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Respecto a la “disforia de género”

Como cada vez que la APA hace algún pequeño avance en la publicación de su nuevo manual diagnóstico, surge en algún que otro periódico la noticia de que la transexualidad ya no será considerada una enfermedad en el DSM. Noticia que, por cierto, es falsa. La transexualidad continuará contemplada en el DSM (ya escribí sobre ese tema en el blog de la.trans.tienda), sólo que la APA se preocupa por aparentar que no, y así quedar como que son muy buenos y despatologizadores, al mismo tiempo que conservan a sus pacientes trans, obligadxs a ir a la consulta y recibir el correspondiente diagnóstico psiquiátrico antes de recibir ningún tipo de tratamiento médico o reconocimiento legal (excepto en Argentina, donde han pasado olímpicamente del DSM y de los SOC, y  cada cual hace con su cuerpo y con su vida lo que mejor le parece, o lo que buenamente puede, para intentar ser medianamente feliz en su vida, como debe ser).

Lo que la APA va a hacer en realidad es cambiar el “trastorno de identidad de género” por la “disforia de género”. La justificación es la siguiente: el “trastorno de identidad de género” venía a decir que yo tengo una enfermedad mental que consiste en querer ser un hombre, cuando en realidad soy una mujer. Cosa que, para el que siga este blog desde hace un tiempo, hace aguas por todas partes, y como ya lo he explicado muchas veces, no lo voy a repetir (pero si quieres más información, puedes revisar las entradas más antiguas; hay muchas sobre el mismo tema, pero no están ordenadas). La nueva “disforia de género” se define como “una marcada incongruencia entre la propia experiencia/expresión de género y/o las características sexuales primarias o secundarias”, y es una idiotez.

A ver ¿qué tiene que ver la experiencia del género con las características sexuales? ¿Cómo va a ser congruente o incongruente una experiencia que es social, con la forma del cuerpo? ¿Qué tiene que ver la experiencia del género de una persona con el tono de su voz? ¿Si una persona experimenta su género como mujer, pero tiene la voz grave, existe una incongruencia? ¿Si una persona experimenta su género como hombre, pero tiene tetas, existe una incongruencia? Porque mi prima tiene la voz tan grave, que cuando habla por teléfono, las teleoperadoras le preguntan que si está la señora de la casa, y un vecino de mi tienda tiene las tetas más grandes que muchas de mis amigas, y tanto mi prima, como mi vecino, son cisexuales ¿Tienen ellos disforia de género? No, claro que no. Pero yo sí la tendré, cuando el DSM cambie ¿Cuál es la diferencia entre ellxs y yo, para que ellxs no experimenten “incongruencia entre su expresión de género y sus características secundarias” y yo sí? Que ellxs están de acuerdo con el sexogénero que se les asignó al nacer, y yo no.

No me fastidies, Asociación de Psiquitras Americanos. Esa definición es una chapuza. Has tenido a una legión de psiquiatras y psicólogos trabajando durante varios años para hacer la definición de “disforia de género”, recibiendo comentarios de gente de todo el mundo… ¿Y os sale mal? No quiero ni imaginarme como haréis las terapias… Más nos valdría que os dedicaseis a otra cosa. A poder ser, a algo que no causase daño a otras persona. Ineptos. Inútiles. Incompetentes… ¡Y encima cobráis! Seguro que con un sueldo de un mes de los vuestros, yo puedo vivir medio año, como mínimo (claro, y por eso no os vais a dedicar a otra cosa, sino que continuaréis con lo mismo).

Lo que en realidad quería decir la APA, según me parece, es que la “disforia de género” es el sentimiento de fuerte malestar y sufrimiento al ser visto por los demás, o por uno mismo, como perteneciente a un sexogénero no deseado. “Disforia” sería lo contrario a “euforia”. Y puede venir provocado porque los demás te vean como hombre o como mujer, cuando tú no te sientes así, como porque tú veas en ti cosas que entiendes “de hombre” o “de mujer” y que no soportas que estén en tu cuerpo. Puede venir provocado porque los demás te traten en el género no elegido contra toda evidencia (como, por ejemplo, cuando un periódico se empeña en hablar en masculino de una mujer transexual, a pesar de que nadie diría que es un hombre, desde ningún punto de vista), o porque los demás te traten en el género no elegido porque al verte creen que ese es el género correcto (en función de tus caracteres sexuales secundarios, generalmente, ya que la gente no suele ir por ahí enseñando sus genitales. Claro que también hay situaciones en que la gente se desnuda por completo, y son mucho peores). Puede ser algo social, o físico, que venga desde los demás, o que venga desde tu interior.

Sin embargo, visto de esta manera, la disforia de género no puede abarcar todas las experiencias trans, sino únicamente una. Kim Pérez  distingue entre la transexualidad por desidentificación y la transexualidad por identificación. La transexualidad por desidentificación sería el resultado de un “no quiero ser”, una huida del género asignado en el nacimiento. Pero, como señala Kim, para poder decir “no quiero ser”, primero es necesario haber afirmado “soy”. La disforia de género, en mi opinión, sería el sentimiento resultante del «conflicto profundo que suponga el paso del concepto “soy” al de “no quiero serlo”».

Pero también está la transexualidad por identificación, de la que Kim nos dice «que lo fundamental es un “soy”, o un “quiero ser”, o un “puedo ser”. No hay nada conflictivo en esto. Es una constatación agradable y apacible. Los conflictos llegarán después, a la hora de decirlo o socializarlo, pero este sentimiento ha surgido por adhesión, por afinidad o simpatía». No hay aquí, disforia de género, o cuando la hay, se da en mucha menor medida que en la transexualidad por desidentificación. Por tanto asimilar “disforia de género” a “transexualidad” es un error garrafal.

También es un error peligroso. Si para conseguir tratamientos médicos específicos para la transexualidad, que son, a su vez, requisitos necesarios para obtener un reconocimiento legal de género, es necesario un diagnóstico psiquiátrico de “disforia de género” ¿Sólo serán merecedoras de atención sanitaria aquellas personas que viven una experiencia trans por desidentificación, quedando fuera las que viven una experiencia trans por identificación? Porque, una y otra vez, el problema con el diagnóstico es el mismo: ver quienes se van a quedar fuera. El objetivo del diagnóstico es únicamente limitar el acceso a la atención sanitaria las personas solicitante, de modo que no todas (solo las que obtengan el diagnóstico) tengan acceso a los tratamientos específicos para las personas trans.

