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La vida en la Casa Trans.

Dentro de tres días hará dos meses desde que llegué a Quito. Durante este tiempo he tenido la oportunidad, e incluso podría decir el privilegio, de vivir en la Casa Trans.

¿Qué es la Casa Trans? Se trata de una residencia en la que los activistas políticos del PT, así como colaboradores de provincias, transeuntes del mundo, visitantes, amigos, etc… nos alojamos de manera más o menos temporal. O, bueno, esta sería la explicación que le daría a quién quisiese saber qué es la Casa Trans. Sin embargo, para mí, la Casa Trans no es eso.

En realidad la Casa Trans es un crisol de experiencias, un lugar donde personas muy diferentes nos encontramos y tenemos que convivir, aprender, soportarnos, pelearnos, reflexionar, divertirnos, celebrar, trabajar en grupo, coordinarnos… En la actualidad en la Casa Trans vivimos entre 5 – 7 personas (el número fluctúa ligeramente según las idas y venidas de los residentes). La mayoría somos trans, pero no todos. La mayoría nos identificamos como hombres (o hembros) pero no todos. La mayoría son heterosexuales, pero no todos. La mayoría tenemos más de 25 años, pero no todos. La mayoría no tenemos hijos, pero hay quien sí tiene. La mayoría son ecuatorianos, pero no todos. La mayoría sabemos escribir, pero no todos. La mayoría no tienen estudios universitarios, pero no todos. A la mayoría le gusta escuchar música tropical a todo volumen, pero no a todos. Al final sólo hay una cosa que nos une: todos comemos arroz.

Si alguien ha compartido piso alguna vez, sabrá que la convivencia es difícil, pues cada uno es de su padre y de su madre, tiene sus manías, tiene sus defectos, tiene sus puntos débiles y tiene sus resistencias. Pero normalmente la gente que comparte piso suele tener cosas en común como la nacionalidad, o estar todos estudiando. Nosotros, en principio, no tenemos prácticamente nada en común excepto lo que ya he dicho de comer arroz, que no es gran cosa. Así que no hace falta pensar mucho para darse cuenta de que la convivencia en la Casa Trans puede ser la hecatombe.

En efecto, a menudo discutimos, la mayor parte de las veces por tonterías, y otras veces por cosas importantes. En los dos meses que he estado aquí he visto a personas dejar de hablarse para siempre… pero luego las he visto abrazarse y compartir cosas muy íntimas unos días más tarde. He gritado a mis compañeros y luego me he quedado muy preocupado porque me han contado algún problema en el que no podía ayudarles.

Otras veces nos hemos sentado y hemos hablado de cosas que para ellos son cotidianas y para mí increibles, o bicebersa. Hemos llegado a conclusiones que solos no se nos habrían ocurrido, hemos visto que además de nuestra propia realidad existen muchas otras realidades y formas de hacer las cosas. Hemos aprendido a tener paciencia. Hemos aprendido a desconfiar un poquito los unos de los otros. Hemos aprendido a ayudar a los demás cuando lo han necesitado. Hemos recibido críticas, hemos hecho críticas.

Esto es interculturalidad en estado puro. Muchas veces oí hablar de la interculturalidad, del intercambio y el aprendizaje entre personas de diferentes procedencias, de lo enriquecedor que es y de lo que te ayuda a crecer por dentro. Sin embargo muchas veces a la gente se le olvida mencionar las partes feas. Practicar la interculturalidad es difícil, es duro, puede llegar a ser desagradable, porque la heterogeneidad de un grupo no es sólo una oportunidad, sino que también es un reto. El reto consiste en entendernos, en soportarnos, en trabajar juntos sin matarnos, en ser capaces de ponernos en los zapatos del otro.

No es fácil, pero se puede hacer. Merece la pena probar, hacer el intento, aunque sólo sea de manera temporal. De hecho hace años que pienso que debería ser obligatorio para todo el mundo pasar al menos tres meses seguidos en un país extranjero, una vez en la vida. Eso les quitaría a muchos muchas tonterías de la cabeza.

Mi etapa como residente de la Casa Trans se acerca ya a su fin, pero no me arrepiento ni de un sólo minuto de los que he pasado aquí.

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Patrulla legal.

El viernes fui a mi segunda patrulla legal. La patrulla legal es una actividad de asesoría jurídica itinerante que realiza el Proyecto Transgénero en las zonas en las que las trabajan las prostitutas trans.

Cuando le expliqué a una de mis tías que soy transexual, lo primero que pensó es que me iba a meter a puta. «No vayas a mezclarte con prostitutas y gente así», me dijo muy preocupada. «Claro que no», le dije yo muy convencido, aunque lo cierto es que ya tenía contacto con personas que ejercían la prostitución. No tanto como ahora.

En las noches de Quito hace frío. ¿Quién iba a pensar que en Ecuador, en pleno trópico, podíamos estar tranquilamente a doce grados? Además, lloviznaba. Me puse una camisa de manga larga, un jersey abrigadtio y la cazadora tejana. Además, llevaba la braga puesta a modo de gorro. Pantalones vaqueros y tenis. Las manos metidas en los bolsillos.

Hacía frío. Pero las chicas de la Y a penas llevaban ropa, pues ese es el uniforme de trabajo de las prostitutas, a lo largo y ancho del mundo. Faldas muy cortas (cinturones anchos), finas camisetas ajustadas con generosos escotes. Medias de color carne, o sin medias. Sandalias y zapatos de tacón abiertos. Maquillaje. Una botella de licor para espantar el frío y para envalentonarse ante la policía, ante los clientes, o ante quién sea menester.

