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Quito-Guayaquil-Madrid-Granada-Costa

Salí a las tres y media de mi casa. La dueña de casa había preparado una estupenda fritada para despedirme, y había invitado también a su hija, a sus nietas, y hasta estaba su bisnieto, menor de un año. Cuando me despedí, a ella se le humedecieron los ojos y a mí también. Coger cariño a los ecuatorianos, a Ecuador en general, es fácil, demasiado fácil. La noche de antes ya me había despedido, también con mucho esfuerzo, de l@s compañer@s del PT.

Cuando el avión despegó, me despedí de las montañas, las impresionantes moles de los Andes, que empequeñecen a las montañitas bajas que tenemos aquí en España. ¿Sierra Nevada? Sierra Nevada es un chiste al lado de lo que tienen allí.

Los atardeceres y los amaneceres, vistos desde un avión, suelen ser espectaculares. Esta vez, no fue diferente. Cuando el avión despegó, me asomé a la ventanilla y desde allí no conseguí divisar mi casa, pero sí los edificios de la 6 de diciembre y Río Coca. Cuando vi el estadio Rumiñauhi desde arriba me imaginé que bajo mis pies debían haber muchas personas paseando, jugando al futbol, o haciendo ejercicio, en el Parque de la Carolina, desde donde yo había visto pasar tantos aviones a una altura que parecia que podías cogerlos con las manos. Después empezamos a rebasar los picos de las montañas. Desde mi ventanilla no se veían los Pichinchas, pero sí uno de los nevados, no sé cual, rompiendo la capa de nubes. Seguimos subiendo, y apareció otra capa de nuves más, que también sobrevolamos. Por encima ya no había nada, tan sólo el cielo que mostraba una fascinante gama de rosas, violetas y azules. Unos minutos más tarde, vimos otro de los nevados, que llegaba tan arriba que rompía esa última capa de nubes y se alzaba desafiante sobre ellas, como diciendo «a ver quién se atreve a llegar hasta aqui». Tampoco sé que nevado era, pero imagino que debía tratarse del Tungurahua.

Después, aterrizaje en Guayaquil, salimos del avión, una hora de espera para la siguiente conexión. Yo tenía la esperanza de que el avión que tomaríamos a continuación sería mejor que el que nos había llevado a Guayaquil, con asientos estrechos, sin mucha distancia con la fila delantera, muy duros, y que casi no se echaban hacia atrás.

Volava con aviones de Iberia. Cuando embarqué, una azafata me preguntó si sabía mi número de asiento, y yo le mostré el billete, donde ponía «15A».

– Quince – dijo la chica – es por allí.

Yo, que hacía por lo menos dos meses que no escuchaba el sonido de la letra «c» excepto en mis labios, me sorprendí un poco y luego sonreí para mis adentros. Era un español, en un vuelo español, tripulado por españoles. Entonces me puse un poco triste, porque, de algún modo, sabia que ya no estaba en Ecuador, aunque aún no hubiésemos despegado.

El vuelo hasta Madrid fue terrible. Si podéis evitarlo, nunca, nunca, viajéis con Iberia. Un asiento en clase bussiness de Iberia es peor que un asiento en clase turista de Avianca (Avianca es colombiana). Yo cabía justo, pero a mi lado iba un inglés/armario empotrado que no cabía en el suyo… y claro, iba medio echado en el mío. Así durante 10 horas. Cuando aterrizamos mi columna vertebral era un amasijo de huesos retorcidos que no había forma de enderezar. Pensé que ya nunca más podría ponerme en pie.

Encima, Avianca te deja llevar dos maletas de 20kg, mientras que Iberia te permite sólo una.

Llegamos a Madrid y era medio dia, aunque en mi mente era por la mañana. El desfase horario me había robado 7 horas, y yo no sabía si decir «buenos días» o «buenas tardes» a la policía que me pidió el pasaporte. Ella cogió mi documentación con una sonrisa, anotó unos datos, no puso cara rara y me dio la bienvenida. Después, en el metro de Madrid, recibí mi primer «rebuzno», por parte de una chica a la que estorbaba con el equipaje. Podría haberse ofrecido a ayudarme a apartarlo, pero no, prefirió rebuznar «yo también quiero salir, si me dejas, claro». Entonces supe que estaba de verdad en casa.

Madrid era un horno. 36º de puro verano madrileño, que se dejaban sentir, atenuados, en los pasillos del metro y en la estación de autobuses. En la estación de autobuses compré un chip de movil a una vendedora Ecuatoriana, que me dijo que era de Loja. Después combatí con un camarero ecuatoriano por conseguir un plato combinado, pero este no se de donde era, porque era un gilipollas. Probablemente se había criado en Madrid, ya que era bastante joven. En el rodilla otra camarera ecuatoriana me puso una tarta de manzana y un café. De repente la sensación de estar en España había desaparecido y volvía a sentirme de nuevo en un centro comercial de Quito.

Autobús Madrid – Granada… Muchísimo más cómodo que el avión, y además, viajaba solo. Las carreteras españolas son maravillosas. Sin curvas, sin baches… el autobús, más que rodar sobre ellas, parece que flota. Me dormí como un bendito, y cuando no dormía, miraba el paisaje. Las llanuras manchegas, el paso de despeñaperros, con sus curvas abiertas, rodeado que pequeñas colinas, las sierras andaluzas con sus montañitas bajas. La tierra marrón, quemada por el sol, y los campos de cultivo extendiéndose hasta donde llega la vista. En España la Pachamama fue domada hace siglos por el hombre, y es que aquí la naturaleza no es una madre generosa de cuyos pechos mana leche y miel, sino una anciana endurecida por el paso del tiempo y sus inclemencias, que en invierno se hiela, en primavera y otoño se inunda, y en verano se quema. En Ecuador dejas caer una semilla al suelo y muy pronto tienes un árbol, en España a la tierra se le extrae el fruto a base de mucho sudor y cansancio. ¡Ecuador, que joven eres!

En Granada me espera mi amigo, que me va a dejar pasar la noche en su casa. Como ya no podía con mi alma, y mucho menos con las dos maletas de 20kg y el equipaje «de mano», nos permitimos el lujo de coger un taxi, que nos sopló más de 8 euros. En Ecuador habria costado 2$, porque era de noche y llevábamos maletas, pero claro, ahora estamos en España, y aquí un taxi es de lujo.

Hacía un calor horroroso. Aunque eran ya las 11 de la noche, los termometros marcaban 33º. Yo me quería morir, pero no lo hice. En lugar de eso, mantuve despierto a mi amigo, que tenía cara de mucho sueño, hasta las 3 de la mañana, contándole historias de Ecuador y preguntándole por sus propias historias en España. Cuando nos fuimos a la cama, yo no me dormí. Estaba demasiado cansado, y aún era temprano: en Ecuador, las 22:00.

