni realidades de nuestra sociedad. Pero en vez de hablar de Psicología en general, hablemos mejor de profesionales de la Psicología que comienzan a plantearse otros enfoques y otras formas de acompañamiento desde el total respeto al otro y a la promoción de su verdadera autonomía, desde la opción libre de vida que se haya elegido. Estos movimientos emergentes dentro de la psicología profesional son reales. Vivo de cerca la predisposición de cambio en el colegio profesional de psicología de Andalucía occidental, en el que grupos de profesionales se están cuestionando desde hace unos años, todo el proceso diagnóstico clínico, poniendo en jaque los modelos heredados como la DSM IV y similares. Los etiquetajes para el diagnóstico no suponen la eficacia de los procesos de acompañamiento. Creo firmemente que estamos en fases de cambios en esta área también. No descartamos el refuerzo de caminos ya iniciados con los centros de salud de los municipios pequeños, cuyos equipos médicos también están “llamados al cambio de metodologías más humanas de atención”, en el diseño de protocolos intermedios y complementarios a las UTIGs. Pero esto puede ser tema para otra entrevista ¿no?

La mayoría de la angustia y la tristeza de las personas trans suele venir de que reprimimos nuestros propios pensamientos, sentimientos, la relación hacia nuestro cuerpo llega a ser violenta ¿Es posible liberar toda esa tensión e inseguridad y llegar a sentirnos bien con nosotros mismos de nuevo?

No te quepa la menor duda que a través del teatro se pueden remover todas estas emociones de las que hablas. Desde el teatro, investigamos en las historias que deseas contar, en la indagación de emociones de los personajes y en la búsqueda de recuerdos de las nuestras que nos hagan crear “orgánica y físicamente a nuestro personaje”. Todo ello además nos permite hablar libremente desde la boca y el cuerpo de nuestro personaje. Es él/ella quién se expresa, no nosotros. Por tanto, la libertad de expresión alcanzar su máximo nivel.  Es el personaje y no yo, quién expresa y dice lo que yo realmente deseo decir o expresar, pero “la culpa” es suya, no nuestra. No sé si me explico.

 ¿Cómo se prepara un taller de psicoescénica?

SANYO DIGITAL CAMERALo primero es configurar el grupo. Se necesitan personas no sólo aficionadas al teatro, yo diría apasionados por el teatro, porque se trata de trabajar de forma divertida pero intensa, y cuando algo te gusta mucho, no te cuesta trabajo. Por otra parte, el trabajo psicoescénico también es profundo y como decía antes, remueve emociones, todas ellas intensas, porque son nuestras, muchas de ellas divertidas, enriquecedoras y al ser compartidas, bellisimas de ver y de experimentar, pero otras pueden ser duras y complejas. Por eso, hablo de pasion por el teatro, porque nada podrá hacernos perder la ilusión por participar en algo que nos apasione ni nos supondra pagar precio emocional, porque siempre es enriquecedor.

Las áreas que suelen trabajarse en un taller de estas caracteristicas son: pre-expresividad (presencia escénica), respiración y proyeccion de la voz, vocalizacion, texto y emoción. Todo ello a través de la representación de escenas (monólogos o en grupos pequeños) reales u originales escritas para el taller.

  ¿Y cómo sería el desarrollo?

Este tipo de talleres varía en su desarrollo si se organiza como actividad permanente a lo largo de todo un curso académico o si se elabora como taller intensivo. En el primer caso, lógicamente las áreas que mencionaba antes se trabajan en mayor profundas y genera mayor efecto transformador y permanente. Al final del curso, solemos hacer una representación teatral real, para que puedan a venir a vernos nuestros amigos si lo deseamos. Esto es ya la experiencia suprema de la psicoescénica: subir a un escenario de verdad.

Para que nos hagamos una idea de una sesion en general sería de esta forma: hacemos una introducción de calentamiento, movimiento, SANYO DIGITAL CAMERAritmo, voz.

En las sesiones iniciales nos presentamos y compartimos nuestro interés por el taller. En las demás sesiones, solemos proponer trabajo de investigación en casa, sobre escenas y personajes que luego se comparten.

Escenas y juegos dramáticos, en los que se pone en práctica lo trabajado y nuestros compañeros de taller nos hacen de espejo público. Es increible el feedback y autococimiento adquirido a través de estos juegos.

Solemos cerrar con juegos y dinámicas de relación y compartimos conclusiones. Normalmente aconsejo acompañarse de ropa comoda, sin piersind ni objetos que puedan hacernos daño a nosotros o a nuestros compañeros y con algun cuadernos para tomar notas.

 A nivel personal ¿qué te ha aportado a ti asistir a este tipo de talleres, a sesiones de coaching, etc…?

El trabajo grupal de desarrollo personal es muy enriquecedor. He tenido ocasión de acudir a muchas de ellas en calidad de “paciente” si me permites el término. Luego ya como terapeuta, ves cómo vas cambiando por dentro y por fuera, siempre desde la liberacion interior. Tú eres quién marcas tu propio ritmo de cambio, y es tu voluntad exclusivamente la que marca hasta donde llegas en tu proceso de evolución interior. Si esa experiencia la haces desde la confianza mútua, logran crearse vínculos afectivos poderosos que se traducen en acuerdos de confidencialidead y confianza que permanecen con los años.

SANYO DIGITAL CAMERA

Bonus extra de la entrevista:

En los siguientes videos, puedes ver a María José en «La delgada y estrecha linea roja», un divertido corto con un final inesperado.

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Respecto a los protocolos de la UTIG de Madrid

El fin de semana pasado fui a Madrid para la 1/2 jornada de transexualidad madrileña (o algo así se llamaba). Allí fui recibido calurosamente por el Dr. Becerra y por María Jesús Lucio, con quienes mantuve una interesante charla que, sin embargo, quedó sin conclusión, por lo que me gustaría hacer algunas apreciaciones ya que he visto que se está abriendo un cierto debate al respecto.

Sostiene el Dr. Becerra que su trabajo es ayudar al que se lo pide (también aclaró que al que no se lo pide, no), pero cuando le señalé que los usuarios que acuden a la UTIG buscando tratamientos médicos no pueden acceder a él, porque no se les da cita con él, sino con un psicólgo (también podría haberle señalado que los servicios de salud no son una ONG, sino que está financiados con cargo a los Presupuestos Generales del Estado, y de la Comunidad de Madrid, y que no se trata por tanto de «ayuda» sino de la prestación de servicios sanitarios que ya hemos pagado, pero no tenía lugar para hacer frases muy largas), intervino María Jesús diciendo que eso era «por el protocolo».

Yo no soy paciente de la UTIG, pero ya me habían informado de que esta señora, ante cualquier objeción que se le presenta sobre el funcionamiento de la UTIG, dice que tienen que hacerlo así «por el protocolo». Siempre que alguien me relata una conversación de estas, yo le digo «¡pero si no hay protocolo!», y, la verdad, estaba deseando poder decírselo también a María Jesús. Así que tener esta oportunidad, fue un gran regalo para mí.