¿Seguiría yo siendo merecedor de la atención sanitaria? No he vivido más que un leve sentimiento de disforia de género, y ha sido únicamente en función de que mis caracteres sexuales secundarios impedían que los demás me viesen como yo quería ser visto. Cuando mis padres u otras personas me tratan en femenino, no pienso “¡no quiero ser una mujer!”, no tengo un sentimiento de disforia de género, sino que pienso “¡me estás faltando al respeto! ¿Quién eres tú para tratar de imponerme quien soy?”. Es indignación. Además, la disforia de género, como categoría diagnóstica, y a diferencia de la transexualidad, ofrece una salida (posiblemente una de las pocas ventajas de esta nueva categoría). Una vez que la persona ha acomodado sus caracteres sexuales a los del sexo preferido, deja de sufrir disforia de género. Según esto, una vez que me hubiese sometido a todas las cirugías pertinentes, yo dejaría de tener disforia de género. Entonces ¿cómo se justifica el mantenimiento de los tratamientos médicos, una vez que ha cesado la causa que llevo a su prescripción? ¿Cómo justificar que se continúe administrando un tratamiento hormonal?

La disforia de género no se sostiene. Todavía no ha nacido, pero ya se cae a trozos. Autorxs con más conocimiento que yo elaborarán sus propias críticas, y señalarán puntos distintos. Sin embargo, la suerte está echada, y el DSM ya se está preparando para sacar su versión definitiva. Saldrá en marzo de 2013, y tendremos que volver a leer en los periódicos que la transexualidad ya no será considerada una enfermedad, aunque siga siendo considerada una enfermedad.

Ahora, demostrada la incompetencia de la APA, y la falta de fiabilidad de su DSM como manual de referencia en lo tocante a transexualidad (y, como han denunciado muchxs expertxs de otros campos, también en lo tocante a otros supuestos “trastornos”), no queda más que ignorarlo y centrar los esfuerzos en generar una práctica despatologizadora de hecho, que ponga el poder de decisión a la hora de definir la propia identidad de género, y el propio cuerpo, en las manos de las personas transexuales, desde el derecho a la libre elección de identidad de género, sin el cual es imposible que las personas transexuales podamos hacer efectivo el libre desarrollo de nuestra personalidad, y el derecho a la dignidad.

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A las dos de la mañana…

Eran las dos y cuarto de la mañana y a mi ya no me cabía ni una letra más en el cerebro. A veces temo que se me acabe el espacio y los conocimientos nuevos vayan borrando los antiguos, aunque haga repasos. Esta no es la oposición más dura que he preparado, así que sé que tengo capacidad para ella, pero cuando llevas tantas horas estudiando, simplemente te da la sensación de que ya no puedes meter dentro ni un sólo conocimiento más.

Así que, harto de memorizar quién hace qué, cuando y en base a qué ley, decidí que era un buen momento para irme a dormir, pero antes me asomé al balcón. En algún lugar, alguien tocaba la guitarra bien, y cantaba regular. Es lo que tiene esta ciudad universitaria y bohemia, a todas horas hay alguien a quién le rezuma el arte por los poros y no puede evitar manifestarlo, en ocasiones de manera bastante ruidosa. Ahora mismo hay alguien que lleva toda la mañana (desde las 9, y ya es la una y cuarto) tocando las castañuelas, y yo ya no sé si bajar y suplicarle que se vaya al parque que hay aquí al lado, que está más fresquito y no molesta a nadie, o ponerme los tapones para los oidos, con la incomodidad que ello representa. Creo que voy a por los tapones, ya que la policía tiene la mala costumbre de amonestar y echar a los artistas ruidosos y a los indigentes del parque. Si están en mi calle, no les importa, pero el parque es otra cosa…

Había además una persona sentada en el suelo, en uno de los balcones del edificio de enfrente, con un portatil. Me pregunto si estaría estudiando, aunque más bien sospecho que estaba enganchado a cualquier entretenimiento de los que ofrece internet. La casa en la que estaba, alquila habitaciones a estudiantes, así que supongo que se trataba de eso, un estudiante exiliado de casa de sus padres, buscando un rincón de intimidad en una casa en la que tan solo se le permite tener una habitación.

Pasó una camioneta que tenía pinta de ser de algún servicio de limpieza. Pasó un taxi. Pasó una persona caminando. El de la guitarra, tras unos acordes se cayó y se fué con la música a otra parte, o a dormir.

Soledad, silencio… Me sentía en sintonía con el ambiente. Últimamente me siento un poco solo. Tengo la sensación de que mi madre se ha olvidado de mí, de que ya no me quiere… Aunque se supone que las madres no hacen eso. Pero en las últimas semanas siempre tiene una buena excusa para evitarme, y a mi me recuerda a lo típico que se hace cuando no se quiere ver a una persona. «Lo siento, no sé como se me olvidó llamarte ese día tan importante», «no se me ocurrió que, ya que íbamos a estar cerca de tu casa, pudiésemos quedar para vernos», «no te devolví las llamadas porque imaginé que eran solo para decirme que estabas bien», «lo siento, aunque sé que vas a venir a casa, no he tenido tiempo para comprar comida, tendrás que comprarla tú». No puedo evitar que todo eso me suene a «estoy deseando que dejes de perseguirme y no sé cómo hacer para que te des por aludido».

Sé que lo que he hecho es una situación dura e incomprensible para mis padres, aunque, cada vez más, lo sé sólo desde un punto de vista teórico. No he hecho nada malo, no hago daño a nadie (excepto a Mic, que es la única víctima de todo este asunto), ni pretendo arrastrar a nadie conmigo. Tan solo quiero ser yo mismo y ser feliz.

No alcanzo a comprender qué diferencia tan dura, tan enorme, tan grande, dolorosa e incomprensible hay para mis padres. No comprendo por qué me castigan, por qué no logran ponerse en mi lugar, por qué me dejan solo cuando cuando más apoyo necesito. Si sólo he cambiado mi nombre, si sólo he pedido que se me trate poniendo una «o» en lugar de una «a», si simplemente he cambiado algunos hábitos que no me gustaban por otros que me hacen sentir satisfecho ¿Cómo es que les duele tanto si sigo siendo exactamente la misma persona? ¿Y por qué merezco ser castigado?

Hasta ahora siempre he aceptado que hay que darles tiempo. Lo único que puedo hacer es aguantar y esperar sin enfadarme con ellos, sin exigirles nada. Al principio me sentía como alguien que se ha muerto, y desde una esquina de su velatorio observa como los demás le lloran y no puede hacer nada para consolarlos.

Eso sí puedo entenderlo. En cierto modo, es como si hubiesen perdido a su hija. Es lógico que haya un periodo de luto y de dolor. Pero después está la otra parte: si ellos han perdido a su hija, y no son capaces de reconocer que en su lugar tienen un hijo, entonces yo no tengo padres.

¡Que duro es perder a tus padres! Quizá, por una sola vez, sí debería enfadarme con ellos y pedirles que dejen de hacerme daño. Es posible que yo también tenga derecho a plantearme que no tengo por qué sufrir si no he hecho nada malo. Tal vez deba exigirles que me acepten como soy, o por lo menos, que lo intenten. No me conformo sólo con «tolerancia» necesito aceptación.

