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Respecto a los protocolos de la UTIG de Madrid

El fin de semana pasado fui a Madrid para la 1/2 jornada de transexualidad madrileña (o algo así se llamaba). Allí fui recibido calurosamente por el Dr. Becerra y por María Jesús Lucio, con quienes mantuve una interesante charla que, sin embargo, quedó sin conclusión, por lo que me gustaría hacer algunas apreciaciones ya que he visto que se está abriendo un cierto debate al respecto.

Sostiene el Dr. Becerra que su trabajo es ayudar al que se lo pide (también aclaró que al que no se lo pide, no), pero cuando le señalé que los usuarios que acuden a la UTIG buscando tratamientos médicos no pueden acceder a él, porque no se les da cita con él, sino con un psicólgo (también podría haberle señalado que los servicios de salud no son una ONG, sino que está financiados con cargo a los Presupuestos Generales del Estado, y de la Comunidad de Madrid, y que no se trata por tanto de «ayuda» sino de la prestación de servicios sanitarios que ya hemos pagado, pero no tenía lugar para hacer frases muy largas), intervino María Jesús diciendo que eso era «por el protocolo».

Yo no soy paciente de la UTIG, pero ya me habían informado de que esta señora, ante cualquier objeción que se le presenta sobre el funcionamiento de la UTIG, dice que tienen que hacerlo así «por el protocolo». Siempre que alguien me relata una conversación de estas, yo le digo «¡pero si no hay protocolo!», y, la verdad, estaba deseando poder decírselo también a María Jesús. Así que tener esta oportunidad, fue un gran regalo para mí.

En cambio a ella, no debió hacerle mucha gracia mi respuesta, porque cuando le dije «¡Pero si no hay protocolo!», realizó las siguientes afirmaciones:

1) Dijo que soy un mentiroso

2) Me acusó de utilizar esas mentiras para lucrarme atrayendo más clientes hacia mi tienda virtual.

3) Afirmó que no tenía por qué darme explicaciones porque yo no soy nadie.

4) Argumentó que yo tengo el mismo derecho a pedirle el protocolo, que ella a pedirme mi declaración de la renta.

Como no tuve oportunidad de responder convenientemente, y como me consta que lo de llamarme «mentiroso», y de paso, afirmar que tengo muy poca educación, se ha convertido en una especie de consigna que se está extendiendo hasta lugares insospechados, he pensado que sería conveniente dar una explicación razonada sobre estas cuestiones, para quien la pueda leer y entender.

Así que hoy voy a explicar qué es un protocolo. Informalmente hablando, hay dos tipos de «protocolo». Uno es un documento de tipo interno, que solemos usar los profesionales de todo tipo (yo mismo uso protocolos, aunque trabajo a un nivel muy modesto) ya que sirven para automatizar algunos procesos, aumentar la eficiencia y la productividad, y disminuir el esfuerzo y los recursos empleados. Una empresa muy conocida que utiliza este tipo de documentos, es McDonalds. En McDonalds, todos lo empleados conocen cual es el orden y la forma de atender a un cliente, desde que atraviesa la puerta hasta que vuelve a salir, así como los métodos para hacer las hamburguesas, o para la limpieza.

La UTIG, al igual que muchos otros departamentos hospitalarios, tiene unos protocolos de este tipo (como se indica en el documento que muestro a continuación). Se trata de un documento redactado por los propios empleados de la Unidad, y de carácter orientativo. Eso significa que ellos mismos pueden revisar dicho documento e ir modificándolo para que la práctica sea cada vez mejor (si son unos buenos profesionales, además, deberían realizar estas revisiones con cierta frecuencia, ya que la práctica profesional cambia muy rápido, en una sociedad que está cambiando vertiginosamente, y en la que los avances tecnológicos son apabullantes). También significa que si se «saltan» los protocolos, no pasa nada. Saltarse los protocolos para adaptarse a las demandas de los usuarios y dar un mejor servicio, no es malo. Simplemente significa que los protocolos se deben revisar.

