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Una buena semana (I)

En el momento de escribir esto, acabo de cumplir las tres semanas desde que mis padres me echaron de casa. En este tiempo sólo he hablado con mi madre una vez, por teléfono, y no fue una gran conversación.

La primera semana fue un poco dura, pero poco a poco me fui acostumbrando. He tenido mucha suerte con G. y L. (las chicas con las que estoy compartiendo piso, que ya comenté que son madre e hija). Son muy amables y agradables, y se esfuerzan por hacerme sentir en mi casa.

Mientras tanto, yo me esfuerzo por dejar de querer. He querido mucho a mis padres, pero ahora me estoy quitando. Después de todo, si ellos piensan que soy tan horrible, y les ha costado tanto esfuerzo ayudarme, y yo tampoco tengo una gran opinión de ellos ¿Qué sentido tiene mantener el lazo sentimental?

Hacerlo es más difícil que decirlo, pero estoy haciendo buenos avances en ese sentido.

En ello estaba, esforzándome en mantener el corazón frío y la mirada al frente, cuando por fin K. terminó sus exámenes (yo terminé los míos una semana antes). Tenía el último examen por la mañana temprano, y convenció a sus padres de que la recogiesen a la salida y la llevasen corriendo a la estación de autobuses. Todos (incluido yo) le decíamos que se lo tomase con calma, a ver si con las prisas iba a suspender el examen y no iba a servir de nada haber pasado tanto tiempo sin vernos. Suspender una asignatura sólo por ganar dos o tres horas es algo que no tiene mucho sentido.

Sin embargo, ella insistió, y consiguió llegar a coger el autocar que se proponía. Yo me pasé toda la mañana mirando el reloj y preguntándome por qué  los minutos pasaban tan despacio.

¿Te ha pasado alguna vez no darte cuenta de cuanto necesitabas algo hasta que por fin lo tienes? A mí me pasó eso cuando K. entró por la puerta. Fue como si hubiese estado todo el mes lloviendo y de repente hubiese salido el sol. No me daba cuenta de lo mal que estaba, hasta que llegó ella y dejé de estar mal.

– ¡Cuánto has adelgazado! – me decía mientras me abrazaba y sus manos palpaban los lugares donde después de navidad se habían acumulado unas buenas reservas de grasa, que naturalmente desparecieron después de estar cinco días prácticamente sin comer, y una semana más con la despensa puesta en modo de emergencia.

Ella traía la solución a mi adelgazamiento repentino (aunque en realidad, no me vendría mal adelgazar un poco más). Cuando llegamos a casa, empezó a sacar comida de sus bolsas. Una tortilla de patatas gigante, hecha con huevos de las gallinas de sus padres, y una docena más de huevos, por si me parecía poco, una gran fiambrera llena de deliciosas magdalenas, dos barras de pan, y suficientes croquetas de jamón como para invitar a todos los vecinos del edificio (un edificio de 6 plantas, con 4 pisos en cada planta). Todo ello preparado por su madre, y todo buenísimo.

Después de comer, G. y L. me ayudaron a trasladar una cama que no estaba siendo utilizada hasta mi habitación. Tuvimos que mover varios muebles, pero a ellas no les importó, aunque realmente fue una molestia para ambas.

Algo más tarde, cuando por fin estaba todo listo, y me encontraba tumbado junto a K. me di cuenta de que en ese preciso momento era muy feliz.

El resto de la semana fue a mejor, excepto por una cosa, y es que ya me ha llegado la carta de pagos de la universidad. Me han denegado la beca porque, al parecer, mis titulaciones son equivalentes al nivel de grado. Luego, a la hora de presentarme a una oposición, o de acceder a otras titulaciones académicas me dicen que no, que mis titulaciones (una diplomatura y el CAP) son inferiores al grado. He escrito al Ministerio de Educación y me han respondido que no hay ninguna normativa al respecto. Al parecer, a falta de normativa, la interpretación siempre se hará en contra de mis intereses. Qué suerte tengo.

