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Dentro un bucle ascendente.

Ayer fuí a la despedida de soltera de una amiga mía. Esto se explica porque, después de unos quince años de amistad, no podía ser que un detalle tan insignificante como que yo asuma otro género (no digo «cambie de género» porque siempre fuí un hombre, sólo que no se lo había dicho a nadie) impidiese que asistiese a una ocasión tan señalada. Uno se puede casar varias veces, pero sólo una vez en la vida se deja de ser soltero. Luego, en todo caso, será divorciado…

Lo bueno es que, después de tanto tiempo y tantas buenas experiencias, ya puedo ir a estas cosas sin ningún miedo. Mi amiga sí que estaba algo preocupada por si estaría o no estaría cómodo, pero yo sabía que todo iría bien.

Los pros y los contras ocurren como ya viene siendo habitual. Las chicas, todas estupendas, tratándome con total naturalidad. Yo, más felíz que una perdíz (que una perdíz a la que nadie se está comiendo, por supuesto) de poder ser yo mismo. No me acostumbro a lo bueno, y lo sigo disfrutando con los cinco sentidos.

Con los desconocidos, también lo de siempre: ven un grupo de chicas y, por comparación con el entorno, todos me identifican como mujer, y, además, como mujer machorra, de aspecto descuidado (ropa cómoda, sin maquillaje, sin adornos, sin gracia para moverse…), nada atractiva y de poco interés. No sé qué hacer en esa circunstancia. No encuentro lugar ni modo en el que poder estar cómodo. Cuando se sale de fiesta, las relaciones con desconocidos son fugaces, banales, y con una alta carga sexual. Todo bastante aburrido, desde mi modesto punto de vista, porque soy así de raro, pero mucho más aburrido es quedarte solo.

En estos momentos, entablar conversaciones triviales con desconocidos que presuponen erroneamente que soy una mujer, me hace sentir bastante torpe y ridículo, fuera de lugar. Por eso intento evitarlo en la medida de lo posible.

Entonces es cuando pienso que si mi aspecto fuese más acorde a mi género, las cosas serían más fáciles. Es el deseo de la normalización, otra vez. Y otra vez las preguntas: ¿por qué no me permiten acceder al tratamiento hormonal que necesito? ¿Cuanto tiempo voy a tener que estar así? Y otra vez las respuestas: porque tienen que asegurarse de que no me autolesione, y de que algún día no voy a querer dar marcha atrás. Yo soy el primer interesado en que no se me permita tomar un tratamiento que a la larga me va a hacer más mal que bien, así que debo tener paciencia. Tomará el tiempo que sea necesario, y preocuparme por ello es una tontería, puesto que no puedo hacer nada por cambiar la situación.

Parece que, en el fondo, confío en el criterio de la psicóloga. Santa paciencia y santa inocencia…

Me frustro porque no puedo conseguir lo que necesito, pero sé que la espera también es necesaria, y entonces me frustro por necesitar esperar. Luego salta el «interruptor» (también conocido como «razonamiento Dicybug») diciéndome que no le de más vueltas, porque por más que lo piense lo único que voy a conseguir es hacerme la mala sangre y, con un poco de suerte, llevarme yo solito a una depresión o una crisis de ansiedad.

De esto ya he hablado muchas veces. Es un razonamiento al que he dado muchas vueltas, y de tanto escribir sobre ello, empiezo a pensar que me repito más que el ajo. Pero he conseguido algunos avances:

  • Ya no me dan bajones ante la idea de tener que esperar. O al menos, hace mucho que no me dan. He tenido amagos, pero pude controlarlos.
  • Noto mi identidad más sólida. Ya no dependo tanto de lo que piensen o como me traten los demás. Yo soy yo, y si no todo el mundo lo ve ¿qué vamos a hacerle?
  • El que otros problemas (oposición, padres) estén empezando a moverse hacia una resolución me hace ver las cosas desde una perspectiva relativista. Ahora estoy jodido, pero espero dejar de estarlo en el futuro. Las cosas van cambiando poco a poco, y, teniendo en cuenta que peor que ahora no voy a poder estar (al menos en lo que refiere a la cuestión del género), cualquier cambio será para mejor. Además, creo que estoy haciendo las cosas bien, así que solo tengo que esperar.

