Archivo de la etiqueta: F2M

Mastectomía bilateral (y IV)

Empiezo contando que ya estoy de alta. La parte buena es que… bueno, que ya estoy de alta, o sea, que estoy bien para trabajar y eso (aunque todavía con leves molestias, pero eso sólo se quita cuando se empieza a hacer vida cotidiana, es una fase que hay que pasar en la mayoría de las cirugías). La parte mala es que tengo menos tiempo para escribir (además, ya mismo empiezan los exámenes de la universidad…). Me faltaba hablar del postoperatorio… Cuando me desperté de la operación tenía una vía en la mano, que me introducía suero (la misma vía a través de la que me pusieron la anestesia), dos drenajes, uno en cada herida, para que fuese saliendo la sangre, y un dolor de garganta importante que era la combinación del incipiente resfriado y la intubación para la anestesia. No me dolía nada más. Me encontraba bien, no tenía esa molesta sensación de resaca que he tenido otras veces al despertar de la antesia… todo estupendo. Unas horas más tarde me dejaron beber una manzanilla que me sentó estupendamente (el otro chico, en cambio, se encontraba un poquito peor que yo y la vomitó… son cosas que dependen de cada persona). También pude cenar (y por una vez, la comida que me pusieron no era repugnante). A mitad de la tarde llegó uno de los momentos cruciales de cualquier post operatorio: la hora de orinar. Quien no se haya operado todavía con anestesia general, no sabrá que una de las cosas más difíciles del mundo es mear después de una operación. Es uno de los efectos de la anestesia, que además está agravado porque normalmente no estás en condiciones de levantarte de la cama, y tienes que hacerlo en una cuña (un orinal, para entendernos). Hasta el día de hoy, yo no he sido capaz de mear tumbado. Así que cuando ya llevaba como media hora con el cacharro puesto debajo del culo, se hizo evidente que me iba a tener que levantar. Se lo comentamos a la enfermera que vino a llevarse el vaso de la manzanilla, quien nos pidió que mejor no me levantara, pero como me encontraba tan bien, decidimos correr el riesgo por nuestra propia cuenta. Lo “gracioso” de los drenajes es que los llevas colgando, como si fueses un árbol de navidad, y si te levantas de la cama, te los tienes que llevar contigo. Por suerte, mi padre ya es un experto en colocar drenajes en el palito que se usa para sujetar el suero, que, por cierto, también llevaba colgando. Con todos mis complementos a cuestas, y la ayuda de mi madre, conseguí llegar al cuarto de baño, sentarme en el trono y allí, con la ayuda del agua del grifo corriendo, conseguí alcanzar el estado de gracia e iluminación que me permitió vaciar la vegiga por fin. Las dos o tres veces siguientes todavía me costó un poco (y tuve que llevar los “adornos”) pero ya fue menos. Me quitaron los drenajes al día siguiente, ya que casi no estaba sangrando. El momento de quitar los drenajes no es doloroso, pero sí que da un poco de impresión, sobre todo el primero, que no conseguí coordinarme con la enfermera en la respiración. En cambio con el segundo sí lo hice bien, y casi ni lo noté. En cambio, de la vía no pude librarme hasta el dia siguiente, y la vía… duele. La vía era en realidad una especie de grifo pequeñito que se conecta directamente a la vena del dorso de la mano, con una aguja muy larga y gordita. Es incómodo de llevar, y como yo soy muy aprensivo, casi prefería ni mirarlo. A veces pensaba “¿y si por accidente me engancho en las sábanas y se abre el grifo…?” pero nunca he oido de nadie que le pasara algo así, por lo que los pensamientos no iban más allá. Lo peor era que, pasadas las primeras horas, la mayor parte del tiempo no hacía falta ponerme medicamentos, pero cuando me los ponían (antibióticos y calmantes para el dolor)… dolía. Podía elegir entre que el gotero fuese despacio, y fuese una molestia leve, pero prolongada, o que el gotero fuese rápido y me doliese más, durante menos tiempo. Una vez me lo pusieron tan rápido que el dolor se extendía hasta el codo, como una aguja que me atravesase por dentro, pero encontré una manera de poner el brazo que me molestaba menos. Así que cuando el médico me dijo que me lo quitaba, no di saltos, porque no podía. El segundo día me dieron de alta. En teoría tenía que estar 5 días, pero yo me encontraba bien, los médicos decían que todo estaba bien, y ni mis padres ni yo teníamos ganas de estar en el hospital si no era estrictamente necesario. Además, empezaba la semana santa e iban a cerrar esa planta para ahorrar. Durante la primera semana en casa de mis padres, no me podía duchar. Me duchaba yo mismo, pero sólo de cintura para abajo. De cintura para arriba me tenía que lavar mi madre. Al final teníamos ya un arte con el lavado de cabeza en el lavabo que daba gusto. El encargado de hacerme las curas era mi padre. Durante la primera semana llevaba dos algodones liados (como si fuese un caracol) sobre los pezones, y los íbamos empapando de betadine. El médico nos dijo que “ahí, ni tocarlo”. Es la zona más delicada, los “injertos”. Un amigo dice que la cirugía moderna consiste, básicamente, en cortar y pegar tejidos, pero a mí me sigue pareciendo alucinante que se pueda coger un pezón, recortarlo, cambiarlo de sitio, coserlo, y que se pegue. Un injerto, en el sentido totalmente tradicional y campestre de la palabra, igual que se hace con los geranios o los rosales. Después de la primera semana, me quitaron los caracoles de los pezones, y unos puntos de papel que llevaba en los cortes de abajo (no lo he explicado, pero me han hecho dos cortes con forma semicircular, desde debajo de la axila, hasta casi el centro del pecho, de unos 20 centímetros cada uno) por lo que ya podía ver la herida. En cambio, me dejaron todos los demás puntos, aunque ya podía empezar a ducharme (sin frotar, sólo dejar correr el agua por encima). El cada pezón llevaba 14 puntos, y en las heridas de abajo, ni idea, porque son puntos intradérmicos, que se hacen con un hilo transparente que parece hilo de pescar, y que puede ser absorbido por el cuerpo. Otra cosa increible, que se puedan hacer puntos por debajo de la piel. Por arriba tenía dos o tres, pero a penas sobresalían. Los pezones estaban negros, pero como al otro chico que se operó a la vez que yo ya le habían avisado de que estarían así, y que luego iban cambiando de color poco a poco, no me preocupé. Mi padre seguía curándome. Me miraba los pezones y ponía mala cara… y yo no me atrevía a preguntar. Yo tenía que hacer el esfuerzo de recordar que el médico y la enfermera se habían echado a reir cuando les pregunté si no se me caerían (a otro amigo, cuando lo preguntó, el médico le dijo “no te preocupes, que si se te caen, no te dolerá”. Que guasón el tipo… y que mala leche. Era un cirujano de Barcelona, pero se diría de Graná, por la mala follá). Empezaron a caerse trocitos negros, que se quedaban pegados a la venda al quitarla, y mi padre seguía poniendo mala cara, hasta que alrededor del día 13, empezó a poner, por fin, buena cara. Según me explicó después, al principio estaba preocupado porque cuando veía que se desprendía algún trocito, debajo estaba todo negro. Era una piel muerta, que no había agarrado todavía. Pero ese día, se desprendió un trocito y salió una gotita de sangre… es decir, que ya había riego sanguineo, es decir, que el tejido estaba vivo. Desde ese momento, debajo de la piel negra que se caía iban apareciendo retalitos rosados. A esas alturas, los puntos me tenían amargado. Seguramente lo habría pasado mucho mejor si no hubiese cogido un resfriado terrible y no me hubiese pasado esas dos semanas con una tos que parecía que iba a echar los pulmones por la boca. Si ya por si solos, los puntos molestan cada día un poco más, cuando tienes tos, mejor ni hablamos. Por fin, a las dos semanas, me quitaron los puntos de los pezones, y me cortaron las partes externas de las suturas intradérmicas, que se aflojaron y dejaron de molestar. A partir de ese día, ya no sólo podía dejarme caer el agua, sino que incluso podía frotar. Me recomendaron echarme vaselina en los pezones, si quería que las costras se me cayesen más rápido (pero no me eché, porque se cayeron muy rápido solas), aceite de rosa mosqueta sobre las cicatrices, y mucha crema hidratante. Descubrí que la crema hidratante me aliviaba los picores que sentía por debajo de la piel, así que me echaba dos veces al día… una maravilla. La faja me molestaba, pero lo cierto es que me sujetaba bastante la zona, y un mes y medio más tarde, me siento más cómodo todavía con ella que sin nada. Al día siguiente de quitarme los puntos, empecé a ir a caminar con mis padres, que todos los días hacen un paseo de una hora hasta el pueblo de al lado. Antes, no me sentía capaz de ir, ya que tenía que caminar con mucho cuidado, porque el simple golpeteo del cuerpo sobre el suelo hacía que los puntos me tirasen, pero en cuanto estuve “libre de ataduras” pensé que me convenía moverme, aunque fuese un poco. Además, el paseo es muy bonito, y en llano, por lo que resulta fácil de hacer. La diferencia de dolor entre el día antes de empezar a caminar y el siguiente día, fue increíble. No me dolía ni la mitad. Así que, como es lógico, me aficioné a los paseos. En cuestión de tres o cuatro días, ya me encontraba muy bien. A partir de ahí la mejora fue tan rápida, que más que de baja, parecía que estaba de vacaciones. Cuando estaba sólo y hacía buen tiempo, me salía un ratito a la amplia terraza del ático, sin camiseta, y simplemente disfrutaba del sol y el aire mientras miraba el mar (sólo unos minutos, eso sí, que el sol no es nada bueno para las cicatrices). Eso sí, no cogía peso, ni movía los brazos. Fue la principal recomendación que me dieron los médicos. Durante la primera semana, por aquello de no molestar, hice pequeños movimientos, como levantar una silla, coger una botella de dos litros, llena… y como resultado, el pecho se me inflamó. Cuando fui a la primera revisión, el médico me explicó que a causa de la operación el músculo se había quedado suelto, y al moverme, formaba agua que se quedaba debajo de la piel. Así que ¡nada de moverse ni de coger peso! ¡Ni siquiera un poco! A partir de ese momento, tuve todavía más cuidado, pero por culpa del líquido, se me empezaron a formar arruguitas de piel alrededor de los cortes de debajo. Al ponerme las vendas de compresión o la faja, la piel, que estaba suelta, se fruncía de manera casi inevitablemente, y se formaba ese fruncido, que se acentuaba por las estrías que tengo en esa zona. Durante la tercera semana el lado derecho del pecho se me empezó a desinflamar, pero la inflamación del lado izquierdo no terminaba de quitarse… debido a que cuando estudiaba, me sujetaba la cabeza con la mano izquierda, y ese pequeño gesto, me estaba fastidiando. Al bajarse la inflamación, las arrugas del lado derecho se quitaron, y se quedó perfecto, pero la arruga más profunda del lado izquierdo, permanecía. Empezaba a pensar que se quedaría así, hasta que ayer (¡seis semanas después de la operación!) me di cuenta de que la inflamación de esa zona también está bajando y se está quedando también bien ¡Menos mal! En cuanto a las cicatrices… Los pezones, al principio, se me quedaron de dos colores, rosa clarito, y el color normal. Poco a poco el color se va igualando, y en los bordes… ¡No se ve nada! Ni siquiera se ven los típicos agujeritos que dejan los puntos. Debían estar cosidos justo, justo en el borde, o qué se yo… porque no me lo explico. No se ve nada de nada… Las cicatrices de abajo todavía están muy rojas, pero parece que apenas se han ensanchado (las cicatrices, una vez curadas, pueden ensancharse, a veces incluso un centímetro, haciéndose más visibles. Usar la faja durante dos meses reduce el ensanchamiento al mínimo), por lo que es posible que a la larga se vuelvan casi invisibles. Debajo de la axila izquierda sí que se me ha ensanchado un poco (por si alguien se lo está preguntando, soy ambidiestro con preferencia por la diestra, así que uso ambos brazos más o menos por igual). Un mes justo después de la operación, regresé al trabajo, y aunque al principio me cansaba o me resentía de hacer las cosas normales (limpiar, colocar, etc…), cada día he estado mejor que el anterior, y ahora prácticamente ya no tengo más que una ligera molestia de cuando en cuando.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

