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La espalda libre

Nunca tuve el pecho sensible, pero sí la espalda. Sin embargo, muy pronto mi espalda quedó aprisionada, dividida por la mitad, por el sujetador.

A los 13 años, cuando empezó a salirme el pecho, mi madre trataba de explicarme por qué era conveniente que usara sujetador. Principalmente, por motivos estéticos que ella intentaba hacerme entender con suavidad, y sin éxito. Rara vez lo utilizaba, porque me daba pereza ponérmelo, y porque me molestaba. Los tirantes se resbalaba, la parte de atrás apretaba. Los chicos bromeaban con las chicas tirándoles de la parte de atrás del sujetador y soltándola para verlas saltar cuando les daba contra la espalda, y eso me parecía humillante. Hasta que una noche, cuando volvía del gimnasio, unos hombres empezaron a hacerme insinuaciones sexuales y a preguntarme a voces si llevaba sujetador, porque se me movían mucho las tetas bajo la blusa. Por suerte, estaban muy lejos, pero consiguieron que entendiera lo que mi madre me había estado intentando explicar semanas atrás.

Desde esa noche, usé siempre sujetador (creo que también fue a partir de esa noche que me hice conscientemente feminista). Encontré muy pocos que me resultasen cómodos, y poco a poco veía como el uso continuado iba dejando una marca en mi cuerpo. Cuando inicié mi transición, descubrí muy pronto las camisetas de compresión. La primera que compré fue una camiseta de Underworks que llegaba hasta media espalda (enlazar) que se me enrollaba alrededor de la cintura, clavándoseme en las costillas. Luego probé con una de T-Kingdom, pero hasta la más grande de esa marca era demasiado pequeña para mí, y finalmente di con la adecuada, que llegaba hasta debajo del cinturón, de modo que podía atraparla con la cintura de los pantalones.

Entonces, mi espalda quedó atrapada bajo una ropa que la apretaba de arriba a abajo. Aunque para mí era más cómodo que llevar sujetador (no sólo estéticamente, sino que representaba una comodidad mucho mayor), no era la situación ideal.

Después de la operación, tuve que llevar primero vendas, y luego una faja durante dos meses. Una noche, cuando ya había pasado mes y medio, estaba en casa y se pasó un amigo a visitarme. Cuando llamó al portero automático y me di cuenta de que no llevaba puesta la faja, sentí, como siempre había sentido en ocasiones similares, la necesidad de salir corriendo a mi habitación para ponerme a toda prisa el binder.

Tardé unos instantes en darme cuenta de que ya no hacía falta, y después de eso, todavía necesité hacer un esfuerzo de voluntad para quitarme la inquietud. No tenía que ponerme nada, no tenía partes del cuerpo que deseara aplastar y comprimir para apartarlas de las miradas de las demás personas. Sin embargo me sentía vulnerable.

A partir del 20 de mayo, dejé de usar la faja “post quirúrgica” (era una faja tubular de neopreno, normal y corriente) y salí a la calle por primera vez sin nada. La sensación fue extraña, una mezcla de comodidad y vulnerabilidad sólo comparable a la sensación de ir desnudo en una playa nudista. La ausencia de peso y presión en el pecho era extraña, pero la libertad de mi espalda, se volvió indescriptible.

Después de la operación, descubrí, además, una parte de mi cuerpo de la que sólo era consciente en verano: esa franja de piel que queda justo debajo del pecho, sobre la que cae la mama. Esa parte que no recibe la luz del sol y en verano se humedece rápidamente por el sudor. Al quedar expuesta al aire y al roce de la ropa, descubrí que, mientras que nunca he tenido sensibilidad en el pecho ¡Ahí sí que tenía! Ahora, casi tres meses después, la piel se va igualando con el resto de la piel del torso, y ya no la noto tanto, pero es agradable conocer una parte nueva de ti.

También perdí prácticamente todo el sentido del tacto en la parte donde estaba la mama, pero pensé que iría recuperando algo de sensibilidad (no mucha, ya que no creo que pueda tener más sensibilidad después de una operación de la que tenía antes) con el paso del tiempo, ya que notaba pinchazos y calambres, señal de que hay terminaciones nerviosas que se están conectando. Ahora poco a poco, noto más. Sé dónde pongo mi mano.

Me voy acostumbrando poco a poco a los cambios que la cirugía ha hecho en mi cuerpo, pero sigo disfrutando la sensación de tener la espalda libre tanto como la disfruté el primer día (o más).

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Mastectomía bilateral (y IV)

