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A las dos de la mañana…

Eran las dos y cuarto de la mañana y a mi ya no me cabía ni una letra más en el cerebro. A veces temo que se me acabe el espacio y los conocimientos nuevos vayan borrando los antiguos, aunque haga repasos. Esta no es la oposición más dura que he preparado, así que sé que tengo capacidad para ella, pero cuando llevas tantas horas estudiando, simplemente te da la sensación de que ya no puedes meter dentro ni un sólo conocimiento más.

Así que, harto de memorizar quién hace qué, cuando y en base a qué ley, decidí que era un buen momento para irme a dormir, pero antes me asomé al balcón. En algún lugar, alguien tocaba la guitarra bien, y cantaba regular. Es lo que tiene esta ciudad universitaria y bohemia, a todas horas hay alguien a quién le rezuma el arte por los poros y no puede evitar manifestarlo, en ocasiones de manera bastante ruidosa. Ahora mismo hay alguien que lleva toda la mañana (desde las 9, y ya es la una y cuarto) tocando las castañuelas, y yo ya no sé si bajar y suplicarle que se vaya al parque que hay aquí al lado, que está más fresquito y no molesta a nadie, o ponerme los tapones para los oidos, con la incomodidad que ello representa. Creo que voy a por los tapones, ya que la policía tiene la mala costumbre de amonestar y echar a los artistas ruidosos y a los indigentes del parque. Si están en mi calle, no les importa, pero el parque es otra cosa…

Había además una persona sentada en el suelo, en uno de los balcones del edificio de enfrente, con un portatil. Me pregunto si estaría estudiando, aunque más bien sospecho que estaba enganchado a cualquier entretenimiento de los que ofrece internet. La casa en la que estaba, alquila habitaciones a estudiantes, así que supongo que se trataba de eso, un estudiante exiliado de casa de sus padres, buscando un rincón de intimidad en una casa en la que tan solo se le permite tener una habitación.

Pasó una camioneta que tenía pinta de ser de algún servicio de limpieza. Pasó un taxi. Pasó una persona caminando. El de la guitarra, tras unos acordes se cayó y se fué con la música a otra parte, o a dormir.

Soledad, silencio… Me sentía en sintonía con el ambiente. Últimamente me siento un poco solo. Tengo la sensación de que mi madre se ha olvidado de mí, de que ya no me quiere… Aunque se supone que las madres no hacen eso. Pero en las últimas semanas siempre tiene una buena excusa para evitarme, y a mi me recuerda a lo típico que se hace cuando no se quiere ver a una persona. «Lo siento, no sé como se me olvidó llamarte ese día tan importante», «no se me ocurrió que, ya que íbamos a estar cerca de tu casa, pudiésemos quedar para vernos», «no te devolví las llamadas porque imaginé que eran solo para decirme que estabas bien», «lo siento, aunque sé que vas a venir a casa, no he tenido tiempo para comprar comida, tendrás que comprarla tú». No puedo evitar que todo eso me suene a «estoy deseando que dejes de perseguirme y no sé cómo hacer para que te des por aludido».

Sé que lo que he hecho es una situación dura e incomprensible para mis padres, aunque, cada vez más, lo sé sólo desde un punto de vista teórico. No he hecho nada malo, no hago daño a nadie (excepto a Mic, que es la única víctima de todo este asunto), ni pretendo arrastrar a nadie conmigo. Tan solo quiero ser yo mismo y ser feliz.

No alcanzo a comprender qué diferencia tan dura, tan enorme, tan grande, dolorosa e incomprensible hay para mis padres. No comprendo por qué me castigan, por qué no logran ponerse en mi lugar, por qué me dejan solo cuando cuando más apoyo necesito. Si sólo he cambiado mi nombre, si sólo he pedido que se me trate poniendo una «o» en lugar de una «a», si simplemente he cambiado algunos hábitos que no me gustaban por otros que me hacen sentir satisfecho ¿Cómo es que les duele tanto si sigo siendo exactamente la misma persona? ¿Y por qué merezco ser castigado?

Hasta ahora siempre he aceptado que hay que darles tiempo. Lo único que puedo hacer es aguantar y esperar sin enfadarme con ellos, sin exigirles nada. Al principio me sentía como alguien que se ha muerto, y desde una esquina de su velatorio observa como los demás le lloran y no puede hacer nada para consolarlos.

Eso sí puedo entenderlo. En cierto modo, es como si hubiesen perdido a su hija. Es lógico que haya un periodo de luto y de dolor. Pero después está la otra parte: si ellos han perdido a su hija, y no son capaces de reconocer que en su lugar tienen un hijo, entonces yo no tengo padres.

¡Que duro es perder a tus padres! Quizá, por una sola vez, sí debería enfadarme con ellos y pedirles que dejen de hacerme daño. Es posible que yo también tenga derecho a plantearme que no tengo por qué sufrir si no he hecho nada malo. Tal vez deba exigirles que me acepten como soy, o por lo menos, que lo intenten. No me conformo sólo con «tolerancia» necesito aceptación.

Porque ellos no sufren por mi causa. Sufren por su propia causa. No me puedo hacer responsable de los sentimientos que les provoca mi simple forma de ser. ¡Joder! Si fuese drogadicto, o pederasta, o atracador de ancianitas, o asesino… entonces vale. Pero lo único que soy es un hombre, y ni siquiera es algo que haya escogido yo.

Entiendo que les duela perder a una hija, pero no entiendo que prefieran no tener a nadie a tener un hijo en su lugar. No puedo elegir si soy hombre o mujer, pero ellos sí pueden elegir si me aceptan o no. Y entretanto, yo también lo estoy pasando mal a causa de su actitud cerrada y victimista. Entiendo que necesitan tiempo, pero yo necesito comprensión y cariño.

De modo que sí, quizá debería enfadarme y alejarme lo suficiente como para que no me puedan alcanzar. No es la solución más sana, pues yo seguiré sin padres, y ellos seguirán sin hija, y sin hijo… en definitiva, sin mí. Pero es que no sé qué otra cosa hacer ya.  Darles tiempo, no enfadarme, decirles que me hacen daño, decirles que les quiero, decirles que les necesito para ser feliz, nada eso funciona, y entre tanto, mi sola identidad sigue provocándoles dolor, y su actitud continúa apuñalándome cada día un poco más.

Tras 29 años fingiendo ser quién no era, sólo para conservar su amor, y un año más tratando de conservar su amor a pesar de ser quién soy, es posible que ya haya alcanzado mi límite. Aunque, y esta idea me consuela, también es posible que la proximidad del examen me esté drenando la fuerza, y cuando todo pase pueda volver al principio, a seguir dando tiempo, a seguir sin enfadarme, a mantener la fe en que un día voy a tener padres de nuevo.

Entre tanto, igual que el guitarrista que anoche rompía la soledad de la calle a las dos de la mañana, tengo amigos que vienen a rescatarme cuando necesito apoyarme en alguien para seguir un poquito más. Tengo suerte. Tengo muchísima suerte.

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