Sí, estoy dentro de un bucle, pero al menos no es circular, si no aspiral ascendente. Cuesta mucho avanzar, y a veces parece que retrocedes, pero en realidad, vas subiendo todo el rato.

P.D: Encarni, que sepas que me lo pasé muy bien en la fiesta (y ya que lees, podías comentar de vez en cuando, leñes), y que lo que me llevó a esta reflexión fue simplemente el buitreo bestial que nos encontramos en todas partes. No es que me molestara o me hiciera sentir mal… simplemente, me dió que pensar un poco.

Pero estuvo muy bien, de verdad. ¡¡¡Fue una despedida de soltera que pasará a la historia!!!

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Disforia de género como enfermedad (y III)

Me ha gustado tanto el comentario de Ariovisto que lo voy a hacer mío (espero que no me cobre derechos de autor). Igual que una pesona que ha quedad desfigurada por unccidente de coche tiene derecho a decigir atención médica para reconstuir su rostro. Las pesonas con disforia de género nos merecemos una atención médica que nos permita adecuar nuestros cuerpos al género correcto (nunca he pensado el ello como un “cambio de sexo”, sin, más bien, como una “rectificación”).

Hasta hace no muchos años, este derecho se se nos reconoía, y todo aquel que tenía que iniciar proceso se veía obligado a hacerla a través de médicos privados (los que se lo podían permitir, claro), dando más vueltas que una noria para encontrar un psicólogo o psiquiatra, y, sobretodo, un endocrino, que los quisiera o supiera tratar.

El gobierno andaluz fue el primero que ofreció un servicio adecuado para tratar a las personas transexuales. En ese momento nos convertimos en los culpables de que losdentostas no entren en la Seguridad Social. “Pues para que hagan cambios de sexo, yo prefiero que metan a los dentistas”, dicen muchos. Como si costase el mismo dinero hacer una cosa que otra.

Poco a poco se han ido creando muevas unidades en las duerentes comunidades autónimas (la UTIG de Madrid, el Peset de Valencia, algo que hay en el Clinic de Barcelona, que no sé si es oficial…) y los políticos quedaron estupendamente. Muy prgres, tolerantes y modenos. Que da gusto, vamos.

Bien, no sé como serán las cosas en las otras unidades de España (bueno, sé de oídas, pero no lo he visto personalmente), aunque la realidad es que aquí en Andalucía la UTIG funciona con muy poco presupuesto y mucha fuerza de voluntad por parte de sus profesionales. Las listas de espera para psicoloía y endocrinología no está mal, pero se agascar en cirugía por falta de personal (tengo entendido que la UTIG tiene asignado un cirujano pero ningún anestesista), lo que es especialmente grave en el caso de los varones, pues al comenzao la hormonación, los órganos teproductors se atrofian, se enquista, y pueden desarrllar tumores, incluso tumores malignos a lo largo de los 4 ó 5 años que están esperando a que los operen.

Sin embargo, lo más desconcertante es lo prolongado del protocolo, y la inseguridad que se hace sentir al paciente. La mayoría de las mujeres consideran que semejante espera no es tolerable y se autohormonan sin ningún tipo de control médico, con las consecuencias que ello puede tener. Los hombres solemos autohormonarnos con menos frecuencia, quizá porque nuestro tratamiento parece más arriesgado de llevar sin control, o porque sentimos una menor presión social hacia la adquisición de rasgos masculinos para poder pasar desapercibidos. Después de todo, a nosotros nadie nos mira por la calle, pues el que ve a una mujer con ropa de hombre, todo lo más que piensa es que es lesbiana, o ni eso.