Así pues, estos protocolos de referencia, cuando se usan, no pueden entenderse como creadores de la obligación de que la persona que desea recibir la «ayuda» del Dr. Becerra se vea obligada a ir primero a un psicólogo, durante un año, o durante el tiempo que al psicólogo (o a los psicólogos, o a María Jesús) le de la gana.

Existe otro tipo de protocolos, que son los protocolos oficiales. Estos protocolos, que deben elaborarse con un mayor rigor, siguiendo un procedimiento determinado, están registrados por la Administración, y sí que deben ser cumplidos, tanto por médicos, como por pacientes (aunque, por supuesto, en esos documento no pueden imponerse condiciones que sean ilegales). Principalmente, son un instrumento de defensa. Así, si se me están exigiendo cosas fuera del protocolo, yo puedo reclamar por abusos médicos. Si el protocolo incluye prácticas abusivas, las puedo reclamar con más motivo (más facilidad para probarlas), y si el paciente pretende reclamar por mala praxis médica, el médico que haya seguido el protocolo, podrá ampararse en que lo estaba haciendo bien.

Cuando María Jesús dice que algo no se puede hacer «por el protocolo» se refiere, precisamente, a este segundo tipo de documento: un protocolo oficial de la Comunidad de Madrid, cuyo cumplimiento es obligatorio. Ese protocolo, no existe, y  aquí está la prueba de que no hay tal protocolo (pincha en la imagen para ampliarla):

NoHayProtocoloOficial

Así que va a resultar que aquí el que miente, no soy yo, si no María Jesús. Por supuesto, siempre hay tiempo para que hagan un protocolo oficial. A mí me gustaría que lo hicieran, y tengo entendido que según la ley lo tienen que hacer. Tal vez incluso sostengan que cuando se redactó esa carta no había protocolo, y ahora sí lo hay, pero después de haber estado oyendo hablar durante años de un protocolo que resulta que no existe, el que pretenda que me crea que se ha elaborado un protocolo oficial (en un pasado reciente, o en el futuro), tendrá que enseñármelo. Con los sellos del registro de la Comunidad de Madrid, y con una copia para que pueda confirmar con la señora Elena Juarez que se trata de un protocolo oficial, y no de otro de esos protocolos internos que se pueden utilizar, o no utilizar, como guía. No pido nada que yo mismo no ofrezca.

Esto me lleva a la segunda cuestión. En realidad ¿quien soy yo para exigir nada? Yo no soy nadie, según María Jesús. Además, es verdad. No soy nadie. Carezco de poder, y tan sólo puedo representar a mi asociación después de haber acordado con mis compañeros lo que voy a decir. Normalmente, no me represento más que a mí mismo. Sólo soy un hombre transexual.

Sin embargo, María Jesús y el Dr. Becerra sí que sabían exactamente quien soy (me reconoció antes ella a mí, que yo a ella), y fueron ellos los que se acercaron a darme unas explicaciones que yo no pedí. Fue María Jesús la que me ha acusado de mentir cuando decía la verdad. Yo simplemente demuestro mi inocencia, y que la que mentía era ella.

Una idea un poco extraña es la de que todo esto lo hago para promocionar mi tienda online de productos para mujeres y hombres trans. Al parecer, tener una tienda de este tipo es incompatible con el activismo. Yo me pregunto cual es exactamente el problema ¿Le molesta a María Jesús que una persona transexual sea empresaria y viva de su trabajo? ¿O lo que le molesta es que trabaje para las personas transexuales? ¿Le parecería más correcto que cerrase la.trans.tienda?

Lo cierto es que, en realidad, para mí sería mucho mejor estar de lado de las UTIG. Alabarlas y decir que son una gente maravillosa, para que me invitasen a hablar a muchas conferencias, y dijesen lo majo y lo simpático que soy. Los médicos son unos prescriptores muy importantes, y establecer una relación «yo te rasco la espalda a ti, y tú me rascas la espalda a mí», sería muy rentable para mí en términos económicos. Básicamente, posicionarme contra la UTIG, me está costando dinero (y posiblemente, bastante).