Empiezo contando que ya estoy de alta. La parte buena es que… bueno, que ya estoy de alta, o sea, que estoy bien para trabajar y eso (aunque todavía con leves molestias, pero eso sólo se quita cuando se empieza a hacer vida cotidiana, es una fase que hay que pasar en la mayoría de las cirugías). La parte mala es que tengo menos tiempo para escribir (además, ya mismo empiezan los exámenes de la universidad…). Me faltaba hablar del postoperatorio… Cuando me desperté de la operación tenía una vía en la mano, que me introducía suero (la misma vía a través de la que me pusieron la anestesia), dos drenajes, uno en cada herida, para que fuese saliendo la sangre, y un dolor de garganta importante que era la combinación del incipiente resfriado y la intubación para la anestesia. No me dolía nada más. Me encontraba bien, no tenía esa molesta sensación de resaca que he tenido otras veces al despertar de la antesia… todo estupendo. Unas horas más tarde me dejaron beber una manzanilla que me sentó estupendamente (el otro chico, en cambio, se encontraba un poquito peor que yo y la vomitó… son cosas que dependen de cada persona). También pude cenar (y por una vez, la comida que me pusieron no era repugnante). A mitad de la tarde llegó uno de los momentos cruciales de cualquier post operatorio: la hora de orinar. Quien no se haya operado todavía con anestesia general, no sabrá que una de las cosas más difíciles del mundo es mear después de una operación. Es uno de los efectos de la anestesia, que además está agravado porque normalmente no estás en condiciones de levantarte de la cama, y tienes que hacerlo en una cuña (un orinal, para entendernos). Hasta el día de hoy, yo no he sido capaz de mear tumbado. Así que cuando ya llevaba como media hora con el cacharro puesto debajo del culo, se hizo evidente que me iba a tener que levantar. Se lo comentamos a la enfermera que vino a llevarse el vaso de la manzanilla, quien nos pidió que mejor no me levantara, pero como me encontraba tan bien, decidimos correr el riesgo por nuestra propia cuenta. Lo “gracioso” de los drenajes es que los llevas colgando, como si fueses un árbol de navidad, y si te levantas de la cama, te los tienes que llevar contigo. Por suerte, mi padre ya es un experto en colocar drenajes en el palito que se usa para sujetar el suero, que, por cierto, también llevaba colgando. Con todos mis complementos a cuestas, y la ayuda de mi madre, conseguí llegar al cuarto de baño, sentarme en el trono y allí, con la ayuda del agua del grifo corriendo, conseguí alcanzar el estado de gracia e iluminación que me permitió vaciar la vegiga por fin. Las dos o tres veces siguientes todavía me costó un poco (y tuve que llevar los “adornos”) pero ya fue menos. Me quitaron los drenajes al día siguiente, ya que casi no estaba sangrando. El momento de quitar los drenajes no es doloroso, pero sí que da un poco de impresión, sobre todo el primero, que no conseguí coordinarme con la enfermera en la respiración. En cambio con el segundo sí lo hice bien, y casi ni lo noté. En cambio, de la vía no pude librarme hasta el dia siguiente, y la vía… duele. La vía era en realidad una especie de grifo pequeñito que se conecta directamente a la vena del dorso de la mano, con una aguja muy larga y gordita. Es incómodo de llevar, y como yo soy muy aprensivo, casi prefería ni mirarlo. A veces pensaba “¿y si por accidente me engancho en las sábanas y se abre el grifo…?” pero nunca he oido de nadie que le pasara algo así, por lo que los pensamientos no iban más allá. Lo peor era que, pasadas las primeras horas, la mayor parte del tiempo no hacía falta ponerme medicamentos, pero cuando me los ponían (antibióticos y calmantes para el dolor)… dolía. Podía elegir entre que el gotero fuese despacio, y fuese una molestia leve, pero prolongada, o que el gotero fuese rápido y me doliese más, durante menos tiempo. Una vez me lo pusieron tan rápido que el dolor se extendía hasta el codo, como una aguja que me atravesase por dentro, pero encontré una manera de poner el brazo que me molestaba menos. Así que cuando el médico me dijo que me lo quitaba, no di saltos, porque no podía. El segundo día me dieron de alta. En teoría tenía que estar 5 días, pero yo me encontraba bien, los médicos decían que todo estaba bien, y ni mis padres ni yo teníamos ganas de estar en el hospital si no era estrictamente necesario. Además, empezaba la semana santa e iban a cerrar esa planta para ahorrar. Durante la primera semana en casa de mis padres, no me podía duchar. Me duchaba yo mismo, pero sólo de cintura para abajo. De cintura para arriba me tenía que lavar mi madre. Al final teníamos ya un arte con el lavado de cabeza en el lavabo que daba gusto. El encargado de hacerme las curas era mi padre. Durante la primera semana llevaba dos algodones liados (como si fuese un caracol) sobre los pezones, y los íbamos empapando de betadine. El médico nos dijo que “ahí, ni tocarlo”. Es la zona más delicada, los “injertos”. Un amigo dice que la cirugía moderna consiste, básicamente, en cortar y pegar tejidos, pero a mí me sigue pareciendo alucinante que se pueda coger un pezón, recortarlo, cambiarlo de sitio, coserlo, y que se pegue. Un injerto, en el sentido totalmente tradicional y campestre de la palabra, igual que se hace con los geranios o los rosales. Después de la primera semana, me quitaron los caracoles de los pezones, y unos puntos de papel que llevaba en los cortes de abajo (no lo he explicado, pero me han hecho dos cortes con forma semicircular, desde debajo de la axila, hasta casi el centro del pecho, de unos 20 centímetros cada uno) por lo que ya podía ver la herida. En cambio, me dejaron todos los demás puntos, aunque ya podía empezar a ducharme (sin frotar, sólo dejar correr el agua por encima). El cada pezón llevaba 14 puntos, y en las heridas de abajo, ni idea, porque son puntos intradérmicos, que se hacen con un hilo transparente que parece hilo de pescar, y que puede ser absorbido por el cuerpo. Otra cosa increible, que se puedan hacer puntos por debajo de la piel. Por arriba tenía dos o tres, pero a penas sobresalían. Los pezones estaban negros, pero como