A la mañana siguiente pude ver brevemente a otra amiga de Granada, pero luego ella se tuvo que ir, y yo también. Me quedé con ganas de más, pero lo importante, que era darnos un fuerte abrazo, lo habíamos hecho. Yo necesitaba ese abrazo desde hacía mucho, pero sobretodo después del último mes de soledad que había vivido en Ecuador. Este último mes fue muy duro para mí, y tan sólo tenía la compañía virtual de mis amigos de este lado del charco, y de algunas, muy pocas, personas en Ecuador. Necesitaba poder ver y tocar por fin a quien tanto me había ayudado desde aquí, aunque sólo fuesen unos minutos… (me dio mucha pena no poder hacer lo mismo con mi amiga de Madrid).

Finalmente, la última etapa del viaje, la casa de mis padres.

– Hija, me alegro de verte – me saludó mi madre. Unos minutos después se fue a buscar el coche para ayudarme a llevar el equipaje, y mientras las esperaba no pude evitar pensar… Tanto tiempo fuera, primero en Granada y luego en Ecuador, tantos kilómetros recorridos, tantas cosas oidas, vistas y aprendidas… He estado en tantos sitios donde nunca imaginé estar, y he conocido cosas que ni siquiera soñaba con que existían… para al final volver y ser de nuevo una mujer.

Aquí se acaba el relato de este viaje, pero el final no es triste, porque en los días siguientes me he dado cuenta de que la persona que ha regresado no es la misma que se marchó. He desarrollado una suerte de imunidad a las cosas que antes me hacían daño, y las reglas, normas, y medidas de presión ya no funcionan conmigo. Es que en Ecuador cada uno sabe lo que tiene que hacer y no necesita que venga otro a explicárselo. Algo de eso se me debe haber pegado, porque ahora, no sólo me la repanpinfla todo, sino que hasta me da mucha risa cuando me dicen «Elena», o me presentan como «hija», «sobrina» o «prima», y yo, con la voz grave y algo de barba, saludo y doy dos besos que pinchan. Y la otra persona se queda pensando «¿sobrina? pues tiene una pinta de tío que…». Seguro que más de uno piensa que soy una chica trans, y que mi familia es de lo más tolerante del mundo.

Ecuador me ha desarmado y me ha vuelto a armar, pero con un relajo de piezas que no se parece mucho al modelo original.

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¡Hasta la vista Ecuador!

Dentro de unas horas sale mi avión de vuelta a España. Me voy sin ganas de irme, porque me gustaría quedarme aquí, aunque también tengo ganas de volver a ver a mis amigos, a la familia, de bañarme en la playa, y de volver a estar en Granada, aunque la ciudad en verano se convierta en un desierto caluroso, prácticamente inevitable.

Cuando pienso en Granada puedo ver los Jardines del Triunfo con sus fuentes, la vista que había desde el balcón de mi casa, desde donde veía el Hospital Real, que no es un hospital, sino el vicerectorado de la Universidad de Granada, y la Alhambra, y más lejos aún, Sierra Nevada, esa cordillera de montecitos bajos, que tan altos me parecían antes… Cuando aún no había vivido a los pies del Pichincha.

En los cuatro meses que he estado en Ecuador he cambiado mucho, por dentro y por fuera. Las hormonas han cambiado mi cuerpo rápidamente: la voz, la cara, la forma de las caderas, más cantidad de vello y mucho menos cabello. Me paso la mano por la cara y puedo notar ya algo de barba. El afeitado ya es necesario.

Sin embargo, Ecuador me ha cambiado por dentro de una manera mucho más profunda que los cambios que llevo por fuera. Podría escribir y escribir durante horas, y seguro que me dejaba mucho por decir.

Voy a echar de menos no tener que depender de que una psicóloga diagnostique mi identidad de género, y que no existan leyes que protejan de manera específica a las personas transexuales. Por otra parte, en España existe mayor seguridad física. Se puede ir por la calle a las ocho de la noche sin miedo. Incluso a las 10 de la noche. Hasta las 12, si me apuras.

Voy a echar de menos muchas cosas, por eso quiero pensar que podré regresar a Ecuador, y por eso, en vez de adiós, prefiero decir hasta luego.

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Visitando Baños

El martes próximo me voy, y como ya he terminado mi trabajo, he dedicado estos últimos días a hacer turismo. Al final sólo me quedaron libres tres días para poder viajar, así que escogí un solo lugar para visitar: Cuenca.

Comenté a unos amigos que tenía intención de ir a Cuenca, porque, según había oído, es una de las ciudades más bonitas de Ecuador… Ellos no estaban muy de acuerdo.

– Oye, ya que vas a ir a Cuenca ¿y si de camino pasas por Baños?

Tras hablar unos minutos con ellos, y recordando que había oído hablar de Baños en otro blog (la vuelta al mundo en 10 años), decidí hacerles caso.

El viernes por la mañana salí para la terminal de Quitumbe, que es el mejor sitio para encontrar un autobús que vaya prácticamente a cualquier lugar de Ecuador, a cualquier hora del día, desde Quito. No sé si ya he comentado que el transporte público en Ecuador es muy barato (y en ocasiones, de muy, muy buena calidad). Un billete de autobús interurbano viene a costar alrededor de 1$ por hora de trayecto. Por ejemplo, desde la terminal Quitumbe de Quito a Baños, 3,5$, por unas cuatro horas de viaje.

Nada más llegar a Quitumbe, los vendedores de billetes de transporte público voceaban con entusiasmo los destinos que vendía. ¡Ambato, Ambato! ¡Loja! ¡Baños! Uno no tiene ni que saber leer… y además, suelen haber varias personas voceando los mismos destinos. Mi criterio de elección fue “voy al que menos cola tenga y más grite”. Seguramente la gente de aquí elige la compañía de transportes que sabe que es más cómoda, pero como yo no tengo ni idea…

Acabé viajando con “Viajes Amazonas” en un autobús normal, ni muy cómodo, ni muy incómodo, pero cuyo conductor daba un poco de miedo… iba demasiado rápido. Claro que como ya me he acostumbrado a estar a punto de tener un accidente cada vez que salgo de Quito, uno se resigna, se encomienda a todos los santos, aunque no sea creyente, y empieza a comprender porque en Ecuador la mayoría de la gente es católica o cristiana.

Llegué a Baños, sin reserva de hotel, por supuesto, ya que eso es algo que no se estila demasiado en Ecuador (esta mañana, mientras desayunaba, una pareja comentó que el sábado no quedaban habitaciones libres y tuvieron que irse a dormir a las termas). Me costó un poco de trabajo encontrar alojamiento, ya que la mayoría de los hostales sólo alquilaban habitaciones para dos personas, no individuales. Pero después de probar en 6 ó 7 sitios (teniendo en cuenta que Baños tiene capacidad para 2.000 turistas, y los hostales son muy pequeños, en realidad no había hecho más que empezar a buscar) encontré un hostal donde sí me alquilaban la habitación, que tenía baño dentro de la habitación, agua caliente, televisión (no la encendí, pero bueno, allí estaba), se veía limpio, y costaba 6$ la noche. Las paredes no se pintaban desde hacía siglos, y el techo estaba para verlo, pero si la cama es cómoda y la habitación está limpia, a mí ya me vale, sobretodo por 6$. Según me dijeron mis amigos, y confirmé mientras buscaba habitación, el precio normal es 8$ por persona y noche, aunque hay hoteles de todos los precios, hasta de 100$, y más si se quiere, como el hotel Samary, o el Luna Runtun, que está justo al lado del volcán.