Pero en realidad, sospecho que no estábamos hablando de eso. Lo que ella quería decirme es que somos iguales. Que, al igual que ella, yo me lucro de la desgracia de las personas trans, y que igual que ella se inventa sus estrategias para atraer y controlar su clientela, yo también estoy inventándome las mías. Por eso, para ella es lo mismo que yo le pida el protocolo de la UTIG, que si ella me pide a mí la declaración de la renta.

En la distinción entre entre público y privado, mi declaración de la renta y el protocolo de la UTIG, son ambos documentos privados. La tienda es mía, y la UTIG es suya. Aunque mi tienda me la pago yo, y la UTIG… bueno, también la pago yo (y tú, que estás leyendo esto, también). Alguien debería decirle que el régimen señorial, aquel en que el Rey vendía los puestos de funcionario a nobles y burgueses acaudalados, que los adquirían en propiedad, ya han pasado. Ahora los funcionarios son servidores públicos, y la Ley confiere a los ciudadanos determinados derechos, que se corresponden con determinadas obligaciones de los empleados públicos.

Por ejemplo, el artículo 35.g de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo común establece que los ciudadanos, en su relación con las administraciones, tendrán derecho «a obtener información y orientación acerca de los requisitos jurídicos o técnicos que las disposiciones vigentes impongan a los proyectos, actuaciones o solicitudes que se propongan realizar».

Llegados a este punto, quisiera hacer notar al lector, o a la lectora, que cuando se habla de normas, ya sean leyes o de otra clase, no tienen por qué creerse lo que nadie les diga. Si, por ejemplo, el Dr. Becerra dice que la ley obliga a que las personas transexuales que quieran hormonarse tienen que estar como mínimo un año acudiendo a la consulta de un psicólogo de la UTIG, hasta obtener un diagnóstico psicológico, que te diga en qué norma está eso escrito. A poder ser, que hable con la asistenta social del Hospital y le pida que tenga preparadas todas esas cosas, para que te las pueda enseñar e incluso darte copias. Esto va especialmente para el chico guapo de la camisa de cuadros que decía que Nuria es muy buena, y que si no le dio el diagnóstico el primer día es porque no puede, por ley, la pobrecita, no porque no quisiera. Como estudiante de derecho, acostúmbrate a leer todas las normas que te sean aplicables, y verás como tus notas suben como la espuma.

A parte de eso, me parece genial que él, o cualquier otra persona, esté feliz de ir a la UTIG, pero al menos que sepan que les están engañando.

Así que, creo que con esto puedo cerrar ya esta larga aclaración, con las siguientes conclusiones:

1) Queda demostrado que el protocolo no existe. Yo no miento, los empleados de la UTIG, sí.

2) Yo soy un ciudadano, y cuando exista relación con la Administración de Salud de Madrid, tendré derecho a pedir el supuesto protocolo de actuación que la rige. En las jornadas no lo habría pedido, si no se me hubiesen ofrecido explicaciones que yo no iba buscando ese día. Gracias.

3) Utilizo la palabra «empleado» de la UTIG, puesto que eso es lo que son: empleados públicos al servicio del ciudadano. Profesionales, somos los autónomos que desarrollamos nuestra actividad de manera independiente. No deja de llamarme la atención que se visualice mi actividad profesional hacia las personas trans como aprovecharme de ellas, y sin embargo, nunca se haya visualizado mi actividad profesional en la ferretería como «aprovecharme de las pobres personas que se les rompen cosas en casa y las tienen que arreglar». Se me ocurren varias ideas al respecto.

4) Mi declaración de la renta, así como mis recibos de la Seguridad Social, facturas con proveedores, etc, forman parte de mi relación personal con la Administración (de hacienda, y de la seguridad social), y tengo derecho a guardala para mí. En cambio, las normas de la UTIG, forman parte de la relación entre la Administración de salud de Madrid, y los usuarios de los servicios de la misma, y los empleados de la UTIG no tienen derecho a guardarlas para si, sino que deben mostrarlas a cualquier ciudadano que lo solicite.

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Novena visita a la psicóloga y segunda a la endocrina.