En cambio a ella, no debió hacerle mucha gracia mi respuesta, porque cuando le dije «¡Pero si no hay protocolo!», realizó las siguientes afirmaciones:

1) Dijo que soy un mentiroso

2) Me acusó de utilizar esas mentiras para lucrarme atrayendo más clientes hacia mi tienda virtual.

3) Afirmó que no tenía por qué darme explicaciones porque yo no soy nadie.

4) Argumentó que yo tengo el mismo derecho a pedirle el protocolo, que ella a pedirme mi declaración de la renta.

Como no tuve oportunidad de responder convenientemente, y como me consta que lo de llamarme «mentiroso», y de paso, afirmar que tengo muy poca educación, se ha convertido en una especie de consigna que se está extendiendo hasta lugares insospechados, he pensado que sería conveniente dar una explicación razonada sobre estas cuestiones, para quien la pueda leer y entender.

Así que hoy voy a explicar qué es un protocolo. Informalmente hablando, hay dos tipos de «protocolo». Uno es un documento de tipo interno, que solemos usar los profesionales de todo tipo (yo mismo uso protocolos, aunque trabajo a un nivel muy modesto) ya que sirven para automatizar algunos procesos, aumentar la eficiencia y la productividad, y disminuir el esfuerzo y los recursos empleados. Una empresa muy conocida que utiliza este tipo de documentos, es McDonalds. En McDonalds, todos lo empleados conocen cual es el orden y la forma de atender a un cliente, desde que atraviesa la puerta hasta que vuelve a salir, así como los métodos para hacer las hamburguesas, o para la limpieza.

La UTIG, al igual que muchos otros departamentos hospitalarios, tiene unos protocolos de este tipo (como se indica en el documento que muestro a continuación). Se trata de un documento redactado por los propios empleados de la Unidad, y de carácter orientativo. Eso significa que ellos mismos pueden revisar dicho documento e ir modificándolo para que la práctica sea cada vez mejor (si son unos buenos profesionales, además, deberían realizar estas revisiones con cierta frecuencia, ya que la práctica profesional cambia muy rápido, en una sociedad que está cambiando vertiginosamente, y en la que los avances tecnológicos son apabullantes). También significa que si se «saltan» los protocolos, no pasa nada. Saltarse los protocolos para adaptarse a las demandas de los usuarios y dar un mejor servicio, no es malo. Simplemente significa que los protocolos se deben revisar.

Así pues, estos protocolos de referencia, cuando se usan, no pueden entenderse como creadores de la obligación de que la persona que desea recibir la «ayuda» del Dr. Becerra se vea obligada a ir primero a un psicólogo, durante un año, o durante el tiempo que al psicólogo (o a los psicólogos, o a María Jesús) le de la gana.

Existe otro tipo de protocolos, que son los protocolos oficiales. Estos protocolos, que deben elaborarse con un mayor rigor, siguiendo un procedimiento determinado, están registrados por la Administración, y sí que deben ser cumplidos, tanto por médicos, como por pacientes (aunque, por supuesto, en esos documento no pueden imponerse condiciones que sean ilegales). Principalmente, son un instrumento de defensa. Así, si se me están exigiendo cosas fuera del protocolo, yo puedo reclamar por abusos médicos. Si el protocolo incluye prácticas abusivas, las puedo reclamar con más motivo (más facilidad para probarlas), y si el paciente pretende reclamar por mala praxis médica, el médico que haya seguido el protocolo, podrá ampararse en que lo estaba haciendo bien.

Cuando María Jesús dice que algo no se puede hacer «por el protocolo» se refiere, precisamente, a este segundo tipo de documento: un protocolo oficial de la Comunidad de Madrid, cuyo cumplimiento es obligatorio. Ese protocolo, no existe, y  aquí está la prueba de que no hay tal protocolo (pincha en la imagen para ampliarla):

NoHayProtocoloOficial

Así que va a resultar que aquí el que miente, no soy yo, si no María Jesús. Por supuesto, siempre hay tiempo para que hagan un protocolo oficial. A mí me gustaría que lo hicieran, y tengo entendido que según la ley lo tienen que hacer. Tal vez incluso sostengan que cuando se redactó esa carta no había protocolo, y ahora sí lo hay, pero después de haber estado oyendo hablar durante años de un protocolo que resulta que no existe, el que pretenda que me crea que se ha elaborado un protocolo oficial (en un pasado reciente, o en el futuro), tendrá que enseñármelo. Con los sellos del registro de la Comunidad de Madrid, y con una copia para que pueda confirmar con la señora Elena Juarez que se trata de un protocolo oficial, y no de otro de esos protocolos internos que se pueden utilizar, o no utilizar, como guía. No pido nada que yo mismo no ofrezca.

Esto me lleva a la segunda cuestión. En realidad ¿quien soy yo para exigir nada? Yo no soy nadie, según María Jesús. Además, es verdad. No soy nadie. Carezco de poder, y tan sólo puedo representar a mi asociación después de haber acordado con mis compañeros lo que voy a decir. Normalmente, no me represento más que a mí mismo. Sólo soy un hombre transexual.

Sin embargo, María Jesús y el Dr. Becerra sí que sabían exactamente quien soy (me reconoció antes ella a mí, que yo a ella), y fueron ellos los que se acercaron a darme unas explicaciones que yo no pedí. Fue María Jesús la que me ha acusado de mentir cuando decía la verdad. Yo simplemente demuestro mi inocencia, y que la que mentía era ella.

Una idea un poco extraña es la de que todo esto lo hago para promocionar mi tienda online de productos para mujeres y hombres trans. Al parecer, tener una tienda de este tipo es incompatible con el activismo. Yo me pregunto cual es exactamente el problema ¿Le molesta a María Jesús que una persona transexual sea empresaria y viva de su trabajo? ¿O lo que le molesta es que trabaje para las personas transexuales? ¿Le parecería más correcto que cerrase la.trans.tienda?

Lo cierto es que, en realidad, para mí sería mucho mejor estar de lado de las UTIG. Alabarlas y decir que son una gente maravillosa, para que me invitasen a hablar a muchas conferencias, y dijesen lo majo y lo simpático que soy. Los médicos son unos prescriptores muy importantes, y establecer una relación «yo te rasco la espalda a ti, y tú me rascas la espalda a mí», sería muy rentable para mí en términos económicos. Básicamente, posicionarme contra la UTIG, me está costando dinero (y posiblemente, bastante).

Pero en realidad, sospecho que no estábamos hablando de eso. Lo que ella quería decirme es que somos iguales. Que, al igual que ella, yo me lucro de la desgracia de las personas trans, y que igual que ella se inventa sus estrategias para atraer y controlar su clientela, yo también estoy inventándome las mías. Por eso, para ella es lo mismo que yo le pida el protocolo de la UTIG, que si ella me pide a mí la declaración de la renta.