Porque ellos no sufren por mi causa. Sufren por su propia causa. No me puedo hacer responsable de los sentimientos que les provoca mi simple forma de ser. ¡Joder! Si fuese drogadicto, o pederasta, o atracador de ancianitas, o asesino… entonces vale. Pero lo único que soy es un hombre, y ni siquiera es algo que haya escogido yo.

Entiendo que les duela perder a una hija, pero no entiendo que prefieran no tener a nadie a tener un hijo en su lugar. No puedo elegir si soy hombre o mujer, pero ellos sí pueden elegir si me aceptan o no. Y entretanto, yo también lo estoy pasando mal a causa de su actitud cerrada y victimista. Entiendo que necesitan tiempo, pero yo necesito comprensión y cariño.

De modo que sí, quizá debería enfadarme y alejarme lo suficiente como para que no me puedan alcanzar. No es la solución más sana, pues yo seguiré sin padres, y ellos seguirán sin hija, y sin hijo… en definitiva, sin mí. Pero es que no sé qué otra cosa hacer ya.  Darles tiempo, no enfadarme, decirles que me hacen daño, decirles que les quiero, decirles que les necesito para ser feliz, nada eso funciona, y entre tanto, mi sola identidad sigue provocándoles dolor, y su actitud continúa apuñalándome cada día un poco más.

Tras 29 años fingiendo ser quién no era, sólo para conservar su amor, y un año más tratando de conservar su amor a pesar de ser quién soy, es posible que ya haya alcanzado mi límite. Aunque, y esta idea me consuela, también es posible que la proximidad del examen me esté drenando la fuerza, y cuando todo pase pueda volver al principio, a seguir dando tiempo, a seguir sin enfadarme, a mantener la fe en que un día voy a tener padres de nuevo.

Entre tanto, igual que el guitarrista que anoche rompía la soledad de la calle a las dos de la mañana, tengo amigos que vienen a rescatarme cuando necesito apoyarme en alguien para seguir un poquito más. Tengo suerte. Tengo muchísima suerte.

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¡Y a mi en 2 dos minutos!

Es curioso como funciona el Síndrome de Estocolmo. Las personas que han sido secuestradas llegan a desarrollar una empatía tal con sus secuestradores que terminan defendiéndolos. En realidad no es que fuesen malos, simplemente, tenían sus motivos.

Entre las personas transexuales existe también una especie de «Síndrome de Estocolmo». Estamos tan contentos simplemente de que se nos de tratamiento médico al cargo de la Seguridad Social, como si fuésemos personas normales que pagan sus impuestos (y sin tener remordimientos por los pobres desdentados a los que la Seguridad Social aún no les cubre más que las extracciones), y de que incluso hayan leyes que reconozcan nuestra existencia, que casi nos da igual como nos traten.

No solo eso… somos gente de nuestro tiempo y pensamos como tales. Al igual que una gran parte de la población cree que las personas transexuales somos enfermos que han de ser diagnosticados y tratados, una gran parte de las personas transexuales también lo creen. Y, cuando uno se convierte en enfermo puede ocurrir que el médico se convierta en una especie de chamán místico que tiene acceso a una sabiduría inabarcable, y cuyas artes curativas son inaccesibles a nosotros, pobres ignorantes.

Aunque parezca mentira, todavía quedan muchos médicos que no explican a sus pacientes con pelos y señales qué van a hacer con ellos. Por ejemplo, hace unos días, leía en un foro que el Dr. Cavadas prometía que era capaz de hacer una operación de faloplastia en la que garantizaba sensibilidad. Lo que no había explicado a supaciente en potencia era cómo iba a lograr que un colgajo de músculo tuviese sensibilidad sin las terminaciones nerviosas necesarias para ello.

En el tratamiento de las personas transexuales, el chamanismo mágico de los médicos está a la orden del día, mucho más que en otras ramas de la medicina. Yo, que por desgracia, he tenido que pasar por las consultas de diversos médicos para temas muy graves, jamás había visto que se tratase a los pacientes con semejante opacidad. Tengo la teoría de que eso se debe a que se nos considera como «enfermos mentales», y por tanto, con nuestro entendimiento disminuido. Puri, probablemente, debe saber mucho mejor que yo como se siente uno cuando los médicos te tratan como si fueses imbécil sólo porque piensan que tu capacidad intelectual no está a la altura de la de ellos (o a lo mejor los médicos que la tratan a ella están más «evolucionados»).

La cuestión es que ese «no lo van a entender» que nos transmiten los médicos, es plenamente asumido por los pacientes. Es más, el criterio de los médicos, especialmente de psicólogos (¡pero si esos no son ni médicos!) y de los psiquiatras, acaba convirtiéndose en un baremos para las propias personas transexuales.

Así, conversaciones como esta, son de lo más habitual:

– Fulanito tardó un año y medio en que le dieran el informe.

– Tsk… Es que la psicóloga no da el informe a menos que esté completamente segura. Algo estaría viendo que necesitaba indagar. Por algo sería.

– Sí, supongo que sí. En el fondo Fulanito es un tío raro. ¿Sabes que le gustan las flores y tiene el balcón lleno de geranios?

También se crea otra variante de «conversación» que es aquella en que se compara «quien la tiene más corta». La espera para que le den el informe, claro.

– Uffff… llevo ya nueve meses esperando, y no le veo el final a esto.

– ¿Nueve meses? ¿Por qué? A mi me lo dieron en 6. ¿Qué le has dicho a la psicóloga?

– ¿Yo? Pues no sé… hago test…

– Algo tiene que estar viendo, pero tú tranquilo que ya verás que al final…

Un tercero interviene en la conversación.

– De tranquilo nada, que yo voy ya para los dos años y aquí estamos.

Las miradas de los demás se clavan en él con compasión, mientras tratan de imaginar cuales son los defectos que están retrasando la entrega del codiciado informe. ¿Tal vez un oscuro secreto del pasado? ¿O quizá resulta que no es más que una lesbiana muy machorra que se ha confundido y ahora de repente cree que es un hombre? La intervención de una cuarta participante en la conversación hace que el momento incómodo pase.

– Pues yo no sé por qué os quejáis tanto. A mí me fue muy bien. En cuatro meses ya lo tenía… con lo amables que son y lo bien que nos tratan…

Así es, damas y caballeros, lectoras y lectores… El tiempo que tardan en darte el informe no es sólo un incordio para el que lo sufre, sino que, entre las personas transexuales, llega a convertirse en un indicativo de «como de transexual eres». Si eres un buen transexual, te lo dan enseguida. Si eres un transexual de segunda categoría, tardan años. Cuanto más tarde te den el informe, menos credibilidad tendrás entre las personas transexuales, y mayores serán las sospechas de que en realidad, no eres transexual.