De todos modos, aunque no nos autohormonemos, si se puede decir que vivimos con cierto grado de angustia constante. El pensamiento de lo que podría pasar si no nos dan la autorización para hormonarnos, y la incertidumbre de desconocer los criterios que se están utilizando para diagnosticarnos y no saber si serán erróneos o acertados (después de todo la psicología es casi como la religión, se puede creer en ella o no, y la mayoría de los que llegan a este punto han pasado ya por las manos de diversos psicólogos y psiquiatras que les han hecho perder la fe por completo), crean ansiedad, depresión, inseguridad, angustia, falta de autoestima.

No comprendo por qué, a una persona mayor de edad y en pleno uso de razón no se le permite tomar la decisión de normalizar su cuerpo. Mentira, sí que lo comprendo, pero no estoy de acuerdo con ello. Con la excusa de “proteger al paciente y evitar que tome una decisión errónea que tiene consecuencias irreversibles”, los médicos tratan de protegerse los unos a los otros, cosa que, por otra parte no sería necesaria si tuviésemos un sistema judicial que, ante las reclamaciones infundadas de pacientes que pidieron tratamientos que no necesitaban y luego reclaman por los efectos obtenidos, se les enviase a casa después de decirles que la próxima vez se lo piensen mejor.

De todos modos, aunque los médicos no se hallasen desprotegidos ante las reclamaciones infundadas, no estoy seguro de que eso hiciese cesar el paternalismo innecesario hacia los pacientes. Desde los tiempos de Hipócrates se considera al paciente como alguien incapacitado, que sólo debe obedecer al médico. Sólo ahora esa presunción de falta de criterio y de capacidad para decidir se está empezando a tomar en cuenta, y es algo que, desgraciadamente, todavía no se entiende demasiado bien.

Pero el paternalismo puede causar mayores perjucios que lo que trata de evitar. Las unidades para tratar a personas transexuales son fábricas de enfermos. El paciente que llega sano, o con una cierta ansiedad y depresión, al cabo del tiempo se encuentra con una depresión y ansiedad mayores, e introduciendo en su cuerpo substancias potencialmente dañinas, sin ningún control médico.

Las personas transexuales sí son enfermas, al fin y al cabo (y en este grupo de momento no me incluyo, ya que, de momento, yo estoy bien de ánimos y aun no me he vuelto lo suficientemente loco como para recurrir a la autohormonación, quizá porque voy teniendo suerte con los médicos que me tocan), pero sus enfermedades son otras, y, muchas de ellas son provocadas o agravadas por los médicos que deberían velar por su salud.

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Transexualidad: lugar sin ley.

«España entera es una banda criminal que un día va a ser desarticulada». No recuerdo quien dijo esta frase, que leí en un foro sobre seguridad en la red, que hablaba de las tropelías de la SGAE.

En España las leyes son una cosa «relativa», por decirlo de algún modo. Mi abuela suele decir que «hecha la ley, hecha la trampa», aunque lo cierto es que en este pais lo normal es saltarse las leyes «a la torera» sin ningún remordimiento.

Lo curioso es que esta actitud «relativista» llega hasta las personas que deben ejecutar e imponer la ley: la administración y los jueces, que también se erigen en legisladores cuando les parece oportuno.

Son muchos los casos en los que esto ocurre, pero ahora mismo yo estoy pensando en las trabas y problemas que suelen tener las personas transexuales a la hora de hacer el cambio de nombre y sexo legal.

Teóricamente, el proceso es sencillo. Basta con personarse en el registro con la solicitud pertinente y los papeles que demuestran que la persona cumple con los requesitos exigidos por la ley para que se comience el proceso, que debería terminar con la expedición de una nueva partida de nacimiento. La realidad es que hay jueces que exigen a la persona que acredite que se ha sometido a tratamientos médicos que hoy en día no son necesarios para hacer el cambio de sexo legal, como, por ejemplo, la masectomía o la cirujía de reasignación sexual, llegando incluso a exigir a la persona que se presente ante el médico forense y se desnude ante él para demostrar lo hombre o mujer que es (al parecer esta es una práctica habitual en los registros civiles de Barcelona).