Cuando llegamos, sólo había una chica, que miraba con recelo a dos muchachos encapuchados que rondaban por allí. La policía la había «puesto pilas» (espabilado) al respecto, y estaba dando vueltas por la zona. La policía no es precisamente la mejor amiga de las prostitutas, así que tenerlos rondando por allí tampoco le daba mucha tranquilidad, ni a ella, ni a nosotros, que también estábamos allí. Cuando hay altercados, no se distingue mucho entre prostitutas y patrulla legal, según me han dicho. Hacer patrulla legal es peligroso.

Después llegaron dos chicas más, una de ellas, la dueña de la zona. La dueña de la zona habla con uno de los compañeros, reclamándole enérgicamente que el PT ayude a tres de sus chicas, que están pasando apuros económicos. El compañero aguanta el chaparrón estoicamente y sin perder la compostura, hasta que la José nos echa de la zona. Entretando, los dos muchachos que estaban por allí, al ver tanta gente, han decidido marcharse. Entretanto, un cliente se lleva a una de las chicas.

Nos marchamos. No sería bueno para nosotros quedarnos allí. Las prostitutas de la Y no son corderitas indefensas, y la dueña de la zona no se ha ganado ese título por nada. En la calle sólo sobreviven los fuertes, y ellas han sobrevivido… o van sobreviviendo, de momento. Mañana ¿quién sabe?

Las prostitutas que trabajan en las calles no son «mujeres de vida alegre». Su trabajo es penoso, bajo la lluvia y el frío, arriesgándose a ser agredidas, a que las asesinen como se ha asesinado a otras tantas, que, encima, la gente piense «es normal que le pasara eso, siendo puta». Su esperanza de vida es corta, según me dicen, aquí en Quito, con 25 años ya son de la tercera edad. Todas ellas aparentan diez o quince años más de los que tienen.

Me pregunto como llegaron hasta ahí.

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¿Qué es un macho? ¿Qué es una hembra? (y III)

El sexo, pues, está ligado al momento del nacimiento. En más de una ocasión he leído “se puede cambiar (o reasignar) el género, pero no el sexo”. Porque el sexo es un sello de nacimiento. El sexo son las características que uno tiene al nacer, y de nada sirve que a lo largo de la vida de una persona, esa persona vaya cambiando las características “sexuales”. Siempre quedará un rescoldo, un vestigio, algo de lo que no se pudo deshacer, algo que no pudo conseguir, ya sea un código genético determinado, o la imposibilidad de desarrollar gónadas de una determinada clase. A eso nos agarraremos para seguir diciendo “eres hembra, igual que cuando naciste”.

De este modo, el sexo está adscrito a la persona desde el nacimiento, porque culturalmente no se permite el cambio. La tecnología y los avances médicos y quirúrgicos no pueden convertir a una hembra 100% en un macho 100%, pero si pueden convertirnos en intersex, en personas que tienen partes femeninas y partes masculinas. Desde este punto de vista, el cambio de sexo sería real. Sin embargo, esto es algo no permitido, pues el acceso a la intersexualidad, como ya he indicado, es un privilegio de nacimiento.

Esto es también un hecho cultural. Posiblemente en una cultura distinta, o en un planeta alienígena se podría eliminar la existencia de la intersexualidad flexibilizando los conceptos de “macho” y “hembra”, y adscribiendo a las personas intersexuales en una de esas dos categorías, en función, por ejemplo, de a qué sexo se pareciesen más (de hecho, así suele ser como se adscribe a los intersex en un género u otro). En esa cultura más flexible, podría ser posible cambiar de sexo cuando las características de la persona se pareciesen más a un sexo que al otro, siempre que se considerase que las características “construidas” son tan válidas como las “de nacimiento”.

Nuestra cultura no es asi. Como si fuésemos un automovil que sale de la fábrica con un número de bastidor, número que permanece inmutable a pesar de todos los cambios que se hagan en el coche, a nosotros al nacer se nos asigna un sexo, que, por cierto, depende tan solo de la forma de nuestros genitales (lo cual puede mover a error en algunos casos, pero de eso no se habla). Ese sexo es nuestro número de bastidor. No importa que con el paso del tiempo ya no quede más que una o dos características que justifiquen la asignación a ese sexo, lo que importa es que fue el que se nos asignó al nacer, grabado a fuego, imposible de cambiar. El sexo se considera algo natural, es más… es nuestra naturaleza. Y lo natural no puede ser cambiado por el ser humano, porque sólo lo puede cambiar Dios. La Ley de la Naturaleza está por encima de nuestras posibilidades.

Los seres humanos, que hace ya millones de años que dejamos de estar atados a la naturaleza, insistimos en creernos ligados a la naturaleza en tan sólo dos aspectos: el nacimiento y la muerte. Lo que es “de nacimiento” no se puede cambiar, es natural. La muerte también se considera algo natural… como si hoy en día no dispusiésemos de tratamientos médicos que logran prolongar nuestras vidas mucho más allá de los dictámenes de la naturaleza.

La muerte existe, y las diferencias morfológicas también, pero ya no son tan naturales como antaño. Igualmente, los kilómetros siguen teniendo la misma longitud que antaño, pero lo que antes eran distancias casi insalvables, hoy gracias a la tecnología, se pueden recorrer en sólo unas horas. El mundo es ahora del mismo tamaño que era en el S. XVIII, pero los aviones, los trenes de alta velocidad, e incluso los motores de los automóviles y las carreteras asfaltadas, tan lisas, lo han vuelto mucho más pequeño.