¿Volcán? ¿Qué volcán? Resulta que Baños está al lado del Tungurahua, que es un volcán que actualmente está activo y de vez en cuando hace erupción. Hasta ahora sólo se ha llevado por delante unas cuantas casas, pero nunca se sabe… Cuando uno camina por Baños ve señalizadas las rutas de evacuación hacia los refugios. ¿Cómo se refugia uno en caso de erupción volcánica? Colocando el refugio, al otro lado de un profundo precipicio. Probablemente lo inteligente habría sido colocar el pueblo entero al otro lado del precipicio, pero el ser humano es así… nos gusta el riesgo.

Después de todo lo que llevo escrito, creo que es evidente lo que pasó a continuación: me gustó tanto Baños, que decidí quedarme, verlo bien, y dejar Cuenca para mejor ocasión. Además, Cuenca quedaba todavía a 8 horas de viaje, y puestos a jugarse la vida, creo que hay menos posibilidades de que el volcán haga erupción que de tener un accidente de tráfico. Además, precisamente estos días el volcán estaba echando la siesta y no se dignaba ni a echar un insignificante hilillo de humo, unas cenicitas… nada.

Aún así, hice “la ruta del volcán” por la noche. El volcán no se veía, claro, porque no había nada que ver, pero sí había una bonita vista panorámica de Baños. También un grupo de músicos estuvo tocando algunas canciones, para disgusto de un señor que había por allí, y al que vimos bastante enfadado. Luego el señor nos explicó que “esos” no tenían nada que ver con su espectáculo, y que se habían puesto a tocar sin que nadie les invitase.

En el programa de la ruta del volcán se anunciaba un “espectáculo de malabares con fuego”. En su lugar, el señor que estaba enfadado hizo un monólogo xenófobo (lo cual era curioso, teniendo en cuenta que él vestía una chaqueta con una enorme bandera de los EE.UU.), racista (aprovechando que tenía un compañero negro del que reírse) y homófobo. “Ese aplauso ha sido muy flojo, el que no aplauda con fuerza, es maricón”, y claro, ante esa amenaza, todo el mundo aplaudió con mucha fuerza, como su hubiese alguna relación entre que te gusten los hombres o las mujeres y el ímpetu de los aplausos. Creo que ha sido uno de los monólogos más malos que he visto en la vida. En un país como Ecuador, donde casi nadie dice palabrotas, y el número de ellas es bastante reducido (la mayoría de las palabrotas españolas no han llegado hasta aquí, a pesar de la globalización) el 33% del contenido del monólogo eran palabrotas e insultos racistas y homófobos. Como no hay mucha variedad de palabrotas que decir, el señor completaba con “caca, culo, pedo y pis”, literalmente.

Tal vez debí hacer o decir algo en ese momento, pero cuando uno se declara gay, o trans, las probabilidades de que algún hijoputa decida que es divertido agredirle, aumentan bastante, y si encima va solo, el aumento es exponencial. No me apetecía comprar papeletas en esa rifa, así que no dije ni media. A la mañana siguiente me pasé por la agencia de viajes a explicarles qué opinaba sobre el “espectáculo”. Me temo que no me gané el título de “activista del año”, pero es un precio razonable por asegurarme de mantener en su sitio todas mis piezas dentales.

Al día siguiente hice la ruta de las cascadas. Esta ruta se puede hacer en bicicleta, alquilando un bugey (una especie de karts para ir por el campo) o un quad, o en una “chiva”, es decir, un bus turístico. Yo me decidí por la chiva. A lo largo de la ruta había la posibilidad de subir a las tarabitas, que son una especie de “cestitas” que van colgadas de unos cables y atraviesan un precipicio. Tras consultarlo con mi acrofobia, decidimos (mi acrofobia y yo, de común acuerdo) que podíamos subir en las tarabitas. Pasé algo de miedo, y ni me planteé intentar hacer fotos porque no podía mover un músculo, pero las vistas merecieron la pena. Al llegar al Río Blanco, había la posibilidad de hacer puenting. Al parecer es un salto fácil, perfecto para principiantes, ideal para “bautismos”. Yo tenía ganas de probar, pero mi acrofobia decidió de manera unilateral que no, así que, mientras el guía preguntaba que si alguien iba a saltar, yo, aunque quería decir que sí, no conseguí decir ni palabra. Claro que si ni siquiera me atreví a decir que quería saltar, mucho menos habría sido capaz de subirme al borde del puente, y si lo hubiese hecho y al final hubiese conseguido convencer a mis piernas de que saltasen, tal vez me habría dado un infarto por el camino. ¡Si ver a otras personas saltar ya me hizo marearme!

Los acrofóbicos somos gente muy aburrida.

La excursión terminó con el descenso a pie hasta una cascada. Había que recorrer un camino de kilómetro y medio que salvaba un desnivel de 800m. El guía ya avisó que el trayecto podía ser un poco dificilillo… La mayoría de la gente bajó muy bien, con alegría. Yo estuve toda la bajada peleando seriamente con mi acrofobia. “Hay demasiada pendiente”, “vaya hostia me voy a dar”, “y encima el camino está embarrado”, “a ver, coloca bien los pies y no te pasará nada”. Lo malo es que mi acrofobia está motivada: tengo muy mal equilibrio, y en cuanto el camino es regular, no es raro que acabe en el suelo (aunque sospecho que en esto también hay algo de profecía autocumplida). Sin embargo el paisaje del recorrido, con las corrientes de agua, las minicataratas, la vegetación abundante y salvaje, musgos y líquenes sobre las rocas volcánicas… hicieron que mereciera la pena la bajada. Y ver la catarata desde el pie… impresionante. Luego tocó volver a subir. Para la mayoría de la gente la subida fue más dura que la bajada, para mí fue del revés. Lo malo es que yo ya estaba hecho polvo de la bajada, y tenía los músculos de las piernas agarrotados por la tensión. Al final subí antes de que el autobús se marchase sin mí, y además, hoy me he levantado sin agujetas, así que no estoy en tan mala forma como pensaba, aunque no deja de ser humillante que una niña de 5 años que iba de la mano de su padre subiese más rápido que yo T_T

Por la noche fui a las termas, que estaban abarrotadas. Me preocupaba la cuestión de los vestuarios, pero hasta ahora la timidez de los ecuatorianos me ha salvado en todas las situaciones potencialmente incómodas. En este caso, no había vestuarios comunes, sino que eran todos individuales. ¡Aleluya! Y aunque todos los hombres iban sin camiseta, a nadie le pareció raro que yo sí la llevase. Menos mal.

