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Visita psicóloga, endocrina y… ¡sorpresa!

El martes pasado me tocó ir a la UTIG para una revisión. Las revisiones son cada seis meses (más o menos) e incluyen, como mínimo, una visita a la endocrina y otra a la psicóloga (sin contar las otras veces que tenga que ir para hacerme, por ejemplo, análisis de sangre u otras pruebas que sena necesarias).

Lo de ir a ver a la endocrina… es obvio, teniendo en cuenta que estoy en tratamiento con testosterona. También, una vez al año, tengo que ir a ver a mi otra endocrina que me controla como voy desde que me operé del estómago. Son gajes que tienen los tratamientos médicos… que hay que ir a ver al médico con cierta frecuencia para que te vaya diciendo como estás.

Lo de ir a ver a la psicóloga, creo que va «de serie». Los protocolos de atención a la transexualidad incluyen «terapia psicológica», y sospecho de que entra en el pack de manera irremediable, quieras o no quieras. Tengo que reconocer que en realidad no está mal contar con el apoyo de una psicóloga… por ejemplo, en esta ocasión yo lo necesitaba, y pasar por la consulta de Trinidad me ha resultado muy útil. Pero me gustaría mucho, mucho más, si esto no fuese como las lentejas, que, aunque dicen si quieres las comes, y si no, las dejas, ocurre que habitualmente este refrán te lo dice tu madre para comunicarte que te las tienes que comer sí o sí. Vamos, que lo ideal sería contar con el apoyo psicológico, pero que si quieres vas, y si no, pues no vas. También es verdad que si entras en la consulta y le dices a Trinidad que estás bien, saldrás de allí casi tan rápido como entraste, de modo que si formalmente no es opcional, materialmente sí lo es.

Como se ve, estoy mucho menos beligerante con la UTIG de lo que solía. No es raro: lo que ahora recibo de ellas es lo que quería recibir desde el principio: atención médica, orientación piscológica y eventualmente cirugía. El trato que tengo ahora es muy amable, interesado, e incluso participativo. Se me pregunta como estoy y qué necesito. Se me dan explicaciones claras y detalladas, se tienen en cuenta mis percepciones (por ejemplo, al comentar a la endocrina que noto que la dosis me va un poco corta me dijo que podía deberse a que, en efecto, me fuese corta, pero que también pasa que al principio del tratamiento se tiene esa sensación, y con el paso del tiempo va desapareciendo. Aprovechando que estoy cerca de la próxima inyección, me pidió un análisis, me indicó que no debía «juntar» las inyecciones por mi cuenta, y que llamara por teléfono para, en función de los resultados, juntar las inyecciones un poco), se me pregunta qué clase de tratamiento quiero, dentro de los que ofrecen… Vamos, todo excelente.

¡Pero yo necesitaba todo eso hace un año! Cuando llegué por primera vez estaba muy preocupado, asustado, perdido, y tratando de manejar una situación muy difícil para la que nadie me había preparado (es más, había aprendido que esa situación no debía llegar a darse nunca jamás de los jamases). Ahora necesito todo lo que me están dando, pero antes lo necesitaba todavía más. No es justo tener que «ganarte» un «certificado de calidad» en base a unos criterios y procedimientos que desconoces para poder recibir los servicios que estás necesitando.

Ahora entiendo por qué, en los pasillos de la UTIG se puede ver que hay tres tipos de pacientes: los que aún no reciben tratamiento, nerviosos y tristes, y los que sí lo recibimos, que oscilamos entre el buen humor por nuestros progresos y el aburrimiento de las revisiones rutinarias. Yo estoy en la fase del bueno humor, pero eso no sirve para que olvide o perdone todo lo anterior. (Echo la culpa de todo, o al menos el 80% a que la transexualidad se considere todavía como una enfermedad mental: hasta que no recibimos el «aprobado» no somos gente de fiar.)