¿Y cómo influye el sexo en la persona? ¿Yo sería diferente si en el día de mi nacimiento los médicos hubiesen dicho “es niño”? Sin duda lo sería. Mi biografía sería totalmente distinta. En realidad, ni siquiera sería yo… Pero también sería diferente si en lugar de nacer en España hubiese nacido en Afganistán, o en Canadá, o en Australia, o en Japón…

Una amiga dice que en realidad quienes somos es un diálogo entre la biología y la biografía. No podemos poner todo el peso en la biología, porque entonces seríamos solo machos o hembras, y punto. No podemos poner todo el peso en la biografía, porque entonces seríamos ángeles, espíritus incorporeos… Nos vemos obligados a mantener un diálogo constante entre nuestro cuerpo y nuestra mente, y esto no es sólo válido para las personas transexuales, sino para todos. Para las personas que, llegada una cierta edad, siguen sintiendo su mente viva y ágil como siempre, pero su cuerpo torpe y dolorido. Para las personas que son bellas por dentro y poco atractivas por fuera. Para el auxiliar de contabilidad que en sus ratos libres practica deportes de aventura y ha visto paisajes con los que otros tan solo sueñan.

Hay otro factor que hoy me ha hecho ver un amigo de aquí, que es el del “palimpsesto”. El palimpsesto es una la práctica que se llevaba acabo en la edad media, y que consistía en borrar los textos de los libros y escribir otras cosas sobre ellos. Mi amigo hace una analogía entre el palimpsesto literario y la forma en que los demás escriben y reescriben sobre nosotros ciertas cosas que nos configuran. Las trenzas que mi madre me hacía en mi infancia, la admiración que sentía por mi abuelo, la forma de comer, las tradiciones familiares, la presión de mis compañeros de clase, el amor hacia las personas que me querían como chica, la diferente forma de tratar a hombres y mujeres, que me iba dibujando por debajo de la piel surcos que nadie veía, el combate interno librado constantemente en mi mente, y el decir al final “pues no”.

De modo que el diálogo entre la biología y la biografía no incluye sólo la forma de nuestro cuerpo, nuestras preferencias y nuestras decisiones, sino lo que otros han hecho de nosotros, de forma consciente o inconsciente. Y esas letras que otros han dibujado sobre nuestros cuerpos dependen en mucho de nuestra biología.

La biología influye sobre nuestra autopercepción, y también sobre la percepción que los demás tienen sobre nosotros. La percepción de los demás influye también sobre nosotros. Nuestras decisiones influyen sobre nuestra biología. Tal vez, tratar de investigar qué parte influye cómo en nosotros mismos es un planteamiento erroneo. Quizá debemos considerarnos, más bien, como un ecosistema, en el que un pequeño cambio varía el todo, y donde no hay una parte más importante que otra, aunque a primera vista parezca que sí. De este modo, si queremos comprendernos a nosotros mismos, no habrá que partir desde el biologicismo o el no biologicismo, sino desde un ecologismo bien entendido.

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¿Qué es un macho? ¿Qué es una hembra? (II)

Hay que empezar por el principio. ¿Qué es una hembra? ¿Qué es un macho? Es muy diferente preguntarse esto a preguntarse qué es un hombre o una mujer. Hoy en día, la medicina, cuando trata de evaluar la intersexualidad de una persona, atiende a tres características: cromosómica, genital y hormonal. Sin embargo, cuando se habla de hombres y mujeres, se atiende a siete características (más o menos una), que son: cromosómica, genital, morfológica, gonadal, hormonal, psicológica y psicosocial.

Imagino que los médicos deben considerar que tener en cuenta el criterio morfológico en los “diagnósiticos” de intersexualidad es irrelevante porque la intersexualidad es “de nacimiento”, es decir, está presenté en el bebé recién nacido, y en ese aspecto la morfología de todos los bebés es igual. Sin embargo, las hormonas sexuales de todos los bebés también son iguales… O quizá la referencia a la morfología se omite porque se supone que “de forma natural” a unas hormonas dadas corresponde una morfología dada. O vaya usted a saber. Teniendo en cuenta lo interesante que es la morfología de las personas intersex más allá de la forma de sus genitales (que no siempre son ambiguos), me parece un descuido imperdonable omitir este criterio, que sin embargo sí se tiene en cuenta para hombres y mujeres. Como nuestra cultura no proporciona ningún género ligado a lo intersex, las características psicológica y psicosocial no se tienen en cuenta.

Tampoco debería tenerlas en cuenta yo, si quiero intentar entender qué es un macho o una hembra. Hagamos como que no hay ningún género asignado a estos conceptos, o será imposible distinguir entre hembra/macho y hombre/mujer.

La hembra normal suele ser una persona que tiene sus cromosomas sexuales XX, genitales claramente femeninos, hormonas femeninas, y morfología de mujer. Con el macho normal pasa lo mismo: todo coincide. El resto de combinaciones se ha designado como “intersex”.