En la distinción entre entre público y privado, mi declaración de la renta y el protocolo de la UTIG, son ambos documentos privados. La tienda es mía, y la UTIG es suya. Aunque mi tienda me la pago yo, y la UTIG… bueno, también la pago yo (y tú, que estás leyendo esto, también). Alguien debería decirle que el régimen señorial, aquel en que el Rey vendía los puestos de funcionario a nobles y burgueses acaudalados, que los adquirían en propiedad, ya han pasado. Ahora los funcionarios son servidores públicos, y la Ley confiere a los ciudadanos determinados derechos, que se corresponden con determinadas obligaciones de los empleados públicos.

Por ejemplo, el artículo 35.g de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo común establece que los ciudadanos, en su relación con las administraciones, tendrán derecho «a obtener información y orientación acerca de los requisitos jurídicos o técnicos que las disposiciones vigentes impongan a los proyectos, actuaciones o solicitudes que se propongan realizar».

Llegados a este punto, quisiera hacer notar al lector, o a la lectora, que cuando se habla de normas, ya sean leyes o de otra clase, no tienen por qué creerse lo que nadie les diga. Si, por ejemplo, el Dr. Becerra dice que la ley obliga a que las personas transexuales que quieran hormonarse tienen que estar como mínimo un año acudiendo a la consulta de un psicólogo de la UTIG, hasta obtener un diagnóstico psicológico, que te diga en qué norma está eso escrito. A poder ser, que hable con la asistenta social del Hospital y le pida que tenga preparadas todas esas cosas, para que te las pueda enseñar e incluso darte copias. Esto va especialmente para el chico guapo de la camisa de cuadros que decía que Nuria es muy buena, y que si no le dio el diagnóstico el primer día es porque no puede, por ley, la pobrecita, no porque no quisiera. Como estudiante de derecho, acostúmbrate a leer todas las normas que te sean aplicables, y verás como tus notas suben como la espuma.

A parte de eso, me parece genial que él, o cualquier otra persona, esté feliz de ir a la UTIG, pero al menos que sepan que les están engañando.

Así que, creo que con esto puedo cerrar ya esta larga aclaración, con las siguientes conclusiones:

1) Queda demostrado que el protocolo no existe. Yo no miento, los empleados de la UTIG, sí.

2) Yo soy un ciudadano, y cuando exista relación con la Administración de Salud de Madrid, tendré derecho a pedir el supuesto protocolo de actuación que la rige. En las jornadas no lo habría pedido, si no se me hubiesen ofrecido explicaciones que yo no iba buscando ese día. Gracias.

3) Utilizo la palabra «empleado» de la UTIG, puesto que eso es lo que son: empleados públicos al servicio del ciudadano. Profesionales, somos los autónomos que desarrollamos nuestra actividad de manera independiente. No deja de llamarme la atención que se visualice mi actividad profesional hacia las personas trans como aprovecharme de ellas, y sin embargo, nunca se haya visualizado mi actividad profesional en la ferretería como «aprovecharme de las pobres personas que se les rompen cosas en casa y las tienen que arreglar». Se me ocurren varias ideas al respecto.

4) Mi declaración de la renta, así como mis recibos de la Seguridad Social, facturas con proveedores, etc, forman parte de mi relación personal con la Administración (de hacienda, y de la seguridad social), y tengo derecho a guardala para mí. En cambio, las normas de la UTIG, forman parte de la relación entre la Administración de salud de Madrid, y los usuarios de los servicios de la misma, y los empleados de la UTIG no tienen derecho a guardarlas para si, sino que deben mostrarlas a cualquier ciudadano que lo solicite.

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La espalda libre

Nunca tuve el pecho sensible, pero sí la espalda. Sin embargo, muy pronto mi espalda quedó aprisionada, dividida por la mitad, por el sujetador.

A los 13 años, cuando empezó a salirme el pecho, mi madre trataba de explicarme por qué era conveniente que usara sujetador. Principalmente, por motivos estéticos que ella intentaba hacerme entender con suavidad, y sin éxito. Rara vez lo utilizaba, porque me daba pereza ponérmelo, y porque me molestaba. Los tirantes se resbalaba, la parte de atrás apretaba. Los chicos bromeaban con las chicas tirándoles de la parte de atrás del sujetador y soltándola para verlas saltar cuando les daba contra la espalda, y eso me parecía humillante. Hasta que una noche, cuando volvía del gimnasio, unos hombres empezaron a hacerme insinuaciones sexuales y a preguntarme a voces si llevaba sujetador, porque se me movían mucho las tetas bajo la blusa. Por suerte, estaban muy lejos, pero consiguieron que entendiera lo que mi madre me había estado intentando explicar semanas atrás.

Desde esa noche, usé siempre sujetador (creo que también fue a partir de esa noche que me hice conscientemente feminista). Encontré muy pocos que me resultasen cómodos, y poco a poco veía como el uso continuado iba dejando una marca en mi cuerpo. Cuando inicié mi transición, descubrí muy pronto las camisetas de compresión. La primera que compré fue una camiseta de Underworks que llegaba hasta media espalda (enlazar) que se me enrollaba alrededor de la cintura, clavándoseme en las costillas. Luego probé con una de T-Kingdom, pero hasta la más grande de esa marca era demasiado pequeña para mí, y finalmente di con la adecuada, que llegaba hasta debajo del cinturón, de modo que podía atraparla con la cintura de los pantalones.

Entonces, mi espalda quedó atrapada bajo una ropa que la apretaba de arriba a abajo. Aunque para mí era más cómodo que llevar sujetador (no sólo estéticamente, sino que representaba una comodidad mucho mayor), no era la situación ideal.

Después de la operación, tuve que llevar primero vendas, y luego una faja durante dos meses. Una noche, cuando ya había pasado mes y medio, estaba en casa y se pasó un amigo a visitarme. Cuando llamó al portero automático y me di cuenta de que no llevaba puesta la faja, sentí, como siempre había sentido en ocasiones similares, la necesidad de salir corriendo a mi habitación para ponerme a toda prisa el binder.

Tardé unos instantes en darme cuenta de que ya no hacía falta, y después de eso, todavía necesité hacer un esfuerzo de voluntad para quitarme la inquietud. No tenía que ponerme nada, no tenía partes del cuerpo que deseara aplastar y comprimir para apartarlas de las miradas de las demás personas. Sin embargo me sentía vulnerable.

A partir del 20 de mayo, dejé de usar la faja “post quirúrgica” (era una faja tubular de neopreno, normal y corriente) y salí a la calle por primera vez sin nada. La sensación fue extraña, una mezcla de comodidad y vulnerabilidad sólo comparable a la sensación de ir desnudo en una playa nudista. La ausencia de peso y presión en el pecho era extraña, pero la libertad de mi espalda, se volvió indescriptible.