Ya hace tanto tiempo que he tenido que mirar el cartoncito donde me apunta las citas para contar cuantas citas llevo ya con la psicóloga. Nueve citas, once meses… que largo se hace, y todavía no hemos terminado.

Esta vez, tocaba visita doble: endocrina + psicóloga. Tenía hora con la endocrina a las 9:30, y llegué a esa hora en punto. Sin embargo, por determinadas circunstancias que no vienen al caso, terminaron cogiéndome a las 11:30. Dos horitas esperando… En fin, esto es la seguridad social.

Yo no sabía muy bien a qué iba a la endocrina, aunque suponía que era para recoger los resultados de las pruebas, que me dijese que estoy muy bueno, y que volviera cuando tuviese el informe. No iba muy desencaminado, aunque, además de eso, me echó la bronca por no estar llendo a otro endocrino a hacerme revisiones de otro asunto médico, y me hizo una revisión física completa, incluyendo… ehm… exploraciones que requirieron que me quitase toda la ropa. Y cuando digo toda, me refiero hasta a los calzoncillos.

Por suerte a mí no me da vergüenza ninguna desnudarme, ni siquiera que me toquen, así que no lo llevé muy mal. Pero para el que se esté pregutando qué te hacen en la segunda visita a la endocrina… ya lo sabe. Que se vaya preparando.

Luego, lo de siempre. Coger el coche e ir al otro hospital, que no está ni cerca, a ver a la Psicóloga. Al menos, aparcar cerca del Carlos Haya es muy fácil.

Una vez en la consulta, otra horita de esperar a que me tocase. Cuando entré en la consulta, ya eran las 12:45 de la mañana.

Lo cierto es que esta vez no tenía ni idea de qué íbamos a hacer, y tengo que reconocer que me quedé un poco fuera de juego. Yo que pensaba que ya se habían terminado los tests para mí… pues no, ese día tocaba test. Concretamente se trataba de uno en el que se me preguntaba sobre las edades en que aparecieron o se consolidaron ciertos comportamientos. Yo sobre qué es lo que se espera o no se espera en ese campo, no tenía ni idea, así que… bueno, hice lo de siempre, responder con sinceridad y cruzar los dedos a ver si las respuestas sirven para encajarme dentro del dichoso modelo de comportamiento establecido para las personas transexuales de mi edad.

No hace falta que vuelva a decir que me parece ridículo que se considere que todos tenemos que ser iguales…

Cuando terminó de pasarme el test, en lugar de despacharme hasta la próxima vez, Trinidad me pregunta qué me ha parecido. Yo le respondo que el test me ha resultado muy difícil de responder porque las preguntas son «de hilar muy fino», referidas a cosas que han ocurrido muy gradualmente, y que te pedían que concretases mucho.

– No, me refiero a qué opinas de todo esto en general – dijo Trinidad cuando terminé de hablar.

Tengo que decir, antes de continuar, que la penúltima vez que fui a ver a la psicóloga, me quedé con la mosca tras la oreja. Por un momento me pareció que había leido mi blog y que sabía quien era yo, pero me parecía improbable y hasta paranoico. Claro, como si ella no tuviese otra cosa que hacer que leer las cosas que a mí se me ocurren, y, además, yo fuese tan importante como para que me recordase entre todos sus pacientes.

Cuando Trinidad me preguntó eso, me asusté un poco. ¿Donde quería llegar? No es que sea el tipo de persona que habla por charlar un rato, o al menos, no lo es durante sus consultas.

Decidí continuar siendo prudente, aunque sincero, de modo que le respondí que no estaba de acuerdo con como se hacían las cosas. Claro, ella quiso saber por qué, y yo traté de ser todo lo prudente y diplomático posible, sin entrar en terrenos de los que luego no pudiese salir. En estos casos lo que mejor funciona es pecar de modesto. En realidad, no mostrar a los demás las cosas que sabes suele ser una buena idea, así les resulta más difícil pillarte.

– Bueno… Yo de estas cosas no sé, porque no he estudiad… – empecé a decir.