Yo lo veo del revés. Cuanto más tiempo necesita un «profesional» (son profesionales porque cobran por su trabajo) para dar el informe, mayor indicativo de lo poco eficiente que es. ¿Os imagináis lo que ocurriría con un albañil que tarda una semana en levantar una pared, si hubiese otro que levantase la misma pared en un día? La persona que es transexual, lo es desde el primer día que entra en la consulta. ¿Cómo es posible que alguien que se llame a si mismo «profesional» y «experto» necesite un año, dos, o incluso siete o diez para evaluar a una persona? ¿No debería ser esa persona apercibida por derrochar los recursos de la Seguridad Social, haciendo que se colapsen las listas de espera de manera inecesaria?

Bueno, yo ya lo tengo claro. Dentro de unos años, cuando todo esto haya pasado y me pregunten cuanto tiempo tardaron en darme el informe, yo diré:

– ¿A mí? Muy poco. Fíjate que yo tenía la primera cita un martes a las 11:00, y a las 10:30 ya estaba en la endocrina pinchándome…

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Octava visita a la psicóloga (joeeeeeer…)

Pues nada, que ya he estado otra vez en la psicóloga… Menudo coñazo, oye. Pero esta vez… esta vez creo que estoy viendo el final del tunel.

No quiero hacerme ilusiones, porque estoy harto de ver como la gente va allí con la esperanza de que por fín le darán el dichoso informe y se vuelve a casa con un chasco y las manos vacías.  Sin embargo, esta vez he notado algo distinto.

Antes de empezar a contar como me fué, tengo que recordar que en la última cita, la psicóloga me dijo qué era lo que quería oir y por qué tenía dudas respecto a mi diagnóstico. Recordemos que, dada mi edad (voy a cumplir 30 años la semana que viene, lo que significa que aún tengo 29), tan sólo puedo encajar, según ella, en un tipo de transexualidad, que es la que se ha desarrollado desde el inicio de la infancia, se arrastra durante toda la vida, y es muy difícil de ocultar. La duda estaba en que, según mi madre, a mi nunca se me había notado nada, e incluso me gustaba hacer «cosas de chicas». Que lo había ocultado demasiado bien.

Yo no esperaba que mi madre dijese nada distinto, porque, por una parte, esa era la impresión que yo quería darle a ella y a todo el mundo, y por otro lado, sí que es verdad que muchas cosas de las que hacía me gustaban. Casi todo, de hecho. Lo que no sabía era el efecto que tendría. En fin… al menos mereció la pena.

Ya he hablado largo y tendido de por qué hice las cosas que hice, y por qué me gustaban. Porque se me reforzaba ese comportamiento, porque quería gustar a mi familia y a mi pareja, porque quería tener amigos, y porque en realidad, me gusta tener buen aspecto y saber que causaré buena impresión en los demás cuando me miren. Tampoco es que tuviese muchas más opciones.

Mis motivos para ocultarme, el modelo de transexualidad que me ofrece la psicóloga, y sus dudas respecto a mi, son cosas perfectamente compatibles. Hay muchas personas transexuales que no encajan en ese modelo, pero yo sí lo hago, o puedo llegar a hacerlo. Sólo me falta pulir algunos detalles.

De modo que, sabiendo lo que me iba a preguntar en la siguiente sesión, tenía tres semanas para pensar las respuestas que le iba a dar, cómo se las iba a presentar, y a qué conclusiones quería yo que llegase ella. Lo cierto es que, no sé si soy muy listo, o, simplemente, ella quería que yo supiese lo que buscaba y tuviese tiempo para reflexionar sobre ello. Si no hubiese pretendido que yo tuviese una orientación, no me la habría dado… Definitivamente, cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que no es el tipo de persona a la que «se le escapan las cosas». Dice justo lo que se propone, y cuando no quiere hablar de algo, te corta muy secamente, de modo que es muy probable que quisiese darme margen para que me preparara.

Lo pretendiese ella o no, yo llevaba hechos los deberes. Estas semanas he recordado un montón de detalles y de anécdotas para contar (¡además de las que ya he contado aquí!), y lo llevaba todo bien repasado para no dejarme nada en el tintero. Ejemplos concretos para explicar situaciones concretas. Nada de «yo me sentía… yo pensaba… yo creía…»

La primera novedad es que esta vez no me hizo ningún test. Y no es que se le hayan acabado. Un chico que conozco, que lleva más o menos el mismo tiempo que yo, ha hecho un test que a mi no me ha pasado. También es verdad que él no ha llevado a ningún pariente, de modo que es posible que la psicóloga considerase que con él necesitaba un test, pero que conmigo ya tenía material de sobras para trabajar. La otra posiblidad es que se haya dado cuenta de que ya he calado el funcionamiento de los tests y haya decidido que a un paciente que sabe distinguir la respuesta correcta no merece la pena darle más cuestionarios.

Como sea, esta vez hicimos una entrevista en toda regla, a partir de las respuestas de mi madre. Fue estupendo, porque no me dijo nada que no esperase, y a todo tenía una respuesta. Por ejemplo, mi madre tenía la teoría de que mis compañeros del instituto no me acosaban por verme poco femenina, sino porque tenía sobrepeso. Respuesta: mi apodo entre los compañeros era «Iñaki», así que no necesité que me dibujaran un esquema para entender cuales eran los motivos del acoso. O bien, mi madre dice que nunca había notado nada hasta hace un año o así. Respuesta: supongo que el hecho de que tenga mi habitación decorada con arcos y espadas no le dió ninguna pista… La conclusión a la que yo quería que la psicóloga llegara era a que puede que mi madre no notara nada, pero notarse, se notaba.

Esto nos llevó a otro punto. ¿Por qué mi madre dijo todas esas cosas? ¿Creía yo que era para perjudicarme? Por supuesto, a mi no se me ha pasado nunca por la cabeza que mi madre quisiera perjudicarme en nada, a parte, creo que un razonamiento de este tipo se habría podido ver como síntoma de una cierta «manía persecutoria».

Me encargué de dejar muy claro que, en mi opinión, si mi madre había dicho todo eso no era por perjudicarme, sino todo lo contrario. Creo que todas las madres tienden a idealizar a sus hijos, a ver todo lo bueno que hay en ellos, corregido y aumentado, y a ignorar los defectillos o defectazos que puedan tener. Así son las madres. Por eso las madres de los asesinos más crueles van a visitarlos a la cárcel.

