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La Capilla del Hombre

Una vez más, por enésima vez, me desorienté en las calles de Quito. Poco a poco voy recuperando mi sentido de la orientación, y ya sé más o menos donde está el norte y dónde está el sur, pero todavía me falta mucho para poder decir que me muevo por soltura en la ciudad.

Total, que estaba yo perdido por la zona del centro turístico (luego me enteré de que estaba en la calle Reina Victoria, cerca de la Colón, pero esa información me llegó una semana más tarde) cuando pasé junto a una oficina de información turística. Un sitio perfecto para pedir un mapa, y de camino preguntar qué lugares interesantes podía visitar.

La chica que me atendió lo hizo con el mejor estilo de informadora turística, sacando rápidamente un plano callejero turístico y dibujando en él circulitos y referencias. El caótico sistema de transporte público quiteño no le facilitaba precisamente el trabajo, pero aún así consiguió darme unas indicaciones claras y precisas que posteriormente me están sirviendo para llegar sin perderme a los sitios que quiero visitar. Finalmente me habló de la Capilla del Hombre, donde se exponen muchos de los cuadros de Guayasamín, uno de los mejores pintores de toda Latino América. Cuando empezó a hablarme de ese sitio lo hizo con tanto entusiasmo que decidí que sería el primer lugar que visitase. Entonces ella se ofreció a hacerme de guía.

Nos vimos unos días más tarde, entre semana, que era cuando podía, aprovechando su día de descanso. Había quedado también con otro turista, pero no se presentó, así que cogimos el autobús urbano y allá que fuimos.

Llegar a la Capilla del Hombre no es fácil. En el autobús que llega hasta allí no hay identificación ninguna, y la capilla en si está a tomar por culo de todo, en lo alto de una colina, en el barrio de Bellavista, pero donde ya casi no hay ni barrio ni nada. Eso sí, hay una vista bellísima, de ahí el nombre del barrio. Sospecho que no hay muchos turistas que lleguen a la Capilla del Hombre por casualidad.

Una vez dentro, mi guía empezó a explicarme. Primero me llevó a ver el Árbol de la Vida, donde está enterrado Guayasamín en una vasija de barro, tal y como él mismo solicitó. Dimos un paseo por la parte de fuera de su casa, y también me llevó a la cafetería del museo a que me repusiese un poco de la altura, porque el museo está a unos 2.900m de altitud, y aunque ya me estoy acostumbrando a Quito, en cuanto subo un poco, me quedo de nuevo sin aire. Luego pasamos al museo en si.

Pintura del techoEl museo está situado justo sobre la linea equinoccial, o sea, sobre la linea del ecuador, lo que significa que los días de solsticio el sol cae totalmente perpendicular sobre la estructura de la capilla, atravesando la claraboya circular que hay en el centro de esta. La pintura que hay alrededor representa a los esclavos indígenas que eran obligados a trabajar en las minasdel potosí y que están buscando a tientas una manera de escapar dirigiéndose hacia la luz.

Cada una de las partes de la estructura arquitectónica del museo tiene significado. ¡¡Hasta los diferentes tipos de suelo!! Cada rincón, cada detalle, tiene su significado, y la guía que me acompañaba los conocía todos casi tan bien como si se los hubiese contado el mismo Guayasamín.

También conocía la historia y la interpretación de cada una de las pinturas. Los cuadros de Guayasamín son fuertes, muy impactantes y dramáticos. A veces me sentía tentado de decir «que bonito», pero lo cierto es que la palabra «bonito» no tenía cabida, pues se trataba de imágenes muy dramáticas e impactantes. Algunas mostraban a madres sosteniendo en sus brazos a hijos famélicos que no podían alimentar, a personas muriendo de hambre, ríos de sangre, mutilados… representando todo el dañEn recuerdo de las víctimas de Pinocheto que el hombre ha hecho al hombre a lo largo y ancho del mundo en la última mitad del S. XX.

Al principio Guayasamín empezó pintando sobre el sufrimiento de las gentes de la América Latina, desde Mexico hasta la Patagonia, y a esa época le llamó «camino de lágrimas», haciendo referencia a la parte del ojo por donde corren las lágrimas cuando se llora. Sin embargo, después viajó por todo el mundo y comprendió que el sufrimiento no era patrimonio exclusivo de este contiente, y dibujó cuadros de todo el mundo. Esta es la etapa de la ira. Finalmente terminó dibujando también la esperanza en una última estapa que es la ternura o también «mientras viva siempre te recuerdo» que está dedicada a su madre.