Después de la operación, descubrí, además, una parte de mi cuerpo de la que sólo era consciente en verano: esa franja de piel que queda justo debajo del pecho, sobre la que cae la mama. Esa parte que no recibe la luz del sol y en verano se humedece rápidamente por el sudor. Al quedar expuesta al aire y al roce de la ropa, descubrí que, mientras que nunca he tenido sensibilidad en el pecho ¡Ahí sí que tenía! Ahora, casi tres meses después, la piel se va igualando con el resto de la piel del torso, y ya no la noto tanto, pero es agradable conocer una parte nueva de ti.

También perdí prácticamente todo el sentido del tacto en la parte donde estaba la mama, pero pensé que iría recuperando algo de sensibilidad (no mucha, ya que no creo que pueda tener más sensibilidad después de una operación de la que tenía antes) con el paso del tiempo, ya que notaba pinchazos y calambres, señal de que hay terminaciones nerviosas que se están conectando. Ahora poco a poco, noto más. Sé dónde pongo mi mano.

Me voy acostumbrando poco a poco a los cambios que la cirugía ha hecho en mi cuerpo, pero sigo disfrutando la sensación de tener la espalda libre tanto como la disfruté el primer día (o más).

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Respecto a la entrada anterior

Tengo que decir que me porté mal con el chico al que iba referida la entrada anterior.

En la conversación que tuvimos, él no iba hablando con maldad. Entre otras cosas, lo que escribí no ocurrió todo a renglón seguido, sino que eran ideas que iban apareciendo al hilo de una conversación que se basaba en la confianza. Él se dio cuenta un par de veces de que me había dicho algo que me molestó, y de hecho me dijo que si me estaba molestando, que se lo dijera. Sin embargo, no se lo dije, porque me pareció que había muchas probabilidades de que eso llevaría a una discusión en la que él terminaría enfadándose y bloqueándome para siempre y jamás de todos los lugares del mundo mundial. Yo estaba muy cansado (como siempre), y no me apetecía arriesgarme a eso.

Sin embargo, al mismo tiempo, también le estaba quitando la posibilidad de hacer lo contrario. Es decir, la posibilidad de no enfadarse, de replantearse las posturas asumidas sobre lo que cada cual puede esperar en la vida y en la sociedad, y de darme una conversación interesante y enriquecedora.

Le seguí la corriente, y se quedó muy contento. Al día siguiente, después de un día duro para él, llegó a mirar y mi blog (nunca había entrado) y se encontró esa entrada hablando de él. Si yo hubiese estado en su lugar, me habría sentido fatal. Humillado y ridiculizado, utilizado por una persona a la que había otorgado confianza. Él se sintió así, y con razón, y yo me comporté como un auténtico cabrón sin compasión. Tenía un motivo: mi cansancio, mis problemas, pero lo que hice fue trasladarle mis problemas a él, de modo que mi cansancio terminó convirtiéndose en su humillación. Peor aún, no escribí esta rectificación que estoy escribiendo ahora, hasta mucho tiempo después (¿Cuanto ha pasado¿ ¿Dos semanas?).

Aún así, aquella noche, hablamos, me disculpé, y me perdonó. Yo no sé si habría hecho lo mismo en su lugar. Por ese motivo, no he dejado pasar los comentarios de aquella entrada, así que aprovecho también para disculparme con las dos personas que os tomasteis la molestia de escribir para dar vuestra opinión, al tiempo que os lo agradezco.

Unos días más tarde, aquel chico volvió a decir algo que me molestó (pero esta vez me lo reservaré para mí, porque ya he metido la pata lo suficiente), pero ese día decidí decirle que me había molestado. La discusión que yo temía que se produjese la primera noche, se produjo en esa ocasión. Él se enfadó muchísimo, yo le expliqué que soy insoportable y lo mejor que puede hacer es alejarse de mí a toda prisa (un consejo que le doy a mucha gente, y que suelen aceptar con gran frecuencia) y me bloqueó de todos los sitios del mundo mundial.

Ya son casi 5 años aprendiendo a vivir de otra forma, y a estas alturas he encontrado una forma de estar en el mundo que es mía e intransferible, muy peculiar, y, al parecer, incompatible con el resto del mundo en general. Después de cinco años, todavía conozco gente que tiene ideas que yo nunca había pensado, que me sorprenden, que le pueden dar un giro a la forma de ver las cosas. No lo he visto todo, y me queda mucho por aprender (¡Viva!), pero también he visto muchas cosas, he hablado con mucha gente, y he aprendido a prever algunas situaciones.

¿En qué medida mi primera sospecha de que tendría una pelea fue decisiva para que la pelea se produjese finalmente? Si hubiese hecho las cosas bien, en la segunda ocasión él no estaría resentido (un resentimiento natural) y tal vez no le habría disgustado que le dijese que me había molestado su comentario ¿Fue una profecía autocumplida?

Por otra parte ¿cómo me puse yo en una situación así? El generar contenidos sobre transexualidad (blog y videos, principalmente) hace que mucha gente se ponga en contacto conmigo. La mayoría, son personas agradables a las que me alegro de conocer. No obstante, en otros casos, encuentro personas que sienten una cierta fascinación por la transexualidad, y lo que buscan es, simplemente, revalidar una imagen mental, más o menos romántica, de lo que somos las personas transexuales. Las víctimas luchadoras que cambian de sexo, que tratan de acercar su cuerpo «equivocado» («nací en un cuerpo equivocado») al modelo de cuerpo «correcto», es decir, cisexual.

Esto ocurre, generalmente, con personas que sienten el binario como algo natural e indiscutible, y entienden que la vida sólo tiene dos  modelos para vivirla: la de los hombres, y la de las mujeres. Por eso piensan en «cambio de sexo», y pueden decir cosas como «es un chico, pero antes era chica», o «es un chico que quiere ser chica», porque no conciben que el tránsito es nunca, y es siempre, que las personas estamos siempre transitando dentro de nuestros cuerpos y las posiciones que ocupamos en el mundo. El único tránsito, en esta vida, es el que hacemos todas las personas hacia el momento de nuestra muerte, pero como decía mi abuelo, la vida es corta, pero ancha, y las personas con identidades trans la estamos transitando en diagonal, y también en zigzag. Algo que no tiene sentido para quien cree que sólo hay dos maneras de ser, y tratan de colocarnos, una y otra vez, en una de las dos lineas paralelas, los dos caminos que ellos conocen, con candorosa torpeza, y con una inevitable frustración al reconocer que sus esfuerzos no sólo no son comprendidos, sino que son rechazados, en ocasiones con violencia (como hice yo).

Es un conflicto complejo, entre el que desea ayudar, y el que no desea ayudado. Como cuando quieres echar una mano y te dicen «para hacer lo que estás haciendo, mejor te apartas». Pienso que debe haber una forma de solucionarlo, pero lo cierto es que estoy ya tan cansado, que no doy para más.

P.D. En esta entrada sí que dejaré pasar los comentarios.

