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Como distinguir entre un gay y una mujer.

Me han comentado que una de las psicólogas de la UTIG de Málaga (Juana, conocida por sus pacientes como «la loca», y cuyo apellido todo el mundo parece ignorar) pregunta a sus pacientes cómo saben que son mujeres, y no hombres gays. Posiblemente a día de hoy habrá recibido muchas respuestas, pero ninguna satisfactoria. El motivo de ello es que, salvo algunas personas con un ingenio excepcional, el común de los mortales nos quedamos bloqueados cuando alguien nos dice un disparate de cierta magnitud, y, encima, espera que le respondamos.

Por ello, por que hace esta pregunta con bastante frecuencia (señal de que todavía no conoce la respuesta) y yo he tenido tiempo suficiente para reflexionar, voy a responderle desde aquí, con la esperanza de que, un día, las mareas del internet proceloso le hagan navegar hasta este blog.

Estimada señora, la diferencia entre un gay y una mujer, es esta:

       

¿Se da usted cuenta? Si no lo ve claramente, puede examinar las fotos durante tanto tiempo como considere necesario, y puede acceder a la web cada vez que lo desee, para consultar de nuevo (hasta que el dueño de la foto me denuncie y me obliguen a retirarlas del blog). ¡Ánimo! Estoy seguro de que con un poco de esfuerzo, hasta usted podrá comprender la diferencia entre una mujer (heterosexual) y un hombre homosexual. Y cuando haya superado esta lección, podemos pasar a la siguiente: como distinguir entre una mujer lesbiana y un hombre. Es mucho más sencillo de lo que imagina. Más pistas: ¿cómo sabe usted que es una mujer, y no un hombre gay? ¿Lo ha pensado ya? Bien, ahora vuelva a pensarlo sin introducir su vagina en la explicación, y cuando lo tenga… pues esa es la respuesta. Lo de la vagina lo digo sobretodo porque cada vez que hace usted esa pregunta, está poniendo, figuradamente, el coño sobre la mesa. Se lo aseguro: el 100% de sus pacientes está pensando en su coño, y es un pensamiento desagradable y obsceno. De verdad: nadie tiene interés en sus genitales. Nadie quiere pensar en ellos. Ahorre a sus pacientes ese mal trago, y aumente de paso en dignidad propia. Todos saldrán ganando. Un saludo, y espero haberle sido de utilidad para resolver su duda.

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Visita psicóloga, endocrina y… ¡sorpresa!

El martes pasado me tocó ir a la UTIG para una revisión. Las revisiones son cada seis meses (más o menos) e incluyen, como mínimo, una visita a la endocrina y otra a la psicóloga (sin contar las otras veces que tenga que ir para hacerme, por ejemplo, análisis de sangre u otras pruebas que sena necesarias).

Lo de ir a ver a la endocrina… es obvio, teniendo en cuenta que estoy en tratamiento con testosterona. También, una vez al año, tengo que ir a ver a mi otra endocrina que me controla como voy desde que me operé del estómago. Son gajes que tienen los tratamientos médicos… que hay que ir a ver al médico con cierta frecuencia para que te vaya diciendo como estás.

Lo de ir a ver a la psicóloga, creo que va «de serie». Los protocolos de atención a la transexualidad incluyen «terapia psicológica», y sospecho de que entra en el pack de manera irremediable, quieras o no quieras. Tengo que reconocer que en realidad no está mal contar con el apoyo de una psicóloga… por ejemplo, en esta ocasión yo lo necesitaba, y pasar por la consulta de Trinidad me ha resultado muy útil. Pero me gustaría mucho, mucho más, si esto no fuese como las lentejas, que, aunque dicen si quieres las comes, y si no, las dejas, ocurre que habitualmente este refrán te lo dice tu madre para comunicarte que te las tienes que comer sí o sí. Vamos, que lo ideal sería contar con el apoyo psicológico, pero que si quieres vas, y si no, pues no vas. También es verdad que si entras en la consulta y le dices a Trinidad que estás bien, saldrás de allí casi tan rápido como entraste, de modo que si formalmente no es opcional, materialmente sí lo es.