al otro chico que se operó a la vez que yo ya le habían avisado de que estarían así, y que luego iban cambiando de color poco a poco, no me preocupé. Mi padre seguía curándome. Me miraba los pezones y ponía mala cara… y yo no me atrevía a preguntar. Yo tenía que hacer el esfuerzo de recordar que el médico y la enfermera se habían echado a reir cuando les pregunté si no se me caerían (a otro amigo, cuando lo preguntó, el médico le dijo “no te preocupes, que si se te caen, no te dolerá”. Que guasón el tipo… y que mala leche. Era un cirujano de Barcelona, pero se diría de Graná, por la mala follá). Empezaron a caerse trocitos negros, que se quedaban pegados a la venda al quitarla, y mi padre seguía poniendo mala cara, hasta que alrededor del día 13, empezó a poner, por fin, buena cara. Según me explicó después, al principio estaba preocupado porque cuando veía que se desprendía algún trocito, debajo estaba todo negro. Era una piel muerta, que no había agarrado todavía. Pero ese día, se desprendió un trocito y salió una gotita de sangre… es decir, que ya había riego sanguineo, es decir, que el tejido estaba vivo. Desde ese momento, debajo de la piel negra que se caía iban apareciendo retalitos rosados. A esas alturas, los puntos me tenían amargado. Seguramente lo habría pasado mucho mejor si no hubiese cogido un resfriado terrible y no me hubiese pasado esas dos semanas con una tos que parecía que iba a echar los pulmones por la boca. Si ya por si solos, los puntos molestan cada día un poco más, cuando tienes tos, mejor ni hablamos. Por fin, a las dos semanas, me quitaron los puntos de los pezones, y me cortaron las partes externas de las suturas intradérmicas, que se aflojaron y dejaron de molestar. A partir de ese día, ya no sólo podía dejarme caer el agua, sino que incluso podía frotar. Me recomendaron echarme vaselina en los pezones, si quería que las costras se me cayesen más rápido (pero no me eché, porque se cayeron muy rápido solas), aceite de rosa mosqueta sobre las cicatrices, y mucha crema hidratante. Descubrí que la crema hidratante me aliviaba los picores que sentía por debajo de la piel, así que me echaba dos veces al día… una maravilla. La faja me molestaba, pero lo cierto es que me sujetaba bastante la zona, y un mes y medio más tarde, me siento más cómodo todavía con ella que sin nada. Al día siguiente de quitarme los puntos, empecé a ir a caminar con mis padres, que todos los días hacen un paseo de una hora hasta el pueblo de al lado. Antes, no me sentía capaz de ir, ya que tenía que caminar con mucho cuidado, porque el simple golpeteo del cuerpo sobre el suelo hacía que los puntos me tirasen, pero en cuanto estuve “libre de ataduras” pensé que me convenía moverme, aunque fuese un poco. Además, el paseo es muy bonito, y en llano, por lo que resulta fácil de hacer. La diferencia de dolor entre el día antes de empezar a caminar y el siguiente día, fue increíble. No me dolía ni la mitad. Así que, como es lógico, me aficioné a los paseos. En cuestión de tres o cuatro días, ya me encontraba muy bien. A partir de ahí la mejora fue tan rápida, que más que de baja, parecía que estaba de vacaciones. Cuando estaba sólo y hacía buen tiempo, me salía un ratito a la amplia terraza del ático, sin camiseta, y simplemente disfrutaba del sol y el aire mientras miraba el mar (sólo unos minutos, eso sí, que el sol no es nada bueno para las cicatrices). Eso sí, no cogía peso, ni movía los brazos. Fue la principal recomendación que me dieron los médicos. Durante la primera semana, por aquello de no molestar, hice pequeños movimientos, como levantar una silla, coger una botella de dos litros, llena… y como resultado, el pecho se me inflamó. Cuando fui a la primera revisión, el médico me explicó que a causa de la operación el músculo se había quedado suelto, y al moverme, formaba agua que se quedaba debajo de la piel. Así que ¡nada de moverse ni de coger peso! ¡Ni siquiera un poco! A partir de ese momento, tuve todavía más cuidado, pero por culpa del líquido, se me empezaron a formar arruguitas de piel alrededor de los cortes de debajo. Al ponerme las vendas de compresión o la faja, la piel, que estaba suelta, se fruncía de manera casi inevitablemente, y se formaba ese fruncido, que se acentuaba por las estrías que tengo en esa zona. Durante la tercera semana el lado derecho del pecho se me empezó a desinflamar, pero la inflamación del lado izquierdo no terminaba de quitarse… debido a que cuando estudiaba, me sujetaba la cabeza con la mano izquierda, y ese pequeño gesto, me estaba fastidiando. Al bajarse la inflamación, las arrugas del lado derecho se quitaron, y se quedó perfecto, pero la arruga más profunda del lado izquierdo, permanecía. Empezaba a pensar que se quedaría así, hasta que ayer (¡seis semanas después de la operación!) me di cuenta de que la inflamación de esa zona también está bajando y se está quedando también bien ¡Menos mal! En cuanto a las cicatrices… Los pezones, al principio, se me quedaron de dos colores, rosa clarito, y el color normal. Poco a poco el color se va igualando, y en los bordes… ¡No se ve nada! Ni siquiera se ven los típicos agujeritos que dejan los puntos. Debían estar cosidos justo, justo en el borde, o qué se yo… porque no me lo explico. No se ve nada de nada… Las cicatrices de abajo todavía están muy rojas, pero parece que apenas se han ensanchado (las cicatrices, una vez curadas, pueden ensancharse, a veces incluso un centímetro, haciéndose más visibles. Usar la faja durante dos meses reduce el ensanchamiento al mínimo), por lo que es posible que a la larga se vuelvan casi invisibles. Debajo de la axila izquierda sí que se me ha ensanchado un poco (por si alguien se lo está preguntando, soy ambidiestro con preferencia por la diestra, así que uso ambos brazos más o menos por igual). Un mes justo después de la operación, regresé al trabajo, y aunque al principio me cansaba o me resentía de hacer las cosas normales (limpiar, colocar, etc…), cada día he estado mejor que el anterior, y ahora prácticamente ya no tengo más que una ligera molestia de cuando en cuando.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