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El hombre que me hizo sentir incubadora

Hacía mucho tiempo que no recibía de manera tan directa el impacto de la visión de la mujer como incubadora de los hijos de los hombres. En esta época en que el Ministro Gallardón y compañía lanzan loas a la maternidad, y dicen que la mujer sólo alcanza su plena realización como persona a través de la maternidad, hay otras expresiones más sencillas y más cotidianas de esta manera de entender a la mujer como útero fecundo, que están en las mentes de quienes más “progres” se creen. A lo mejor, incluso están en tu mente.

Hace poco he conocido a un chico gay que es bastante transfílico. Va con un puñado de ideas preconcebidas indestructibles porque no se da cuenta de que son ideas preconcebidas, y que a mí no me ha apetecido atacar, porque ya bastante tengo con lo que tengo, y de vez en cuando también quiero tomarme un respiro sin tener que estar 100% a la defensiva.

Hablando con él, me comentaba que no estaría con una mujer trans, simplemente porque no le gustan las mujeres. No es que no le gusten las mujeres por una simple cuestión física (que, por lo que me ha contado, tampoco es que le atraigan físicamente, la verdad), sino que no le atrae su forma de ser. A mí me parece que esto es una generalización, ya que no hay una única forma de ser mujer, pero espero que esto resulte comprensible para las personas unisexuales, al pensar en los motivos por los que las personas de un sexo en concreto no les atraen. Por otra parte, es un reconocimiento positivo de la feminidad de las mujeres trans, más allá del cuerpo y las modificaciones que hayan hecho.

No obstante, continuaba este chico, si alguna vez estuviese con una mujer, nunca sería una mujer transexual, ya que, puestos a estar con una mujer, a él le gustaría tener hijos, y las mujeres transexuales no pueden. Por otra parte, el físico de los hombres transexuales sí que le gusta, y, además, un hombre transexual que no se haya esterilizado quirúrgicamente puede tener hijos propios. Es decir, los hijos de él.

Por lo tanto, la mujer transexual no es “parejable” en cuanto tiene todo lo malo de las mujeres, y no es susceptible de convertirse en incubadora, la mujer cisexual podría ser una posible pareja en el peor de los casos, a cambio de poder tener hijos con ella, el hombre cisexual sería la opción “normal”, con el pequeño inconveniente de no poder tener descendencia propia, y, finalmente, el hombre transexual aparece como una opción bastante buena, puesto que tiene todo lo bueno de la masculinidad, y, además, contiene en si el útero fecundo que puede cumplir sus sueños de paternidad.

Este chico me pidió ayer la dirección del blog y se ha suscrito a él, por lo que supongo que lo estará leyendo (y estará comprendiendo, simultáneamente, por qué no tengo pareja. Yo también comprendo perfectamente el motivo por el que no tengo pareja, pero no puedo ser de otra manera). Así que es probable que ahora mismo esté pensando que no era eso lo que él quería decir, y que yo lo entendí mal. Porque él no ve a los hombres trans, y a las mujeres, como incubadoras (y a las mujeres trans como incubadoras fallidas). Además, se que eso es verdad, porque no es ningún cabrón, sino una persona amable y sensible. Estoy seguro de que él nunca pretendió hacerme sentir como una incubadora, y por ello no me siento ofendido, ni me he enfadado, ni tiene que disculparse, ni nada.

Entiendo el deseo de tener hijos que sean de la propia sangre (aunque yo, la verdad, soy más bien partidario de adoptar, porque no me parece que mis genes sean tan maravillosos), pero no me parece correcto que la elección de una pareja se base en criterios de utilidad ¿Esta persona me sirve para tener hijos? Admitida ¿Esta persona no me sirve para tener hijos? Lo siento chatina, más suerte la próxima vez.

Las personas transexuales somos más que cuerpos puestos en el mundo para ser sometidos a la evaluación de las personas cisexuales. Nuestros cuerpos pueden hacer cosas que los cuerpos de las personas cisexuales no pueden, aunque también son cuerpos que no pueden hacer cosas que las personas cisexuales dan por descontadas. Nuestros cuerpos son cuerpos modificados tecnológicamente, pero eso no significa que deban ser valorados como productos de la tecnología “que gran invento”, o “esto está defectuoso”.

Las personas transexuales no somos comodines del género, con la potencialidad de que las personas cisexuales nos coloquen en el lugar que les resulte más cómodo. “Eres un hombre, pero en la reproducción puedes actuar como mujer”, es el mensaje que escuchaba. Además, como la cosa más natural “si un chico transexual no se ha operado, puede mantener relaciones completas con otro hombre”, dando por hecho que, además, es nuestra voluntad el ocupar el lugar de la mujer al acercarnos a un hombre cisexual. Porque, claro, si quisiéramos ocupar siempre el lugar del hombre, nos habríamos operado de arriba abajo, para abrazar (siempre de manera imperfecta, siempre con sufrimiento por esa imperfección) el modelo del hombre cisexual.

Sin embargo, resulta que ni los hombres trans, ni las mujeres, ni toda persona que tenga útero en general, es un campo fértil y paciente, dispuesto a recibir la semilla que lo haga fructífero, regado por inundación con mareas de sangre lunar. Sí, la mayoría decide tener hijos de su cuerpo, y vive gozosamente el esfuerzo, el desgaste y el dolor que produce sacar una vida de otra. Sin embargo, eso no significa que estén para cumplir los sueños de paternidad ajenos, ni que se les pueda valorar en función de su utilidad familiar. Somos más, mucho más, que la potencial incubadora de los hijos de otros.

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Vaya semanita

Cuando me dieron el alta y volví al ritmo diario, tuve una pequeña crisis de estrés post traumático. De repente, una noche empecé a sentir angustia. Sentía que se me venía encima algo muy gordo, demasiadas cosas para lo que yo tengo capacidad de manejar. Luego me di cuenta, lo superé, y volví a la rutina de siempre.

Sin embargo, tenía razones para angustiarme. Ayer cuando llegué a casa, estaba tan cansado que me habría quedado sin comer si no fuese porque quedé con un amigo que vino e hizo la cena él solito en mi casa. Aunque en realidad dio igual, porque luego vomité lo poco que había comido…

La semana anterior ya estaba yo un poco estresadillo, porque iba a ir a Madrid a hablar en unas jornadas de la Federación de Enseñanza de CC.OO. y tenía que preparar la ponencia (al final se cancelaron, pero bueno, casi ha sido mejor, porque en esta época tengo exámenes). También se planteaba la oportunidad de ir a una reunión de la Asociación «El Hombre Transexual» de Madrid, pero como las jornadas se cancelaron, no pudo ser. A esa reunión, en cambio, sí que fueron mis compañeros de Conjuntos Difusos – Autonomía Trans (hemos cambiado un poco el nombre), y cuando se canceló lo de CC.OO. no me quedé tranquilo, porque estaba a la expectativa de que pasaría en esa reunión.