También puede ocurrir que, a la hora de ir a reexpedir los documentos necesarios con tu nuevo y flamante nombre te encuentres con que el funcionario listillo de turno quiera hacerte pagar las tasas correspondientes a la reexpedición. Según la ley, cuando hay que reexpedor documentos por causas ajenas al intersado, no es necesario volver a pagar las tasas, y la ley de Identidad de Género lo vuelve a especificar, por si no había quedado claro. Pero no es raro encontrarse con que al ir a sacar el nuevo carnet de conducir, el nuevo pasaporte, los nuevos títulos académicos, etc, un funcionario listillo te diga que para eso sí que necesitas volver a pagar las tasas, ya que el cambio de nombre es un cambio realizado «por gusto».

A mi me gustaría saber qué entienden ellos que es hacer las cosas «por gusto».

La cuestión es que parece ser que los jueces no se han enterado aún de que se encuentran «sometidos al imperio de la ley», ni los funcionarios de que «la administración pública sirve con objetividad los intereses generales». Algunos activistas, como Carla Antonelli o Marta Salvans ya están intentando hacerse oir para que las cosas cambien, pero la voz de las personas transexuales no suena muy alto y todo lo que proviene de ellas (de nosotros) suele verse como la explicación de una situación curiosa y excepcional que realmente no es un problema de alcance general. Luego, cuando los jueces siguen haciendo lo que les sale de los huevos (con perdón de la expresión) en otros campos, todos se indignan y se sorprenden, como si fuera algo nuevo y nunca visto.

Aquí dejo un enlaces sobre el tema de las irregularidades en los registros:

Transexuales acusan a jueces de incumplir la Ley y condenarles a ejercer la prostitución.

Y aquí un video de Carla Antonelli en «La noria» en el que aprovecha la oportunidad de salir en la tele unos minutos para comunicar esta situación. No tuvo mucho tiempo, ni tampoco muchas oportunidades, pues en seguida otros participantes del debate le quitaron la palabra, pero menos es nada.

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Una semana movidita.

Esta semana pasada no he tenido tiempo de escribir, y casi ni de pensar. Empecé el lunes pasado, en el que el día se presentaba ajetreado. A primera hora tenía visita con la psicóloga ¡¡¡Por fin!!! Después de todo lo que me ha costado lograr llegar hasta ella estaba muy, muy nervioso. También quedé con dos amigos del foro “el hombre transexual”, en el que estoy teniendo la oportunidad de conocer a otros chicos transexuales en diversos puntos de su transición, desde los que, como yo, están dando sus primeros pasos, hasta los que ya lo tienen todo hecho y se dedican a aconsejarnos, animarnos y tranquilizarnos a los más novatos.

Me estoy desviando del tema.

Como decía, aprovechando que iba a Málaga, quedé con dos chicos que, muy amablemente se ofrecieron a servirme como comité de recepción, y mientras estaba en la sala de espera, tuve la oportunidad de conocer a otras personas transexuales… Es un sitio curioso la sala de espera de la psicóloga de la UTIG, tanto que escribiré más adelante un post sólo para hablar de ello.

La visita a la psicóloga fue… uhm… anodina. Es decir, tal y como me había esperado. Se limitó a tomarme los datos familiares, a preguntarme como me siento, cómo se ha tomado mi entorno todo esto, y a explicarme cómo funciona el protocolo médico para diagnosticar y tratar los casos de trastornos de identidad de género. Hubieron ciertas cosas que me sorprendieron, como, por ejemplo, que en ningún momento me preguntó mi nombre, y lo dejó en blanco en varios sitios. Yo podría habérselo dicho, claro, pero pensé que quizá aun no era el momento adecuado. No sé por qué, pero no me pareció que tuviese que decírselo todavía.

También me comentó que, según el protocolo recomendado por la fundación Harry Benjamin, el diagnóstico de disforia de género se realiza en unas 6 o 7 sesiones, lo que significa que para mayo ya podría empezar el tratamiento hormonal, o estar a punto de empezarlo. Sin embargo, no me hago muchas ilusiones, ya que la mayoría de la gente tarda más tiempo, a veces uno o dos años, y a algunos no les dan nunca el informe de disforia de género.