Después me pidió que le contase como había vivido yo todo esto, desde el principio. Hasta ahora habíamos estado mirando periodo concretos, partes, aspectos… fotografías parciales, pero en esta ocasión me pidió que le presentase el cuadro entero, probablemente a ver si las piezas que le estaba pasando, encajaban entre si. Esto también me lo había «preparado», así que le expliqué de corrido mi vida en verso, desde que tenía uso de razón, hasta que esa mañana había desayunado café y tostadas con mantequilla y mermelada, porque el desayuno es la comida más importante del día.

He olvidado, entre tanto, que en la consulta había una padawan, una de las psicólogas en prácticas. Cuando acabé de contar las cosas, Trinidad cedió la palabra a su padawan, por si pensaba que había que aclarar algo más, y la chica me preguntó por la relación con mi padre. Eso no me lo había preparado tan bien, pero aún así, también tuve un montón de cosas que contarle… ya había cogido carrerilla y estaba sembrado.

Lo mejor de todo fue que, cuando acabé de hablar, Trinidad expreso en voz alta la conclusión que ella sacaba de todo eso… Que fue justo la conclusión a la que yo quería que llegara.

Pero aún había otro punto que yo quería que ella viera, y del que no me había hablado. Yo hago vida de hombre (lo que ellos llaman «test de vida real», como si lo de antes hubiese sido una broma o algo así), y sé que eso se considera muy importante a la hora de  dar un diagnóstico de disforia de género. Por eso le conté mi vida hasta prácticamente el momento que había atravesado la puerta de la consulta, ya que quería decirle eso, aún cuando ella no me había preguntado.

Fue un acierto, ya que, una vez que lo otro estaba más o menos «resuelto», empezó a preguntarme sobre mis experiencias haciendo «vida real». A medida que le había ido resolviendo las cuestiones que quedaban pendientes de la entrevista con mi madre, yo notaba que ella me iba tomando más en serio, y por primera vez me ha tratado firmemente en masculino. Hasta la sesión anterior había alternado femenino, masculino y neutro, poniendo mucho cuidado en fingir que «se le escapaba». Finalmente no me quedó más remedio que hacer algo que no me gusta: pedirle que me tratase en masculino. No me gusta hacerlo porque si lo tengo que pedir, me da la sensación de que mis actos no lo demuestran… pero cuando alguien ya empieza a ser demasiado descortés para mi gusto, no queda otro remedio.

Como decía, me llamó la atención que a medida que íbamos avanzando, había abandonado esa actitud cautelosa al utilizar el género para referirse a mí, y ya hablaba firmemente en masculino. Pero cuando le expliqué que vivo en todos los sentidos como hombre, y le conté alguna anécdota (por ejemplo, la sorpresa de la gente que me llama por teléfono) noté que estaba claramente impresionada. Y la padawan también.

Más que eso, de repente habíamos pasado a un enfoque de «analizar el pasado» a un enfoque hacia prever el futuro, aunque desde la perspectiva de que no estaba buscando nada que fuese nuevo. Para mi hormonarme no sería el pistoletazo de salida para empezar una forma de vivir diferente, sino la guinda del pastel. No necesito plantearme si me gustará o no, o si tendré problemas a nivel social y afectivo. No puede decirse que viva en un mundo de fantasía, soñando con cosas que puede que no sean ciertas.

También tengo que decir que nunca me planteé si me gustaría o no, pues tenía la seguridad de que sí. Pero me temo que los psicólogos, cuando se trata de estos temas, no confían en las «intuiciones» o «previsiones» de los pacientes. Muy mal por ellos.

Las tres semanas de preparación (también he estado estudiando ¿eh?) me han resultado muy útiles. Controlé la entrevista, dije lo que quería decir, cuando lo quería decir, hice que se trataran todos los puntos que quería tratar, y consegui que la psicóloga llegase a las conclusiones que yo quería hacerle ver.

Finalmente, hay un detalle tonto, la típica cosas que, cuando la piensas, te dices a ti mismo que estás empezando a hacer montañas de granos de arena, o castillos en el aire, sin base ninguna. Y es que cuando me anotó para la próxima cita, en lugar de poner los dos apellidos y ningún nombre, como hace siempre, puso el nombre y el primer apellido. Aclaro… no el nombre legal, si no mi nombre, Pablo.

De modo que me estoy haciendo ilusiones… de forma más o menos justificada. Como se va de vacaciones en septiembre, tendré que mantener la incertidumbre hasta finales de octubre, y todavía contento, que a mi amiga, la que consigue que le den las citas super pronto, le ha dado para el 11 de noviembre (¡Noviembre!) Yo la he conseguido antes gracias a que me coincide con la visita a la endocrina…

Si no me da el informe en esa sesión… bueno, no se va a acabar el mundo ni nada de eso, pero ya no sé qué más me va a decir. Es una putada porque no podré ir «preparado». Pero bueno ¿qué le vamos a hacer? Esto son lentejas.

Entre tanto, tampoco me viene tan mal que la próxima sesión sea dentro de dos meses y medio. Así podré concentrarme puramente en la oposición, que va a ser dentro de mes y medio, sin distracción ninguna. Sólo estudiar e intentar que los nervios por si suspendo no me vuelvan loco.

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Y van 7… visitas a la psicóloga.

El lunes pasado, otra vez… ¡Otra vez! Tuve cita con la psicóloga. Ya es la séptima.

Empezamos con un test sobre depresión. Que me haga un test sobre depresión, me parece normal, ya que las enfermedades mentales pueden llevar a una persona a tomar decisiones erroneas e incluso perjudiciales para si mismo. Lo que me resulta un poco más raro es que no me lo hiciera al principio. ¿No deberían ir centrados los esfuerzo de la psicóloga hacia el objetivo de ver primero si estás o no en tu sano juicio para decidir?

Después estuvimos hablando y, por primera vez, la psicóloga actuó como una verdadera psicóloga. A la luz de los resultados del test de personalidad, se destacaba un rasgo de mi caracter que yo desconocía, que es el de dependencia emocional. Yo nunca me había considerado una persona dependiente, pero cuando ella me lo explicó, me di cuenta de que era cierto, y que eso, además, explicaba los grandes errores que he ido cometiendo en mi vida.

No quiero decir con esto que haya cometido más errores o más grandes que el resto de los mortales, ni tampoco que sea una persona patológicamente dependiente. Simplemente, que no soy perfecto, y esta era una de las imperfecciones que desconocía.

Creo que este rasgo es, además, uno de los que te hacen formar parte del grupo de los «buenos» que dice Ariovisto.

También me comentó la psicóloga que hay dos tipos de transexualidad: la que comienza en la infancia y se desarrolla a lo largo de toda la vida como algo «constitucional» y que es muy difícil de ocultar, y la que se inicia hacia la segunda mitad de la vida. La de la segunda mitad de la vida no puede ser mi caso, porque no tengo edad suficiente (voy a cumplir 30 años… ¿Se supone que mi esperanza de vida es mayor de 60? Pues se agradece, la verdad). Las dudas surgían sobre si mi caso era el de la primera porque, según mi madre, no se me notaba nada, y de hecho no solo no intentaba ocultar mis femineidad, sino que hasta la resaltaba.