Respecto al plano gastronómico, iba bien aconsejado por mis amigos. Al atardecer del primer día fui a la plaza de la iglesia y comí cuerito “con todo”, es decir, con choclo (maiz tierno), con [maiz] tostado, y con chochos, que son una especie de alubia blanca y suave. ¡Que rico el cuerito! En ningún sitio lo he comido como ahí. También compré melcocha, que es una pasta dulce que se calienta, se estira, se retuerce, se estira, se golpea contra la pared, se estira, se golpea, se retuerce, se cuelga uno de ella para estirarla aún más… Cuando está fría, queda muy dura, cuando está caliente, es como caramelo sugus. Fría o caliente, está muy buena. También me pegué un “sánduche”, que es un coctel de licor de puntas (ni idea de lo que es eso) y juguito de caña de azúcar. La señora que me lo sirvió fue bastante generosa con el licor, lo cual combinado con que estaba con el estómago bastante vacío, y acababa de salir de las termas y tenía la tensión baja, resultó en que llegué al hostal haciendo eses y bastante contento.

Podría haber hecho muchas más cosas en Baños. Rafting, visitar el ecozoológico, o incluso contratar alguna de las expediciones de 1-2-3-4 días por la amazonía. En lugar de eso, me volví a Quito, más que nada porque mi avión sale pasado mañana y necesito el día de mañana para preparar las cosas, aunque también porque no he hecho nunca rafting y los recorridos que ofrecían en Baños creo que no eran para principiantes.

Curiosamente, al volver a casa, tuve la siguiente conversación con mi casera:

–          ¿Llegaste a Cuenca?

–          No… al final me gustó tanto Baños que me quedé.

–          Ya me lo imaginaba.

Y es que Baños es muy “visitable”. Cuenca queda pendiente para la próxima ocasión.

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Antigripales… WTF!

Al final con tanto cambio de tiempo, he terminado resfriándome. Me he tomado una pastilla de Ibuprofeno pero nada… me ha hecho el mismo efecto que si me hubiese tomado una pastilla de azucar. Así que he decidido acercarme a la farmacia a pedir alguno de esos combinados «dopantes» que te dejan como nuevo.

Mis alumnos me han recomendado uno que no lleva paracetamol, sino acido acetilsalicílico y cafeina, principalmente (no puedo tomar paracetamol, me produce un malestar de intensidad similar y tipo diferente al malestar del resfriado).

– Pero me parece que ahora no te venden los antigripales sin receta médica – comenta mi alumna -. Lo pusieron así porque cuando la gripe A todo el mundo iba a comprar antigripales.

– Noooo… seguro que sí le venden – responde su marido. Yo estoy de acuerdo. A lo mejor para lo que sí piden receta es para el Tamiflú.

Un rato después me acerco medio tambaleante a la farmacia (estoy exagerando, en realidad ni siquiera me ha dado fiebre) y pregunto si el medicamento que me han recomendado lleva paracetamol.

– Si lleva con receta.

– ¿Queeee? – no he entendido ni jota. A veces los dependientes tienden a abreviar las frases y quitar todas las partes no necesarias, como las preposiciones, los artículos, los verbos y el sujeto. Por ejemplo, en la hamburguesería que hay cerca de mi casa cuando pides una hamburguesa te preguntan «¿Con queso con todo?» que quiere decir que si la quiero con queso (hasta ahí era fácil) y si además la quiero con todos los demás ingredientes o hay algo que no me guste.

– Que si lleva con receta.

– Perdón, no la entiendo.

– Que todos los antigripales se venden con receta.

– Ah.

Llevaba razón mi alumna. Así que puedo ir a la farmacia y comprar esteroides (testosterona) como si fueran caramelos, pero en cambio si quiero un antigripal necesito una receta. Por un momento se me quedó cara de tonto (más de lo que ya tengo normalmente).

– ¿Y aspirinitas si venden?

– Sí, aspirina sí. A cinco céntimos la unidad. ¿Cuantas quiere?

– Pues no sé… deme ocho – ocho es una cantidad ridícula teniendo en cuenta que tengo un resfriado bastante importante, me van a durar dos días, si llega. Pero me di cuenta cuando las tuve en la mano, es que no tengo la cabeza muy clara.

La farmaceutica sacó una caja de aspirinas, una tijera, recortó ocho aspirinas y me las dio. Pagué los pocos céntimos que me pidió y me marché a mi casa pensando que espero que a ningún farmaceutico español se le ocurra venir de vacaciones a Ecuador, o a lo mejor le da un yuyu. Eso contando con que el farmaceutico en cuestión sobreviva hasta llegar al mostrador, después de ver que aquí en las farmacias venden de todo, desde champú y papel higiénico hasta chocolatinas y refrescos, pasando por animalitos de peluche.

P.D. A l*s que os debo algún e-mail, ya sabéis por qué no os he escrito. Es que llevo ya un par de días arrastrando el resfriado.

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La Capilla del Hombre

Una vez más, por enésima vez, me desorienté en las calles de Quito. Poco a poco voy recuperando mi sentido de la orientación, y ya sé más o menos donde está el norte y dónde está el sur, pero todavía me falta mucho para poder decir que me muevo por soltura en la ciudad.

Total, que estaba yo perdido por la zona del centro turístico (luego me enteré de que estaba en la calle Reina Victoria, cerca de la Colón, pero esa información me llegó una semana más tarde) cuando pasé junto a una oficina de información turística. Un sitio perfecto para pedir un mapa, y de camino preguntar qué lugares interesantes podía visitar.

La chica que me atendió lo hizo con el mejor estilo de informadora turística, sacando rápidamente un plano callejero turístico y dibujando en él circulitos y referencias. El caótico sistema de transporte público quiteño no le facilitaba precisamente el trabajo, pero aún así consiguió darme unas indicaciones claras y precisas que posteriormente me están sirviendo para llegar sin perderme a los sitios que quiero visitar. Finalmente me habló de la Capilla del Hombre, donde se exponen muchos de los cuadros de Guayasamín, uno de los mejores pintores de toda Latino América. Cuando empezó a hablarme de ese sitio lo hizo con tanto entusiasmo que decidí que sería el primer lugar que visitase. Entonces ella se ofreció a hacerme de guía.

Nos vimos unos días más tarde, entre semana, que era cuando podía, aprovechando su día de descanso. Había quedado también con otro turista, pero no se presentó, así que cogimos el autobús urbano y allá que fuimos.

Llegar a la Capilla del Hombre no es fácil. En el autobús que llega hasta allí no hay identificación ninguna, y la capilla en si está a tomar por culo de todo, en lo alto de una colina, en el barrio de Bellavista, pero donde ya casi no hay ni barrio ni nada. Eso sí, hay una vista bellísima, de ahí el nombre del barrio. Sospecho que no hay muchos turistas que lleguen a la Capilla del Hombre por casualidad.

Una vez dentro, mi guía empezó a explicarme. Primero me llevó a ver el Árbol de la Vida, donde está enterrado Guayasamín en una vasija de barro, tal y como él mismo solicitó. Dimos un paseo por la parte de fuera de su casa, y también me llevó a la cafetería del museo a que me repusiese un poco de la altura, porque el museo está a unos 2.900m de altitud, y aunque ya me estoy acostumbrando a Quito, en cuanto subo un poco, me quedo de nuevo sin aire. Luego pasamos al museo en si.

Pintura del techoEl museo está situado justo sobre la linea equinoccial, o sea, sobre la linea del ecuador, lo que significa que los días de solsticio el sol cae totalmente perpendicular sobre la estructura de la capilla, atravesando la claraboya circular que hay en el centro de esta. La pintura que hay alrededor representa a los esclavos indígenas que eran obligados a trabajar en las minasdel potosí y que están buscando a tientas una manera de escapar dirigiéndose hacia la luz.

