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¿Por qué ahora? ¿De qué tienes miedo? (II)

Cuando July me preguntó de qué tenía miedo, por un momento me quedé sin saber qué decir, lo cual no es algo que me suela ocurrir. No sabía de qué tenía miedo, pero sí que sabía que tenía toneladas de él encima.

Mirando atrás, me doy cuenta de que no podía ser de otra manera. Arrastro un largo historial de mentiras y rechazos, y la sensación de que todos pensaban que era «raro» aunque yo no entendía muy bien por qué.

Miento. Siempre he sabido, aunque fuese en una parte muy interna de mi mente, en el ricón que todos tenemos para apartar las cosas que no nos gustan, que nos duelen y que no queremos ver o que los demás vean, que lo que me hacía distinto de los demás era que yo quería ser de otra manera. Yo quería ser un niño, un chico o un hombre, según los años iban pasando, y era perfectamente consciente de que eso no era normal.

Por supuesto, todo el mundo se encargó de hacérmelo saber, explicándome repetidamente lo que era un niño, lo que era una niña, impidiéndome hacer las cosas que quería (por ejemplo, muchos niños no me dejaban jugar con ellos, porque «las niñas son un roll»), o burlándose de mi si las hacía de todos modos (que gran colección de expresiones existen para censurar comportamientos incorrectos, desde la pueril «marimacho», hasta el bienintencionado «estás muy fea con esa ropa ¿Por qué no te arreglas y te pintas un poco?»). No puedo evitar ahora recordar a todos los amigos varones que he tenido y que tuvieron que soportar junto a mi los rumores de que «éramos novios», doblemente ofensivos porque, además, parecía una locura que alguien pudiese encontrar atractivo el emparejarse conmigo. Algunos cedieron a la presión y pasaron de ser mis amigos a unirse al coro de reproches con un simple «¿yo ser novio de eso? ¡ni de coña, vamos!» para no volver a hablarme nunca más. Otros decidieron que les daba igual lo que dijeran los demás, y se quedaron a mi lado, incluso me defendieron.

El caso es que, de esta manera aprendí que cosas me estaban permitidas y cuales no. Y aprendí a tener miedo, de que, si la gente notaba que hacía o pensaba «cosas raras», me quedaría completamente sólo. Este miedo incluía a mis padres, y posteriormente se amplió hasta llegar a mi novio, como no. Y en los días en que decidí que ya estaba bien de hacer teatro y que tenía que mostrarme ante los demás como realmente soy, todo ese miedo se me echó encima. Sólo que es ya un miedo tan interiorizado, tan asumido, que forma parte de mi personalidad, y por eso no sabía darle nombre.

Ahora ya sé a qué tengo miedo. Me da miedo quedarme solo, sobretodo porque ese plato ya lo he probado y es muy amargo.

Por suerte, parece ser que he aprendido a escoger mis amistades con mucho mejor tino que antes. También la lucha de los colectivos GLTB a lo largo de los últimos 20 años ha ido calando poco a poco en la sociedad, y las cosas ya no son como antes. También me he dado cuenta de que hay que luchar contra los miedos, porque muchas veces son sólo fantasmas que nuestra mente dibuja sólo para asustarnos.

Por último, ahora tengo, ya por fin, la fuerza que me faltaba para afrontar mis miedos. Aunque me quedase solo, aunque tuviese que dormir en la calle bajo una caja de cartón, no me lamentaría de hacer lo que estoy haciendo.

Y es que, siempre he pensado que la libertad no consiste en hacer lo que uno quiera, si no en marcharse de un lugar cuando ya no quieras estar en él.

Por cierto, antes de despedirme de July aquel día, me miró a los ojos y me dijo: «te irá bien». Me he guardado esas tres palabras en el corazón, y si tengo miedo, las repito como un mantra. Desde entonces he vuelto a dormir casi todas las noches, cosa que en aquel momento no hacía.

Tendré que pedirle a July que lea esta entrada del blog.

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¿Por qué ahora? ¿De qué tienes miedo? (I)

Hay dos preguntas que me han hecho y que no he podido responder satisfactoriamente hasta ahora. Estas preguntas son las siguientes: ¿Por qué ahora? y ¿De qué tienes miedo?

«¿Por qué ahora?» es la pregunta que me hicieron Mic, mis padres y Britrait (aka Gender Bender) cuando les conté lo que me pasaba. Después de 29 años viviendo de una forma, y tras más de 9 años de relación de pareja, justo en el momento en que, por fin, parecía que todo iba bien… ¿echarlo todo por la borda? ¿cortar con todo y empezar de nuevo? ¿por qué? ¿por qué ahora y no antes? ¿por qué tuve que dejar que las cosas llegasen tan lejos?

El miedo y el amor han sido los motivos que hicieron desarrollar toda esa trayectoria dentro de un género que no me corréspondía, durante un periodo de tiempo tan prolongado. Las motivaciones del amor son obvias. Ya lo he dicho antes: sabía que si mostraba a los demás cómo era, les causaría dolor y tristeza, por lo que decidí que prefería joderme yo antes que joderles a ellos. Y tenía miedo. Muchísimo miedo. Un miedo indefinido, no sabía muy bien a qué, pero completamente real y muy abundante.

De modo que, por amor y por miedo estuve durante años librando un combate diario dentro de mi mismo, que consumía casi todas mis fuerzas. A veces, cuando necesitaba de un aporte de energía extra, recurría a esa parte de mí que estaba siempre reprimida y extraía unas cuantas gotas. ¡Suficiente como para hacerme sentir que podia enfrentarme a cualquier cosa! Pero tenía que ser muy cuidadoso, porque sabía que, si me pasaba, no podría volver a guardarlo en mi interior. Mi mente era, pues, como una presa de la que se va dejando salir el agua poco a poco, con mucho cuidado de que no se desborde, procurando constantemente mantenerla aprisionada para evitar una riada. Todos sabemos lo enormes que son las presiones a las que se ven sometidas las presas.

Pero, en un momento dado, necesité aumentar el caudal de agua que dejaba escapar de la presa. Era eso o morir de sed. El momento clave llegó cuando, al suspender de manera muy injusta la oposición, me encontré con que, de repente ya no quería seguir discutiendo conmigo mismo. Necesitaba encontrar soluciones para mi futuro, y tenía que hacerlo empleándome al 100%. Llevaba demasiado tiempo supeditando mi futuro a lo que pudiesen hacer los demás, y eso tenía que terminar. Necesitaba depender solamente de mí. Tenía que convertirme de una vez en una persona adulta, y, según había visto, los adultos utilizan toda su energía para luchar, no sólo una pequeñísima fracción.

¿Y si hubiese aprobado la oposición? ¿Habría seguido viviendo de la forma equivocada para el resto de mi vida? Es imposible saberlo, pero probablemente la respuesta es no. Todo el mundo tiene problemas, y lo de aprobar o suspender una oposición, sinceramente, tampoco es tan grave. De hecho contaba con ello. Lo más seguro es que, tarde o temprano, Pablo habría acabado por salir. De lo contrario, habría llevado una vida bastante miserable.

Así que la respuesta a la pregunta «¿Por qué ahora?» es «Porque ha sido ahora cuando lo he necesitado». Hubo otro momento, hace dos años, en que estuve a punto de darme luz verde y me arepentí al final. Aun creía que en la vida se pueden encontrar soluciones cómodas para ser feliz sin arriesgarse.

Me he extendido mucho. En la próxima entrada explicaré de qué tengo miedo.

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