Unir la dependencia emocional y el deseo de agradar a los demás hasta el punto de anular las propias preferencias, o, en otras palabras, el ser complaciente, explicaría perfectamente por qué yo sí pude ocultarlo.

También hay otra cuestión, y es que, una cosa es que mis padres no se dieran cuenta, y otra que no se diera cuenta nadie. Mis compañeros de clase en el instituto sí notaban algo raro, y el acoso que sufrí por ello fue bastante fuerte. Cuando estuve viviendo en una residencia de estudiantes, mi apodo era «Iñaki». Vamos, no me digas que no se me notaba… Tan sólo aprendí a disimular bien a partir de los 19 años. Pero bueno… ¡es que en 19 años de experiencia da tiempo a aprender mucho! Es una pena que no caí en contarle esto, pero bueno, me lo guardo por si vuelve a salir el tema en futuras ocasiones.

La verdad, cuando me dijo que «sólo hay dos clases de transexualidad», me dieron ganas de responderle: «solo hay 10 clases de personas, los que saben binario y los que no». Si cada ser humano es diferente a los demás ¿de verdad se puede clasificar a los transexuales en dos categorías y quedarse uno tan tranquilo?

Por supuesto, si todos los psicólogos trabajan en la misma linea, está claro que esta opinión se mantendrá invariable. Una vez que a mi me han dicho ya qué es lo que buscan, yo voy a esforzarme en encontrar respuestas que se adapten a lo «normal». Si no lo hiciera, sería rechazado. Las personas rechazadas no son transexuales. Por tanto, todos los transexuales encajan perfectamente en una de esas dos categorías. Si esto es método científico, que baje Einstein y lo vea.

Que no cunda el pánico, yo no le he dicho nada de esto a la psicóloga. Ahora que lo pienso, espero que no lea el blog… que ya está empezando a hacerse bastante conocido (muchas gracias a todos los que me leeis, por cierto).

Es muy fácil encontrar explicaciones y motivaciones para justificar cualquier comportamiento. En mi caso, me adapto perfectamente al modelo de transexualidad desde la infancia. Tengo consciencia de querer ser un niño desde que me acuerdo, no lo ocultaba con facilidad (me costó muchos años aprender), y el único punto en que me desvío un poco del modelo, es explicable por mi tendencia a complacer las expectativas de los demás.

Me apuesto mi sueldo de un mes a que si el modelo fuese otro, también me adaptaría a él.

Hablé más cosas con la psicóloga, como por ejemplo, el perjuicio que para mí supone que ella tarde tanto en «asegurarse». Aproveché para decirle que hago vida de hombre a todos los niveles, porque Clara me comentó que Trinidad le había dicho que usa la escala de Harry Benjamin. Consultando esta escala, el grado más alto de transexualidad era el de las personas que viven y trabajan según los roles del sexo opuesto, y ni con eso se sienten satisfechas. Como, debido a mis circunstancias personales yo puedo permitirme el lujo de vivir así (es un lujo, no todos pueden hacerlo), he aprovechado para hacérselo saber. Así gano puntos, me adapto al modelo, y, por supuesto, no estoy mintiendo.

La respuesta de ella a mis objecciones fue que existe la posibilidad de que, en caso de dar un informe favorable precipitado, el paciente llegue a arrepentirse más tarde. Es algo que en Holanda les ocurre a un 2% de los pacientes, pero que a ella no le ha ocurrido nunca. Le pregunté qué ocurre con los pacientes a los que se les ha dado un informe desfavorable, y ella contó que en ocasiones algunos han regresado para darle las gracias. ¿No se ha dado el caso de que haya rechazado a alguien que luego ha conseguido el informe favorable por otro medio, y ha sido feliz? ¿No es igual de malo permitir que alguien se autolesione como obligar a una persona a vivir según el sexo equivocado?

Al parecer, nadie se ha molestado en informarse sobre lo que ocurre con las personas que han sido rechazadas. Y llegados al punto de si no es tan malo rechazar a quien lo necesita como dar tratamiento a quien no lo necesita, Trinidad me esgrimió el principio de no malignidad, que consiste, simplemente, en que el facultativo no debe hacer nada que pueda lesionar al paciente. Según ella, si uno actúa siempre bajo este principio de no malignidad, no puede hacer nada que no esté bien.

Vi que se sentía atacada, así que acepté «pulpo» (y de hecho, lo acepté de verdad, porque me doy cuenta de que ella realmente piensa que actúa correctamente) y le dije que confío en ella y me pongo en sus manos. Bien, una vez más, no mentía. Confío en que hace las cosas lo mejor que sabe, y confío en que al final mi informe será positivo. Puedo permitírmelo porque también confío en que seré funcionario y, en caso de que ella no me de el informe, podré acudir a otro psicólogo que vea las cosas de otra forma. La verdad, soy un tío muy inocente y confiado. Así me va, que cada vez que un comercial medio habilidoso me ofrece algo, me cuesta horrores contenerme y no picar.

No le hablé de que los principios de la bioética son cuatro: Autonomía, beneficencia, justicia y, efectivamente, no maleficencia. Vale, el principio de no maleficencia lo respeta, pero no respeta los otros tres:

– Autonomía: hace referencia a la capacidad del individuo para autogobernar su propia vida.

– No maleficencia: trata del derecho que tiene el paciente a no sufrir ningún mal evitable.

– Beneficencia: es necesario buscar el mayor bien para el enfermo, entendiéndose que lo mejor lo define el propio interesado y no el profesional.

– Justicia: el derecho del paciente a no ser discriminado y disfrutar de la asistencia que le corresponda.

La revolución de la bioética no parece haber llegado todavía a los protocolos de atención al paciente transexual.

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Conocí a una persona…

Hoy he conocido a una persona nueva. No me la ha presentado nadie, ni tiene relación alguna con nadie que yo conozca. Simplemente, nos hemos conocido.

Hemos tomado un café, y hemos hablado de cosas sin importancia. De lo que me gusta, de lo que le gusta, de las películas que hemos visto, de como nos llevamos con nuestros ex-novios, de las familias de cada cual…

No creo que esta persona que he conocido hoy vaya a llegar a ser alguien que deje una huella indeleble en mi vida. En realidad, no tenemos casi nada en común, así que, dentro de dos o tres cafés (si es que la casualidad quiere que nos volvamos a ver) es posible que ya no tengamos ningún tema de conversación. O sí ¿quién sabe? La bola de cristal no me funciona demasiado bien. Pero eso en realidad no es importante. Lo que es importante en realidad es que, cuando nos hemos despedido, mientras iba a mi casa, me he dado cuenta de que estaba totalmente relajado.