En más de una ocasión noté que me emocionaba, como cuando vi este cuadro de la derecha, que Guayasamín pintó tras conocer la noticia de la muerte de algunos amigos durante el golpe de estado de Pinochet en Chile. También me sorprendió el cuadro de los mutilados, dedicado a los mutilados de la guerra civil española, que consta de seis paneles móviles que se pueden girar o colocar en cualquier orden, y siempre conectan con alguna parte del cuerpo dibujada en el panel contiguo. Eso significa que el cuadro tiene casi 3.000 posibles colocaciones e interpretaciones y todas ellas son buenas (desgraciadamente no puedo colgar la foto porque la red que tengo ahora no es muy buena y no consigo subir casi ningún archivo).

Me parece que es bastante desacertado por parte del ayuntamiento de Quito no dar una mayor publicidad a la Capilla del Hombre, y es una pena que seguramente muchos turistas se vayan sin conocer la obra de este pintor. De todos modos, la visita para mí no habría sido ni la mitad de buena de no haber contado con las explicaciones de mi guía.

Le he pedido permiso para dejar sus datos de contacto aquí, por si a alguien le pudiese interesar contratarla. El hecho de que yo la conociese por casualidad no significa que sea una guía «pirata», al contrario, tiene la acreditación oficial del Ministerio de Turismo ecuatoriano para ejercer esta labor, y doy fe de que por su profesionalidad, interés y conocimientos, se merece ámpliamente dicha acreditación. Su nombre el Lilia, y su dirección de correo electrónico es liliaruiz1719(arroba)hotmail(punto)com  (pongo así la dirección para evitar que le llegue demasiado spam).

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Descubriendo otro Quito

El problema de escribir sobre uno mismo en un blog es que a veces es inevitable arrancar trozos de la intimidad de otras personas. Cuanto más cercanas, más posibilidades de que esto ocurra. En ese sentido, soy una persona peligrosa. Es mejor mantenerse a una sana distancia de mí.

Todo esto viene porque tengo que decir que se me ha pedido que me vaya de donde estaba viviendo. Hace ya unos días que esto ocurrió, y desde entonces escribo unos posts la mar de descafeinados, y, sobretodo, me siento mal conmigo mismo por no poner por escrito aquí, que es mi memoria, una cosa que es muy importante para mí.

Sin embargo, no voy a dar detalles. La cultura ecuatoriana es muy celosa de la intimidad, lo que me parece totalmente lógico y respetable. Tampoco voy a decir que hemos acabado en buenos términos, porque no hemos acabado. Sigo con ellos, sólo que ya no vivo en la misma casa. Me alegro mucho de seguir con ellos.

De lo que sí voy a hablar es del otro Quito que estoy descubriendo estos días. Aunque me gusta estar solo (creo que ya conté que, cuando vivía en Granada podía pasar tranquilamente varios días sin decir una sola palabra porque no tenía con quién hablar, y sólo me daba cuenta cuando por fin le dirigía la palabra a alguien), tampoco me gusta tanto como para quedarme encerrado hasta que me salga moho en las orejas. Y aunque estoy un poco triste, quedarse en un cuarto oscuro llorando no arregla nada. Si acaso, lo empeora todo.

Lo primero es reconocer que, como me dijo una amiga, Quito es una ciudad que se deja conocer. También es verdad que en estos dos meses y medio he aprendido a medio orientarme en esta ciudad que al principio me resultaba tan confusa, y cuya estructura no termino de entender del todo. Y he aprendido a moverme en autobus, lo que no es nada fácil. Pero salvando esos dos escollos, Quito es una ciudad que me resulta agradable y acogedora, o por lo menos, la parte del centro-norte, que es la que conozco. A pesar de ser enorme, y de ser la capital de un país, me da la sensación de que está construida a escala humana, a diferencia de Madrid o Barcelona, donde siempre me parece que son ciudades que no se han hecho para que las personas vivan en ellas. Tampoco me da la sensación de que sea una ciudad que te quiere absorver el alma, una ciudad depredadora. Al contrario, es como si las calles te invitasen a caminar en ellas y descubrir los tesoros que guardan. Como el delicioso pan de yuca con yogurth, o ese chico que vende cevichochos, la señora que vende chancho y ensalada en el parque de la Carolina, o las imponentes iglesias que a veces uno se tropieza en el barrio más inesperado.

