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Diferencias culturales (y II)

Otro de los ejes que, según ese estudio configuran una cultura es la individualidad/colectivismo de la sociedad. En ese sentido, Ecuador en uno de los paises más colectivos del mundo, junto con Japón. Esto crea algunos paralelismos entre ambas culturas. Por ejemplo, tanto en Japón como en Ecuador, los hermanos se llaman «hermano» y «hermana» (o «ñaño» y «ñaña», más bien en el Ecuador), mientras que en España, por ejemplo, se llaman por su nombre. Lo curioso de esto es que tanto en Japón como en Ecuador, el apelativo de «hermano» se extiende también a los amigos más cercanos. No es como en los EE.UU. que la gente se llama «hermano» como podría llamarse «cuñado» siendo una palabra que les identifica con la pertenencia a una misma raza o grupo, sino que aquí tiene el significado casi pleno de familia. Además, las familias Ecuatorianas son muy grandes, e incluyen a los primos, los hijos de los primos, las parejas de los hijos de los primos…

Este sentido de colectividad tiene ciertas reglas. Por una parte, los miembros del colectivo se protegen entre si y se apoyan. En Ecuador es muy fácil sentirse bienvenido, ya que enseguida empiezas a ser un poco «de la familia». Por otra parte, para pertenecer a esta «familia» hay que tener un alto grado de lealtad y ser capaces de apartar los objetivos personales para ir en pos de los objetivos grupales. España tabién tiene un alto grado de cultura colectiva (las familias también son grandes, los jóvenes tienen pandillas, la gente dedica mucho tiempo a pasarlo con sus amigos haciendo actividades en grupo), pero también es, en el mismo grado, una cultura individualista.

Ser más individualista o ser más colectivo no es ni bueno ni malo, pero sí que suele ser un problema de adaptación cuando una persona de cultura más individualista llega a una cultura más grupal, puesto que el grupo va a ofrecer muchas cosas pero a cambio va a querer llevarse una parte de la individualidad que a la que el extranjero no va a querer renunciar tan fácilmente. En cambio me da la sensación de que una persona procedente de una cultura grupal en una cultura individualista, lo tendrá más fácil para adaptarse, aunque en culturas extremadamente individualistas puede que llegue a sentirse muy solo.

El último eje sería lo que en el estudio se llama «masculinidad/feminidad». Es el concepto más difícil de entender, creo que porque el nombre no está bien puesto, y a parte porque se basa a su vez en dos aspectos:

– Si los papeles de los hombres y las mujeres son muy diferenciadas.

– Si se da más valor a la calidad de vida (trabajar para vivir) que a la carrera profesional (vivir para trabajar).

Normalmente las sociedades en las que se valora más la calidad de vida también tienen un reparto de papeles menos diferenciado, mientras que las sociedades más competitivas laboralmente tienen una diferencia de roles mayor. Estas sociedades generalmente esperan que la mujer se quede en casa o realice trabajos de cuidado, como enfermera, maestra de jardín de infancia, etc… mientras que reserva a los hombres la tarea de trabajar fuea de casa en trabajos como ingeniero, director de empresas, etc… Las sociedades más competitivas y que tienen una mayor diferencia de roles de género se consideran «masculinas», mientras que las menos competitivas y con roles de género menos diferenciados, se consideran «femeninas». Como ya he dicho, creo que esta denominación no es muy acertada, y algunos autores coinciden conmigo, pero no he encontrado una denominación alternativa, y tampoco se me ocurre otra mejor.

Según esa encuesta, la cultura española es moderadamente «femenina» porque tenemos muchos días de vacaciones y además el reparto de papeles entre hombres y mujeres es relativamente igualitario. En esta parte del estudio me parece que han desbarrado un poco. Por una parte en España eso de las vacaciones pagadas es, cada vez más, un sueño lejano que ahora sólo queda al alcance de unos pocos, y por otra parte, las jornadas laborales de 40 horas semanales, las pagas extra, los permisos de maternidad… un mito que algunos nos preguntamos si alguna vez existió de verdad. Por otra parte, sí que es verdad que no hay tanta diferencia como en otros paises entre las cosas que se supone que hacen los hombres y las que se supen que hacen las mujeres, pero aún así, hay muuuuucha. Ecuador se considera que es un país bastante «masculino», porque, aunque el vivir bien (mejor dicho, el «buen vivir» o «sumak kawsay») es uno de los objetivos del país en sí (proclamado así en la constitución ¿Cuantos paises del mundo tienen una constitución en la que dice «queremos un buen vivir»?) y la forma de vida aquí sin duda es más tranquila, incluso teniendo en cuenta que yo estoy en la capital, es un país donde los papeles de hombres y mujeres están muy, muy, muy diferenciados. Si en España hay machismo, aquí hay todavía más machismo… apoyado por muchas mujeres que se sienten felices con el papel que la sociedad les tiene reservado. A mí, personalmente, no me parece mal que hayan mujeres que se sientan felices siendo madres, esposas, ejerciendo determinados trabajos… lo que está mal es que eso sea obligatorio para todas las mujeres, incluidas las que no les gusta verse en ese papel.