Durante tres o cuatro horas no he pensado en cuantos meses llevo llendo a la psicóloga, ni cuantos me quedan que ir. No he pensado en hormonas, ni en los plazos de la oposición, ni en el precio de los alquileres de locales, ni en lo que me puede costar un billete de avión + hotel a Las Palmas de Gran Canaria, que es donde me voy a examinar.

No he pensado en nada de eso. Solo en mi, en la otra persona, y en las cosas que nos gustan o no nos gustan. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan relajado… ya no me acordaba de lo que era no tener nada por lo que preocuparse.

Tengo la sensación de que, a partir de ahora, esos momentos de tranquilidad se irán repitiendo con mayor frecuencia. Cuando ya lo has hecho una vez, repetirlo se va volviendo cada vez más sencillo.

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Por fín hablé con mi madre…

El lunes pasado (sí, ya me he dado cuenta de que estamos a jueves, pero esta semana a los días les faltan horas… el calor me tiene espachurrado y está matando a mis pobres plantas de perejil) por fín llegó el día de que mi madre me acompañase a ver a la psicóloga.

Me paso la vida esperando a que llegue el día de la dichosa cita, desde hace ya ocho meses: los siete que llevo llendo y el primer mes que tuve que esperar desde que me dieron cita hasta que fui por primera vez. Como si realmente fuese a pasar «algo». Sin embargo, en esta ocasión, sí que tenía la esperanza de que algo pasara, y que hubiese un antes y un después en la relación con mis padres.

La noche de antes me costó muchísimo trabajo dormir, y ya llevaba un par de días teniendo pesadillas. Creo que ya he comentado antes que cada vez que he hablado de este tema con mis padres me han dicho palabras muy fuertes… así que es normal que estuviese un poco intranquilo. Aunque, para ser sincero, las veces que ha salido la cuestión de cuando y como íbamos a ir a Málaga no hubo ningún problema, si no, más bien al contrario, mucho interés.

Creo que ese cambio de actitud era lo que más me animaba a creer que esta entrevista serviría para algo, y, al mismo tiempo, también me preocupaba equivocarme… En fin, que, como siempre, tengo miedo de casi todo. Que desastre.

En la consulta de la psicóloga, esta vez no había una chica haciendo prácticas, sino que… ¡¡¡habían dos!!! Con cinco persona allí metidas, aquello empezaba a parecer más un pub que otra cosa. Sólo faltaba la música y los cubatas.

Después de las presentaciones, Trini (sí, la psicóloga tiene nombre) animó a las dos chicas a que preguntaran algo si querían, y yo también me ofrecí a responder a lo que ellas quisieran. Tras un momento de «corte» me pidieron que les contase un poco sobre como había empezado con todo esto, y… como a mi me gusta hablar de mi mismo tanto como a cualquiera que tenga un blog (seamos sinceros, para publicar un blog hay que ser un poquito exhibicionista) pues les conté desde el principio de los tiempos, o, al menos, de mis tiempos.

Así fue como mi madre me escuchó hablar de cosas que nunca le había dicho, y que yo no le había contado, simplemente porque nunca me preguntó. Es la manera en la que, muchas veces, funcionan las relaciones familiares: uno no pregunta porque piensa que el otro ya contará cuando quiera, y el otro no cuenta porque cree que ya le preguntarán cuando deseen escucharlo.

A partir de ahí, y también de las preguntas que le iba haciendo la psicóloga a mi madre, se inició un diálogo en el que… bueno… está claro que la interpretación que mi madre le daba a ciertas cosas no era la misma que la que le daba yo. Por ejemplo, dice que ella nunca notó nada, cosa que en cierto modo es lógica porque yo tengo recuerdos muy tempranos de saber qué cosas no debía decir para que no se notase que realmente quería ser un niño. Otras cosas si las notó, pero las achacó a otra causas, como por ejemplo, mis problemas de peso, que, dicho sea de paso, durante mi adolescencia no eran tan graves como me hicieron creer. Sin embargo, parece que nunca se planteó el origen de esos problemas de peso. Ella veía que comía mucho dulce pero… ¿por qué? Pues porque era indisciplinada, descuidada, y sólo hacía lo que me gustaba sin pensar en las consecuencias.

Lo que yo veo es que me dí al dulce como podría haberme dado a las drogas.

Como esto, en muchas cosas cada uno interpretabamos los hechos pasados de manera distinta. ¿Podría ser de otra forma? Quizá sí… Hay personas que se han mostrado mucho más rebeldes que yo. De niño no tenía problemas con la ropa, incluso me daba mucha rabia que mis padres me cortasen el pelo para que se me fortaleciera, y no poder ponerme zapatos bonitos, porque tenía los pies planos y necesitaba calzado especial para corregirlo, jugaba con muñecas. No eran los típicos juegos de niño, precisamente. Sin embargo…

Me voy a permitir robar una viñeta a Aniel, de su serie «Anima Fragile», donde explica exactamente como veo esta cuestión (Aniel, sé que no te he pedido permiso, pero sé que te pasas por aquí de vez en cuando, así que si quieres que la quite, no tienes más que decirlo)

Juegos_textoA parte, tenía ciertos motivos, como que, a parte de pedir muñecas, también pedía cosas como trenes y coches, sólo que eso no me lo compraba, o que los niños (me refiero a los varones) que eran mi primera opcción como compañeros de juego, me daban de lado, precisamente por ser una niña. Así que, sí, jugaba con otras niñas, y hacía lo que hacían ellas y me lo pasaba bien. Pero porque era eso, o quedarme solo. ¿Qué tiene de raro intentar hacer las mismas cosas que tus amigos? Yo diría que nada. Simplemente creo que hay personas que somos felices con poco, y nos adaptamos a lo que nos rodea, aunque no sea perfecto, y otras se rebelan y pelean hasta conseguir que las cosas sean como ellos desean.

También opina mi madre que en cierto modo, esto que estoy haciendo es una especie de manera de huir de las responsabilidades. Como si ser hombre fuese más fácil que ser mujer (bien, reconozcámoslo, la vida de las mujeres es muy dura), y como si la transexualidad fuese una salida fácil desde algún punto de vista. Como si ahora las cosas no me fuesen mucho más complicadas de lo que eran antes.

Pero lo más importante de todo, es que dijo que en realidad lo que le importaba es que yo fuese feliz, como hombre o como mujer. Y que le daba mucho miedo que me equivoque y dentro de algunos años me arrepienta, pero que si esto es lo que necesito hacer, que no le parece mal. Es algo muy diferente a lo último que me dijo que opinaba sobre la cuestión, y hasta el momento no me lo había hecho saber. Se suponía que yo tenía que adivinarlo por su actitud, pero… eso es mucho suponer. No lo había adivinado, y si lo hubiese sabido antes, estos meses pasados habrían sido mucho más llevaderos.