Reconozco que hay partes que no he visitado, y a las que no voy a ir, pero todas las grandes ciudades tienen ese tipo de barrios. Tampoco me parece prudente salir a la calle yo solo de noche. A partir de cierta hora, Quito deja de ser la ciudad acogedora y se convierte en una ciudad agresiva. Algunos barrios tienen guardias privados que vigilan las calles, y a veces los oigo pitar o dar voces desde mi habitación. Probablemente sólo están espantando a un joven que creyó que la esquina era un buen lugar para orinar, pero aún así…

La seguridad es una de las cosas que más echo de menos de España. Ya se que allí también hay criminalidad y siempre existe el peligro de que te atraquen en el momento menos pensado (yo me he asustado varias veces), y desde luego Quito no es una jungla en la que en cualquier momento te pueden apuñalar… pero es distinto. No lo sé explicar mejor.

Empiezo a sentir, en esta ciudad, o por esta ciudad, una cierta sensación de amor, como la que me produce Granada. También me enamoré de Praga, y de Barcelona. Tal vez tengo un corazón voluble, que se encapricha de las ciudades de un día para otro, o tal vez sea que Quito tiene en verdad algo especial que se esconde entre los rincones de sus largas y a veces incomprensibles avenidas, en los contrastes entre los edificios ultramodernos y las aceras sin baldosas, de los hombres con traje y corbata que pasan al lado de los indígenas que viven en los márgenes de las calles, de los grandes parques verdes rodeados de calles llenas de tráfico, o de los colibrís despistados que liban en las flores del jardín de una casa adosada.

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Visitando ruinas.

Hoy estaba yo en el parque de la Carolina, tumbado en el cesped (porque ahí los parques tienen cesped y te puedes tumbar en él, ya que llueve mucho) leyendo un libro y escuchando música en el MP3, cuando se me acerca una mujer a hablarme. Después de recuperarme del susto (no es que fuese una mujer de aspecto inquietante, es que no me esperaba que se me acercase nadie), ella me dijo que se iba a organizar una excursión gratuita de dos horas para ver unas ruinas arqueológicas recientemente descubiertas al norte de la ciudad, y que como me había visto con el libro, pensó que tal vez me interesarían los temas culturales.

– ¿Pero es gratis? – dije yo con desconfianza.

– Sí, sí, es totalmente gratuita, dura dos horas y sale desde allí – la mujer estiró el brazo señalando una grada solitaria, parecida a las que se ponen en Semana Santa para que las personalidades vean las procesiones, pero construida en obra -. Estamos parqueados detrás de la tribuna. Empieza a las dos.

Decidí apuntarme, porque de hecho sí que me interesaba. Pero mientras iba pensando que eso de que fuese gratis… me daba mala espina. ¿Y si eran unos secuestradores de turistas incautos? ¿Y si eran de una secta cristiana, que usaban los tours gratis como gancho para atraer incautos? ¿Y si era un nuevo método para vender enciclopedias y/o colchones? Sin embargo, cuando me acerqué, vi que habían varias familias normales, con pinta de turistas algunos, y otros con pinta de haber ido a pasar el domingo al campo (ropa cómoda y un poco ajada, mochilas), y eso me tranquilizó un poco. Me tranquilicé mucho más cuando vi el autobús en el que se iba a hacer la excursión.

El autobús tenía un cartel que ponía «la chiva cultural» y otro del ayuntamiento de Quito. Y era gratis de verdad. Tres animadores iban en el bus, haciendo de guías, pero sólo uno de ellos hablaba (sospecho que las otras dos eran unas amigas que habían ido a acompañarle)… y para mí que ha sido uno de los mejores guías-animadores que he visto nunca. ¡Era buenísimo! Lo único que le faltaba al pobre era tener un micrófono, porque hacerse entender por encima del ruido del motor era muy difícil.

Visitamos dos museos arqueológicos, aunque más que museos son yacimientos. Entramos en ambos de manera gratuita, aunque la visita normal también es gratis (al menos de momento, según nos explicó el animador). Uno era el museo de Rumibamba, que es un yacimiento de 30 hectáreas de terreno, con restos arqueológicos tanto de viviendas como de estructuras civiles, como caminos, lugares de cultivo, etc… todo ello al aire libre.