Volviendo al tema… como ya he dicho, esta vez me fue muy útil la consulta de la psicóloga. Luego, pasé a ver a la endocrina. Le comenté los problemas ulceriles que he estado teniendo, comentamos como me iba llendo el tratamiento, los resultados de los análisis… Finalmente me preguntó cómo me sentía yo respecto a los cambios que estaba habiendo en mi cuerpo, y le dije que estaba muy contento (que es la verdad). Entonces me comentó que quizá había llegado la hora de plantearme la cirugía de pecho, si es que yo quería operarme (además, cosa muy importante, recalcó la voluntariedad de la operación, preguntando directamente «¿quieres operarte?»). Como yo sí quiero operarme, me faltó tiempo para decirle que sí. ^_^

Además de todo esto, me hizo una revisión física que, por si otros pacientes de MªCruz Almaraz se lo están preguntando, tiene el requisito indispensable de quitarse la ropa. En mi caso tenía un componente «vergonzante» añadido en forma de padawan: un estudiante muy guapo (como todos l*s estudiantes que van por allí… no sé que les darán de comer en la facultad de Medicina de Málaga, pero si lo llego a saber, habría ido más amenudo cuando estudiaba en el campus de Teatinos), y muy probablemente, gay, que andaba por allí escuchando todo, viendo todo y sin decir ni pío. Por suerte, a mí no me da mucha vergüenza desnudarme donde haga falta, así que no pasé un mal trago.

El siguiente paso: ir a sacarme sangre. No sé cuantos tubitos me sacaron, pero tampoco es que me importe. He sido donante de sangre… y he tenido una vía enganchada a la vena yugular durante cinco días, así que ya estoy bastante curado de espanto en lo tocante a pinchazos en las venas. De todas formas, un poco aprensivo sí que soy todavía, pero el truco (para mí) consiste en no mirar lo que me hacen, y mientras, que me den conversación.

Último paso: ir a pedir hora con el cirujano. ¡¡Por fin!! ¡¡Cirujano!! ¡¡Mastectomía!! ¡¡Viva!! Lo que no me esperaba era que me diesen la cita para el día siguiente. Como la encargada de las citas me vió dudar, me comentó que podía darmela para otro día «a partir de mañana, el miércoles que quieras». Yo recordé que el miércoles había quedado por la mañana con mi hermana, y por la tarde para una reunión de Conjuntos Difusos, pero… pero… «no, no, mañana está bien.» No fuera a ser que alguien cambiara de idea.

Hasta ahí todo bien. Lo difícil era… lo de siempre: contárselo a mis padres. Se lo dije a mi madre, cuando nos quedamos solos después de comer. Ella se puso muy triste e intentó convencerme de que no me operase, pero, las cosas como son, lo intentó con bastante menos entusiasmo y convicción con que hacía este tipo de cosas al principio. Aún así, me quedé preocupado. ¿Qué reacciones vendrían después? ¿Enfado? ¿Rechazo? ¿Incomprensión?

Como viene siendo habitual en mis relaciones con mis padres respecto a este tema, no di ni una. Parece mentira que, mientras en otras cosas soy capaz de prevér su reacción al milímetro, con esto no acierto ni de lejos. Cuando volví a casa por la noche, el trato volvía a ser normal, como si nada, y al día siguiente, fue aún mejor. Pero eso queda para la próxima entrada.

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Novena visita a la psicóloga y segunda a la endocrina.

Ya hace tanto tiempo que he tenido que mirar el cartoncito donde me apunta las citas para contar cuantas citas llevo ya con la psicóloga. Nueve citas, once meses… que largo se hace, y todavía no hemos terminado.

Esta vez, tocaba visita doble: endocrina + psicóloga. Tenía hora con la endocrina a las 9:30, y llegué a esa hora en punto. Sin embargo, por determinadas circunstancias que no vienen al caso, terminaron cogiéndome a las 11:30. Dos horitas esperando… En fin, esto es la seguridad social.

Yo no sabía muy bien a qué iba a la endocrina, aunque suponía que era para recoger los resultados de las pruebas, que me dijese que estoy muy bueno, y que volviera cuando tuviese el informe. No iba muy desencaminado, aunque, además de eso, me echó la bronca por no estar llendo a otro endocrino a hacerme revisiones de otro asunto médico, y me hizo una revisión física completa, incluyendo… ehm… exploraciones que requirieron que me quitase toda la ropa. Y cuando digo toda, me refiero hasta a los calzoncillos.

Por suerte a mí no me da vergüenza ninguna desnudarme, ni siquiera que me toquen, así que no lo llevé muy mal. Pero para el que se esté pregutando qué te hacen en la segunda visita a la endocrina… ya lo sabe. Que se vaya preparando.

Luego, lo de siempre. Coger el coche e ir al otro hospital, que no está ni cerca, a ver a la Psicóloga. Al menos, aparcar cerca del Carlos Haya es muy fácil.

Una vez en la consulta, otra horita de esperar a que me tocase. Cuando entré en la consulta, ya eran las 12:45 de la mañana.