Sin embargo, otra de las cosas que comenta este libro que he leido es que cuando uno forma parte de una cultura, da por sentado que la forma lógica y natural de hacer las cosas es la que ha aprendido desde su infancia (por eso la propia cultura es la más difícil de entender, porque no nos damos cuenta de hasta que punto influye en nosotros), y cualquiera que no se comporte como se supone que debe comportarse se considera que, o bien tiene algún tipo de trastorno mental (lo que explica la patologización de la transexualidad), que tuvo una mala eduación en su infacia, que tiene carencias afectivas, o es un inadaptado.

La verdad es que he disfrutado bastante con esta lectura, aunque encuentro que se deja muchos aspectos de la cultura sin tocar… y que en el fondo, reducir todo el bagage cultural de una nación a cuatro ejes es simplificar demasiado. Sin embargo, toca puntos que hasta ahora no había visto en ningún otro sito, y me ayuda a completar las cosas que he ido aprendiendo poco a poco.

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Diferencias culturales (I)

Navegando en la red llegué por casualidad a la web de la investigación de Geert Hofstede (lo siento, no he encontrado nada en español) que hace referencia a las diferencias culturales desde el punto de vista de la administración de empresas, que es un punto de vista que entiendo bien, porque mis estudios están relacionados con ello. Parece que no, pero haber estudiado turismo, a veces sirve para algo (incluso para mucho).

Este libro señala las principales diferencias culturales en tres ejes universales y un cuarto eje que no es tan universal, pero aún así se puede tomar en consideración. Me gusta porque me está sirviendo para comprender un poco mejor la cultura ecuatoriana. Después de dos meses y medio, ya empiezo a medio darme cuenta de algunas cosas, pero creo que podría pasarme media vida aquí, y todavía seguiría sintiéndome medio extraterrestre.

Una de las cosas que me llamaron la atención al principio de estar aquí fue que la gente se refería a los demás utilizándo un título. La primera vez que lo noté fue hablando con una persona que se refería a otra usando el nombre de su profesión, y no el nombre de pila. Decía «luego hablaré con la abogada» o «pregúntenle a la abogada». A mí me pareció bastante molesto, porque me daba la sensación de que lo hacía despectivamente, llamándola «la abogada» porque no quería recordar su nombre propio. Luego pensé que tal vez lo hacía como forma de respeto. Con un poco más de tiempo me dí cuenta de que, en efecto, aquí es normal anteponer un título al nombre de la persona: abogada Fulanita, doctor Menganito… también hay ingeniero, economista, licenciado… podría estar hasta mañana escribiéndo títulos. Muchas veces el título substituye al nombre de la persona. Por ejemplo, en cierta ocasión pude conocer al alcalde de Puyo, y me dirigí a él como «señor». Inmediatamente un parroquiano me corrigió «alcalde, es nuestro alcalde». Me costó un poco de trabajo usar ese término, porque en España sonaría mal dirigirse al alcalde de tu pueblo así (creo que normalmente lo haría como Sr. Apellido), y menos en una situación tan informal como aquella (¡estaba dando un paseo por el pueblo con su monoplaza de F1 construido por él mismo!).

Parece ser que hay paises en los que hay una mayor distancia con el poder, y otros en los que esta distancia es menor. Una mayor distancia al poder genera una mayor formalidad en el trato entre las personas, y la aparición de múltiples títulos delante del nombre (¿Tal vez en mi currículum debería poner «Diplomado Pablo Vergara»?). También hace que la gente sienta la necesidad de tener una dirección clara, de que le digan exáctamente qué tiene que hacer y como, y que se sean un poco más tímidos a la hora de dirigirse a sus jefes en el trabajo. Probablemente a los jefes tampoco les gustaría que los empleados hiciesen como en España, que uno puede acercarse y decir «Pepe, me parece que esto no lo estamos haciendo bien», si bien España tampoco es uno de los paises donde hay una corta distancia al poder.

Sí que hay en España un gran miedo a la incertidumbre. A los españoles nos gusta saber qué va a pasar mañana, y pasado mañana, y al otro… tener estabilidad. Para ello elaboramos un montón de leyes que ya casi regulan hasta como tenemos que cepillarnos los dientes… y luego nos las saltamos a la torera. En ese sentido, creo que hay menos diferencias con respecto a Ecuador, aunque creo que al ecuatoriano no le preocupa tanto como a nosotros correr riesgos. «Ya mismito llego» es una expresión que significa que llegaré en un tiempo indeterminado, que puede ser entre cinco minutos y nunca. También me da la sensación de que necesitan menos leyes que nosotros, probablemente porque son más «autosinceros» y son capaces de reconocer ante si mismos que, de todos modos, se las van a saltar cuando sea necesario. Así que… ¿para qué molestarse en hacer leyes que no se van a cumplir? Un ejemplo de esto son las señales de limitación de la velocidad. En España las hay a montones, y si no está la señal no pasa nada, porque sabemos que hay unas normas genéricas que limitan la velocidad dependiendo del tipo de vía en que uno se encuentre. Luego después, todos (o casi todos) nos saltamos los límites de velocidad sin remordimiento, y yo el primero. Sin embargo, la primera vez que cogí un coche aquí y me di cuenta de que no habían señales, me sentí un poco incómodo e inseguro.

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