Tres semanas después de la operación.

Tres semanas después de la operación.

6 semanas tras la operación

6 semanas después de la operación

 

 

 

 

 

 

 

Los consejos que daría a alguien que se vaya a operar serían:

  • Los pezones no se caen.
  • No muevas los brazos. En serio, no los muevas.
  • En cuanto te sea posible, ponte mucha crema hidratante por todo el pecho.
  • Lleva la faja durante dos meses, si te es posible.

Estoy muy contento del resultado, y creo que los cirujanos del Carlos Haya no tienen nada que envidiarle a ninguno de los supuestos “mejores cirujanos” de España. El único motivo para operarse por privado es, en mi opinión, no estar dispuesto a esperar los dos años de lista de espera, y no querer pasar por toda la tortura y humillaciones previas en la UTIG (también conocidas como “evaluación psicológica”). Bueno, y tener dinero para pagarse la operación, claro está, aunque ese que no es mi caso.

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Mastectomía bilateral: ahora sí hablo de la operación (III)

La operación fue el 20 de marzo. Me desperté sobre las 8 u 8:30, que la hora a la que las enfermeras empiezan a pasarse por las habitaciones. Termómetro, tensión arterial, desayuno… no desayuno tú no, que te van a operar. Podría haber mirado la hora, pero no quise saberla. No quería estar contando los minutos que faltaban hasta el incierto momento de mi entrada en el quirófano (y preocupándome por si mis padres podrían llegar a tiempo o no), así que preferí mantenerme en la ignorancia.

2013-03-18 Hospital

La habitación del hospital vista desde mi cama

Esa noche dormí como un tronco a pesar de que en el hospital, por la noche, hacía demasiado calor (o eso pensé yo las dos noches que pasé antes de operarme. Sin embargo, después de operarme, no volví a notar más el calor. Supongo que por eso los hospitales están tan calientes… un día tengo que preguntárselo a alguien que sepa de estas cosas). El diazepan que me recetó la anestesióloga hizo su trabajo. El único problema era que me desperté con un poco de malestar general, y me dolía la garganta. Me estaba empezando a acatarrar. «Anda que si ahora me mandan otra vez para casa, y el mes que viene vuelta a empezar todo el lío…», pensé para mí. Luego decidí dejar de pensar chorradas.

De repente, la habitación se llenó de gente. Claro, tampoco es que fuese una habitación palaciega, sino que era más bien pequeña (aunque suficientemente grande para alojar a dos enfermos con un máximo de dos visitas. A la gente le gusta que las habitaciones de los hospitales sean muy grandes… Nunca he entendido por qué ¿piensan ponerse a bailar ahí dentro, con las vías enganchadas y los drenajes colgando?). En realidad eran 3 ó 4 personas, que, además, tenían un poco de prisa. Me hicieron volver a firmar el consentimiento informado de la anestesia… yo les expliqué que no, que esa era una copia en blanco que me habían dejado para que la leyese tranquilamente, pero la enfermera insistía «¿Ves? Aquí pone que lo tiene que firmar el paciente», así que volví a firmar, porque me costaba menos trabajo y por tener dos consentimientos en vez de uno, no pasa nada. «¿No llevas nada, nada más que el pijama?», preguntaron. «No», respondí yo. Ya me habían avisado la noche de antes que para la operación no podía llevar más que el pijama del hospital. Ni calzoncillos, ni nada. Lo bueno es que como ya he pasado por tres operaciones, tengo experiencia en estas lides, y sé que no se puede llevar ropa interior, porque estorba a la hora de ponerte una sonda para la orina. Así que no llevaba nada. Se siente uno un poco violento al ir sin calzoncillos o bragas por la vida, pero lo que me incomodaba de verdad era haber tenido que quitarme la camiseta para disimular el pecho, ya que las camisas del pijama del hospital no están hechas para gente que tenga tetas, y parecía que se fueran a salir de un momento a otro. Me sentía muy violento. A mis padres no les dio tiempo a llegar (por tan sólo 10 minutos).

Luego, el paseo en la cama hasta el quirófano. Es una manía mía, pero a mí ese momento me resulta aterrador. Nunca puedo evitar pensar que podría ir al quirófano por mi propio pie y darme ese último paseo, pero me llevan en la cama para tenerla preparada, ya que a partir de que me tumbe en la camilla del quirófano, voy a pasarme un buen tiempo sin poder volver a moverme. Si en algún momento soy consciente de la buena salud de que disfruto, es cuando estoy subido a una cama, de viaje hacia el quirófano (y eso que cuando va uno al quirófano es, precisamente, porque no está muy bien de salud).