Se trataba de una reunión para hablar de la UTIG de Madrid y de qué acciones se podían tomar respecto de los abusos, atropellos, arbitrariedad y demás prácticas ilegales que allí son consideradas normales, y por las que, sorprendentemente, los grupos trans de Madrid, no parecen muy preocupados. Unos porque lo suyo es «saltar las barreras» (así que las barreras no les preocupan, lo único que les preocupa es su capacidad de salto), otros porque parecen creer que su cometido es mantener la situación tal y como está ahora, y otros, simplemente, por desconocimiento. Me han dicho que salió muy bien, y que la gente que fue a esa reunión, aprendió un montón de cosas. También me han dicho que se acordaron de mí, y que algunos leen este blog ¡Muchas gracias!

A parte de eso, iba llevando bien las cosas. Contento: la tienda online empieza a dar algunos frutos, y la ferretería parece que responde positivamente al esfuerzo de ir metiendo cada vez más cosillas. A veces pienso que hay luz al final del tunel de mi miserable vida laboral. Otras veces, no.

Lo peor llegó el lunes pasado, cuando me llegaron noticias de que una nueva actriz se apunta al carro de hacer una ley trans en Andalucía. Se trata de un grupo, al que llamaré «Grupo Benefactor». Se trata de un grupo vertical (no una asociación) pro derechos «LGBT», entre cuyas prioridades la «T» está claramente en la cola, y de la «B» ya, ni hablamos. No hay más que ver su página web, que siempre habla de «gais y lesbianas», y también de «orientación sexual», pero en la que la identidad de género es desconocida, y la transexualidad es solamente una letra «T» que se usa como adorno políticamente correcto, porque si se dice «somos un grupo LG» parece que estamos hablando de una marca de televisores.

Sin embargo, cuando empezamos con todo este proceso, supe que el Grupo Benefactor había mostrado interés en intervenir en toda esta aventura que se nos venía encima y decidí escribirles, para que me contaran cuales eran sus ideas, contarles cuales eran las nuestras, y ponernos de acuerdo entre todos, porque cuantos más pares de ojos para ver, y más brazos para trabajar, mejor. Por algún motivo, nunca recibí respuesta ¿Se perdió el correo que les escribí? ¿Se les olvidó responderme por descuido? ¿Pasaron de mí olímpicamente? No lo sé, porque aunque he preguntado, no me lo han dicho.

El caso es que, mientras empezábamos a sospechar que alguien tenía la intención de colar a última hora otro proyecto de ley, que no tuviese nada que ver con el nuestro, y que en vez de proteger los intereses de las personas trans, protegiese los intereses de las instituciones transfóbicas (principalmente, de la UTIG), de repente el Grupo Benefactor nos escribe invitándonos a unas jornadas para «fijar» las posiciones de los grupos, que ya llevan fijas desde septiembre del año pasado (porque habremos tenido nuestros más y nuestros menos, pero estamos de acuerdo en que todxs queremos lo mismo). Así que empecé a preguntarme si no sería, más bien, que el Grupo Benefactor planeaba lanzar su propia propuesta para la Ley Trans de Andalucía, y en estas jornadas lo que buscaba era rodearse de los grupos que tenemos nuestra propia propuesta, para hacerse una foto y luego decir que todos los grupos de Andalucía han ido a las jornadas a apoyar la nueva propuesta auspiciada por el Grupo Benefactor.

Me equivocaba de medio a medio: el Grupo Benefactor ya había enviado su propuesta a un grupo parlamentario andaluz. Lo que es más, ahora resulta que todo este proceso legislativo (que para los grupos parlamentarios no es más que una mota en el trabajo cotidiano, y para mí es como intentar construir una catedral con una carretilla de mezcla y una palustra) se ha abierto gracias al Grupo Benefactor (ay, Mar Cambrollé estuvo años y años exigiéndolo a los políticos para nada, al parecer) que de hecho está esperando a que se le abran las puertas del Parlamento y de otras autonomías, para poder entrar por la puerta grande y en alfombra roja, a aprobar su magnífico proyecto, gracias al cual a partir de ahora todas las personas trans ataremos a nuestros perros con longanizas, pero en el que, eso sí, no se reconoce el derecho a la autodeterminación del género, porque eso es una tontería que se me ha ocurrido a mí. Claro, es que lo que para los trans normalitos de por aquí es una obra titánica, el Grupo Benefactor lo hace sin despeinarse, porque para eso son un grupo benefactor, y son amigos de gente influyente, con poder. No como yo, que en el fondo sólo soy un piltrafilla con un blog.

Ya sabiendo esto, me quedé más tranquilo, entre otras cosas porque una vez que te enteras de cual es la situación, y de que no puedes hacer nada por remediarla… te puedes despreocupar. Si no puedes hacer nada para cambiar las cosas, es tontería seguir dándole vueltas al asunto. Lo único que puedes hacer es joderte y confiar en que lo que llevas hecho es suficientemente bueno como para soportar los empujones de los demás. Eso sí, si al final la ley sale, y es una buena ley, cuando vea a la representante trans del Grupo Benefactor presumiendo de haber intervenido en el proceso, me saldrá una úlcera de estómago. Aunque para ese momento, ya voy a estar libre para decir lo que quiera, y vaya si lo voy a decir. Coño.

Todo esto viene porque parece que el proceso de elaboración de la ley está poniéndose en marcha de nuevo, y para la semana que viene tengo previsto empezar a leer decretos, proposiciones no de ley y documentos sobre prestación de servicios sanitarios de cara a responder a las principales dificultades que parece que se plantean en cuestión de sanidad, confiando en que al final la gente del Grupo Benefactor no sean tan guays como creen (o como quieren hacerme creer) y resulte que no pueden hacer todo por los trans sin contar con nadie más. Crucemos los dedos y sigamos trabajando.

De cara a todo esto, me va a venir muy bien una serie de documentos que se publicaron ayer, que era el día contra la homofobia y la transfobia, y que incluyen un mapa e índice de derechos trans en Europa, y los resultados de la mayor encuesta LGTB realizada hasta el momento en todo el continente. Estos resultados, que prometen ser muy interesantes, me van a dar lectura para unas cuantas horas. Si queréis un poco más de información al respecto, publiqué una entrada sobre el tema en el blog de la.trans.tienda.

A todo esto, hablando de la.trans.tienda, estoy ampliando el catálogo de productos para hombres trans. O lo estoy intentando, porque no tengo tiempo, ni fuerzas, ni nada de nada. Ahora quiero poner cosas que sirvan para ir al baño de pie. Desde la prótesis Mr. Limpy con una tetina de biberón, hasta el GoGirl. Incluso quiero hacer videos explicando como funciona cada cosa, los pros y los contras. Todo eso. Algún día T_T

Y, como todos los años, vuelve la feliz época de los exámenes de junio ¡Viva! Un periodo en el que tengo que demostrar a los profesores de la UNED que me he estudiado sus libros y que se lo suficiente de derecho para merecer que algún día me den un título de graduado (que no me servirá para trabajar de abogado, ni de nada, pero bueno). Para eso, tengo que estudiar, así que estudio.