Como se ve, estoy mucho menos beligerante con la UTIG de lo que solía. No es raro: lo que ahora recibo de ellas es lo que quería recibir desde el principio: atención médica, orientación piscológica y eventualmente cirugía. El trato que tengo ahora es muy amable, interesado, e incluso participativo. Se me pregunta como estoy y qué necesito. Se me dan explicaciones claras y detalladas, se tienen en cuenta mis percepciones (por ejemplo, al comentar a la endocrina que noto que la dosis me va un poco corta me dijo que podía deberse a que, en efecto, me fuese corta, pero que también pasa que al principio del tratamiento se tiene esa sensación, y con el paso del tiempo va desapareciendo. Aprovechando que estoy cerca de la próxima inyección, me pidió un análisis, me indicó que no debía «juntar» las inyecciones por mi cuenta, y que llamara por teléfono para, en función de los resultados, juntar las inyecciones un poco), se me pregunta qué clase de tratamiento quiero, dentro de los que ofrecen… Vamos, todo excelente.

¡Pero yo necesitaba todo eso hace un año! Cuando llegué por primera vez estaba muy preocupado, asustado, perdido, y tratando de manejar una situación muy difícil para la que nadie me había preparado (es más, había aprendido que esa situación no debía llegar a darse nunca jamás de los jamases). Ahora necesito todo lo que me están dando, pero antes lo necesitaba todavía más. No es justo tener que «ganarte» un «certificado de calidad» en base a unos criterios y procedimientos que desconoces para poder recibir los servicios que estás necesitando.

Ahora entiendo por qué, en los pasillos de la UTIG se puede ver que hay tres tipos de pacientes: los que aún no reciben tratamiento, nerviosos y tristes, y los que sí lo recibimos, que oscilamos entre el buen humor por nuestros progresos y el aburrimiento de las revisiones rutinarias. Yo estoy en la fase del bueno humor, pero eso no sirve para que olvide o perdone todo lo anterior. (Echo la culpa de todo, o al menos el 80% a que la transexualidad se considere todavía como una enfermedad mental: hasta que no recibimos el «aprobado» no somos gente de fiar.)

Volviendo al tema… como ya he dicho, esta vez me fue muy útil la consulta de la psicóloga. Luego, pasé a ver a la endocrina. Le comenté los problemas ulceriles que he estado teniendo, comentamos como me iba llendo el tratamiento, los resultados de los análisis… Finalmente me preguntó cómo me sentía yo respecto a los cambios que estaba habiendo en mi cuerpo, y le dije que estaba muy contento (que es la verdad). Entonces me comentó que quizá había llegado la hora de plantearme la cirugía de pecho, si es que yo quería operarme (además, cosa muy importante, recalcó la voluntariedad de la operación, preguntando directamente «¿quieres operarte?»). Como yo sí quiero operarme, me faltó tiempo para decirle que sí. ^_^

Además de todo esto, me hizo una revisión física que, por si otros pacientes de MªCruz Almaraz se lo están preguntando, tiene el requisito indispensable de quitarse la ropa. En mi caso tenía un componente «vergonzante» añadido en forma de padawan: un estudiante muy guapo (como todos l*s estudiantes que van por allí… no sé que les darán de comer en la facultad de Medicina de Málaga, pero si lo llego a saber, habría ido más amenudo cuando estudiaba en el campus de Teatinos), y muy probablemente, gay, que andaba por allí escuchando todo, viendo todo y sin decir ni pío. Por suerte, a mí no me da mucha vergüenza desnudarme donde haga falta, así que no pasé un mal trago.