El quirófano también estaba lleno de gente. Recordé que cuando me operé del estómago, en un hospital privado, el quirófano era mucho más pequeño, y había la mitad de personas, aunque la operación era muchísimo más compleja y peligrosa (además, las enfermeras que estuvieron, era la primera vez que participaban en una operación así, y lo consideraban prácticamente un honor, por las conversaciones que fui escuchando los días siguientes). Mientras toda aquella gente se dedicaba a sus cosas, el cirujano (luego supe que el Dr. Lara, pero en aquel momento yo no tenía ni idea de quien me iba a cortar y sacarme un par de buenos trozos del cuerpo) empezó a hacerme los dibujos de la operación. Sobre el pecho desnudo, obviamente. Es decir, sobre las tetas. Aunque, la verdad, sentía tanta curiosidad, que no me resultó incómodo ni vergonzoso. Luego, de paso, anotó otras cosas:

– ¿Cuanto mides? – preguntó

– 1,68

Con el rotulador anotó 1,68 un poquito más abajo de la clavícula.

– ¿Y cuanto pesas?

– 88 kilos – digo yo que habría sido más fiable que me pesaran ellos. El cirujano anotó 88kg bajo el dato anterior.  Y alguna cosa más anotaría, porque cuando me desperté tenía el pecho lleno de números. Parecía una pizarra.

Mientras, escuchaba a dos personas hacer en voz alta los cálculos de la anestesia que me iban a poner. Se los decían el uno al otro, y luego los repetían, varias veces. No sabía si sentirme inseguro porque tuviesen que repetirlos tanto, o sentirme tranquilo porque los estaban repasando bien. Decidí sentirme tranquilo, aunque sólo fuera que cuatro ojos ven más que dos.

Luego me fui a la camilla. Me tomaron la vía en el dorso de la mano izquierda, y me dolió (no mucho, pero sí que me dolió). Luego me introdujeron algún líquido (supongo que sería la anestesia). Pensé «no voy a quejarme, no voy a quejarme»… pero al final me quejé. Aquello dolía como su puta madre («¿Qué?» preguntó el anestesista, al escuchar mi referencia a la puta madre, alzando un poco las cejas. Era un señor mayor con la barba muy poblada. «Que duele mucho», aclaré yo. «Ah, sí, se nota bastante al entrar, pero no te preocupes, que enseguida se te pasa», y siguió a lo suyo. Al pobre le deben haber dicho ya de todo.) Mi recomendación es que si alguna vez os tenéis que quejar en un quirófano, no hagáis como yo. El clásico «ay, ay, ay», es muchísimo mejor y más elegante.

Alguien me puso una mascarilla. «Tranquilo, que es sólo oxígeno. Respira hondo.» Yo pensé para mí que eso no era oxígeno ni de coña, pero respiré hondo igual, porque lo que uno quiere cuando le van a operar, es estar bien anestesiado y no notar el dolor. Después de eso, fundido en negro.

Soñé algo, pero no recuerdo qué. Cuando las enfermeras me despertaron, ya estaba en la sala de reanimación. En mi sueño, soñaba que tenía que hacer algo, pero no sé el qué, y me desperté con la sensación de que tenía que ir a alguna parte. Sin embargo, en cuanto desperté, sabía donde estaba. Pregunté la hora, y me dijeron que eran las 11:45. Hice el cálculo mental: aproximadamente dos horas y media de operación. Todo había ido bien y estaba vivo. Además, no me habían puesto la dichosa sonda de la orina, que es una cosa muy desagradable, y me regocijé por ello.

Siempre que me despierto de una anestesia, pregunto qué hora es y calculo cuanto ha durado la operación. No sé por qué lo hago, pero sé que en ese momento, conocer la hora es algo muy importante para mí.

Estuve aproximadamente una hora y cuarto en la sala de reanimación. Lo normal es entre hora y media y dos horas, pero yo estaba totalmente despierto al cabo de un ratito. Supongo que los enfermeros, para esas cosas, se guian por criterios objetivos de pulso y tensión arterial. Yo sólo sé que cuando me sacaron de allí estaba perfectamente bien y aburrido como una ostra de mirar el techo.

Por fin pude ver a mis padres, que me dijeron que el compañero les contó que habían llegado tarde por diez minutos. Esperaron hasta que el cirujano les dijo que todo había salido bien, y se fueron a comer mientras yo estaba en reanimación. Les conté las pruebas que me habían hecho. Hablamos de tonterías. Yo estaba perfectamente. Al cabo de un rato, llegó la madre del otro chico, que ya había entrado en el quirófano, y también hablamos. Le dije que estaba bien, que no me dolía nada (no me dolía nada) y ella se puso muy contenta al ver que me encontraba tan bien. Luego llegó otra amiga, que trabaja de enfermera en el hospital, y también hablamos. «¡Qué bien estás! ¡Qué buena cara tienes!»

Fue increible. Las otras veces que me he operado, me desperté fatal de la anestesia. Nunca he tenido nauseas, ni vómitos, pero sí la peor resaca de mi vida. Claro que las otras veces yo pesaba 140kg, y me tuvieron que poner una dosis de anestesia para caballos. Supongo que por eso esta vez estaba mejor… ¡Pero es que estaba muy bien! A media tarde, me dejaron beber una manzanilla, a ver si toleraba el líquido. Me sentó estupendamente.

Por supuesto, miré hacia abajo, a ver cómo me había quedado. Fue lo primero que hice en cuanto mi madre me subió un poco el respaldo de la cama. Hasta aquel momento, yo había leído en foros, y visto en reportajes (ahora alguien me dirá que tal vez veo demasiados reportajes) las experiencias de gente que se había operado, lo que decían que habían sentido después de la operación, tan maravilloso… Reconozco que cuando miré hacia abajo por primera vez lo hice con la ilusión de caer en una experiencia de éxtasis teresiano. Menudo chasco. Con tantas vendas como tenía en la zona, hacía tanto bulto que la apariencia era exactamente la misma que  lo que veía cuando llevaba la camiseta compresora. Más tarde, ya en la noche, pregunté al chico de la otra habitación como se veía, y me dijo lo mismo, que con tantas vendas, se veía igual que antes (obviamente, le pregunté por whatsapp, claro, porque no estaba par ir dándome paseos por allí).