Después fuimos al museo del Sitio, que surgió de un intento de construir una cancha de baloncesto. Cuando empezaron a excavar en el terreno, empezaron a aparecer vasijas quitus por todas partes, de modo que se detuvo la obra (cosa que al dueño del terreno no debió hacerle ninguna gracia) y se iniciaron unas excavaciones en las que aparecieron varios enterramientos con unas 40 momias, ajuares, etc…

Me he quedado encantado con el recorrido, que si bien no mostró el museo de Rumipamba por completo, sino solo una ruta abreviada, fue muy interesante, con muchas cosas para aprender. Vimos plantas autóctonas con propiedades naturales, nos hablaron de la forma en que los indígenas transportaban mercancías (sobre los hombros y usando unos caminos excavados en la tierra, pero no subterraneos, que les protegían del sol de justicia y de la intensa lluvia ecuatoriana), y me enteré de que en Quito, antes de los incas habían vivido los quitus, a la orilla de una gran laguna llamada Iñaquito (en serio, se llamaba así) que se secó por falta de irrigación natural, y que había estado situada desde el parque de la Carolina hasta el aeropuerto.

Una de las cosas que más me han gustado ha sido el entusiasmo de quienes organizaban la excursión. Como suele ocurrir con las cosas culturales, no había mucha gente interesada, probablemente porque desconocían la existencia de dicha excursión, así que los organizadores se habían dedicado a ir por el parque invitando a la gente a que fuese a la excursión, del mismo modo que me invitaron a mí, hasta que por fin el autobús se llenó. Luego el trabajo que han hecho ha sido muy bueno, con alegría y con ganas de hacerlo bien. ¡Si hasta han hecho varias paradas a la vuelta, para la gente que sus casas les pillaban de camino! Así da gusto.

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Teleférico

Desde la Casa Trans se ve un teleférico que sube por la ladera del Pichincha hasta arriba del todo. En realidad no es la cima de la montaña, ya que una vez que estás allí puedes seguir subiendo, pero sí que es el punto más alto que se ve desde Quito. Cuando uno está abajo, la subida parece bastante impresionante, pero no es nada comparado con lo impresionante que es cuando subes de verdad.

Inicialmente el precio del viaje me pareció un poco caro: 4,50$ los ecuatorianos, y 8,50$ los extranjeros. En el grupo íbamos tres extranjeros y tres ecuatorianos, así que intentamos que cada uno de los ecuatorianos comprase dos entradas, la suya y la de una de los extranjeros. Fue una estrategia que en el pasado dio resultado, pero el hombre que estaba ese día en la caja estaba más avezado y nos pidió las cédulas de identidad, con lo que no quedó más remedio que los que somos de fuera pagásemos religiosamente lo que era menester.

Las cabinas eran para seis pasajeros, así que cupimos todos. El día anterior habíamos estado lanzándonos de un lado a otro de montañas altísimas en canopi (tirolina), así que ya estábamos un poco curados de espanto respecto a las alturas. Aún así, cuando aquello empezó a subir, a subir, y a seguir subiendo, todos nos pusimos un poquito nerviosos y decidimos que lo mejor era que no nos moviésemos mucho, sólo por si acaso. Hacia la mitad del recorrido se nos empezaron a taponar los oídos por la diferencia de presión.

Lo primero que noté al llegar fue que el aire era liviano, ligero, falto de alimento… como fumar tabaco ultralight en comparación con el tabaco normal (nota: dejé de fumar hace ya muchos años, lo que no significa que se me haya olvidado). Respirabas y era como que te quedabas con ganas de respirar otra vez. Como después de hacer una comida de régimen, que te quedas con ganas de comer de verdad. O de respirar de verdad, en este caso.

Eso se debe a que nos encontrábamos a 4.100m de altura, y eso son muchos metros. Si Quito está a 2.830m, habíamos subido 1.270m en un ratito. En la estación de llegada había un “bar de oxígeno”, y varias cafeterías que ofrecían te de coca para ayudar a pasar el malestar provocado por la altura. También habían varios carteles de advertencia para las personas mayores, enfermos del corazón, niños, etc, y un puesto en el que te tomaban la presión sanguinea por 0,50$. Yo debía tener algo de mala cara, porque mis amigos insistieron en que me tomase la tensión, a ver como estaba. Por mi parte no me apetecía mucho, ya que sabía que la medición iba a salir mal. Estaba ligeramente mareado y creí que tendría la tensión alta. Me equivoqué: en realidad la tenía por los suelos, a 80. La chica que me la tomó se quedó bastante preocupada y me dijo que comiera algo, que tomara te de coca, y que caminase muy despacio. Otro de los compañeros también se la tomó y le salió un pelín alta, estaba a 140.