El siguiente paso: ir a sacarme sangre. No sé cuantos tubitos me sacaron, pero tampoco es que me importe. He sido donante de sangre… y he tenido una vía enganchada a la vena yugular durante cinco días, así que ya estoy bastante curado de espanto en lo tocante a pinchazos en las venas. De todas formas, un poco aprensivo sí que soy todavía, pero el truco (para mí) consiste en no mirar lo que me hacen, y mientras, que me den conversación.

Último paso: ir a pedir hora con el cirujano. ¡¡Por fin!! ¡¡Cirujano!! ¡¡Mastectomía!! ¡¡Viva!! Lo que no me esperaba era que me diesen la cita para el día siguiente. Como la encargada de las citas me vió dudar, me comentó que podía darmela para otro día «a partir de mañana, el miércoles que quieras». Yo recordé que el miércoles había quedado por la mañana con mi hermana, y por la tarde para una reunión de Conjuntos Difusos, pero… pero… «no, no, mañana está bien.» No fuera a ser que alguien cambiara de idea.

Hasta ahí todo bien. Lo difícil era… lo de siempre: contárselo a mis padres. Se lo dije a mi madre, cuando nos quedamos solos después de comer. Ella se puso muy triste e intentó convencerme de que no me operase, pero, las cosas como son, lo intentó con bastante menos entusiasmo y convicción con que hacía este tipo de cosas al principio. Aún así, me quedé preocupado. ¿Qué reacciones vendrían después? ¿Enfado? ¿Rechazo? ¿Incomprensión?

Como viene siendo habitual en mis relaciones con mis padres respecto a este tema, no di ni una. Parece mentira que, mientras en otras cosas soy capaz de prevér su reacción al milímetro, con esto no acierto ni de lejos. Cuando volví a casa por la noche, el trato volvía a ser normal, como si nada, y al día siguiente, fue aún mejor. Pero eso queda para la próxima entrada.

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Novena visita a la psicóloga y segunda a la endocrina.

Ya hace tanto tiempo que he tenido que mirar el cartoncito donde me apunta las citas para contar cuantas citas llevo ya con la psicóloga. Nueve citas, once meses… que largo se hace, y todavía no hemos terminado.

Esta vez, tocaba visita doble: endocrina + psicóloga. Tenía hora con la endocrina a las 9:30, y llegué a esa hora en punto. Sin embargo, por determinadas circunstancias que no vienen al caso, terminaron cogiéndome a las 11:30. Dos horitas esperando… En fin, esto es la seguridad social.

Yo no sabía muy bien a qué iba a la endocrina, aunque suponía que era para recoger los resultados de las pruebas, que me dijese que estoy muy bueno, y que volviera cuando tuviese el informe. No iba muy desencaminado, aunque, además de eso, me echó la bronca por no estar llendo a otro endocrino a hacerme revisiones de otro asunto médico, y me hizo una revisión física completa, incluyendo… ehm… exploraciones que requirieron que me quitase toda la ropa. Y cuando digo toda, me refiero hasta a los calzoncillos.

Por suerte a mí no me da vergüenza ninguna desnudarme, ni siquiera que me toquen, así que no lo llevé muy mal. Pero para el que se esté pregutando qué te hacen en la segunda visita a la endocrina… ya lo sabe. Que se vaya preparando.

Luego, lo de siempre. Coger el coche e ir al otro hospital, que no está ni cerca, a ver a la Psicóloga. Al menos, aparcar cerca del Carlos Haya es muy fácil.

Una vez en la consulta, otra horita de esperar a que me tocase. Cuando entré en la consulta, ya eran las 12:45 de la mañana.

Lo cierto es que esta vez no tenía ni idea de qué íbamos a hacer, y tengo que reconocer que me quedé un poco fuera de juego. Yo que pensaba que ya se habían terminado los tests para mí… pues no, ese día tocaba test. Concretamente se trataba de uno en el que se me preguntaba sobre las edades en que aparecieron o se consolidaron ciertos comportamientos. Yo sobre qué es lo que se espera o no se espera en ese campo, no tenía ni idea, así que… bueno, hice lo de siempre, responder con sinceridad y cruzar los dedos a ver si las respuestas sirven para encajarme dentro del dichoso modelo de comportamiento establecido para las personas transexuales de mi edad.