Sin embargo, todo llega. Fue varios días más tarde, cuando ya me pude empezar a duchar. Con el pecho inflamado, los pezones negros, los cortes como dos sonrisas macabras en mitad del torso, la piel fruncida alrededor de los puntos a causa de la inflamación y de la presión de las vendas (tenía mis dudas de que eso fuese a quedar bien, pero ahora empiezo a estar más tranquilo), me metí por primera vez en la ducha, y al hacer el gesto de inclinarme al por el jabón, y echar en falta el peso y el movimiento de las tetas… en ese momento sentí tanto alivio que pensé que me daba igual que se quedara bien o mal. Aunque me hubiesen puesto un pezón delante y el otro en la espalda, me habría importado un bledo.

A eso llegaré en la próxima entrada (¡Paciencia! ¡Creo que ya será la última sobre el tema!).

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Estoy bien

Escribo desde el móvil, así que va a ser una entrada breve. Me operaron el miércoles 20, y me dijeron que estaría ingresado hasta el sábado o domingo, pero me he recuperado muy rápido y el viernes me dieron el alta.

Todavía me queda bastante para recuperarme del todo, y ahora el peligro es que se infecte la herida, pero estoy con mis padres que me cuidan bien (^_^), así que seguro que todo irá evolucionando bien.

No estoy como para ponerme delante del ordenador, y facebook me cansa especialmente, pero volveré cuando pueda.

P.D. Tengo comentarios pendientes de aprobar y responder. También lo haré cuando pueda ¡Muchas gracias!

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¡¡Por fin la mastectomía!!

Ayer (día 14 de marzo) me llamaron de la UTIG para decirme que había un quirófano libre. En la última cita con la endocrina me dijeron que sólo tenía a 4 personas delante que estuviesen pendientes de mastectomía, pero que los quirófanos se repartían entre las mastectomías, las histerectomías y las genitoplastias, así que realmente no sabían cuando me operaría, pero probablemente en enero, febrero o marzo (y, más bien, febrero o marzo).

Así que, en vista de que a Marzo ya no le quedaban muchos días, cuando vi que la pantalla del teléfono me mostraba un número largo, pensé que podría ser del hospital. Pero en ese momento a mi teléfono le dio por ponerse en huelga, y me cortó la llamada él mismo. Eran como las 11 de la mañana, yo estaba en la tienda, y me entraron ganas de agarrar el primer martillo que se me viniera a la mano y darle un buen martillazo a ese teléfono inoportuno. En lugar de eso, cogí el cable y lo puse a cargar, porque estaba un poco flojo de batería el pobre, ya que si me liaba a martillazos, iba a ser difícil que me volviesen a llamar, mientras que cargándolo, facilitaba las cosas. Esto demuestra que, generalmente, intentar que todo esté en las mejores condiciones, sirve mejor para conseguir lo que quieres que actuar con agresividad y violencia.

Sería la una y cuarto cuando me volvieron a llamar. Y sí, era del Hospital. “Es un poco precipitado…” me dijo la secretaría, en tono de disculpa, “pero es que ha quedado un quirófano libre”. “No te preocupes por la precipitación, que yo soy autónomo y en un momento echo el cierre y me voy para el hospital.” “Pues tenemos un quirófano para el miércoles día 20”.

Yo, que normalmente no sé en qué día vivo, y cuando estoy nervioso lo se menos todavía, pensé que en realidad no era tan precipitado. Cuando me dijo que tenía que ingresar el lunes, entonces me di cuenta de que estábamos hablando de la semana que viene. Era jueves. La operación era para el miércoles. Es decir, en menos de una semana iba a estar operado.

Ahí sí que me puse nervioso. La secretaria me avisó de que me llamarían de cirugía plástica para darme los datos, que hiciera el favor de tener el teléfono operativo ¡Claro!  ¡El personal administrativo de los hospitales trabaja por las mañanas, y la mañana del jueves ya se había acabado, así que sólo quedaba la mañana del viernes para que me avisaran! ¡Un solo día laborable antes de ingresar! Eso significaba que… tenía que dejarme las cosas pendientes listas en un día y medio. Como si los nervios por la operación no fuesen bastante por si solos.

Un rato más tarde, el mismo día, me llamaron para confirmar el ingreso. Tengo que ingresar el lunes a las 4 de la tarde. Lo que significa que el lunes por la mañana ya no podré trabajar, ya que si quiero llegar a las 4 a Málaga, debo coger el autobús por la mañana. A las 10:30, concretamente.

Nervios creciendo. En el camino a mi casa iba contando lo de la operación a algunxs amigos por whatsapp, con lo que no prestaba demasiada atención al tráfico, y no me atropelló ningún coche de milagro.

También empecé a pensar. Pensé en qué sentiría cuando me viese sin pecho por primera vez, y recordé las grandes frases de alivio que había leído en foros, hace tiempo. Pero eran frases de gente que realmente necesitaban deshacerse de esa parte de sus cuerpos como única manera de entender su identidad. Para ellos, los pechos era agobiantes, humillantes, una especie de esclavitud que a duras penas podían soportar. Para mí, las cosas no son así.