Mi libro, está el pobre en barbecho, durmiendo el sueño de los libros abandonados por falta de tiempo. Tiene suerte, el libro, porque al menos él sí puede dormir. Yo ya no me acuerdo de lo que era eso. Lo peor es que a este ritmo no aguanto. El día menos pensado me va a dar un chungo y me voy para el otro barrio.

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Mastectomía bilateral (y IV)

Empiezo contando que ya estoy de alta. La parte buena es que… bueno, que ya estoy de alta, o sea, que estoy bien para trabajar y eso (aunque todavía con leves molestias, pero eso sólo se quita cuando se empieza a hacer vida cotidiana, es una fase que hay que pasar en la mayoría de las cirugías). La parte mala es que tengo menos tiempo para escribir (además, ya mismo empiezan los exámenes de la universidad…). Me faltaba hablar del postoperatorio… Cuando me desperté de la operación tenía una vía en la mano, que me introducía suero (la misma vía a través de la que me pusieron la anestesia), dos drenajes, uno en cada herida, para que fuese saliendo la sangre, y un dolor de garganta importante que era la combinación del incipiente resfriado y la intubación para la anestesia. No me dolía nada más. Me encontraba bien, no tenía esa molesta sensación de resaca que he tenido otras veces al despertar de la antesia… todo estupendo. Unas horas más tarde me dejaron beber una manzanilla que me sentó estupendamente (el otro chico, en cambio, se encontraba un poquito peor que yo y la vomitó… son cosas que dependen de cada persona). También pude cenar (y por una vez, la comida que me pusieron no era repugnante). A mitad de la tarde llegó uno de los momentos cruciales de cualquier post operatorio: la hora de orinar. Quien no se haya operado todavía con anestesia general, no sabrá que una de las cosas más difíciles del mundo es mear después de una operación. Es uno de los efectos de la anestesia, que además está agravado porque normalmente no estás en condiciones de levantarte de la cama, y tienes que hacerlo en una cuña (un orinal, para entendernos). Hasta el día de hoy, yo no he sido capaz de mear tumbado. Así que cuando ya llevaba como media hora con el cacharro puesto debajo del culo, se hizo evidente que me iba a tener que levantar. Se lo comentamos a la enfermera que vino a llevarse el vaso de la manzanilla, quien nos pidió que mejor no me levantara, pero como me encontraba tan bien, decidimos correr el riesgo por nuestra propia cuenta. Lo “gracioso” de los drenajes es que los llevas colgando, como si fueses un árbol de navidad, y si te levantas de la cama, te los tienes que llevar contigo. Por suerte, mi padre ya es un experto en colocar drenajes en el palito que se usa para sujetar el suero, que, por cierto, también llevaba colgando. Con todos mis complementos a cuestas, y la ayuda de mi madre, conseguí llegar al cuarto de baño, sentarme en el trono y allí, con la ayuda del agua del grifo corriendo, conseguí alcanzar el estado de gracia e iluminación que me permitió vaciar la vegiga por fin. Las dos o tres veces siguientes todavía me costó un poco (y tuve que llevar los “adornos”) pero ya fue menos. Me quitaron los drenajes al día siguiente, ya que casi no estaba sangrando. El momento de quitar los drenajes no es doloroso, pero sí que da un poco de impresión, sobre todo el primero, que no conseguí coordinarme con la enfermera en la respiración. En cambio con el segundo sí lo hice bien, y casi ni lo noté. En cambio, de la vía no pude librarme hasta el dia siguiente, y la vía… duele. La vía era en realidad una especie de grifo pequeñito que se conecta directamente a la vena del dorso de la mano, con una aguja muy larga y gordita. Es incómodo de llevar, y como yo soy muy aprensivo, casi prefería ni mirarlo. A veces pensaba “¿y si por accidente me engancho en las sábanas y se abre el grifo…?” pero nunca he oido de nadie que le pasara algo así, por lo que los pensamientos no iban más allá. Lo peor era que, pasadas las primeras horas, la mayor parte del tiempo no hacía falta ponerme medicamentos, pero cuando me los ponían (antibióticos y calmantes para el dolor)… dolía. Podía elegir entre que el gotero fuese despacio, y fuese una molestia leve, pero prolongada, o que el gotero fuese rápido y me doliese más, durante menos tiempo. Una vez me lo pusieron tan rápido que el dolor se extendía hasta el codo, como una aguja que me atravesase por dentro, pero encontré una manera de poner el brazo que me molestaba menos. Así que cuando el médico me dijo que me lo quitaba, no di saltos, porque no podía. El segundo día me dieron de alta. En teoría tenía que estar 5 días, pero yo me encontraba bien, los médicos decían que todo estaba bien, y ni mis padres ni yo teníamos ganas de estar en el hospital si no era estrictamente necesario. Además, empezaba la semana santa e iban a cerrar esa planta para ahorrar. Durante la primera semana en casa de mis padres, no me podía duchar. Me duchaba yo mismo, pero sólo de cintura para abajo. De cintura para arriba me tenía que lavar mi madre. Al final teníamos ya un arte con el lavado de cabeza en el lavabo que daba gusto. El encargado de hacerme las curas era mi padre. Durante la primera semana llevaba dos algodones liados (como si fuese un caracol) sobre los pezones, y los íbamos empapando de betadine. El médico nos dijo que “ahí, ni tocarlo”. Es la zona más delicada, los “injertos”. Un amigo dice que la cirugía moderna consiste, básicamente, en cortar y pegar tejidos, pero a mí me sigue pareciendo alucinante que se pueda coger un pezón, recortarlo, cambiarlo de sitio, coserlo, y que se pegue. Un injerto, en el sentido totalmente tradicional y campestre de la palabra, igual que se hace con los geranios o los rosales. Después de la primera semana, me quitaron los caracoles de los pezones, y unos puntos de papel que llevaba en los cortes de abajo (no lo he explicado, pero me han hecho dos cortes con forma semicircular, desde debajo de la axila, hasta casi el centro del pecho, de unos 20 centímetros cada uno) por lo que ya podía ver la herida. En cambio, me dejaron todos los demás puntos, aunque ya podía empezar a ducharme (sin frotar, sólo dejar correr el agua por encima). El cada pezón llevaba 14 puntos, y en las heridas de abajo, ni idea, porque son puntos intradérmicos, que se hacen con un hilo transparente que parece hilo de pescar, y que puede ser absorbido por el cuerpo. Otra cosa increible, que se puedan hacer puntos por debajo de la piel. Por arriba tenía dos o tres, pero a penas sobresalían. Los pezones estaban negros, pero como al otro chico que se operó a la vez que yo ya le habían avisado de que estarían así, y que luego iban cambiando de color poco a poco, no me preocupé. Mi padre seguía curándome. Me miraba los pezones y ponía mala cara… y yo no me atrevía a preguntar. Yo tenía que hacer el esfuerzo de recordar que