26-01-2012 Antes del tratamiento.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

17-03-2013 Tres años de tratamiento con testosterona.

Tres semanas después de la operación.

Tres semanas después de la operación.

6 semanas tras la operación

6 semanas después de la operación

 

 

 

 

 

 

 

Los consejos que daría a alguien que se vaya a operar serían:

  • Los pezones no se caen.
  • No muevas los brazos. En serio, no los muevas.
  • En cuanto te sea posible, ponte mucha crema hidratante por todo el pecho.
  • Lleva la faja durante dos meses, si te es posible.

Estoy muy contento del resultado, y creo que los cirujanos del Carlos Haya no tienen nada que envidiarle a ninguno de los supuestos “mejores cirujanos” de España. El único motivo para operarse por privado es, en mi opinión, no estar dispuesto a esperar los dos años de lista de espera, y no querer pasar por toda la tortura y humillaciones previas en la UTIG (también conocidas como “evaluación psicológica”). Bueno, y tener dinero para pagarse la operación, claro está, aunque ese que no es mi caso.

Deja un comentario

Archivado bajo Médicos, Uncategorized

Visita a la ginecóloga

Hay un momento en la vida de un hombre transexual en la que tiene que decidir si se somete a una extracción de ovarios y útero (histerectomía, para entendernos, aunque creo que la histerectomía en si sólo incluye el útero… si alguien lo sabe y me saca de la duda, se lo agradecería). Este momento ocurre la primera vez que tu médico te habla sobre ello y tú tienes que pensar «me opero», o «no me opero». Lo bonito de este asunto es que si te decides por «me opero» ya nunca podrás cambiar de opinión, mientras que si te decides por «no me opero», podrás volver a dedicir en el futuro, cada vez que quieras.

Creo que no he explicado aquí por qué no me quiero operar (o puede que sí), pero mi decisión, en este momento, es «no me opero». Tanto una cosa como la otra, tienen sus riesgos (decididamente, voy a escribir un post sobre el tema, a ver si durante esta semana me da tiempo), y cuando hablé sobre ello con mi endocrina de la UTIG me comentó que la decisión estaba en mis manos, pero que dos de los pacientes de allí habían tenido cáncer de ovario… cosa que es imposible que ocurra si no tienes ovario porque te lo han extraído. Así que si no me quiero operar, vale, pero en ese caso sería conveniente que me hiciese revisiones ginecológicas de vez en cuando.

Como los consejos de los médicos me los tomo muy en serio (para eso ellos han estudiado medicina y yo no), me hice el firme propósito de hacerme una revisión ginecológica, y me puse una fecha «límite»: cuando consiguiese el nuevo DNI. Porque los médicos te tienen que tratar igual de bien si tienes el DNI como si no lo tienes, pero está claro que si lo tienes, la protección legal es mayor y de más fácil de solicitar. NO SIGNIFICA que si no tienes el DNI no dispones de protección alguna. Simplemente, si lo tienes, la protección es mayor.

Así que primero conseguí el nuevo DNI, y luego la tarjeta sanitaria, que me dio algunos problemas, y, finalmente, cuando fui a mi médico de cabecera para que me metiese en la nueva tarjeta sanitaria las recetas de testosterona, también le pedí que me enviase al ginecólogo para una revisión.

Tengo que decir que, al parecer, en la UTIG de Málaga hay un ginecólogo, del que personalmente nunca he tenido noticias, y al que nadie me ha enviado a ver nunca, pero que aparece en todos los documentos que la UTIG publica sobre si misma como una prestación sanitaria. Según he escuchado por ahí, la misión de este señor (o señora, que no sé si es un hombre o una mujer) es hacerte una revisión justo antes de que te operes de histerectomía, y no mientras no te vayas a operar. En cualquier caso, no es algo que me preocupe mucho. No tengo ningún interés especial en que me visite un médico que trabaje en la UTIG. Es más, prefiero que no lo haga. El personal que trabaja allí no ha demostrado ni tener más sensibilidad, ni conocimientos, ni buen trato, que los médicos que me han atendido en otros sitios. Generalmente la atención ha sido tan buena como en otros sitios (por ejemplo, estoy muy contento con mi endocrina, aunque me consta que otra gente no lo está), y en ocasiones, ha sido peor. Entonces ¿para qué perder una mañana de trabajo, y recorrer cientos de kilómetros?

En mi centro de salud me dieron cita para 3 semanas después, a la 16:15 de la tarde. Una hora estupenda, fuera del horario comercial, que me permitiría llegar a tiempo, después de comer, y salir también con tiempo de abrir mi tienda como cualquier otro día.

Me olvidé del asunto (más bien, procuré no pensar mucho en ello) hasta el día de antes. De hecho, para no pensar mucho, ni siquiera lo comenté con mis amigxs. Sin embargo, el día de antes empecé a ponerme un poco nervioso, y me preparé la manera en que podría abordar al ginecólogo o ginecóloga, para explicarle de manera correcta lo que quería, y no darle lugar a hacer preguntas que me pudiesen molestar.

Tengo que confesar que en mi interior ya estaba disfrutando de manera anticipada del susto que le iba a dar al pobre ginecólogo o ginecóloga (no sabía lo que era, porque en las hojas de la cita no pone el nombre del facultativo que te va a atender… me gustaría saber a qué se debe eso, especialmente cuando la ley señala como deber de los pacientes conocer el nombre de su médico). Me imaginaba que daría un salto en la silla, o pondría cara de confusión, o intentaría disimular su sorpresa… en fin, ese tipo de cosas que pasan. Y es que, en el fondo, me gusta provocar. Un poco. Bueno, bastante.

Otro pensamiento que se me venía ocurriendo era que uno de los problemas de las visitas al ginecólogo es que tienes ahí a una persona que no te agrada, hurgándote en partes que… bueno, son privadas ¿no? Quizá si los ginecólogos fuesen todos muy guapos, las mujeres y los hombres trans gays o bisexuales, iríamos con más alegría a las consultas. A lo mejor mi ginecólogo se parecía a Iker Casillas, o a Angelina Joolie… Si fuese así, me iba a sacar un abono para ir a visitarlo 10 veces al año 🙂

Sin embargo, como suele ocurrirme con estas cosas, no di ni una en mis previsiones. La ginecóloga era una señora de unos 50 años, gordita, que no me pareció atractiva (¡Pero tampoco repulsiva! Simplemente, no está dentro de mi rango de edad), e increíblemente amable. Cuando entré, le dije que soy un hombre transexual y llevo 3 años en tratamiento con testosterona (así, todo seguido, para no darle lugar a pensar que un hombre transexual es una mujer transexual, como suele creer la mayoría de la gente), pero que, de momento, no tengo previsto operarme de histerectomía, por lo que mi endocrina me había recomendado que me hiciese una revisión ginecológica, a ver si estaba todo bien, aunque seguramente los órganos estarían bastante atrofiados.