Entonces me asaltó la duda ¿Y si yo no sentía ese gran alivio? ¿Y si en realidad no me sentía identificado con lo que veía en ese momento? ¿Y si era una especie de shock que no sabía manejar? Realmente pienso que mi deseo de esta operación no viene de mi interior, sino de fuera. Si yo pudiese ir a la playa, o quitarme la camiseta en público, o cambiarme en un vestuario, o nadar en una piscina, o no tener que preocuparme de si se nota o no se nota… seguramente no me operaría. Si el verme sin camiseta no supusiese una especie de trauma psicológico a las personas con las que he tenido relaciones sexuales (son pocas, son pocas, que dicho así parece que esté todo el día de picos pardos, y no), y mis pechos no fuesen algo que debo esforzarme por ocultar al mundo, probablemente no sentiría ninguna necesidad de librarme de ellos. Pero las cosas son como son, y realmente quiero operarme. No con obsesión, no desesperadamente, pero sí con firmeza. Tal vez en el futuro mucha gente decida no operarse, porque esta necesidad que viene del exterior no exista, pero hoy en día, esto es así.

El pensamiento no dejó de darme vueltas en la cabeza, pero iba acompañado de otros muchos más pensamientos. Contárselo a mi madre, que se lo ha tomado muy bien, dentro de la lógica preocupación que es que operen a un hijo (ese sería otro motivo por el que desearía no tener que operarme… no preocupar a mi familia). Qué y como tengo que preparar las cosas. El trimestre se acaba en abril, así que debo dejarme las cuentas hechas para poder presentarlas en hacienda por internet cuando llegue su momento. Recoger el ordenador, que estaba en el técnico. Ir a la policía a resolver una cosa que ya contaré más adelante. Ponerme la inyección de testo, que tocaba justo ese día. Cargar libros en el lector de libros electrónicos. Luego me ha dicho mi madre que mejor me lleve el mp5, que ya no uso, en vez del Kindle, no vaya a ser que me lo roben… y como lleva toda la razón, pues lo voy a hacer así ¿Me llevo el ordenador? Por la misma regla de tres, ni ordenador, ni netbook ¿Y qué hago con las clientas de la.trans.tienda que tengo por responder, o con las consultas que me lleguen? Pues es un problema ¿no? Por cierto, si estoy de baja, no puedo trabajar, pero el sistema de recepción de pagos está automatizado. Otra cosa que hay que resolver, ya que puedo cobrar, pero no puedo realizar envíos. A ver si me van a multar por trabajar estando de baja…

Mil cosas. Al final del día, por fin me senté un rato a ver una serie. Mientras la veía, bajé la vista y vi el bulto de mi pecho, disimulado por la camiseta compresora, pero todavía ahí, y sentí un leve picor de disgusto. No fue una sensación consciente, sino una especie de subrutina que se estaba ejecutando en la parte “de atrás” de mi mente. Un pensamiento que normalmente me habría pasado desapercibido… pero esta vez no. Esta vez no, porque en unos días, eso ya no estará ahí, y ese pensamiento reflejo será una sensación de alivio. La subrutina del disgusto dejará de existir. Me voy a sentir liberado.

Es un poco absurdo todo. Realmente, más que los pechos, es como si fuese a extirparme los problemas. No los resuelvo, me los hago cortar por un cirujano, y lo peor es que no hay otra manera de hacerlo, o si la hay, yo la desconozco (bien, podría aprender a tomármelo de otra manera, y hacer que la opinión que los demás tengan sobre mí no me importase, pero creo que aún estaría mi opinión sobre mí, que fue la que sentí esa noche, estando a solas en mi casa, sin hacer nada especial).

Voy a estar un tiempo sin ordenador, pero intentaré postear algo en cuanto me sea posible. Con fotos.

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Visita psicóloga, endocrina y… ¡sorpresa!

El martes pasado me tocó ir a la UTIG para una revisión. Las revisiones son cada seis meses (más o menos) e incluyen, como mínimo, una visita a la endocrina y otra a la psicóloga (sin contar las otras veces que tenga que ir para hacerme, por ejemplo, análisis de sangre u otras pruebas que sena necesarias).

Lo de ir a ver a la endocrina… es obvio, teniendo en cuenta que estoy en tratamiento con testosterona. También, una vez al año, tengo que ir a ver a mi otra endocrina que me controla como voy desde que me operé del estómago. Son gajes que tienen los tratamientos médicos… que hay que ir a ver al médico con cierta frecuencia para que te vaya diciendo como estás.

Lo de ir a ver a la psicóloga, creo que va «de serie». Los protocolos de atención a la transexualidad incluyen «terapia psicológica», y sospecho de que entra en el pack de manera irremediable, quieras o no quieras. Tengo que reconocer que en realidad no está mal contar con el apoyo de una psicóloga… por ejemplo, en esta ocasión yo lo necesitaba, y pasar por la consulta de Trinidad me ha resultado muy útil. Pero me gustaría mucho, mucho más, si esto no fuese como las lentejas, que, aunque dicen si quieres las comes, y si no, las dejas, ocurre que habitualmente este refrán te lo dice tu madre para comunicarte que te las tienes que comer sí o sí. Vamos, que lo ideal sería contar con el apoyo psicológico, pero que si quieres vas, y si no, pues no vas. También es verdad que si entras en la consulta y le dices a Trinidad que estás bien, saldrás de allí casi tan rápido como entraste, de modo que si formalmente no es opcional, materialmente sí lo es.