Sea como sea, la cuestión es que ya estoy dentro del proceso, y eso me hace sentir mucho más tranquilo. Después de pasarme una buena temporada estancado, las cosas por fin se empiezan a mover.

Después de la visita a la psicóloga aun me quedó tiempo para tomar un café con el “comité de recepción malagueño”, pero no pude quedarme tanto tiempo como me habría gustado, ya que esa misma mañana tenía una entrevista de trabajo allí, en Málaga. No tenía muchas esperanzas de que me lo dieran porque fui vestido de chico, y eso, para un aspirante a un trabajo de oficina, ese es un pecado que no se puede cometer. En los trabajos de oficina, un hombre tiene que ser un hombre y vestir como tal, y una mujer tiene que ser una mujer y vestir como tal. Las personas que, como yo, estamos en tierra de nadie, no tenemos nada que hacer. Así es la vida.

Hice la entrevista tranquilamente, y en cuanto terminé, me marché corriendo, ya que esa misma tarde tenía otra entrevista de trabajo, aunque esta vez, en Granada.

Con esa segunda entrevista tenía más esperanzas, ya que era para trabajar como encuestador y… bueno, en ese tipo de empleos, que consisten en patearse la calle y pasarse el día llamando a las puertas de las casas, no quiere trabajar casi nadie, y cogen a todo el mundo.

Tal y como imaginaba, de los de la primera entrevista no he vuelto a saber nada, pero de la segunda salí con trabajo esa misma tarde. De modo que he vuelto a trasladarme de casa, y he retornado a un estado de semi-independencia que debo reconocer que no está nada mal.

Ahora llevo una semana trabajando como encuestador, y, la verdad, estoy muy contento. No gano mucho dinero, de hecho gano bastante poco, pero al menos me llega para mantenerme, y, además, no trabajo a tiempo completo, si no a tiempo parcial, con lo que me queda tiempo para seguir preparando la oposición e incluso un poquito para vivir (que es lo que estoy haciendo en este momento, con gran satisfacción).

De momento no tengo internet en casa, pero me he traído el ordenador para practicar mecanografía, y de esta manera en mis ratos libres podré aprovechar también para escribir los posts de este blog, que luego colgaré desde un cibercafé. También quiero aprovechar para darle un tironcillo a los tres proyectos literarios que tengo empezados y parados desde hace siglos: el libro del hombre que encontró un gato (intenté meterle caña aprovechando el NaNoWriMo, pero me fue imposible), la biografía de un pariente mío (muy interesante) y los relatos de “ser y parecer” inspirados en personas que conozco.

En resumen, que el futuro cercano se presenta con perspectivas muy agradables. Trabajo agradable que me deja tiempo para mí y mis planes a largo plazo, semi-independencia de mis padres, con todas las ventajas de vivir solo y ninguno de los inconvenientes, y varios proyectos interesantes que desarrollar poco a poco. ¡Ah! Y el próximo día 30 de diciembre, la segunda cita con la psicóloga.

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Muchas cosas que contar.

Como he estado toda la semana sin internet, tengo muchas cosas que contar.

Durante el puente pasado, estuve en casa de Brit y Moonesia, unos amigos a los que conozco desde hace ya 7 años, y que fueron de los primeros a los que les expliqué que soy un chico transexual. La verdad es que fue una experiencia… curiosa, que me hizo ver muchas cosas.

En primer lugar, conocí el barrio de las 3.000 viviendas de Sevilla. Moonesia opina que no está tan mal como la gente lo pinta, pero yo, sinceramente, no me atreví a salir solo a la calle (y, de hecho, ellos mismos me recomendaron que no lo hiciera). Esas cosas no pasan en mi barrio. ¿Qué más decir del barrio más chungo de Sevilla, y uno de los peores de España? Pues que pasear por allí es como vivir en directo un documental de la selva o algo similar. Sencillamente la gente vive de otra manera, muy distinta a como lo hacemos los demás, en algunos sentidos mejor, en otros peor, aunque tengo que reconocer que seguramente son más libres que los que vivimos en sitios «normales».