El universo intersex se convierte entonces en algo fascinante, mucho más que los limitados conceptos de “macho” y “hembra”. Puede darse una persona con cromosomas XY, genitales femeninos, gónadas masculinas (internas) y morfología femenina. Puede darse una persona con cromosomas XX, sin vagina y con un clítoris hipertrofiado, que daría lugar a unos genitales parecidos a los masculinos, con gónadas femeninas, hormonas femeninas y morfología femenina. Pueden existir personas intersexuales con cromosomas XXY, XXXY, con o sin ambigüedad sexual, con o sin ambigüedad gonadal, con o sin ambigüedad morfológica, con o sin ambigüedad hormonal…

¿Y yo que soy? Tengo los cromosomas XX, y mis genitales son femeninos (aunque con un clítoris cada vez más hipertrofiado, que se asemeja a un pequeño pene y funciona de manera similar), tengo gónadas femeninas, pero mis hormonas probablemente ya son sólo masculinas (los andrógenos inhiben la producción de estrógenos, y hace meses que no menstruo), y mi morfología es más femenina que masculina, pero empiezo a desarrollar rasgos masculinos, como la voz más grave, el vello facial, mayor masa muscular, redistribución de la grasa corporal… eso sin contar con que mi altura y complexión físicas son grandes para mujer, y normales para hombre, especialmente ahora que estoy en Ecuador. Reuno en mí características de ambos sexos. ¿Soy intersex?

La respuesta es que no, porque la intersexualidad es una característica adscrita sólo al nacimiento. Uno puede “crearse” hombre o mujer, pero no puede crearse macho o hembra, igual que no puede crearse intersex. Intersex es una condición sexual.

¿Qué sería un hombre transexual que se hubiese hormonado durante años, se hubiese extirpado sus órganos reproductores y se hubiese sometido a una faloplastia o metaidoioplastia? Cromosomas XX, genitales masculinos, hormonas masculinas, gónadas inexistentes y morfología masculina. ¿Se le puede seguir considerando “hembra” en base a que conserva los cromosomas XX? Entonces ¿habría que considerar macho a la persona XY que teniendo una insensibilidad natural a los andrógenos se desarrolla en un fenotipo femenino? Ah, no, estas personas son intersex.

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¿Qué es un macho? ¿Qué es un hembra? (I)

En estos días me están “obligando” a hacer una reflexión profunda sobre el sistema sexo-genérico. Para mí es muy fácil cerrar los ojos y decir “mi biología no tiene importancia”, o, como dijo Simone de Beauvoir “la biología no es destino”. Sí, mi cuerpo tiene unas características determinadas ¿Y qué pasa con ello? No le hago caso, eso no vale, lo que vale es el cerebro, los procesos de pensamiento, la lógica, los sentimientos. Puedo cerrar los ojos y no pensar más en ello. Simplemente.

Sin embargo, en el proceso de reflexión que se está viviendo dentro de la casa, me he encontrado con personas que dicen que la realidad sexo-genérica es algo que está ahí, que no se puede ignorar, que de algún modo nos condiciona, y no es una teoría o algo abstracto. La realidad de las diferencias entre machos y hembras es evidente, real, igual que también son evidentes las realidades intersex, que con su mera existencia invalidan la afirmación de que la humanidad está dividida únicamente entre hombres y mujeres.

Me han hecho ver, también, que la postura de negarse a atender a la biología es biologicista, desde el punto de vista en que uno evita tratar los puntos de debate relacionados con la biología con la sentencia absoluta de “eso no tiene importancia”. Decir que la biología no tiene importancia por ser biología es tan determinante como decir que las hembras tienen que ser mujeres por ser hembras. Hace falta profundizar más.

Pensar sobre esto también me ha llevado a reconocerme como biologicista en otro punto. Soy biologicista porque me hormono. Necesito construir mi cuerpo dentro de una biología masculina para sentirme bien y tranquilo conmigo mismo, y en ese camino no me importa jugarme la salud, el dinero, el tiempo o la paciencia. Necesito que mi biología se acerque lo máximo posible a mi identidad de género. En parte por eso me hace daño aceptar el término “hembro”, que se utiliza en este proceso.

Un amigo, que ha leido mucho más que yo sobre el tema, sostiene que la concepción de “macho”, “hembra” o “intersex” es una construcción cultural que se ha hecho a partir de la evolución de la medicina. Para ello suele apoyarse, entre otras obras, en “La construcción del sexo”, de Laqueur, que muestra como las representaciones de las diferencias sexuales entre hombre y mujer han ido variando en función de la ideología de la época, pasando de un modelo “unisexo”, en el que se consideraba que el cuerpo del hombre y el de la mujer eran iguales en materia (con fluidos parecidos, como la sangre, orina, leche, semen), y que sólo una diferencia metafísica hacía que las mujeres se desarrollasen de manera imperfecta en relación al desarrollo del cuerpo del hombre, que sí que era perfecto, hasta el modelo de dos sexos que es el que tenemos ahora, que diferencia, no sólo la forma de los genitales, sino el organismo entero.

De modo que el sexo, que nosotros damos como algo “natural”, “inevitable”, “de nacimiento”, es en realidad otro sistema de representación cultural. Él me lo explica, y también me lo explica la teoría queer, pero a la hora de la verdad, cuando yo intento explicarlo aquí, no soy capaz. Quizá me vendría bien leer algo más sobre el tema, porque al final siempre me doy de boca contra la evidencia de que, lo mires como lo mires, la diferencia física existe. Ya puedes decir que es un solo sexo que se desarrolla de manera más o menos perfecta, o que son dos sexos totalmente diferenciados… la gente puede estirar el dedo índice y señalar que somos distintos, como si jugásemos a un pasatiempo de “las siete diferencias”.