Con mi tensión por los suelos, y consciente de que en el momento menos pensado me podía desmayar, acompañé a mis amigos a caminar por la estación. Habían varios miradores a la altura del punto al que llegaban los teleféricos, y otros un poco más lejos y aún más arriba. Por supuesto, subimos hasta arriba del todo.

Las vistas eran impresionantes. A esa altura uno ve pasar a los aviones que van en dirección a Quito desde arriba. Ves el techo del avión. También ves la ciudad prácticamente entera, y si te das la vuelta, la cima de la montaña, que en realidad es un volcán. Desgraciadamente, el día estaba un poco nublado, y la montaña no se veía del todo, pues las nubes la ocultaban.

A 4.100m de altura, las nubes están muy cerca, pero la cima del volcán estaba más alta todavía. Y hace mucho frío. Por suerte estábamos avisados y llevaba jersey, chaqueta, braga para el cuello… como en febrero en Granada, más o menos. Todavía contento, ya que esa misma altura en casi cualquier otra latitud sería zona de nieves perpetuas.

Después del paseo fue cuando por fin me tomé el te de coca que me habían recomendado, pero no puedo decir que me hiciera mucho o poco efecto, porque unos minutos más tarde cogimos el teleférico de bajada.

¡Que alivio regresar a Quito y volver a respirar con normalidad! Lo cierto es que después de subir en el teleférico he notado que mis problemas con la altura han mejorado bastante, aunque creo que en realidad ya iba tocando que empezase a acostumbrarme, pues en ese momento llevaba como semana y media aquí. Ahora llevo dieciséis días y ya puedo moverme con libertad, aunque una actividad física más o menos intensa me quita la respiración, y subir la cuesta de La Gasca (la calle principal de la zona donde vivo) todavía puede conmigo a veces.



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Tráfico rodado y deportes de riesgo involuntarios

Es difícil recordar y separar unos días de otros, unos momentos de otros. Cuando trato de recordar lo que hice ayer, tan sólo me vienen a la mente las cosas de hoy, y antes de ayer es un abismo insondable de tiempo. Los días están repletos de horas que se arrastran lentamente, llenas de imágenes, emociones, colores, personas, pensamientos… ¿Cómo da tiempo de hacer tanto en un solo día?

Ayer me atreví a dar mi primer paseo en solitario por Quito. Armado con un plano callejero de la ciudad, me encaminé hacia el consulado español para registrarme aquí como extranjero no residente.

Una de las primeras cosas que descubrí es que cruzar la calle en Quito es un deporte de riesgo. Hay quien hace alpinismo, y hay quien bucea, y hay quien cruza la calle en Quito. Cada uno se juega la vida como más le gusta.

Otra de las cosas que descubrí pronto fue que el sistema de transporte público es perturbadoramente opaco. Hay una infinidad de autobuses, troley (que es otro autobús distinto, que circula por un carril propio) y metro (que todavía no sé en qué se diferencia del troley, excepto en que hace un recorrido diferente). El troley y el metro más o menos se sabe como funcionan, porque mi mapa callejero señala los recorridos que hacen, aunque parece ser que hay varias líneas, pero de momento no he descubierto en qué se diferencian unas líneas de otras. Los autobuses, no tengo ni puñetera idea de cómo van. Los planos de autobuses son un invento que todavía no ha llegado a Quito, y las paradas de autobús se alzan en la acera, de color gris acero, misteriosas como puertas que no sabes donde te llevarán si te atreves a cruzarlas. Eso sí, el transporte público es muy barato, a 25 céntimos de dólar. Y cuando los autobuses se detienen en la parada, se baja un señor que empieza a decir a quienes están esperando en la parada: “¡¡Suban, suban, autobús a nosedonde!!”

Intimidado por las serias dificultades que puede suponer coger un autobús equivocado y luego no ser capaz de regresar al lugar de origen, decidí ir andando hasta el consulado, y llegué, a pesar de que la combinación de cuestas arriba y altitud (recordemos que Quito está a 2.830m de altura) no me lo puso nada fácil. Cuando llegué descubrí que no era el consulado, sino la embajada, pero un guardia muy amable me indicó la dirección del consulado, que me pillaba de camino para volver. A la vuelta sí que me perdí un poco, pero como las calles de Quito son bastante rectas, y paralelas o perpendiculares entre si, la pérdida no fue demasiada. Conseguí llegar al consulado, e incluso luego regresé a la casa.