el médico y la enfermera se habían echado a reir cuando les pregunté si no se me caerían (a otro amigo, cuando lo preguntó, el médico le dijo “no te preocupes, que si se te caen, no te dolerá”. Que guasón el tipo… y que mala leche. Era un cirujano de Barcelona, pero se diría de Graná, por la mala follá). Empezaron a caerse trocitos negros, que se quedaban pegados a la venda al quitarla, y mi padre seguía poniendo mala cara, hasta que alrededor del día 13, empezó a poner, por fin, buena cara. Según me explicó después, al principio estaba preocupado porque cuando veía que se desprendía algún trocito, debajo estaba todo negro. Era una piel muerta, que no había agarrado todavía. Pero ese día, se desprendió un trocito y salió una gotita de sangre… es decir, que ya había riego sanguineo, es decir, que el tejido estaba vivo. Desde ese momento, debajo de la piel negra que se caía iban apareciendo retalitos rosados. A esas alturas, los puntos me tenían amargado. Seguramente lo habría pasado mucho mejor si no hubiese cogido un resfriado terrible y no me hubiese pasado esas dos semanas con una tos que parecía que iba a echar los pulmones por la boca. Si ya por si solos, los puntos molestan cada día un poco más, cuando tienes tos, mejor ni hablamos. Por fin, a las dos semanas, me quitaron los puntos de los pezones, y me cortaron las partes externas de las suturas intradérmicas, que se aflojaron y dejaron de molestar. A partir de ese día, ya no sólo podía dejarme caer el agua, sino que incluso podía frotar. Me recomendaron echarme vaselina en los pezones, si quería que las costras se me cayesen más rápido (pero no me eché, porque se cayeron muy rápido solas), aceite de rosa mosqueta sobre las cicatrices, y mucha crema hidratante. Descubrí que la crema hidratante me aliviaba los picores que sentía por debajo de la piel, así que me echaba dos veces al día… una maravilla. La faja me molestaba, pero lo cierto es que me sujetaba bastante la zona, y un mes y medio más tarde, me siento más cómodo todavía con ella que sin nada. Al día siguiente de quitarme los puntos, empecé a ir a caminar con mis padres, que todos los días hacen un paseo de una hora hasta el pueblo de al lado. Antes, no me sentía capaz de ir, ya que tenía que caminar con mucho cuidado, porque el simple golpeteo del cuerpo sobre el suelo hacía que los puntos me tirasen, pero en cuanto estuve “libre de ataduras” pensé que me convenía moverme, aunque fuese un poco. Además, el paseo es muy bonito, y en llano, por lo que resulta fácil de hacer. La diferencia de dolor entre el día antes de empezar a caminar y el siguiente día, fue increíble. No me dolía ni la mitad. Así que, como es lógico, me aficioné a los paseos. En cuestión de tres o cuatro días, ya me encontraba muy bien. A partir de ahí la mejora fue tan rápida, que más que de baja, parecía que estaba de vacaciones. Cuando estaba sólo y hacía buen tiempo, me salía un ratito a la amplia terraza del ático, sin camiseta, y simplemente disfrutaba del sol y el aire mientras miraba el mar (sólo unos minutos, eso sí, que el sol no es nada bueno para las cicatrices). Eso sí, no cogía peso, ni movía los brazos. Fue la principal recomendación que me dieron los médicos. Durante la primera semana, por aquello de no molestar, hice pequeños movimientos, como levantar una silla, coger una botella de dos litros, llena… y como resultado, el pecho se me inflamó. Cuando fui a la primera revisión, el médico me explicó que a causa de la operación el músculo se había quedado suelto, y al moverme, formaba agua que se quedaba debajo de la piel. Así que ¡nada de moverse ni de coger peso! ¡Ni siquiera un poco! A partir de ese momento, tuve todavía más cuidado, pero por culpa del líquido, se me empezaron a formar arruguitas de piel alrededor de los cortes de debajo. Al ponerme las vendas de compresión o la faja, la piel, que estaba suelta, se fruncía de manera casi inevitablemente, y se formaba ese fruncido, que se acentuaba por las estrías que tengo en esa zona. Durante la tercera semana el lado derecho del pecho se me empezó a desinflamar, pero la inflamación del lado izquierdo no terminaba de quitarse… debido a que cuando estudiaba, me sujetaba la cabeza con la mano izquierda, y ese pequeño gesto, me estaba fastidiando. Al bajarse la inflamación, las arrugas del lado derecho se quitaron, y se quedó perfecto, pero la arruga más profunda del lado izquierdo, permanecía. Empezaba a pensar que se quedaría así, hasta que ayer (¡seis semanas después de la operación!) me di cuenta de que la inflamación de esa zona también está bajando y se está quedando también bien ¡Menos mal! En cuanto a las cicatrices… Los pezones, al principio, se me quedaron de dos colores, rosa clarito, y el color normal. Poco a poco el color se va igualando, y en los bordes… ¡No se ve nada! Ni siquiera se ven los típicos agujeritos que dejan los puntos. Debían estar cosidos justo, justo en el borde, o qué se yo… porque no me lo explico. No se ve nada de nada… Las cicatrices de abajo todavía están muy rojas, pero parece que apenas se han ensanchado (las cicatrices, una vez curadas, pueden ensancharse, a veces incluso un centímetro, haciéndose más visibles. Usar la faja durante dos meses reduce el ensanchamiento al mínimo), por lo que es posible que a la larga se vuelvan casi invisibles. Debajo de la axila izquierda sí que se me ha ensanchado un poco (por si alguien se lo está preguntando, soy ambidiestro con preferencia por la diestra, así que uso ambos brazos más o menos por igual). Un mes justo después de la operación, regresé al trabajo, y aunque al principio me cansaba o me resentía de hacer las cosas normales (limpiar, colocar, etc…), cada día he estado mejor que el anterior, y ahora prácticamente ya no tengo más que una ligera molestia de cuando en cuando.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

Tres semanas después de la operación.

Tres semanas después de la operación.

6 semanas tras la operación

6 semanas después de la operación

 

 

 

 

 

 

 

Los consejos que daría a alguien que se vaya a operar serían:

  • Los pezones no se caen.
  • No muevas los brazos. En serio, no los muevas.
  • En cuanto te sea posible, ponte mucha crema hidratante por todo el pecho.
  • Lleva la faja durante dos meses, si te es posible.

Estoy muy contento del resultado, y creo que los cirujanos del Carlos Haya no tienen nada que envidiarle a ninguno de los supuestos “mejores cirujanos” de España. El único motivo para operarse por privado es, en mi opinión, no estar dispuesto a esperar los dos años de lista de espera, y no querer pasar por toda la tortura y humillaciones previas en la UTIG (también conocidas como “evaluación psicológica”). Bueno, y tener dinero para pagarse la operación, claro está, aunque ese que no es mi caso.

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