Cada una de las partes de la estructura arquitectónica del museo tiene significado. ¡¡Hasta los diferentes tipos de suelo!! Cada rincón, cada detalle, tiene su significado, y la guía que me acompañaba los conocía todos casi tan bien como si se los hubiese contado el mismo Guayasamín.

También conocía la historia y la interpretación de cada una de las pinturas. Los cuadros de Guayasamín son fuertes, muy impactantes y dramáticos. A veces me sentía tentado de decir «que bonito», pero lo cierto es que la palabra «bonito» no tenía cabida, pues se trataba de imágenes muy dramáticas e impactantes. Algunas mostraban a madres sosteniendo en sus brazos a hijos famélicos que no podían alimentar, a personas muriendo de hambre, ríos de sangre, mutilados… representando todo el dañEn recuerdo de las víctimas de Pinocheto que el hombre ha hecho al hombre a lo largo y ancho del mundo en la última mitad del S. XX.

Al principio Guayasamín empezó pintando sobre el sufrimiento de las gentes de la América Latina, desde Mexico hasta la Patagonia, y a esa época le llamó «camino de lágrimas», haciendo referencia a la parte del ojo por donde corren las lágrimas cuando se llora. Sin embargo, después viajó por todo el mundo y comprendió que el sufrimiento no era patrimonio exclusivo de este contiente, y dibujó cuadros de todo el mundo. Esta es la etapa de la ira. Finalmente terminó dibujando también la esperanza en una última estapa que es la ternura o también «mientras viva siempre te recuerdo» que está dedicada a su madre.

En más de una ocasión noté que me emocionaba, como cuando vi este cuadro de la derecha, que Guayasamín pintó tras conocer la noticia de la muerte de algunos amigos durante el golpe de estado de Pinochet en Chile. También me sorprendió el cuadro de los mutilados, dedicado a los mutilados de la guerra civil española, que consta de seis paneles móviles que se pueden girar o colocar en cualquier orden, y siempre conectan con alguna parte del cuerpo dibujada en el panel contiguo. Eso significa que el cuadro tiene casi 3.000 posibles colocaciones e interpretaciones y todas ellas son buenas (desgraciadamente no puedo colgar la foto porque la red que tengo ahora no es muy buena y no consigo subir casi ningún archivo).

Me parece que es bastante desacertado por parte del ayuntamiento de Quito no dar una mayor publicidad a la Capilla del Hombre, y es una pena que seguramente muchos turistas se vayan sin conocer la obra de este pintor. De todos modos, la visita para mí no habría sido ni la mitad de buena de no haber contado con las explicaciones de mi guía.

Le he pedido permiso para dejar sus datos de contacto aquí, por si a alguien le pudiese interesar contratarla. El hecho de que yo la conociese por casualidad no significa que sea una guía «pirata», al contrario, tiene la acreditación oficial del Ministerio de Turismo ecuatoriano para ejercer esta labor, y doy fe de que por su profesionalidad, interés y conocimientos, se merece ámpliamente dicha acreditación. Su nombre el Lilia, y su dirección de correo electrónico es liliaruiz1719(arroba)hotmail(punto)com  (pongo así la dirección para evitar que le llegue demasiado spam).

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Manta, una ciudad con espíritu de pueblo.

Este fin de semana estuve de viaje en Manta. Me invitó un compañero de la casa, al que le hacía mucha ilusión que visitase su ciudad. Sólo me pedía dos cosas a cambio: que me lo pasara muy bien, y que hiciese muchas fotos para enseñárselas a «mi amigo el de España» (ese amigo ya sabe quién es) y que le contase a todo el mundo lo bien que me lo había pasado.

MapaMi amigo vive en una casa muy humilde, pero… ¿quien soy yo para criticar si mi padre vivía en una casa igual de humilde o más? Lo importante es que fue un anfitrión excepcional. No me dejó ayudarle en nada, y cocinó para todos. En el plato de arroz que me puso uno podía practicar senderismo y escalada, y en la sopa, podías hacer largos como si fuese una piscina olímpica. Le pedí ir a la playa y a la playa me llevó (los dos días que estuve allí), además de enseñarme sus lugares favoritos de Manta.

Yo tenía la sensación de que Manta debía ser un pueblo pequeño, por las cosas que contaba de allí, sin embargo cuando cogíamos el autobús, el tiempo pasaba y pasaba, y no llegábamos al destino. Se trata de una ciudad hecha y derecha, yo diría que más grande que Granada, aunque desconozco cuantos habitantes tiene. Dimos un paseo por Tarqui, donde hay un gran mercado callejero que me recordó muchísimo a los mercados de Londres. Tarqui es algo así como Candem Town, pero a la Ecuatoriana. Eso significa que en vez de dulces y porquerías, se vendían frutas de todas las clases, colores y sabores, algunas de las cuales no conocía ni mi anfitrión. También quesos, carnes, ropa, calzados, artesanías… ¡de todo! Mientras caminábamos, mi amigo se encontraba con conocidos a los que saludaba como se saluda la gente de los pueblos, con confianza y parándose a hablar unos minutos sobre lo que hacen y sobre la familia. Pero no estábamos en un pueblo. Empecé a entender por qué tenía la impresión de que Manta debía ser pequeño. No es que mis amigos exagerasen, sino que, al parecer los manteños todavía no se han enterado de que en las ciudades uno tiene que estar muy ocupado, tener mucha prisa por llegar a su casa, o a su trabajo, y pasar el menor tiempo posible en las calles, que son sólo un lugar de tránsito y no un lugar de encuentro.

En Manta la gente se sienta a tomar el sol en los paseos mientras bebe una cerveza y come algo de picar, como se hace en los pueblos. Es barato y agradable. ¿Por qué ir a gastarse el dinero a un bar, si la música ya se oye desde fuera? Eso en las ciudades es algo que no se puede hacer, pues la calle es peligrosa. ¿Es que aquí no se han enterado? Por supuesto, ellos saben que la calle es peligrosa y que en cualquier momento te pueden robar, pero no van a dejar que eso les estropee el día. Sólo hay que tener un poco de cuidado y ya está.

Otra cosa que me llamó la atención de Manta fue la gran cantidad de personas trans que había. Nos las tropezábamos por casualidad, sin querer, hombres y mujeres trans, trabajando, paseando, de fiesta… ¡La proporción era asombrosa! Se diría que ser trans en Manta es facilisimo, pues muchos de ellos tenían su trabajo en bares, en peluquerías, negocios propios, en fábricas… sin ningún problema.