A lo largo de los tres días que estuve por allí, no conseguí que me llamasen por mi nombre ni utilizasen el género adecuado para referirse a mí, más que en una sóla ocasión. Después de comentarles que me hacía un poco de daño que me trataran como a una chica (no es que no comprenda sus motivos, ya que yo se como se ven las cosas desde su perspectiva, pues ya estuve en ese lado de la vida), Moonesia dijo algo así: «bueno, si él quiere que le aceptemos barco, pues tampoco hay ningún problema». Sin embargo, a pesar de que la conclusión del tema fue que no les salía llamarme Pablo porque «no me pega» y porque «hace muchos años que te conocemos como chica, y ahora es difícil cambiar», razones ambas comprensibles para mi, el otro día Moonesia me llamó por teléfono y, cuando iba a colgar me dijo: «bueno Pablo, tengo que ir llendome ya…». Al día siguiente me levanté más contento que unas pascuas, y el buen sabor de boca me duró ya para todo el día.

Otra conclusión que saqué de mi visita a Sevilla es que lo único que tengo de momento es mi nombre, y no estoy dispuesto a permitir que nadie me lo quite, ya sea por costumbre, porque les resulta violento o lo que sea. No voy a revolverme contra mis amigos, ni me voy a enfadar, ni voy a querer que ellos se enfaden y se sientan mal, pero tampoco voy a dejar que se atrincheren en esa postura. Trataré de acompañarles suavemente, y hacer que me acompañen en mi transición. Y con mi familia igual, aunque eso va a ser más difícil.

A parte de eso, el martes me mudé al piso de Granada, donde no tengo internet. Aunque mi amiga July, que lo ha visto, opina que no está tan mal, lo cierto es que parece Sarajevo. Lo primero que hice cuando terminñe de trabajar el martes fue limpiar el baño y mi habitación, ya que si me meto en ese cuarto de baño tal y como estaba, soy capaz de coger el tifus. El miercoles por la mañana no pude encender el calentador, así que me duché con agua fría. El miercoles por la tarde no limpié porque fui a ver a July y nos dieron las mil hablando. El jueves por la mañana, otra vez no pude encender el calentador. Ese fue mi primer día de trabajo y, cuando volví a las 8 fui directo a la cama, sin cenar ni nada, así que tampoco limpié. El viernes por la mañana ¡¡¡¡conseguí encender el calentador!!!! Inmediatamente supe que sería un buen día.

Respecto al trabajo, como ya he dicho, el primer día que salí a la calle (lo cual significa «el primer día que he empezado a cobrar») fue el jueves. Ese día el otro chico que entró al mismo tiempo que yo, hizo una venta, pero yo no me pude estrenar. Mi estreno llegó el viernes. ¡¡¡Viva!!! El subidón que te da cuando consigues hacer una venta es incomparable, aunque todavía me queda mucho que aprender.

Revisando mis libros de PNL, el guión que me han dado en Ediciones Rueda, y mi trabajo del otro día, he llegado a la conclusión de que el secreto de la venta está en lo siguiente:

1) Crear confianza con el cliente.
2) Crearle deseo de adquirir la obra.
3) Hacer que comprenda que lo que se le ofrece es una ganga (que lo es, de verdad, pero a veces la gente no lo entiende).
4) Crear sensación de «oportunidad única y exclusiva» (que también lo es).

Si se consigue esto, cuando se llega al punto crucial del cierre, será muy sencillo vencer las barreras que el cliente ponga.

Ahora sólo me falta aprender a conseguir todo esto… En fin…

He notado que la cuestión del nuevo trabajo me crea ansiedad. Es muy sencillo: se trata de un empleo en el que se puede llegar a ganar mucho dinero. Y el dinero es necesario para llevar a cabo mi transición. Y ahora hay tan poco trabajo que los que tenemos cualquier trabajo, el que sea, podemos darnos con un canto en los dientes. Y encima, es un trabajo que me gusta. O sea, que tengo un recurso valioso, escaso, agradable y necesario, y la posibilidad de dejar de tenerlo me aterra, ya que he observado que a mis jefes no les tiembla el pulso a la hora de despedir a nadie.