La ginecóloga tuvo la desfachatez de no asustarse ni un poquito. En realidad, me dio la sensación de que, o bien conocía ya a alguna persona transexual, o bien había leído cosas y no conocía a nadie, pero estaba sensibilizada con el tema. Porque sabía de qué le estaba hablando, pero se la notaba insegura al hablar, como sintiendo que pisaba sobre terreno poco firme… es decir: sabía cosas, y también sabía qué cosas no sabía, que es algo mucho más difícil, y que requiere haber pensado bastante tiempo sobre un asunto.

Me trató con muchísima amabilidad y respeto. De todas las veces que he ido al ginecólogo, es la que menos daño me han hecho, ya que como no sabía muy bien donde estarían mis órganos (al estar atrofiados), iba con un cuidado excepcional. En cuestión de 10 minutos ya estaba listo. A falta de los resultados de la citología, me ha dicho que estaba todo bien, y que hasta dentro de un par de años o así, no hace falta que me haga otra revisión.

Así que 10 minutos y listo. A quince minutos de mi casa, sin tener que dejar mi trabajo. Mucho menos molesto que tener que ir hasta Málaga para que me atienda un médico de la UTIG. Definitivamente, la descentralización de la atención médica a las personas transexuales, no sólo es posible, sino imprescindible.

También, mucho menos peligroso, doloroso y costoso que tener que someterme a una cirugía y estar varios días de baja. Sin cicatrices, y sin tener que renunciar a mis derechos reproductivos. Creo que de momento, paso de esa operación. En el futuro, ya veremos, pero ahora… ni de coña.

3 comentarios

Archivado bajo Médicos

El regalo de reyes

Ayer fue el día de reyes. Mis padres vinieron en la víspera, para ir a ver la cabalgata. Ahora mismo no tenemos niños en la familia (desde hace muchos años, y creo que todavía faltan muchos años también para que lleguemos a tenerlos, si los tenemos alguna vez), pero nos gusta ver la cabalgata igual. Ponemos los zapatos en el balcón, y no abrimos los regalos hasta el día siguiente. El día 6 comemos juntos, como en navidad o año nuevo. Luego, mi madre hace desaparecer con extraordinaria eficacia todos los adornos navideños de la casa, porque le da pena verlos cuando se acaba la navidad. Mañana yo haré lo mismo en la tienda, donde me esperan dos meses duros de no vender nada y pasar algo de frío.

A las seis y media de la tarde, mis padres se volvieron a la casa donde viven ahora. Se despidieron de mí, y me quedé trabajando frente al ordenador (para no variar, claro). Entonces, escuché que mi padre se despedía del perro, más o menos así:

– Nosotros nos vamos, pero tú te tienes que quedar. Pero te quedas con Pablito, que también te atenderá muy bien.

Entonces, fue cuando me di cuenta de que, de verdad, era el día de Reyes. Una sola palabra, era quizá el mejor regalo que podía pedir, y por fin, después de tantos años esperando, me lo han traido. No es sólo que mi padre haya empezado a llamarme Pablo (no siempre lo consigue, pero se nota que se esfuerza mucho en ello, y, sobre todo, ya no me llama Elena, ni me trata en femenino tan tranquilamente, como si nada…), sino que lo hace cuando no estoy yo delante, ni tiene ninguna importancia.

Y es que a la hora de aceptar el género de las personas trans, hay tres fases: la de no aceptación, la de «aceptamos pulpo» (como animal de compañía), y la de aceptación de verdad. «Aceptamos pulpo» es cuando la gente te trata de una forma cuando estás delante, y de otra forma distinta cuando no estás. Cuando estás delante, eres él, y cuando no, eres ella otra vez. A mí con eso ya me llega (no pido mucho), pero me hace muy feliz cuando me doy cuenta de que la gente a mi alrededor va pasando a la fase de aceptación de verdad, quizá porque no soy un pulpo.

Otras navidades, fue del revés. Escuchaba desde mi habitación como mi abuela, al hablar con mis padres, me llamaba Elena y me trababa en femenino, porque no quería disgustarlos a ellos. He maldecido muchas veces tener el oído tan fino que escucho muchas cosas que la mayoría de la gente no puede escuchar (no veo un pimiento, pero escucho la mar de bien).

Mi madre, además, se ha pasado decididamente a tratarme en masculino. Antes tenía dudas, o iba alternando (para mí, ya era mucho, se que le cuesta un gran trabajo). Así que puedo decir que, por fin, mis padres me apoyan. Poder decir eso, es mucho decir.

2 comentarios

Archivado bajo Parientes y amigos

Proyecto Gloria

En el día mundial del VIH-SIDA, me gustaría que conocierais al Proyecto Gloria, una de las organizaciones más altruistas que he conocido. Durante dos años, yo mismo fui voluntario de este proyecto (aunque el grupo está en Madrid, y los contactos sólo eran virtuales), dando asesoramiento y acompañamiento a las personas que lo requerían desde el canal #sida del IRCHispano, con Trankilo-, y una médica muy simpática y paciente, que no recuerdo como se llamaba, y otros amigos y amigas con los que poco a poco perdí el contacto.

En este día, también me acuerdo de mi primer novio. Se llamaba Juan (supongo que se sigue llamando igual) y era seropositivo. Era mayor que yo: yo tenía 17-18 años, él tenía 30-31. Era el año 1997 (unos 10 meses), y él estaba en Barcelona, y yo en Málaga. En aquella época, Internet era algo que existía solo en algunas facultades, y en los carísimos cibercafés. La velocidad de la red de entonces, con modems de 56kb, se consideraría hoy ridícula, hasta de cara a conectarse con un teléfono móvil, aunque en realidad, nadie tenía internet en su casa, así que daba igual. Teníamos que pagar las llamadas de teléfono. Nos gastábamos un pastón. Él estaba en paro: era albañil, y contrabandista de tabaco, pero había dejado la albañilería, porque le daba miedo que perjudicase su salud, y el contrabandismo, porque su socio era su ex-suegro, y claro… ¡Menuda joya de chico fui a buscar! Él mismo me lo decía, y precisamente por eso, me dejó muy pronto. En aquella época no lo entendí, pero ahora que tengo la edad que él tenía entonces, sí lo entiendo, y me doy cuenta de que actuó con honradez. Me dejó a finales de noviembre, y el 1 de diciembre, con todo el mundo hablando del VIH, no podía dejar de pensar en él. La última vez que le vi, le estaban saliendo esas manchas oscuras en la piel. Mala señal. Luego le ofrecieron un tratamiento experimental, que él aceptó, y unos mese más tarde (cuando ya lo habíamos dejado, pero todavía éramos amigos)… ¡Carga viral indetectable! En su casa hicieron una fiesta con champán. Algún tiempo después, dejamos de hablar.

Se ha avanzado y se ha retrocedido mucho en lo tocante a VIH-SIDA. Ahora sabemos como se contagia, y como se previene el contagio. Sabemos como se desarrolla la enfermedad. En los primeros años de Proyecto Gloria, siempre había que lamentar la muerte de algunos compañeros a los que el virus les ganó la partida. Hoy en día, en los países con un alto nivel económico, ya nadie se muere de SIDA. El los países más pobres, sí. Incluso en aquellos países pobres en los que los gobiernos se comprometen a ofrecer tratamientos, estos llegan tan tarde, que cuando por fin comienzan, ya no son necesarios. Aproximadamente desde 2003-2004, morirse de SIDA, pasó a ser «cosa de pobres» en un país como España, en el que empezábamos a creernos ricos. Si la gente ya no se moría de SIDA ¿Para qué hacer campañas de prevención?

También es posible que las empresas farmacéuticas hayan podido convencer a alguien de que es más rentable no invertir en campañas de prevención. La rentabilidad funciona así: el político de turno no invierte en campañas de prevención, y la compañía farmacéutica en cuestión comparte con él los beneficios que obtiene vendiendo sus productos a un número siempre creciente de enfermos crónicos de la Seguridad Social. Todos ganan. En este contexto, la crisis trae una muy buena excusa para recortar en campañas de prevención. Las farmacéuticas estarán encantadas.

Por otra parte, muchas veces el dinero destinado a «campañas de prevención» se ha quedado en asociaciones de gays que compran preservativos, imprimen un par de carteles, y lo tienen todo dentro de su sede. Y digo asociaciones de gays, porque hasta ahora sólo una vez he visto un preservativo femenino en una campaña contra el VIH promovida por una asociación: extremadura entiende, que es una asociación de lesbianas, mujeres bisexuales y mujeres transexuales. Es decir, sin gays.

Las subvenciones de la lucha contra el SIDA, también en países pobres, han servido para proporcionar un medio de subsistencia cómodo a algunos llamados «activistas» que se han lucrado muy bien a base de no hacer lo que se supone que deberían estar haciendo.