Sin embargo a mi amigo en su barrio le trataban en femenino, al igual que hace su familia, e incluso entre ellos mismos a veces no saben si hablarse en masculino o en femenino. La transexualidad, a nivel individual, les sorprende tanto como en cualquier otro lugar, les deja descolocados y sin saber qué hacer. No hay un protocolo establecido, ni se acepta con naturalidad. De hecho, existen clínicas de «cambio» (no de curación, porque a nadie se le pasa por la cabeza que sea una enfermedad) en las que las familias ingresan por la fuerza especialmente a las chicas lesbianas y a los hombres trans, pero también a los gays y a las chMantaicas trans, para que les cambien y se comporten como es debido. Algunas de estas clínicas emplean métodos brrutales, como embadurnar a los pacientes con miel, atarlos a un árbol y dejar que las hormigas les muerdan, golpearles, violarles, etc… Conozco personas que cuentan que sus amigos o parientes les han dado palizas por ser como eran, y para que dejaran de serlo. Hermanos que dicen que se avergüenzan de ellos.

No, no lo tienen muy fácil. Manabí no es el paraiso de las personas trans. No sé si ese paraiso existe en algún lugar, pero si existe, no está aquí. Sin embargo, debe existir una consciencia social, una tradición, un algo que haga que el tejido social, a nivel «macro», de soporte para que tantas personas trans se atrevan a manifestarse como son a pesar de las adversidades, en una proporción impensable según los «expertos» europeos y estadounidenses que, obviamente, nunca han salido a dar un paseo por Manta. Ojalá fuese yo sociólogo y tuviese herramientas que me ayudasen a comprender todo eso, que, desde que he estado allí me tiene medio perturbado. U ojalá los sociólogos y estudiosos eruditos y académicos se animasen a alejarse un poco de sus despachos, sus universidades, sus sesudas teorías y se animasen a acercarse por aquí a vivir de verdad aunque sólo fuesen quince días. Claro que a lo mejor se asustaban porque tenían que revisar todo lo que habían escrito hasta ese día, o tirarlo directamente a la basura y pedir disculpas por todas las tonterías dichas hasta el momento.

A parte de eso, vi pájaros que no había visto nunca, me bañé en el Pacífico (otra de las cosas que pensé que nunca haría en mi vida), recogí caracolas, comí pescados que unas horas antes estaban en la mar, comí verde y maduro, comí una hamburguesa especial por un dólar, hice muchas fotos, me subí a las piernas de un pirata de cartón piedra, fui víctima de las bromas de un vendedor de caramelos (pero me lo pasé muy bien), me invitaron a una parrillada en casa de otro amigo cuya familia es originaria de líbano, comí carne y ensalada hasta reventar, jugué con los primos de mi anfitrión, entré a un puticlub (ahí me engañaron) que era el local más concurrido del barrio y eso que era lunes por la mañana, casi fui testigo de la detención de unos ladrones, di consejo sentimental (como si estuviese capacitado para hacer algo así), cogí un gallo de pelea que había trepado a un arbolito bajo… Si me pongo a contar, no acabo…

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Seguro que me he olvidado de algo.

El otro día me desperté por la mañana con una sensación rara: no tenía nada que hacer. Me refiero a nada relacionado con la casa y el PT. Sí que tenía que mirar el Facebook, responder varios correos electrónicos, actualizar el blog, escribir una reflexión que se me está ocurriendo para Conjuntos Difusos, ponerme al día de un par de foros, responder en mis partidas de rol, y ponerme al día con mi blogsfera particular, pero, a parte de eso, no tenía que hacer nada.

Pronto me di cuenta de que estaba equivocado. Es algo que estoy empezando a aprender: si un día me despierto sin tener nada que hacer, significa que me estoy olvidando de algo. De hecho, significa que me estoy olvidando de varias cosas, porque aquí hay mucho por hacer.

Algunas cosas son básicas: limpiar la casa, poner agua y comida al perro y jugar un rato con él (importante para que pase el día tranquilo y no destroce demasiadas cosas), otras van surgiendo de la agenda del proyecto. Me gusta porque noto qe cada vez van delegando más cosas en mí, lo que significa que poco a poco voy aprendiendo a desenvolverme, y me gusta también porque casi todo lo que hacemos aquí tiene resultados interesantes. No significa que todo sea fantástico y maravilloso, ni siquiera que me guste siempre, pero sí que es interesante. Me da que pensar y me pone delante a personas y situaciones que ni siquiera pude imaginar que podrían llegar a planteárseme.

Hoy hemos organizado en la casa unos talleres de la CONFETRANS, que nos tuvieron de cabeza durante todo el día de ayer para cuadrar la logística y preparar los materiales. El resultado ha sido bueno y todos hemos quedado contentos (los que hemos estado en la organización, además, orgullosos). El lunes estuve acompañando a una persona a hacer diversas gestiones, puesto que no hablaba inglés. El domigo lo pasamos de descanso y paseo por un enorme parque que hay en Quito (el Parque de la Carolina), y aprovechamos para ver un partido de Pelota Nacional, que es un juego autóctono de Ecuador, de origen precolombino, y que tiene ciertas similitudes con la Pelota Vasca (ya hablaré sobre ello más adelante, porque es curioso). El sábado perdí algo importante y me pasé todo el día disgustado. A estas alturas no estoy seguro de si me lo robó una persona que pasó por la casa durante algunos días. El viernes lo pasé casi entero enseñando español a una refugiada rusa. El jueves fue el canelazo literario.

No me aburro. Mi única queja es que me gustaría tener más tiempo para actualizar el blog y escribir a mis amigos y familia, pero supongo que no se puede tener todo…

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Teleférico

Desde la Casa Trans se ve un teleférico que sube por la ladera del Pichincha hasta arriba del todo. En realidad no es la cima de la montaña, ya que una vez que estás allí puedes seguir subiendo, pero sí que es el punto más alto que se ve desde Quito. Cuando uno está abajo, la subida parece bastante impresionante, pero no es nada comparado con lo impresionante que es cuando subes de verdad.

Inicialmente el precio del viaje me pareció un poco caro: 4,50$ los ecuatorianos, y 8,50$ los extranjeros. En el grupo íbamos tres extranjeros y tres ecuatorianos, así que intentamos que cada uno de los ecuatorianos comprase dos entradas, la suya y la de una de los extranjeros. Fue una estrategia que en el pasado dio resultado, pero el hombre que estaba ese día en la caja estaba más avezado y nos pidió las cédulas de identidad, con lo que no quedó más remedio que los que somos de fuera pagásemos religiosamente lo que era menester.

Las cabinas eran para seis pasajeros, así que cupimos todos. El día anterior habíamos estado lanzándonos de un lado a otro de montañas altísimas en canopi (tirolina), así que ya estábamos un poco curados de espanto respecto a las alturas. Aún así, cuando aquello empezó a subir, a subir, y a seguir subiendo, todos nos pusimos un poquito nerviosos y decidimos que lo mejor era que no nos moviésemos mucho, sólo por si acaso. Hacia la mitad del recorrido se nos empezaron a taponar los oídos por la diferencia de presión.

Lo primero que noté al llegar fue que el aire era liviano, ligero, falto de alimento… como fumar tabaco ultralight en comparación con el tabaco normal (nota: dejé de fumar hace ya muchos años, lo que no significa que se me haya olvidado). Respirabas y era como que te quedabas con ganas de respirar otra vez. Como después de hacer una comida de régimen, que te quedas con ganas de comer de verdad. O de respirar de verdad, en este caso.