No hace falta que vuelva a decir que me parece ridículo que se considere que todos tenemos que ser iguales…

Cuando terminó de pasarme el test, en lugar de despacharme hasta la próxima vez, Trinidad me pregunta qué me ha parecido. Yo le respondo que el test me ha resultado muy difícil de responder porque las preguntas son «de hilar muy fino», referidas a cosas que han ocurrido muy gradualmente, y que te pedían que concretases mucho.

– No, me refiero a qué opinas de todo esto en general – dijo Trinidad cuando terminé de hablar.

Tengo que decir, antes de continuar, que la penúltima vez que fui a ver a la psicóloga, me quedé con la mosca tras la oreja. Por un momento me pareció que había leido mi blog y que sabía quien era yo, pero me parecía improbable y hasta paranoico. Claro, como si ella no tuviese otra cosa que hacer que leer las cosas que a mí se me ocurren, y, además, yo fuese tan importante como para que me recordase entre todos sus pacientes.

Cuando Trinidad me preguntó eso, me asusté un poco. ¿Donde quería llegar? No es que sea el tipo de persona que habla por charlar un rato, o al menos, no lo es durante sus consultas.

Decidí continuar siendo prudente, aunque sincero, de modo que le respondí que no estaba de acuerdo con como se hacían las cosas. Claro, ella quiso saber por qué, y yo traté de ser todo lo prudente y diplomático posible, sin entrar en terrenos de los que luego no pudiese salir. En estos casos lo que mejor funciona es pecar de modesto. En realidad, no mostrar a los demás las cosas que sabes suele ser una buena idea, así les resulta más difícil pillarte.

– Bueno… Yo de estas cosas no sé, porque no he estudiad… – empecé a decir.

– De esto sí que sabes.

Mierda. Leñes. Me ha pillado. Joer… Bueno, esa táctica ya no servía, así que ya solo me quedaba la diplomacia pura y dura, que no es precisamente mi especialidad. Sin embargo, para mi sorpresa, después de que yo hablara, cuando ella me respondía, lo hacía como si hubiese dicho en voz alta ciertas cosas que en realidad no había dicho, pero que sí estaba pensando.

Ante esto, tan solo hay tres explicaciones. O Trinidad sabe leer la mente a la gente, o los test esos son demasiado buenos, o ella lee el blog y sabe quién soy. Y la más plausible de las tres es la última. No puedo estar 100% seguro pero… En fin, Trinidad, si estás leyendo esto, un saludo.

¿Debería preocuparme por ello? Yo creo que no. Para empezar, muy poca profesionalidad demostraría si se dejase llevar por las opiniones personales que le puedan suscitar una serie de documentos que yo no le he entregado, y que se han hecho fuera de la consulta. Como no tengo la impresión de que sea poco profesional, sino de que es estrictamente profesional, eso no debería quitarme el sueño.

Al contrario, que una persona utilice su tiempo libre para buscar información, y siga algo escrito por alguien no profesional, sin autoridad ninguna, y lo tenga en cuenta, e incluso logre identificar a autor entre la multitud de pacientes que tiene, me parece extraordinario. Demuestra interés por su profesión, interés por los pacientes, e incluso que lo que escribo a lo mejor es hasta interesante.

Un amigo mío dice que de hecho, si en efecto Trinidad leyese por aquí, no sólo no es malo, sino que le parece perfecto, puesto que demuestro un lado humano frente al estudio sistemático realizado por los profesionales.