Como suele decirse, entre todos la mataron, y ella solita se murió. Por supuesto, hay grupos que trabajan de verdad contra el VIH-SIDA, por ejemplo, Proyecto Gloria, y hay personas que se esfuerzan muchísimo sin obtener nada a cambio. Las subvenciones no suelen ser para ellos, y cuando les llega algo, es el trozo más pequeño de la tarta, si es que hay tarta. Sin embargo, parece que en lo tocante al VIH, como en la mayoría de las cosas, el auténtico problema que lo dificulta todo, es, sobre todo, la codicia, la ambición, y las ganas de aparentar ser más que los demás. Otra enfermedad, que afecta a las personas que no la padecen, y para la que hasta ahora no hay cura.

En fin, poniendo mi pequeño granito de arena, aquí van algunos consejos sobre el VIH que pueden ser útiles para cualquiera:

– Para evitar el contagio, sigue esta regla: si se moja, cúbrelo. La saliva, el sudor y las lágrimas no pueden trasmitir el VIH, pero los otros fluidos corporales, sí. Condones, film de cocina, y guantes de latex, te pueden ahorrar varios disgustos… porque, además, existen otras enfermedades que también son graves, y se contagian con mucha mayor facilidad que el VIH.

– Si has realizado una práctica de riesgo, hazte la prueba del VIH. Haztela a los 3 meses, y de nuevo a los 6 meses. Sí, que te digan que tiene VIH es jodido, pero más jodido es tener en tu cuerpo un virus que te puede matar, y morirte por no saberlo, cuando se podría haber evitado perfectamente.

– Si crees que podrías estar contagiado, además de hacerte las pruebas, no leas nada sobre el VIH. Como decía trankilo- en #SIDA, si lees que el primer síntoma del SIDA es que te sale un grano en el culo, al día siguiente tendrás un grano en el culo. No falla. Deberías haberte informado antes de tener esa práctica de riesgo. Harás bien en informarte después, porque está claro que te hace falta. Pero entre que sospechas que puedas estar infectado, y recibes los resultados, mejor que ni leas, ni escuches nada.

– Si eres paciente de la UTIG de Málaga, que sepas que te hacen la prueba del VIH y de la hepatitis B sin avisar. Desconozco la política que siguen en cuanto a informar de los resultados (creo recordar que hacer esas pruebas sin avisar, no es muy legal, pero no estoy del todo seguro, así que tal vez me equivoque), pero basta con pedir tus análisis para ver con tus propios ojos si estás infectado o no.

Deja un comentario

Archivado bajo Mundo, Reflexiones

He decidido hacer una página a parte dentro del blog con toda la información, ideas y consejos que he ido acumulando después de haber gastado bastante tiempo (y, desgraciadamente, dinero) en probar distintas prótesis de paquete. Si os fijáis, tiene un enlace directo más arriba, pero como puede pasar inadvertida, he decidido publicarla también como una entrada de blog «normal». Así, según vaya completándola (de momento está incompleta), iré añadiendo nuevas entradas aquí, y… bueno, supongo que se verá más todo, y será mejor. Digo yo.

Encontrar la prótesis «ideal» es muy difícil, y generalmente no queda más remedio que ir probando varias hasta encontrar la que mejor se adapte a ti. En general, mi consejo es que elijáis la prótesis más barata.

Nota: algunos de los enlaces que encontraréis son enlaces «afiliados», es decir que si compráis alguna prótesis a través de ellos, es posible que yo me lleve una pequeña comisión (sin que a vosotros se os aumente el precio, claro).

Hay muchos tipos de prótesis, en función de lo que vayáis buscando.

Prótesis de paquete.

La prótesis de paquete sólo sirve para hacer bulto y rellenar los calzoncillos. En mi opinión, una buena prótesis de paquete debe permitir que te sientas cómodo ante las miradas de los demás, lleves la ropa que lleves, ya sea ajustada, holgada, de deporte, etc… Con unos pantalones vaqueros, cualquier cosa que te pongas va a quedar bien. Si te gusta el deporte, la cosa se complica. Si te vas a cambiar de ropa en un vestuario y vas a estar en calzoncillos, peor todavía. E incluso hay quien quisiera tener una prótesis de paquete que fuese tan realista que le permitiese hasta quedarse desnudo sin que nadie notase nada.

Dejando a parte las prótesis ultrarrealistas (y ultracaras) que serían las únicas que te permitirían quedarte desnudo (y sobre las cuales tengo bastantes dudas), creo que buscar una prótesis que te quede bien bajo los calzoncillos o la ropa de deporte no es mucho pedir. Para mí hay tres factores que hacen que una prótesis de paquete quede bien:

  1. Tamaño correcto. Ni muy grande, ni muy chica. Tiene que ser un tamaño que te haga sentir cómodo.
  2. Que tengan los testículos redondos. Cuando haces deporte, los pantalones tienden a «ajustarse»  por esa zona, y si los testículos no son redondos, quedan raros. Por desgracia, hay muy pocas prótesis que tengan los testículos redondos.
  3. Que sea blanda. La prótesis blanda se mueve cuando tú te mueves, produciendo un efecto más natural. Y si te ves atrapado en un metro o autobús super lleno, nadie pensará que vas empalmado por la vida…

Un detalle muy importante: para que una prótesis de paquete quede realmente bien, es necesario llevarla con un arnés. Si la llevas suelta dentro del calzoncillo, se mueve, se cae, se pone del revés, y es un auténtico incordio.

Entre todas las prótesis de paquete que conozco, estas son las que más merecen la pena:

1. La prótesis de paquete casera.

Esta es una prótesis casera que he inventado yo, haciendo pruebas con diversos materiales. Tiene sus ventajas, y sus inconvenientes:

Ventajas:

  1. Es muy barata: cuesta unos 3€
  2. Tiene los testículos redondos y es blanda, por lo que queda muy bien bajo la ropa (siempre que uses arnés).
  3. Es segura y resistente (aunque no lo parezca)
  4. Te la puedes hacer a la medida que quieras.
  5. Se hace con materiales muy sencillos de encontrar.

Inconvenientes.

  1. Es fea. Es muy fea y nada realista.
  2. La tienes que hacer. Es fácil, pero laborioso.
  3. Se va endureciendo poco a poco.
  4. Requiere un poco de mantenimiento.

Si quieres aprender cómo se hace, aquí te dejo un tutorial:

2. Mr. Limpy, la prótesis de paquete «de toda la vida».

Esta es la prótesis de paquete que más suele usar la gente. Hace tiempo Mango, una web de productos para hombres transexuales que fue muy popular en su día y que dejó de funcionar de un día para otro (quedándose, de paso, con 20€ que les pagué por una prótesis que nunca me enviaron). También la podéis encontrar en muchos sex shop online, pero el enlace que yo os dejo va directamente a la web del fabricante, que es en el sitio donde la vais a encontrar más barata. Es barata, cómoda, y tiene un aspecto razonablemente pasable. No te engañes, no sería capaz de superar una inspección más o menos atenta, pero por lo menos más pasable que mi prótesis casera sí que es. Se puede convertir en una prótesis para mear de pie muy fácilmente, aunque eso lo explicaré más adelante.

Las prótesis son estas:

Mr. Limpy extra pequeña
Mr. Limpy pequeña
Mr. Limpy mediana
Mr. Limpy grande

En la web no ponen las medidas, pero mi consejo es que compréis la pequeña. La extra pequeña también puede ser aconsejable, según lo grandes que seáis vosotros. Yo usé la mediana, y de mediana no tiene nada. Me hacía un paquete enorme, hasta el punto de que a veces me daba un poco de vergüenza. También es verdad que en aquella época todavía no usaba arnés. Quizá si lo hubiese tenido, habría estado más contento con la mediana… La que no os recomiendo para nada, es la grande, que es exagerada.

Está hecha de Real Feel Superskin, que es un material con textura muy similar a la piel humana. El problema es que se trata de un material poroso, y con tendencia a ponerse pegajoso y absorber la suciedad. A mí me aconsejaron espolvorearlo con harina de maíz para evitar que se ensuciase, pero el remedio era peor que la enfermedad… al final la dejé tal cual, y aunque se oscureció un poco, me parece que lavándola con agua y jabón se queda limpia.

Ventajas.

  1. Es barata.
  2. Relativamente realista.
  3. Es blandita. Queda bien bajo la ropa (siempre que uses arnés), aunque no tan bien como la casera.
  4. Fácilmente convertible en una prótesis para mear de pie.

Desventajas.

  1. El color.
  2. Los testículos no son redondos. Son semicirculares, y según la ropa que lleves, no quedan bien del todo.

3. Soft pack. Como la de toda la vida, pero en colores.

Si la Mr. Limpy no te convence mucho por el tema del color, la prótesis Soft Pack puede ser una buena opción. Las características son similares, pero está disponible en distintos colores. El problema es que sólo la he encontrado en sex shop de los EE.UU., por lo que la web está en inglés, y no sé si los gastos de envío encarecerán mucho el precio (nunca la he comprado).

Hay sólo dos tamaños (1 y 2), y no hay fotos de la diferencia entre una y otra. Respecto al precio, cuestan casi el doble que las Mr. Limpy, pero el tener un color más «pasable» quizá sea importante para alguien. Después de todo, tampoco se que sean super caras… Eso sí, ten en cuenta que cuando la empieces a usar, se va a oscurecer un poco…

La única foto que podéis encontrar en la web donde comprarla, es esta:

Ventajas.