Como se ve, estoy mucho menos beligerante con la UTIG de lo que solía. No es raro: lo que ahora recibo de ellas es lo que quería recibir desde el principio: atención médica, orientación piscológica y eventualmente cirugía. El trato que tengo ahora es muy amable, interesado, e incluso participativo. Se me pregunta como estoy y qué necesito. Se me dan explicaciones claras y detalladas, se tienen en cuenta mis percepciones (por ejemplo, al comentar a la endocrina que noto que la dosis me va un poco corta me dijo que podía deberse a que, en efecto, me fuese corta, pero que también pasa que al principio del tratamiento se tiene esa sensación, y con el paso del tiempo va desapareciendo. Aprovechando que estoy cerca de la próxima inyección, me pidió un análisis, me indicó que no debía «juntar» las inyecciones por mi cuenta, y que llamara por teléfono para, en función de los resultados, juntar las inyecciones un poco), se me pregunta qué clase de tratamiento quiero, dentro de los que ofrecen… Vamos, todo excelente.

¡Pero yo necesitaba todo eso hace un año! Cuando llegué por primera vez estaba muy preocupado, asustado, perdido, y tratando de manejar una situación muy difícil para la que nadie me había preparado (es más, había aprendido que esa situación no debía llegar a darse nunca jamás de los jamases). Ahora necesito todo lo que me están dando, pero antes lo necesitaba todavía más. No es justo tener que «ganarte» un «certificado de calidad» en base a unos criterios y procedimientos que desconoces para poder recibir los servicios que estás necesitando.

Ahora entiendo por qué, en los pasillos de la UTIG se puede ver que hay tres tipos de pacientes: los que aún no reciben tratamiento, nerviosos y tristes, y los que sí lo recibimos, que oscilamos entre el buen humor por nuestros progresos y el aburrimiento de las revisiones rutinarias. Yo estoy en la fase del bueno humor, pero eso no sirve para que olvide o perdone todo lo anterior. (Echo la culpa de todo, o al menos el 80% a que la transexualidad se considere todavía como una enfermedad mental: hasta que no recibimos el «aprobado» no somos gente de fiar.)

Volviendo al tema… como ya he dicho, esta vez me fue muy útil la consulta de la psicóloga. Luego, pasé a ver a la endocrina. Le comenté los problemas ulceriles que he estado teniendo, comentamos como me iba llendo el tratamiento, los resultados de los análisis… Finalmente me preguntó cómo me sentía yo respecto a los cambios que estaba habiendo en mi cuerpo, y le dije que estaba muy contento (que es la verdad). Entonces me comentó que quizá había llegado la hora de plantearme la cirugía de pecho, si es que yo quería operarme (además, cosa muy importante, recalcó la voluntariedad de la operación, preguntando directamente «¿quieres operarte?»). Como yo sí quiero operarme, me faltó tiempo para decirle que sí. ^_^

Además de todo esto, me hizo una revisión física que, por si otros pacientes de MªCruz Almaraz se lo están preguntando, tiene el requisito indispensable de quitarse la ropa. En mi caso tenía un componente «vergonzante» añadido en forma de padawan: un estudiante muy guapo (como todos l*s estudiantes que van por allí… no sé que les darán de comer en la facultad de Medicina de Málaga, pero si lo llego a saber, habría ido más amenudo cuando estudiaba en el campus de Teatinos), y muy probablemente, gay, que andaba por allí escuchando todo, viendo todo y sin decir ni pío. Por suerte, a mí no me da mucha vergüenza desnudarme donde haga falta, así que no pasé un mal trago.

El siguiente paso: ir a sacarme sangre. No sé cuantos tubitos me sacaron, pero tampoco es que me importe. He sido donante de sangre… y he tenido una vía enganchada a la vena yugular durante cinco días, así que ya estoy bastante curado de espanto en lo tocante a pinchazos en las venas. De todas formas, un poco aprensivo sí que soy todavía, pero el truco (para mí) consiste en no mirar lo que me hacen, y mientras, que me den conversación.

Último paso: ir a pedir hora con el cirujano. ¡¡Por fin!! ¡¡Cirujano!! ¡¡Mastectomía!! ¡¡Viva!! Lo que no me esperaba era que me diesen la cita para el día siguiente. Como la encargada de las citas me vió dudar, me comentó que podía darmela para otro día «a partir de mañana, el miércoles que quieras». Yo recordé que el miércoles había quedado por la mañana con mi hermana, y por la tarde para una reunión de Conjuntos Difusos, pero… pero… «no, no, mañana está bien.» No fuera a ser que alguien cambiara de idea.

Hasta ahí todo bien. Lo difícil era… lo de siempre: contárselo a mis padres. Se lo dije a mi madre, cuando nos quedamos solos después de comer. Ella se puso muy triste e intentó convencerme de que no me operase, pero, las cosas como son, lo intentó con bastante menos entusiasmo y convicción con que hacía este tipo de cosas al principio. Aún así, me quedé preocupado. ¿Qué reacciones vendrían después? ¿Enfado? ¿Rechazo? ¿Incomprensión?

Como viene siendo habitual en mis relaciones con mis padres respecto a este tema, no di ni una. Parece mentira que, mientras en otras cosas soy capaz de prevér su reacción al milímetro, con esto no acierto ni de lejos. Cuando volví a casa por la noche, el trato volvía a ser normal, como si nada, y al día siguiente, fue aún mejor. Pero eso queda para la próxima entrada.

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