Finalmente tengo que decir que no fui el único que expresó sus puntos de vista y sus opiniones en la consulta. Ella también me habló, y lo hizo con una sinceridad y una confianza que me dejaron atónito. Hasta llegó a decirme cosas que desde el punto de vista de su posición como funcionaria pública no debería haber dicho. Ha pasado una semana, y por más que pienso en ello, no dejo de sorprenderme.

También me dijo que no tiene claro que yo sea transexual, que tiene una duda razonable sobre mí… aunque de eso voy escribir en la próxima entrada.

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Bajo de ánimos

Llevo ya una temporadilla bastante bajo de ánimos. Yo diría que unas tres semanas, aunque esta última está siendo la peor.

Todo empezó con una cierta incertidumbre. ¿Cómo me iban las cosas con la psicóloga? ¿Tardaría en hacerme el diagnóstico 6 ó 7 meses como de dijo, o necesitaría más tiempo? ¿Cuanto tiempo y por qué motivos voy a tener que seguir esperando?

Son una serie de dudas que es normal que me haga, y de las que creo que ya he hablado hace poco por aquí. Lo normal sería preguntarlo a la psicóloga y ya está.

Pero entonces surge otra duda. ¿Qué pasa si le pregunto? Y toooooodo el mundo dice que a la psicóloga nunca, nunca, nunca, hay que preguntarle nada. Todo el mundo menos Miguel, que es el tío más equilibrado del mundo, y una especie de «cruz roja anímica» entre sus amigos y conocidos.

Por fin el martes pasado fui a la psicóloga. Ya van cinco citas. Mientras esperaba, cosa que hice durante muuuuucho tiempo, no porque tuviese a gente delante, si no porque ella entró una hora y pico tarde (hay que decir en su defensa que ese día tenía una psicóloga residente, y supongo que a lo largo de esa hora estuvo instruyéndola respecto a lo que iban a hacer a lo largo del día de trabajo), conocí en la sala de espera a una chica (transexual) que corroboró la idea de que no debía preguntar a la psicóloga como iba la cosa.

– Yo una vez le pregunté – me explicaba – y se puso de una mala leche increible. Luego llamó por teléfono a la Esteva – Isabel Esteva es una de las endocrinas, y la jefe del equipo de la UTIG de Málaga – que estuvo super borde conmigo, con lo simpática que ella es.

Sin embargo… las declaraciones de esta chica terminaron por convencerme de que debía preguntar (cosa que ya tenía decidido que iba a hacer de todos modos), más que nada porque pensaba justo lo contrario que yo de todas las cosas sobre las que hablamos. O sobre las que habló, porque anda que no tenía palique…

Finalmente entré en la consulta y, tras el consabido test… hice mis preguntas. Y, como era de esperar, la psicóloga no me mordió ni nada. Me respondió que el procedimiento tiene sus tiempos y necesita sus cosas, y hasta que no está todo completado, no se pueden sacar conclusiones, que si quería, dedicaríamos la próxima sesión a hablar de ello, y que en su opinión iba todo bien y no había nada de qué preocuparme.

También me dijo que, lo que sí le gustaría, sería que llevase a algún pariente que fuese mayor que yo para recabar algo más de información. En mi caso, o mi padre o mi madre, que en realidad supongo que son la opcción lógica para todo el mundo.

Ya esperaba que tarde o temprano me haría esta invitación, y había pensado sobre ello. ¿Me atrevería a pedírselo a mis padres? ¿A cual de ellos se lo diría? Pero no es lo mismo pensar que estar en la situación. Me puse de repente tan nervioso que, yo que soy el tío más tranquilo del mundo, y que, además, rara vez pierdo el control de la voz, empecé a tartamudear, a balbucear, y a tener un temblequeo en la garganta… de todo.

Lo que pasa es que las veces que he hablado de este tema con mis padres, lo más suave que me han dicho es que estoy como una cabra. Y, la persepectiva de tener con ellos una charla al respecto me aterra. Es sólo eso.