– De esto sí que sabes.

Mierda. Leñes. Me ha pillado. Joer… Bueno, esa táctica ya no servía, así que ya solo me quedaba la diplomacia pura y dura, que no es precisamente mi especialidad. Sin embargo, para mi sorpresa, después de que yo hablara, cuando ella me respondía, lo hacía como si hubiese dicho en voz alta ciertas cosas que en realidad no había dicho, pero que sí estaba pensando.

Ante esto, tan solo hay tres explicaciones. O Trinidad sabe leer la mente a la gente, o los test esos son demasiado buenos, o ella lee el blog y sabe quién soy. Y la más plausible de las tres es la última. No puedo estar 100% seguro pero… En fin, Trinidad, si estás leyendo esto, un saludo.

¿Debería preocuparme por ello? Yo creo que no. Para empezar, muy poca profesionalidad demostraría si se dejase llevar por las opiniones personales que le puedan suscitar una serie de documentos que yo no le he entregado, y que se han hecho fuera de la consulta. Como no tengo la impresión de que sea poco profesional, sino de que es estrictamente profesional, eso no debería quitarme el sueño.

Al contrario, que una persona utilice su tiempo libre para buscar información, y siga algo escrito por alguien no profesional, sin autoridad ninguna, y lo tenga en cuenta, e incluso logre identificar a autor entre la multitud de pacientes que tiene, me parece extraordinario. Demuestra interés por su profesión, interés por los pacientes, e incluso que lo que escribo a lo mejor es hasta interesante.

Un amigo mío dice que de hecho, si en efecto Trinidad leyese por aquí, no sólo no es malo, sino que le parece perfecto, puesto que demuestro un lado humano frente al estudio sistemático realizado por los profesionales.

Finalmente tengo que decir que no fui el único que expresó sus puntos de vista y sus opiniones en la consulta. Ella también me habló, y lo hizo con una sinceridad y una confianza que me dejaron atónito. Hasta llegó a decirme cosas que desde el punto de vista de su posición como funcionaria pública no debería haber dicho. Ha pasado una semana, y por más que pienso en ello, no dejo de sorprenderme.

También me dijo que no tiene claro que yo sea transexual, que tiene una duda razonable sobre mí… aunque de eso voy escribir en la próxima entrada.

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¡Y a mi en 2 dos minutos!

Es curioso como funciona el Síndrome de Estocolmo. Las personas que han sido secuestradas llegan a desarrollar una empatía tal con sus secuestradores que terminan defendiéndolos. En realidad no es que fuesen malos, simplemente, tenían sus motivos.

Entre las personas transexuales existe también una especie de «Síndrome de Estocolmo». Estamos tan contentos simplemente de que se nos de tratamiento médico al cargo de la Seguridad Social, como si fuésemos personas normales que pagan sus impuestos (y sin tener remordimientos por los pobres desdentados a los que la Seguridad Social aún no les cubre más que las extracciones), y de que incluso hayan leyes que reconozcan nuestra existencia, que casi nos da igual como nos traten.

No solo eso… somos gente de nuestro tiempo y pensamos como tales. Al igual que una gran parte de la población cree que las personas transexuales somos enfermos que han de ser diagnosticados y tratados, una gran parte de las personas transexuales también lo creen. Y, cuando uno se convierte en enfermo puede ocurrir que el médico se convierta en una especie de chamán místico que tiene acceso a una sabiduría inabarcable, y cuyas artes curativas son inaccesibles a nosotros, pobres ignorantes.

Aunque parezca mentira, todavía quedan muchos médicos que no explican a sus pacientes con pelos y señales qué van a hacer con ellos. Por ejemplo, hace unos días, leía en un foro que el Dr. Cavadas prometía que era capaz de hacer una operación de faloplastia en la que garantizaba sensibilidad. Lo que no había explicado a supaciente en potencia era cómo iba a lograr que un colgajo de músculo tuviese sensibilidad sin las terminaciones nerviosas necesarias para ello.