Así que tengo que reflexionar un poco más. Intuitivamente, desde mi desconocimiento del trabajo que han hecho otros autores, siento que la construcción del sexo no es tan real ni tan firme como me han dicho, pero lo cierto es que mi razón no es capaz de darme explicaciones lógicas que resulten convincentes. Y no puedo hacer caso simplemente a mi intuición, porque es evidente que el deseo profundo que albergo en mi corazón es huir de mi biología hacia una biología de macho. Tengo que fundamentarme bien.

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Viajar a Guayaquil (II)

Preparar los diez minutos de ponencia para el acto de Guayaquil fue un trabajo que nos requirió muchas horas, ensayos, borradores reescritos una y otra vez… Igual que en las carreras de coches el piloto conduce pero tiene detrás un equipo que se encarga de poner el vehículo a punto, nuestros ponentes tenían el respaldo de todo el Proyecto Transgénero.

Así que cuando a los compañeros empezaron a hablar, yo también estaba hablando a través de ellos, aunque sin subir a la tarima. Y al ver lo bien que lo hacían, me hinché como un pavo real. Los otros ponentes y las personas que estaban en el público asentían con la cabeza a sus palabras, que también eran las mías, y mientras ellos, desde arriba, aguantaban el tipo, los nervios, la presión… yo, sentado entre el público, disfrutaba de la sensación del trabajo bien hecho.

Lo que yo no sabía era que, además de encontrar mis palabras en el discurso de mis compañeros, las encontraría en el discurso de otra de las personas que iban a hablar allí. Estaba hablando Diane, de Silueta X, y de repente algo en lo que decía me sorprendió. No era solo porque el contenido me sonaba muy diferente al tipo de cosas que se suelen escuchar aquí, en el Ecuador (sus preocupaciones son totalmente distintas a las que tenemos en España) sino porque me resultaba extrañamente familiar… ¡Y tanto que me era familiar, como que lo había escrito yo! Se trataba de la traducción del informe Hamaberg que había hecho junto con otra persona, y que se ha publicado dentro del proyecto Transrespeto vs. Transfobia en el Mundo. Y ahí sí que me hinché del todo como un pavo real, puesto que esa traducción está para que se difunda lo máximo posible, y reencontrarme con ella después de haber viajado tanto, en un lugar tan improbable, que nada tenía que ver con mis proyectos de aquel momento demuestra que, en efecto, esa difusión está existiendo. La pena es que la ponente olvidó citar la fuente, de modo que parecía que lo que estaba diciendo hubiese sido idea de ella, pero bueno… son las cosas del directo.

Después del acto pudimos hablar con varias personas sobre nuestras ponencias, pero también sobre las otras que se habían hecho. Todas habían sido muy buenas e interesantes, y nos habían dado que pensar y de qué hablar. Conocí a gente nueva… e incluso conocí a un señor de Barcelona que llevaba un año viviendo en Ecuador. Me dió mucha alegría volver a ver a un compatriota y escuchar un acento parecido al mío (si alguien cree que el acento de un andaluz no se parece al de un catalán, que se pase una temporadita viviendo aquí y luego me lo cuenta). Siempre que he viajado al extranjero he encontrado españoles hasta en la sopa, pero aquí en Quito somos muy pocos y parece que andamos «camuflados», porque yo todavía no me he cruzado con ninguno, ni siquiera cuando he ido al consulado español (excepto el guardia civil que trabaja allí).

A continuación, estaba planeada una besada en el Malecón. Eso del Malecón me dejó un poco confundido, porque Guayaquil está a dos horas de la costa, así que no podía imaginarme como harían los barcos para acercarse a ese malecón en cuestión. Con lo que yo no contaba es con que la ciudad tiene río, y además los ríos de aquí no son como los de España… Aquí llueve con abundancia, y el resultado son ríos muy anchos… navegables.

De todos modos, el Malecón no es un puerto fluvial, sino más bien un paseo a lo largo del río. Se trata de un paseo muy bonito, de estilo moderno, que, de algún modo recuerda al ambiente de Barcelona, aunque lo cierto es que no se le parece en nada. Los colores predominantes son los naranjas, rojos y amarillos, pero las lineas onduladas y suaves, los edificios modernistas que hay cerca, el clima caluroso y húmedo… le dan un «yo que sé qué», que recuerda muchísimo a la ciudad Condal, que tan bien conozco. Me dió una morriña terrible, aunque al mismo tiempo me gustó encontrarme en un ambiente conocido, y al mismo tiempo, no podía dejar de sentirme algo ajeno, extraño, de una forma indefinible. Era como volver a casa y descubrir que te han cambiado de sitio todos los muebles y las llaves de la luz.

El viaje de vuelta lo hicimos de nuevo por la noche, en atobús. De nuevo nos registraron las mochilas antes de subir al vehículo, aunque a mí no me cachearon (a mis compañeros sí… pero lo cierto es que he notado que casi siempre los controles de seguridad que me hacen a mí son más livianos que los que hacen a la mayoría de la gente… debo tener cara de inocente). Una vez más, la policía nos detuvo a mitad de camino y también nos registró las mochilas y nos cacheó. Además, en esta ocasión a los hombres nos metieron dentro de un corralito, con lo que, encima, me entró complejo de gallina. Pero estaba tan cansado y tenía tanto sueño que me dio igual todo. Yo sólo quería dormir. Los virus de gripe o resfriado que llevaba encima también me animaban a dormir, y el autobús era tan sumaente cómodo para la vuelta como lo fue para la ida, así que caí rendido como un niño chico y dormí del tirón hasta que llegamos a Quito cuando ya era de día.