Pero, por otra parte, es posible que hablar con mi psicóloga pueda hacer que al menos uno de ellos consiga comenzar a comprender lo que me ocurre. Además, es una fuente de información neutral, que no guarda ninguna relación con internet, y que, por tanto, quizá vean como «aceptable».

Pienso que el llevar a mi madre a la consulta puede ser beneficioso, y, en realidad, no creo que vaya a empeorar las cosas. Así que se lo he pedido, y ella me ha dicho que irá.

Sin embargo, a pesar de que sé que mi madre no me va a montar un pollo, y que creo esta entrevista será buena, he estado con una ansiedad terrible. Al final, ayer volví a a hablar con Miguel (el «cruz roja») y me dejó mucho más tranquilo. Tanto que me quedé agotado y bastante deprimido, sin ganas de nada.

Pero a lo largo de la noche de ayer fui sintiéndome mejor, y esta mañana, por primera vez en bastante tiempo, me he despertado con un pensamiento alegre. ¿Y si en la próxima sesión me dan el informe?

Aún no estoy «normal», pero parece que voy mejorando. A ver si a lo largo del fin de semana consigo por lo menos llegar a unos niveles de ánimo aceptables y la próxima semana empollo a tope, que esta, entre unas cosas y otras no he atinado a hacer nada que sirva.

Bueno, eso es mentira. He pasado de dar 230 pulsaciones por minuto a llegar a las 250 cómodamente, y eso es mucho, ya que la mecanografía es lo que más problemas me está dando a la hora de preparar la oposición.

Parece que en realidad la semana no ha ido tan mal…

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Sonrisa de oreja a oreja.

No se si alguna vez he comentado que no me gusta nada mi trabajo. En estos momentos trabajo en una tienda, que es de mis padres, y que, además, está en un barrio no especialmente bueno, en lo que a la economía se refiere (vale, ahora que estamos con la crisis nadie tiene dinero, pero es que a ese barrio la crisis ya había llegado hace bastante tiempo). Combinamos eso con que no consigo distanciarme de las manías y los «ataques» que en ocasiones los clientes lanzan sobre las personas que los atienden, y obtenemos un resultado muy poco satisfactorio.

Sin embargo últimamente me he llevado alguna que otra alegría, y el jueves salí de allí con una sonrisa de oreja a oreja.

Resulta que entró un matrimionio, y me preguntaron si mi madre estaba bien, porque hacía mucho tiempo que no la veían. Yo les expliqué que sí, que estaba bien, y que si no la veían habría sido casualidad, porque nos turnamos para ir a trabajar. Entonces, la mujer dijo: «claro, la madre viene por la mañana y ÉL (¡refiriéndose a mí) por la tarde».

El subidón que me dió en ese momento no se puede explicar. Llevaba un rato hablando con esas dos personas, así que habían oido el desastre de voz que tengo (para nada masculina), y también habían tenido la oportunidad deverme bien durante un buen rato. Y aun así… En fin… Se me puso una sonrisa de oreja a oreja, que tardó un día entero en caérseme (y que todavía vuelve cuando me acuerdo).

Otras veces me han pasado cosas parecidas allí. Una mujer me preguntó si era niño o niña, o, también durante esta semana, un cliente le comentó a otro: «vengo aquí a ver si este hombre (¡refiriéndose a mi!) tiene lo que voy buscando». Pero en este caso el cliente me había visto de refilón, por la espalda, y no me había oido hablar, así que, aunque me llevé una alegría, no fue tanto como con el matrimonio.

Aprovecho este post también para decir que hoy estoy nervioso perdido, porque mañana tengo la primera cita con la psicóloga y… eso no es algo que pase todos los días. Sé que la primera sesión va a ser para tomarme los datos y hablar un poco de mi entorno, pero aun así, estoy empezando a tener una ansiedad que no es normal. Bueno, sí que es normal.

En fin, mejor que no siga escribiendo, porque no estoy nada centrado. Ya conatré como me ha ido.

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