En el Consulado me atendieron varias personas, desde que entré por la puerta, hasta que llegué a la primera ventanilla, todos ellos ecuatorianos, todos ellos con cara de estar chupando limones, y carácter más o menos acorde al sabor de la fruta en cuestión. Cuando por fin llegué a la ventanilla, la funcionaria me preguntó desabridamente:

–    ¿Y a usted por qué le han puesto este sello en el pasaporte? – señalando al sello que me pusieron al entrar al país.
–    Pues no le sé decir, la verdad – respondí yo, encogiéndome de hombros con mi mejor cara de pardillo. Estuve a punto de decirle “pensé que era el procedimiento normal para demostrar la fecha de entrada al país, por si acaso se me pasa la fecha del visado de turista” ó “si no sabe usted por qué me pusieron el sello…”, pero me mordí la lengua.
Tras examinar mi pasaporte un par de veces y detenerse en el nombre con cara de “que tía más machorra, si parece un tío”, me endiñó dos formularios y me dijo que los rellenara, trajese tres fotos, y pidiese turno para la ventanilla al guardia de fuera. Eso me enseñó otra cosa más: aquí en Ecuador hay que hacer formularios para todo. Estos dos son el cuarto y quinto formularios que tengo que rellenar desde que estoy aquí, y no llevo ni una semana… Además, en casi todos los casos, te los dan de dos en dos. Claro que si el sistema de autobuses es un caos, la organización de la burocracia no quiero ni imaginarla. De cualquier modo, no llevaba las fotos, así que me tuve que volver a casa con el recado sin terminar.

La tarde la pasé tranquilo, disfrutando de que por fin se me empieza a pasar el desfase de sueño. Llovió a cántaros, como si el mundo se fuese a inundar de un momento a otro, pero desde que estoy aquí, todos los días llueve así en un momento u otro, así que no me asusté.

Por la noche vinieron Ana y Eli, y estuvimos charlando y cenando. El sector “extranjero” de la casa habíamos pensado en ir hoy al casco antiguo, a hacer turismo, y Eli y Ana coincidieron en que era una muy buena idea. Les pareció tan buena idea que pensamos que sería bonito ir al casco histórico esa misma noche, aunque todavía llovía un poco y hacía frío.

Dicho y hecho, todos los de la casa, menos uno que está enfermo, nos apuntamos. Contando con Eli y Ana, en total éramos siete, así que no cabíamos en el coche. La solución era coger la furgoneta, que aparentemente no tiene limitación de espacio.

La furgoneta en cuestión es una reliquia venerable, de incontables años, que tiene la parte de atrás descubierta, es decir, es una ranchera. En la parte delantera caben dos personas delgadas y el conductor. Es decir, por fuerza teníamos que ir cuatro atrás, y yo casi obligatoriamente tenía que ser uno de los que fuesen atrás, porque si me subo delante, entonces sólo cabemos el conductor y yo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que este país me está haciendo algo raro. Yo, que conduzco con prudencia, que no me salto los semáforos, que cuando me subo al coche me pongo el cinturón de seguridad… estaba en la parte de atrás de una venerable furgoneta ranchera destartalada, más concretamente sentado sobre el borde de la misma, bajo la lluvia, subiendo y bajando cuestas bastante empinadas, en constante riesgo de caerme, o de que el conductor diese un frenazo y yo saliese despedido, o que otro coche chocase por detrás, o… lo que sea.

Lo peor del caso es que me pareció muy divertido, y lo hice sin remordimiento alguno. Como dice un amigo mío ¿en qué momento se nos olvidó vivir a los europeos? Me viene ahora a la mente el slogan de Renault “que bueno es vivir mucho”, en el que se muestra que lo bueno de la vida llega cuando eres viejo. Pero… pero… a mí no me gusta tomar riesgos innecesarios, y sin embargo en estos pocos días, en los que estoy arriesgándome bastante, es como si me acabase de despertar de un sueño y estuviese empezando a vivir de verdad. Es decir… la seguridad está bien, pero quizá sea necesario acercarse un poco a la muerte para disfrutar la vida.

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