Lo cierto es que esta vez no tenía ni idea de qué íbamos a hacer, y tengo que reconocer que me quedé un poco fuera de juego. Yo que pensaba que ya se habían terminado los tests para mí… pues no, ese día tocaba test. Concretamente se trataba de uno en el que se me preguntaba sobre las edades en que aparecieron o se consolidaron ciertos comportamientos. Yo sobre qué es lo que se espera o no se espera en ese campo, no tenía ni idea, así que… bueno, hice lo de siempre, responder con sinceridad y cruzar los dedos a ver si las respuestas sirven para encajarme dentro del dichoso modelo de comportamiento establecido para las personas transexuales de mi edad.

No hace falta que vuelva a decir que me parece ridículo que se considere que todos tenemos que ser iguales…

Cuando terminó de pasarme el test, en lugar de despacharme hasta la próxima vez, Trinidad me pregunta qué me ha parecido. Yo le respondo que el test me ha resultado muy difícil de responder porque las preguntas son «de hilar muy fino», referidas a cosas que han ocurrido muy gradualmente, y que te pedían que concretases mucho.

– No, me refiero a qué opinas de todo esto en general – dijo Trinidad cuando terminé de hablar.

Tengo que decir, antes de continuar, que la penúltima vez que fui a ver a la psicóloga, me quedé con la mosca tras la oreja. Por un momento me pareció que había leido mi blog y que sabía quien era yo, pero me parecía improbable y hasta paranoico. Claro, como si ella no tuviese otra cosa que hacer que leer las cosas que a mí se me ocurren, y, además, yo fuese tan importante como para que me recordase entre todos sus pacientes.

Cuando Trinidad me preguntó eso, me asusté un poco. ¿Donde quería llegar? No es que sea el tipo de persona que habla por charlar un rato, o al menos, no lo es durante sus consultas.

Decidí continuar siendo prudente, aunque sincero, de modo que le respondí que no estaba de acuerdo con como se hacían las cosas. Claro, ella quiso saber por qué, y yo traté de ser todo lo prudente y diplomático posible, sin entrar en terrenos de los que luego no pudiese salir. En estos casos lo que mejor funciona es pecar de modesto. En realidad, no mostrar a los demás las cosas que sabes suele ser una buena idea, así les resulta más difícil pillarte.

– Bueno… Yo de estas cosas no sé, porque no he estudiad… – empecé a decir.

– De esto sí que sabes.

Mierda. Leñes. Me ha pillado. Joer… Bueno, esa táctica ya no servía, así que ya solo me quedaba la diplomacia pura y dura, que no es precisamente mi especialidad. Sin embargo, para mi sorpresa, después de que yo hablara, cuando ella me respondía, lo hacía como si hubiese dicho en voz alta ciertas cosas que en realidad no había dicho, pero que sí estaba pensando.

Ante esto, tan solo hay tres explicaciones. O Trinidad sabe leer la mente a la gente, o los test esos son demasiado buenos, o ella lee el blog y sabe quién soy. Y la más plausible de las tres es la última. No puedo estar 100% seguro pero… En fin, Trinidad, si estás leyendo esto, un saludo.

¿Debería preocuparme por ello? Yo creo que no. Para empezar, muy poca profesionalidad demostraría si se dejase llevar por las opiniones personales que le puedan suscitar una serie de documentos que yo no le he entregado, y que se han hecho fuera de la consulta. Como no tengo la impresión de que sea poco profesional, sino de que es estrictamente profesional, eso no debería quitarme el sueño.

Al contrario, que una persona utilice su tiempo libre para buscar información, y siga algo escrito por alguien no profesional, sin autoridad ninguna, y lo tenga en cuenta, e incluso logre identificar a autor entre la multitud de pacientes que tiene, me parece extraordinario. Demuestra interés por su profesión, interés por los pacientes, e incluso que lo que escribo a lo mejor es hasta interesante.

Un amigo mío dice que de hecho, si en efecto Trinidad leyese por aquí, no sólo no es malo, sino que le parece perfecto, puesto que demuestro un lado humano frente al estudio sistemático realizado por los profesionales.

Finalmente tengo que decir que no fui el único que expresó sus puntos de vista y sus opiniones en la consulta. Ella también me habló, y lo hizo con una sinceridad y una confianza que me dejaron atónito. Hasta llegó a decirme cosas que desde el punto de vista de su posición como funcionaria pública no debería haber dicho. Ha pasado una semana, y por más que pienso en ello, no dejo de sorprenderme.

También me dijo que no tiene claro que yo sea transexual, que tiene una duda razonable sobre mí… aunque de eso voy escribir en la próxima entrada.

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