Eso se debe a que nos encontrábamos a 4.100m de altura, y eso son muchos metros. Si Quito está a 2.830m, habíamos subido 1.270m en un ratito. En la estación de llegada había un “bar de oxígeno”, y varias cafeterías que ofrecían te de coca para ayudar a pasar el malestar provocado por la altura. También habían varios carteles de advertencia para las personas mayores, enfermos del corazón, niños, etc, y un puesto en el que te tomaban la presión sanguinea por 0,50$. Yo debía tener algo de mala cara, porque mis amigos insistieron en que me tomase la tensión, a ver como estaba. Por mi parte no me apetecía mucho, ya que sabía que la medición iba a salir mal. Estaba ligeramente mareado y creí que tendría la tensión alta. Me equivoqué: en realidad la tenía por los suelos, a 80. La chica que me la tomó se quedó bastante preocupada y me dijo que comiera algo, que tomara te de coca, y que caminase muy despacio. Otro de los compañeros también se la tomó y le salió un pelín alta, estaba a 140.

Con mi tensión por los suelos, y consciente de que en el momento menos pensado me podía desmayar, acompañé a mis amigos a caminar por la estación. Habían varios miradores a la altura del punto al que llegaban los teleféricos, y otros un poco más lejos y aún más arriba. Por supuesto, subimos hasta arriba del todo.

Las vistas eran impresionantes. A esa altura uno ve pasar a los aviones que van en dirección a Quito desde arriba. Ves el techo del avión. También ves la ciudad prácticamente entera, y si te das la vuelta, la cima de la montaña, que en realidad es un volcán. Desgraciadamente, el día estaba un poco nublado, y la montaña no se veía del todo, pues las nubes la ocultaban.

A 4.100m de altura, las nubes están muy cerca, pero la cima del volcán estaba más alta todavía. Y hace mucho frío. Por suerte estábamos avisados y llevaba jersey, chaqueta, braga para el cuello… como en febrero en Granada, más o menos. Todavía contento, ya que esa misma altura en casi cualquier otra latitud sería zona de nieves perpetuas.

Después del paseo fue cuando por fin me tomé el te de coca que me habían recomendado, pero no puedo decir que me hiciera mucho o poco efecto, porque unos minutos más tarde cogimos el teleférico de bajada.

¡Que alivio regresar a Quito y volver a respirar con normalidad! Lo cierto es que después de subir en el teleférico he notado que mis problemas con la altura han mejorado bastante, aunque creo que en realidad ya iba tocando que empezase a acostumbrarme, pues en ese momento llevaba como semana y media aquí. Ahora llevo dieciséis días y ya puedo moverme con libertad, aunque una actividad física más o menos intensa me quita la respiración, y subir la cuesta de La Gasca (la calle principal de la zona donde vivo) todavía puede conmigo a veces.



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Protocolos de la transexualidad en Ecuador

El domingo que viene me toca la inyección de testosterona. En España la venta de testosterona se hace sólo con receta médica y está muy, muy restringida. Con esto me refiero que existen muchos medicamentos que en teoría sólo se venden con receta médica, pero que es posible conseguir sin receta, como por ejemplo, Androcur, que es un antiandrógeno que inhibe la producción de testosterona, y que suele ser utilizado por las mujeres transexuales, o, más fácil todavía, las hormonas femeninas, que son de uso común entre las mujeres no transexuales, pues las utilizan como anticonceptivos orales. La testosterona, en cambio, es prácticamente imposible de conseguir si no hay una receta médica de por medio.

Podría reflexionar sobre los motivos por los que es posible conseguir estrógenos y antiandrógenos y no andrógenos, pero como estoy en Ecuador, no es necesario.

Como iba diciendo, el próximo domingo me toca chutarme, y pese a las restricciones que pesan sobre la compra de testosterona, conseguí traerme una dosis extra, lo que significa que venía con un mes de hormonas asegurado. Aún así, he tomado la costumbre de conseguir la próxima dosis antes de ponerme la actual, por lo que pueda pasar, de modo que ayer fui a comprar más hormonas.

Evidentemente, la receta de mi endocrina española aquí no sirve. ¿Cómo conseguir entonces las hormonas? Pues muy fácil, uno se acerca a una farmacia “grande” (en mi caso una perteneciente a una cadena de farmacias en concreto, que ahora mismo no recuerdo el nombre) y pide lo que quiere. Yo tuve un pequeño problema y es que el medicamento que utilizo (Testex Prolongatum 250mg) aquí no se comercializa, de modo que estuvimos un buen rato tratando de encontrar uno equivalente. Al final dimos con el Primoteston Depot 250mg, que tiene el mismo principio activo, las mismas indicaciones, la misma posología, y lo de Depot significa que el medicamento se deposita y se va liberando lentamente, o sea, lo mismo que “prolongatum”. Ahora es donde cuelgo el cartel que pone “niños, no intentéis hacer esto en casa”… Creo que ando demasiado cerca de la autohormonación como para sentirme tranquilo, pero en unos meses me haré los primeros análisis y saldré de dudas. Ouch.

Otra cosa curiosa respecto a los medicamentos en Ecuador, es que no traen prospecto, o al menos ese en concreto no lo trae. El farmacéutico me lo leyó de su vademecum, y luego yo lo releí en Internet, pero lo que es el medicamento en si… no lo tenía. ¿Quizá los farmacéuticos opinan que los compradores ecuatorianos son demasiado burrianalfabetos como para comprender las indicaciones?

El hecho de que uno pueda ir a la farmacia a comprar casi cualquier medicamento debe ser la causa de que no sea necesario ningún tipo de informe psicológico para que un endocrino te recete hormonas. Eso, o quizá el hecho de que aquí la idea de que la transexualidad sea una enfermedad es, simplemente, ridícula. De modo que tampoco hace falta ningún certificado de que estás loco para acceder a las cirugías. Y tampoco es necesario diagnóstico psiquiatrico o modificación corporal para realizar el cambio de sexo y nombre legal.

Esto último es un logro del Proyecto Transgénero (la organización que estoy visitando), que presentaron la necesidad del reconocimiento de la identidad de género, no como una cuestión de salud, sino como una cuestión de respeto al desarrollo de la identidad. El caso de la Ciudadana Luis Enrique Salazar fue un ejemplo de uso alternativo del derecho que desembocó en el establecimiento del proceso para realizar este cambio de nombre y sexo legal. Actualmente la constitución Ecuatoriana incluye el derecho a la no discriminación por razón de identidad de género, cosa que no existe en ningún país de la UE.

No voy a decir que aquí atan los perros con longanizas. Para conseguir el cambio de nombre y sexo legal es necesario ir a juicio y hacer un alegato sobre la propia identidad de género. Es un proceso relativamente sencillo si lo conoces, pero imagino que complejo para aquellas personas que desconocen todo sobre la ley. Ir a juicio es algo que disuade a la mayoría de la gente de intentar cualquier cosa, pues los costes y el tiempo que suele ser necesario invertir habitualmente son muy altos. En la actualidad, muy pocas personas trans de Ecuador han realizado el cambio de nombre y sexo legal.