Estuve planteándome si me merecía la pena pagar la matrícula o no ¿Seré capaz de continuar estudiando una vez que esté fuera? ¿Tendré suficiente fuerza de voluntad? ¿Podré arreglármelas para ir a los exámenes? ¿Merece la pena continuar estudiando, si no tengo claro que llegue algún día en el que pueda acceder a estudiar una carrera en Reino Unido, debido a los altos precios y las trabas que pueda haber para los inmigrantes? ¿Habré aprobado algún examen, con todo lo que se me ha venido encima?

Sin embargo, tras considerarlo detenidamente, decidí pagar la matrícula, principalmente porque el derecho me apasiona y no pienso dejar que la transfobia de mis padres me quite la posibilidad de estudiar. Dicho de otro modo, llegado el caso, prefiero dejar de comer que dejar de estudiar.

Así que como la liquidación va moderadamente bien, y me he propuesto esforzarme al máximo para conseguir un trabajo lo antes posible, sea de lo que sea, al final pagué la matrícula, que “tan sólo” son 367€. Comparados con las 4.500 libras que cuesta pagar medio curso en una universidad inglesa, es una minucia.

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Todos necesitamos que nos quieran.

Las necesidades afectivas son básicas en el ser humano. Todos necesitamos que nos quieran. Pero no sólo que nos quieran, si no que nos quieran como somos, con nuestros defectos y nuestras manías. Que nos quieran sin exigencias.

El afecto no sólo se recibe de la pareja, también están la familia, los amigos, y a mi me gustaría tener un perro, pero como de momento no puedo, me conformo con un poto, que todavía sobrevive a mis cuidados.

Sin embargo, que te quieran como eres no es tan sencillo. Eso lo saben bien los obesos, los minusválidos, los que tienen alguna enfermedad, los que, simplemente, son muy feos, y las personas transexuales, entre otros. Querer a alguien que es perfecto, que sólo tiene pequeñas manías, es fácil. Querer a alguien que está catalogado como “defectuoso”, requiere un esfuerzo mayor.

Las personas transexuales casi siempre tienen (¿tenemos?) este miedo. ¿Quién me va a querer siendo yo como soy? En el caso de las mujeres la cosa es muy preocupante. Mientras que la sociedad parece ser muy miope en lo que respecta a la transexualidad masculina, las mujeres transexuales son claramente visibles, y tienen un lugar reservado. Artistas, prostitutas, hombres que parecen muferes, pero que no lo son, y, en definitiva, tíos muy maricones que se visten de mujer y se ponen tetas para hartarse de follar. Evidentemente, un hombre que está con otro hombre, aunque parezca una mujer, también es maricón, o al menos, un vicioso pervertido.

No es sólo eso. Hay que tener muchos huevos para salir a la calle al lado de una mujer transexual que no sea pasable, o que sea conocida como tal. O sea, traducido al lenguaje común, al lado de un tío vestido de tía. Porque a saber qué dirá la gente… Sin duda la mierda salpica y nadie se quiere manchar.

De la familia, ni hablamos…

Así que, cuando alguien que se encuentra sólo, rechazado por su familia y amigos, y marcado con una etiqueta que le dificultará tener pareja, encuentra a una persona que le ve y le acepta como realmente es, se enamora de ella inevitablemente.

Creo que, sobre todas las cosas que pueden ser importantes en una persona, esa llega a ser fundamental. No importa si sus valores y principios son distintos de la pareja, o que la relación sea una discusión constante, si cuando discuten se les ve como quieren que se les vea. A cambio de eso, todo se perdona, porque ¿acaso alguien que es tan tolerante puede ser otra cosa que, simplemente, maravilloso?

Es una situación a la que yo no he llegado, pero que veo que ocurre. El llegar a pensar que alguien en concreto pueda ser la única oportunidad que se tenga. Aferrarse a un clavo ardiendo. Amar desde la desesperación y la necesidad.

O a lo mejor es algo que no ocurre con tanta frecuencia como pienso, y sólo veo fantasmas porque temo que me pueda llegar a ocurrir a mi. Incluso que me pueda llegar a pasar a la inversa; no me gustaría que alguien me quisiera sólo porque cree que nadie más le va a querer.

A veces las cosas son tan complicadas que lo mejor es buscar la felicidad en el fondo de un tazón de fresas con nata, aprovechando que ahora es temporada.

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