  1. Relativamente realista, con varios colores para elegir.
  2. Es relativamente barata.
  3. Es blandita. Queda bien bajo la ropa (siempre que uses arnés), aunque no tan bien como la casera.
  4. Fácilmente convertible en una prótesis para mear de pie.

Desventajas.

  1. La web está en los EE.UU.
  2. En la web hay muy pocas fotos.
  3. Los testículos no son redondos. Son semicirculares, y según la ropa que lleves, no quedan bien del todo.
  4. Es más cara que la Mr. Limpy.
  5. No la he probado personalmente.

Con esto y un bizcocho, dejo, de momento, esta página. Según vaya teniendo tiempo, iré añadiendo más cosas. ¡Estén atentos a sus pantallas!

4 comentarios

Archivado bajo Cambios

Cuatro años aprendiendo a vivir.

El 24 de julio de 2008 empecé a escribir este blog con una carta abierta para mi familia y mi novio de entonces. Sólo la leyó uno de los destinatarios, y le hizo más mal que bien. Yo sabía que nunca sería capaz de darles a leer esa carta (y quizá por eso, por mi falta de valor, salí del armario de la peor manera posible), pero necesitaba publicarla. Necesitaba que alguien la leyera.

Luego continué escribiendo, en parte porque continuaba necesitando que alguien supiese lo que me pasaba, en parte porque mis amigos empezaron a leer el blog y servía para explicarles cosas que no sabía decirles de otra forma, y en parte porque había estado buscando blogs de otras personas transexuales cuyas experiencias me orientasen, y no existían, de modo que pensé que ya que no había encontrado las experiencias de otros, otros podrían al menos encontrar la mía. También escribía para ordenar mis pensamientos, para expresar sorpresa por las cosas que me rodeaban, por placer…

A lo largo de estos años he visto nacer y, tristemente, morir, muchas iniciativas de chicos trans que empezaron blogs o canales en youtube con objetivos más o menos ambiciosos. He visto nacer varias veces “el primer canal de hombres transexuales en Youtube”, “la primera web FtM en español”, “la primera comunidad FtM”, “el primer grupo de experiencias FtM de España”, “queremos crear un lugar de encuentro para todos los hombres transexuales de la red”, “vamos a proporcionar toda la información sobre transexualidad”… Es como si cada hombre transexual que inicia su transición tuviese que “descubrir la rueda”. Sin embargo, generalmente no sobreviven más de unos meses.

Cuando empecé a escribir, miraba con ilusión las estadísticas de visitas. 3 o 4 visitas cada día. En ocasiones, 10. Al final del primer año eran 20 ó 30. Al final del segundo año, tenía unas 50 visitas diarias. Al final de este cuarto año, sois unas 150 personas las que me visitáis cada día. Muchas veces, gente con la que hablo me dice “he leído tu blog”, y me da mucha vergüenza, pero me gusta. No aspiro a la fama, ni a convertirme en una referencia de nadie, pero sigo mirando las estadísticas del blog con ilusión. Pienso que, por lo menos, estoy contribuyendo a que no todos tengan que “descubrir la rueda” desde el principio. Eso me hace sentir muy bien.

A todxs lxs que me visitáis, comentáis, agregáis al Messenger o a Facebook, o me escribís correos con mensajes de solidaridad, o con preguntas y peticiones de apoyo. ¡Muchas gracias! Y también… ¡tened paciencia conmigo! No siempre puedo dedicaros todo el tiempo que merecéis y que me gustaría (especialmente, a quienes me agregáis al Messenger, ya que no entro casi nunca). También vostrxs hacéis este blog.

Hoy, cuatro años más tarde, quiero recordar aquel primer día con una nueva carta abierta.

Carta abierta para quien acaba de reconocerse como transexual.

Querido amigo, querida amiga, querid* amig*:

Cuando no me quedó más remedio que reconocer que yo no era la mujer que todos me decían que era, y que yo me estaba esforzando en hacerles creer que era, me sentí enloquecer. Tenía muchas preguntas, y la mayoría eran para mí. ¿De verdad era un hombre? ¿No echaría de menos vivir como mujer? ¿No se me estaría yendo la olla? Si llevaba aguantando tantos años ¿no aguantaría un poco más? Siempre pensé que podría aguantar indefinidamente, hasta que llegó un momento en que el cable azul se juntó con el rojo, y todo saltó por los aires.

La pregunta más difícil era ¿Seré capaz de pagar el precio? Yo no quería pagarlo. No sentía que tuviese que pagarlo. Me parecía muy injusto que todas las personas que me rodeaban pudiesen ser ellas mismas de manera gratuita, y yo tuviese que entregarlo todo a cambio.

Mi vida entera estaba basada sobre una suposición falsa: la suposición de que yo era una mujer. Durante una época de mi vida, en la que yo no me había comportado como se esperaba de mí, las cosas habían sido muy difíciles. Después, cuando me plegué a lo que se suponía que debía hacer una mujer, todo fue mucho más sencillo. Yo, que nunca había recibido más que ataques y desprecios, empecé a recibir protección y cariño. Durante mi adolescencia, sufrí el acoso de mis compañeros, con la tolerancia de muchos de mis profesores (afortunadamente para mí, no de todos mis profesores, y quizá por eso puedo hoy contarlo). La culpa era mía porque hacía caso a mis acosadores. “No les hagas caso”, me decían. Pero también me decían “adelgaza”, “ponte otra ropa”, “maquíllate”, “camina con más gracia”. Lo que en realidad querían decir era que los problemas terminarían en cuanto me sometiese.

No soy una persona fuerte. No soy fuerte para nada. Me sometí, y todo empezó a ir mejor. Todos estaban felices conmigo. Y como ellos estaban felices conmigo y me trataban bien, yo era feliz también. El problema era que mi felicidad era de segunda mano. Mi felicidad era la de ellos. Mi precio por ser transexual era que cuando dejase de hacerles felices, yo dejaría de recibir esa felicidad que me transmitían. Peor aún, debía prepararme, porque sospechaba que volvería a la situación anterior: la violencia y el acoso.

Mi vida saltó por los aires en cuestión de tres meses. Me quedé sin novio, sin padres, sin trabajo, sin casa y cambié mi flamante coche nuevo por el viejo Citröen AX que había quedado relegado para desplazamientos menores. Un día, cuando iba por la calle, me di cuenta de que había perdido hasta mi nombre. No me quedaba nada. Fue el mejor año de mi vida.

 No todas las personas trans han tenido que pasar por la experiencia de ver como se destruía todo lo que habían ganado con tanto esfuerzo a lo largo de su vida (unas veces vidas cortas, otras veces, vidas más largas). Muchas han conseguido que sus padres, sus parejas y sus hijos las apoyen (con más o menos esfuerzo), y los más afortunados han logrado un apoyo incondicional, que les ha facilitado muchísimo las cosas. A veces, he contribuido (siempre modestamente) a que esta situación haya sido posible.

 Porque es posible. Se puede ser transexual y no tener que pagar ningún precio. Al cumplir mi primer año de blog, se había añadido un nuevo objetivo en mi vida: que yo fuese la última persona que tuviese que sufrir por ser transexual. Es un objetivo imposible, pero eso no tiene la menor importancia. Lo más importante que he aprendido en estos cuatro años es que puedo hacer cosas imposibles.

 Tú también puedes hacer cosas imposibles. Es imposible que los hombres sean mujeres. Es imposible que las mujeres sean hombres. Pero tú puedes hacer posible ese imposible, y si puedes hacer eso, puedes hacer cualquier cosa. Te lo aseguro.

 Habrá mucha gente que te diga que la transexualidad es una enfermedad. Incluso puede que tú mismx te sientas tentado de pensar eso. ¡Se sufre tanto! Sin embargo, debes recordar que el sufrimiento no lo provoca el ser transexual. El sufrimiento viene cuando no te permiten ser transexual.

 No eres ningún monstruo. No eres ningún bicho raro. Tus problemas no son más que el reflejo de las imposiciones que la sociedad hace sobre nuestros cuerpos y nuestras personalidades. Igual que los gordos no sufren por ser gordos, sino porque no les dejan tranquilos con su gordura, ni los calvos, ni las mujeres con el pecho plano, ni los hombres con las tetas grandes…

 Va a haber mucha gente que intentará evitar que seas transexual. Puedes poner a cada uno de ellos en su sitio. Sólo tienes que saber cómo. Busca a otras personas trans, aprende de sus experiencias, pero evalúa sus consejos a través del filtro de tu sentido común antes de ponerlos en práctica, porque si se equivocan al decirte algo, quien va a sufrir las consecuencias serás tú.

 Se amable, paciente y generoso. Ser generoso ha sido una de las cosas que más me han ayudado en estos cuatro años. La vida te va devolviendo lo que das, aunque no de la misma forma, ni por la misma persona. Dedica tu tiempo a otras personas, y nunca te verás solo. Hazlo sin esperar gratitud.