No obstante el hecho de que aquí haya que ir a juicio pero realizar tan sólo un alegato sobre la propia identidad, y de que en España no sea necesario ir a juicio pero sí aportar diagnósticos psiquiátricos y realizar intervenciones corporales me hace ser optimista. Quizá un día, dentro de algún tiempo, sea posible fusionar lo mejor de ambos sistemas y conseguir que baste con realizar una declaración escrita sobre la propia identidad de género para poder cambiar de nombre y sexo legal, tanto en España como en Ecuador o cualquier otro país.

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Tráfico rodado y deportes de riesgo involuntarios

Es difícil recordar y separar unos días de otros, unos momentos de otros. Cuando trato de recordar lo que hice ayer, tan sólo me vienen a la mente las cosas de hoy, y antes de ayer es un abismo insondable de tiempo. Los días están repletos de horas que se arrastran lentamente, llenas de imágenes, emociones, colores, personas, pensamientos… ¿Cómo da tiempo de hacer tanto en un solo día?

Ayer me atreví a dar mi primer paseo en solitario por Quito. Armado con un plano callejero de la ciudad, me encaminé hacia el consulado español para registrarme aquí como extranjero no residente.

Una de las primeras cosas que descubrí es que cruzar la calle en Quito es un deporte de riesgo. Hay quien hace alpinismo, y hay quien bucea, y hay quien cruza la calle en Quito. Cada uno se juega la vida como más le gusta.

Otra de las cosas que descubrí pronto fue que el sistema de transporte público es perturbadoramente opaco. Hay una infinidad de autobuses, troley (que es otro autobús distinto, que circula por un carril propio) y metro (que todavía no sé en qué se diferencia del troley, excepto en que hace un recorrido diferente). El troley y el metro más o menos se sabe como funcionan, porque mi mapa callejero señala los recorridos que hacen, aunque parece ser que hay varias líneas, pero de momento no he descubierto en qué se diferencian unas líneas de otras. Los autobuses, no tengo ni puñetera idea de cómo van. Los planos de autobuses son un invento que todavía no ha llegado a Quito, y las paradas de autobús se alzan en la acera, de color gris acero, misteriosas como puertas que no sabes donde te llevarán si te atreves a cruzarlas. Eso sí, el transporte público es muy barato, a 25 céntimos de dólar. Y cuando los autobuses se detienen en la parada, se baja un señor que empieza a decir a quienes están esperando en la parada: “¡¡Suban, suban, autobús a nosedonde!!”

Intimidado por las serias dificultades que puede suponer coger un autobús equivocado y luego no ser capaz de regresar al lugar de origen, decidí ir andando hasta el consulado, y llegué, a pesar de que la combinación de cuestas arriba y altitud (recordemos que Quito está a 2.830m de altura) no me lo puso nada fácil. Cuando llegué descubrí que no era el consulado, sino la embajada, pero un guardia muy amable me indicó la dirección del consulado, que me pillaba de camino para volver. A la vuelta sí que me perdí un poco, pero como las calles de Quito son bastante rectas, y paralelas o perpendiculares entre si, la pérdida no fue demasiada. Conseguí llegar al consulado, e incluso luego regresé a la casa.

En el Consulado me atendieron varias personas, desde que entré por la puerta, hasta que llegué a la primera ventanilla, todos ellos ecuatorianos, todos ellos con cara de estar chupando limones, y carácter más o menos acorde al sabor de la fruta en cuestión. Cuando por fin llegué a la ventanilla, la funcionaria me preguntó desabridamente:

–    ¿Y a usted por qué le han puesto este sello en el pasaporte? – señalando al sello que me pusieron al entrar al país.
–    Pues no le sé decir, la verdad – respondí yo, encogiéndome de hombros con mi mejor cara de pardillo. Estuve a punto de decirle “pensé que era el procedimiento normal para demostrar la fecha de entrada al país, por si acaso se me pasa la fecha del visado de turista” ó “si no sabe usted por qué me pusieron el sello…”, pero me mordí la lengua.
Tras examinar mi pasaporte un par de veces y detenerse en el nombre con cara de “que tía más machorra, si parece un tío”, me endiñó dos formularios y me dijo que los rellenara, trajese tres fotos, y pidiese turno para la ventanilla al guardia de fuera. Eso me enseñó otra cosa más: aquí en Ecuador hay que hacer formularios para todo. Estos dos son el cuarto y quinto formularios que tengo que rellenar desde que estoy aquí, y no llevo ni una semana… Además, en casi todos los casos, te los dan de dos en dos. Claro que si el sistema de autobuses es un caos, la organización de la burocracia no quiero ni imaginarla. De cualquier modo, no llevaba las fotos, así que me tuve que volver a casa con el recado sin terminar.

La tarde la pasé tranquilo, disfrutando de que por fin se me empieza a pasar el desfase de sueño. Llovió a cántaros, como si el mundo se fuese a inundar de un momento a otro, pero desde que estoy aquí, todos los días llueve así en un momento u otro, así que no me asusté.

Por la noche vinieron Ana y Eli, y estuvimos charlando y cenando. El sector “extranjero” de la casa habíamos pensado en ir hoy al casco antiguo, a hacer turismo, y Eli y Ana coincidieron en que era una muy buena idea. Les pareció tan buena idea que pensamos que sería bonito ir al casco histórico esa misma noche, aunque todavía llovía un poco y hacía frío.

Dicho y hecho, todos los de la casa, menos uno que está enfermo, nos apuntamos. Contando con Eli y Ana, en total éramos siete, así que no cabíamos en el coche. La solución era coger la furgoneta, que aparentemente no tiene limitación de espacio.

La furgoneta en cuestión es una reliquia venerable, de incontables años, que tiene la parte de atrás descubierta, es decir, es una ranchera. En la parte delantera caben dos personas delgadas y el conductor. Es decir, por fuerza teníamos que ir cuatro atrás, y yo casi obligatoriamente tenía que ser uno de los que fuesen atrás, porque si me subo delante, entonces sólo cabemos el conductor y yo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que este país me está haciendo algo raro. Yo, que conduzco con prudencia, que no me salto los semáforos, que cuando me subo al coche me pongo el cinturón de seguridad… estaba en la parte de atrás de una venerable furgoneta ranchera destartalada, más concretamente sentado sobre el borde de la misma, bajo la lluvia, subiendo y bajando cuestas bastante empinadas, en constante riesgo de caerme, o de que el conductor diese un frenazo y yo saliese despedido, o que otro coche chocase por detrás, o… lo que sea.

Lo peor del caso es que me pareció muy divertido, y lo hice sin remordimiento alguno. Como dice un amigo mío ¿en qué momento se nos olvidó vivir a los europeos? Me viene ahora a la mente el slogan de Renault “que bueno es vivir mucho”, en el que se muestra que lo bueno de la vida llega cuando eres viejo. Pero… pero… a mí no me gusta tomar riesgos innecesarios, y sin embargo en estos pocos días, en los que estoy arriesgándome bastante, es como si me acabase de despertar de un sueño y estuviese empezando a vivir de verdad. Es decir… la seguridad está bien, pero quizá sea necesario acercarse un poco a la muerte para disfrutar la vida.

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