Aquí dejo los videos de las ponencias de mis compañeros:

Pascal Hannoun.

Jorge Santana.

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Lo que estoy aprendiendo sobre feminismo.

Siempre había leido las teorías feministas desde fuera, especialmente las que venían de los movimientos queer y cyborg, y, en mis cortas luces, me parecía entender que presentaba un feminismo no binario, en el que el género carecía de sentido por considerarse como una performance, una actitud impuesta desde fuera por el heteropatriarcado, a la que tod*s estábamos sometid*s.

Debe haber algo que no entendí bien, porque, al introducirme en los movimientos feministas, me causó un inmenso estupor comprobar que el género se convertía en un factor primordial, hasta el punto de que la participación de los hombres se cuestionaba e incluso era prohibida.

El hecho de que se cuestione la participación de los hombres en los espacios feministas, pero en cambio sí se permitiese la participación de hombres transexuales, llegó a parecerme incluso insultante y tranfóbica. Es como decir que nosotros, en el fondo, no somos hombres auténticos.

Me explicaron muchos argumentos para defender la exclusión de hombres en los espacios feministas: el feminismo como lucha «hombres contra mujeres», la creación de espacios de seguridad, la existencia de puntos en común entre personas que alguna vez hemos sido socializadas como mujeres… Pero en el fondo, yo siempre he visto que esta actitud es sexista.

En España las personas se encajonan en cajones aún más estrechos que «hombre» o «mujer». Las teorías queer hablan de «maricas», «bolleras», «trans», y una miriada de categorías más, totalmente específicas, que ya no sólo incluyen el sexo, sino una serie de condiciones extra, como la orientación sexual, o la actitud más o menos masculina/femenina, en relación al sexo biológico de partida.

Lo que yo veo en esa forma de pensar, es una actitud que imita y amplifica los esquemas del heteropatriarcado. El heteropatriarcado hace dos grupos, hombre y mujer, y dice «los hombres son los mejores». El movimiento queer no hace sólo dos grupos ¡¡hace decenas!! Aún más estrechos que los otros dos, y dice «las mujeres lesbianas son las mejores». Tras esta forma de hacer las cosas se esconde exactamente el mismo esquema, la misma forma de pensar, el mismo sexismo subyugador, la misma voluntad de dominar. En el heteropatriarcado, el hombre domina a la mujer, pero ambos están dominados por el género. En el feminismo, la mujer expulsa al hombre heterosexual de sus espacios, y al mismo tiempo, ella está sujeta a sus nuevas convenciones sobre el género.

Llendo aún más lejos, me atrevería a decir que probablemente algunas mujeres lesbianas queer tal vez se sentirían más felices viviendo como hombres transexuales, y no se atreven a dar el paso porque eso supone una transgresión de género que las colocaría automáticamente en el bando enemigo, es decir, en el de los hombres heterosexuales. Eso es tan triste como el caso de las personas trans que no nos hemos atrevido a transitar en nuestro género por la discriminación impuesta por el heteropatriarcado.

Aquí en Ecuador las cosas se ven de manera distinta. No llevo ni dos semanas, pero ya he aprendido varias lecciones. Una de ellas es que la verdadera subversión del heteropatriarcado es que en un mismo espacio de activismo puedan convivir todos los géneros, conocidos e inventados sobre la marcha. Biohombres, biomujeres, trans masculinos y trans femeninas, bigéneros, extrasexuales, andróginos, heterosexuales, bisexuales, «dos-elevado-a-la-séptima-potencia-sexuales» (eso soy yo). Tod*s nosotros chocando l*s un*s con los otr*s, pero tratando de descubrir en qué diferimos, en que somos similares.

La experiencia de la casa trans, un lugar en el que ahora mismo se reune toda esa diversidad que he comentado, está sirviendo para que personas que rechazaban de plano la masculinidad aprendan a reconciliarse con ella, y para que personas con un punto de vista totalmente heteronormativo exploren en su interior y descubran de donde viene su manera de ver las cosas, comprendan el dolor que puede causar, y empiecen a cambiar desde el interior, desde sus propias vivencias. Sirve para que los que nos creíamos no-machistas descubramos las actitudes machistas que aún tenemos, y para que los que nos creemos muy transgresores y modernos comprendamos lo sobervios que podemos llegar a ser, presumiendo de lo maravillosas y liberadas que son nuestras actitudes ante quienes son más conservadores, sin reparar en que estamos faltandoles al respeto tanto como los conservadores a veces nos faltan al respeto a nosotros cuando critican nuestra forma de vida.

Todas estas cosas no se aprenden en un espacio donde el sujeto político «lesbiana» sea el único que exista. Hay que sentirse orgullos* de lo que cada un* es, y celebrarlo a diario, pero también hay que estar en una constante revisión de nuestros actos, porque tod*s… tod*s nosotr*s hemos nacido en una sociedad con unos patrones determinados de los que es muy difícil salir. Imposible en realidad.

El modelo de segregación por sexo/género/orientación sexual, es imitador de los patrones del heteropatriarcado. Lo que es peor, me parece peligroso, puesto que provoca una fuerte miopía que no nos permite ver más allá de nuestras narices, y el orgullo puede llegar a convertirse en vanidad que nos impide aprender de los demás.

Conocer la masculinidad y la feminidad, y lograr encontrar lugares donde amb*s convivan en armonía es la auténtica subversión del sistema heteropatriarcal… Eso es Transfeminismo. Y eso es lo que estoy aprendiendo aquí en Ecuador.