 Se humilde. Agradece a las personas que te ayuden y te apoyen. Es posible que ellas no necesiten ese reconocimiento, pero es bueno que igualmente se lo des. Te servirá para darte cuenta de que no todo lo que sucede en tu vida es malo. Trata de devolver el favor, ayudando a otros de la misma forma en que te ayudaron a ti. Las personas trans necesitamos que el mundo cambie a mejor, pero no cambiará si no hacemos nada para cambiarlo. Se tú el cambio.

 Estudia. Si estás en lo que comúnmente se llama “edad de estudiar”, aprueba los cursos que te quedan por delante. Ve a la universidad. Termina la universidad. Si esa edad ya pasó, retoma los estudios. Haz un curso de lo que sea, lee libros, sácate los títulos que se te quedaron pendientes. A las personas trans se nos ponen muchas pruebas por delante. Cuantas más cosas sepas, más herramientas tendrás para afrontarlas, y para ayudar a otros a afrontarlas.

 Siempre manten la dignidad. No tienes de qué avergonzarte. Tu cuerpo es perfecto y tu mente es perfecta. No dejes que nadie te diga lo contrario. Enorgullécete de quien eres (sí, se puede ser orgulloso y humilde al mismo tiempo).

 Mucha gente va a venir a decirte quien eres. No se lo permitas. Déjales claro que la única persona que puede decidir quien eres, eres tú. Los datos que aparecen en el DNI no crean tu identidad, sino que deberían reflejarla. Si te llamas Antonia, y en tu DNI pone Juan, eso no significa que te llames Juan en realidad: significa que los datos del DNI son erróneos.

Mucha gente va a querer decirte también como debe ser tu cuerpo y tu vida. Lo que te tiene que gustar, como te debes mover, que ropa debes ponerte, qué cosas puedes decir y qué cosas no puedes decir. Qué puedes desear y qué no. Habrá aburridísimas conversaciones, de horas de duración, en las que terceras personas tratarán de comprender por qué quieres o no quieres operarte. O por qué quieres o no quieres hormonarte. Hagas lo que hagas, alguien te va a pedir explicaciones y va a juzgar tu transexualidad o no transexualidad en función de lo que digas. No tienes por qué darles ninguna explicación. Ni siquiera tienes que hacerles ningún caso. Personalmente, las charlas sobre por qué yo u otras personas se quieren o no se quieren operar me parecen absurdas.

 Disfruta en el camino. La vida de las personas transexuales, a veces es fácil y a veces es difícil. Tal vez tú querías que tu vida transcurriese por un sendero apacible, con suaves colinas y sin grandes sobresaltos, y de repente te has dado cuenta de que estás al pié del Himalaya y tienes que subir a la cima. Subir al Himalaya es mucho más difícil, pero quienes lo han intentado son dignos de admiración. A ti te va a tocar escalar, y probablemente nadie te ha dado opción para hacer otra cosa. Pero ya que estás en la escalada, disfruta.

 Te irá bien. Eso te lo garantizo.

12 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

Dando por culo hasta el final.

Perdón por el título de la entrada, pero es que la cosa tiene tela. Empecé el trámite del cambio de nombre y etc el día 1 de marzo, pero como lo envié por correo, no entró en el registro civil hasta el día 5 de ese mes. La magistrada tardó un par de meses en resolver (lo cual, en las condiciones lamentables en que está la administración, es razonable). Ahora llevan dos meses para enviarme la partida de nacimiento nueva, aunque en realidad, desde que me di de alta en la seguridad social, he dejado de tener mucha prisa con este tema, porque al ser legalmente mujer pago un 30% de cuota que si fuese hombre (me ahorro unos 70€ mensuales), y aunque la cosa no compensa… la realidad es que tampoco me viene mal del todo, dado lo triste de mi situación económica actual.

El problema es que no sé cuando van a resolver. ¿Me llegará la notificación mañana? ¿La semana que viene? ¿A principios de agosto? ¿En noviembre? Si tardan más de tres meses, reclamo, pero después de que haya reclamado, tienen otros tres meses para responder, y si para entonces tampoco han respondido, ya casi me costará menos trabajo esperar a navidad e ir yo mismo al registro civil de Barcelona a pedirles la partida de nacimiento.

La consecuencia de ese problema es que tengo que reservar un billete de avión para primeros de septiembre, y no sé cómo me voy a llamar para entonces. La lógica apunta a que lo reserve al nombre actual, y contrate algún tipo de seguro que permita o facilite el cambio de nombre del billete, en caso de que para entonces yo me llamase de otra forma. Eso sería mucho más lógico que pedirlo a un hipotético nombre futuro, y luego tratar de cambiarlo al nombre actual… Eso sería mucho más difícil de conseguir, con muchas probabilidades de perder el billete.

Pero ¿y si me envían la partida de nacimiento nueva justo después de haber comprado los billetes de avión, y la compañía aerea se niega a cambiar el nombre? Teniendo en cuenta que voy a viajar con Ryanair, es lo más probable…

El nombre del billete y el nombre del documento de identidad que se presenta deben coincidir. Si no, no te puedes subir al avión. Y no podría usar mi viejo pasaporte porque, seguramente tendría algún tipo de problema al pasar el control de la Guardia (cuando estudiaba turismo no nos explicaron el protocolo a aplicar en estos casos, pero sospecho que no se pueden tener dos pasaportes legales, a dos nombres distintos, como si fuese un criminal internacional de película americana), con altas posibilidades de quedarme en tierra y de pasar por un desagradable interrogatorio. Así que opción en ese caso sería joderme, y esperar hasta después del viaje para hacerme el DNI nuevo (tienes 6 meses para cambiarlo). Sin embargo, para notificar la rectificación registral de sexo en la Seguridad Social, y empezar a pagar la cuota completa, tengo sólo un plazo de 6 días. Me haría mucha gracia quedarme compuesto y sin DNI, y pagando la cuota completa de Seguridad Social… Una risa…

Deja un comentario

Archivado bajo Identidad, Reflexiones

El malvado placer del desconcierto

No sé si he contado por aquí que he solicitado una abdominoplastia para que me quiten la piel que me ha quedado sobrante en el abdomen, después de haber perdido 50kg (y otros 5 más que debería perder próximamente) por haberme operado de cirugía bariátrica hace 6 años.

Para acceder a este tipo de cirugías, la endocrina te envía al cirujano general, que te evalúa, y, según vea, te envía al cirujano plástico, que, a su vez te evalúa, y según vea, te remité a un comité de evaluación que son los que dan la valoración final de si te puedes operar o no. Una vez que por fin entras en lista de espera, esta viene a ser de unos tres años.

Sin embargo, en mi caso, el cirujano general descubrió que tengo una hernia abdominal. Yo no me había dado cuenta, ni tampoco ninguno de los médicos que me han mirado, explorado, ecografiado, medido, tocado y pesado. Sin embargo, desde que este señor se dio cuenta, ahora todos mis médicos dicen “ah, sí, es verdad, se nota fácilmente al tocar” (así también hago yo diagnósticos). Total, que cuando hay hernia la opera el cirujano general, y ya que se pone, lo hace todo de un viaje: hernia y retirada de los tejidos sobrantes. Aún así, como era una hernia muy pequeña, el cirujano decidió remitirme igualmente al cirujano plástico, para que él tomase la decisión final.

Mi encuentro con el cirujano general no tuvo nada reseñable. Como en mis papeles sigue poniendo Elena, no hace falta que explique que soy transexual. Generalmente lo que ocurre cuando tengo cita con médicos desconocidos es que se creen que soy mi propio acompañante, y se quedan desconcertados un momento al ver que entro solo (“Ehm… ¿Y Elena?”, me preguntan ligeramente sorprendidos, y eso que siempre aviso a la enfermera que recoge las citas, pero algunas enfermeras son imbéciles, y otras, simplemente, están demasiado saturadas de trabajo y de pacientes enfadados como para poder estar en todo, las pobres). Les digo que soy yo, pero que me llamo Pablo, y con eso ya es suficiente. El cirujano me preguntó por las cirugías a las que me he sometido, o a las que me pienso someter, de manera correcta y pertinente, ya que algunas, como la faloplastia, requieren el traslado de tejidos del abdomen, y es lógico que quiera saber qué puede encontrarse si me abre, y qué cosas debe tener cuidado de no tocar, para no dificultar cirugías posteriores que estén pendientes de realizarse. Todo muy bien.

Sin embargo, el martes pasado tuve la cita con el cirujano de cirugía plástica. Ya había avisado a la enfermera, que me había estado llamando Pablo cada vez que se dirijió a mí, pero ella olvidó avisar al médico, que terminó llamándome Elena, para sorpresa de todos los pacientes de la sala de espera, que cuando me vieron levantarme, sintieron ganas de de agredirme porque pensaban que iba a aprovechar que llamaban a aquella chica para colarme. Algunos llevaban esperando desde las 8 de la mañana, y eran ya las 11, por lo que se comprende que estuviesen bastante enfadados, y que su tolerancia con los que intentan colarse estuviese bajo mínimos. Mi tolerancia con los que no se acuerdan de llamarme por mi nombre a pesar de que he avisado, también está bajo mínimos, pero después de que en menos de una hora la pobre enfermera ya se había llevado dos broncas sin tener culpa ninguna, decidí no decir nada o la pobre era capaz de quitarse la bata en el acto y dirigirse al departamento de salud mental (que casualmente estaba al otro lado del pasillo) para pedir la baja por depresión.