En el tratamiento de las personas transexuales, el chamanismo mágico de los médicos está a la orden del día, mucho más que en otras ramas de la medicina. Yo, que por desgracia, he tenido que pasar por las consultas de diversos médicos para temas muy graves, jamás había visto que se tratase a los pacientes con semejante opacidad. Tengo la teoría de que eso se debe a que se nos considera como «enfermos mentales», y por tanto, con nuestro entendimiento disminuido. Puri, probablemente, debe saber mucho mejor que yo como se siente uno cuando los médicos te tratan como si fueses imbécil sólo porque piensan que tu capacidad intelectual no está a la altura de la de ellos (o a lo mejor los médicos que la tratan a ella están más «evolucionados»).

La cuestión es que ese «no lo van a entender» que nos transmiten los médicos, es plenamente asumido por los pacientes. Es más, el criterio de los médicos, especialmente de psicólogos (¡pero si esos no son ni médicos!) y de los psiquiatras, acaba convirtiéndose en un baremos para las propias personas transexuales.

Así, conversaciones como esta, son de lo más habitual:

– Fulanito tardó un año y medio en que le dieran el informe.

– Tsk… Es que la psicóloga no da el informe a menos que esté completamente segura. Algo estaría viendo que necesitaba indagar. Por algo sería.

– Sí, supongo que sí. En el fondo Fulanito es un tío raro. ¿Sabes que le gustan las flores y tiene el balcón lleno de geranios?

También se crea otra variante de «conversación» que es aquella en que se compara «quien la tiene más corta». La espera para que le den el informe, claro.

– Uffff… llevo ya nueve meses esperando, y no le veo el final a esto.

– ¿Nueve meses? ¿Por qué? A mi me lo dieron en 6. ¿Qué le has dicho a la psicóloga?

– ¿Yo? Pues no sé… hago test…

– Algo tiene que estar viendo, pero tú tranquilo que ya verás que al final…

Un tercero interviene en la conversación.

– De tranquilo nada, que yo voy ya para los dos años y aquí estamos.

Las miradas de los demás se clavan en él con compasión, mientras tratan de imaginar cuales son los defectos que están retrasando la entrega del codiciado informe. ¿Tal vez un oscuro secreto del pasado? ¿O quizá resulta que no es más que una lesbiana muy machorra que se ha confundido y ahora de repente cree que es un hombre? La intervención de una cuarta participante en la conversación hace que el momento incómodo pase.

– Pues yo no sé por qué os quejáis tanto. A mí me fue muy bien. En cuatro meses ya lo tenía… con lo amables que son y lo bien que nos tratan…

Así es, damas y caballeros, lectoras y lectores… El tiempo que tardan en darte el informe no es sólo un incordio para el que lo sufre, sino que, entre las personas transexuales, llega a convertirse en un indicativo de «como de transexual eres». Si eres un buen transexual, te lo dan enseguida. Si eres un transexual de segunda categoría, tardan años. Cuanto más tarde te den el informe, menos credibilidad tendrás entre las personas transexuales, y mayores serán las sospechas de que en realidad, no eres transexual.

Yo lo veo del revés. Cuanto más tiempo necesita un «profesional» (son profesionales porque cobran por su trabajo) para dar el informe, mayor indicativo de lo poco eficiente que es. ¿Os imagináis lo que ocurriría con un albañil que tarda una semana en levantar una pared, si hubiese otro que levantase la misma pared en un día? La persona que es transexual, lo es desde el primer día que entra en la consulta. ¿Cómo es posible que alguien que se llame a si mismo «profesional» y «experto» necesite un año, dos, o incluso siete o diez para evaluar a una persona? ¿No debería ser esa persona apercibida por derrochar los recursos de la Seguridad Social, haciendo que se colapsen las listas de espera de manera inecesaria?

Bueno, yo ya lo tengo claro. Dentro de unos años, cuando todo esto haya pasado y me pregunten cuanto tiempo tardaron en darme el informe, yo diré:

– ¿A mí? Muy poco. Fíjate que yo tenía la primera cita un martes a las 11:00, y a las 10:30 ya estaba en la endocrina pinchándome…

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