He aprovechado para decirle que me duele que me hable en femenino, pero parece que por el momento eso es mucho pedir. En realidad no me dijo ni que sí ni que no, simplemente: «ah». Bueno, Roma no se hizo en un día.

En el lado negativo, dice la psicóloga que observa «divergencias» y que «habrá que tomarse todo el tiempo necesario para aclarar las cosas» o algo así. Sospecho que me he ganado 2 ó 3 consultas extra, lo que significa 3 ó 4 meses más de espera… Pero por otra parte, empiezo a darme cuenta de que muchas de las sospechas que tenía no se están cumpliendo. Así que no me voy a agobiar por eso.

Actualmente, vivo como un hombre y así es como me reconocen los demás. Sin embargo, es una situación un poco precaria, siempre tengo que estar «haciendo equilibrismos». El tratamiento hormonal sería, ni más ni menos, que el camino para normalizar mi situación (además de que me gustaría verme bien, ya estoy harto de mirarme al espejo y no verme). Pero también necesitaba aclarar las cosas con mis padres, y hasta me parece mucho más necesario de cara a esa «normalización».

Parece que no se puede tener todo, o, al menos no todo a la vez, así que tendré que ir conformándome con ir resolviendo las cuestiones una a una, que remedio. Y si para resolver uno de los problemas importantes es necesario que otro se retrase un poco… no es que me guste, pero me conformo. No me queda la sensación de haber hecho «un mal negocio».

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Grupos mixtos

Quedaba pendiente por qué no es lo mismo relacionarse con un grupo de personas del mismo sexo que con un grupo mixto, o sólo con chicas.

La verdad es que yo no me había dado cuenta del detalle hasta que la psicóloga me lo señaló la última vez que fuí. Después me dí cuenta de que cuando me relaciono solo con chicas, o solo con chicos, me siento mucho más cómodo que si estoy en un grupo mixto.

Había empezado a escribir un post super extenso sobre a qué podía deberse eso, pero no estaba nada convencido de los motivos que me estaba dando. Por eso lo he borrado.

No tengo ni idea de por qué me preocupa más relacionarme con un grupo mixto que con uno que no lo sea. A lo mejor por aquello de que las comparaciones son odiosas. No lo sé. La cuestión es que puedo hacerlo, con resultados muy satisfactorios, y eso mola.

Dejo otra foto de algo mixto, que también es satisfactorio:

Sandwich mixto

Sandwich mixto

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Mujeres y hombres (y viceversa)

No es la primera vez que salgo por ahí con un grupo mixto de gente, pero sí la primera vez que lo hago con un grupo de gente a la mayoría de los cuales no conozco desde antes de empezar con toda esta aventura. Éramos 6 personas: dos chicas, y cuatro chicos. A uno de los chicos lo conozco desde siete años, y a otro lo conocí brevemente justo cuando empezaba a darle vueltas en la cabeza a las cosas, pero aun no había hablado con nadie, así que no tenía una opinión sólida sobre mí que fuese necesario cambiar.

No me resultó difícil empezar a hablar con la gente y muy pronto la cosa estaba animada, buen ambiente y todos la mar de agusto. Y, de repente, cuando miré a mi alrededor fue como si todo encajara. Ya he tenido otras veces esa sensación, pero nunca de manera tan… iba a decir fuerte, pero no es la palabra. Quizá debería decir «completa».

Era como si, por una vez en la vida, estuviese justo donde debía estar. No donde quería estar, si no donde debía.

Antes, en muchas otras ocasiones, estuve donde quería estar. Lo que yo quiero es estar con mi familia o amigos, reirme, pasármelo bien, contarnos las penas si hay penas que contar… en definitiva, lo que le gusta a cualquier persona. Eso, por suerte, lo he conseguido en muchas ocasiones. No reniego de mi vida «de antes» porque he tenido muchos buenos momentos, y, en definitiva, puedo decir que he sido feliz… o todo lo feliz que podía haber sido.

Sin embargo, no era yo mismo. No estaba donde «debía». Pero tenía que hacer que pareciera que sí. Para conseguirlo forzaba el lenguaje corporal, hacía el tipo de bromas que se supone que debía hacer, sonreía cuando objetivamente tocaba hacerlo… Todo esto era el fruto de muchos años de aprendizaje deliberado, de leer revistas, de observas a los demás, de un gran esfuerzo con el único objetivo de «encajar» y poder estar donde quería.

Y ahora… verme integrado (esto de «verme» no es una metáfora, literalmente lo veía, porque cuando la gente está bien integrada, se hace visible en su lenguaje no verbal) en un grupo mixto de chicos y chicas, pero siendo yo mismo y pudiendo expresar mi personalidad de manera libre… Es como el que sale de la cárcel tras una larga condena, se encuentra con el horizonte y el cielo infinitos, y descubre que puede ir donde quiera. Es como… vivir.

Y como que conformarse con menos no es vida.

Nota: ahora me doy cuenta de que no he explicado cual es la importancia de que el grupo fuese mixto, y no solo de hombres. Eso queda para otro día.

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Ya salió la convocatoria de la oposición

¡¡¡Por fin!!! Con muchísimo retraso, ya ha salido la tan esperada convocatoria de la oposición. Ahora ya se puede empezar a barajar fechas de exámen (a partir del 15 de septiembre, como poco, pero teniendo en cuenta la velocidad a la que están llendo las cosas, es posible que nos metamos en octubre…) y cifras.

¿Me interesa examinarme en la península, o mejor fuera? Mi idea inicial era irme a Ceuta, pero he visto que allí las notas de corte no son más bajas que en el resto de la península, e incluso las he visto un poco más bajas. Además, hay muy, muy pocas plazas, y después de presentarme a unas oposiciones con un número de plazas muy reducido, ya estoy escaldado. Luego las listas de interinos no se mueven ni para delante ni para atrás (o, a veces, sí que se mueven hacia atrás).

También he visto como son los criterios de corrección de los exámenes, y creo que todavía no estoy a la altura. Pero me falta poco…

Total, que con eso, y también gracias a mis amigos, vuelvo a tener ilusión por muchas cosas, y los ánimos repuestos.

Por otra parte… es que no aprendo. Sé que cuando hablo con algunas personas que están en mi misma situación, terminan contagiándome su ansiedad. Podría ser del revés y contagiarles yo mi paciencia… pero no, no pasa así.

Me gusta hablar con ellos, porque compartimos una serie de experiencias que nos permiten entendernos. Me hacen sentir acompañado. Pero soy demasiado empático, y acabo asumiendo sus sentimientos. Tengo que aprender a controlar eso.

Pero lo haré luego, cuando acabe de estudiar por hoy.

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