Tardé un minuto en darme cuenta de que el cirujano pensaba que yo soy una mujer transexual. Para una buena parte de la gente, una persona transexual es “un hombre que quiere operarse de cambio de sexo para ser mujer” (y una buena parte de quienes no piensan esto, tampoco es que hayan conseguido ir mucho más allá, pero bueno…), así que ya me he acostumbrado a que mucha gente, cuando digo que soy transexual, piense que soy una mujer transexual.

Lo realmente sorprendente de esta gente es que tal apreciación se ve reforzada por el hecho de que no ven nada femenino en mí. Supongo que creen que las mujeres transexuales adquieren su feminidad mágicamente después de haber operado, gracias a una especie de sortilegio mágico de feminización que irradia desde los genitales, y que actúa en cuestión de horas. Posiblemente, el efecto incluye un halo de chispitas de hada y ruido de campanillas, y la afectada elevándose, ingrávida, a unos dos palmos del suelo. Luego, los que estamos trastornados, somos nosotros.

Total, que yo me había dado cuenta en seguida de que el cirujano: a) pensaba que yo soy una mujer transexual, y b) no tenía ni puta idea sobre transexualidad. Lo malo es que, encima, él creía que sí sabía, y siendo un super cirujano, posiblemente con muchos reconocimientos en el campo de la medicina, no iba a rebajarse a preguntarle nada a un paciente ¿verdad que no? Así que decidí no ponérselo fácil.

Cuando asumí mi propia transexualidad, yo no sabía qué me pasaba, ni como explicarlo, ni como nada. Cuatro años más tarde, todavía tengo muchas cosas sobre las que pensar, pero soy perfectamente capaz de explicar lo que significa [para mí] ser transexual. Es más, cuando alguien me pregunta, puedo responderle no sólo a lo que me está preguntando, sino a lo que realmente quiere saber, ya que todo el mundo tiene más o menos las mismas dudas.

Sin embargo, hay gente que cree saber todo lo que hay que saber, y no pregunta nada. Nunca han visto en su vida a una persona transexual. Como mucho han contratado los servicios de una prostituta transexual, o se han encontrado con la prima de la sobrina de la cuñada de su vecino del quinto. O han leido libros. Una vez vieron un documental muy curioso de un hombre que se sentía mujer y se quería operar.

Es peor tener conocimientos errones sobre un tema, que no saber nada. Si reconocer la ignorancia es difícil, reconocer que el error lo es mucho más. Combina esto con la arrogancia que a veces tienen quienes están acostumbrados a encontrarse con personas que saben mucho menos que ellos sobre cierto tema (como es el caso de los médicos, jueces y personal docente de cualquier nivel, desde los maestros de escuela a los profesores de universidad), y ahí tienes el retrato del cirujano al que estaba visitando.

A ese tipo de personas que ya creen saberlo todo, es muy difícil explicarles nada. Cuando me encuentro con gente que creer saber más que yo sobre algo de lo que sabe menos, lo mejor y más divertido es dejar que se den cuenta por si mismos. Eso es lo que hice.

“¿Has hecho ya algún trámite legal, entonces?” fue una de las primeras preguntas que me hizo el cirujano, al ver la discordancia entre mi aspecto, el nombre que aparecía en los papeles, y el nombre por el que yo le pedí que me llamase.

“Estoy en ello, pero todavía no tengo nada”. El cirujano sonrió paternalista “estás en ello, pero algo has hecho ¿no?”. “Sí, algo he hecho, pero todavía no tengo nada”. Para mí era obvio que él pensaba que ya había cambiado de nombre legal. Él debió llegar a la conclusión que yo no era capaz de entender la pregunta que me estaba haciendo, ya que si yo era un hombre que quería ser mujer, y en los papeles aparecía como mujer, estaba claro que sí había realizado algún trámite legal para cambiar de nombre, y sexo legal, en contra de todo lo que dictaba el sentido común sobre mi identidad de género, e incluso en contra de mi propia actitud, al pedirle que me llame Pablo. Hay muchísima gente que asume que las mujeres transexuales actúan de manera completamente incongruente. Después de todo, si estás tan loco como para creerte que eres una mujer, puedes hacer cualquier barbaridad.

Debo reconocer que el cirujano tuvo un buen detalle, pues me preguntó si prefería que me llamase Elena en vez de Pablo (el pobre pensaba que si había cambiado de nombre legal, debía ser porque quiero que me llamen Elena, y probablemente imaginaba que mi insistencia en que me llamara Pablo se debía a una cuestión de timidez). Ese fue un buen detalle por su parte.

Me preguntó si me había operado de algo, y yo le comenté que no, pero que estaba pendiente de una mastectomía. Mientras lo decía, me señalaba el pecho con la mano. Sin embargo o pensó que yo no sabía qué estaba diciendo y había confundido mastectomía con mamoplastia, o quizá creyó haber oido mal (mastectomía se parece mucho a vasectomía), o vaya usted a saber, porque la información le resbaló hasta el punto de que repitió la pregunta “¿te has operado?” dos veces más (obteniendo la misma respuesta por mi parte, y, todo hay que decirlo, divirtiéndome un poco con sus intentos de encuadrar la información que estaba recibiendo para formar una respuesta que él pudiese entender). Hacia el final de la consulta comentó “bueno, si te sobra piel puede ser una ventaja de cara a ponerte implantes” (refiriéndose a implantes mamarios). La mente humana a veces es inasequible a la información inesperada. Y eso es algo tan perversamente divertido…

 Pero el mejor momento con la gente que cree que soy una chica trans y da por echo que lo sabe todo sobre mí es cuando por fin han reunido suficiente información contradictoria y su cerebro ya no puede encontrar una forma de explicar lo inexplicable. En este caso ocurrió cuando me preguntó si tenía algún papel de mi endocrina, para redactar mejor la respuesta, y se lo dí. Miró el tratamiento que sigo y se encontró la testosterona.

“Esto de la testosterona será para bloquear los androgenos… ah, no…” comentó tratando de entender lo que sus ojos veían escrito, y esta vez proveniente de una fuente fiable, es decir de otro médico. Él sabía que inyectarse testosterona para bloquear la testosterona no es una buena idea, pero al mismo tiempo, esa era la única posibilidad. ¿Tal vez algún nuevo descubrimiento que consistiese en bloquear la producción de testosterona saturando al paciente hasta que le saliese por las orejas? Así que me preguntó a mí “¿Esto lo tomas para bloquear los andrógenos?”. Y yo “no”. “¿No? ¿Entonces por qué lo tomas?”. “Pues porque soy transexual.”

Para que esta respuesta funcione, hay que decirlo convencidísimo. Que se note que es algo obvio. La otra opción en ese momento habría sido decir “es que soy transexual de mujer a hombre”, y así habría permitido que el cirujano salvase un poco del orgullo que todavía le quedaba. Eso es lo que habría hecho una buena persona. Pero yo soy malo y por eso no lo hice. Estaba esperando que ocuriese algo que estaba a punto de ocurrir.

 El cirujano me miró con desconcierto. Miró el informe de la endocrina. Me volvió a mirar más desconcertado, y, por fin, rendido, confesó “no entiendo nada”. Y, como soy malo, esto me produjo un inmenso placer. Una delicia indescriptible a la que todavía le falta la guinda. “¿Qué es lo que no entiende?”, pregunté yo todo inocente, como si no supiese cual era el problema que tenía este señor. Para que esto funcione, es necesario (importantísimo) estar dispuesto a dar una explicación completa a la pregunta o preguntas que vengan después. Lo contrario, sería pasarse, y tampoco es eso. Yo sólo quería que el cirujano se diese cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba hablando, y una vez conseguido eso, tampoco habría estado bien ensañarse [más de lo que ya me estaba ensañando]. Se trata de no crearse enemigos, así que hay que ir calibrando bien lo que se hace, para evitar que la persona se enfade.

A partir de ahí sí fue cuando le dije que yo soy un hombre transexual, es decir, de mujer a hombre. Todo empezó a cuadrar y el cirujano se relajó, y al mismo tiempo se puso más nervioso. Era como si hasta ese momento hubiese estado subido en un podio tres escalones por encima de mí, y de repente se hubiese bajado de él, con un poco de vergüenza. Pobre. “Vaya, me has engañado”, comentó, y a mí no me dieron ganas de estrangularlo ahí mismo porque ya lo había humillado suficiente. Eso sí, debí mirarle mal, porque en seguida rectificó “es que no se te nota nada”, para hacerme saber que no era una crítica, sino un cumplido bastante torpe (y que se había dado cuenta de que había sido torpe, por enésima vez).

En varias ocasiones mencionó la expresión “cambio de sexo”, y tampoco le dije nada, porque no se me ocurrió una manera corta e ingeniosa de hacerle ver que no es muy profesional que un cirujano hable de esa manera. Se me ocurrió más tarde, cuando volvía en coche a casa… Debí decirle que eso de decir que una cirugía de reconstrucción genital es un cambio de sexo es como decir que la cirugía bariátrica (que reconstruye el aparato digestivo) es un “cambio de estómago”. En realidad no cambias nada, sólo lo mueves de sitio para que pueda cumplir una función que antes no hacía.