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Protocolos de la transexualidad en Ecuador

El domingo que viene me toca la inyección de testosterona. En España la venta de testosterona se hace sólo con receta médica y está muy, muy restringida. Con esto me refiero que existen muchos medicamentos que en teoría sólo se venden con receta médica, pero que es posible conseguir sin receta, como por ejemplo, Androcur, que es un antiandrógeno que inhibe la producción de testosterona, y que suele ser utilizado por las mujeres transexuales, o, más fácil todavía, las hormonas femeninas, que son de uso común entre las mujeres no transexuales, pues las utilizan como anticonceptivos orales. La testosterona, en cambio, es prácticamente imposible de conseguir si no hay una receta médica de por medio.

Podría reflexionar sobre los motivos por los que es posible conseguir estrógenos y antiandrógenos y no andrógenos, pero como estoy en Ecuador, no es necesario.

Como iba diciendo, el próximo domingo me toca chutarme, y pese a las restricciones que pesan sobre la compra de testosterona, conseguí traerme una dosis extra, lo que significa que venía con un mes de hormonas asegurado. Aún así, he tomado la costumbre de conseguir la próxima dosis antes de ponerme la actual, por lo que pueda pasar, de modo que ayer fui a comprar más hormonas.

Evidentemente, la receta de mi endocrina española aquí no sirve. ¿Cómo conseguir entonces las hormonas? Pues muy fácil, uno se acerca a una farmacia “grande” (en mi caso una perteneciente a una cadena de farmacias en concreto, que ahora mismo no recuerdo el nombre) y pide lo que quiere. Yo tuve un pequeño problema y es que el medicamento que utilizo (Testex Prolongatum 250mg) aquí no se comercializa, de modo que estuvimos un buen rato tratando de encontrar uno equivalente. Al final dimos con el Primoteston Depot 250mg, que tiene el mismo principio activo, las mismas indicaciones, la misma posología, y lo de Depot significa que el medicamento se deposita y se va liberando lentamente, o sea, lo mismo que “prolongatum”. Ahora es donde cuelgo el cartel que pone “niños, no intentéis hacer esto en casa”… Creo que ando demasiado cerca de la autohormonación como para sentirme tranquilo, pero en unos meses me haré los primeros análisis y saldré de dudas. Ouch.

Otra cosa curiosa respecto a los medicamentos en Ecuador, es que no traen prospecto, o al menos ese en concreto no lo trae. El farmacéutico me lo leyó de su vademecum, y luego yo lo releí en Internet, pero lo que es el medicamento en si… no lo tenía. ¿Quizá los farmacéuticos opinan que los compradores ecuatorianos son demasiado burrianalfabetos como para comprender las indicaciones?

El hecho de que uno pueda ir a la farmacia a comprar casi cualquier medicamento debe ser la causa de que no sea necesario ningún tipo de informe psicológico para que un endocrino te recete hormonas. Eso, o quizá el hecho de que aquí la idea de que la transexualidad sea una enfermedad es, simplemente, ridícula. De modo que tampoco hace falta ningún certificado de que estás loco para acceder a las cirugías. Y tampoco es necesario diagnóstico psiquiatrico o modificación corporal para realizar el cambio de sexo y nombre legal.

Esto último es un logro del Proyecto Transgénero (la organización que estoy visitando), que presentaron la necesidad del reconocimiento de la identidad de género, no como una cuestión de salud, sino como una cuestión de respeto al desarrollo de la identidad. El caso de la Ciudadana Luis Enrique Salazar fue un ejemplo de uso alternativo del derecho que desembocó en el establecimiento del proceso para realizar este cambio de nombre y sexo legal. Actualmente la constitución Ecuatoriana incluye el derecho a la no discriminación por razón de identidad de género, cosa que no existe en ningún país de la UE.

No voy a decir que aquí atan los perros con longanizas. Para conseguir el cambio de nombre y sexo legal es necesario ir a juicio y hacer un alegato sobre la propia identidad de género. Es un proceso relativamente sencillo si lo conoces, pero imagino que complejo para aquellas personas que desconocen todo sobre la ley. Ir a juicio es algo que disuade a la mayoría de la gente de intentar cualquier cosa, pues los costes y el tiempo que suele ser necesario invertir habitualmente son muy altos. En la actualidad, muy pocas personas trans de Ecuador han realizado el cambio de nombre y sexo legal.

No obstante el hecho de que aquí haya que ir a juicio pero realizar tan sólo un alegato sobre la propia identidad, y de que en España no sea necesario ir a juicio pero sí aportar diagnósticos psiquiátricos y realizar intervenciones corporales me hace ser optimista. Quizá un día, dentro de algún tiempo, sea posible fusionar lo mejor de ambos sistemas y conseguir que baste con realizar una declaración escrita sobre la propia identidad de género para poder cambiar de nombre y sexo legal, tanto en España como en Ecuador o cualquier otro país.

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Bienvenida

Mi primer día en Ecuador resultó un tanto confuso. En la casa vivimos varias personas, y yo he sido el último en llegar, así que no sé donde está nada, ni donde guardar nada, ni quién hace qué. Desconozco también el funcionamiento de casi todo, desde el calentador hasta el router, aunque robar la conexión wi-fi a un vecino que la tiene abierta ha resultado muy fácil. Tampoco sé muy bien qué son algunos alimentos que están en la nevera y en la despensa, ni como suelen cocinar aquí en general, e incluso las señales de tráfico son raras. De la relación que los conductores, los semáforos, los pasos de peatones y los peatones mantienen entre si, mejor ni hablamos.