En esos momentos es cuando no puedo evitar pensar en lo cómo que era todo antes. Sólo tenía que dejar que los demás se ocupasen de mi. Siempre estaría seguro, y siempre habría alguien a mi lado para ayudarme si todo salía mal. Era tan fácil seguir el camino que me señalaban, que tardé 29 años en reunir fuerzas para abandonarlo, y ahora, campo a través, el avance es más duro.

Total, pamplinas. Ansiedad pura y dura que no me lleva a ninguna parte. Por suerte, mientras estaba dándole vueltas en la cabeza a todas estas tonterías, una canción ha venido en mi auxilio, como siempre han hecho las canciones a lo largo de toda mi vida (debe ser por eso que yo creo más en la música que en los ángeles de la guarda). Es esta:

Y cuando dice «si tienes miedo, si estás sufriendo, tienes que gritar salir, salir corriendo»… Cambiemos una sola palabra… «gritar» por «evitar», y ya todo cuadra. Simplemente lo único que yo quería era salir corriendo…

Por suerte, se donde tengo que acudir para hacer frente a estos sentimientos. ¡A la PNL! PNL significa «programación neurolingïstica», y es una ciencia que se encarga de estudiar como hacen las cosas las personas que alcanzan la excelencia, y de crear modelos adaptados a cada individuo para que ellos también puedan alcanzar la excelencia. Según la PNL, las persosonas vemos el mundo a través de varios filtros que nos los pueden enriquecer o empobrecer, y uno de esos filtros es ver las necesidades de cada uno, en lugar de las oportunidades. Esdecir, si yo me fijo en que necesito el trabajo, me crea ansiedad. Si me fijo en que tengo un buen trabajo, y busco todas las oportunidades que existen para mantenerlo, entonces me animo y me pongo en marcha. El resultado es automático: sin duda conseguiré aprovechar mis oportunidades.

Fijarse en los objetivos y no en los problemas, preguntarse cómo, en lugar de por qué, mirar el fracaso como una oportunidad de aprender y mejorar, son principios básicos de la PNL.

Hay otra cosa a tener en cuenta. Un buen vendedor disfruta con su trabajo, y según la PNL, cuando uno hace un trabajo bien hecho y disfrutando, es imposible que la remuneración no acabe llegando.

¡Ah! Y hay otra premisa de la PNL, y es la siguiente: la PNL no predica la verdad absoluta, pero si uno se comporta como si las ideas básicas de la PNL fuesen verdaderas, tiene la oportunidad de comprobar la diferencia que estas marcan. Y luego las toma o las deshecha, según el criterio de cada cual. Ya podéis imaginar que yo intento aprovecharlas hasta la última gota, y eso que prácticamente no se nada sobre PNL.

Bueno, me lío a hablar de estas cosas y no paro. La cuestión es que, al final, he conseguido controlar mi malestar, y el lunes voy a ir a comerme el mundo. He usado los principios básicos de PNL para reflexionar sobre mi trabajo, que no es que lo esté haciendo mal, pero seguro que puedo hacerlo mejor, puesto que sólo llevo dos días, y estoy deseando ponerlo en práctica.

Lo único que me resulta muy duro de este trabajo es que tengo que ir disfrazado de chica. Paradójicamente, me he convertido en una especia de travesti o algo así. Es un poco lioso, y un poco duro para mi autoestima, pero, como también dice mi querido libro de PNL: «el puente no es el viaje». Así que, si para cruzar este puente tengo que hacer un pequeño sacrificio (o un gran sacrificio), pues se hace, ya que al final, cuando llegue a mi destino, podré mirar atrás y saber que ha merecido la pena.

Así que este sábado jornada de reflexión para cargar las pilas y la semana que viene volver a la carga. En la próxima entrada de mi blog espero poder cantaros una canción diferente, una que diga que estoy avanzando lento pero seguro y que noto cómo mis pies se apoyan firmemente en la tierra para llevarme hacia donde quiero llegar.

Tengo la certeza de que va a ser así. Empiezo a creer de verdad que me irá bien.

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