En fin, ya lo llevo pensado para otra vez que me tope con un médico así, y vosotrxs que me estáis leyendo, podéis quedaros también con la respuesta si os gusta. A este cirujano ya no se lo podré decir, porque al final no me va a operar él. Como tengo una hernia de estómago, opina que mejor que me opere el de cirugía general, que, además, está perfectamente capacitado para arreglarme todos los colgajos de la barriga. Además, al ser una operación no estética, no requiere pasar por el tribunal evaluador, y la lista de espera viene a ser de un año menos. Dos años, en lugar de tres.

Yo, la verdad, ahora que he conocido al cirujano plástico, también prefiero que me opere también el de cirugía general.

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

¡Ey! ¡Que salgo en la tele!

La semana pasada, por un cúmulo de casualidades que sería largo de contar, a una periodista de TVE se le ocurrió que sería buena idea hacerme un reportaje. Una cosa cortita, grabada en hora y media, y que resumida debía durar un par de minutos, más o menos. La idea era hablar un poco de mi experiencia (infancia, adolescencia, transición…) para acabar con una imagen de chico bien integrado en la sociedad.

Normalmente los periodistas me dan un poco de miedo, ya que la mitad no tienen ni idea sobre lo que están trabajando, y a veces sueltan unas barbaridades que es para mandarles a primero de carrera de una patada en el culo. Sin embargo esta chica no sólo se había informado sino que, además, me dió la impresión de que había tenido mucho ojo a la hora de detectar los puntos de tensión que existen entre el discurso «habitual» sobre lo que es la transexualidad (me refiero a la que opina la gente «de la calle»), el discurso médico, y los diversos discursos dentro de los propios colectivos trans, que no estamos de acuerdo en muchas cosas.

Me explicó más o menos la idea que ella tenía para el reportaje (aunque no iba a poder venir en persona a hacerlo, sino que lo haría el equipo de esta zona), y no me pareció que tuviese nada de malo. Lo único es que transmitía una visión un poco «light», sin margen para cuestionar nada… aunque en un momento en que otros medios de comunicación, como Intereconomía, nos están reflejando como los viciosos pervertidos que nos gastamos la pensión de los ancianitos en operarnos por diversión… tengo que reconocer que la imagen amable, pacífica y sencilla del buen chico integrado y feliz puede ser mucho más oportuna, e incluso benéfica que un discurso más transgresor.

Lo único es que me parecía que todas las cosas que ella quería meter en el video no se pueden decir en dos minutos, pero… sí que se puede, sí. Parece mentira el provecho que se le puede sacar a dos minutos.

El reportaje quedó dentro de uno de los espacios del programa +Gente de TVE. Este espacio estaba dedicado a la transexualidad y contiene un pequeño debate (¿o, más bien, una entrevista a dos personas?) y mi documental. El espacio empieza en el minuto 16:35 del programa, y mi reportaje está alrededor del minuto 25 (no puedo buscar el momento exacto, porque me acaba de avisar mi ISP de que se me está acabando la banda ancha de internet móvil). Lo podéis ver en el siguiente enlace.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/mas-gente/mas-gente-20-04-12/1382262/

¡¡¡Estaba super nervioso, y las cosas se me caían de las manos sin parar!!! Se que es un fastidio que a las personas transexuales normalmente sólo se nos llame para hablar sobre nuestra propia experiencia, y generalmente no se nos tenga en cuenta como expertxs con capacidad para elaborar teoría, estrategias o soluciones. Por otra parte, hablar desde la propia experiencia es, a veces, la mejor forma de llegar a la personas y… en realidad, si lo pienso, es la primera vez que me piden que hable desde la experiencia personal. Siempre que he ido a hablar a algún sitio ha sido para hablar de la teoría o la práctica de los Conjuntos Difusos, así que, en realidad, para mí ha sido una novedad ^_^

El programilla en si, la verdad es que me ha gustado. Hasta el Dr. Mañero, que normalmente consigue que me cabree cada vez que le escucho hablar (porque dice algunas barbaridades que dejan muy atrás la frontera del respeto al paciente y la bioética) estuvo bastante bien dentro de su intervención… Y ¡la verdad es que es chuli salir un momentito en la tele! ¡Lo reconozco!

9 comentarios

Archivado bajo Activismo

Dos años de hormonación (I)

El día 26 de enero cumplí los dos años de hormonación, lo que significa que ya tengo el otro requisito necesario para pedir la rectificación registral de sexo y cambio de nombre. ¡Por fin!

La verdad es que estoy muy contento, y hasta me he pillado pensando que, cuando tenga mi carnet de identidad con los datos correctos, si a alguien se le ocurriese decirme que no soy un hombre, ya hasta podría sacarlo y decirle «pues aquí pone que sí. Mira, mira.» Porque, en realidad, de eso es de lo que va todo esto. De acumular pruebas para demostrar a los demás que eres un hombre o una mujer, y así lograr que te traten como tal. Porque no todo el mundo puede tener el privilegio de ser hombre, o de ser mujer: es necesario cumplir ciertos requisitos. Dios-la naturaleza-la biología-la medicina-la ley-la sociedad- así lo establece, y sus normas son inmutables e incontestables (bueno, no tan inmutables, de hecho cambian muy rápidamente, pero los imbéciles del mundo no se dan cuenta y creen que lo que es, ha sido siempre, será siempre, y es cierto para toda la especie humana, pues tienen la certeza de que sus creencias tienen la capacidad de transformarse en realidad. ¿No es cierto, Dra. Esteva? Usted sí que sabe quienes pueden ser mujeres, y quienes hombres, con total seguridad. ¿A que sí?)

De esta forma, lo que parece una cosa muy sencilla (cambiar de nombre y sexo legal, mediante un trámite administrativo para el que se requieren tan sólo dos requisitos) llega a convertirse en una auténtica gymkana con la que una persona transexual puede «divertirse» a lo largo de varios años.

Unx empieza con la siguiente certeza: «soy un hombre», «soy una mujer», aunque todos los indicios y las opiniones de las personas que están a su alrededor indiquen lo contrario. Si opinas una cosa distinta a esas dos, ya la has cagado antes de empezar: nuestro registro civil sólo admite dos posibilidades. Pero puedes nacionalizarte en Australia… allí admiten tres. En Pakistán, han empezado a admitir recientemente cinco (hombre, mujer, hombre transexual, mujer transexual, y Khunsa-e-mushkil, aunque no se permite cambiar de hombre «a secas» a mujer «a secas». Podrás cambiar sólo de hombre a mujer transexual o Khunsa-e-mushkil).

Total, que tú dices «soy hombre» o «soy mujer», y te convences a ti mismx en primer lugar, que es lo más difícil de conseguir, porque hasta el día de hoy no existe ningún rasgo o característica exclusivamente masculina o femenina que puedas encontrar para asegurarte. No hay pruebas que te puedas dar a ti mismx, tan sólo puedes confiar en tu propio criterio, y eso tampoco es tan fácil, sobretodo porque cuando das el paso de asumir que tu identidad de género no se corresponde con la que te han asignado los demás, no te encuentras precisamente en tu mejor estado de ánimo. En realidad te sientes más proclive a creer que se te ha ido la olla de verdad, total y definitivamente.

Sin embargo, mirando atrás, quizá ese haya sido el momento más especial de toda mi vida. Un momento que las personas que no son trans difícilmente pueden tener: el momento en que decides seguir viviendo, cuando ya no querías vivir. Escribiré sobre ello en otra ocasión.

Una vez que te convences a ti mismx (lo que en mi caso ocurrió entre julio y agosto de 2008), tienes que convencer a lxs demás. A tu familia. A tu pareja. A tus amigos y amigas. A tus hijos e hijas, si es que tienes. A tus padres, si aun viven. Evitar que te echen de casa (se de una chica trans que fue denunciada por su pareja por violencia de género, pues la pareja consideraba que decirle que era transexual suponía acoso moral. Un juez imbécil admitió la denuncia. Gracias a eso, esta chica perdió su trabajo y desde entonces está en paro. Curiosamente, al final se reconcilió con su pareja, que ahora tiene que ganar dinero ella sola para mantener a toda la familia). ¿Y cómo les convences? Con los mismos argumentos que usaste para convencerte a ti, contra toda evidencia.

Luego, tienes que convencer a un psicólogx o psiquiatra. Con los mismos argumentos que a todxs lxs demás. Los que usaste para convencerte a ti. Por suerte a estas alturas, ya dominas la situación. Ha pasado mucho tiempo, has dado muchas explicaciones, has respondido muchas preguntas, y has hablado, gracias a internet, con muchas personas trans, que te han ayudado. Consigues el diagnóstico psiquiátrico, que es el primer requisito que te pide la Ley, y que, además, es la «llave» que te permite pasar a la siguiente prueba de la gymkana: las hormonas.

Ahora, con el diagnóstico, ya es mucho más fácil demostrar que eres un hombre o una mujer ante quienes no confiaban en tus argumentos. Puedes mostrárselo y decir «¿Ves? no es algo que me haya inventado yo. Aquí tengo un papel que certifica que soy unx taradx mental en toda regla, y que eso que venía diciendo todo este tiempo era verdad.»

Edit: este post ha sido publicado sin terminar, porque le di al botón de «publicar» en lugar de al de «guardar» como era mi intención, y como lo tengo puesto para que se autopublicite en Twitter después de cada publicación, pues… así se va a quedar. De todas formas, ya era bastante largo.

7 comentarios

Archivado bajo Cambios, Identidad, Médicos