Ahora ya se como se siente un pulpo en un garaje.

Después de haberme acostado a la 1:30 de la noche, me desperté a las 6 de la mañana, con los ojos como platos y el sol entrando a raudales por la ventana. Intenté dormir un poco más, pero no hubo manera… mi cerebro decía que las 13:00 ya no eran horas de estar en la cama, y menos haciendo tan buen tiempo. A las 7:15 claudiqué y me levanté, porque es tontería estar dando vueltas en la cama. Desayuné a las 8:30, que es el equivalente de las 15:30 aquí, y yo andaba con más hambre que el que se perdió en la isla. Habría desayunado antes, pero no tenía ni idea de qué era comestible y qué no, así que tuve que esperar a que mis compañeros se levantaran (en aquel momento sólo estábamos tres personas en la casa).

En cuanto los otros dos se levantaron, se pusieron a hacer cosas. Están arreglando la casa, que es muy vieja y necesita reparaciones constantes, y tenían cosas que hacer. A las 10 llegó un chico que viene a dar clases de ninjutsu, dentro del programa de actividades del PT (creo que eso merecerá una explicación más adelante, cuando todo sea menos nuevo y empiece a comprender como y por qué funcionan aquí las cosas). A las 10:30 llegó Luis “La Cobra”, que fue campeón mundial de boxeo, y viene a dar clases de boxeo por aquí. Llegaba con un poco de retraso.

A todo esto yo empezaba a notar los efectos de la altura. Quito está a 2850m de altura (más o menos), o sea, muy alto. Sólo de subir y bajar las escaleras de la casa ya se me agitaba la respiración, así que ponerme a hacer ejercicio… pero bueno, la cuestión es que me puse y algo hice.

Después vino Eli a acompañarme a hacer unas gestiones que necesitaba, aunque no nos dio tiempo de hacer la mitad de las cosas que yo quería. Al parecer cualquier pequeño trámite que se haga aquí, como abrir una cuenta en un banco, requiere una gran cantidad de papeles, requisitos, y colas. A mí más o menos me daba igual, porque me dejé la percepción del paso del tiempo en Madrid y todavía no la he recuperado, y además no tenía otra cosa que hacer, pero Eli iba con el tiempo justo y al final acabamos casi corriendo… sólo que a esas alturas yo estaba ya bastante tocado por el cambio de horarios y la propia altura, y no andaba para muchos trotes.

Aprovechamos la ocasión para echar un vistazo preliminar a lo que es el centro comercial y de negocios de Quito. No podría decir que es bonito, ni feo, pues no se parece a ningún sitio en el que haya estado antes. Junto a los impresionantes edificios modernos, de bastante altura sin llegar a ser rascacielos, con fachadas de cristal, se combinan las calles asfaltadas a base de parches, las aceras mal mantenidas, los autobuses urbanos antiquísimos, y los puestos de comida callejeros, o personas vendiendo frutas y verduras en los semáforos. Mientras que la limpieza y decoración de los edificios y los enormes centros comerciales es escrupulosa, las calles tienen un aspecto descuidado. Eso sí, hay árboles y plantas por todas partes.

Volví a la casa hecho polvo, pero tras una siesta de una hora, resucité como si nada. Mientras estaba fuera llegaron el resto de compañeros, los que no pudieron estar el día anterior a causa de un pequeño accidente, así que la sexta (o séptima, no estoy seguro) promoción de residentes políticos transfeministas del PT estaba ya al completo.

Por suerte, la casa es grande. Ahora mismo estamos viviendo aquí seis personas, aunque falta una, que es la residente más antigua de la casa, y que está en Bolivia para una conferencia. Curiosamente, mientras que aquí casi siempre se han alojado mujeres trans, en esta ocasión somos todos hombres. Está Jay, que viene de los EE.UU. y se queda sólo unas semanas, Gabrielle, que es Colombiano y vino aquí para estar dos o tres semanas, pero ya lleva cuatro meses y no tiene intención de marcharse, al menos de momento, Pascal y Jeycob (tengo que reconocer que no sé como se escribe el nombre de Jeycob, debería preguntárselo), que vienen de la provincia de Manabí, donde hay tradición de que las personas trans no realicen ningún tipo de modificación corporal, y la situación está bastante bien aceptada, todo ello gracias a la fuerte influencia de la cultura kichuwa que todavía hay allí, Jorge, que es un activista intersexual, y Hugo, que no vive en la casa, pero está de visita.

A parte de los “internos” también hay muchos colaboradores externos, como Ana Almeida, que es la directora del PT, Elisabeth Vásquez, que es la coordinadora política, y un montón de gente más a los que todavía no conozco.

De los que conozco, todavía puedo decir poco, pues casi no los conozco. Algunos son muy dulces, otros muy divertidos, los que proceden de Manabí hablan un dialecto del español que me resulta muy difícil de entender, aunque a ellos también les resulta complicado entenderme a mí (dicen que entienden mejor al americano, supongo que porque tiene más acento ecuatoriano que yo), y uno de ellos tiene los ojos más bonitos que haya visto en mi vida. Tienen música puesta a todas horas, pero también es verdad que están todo el tiempo haciendo cosas sin parar, así que es normal que quieran estar escuchando algo de música para animarse.

Parece mentira que en un solo día de tiempo a que pasen tantas cosas.

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